Breve historia del cómic - Gerardo Vilches Fuentes - E-Book

Breve historia del cómic E-Book

Gerardo Vilches Fuentes

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Beschreibung

La historia del cómic a través de sus autores y escuelas más importantes, desde los primeros superhéroes, el nacimiento del manga y Tintín, hasta el cómic underground, la ciencia ficción, el cómic latinoamericano y la aparición del cómic adulto y la novela gráfica. La apasionante historia de un medio de masas totalmente integrado en la cultura contemporánea. Breve historia del cómic propone un viaje por la apasionante trayectoria de un medio artístico lleno de vitalidad. De las primeras historietas de prensa hasta la novela gráfica, la obra ofrece un recorrido por los principales autores y obras de la historia del cómic universal. Este título muestra los orígenes del cómic y su evolución como un medio de masas orientado a los jóvenes y leído por millones de personas en todo el mundo. Las grandes tiras de prensa americanas, los primeros superhéroes, el nacimiento del manga o la creación del célebre Tintín son algunas de sus claves. Los cambios políticos y sociales de los años sesenta también afectaron al cómic: surgieron las primeras historietas dirigidas específicamente a lectores adultos. El cómic underground, la ciencia ficción de las revistas francesas o los primeros intentos de cómic adulto en España convivieron con los inicios de los superhéroes de Marvel o la diversidad de géneros del manga. A partir de los años ochenta, el cómic se ha convertido en un medio de expresión adulto integrado plenamente en la cultura contemporánea, muestra de ello son el cómic independiente americano, el nuevo cómic francés, el surgimiento de un manga adulto y la aparición de la novela gráfica. Gerardo Vilches consigue en este riguroso y ameno ensayo que el lector pueda profundizar en la historia de este medio artístico y lo completa con una excelente guía de las cien obras imprescindibles del medio.

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Seitenzahl: 304

Veröffentlichungsjahr: 2014

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BREVE HISTORIA DEL CÓMIC

BREVE HISTORIA DEL CÓMIC

Gerardo Vilches Fuentes

Colección:Breve Historia

www.brevehistoria.com

Título:Breve historia del cómic

Autor:© Gerardo Vilches Fuentes

Copyright de la presente edición:© 2014 Ediciones Nowtilus, S.L.

Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid

www.nowtilus.com

Elaboración de textos:Santos Rodríguez

Revisión y adaptación literaria:Teresa Escarpenter

Responsable editorial:Isabel López-Ayllón Martínez

Maquetación:Patricia T. Sánchez Cid

Diseño y realización de cubierta:Universo Cultura y Ocio

Imagen de portada:Detalle de la portada deGreen Mask#01 (Verano de 1940), publicado por Fox Feature Syndicate.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjasea CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición digital:978-84-9967-634-0

Fecha de edición:Septiembre 2014

Depósito legal:M-21.729-2014

Índice
Introducción
I. El cómic como medio de comunicación de masas
1. Antecedentes y pioneros
Caricaturas y grabados
El cómic llega a la prensa
2. Hacia el cómic moderno
El manga japonés
El nacimiento del comic-book estadounidense
Tintin, el primer gran personaje franco-belga
Los primeros pasos de la historieta en español
3. La edad de oro del cómic de prensa estadounidense y el esplendor del comic-book
Las grandes series de aventuras en la prensa
El reinado del crimen y el terror
Will Eisner y Charles M. Schulz: dos genios singulares
4. La consolidación del cómic europeo y latinoamericano
Las revistas infantiles franco-belgas
Bonelli: el rey del fumetti italiano
El tebeo de posguerra en España
5. Hacia la madurez del medio
Tokiga-sō y gekiga, dos maneras de entender el manga
Oesterheld: el genio argentino
La BD de aventuras
II. La revolución del cómic
6. La revolución del cómic estadounidense
El regreso de los superhéroes: la Era Marvel
El cómic underground
7. La madurez del cómic europeo
La primera BD adulta
El cómic de autor italiano
Nuevos aires en Latinoamérica
El boom del cómic adulto en España
8. La renovación de los grandes mercados
La diversificación del manga
El comic-book en los setenta: superhéroes y nuevos géneros
III. La madurez del cómic
9. El cómic independiente estadounidense
Los primeros autores alternativos
Géneros clásicos, miradas alternativas
Drawn & Quarterly
10. Los ochenta, década de cambios
Superhéroes en los ochenta: la madurez del género
Nuevas estéticas en el manga
La BD: grandes sagas y cómic de autor
La edad de oro de las revistas de cómic en España
Calvin y Hobbes: la última gran tira de prensa estadounidense
11. Las transformaciones en el cómic comercial al filo del siglo XXI
El comic-book de autor: hay vida más allá de Marvel y DC
Decadencia y resurgir de los superhéroes
El manga en los noventa
12. El cómic de autor durante los noventa
El cómic alternativo estadounidense en el umbral del nuevo siglo
La nouvelle BD
13. El cómic hoy. La llegada de la novela gráfica
La última década de mainstream estadounidense
Una nueva forma de hacer y publicar cómics
La novela gráfica estadounidense
La novela gráfica en Francia
Un movimiento global
El renacer del cómic latinoamericano
La novela gráfica en España
El manga del nuevo milenio
Epílogo
100 recomendaciones
Bibliografía
Webgrafía
Colección Breve Historia…
Próximamente…

