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CARTA A ORESTES reúne cinco obras de lákovos Kambanelis. Carta a Orestes, La cena, El camino pasa por dentro, Stella con guantes rojos y El epicedio constituyen una selección que ofrece buena parte de las preocupaciones estéticas del patriarca del teatro griego contemporáneo. En estas obras se trasluce la tragedia en los personajes femeninos enfrentados a la imposibilidad del amor, al enorme trecho que vislumbran al frente para conquistar espacios nuevos, reivindicaciones para siempre postergadas, víctimas de su propia belleza e inteligencia, de su necesidad de amor y atención. Kambanelis recrea la descomposición, los espacios que otrora fueron magníficos y que se han vuelto decadentes. Los tiempos de bonanza y el esplendor que se han marchado ceden su protagonismo a la nostalgia, a los fantasmas y a las polillas que lo devoran todo. El oficio de escribir, la voracidad del ego más allá de la muerte, es también un hilo temático en una de las piezas que aquí se compilan. Asimismo, es el espacio para la devoción por la literatura clásica y sus héroes y villanos, para remontar los mitos, para reinventar los símbolos y casarlos con la actualidad de la tragedia humana. Esta obra es el escenario que alberga la puesta en escena de la realidad humana contemporánea con extraordinarios anclajes en la literatura clásica griega.
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Seitenzahl: 329
Veröffentlichungsjahr: 2023
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CARTA A ORESTES
iákobos kambanelis
Selma Ancira
(traducción)

UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Martín Gerardo Aguilar Sánchez
Rector
Juan Ortiz Escamilla
Secretario Académico
Lizbeth Margarita Viveros Cancino
Secretaria de Administración y Finanzas
Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora
Secretaria de Desarrollo Institucional
Agustín del Moral Tejeda
Director Editorial
Primera edición, 30 de octubre de 2023
D. R. © Universidad Veracruzana
Dirección Editorial
Nogueira núm. 7, Centro, CP 91000
Xalapa, Veracruz, México
Tels. 228 818 59 80; 228 818 13 88
https://www.uv.mx/editorial
ISBN electrónico: 978-607-8923-56-4
Esta publicación contó con el apoyo del Ministerio Helénico de Cultura y Deportes y de la Fundación Helénica para la Cultura en el marco del programa GreekLit.
Cuidado editorial: Marina Cuéllar
Maquetación e ilustración de forros: Enriqueta del Rosario López Andrade
Producción de ePub:Aída Pozos Villanueva
Pienso que el teatro nunca morirá.
Pienso que este arte antiquísimo es el arte del futuro, por raro que suene.
Y no porque así lo quiera la gente de teatro: escritores, actores, directores y otras personas que contribuyen a las representaciones teatrales, sino porque así lo querrá la audiencia, los espectadores, ustedes.
Iákovos Kambanelis
El cariño, el respeto, la admiración y una amistad basada en el amor por el teatro es lo que me unió a Iákovos Kambanelis desde el momento en que, gracias a Emilio Carballido, lo descubrí.
Trabajamos juntos en la traducción de sus obras. Por sus relatos durante nuestros paseos en Naxos, su isla natal, por las inolvidables conversaciones que tuvimos a lo largo de varios veranos en la terraza de su casa –mirando siempre el mar-, por los recuerdos que evocaba durante nuestras amenas y distendidas charlas, no solo comprendí mejor a los personajes que pueblan sus obras, sino que pude entenderlo mejor a él, como creador y como ser humano.
Kambanelis es el mayor dramaturgo de la Grecia moderna, el patriarca del teatro contemporáneo griego. Es un honor para mí, y también una gran alegría, presentar a nuestros lectores, actores, directores, este volumen con cinco de sus obras. Es mi pequeño homenaje a un inmenso autor que aún ha de conquistar el lugar que le corresponde en nuestra cultura, la de la lengua española.
Selma Ancira
Iákovos Kambanelis nació el 2 de diciembre de 1922 en Naxos. Era hijo del farmacéutico del pueblo y sus primeros años transcurrieron en esa isla del Egeo. Desde muy pequeño manifestó un claro talento para las letras y el arte dramático. Disfrutaba adaptando cuentos infantiles y repartiendo los papeles entre los niños del barrio que se aprendían los parlamentos de memoria e interpretaban la historia en el café del pueblo. Cuando todavía era un niño, la situación económica de la familia empeoró radicalmente. El padre se vio obligado a cerrar la farmacia y tuvieron que vender todo lo que tenían para trasladarse a Atenas. Una vez en la capital, todos se pusieron a trabajar para sacar adelante a una familia de nueve hijos.
