Campo del Moro - Marx Aub - E-Book

Campo del Moro E-Book

Marx Aub

0,0

Beschreibung

El cuarto volumen de El laberinto mágico aborda los últimos días del Madrid republicano en marzo de 1939. En siete partes, cronológicamente respetuosas con los acontecimientos históricos, se narran los efectos de la traición capitaneada por Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, quien por entonces organizó un complot como golpe de Estado al Gobierno de Negrín y formó el Consejo Nacional de Defensa. En las calles de la capital se desató una guerra interna entre republicanos, que la novela describe con precisión. En el caos generado conviven personajes históricos y ficticios, pues el relato verificable se entreteje con otros ficticios también trufados por signos de la traición –tema principal–, el amor, la solidaridad, la vida y la muerte. Así, resalta el devenir de personajes como Juan González Moreno, Lola Beltrán y Vicente Dalmases, Rosa María Lainez y Víctor Terrazas, Manuela y Carlos Riquelme, Mercedes y Julián Templado. En la novela la memoria aubiana alcanza altas cotas de intensidad y destaca la fuerza narrativa del relato ubicado en la mítica Madrid numantina. Aub hace escuchar sobremanera la voz del pueblo entre el maremágnum de la Historia, expresando las reacciones extremas del hombre al enfrentarse con una situación crucial. Por el preciso relato desarrollado y por su amplio abanico de traiciones –ubicable dentro o fuera de su tiempo–, Campo del Moro se convierte en un clásico de la ficción histórica.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 688

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ÍNDICE

ESTUDIO INTRODUCTORIO

Javier Lluch-Prats

CAMPO DEL MORO

I. 5 de marzo de 1939

II. 6 de marzo

III. 7 de marzo

IV. 8 de marzo

V. 9 de marzo

VI. 12 de marzo

VII. 13 de marzo

APARATO CRÍTICO: VARIANTES TEXTUALES

NOTAS DEL ESTUDIO INTRODUCTORIO

NOTAS DE CAMPO DEL MORO

GALERÍA DE PERSONAJES HISTÓRICOS

GLOSARIO DE VOCES ESCOGIDAS

BIBLIOGRAFÍA

Estudio introductorio

Javier Lluch-Prats(Universitat de València)

I. LA FERTILIDAD EJEMPLAR DEL TALLER DE MAX AUB: LA CREACIÓN DE CAMPO DEL MORO

El taller de Max Aub es una feliz designación del espacio, tanto físico como simbólico, en que sus textos tomaron cuerpo. Un espacio atravesado de experiencias vitales que generaron múltiples interpretaciones del mundo en que vivió, particularmente convulso, y que Aub representó con la perspectiva de quien fue testigo, víctima y superviviente de decisivos acontecimientos históricos. Modélica para definir la complejidad del sujeto y el arte modernos, su obra ilumina aquel tiempo crítico y, por consiguiente, también el nuestro. En su taller, al compás de voces colaterales como innovación, experimentación, creación, proceso, renovación y escritura, esta última venía a interrumpirse cuando Max Aub aprobaba una versión determinada. En un momento de equilibrio, el escritor disponía su obra para el lector, si bien antes o después de publicarla podía retomarla, modificarla y hasta rechazarla, como evidencia, pongamos por caso, la escritura en despliegue de su novela Luis Álvarez Petreña, que vio la luz en 1934, 1965 y 1971.1

En su escritura, los frecuentes cambios obedecen a acciones propias de ese taller. Por lo general, estas derivan de la revisión de un texto, bien por evolución personal, artística e ideológica de Aub, bien por su voluntad perfeccionista, como pone de relieve Campo del Moro, novela cuya recepción por la crítica y los lectores, como veremos, exhibe la tan dificultosa vuelta editorial de un escritor exiliado a la España franquista, donde la censura impedía el acceso o lo autorizaba generalmente con tachaduras y modificaciones.2

Con una excelente factura, esta novela focaliza los últimos y trágicos días del Madrid republicano en marzo de 1939. Se integra en el ciclo narrativo El laberinto mágico3 y es fruto de la etapa de madurez de Max Aub, en la cual llevó a cabo una incesante tarea creadora. En México, no es de extrañar que José de la Colina lo llamara Max Aún (Otaola, 1999: 48), un ingenioso apelativo motivado por su asombrosa fecundidad, a la que Vicente Aleixandre, también amigo de Aub, aludiría como «fertilidad ejemplar» en una epístola de 1960.4 En efecto, así puede referirse su producción en los años sesenta: justo en 1963, además de este Campo Aub publicó «De la novela de nuestros días y de la española en particular», ensayo que cuatro años después incluyó en Hablo como hombre;5 la obra poética Antología traducida;6 el drama en tres actos titulado Los muertos;7 los relatos El cementerio de Djelfa y Un atentado,8 modificado y ampliado, precisamente, en el capítulo 4 de la I parte de Campo del Moro. Al mismo tiempo, Aub preparaba su Manual de Historia de la Literatura Española, que publicaría en 1966; escribía Campo de los almendros, publicada en Mortiz en 1968, y preparaba Los sesenta,9 revista literaria cuya andadura iniciaría en 1964 con este propósito sintetizado en la solapa de su primer número:

Lo dice el título. Esta revista se publica durante la sexta década del siglo y solo colaboran en ella quienes hayan o hubieran cumplido sesenta años. Cuidan de ella y de ello: Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Max Aub y Jorge Guillén; secretario de redacción: Bernardo Giner de los Ríos.

En su taller, junto con sus trabajos publicados, Aub guardaba múltiples materiales de escritura, tantos de ellos repletos de notas metaescriturarias: libretas, agendas, cuadernos, folios y cuartillas con borradores de sus publicaciones, en gran parte conservados en la Fundación Max Aub (FMA, a partir de ahora). En su archivo, además, hay desde reseñas críticas sobre su obra, un nutrido epistolario y páginas de signo testimonial, hasta fondos hemerográficos, bibliográficos y fotográficos. En concreto, de Campo del Moro, durante el proceso de rastreo y acopio de testimonios manuscritos, ediciones y reimpresiones, así como de posibles fuentes historiográficas, reseñas epocales y estudios críticos, di con dos cuadernos autógrafos que, en gran medida, contenían el manuscrito de la novela. De tal modo, su identificación, evaluación e interpretación posibilitaron indagar y recrear cómo Aub organizó desde notas sueltas a secuencias narrativas; cómo pudo conformar una estructura novelística al transcribirlas; cómo logró «ensamblar definitivamente estos retazos»10 –siguiendo las palabras del autor–; en suma, cómo Aub debió de obrar en su taller para escribir esta novela sin par.

Génesis de Campo del Moro

La crónica del hallazgo de este manuscrito comenzó, en la FMA, al consultar el catálogo de copias mecanografiadas y manuscritos conservados de las novelas aubianas. No había registro alguno de Campo del Moro, concebida como la primera parte, denominada Los traidores, de un amplio proyecto narrativo –e inicialmente dramático– anunciado originalmente como Historia de Alicante. Al seguirle la pista al manuscrito titulado Los traidores, las sospechas se confirmaron: sus páginas albergaban una parte considerable del autógrafo de Campo del Moro.11 Luego, transcrito su texto, el cotejo con la primera edición de Mortiz exhibió el valor del cuaderno: aparte de recoger apuntes y secuencias narrativas completas, registra la planificación de la obra, posibles títulos y hasta fichas de algunos personajes. Asimismo, las variantes textuales despejan pasajes ambiguos y permiten subsanar lagunas de la primera edición, tal como muestra el aparato crítico de variantes de esta edición.