Introducción

Cómic, historieta o tebeo: lo llamemos como lo llamemos, es un medio de comunicación de masas conocido y producido en todo el mundo. Durante décadas, fue considerado un entretenimiento meramente infantil, pero hoy es un arte que ha alcanzado su madurez, y que sirve de plataforma para contar cualquier historia. El cómic puede ser fantástico o realista, humorístico o dramático, clásico o experimental, de aventuras o autobiográfico. Puede ser subversivo, propagandístico, educativo, conservador, underground, provocador o inofensivo. Puede estar protagonizado por superhéroes, por animales antropomórficos, por bárbaros, monstruos o robots, por personajes reales o inventados, por personas corrientes o por sus propios autores. Surge de la unión de la palabra y el dibujo para convertirse en algo totalmente diferente, en un campo de pruebas libre donde, en su corta historia, hay mucho que contar.

Actualmente, medios de comunicación, críticos literarios y profesores universitarios comienzan a prestar al cómic una atención que hace unos años habría sido impensable. Personas que dejaron de leer tebeos al hacerse mayores vuelven a acercarse con curiosidad a sus páginas, porque perciben que hay un cómic para ellos esperándolos. La variedad de géneros y temáticas se une al extraordinario momento creativo que atraviesa la historieta, que vive una auténtica edad de oro. Los clásicos conviven en las estanterías con los cómics de las nuevas generaciones de autores, que, conociendo la historia del medio y respetándola profundamente, están llevándolo a nuevos territorios inexplorados.

Pero para entender cómo hemos llegado hasta este punto es imprescindible conocer la historia del cómic. Eso es lo que pretende este libro: ofrecer a todos esos nuevos lectores una panorámica general, y adentrarse en una historia fascinante. La historia del tebeo es además una historia de luchas personales, de sueños y de desilusiones, protagonizada por hombres y mujeres que eligieron emplear su talento en un arte «menor» pero que consiguieron, entre todos, que se lo reconociera como lo que es.

I

El cómic como medio de comunicación de masas

1

Antecedentes y pioneros

CARICATURAS Y GRABADOS

Prácticamente desde que el ser humano tuvo la capacidad de abstracción necesaria para hacerlo, ha contado historias empleando imágenes. Por eso podemos decir que de algún modo la narrativa gráfica ha existido desde siempre, y la historia universal del arte da buena cuenta de ello, desde las pinturas rupestres de Altamira a los cantares de ciego. Sin embargo, el cómic es un medio relativamente nuevo, porque nace vinculado a la posibilidad de reproducirlo, rasgo que establece la diferencia entre obras como las cantigas de Santa María –frecuentemente mencionadas como antecedente del cómic– y la historieta: frente a la obra de arte única e irreproducible, el cómic es un objeto industrial, es decir, que se reproduce masivamente mediante medios mecánicos.

El germen del cómic está, por tanto, en la imprenta. El invento de Johannes Gutenberg inició a mediados del siglo XV la industria del libro, al permitir copiar de un modo relativamente rápido las obras literarias. Después, los medios técnicos se fueron perfeccionando, y permitieron la aparición de la prensa en el siglo XVI, cuya popularización en el XIX se convertirá en una de las claves para entender el nacimiento del cómic tal y como lo conocemos hoy en día.

Pero no adelantemos acontecimientos. Vayamos a la Suiza del siglo XIX. Allí nos encontramos con Rodolphe Töpffer, un profesor al que su miopía impidió seguir los pasos del padre, pintor de paisajes. Töpffer, que llegó a ser un intelectual respetado en su época, superaba esa frustración infantil dibujando, por puro entretenimiento, unas pequeñas historias a las que llamaba garabatos, y que distribuía entre sus alumnos. Estas historietas, de formato apaisado y dibujo apresurado, pueden considerarse el inicio del cómic moderno. Aunque Töpffer sentía que tenía que poner todo su empeño en triunfar como literato, quizás los elogios a sus viñetas de un anciano Goethe le hicieron seguir dibujando y, con el tiempo, publicó sus garabatos en álbumes que se vendieron en varios países europeos con bastante éxito. No faltaron críticas a su trabajo, voces académicas que lo consideraban de mal gusto y sin ningún valor artístico. Pese a ello, los dibujos de Töpffer, en opinión de historiadores como Santiago García, sembraron las semillas del cómic, ya que llamaron la atención de muchos artistas, que comenzaron a hacer sus propias historietas, como el alemán Wilhelm Busch y su Max und Moritz.