El 1942 pensó en realizar un viaje a Egipto, donde estaba parte del ejército griego. Resultó ser un destino muy complicado y muy caro: le pedían sesenta libras de oro. Dados los impedimentos, decidió tomar un tren que, a través de Austria, lo llevara a Suiza. Ya en territorio austriaco consiguió un pasaporte italiano falso. A punto de atravesar la frontera con Suiza fue hecho prisionero. Primero lo confinaron en la cárcel, luego en un campo de concentración menor y finalmente fue recluido en Mauthausen.
El 5 de mayo de 1945 el ejército norteamericano liberó el campo donde se encontraba Kambanelis, pero él salió varios meses más tarde, debido a que los once mil griegos que habían sobrevivido al Holocausto en el campo de Mauthausen lo eligieron para que los representara en el comité internacional encargado de la recuperación de los prisioneros y de su vuelta a casa.
Una vez libre, durante el invierno de ese mismo año, Kambanelis vio en el Teatro de Arte de Atenas una representación de Tobacco Road de Caldwell y Kirkland, dirigida por Károlos Kun. Fue una experiencia que lo trastocó: no lograba entender cómo una obra de ficción podía emocionar tanto a alguien que había sido testigo de cientos de ejecuciones, de pilas de cuerpos encimados y del horror de los hornos crematorios. Fue tanta la atracción que ejerció sobre él el mundo del teatro, que afirmó: “allí me descubrí a mí mismo y la misión que debía cumplir en la vida”.
Kambanelis decidió, pues, dedicarse a la actuación, pero la falta de un certificado de estudios secundarios hizo que en ninguna academia de teatro lo admitieran.
Sin embargo, su vocación estaba clara y poco a poco se fue vinculando con el medio. En 1947, un reconocido director decidió poner en escena Romeo y Julieta de Shakespeare y Peleas y Melisanda, de Maeterlink, con Kambanelis como actor, pero las diversas comisiones que debían aprobar la entrada de un actor no profesional en la compañía acabaron por excluirlo. Tantos obstáculos a su carrera como actor hicieron a Kambanelis renunciar definitivamente a la idea de subir a un escenario y optó por la escritura: “No teniendo otro remedio para abrir la puerta del teatro que estaba cerrada para mí, me dediqué a escribir…”. Así, Grecia perdió a un actor, pero ganó a un gran dramaturgo.
Su primera obra, Bailando en los campos de trigo, fue recibida por la crítica y por el público con verdadero entusiasmo. Kambanelis siguió escribiendo y de su primera época datan obras como Ulises, vuelve a casa o los monólogos El gorila y la hortensia y El sol secreto. En 1954 tuvo lugar un encuentro definitivo para él: conoció a Melina Mercuri y de ahí surgió la idea de Stella con guantes rojos. El Teatro Nacional programó la obra para su siguiente temporada. Sin embargo, Mijalis Kakoyannis le pidió a Kambanelis que lo transformara en un guion para cine y el éxito de la película anuló el montaje.
Entre 1955 y 1959 escribió el guion para la película El dragón, que dirigió Nikos Kunduros, la obra El séptimo día de la creación, con la que se inauguró la temporada del Teatro Nacional en 1955, y el monólogo Él y sus pantalones, ahora un clásico del teatro griego contemporáneo. Con Károlos Kun puso en escena, en el Teatro de Arte, El patio de los milagros y La edad de la noche.
En 1960 dos de los más grandes actores del momento le pidieron que escribiera una obra para la inauguración de un nuevo teatro. El dramaturgo adaptó Un cuento de hadas sin título de Penélope Delta, texto que lo había marcado en su infancia cuando, todavía en Naxos, había hecho que los niños del barrio se aprendieran de memoria fragmentos completos del cuento y los recitaran como si fueran parlamentos de un texto dramático. Se eligió un elenco extraordinario, la música la compuso Manos Hadzidakis y la dirección estuvo a cargo de Diamantópulos, uno de los directores más celebrados en Grecia. Pese a todo, la obra fue vapuleada por la crítica debido a intereses políticos muy marcados. Algunos la acusaron de ser un texto monárquico; otros, antimonárquico. Las organizaciones estudiantiles se opusieron decididas a apoyar el montaje y a no permitir que quitaran la obra de cartelera. Desafortunadamente, pese al apoyo estudiantil, Un cuento de hadas sin título dejó de representarse a los pocos días de su estreno.
Poco tiempo después, Kambanelis viajó a Londres, donde pasó una temporada trabajando con George Tabori en la elaboración de un guion cinematográfico. Luego viajó a Chipre y regresó a Atenas -en la primavera de 1963- para asistir al estreno de El barrio de los ángeles, que había musicalizado Mikis Theodorakis. El 2 de diciembre de ese año, el día de su cumpleaños, nació su única hija, Katerina.
