Caos, virus, calma - Núria Perpinyà - E-Book

Caos, virus, calma E-Book

Núria Perpinyà

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Beschreibung

Perpinyà, novelista, ensayista y dramaturga, nos propone una obra interdisciplinar –con la que obtuvo el XII Premio Málaga de Ensayo– que sistematiza el concepto del caos a través de la Teoría del Caos, ilustrándola en ámbitos literarios, artísticos, políticos, sociales y sanitarios. El caos está más organizado de lo que pensamos. No es anarquía. En física, el caos tiene reglas: irregularidad, extrañeza, multiplicidad, velocidad, entre muchas otras. Lo curioso es que las propiedades de la materia agitada no solamente se encuentran en el universo sino que también las posee el arte experimental, la posverdad y los cataclismos sociales. El ensayo analiza el caos moderno artístico, social y político a través de la caología, traduciendo y adaptando la física a las humanidades de una manera clara. Estableciendo un sistema de comparaciones entre la teoría física, la posverdad, la epidemiología y el arte, la tesis de Caos, virus, calma reside también en que la deconstrucción, el nihilismo y el relativismo han sido los padres de la posverdad. O, mejor dicho, de la posfalsedad.

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Seitenzahl: 258

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Núria Perpinyà

Caos, virus, calma

La Teoría del Caos aplicadaal desorden artístico, social y político

XII PREMIO

MÁLAGA

DE ENSAYO

JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ RUIZ

Núria Perpinyà, Caos, virus, calma

Primera edición digital: febrero de 2021

ISBN epub: 978-84-8393-670-2

© Núria Perpinyà, 2021

© Fotografía de cubierta: oliviodare

Colección voces / literatura 306

Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

La obra Caos, virus, calma fue galardonada con el xii Premio Málaga de Ensayo, que fue concedido el 16 de noviembre de 2019 en Málaga. Formaron parte del jurado Javier Gomá, Estrella de Diego, Espido Freire, Alfredo Taján, Juan Casamayor (editor de Páginas de Espuma) y, como presidenta del jurado, Susana Martín Fernández (Directora del Área de Cultura del Ayuntamiento de Málaga).

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2021

Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid

Teléfono: 91 522 72 51

Correo electrónico: [email protected]

Introducción

Las alarmas sanitarias, las pinturas abstractas, las noticias falsas y algunas partes del universo, a pesar de ser cosas tan diversas, comparten maneras de ser. Las cuatro son hijas del caos. Este libro compara la teoría del caos, las vanguardias, la posverdad y las epidemias. La familia del caos es prolífica. La meteorología, las guerras, los laberintos de internet, las explosiones aleatorias de estrellas, la música experimental y los fracasos empresariales comparten su adn.

La civilización humana ha florecido gracias a su pensamiento creativo. Su imaginación matemática le ha ayudado a conocer mejor las estrellas. Y sus sueños literarios nos llenan de felicidad. Ahora bien, cuando se trata de política, las invenciones no son tan bienvenidas. Dar rienda suelta a la fantasía y hablar sin fundamento no es aconsejable cuando analizamos la economía de un país; o cuando, en lugar de tomar medidas para frenar una epidemia, unos políticos consideran que no hay que tomar ninguna porque en su país las cosas no cambiarán. Laissez faire, laissez passer. Ante todo, hay que defender la economía y nuestras costumbres, dicen. Somos una gran potencia, los microbios nos respetarán. Las palabras de los ignorantes pesan más que las de los médicos. Con la posverdad hemos topado.

