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El fenómeno de la música salsa en Cali ha sido objeto de controversias, hitos y mitos, que paradójicamente han venido enriqueciendo esta importante tendencia musical que llegó a la ciudad en los barcos, y se quedó para siempre. Justamente, Cali: Salsa Forever despeja esta discusión en el barrio. Partiendo de la pregunta: ¿Por qué nuestra ciudad adoptó la música del Caribe que se desarrolló con mayor ahínco en Nueva York?, Rafael Quintero hace un viaje por la música del Caribe en Cali, desde los años cuarenta hasta los años setenta, y revela aquella tesis que alguna vez dijera el escritor cubano Alejo Carpentier en el sentido de que un país no se define por sus fronteras geopolíticas sino por sus regiones geoculturales. El libro de Quintero es una deliciosa crónica, fácil de leer, que se sustenta en referencias históricas y de sus protagonistas. Es un ajuste de cuentas con aquellos que creen que la salsa llegó a Cali y se quedó para siempre. Cali: Salsa Forever es un libro necesario que hacía falta para ponerle punto final a tanta hipocresía y tanta vanidad, como diría Eddie Palmieri. Nos da luces de navegación para comprender mejor la cultura caleña que hace parte de aquella diáspora musical que se originó en un bohío cubano, viajó hasta Nueva York y retornó a nuestras raíces para quedarse para siempre. Cali: Salsa Forever es un homenaje a Cali, a nuestros padres y a nuestros hijos.
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Seitenzahl: 644
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Quintero, Rafael
Cali salsa forever / Rafael Quintero.
Cali : Universidad del Valle - Programa Editorial, 2022.
402 páginas ; 24 cm -- (Colección: Artes y Humanidades)
1. Salsa (Música) - 2. Música popular - 3. Identidad cultural - 4. Aspectos históricos - 5. Sociología de la música - 6. Cali (Valle del Cauca)
780.42 CDD. 22 ed.
Q7
Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Cali Salsa Forever
Autor: Rafael Quintero
ISBN: 978-628-7523-45-6
ISBN-PDF: 978-628-7523-46-3
DOI: 10.25100/PEU.7523456
Colección: Artes y Humanidades
Primera reimpresión
Primera edición
© Universidad del Valle
© Rafael Quintero
Imagen de portada: Óscar Muñoz (técnica de tinta sobre papel)
Diagramación: Alaidy Salguero Sabogal
Corrección de estilo: Pacífico Abella Millán
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Dedicado a la memoria de mi madre Blanca Julia.
La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego.
Gustav Mahler
INTRODUCCIÓN
La cultura de la salsa
De la caja fuerte a la memoria de la salsa
CAPÍTULO 1Elementos en la formación del gusto musical
Vocación por la rumba
La cultura de lo ancestral
La composición étnica
Medio ambiental y la caña de azúcar
La salida al mar y la conexión al mundo
La música internacional
La radio
La conexión por ferrocarril con Buenaventura
El cine mexicano
CAPÍTULO 2Los años cuarenta y cincuenta
La apropiación de una música
Fuerzas culturales y sociales
Una huella de hechos
El baile como goce esencial determinante
Los clubes sociales y la música costeña
Los sectores populares y sus preferencias musicales
El barrio Obrero
El barrio Sucre y la zona de tolerancia
Los bailarines
Los artistas que nos visitaron
Los artistas locales y otros acontecimientos
La rumba a lo ancho de la ciudad
El cierre de un ciclo
Se habían sentado las bases
CAPÍTULO 3Los años sesenta y setenta
Los nuevos tiempos
Tiempo de salsa
La continuidad del proceso
La pachanga que no cansa
El Ganso y las discotecas móviles
Los agüelulos y los bailes de cuota
La música exclusiva y los turros
A bailar pachanga: Costeñita y Aretama
Séptimo Cielo, templo de la pachanga en Cali
El poder de baile del Séptimo Cielo y la primera gran generación de bailarines
El boogaloo y un nuevo ritmo desde Cali
La salsa en los barrios
Nuevos bailaderos
Los grilles: Escalinata, Cabo Rojeño, Río Cali
La ruta semanal por los grilles
Richie Ray: el hecho histórico
Eduardo Lozano
Cómo llega Richie Ray a la Feria de Cali
¿Quién era Richie Ray al llegar a Cali?
¡Fueron cuatro años de una creatividad alucinante!
1968: la Caseta Panamericana y Richie Ray
El Boogaloo Enloquece A Cali
1969: de nuevo Richie Ray en la feria de Cali
Nelson y sus Estrellas
La Caseta Panamericana con Richie y Nelson
El mito de Amparo Arrebato
Un músico escondido a punto de tocar
Los cantantes y orquestas de música antillana
Tito Cortés
Raúl López
Chepito Giraldo
Los guitarristas punteros. Otros cantantes.
La Sonora Juventud
Los músicos cubanos en Cali
Orquestas de la salsa: Octava Dimensión y Fórmula 8
La formación musical: Rafico Bolaños y sus Solistas, Alfonso Haya y su Orquesta, Orquesta Italian Jazz de Sebastián Solari, Los Hermanos Ospino, la Orquesta de Pepe, Los Chavales de Madrid, Los Alegres del Trópico, Los Bobby Soxers
Músicos clásicos de una generación
El sonido salsero
Los Happy Boys
El Combo Sabor
El Combo Swing
Píper Pimienta Díaz, el combo Los Supremos y Fruko
Wilson Manyoma, Saoko
Julián Angulo… y su combo
Alfa 6 y Alfredito Linares
La Gran Banda Caleña
El espectáculo del baile
José Pardo Llada: el primer mundial de salsa y los campeonatos de salsa
Watusi y María: el primer campeonato mundial de salsa, 1975
Los grupos artísticos del baile
El Ballet de la Salsa
Evelio y Esmeralda
Había nacido el estilo de baile caleño
La radio caleña, los programas de salsa y el disco
Lisímaco Paz
El sello Melser
Buscando sueños
Humberto Corredor y Larry Landa
Dos décadas que cierran un ciclo
NOMBRES QUE APARECEN EN EL LIBRO
REFERENCIAS
NOTA AL PIE
CRÉDITOS FOTOGRÁFICOS
Si a la Nueva York cosmopolita y rebelde de los años sesenta y setenta le correspondió el origen de una música moderna para la sociedad globalizada, manifestación de un hecho cultural de identidad para la comunidad hispana que los hombres del marketing decidieron llamar Salsa, Cali se levanta como la meca que el pueblo caleño consagró para que desde allí la salsa se represente como tradición, expresión cultural y símbolo de su vigencia ante la humanidad.
