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El Marqués de Sade,Bernard de Mandeville, Fougeret de Monbron y los personajes históricos que aparecen en esta obra representan lo que nuestra Modernidad ha señalado con dedo acusador como más allá de la razón, de lo pensable, de lo responsable. Fueron llamados estúpidos, locos o psicópatas, sin duda un poco canallas en la muy recta Ilustración, pero aun estar fuera de los márgenes con que la sana razón y el sensato realismo delimitan nuestro mundo, pueden proporcionar herramientas útiles para imaginar de diferente manera nuestro presente. Al igual que "Las señoritas de Avignon" o cualquier cuadro de Van Gogh, que inicialmente pudieron resultar infantiles, mal realizados y propios de una mala mano pictórica pero cuyo lenguaje hemos aprendido a incorporar a nuestro universo estético, con los autores que aquí se muestran podemos renovar el modo como concebimos nuestro mundo ético y político y tener elementos para imaginar críticamente otro presente.
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Seitenzahl: 252
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Julio Seoane Pinilla
CANALLAS ILUSTRADOS
CANALLAS ILUSTRADOS
Enseñanzas de la ilustraciónpoco ortodoxa
Julio Seoane Pinilla
La presente investigación se ha desarrollado en el marco del Programa interuniversitario en Cultura de la Legalidad, NEW TRUST-CM(ref. S2015/HUM-3466), financiado por la Comunidad de Madridy el Fondo Social Europeo.
© Julio Seoane Pinilla, 2019
Corrección: Marta Beltrán Bahón
Cubierta: Juan Pablo Venditti
De la imagen de cubierta: Jacques Louis David French, Antoine Laurent Lavoisier (1743–1794) and His Wife (Marie Anne Pierrette Paulze, 1758–1836), 1788.
Primera edición: septiembre de 2019
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Av. Tibidabo, 12, 3o
08022, Barcelona
Tel. 93 253 09 04
www.gedisa.com
Preimpresión: gama, sl
ISBN: 978-84-17835-22-4
Queda prohibida la reproducción parcial o total por cualquiermedio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificadade esta versión castellana de la obra.
Índice
Presentación. Pero ¿realmente existieron alguna vez las mujeres?
Primera parte. LOS MALVADOS
Mandeville y la cruel fábula sobre nuestra vida
Obra de Bernard Mandeville
La paradoja moderna: no hay virtudes
De las pasiones a los intereses
El campo de juego que Mandeville establece
El hábil político
El honor, el orgullo, el apego a sí
La retórica (y la configuración de la identidad)
El sentido de la sátira
Coda: la crueldad de Mandeville
El sádico cuidadoso
Ateísmo
Materialismo
La primera sospecha frente a la «cultura»
La Naturaleza
La Naturaleza no humana
Sexo
La vida dedicada al sexo
Vida y relato
El mundo social
Un apunte final que realmente es inicial: la transgresión
Segunda parte. LOCOS ARCHILOCOS
Interludio: de los crueles a los estúpidos
El sobrino de Rameau, un loco archiloco
La falta de nombre. Una historia ¿de qué o quién?
El olvido de la tercera persona, de la objetividad
La vida que desborda cualquier biografía —o historia—
La identidad, la historia, sin orden
¿Locura como crítica?
