5,99 €
Desde hace más de una década comenzaron las travesías en bicicleta y siempre estaba en agenda poder transitar Cuba, pero por diversos motivos, otros destinos fueron prioritarios. Luego sucedió la muerte de Fidel y esto apuró la decisión para poder conocer el país antes de que grandes cambios se dieran. Con la experiencia ganada de transitar otros países en bicicleta, con el ojo acostumbrado y el espíritu abierto a otras realidades, llegó el momento de transitar la isla a puro pedal. Nunca fue el objetivo de andar por las zonas preparadas para el turismo, sino buscar el contacto con los ciudadanos y campesinos, vivir su realidad, compartir sus tiempos y sueños, cosa que sucedió en largas charlas. El libro expresa por un lado lo vivido, dejando de lado los prejuzgamientos que miradas hegemónicas ponen en nuestras mentes; andar con libertad por caminos poco transitados, recibir el saludo emocionado de los peones de caña de azúcar, que al ver la bandera argentina nos recibían como hermanos que le habíamos cedido a la persona ejemplar de su patria como lo es el Che. Por otro, revela una geografía impensada; sus playas y mares son lo conocido pero sus sierras, mogotes, pantanos y praderas hacen diversa una pequeña tierra. La travesía fue un dejarnos llevar de un lugar a otro por carreteras casi para nosotros solos, compartiendo sus viviendas, comprando en los mismos mercados, escuchando las voces, viviendo sus tiempos que corren sin apuro. De sus muros que hablan, aprendimos sobre historia, valores, y la prioridad de lo colectivo por sobre todas las cosas. Este texto es una invitación a sumergirse en una sociedad distinta, ni mejor ni peor; relatada desde la experiencia y vista desde la velocidad de la bicicleta.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 120
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-
bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet
o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad
de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020.
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Buscando a Cuba
Viajar a/por Cuba nos propone doble desafío. Por un lado, hacerlo en bicicleta brinda independencia de movimiento, prescindimos de las redes de transporte público y penetramos en los lugares donde se mueve el pueblo en su vida cotidiana. Por otro, permite traspasar los mitos verdaderos y falsos que imperan sobre la isla, conociendo el territorio, sus costumbres, su heroica historia y, sobre todo, la cotidianeidad de las personas que están lejos del escenario irreal preparado para el turismo. Seguimos el ideario de José Martí (1876) cuando decía: “Todos los pueblos tienen algo inmenso y majestuoso y de común, más vasto que el cielo, más grande que la tierra, más luminoso que las estrellas, más ancho que el mar: el espíritu humano. […] Para conocer a un pueblo se le ha de estudiar en todos sus aspectos y expresiones: en sus elementos, sus tendencias, en sus apóstoles, en sus poetas y bandidos”.1
La ruta elegida enlaza territorios donde lo convocante, por momentos, es el paisaje; en otros, la política y la historia; en otros, la producción. Con la idea de conocer el país desde sus entrañas, contadas por sus propios actores, realizamos esta vuelta a la isla en bicicleta con alforjas, recorriendo 1.500 kilómetros por todo tipo de caminos. Si podemos decir que algo nos faltóencontrar, fueron los bandidos.
Bienvenidos a este recorrido, esperamos que viajen con nosotros y llenen los espacios de colores, aromas y sensaciones.
La mística delos aeropuertos
Después de dos días de preparativos, finalmente nos encontramos en el aeropuerto esperando el vuelo a La Habana. Las instancias previas al viaje no fueron como otras, Cuba y sus fantasmas inundan las redes. En cada foro es posible encontrar algo distinto: con respecto al abastecimiento y sus limitaciones, “hay que llevar todo, hasta el último elemento, son muy caros cuando los encontrás”. Mencionan repuestos, artículos de tocador, medicamentos, biromes, papel higiénico, todas las suposiciones que puedan imaginar.