La salsa en Cali ha sido un destino que eligió la historia. Ella viajó desde Nueva York por el mar Caribe hacia toda Hispanoamérica, se reconoció en su comunidad de origen y se extendió por el mundo; pero fue en Cali donde se estableció con toda la dimensión de su equipaje al hacerla suya un pueblo que hoy habla con voz propia de ella. Desde el momento en que la música del mar de las Antillas hace presencia internacional en los años treinta, los caleños la descubrieron como el tesoro que quisieron hacer suyo, eligiéndola frente a otras músicas y conservándola en el tiempo a través de sus discos como valiosas piezas de colección.
Transcurrido casi un siglo de esa historia musical, la salsa ocupa un lugar en el ambiente cotidiano del pueblo caleño como evidencia palpable para propios y extraños. Hay una historia vivida a su alrededor que hoy toma presencia en su gente como memoria colectiva, patrimonio y cultura de un pueblo. De esto se percató una voz de Puerto Rico en su primera visita a la ciudad en el 2010, la del investigador musical y escritor Ángel Quintero Rivera, quien compendió en el Simposio Música e Identidades, realizado por la Universidad Autónoma de Occidente de Cali, el 18 de noviembre de 2010, la percepción que tuvo de ella con esta frase: “¡Cali es la caja fuerte de la salsa!”. Quintero había advertido que Cali era la ciudad del mundo en donde la salsa era un tesoro bien guardado y viviente entre su población.
Cali es el lugar del planeta que ha salvaguardado la riqueza musical de la salsa y la música antillana para toda la humanidad. La ciudad en la cual su gente, amante de esta música, oficia como una legión de libros vivientes. Ellos están presentes a través de la vida de muchas personas para ser abiertos a flor de boca, y guardan en su memoria muchos documentos inéditos de esta cultura musical. Los oficiantes de este culto llevan consigo trozos de la memoria de la salsa, episodios de la biografía de algunos de sus cantantes y músicos, aventuras por contar de encuentros personales con sus ídolos y anecdotarios de la vida de sus orquestas y canciones preferidas. Estos libros vivientes se abren con frecuencia en conversaciones entre amigos, en el relato y la ilustración ante extraños. Como libros vivos suelen retroalimentarse así mismos de otros libros vivientes, con los que comparten sus saberes de manera juiciosa y apasionada. Tienen la costumbre de afirmarse permanentemente con nuevos fundamentos a través de la investigación ligera o profunda, en la lectura del libro escrito que explora nuevos espacios de esta historia musical, o en la simple reunión melómana en la cual ejercitan la identificación de cantantes, arreglistas, nombres de canciones, orquestas y fechas de obligatoria recordación de sus ídolos. Este comportamiento melómano del pueblo caleño con relación a la música afrocaribeña y la salsa evoca la novela Fahrenheit 451, del escritor estadounidense de ciencia ficción y género fantástico, Ray Bradbury, llevada al cine en 1966 por François Truffaut, que cuenta la historia de un país de ficción donde está prohibido decidir qué pensar y, en consecuencia, se debe evitar la posibilidad de leer libros. Una brigada de bomberos provoca incendios para quemarlos y desaparecerlos por completo, ante lo cual un grupo de pobladores rebeldes y amantes de los libros decide salvaguardar las más valiosas obras escritas de la historia de la humanidad. Para ello, cada uno se asigna la tarea de memorizar con toda exactitud una de dichas obras, hasta dejarla consignada fielmente en la memoria y llevarla imperdible consigo mismo y en secreto. De esta manera protegen una historia escrita de quienes pretenden borrarla de la faz de la tierra. Es la ciudad de los hombres libros que van con ellos grabados en su mente.
En Cali, la salsa es un ser vivo que se mantiene vigente y se proyecta hacia el futuro. A la vez, es un conocimiento del pasado, guardado por millares de personas que lo aprendieron por los caminos de la tradición oral, la letra escrita, las estaciones de radio o como directos protagonistas de su historia. Cuando los visitantes procedentes de otras ciudades o países van a bailar o a escuchar la salsa que suena en los bares, discotecas, salsotecas y lugares públicos de diversión, su primera sorpresa es descubrir que en cualquiera de esas audiciones musicales se asiste también a un encuentro con la historia salsera o afrocaribeña. Se enteran de que están frente al legado musical de otras épocas y no únicamente ante la música de reciente producción que se ha puesto de moda, la cual puede ser una melodía del pasado que los caleños acaban de redescubrir, recobrando de nuevo su vigencia.
Aun en la era digital, una gran cantidad de caleños mantiene el aprecio y la valoración por las grabaciones en discos de vinilo, preservados como auténticos tesoros por los coleccionistas, melómanos que se ocupan de conservar, como si fuera su única misión en sus vidas, la edición discográfica original de esta música. Pero el gran encuentro de los caleños con la salsa y la música cubana, lo define el baile. Cali es una ciudad que nació para el baile, placer vital de su existencia. Es el acto social y de franca comunicación del diario vivir de su gente, su placer mayúsculo como pueblo; el alimento indispensable de su espíritu alegre y extrovertido. En Cali, la vida sin el baile sería inconcebible.
Si se pudo sentenciar que “Cali es la caja fuerte de la salsa”, por el mismo camino nos encontramos con otra frase semejante que ha reinado y ha nacido del vox populi como convicción de propios y de extraños: “Cali, memoria musical de la salsa”. Vox populi que, sometida a los rigores de la erudición, no se limita propiamente a los espacios de la música afrolatina que con un vestuario nuevo nace en Nueva York, sino que se extiende hasta su fuente de origen y su admiración por la música cubana y antillana que una generación del pueblo caleño supo idolatrar desde que esta se dio a conocer internacionalmente.
Si bien la frase “Cali, memoria de la salsa” apunta a reconocer la existencia de amplias y especializadas colecciones que conservan valiosas obras de la producción discográfica de la música antillana y de la salsa, nos remite también a la singularidad de un pueblo en el cual existe una activa comunidad interesada en explorar y en dejar un registro también de esa historia y sus protagonistas, ya sea a través del libro que la documenta, del trabajo investigativo que va al fondo del conocimiento, de la fotografía que detiene el tiempo, de la producción audiovisual o la reproducción misma del disco que consigna su continuidad y su permanencia.
Pero en Cali la salsa va más allá de ser su memoria. Es un sentimiento enraizado, una pasión y una presencia en el espíritu de su pueblo. Desde los años sesenta, cuando la salsa florece en la gran urbe de Nueva York, los caleños han sido sus más dedicados y fervorosos seguidores y portadores de su llama ardiente. Entusiastas embajadores que asumieron espontáneamente la tarea histórica de divulgarla en el mundo y de mantenerla viva por siempre. Transcurrido más de medio siglo de su existencia, es un hecho reconocido la presencia sistemática de los caleños en buena parte de los eventos de discotecas o en los más importantes encuentros salseros que se programan en el globo terráqueo. Lo dicen sin reparos los músicos de Puerto Rico y de Nueva York que nos visitan, como Willie Colón, una leyenda de la salsa: “Los caleños siempre están en nuestras presentaciones cuando vamos por el mundo”. Lo ha dicho el cantante Gilberto Santa Rosa: “Cali es la ciudad que definitivamente mejor vive la salsa, de una manera única… En Cali se vive la salsa a toda hora…es la ciudad que actualmente mantiene vivo el género. No hay discusión”.