Ejemplo de los garabatos de Rodolphe Töpffer.

Sin embargo, hay otra disciplina que debemos tener en cuenta: el grabado. La litografía, una técnica que vivió su época de apogeo en el siglo XIX, permitió incluir en las publicaciones de prensa ilustraciones de gran calidad que en un principio se usaron con fines meramente ilustrativos e informativos, pero que pronto revelaron su verdadero poder como herramienta de crítica contra el sistema. Es el nacimiento de la caricatura, el dibujo deformado y exagerado con fines satíricos, que permite tanto la burla más zafia como la más sutil. Maestros del grabado hubo muchos en el siglo XIX, aunque el primero en alcanzar renombre lo hizo en el siglo anterior: el inglés William Hogarth, una de las influencias de Töpffer. Pero el más importante grabador satírico fue francés: Honoré Daumier.

Daumier (1808-1879) fue escultor, pintor y, sobre todo, grabador. Republicano convencido, influido por Voltaire y Rousseau, Daumier utilizará su arte y la técnica de la litografía para lanzar ácidas críticas contra los políticos de su época, en periódicos como La Silhouette –donde comenzó a publicar– o Le Charivari, de corte satírico. Obras como Gargantúa o El cuerpo legislativo le supusieron múltiples problemas con la justicia e incluso una estancia en prisión por caricaturizar al rey Luis Felipe I. Daumier crea o renueva muchos de los recursos gráficos asociados a la caricatura y, más tarde, al cómic. Su influencia y la de otros satíricos de su época es innegable en la mayor parte de los dibujantes que en todo el mundo cultivaron la caricatura política o social.

En cierto modo, fue la unión de la tradición del grabado satírico y los hallazgos narrativos de Töpffer, que dotaron de «movimiento» a los dibujos, la que dará a luz al cómic tal y como lo conocemos en los años finales del siglo XIX. Sin embargo, la caricatura tiene un peso específico, dado que comparte soporte con el cómic: ambos se desarrollaron en los periódicos.

EL CÓMIC LLEGA A LA PRENSA

En efecto, el cómic, ese arte que apareció casi en la bisagra de los dos siglos, nace en la prensa y crecerá en ella durante varias décadas antes de saltar a otros soportes. Conviene que vayamos diciendo que en el cómic el soporte es más que eso: determina en buena medida el tipo de historia y las formas narrativas con que puede contarse. Estos primeros años de vida vinculados estrechamente a la prensa son, por tanto, esenciales, y además nos darán la medida de hasta qué punto el cómic pudo llegar a ser relevante socialmente.

Viajemos a Estados Unidos, años noventa del siglo XIX. La prensa, desarrollada durante las últimas décadas, está a punto de comenzar su edad de oro. Los medios técnicos y el aumento de la alfabetización entre la población estadounidense permitieron la aparición de grandes imperios de la comunicación. Concretamente, los de dos magnates que van a cambiar la manera en la que se hacía periodismo y se editaban periódicos: William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer. Ambos irrumpieron en la prensa neoyorkina con ideas revolucionarias y una nueva forma de contar las noticias, más sensacionalista y con una presencia de la imagen mucho más importante que hasta entonces. Pulitzer, que con los años acabaría dando nombre a los premios más conocidos de periodismo a nivel mundial, fue el primero en imprimir a color su diario, el New York World. Era 1894 y empezaba una nueva era en la prensa estadounidense. El color abría la puerta a un mundo de posibilidades que Pulitzer estaba decidido a exprimir. Las consecuencias pronto se apreciaron en las páginas de cómic que aparecían en el New York World. En 1895 aparece en la edición dominical la primera página de historieta a color de la historia: Hogan’s Alley (El callejón de Hogan). Obra de Richard Felton Outcault, esta página mostraba, acompañada de texto, una única ilustración en la que se veían escenas de la vida cotidiana de un barrio humilde de Nueva York, protagonizadas sobre todo por una pandilla de niños, entre los que estaba uno calvo vestido con un enorme camisón amarillo: The Yellow Kid. Como una versión tosca del bocadillo de texto, las palabras que decía este chaval estaban escritas en su camisón. El impacto de esta historieta fue tal que muy a menudo se le atribuye, equivocadamente, la condición de primer cómic. Más allá de ese error recurrente, aunque hoy cueste imaginárselo, Hogan’s Alley fue un auténtico fenómeno de masas. De hecho, estuvo en el centro de la primera gran guerra entre corporaciones de la prensa.

Todo empezó cuando Hearst, hombre de negocios expeditivo y de métodos incendiarios, decidió declararle la guerra a Pulitzer con una acción insólita: contrató a todo el personal encargado del suplemento dominical del New York World, incluido Outcault, para que trabajaran en una nueva publicación, AmericanHumorist. Pulitzer llevó el caso a los tribunales, que tomaron una decisión sorprendente: se decidió que Pulitzer podía seguir utilizando el título de Hogan’s Alley, con otros dibujantes, mientras que Outcault podía seguir dibujando a sus personajes en su nueva editorial, pero sin usar el nombre. Todo este affaire nos muestra hasta qué punto era popular e influyente. El resto de los periódicos satirizaron todo el proceso en sus propias viñetas, y además acuñaron un término para referirse a partir de entonces a los periódicos sensacionalistas derivado de The Yellow Kid. Sí, en efecto: la expresión «prensa amarilla» proviene de este cómic.

