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"Con tan sólo 32 años había explorado y conquistado casi cuatro millones de kilómetros cuadrados. Su inesperada muerte, como consecuencia de unas repentinas fiebres, a la edad de 32 años, desembocó en la división de su imperio: Antípatros obtuvo Macedonia y Grecia; Persia fue entregada a Seleuco; y Ptolomeo recibió Egipto. La obra resulta muy entretenida, didáctica y de ligera lectura, por lo que la recomiendo a todos los lectores y, muy especialmente, a los jóvenes o adolescentes, que se acercan por primera vez a la lectura, ávidos de historias deslumbrantes y llenas de aventuras." (Web Literateando)"Hacía tiempo que no me encontraba un libro sobre el gran conquistador tan emocionante como el que he leído. Es soberbio y directo, centrándose sobre todo en la épica del personaje, no omitiendo ninguna de sus genialidades y aplicando una rigurosidad histórica impresionante." (Blog Historia con minúsculas) Capaz de asesinar a un amigo y dar un trato ejemplar a su mayor enemigo, Alejandro Magno, en sus treinta y dos años de vida, conquistó la mayor parte del mundo conocido. La figura de Alejandro Magno es una de las más carismáticas y relevantes de la historia universal por esa mezcla de magnanimidad y crueldad que le caracterizaba y por la grandeza de sus campañas que hicieron que en su breve vida unificara Grecia, conquistara Persia y Egipto y llevara su campaña más allá del río Indo. Educado militarmente por Leónidas el espartano y filosóficamente por Aristóteles, el emperador macedonio era capaz de tener una tolerancia impropia de la época con los habitantes de los terrenos conquistados y de reducir a escombros las ciudades de Tebas o Persépolis; capaz de mostrar bondad con la familia de Darío III y de asesinar a su amigo Clito en una fiesta porque este se resistía a considerar a Alejandro como un dios.
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Seitenzahl: 181
Veröffentlichungsjahr: 2010
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BREVE HISTORIA DE ALEJANDRO MAGNO
Charles E. Mercer
Colección: Breve Historiawww.brevehistoria.com
Título: Breve Historia de Alejandro MagnoTítulo original: The ways of Alexander the GreatAutor: © Charles E. MercerTraducción: Sandra Suárez Sánchez de León para Grupo ROS.
Edición original en lengua inglesa: © 2004 American Heritage Inc.
Edición en el idioma español: © 2009 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com
Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas
Diseño y realización de cubiertas: Carlos PeydróDiseño del interior de la colección: JLTVMaquetación: Claudia R.
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las corres pondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN-13: 978-84-9763-852-4
Libro electrónico: primera edición
Prólogo
Capítulo 1: La primera misión
Capítulo 2: Un aspirante a rey
Capítulo 3: General del ejército
Capítulo 4: La marcha sobre Asia
Capítulo 5: Por tierra y por mar
Capítulo 6: Alejandro, el dios
Capítulo 7: La persecución de Darío
Capítulo 8: El nuevo Gran Rey
Capítulo 9: Otro mundo que conquistar
Capítulo 10: La muerte del hombre
Bibliografía
Alejandro Magno fue, sin duda, el hombre más influyente del mundo antiguo. Sus innegables dotes para el mando y su brillante carisma personal le condujeron en compañía de su ejército a la consumación de una gesta propia de los héroes mitológicos de los que tanto aprendió gracias a su mentor Aristóteles.
En un periodo de apenas once años conquistó 3.885.000 kilómetros cuadrados, si bien ese inmenso imperio resultó tan efímero como la vida del que lo forjó.