Este conjunto de elementos, complejidades, pasiones y valores preservados es lo que finalmente logra posicionar en la comunidad salsera del planeta aquella expresión que echara a rodar espontáneamente en los años setenta el periodista cubano José Pardo Llada: “¡Cali, capital de la salsa!”. Frase que pasados los años repitiera otra de las leyendas salseras, Larry Harlow, un 29 de diciembre de 1991, en el primer Encuentro de Melómanos y Coleccionistas realizado en el parque Panamericano, según testimonio de su fundador, Gary Domínguez. Y lo dijera también la reina Celia Cruz: “Es que aquí en Cali, que ya tiene la fama de la capital de la salsa, yo sí creo que es verdad…” (Cali Travel, 2017). Y se atrevió a certificarlo, en declaración firmada simbólicamente en papel pergamino, el maestro Johnny Pacheco, un dios de la salsa, creador del sello Fania Records. Igual reconocimiento hizo otro protagonista del nacimiento de la salsa neoyorquina, el maestro Izzy Sanabria, presentador de los conciertos del sello Fania, publicista e ilustrador de sus afiches y carátulas, diseñador del logo que identifica la marca Salsa con la cual esta música se da a conocer a toda la humanidad, y director de la revista Latin New York, quien luego de vivir por unos días en Cali, afirmó en el Festival Mundial de la Salsa del 2014: “Después de Nueva York, Cali es ahora la capital mundial de la salsa”.
La salsa en Cali es una cultura de ciudad, no es solo música. Y es eso lo que la distingue de otros importantes epicentros salseros del mundo. No es una moda, ni existe únicamente en los espacios donde toma vida como expresión musical; tampoco un mero gusto elemental por ella: es un hecho cultural de identidad para el pueblo caleño. Es en la cultura de la salsa donde yace el más importante legado de identidad que pueda mostrar esta ciudad en sus tiempos modernos.
Inspirados en la salsa, se han expresado en los últimos cincuenta años en Cali los artistas plásticos, los cineastas, la danza clásica y contemporánea, los espectáculos escénicos de la danza popular, los escritores, los investigadores, los músicos y los empresarios del entretenimiento.
Como un simple cuadro de referencia de hechos creativos sobresalientes en las diferentes artes asociadas a la salsa, con los cuales se confirma cómo esta es para los caleños una cultura de ciudad y no tan solo una música, señalaremos aquellos productos culturales que han trascendido en su historia moderna y alcanzaron una figuración en el ámbito nacional e internacional.
En las artes plásticas, la salsa se hizo presente con el maestro Óscar Muñoz, uno de los más importantes artistas de la plástica contemporánea de Colombia, quien diseñó el logo y pintó la obra que sirvió de afiche al primer Congreso de Salsa realizado en el mundo, organizado por Rafael Quintero y Oscar Barberena, en Cali (Colombia), llevado a cabo el 28 de diciembre de 1982. También se expresó con la artista María de la Paz Jaramillo, una de las pintoras más representativas del movimiento expresionista en Colombia, de quien alguna vez se dijo que era “la pintora de la salsa”. Aunque no es oriunda de Cali, durante su residencia en la ciudad realizó una extensa obra pictórica de exuberante color inspirada en los bailarines caleños. En Ever Astudillo, un pintor que en su obra recrea el tema urbano y las escenas de barrio asociadas a su rumba salsera y nocturna. En la imagen fotográfica, la salsa está artísticamente presente en la obra del maestro Fernell Franco, uno de los artistas emblemáticos de la fotografía urbana en Cali, quien fotografió el tema del baile y las mujeres músicas para el libro Abran paso de Umberto Valverde y Rafael Quintero, dedicado a las orquestas femeninas de salsa.
En el arte cinematográfico, la salsa no ha estado ausente. Figura a lo largo de la historia de la cinematografía caleña desde la película Tacones (1982), del realizador Pascual Guerrero, la primera obra colombiana en el cine del género musical. Plantea el enfrentamiento cultural entre grupos juveniles de bailarines de salsa y bailarines de música disco, por una mujer conquistada por un miembro del colectivo social antagónico, a la manera del musical West Side Story, (Amor sin barreras, 1961). En la televisión está presente la salsa en la sobresaliente serie Azúcar (1989), del icónico cineasta caleño Carlos Mayolo, realizada para el canal RCN-TV, quien aportó a la televisión colombiana una nueva propuesta narrativa y de puesta en escena. En ella participaron bailarines que luego conformaron el primer grupo organizado de baile coreográfico de salsa denominado el Ballet Azúcar. En el cine documental de cortometraje, la salsa participa en centenares de producciones audiovisuales que se adentran en los mundos del baile salsero, en la pasión coleccionista de discos de vinilo, en los espacios y ambientes de la rumba tratados por reconocidos realizadores, como el maestro Luis Ospina, otro de los estandartes y pioneros del arte cinematográfico en Cali y en Colombia. En el largometraje documental se hace presente El sonido bestial (2012), del escritor y realizador Sandro Romero y de Sylvia Vargas, largometraje que aborda la carrera musical del dúo conformado por Richie Ray y Bobby Cruz, dos leyendas de la salsa cuyas canciones marcaron la historia musical de los caleños. No sobra mencionar que los ambientes salseros y sus bailarines han sido temáticas de varios largometrajes de ficción, especialmente en El Rey (2004) y Amores peligrosos (2013), dirigidos por Antonio Dorado.