Por otra parte, en el periodo en que transcribí dicho autógrafo, la FMA inició la digitalización de documentos del extraordinario archivo aubiano: epístolas, reseñas de prensa, documentos personales y manuscritos como el antedicho.12 Por entonces llamó mi atención un segundo cuaderno titulado Campo francés13 (1965), cuyas características formales similares al anterior despertaron nuevas sospechas. Por fortuna, contenía parte del Campo mencionado, mas también textos de Campo de los almendros, Campo del Moro y, como el primer cuaderno, anotaciones personales, dibujos, esbozos de textos narrativos y hasta apuntes ensayísticos, los cuales son reflexiones escritas por Aub tal vez con la idea de utilizarlas como prólogos, en ensayos o para la solapa o la contracubierta de alguno de sus libros. Esos fragmentos de ambos cuadernos –que analicé en otro lugar (Lluch, 2004)–, en su conjunto revelan claves interpretativas de su labor creadora: los estímulos que lo llevan a escribir acerca de la Guerra Civil española; su concepción de la Novela y su relación con la Historia; la evolución de su estilo; la génesis y los personajes de El laberinto mágico.14

Seguidamente me propuse localizar la copia mecanografiada de la novela, mas su rastreo resultó infructuoso en los fondos de la FMA y de la editorial Joaquín Mortiz.15 De modo que los testimonios de Campo del Moro son tales cuadernos y las ediciones impresas. En adelante, a pesar de no manejar un manuscrito unitario –ni completo respecto al texto del 63–, aludiré al manuscrito (ms.) excepto cuando resalte la especificidad de los que he dado en llamar ms. 1 y ms. 2, cuadernos que, entre los manuscritos autógrafos, habrían de denominarse borradores porque presentan el texto en sus diferentes etapas de creación, contienen abundantes correcciones y cumplen funciones operativas –exploración, información, programación– de la fase prerredaccional de la novela,16 ya que sus contenidos se vinculan con su proceso de inicialización y preparación. Además, ello se adecua a la denominación de la terminología ecdótica tradicional y de la crítica genética, que define el borrador como «manuscrit de travail d’un text en train de se constituer; généralement couvert de ratures et de réécritures» (Grésillon, 1994: 241). El manuscrito es suficientemente extenso y válido para extraer conclusiones fiables y rigurosas en torno al proceso creativo de la novela y a su interpretación crítica, y se adopta aquí como testimonio fundamental de la génesis y el proceso de (re)creación textual de Campo del Moro.

Donde habita la memoria: Historia de Alicante en El laberinto mágico

Con su publicación en julio de 1963, Campo del Moro se convirtió en la cuarta, hasta esa fecha, de las novelas de El laberinto mágico [Campo cerrado (1943), Campo de sangre (1945) y Campo abierto (1951)], proyecto de una pentalogía anunciada en agosto de 1943. Por entonces, ya en México, Max Aub redactó un texto prologal a Campo cerrado17 en el que apuntó:

Bajo el título de EL LABERINTO MÁGICO, que le debo a San Agustín, proyecto publicar, amén de esta, cuatro novelas en las que he de recoger, a mi modo, algunos sucesos de nuestra guerra: II. CAMPO ABIERTO. III. CAMPO DE SANGRE. IV. TIERRA DE CAMPOS. V. CAMPO FRANCÉS.

Así también, años más tarde, en un epílogo redactado en el ms. 1 (f. 3r), Aub escribió respecto de los Campos:

Lo de El laberinto mágico eran ganas de presumir. Hablando de esta serie de novelas entre amigos, siempre me referí a «los campos». Quédese así, lo mismo por la tierra laborable, el sitio escogido para su desafío, el espacio real o imaginario en que se supone contenida cualquier cosa, el fondo de un cuadro, sus acepciones de blasón y las castrenses o deportivas: cada una sirve; y su derivado reciente: de concentración (de concentrarse, encerrarse en sí mismo para mejor decir).

Casi un año después de publicar el prólogo de Campo cerrado, el asunto de Casado, y así la contienda en Madrid de comienzos de marzo del 39, aparece entre los acontecimientos bélicos que obsesionan a Aub, quien anotó el 29 de junio de 1944: «Mi experiencia africana –publicado el Diario–,18 hacerla presente en una novela: Campo africano. Empezarla con la traición de Casado: uno que escapa en Alicante, Cartagena- Orán-Argel-Djelfa. Su mujer. Las denuncias. Uxda. Casablanca» (1998: 114). Desde entonces, en sus cuadernos constantes son estas alusiones a su pasado y al Laberinto, que trenza el hilo de su sentido a partir de la conjunción entre la realidad y la ficción, erigiéndose en paradigma de la ficción histórica contemporánea: «No podía poner toda mi obra al servicio de este Laberinto solo mágico para mí. Pero preferí agrupar lo más significativo de la guerra y sus inmediatas consecuencias» (ms. 1, f. 4r).

Significativas huellas de Campo del Moro son las reiteradas menciones de Historia de Alicante, que, como Tierra de Campos (título citado en el prólogo aludido), no formaría parte de su bibliografía (Lluch, 2006a). Dicha Historia, persistente preocupación para Aub, abordaría los últimos días de la Guerra Civil española, desde la traición de Casado hasta la toma de Valencia y los nefastos episodios vividos por miles de republicanos en el puerto de Alicante y en campos de concentración españoles.19 Consciente de que la obra relataba el dramático final del conflicto, creció el interés de Aub por desarrollarla y culminar con ella la tarea de contarnos –y contarse– aquel conflicto atroz. En este sentido, el 22 de febrero de 1952 escribió: «Ando metido ahora en acabar lo empezado en los Campos, a ver si la vida me da tiempo y, sobre todo, me deja espacio en la lucha por alcanzar los garbanzos para acabar de retratar, a mi modo, lo que fue y es nuestra guerra» (1998: 204). También el 25 de marzo de 1954 afirmó:

No hay escritor de nuestro tiempo que no refleje –más tarde o más temprano, de una manera u otra– las inquietudes del tiempo. […] Mis Campos (que en sus títulos tienen su justificación, si acude usted al diccionario) no son novelas, sino crónicas (vea las palabras finales de mi Discurso de la novela española)20 y no son una trilogía, si es que tengo tiempo –que lo dudo– para seguir adelante. Y en eso San Juan, No, De algún tiempo a esta parte, el Diario de Djelfa y tantas cosas más no son, no quieren ser otra cosa que un testimonio (porque me considero incapaz para más; no porque crea que se deba hacer como lo hice. «Incapaz» tal vez no sea lo justo, pero sí con falta de tiempo –y de gusto– para volver sobre lo hecho, retocarlo, aguzarlo, quitar y poner). […] no he tenido nunca tiempo para dedicarme a una sola cosa, que es la única manera de tener ideas, o, por lo menos, de darlas a conocer (1998: 236-237).

De su interés por Alicante también dan cuenta otras anotaciones de sus Diarios. Por ejemplo, el 7 de junio de 1945: «Ganas de escribir, de una vez, la Historia de Alicante» (1998: 126), y el 10 de julio de 1954: «Tal vez la idea de convertir la Historia de Alicante en tragedia sea por la prisa. Pero no. Sencillamente, la unidad de lugar y tiempo me llama al “orden”, y el gusto de tener la trilogía de “Nuestro tiempo”: San Juan, No y Alicante» (1998: 248). Los dos primeros títulos verían la luz,21 pero la crónica sobre Alicante, sin género todavía definido, seguía pendiente el 30 de abril de 1956:

¡Alicante! ¡Alicante!¡Mal atormentas mi mente!–no es broma.

Quisiera escribir el drama o la novela. Pero hay que hacer esto y lo otro.Esto y lo otro, título (1998: 276).