Una de las viñetas más conocidas de Hogan’s Alley , de Richard Felton Outcault.

El éxito y la increíble creatividad de Hogan’s Alley no pasan desapercibidos, y darán lugar a una época en la que dibujantes de increíble talento, gracias a la demanda de historietas por parte de la prensa de todo el país, crearán obras caracterizadas por una gran libertad formal. El cómic, un recién nacido, no tenía aún reglas establecidas ni convención alguna; se van creando, en realidad, durante estos primeros años. Estos autores, que enseguida vamos a repasar, experimentaron con las posibilidades del medio, y fijaron sus recursos y elementos más característicos, desde el bocadillo a la onomatopeya, o incluso el orden de lectura del texto y las viñetas. Fue un campo de pruebas fresco y excitante, que atraerá a artistas de todas las disciplinas por sus posibilidades inexploradas. El propio Outcault con Buster Brown, Frederik B. Opper y su Alphonse and Gaston, el extrañísimo pero magistral Gustave Verbeek con The Upside-Downs of Little Lady Lovekins and Oldman Muffaroo –una historieta que se leía al derecho y al revés, girando la página–, el Bringing Up Father de George McManus y su afilada crítica social de las clases acomodadas y los nuevos ricos, James Swinnerton y su Little Jimmy… sería imposible acercarnos a todos los grandes creadores que dan forma al cómic durante las dos primeras décadas del siglo XX. Pero hay cinco nombres imprescindibles para la historia del tebeo, cuya importancia obliga a detenernos.

Rudolph Dirks recibió el encargo por parte de William R. Hearst de realizar una versión de la tira de Busch, Max und Moritz, que ya mencionamos. El resultado, The Katzenjammer Kids, cuenta las trastadas que los hermanos Hans y Moritz les hacen a su madre y a Der Captain, un personaje que Dirks introducirá en la serie tras un parón motivado por la guerra de Cuba. The Katzenjammer Kids se convertirá en un gran éxito, tal vez no a la altura de lo que supuso Hogan’s Alley, pero aun así reseñable. Cuando Dirks se tomó un año sabático, Hearst ofreció la serie a Harold H. Knerr, un dibujante que obtuvo tales resultados que, a la vuelta de Dirks, seguirá al frente de la página dominical en detrimento de su creador. Ahí entra en escena Pulitzer, que, ansioso por devolverle la jugada a su gran rival, contrató a Dirks en 1914 para que continuase con su trabajo, aunque, lógicamente, bajo otro nombre: Hans und Frizt. Ambos cómics convivirán, aunque con cambios en sus títulos –durante la Primera Guerra Mundial, para disimular los orígenes alemanes de los protagonistas–, hasta que la segunda versión finalice en 1979. La tira original, la que heredó Knerr, sigue produciéndose hoy en día en manos de otros dibujantes.

Winsor McCay fue uno de los artistas más importantes de comienzos del siglo XX. Cultivó la ilustración, fue pionero del cine de animación con cortometrajes como Gertie the Dinosaur y creó varias series de cómic para diferentes periódicos. McCay se lanzó a la experimentación sin prejuicios, e hizo avanzar el lenguaje del cómic a una velocidad de vértigo en pocos años. Dio forma a muchos recursos narrativos y estéticos que hoy siguen siendo parte del cómic, desarrolló el metalenguaje del mismo, dibujando historietas en las que los elementos narrativos –marcos de viñeta, bocadillos– podían interactuar con los personajes, o rompiendo la cuarta pared. Primero con Little Sammy Sneeze (El estornudo del pequeño Sammy) o Dream of the Rarebit Fiend, y pronto con su mejor creación y por la que se le recordará siempre: Little Nemo in Slumberland (El pequeño Nemo en el país de los sueños). Aparecida entre 1905 y 1914 y en una etapa posterior entre 1924 y 1926, la obra magna de McCay es sin duda la primera gran obra maestra de la historia del cómic. Cada página era un derroche de imaginación y talento, que aprovechaba los viajes nocturnos del protagonista, Nemo, al país del rey Morfeo para crear planchas llenas de belleza y magia, que incluso vistas hoy, un siglo después de su creación, asombran por su increíble calidad y su estética vanguardista. Fue también en esta serie donde McCay se lanzó definitivamente al experimento, consiguiendo efectos y desarrollando herramientas que serán una poderosa influencia en muchos dibujantes posteriores.

Plancha de Little Nemo in Slumberland de Winsor McCay.