Las pseudoverdades y el caos son causa y efecto de incertidumbres, nacen de ellas y las provocan. Las múltiples y variadas inseguridades de nuestros días serían el negativo del relajado, perspectivo y tolerante «todo es relativo». Cuidado con los conceptos relativistas. Admiramos la litografía de escaleras de Escher, Relatividad, porque nos muestra una perspectiva original y una arquitectura inconstruible. Sin embargo, nos disgusta que el discurso de un presidente esté lleno de trampantojos. El recuerdo de Escher pone sobre la mesa que una de las causas de la posverdad es la teoría de la relatividad. Pobres físicos, ¿qué culpa tienen de no haber sido comprendidos por los legos? Legos que ni siquiera los han leído pero que repiten hasta la saciedad aquello de «como decía Einstein, todo es relativo». La teoría de la relatividad no lo ha dicho jamás ni ha sugerido que todo sea subjetivo y cambiante. El campo humanista que le es más afín no es el nihilismo sino la historia y la sociología. El concepto de relatividad de Einstein y de Heisenberg es sinónimo de correlación, según la cual la inexactitud de una medida aislada puede ser ajustada con los valores de los elementos dependientes. Era tanto el empeño de exactitud de Einstein, que el primer nombre que barajó para su investigación sobre las constantes físicas era el de Invariantentheorie (teoría de las invariantes). Al final, se decantó por acentuar el carácter correlativo de las medidas. Nada más lejos, pues, de las mistificaciones que usan el nombre de la relatividad en vano. Les diría que intentemos no jurar en nombre de Einstein en falso, si no fuera porque lo falso está en boga. En el siglo xxi, las opiniones infundadas ganan terreno a pesar de que existen hechos probados que las desmienten; las medias verdades y las mentiras son tan habituales que parecen una plaga incombatible. Sin embargo, si hemos logrado contener las epidemias, también encontraremos remedios contra la falsedad. La maledicencia es la peste negra de ahora y de siempre. Las infamias existen desde que el hombre es hombre. Las maldades actuales no son peores que las medievales, incluso pueden ser considerablemente menores, pero como ahora se amplifican, parece que hayan aumentado. Más que los hechos reprobables en sí, es su resonancia lo que ha crecido. De gripes y de infecciones ha habido siempre, pero antes eran locales y no sabíamos el número de muertos.

El arte del siglo xx ha sido complicado y angustioso. Su trazo dominante ha sido la incertidumbre. Al otro lado de la depresión trágica, hemos disfrutado de la polisemia defendida por filósofos como Paul Ricoeur, el cual nos hablaba de las maravillas de la equivocidad textual. No previmos que este ilusionismo docto podía desviarse de su camino y perderse en niveles bajos, ni que la refinada ambigüedad se malograría. Lo mismo que nos dió la vida (la riqueza de lecturas) nos ha aniquilado. No supimos ver que nuestro entretenimiento de miles de interpretaciones sería contraproducente. Los intelectuales desconfiaron de las ideologías y, después de ellos, la incredulidad se asentó en las masas y el pensamiento débil se impuso. Ha sido culpa nuestra: hemos ironizado tanto que, al final, el sistema se ha hundido por falta de devotos. Se ha dudado tanto de las verdades oficiales, se ha aborrecido tanto los fanatismos que Occidente ha amanecido en el siglo xxi desnudo de verdades sólidas. Al virus de la posverdad le ha sido fácil colonizar un cuerpo sin defensas.

Los semiólogos estimularon la respuesta del lector; pero, después, aparecieron los tertulianos y los anónimos incendiarios de las redes sociales. A falta de argumentos irrefutables, en el mundo político y mediático de la posverdad se buscan beneficios económicos a base de chistes, bajas pasiones e indignaciones. La opinión es el opio del pueblo. Antes, su uso estaba circunscrito a pequeños círculos. Internet le ha conferido una inmensa caja de resonancia, una maraña de trillones de atriles, púlpitos y tarimas para que cualquiera pueda alzar su voz y criticar a quien se le antoje, incluyendo a los poderosos. De alguna forma, una de las aspiraciones de la democracia se ha conseguido. Aunque no exactamente como creíamos.

Tradicionalmente, el caos ha significado una falta absoluta de orden. Pero ¿existe el no-orden? La pregunta se parece a la de: ¿existe la nada? Y la respuesta, también: no. La física nos ha demostrado que no existe. Pero sí que existe el caos. Así que, atendiendo a la máxima de Hegel de que todo lo real es racional, nos ponemos como objetivo racionalizar al caos. Después de años de estudio, podemos afirmar que no se conoce ningún fenómeno totalmente caótico aunque sí que pueden distinguirse dos tendencias opuestas: el caos tradicional valorado negativamente y el caos moderno tan sobrevalorado.