La escritura de una novela o un drama continuaba obsesionándole el último día del año 1960: «Nada de la Historia de Alicante que debía haber escrito. […] Ahora, por delante: […] Y la Historia de Alicante, ¿qué? […] Y de la Historia de Zaragoza, ¿qué?» (1998: 232). Así también, esta inquietud se recoge en una agenda telefónica22 en la cual Aub dejó apuntes preparatorios de Historia de Alicante, Historia de Francia, Historia de África e Historia de México. Como tales Historias, sabido es que Aub no escribió ninguna de las cuatro, aun cuando su propuesta germinó en novelas y relatos del Laberinto, como sucedió con Historia de Alicante en particular. El 1 de enero del 62, un año después de la cita previa, Aub renovó su planificación:

Nuevo plan de Historia de Alicante, que enlaza con Campo de los almendros. Así conservo ambos títulos que se combatían, barajándose. Vicente [Dalmases], prisionero en Alcalá, envía a Rafael a ver a Asunción [Meliá]. Rafael y Asunción en la playa.Vida de Asunción en Valencia. La suicida, no estoy todavía muy seguro, dependerá de cómo reaccionemos –ella y yo–. En principio, se suicida (1998: 333).

El enlace entre esta mención que relaciona Campo de los almendros con Historia de Alicante también consta en el ms. 1 (f. 3r), donde Aub recogió sus Campos (y Campitos, como también llamó a sus cuentos):

Bajo el título, dijimos definitivo, de Los Campos podrían reunirse todos según el orden cronológico de los sucesos que los motivaron:

I. Campo cerrado. II Campo abierto. III El cojo. IV Cota. V Una canción. VI Manuel, el de la Font. VII La Ley. VIII Un asturiano. IX Santander y Gijón. X Alrededor de una mesa. XI Teresita. XII Campo de sangre. XIII La espera. XIV Enero sin nombre. XV Campo de los almendros. Los traidores. XVI Historia de Alicante. XVI Una historia cualquiera. XVII Enrique Serrano Piña. XVIII Historia de Vidal. XIX Otro. XX Un traidor. XXI Ruptura. XXII [Morir por cerrar los ojos]Campo francés. XXIII Los creyentes. XXIV Historia de Jacobo. XXV El limpiabotas del Padre Eterno. XXVI Yo no invento nada. Apéndice: Diario de Djelfa.

Es muy probable que la escritura del ms. 1 se iniciara en 1959, pues en el f. 4r Aub rememora la redacción de Campo cerrado en 1939: «Empecé a escribir Los Campos hace exactamente veinte años, en una buhardilla de la calle del Capitan Ferber, en Menilmontant», hecho antes recordado en otros lugares; por ejemplo, el 25 de mayo de 1945 anotó: «Me puse a escribir Campo cerrado, diez cuartillas diarias, por la mañana a mano, por la tarde a máquina –menos los días en que iba a los estudios–. Ni cinco céntimos. La buhardilla. […] Creo que Quiroga era el único que venía de cuando en cuando a casa, a oír capitulejos sueltos de la novela» (1998: 186).

En 1959, por tanto, tres años antes de escribir el plan del 62 arriba indicado («conservo ambos títulos que se combatían, barajándose»), Aub debió de acotar y dividir su propuesta entre Historia de Alicante y Los traidores. En el elenco previo, obsérvese que la numeración de las obras es errónea (XV, XVI, XVI): quizá la escritura rápida provocara el despiste, pero es indicio óptimo del devenir de Historia de Alicante: la extensión y la autonomía alcanzadas por esa primera parte, Los traidores, procuraron su emancipación del proyecto original sobre Alicante. Además, aun cuando en el ms. 1 Aub había pensado en Los traidores como posible título, la simetría con las demás de la serie acabó por prevalecer, tal y como le refirió en una epístola a Soldevila el 8 de marzo de 1962: «Lo que yo creía un relato del tipo de Las buenas intenciones […] se me está normalmente complicando en otra maraña y laberinto hermano de los campos. No tengo remedio» (Lluch, 2007: 159). Ahí mencionó incluso su falta de tiempo: «La Universidad me da un trabajo que le ruego no me envidie y que no me deja escribir a mi gusto la novela de los últimos días de Madrid y de Alicante en la que solo me puedo meter a gusto sábados y domingos». En línea con esta carta escrita en plena redacción de la novela, Aub le señaló a su amigo el historiador Manuel Tuñón de Lara el 14 de mayo de 1962: «Lo de Madrid –lo mío– ha crecido tanto que no sé cuándo llegaré a Alicante».23

Aub entregó el manuscrito en agosto de 1962 y el día 31 le apuntó a Tuñón: «Hace semanas que acabé Los Traidores, que ya entregué a Canedo pero que no creo que salga hasta los primeros meses del año que entra».24 Después, el 22 de enero de 1963 le dijo que estaba «corrigiendo pruebas de la novela, sin grandes prisas, pero estará toda compuesta dentro de un mes. […] no creo que salga a la calle antes de abril».25 En suma: la decisión de emancipar la novela de Madrid de la alicantina, las modulaciones de su historia en el relato, los cambios formales y estructurales (como las partes variadas del ms. 1 al texto impreso), el proceso de transcripción mecanoscrita y la corrección de galeradas permiten suponer que, si bien su planteamiento venía de años atrás, Campo del Moro tomó cuerpo entre 1959 y 1962, año clave de su constitución según confirmó Tuñón de Lara (2001: 101).

Fase redaccional de la escritura: el manuscrito

Los materiales genéticos de la obra literaria de Max Aub constituyen un laberinto de testimonios heterogéneos. Respecto de la novela que nos ocupa, como he anticipado anteriormente, interesan las partes de los borradores que he denominado ms. 1 y ms. 2.26

El cuaderno ms. 1, de 23,5 por 32 cm, con encuadernación rústica y una serie de títulos en su portada, tiene ciento diecinueve folios de color sepia sin numerar, nueve de ellos en blanco.27 Casi en su totalidad, el cuaderno fue utilizado para la escritura de Campo del Moro, cuyo texto ocupa noventa y cinco folios. Entre los ff. 56 y 57 falta uno que debió de ser arrancado. A partir del f. 95v, Aub escribe en tres actos La muerte del Che28 e incluye anotaciones personales y textos propios de El Correo de Euclides29 y Crímenes ejemplares.30 Al final del cuaderno aparece el prólogo a El poema de Aín Sebaa,31 que en folios mecanografiados se localizó resguardado entre los del ms. 1.

Los textos correspondientes a Campo del Moro se hallan en los ff. 7-95r; ff. 6-9, 11, 15, 18, 22, 29, 30, 41, 44-48, 51, 52, 54, 55, 59, 61, 62, 72-78, 80, 83, 85, 94v; entre los ff. 19 y 20 hay una cuartilla de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) escrita por ambas caras, en tres columnas; el f. 39v ofrece posibles títulos de la novela, que retomo en un epígrafe posterior, y el f. 43v presenta el plan de la novela.

Descripción de los contenidos del ms. 1

f. 1r. Títulos. Cita de Baltasar Gracián. Reflexión del autor.

Entre los ff. 1 y 2. Folio suelto (papel de la UNAM) con un texto sobre la creación de personajes y la relación entre Historia y Novela.

f. 2r y v; ff. 3 y 4r. Textos sobre la génesis de los Campos. El f. 4r también contiene un diálogo.

f. 5r. Fichas de dos personajes: Vicente Dalmases y Asunción Meliá.

f. 6r. Nuevamente Aub escribe sobre el carácter de sus personajes y acerca del hecho de novelar la Guerra Civil española.

ff. 7-95r; ff. 6-9, 11, 15, 18, 22, 29, 30, 41, 44-48, 51, 52, 54, 55, 59, 61, 62, 72-78, 80, 83, 85, 94v. Textos propios de Campo del Moro.