En la primavera del año 334 a.C., el ejército macedonio inició la ofensiva sobre Persia. El objetivo esencial se centraba en la recuperación de las antiguas colonias establecidas en Anatolia.Ciudades como Mileto, Éfeso o Halicarnaso sufrían los rigores de la ocupación persa; no olvidemos que los griegos mantenían el viejo sueño de infringir una humillación al ancestral enemigo oriental desde los tiempos lejanos de las guerras médicas acontecidas un siglo y medio an tes. En esas contiendas el imperio persa estuvo a un paso de anexionarse toda Grecia y eso no lo olvidaban los orgullosos griegos, quienes aho ra, por fin, bajo el mando de Alejandro Magno se encontraban en condiciones de devolver el golpe.
El ejército macedonio estaba integrado por unos 35.000 efectivos de los que 30.000 eran infantes, mientras que otros 5.000 conformaban la caballería. Eran tropas bien entrenadas y con una disciplina inusual para su época. En pocos días cubrieron los casi 500 kilómetros que les separaba de Helesponto, en los Dardanelos, y desde allí saltaron al continente asiático sin ser molestados por el asombrado ejército persa. Una vez puesto pie en tierra, Alejandro Magno clavó su lanza en el suelo exigiendo la propiedad de aquel Imperio.
Por su parte Darío III había menospreciado la empresa griega y, desatendiendo los consejos de sus generales, dejó pasar a los macedonios confiado en su potente maquinaria bélica con la que pensaba borrar de un leve soplido la insolencia de ese jovenzuelo casi desconocido por entonces.
Las falanges macedonias pronto se hicieron notar con acciones eficaces que derrotaron sin apenas esfuerzo a los ejércitos locales pésimamente dirigidos por los sátrapas persas; en todo caso, la diversión no satisfacía al valiente Alejandro quien buscaba decididamente el choque frontal con el inmenso ejército enemigo.
En estos primeros meses de campaña sucedieron algunas situaciones dignas de ser contadas; por ejemplo, cuando nuestro protagonista viajó a la emblemática Troya, ciudad ampliamente difundida en los poemas homéricos que con tanto amor Alejandro había devorado desde niño a instancias de su maestro Aristóteles. Una vez llegado a ese lugar ofreció sacrificios y rindió honores en la tumba del guerrero Aquiles —del que se creía descendiente directo—. Cuentan que un emocionado Alejandro se desprendió de su escudo de combate para tomar otro proveniente de la legendaria guerra troyana; después de esto, dicen que se sintió fuerte para conquistar el mundo.
También es digna de reseña la famosa anécdota del nudo gordiano. Gordión era la capital del reino de Frigia. Su nombre provenía de un mítico rey, quien pasó de carretero a monarca por una carambola del destino. En la ciudad quedaba, como recuerdo imperecedero de su fundador, un carro en el que se podía contemplar el nudo más enmarañado de la tierra. Bajo él se leía en una inscripción que aquél que lograra desenredarlo dominaría Asia. Durante decenios fueron muchos los que intentaron resolver el problema; sin embargo, nadie consiguió el ambicioso propósito hasta que, por fin, un buen día llegó el contingente macedonio con su rey Alejandro en la vanguardia. Pronto, la curiosa historia fue conocida por el Magno quien, deseoso de obtener buenos augurios para su campaña, se acercó al lugar de la profecía; una vez allí miró con detenimiento el imposible nudo de cuerdas, desmontó y con paso firme se aproximó al centro del enigma. Sin dudar, desenvainó su espada con la que dio un certero golpe que cortó de un tajo el nudo dejando la incógnita resuelta. La contundente acción del Magno provocó la sonrisa entre sus generales a los que dijo: “poco importa la forma de resolverlo; cierto es que yo dominaré Asia”.
Alejandro corta el nudo gordiano, por Jean-Simon Berthélemy (Escuela de Bellas Artes, París).
Mientras esto sucedía Darío III empezaba a tomar en serio la amenaza macedonia; sus tropas habían sido aplastadas en la batalla del río Gránico lo que originó que el propio emperador asumiera personalmente las riendas de aquél incómodo asunto.