La explicación del caos tradicional es de carácter teológico y reaccionario. La ausencia de Dios significa la imperfección, la cual se manifiesta en unos seres repulsivos (el diablo), en un sexo débil (la mujer) y en unas formas toscas (lo popular y pintoresco).

El caos moderno aparece en el romanticismo y estalla en el vanguardismo. ¿Obedece a alguna sistematización el caos artístico? Cuando se habla de la estética de lo feo, ¿de qué belleza se habla? Cuando se racionaliza y teoriza sobre lo irracional, ¿deja de serlo?

El caos estético se ha asociado con lo trágico, lo barroco, lo nihilista y lo absurdo. Tiene formas fragmentarias que han sido analizadas por el psicoanálisis y la deconstrucción. Se expresa con negatividad y con contradicciones, incluida la contradicción del capitalismo denunciada por el marxismo. El caos es el dios de la indeterminación posmoderna. Pero su reino no es tan estéril como pudiera parecer. Los artistas más arriesgados habitan en él. Lo inesperado es que ahora lo comparten con los posverdaderos, que yo prefiero llamar posfalseros para borrar el eco inmerecido de verdad de la post-truth. Cabe decir, sin embargo, que el concepto ha sido mal traducido, víctima de lo que denuncia: la mistificación. En inglés, truth es polisémico; significa verdad abstracta y también evidencia. Las traducciones más fieles serían: incierto, no cierto o poscierto, porque recogen mejor las dos acepciones, la moral y la material. Posfactual también ilustra algo que prevalece sobre los hechos; sin embargo, es un término agrio y postizo. Política posfáctica, al ser una expresión tan forzada en muchos idiomas, no ha cuajado y se ha impuesto el término posverdad. A pesar de este uso común, prefiero los conceptos de pseudoverdad y de posfalsedad porque inciden en su negatividad. Ahora bien: no hay una solución buena. Todas las palabras cuestan de decir y molestan un poco; quizás se trata de eso, que la palabra nos sea antipática para reflejar mejor una realidad desagradable.

La posfalsedad es una plaga que se disemina a gran velocidad; una especie de filoxera americana que ataca a los viñedos europeos. Las calamidades no vienen solas sino que arrastran lacras harto conocidas como la demagogia o el negacionismo: negar que existió el holocausto; negar que las vacunas son útiles; negar el cambio climático, etcétera. Antes, la ignorancia avergonzaba; hoy, no tanto. Y menos, convertida en arma política. Confiemos que las cepas refinadas resistan a la ignorante y devastadora posverdad. Y que alétheia, esa verdad griega que brotaba y se imponía de forma natural, siga aleteando.

Aunque no querría desvelar el desenlace de este ensayo, les hago saber que en él se aborda una tercera posibilidad estética, a medio camino de la unidad y el caos. Siguiendo a Diderot, veo compatible que un arte sólido y armónico pueda nacer de un genio inestable y de una época caótica.

Además de conocer mejor a nuestro mundo, espero que este libro sirva para conocernos mejor a nosotros mismos y a nuestros miedos. Tal vez descubramos que no somos tan perfectos y consecuentes como presumimos. O, por el contrario, tendremos que admitir que somos más conservadores de lo que aparentamos y que necesitamos el orden para no caer en el abismo existencial de nuestros refugios contra el caos.

Orden

Decía Aristóteles que las obras literarias se asemejan a los organismos vivos porque unos y otros están presididos por el principio de unidad. Para san Agustín la presencia divina en las cosas era un vestigium secretissimae unitatis; y Leibniz creía en la armonía preestablecida del universo. Veamos qué queda de todo ello en el siglo xxi.