Entre los ff. 19 y 20. Cuartilla de la UNAM escrita por ambas caras, en tres columnas, con textos correspondientes a Campo del Moro.

ff. 10, 14, 23, 30, 31, 42, 65, 71r. Notas personales (teléfonos, citas, etc.).

f. 35v. Texto de Campo de los almendros.

f. 39v. Posibles títulos de la novela sobre Madrid (Campo del Moro).

f. 43v. Plan de la novela.

ff. 95-100, 104-106r; ff. 96-101, 105-107v. Borrador de La muerte del Che.

ff. 101-103r. Texto narrativo.

f. 107r. Nota sobre el teatro y Artaud. Apuntes para El Correo de Euclides.

f. 108r. Texto de carácter ensayístico sobre el turismo y Hernán Cortés. Incluye otro sobre teatro.

f. 108v. Contiene un texto propio de Crímenes ejemplares y otro sobre literatura española contemporánea.

f. 109r. Continúa el texto anterior e incluye otro de El Correo de Euclides.

f. 109v, y f. 110r y v. Prólogo a El poema de Aín Sebaa.

El cuaderno ms. 2, sin título en su portada, pero con características externas propias del ms. 1, contiene otros ciento diecinueve folios. También en él debió de arrancarse el originario f. 30 y está en blanco el f. 107. En este borrador resalta la disposición de los textos que lo conforman: desde el f. 107v, la orientación del texto cambia, pues Aub escribió por ambos lados del cuaderno. Por ello –según se lea– puede numerarse como f. 119 el que podría ser el f. 1. No obstante, el mayor espacio de texto dispuesto en una dirección (ff. 1-107) propició fijar la numeración de los folios aquí referida. A Campo del Moro pertenecen los textos siguientes: entre los ff. 1 y 2, una carpeta de cinco folios titulada «Giner de los Ríos» en el primero de ellos. Escritos a lápiz, contienen notas históricas sobre la actuación de Casado y su destitución al rebelarse contra Negrín. Muchas otras se relacionan con la huida de los republicanos a Francia en marzo de 1939 (algunas pasaron a Campo del Moro y Campo francés). Las secuencias de la novela se presentan concretamente en los ff. 31-41, 44-51, 54, 55r; ff. 30, 32, 34, 37, 42, 46, 50v.

Descripción de los contenidos del ms. 2

f. 1r. Anotaciones personales.

Entre los ff. 1 y 2. Carpeta «Giner de los Ríos».

ff. 2-7r. Texto en torno a la Guerra Civil («la Gran Cosa»).

f. 8r. Apuntes sobre un proyecto narrativo.

ff. 8 y 9v. Texto para De algún tiempo a esta parte.32

ff. 10-14r. Texto de Los hijos o [El pendejo].33

f. 14v. Texto titulado «Colofón», a modo de prólogo de la pieza teatral Los muertos. Aub anota que también debería recoger La dalia azul y Uno cualquiera.

f. 15r. Dos textos: uno sobre Campo francés; otro acerca de la organización de sus obras teatrales en un acto.

f. 15v; ff. 16-18r. Textos narrativos.

ff. 19-23, 25-29r; ff. 22, 23, 28, 29, 62v. Campo francés.

f. 23v. Texto ensayístico.

ff. 24 y 25v. Texto sobre la muerte de Indalecio Prieto.

ff. 31-41, 44-51, 54, 55r; ff. 30, 32, 34, 37, 42, 46, 50v. Campo del Moro.

f. 33v. Texto titulado «La Tercera República Española».34

ff. 42, 43, 52, 53, 65-106r; ff. 41, 51, 57, 65, 67, 72, 73, 77-78, 83, 84, 87, 89, 95, 98, 99, 102-111, 113, 114v, dos folios sueltos entre los ff. 105 y 106. Campo de los almendros.

f. 44v. Dibujo de trazos similares al de la cubierta del ms. 1.

f. 46v. Texto sobre la creación de personajes.

Entre los ff. 65 y 66. Tres hojas de tamaño folio (papel del «Centro Comercial de Cuba en México»), de color grisáceo, numeradas como 19/20/21, con un texto correspondiente a Campo de los almendros.

f. 68v. Texto sobre El laberinto mágico.

f. 109r. Datos (teléfonos).

f. 112v. Dibujo para un cartel de «Del Amor, un espectáculo de Max Aub».35

Los contenidos del manuscrito exhiben un modo de escritura aparentemente desordenado: secuencias alternas, párrafos inconexos, frases sueltas y, entre enmarañados textos, también teléfonos anotados, citas de otros autores, relatos cortos, dibujos y hasta apuntes preparatorios de algún ensayo. No hay fecha alguna, pero al manejar 1959 como inicio de la redacción del manuscrito, tal como he explicado, revisé otros materiales de entonces en los que, aparte de menciones sobre Alicante y Segismundo Casado, se localizan breves fragmentos sueltos que aparecen al final de varios capítulos. Como evidencia una agenda de 1962,36 nuevas pistas atañen a la redacción del ms. 1, como el apunte del lunes 19 de marzo («8 ½ Sirol-M. P. Fouchet») que reaparece en el ms. 1 (f. 41v), apunte revelador para la datación del cuaderno y su proceso de escritura. Aub pudo escribirlo casualmente, por tener una cita con Max-Pol Fouchet37 y el ms. 1 a mano (quizá corrigiéndolo o preparando su transcripción), pero relevante es que sea en 1962, pues en la misma agenda escribe el 2 de marzo:

–No hay como la hombría

el valor para ganar las

guerras

–No te digo que no antes –

dice Bonifaz– cuando no había

bombas, obuses, muerte a

cien kilómetros y cayendo

del cielo. Pero

anda: se valiente contra un

obús o contra una bomba de

500 kilos; plántate delante

_____________

Almirante huye y se esconde

en casa del

Espiritista.

–Traidor? ¿Traidor yo? Traidor

si lo hay no hay más que

uno. ¿Lo oye? Uno

levanta la mano y el dedo.

El primer fragmento es el germen del diálogo entre Victoriano Terraza y Enrique Almirante al final del capítulo 4 de la primera parte de Campo del Moro, tal como se publicó en 1963:

–Antes no digo que no –le contesta Almirante desde la mesa del centro–, cuando no había bombas ni obuses, ni muerte enviada por aviones a cien kilómetros, o a veinte, si te parece mucho, cayendo del cielo. Anda ahora, sé valiente, plántate frente a un regalito de diez o de quinientos kilos, a pecho descubierto grítale: ¡atrévete! Plántate delante, a ver. La valentía ha pasado a la historia (1963: 52).

Del segundo fragmento se deriva este del capítulo 6 de la cuarta parte:

Decide –sobre la marcha, que no es un decir– estarse quieto unos días en casa del Espiritista.

Don Manuel se niega a alojarle:

–No quiero ver a nadie, a nadie.

–Es usted un traidor.

–¿Traidor? ¿Traidor, yo? Traidor, si lo hay, no hay más que uno. Lo oye: Uno.

Levanta una mano, cierra el puño dejando apuntado un dedo hacia lo alto, sosteniéndose apenas con la otra, en la mesa (1963: 214-215).

Así también, en la entrada de la agenda del sábado 26 de marzo, cabe relacionar un diálogo en ciernes con el enfrentamiento entre dos personajes, Lola y su padre, don Manuel El Espiritista, inserto al final del capítulo 11 de la primera parte. Finalmente, Aub no incorporó allí el diálogo cuya versión manuscrita es la siguiente:

–Tú bebes no te das

cuenta de que lo haces

porque es lo único que

vale la pena en este

mundo. Olvidarse.

Perderse. Irse. ¿Qué

esperan? ¿No sabes que

lo que crees es absurdo?

Que lo único que vale la

pena es eso: olvidarse?

–Mientes.

–No. El que miente eres

tú.