En el año 333 a.C., se movilizaba uno de los ejércitos más impresionantes de toda la historia antigua. El objetivo no era otro sino detener la invasión protagonizada por los macedonios. Es difícil establecer valoraciones precisas sobre las dimensiones del ejército persa, por tanto, me veo obligado a fijar una horquilla que iría desde los 200.000 efectivos al millón que aseguran las crónicas más optimistas.
Darío III eligió para el combate contra Alejandro un lugar sito en la frontera sirio-turca junto al río Isso. El mismo emperador dirigió la enor me mole guerrera en la confianza de ver derrotado al desafiante rey Alejandro de Macedonia.
En noviembre de ese mismo año las dos formaciones se encontraron, dando paso a un combate breve pero descomunal que acabó con la derrota total de los persas.
La inferioridad numérica macedonia fue suplida con creces gracias a la estrategia envolvente desarrollada por el líder heleno. En efecto, los flancos griegos superaron el cuerpo principal del ejército persa sometiéndolo a una agobiante presión que desembocó en desbandada general, incluido el propio Darío III, quien escapó de forma cobarde dejando abandonada a su familia con un tesoro real de 3.000 talentos de oro de los que se apropió un Alejandro extrañado por la poca resistencia ofrecida en Isso por su enemigo. Los persas sufrieron unas 100.000 bajas frente a unos pocos cientos de macedonios.
El botín apresado en Isso superaba cualquier expectativa por parte macedonia: no solo se capturaba buena parte de la maquinaria bélica persa sino también magras riquezas y la propia familia real, incluidas hijas, esposas y madre de Darío III. El trato otorgado a estas últimas fue ex quisito, hasta tal punto que, desde entonces, las féminas abandonadas por el emperador acompañaron al rey macedonio en todas sus expediciones.
Tras el desastre de Isso, los persas se replegaron en el afán de reorganizarse dispuestos a de volver el golpe sufrido a manos griegas. Alejandro sabía que su enemigo seguía siendo muy poderoso; si pretendía dominarlo no podía concederle ni un solo respiro. Con ese fin optó por la medida más inteligente: ocupar las diversas posesiones mediterráneas que daban fortaleza al imperio oriental. Los nue vos objetivos pasaban por un rápido avance so bre Fenicia y Egipto. Si se conseguía la anexión de estos vitales territorios, las tropas de Da río III quedarían sin salida al mar y, en consecuencia, a merced de las falanges griegas.
Alejandro Magno ordenó el asedio y conquista de Tiro, la antigua capital de Fenicia y principal puerto del imperio persa. La plaza se levantaba sobre un islote separado de la costa por unos 800 metros de distancia; esta forma fenicia de construir sus ciudades en islas cercanas al litoral obedecía a una incuestionable estrategia defensiva, dejando que el mar sirviera de foso pro tector ante cualquier ataque hostil.
Alejandro, carente de una flota de combate, volvió a lucir su talento una vez más ordenando la construcción de una rampa de piedras y arena que condujera hasta Tiro. En la laboriosa obra se emplearon no solo los combatientes griegos sino también miles de lugareños dispuestos a echar una mano en la expulsión de aquellas tierras de los odiados dominadores persas. Los ti rios no estaban dispuestos a entregarse sin lucha. Durante los siete meses que duró el asedio lanzaron contraataques desesperados intentando evitar el avance de la calzada macedonia. Todo resultó infructuoso ante la tenacidad de las huestes alejandrinas: barcos flamígeros, nubes de flechas o arenas incandescentes no pudieron pa rar el empuje griego. Cuando el improvisado mue lle to có las murallas de Tiro, Alejandro or denó un asalto en toda regla; él mismo encabezó el ataque siendo de los primeros en saltar sobre las defensas de la agónica ciudad que tardó muy poco en caer, siendo entonces sometida a la rui na y destrucción con la mayoría de sus habitantes pasados a cuchillo por los atacantes macedonios.