Platón ensalza el orden porque la vida del hombre tiene necesidad de número y armonía. Orden es igual a virtud. Siglos después, Kant también defendería la ética del orden y el orden de la ética. Además, amaba la armonía universal (Zweckmässigkeit) donde todo parece conectado por un mismo espíritu. En este momento, Kant habla a través del idealismo romántico y recoge el sentir de pensadores anteriores como Pope quien, en Ensayo sobre el hombre, declara con solemnidad que todo es parte de un todo magnífico, cuyo cuerpo es la naturaleza; y Dios, su alma; y que desde el cabello al corazón, todo está completo y perfecto. Ahora bien, ¿es así de organizado el cosmos o somos nosotros quienes le proyectamos nuestro ideal? Como cuestionaba Foucault, ¿de quién es el orden? ¿Del sujeto o del objeto?

En este orbe ideal, Dios se asocia con la verdad sagrada. Sus mandamientos son pétreos, inamovibles, están esculpidos en roca y la palabra irrefutable de Dios va a misa. Nada más lejos del alboroto de opiniones y de quejas de la posfalsedad.

A pesar de la modernidad de su pensamiento, Rousseau continua alabando la idea divina del orden en su Emilio: «La bondad de Dios es el amor al orden; porque es por el orden que él mantiene lo que existe y liga cada parte con el todo». Sin ser nada metafísico, también Josep Pla se muestra a favor del orden civilizado oponiéndolo al desorden de las guerras, a la barbarie y al arte exagerado como el modernismo y el vanguardismo.

Epistemológicamente, nuestro cerebro trata de comprender el orden del cosmos, pero su complejidad matemática y teológica nos supera. Gregory Bateson, en Espíritu y naturaleza, se pregunta si las ideas se suceden realmente encadenadas o si, por el contrario, la mente es una estructura organizada que sospechamos que funciona así sin tener suficientes pruebas de ello. La lógica del discurso parece una consecuencia de razonamientos coherentes; y aunque haya hilos laberínticos y zonas oscuras, nuestra mente posee una estructura compleja que nos permite entender, al menos, nuestro mundo. Las manifestaciones a favor de la unidad cósmica, divina e intelectual suenan como el allegro maestoso de una gran sinfonía ensalzando a la humanidad y a su creador. Esta perfección utópica puede asentarse en raciocinios o ser fruto de la fe.

La concepción más elevada del orden es la unicista. En su punto más elevado, donde todo confluiría, estaría Dios o la energía creadora del universo. El unicismo tiene un centro regulador absoluto, origen y culminación de todo (archeos y telos). La unidad substancial une hombres y materia por encima de la diversidad de sus apariencias. Todos los árboles son el mismo árbol. Todos los hombres, el mismo hombre. Entre lo uno y lo diverso negligible, se elige el núcleo fundamental. Somos ante la esencia de la creación, llámese alma, hidrógeno o adn. De todas formas, la epigenética complementa las leyes ineludibles de los cromosomas con factores biológicos y ecológicos añadidos. Por lo tanto, las ciencias de la vida contemporáneas son menos deterministas y más complejas al tener en cuenta lo ambiental.

La idea concéntrica del universo la encontramos en las esferas celestiales de Anaximandro, en Platón y en Llull, entre muchos otros; las esferas concéntricas permanecen en el imaginario celestial occidental durante siglos. Schiller en el siglo xix todavía se refiere a ellas. Ptolomeo, en el siglo ii a. C. propone siete círculos, uno por planeta. Hasta los descubrimientos de Copérnico y Galileo se creía que la tierra se hallaba en medio de estos círculos. Los astrónomos del xvi pusieron en el centro el sol. Como ustedes saben, la sustitución de la directora de orquesta fue polémica. Con el paso del geocentrismo al heliocentrismo la música de las esferas cambió. Sin embargo, continuó siendo igual de armónica.