Boletode avión
Córdoba - Panamá
Cuestiones como estas también las analizamos en equipo, y tomamos la decisión de no variar nuestra política, que mantenemos desde hace años: “Llevamos lo básico, lo elemental, lo indispensable para andar sin contratiempos”.El ingreso en el aeropuerto siempre es un punto importante en este tipo de viajes: cinco pasajeros con cinco cajas llaman la atención. Confesamos que este momento es el que nos causa más estrés en los viajes, nunca sabemos qué van a pedir la aerolínea o la policía aeroportuaria.
Así comenzamos con el primer contratiempo. Un miembro de la empresa Copa se acerca con su cinta métrica, comienza a medir las cajas, nos mira indiferente diciendo que las medidas no acuerdan con la política de la empresa: afirma que, en medidas lineales, deben tener 176 cm. Deviene una larga discusión, ya que tenemos experiencia en el tema y siempre tratamos de respetar lo que está en la reglamentación de la empresa, pero, como poderoso caballero es don dinero, terminamos pagando U$S 100 por cada una de las bicicletas. A saber, señores ciclistas, este tema siempre es discrecional.
Finalmente embarcamos en un avión muy pequeño, incómodos, sin servicios, lo que significó para nosotros no dormir nada en plena madrugada. Primera escala en Panamá, el aeropuerto se asemeja a un gran shopping, un espacio que invita a recorrer sus pasillos con el ojo entrenado para la compra —y nosotros que deseábamos profundamente descansar, gran contradicción—.
De un salto estamos en La Habana, Cuba. En este tramo aéreo observamos a un sujeto sentado junto a nosotros con un look pop tropical muy prolijo, al que por supuesto le dimos charla. Se trataba de un cantante de música cubana que vivía en México, acompañado de una joven que lo miraba con gran admiración; viajaban planeando inversiones en la isla. Una vez en tierra, el cantante continuó solo al encuentro de su mujer e hijos, que lo esperaban tras el vidrio de la aduana. En la despedida nos dijo: “No somos un país con mucha tierra, pero tenemos, de todo, un poquito”, y se alejó con una sonrisa que aguardaba la nuestra.
El aeropuerto José Martí tiene una arquitectura característica de la década del 60, sencilla, limpia y sin lujos, y pocos viajeros. Rápidamente nos ubicamos, encontramos las cajas con las bicis: nuestro más preciado tesoro, sin ellas esta aventura no sería contada.
Atravesamos los controles correspondientes, donde solo miraron por fuera las cajas sin pasarlas por ningún scanner, y nos saludaron cordialmente deseándonos suerte en la travesía.
Con las bicis en nuestro poder nos dirigimos hacia el enfrentamiento con la realidad de la isla, que, por cierto, no se hizo esperar.
Primer desafío, encontrar casas de cambio. No nos habíamos percatado de esto y solo contábamos con dólares en nuestros bolsillos2. En la búsqueda coincidimos con un taxista que nos brindó la información necesaria. Nos acompañó hacia la escalera y, ubicándonos en ella —siempre andando—, nos ofreció cambiarnos a mejor precio. Entre miradas cruzadas nos entregamos a una transacción en movimiento, este fue el bautismo de fuego en el doble mercado que existe para todo.
La realidad estaba tras el vidrio, colas de autos antiguos de alquiler, algunas trafics y una entretenida reunión de choferes que gesticulaban y reían. Traspasamos la puerta y el calor nos dio un uppercut al mentón —mediodía en Cuba—. Recorrimos la fila hasta dar con un vehículo que nos permitiera subir las cinco cajas y a nosotros.
Segundo aprendizaje de la jornada: “todo se negocia”, al primer monto le siguen las negociaciones hasta llegar al precio final. Pactamos el transporte por el equivalente a U$S 30 o CUC, cifra que suponíamos económica si la dividíamos entre cinco pasajeros y por los kilómetros por recorrer hasta nuestro alojamiento. El chofer —un moreno enorme— se llamaba Lester, con él tomamos nota de las primeras referencias de la ciudad a medida que recorríamos estos espacios. La música de la radio marcaba los compases que acompañaban los movimientos de su cuerpo al hablar, todo de manera espontánea, como si fuera su genética, además de su encantadora tonada y de modismos donde la “r” es reemplazada por la “l”.
Suponemos que a los viajeros les sucede lo mismo, la sorpresa ante todo lo que se ve: en el semáforo, al lado nuestro, carros con caballos, motos chinas, bicis y camiones que arrojan nubes de humo negro.
De costumbres, aromas y sabores
Nos sumergimos en una sociedad distinta, con otras reglas, y esto trae aparejadas ansiedad y ganas de conocer cada vez más, partiendo de la premisa de que todo es diferente a lo que conocemos hasta el momento y a nuestra sociedad capitalista.
Como viajeros en el tiempo, atravesamos La Habana vieja llegando al popular “barrio chino”, a lo de tía Ida, la primera casa de familia donde reservamos alojamiento.
Al bajar de la trafic la primera impresión fue fuerte, calor, música en cada rincón, olores. ¿Dónde está el tiempo? En la calle ocurre todo, sin demasiadas reglas a la vista. Las familias sentadas en la puerta con sus reposeras conversan —en un tono elevado— de vereda a vereda, algunos hombres juegan dominó con mucha pasión —a los gritos—, son verdaderas batallas de tablitas. Un gallo de riña atado de su pata a la reja de la puerta. Gente agrupada con su celular en torno a un joven de cabellera teñida de rubio3.
Nada de lo que uno cree que es, es. Continuamente todo se rehace, imágenes y sensaciones encontradas todo el tiempo.Tía Ida, dueña de casa —ex maestra de primario—, de una tranquilidad y amabilidad únicas, junto con su esposo Oriol —ex submarinista—, nos abrieron las puertas de su vivienda, pequeña pero muy acogedora. En su mini patio amontonamos las cajas e hicimos los papeles, firmando unos libros de control que certifican que el alojamiento es oficial4.
Venimos de un viaje con un servicio no muy agradable, y pasado el mediodía necesitamos recargar energías. Ida nos recomienda un comedor para residentes a la vuelta de su casa. Allí nos dirigimos, El comedor de Bárbara, un pequeño negocio donde los vecinos pasan a buscar comida o los operarios paran para almorzar, lo que ellos denominan “paladar”. El lugar tiene un estilo ecléctico que mezcla imágenes de Macondo con Almodóvar, flores plásticas, pósters de caballos que corren por praderas mágicas. La cocinera, una mujer negra con pañuelo en la cabeza, se acerca a saludar, y la nota está dada por la moza, una joven morena muy hermosa, llamada Raima, que luce unas pestañas larguísimas y uñas prolongadas con dibujos sobre ellas; en cada gesto las muestra sonriente.
Raima toma nota de los pedidos, aunque en realidad solo varía el tipo de carne. Todos los platos incluyen arroz en gran cantidad, frijoles amarillos, rojos o blancos (lo que llaman potache), ensalada de tomate, lechuga y pepino, fufu (que es una banana hervida) y un bife de pollo o cerdo (los de res son escasos), además de una jarra de jugo que no consumimos por temor a que el agua nos hiciera mal5. Todo eso por 1,25 CUC y a la noche por 2,50 CUC, realmente económico. Hay que tener en cuenta que son comedores para los cubanos, se debe caerles bien, cosa que los argentinos tenemos garantizada al ser de la patria del Che.
Si nos dirigimos hacia la zona más turística los precios son internacionales, pensados básicamente para europeos. La dueña del bar se ofrece a buscarnos latas de cerveza en los negocios de esta zona, donde ellos compran; la amabilidad de todos los conocidos en este primer día sobrepasó nuestras expectativas.
El invierno enLa Habana
En la temporada de invierno en Cuba oscurece temprano —alrededor de las 18.00—. Le consultamos a Ida si podíamos salir a dar una vuelta teniendo en cuenta que el sol ya se había escondido. Ella nos motivó a que saliéramos con total confianza.
El alumbrado público es escaso, transitamos zonas en plena oscuridad, con el temor de lo nuevo, de escuchar voces y no saber dónde estábamos. En cada paso nos dejamos llevar, recorrimos el Malecón disfrutando de la brisa del mar, observando el lugar elegido por parejas de enamorados.
Como nos gusta caminar, el recorrido se amplió hasta el centro político donde se encuentra el Capitolio, un edificio monumental, y otras edificaciones gubernamentales. Los viejos autos descapotados de vivos colores paseaban a turistas, las mujeres sentadas por encima de la capota con los cabellos al viento al estilo Marilyn6.
En el recorrido de vuelta pasamos por un parque —lugar con conexión wifi libre—: cientos de personas con celulares, tablets, que se filmaban, que hablaban solos o en grupos de familias. Estos lugares congregan a cientos de jóvenes, que pasan horas en estos espacios; con la indicación de uno de ellos accedimos al usuario y contraseña para comunicarnos con nuestras familias. La policía está presente en estos espacios donde confluyen nativos y turistas, por precaución y control del consumo de alcohol.
Para la cena nuevamente volvimos a lo de Bárbara, conversamos con parroquianos y asistentes que nos ayudaron a comprender el funcionamiento de esta sociedad que no dejaba de sorprendernos. En nuestra casa, la familia miraba una novela argentina por televisión, cada uno con su plato, cenando totalmente compenetrados. En el patio, un grupo de francesas compartían un mojito.
Nuestro cuerpo pedía descanso, así que a la habitación, aire acondicionado y a dormir. En grupo compartimos unas reflexiones sobre lo vivido, este día había sido fructífero, conseguimos lo buscado y compramos lo requerido libremente.
Nuestro segundo día siguió revelando realidades. Intentamos salir a desayunar a un lugar económico donde los hábitos que tenemos para este momento pudieran ser compartidos, y no tuviéramos que comer un guiso o frijoles por la mañana. Después de andar, solo conseguimos una panadería, y en un supermercado adquirimos café; los comercios no son tan visibles a nuestros ojos poco entrenados para la actividad de la zona. No es costumbre el uso de cartelería para señalizarlos, más bien se llega con datos de los residentes.
Hablamos con Ida para ver a qué precio nos incluía el desayuno, y resultaron ser uno o dos dólares más. A partir de este momento negociamos el alojamiento con desayuno y, lo más importante, un desayuno que sirviera de comida principal —alojamiento 5U$D, con desayuno 7U$D—7.
Tierra de héroesy revolución
Armando las bicis en el patio de Ida realizamos un gran despliegue con concurrencia de los vecinos, que arrojaron cientos de ideas sobre el recorrido que debíamos realizar para conocer toda la isla, además de mencionar familiares en cada lugar, para hospedarnos.
Una puerta entreabierta que conectaba patios vecinos8 nos permitió ver cómo elaboran pizzas para la venta. Estas estrategias para incentivar los ingresos de las familias a través de emprendimientos son una línea política que abrió Raúl Castro; de esta manera surgieron hospedajes, almacenes, comedores, pizzerías, bodegas, etc.
Con el fin de probar las bicis y conocer cómo se circulaba en la ciudad, partimos hacia la plaza de la Revolución, que se encontraba a pocos kilómetros. En la calle no hay muchos vehículos, y la forma de circular es a gran velocidad y con poca precaución. Todo lo que posea ruedas sirve como transporte público o de carga, sin importar del tipo que sea ni el estado en el que se encuentre.
Finalmente nos hallamos en nuestro destino, frente al corazón de la simbología de la revolución, un espacio abierto enorme donde el monumento a José Martí se eleva con fuerte presencia. A su alrededor, los edificios ministeriales con las imágenes en sus fachadas del Che y Camilo Cienfuegos, que son parte de la iconografía cubana.
Si cerramos los ojos, intentando unir el espacio con lo que allí ha ocurrido, se puede sentir la multitud y los discursos de Fidel ante millones de cubanos9.
Ida nos comenta que para la fecha en que se conmemora el aniversario de la revolución, las comitivas que llegan del interior viajan varios días antes para tener un buen lugar en la plaza.
Un paseo por el corazón de La Habana vieja nos revela manzanas enteras de arquitectura colonial, realizadas en piedra —actualmente, al ser patrimonio de la humanidad, están siendo restauradas—. Allí se ubican los bares y restaurantes para recibir el turismo internacional, con precios acordes a la economía extranjera.