Tras la sanguinaria ocupación de Tiro, Ale jandro dirigió sus tropas hacia el sur donde se encontraba el esplendoroso Egipto. Sin embargo, en esta ocasión, apenas se produjo una mínima re sistencia armada, dado que los egipcios no deseaban seguir bajo el yugo persa y esto propició que el ejército macedonio fuera recibido como liberador y su líder Alejandro considerado hijo de los dioses. De esta manera nuestro protagonista entraba de forma triunfal en aquel país referencia del mundo antiguo. Una de las primeras medidas adoptadas por el genio griego fue la de respetar costumbres y religión de los egipcios, lo que le granjeó innumerables adhesiones en un tiempo que el propio Alejandro describió como el más feliz de su vida. Viajó a Menfis, capital religiosa de Egipto, donde se postró ante la figura de Amón. Esta circunstancia animó a los sacerdotes a proclamarle descendiente de la poderosa deidad egipcia. En esos meses se trasladó a varios lugares emblemáticos del país del Nilo, entre ellos Siwa, santuario sito cerca de la frontera de la actual Libia, donde Alejandro Mag no fue nombrado faraón de Egipto. La suntuosa ceremonia y el amor demostrado por los egipcios conmovió de tal manera al rey griego que ordenó la construcción de varias obras que inmortalizaran su estancia en aquel lugar tan luminoso. Surgió Alejandría, cerca de la desembocadura del Nilo, ciudad magnífica llamada a ser capital del Mediterráneo y depositaria del mayor legado cultural del mundo conocido gracias a la ensoñadora biblioteca donde se albergaron más de 700.000 rollos escritos, el equivalente a unos 100.000 libros de nuestros días. También se levantó, por orden de Alejandro, una imponente torre de señales marítimas en una isla llamada Faros, de la que posteriormente tomarían el nombre las futuras edi ficaciones que con idéntico propósito se fueron creando.
La placentera vida egipcia no distrajo, sin embargo, la atención de Alejandro Magno sobre su principal reto conquistador en Oriente iniciando los preparativos guerreros que le condujeran con garantías hacia el norte, donde le esperaba Darío III quien, por fin, había conseguido organizar un nuevo ejército aguardando la batalla definitiva contra los griegos.
En el año 331 a.C., llegó el ansiado acontecimiento cuando las dos formaciones bélicas se encontraron en Gaugamela, lugar enclavado en las cercanías del río Tigris a unos 55 km de la importante ciudad de Arbela y muy próximo a las ruinas de Nínive. En ese lugar los persas situaron unos 100.000 infantes y 34.000 jinetes que en total triplicaban al ejército dirigido por Alejandro Magno quien contaba con 40.000 infantes y 7.000 de caballería. Además de la superioridad numérica los persas disponían de 200 carros de combate guadañados y 15 elefantes de guerra, si bien estos últimos no participaron en la posterior acción.
El 1 de octubre los dos ejércitos chocaron violentamente. Una vez más, la disciplina y tenacidad macedonias obtuvieron una brillante victoria sobre las tropas persas. La inteligencia de Alejandro brilló ese día con fulgor inusitado intuyendo todos los movimientos del enemigo y participando con presteza siempre que era necesario en los escenarios principales de la batalla. La estrategia y táctica desarrollada por el Magno desarbolaron cualquier espíritu combativo de los mejores generales del imperio persa quienes, tras ver como Darío III huía nuevamente del campo de batalla, abandonaron la lucha perdiendo miles de efectivos, todos los carros y la poca moral que quedaba en las filas de aquel maltrecho y desangelado ejército.
Después de la victoria de Gaugamela a los macedonios no les quedó más que ir tomando, una tras otra, las principales ciudades persas. De esa manera Babilonia, Persépolis, Susa y otras se rindieron ante el empuje griego. Alejandro Magno era aceptado como nuevo dueño y señor de Oriente mientras seguía persiguiendo al escurridizo Darío III quien no tuvo mucha suer te, ya que fue asesinado en el año 330 a.C. por una conjura de sus generales a los que Alejandro cazó sin miramientos, a fin de evitar posibles candidatos al trono imperial. Finalizada la tarea, toda Persia se doblegaba rindiendo tributo al hombre más poderoso de la Tierra. Tenía veintiséis años y todavía ambicionaba conquistar lo que quedaba del mundo conocido.