En las artes escénicas, específicamente en la danza, sobresale la obra Barrio ballet (estrenada el 26 de octubre de 1986), dirigida por la maestra Gloria Castro, fundadora del Instituto Colombiano de Ballet (Incolballet), con coreografía del maestro cubano Gustavo Herrera. En ella se introduce la música popular para ser bailada en puntas, como en el ballet clásico, con canciones salseras de Héctor Lavoe, Mongo Santamaría, Tito Puente, Irakere, Willie Colón y Fania All Stars. La obra es la historia de la salsa vista sobre el telón de fondo de la ciudad, contada a partir de los antecedentes étnicos que dieron origen a una síntesis musical de contenido urbano presentes en el entorno de la rumba caleña y su identidad de ciudad mulata, en una sociedad contemporánea y violenta de las calles del barrio. Esta revolucionaria propuesta dancística tuvo en su época un éxito arrollador, y alcanzó cerca de 1.000 funciones en las decenas de países donde fue exhibida. En la danza popular, la cultura de la salsa fue la encargada de aportar un estilo de bailarla, propio y distintivo de Cali, conocido a nivel mundial como el estilo de baile caleño, y dio origen a decenas de escuelas de salsa que hoy reúnen a millares de bailarines con un elevado nivel profesional. Desde estas escuelas irrumpe para el mundo la danza espectáculo, creada por Luis Eduardo Hernández, el Mulato, portadora de contenidos dancísticos internacionales, quien a través de su compañía Swing Latino logró resonancia internacional y presencia en los grandes escenarios de Hollywood al acompañar a la diva del espectáculo estadounidense Jennifer López en su tributo a Celia Cruz en la gala de los premios American Music Awards (24 de noviembre de 2013), en su gira It´s My Party Tour (2019), realizada en 50 ciudades de los Estados Unidos y en el Super Bowl 2020 junto a Shakira. Antes ya había presentado su danza en Las Vegas (Nevada), junto al artista Marc Anthony y a la misma Jennifer López (2013). Siguiendo estos patrones de una danza espectáculo para la salsa, un grupo de mujeres empresarias culturales lideradas por Andrea Buenaventura crean en el 2006 Delirio, el primer cabaret salsero con un show artístico de nivel internacional, construido a partir de bailarines de salsa, con orquesta y circo, el cual ofrece una programación periódica para la ciudad y el mundo, a lo largo del año.
En el oficio de la escritura son muchas las obras literarias e investigativas de los escritores caleños referidas a la salsa, entre las que cabe mencionar, muy especialmente, toda la obra del escritor Umberto Valverde, particularmente su novela Celia Cruz reina rumba (1981), considerada el trabajo literario más importante realizado sobre la más grande leyenda de la salsa de todos los tiempos. También nos encontramos por estos caminos literarios con Andrés Caicedo, autor de la novela ¡Que viva la música! (1977), que se suma a las creaciones pioneras de la literatura urbana en Colombia, junto a la reunión de cuentos arropados bajo el nombre de Bomba camará (1972), del ya mencionado Valverde. Se unen a este caudal literario de obras inspiradas en el ambiente salsero las novelas de Fabio Martínez, con sus libros Fantasio (1992) y El tumbao de Beethoven (2012). En el campo de la investigación histórico-social están las producciones investigativas de carácter académico del profesor Alejandro Ulloa, con sus libros La salsa en Cali (1992) y La salsa en discusión: música popular e historia cultural (2009), al igual que el aporte del investigador Pablo del Valle, quien escribió un extenso y documentado trabajo biográfico titulado Arsenio Rodríguez (2007), el primero que se escribe sobre este trascendental músico cubano, considerado como el antecedente de sonoridades que más tarde fueron incorporadas a la diáspora sonora de la salsa.
Los coleccionistas también han estado presentes en este cuadro de referencias de hechos culturales de ciudad asociados a la salsa con la toma periódica e institucional del espacio público, con audiciones especializadas de esta música ardiente iniciada por el melómano, coleccionista y gestor salsero Gary Domínguez (1991).
Finalmente, en el arte de la música elevan su voz hasta alcanzar resonancia en el ambiente internacional, con un sello muy nuestro, las producciones musicales de los maestros Jairo Varela, con su Grupo Niche, Alexis Lozano y Nino Caicedo con su Orquesta Guayacán. El maestro Jairo Varela, con su vasta y valiosa obra musical, hoy ocupa un lugar en el trono de la historia de la música colombiana como el creador y representante de la denominada salsa caleña. Deja como legado histórico la composición, en tiempo de salsa, de la más atractiva oda de alabanza a la ciudad, titulada “Cali pachanguero” (1984), canción símbolo de identidad y asumida de manera espontánea como el verdadero himno de Cali, con mucha más recordación e identificación que su himno oficial, compuesto por Santiago Velasco Llanos (música) y Helcías Martán Góngora (letra), y adoptado en 1980.
Estamos ante una ciudad cuyo pueblo ha labrado una cultura de la salsa desde mediados del siglo XX. Una ciudad que sin ser del Caribe ha escrito una historia de identidad alrededor de ella, declarándose a sí misma, por voluntad popular, como el santuario de la deidad de la Salsa, la música universal,que representa a los pueblos latinos de América en la sociedad globalizada, para rendirle culto y para mantenerla viva en la historia de la humanidad.
Cali es una ciudad surcada por siete ríos, como una cábala en el tiempo. Está situada entre dos grandes cordilleras de los Andes, a 1.000 metros sobre el nivel del mar en el valle del río Cauca, una rica región plana a 115 km del océano Pacífico por vía terrestre, separada del mar por la cordillera occidental, con una temperatura promedio que oscila entre los 24º y los 32°C. Es la tercera ciudad en población y desarrollo económico de Colombia, con gente alegre que ama bailar y reconocida como la más rumbera del país.
El espíritu rumbero de los caleños viene de vieja data y ha cultivado la leyenda. Se remonta a los tiempos de la esclavitud, cuando los negros de las haciendas solían desbordarse en su jolgorio, tolerado por sus amos, alrededor de improvisadas fogatas. Su alma rumbera escandalizaba los espíritus religiosos de la época, que enviaban alarmados informes a España en los que solicitaban nuevos reglamentos reguladores de dichas situaciones. Ese desborde histórico en la fiesta de parte de los pobladores de Cali empezó a preocupar a cierto sector de la sociedad caleña. A comienzos del siglo XIX, alrededor de 1825, la ciudad se vio impactada por una serie de comportamientos de la naturaleza que iban desde incendios y desbordamientos del río Cauca, el más caudaloso de la ciudad y el segundo gran río del país, hasta epidemias de viruela, enjambres de langostas que devoraban los cultivos y hambrunas. Todo esto condujo a que, desde aquellos tiempos, las comunidades más religiosas pusieran a circular la idea de que a Cali se la había tomado el demonio. La razón de los males que se ensañaban contra la ciudad, según lo atestigua la fábula que de allí se desprendió, fue atribuida a Dios como castigo divino contra el paganismo que había poseído a sus pobladores, propiciado por un demonio llamado Buziraco, que había sido desterrado del cerro de la Popa en Cartagena de Indias por el fraile Alonso de la Cruz Paredes y había decidido instalarse en Cali y aposentarse en uno de los cerros tutelares de la ciudad. En 1837, la curia decidió enfrentarlo, y envió desde la ciudad de Popayán a los frailes Vicente y Juan Cuesta para que subieran hasta el cerro, situado sobre la cordillera occidental, a exorcizar el lugar y desterrar a Satanás. Ascendieron en una peregrinación, instalaron tres cruces de guadua y celebraron la misa y otros rituales para espantarlo y sacarlo de allí. Según cuenta la leyenda, Buziraco huyó del cerro tutelar porque las cruces se conservaron en su sitio y en adelante fueron objeto de culto y peregrinación a través de los años. Por un buen tiempo no se supo más de él. Sin embargo, un fuerte temblor en 1925 fue la anunciación, según la habladuría popular, de que Buziraco no se había ido del todo y se mantenía oculto en algún lugar de la ciudad pues se averiaron algunas iglesias y las tres cruces de guadua se cayeron al suelo. En 1937, cien años después de haberse enclavado las cruces, el sacerdote vallecaucano Marco Tulio Collazos emprendió el proyecto de dejarlas en firme y construir en ferro-concreto unas nuevas cruces, terminadas en 1938, y que son las que actualmente están en el cerro tutelar de la ciudad. Ese día de la celebración del levantamiento de las tres cruces en firme, asegura la leyenda, el demonio se camufló entre la gente, repartió trago y llevó mujerzuelas a los caleños que acompañaron dicha celebración, quienes ante el alborozo compartido tomaron por costumbre hacer peregrinación hasta allá en tiempo de Semana Santa. Buziraco, atestiguan las lenguas de la tradición, nunca abandonó la ciudad, solo se retiró del cerro, pues encantado del espíritu rumbero de los caleños, decidió bajar desde allá a esconderse en la ciudad y se metió en el alma de la rumba, donde vive oculto y a sus anchas hasta el día de hoy.