El ciudadano del mundo y de ningún sitio
El Cosmopolita de Fougeret de Monbron
El misántropo Fougeret de Monbron
El libertino y su sociedad
El cosmopolitismo cínico y el estoico
El cosmopolitismo interior
Qué hacer hoy con el derecho del curioso
Tercera parte. MUY «INGENUOS», CASI TONTOS
El tonto y el escéptico imposible. Benevolencia y empatía
La presentación del sentido moral por parte de Hutcheson
La desavenencia de Hume
La propuesta de la simpatía
La sociabilidad del sentido moral
El afinamiento moral del tonto y del escéptico imposible
Bibliografía
Siempre me ha llamado la atención el altivo desprecio que solemos tener para con todo aquello que no comprendemos. Sea alguien diferente, sea un modo de obrar incomprensible, sea simplemente lo que solemos calificar de irracional. Es bien cierto que nuestro lenguaje y nuestro mundo se han construido para atender aquello con lo que solemos tener contacto y por ello no tenemos palabras (ni concepciones) para decir lo que se sale de lo común, pero de ahí a la arrogancia con la que solemos desdeñar todo aquello que se sale de lo común va un trecho. Si recordamos, por ejemplo, Las señoritas de Avignon de Picasso, seguro que nos viene a la mente el comentario de alguien (nuestros hijos, nosotros mismos) que en un primer momento calificó tal obra de infantil y mal hecha —es así como debió parecer en su día y como la entiende cualquiera que aún no ha aprendido a hablar el idioma de la pintura que nace con las vanguardias—; si pensamos en la obra de Pollock cualquiera la calificaría como propia de un loco —repito, en primera instancia, antes de aprender a hablar el idioma del arte contemporáneo—, así como también nos parecen propias de un demente las obras de Dubuffet que abiertamente tratan de presentar el mundo que podemos encontrar en un manicomio. Se me ocurre ahora pensar en los retratos de Lucian Freud o incluso en el famoso El grito de Munch para traer a la mente unas obras que bien se podrían calificar si no de crueles sí propias de un psicópata. Lo cierto es que hoy a nadie se le ocurre rechazar este tipo de representación artística e integramos su locura, infantilismo y deformación crudísima de la realidad en un lenguaje donde ya han dejado de ser locas, bobas o crueles. No digo que todo el mundo del arte contemporáneo haya de ser como el de estos ejemplos, pero sí que en ellos se muestra que hemos podido decir nuestro presente con esas obras alejadas de lo normal. Del lenguaje que comúnmente utilizábamos. Y por ello mismo, son obras que abren nuestra concepción de la realidad.
Lo curioso es que tal no ocurre en el ámbito del pensamiento y nos es complicado entendernos con los pensadores que podrían ser equivalentes de los artistas anteriores. La crueldad, la visión extremadamente deformada de la realidad, la estupidez y la locura no suelen ser bien vistas cuando queremos tocar la realidad por medio de nuestro conocimiento. Éste ha de ser siempre tan racional que ha de ignorar aquello que pretende ser diferente a lo que su razón establece como pensable, ha de expresarse en un lenguaje tan conocido que no nos haga plantearnos otro modo de decir otra realidad (de esperar otro futuro o imaginar un diferente pasado). Por ello desdeñamos todo lo que no hable el idioma que pueda ser comprendido con nuestro diccionario. Lo que viene a continuación quisiera recordar a algunos pensadores calificados habitualmente de crueles, locos, sinsustancia y tontos no porque considere que con ellos se resuelvan nuestras inquietudes presentes, sino porque estoy convencido que con ellos las podríamos tomar de otra manera (no sé si mejor o peor, pero cuando menos de diferente manera). Mirar lo que se sale de nuestra comprensión del mundo, escuchar un lenguaje que no entendemos, es el objetivo de este libro; quizá en el esfuerzo por entender y no marearnos ante lo ininteligible hallemos alguna placentera esperanza para nuestro presente.
No puedo dar este libro al lector sin confesarle que en buena parte lo he compuesto desde mis intervenciones en el Seminario sobre la Ilustración que María José Villaverde ha dirigido desde hace ya algunos años en la Fundación Ortega-Marañón. A mis compañeros de seminario les debo muchas sugerencias e ideas y sé que no me tomarán a mal que agradezca de modo particular el ánimo, confianza y cariño con el que María José ha arropado lo que al cabo ha dado lugar a este libro.
Presentación. Pero ¿realmente existieron alguna vez las mujeres?