George Herriman era un nativo de Nueva Orleans que se mudó a Nueva York y que con tan sólo veinte años, en 1900, ya publicó sus primeros dibujos. Pero su mayor aportación a la historia del cómic, y una obra maestra indiscutible, no llegó hasta 1913: Krazy Kat. Publicada hasta 1944, Krazy Kat estaba ambientada en el Coconino County, un universo desértico con sus propias leyes físicas, en el que se repite con infinitas iteraciones el mismo tema: el ratón Ignatz le asesta un ladrillazo a Krazy, una gata –o gato; nunca queda del todo claro– enamorada de él, y el oficial Pup lo detiene y encierra en la cárcel. La serie no tiene continuidad ni coherencia, y se basa en el puro surrealismo, en el humor y en la poesía visual que Herriman es capaz de transmitir. Krazy Kat es imaginación, improvisación y delirio. Hay quien la ha comparado con el jazz, y no le falta razón. Herriman retuerce las leyes del dibujo en ingeniosas piruetas metalingüísticas, al tiempo que desarrolla una lengua propia, en la que mezcla yiddish, español, francés e inglés, de la que resulta un galimatías de juegos de palabras con base fonética: puro dadaísmo que lamentablemente es imposible traducir conservando su esencia a otros idiomas. Krazy Kat fue durante tres décadas la obra más experimental y original del cómic estadounidense, y su influencia puede rastrearse en los creadores más vanguardistas del medio, como es el caso de Jim Woodring, de quien hablaremos a su debido tiempo, pero fue también una referencia cultural de primer orden, admirada por muchos de los artistas más relevantes del siglo, como Picasso, rendido admirador de Herriman.

Frank King es otro de los más grandes pioneros del cómic. Natural de Wisconsin, comenzó a ganarse la vida dibujando muy joven, al tiempo que asistía a clases en la Academia de Bellas Artes de Chicago. Su primera serie fue The Rectangle, publicada originalmente en el Chicago Tribune en 1913. Pero el momento en el que King comienza a hacer verdadera historia de la historieta llegará un poco después, en 1918, cuando introduzca en su tira al personaje de Walt Wallet y la renombre como Sunday morning in Gasoline Alley, pronto conocida como simplemente Gasoline Alley. La serie se convirtió en un trabajo descomunal, que admite pocas comparaciones, ya que se ha publicado ininterrumpidamente desde entonces hasta nuestros días, aunque lógicamente en otras manos; King estuvo al frente hasta 1956. Fueron treinta y ocho años en los que desarrolló su particular universo, donde introdujo una novedad fundamental para su éxito: mientras que en todas las tiras contemporáneas los personajes vivían sus peripecias en un limbo temporal, en Gasoline Alley el tiempo transcurría a la par que el del mundo de fuera de las viñetas, de manera que los personajes, a lo largo de los años, crecían, se casaban, se jubilaban… y morían. Skeezix, el hijo adoptivo de Walt, apareció en la serie siendo un bebé recién nacido, y actualmente es abuelo. Esto fue lo que le dio a la tira su dimensión de saga, de historia sin fin. Evidentemente, esta genial idea no habría sido nada sin el talento del autor. A partir de 1920, King comenzó a usar la página dominical para desplegar todo tipo de experimentos narrativos y formales, jugando con el color o las viñetas de manera única.

Una ilustración de E. C. Segar en la que pueden verse algunos de sus personajes más populares. ©King Features Syndicate

Por último, tenemos a Elzie Crisler Segar, autor de Thimble Theater desde 1919. Fue una serie de protagonismo coral y humor absurdo cercano al cine mudo, cuyo título seguramente no suene al lector, pero a buen seguro el personaje que Segar introdujo en 1929 sí lo hará: Popeye. El marinero tuerto de habla casi ininteligible se convirtió en el protagonista absoluto de la tira y comenzó a vivir extrañas aventuras por todo el mundo, enfrentado a la Bruja del mar o a los Goon. Aunque la serie de dibujos lo consagró como un icono de la cultura de masas y lo convirtió en un apologeta del consumo de espinacas, lo cierto es que, en sus orígenes en la prensa, Popeye obtenía su extraordinaria fuerza frotando una gallina mágica. Segar fue incorporando extravagantes personajes a la tira y perfeccionó su estilo caricaturesco, que influirá muchos años después a un joven Robert Crumb. Murió prematuramente en 1938, víctima de una leucemia, y Thimble Theater continuó su andadura hasta nuestros días en manos de otros artistas.

2

Hacia el cómic moderno

EL MANGA JAPONÉS

Mientras el cómic nacía y crecía en Estados Unidos, ¿qué pasaba en Japón? A nadie se le escapa que hoy supone el mayor mercado del cómic mundial. El nombre que allí recibe la historieta, manga, significa «dibujo involuntario» o «dibujo grotesco» y fue acuñado por el pintor Katsushika Hokusai en 1814 cuando editó su Hokusai Manga, una colección de dibujos satíricos. Pero el manga, en realidad, tiene dos orígenes. Uno interno: la cultura japonesa tiene una tradición pictórica y visual de profundas raíces. Ya en el siglo XI existían los chôjûgiga, imágenes humorísticas con animales que, vistas hoy, nos resultan sorprendentemente modernas.