La danza y el goce que ella le propicia han sido el motor de la vida y del espíritu que anima el alma del caleño.
Las tres cruces de guadua, Cali, 1925.
Las razones que explicarían por qué históricamente los caleños son amantes de la música alegre y tienen ese espíritu hedonista que los condujo hacia la música de nuestra costa caribe, hacia la música cubana y finalmente hacia la salsa no han sido objeto de estudio por parte de las ciencias sociales, por lo que las múltiples y variadas hipótesis que se han tejido para explicar dicho fenómeno aún no han sido avaladas. Sin embargo, los hechos se han encargado de confirmar el peso de esta realidad: el caleño es un bailador por excelencia y posee un espíritu festivo y musical.
Para contribuir a esa multiplicidad de hipótesis que pretenden explicar por qué el caleño es rumbero y musical, es imprescindible considerar, dentro del conjunto de razones, el elemento de su composición étnica, que sin duda es lo que conforma culturalmente lo más ancestral de la identidad del pueblo caleño. A ese aporte de los grupos étnicos que dan origen a una nueva síntesis cultural se le deben sumar las condiciones ambientales de su tierra: su clima, su geografía, su vegetación, así como las influencias externas recibidas y asociadas a los cambios tecnológicos en el tiempo, en las cuales se estructuran elementos que configuran la identidad de sus pobladores. Son todos ellos elementos a valorar.
Resaltemos que la población indígena de Cali y del valle del Cauca (lilies, aguales, calacotos, jamundíes, yumbos, bugas, gorrones, pances, iscuandés, pijaos, quimbayas, etcétera) descendía de los caribes o de algunas razas andinas (Gobernación del Valle del Cauca, 2016). En general se caracterizó por ser belicosa y rebelde, pues opuso seria resistencia a la colonización española hasta llegar a la muerte, al punto que incendiaron las ciudades recién fundadas por los españoles y los obligaron a trasladarse. No se dejaron someter y prefirieron la muerte. Como cultura, la población indígena fue prácticamente liquidada, y los indígenas que no fueron eliminados físicamente ni se dejaron doblegar por los colonizadores para ser incorporados a la servidumbre se trasladaron de la zona plana a las montañas tutelares del valle del río Cauca. La relativa ausencia de indígenas en la zona plana llevó a que, para efectos de las encomiendas ubicadas en la cordillera Occidental de los Andes, estuvieran prácticamente constituidas por indígenas traídos por los españoles desde Quito, quienes también fueron diezmados a través del tiempo.
Así que en su mezcla cultural triétnica tuvo especial énfasis la participación del negro y del español, en tanto que el indígena no tuvo influencia determinante. Este hecho resulta semejante a lo ocurrido en las Antillas Mayores como Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, en donde la comunidad indígena fue exterminada, aunque en el caso nuestro ella subyace mezclada como ánima presente.
Según los investigadores de la publicación Valle del Cauca: procesos históricos, editada bajo la dirección general de Doris Eder de Zambrano (2012):
El valle del río Cauca es un caso en el que se dio uno de los más drásticos descensos en la población, causado por el choque militar de la invasión, las guerras de resistencia, el trabajo forzado, la modificación de la dieta, desgano vital (o pena moral colectiva), la destrucción de las formas de organización social y las epidemias que, como la gripa y la viruela, afectaron a los indígenas desde el primer contacto con los españoles […].
No hay datos precisos de población establecidos para el territorio de la actual Colombia, sin embargo se calcula un número total de habitantes entre 5 y 3 millones antes de la llegada de los españoles. En el caso específico del valle del río Cauca, y fundamentándose en las visitas de los funcionarios reales, se habla de una reducción de la población que entre 1559 y 1582 fue de 60%. Es necesario resaltar que este porcentaje es calculado 23 años después del arribo de los españoles a Cali quienes en su feroz invasión, produjeron una disminución mayor que la del periodo mencionado; de otro lado la disminución continuó hasta iniciado el siglo XVII cuando los indígenas prácticamente habían desaparecido (pp. 53-54).
El componente español que pobló a Cali procedía de diversas regiones de España. Según el linaje de los apellidos, las costumbres y los componentes culturales propios de cada región, se pudo establecer que hubo una alta proporción de gentes de origen andaluz y extremeña, con alguna presencia de castellanos y catalanes, cuatro grupos sociales que, como es de amplia aceptación, llegaron a tierra colombiana. Como dato curioso, el fundador de Cali, Sebastián de Belalcázar, era de Andalucía (España), al igual que Juan de Ladrilleros, fundador de Buenaventura, puerto sobre el Pacífico ubicado a dos horas de la ciudad.
Por su parte, los negros llegaron al Valle del Cauca en su condición de esclavos en una proporción muy moderada durante los siglos XVI y XVII, no obstante que “Belalcázar trajo esclavos negros al occidente de Colombia en 1536” (Vélez, 2005, p. 42). Fue a partir del siglo XVIII cuando los negros esclavos llegaron a esta región en altísimo número:
Aunque desde la Conquista se inició la introducción de negros esclavos a la región, bien fuera como personal de servicio de los oficiales del rey o en algunas importaciones de africanos autorizadas para el trabajo minero, durante los siglos XVI y XVII se fueron incorporando esclavos que, en poca proporción, participaron en la explotación sistemática de la minería en el norte del Valle. Por contraste, en el siglo XVIII y para atender la necesidad de fuerza de trabajo en las minas del Raposo y en la producción agropecuaria de las haciendas y en los trapiches de algunas de ellas, se produjo una introducción masiva de esclavos que corresponde al aporte mayor de migrantes africanos a la composición étnica de la región (Zuluaga, Mejía, Valencia y Arias, 2011, p. 162).