Hace algunos años asistí a una exposición de Fragonard en la cual se daba noticia de que uno de los cuadros que tradicionalmente yo siempre había visto atribuido al maestro del rococó francés (no su mejor cuadro, pero sí uno de sus más característicos y famosos, El beso robado), había sido realizado en colaboración con Marguerite Gérard. Que durante varios años hubiera estado siguiendo a Fragonard y que nunca hubiera tenido noticia de su «ayudante» es algo que picó un poco mi curiosidad. Y, efectivamente, Gérard trabajó en el taller de Fragonard y le ayudó en algunas de sus obras, aunque, eso sí y tal como se repite abundantemente cada vez que se da noticia de tal colaboración, se limitó a pintar los ropajes, a darles volumen, calidad y colorido siendo los rostros y la composición algo que corría a cargo del maestro. Una colaboración menor como se ve, aunque si se piensa en la pintura de Fragonard quizás no parezca tan menor pues los rostros no es que sean de lo más destacable y en la pintura rococó dedicarse a los trajes, a los cortinajes, las sábanas, las minuciosas decoraciones interiores, etcétera, en modo alguno es tarea menor.
Aunque no es sencillo, tampoco es muy complicado recopilar algunos datos sobre Marguerite Gérard que en primer lugar suelen informar de que era cuñada de Fragonard y formó parte de su taller. Quiero hacer notar que estos recurrentes datos que se encuentran de modo inicial en todas las biografías de Gérard la hacen venir a la historia de la pintura, no por lo que ella hizo sino merced a la fama de su cuñado; y es de esto de lo que me gustaría tratar en este libro. Con la Revolución los gustos pictóricos cambian y Fragonard no vende ni un solo cuadro. Podemos imaginar que se arruina. Gérard, por el contrario, y sin cabalgar en la moda de la pintura histórica que será la que se instituya entre Delacroix y David, encuentra muchos clientes que desean cuadros costumbristas, retratos de familia, representaciones intimistas que se puedan colgar en la casa de cada quien. El mundo que echa andar desde Napoleón, el de esa burguesía fuerte y que es capaz de establecerse en Francia sin necesidad de hacer ya grandes revoluciones, es el cliente natural de Gérard, quien comienza a ser una pintora muy solicitada. Tan solicitada que se le ofrece en al menos dos ocasiones entrar a formar parte de la Academia y en otras tantas ocasiones ella se negará a ello. ¿Por qué motivo? Bien, la única respuesta que se me ocurre —a falta de respuestas en ningún estudio sobre ella— es que sencillamente no le interesaba entrar a formar parte de la institución que le impondría oficialmente los laureles de pintora excelente. ¿Menospreciaba a la Academia? Pudiera ser, mas a poco que atendamos a su obra podremos comprobar que no hay en ella atisbo de ningún acento rebelde, ni formal ni expresivo, y siendo ello así, ¿por qué el menosprecio al mundo académico?
Se me ocurre mirar simplemente los cuadros de Gérard; allí veremos que ella, procediendo del arte que se establecía en el relleno de los ropajes, las telas de las cortinas y otras menudencias, se dedica, con tal bagaje, a los retratos y a cultivar escenas «de intimidad doméstica» donde es habitual representar la relación entre madres e hijos. Son las obras de esta última temática las que quiero considerar como su pintura «esencial». Con ellas hace dinero y adquiere una posición. Con ellas puede vivir sola, sin más ayuda que su arte. Con ellas puede menospreciar a una Academia que posiblemente tomaba tales menudencias y escenas intimistas como una pieza menor dentro del gran orden del Arte (¿quiénes de nosotros no lo haríamos?). «Escenas de la intimidad doméstica», ya la categoría suena de grado menor tanto por lo que refiere a la intimidad cuanto a lo doméstico, cosas ambas muy alejadas de la presencia de lo universal en la historia, en la moral o en la representación de lo bello. Suena, permítaseme la expresión, a un arte femenino. Menor. Quizás por ello rechazó formar parte de la Academia: aunque al ofrecerla un puesto parecía que se la tomaba en cuenta, no dejaban de considerar que su trabajo se mantenía dentro del campo de lo accesorio y no llegaba a hablar de lo principal. Lo verdaderamente importante.