Tras la muerte de Darío III y sus conjurados ase sinos, el camino quedaba expedito para el triun fal Alejandro. No obstante, este seguía siendo, de alguna manera, aquel muchacho re bel de e ingenioso que abandonara Macedonia pocos años atrás. Sus hombres le seguían con fe ciega y casi fanática; razones no les faltaban, ya que nuestro héroe sabía utilizar con astucia extrema todas las dotes del buen comandante militar. Se entrenaba, luchaba, comía y bebía al lado de sus guerreros, estos le identificaban como uno de los suyos y eso, sin duda, facilitaba enormemente las cosas en ese tiempo de incertidumbres. Bien es cierto que si el macedonio estaba lleno de virtudes, también ofrecía algunos defectos. Por ejemplo, el sentirse un elegido de los dioses. Este pequeño detalle le empujaba con frecuencia a cometer algunas tropelías sobre sus soldados in cluyendo a los mejores generales del ejército. Hay episodios donde nos encontramos con un Magno que actúa como brazo ejecutor de los dis conformes a su causa. Nada, ni nadie se movía en las filas macedonias sin el conocimiento de su jefe; lo contrario podía suponer la pena capital para los infractores.
Alejandro era también un consumado bebedor. Gustaba de largas tertulias al calor de la hoguera donde, además de narraciones bélicas, se ingería con alegría buena parte de la cosecha anual. En ese sentido, el rey griego era, como en otras cosas, el campeón indiscutible.
La conquista de Persia supuso solo el primer paso de la empresa diseñada por Alejandro Magno. Su visión de futuro sobre los fines que se debían concretar en aquella expedición provocó la inclusión de ilustres expertos en todas las ramas del saber. En consecuencia, naturalistas, topógrafos, cronistas… acompañaron al ejército macedonio desde el primer día hasta el último en un afán sin precedentes por conocer to do lo que se iba incorporando al imperio macedónico. No faltaban escritores como Ptolomeo, militar y biógrafo personal de Alejandro, que más tarde recibiría Egipto en premio a sulealtad.
Desde el año 330 a.C. hasta su muerte, las expediciones dirigidas por Alejandro Magno recorrieron más de 40.000 kilómetros buscando los confines del planeta.
Durante años, el ejército griego y sus aliados ocasionales transitaron por buena parte del Asia central. Ya no eran los apenas 35.000 hombres que habían partido desde Macedonia años antes, ahora, gracias al apoyo de los nuevos súbditos constituían un contingente que superaba con creces los 200.000 efectivos; aun así, la rapidez con la que se movían seguía asombrando a to dos ya que eran capaces de marchar casi 60 km cada jornada sin proferir lamento alguno; bien es cierto que la actitud del indolente Alejandro no lo hubiese permitido. En ese sentido, el líder griego detestaba cualquier signo que denotara fal ta de lealtad a su figura. Fueron muchos los que sufrieron su rigor, incluidos generales de absoluta confianza como Parmenio quien en compañía de sus hijos fue ajusticiado por encabezar una presunta conjura contra Alejandro. Y es que en aquella campaña no todo fueron mieles triunfalistas; también se produjeron episodios de insubordinación a consecuencia de años prolongados cuajados de cansancio, penalidades y situaciones apuradas. Solo la disciplina, determinación y visión de futuro del carismático líder pudieron mantener cohesionada aquella tropa ele gida para la gloria.