Ellos procedían de África occidental, de ascendencia yoruba, y muy especialmente de Angola y Mozambique, de origen bantú, los cuales eran mezclados para evitar que crearan sociedades. “Los dos grupos lingüísticos dominantes entre los africanos llegados a Colombia son: el bantú y el sudanés” (Perea, 2010, p. 16).
Los negros esclavizados traídos directamente de África (bozales), junto con los nacidos en Colombia, tuvieron un maridaje cultural con el blanco español en las grandes haciendas que se conformaron en la zona plana del Valle del Cauca durante el periodo de la esclavitud. Esto permitió la construcción de un nuevo hecho cultural: la imposición dominante de la cultura del colonizador blanco sobre el esclavo que convivía con él en las haciendas. Lo anterior dio origen a un sincretismo cultural de perfil mulato, que es precisamente lo que distingue culturalmente al negro de esta zona plana de Cali y del Valle del Cauca, del negro que creció en la región pacífica, la que comprende el litoral del mar Pacífico en medio de los ríos y la selva. Ellos tuvieron allí la oportunidad de expresarse más plenamente como comunidad ancestral africana.
La ley de abolición de la esclavitud, promulgada el 21 de mayo de 1851, abrió las puertas a un proceso dinámico de liberación, todavía al ritmo de la denominada manumisión de los esclavos, en el que “los propietarios de esclavos fueron dándoles libertad y recibiendo un reconocimiento del valor del esclavo por parte del Estado” (Congreso de la Nueva Granada, 1851). Se inició también un proceso de lenta migración hacia las ciudades que llevaba consigo el acervo cultural correspondiente.
Es importante puntualizar y reiterar que el negro que culturalmente se levantaba en las haciendas y emigraba luego a las ciudades, o aquel que crecía en ellas como servidumbre de blancos de ascendencia española, cuando se estableció en los centros urbanos de la región plana del Valle, incluida Cali, presentó un grado de socialización más alto con la cultura del colonizador que aquel que habitaba o procedía de la región pacífica colombiana, no obstante su misma raíz africana. En ellos ya había diferencias culturales que los distinguían y los definían en su existencia social. Siempre ha subyacido la idea, y se mantiene como una creencia, de que todos los negros son iguales por tener el mismo color de piel y ascendencia africana sin comprender sus diferencias culturales, las cuales los distinguen incluso dentro del mismo continente africano. Esta homogeneización que se ha construido alrededor del hombre negro por el color de su piel es más una estrategia de orden político para la lucha por derechos de esta comunidad, que una realidad desde el punto de vista cultural. Esto explica por qué el negro nativo de la región plana del Valle no recrea una riqueza cultural semejante a quienes se levantaron sobre las costas y selvas de la región pacífica colombiana, y están ausentes en él los rituales de tradición propios de esa región, como los cantos de boga, los aguabajos, los chigualos, los alabaos, los cantos de marimba y, en fin, todo el repertorio etnomusical de quienes crecieron apartados de una influencia española directa y cotidiana. Esta diferenciación cultural que se observa entre el negro que se levanta en las haciendas vallecaucanas y quienes crecieron en las selvas de la región pacífica se estructura con relativa autonomía con respecto a la otra, y con la independencia que corresponde a espacios geográfico-culturales muy disímiles, no obstante la relación que la industria vallecaucana de estas haciendas, como fuente proveedora de miel, aguardiente, panela y demás productos derivados de la caña de azúcar, mantuvo a través de los años con los negros que trabajaban en las minas del Chocó. Esta diferenciación cultural de los negros de la región plana del Valle del Cauca con los de la región pacífica se construye con elementos que les son propios, aun considerando la conexión que Cali siempre mantuvo desde su fundación con la salida al mar a través del puerto de Buenaventura, situado en la región pacífica, e incluso teniendo en cuenta el influjo de las migraciones de algunos negros procedentes de esta zona geográfica hacia el valle del río Cauca, que traían sus ecos de marimba y hasta sus cantos a los esclavos vallecaucanos, como bien lo menciona Jorge Isaacs en su célebre novela María.
Estos componentes culturales de carácter étnico crecen y logran su sincretismo dentro de una geografía que nos informa de una zona tropical plana y abierta, con una tierra generosa, de las más fértiles del país, surcada por ríos de gran majestuosidad hídrica, como el río Cauca, de imponentes ceibas, samanes, copiosos palos de mango, guanábanos, guaduales, palmeras de diversas variedades, multiplicidad de aves y pájaros cantores, con temperaturas cercanas a los 30 grados Celsius, el cielo despejado y un clima ardiente surcado por la brisa que entra a la ciudad de Cali desde el mar Pacífico a través del cañón del río Dagua, refrescando la ciudad a partir de las tres de la tarde.
El clima y la planicie posibilitan el cultivo intensivo de la caña de azúcar y el surgimiento de los grandes ingenios que hoy distinguen al Valle del Cauca y que forman parte del entorno económico de la ciudad de Cali.
La introducción del cultivo de la caña de azúcar en el Valle del Cauca data de los primeros tiempos de la Conquista, como lo reseña en su artículo “La caña de azúcar en el Valle del Cauca”, la investigadora Isabel Cristina Bermúdez (1997):
Desde épocas tan tempranas como el siglo XVI, cuando Sebastián de Belalcázar (fundador de Cali y de muchas de las ciudades del denominado antiguo Cauca), introdujo la gramínea desde Santo Domingo y la sembró en su estancia, situada en cercanías a lo que hoy es Jamundí, desde donde se dispersó por la banda izquierda del río Cauca. Los estancieros más grandes de la zona en la época de Belalcázar, Gregorio de Astigarreta y los hermanos Lázaro y Andrés Cobo, empezaron a sembrarla e instalaron trapiches en sus tierras […]. La explotación de la caña de azúcar implicó también la llegada a la región de personal capacitado en su procesamiento. Eran conocidos como “maestros de hacer azúcar” y los más notables fueron Pedro de Atienza y Rodrigo Arias, quienes llegaron a trabajar en los trapiches de San Jerónimo. La producción del azúcar ayudó a consolidar las estancias como las unidades productivas características del Valle del Cauca (p. 1).
La producción de caña de azúcar y su transformación en una variedad de productos, incluido el aguardiente, ha sido desde varios siglos atrás la más importante agroindustria del Valle del Cauca. Las bondades económicas de esta elección industrial hicieron que desde 1859 se realizaran exportaciones de azúcar a otras zonas del territorio nacional como Antioquia y, desde finales del siglo XVII, a la población minera del Chocó, donde se amplió la demanda de azúcar, miel y aguardiente, al igual que a otras ciudades del exterior como Panamá y Quito.