No puedo pasar por alto en este momento el caso de Greuze, quien fue la apuesta pictórica de Diderot, cuyas obras especializadas en lo que se ha calificado como escenas de la intimidad burguesa nos parecen hoy tremendamente ñoñas. Quiero mencionarlo porque es relevante subrayar que aquí el adjetivo «burguesa» reemplaza con algún mérito el calificativo muy femenino de «doméstica» aun cuando el referente de su significado es el mismo. Dedicándose Greuze y Gérard a mundos y motivos similares, lo cierto es que el primero pasó al elenco de los protagonistas de la historia de la pintura en mejor posición que «la cuñada de Fragonard». Al menos tuvo el apoyo valioso de Diderot. En cualquier caso, y por retomar el hilo de mi interés, la desazón que Gérard me provoca es saber si realmente existió. Ya no es que quede anulada bajo la firma de Fragonard, es que cuando pinta con su propia firma se la reconoce como autora de un arte tan pequeño que puede ser obviado dentro de las Historias del Arte —es prescindible, podemos pasar sin ella sin mengua ninguna—. De hecho, el estudio de su obra no deja de quedar relegado a unas pocas interesadas que saben que en algún momento deberán ceder el paso cuando algún estudioso de la pintura de verdad desee cruzar en su camino. Puestas las cosas así, ¿para qué entrar en una Academia que nunca la vería?
Por los mismos años, y en contestación a una pregunta formulada por la Academia de Châlons-sur-Marne que rezaba «cuáles serían los mejores medios para perfeccionar la educación de las mujeres», Choderlos de Laclos elaboró un texto que dejó sin concluir en el que en pocas palabras se establecía lo que sigue: no hay modo de tomarse en serio ninguna colaboración de los varones partiendo del mundo «desigual» en el que las mujeres de hecho viven; y no lo hay porque los varones nunca pueden olvidar que cuando piensan en las mujeres están tratando de sus esclavos y ¿quién va a tener interés en liberar a aquellos sin los cuales no puede vivir —al menos de la manera en que vive y merced a la cual se puede permitir dedicarse a pensar en los medios para educarles de mejor manera—? La propuesta de Laclos es que si las mujeres quieren progresar en su educación y condición frente a los hombres lo han de hacer olvidándose del mundo de los varones, quienes jamás tendrán un interés sincero en la promoción, educación y «emancipación» de aquellas que dicen que son sus compañeras1.
Verdaderamente el texto no llega a contestar a la pregunta formulada por la Academia de Châlons-sur-Marne porque en realidad se niega a responderla. Esto que no se suele ver y que curiosamente es lo más evidente de todo el ensayo es lo que se subraya cuando se espeta a los académicos (hombres de buena intención seguramente y deseosos de que su ciudad tome alguna parte en el universo de la reflexión filosófica) algo así como «perdonen ustedes, pero ésa es una pregunta para sentirse con la conciencia tranquila, no con interés real en educar a nadie pues ¿a qué amo le interesaría educar a sus esclavos para que se emanciparan?». Al igual que ocurría con la Academia rechazada por Gérard, a estos académicos Laclos les opone que no es aquel el lugar donde semejante pregunta se pueda contestar; y pues ello es así, no ha lugar a seguir escribiendo sobre la misma. En consecuencia, el ensayo quedará inconcluso, mas no tanto por incapacidad intelectual de Laclos, cuanto por sensibilidad hacia aquéllas sobre las que el ensayo debería de tratar.