Desde entonces hasta Hokusai, los ejemplos son innumerables, pero será este pintor quien se convierta, de manera oficiosa, en el primer protomangaka: sus dibujos influyeron e influyen a muchos autores japoneses. De esta tradición, el manga obtendrá las bases de su particular lenguaje narrativo, muy diferente al occidental, empezando por el orden de lectura, inverso al nuestro, y lleno de recursos tales como las líneas cinéticas, la deformación de las figuras, o el llamado efecto máscara o enmascaramiento, consistente en colocar personajes caricaturescos en escenarios realistas.

Pero decíamos que el manga tiene dos orígenes, y el segundo es externo: la publicación de la revista satírica Japan Punch en 1862 por iniciativa de un inglés residente en Japón, Charles Wirgman, que fue posible debido a la apertura cultural de la era Meiji. La revista se inspiraba en la inglesa Punch. Veinticinco años después, apareció otra publicación editada por un extranjero, Toba-e. Aunque son revistas ideadas para ser compradas por los extranjeros, influirán a muchos artistas japoneses del momento. De estas revistas, el manga imitó sus primeros formatos.

Con estos mimbres, aparece el primer autor de manga contemporáneo, Rakuten Kitazawa, que, para empezar, recupera el término manga utilizado un siglo antes por Hokusai, y publica la primera historieta japonesa con personajes fijos: Tagosaku to Mokubê no Tôkyô Kembutsu (El viaje a Tokyo de Tagosaku y Mokubê).

De esta forma, las dos tradiciones del cómic, la occidental y la oriental, van a desarrollarse de manera muy pareja, con fechas similares. Los primeros pasos del manga coinciden con el estallido del cómic de prensa en Estados Unidos, que llega a Japón mostrando a los artistas del incipiente manga todo un mundo nuevo de recursos, estilos y géneros. Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial aparecen cómics para chicos (shônen manga), para chicas (shôjomanga), para niños pequeños (yônen manga), para adultos (seinen manga)…

En estos primeros pasos del manga encontramos algunas series que no sólo obtienen gran éxito, sino que marcan la tendencia a seguir. Una de las primeras fue Shô-chan no Bôken (Las aventuras de Shô-chan), de Oda Shôsei y Katsuichi Kabashima, una historieta que contaba las aventuras de un niño y su ardilla mascota. Pero quizás la más significativa fue Norakuro, de Suihô Tagawa. Este manga contaba en clave de humor infantil las andanzas de un perro que se enrola en el ejército japonés. Cuando el país entra en guerra contra China, la importancia de esta serie era tal que las autoridades presionaron para que su contenido fuese propagandístico y mostrara al protagonista luchando contra el ejército chino, representado como cerdos.

Pero la Segunda Guerra Mundial, que se llevó por delante la economía japonesa, arrastra a la aún relativamente pequeña industria del manga. Sin embargo, tras la contienda, vivirá su auténtica edad de oro al convertirse en un entretenimiento popular, al alcance de todo el mundo –era muy barato, pero además surgieron muchas editoriales que se dedicaban a producir manga destinado al alquiler, el kashibon–, producido en masa por autores mal pagados que trabajaban hasta el agotamiento todos los días de la semana y destinado a una población herida por la guerra, deseosa de evadirse y pasar un buen rato. Las cifras de venta que empiezan a manejarse son ya de millones de ejemplares a la semana.

Será entonces cuando aparezca la figura más importante de la historia del manga: Osamu Tezuka. Tezuka, al que no en vano llaman en Japón el dios del manga, revolucionó la manera en la que se hacían tebeos tras la Segunda Guerra Mundial. Su llegada causó un profundo impacto en los autores contemporáneos, que empezaron a dibujar manga a la manera de Tezuka, imitando su estilo y adoptando sus recursos. Su aparición resulta más sorprendente aún si tenemos en cuenta que la primera obra larga la publica con sólo dieciocho años, en 1946. Se trata de Shin Takarajima (La nueva isla del tesoro), una historieta publicada en formato tomo, de doscientas páginas, en las que Tezuka vuelca sus dos pasiones: la animación y el cómic occidental. Shin Takarajima está llena de ideas revolucionarias, que nunca antes se habían visto en el manga, sobre todo en lo que respecta a la secuenciación de planos y a la narrativa. El estilo de Tezuka, increíblemente dinámico, se convierte de pronto en el canon del manga. Los llamativos ojos enormes, característicos de ciertos géneros, se deben a él, que a su vez los tomó de las películas de Disney, que tanto le gustaban.