Entre los años 330 y 327 a.C., los macedonios atravesaron los paisajes más dispares contactando con multitud de personas que les acogían de forma desigual. En ocasiones eran acla mados como libertadores mientras en otras eran recibidos con hostilidad; en esas circunstancias la guerra era inevitable dando paso a lo más crudo de la condición humana. En efecto, los combates se multiplicaron en este periodo pero siempre acabaron en victoria griega, lo que fomentó aún más, si cabe, la leyenda del Magno, todo a fin de consumar la gesta más importante de la historia antigua con Alejandro y sus hombres asumiendo el papel protagonista de aquella magnífica epopeya. De ese modo la expedición superó, no sin esfuerzo, los elevados pasos de la cordillera del Hindu Kush. Recorrieron más tarde las llanuras y montañas de Uzbekistán, Turkmenistán y Afganistán, vadeando ríos como el Oxus con la oportuna ayuda de sus tiendas de campaña rellenas de paja a modo de flotadores. Navegaron las aguas del Indo donde descubrieron cocodrilos. El hallazgo de los reptiles les hizo pensar erróneamente en una posible conexión de este río con el Nilo. Siguiendo el curso del Indo se toparon con las hasta entonces desconocidas mareas oceánicas, asunto que desconcertó a unos griegos acostumbrados a las débiles mareas mediterráneas.
La presencia macedonia en el territorio de la actual India suponía haber llegado a las fronteras de lo desconocido, empero una nueva contingencia se ofrecía ante ellos.
En el año 327 a.C., los griegos libraron su última gran batalla en el río Hidaspes frente al in menso ejército del rey Poros. Este había reunido 250.000 hombres con 200 elefantes de guerra que poco pudieron hacer ante la eficacia griega. No obstante, el vasallaje ofrecido por el monarca indio fue suficiente para que Alejandro no solo perdonara su vida sino que también le permitiera seguir como amigo al frente de su reino.
Alejandro Magno tocaba el cielo, su imperio abarcaba 3.885.000 km2, nadie había conseguido tanto jamás. Sin embargo, la excitación del griego le animaba a proseguir su imparable avan ce hacia el fin del mundo. ¿Qué habría más allá?. En contraposición, sus soldados a esas alturas se mostraban agotados de tanta aventura y tra siego. En ellos habían hecho mella innumerables batallas y enfermedades y tan solo deseaban regresar a Grecia para disfrutar de las riquezas obtenidas. En esos momentos la helenización de Asia era un hecho consumado: las dos culturas entremezclaban sus tejidos en una conjunción sin precedentes. Alejandro se orientalizaba vis tien do ropajes locales y respetando costumbres y deidades de las zonas que iba conquistando. Por su parte las ciudades asiáticas adoptaban numerosas directrices griegas en cuan to a legislación, comercio, arquitectura… En un gesto claro de fusión étnica, miles de macedonios se casaron en una suerte de bodas multitudinarias efectuadas con el propósito de unir imperecederamente los dos mundos.
Tras haber conquistado todo lo imaginable las tropas macedonias se plantaron ante su jefe; este comprendió que la resistencia de sus hombres había llegado al límite y que el derrochador esfuerzo no daba para más. Con sem blan te serio ordenó el regreso a Babilonia, ciudad que Alejandro pretendía convertir en capital de su Imperio. En cuanto a las ciudades fundadas por Alejandro Magno, es difícil precisar el nú mero de las mismas pero se podría afirmar que estarían entre las 70 y las 100 incluyendo unas 30 Alejandrías y una dedicada a su querido caballo Bucéfalo muerto en plena aventura.
La vuelta de Alejandro a Babilonia se puede considerar penosa y llena de calamidades; se perdieron dos tercios de su ejército. Sin embargo, eso no empaña el brillo de la epopeya adornado por marchas heroicas y célebres sin gla duras marítimas de su almirante Nearcos quien descubrió perplejo, por primera vez entre los griegos, a unas moles vivientes llamadas ballenas.
Relieve de Alejandro Magno ante Amón-Ra, en el templo de Luxor. Después de la muerte de Alejandro, el vasto Imperio se divivió entre los macedonios notables. Así Egip to fue entregado a Pto lomeo, quien fundó una dinastía vigente durante los tres siglos posteriores.