A Laclos le resulta imposible hacer el esfuerzo de hablar de los demás como si pudiéramos sentirlos fuera de nosotros mismos (dentro de nuestra «humanidad», es cierto, pero fuera de nosotros, sentidos como aquello, allí fuera, que sentimos); al igual que no le es posible, en un alarde universalista, sentirlos idénticos a mí, como si no pudieran ser otros que yo. Por el contrario, el mundo de Laclos habla sensiblemente, esto es, siendo aquello de lo que habla y siéndolo de tal manera que sentimos como ese otro y nos convertimos en él; es como si nos perdiéramos, por así decir, y comenzáramos a dolernos con lo que a ellas, a las mujeres, les duele (y también empezáramos a imaginarnos en sus esperanzas). Por ello nos indignamos y damos un portazo; aunque aquí se nos pregunte, éste no es sitio donde se nos quiera escuchar. De hecho, nadie con sensibilidad que realmente quisiera escuchar —y afectarse con aquello que escucha— plantearía tal pregunta. ¡Qué barbaridad!¡Que los amos se pregunten cuáles serían los mejores medios para liberar a sus esclavos!¡Si sólo pronunciar la palabra «mujer» duele! Ante ello lo mejor es dejar de hablar y olvidar el ensayo propuesto.
No se sabe por qué Laclos, tras la publicación de su exitosa Las relaciones peligrosas, se interesó por estas cuestiones, pero no sería de extrañar que lo hiciera urgido por el amor que sentía por su mujer y su hija. Un sentimiento que a buen seguro le hacía perderse gozosamente, pero que en todo caso repele al modo en como habitualmente pensamos que se han de concebir las cosas con sensatez. Parece evidente que si, por ejemplo, queremos decir algo de las mujeres no nos podemos quedar en sentir el dolor de las ofensas que soportan. Es preciso tomar algo de distancia y reflexionar con alguna frialdad. No es que no podamos atender al corazón, es que tenemos que ir «más allá» de él; ser algo más que la pasión que nos lleva pues ¿cómo pensar con cordura si el sentimiento va a nublar nuestras palabras? Lo cierto es que me da la impresión de que, si bien esta actitud parece el primer paso para juzgar con tino cualquier situación, es también el camino por el cual lo diferente ha terminado por resultarnos inconcebible.
Que aquello que miramos, escuchamos, de lo que hablamos, tiene que poder ser integrado en los esquemas de la percepción y del lenguaje con los que habitualmente tocamos el mundo y nos entendemos, parece natural pues sería absurdo pretender hablar con palabras que son continuamente nuevas, como imposible resulta ver algo con claridad y distinción si se ve siempre por vez primera. Mas este requisito inicial se ha terminado convirtiendo en un imperativo que ha obligado a que lo novedoso, la diferencia simple, sea rechazada a menos que se establezca en relación, en un continuo con lo que ya tenemos «desde siempre». Así, en el caso de las mujeres que aquí me ocupa, o resultaban tan distintas a los hombres que no eran del mundo moderno, ilustrado y libre o simplemente eran iguales a los hombres y mujeres sólo de manera accesoria, tan accesoria como las pinturas menores de Gérard. Lo cual suponía olvidar a las mujeres (como se olvidaba a los «salvajes», a los niños, a los enfermos...) en tanto fueran algo realmente diferente; cosa que quizá no fueran, pero ésa no era la visión ni de Laclos ni de Gérard. El olvido de las mujeres, el ser incapaz de sentir con ellas más allá del pensamiento del amo que ve al esclavo que posee, es lo que motiva a Laclos a iniciar y abandonar su ensayo; considerarlas un hombre más y tomar su trabajo como si lo hiciera un hombre (y por ello poder dictaminar «es accesorio») es lo que llevó a Marguerite Gérard a negarse a entrar en la Academia. Pero si siguiéramos su ejemplo ¿nada podríamos decir nunca de lo ajeno?, ¿no podemos compartir vida con quien es diferente?, ¿ni siquiera darle un consejo?