Portada de la edición española de Shin Takarajima de Osamu Tezuka (Glénat, 2008). ©Tezuka Productions

En los años siguientes, Tezuka publicará una cantidad ingente de material para las editoriales más importantes de Japón. Son obras dirigidas a un público infantil o juvenil, en las que vuelca sus valores positivos y su inconfundible optimismo. Tal es el caso de Lost World (Mundo perdido), Jungle Taitei (Kimba, el león blanco) –inspiración no reconocida de El Rey León de Disney–, una de sus creaciones más populares, Astro Boy, o su obra más extensa, Hi-No-Tori (Fénix), iniciada en 1954. Bajo la sombra de Tezuka, la industria del manga se asienta en Japón, y surgen infinidad de autores que pueden considerarse discípulos del dios del manga. Pero ya llegaremos a eso.

EL NACIMIENTO DEL COMIC-BOOK ESTADOUNIDENSE

Toca volver a cruzar el charco y ver qué estaba pasando en Estados Unidos mientras el manga daba sus primeros pasos. En las primeras décadas del siglo XX, el hábitat natural de la historieta era el periódico, ya fuera como tira diaria o como página a todo color en los suplementos dominicales. Pero en los años treinta iba a surgir un nuevo formato para la industria del tebeo: el comic-book.

Desde 1900, William Randolph Hearst había estado publicando recopilaciones de las series que editaba en sus diarios, lo que podría considerarse como un antecedente del comic-book. Pero la más clara inspiración para este novedoso formato sería The Funnies, una revista de gran formato que se editó tan sólo durante un año, 1929, y que incluía material de nueva creación. Esta revista, editada por la compañía Dell, no tuvo mucho éxito, quizás debido a la grave situación económica que atravesaba el país, pero sentó un precedente claro para lo que pasaría en la década siguiente.

Surgido casi por azar en el seno de la Eastern Color Printing, el comic-book inició su andadura en 1933 como producto de regalo de una conocida marca de detergentes y jabones, Procter & Gamble. The Funnies on Parade fue el nombre que recibió. El éxito fue tal que pronto comenzó a extenderse la costumbre de regalar comic-books y el formato se hizo popular. Este «libro de cómics» era, en realidad, un cuadernillo de 17 x 26 centímetros, formado por pliegos de papel grapados, a color o en blanco y negro. Fue el primer formato creado específicamente para publicar historieta, y resulta sorprendente que apenas ha evolucionado en sus casi ochenta años de existencia: los comic-books publicados en la actualidad son, salvo por la calidad de papel y de impresión, básicamente iguales a los que se distribuyeron como regalo para los clientes fieles de Procter & Gamble.

La amplia aceptación del nuevo formato llevó a su impulsor en la Eastern Color Printing, Max C. Gaines, a intentar distribuir los comic-books en los quioscos. De nuevo, el resultado sorprendió a todo el mundo. A pesar de las dudas de las distribuidoras, la empresa en la que trabajaba Gaines consiguió los permisos necesarios para comenzar a publicar colecciones regulares de comic-books. La primera de ellas apareció en 1934 y se llamó Famous Funnies. El resto puede imaginarse: el formato se extiende y es imitado por decenas de editoriales. En los nuevos comic-books podían encontrarse tanto reediciones de tiras de prensa como material nuevo. Los géneros en principio eran el humor, el costumbrismo y la aventura. Pronto empiezan a aparecer autores que trabajaban exclusivamente en el comic-book, aunque en honor a la verdad hay que decir que en un primer momento la mayoría de ellos eran artistas rechazados por los syndicates para publicar en prensa. Pero entonces sucedió algo que provocó un vuelco en esta situación: la llegada de los héroes enmascarados.

Malcolm Wheeler-Nicholson fue uno de los primeros editores que en 1934 se sumó al carro de los comic-books. Tras unirse a Jack S. Liebowitz fundó Detective Comics. O lo que es lo mismo: la futura DC Comics. Era 1937. El asunto acabó muy mal para Wheeler-Nicholson: traicionado por sus socios y obligado a ceder sus creaciones y apartarse del mundo del cómic para volver a su trabajo anterior como escritor profesional en revistas pulp. Pero la semilla de lo que estaba por venir ya estaba plantada, aunque él jamás se beneficiaría de sus frutos.

Durante esos primeros años, el auge del comic-book propició la industrialización masiva de la historieta, con la creación de grandes estudios de guionistas y dibujantes, como el Eisner & Iger Studio, que procuraban material a las editoriales del ramo. Un gran número de autores muy jóvenes, entre ellos algunos que después se convertirán en vacas sagradas, pudieron así publicar sus primeros trabajos. Fue el caso de Jerry Siegel y Joe Shuster. Ambos llevaban algún tiempo publicando sus historietas en National, pero al mismo tiempo habían estado moviendo en los últimos meses un proyecto de tira de prensa por diferentes syndicates, sin éxito. Tuvieron la suerte de que, en 1938, esa propuesta llegó a su editor en National, Vin Sullivan, que entonces estaba buscando material para un nuevo comic-book, Action Comics. Los dos autores adaptaron como pudieron su tira de prensa y, finalmente, su creación apareció en la cubierta del nuevo título. Estamos hablando del archiconocido Superman.