–Mientes

–Entonces ¿por qué bebes?

–Por saber.

–¿Qué?

–Es lo que quisiera saber,

saber de Vicente

–¿Hablas en serio?

–Sí.

–¿Y tú no te ạạạạạạạạ?

–No sé.

–Yo sí.

–¿Qué sabes?

–Que estás perdido

–Mientes.

II. ASPECTOS DE LA COMPOSICIÓN DE LA NOVELA

Previamente a la entrega de Campo del Moro a la imprenta en 1963, las secuencias narrativas disparmente distribuidas en el manuscrito había que estructurarlas y Aub planteó su orientación desde el índice, que perfiló enunciando los títulos de los siete capítulos de la novela. Mientras esta se conformaba, su composición definitiva fueron definiéndola el título, las citas, las partes de la obra y las fichas de los personajes.

El título: la defensa de Madrid

Campo del Moro se adecua al conjunto de novelas que el autor publicó con denominación de origen compartida: los Campos. Es un título cuya referencia espacial nos sitúa en Madrid. Además, como factor de legibilidad, la cita de Mesonero Romanos con que se abre la novela es un indicador del tema: la defensa de Madrid, explícita en la datación de los hechos en el índice: «marzo de 1939». Como antes he mencionado, Aub barajó un proyecto de novela, Tierra de Campos, y pasó de ahí a Historia de Alicante, convertida en dos por la extensión de su primera parte, inicialmente titulada Los traidores, según consta en la portada del ms. 1. Aub también indicó estos posibles títulos para el bloque novelesco que conformaban las partes I y II: Historia de Alicante o Campo de los Almendros o Asesinato de Madrid y Muerte de Alicante. Además, en el ms. 1 (f. 39v) apuntó otros alternativos para Los traidores: Cruz y raya de Madrid; Sanseacabó de Madrid; Al cabo y al fin. Fin. Cabo. Extremos de Madrid, títulos que propuso al advertir que iba a ser una novela y no parte de otra. Hasta incorporó esta elocuente dedicatoria en el ms. 1 que, al menos expresamente, no pasó a la versión impresa: «A Francisco Franco, hijo de puta» (f. 2r).

Desde el inicio de la década de los sesenta, como hemos visto, la novela se convirtió en una cuestión axial del epistolario entre Max Aub y Manuel Tuñón de Lara, quien había protagonizado tan decisivo episodio madrileño y quería disponer de la novela para La España del siglo XX (1966).38 De hecho, en su bibliografía, Tuñón seleccionó creaciones aubianas al considerarlas fuentes primarias de sus investigaciones: todos los Campos, excepto Campo francés (1965), la novela La calle de Valverde (1961) y el relato El remate (1962). En su epístola del 5 de junio de 1962, Aub afirmó: «No doy abasto. A pesar de todo, Los traidores, que es como se llama por fin la novela de los días de Casado, marcha bastante bien».39 En otra del 3 de enero de 1963, Aub le comentó la posible variación del título: «[E]l editor prefiere Muerte de Madrid».40

Por su parte, Tuñón de Lara deseaba recibir pronto la nueva novela –«Muerte de Madrid (me gusta el título)»– y le decía: «En estos días estoy con la Dictadura, donde también le daré un toquecito a La calle de Valverde».41 El 19 de marzo de 1963, Aub ya puntualizó el título: «Campo del Moro, título definitivo de Los traidores y Muerte de Madrid»,42 aunque Tuñón todavía la mencionó como Muerte de Madrid el 26 de marzo. Finalmente, el 14 de julio de ese año se publicó la primera edición de Campo del Moro con este colofón: «Impreso y hecho en México-Printed and Made in Mexico / Edición de 3.000 ejemplares / Gráfica Panamericana, S. de R. L. / Parroquia 911, México 12, D. F. / Encuadernación Suari, S. A. / 14-VII-1963».

Fig. 1. Campo del Moro, cubierta de la primera edición.

También a Soldevila le anunció la publicación el 1 de agosto: «Dentro de muy pocos días le mando Campo del Moro», lo que provocó esta respuesta del día 8: «Espero con impaciencia ese Campo del Moro. ¿Es lo de Alicante?» (Lluch, 2007: 203). El 24 de agosto, Aub le dijo a Tuñón de Lara que la novela se estaba vendiendo bien.43 Un mes después su amigo aprobó el título escogido: «Campo del Moro (suena mejor este título)»,44 y el 25 de septiembre, tal como haría en otras epístolas, le apuntó: «He reflexionado sobre el título Campo del Moro. ¿Será el próximo libro, Campo de los almendros? No estaría mal para cerrar así el ciclo de los Campos que está necesitando una edición conjunta».45 Aub ya lo había tenido en cuenta, según el elenco de títulos enunciado páginas atrás, pero Campo del Moro lo tomó de la cita de Mesonero Romanos incluida en la novela. En cambio, para Campo de los almendros influiría ese consejo de Tuñón, quien varias veces le recomendó la adecuación del título eliminado. Así, el 28 de julio de 1965, Aub estaba «metido hasta las cachas en la novela de Alicante»,46 a lo que su amigo respondió el 10 de agosto: «Lo de Alicante no sé si lo vas a llamar Puerto de Alicante; a mí me parecería muy bien llamarle Campo de los almendros, que, como sabes, fue adonde nos llevaron a todos los que allí estábamos, el primer día, antes de distribuirnos entre Albatera y el Castillo de Alicante».47 Aub se lo confirmaría el 18 de agosto: «Efectivamente la novela se llamará Campo de los almendros y me gustaría mucho, si tienes alguna anécdota que contarme que, aunque fuera de manera muy esquemática me la relataras».48

Meses más tarde, el 21 de marzo de 1966, el escritor puso «punto final a la primera revisión seria de Campo de los almendros» (1998: 370), novela que también publicó Joaquín Mortiz en 1968 y cuya dilatada escritura Aub le refirió en una entrevista a Emir Rodríguez Monegal:

Podría darme el lujo de decir que hace quince o veinte años que la estoy escribiendo. ¡Es verdad! A medida que me encontraba con alguien, con alguna persona que había vivido en Alicante esos tres últimos días de la guerra, le preguntaba cuál había sido su experiencia. Si esto es escribir, pues entonces tardé quince años en escribirla. Pero no creo que a esto se pueda llamar escribir. En realidad, durante todo este tiempo, yo amontonaba materiales.49

Las últimas páginas de Campo de los almendros vendrían a cerrar el ciclo peninsular en torno a la guerra, el mágico Laberinto abierto con Campo cerrado. Tres años antes, en Campo francés, Aub había abordado la derrota republicana y la deplorable recepción de las autoridades francesas a los refugiados españoles.

Exordio: las citas

Incluidas a modo de advertencia al lector de lo que el texto iba a depararle, en el ms. 1 (f. 1r) Aub anotó una cita de Baltasar Gracián (1) que incluyó en la primera edición de Campo de los almendros, mientras que en Campo del Moro incorporó dos: la primera es de Ramón de Mesonero Romanos (2); la segunda reproduce un supuesto cable periodístico (3):

(1)

¡Oh, quién no supiera escribir!

Baltasar Gracián

Agudeza y arte de ingenio

«Discurso XXX - De los hechos heroicos»

(2)

Pero lo que no dicen los historiadores, ni consta de ninguna manera, es que dichos monarcas hicieran su residencia en el Alcázar, ni se trata de él como mansión real, sino sólo como defensa formidable en todas ocasiones; ya contra las acometidas que, a los pocos años de la reconquista, hizo contra Madrid en 1109 el rey de los Almoravides Tejufin, y que resistieron victoriosamente los habitantes, encerrados en el Alcázar, rechazando al ejército marroquí que había llegado a sentar sus reales en el sitio que aún se llama el Campo del Moro; ya en las funestas revueltas interiores de los reinos sucesivos, hasta la misma guerra fratricida de don Pedro y don Enrique.