Ciertamente cada quién es cada cual y no parece preciso convertirse en nadie distinto para vivir con cierta justicia, dignidad y confort. Si Laclos afirma que los hombres nunca educarán a sus esclavas, nuestra solución es sencillamente dejar de considerarlas esclavas y, con ello, cambiar su vida; si lo que molesta a M. Gérard es entrar en una Academia donde sólo ella pinta lo que pinta —y pinta como mujer—, creemos que sería suficiente con habilitar Academias (o espacios en las Academias) donde cada quien pueda pintar lo que le apetezca sin que nadie se inmiscuya en ello. El mundo que hemos construido, como es conocido, ha tratado precisamente de quitar esas categorías de varón o mujer para hacer un mundo para «todos» los seres humanos de modo que nadie pudiera verse discriminado y todos pudieran actuar llevando a cabo aquello que les sea más propio. Nuestras políticas, nuestros derechos, nuestras morales no son morales para mujeres o para hombres, no son para ricos o pobres, son morales para toda la humanidad. No creo que haya que seguir dando vueltas a esto: desde la formalidad, desde el olvido de las particularidades más particulares, hemos podido construir un mundo para todos donde la igualdad (ese «todos») y la tolerancia (el hecho de que «todos» aun siendo iguales no son lo mismo) son dos de las piedras angulares. En suma, si a Gérard no le gusta una Academia donde nadie pinta maternidades ni madres amamantando a sus hijos, no puede pedir que, a fin de consentir entrar ella a formar parte de tal Academia, todos los miembros de ésta comiencen a extasiarse con escenas de la intimidad doméstica; ha de valer con que todos reconozcan su mérito y derecho a pintar cuadros del género que fuere. Lo otro sería absurdo pues nadie puede forzar —nadie debe forzar— las convicciones, gustos o sentimientos más íntimos de los demás. Al menos eso hoy nos parece evidente y a buen seguro que no entenderíamos un mundo muy distinto.
He mencionado la cuestión de la formalidad y no voy obviamente a decir de la misma nada aquí. Cualquiera podrá reconstruir con lo dicho una línea que va de Kant a Rawls o Habermas y que es en la que estructuramos nuestras políticas, nuestros órdenes jurídicos, educativos, etc. En buena medida esta línea tiene su modelo en el artificio de la tercera persona y de tal artificio sí que voy a hablar brevemente para poner en claro cómo generalmente solucionamos el problema que Gérard y Laclos tienen sin tener que cumplir el requisito de sentir y ser otro, sino simplemente formando un mundo donde pueden convivir muchos otros diferentes.
Seré breve: cuando tengo que juzgar sobre la moralidad o legitimidad de la actuación de alguien que no soy yo debo tratar de ponerme en su lugar de manera que, prescindiendo de mi propia posición, intereses y de las condiciones de mi propia vida, pueda emitir un juicio lo más neutral posible (la verdad es que prescindiendo de tales cosas a buen seguro que será neutral, es decir, no interesado —y universal, por ende—). Y cuando tengo que juzgar sobre la moralidad o legitimidad de mis propias actuaciones debo atender a la «voz interior que late en mi propio pecho» que es capaz de observar mi comportamiento de una forma desprendida, como mirando desde el cielo y sin estar condicionada por los elementos que de hecho son el entorno de mi vida. Es como si existiera un modo de vernos y ver lo que nos rodea que ni es el nuestro ni el de aquellos con los que vivimos, sino que reproduce la mirada de un espectador imparcial por usar el término clásico de Adam Smith.2
Lo interesante de la tercera persona es que estando desprendida de las situaciones fácticas y, como velada por un velo de ignorancia, es capaz de hablar sin intereses, desde un punto de vista que, por ello mismo, por no estar situado en un momento y lugar, es universal. A veces se ha hecho residir este artificio en la razón de los hombres o de la Historia, a veces se le ha situado en nuestro pecho, pero sea el corazón o el cerebro quien hable, aquí lo importante es subrayar que, a fin de poder juzgar universalmente, a todos por igual (aunque reconozcamos que no todos somos lo mismo), nos debemos desprender de quiénes somos de hecho y olvidar también quiénes son de hecho los demás. Esto en primer lugar, en segundo lugar también hay que subrayar que aunque nos ponemos en lugar del otro, somos nosotros quienes tal hacemos sin dejar de ser nunca nosotros mismos, esto es, que el artificio de la tercera persona no supone un sentir y ser otro, sino simplemente un sentir como el otro sin dejar de ser yo.