Cercana a la unidad concéntrica, está la piramidal y la branquial que incluye ordenaciones en forma de árbol como las figuras musicales que disminuyen gradualmente desde el 4/4 de la redonda hasta el 1/64 de la semifusa. El orden escalonado conoidal es similar aunque más estático. El feudalismo fue un sistema piramidal que reflejaba una sociedad estratificada basada en el vasallaje, donde cada uno era señor y súbdito de otros. Salvo en los extremos: abajo del todo, residían los vasallos que no eran señores de nadie y, arriba del todo, emperadores que solo eran siervos de Dios. Nada que no sepamos. La construcción piramidal de Man Ray como una metáfora dadaísta de la sociedad es más sorprendente. Se trata de una pirámide aérea hecha con sesenta y tres perchas cuya sombra es una telaraña. Man Ray imaginó una sociedad jerárquica en forma de árbol con un título significativo: Obstrucción. Las perchas, los individuos chocan unos con otros y se molestan.

En una época en que las vanguardias tendían hacia al conflicto y la desintegración (como acabamos de ver a través de Man Ray), la Gestalt apostó por lo constructivo. Las leyes que formularon en los años veinte sostenían que la percepción antropológica era conservadora y, como tal, tendía a la continuidad y a completar lo informe. Nuestro instinto busca unir lo común a través de conexiones familiares. Por eso el experimentalismo crea rechazo entre el público. Se tiene que ser un poco intelectual para admirar obras extrañas pasando por encima del disgusto primario por lo raro e inconexo.

En cambio, el Discóbolo sigue gustando a todo el mundo. ¿Por qué? Por sus proporciones matemáticas. Por su equilibrio dinámico. Mirón talló una escultura paradójica que poseía una quietud de bronce que expresaba el movimiento, gracias a unos ángulos, curvaturas, paralelismos y sistemas de palancas, que transmitían el momento previo a la rotación que desplegaba la energía cinética de un lanzamiento. Nadie ha dicho que los números sean simples. El canon de la belleza griega era matemático. No en vano kosmos significaba orden y belleza. Dejemos a un lado la espiritualidad de Platón y acerquémonos al materialismo de Aristóteles. En el libro xii de su Metafísica, asevera que las formas que expresan mejor la belleza son el orden, la simetría y la precisión. Y añade que las ciencias matemáticas son las que se dedican a estudiarla. Una afirmación que sorprenderá a más de uno. ¿Hay que saber matemáticas para dedicarse al arte? Pues vaya… En el mundo contemporáneo donde las ciencias y las letras están tristemente alejadas nos cuesta entenderlo. Sin embargo, Aristóteles está lleno de razón. También en su Poética postula que la belleza (kalós) se basa en el orden (páxis), mientras que el azar (tykhé) es desordenado (átakton). Los griegos nos descubren que la belleza no es algo intangible sino algo concreto que se consigue con una técnica y unas fórmulas adecuadas. Por ejemplo, una buena escultura humana mantiene la proporción escultórica de ocho cabezas, según Policleto.

Dios es un geómetra. Galileo decía que el gran libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático y sus símbolos eran triángulos, círculos y demás figuras geométricas. El gran libro del arte, también. La composición pictórica es milimétrica; su entramado siempre está allí, escondido o muy visible como en las piezas medievales. Sin ser tan exacto, lo estructural sigue siendo muy querido en el siglo xx, empezando por la Bauhaus, Chirico o aquel cuadro de Klee, El país fértil, donde la geometría lo es casi todo.

La simetría es una pieza estética y biológica clave. Las elipses de órbitas de los planetas y de las células descritas por D’Arcy Thompson también aparecen en las estructuras circulares de las novelas. Lo redondo y lo cuadrado son los ejes de la arquitectura. Lo curvo, que es popular en las cabañas africanas, se vuelve refinado en el modernismo catalán y en las casas ovaladas norteamericanas del xviii que, como decían sus arquitectos, reventaban la planta rectangular.