Ramón de Mesonero Romanos: El antiguo Madrid, paseos histórico-anecdóticos por las calles y casas de esta villa.50

Aub escogería esta cita por la adecuación de Campo del Moro como título que enlazaba con los anteriores, mas también por los sucesos de la resistencia madrileña relatados en ella. Luego la cita forma parte de la base referencial compartida entre autor y lector, de la condición de historicidad garante de la adecuada transmisión de esta novela. Probablemente la anotaría durante las lecturas preparatorias para la elaboración del Manual de Historia de la Literatura Española,51 aunque ahí no mencionó este texto y prescindió, en general, de ofrecer la bibliografía utilizada para elaborar el Manual (1974: 554).52

(3)

Madrid, 13 de marzo de 1939.- La artillería nacionalista reanudó sus esporádicos bombardeos. Un obús destrozó un coche fúnebre cerca del Cementerio del Este, hiriendo y matando al acompañamiento.

El Universal (Cable de la I.P.)

Aub redactó este cable en el ms. 1 (f. 89r), en donde optó entre cable-despacho y AP-IP: Associated Press-International Press. Además, por entonces, Aub ya había pensado en ampliar las jornadas de la novela, pues en caso contrario no figuraría el 13 de marzo, ausente en el plan inicial, como se muestra en el siguiente apartado:

Madrid, 13 de [mabril] marzo de 1939.

La artillería nacionalista [continuo] <reanudó> sus esporádicos bombardeos.

Un obús [le] dio de lleno a un[a carroza] coche

fúnebre cerca del Cementerio del Este, [destrozando]

hiriendo y matando al acompañamiento.

El Universal ([Despa] Cable de la [A]I.P.)53

En los últimos Campos, como Oleza (2000: 90-92) señaló con tino, la fórmula de la novela histórica aubiana alcanza su sazón, entre otros motivos, por las citas aquí comentadas. La primera se escoge como divisa de su título y evoca la resistencia madrileña frente al ejército almorávide:54 ochocientos años después, el Campo del Moro servía de nuevo para la defensa de Madrid. La segunda cita presenta un documento como fidedigno al presuponer la existencia del entierro aludido, es decir, el acontecimiento más densamente ficcionalizado de la novela.

Estructura en movimiento: las partes de la novela

Durante la fase de gestación y de redacción del manuscrito, las partes de la novela fueron cuatro. Según un esquema del ms. 1 (f. 43v), la acción se desarrollaría en cinco días y los capítulos se agruparían sobremanera en la parte cuarta, en donde el tiempo se concentra y el ritmo de los acontecimientos se acelera:

Por otra parte, en el ms. 2 (f. 42v) se localiza esta nota sobre el plan del capítulo 7 de la VI parte (1963):

En 1963, el índice de la novela –respetado en las sucesivas ediciones del texto– alteró el plan previsto: se modificaron algunos acontecimientos y se redistribuyeron los capítulos en siete partes, añadiéndose las jornadas del 12 y 13 de marzo. No obstante, las tres primeras partes comprenden el doble de capítulos que las partes finales, respondiendo a la intención autoral de destacar momentos iniciales del golpe de Casado, como muestra la relevancia del 5 de marzo en el plan del ms. 1. Definitivamente, esa división quedó así:

I. 5 de marzo de 1939

12 capítulos

II. 6 de marzo

15 capítulos

III. 7 de marzo

11 capítulos

IV. 8 de marzo

6 capítulos

V. 9 de marzo

5 capítulos

VI. 12 de marzo

8 capítulos

VII. 13 de marzo

2 capítulos

De igual modo, el número final de capítulos se debe a la recurrencia a la técnica de montaje cinematográfico, a lo dialogal y lo dramático, a la alternancia de secuencias de extensión desigual que despliega narrativamente Campo del Moro. Además, en consonancia con el desarrollo de sus novelas, como señaló Soldevila (1973: 94):

Debía tener una estructura más clásica, que Aub consideraba gemela de Las buenas intenciones. En el cambio fundamental que se producirá, debemos considerar como influyentes dos elementos: la inercia producida por las tres novelas precedentes de la serie, de una parte, y, de otra, la reciente composición de La calle de Valverde, en la que Aub adoptaba por primera vez una división de la novela en siete partes. Esta misma división se impone en Campo del Moro, correspondiendo cada una de las partes a un día distinto, entre el 7 y el 13 de marzo.

De tal modo, este mecanismo de organización externa del espacio textual se caracteriza por la fragmentación y la búsqueda de fronteras que van delimitándose. Las secuencias pasan de la orientación y la presentación iniciales (situación, ambiente, personajes) a una envolvente presencia de espacios: es el laberinto del que nadie puede escapar. Al final, la estructura se torna circular y el último capítulo, al enlazar con el cable periodístico relativo al entierro, despeja la duda que quizás el lector pueda tener al leer la segunda cita con que la novela se presenta.

Microhistorias condensadas en fichas: los personajes de Campo del Moro

En El laberinto mágico, Aub vierte numerosas situaciones cotidianas de quienes, en no pocas ocasiones, se entrecruzan en sus obras, las cuales acogen circunstancias individuales de centenares de personajes que constituyen el motor de la acción narrativa. Mediante multitud de diálogos, en las secuencias Aub liberó desde voces de personajes históricos a las de aquellos que denominó deformados; voces muchas de ellas familiares para su lector, e incluso nuevas, como apuntó en el ms. 1 (f. 6r):

Decir que todos los personajes que aquí salen son inventados sería un rasgo de humor que no tendría de tener su miga [sic]; desgraciadamente no es cierto; ahora bien –como es natural– lo son hasta cierto punto (más deformados que inventados) y otros hay para quienes no tuve en cuenta, para nada, la realidad.

En la intrahistoria del Laberinto, las peripecias entrelazadas de estos personajes sirven de gozne entre los planos histórico y ficticio. De este modo, Aub salva el problema estructural de congregar lo real con lo imaginario fundamentalmente a través de sus personajes:

Lo que hace Max Aub, usando lo imaginario, es justo explicarnos el negativo o la sombra de lo real, mostrarnos su parte de azar, de mentira, de artificio. […] Al mezclar siempre, sistemáticamente historia y ficción, personajes inventados con personajes reales, Max Aub nos permite percibir lo histórico en los términos de una experiencia personal (Muñoz Molina, 1996: 26).

Esa tensa relación entre realidad y ficción afecta a los personajes cuando Aub no puede evitar cierta subjetividad. Por ello el 11 de junio de 1952, respecto al posicionamiento del lector ante sus creaciones, Aub anotó en sus Diarios:

Es evidente que al mezclar, al machihembrar el autor con sus personajes, cosa que fatalmente sucede si consideráis que las opiniones expuestas por estos son las del autor –a menos que sean tan primarias o extremadas que no dejen lugar a dudas, lo cual está reñido generalmente con la verosimilitud–, impedís que estos cobren categoría humana (1998: 211).