Esta presencia determinante del cultivo de la caña de azúcar en el diario vivir de la población vallecaucana es uno de los hilos conductores que permite entender la sintonía inmediata de los caleños con muchas letras de canciones cubanas que recrean elementos ambientales que también nos son propios. Resultan totalmente familiares para un caleño las canciones que hablan del azúcar, de la melaza, de la sacarosa, de la molienda, del corte de la caña, del cañaduzal, lo cual de inmediato le abre paso a su identificación con ella.
Esta suma de componentes culturales sobre los cuales se levanta el pueblo de Cali, que le tienden de alguna manera lazos de comunicación con los pueblos del Caribe en ciertos rasgos particulares que les son comunes, son dignos de tenerse en cuenta en la configuración de un conjunto de razones que están sobre el camino de explicar la disposición que tienen los caleños, desde mucho tiempo atrás, a preferir la música de las Antillas Mayores, una vez esta es objeto de su conocimiento y disfrute en el siglo XX. Esta música y cultura avanzan, en su gusto social, gracias a la inclinación natural del caleño por la danza como fuerza emocional y corporal presente en la música del Caribe, una fuente liberadora de su cuerpo y de su espíritu ardiente y festivo. Comunión inspiradora que se proyecta a través del tiempo con la atractiva y continua producción musical procedente de esta región del mundo, que le conduce posteriormente a la adopción de la música caribeña, en especial aquella de raíces cubanas y luego de la salsa, cuando esta irrumpe como expresión latina en la sociedad globalizada.
Finalmente, otro elemento sustancial que viene a cerrar este cuadro de la hipótesis planteada es la conexión de Cali con el mundo a través de Buenaventura. Elemento definitivo y de vital importancia en la comprensión del espíritu del hombre caleño y de lo que posteriormente será su acercamiento inmediato con la música afrolatina que llega desde Nueva York. Conexión con el mundo que data de los primeros años de la Conquista, pues “recién fundada Cali […] el conquistador Pascual de Andagoya, manda al capitán Ladrilleros con treinta hombres a buscar una salida al mar del Sur” (Echeverry, 2005, p. 206), tarea que no se logra inicialmente. Es el mismo Andagoya quien va a encontrar una salida por el río San Juan que resulta poco propicia para llegar fácilmente al mar. Luego, en una segunda incursión de Ladrilleros, encuentra un camino más viable evitando las sierras, y “llega a la bahía de Suiz, en la provincia de Yoló, donde establece (en la margen derecha del río Anchicayá, a 8 leguas de la Isla de Palmas) San Juan de la Buenaventura” (Echeverry, 2005, p. 206). Esta comunicación entre Cali y Buenaventura, que fue un imperativo económico desde que los españoles pisaron estas tierras, conoció el desafío del camino de herradura cuando se buscaba el mar a lomo de mula siguiendo los senderos del cañón del río Dagua, luego a través de la carretera destapada que ya se logra a comienzos del siglo XX, y tan solo se convierte en una ruta relativamente fluida una vez se termina de pavimentar en 1970. Se le suma a la búsqueda de esta interconexión geográfica que abre fronteras, la construcción de la vía férrea de Buenaventura, determinante en la comunicación comercial de Cali con otras comunidades del orbe, la cual está disponible para su tránsito el 1.º de enero de 1915 cuando se inaugura, convirtiéndose desde allí y a comienzos del siglo XX en la primera conexión que nos lleva de forma expedita y de un modo directo hacia el mar, a unirnos con el espíritu y avance del mundo y de su música.
El camino que conduce de Cali hacia la apropiación y adopción de la salsa como la música que le identifica es un proceso histórico que va desde la incursión de la música cubana y caribeña en el mercado internacional del disco, hasta el alumbramiento de una música latina que expresa a la comunidad hispana en la sociedad globalizada de Nueva York. En este proceso entran en juego muchos elementos propios de las particularidades culturales y de orden ambiental sobre las cuales se desarrollan Cali y Colombia, pero resulta especialmente determinante el periodo a partir del cual los caleños inician una aproximación franca y directa con el movimiento musical a nivel nacional e internacional. En este acercamiento participan tres elementos fundamentales: la entrada de la radio a Colombia, en especial la de onda corta; la conexión a través de la vía férrea con el puerto de Buenaventura, el más importante del país y que nos conecta de inmediato con la música afrolatina de Nueva York, y el cine mexicano en la era del musical.
La radio se introdujo en Colombia bajo la presidencia de Miguel Abadía Méndez con una emisora estatal, la HJN, ubicada en Bogotá e inaugurada el 7 de agosto de 1929, manteniéndose al aire hasta noviembre de 1937. Más tarde, en 1940, se da inicio a la Radiodifusora Nacional. La primera estación privada de radio aparece en Barranquilla, el 8 de diciembre de 1929, con la sigla de identificación HKD, que luego toma el nombre de La Voz de Barranquilla. Empieza con 15 vatios de potencia. En enero de 1930 y con la sigla HKF Colombian Radio and Electric Corporation, nace la primera emisora de carácter comercial en Colombia, iniciativa que da pie al surgimiento de otras emisoras comerciales. Ante la necesidad de ordenar esta nueva iniciativa de la radio, se expide en 1931 una reglamentación que le abre las puertas a la modalidad de emisora comercial. Hasta 1934, la actividad radial funcionaba de un modo informal en sus horarios, pues no era una actividad de dedicación permanente por parte de sus dueños. De esta manera se da comienzo a un proceso de introducción de la radio en toda Colombia y, con el pasar de los años, a un encuentro musical de los caleños con este medio de comunicación que, por décadas, ayudó a estructurar y a definir su gusto musical, que no siempre estuvo del lado de la música que oficialmente las autoridades sociales y estatales del país proyectaban para su gusto.
El 12 de octubre de 1932 salió al aire la primera emisora caleña: La Voz del Valle. Fundada por los hermanos Miguel y Jorge Rivas, fue una emisora de alcance muy precario y funcionaba en el segundo piso de una casona en la calle 14, entre carreras 7 y 8. Le siguió la emisora creada por José Mejía, denominada HJK, que fue la primera en adquirir registro ante el Ministerio de Correos y Telégrafos, y que representa ya una iniciativa empresarial. Esta emisora tuvo, por tanto, un mayor alcance en su señal, nada comparable con el que tuvo la emisora de los hermanos Rivas. Después vino otra iniciativa radial, y Alfonso Mesa Vargas, con la asesoría técnica de los hermanos Rivas, creó la emisora Radio Cultura, ubicada en la carrera 7, entre calles 17 y 18.