Cubierta de Action Comics número 1, obra de Joe Shuster y Jerry Siegel. ©DC Comics

Superman es el último superviviente del planeta Krypton, enviado en un cohete espacial por sus padres a la Tierra instantes antes de que su mundo natal fuera destruido. El pequeño alienígena aterriza en medio de Kansas, donde es recogido y criado por el matrimonio Kent. De adulto, decide vestirse con los colores que portaba en el cohete, rojo y azul, y la icónica «S» que lucirá en el pecho, y convertirse así en un héroe que luche por la justicia. Superman se esconde en su álter ego, el tímido Clark Kent, un patoso periodista del Daily Planet de la ciudad de Metrópolis –llamada así por la película de Fritz Lang–, donde también trabaja Lois Lane, la eterna novia de Superman. Sus increíbles poderes lo convierten en el ser más poderoso de la Tierra: superfuerza, supervelocidad, visión calorífica, rayos x, piel a prueba de balas, vuelo…

Superman fue el primer superhéroe de la historia, aunque bebiera de muchas fuentes: los mitos griegos, por supuesto, pero también héroes enmascarados del pulp y personajes de las tiras de prensa como Flash Gordon. Sobre su origen se ha teorizado mucho. Se ha mencionado la condición de judíos de Siegel y Shuster para ver una parábola en Superman, por ejemplo. En cualquier caso, lo que es cierto es que el nuevo personaje tendrá un éxito espectacular, que dará inicio a la Golden Age (la edad dorada) del comic-book, en la que sus imitadores aparecerán como setas. En Action Comics los dos jóvenes autores fueron desarrollando toda la mitología de su nueva criatura, haciéndola evolucionar poco a poco hasta convertirla en uno de los iconos estadounidenses más populares del siglo XX. Por ejemplo, su famoso símbolo en el pecho sufrió muchos cambios hasta llegar al diseño actual, y uno de sus poderes más característicos, la habilidad de volar, no estaba presente en sus primeras aventuras: simplemente podía saltar muy alto. Además, se fueron añadiendo nuevos personajes, como Supergirl, Krypto, el Superperro, y hasta Comet, el Supercaballo. Con el tiempo, Superman no sólo contó con muchas más series en las que vivir aventuras, sino que fue adaptado en multitud de seriales de radio, series televisivas y largometrajes, encarnado en sus primeras apariciones en la gran pantalla por el actor Christopher Reeves.

El siguiente personaje del que vamos a hablar no es menos conocido: Batman. Su origen lo encontramos en 1939. Bob Kane, dibujante de estilo caricaturesco sin mucho éxito hasta entonces, ante el hallazgo de Siegel y Shuster con Superman –y sobre todo al enterarse de cuánto cobraban a la semana–, decide crear un personaje con el que repetir el éxito. Junto con su amigo Bill Finger, antiguo vendedor de zapatos que ya había guionizado alguno de los trabajos de Kane, se pone manos a la obra para idear un nuevo héroe. Ambos son devotos lectores del pulp, por lo que su personaje se basará en otros ya existentes como la Sombra o The Phantom –más conocido en España como el Hombre Enmascarado–, y también en el Zorro de Johnston McCulley. Batman, el hombre murciélago, será, en realidad, un multimillonario, Bruce Wayne, que vive obsesionado por la pérdida de sus padres a manos de un ladrón de poca monta cuando era pequeño. Decidido a luchar contra el crimen, se prepara para ello física y mentalmente. Una noche, un murciélago entra por la ventana de su mansión, lo que interpreta como una señal: debe vestirse de murciélago y comenzar su cruzada contra los criminales de la imaginaria ciudad de Gotham. En un principio, Batman es más un detective que un superhéroe, porque, de hecho, ni siquiera tiene poderes especiales.

Batman apareció por primera vez en Detective Comics número 27, guionizado por Finger y con dibujos de Kane. Posteriormente, este consiguió firmar un acuerdo con National que lo reconocía como único creador del personaje y autor de todas sus aventuras, lo que dejaba sin acreditar no sólo a Finger, sino a numerosos dibujantes que empleó como negros. En realidad, él dibujó muy pocas historias. Los tejemanejes de Kane se han ido conociendo mucho tiempo después, ya que sistemáticamente negaba cualquier colaboración en Batman y se atribuía todo el mérito, incluso en una polémica autobiografía. Sólo quince años después de la muerte prematura de Finger Kane reconoció alguna ayuda por su parte y se lamentaba de que no hubiese recibido el crédito adecuado, a pesar de que en sus manos estuvo dárselo. Hoy sabemos que a la pluma de Finger se deben muchas de las características de Batman, así como gran parte de los secundarios, desde Robin a Catwoman.