Las reglas no son enemigas de la belleza sino aliadas. Cuando decimos que la elegancia es una distinción, deberíamos precisar que es una medida. Unos puntos concretos y prudentes entre extremos. Tomás de Aquino establece tres condiciones para lo bello: que no esté incompleto sino íntegro; que sea proporcionado; y que sea resplandeciente. Así, por ejemplo, desde el punto de vista aquiniano, las esculturas actuales de Bruno Catalano de personas rotas (a las que les faltan trozos para expresar sus vacíos) no serían bellas porque están incompletas. En cuanto a lo resplandeciente, el pulchra sunt quae visa placent de Aquino explicaría por qué se prefiere el aceite refinado brillante aunque sea peor que el espeso y opaco: porque el hombre adora lo luminoso y lo pulido: el oro, la plata, los diamantes. Sobre todo, el occidental al que pueden los oropeles; somos así de superficiales y ostentosos, qué le vamos a hacer.

La música es el arte que mejor expresa la matemática subyacente a la belleza. El caso más incontestable sería la música algorítmica generada por ordenador como la de GeneSynth de Aneesh Vartakavi. Ahora bien, para ser justos deberíamos citar a todos los músicos. La armonía se basa en proporciones calculadas y en tonalidades y ritmos muy exactos. Lo curioso es que esta afirmación tan indiscutible no es bien vista por muchos oyentes, los cuales prefieren pensar que la música está hecha con sentimientos. Para ellos, los números son algo frío y sin alma. No quieren aceptar que el causante de su emoción sea una combinación acústica cifrada de tensiones entre timbres, silencios, impulsos, resoluciones, armónicos y alturas –por citar solo algunos de los elementos en juego– que crean vibraciones que, al presionar el aire, provocan ondas de cientos o miles de hercios por segundo.

De todas formas, no les quitemos toda la razón. Son hijos de la literatura romántica y del miedo a un futuro tecnológico inhumano. Como estamos viendo, el orden y las normas son una fuente de belleza desde los clásicos. Sin embargo, si se llega a una exageración extrema de las reglas, se pueden provocar efectos contrarios. La reprobación romántica de lo mecánico nos da a entender que no hay nada más lindo y humano que la imperfección. Y que, a veces, los pequeños errores pueden ser más interesantes que lo exacto y matemático.

Pero no avancemos tanto. Quedémonos todavía en la simetría y en el ritmo más universal de cuantos haya: el ritmo binario. Observemos a la naturaleza. Sus ritmos son opuestos: el día y la noche, las mareas, la sístole y la diástole. Los antropólogos Mary Douglas y Lévi-Strauss nos enseñaron que una de las fronteras de la civilización la marca la comida, separando aquellas especies que cocinan (la humana) de las que no, que son el resto que come crudo. La frontera alimentaria es más estricta que la darwiniana que evoluciona gradualmente. El hombre prehistórico con su marmita por un lado; el resto de animales engullendo lo que encuentran, por otro. Los opuestos lo inundan casi todo. A menudo, como tensión: el damero de blancas y negras; partidos de derechas e izquierdas; apocalípticos e integrados; nosotros y los otros; o las angustiosas divisiones de personalidad como Dr. Jekill y Mr. Hide o el Goliadkin dostoievskiano y su doble. Por suerte, a veces, lo binario es la suma de dos complementarios, como: el yin y el yang; el sentido común y el entusiasmo (el seny y la rauxa catalanas); y la coincidentia oppositorum de la armonía de contrarios.

El péndulo de la dialéctica marca el ritmo de buena parte de la naturaleza, de la sociedad y del arte. Shelley consideraba que la poesía tenía el poder alquímico de transmutar valores y hacer conciliables los opuestos: «La poesía marida la exultación con el horror, la pena con el placer y la eternidad con el cambio. Bajo su yugo ligero, las cosas irreconciliables se unen».

Lucrecio mismo es un modelo de reconciliación entre la ciencia y la filosofía. Si viene ahora a colación es por sus reflexiones entre contrarios. Según el, existen unas partículas ocultas llamadas «átomos» que se rigen por fuerzas de repulsión y atracción. Somos ante un pensamiento dualista entre vacío y materia. Lucrecio cree que la vida está gobernada por el azar y no por las ideas platónicas o por un plan divino. Los átomos se combinarían como las letras de un alfabeto y darían lugar a cuerpos compuestos; un pensamiento que anticipa las combinaciones de las secuencias de nucleótidos del código genético (G, A, C, T, U). Siglos después, el atomismo de Lucrecio que contempla espacios separados entre los átomos, daría lugar al fragmentarismo. ¿Y qué es su oquedad entre las partes de la materia sino las partículas separadas de los quanta, de las que hablaremos después? ¡Qué gran visión de futuro, la de Lucrecio! Hablaba en unos términos cuyo alcance nos lleva hasta el presente.

El pensamiento estructuralista de mediados del siglo xx fue la gran eclosión del binarismo, desde el juego de líneas y curvas de los fotógrafos de la Bauhaus a la doble hélice del adn de Watson y Crick. Décadas después, este pensamiento dual se llamará «digital». El código diádico 0 / 1 (cerrado / abierto) abrirá las puertas informáticas del nuevo milenio.

Después del orden binario, el segundo más importante es el triangular. Lo ilustrarían la trimurti del hinduismo: Brahmá, Visnú y Shiva, que son los dioses de la creación, conservación y destrucción del mundo. También es una tríada la tesis, antítesis y síntesis del pensamiento hegeliano. Y, entre muchas otras, acordémonos de las tres unidades teatrales. Nada que ver esta clara unidad de acción y de lugar con lo que acontece en nuestros días, dentro y fuera del teatro. Me viene a la cabeza la serie Sense8 donde ocurren tantas cosas a la vez en sitios tan distintos que el espectador casi no es capaz de absorberlo. El pensamiento ternario es más rico que el binario, el cual puede llegar a ser maniqueista. Boulez considera que, al dualismo musical, hay que sumarle otros componentes. No basta con apreciar la diatónica del movimiento y el reposo; de la estabilidad y el desequilibrio, sino que hay que añadirle la ambigüedad cromática.

Seurat, reflexionando sobre la armonía tripartita de la pintura, nos brinda una preciosa psicología de la composición: «El arte es armonía. La armonía es la analogía de los contrarios y de los similares; el tono, el color y la línea se combinan y se someten a una dominante que les da una iluminación alegre, clara o triste. Los contrarios se sitúan en ángulo recto. Las líneas por encima de la horizontal son alegres. La horizontal es la calma. La tristeza son las líneas descendientes».

Entre la vida que sube y la muerte triste que baja hay un triángulo donde se aloja la enfermedad. Como de enfermedades hay de muchas gamas, la claridad del área del triángulo varía acercándose a la luz de la salud o a la oscuridad del fallecimiento. Los tres elementos (vida, enfermedad, muerte) formarían un conjunto gradual, donde la pandemia sería el caso más negro.

De la fealdad de la espiral caótica de las epidemias –que dejamos para más adelante–, pasemos a las conchas que pueblan los mares. Hay una forma dominante en el universo muy bella que es la espiral. Los historiadores naturales de principios de siglo, Cook y Pettigrew, se dieron cuenta de que los seres vivos estaban diseñados con leyes simétricas con predominio de espirales; sus observaciones botánicas y zoológicas serían ratificadas décadas después por las hélices y los plegamientos de la genómica. Metafóricamente, no están lejos de las lecturas retorcidas de los textos sagrados judíos, donde se acumulan y rizan los comentarios de comentarios. Sin llegar a tanto, espero, estimados lectores, que los movimientos elípticos de la Vía Láctea les sean propicios y que mezan su lectura.

El polígono es otra forma compleja. La tabla periódica de Mendeléyev y las clasificaciones de especies de Mendel y Darwin son sistemas poligonales. La sistematización de la moda de Roland Barthes también lo es. Haciendo gala de la modernidad de los sesenta, en Sistema de la moda, Barthes agrupa el vestuario en ocho categorías (identidad, configuración, materia, medida, continuidad, relación, distribución y conexión), las cuales se subdividen en diversos ítems (v.g. forma recta, redonda, en diagonal; ajustado / holgado / evasé, etcétera). Al estructurar un mundo liviano denostado académicamente como la moda (pero, eso sí, muy francés), Barthes nos demostró que cualquier fenómeno es susceptible de ser razonado.