En este sentido, acerca de Campo del Moro, el autor afirmó: «Para mí, novelista que voy buscando la verdad a través de la literatura, las reacciones personales son de gran importancia: dibujan mis personajes y, a través de ellos, un mundo» (Aub, 1985c: 15). Por consiguiente, significativa es la considerable nómina de personajes del Laberinto, donde el azar amontona encuentros y maneja vidas en textos como el que nos ocupa. Como apuntó Tuñón de Lara, sus personajes son «diferentes según la coyuntura en que se encuentran, cada cual tiene hecho su hoy, con el aluvión de su ayer –que Aub explica siempre, en ficha completa, que exige a veces un sorprendente travelling arrière– y lo vemos vivir, sufrir las más de las veces, gozar las menos, dudar muchas, decidir siempre, por acción o por omisión» (1970a: 26). En este sentido, valga recordar que «Ficha» se titula el primer apartado del poema «Toda una historia», dedicado al campesino Manuel Vázquez González en Diario de Djelfa (1944), poemario propio del Laberinto. Así también, numerosas son las fichas en Campo del Moro, como las de los personajes en I/4; por ejemplo, en la presentación de Rafael Vila: «Alto, bigotudillo, con gafas, de buen porte, familia bifronte, de un lado respetable, por otro una hermana no tanto, que pesaba en el recuerdo por ser la preferida; eso sí: arruinadísimo por ambos lados desde hacía tiempo».

En ocasiones, la ficha aumenta sus elementos constitutivos y se convierte en uno de los tres planos del lenguaje de Aub, que Tuñón consideró integrado por el relato descriptivo, la «ficha» histórica de cada personaje cargada de adjetivos y su abanico de tiempos en las múltiples flexiones del pretérito. La ficha individual se completa a raíz de nuevas apariciones y actuaciones. Otras veces los personajes se nos presentan fugazmente y, en general, se convierten en seres complejos, ambiguos, polimorfos. Además, siempre quejilloso de su falta de memoria,55 durante el proceso de escritura Aub recurrió a su obra y recuperó rasgos distintivos de algunos personajes, tal como muestra en el ms. 1 (f. 5r), donde, escritas a pluma en tinta verde, recoge estas fichas descriptivas de dos personajes fundamentales en el Laberinto: Vicente Dalmases y Asunción Meliá (fig. 2).

Fig. 2. Max Aub. Ficha de personajes, ms. 1, f. 5r.

El escritor extrajo estos datos del capítulo dedicado a Vicente Dalmases en la primera parte de Campo abierto (Aub, 2001a: 304-5), como evidencia este texto subrayado:

Pertenece a una familia absurda […] Su padre es registrador de la propiedad; su hermano mayor, a más de músico, es catedrático de latín en un Instituto de nueva creación –de esos que la República se ha empeñado en formar, morada de tantos profesores, que creen en el espíritu de la letra–; el segundo, ingeniero de caminos y poeta; el tercero estudia para veterinario y, en sus ratos perdidos, que son bastantes, griego; el cuarto, Vicente, a más de estar inscrito en la escuela de comercio, es actor; le sigue una muchacha que quiere ser bailarina y estudia en la Normal de maestras. Hay tres más, todavía sin definir, pero desde luego, ninguno quiere estudiar derecho, como desearía el padre: los tres hacen versos, para empezar, y el benjamín asegura que quiere ser aviador, y el que le antecede habla vagamente de ingeniería, y el anterior ha dado a entender, categóricamente, que no quiere hacer nada: tiene bastantes hermanos para poder vivir tranquilo: quiere ser compositor, pero sin estudiar música. Todos son liberales, menos Vicente, que es comunista: nació así.

La gran nariz separa dos ojos enormes, oscuros, profundos. […] Es puro hueso y fuma seguido, sin saber: chupetea el cigarro y enciende otro con la colilla.

Asunción es hija de un tranviario catalán. […] Ahora es de las Juventudes Comunistas.

Del mismo modo, en el siguiente folio Aub aporta datos sobre otro personaje, el diplomático don José María Morales y Bustamante (fig. 3).56

Fig. 3. Ms. 1, f. 22v.

Así también, ciertas pistas sobre acciones desarrolladas por otros personajes se pueden rastrear en el manuscrito (por ejemplo, figura 4).57

Fig. 4. Ms. 1, f. 77v.

En cada capítulo, generalmente dividido en secuencias narrativas, se nos relata lo vivido por los principales personajes, verificables y ficticios, sobre los que descansa la acción novelesca. En este Campo son citados casi quinientos personajes, un tercio de los cuales son reales y el resto ficticios (Lluch, 2010). De ellos, no todos tienen voz y el peso del relato, entre otros, lo sostienen Casado, Besteiro, González Moreno, Fidel Muñoz, don Manuel, Lola y Vicente, Rosa María y Víctor, Riquelme, Templado, Manuela y Mercedes.

Como en otros textos del Laberinto, aquí el autor reubica a Miaja, Matallana, Negrín o Azaña, y muchos de ellos, con nombre propio, toman la palabra en primera persona en los capítulos de reconstrucción histórica. Aparte de los mencionados, vuelven ficticios de peso como Paulino Cuartero, Víctor Terrazas o El Tellina. En ciertos momentos cobran la fuerza con que debieron de ser imaginados, ficcionalizados y deformados a partir de un modelo real, con el fin de habitar los espacios de Madrid,58 ciudad protagonista y capital herida y generadora de esas microhistorias de lo cotidiano que nutren lo colectivo. Además, esta novela, como el Laberinto, responde a la puesta en entredicho a la que la figura del héroe fue sometida en el siglo XX, que mudó al personaje literario «de faro en arrecife» (Oleza, 1993: 54). No se da el héroe ejemplar y superior,59 sino que una amplia galería de personajes comparte el camino marcado por la Historia y Aub consigue una novela de protagonista múltiple:

El protagonista deja su lugar de preeminencia a otro protagonista, numeroso y anónimo, que ocupa la escena caóticamente, con la grandiosidad de un río desbordado. No se trata […] de reducir un gran hecho, una batalla, por ejemplo a unas medidas humanas y personales, sino que nos encontramos ante la desaparición de lo individual para que entre en la escena lo colectivo (Ponce de León, 1971: 54).

La novela permite así observar el contrapunto, técnica narrativa próxima a la estructura caleidoscópica –arte de las vidrieras– (García Templado, 1999). Además, relevante papel se le concede a la mujer en el Laberinto y en esta novela en particular. Por ejemplo, de Rosa María Lainez, Domingo (1973) señaló: «Párrafo aparte merecen esas mujeres maxaubianas […] de rompe y rasga, entre las cuales es una excepción la Rosa María enamorada del Comandante Rafael, una de las víctimas más inocentes de esa pesadilla demencial, verdadero “desastre de la guerra”». Aub presenta otros perfiles muy diferentes: Mercedes, Lola, Manuela, Soledad… Las relaciones entre Manuela y Mercedes con Riquelme y Templado, Rosa María con Terrazas y Lola con Dalmases forman parte de esta novela también marcada por la solidaridad. En Alicante, de poderoso trasfondo, queda Asunción Meliá, sobre la que Aub expresará su predilección en las «Páginas azules» de Campo de los almendros, pues ella, viva imagen de la República anhelada, representaba «[el] símbolo concreto de cuanto su hacedor amaba en España y para España: la justicia, el ánimo constructivo, la fidelidad, la limpieza, el hondo amor» (Sobejano, 2001: 11); ella era «el único antídoto que Max Aub es capaz de imaginar en medio de los desastres de la guerra» (Oleza, 2003: 2). El escritor la recordaría incluso en su visita a Valencia en 1969, como afirmó en La gallina ciega: «Me hiere, me duele que ahí, a cincuenta metros, en la lechería de Lauria, Vicente esperaba (espera) a Asunción. […] y que nadie lo sepa» (Aub, 1995: 294-95).