En 1934 se fundó La Voz de Colombia, situada en la calle 14, entre carrera 2 y 3, por el periodista de origen santandereano Rafael Angulo, que va a tomar después el nombre de Radio Libertador. Luego aparece La Voz de la Higueronía, de Hernando Bueno.
A través de la radio de onda corta, los caleños tuvieron acceso a la música del Caribe, tanto colombiana como de las Antillas Mayores. Se enteran por este medio de los encantos del foxtrot, del charlestón, del swing, del tango, del bolero, del chotis, de la ranchera y sobretodo de la música cubana. Esta amalgama musical participó en la configuración de su gusto junto a los ritmos andinos que figuran como la música nacional. Pero será la música cubana la que tendrá mayor resonancia en las preferencias de los oyentes caleños por dos razones que resultan ser complementarias. La primera, que Cuba ya era una potencia de la radio en Hispanoamérica cuando Colombia apenas se estaba interesando por la radiodifusión. Ya en 1933, Cuba había instalado la primera emisora comercial de onda corta, la COC, que transmitía toda su programación dirigida al extranjero. En 1938 disponía de 46 emisoras que operaban para su país y 11 de onda corta para otros países. En los años cuarenta, Cuba da un salto enorme en la radio al copiar el modelo de las emisoras norteamericanas, y tres de ellas van a marcar la pauta en la radiodifusión cubana e internacional: la Mil Diez, la RHC-Cadena Azul y Circuito CMQ. Todas estas emisoras con excelentes programas musicales, especialmente en horarios nocturnos, a través de los cuales se podían escuchar destacados artistas como Ignacio Piñeiro y el Septeto Nacional de Cuba, el trío de Miguel Matamoros, Rita Montaner, Arcaño y sus Maravillas, Barbarito Díez, Miguelito Valdés, Arsenio Rodríguez y Félix Chapotín. A estas potentes emisoras se les sumó más adelante Radio Progreso, por la cual emitían en vivo a los cantantes y orquestas del momento en una época de esplendor de la música cubana y de La Habana como ciudad, en especial durante las décadas del cuarenta y cincuenta. Ya para los años sesenta y setenta los caleños fieles a esta música cubana pasan a escuchar Radio Habana Cuba y sus programas musicales, después del triunfo de la Revolución en 1959. El acercamiento del pueblo caleño con la radio cubana, además de la facilidad de acceso y calidad de la señal de sus emisoras, también lo propició la música que emitían, con ritmos candentes para el baile extrovertido y cadencioso, con temáticas que les eran familiares e interpretaban el alma musical de los caleños y su espíritu festivo. Por este medio se inició un proceso de seducción y atracción de la música cubana en los radioyentes de Cali, que le abrió un camino perdurable entre su gente.
Dentro de la oferta radial a la que se tuvo acceso una vez entra la radio en Colombia, la radio cubana, antes de la Revolución, presentó las emisiones de música en onda corta más importantes de Hispanoamérica, siguiéndoles las emisoras argentinas con el tango en su furor y las emisoras mexicanas con la ranchera y los corridos, que llegan también al radioescucha local. Pero sin duda, Radio Progreso fue la emisora de onda corta de mayor preferencia para la generación de caleños de los años cuarenta y cincuenta. “Entraba bien en Cali”, siempre se dijo. Tenía para los años cincuenta una programación de radioteatro en vivo, con espacios dedicados muy especialmente a la Sonora Matancera, Orlando Vallejo, Celina y Reutilio, como también a Antonio María Romeu y Barbarito Díez, artistas que marcaron profundamente el gusto de esa generación.
En el desarrollo de la radiodifusión en Cali y luego de la irrupción de las emisoras consideradas pioneras, vienen más adelante nuevas estaciones radiales como Radio Pacífico, Radio Sport, Radio Cultura, La Voz de Cali y La Voz del Río Cauca, emisoras que junto a La Voz del Valle, incorporan los radioteatros abiertos al público en los que se presentan orquestas y artistas del canto, tanto del orden nacional como internacional. En su etapa inicial (décadas del cuarenta y cincuenta) se escuchan sobre todo voces con sabor operático como la de José Mojica, Juan Arvizu y la del doctor Alfonso Ortiz Tirado, pero luego se introducen otros sentimientos de la música popular. Voces mexicanas como la de Pedro Vargas, Tito Guízar, Pedro Infante, Jorge Negrete, Toña la Negra, y créditos nuestros como el tenor Carlos Julio Ramírez. Es la presencia del bolero en la radio con artistas cubanos, puertorriqueños, argentinos, mexicanos, que tienen una gran recepción en la ciudad, tales como Fernando Torres, María Luisa Landín, Hugo Romani, Leo Marini y Agustín Lara. Desde los años cuarenta, en las emisoras de Cali se vienen escuchando canciones del Trío Vegabajeño, Trío Matamoros, la orquesta de Ernesto Lecuona, la de Rafael Hernández y la Orquesta Triple A de Luis Arcaraz. En este periodo hubo canciones que marcaron toda una época, como “Prisionero del mar”, con el sabor del swing americano, “Siboney”, “Campanitas de cristal”, “Llanto de luna”, “Tristeza marina”, “Vereda tropical” y “Solamente una vez”.
A través de la radio y, por supuesto, mediante la relación directa que siempre se mantuvo con el Caribe colombiano, llegaron a nuestro gusto musical todos los ritmos de nuestra costa caribe en un tiempo de esplendor de la música costeña que se inicia en los años cuarenta con toda su riqueza rítmica, especialmente de la cumbia y el porro, que son los encargados directos de iniciar el proceso de desplazamiento total del bambuco, el pasillo y la denominada música andina, que figuraban como la música de la identidad nacional. El espíritu caleño tenía, por fin, una música colombiana que estaba más cerca de su sentir como pueblo y de su sentir en el goce de la danza. Para este periodo las orquestaciones de las agrupaciones musicales de la costa caribe, muy influenciadas por las grandes bandas de swing de Norteamérica y de las orquestas cubanas, se pudieron escuchar en la ciudad. En esos momentos la música de la región pacífica no figuraba en la audiencia local ni nacional y, por tanto, no estaba dentro de la oferta musical, a menos que se quiera argumentar que estaba allí presente en el bambuco viejo, como madre en discusión del bambuco andino que imperaba como música nacional por mandato oficial. La música que se hacía en la región pacífica permanecía oculta y distante del Valle del Cauca, y apenas daba sus luces de supervivencia amarrada a nuestra eterna relación con la salida al mar por el puerto de Buenaventura.
El historiador y profesor Édgar Vásquez nos resume en su libro Historia de Cali en el siglo 20 esta influencia de la radio y el desarrollo del gusto musical de los caleños de los años cuarenta y cincuenta de la siguiente manera:
