Caleidoscopio: ocho ensayos - Mabel Moraña - E-Book

Caleidoscopio: ocho ensayos E-Book

Mabel Moraña

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Los ensayos aquí recopilados tienen en común el punto de mira: la perspectiva crítica que explora el pensamiento contemporáneo justo en donde conectan política y cultura. La orientación principal de estas reflexiones ha sido, en algunos casos, revisar –revisitar– categorías bien establecidas en la crítica de la cultura (centro-periferia, o el tema del barroco) tratando de percibir de qué modo y en qué medida las mismas se sostienen en el contexto de debates actuales, tan diferentes de aquellos en los que esas problemáticas surgieron. Al llevar a cabo esta revisión crítica, el campo conceptual que esos tópicos concitan se pone en movimiento. Se develan connotaciones no siempre explícitas o percibidas en esas construcciones críticas o metodológicas, las cuales fueron en su momento ampliamente utilizadas y cuyo uso, ahora más cuidadoso y matizado, sigue dando rendimiento teórico.

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Seitenzahl: 354

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.

Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de su legítimo titular de derechos patrimoniales.

Esta publicación fue dictaminada por pares académicos bajo la modalidad doble ciego.

Caleidoscopio. Ocho ensayos

Primera edición impresa y ePub: 2025

D.R. © 2025, Mabel Moraña

D.R. © 2025, Bonilla Distribución y Edición, S.A. de C.V.

Hermenegildo Galeana 116, Barrio del Niño Jesús,

Tlalpan, 14080, Ciudad de México, México

[email protected]

www.bonillaartigaseditores.com

Coordinación editorial: Bonilla Artigas Editores

Diseño de portada: d.c.g. Jocelyn G. Medina

Diseño editorial: Mariana Romero Sabre

Realización ePub: javierelo25

Bonilla Artigas Editores

ISBN: 978-607-2629-52-3 (impreso)

ISBN: 978-607-2629-53-0 (ePub)

ISBN: 978-607-2629-54-7 (pdf)

Impreso y hecho en México

Nota de la edición ePub: A lo largo del libro hay hipervínculos que nos llevan directamente a páginas web. Aquellos que al cierre de esta edición seguían en funcionamiento están resaltadas y con el hipervínculo funcionando. Cuando no se puede acceder a ellas desde el vínculo, por no estar ya en línea, se deja con su dirección completa: <http://www.abc.def>.

Contenido

Presentación

Centro-periferia. Notas sobre la espacialización del poder cultural

Las ciencias sociales francesas y América Latina: Touraine, Bourdieu, Foucault

Fronteras, fronterización y zonas fronterizas

El paradigma del afecto y las lecturas del capitalismo tardío

Lo pandémico y lo político

Textos, texturas y marcas de agua

Barroco postcolonial

El mundo adentro. Literatura latinoamericana y mercados globales

Bibliografía

Sobre la autora

Presentación

Los ensayos que aquí se recopilan enfocan distintos temas que, aunque se encuentran relacionados entre sí de manera más o menos laxa, tienen en común el punto de mira: la perspectiva crítica que explora el pensamiento contemporáneo justo en el punto en que hacen conexión política y cultura. Es importante destacar que casi todos estos estudios fueron elaborados respondiendo a solicitudes concretas de las instituciones que tuvieron a bien invitarme a desarrollar estos temas como colaboración en proyectos que se encontraban en desarrollo o que interesaban primariamente a los investigadores –docentes y estudiantes avanzados– que trabajaban en torno a estas cuestiones. Conferencias personales o participación en eventos académicos dieron así lugar a diálogos fructíferos que confirmaron o permitieron corregir el curso de mis propias ideas. Lo más importante para mí fue, sin embargo, constatar que las solicitudes o sugerencias recibidas acerca de los temas a desarrollar conectaba perfectamente con campos de interés que ya había recorrido en el pasado, y a los que quizá sin estos nuevos incentivos, no hubiera regresado, o con zonas del pensamiento que vinieron a enriquecer mis estudios actuales. Algunos de los ensayos de este libro fueron publicados en inglés como introducción a volúmenes colectivos. De más está decir que los mismos deben mucho a las colaboraciones de los colegas que formaron parte de esos proyectos editoriales.

La orientación principal de estas reflexiones ha sido, en algunos casos, revisar –revisitar– categorías bien establecidas en la crítica de la cultura, como las de centro-periferia, o el tema del barroco, tratando de percibir de qué modo y en qué medida las mismas se sostienen en el contexto de debates actuales, claramente diferenciados de aquellos en los que esas problemáticas surgieron. Al llevar a cabo esta revisión crítica, el campo conceptual que esos tópicos concitan se pone en movimiento. Se develan así connotaciones no siempre explícitas o percibidas en esas construcciones críticas o metodológicas, las cuales fueron en su momento ampliamente utilizadas y cuyo uso, ahora más cuidadoso y matizado, sigue dando rendimiento teórico. Los conceptos de centro-periferia, por ejemplo, capturan posiciones político-ideológicas orientadas hacia la comprensión de relaciones de poder, tanto dentro de los espacios nacionales como a nivel transnacional. Aunque incorporaron siempre un innegable grado de mecanicismo a la interpretación de procesos complejos y a menudo contradictorios, dieron una visión inicialmente útil para comprender ciertas versiones de implementación de la hegemonía y de las prácticas de subalternización política, económica y cultural. La crítica al binarismo conceptual, atravesado por perspectivas de esquematización y reduccionismo, fue esencial para matizar los excesos de los dualismos y cuestionar sus conclusiones, pero mantuvo el esqueleto teórico de las propuestas dependentistas, por ejemplo, como un aporte que, aunque históricamente datado, entrega una visión a partir de la cual pueden explorarse los intrincados procesos que han guiado las relaciones de poder desde tiempos coloniales. Es interesante ver cómo tales esquemas fueron interiorizados en el campo cultural y cómo recorrieron el ámbito crítico-teórico de los estudios literarios y culturales, hasta nuestros días.

En el caso de los estudios sobre afectos o fronteras, el propósito fue, más bien, definir el estado de la cuestión, es decir, el modo en que esos campos del saber se insertan en la mirada inquisitiva de nuestro tiempo, para nombrar conflictos, grados de percepción e interrogantes que remiten a la intersección de subjetividad y conciencia social, territorialidad y sentimiento. El análisis de las emociones como forma de mediación individual y colectiva entre el sujeto y el cuerpo social, entre interioridad y vida pública, está en pleno desarrollo y es de gran relevancia para la comprensión de procesos sociales, estrategias discursivas y proyectos políticos, pero también para el análisis de la vida diaria y de fenómenos concretos como el consumo, la violencia y la definición identitaria. La temática de la frontera, estrechamente ligada al mundo de los afectos y el poder, marca nuestro presente de manera dramática, no solamente por la proliferación de los límites territoriales y el fortalecimiento de la represión fronteriza, sino por la multiplicación de fronteras invisibles relacionadas con el prejuicio, la discriminación y, en general, el mundo de los valores y principios que rigen a la sociedad civil. La problemática fronteriza, una de las más intensas de nuestro tiempo, se proyecta a todos los niveles de los imaginarios colectivos y avanza en la creación simbólica (el cine, la música, la literatura) en relación estrecha con los debates en torno a la ciudadanía, la soberanía y los límites y vigencia de lo nacional.

La reflexión sobre las ciencias sociales francesas y su proyección sobre el pensamiento latinoamericano es de tipo historiográfico y se centra en la obra de tres pensadores fundamentales: Alain Touraine, Pierre Bourdieu y Michel Foucault, cuya impronta marcó fuertemente las ideas en torno a sociedad civil, movimientos sociales, campos de poder y desarrollo institucional. Muchas de las ideas de estos autores siguen siendo parte constitutiva de nuestra concepción de lo social y lo político, aunque se impongan modificaciones de ese aparato crítico tendientes a captar el particularismo de nuestro tiempo.

El significado y los retornos del barroco no necesitan presentación. En América Latina el tema es una constante, desde tiempos coloniales, ya que está estrechamente ligado al desarrollo de la conciencia social desde el siglo xvii, y a la “distribución de lo sensible” tanto en el contexto virreinal como en nuestros días. Como expresión del poder imperial, el modelo peninsular del Barroco tiene su contracara en el Barroco de Indias, como dispositivo de resistencia simbólica y de expresión de la integración conflictiva entre paradigmas dominantes y sensibilidad dominada. Su análisis permite comprender la relación de mímica bien analizada por Homi Bhaba como expresión de un sincretismo crítico que revela la subjetividad del colonizado y su lucha por descolonizar los paradigmas impuestos desde el poder a partir del despliegue de su propia conciencia crítica y de su capacidad representacional. El neobarroco moderno y contemporáneo ofrece nuevas versiones de la codificación barroca al re-significar los usos del exceso y la contra-normatividad estética como respuesta a nuevos desafíos político-ideológicos.

El ensayo sobre hidrocrítica se aventura en un área menos recorrida del conocimiento, en la que nociones y metodologías específicas desafían el concepto geocultural de territorio, entendido como terreno, extensión o hábitat continental o insular, como lugar de asentamiento y apropiación colonialista. La tierra, y no los cuerpos de agua, fueron tradicionalmente consagrados como espacios primarios para el estudio de culturas y formas de organización social y de relacionamiento político-económico. La hidrocrítica funciona, en este sentido, como estrategia crítico-teórica capaz de complementar y problematizar la hegemonía territorial a partir de la idea de espacio náutico, oceánico o marítimo, señalando la importancia de regímenes fluviales y demás extensiones hidrográficas y, en general, de los cuerpos de agua y de la administración de este recurso con distintos propósitos. Las extensiones acuáticas son entendidas, desde esta perspectiva, como espacios vitales y como repositorios no sólo materiales sino también simbólicos vinculados a la cultura, al poder y a las formas de vida. Así, además de su importancia histórica y geopolítica, los ámbitos marítimos constituyen espacios cognitivos que generan su propia epistemología.

Las notas sobre pandemia son una aproximación tentativa a un tema coyuntural, de múltiples connotaciones políticas, que continuará dando que hablar tanto desde el punto de vista científico como biopolítico, económico y social, e inspirando diversas formas simbólicas que intentan aprehender las enseñanzas que se desprenden de la experiencia de la desigualdad en el acceso a la salud y a la supervivencia.

Sólo el último ensayo de este libro, quizá el más ambicioso del conjunto, puede ser leído como una intervención deliberada en el campo de los estudios literarios, aunque su contenido deriva –a mi criterio, necesariamente– hacia un espacio conceptual más amplio y más complejo: el que tiene que ver con el sentido mismo de la globalización, y con el impacto de sus estrategias y de sus retóricas en la imaginación simbólica y en la cultura transnacionalizada de nuestro siglo. El cambio de valores, la modificación del sensorium colectivo, la transformación de lenguajes y modos de decir, la variación de escenarios y el impacto de la tecnología son procesos que están dejando una marca innegable en la escritura actual –en la ficción, la escritura testimonial, la autoficción, y otros registros literarios–. Mis reflexiones al respecto reproducen, con modificaciones menores, mi introducción a una edición publicada en inglés sobre literatura latinoamericana actual.

En este ensayo uso la imagen del caleidoscopio para hacer referencia al modo en que la percepción va acomodándose a los giros que damos a los elementos reales para percibirlos a nueva luz. La pluralidad de imágenes que aparecen en la mira, lejos de remitir a las ideas de pluralidad y relativismo alertan más bien, a mi juicio, sobre el modo en que trabaja, para bien y para mal, la mentalidad crítica. Creando un juego de espejos que permiten la articulación variada de las partes, el crítico se mueve entre las formas y matices que asume lo real, condicionado por lo que es dado tanto como por los colores de la ideología. Lo que ve, lo que cree ver, o lo que quiere ver, depende de su lugar de observación y de enunciación, de sus compromisos y sus convicciones. La percepción prismática que da el caleidoscopio está determinada por la orientación de los espejos, alguno de los cuales siempre refleja el interior, la subjetividad, los valores, creencias e intereses del que mira. El ángulo de inclinación de este dispositivo es fundamental, tanto como la luz que ilumina las partes. Como es obvio, el que mira está siempre situado del lado opuesto de lo que se ofrece a la mirada. Esta disposición necesaria no es ni casual ni irrelevante, y da para pensar. Situado entre el juego y la ciencia, el caleidoscopio ha sido y continúa siendo considerado un dispositivo lúdico, pero sus efectos invitan a la reflexión sobre los resultados de la manipulación de las partes, el estatuto de lo real y la importancia de la mirada. La crítica es, de algún modo y en diferentes grados, nos guste o no, un ejercicio de poder. Por eso pienso que el crítico siempre debe tener presente para quién trabaja.

Estos estudios son, necesariamente, tentativos, ya que muchos de los temas que tratan se están desarrollando en la actualidad, ante nuestros ojos. Toda mi gratitud a quienes con sus invitaciones y reconocimiento a mi trabajo me dieron la oportunidad de compartir estas ideas en sus instituciones, y de ensanchar, así, mi propio horizonte.

Centro-periferia. Notas sobre la espacialización del poder cultural

La cultura, sistema-mundo y la justicia espacial

Dualismos y (de)construcciones del espacio social

Los tiempos que vivimos, marcados por el impacto de nuevos influjos globales y la simultánea activación de dinámicas locales, regionales y nacionales que contrapesan o entran en conflicto con las fuerzas de integración mundial, tienen como una de sus características más salientes la de haber rebasado dualismos que guiaron, durante mucho tiempo, la comprensión de fenómenos sociales, culturales y políticos, así como económicos, psicológicos y cognitivos. La crítica derrideana a los antagonismos clásicos y modernos, que en sus muchas aplicaciones hemos visto expresarse en fórmulas oposicionales del tipo alma/cuerpo, hombre/mujer, adentro/afuera, civilización/barbarie, sano/enfermo, arriba/abajo, Norte/Sur, Este/Oeste, afuera/adentro, escritura/oralidad, hombre/animal, esencia/apariencia, presencia/ausencia, forma/contenido, monismo/pluralismo, etc., impulsó la atención a flujos, negociaciones, fluctuaciones e indeterminaciones entre tales extremos, los cuales solamente representan formas radicales y puras, si se quiere, de ser de lo real. La posmodernidad ha enfatizado más bien las zonas intermedias, los intersticios entre tales polaridades, las paradojas y contradicciones, superposiciones y variantes de grado. Los términos extremos sugieren una localización fija, que contradice la idea prevaleciente en nuestros tiempos acerca de la provisionalidad de cualquier posición, lo aparente de su definición y su porosidad, es decir, la vulnerabilidad de lugares asignados o asumidos, que en realidad pueden ser contaminados,intervenidos y penetrados por su aparente contrario.

“Todo documento de civilización es a su vez un documento de barbarie” (Benjamin dixit), es una excelente ilustración de formas matizadas de conocer lo social y de poner en cuestión nuestras propias categorías de análisis, sobre todo cuando las aplicamos de manera rotunda y con sistemática rigidez. Además de iluminar áreas de lo real que de otro modo quedan oscurecidas por las mecánicas dualísticas, este ejercicio deconstructor del pensamiento crítico revela el simplismo de esas categorías y los posicionamientos ideológicos –en el sentido de falsa conciencia– que tales conceptos sustentan y perpetúan.

La oposición centro/ periferia puede ser enfocada como ejemplo claro de estas disposiciones. Aunque el campo principal de aplicación de este binomio ha sido, tradicionalmente, el de las ciencias sociales, su uso se extendió, principalmente en la segunda mitad del siglo xx, a muchos otros ámbitos de conocimiento, desde los estudios urbanos hasta la comunicación. Más que otros dualismos, el de centro/periferia resultó particularmente útil porque permitió visualizar, dentro de una macroestructura, un cierto orden distributivo, no sólo del espacio sino de las relaciones de poder y del posicionamiento de sujetos, proyectos o formaciones sociales dentro de ese amplio diseño.

Como metáfora espacial, centro/periferia permitió incorporar a la estructura de base otras categorías: jerarquías, funciones y privilegios, formas de marginación o integración, de subordinación, relegamiento y accesibilidad. El carácter espacial de lo social, como bien estudiara el sociólogo marxista Henri Lefebvre en La producción del espacio (1974), donde señala que

Las relaciones sociales de producción tienen una existencia social sólo en la medida en que existen espacialmente, se proyectan en el espacio, se inscriben en un espacio mientras lo producen. De otro modo, permanecen como pura abstracción, es decir, como representaciones y, consecuentemente, como ideología o, dicho de otro modo, como verbalismo o verbosidad, como palabras. (152-153)

Como es sabido, Lefebvre fue el responsable de haber introducido el aspecto espacial en el materialismo, como una dimensión fundamental de lo histórico. Para él, la experiencia y construcción de lo social se basa en la articulación de nuestras percepciones de los espacios reales con representaciones simbólicas de estos y con prefiguraciones acerca de los modos en que tales espacios pueden ser alterados, es decir, consiste en una proyección del deseo sobre la espacialidad de lo real.