De cualquier manera es absurdo darle muchas vueltas a este «no dejar de ser uno mismo cuando nos ponemos en el lugar del otro», pues cuando tal hacemos lo hacemos no como un «yo situado», sino como un yo universal, por decirlo así, como un yo sin intereses, velado por el desconocimiento de nuestra posición real en el mundo y sin más contenido que la mera conciencia de ser un ser humano (de este modo incluso nos podríamos deshacer en el otro pues el otro resulta un ser humano como yo mismo lo soy también). Dígase quizás más claramente con palabras de Rousseau: miro mi corazón y en él veo a toda la humanidad; y la veo no porque todas tengan mis intereses, sino porque soy capaz de verla de un modo desprendido (y con ello desprendo también a la humanidad de su ser fáctico); tal y como nos debería de ver Dios y como posiblemente repetiría la Voluntad General.
Estoy convencido de que hemos tenido, los modernos (¿los humanos?), cierta incapacidad para ser otro. Y la hemos tenido porque el mundo que hemos construido tiene en el artificio de la tercera persona uno de sus pilares fundamentales. Por eso, quizás, nos es difícil vivir con la diferencia si no la entendemos como una diferencia accesoria y no esencial. Gérard y Laclos tenían cierta prevención hacia esta escasa sensibilidad para sentir como los demás, con sus intereses, con sus deseos, con sus sufrimientos fácticos y cotidianos. Y la tenían porque consideraban que en una Academia que no se pintaran escenas de la intimidad maternal posiblemente se toleraran tales escenas, pero no se podrían incardinar en el discurso académico y, con ello, nunca sería una Academia ya no capaz de pintar madres amamantando a sus hijos, sino de ver la relevancia de tales pinturas más allá de la calidad pictórica de los vestidos, la originalidad de la construcción o el colorido y detalle de las cortinas que enmarcan la representación; cosas todas ellas que nada tenían que ver con la reclamación de, por ejemplo, que públicamente se persiga con gusto partisano por parte de los varones el amamantamiento de los bebes (tal y como Laclos reclama en un texto que acompaña habitualmente al texto inconcluso del que vengo hablando).3
Cuando Marguerite Gérard mira dentro de su corazón ve una mujer o una escena maternal precisa, pero no la humanidad entera. En este sentido era lógico que repugnara a Laclos la idea de educar a la mujer para que sepa ver lo que «todos» deben ver; pues ese «todos» se ha compuesto desde un «todos» incapaz de sentir como muchos de los seres humanos que quiere incorporar bajo su campo semántico. Y la cuestión no es «comprendamos a toda la humanidad», sino que el mecanismo de la tercera persona merced al que ese «todos» surge es incapaz de ser como son todos y cada uno de sus integrantes. Se me dirá que ésa es la manera en que las palabras adquieren significado, que no hay modo de establecer un campo semántico homogéneo e inteligible si cada palabra significa una cosa en particular y que sería imposible decir nada —reclamar nada, luchar por nada— sin poder decir «todos»; posiblemente ello es cierto, pero para Laclos y Gérard no resultaba una buena opción suprimir la relevancia de lo accesorio, lo particular, el hijo que es «mi» hijo y no la infancia, la palabra que cobra su sentido cuando es sentida...
Es cierto: pretender ser otro, sentir como siente el otro, es una locura; nos convertiría en estúpidos, en seres sin ninguna sustancia; nos haría incluso perder el lenguaje para entendernos entre nosotros y entender el mundo en el que vivimos. Pero sin esa locura las mujeres dejan de existir. Las admitimos en nuestra Academia, es cierto, pero serán vistas siempre con nuestros ojos (nunca seremos ellas); o podremos enseñarlas conocimientos, pero tales enseñanzas nunca serán la educación que las haga ser más allá del mundo que les estamos dando y donde se las mira con nuestros ojos. No, las mujeres —y cualquier otro diferente— desaparecen cuando quien tiene el poder de darles educación o para dominar una Academia o el mundo en pleno es incapaz de ser ellas. Y por ello es incapaz de perderse, de volverse loco y falto de una identidad coherente.