Aunque internet no es una entidad espiritual como Dios, tampoco tiene forma. O es tan nueva y inaprensible que no se deja geometrizar. Su informidad nunca vista es tan irregular, tan abierta e infinita que no hay ningún perímetro que pueda abarcarla. La forma caótica de internet, donde se acumulan billones de webs y de links, vive en el puro desorden del anarchivo. Sin embargo, dada nuestra tendencia antropológica al orden, tarde o temprano los ingenieros informáticos organizarán y catalogarán las toneladas de información de internet. Cuando esto ocurra, se habrá generado una ordenación pluridimensional.

En este capítulo hemos visto órdenes de diversos tipos (unicista, dialéctico, jerárquico y poligonal). Como antesala de los capítulos siguientes, aludiré a la actividad neuronal. El proceso cerebral de la sinapsis consiste en la transmisión de un impulso nervioso cargado de información entre neuronas y células. Estas órdenes se pueden agrupar en tres tipos: hacer, detener, modular. ¡Qué tríada más clara tenemos incrustada en el centro neurálgico de nuestro ser! A partir de aquí, surgen millones de subórdenes y matices. En un recién nacido las órdenes son esquemáticas; a medida que el niño crece, también lo hace su actividad cerebral hasta llegar a las setecientas conexiones por segundo. A pesar de la apariencia enmarañada de las ramificaciones de las dendritas a los dos años, el conjunto está jerárquicamente ordenado y es funcional. Sus señales cerebrales se transmiten con una perfección prodigiosa. Ello nos lleva a pensar que hay unidades muy complejas –como la mente, el universo y las largas fórmulas matemáticas– que parecen caóticas; no porque lo sean, sino porque no las entendemos.

Fig. 1. Conel, J.L.The postnatal development of the human cerebral cortex(1959).

Desorden

Si existe algo desordenado en el universo, no lo conocemos. Nos equivocamos creyendo que el caos no tiene orden. Las trayectorias de la espiral de la galaxia NGC 3631 son descritas como caóticas porque no son exactas aunque siempre circulan por la misma órbita. Pasemos de la astrofísica a una evidencia cotidiana. La apreciación «su mesa es un caos» es una descripción que parece implicar que es una mesa sin orden. Pero el sin orden no existe, de la misma manera que no existe un vacío sin nada. El orden subyacente a una mesa poco impoluta sigue directrices como: los papeles y documentos no respetan líneas rectas; hay horror vacui; el tablero no es visible; los objetos están escalonados y superpuestos; se rechaza el uniformismo (v.g. no todos los libros tienen el lomo visible); los cuadernos están abiertos; los bolígrafos, diseminados; y hay restos de comida y tazas usadas. Por lo que respecta a los papeles arrugados esparcidos por doquier, a pesar de ser el símbolo del desbarajuste, tienen un patrón de pliegues común. Estas directrices de una mesa desordenada, constantes en un mismo individuo, serían comunes a otras mesas desordenadas de otra gente. Orden y desorden tienen reglas estables. Lo que los acerca es más de que lo que los aleja.

Andreas Gefeller hace fotografías de trastos y suciedades, como las que halla en el callejón trasero de una escuela de Bellas Artes. Dicha basura arremete contra el limpio, ordenado e idealizado arte clásico, a la vez que plasma la larga batalla y los esfuerzos de todo trabajo (incluido el artístico) de hacer y rehacer.

Hay diversos tipos de caos. El real y habitual que incluye las imperfecciones diarias y los caprichos de la naturaleza; y el imaginario, al que tememos. Son muchos los que creen que, desde la Revolución Francesa, el mundo se ha vuelto anárquico e incontrolable. Que el temor de Dios y el respeto a las instituciones del Ancien Régime