Los personajes históricos

En Campo del Moro hay personajes que tienen un referente real, como Edmundo Domínguez, Juan Negrín o Dolores Ibárruri, que surgen con barniz literario aun cuando Aub tenía claro que «No es lo mismo inventar personajes un poco a lo que salga, que saber –de cierto– que Julián Besteiro falleció en el penal X, el día Z, a la hora H. Y sacarlo a relucir vivo, sin ser el propio Besteiro» (ms. 2, f. 46v). A pesar de que el estatuto ficcional les confiera inmortalidad en la literatura a los personajes históricos, no deja de resultar agradecido saber quiénes fueron en la vida real para comprender mejor una novela en la que Aub buscó la objetividad de los hechos, implicando a tantos hombres y mujeres cuya existencia podemos verificar en numerosas ocasiones. Unos actúan porque responden a la recreación literaria de acontecimientos históricos que provocaron o en los que participaron; otros son mencionados por elección del autor para crear la atmósfera de historicidad de su obra. El hecho de que los personajes históricos, al igual que tantos acontecimientos, no jueguen sino un rol secundario permite la reconstrucción de la Historia dentro de la trama; y es que tales personajes, siguiendo una fórmula que Galdós probó con éxito en los Episodios nacionales:

[N]o importan tanto para el desarrollo de la acción como para la reconstrucción de ese pasado. En general, el novelista inventa los protagonistas principales para poder jugar así con distintos sentimientos y pasiones, ya que el carácter de los personajes históricos está fijado de antemano, y si el novelista los situara en primer término de su obra, correría el riesgo de convertir la novela histórica en historia novelada (Mata, 1995: 52).

Respecto de que Aub cite acontecimientos y personajes históricos e imaginarios, coincido con Soldevila (2001b: 106) en considerar relevante su conocimiento cuando uno lee esta narrativa histórica, aunque resultara secundario para Aub, quien suponía que los lectores futuros de su novela, con el tiempo, «la leerán sin preguntarse sobre la identidad real o imaginaria, o sobre la coincidencia o no de los nombres ficticios con los personajes que los inspiraron, cuestión inevitable cuando se trata de novelas históricas». En este sentido, además, frente a otros de la contienda, Aub aborda un decisivo acontecimiento que no vivió, como Francisco Ayala le apuntó en una carta el 31 de octubre de 1963:

Recibí, y leí sin pérdida de tiempo, tu Campo del Moro, con que redondeas la presentación insustituible que has hecho de la guerra española. Me llama la atención que hayas procurado un acercamiento más «factual» a un episodio no vivido por ti. Desde luego, quienes conocemos los acontecimientos y –más o menos– a las personas, no necesitamos leer el libro con notas al pie de página. Me pregunto si los extraños o los más jóvenes no las echarán de menos a veces. Con notas o sin notas, el libro es estupendo, y te felicito por haberlo escrito (Soldevila, 2001b: 105).

En su respuesta, el 5 de noviembre del mismo año, Aub le decía: «¿No crees que el día de mañana lo mismo da que García Pradas se llame García Pradas o Gómez Prado, Rodríguez Vega, Campo Martínez?» (Soldevila, 2001b: 107). Sobre esta cuestión volvería en las «Páginas azules» de Campo de los almendros: «¿Qué fue de Largo Caballero? ¿De Besteiro? ¿Qué fue de Sanjurjo? ¿Qué de Azaña, de Juan Negrín? ¿Qué fue de Mola? ¿Qué de los vencedores que algún tiempo anduvieron luciendo sus nombres y apellidos por las placas de plazas y calles? Fueron, en su tiempo, importantes. Los demás desaparecieron antes, pero solo antes» (Aub, 2002b: 400-401). En Campo del Moro, leemos en un diálogo entre Templado y Riquelme (I/7):

–El futuro se puede adivinar o predecir, pero ¿quién el presente? Te explico: es lo que es, está ahí como lo veo, como lo ves. Mas ¿cómo será para un historiador dentro de uno, dos, diez siglos? El pasado es siempre lo que dictaminan los presentes; en el futuro el pasado será el presente. Así se escribe siempre la historia. ¿Qué vivimos?, ¿esto de ahora o lo que dirán que fue dentro de cincuenta, cien, mil años? Guerras hubo perdidas que aseguran ganadas; los ingleses dan por victorias sobre los franceses algunas de las que estos tienen por suyas. Ciertos malos pasos vergonzosos se borran en un idioma mientras son recordados con gloria en otros, sin contar que las historias –no hay historia sino historias– suelen escribirlas los vencedores. ¿O crees que en Covadonga, si hubo la tal batalla, sabían que principiaban la Reconquista? ¿Quién sabe si empezó ahora otra guerra de treinta años? No se sabe nunca lo que se hace, ¡figúrate si podemos saber qué estamos haciendo para las entendederas de los de mañana! Sin contar con que la enorme mayoría no hace nada –haga lo que haga– porque nadie ha de acordarse no digamos del santo de su nombre sino de nada de lo que les rodea.

Algunos de estos personajes participan activamente en el relato, como Negrín, Casado o Miaja, mientras que otros conforman el ambiente epocal del Campo, anónimos frente a los nombres de primera fila. Como lectores, cuando damos con activos personajes observamos que Aub inserta datos suplementarios al de su papel desempeñado en la vida real, bien vinculándolos con personajes inventados o deformados, bien mencionando sus peripecias en el relato. Por ello, más que en el papel que desempeñaron en la Historia, a muchos los vemos como Aub los vio, retrato físico e impresión personal (Soldevila, 1973: 300). Así también, en el entrecruzamiento de personajes verificables con otros en rigor inventados, lo mimético y lo diegético se funden, haciendo que un personaje ficticio asista a acontecimientos reales y viceversa.

De todos ellos, Aub proporciona peculiaridades de su biografía y menciona, por ejemplo, la úlcera que padecía Segismundo Casado al comienzo de la novela (I/1), o su desmejorado aspecto en VI/I: «Déjame decirte que le encontré sin afeitar, cosa rarísima en él […] me recibió en la cama por encontrarse enfermo», tal como González Moreno, personaje deformado, lo describe tras encontrarse con él. Así, la referencialidad de lo narrado desvela un modelo de mundo real, mas también otro imaginario, verosímil en el desarrollo de las acciones de tantos personajes ficticios. Por consiguiente, la mayoría de los personajes históricos integran la puesta en acción de los inventados, figuran en la construcción de su etopeya e incluso, como he destacado, participan en la acción. Pongamos por caso al cenetista Melchor Rodríguez, el Ángel Rojo, quien se topa con González Moreno a la salida del despacho de Segismundo Casado, un encuentro en el que participa otro histórico, José García Pradas:

Al llegar al sótano, González Moreno se extraña de ver salir del despacho del Jefe del Ejército del Centro, con ancha sonrisa, a Melchor Rodríguez, dirigente de la CNT, y hablarle a García Pradas, un jovenzuelo de historia turbia, que dirige uno de los periódicos anarquistas de la capital (I/5).

Así las cosas, muchos de los personajes reales aparecen identificados y viven situaciones verídicas entremezcladas con las ficcionalizadas, y no pocos, como González Moreno, son trasunto de otros y deformaciones de un tipo concreto. Por tal motivo, al subrayar esta capacidad inventiva de Aub, Tuñón de Lara (1970a: 20) escribió:

Personajes típicos unos, originales y fuera de serie otros, poblando un mundo a la vez imaginario –porque es criatura del autor– y real, porque lo tomó y lo esculpió de la arcilla humana palpitante de todos los días. Por eso hay que hablar del mundo imaginario-real de la obra de Max Aub; de ese mundo, ni un solo personaje es «inventado» partiendo de cero, pero ni uno solo es calcado del modelo que sirvió de inspiración.

Los personajes inventados y transfigurados, más que ficticios, se imponen al lector y aparecen en primer plano sobre las figuras históricas y, en cierto modo, «representan a esa colectividad que luchó por defender un proyecto en marcha de sociedad frente a la violenta reacción de quienes recurrieron a la fuerza» (Soldevila, 2003: 82). En suma: estos personajes pueblan el universo ficcional como verdaderos protagonistas de cuantas historias interesaban al autor.

III. LA NOVELA COMO ARTEFACTO DE HISTORICIDAD