A esta concepción la posmodernidad agregará elementos pertenecientes a otra dimensión de lo social, la que tiene que ver con la igualdad, la accesibilidad y la exclusión espacial. Edward Soja, desarrolla el tema de la justicia espacial en varios libros fundamentales, entre ellos Postmodern Geographies (1989); Third Space, Journeys to Los Angeles and Other Real-and-Imagined Places (1996) y Spacial Justice. Globalization and Community (2010). Sobre el tema de la justicia espacial (la accesibilidad a los espacios, la asignación de los mismos, su administración, su distribución, su usufructo) Soja comienza por reconocer la pionera puntualización de Foucault de que en la época contemporánea la crítica cultural había tratado tradicionalmente el espacio como “estático, muerto y anti-dialéctico”, mientras que él consideraba esencial destacar la importancia de la simultaneidad, la yuxtaposición, la dispersión y las intersecciones, nociones fundamentales para una crítica al historicismo. Aunque Foucault es conocido por su trabajo sobre temporalidades e historicidad (método arqueológico y genealógico), considera fundamental los espacios para el performance del poder y de la resistencia, temas que son inherentes al binomio centro-periferia, en muchas de sus aplicaciones.

Como Soja señala, el giro espacial, es decir, el tema de la espacialización de la justicia social va a contrapelo del énfasis moderno en la temporalidad, y más que un tema académico, es un asunto que tiene connotaciones políticas (de clase, raza y género), como se ve claramente en el tema migratorio, en cuyo ámbito se vincula a los problemas de la movilidad, la soberanía, las políticas fronterizas, es decir, a políticas territoriales y marítimas. Soja propone, así, una “hermenéutica de la espacialidad” que permita comprender la relación entre territorialidad y subjetividad.1

La noción foucaultiana de heterotopía definida en Las palabras y las cosas (1966) hace referencia a un espacio pleno en el que se desarrolla una red de relaciones complejas: funciones, jerarquías y discursos. Estas relaciones funcionan como nexos que vinculan sitios específicos bien diferenciados, cuyas funciones se intersectan, pero manteniendo la singularidad de cada sitio –por ejemplo, la iglesia, la escuela, el cementerio, el burdel, el teatro, la cárcel–. Este es el ámbito de la diferencia donde lo otro se manifiesta fuera de toda definición dualística, mostrando alternativas e hibridaciones. Esta noción de productividad espacial atraviesa –corta, interrumpe– la temporalidad incorporando a lo moderno una nueva dimensión. Es como si un sistema de significaciones se insertara en el otro.2

Sin lugar a dudas, como también señalara Derrida, en todo dualismo uno de los términos tiene preeminencia sobre el otro. En la modernidad, los centros fueron considerados puntos álgidos de realización civilizatoria, núcleos que concentraban oportunidades que conducían a las metas del progreso, el orden, el conocimiento superior, el poder sobre el otro. Los centros fueron considerados lugares de indudable privilegio epistémico y, por tanto, de autoridad y poder. Sobre todo, se definieron como puntos cruciales de las dinámicas difusionistas que diseminaban, sobre sus respectivas áreas de influencia, valores (criterios para el juicio, la evaluación, calificación y clasificación del otro).

Sistemas binarios, dependencia y modernidad

Es interesante explorar las razones por las cuales el pensamiento moderno desarrolló y expandió la explicación dualística de los fenómenos sociales, políticos, económicos, etc. No es excesivo ni demasiado abstracto atribuir esta tendencia al primer estadio de desarrollo del capitalismo, es decir, a la etapa del mercantilismo monopólico que funcionó en correspondencia con las empresas colonialistas. A las formas de distribución socio-económica tanto a nivel metropolitano como en relación con las colonias, y las modalidades de abastecimiento a las poblaciones de ultramar, de comercio intercolonial y de tráfico de materias primas y manufacturas funcionó, al menos en teoría, de acuerdo con esquemas centralistas que se prolongaron en siglos posteriores a las independencias. Las formas de ordenamiento político-administrativo nacional siguieron similares conceptos para el control territorial y poblacional, a partir de los aparatos institucionales localizados en el centro urbano como antes en el corazón de los virreinatos, a partir de los cuales se irradiaban regulaciones político-religiosas, proyectos transculturadores y planes de modernización siguiendo los modelos europeos.

Con la posmodernidad, y a consecuencia de la crítica a la Ilustración, a los procesos modernizadores y a la nación liberal, el esquema centro-periferia se manifestó como excesivamente mecánico y polarizado, ya que impedía acomodar la creciente complejidad de un mundo en el que se observaba una clara proliferación de centros y periferias, de núcleos y de márgenes, de formas hegemónicas y espacios de resistencia, subversión y contrapoder operando en fuertes relaciones de interdependencia. Las dinámicas de descentramiento fueron esenciales en el paso de modernidad a posmodernidad. Categorías como las de identidad, nación, y soberanía pasaron a mostrar gran cantidad de fisuras, insuficiencias y contradicciones, demostrando que no llegaban a abarcar las transformaciones de un mundo que marchaba hacia la acelerada circulación del capital financiero, donde los Estados nacionales habían ido cediendo poder a las empresas transnacionales y donde flujos y corrientes complicaban la fijeza de localizaciones anteriores en los sistemas de organización social, pero también en los procesos cognitivos y en las formas de subjetividad colectiva. Descentramientos, desplazamientos, negociación de posiciones y fluidez de valores y métodos vinieron a sustituir la inapelable fuerza de las instituciones y los lugares asignados a nivel social, político y económico. La movilidad es el signo de los nuevos tiempos, y se traduce socialmente en la desestabilización de los equilibrios anteriores y de las relaciones de poder.

Respecto a la relación centro-periferia debe recordarse que constituyó el eje de la teoría de la dependencia en los años sesenta y setenta como descripción básica de los vínculos entre países desarrollados y no desarrollados o en vías de desarrollo. Si el esquema había servido para entender las relaciones metrópolis-colonias ya en la época del capitalismo industrial y de la expansión y consolidación de mercados centro-periferia pasó a designar los puntos álgidos a partir de los cuales podía entenderse el funcionamiento del sistema mundial y los vínculos entre las naciones poderosas y las que funcionaban satelitalmente, en los márgenes del diseño global. La disposición geopolítica de los centros no era casual, si se compara el esquema centro-periferia con los núcleos de poder colonial y las formas de extracción de materias primas y provisión de productos manufacturados, por un lado, y el control metropolitano sobre los sistemas mercantiles controlados desde Europa, por el otro. Pronto el esquema se expandió tomando como espacio “total” los territorios nacionales, donde las capitales, puertos y grandes ciudades funcionaban como núcleos político-económicos y culturales y las zonas rurales o desérticas como espacios subordinados, de escaso desarrollo y carencia de infraestructura. En el mismo sentido, a nivel urbano el esquema funcionó para explicar la relación entre los puntos de mayor activación socio-económica, cultural y comercial, y los suburbios, barriadas o extramuros alejados de los mismos, y de los servicios que ofrecían.

De este modo, no es extraño que los términos del dualismo estuvieran imbuidos de connotaciones valorativas. Los centros eran reconocidos como lugares de fuerza, prestigio y actividad, afines a las promesas del cosmopolitismo, cercanos a los procesos modernizadores y a los cambios de mentalidad que los acompañan, mientras que las periferias eran vistas como zonas de desventaja, depresión económica y tradicionalismo, cuando no de hacinamiento y “primitivismo”. De ahí que la deconstrucción derrideana de los esquemas binarios clásicos y modernos se vincule estrechamente con el tema de la justicia social, y con el intento de privilegiar el polo tradicionalmente considerado “débil” o secundario en el dualismo. De ahí, también, que se haya enfatizado que al deconstruir e invertir los términos binarios es asimismo imprescindible abocarse al análisis y desplazamiento del sistema político-ideológico que sostuvo ese binarismo en primer término.

Consideraciones como las que se vienen mencionando obviamente parten de la idea de que el sistema mundial [world system], del modo concebido por Immanuel Wallerstein, o dentro de la teoría de la dependencia por autores como André Gunder Frank o Raúl Prebisch, o en su particular ángulo por Samir Amin, representante del “materialismo histórico global”, es una unidad de sentido que se presta a un análisis orgánico, donde las piezas se vinculan entre sí de acuerdo a un funcionamiento previsible y regulado.3

Como en las interpretaciones que hace el marxismo del imperialismo como sistema que funciona subordinando las áreas conquistadas o periféricas a los centros de poder, el esquema centro-periferia se aplicó a situaciones de colonialismo interno (González Casanova). En algunos casos, se entendió que mientras las relaciones económicas de los centros estaban determinadas por procesos mercantiles (dinámicas de oferta y demanda, condiciones en los mercados de trabajo) en las áreas periféricas, sujetas aún a modos de producción tradicionales y personalizados, regían más bien sistema de patronazgo, trabajo familiar y, en general, relaciones de parentesco de tipo comunitario. Dada la eficiencia y tecnificación de las zonas centrales, estas tendían a un desarrollo más acelerado y más intenso, mientras que las zonas periféricas quedaban sumergidas en modelos menos competitivos y más bien orientados a economías de subsistencia. La debilidad de las periferias fue así sistemáticamente explotada por medio de la extracción de surplus o plusvalía, como compensación del costo de mano de obra, protegiendo así al capital por encima del valor del trabajo como acción humana. Hasta el día de hoy las periferias son explotadas como espacios de trabajo barato y no regulado (por ejemplo, maquiladoras, outsourcing, etc.), lo cual lleva a pensar que formas de explotación primaria implementadas durante etapas muy anteriores de desarrollo del capitalismo han sobrevivido hasta llegar al mundo global.

La teoría de la dependencia puso énfasis en el hecho de que, bajo la forma de una asistencia para el desarrollo regional, los centros intentan ocultar la dinámica estructural por medio de la cual el capital crece a expensas de las economías no desarrolladas o no capitalistas, insistiendo en la supuesta implementación de políticas de estímulo, inversión y cooperación con agentes locales. Desde esta perspectiva queda claro, sin embargo, que la relación centro-periferia implica siempre un vínculo de carácter desigual y asimétrico, que remite, en última instancia, a los diferenciados modos de producción y a sus formas de articulación dentro del sistema total.4

La teoría de la dependencia surgió como reacción a la teoría de la modernización y a la más expandida teoría del desarrollo, las cuales sostenían que la dinámica social hacia un desarrollo creciente seguía siempre las mismas etapas, es decir, avanzaba de una forma progresiva y prácticamente lineal, de modo que el subdesarrollo sólo necesitaba estímulos de aceleración (inversiones, industrialización, integración a los mercados mundiales) para completar su ruta hacia el desarrollo pleno. La teoría de la dependencia afirma, más bien, que el subdesarrollo no es una versión primitiva del desarrollo que se verifica en las naciones desarrolladas, sino que está condicionado por estructuras propias en cuanto a modos de producción, formas distributivas, formas de vida, etc., encontrándose asimismo situados en posiciones de desventaja y explotación dentro de la economía mundial, que requiere de la fuerza de trabajo y recursos naturales de la periferia para mantener su hegemonía.5 Es interesante notar, a nuestros efectos, que el esquema centro-periferia se popularizó también en otros dominios, más allá de los de tipo económico o político, en muchos casos como metaforización de formas de influencia o irradiación de conceptos, métodos o valores desde núcleos “fuertes” hacia zonas capaces de absorber tales influjos, pero no capaces de producirlos originalmente. En la psicología, por ejemplo, se ha hablado de modelos de validez universal y de formas de “indigenización” de los mismos, es decir, de adaptación de aquellos paradigmas a las particularidades locales o regionales, a sus tradiciones, y a sus formas específicas de relacionamiento social. En antropología tal irradiación hegemónica es aún más notoria y de mayores –si cabe– repercusiones ideológicas. Los principios de las corrientes decoloniales realizan justamente la crítica de esos tipos de difusión conceptual y metodológica, que conlleva la imposición de procesos cognitivos, teorías y metodologías de los “centros” de producción intelectual hacia espacios socioculturales y psico-sociales cuyos valores culturales, usos, principios y creencias son colocados en situaciones de “retardo”, copia menoscabada o subalternización con respecto a los centros de donde proviene el antropólogo y sus métodos de observación, registro y clasificación de la otredad. Tales formas de despliegue e implementación del poder epistémico tienen inmensas consecuencias en la conceptualización de otras culturas y en las formas de relacionamiento que se establecen respecto a ellas, ya no sólo en contextos de colonialismo sino en plena modernidad.6 Esto ha llevado, por ejemplo, a que la antropología y en buena medida también ciertos modelos sociológicos hayan sido vistos como formas de imperialismo cognitivo que asignan valores al Otro, comportamientos y formas de subjetividad que no consideran la importancia de su historia cultural y sus formas de experiencia social. Más bien, tales estrategias disciplinarias parten del principio de control del conocimiento y de posicionamiento jerárquico –autoritario, paternalista o condescendiente– del otro con respecto al yo que observa y dictamina.

Centralizar la periferia; leer lo social desde el borde

Como reacción a tales ejercicios conceptuales y metodológicos, la posmodernidad se ha volcado más bien hacia una centralización de la periferia, indicando la voluntad de enfocar espacios marginales y subalternos como ámbitos de interés primario. Esto tiene que ver con el descaecimiento de las nociones primarias de la modernidad, ya mencionadas (nación, identidad, soberanía) y su reemplazo por las de descentralización, transnacionalización y diferencia. Se entiende que no se trata ya solamente de que los términos centro y periferia invoquen localizaciones precisas con ecos de colonialismo, sino que en realidad se está hablando de la emisión de discursos políticos, económicos y culturales tendientes a la perpetuación de formas de control encubiertas por los argumentos sobre democratización y pluricentralidad.

Los procesos posteriores al fin de la Guerra Fría aceleraron la crítica del centralismo al desarticular el mundo bipolar y abrir la posibilidad de una multiplicación de los centros dentro del sistema global. Los discursos decoloniales reaccionaron contra la perpetuación del universalismo de corte iluminista (la Razón universal como paradigma a nivel planetario, la universalización de ciertas regionalidades, el borramiento de epistemes alternativas) proponiendo estrategias críticas descentralizantes (Provincializing Europe, por ejemplo) o categorías como la de pluriversalidad (Enrique Dussel) como alternativa a la universalidad. Según muchos autores sigue existiendo un “deseo de centralidad o centralismo” es decir, un deseo de control y predominio epistémico, pero éste ya se encuentra desafiado por la proliferación de centros y la potenciación de áreas marginales que ahora reciben atención especial, al punto de que se atribuye a los márgenes un “privilegio epistemológico” que reconoce el valor deconstructor de la experiencia de la alteridad y de la perspectiva “desde el borde” (Mignolo, “Border gnosis”).

El estudio de razas marginadas, de sexualidades no dominantes, de lenguas y culturas autóctonas invisibilizadas por las oficiales, de individuos con discapacidades relegados por la “normalidad” imperante, etc. forman parte del gran contingente que ilustra la diferencia que vino a sustituir las identidades rígidas y gestionadas desde arriba de la época moderna.

Debe recordarse, sin embargo, que centro y periferia, como los demás dualismos, es un binomio interconstitutivo, donde uno de los términos determina y constituye al otro. La periferia es inconcebible sin el centro y éste no tiene sentido sin la periferia que lo rodea y que le da sentido, al proveer la posibilidad de su centralidad.

Un excelente estudio histórico-cultural y filosófico sobre la centralidad europea determinada por el descubrimiento de América, la cual, en el mismo movimiento, pasa a ser periferia del sistema global, se encuentra en el libro de Enrique Dussel, 1492. El encubrimiento del otro.

Uno de los problemas inherentes a la utilización de los términos centro-periferia en la actualidad es que, dada la conciencia crítica sobre las connotaciones que el dualismo adquirió en la modernidad, hoy en día el polo de la desventaja epistémica es tratado con condescendencia, considerando que el margen, la periferia o el lugar del subalterno es el sitio de la creencia pre-racional, la mitología, el pensamiento mágico, la copia o apropiación defectuosa de discursos y modelos centrales, la réplica (reproducción reflejista), etcétera.

Como lugar de los excluidos, de los retrasados en el proceso de desarrollo civilizatorio, de individuos faltos de oportunidades y llenos de resentimiento, tradicionalismo y desconfianza, la otredad no está exenta de tropicalismo, exotismo y romantización. Se trata de un dominio que es al mismo tiempo de carencia y exceso, que desafía cualquier forma de comunicación igualitaria, que funciona con sus propios lenguajes, valores y agendas, elaborados a partir de formas singulares de subjetividad y de modelos particulares de cognición y elaboración intelectual.

Es frecuente encontrar en llamados a la reflexión colectiva la idea de que la representación de espacios sociales se adecúa o realiza en correspondencia con la “realidad” social. En esta realidad, seres o personajes marginales se mueven en ciertos espacios tanto físicos como sicológicos, estando condicionados por ellos, y a su vez determinándolos, es decir, perpetuando sus características a través de conductas previsibles y procesos emocionales acordes a tales distribuciones. A partir de tales planteamientos la crítica no deja de moverse en términos dualísticos, ciudad/campo, elite/“pueblo”, cultura/naturaleza, civilización/barbarie, público/privado, nacional/cosmopolita, tradicionalismo/modernidad, etcétera.

Centros y periferias tendrían, así, sus propias connotaciones ideológicas y afectivas: expresarían entusiasmo y socialización vs. soledad y apatía, fascinación por lo foráneo vs. fidelidad a lo nacional autóctono, integración vs. exclusión, etcétera.

La marginalidad ha generado así, su propio folclore, sus propios estereotipos, tópicos, atmósferas y formas discursivas. El margen ocupa, de algún modo, en el repertorio de la posmodernidad, una especie de gueto temático (estético-ideológico) cuyo mismo relegamiento constitutivo parece invitar a romantizaciones e idealizaciones que lo oponen mecánica y simplistamente a los centros urbanos. El margen es aquello que se ha desviado del centro, pero que existe guiado por un deseo de centralidad, por un querer ser que no llega a realizarse, que se agota en la ansiedad y la frustración que causan los fallidos intentos de relocalización. Desde estas interpretaciones estereotípicas, los centros son lugares de progreso, oportunidades, dinamismo, innovación y cosmopolitismo, mientras que los márgenes o periferias implican estatismo, conservadurismo, fundamentalismo, repetición y carencia de intercambios productivos fuera de las rutinas previsibles.

Entre las críticas realizadas a la teoría de la dependencia, aparte de su mecanicismo, se encuentra la idea de que esta teoría oscureció sistemáticamente la responsabilidad de las periferias en su propio destino histórico, sus opciones y sus formas de apropiación, muchas veces acrítica, de modelos centrales. Aspectos como la corrupción institucional y el autoritarismo, fueron interpretados, desde estas posiciones críticas, como procesos no siempre atribuibles de manera total a la relación de dependencia de las periferias con respecto a los centros. Otra crítica frecuente ha sido que los polos del binomio dependentista consideraron centros y periferias como ámbitos homogéneos, coherentes y consistentes con respecto a sus rasgos definitorios. Hoy en día, más bien, se enfatiza el hecho de que tanto en las zonas que desde aquella perspectiva pueden ser consideradas “centrales” como en los márgenes que las rodean prolifera la heterogeneidad, las hibridaciones y las composiciones mixtas tanto a nivel de las condiciones materiales de existencia social como a nivel de las subjetividades que las habitan. Hay, así, muchos centros en los márgenes y muchos márgenes en los centros, siendo los flujos y tránsitos entre ambos una dinámica que rebasa toda dualidad fija.

Sobre el concepto de ideologema

Uso aquí la palabra ideologema (neologismo derivado de ideología, con el sufijo –ema que significa “unidad mínima de significación”) en el sentido de “unidad o núcleo ideológico”, para aludir a un término o concepto que concentra contenidos ideológicos básicos (formas de creencia, falsa conciencia, etc.). El término surge de la obra de Bajtin y es retomado por Julia Kristeva, pasando luego por varias reelaboraciones hasta convertirse en un concepto clave de la sociocrítica. Según la reelaboración de Kristeva interpretada por Malcuzynski,

el ideologema asimila lo semiótico a lo ideológico; designa una función común entre diferentes estructuras en un espacio sociocultural concebido como intertextual. El ideologema es un factor de asimilación, cuando no de absorción, a un nivel específicamente estructurador y se precisa desde la perspectiva de una hegemonía socio discursiva, de un bloque sociohistórico. De carácter sincrético y unificador, designa un factor hegemónico de determinación que orienta ideológicamente la constitución de tal o cual discurso. (Malcuzynski 23)7

El ideologema funciona, así, como un lugar enunciativo o de posicionamiento ideológico-discursivo que genera contenidos y valores, es decir, que dispara procesos cognitivos y permite insertarlos en una realidad determinada.

En el contexto latinoamericano Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano señalaron en Literatura / Sociedad que “el ideologema es la representación, en la ideología de un sujeto, de una práctica, una experiencia, un sentimiento social. El ideologema articula los contenidos de la conciencia social, posibilitando su circulación, su comunicación y su manifestación discursiva en, por ejemplo, las obras literarias” (54). El ideologema, al que estos autores llaman también “cuerpo ideológico” es el que posibilita la elaboración de la experiencia y de la conciencia social como literatura, es decir, el que articula su discursividad posibilitando su comunicación como producto estético.8

Todo lo anterior permite considerar los conceptos centrales del debate sobre literatura mundial y sobre centro-periferia como una exploración ideológica de las formas de concebir 1) la relación entre espacios productores de teoría y con capacidad para control del campo, por un lado, y los ámbitos periféricos o marginales o exteriores o satelitales, cuya producción debe necesariamente pasar por procesos de reconocimiento, materialización (editorial) y difusión (publicidad, distribución) para que tal producción quede inserta en el mercado, entendido éste como campo de intercambios materiales y simbólicos. 2) Los ideologemas centro-periferia (como antes civilización/barbarie, cultura/naturaleza, y otros), así como el de literatura mundial funcionan como ejes ideológicos de intención totalizadora, ya que pretenden definir un espacio global asumido como orgánicamente integrado, y las leyes sincrónicas y diacrónicas que lo rigen. Si la periferia es asimilada, según las connotaciones tradicionales del término, como el área deprimida y en vías de desarrollo, los centros se adjudican la misión mentora, promotora, y consagratoria de productos culturales sobre los que se asume que siguen un proceso similar al de los centros (en el mejor de los casos) aunque retardado por factores históricos, político-económicos, por fenómenos de creencia, hábitos y residuos de colonialidad. 3) En este sentido, toda producción estaría llamada a seguir una trayectoria ascendente y previsible, de la invisibilidad a la consagración, toda vez que se produzca el reconocimiento en los centros que controlan procesos editoriales, publicitarios y distributivos. Esta línea ascendente hacia el progreso se atiene a una linealidad histórica y a principios de un universalismo que no dice su nombre, pero que desconoce los particularismos culturales, históricos, sociales, económicos y políticos de las periferias, cuyas lógicas no tendrían por qué asimilarse a los llamados de las dinámicas globales, si no fuera que los mismos, en su carácter hegemónico, se imponen sobre las áreas de influencia con una fuerza y un exclusivismo muy difíciles de contrarrestar.

“Mundialidad” y literatura

En un postcriptum a la obra colectiva América latina en la “literatura mundial” publicada en 2006 y editada por Ignacio Sánchez Prado, expuse los principales argumentos en que pude pensar, en aquel momento, cuando el tema de la literatura mundial se convirtió en un debate transnacional en torno a temas muy frecuentes en América Latina, como colonialidad, penetración cultural, eurocentrismo, etc. El título de ese postcriptum –‘A río revuelto, ganancia de pescadores’. América Latina y el déja-vu de la literatura mundial”–expresaba entonces una cuestión muy obvia en el espacio del latinoamericanismo: que los proyectos anexionistas que han marcado la historia cultural de América Latina desde sus orígenes reinciden, bajo diferentes formas y con distintos argumentos, como promesa de integración (relativa) del margen en los centros. Estos últimos mantienen el control del mapa cultural, y asignando lugares, funciones y grados de asimilación según criterios variados casi siempre apoyados en ideologemas que vale la pena desbrozar.

En el debate sobre literatura “mundial” la noción de mundo es, sin lugar a dudas, polisémica, ya que puede abarcar muy diversos contenidos. Mundial, como de nivel planetario; mundial, como sinónimo de universal; mundial, como forma abarcadora de lo transnacional, como apertura de fronteras, como liberalización de los espacios conceptuales, como democratización a gran escala, como abstracción político-económica, como ámbito no delimitado capaz de absorber cualquier manifestación, central o periférica. Mundial parece sugerir integración no jerarquizada, fagotización, borramiento de las diferencias, homogeneización; sugiere totalización, inclusión, antropofagia. Sus antónimos parecen ser, laxamente, los conceptos de local, regional o nacional, las ideas de compartimentación, diferenciación, heterogeneidad, fragmentación, dispersión y des-integración. Como ideologema, mundial no permite eludir la pregunta sobre el lugar de observación y enunciación, y sobre la posicionalidad (política, geocultural, institucional) del que observa y enuncia. Como ideologema, es un campo de fuerza, del que es necesario inquirir que tipo de sustentos lo apoyan y constituyen, a qué intereses sirve, a qué proyectos pertenece. Como concepto propiamente ideológico, moviliza la falsa conciencia sobre la pertenencia de todos a ese espacio de confluencia universal. Sin embargo, todo espacio es de alguien. Los más rigurosos opinan que cualquier espacio que ocupemos se lo hemos quitado a alguien. Como espacio sociocultural, lo mundial sugiere al menos la posibilidad de participación igualitaria. Eso hace pensar en la producción simbólica en lenguas no dominantes o en plena oralidad, en ámbitos no articulados a los centros, ni siquiera a los centros locales, transmisores de mensajes contraculturales, que atentan contra el orden dominante. ¿La integración mundial los acoge? ¿Es el concepto de lo mundial una categoría estática, invariable, universalmente aceptada? Pensamos en el sistema-mundo à la Wallerstein, en sus diálogos a veces beligerantes con la teoría de la dependencia, en lo ya analizado sobre el binomio centro-periferia. Y llegamos a la conclusión de que lo mundial remite a una categoría problemática, ambigua, ideológica. Habría que empezar por analizar, para establecer sus diversos sentidos, los usos que el concepto recibe en cada autor, en cada obra, como eje de cada proyecto, tarea que obviamente excede los límites de este trabajo.

Era previsible que los debates en torno a literatura mundial reaparecieran después de su momento de auge, tras las obras de Pascale Casanova, Franco Moretti y otros. Si en Moretti predominan las metáforas espaciales y, más precisamente, cartográficas, en Casanova se vuelve al concepto de la “República de las letras” como imagen de un espacio regulado y relativamente autónomo.9 Pero el término mundial es menos inocente de lo que parece. Me permito citar mi propio trabajo sobre literatura mundial publicado en 2006 de donde señalo que el concepto de lo “mundial”

se extiende más allá de los bordes de la cultura occidental, rebasando incluso el “provincialismo” de Europa y abarcando todo lo que universalmente puede ser considerado alta literatura. La palabra no esconde la voluntad de repensar hegemonías y jerarquizaciones a nivel planetario a partir de la centralidad que está marcada por el lugar desde donde se piensa y por los procesos culturales e históricos que se privilegian desde tal posición. Tal locus epistemológico está representado, como es obvio, por la racionalidad ilustrada que proveyera asiento filosófico a las elites criollas desde principios del siglo xix y que ahora se replantea como ideología en/de la post-modernidad. En efecto, ante la supuesta fragmentación postmoderna y la pérdida de vigencia de las grandes teorías totalizadoras de la modernidad, el concepto abarcador, “mundial”, que sustenta la propuesta de Casanova no esconde su “oportunidad” histórica. Pero, ¿quién pertenece al mundo? ¿Qué índices se utilizan para reconocer tal pertenencia? ¿El mundo de quién? ¿Definido a partir de qué parámetros, con qué fronteras, con qué límites espacio-temporales? Y lo qué es aún más importante, ¿quién y desde qué legitimidad decide esas fronteras? (330)10

La voluntad de los creadores e intelectuales periféricos de “pertenecer”, ser aceptados, reconocidos y divulgados chocó de inmediato con la desconfianza ante sistemas centrales que evocan, en el mundo postcolonial, conceptos como los de explotación, colonización, penetración cultural, cooptación, etc., suficientes para crear un álgido debate de tono inevitablemente político.11

Los programas globalizadores han impulsado el resurgimiento de teorías totalizadoras orientadas a contrarrestar el fraccionamiento posmoderno que se traduce en la reactivación de localismos y regionalismos, la dinamización del subalterno, y la hibridación o contaminación de los discursos sofisticados y altamente teóricos de los centros, etc. Tal segmentación del espacio cultural resulta, en mayor o menor grado, en el descaecimiento de proyectos abarcadores, donde el particularismo se subsume en la totalidad, en la cual no están representadas las agendas periféricas ni la posibilidad de un diálogo igualitario con discursos centrales. La diferencia celebrada por la posmodernidad no siempre se distingue adecuadamente de la desigualdad social, económica y cultural, la cual, lejos de ser celebrada como mera diversidad, debe ser enfrentada y combatida políticamente, como un tema de justicia social.

En este punto, el eje conceptual e ideológico centro-periferia, presentado como lógica interna de la literatura mundial sigue articulando esquemáticamente un sistema total cuyas formas internas de funcionamiento responden, como en la teoría de la dependencia, a un deseo de centralización por parte de las periferias y a un mantenimiento de las periferias en su lugar marginal por parte de los centros, que sin sus zonas de influencia no podrían sostener su carácter de lugares álgidos de poder cultural, ideológico y económico.