Quiero subrayar ahora algo que ha de tenerse en cuanta en todo lo que sigue: no estoy sólo hablando de una cuestión de cariño, de afecto o atención, sino de lo que se ha convertido en una declarada arrogancia y altivez por parte de nuestra democrática y moderna civilización. ¿Qué quiero decir exactamente? Recordemos las revueltas que en los países del norte de África se sucedieron hace ya algunos años (y que nos dio por bautizar como primaveras árabes). Entonces la mayoría de nosotros les mostramos nuestro apoyo considerando que estaban abriendo su viaje hasta la democracia. Pero ¿era lo suyo simplemente una «imitación» o un deseo de llegar a lo que nosotros tenemos? Posiblemente sí, pero entonces nuestra atención y apoyo de tales fenómenos afirmaría la asunción de que en último término todos tenemos más o menos los mismos valores que se expresan más o menos en similares sistemas políticos. Seguramente ello es así, pero de tal modo queda abonada la impresión de que poco a poco, a través del desarrollo de la historia que nos ha tocado vivir, algo similar a una voz en tercera persona se ha traducido efectivamente en una globalización donde las aspiraciones a vivir en una ciudad como la nuestra resultan universales. Mas ¿realmente ha de ser así?
Repito: posiblemente sea de hecho así, seguramente que las revueltas árabes fueron sencillamente el deseo de una vuelta al redil democrático de un rebaño que nunca estuvo realmente aquí pero que, por ser humano, siempre añoró tal casa y la tuvo en su corazón y en sus deseos: integrarse en un mundo de derechos que, en definitiva, se especifica como un mundo de consumo universal de productos semejantes, modelos democráticos parecidos e informaciones muy similares. Si ello es en definitiva así, deberíamos mirar con sospecha el modo en cómo, a fuerza de subrayar la convicción de que existen unos acuerdos básicos que subyacen a todos los seres humanos, hemos establecido un mundo tremendamente unidimensional.
A lo mejor tales revueltas éramos nosotros mismos tratando de recuperar nuestro mismo mundo. A lo mejor la renuncia de Gérard a la Academia fue una estupidez y una ñoñería sin ninguna genialidad su insistencia en pintar escenas de la «intimidad doméstica». Es posible que todo ello sea cierto. Por el momento es innegable que tal situación nos ha deparado un futuro y unas esperanzas que en absoluto son despreciables, pero donde nuestra acorazada identidad, capaz de mirarse sin conmoverse, sin ser nunca diferente a sí, no deja de configurar un mundo con el cual, tal y como Laclos advertía, no hay nada que hacer más allá de lo que se puede hacer. Y lo que se puede hacer generalmente queda marcado por quienes en cada caso son los académicos que plantean las preguntas y juzgan los ensayos. ¿Dónde la novedad? Hegel lo tuvo muy claro: no hay nada nuevo y todo está contenido en el inicio de modo que no hace falta sino desplegarlo. A buen seguro que ello sea así, pero entonces ¿qué pasos dar si queremos ser algo realmente diferente a lo que nosotros somos?
Espero que se entienda que cuando estoy hablando de ser menos altivo, más atento y cariñoso, también estoy hablando de una pérdida de palabras novedosas para decirnos, del deseo de aprender y sorprendernos con lo diferente, de poder tocar el mundo de manera nueva, aunque inicialmente pudiera parecernos estúpida. Perdiendo a los demás entendidos como diferentes, como incomprensibles a veces, hemos perdido también la posibilidad de un mundo incomprensible ahora pero quizá mucho más deseable. Pues bien, son los locos y los estúpidos, las intrascendentes y los literatos completamente errados quienes reclamaron saltarse el mecanismo de la tercera persona y no se arredraron en proclamar el gusto de poder ser otro. Es así, complacidos en no ser nada, como apostaron por un mundo que se establecía a partir de lo que a nosotros nos ha sido inimaginable: la locura, la tontería y poca seried