En 1965 reescribió la crónica de sus experiencias en Mauthausen (escrita originalmente entre 1946 y 1947). El libro se publicó en diciembre y fue muy bien recibido por la crítica y por los lectores. Se ha traducido a muchos idiomas, convirtiéndose en un punto de referencia en la literatura del Holocausto. Además del relato de los años pasados en el campo de concentración, Kambanelis escribió algunos poemas inspirados en Mauthausen, a los que Mikis Theodorakis puso música. Theodorakis eligió a la entonces jovencísima María Faranduri para cantarlos y juntos grabaron un disco que dio la vuelta al mundo.
Durante los dos primeros años de la junta de los coroneles, sus obras fueron maltratadas o suspendidas una tras otra. El acoso llegó hasta el punto de prohibirle cualquier participación en el mundo del teatro. Kambanelis escribió entonces El cañón y el ruiseñor, un guion cinematográfico que él mismo llevó a la pantalla. La película resultó premiada en el festival de cine de Salónica.
En 1973, valiéndose de un lenguaje que los censuradores no detectaron como subversivo, logró montar en escena una obra en contra de la junta militar: Nuestro gran circo. Lo que para la censura pasó inadvertido, resultó evidente para el público, y los órganos de seguridad de la junta de los coroneles se presentaban todas las noches en el teatro, listos para intervenir. Fueron meses de grandes disturbios políticos en Grecia y tras la revuelta del Instituto Politécnico, Kambanelis fue condenado a arresto domiciliario. Dos meses más tarde se reanudaron las representaciones de Nuestro gran circo y la obra se convirtió en una especie de guerra de guerrillas: una escena era censurada y, al día siguiente, los actores la devolvían al espectáculo; así, noche tras noche.
La dictadura cayó en agosto de 1974 y la democracia se reinstaló en Grecia.
A partir de entonces, los montajes de sus obras fueron constantes. El público pudo ver, entre otras cosas, Dramatis personae para violínyorquesta, La mujer y el hombre equivocado y Las cuatro patas de la mesa.
De 1981 a 1987 fue director de la Corporación Helénica de Radiodifusión. No fueron años particularmente productivos desde el punto de vista de la escritura. A partir de 1987 desempeñó el cargo de vicepresidente en la Radiotelevisión helénica. Al aceptar el cargo, su objetivo era mejorar los contenidos de la programación; sin embargo, dimitió al poco tiempo pues no estaba dispuesto a aceptar las intervenciones del gobierno en la cadena de televisión.
El Teatro Nacional montó en 1989 La compañía invisible. La crítica estuvo de acuerdo, casi de forma unánime, en que Kambanelis podía ser considerado como un auténtico innovador del teatro griego contemporáneo.
En 1990, para celebrar sus cuarenta años en el teatro, el Festival de Atenas incluyó en su programación la obra Ulises, vuelve a casa. Nunca antes se había visto una obra contemporánea en el antiguo teatro de Herodio del Ática.
A partir de entonces, sus obras no han cesado de figurar en la cartelera de las ciudades griegas más importantes. El camino pasa por dentro, Carta a Orestes, El epicedio, La cena y El país Ibsen, entre otras, han sido aplaudidas en distintos escenarios.
En 1955 fue nombrado doctor honoris causa de la Facultad de Filosofía en la Universidad de Chipre. En 1998 el Departamento de Estudios Teatrales de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Salónica le concedió el mismo título. Un año después lo hacía la Universidad de Atenas. En 1999 fue electo miembro de la Academia de Atenas, introduciendo así la silla del Teatro en la Academia.
Recién entrado el siglo xxi recibió de manos del presidente de la República Helénica la Orden del Fénix, máximo galardón con el que el gobierno griego condecora a los ciudadanos que han destacado en artes y literatura, ciencias, administración y comercio.
Durante los últimos diez años de su vida, viajó a Estados Unidos donde visitó, en Washington, el Museo del Holocausto para pronunciar una conferencia sobre Mauthausen, en la que además leyó extractos de su libro al tiempo que sonaba la música de Theodorakis. En Nueva York tuvo lugar un evento titulado “Iákovos Kambanelis”, donde se pudo ver la obra Carta a Orestes, traducida por Kay Tsitseli y dirigida por Robert McNamara, con Ioanna Gavakou como protagonista.
En esa última década, Kambanelis dictó conferencias, asistió a los montajes de sus obras en distintos lugares de Grecia y fue acreedor a diversos y merecidos cargos honoríficos y reconocimientos. En una ola expansiva de reconocimiento al trabajo de Iákovos Kambanelis sus obras comenzaron a traducirse a diversos idiomas y a montarse en países tan diversos como China, Suecia y Alemania.
En marzo de 2011, nueve días después del fallecimiento de Niki, su compañera de toda la vida, cansado y con una salud ya muy deteriorada, Iákovos Kambanelis murió. Su legado es la obra de uno de los más grandes dramaturgos de nuestro tiempo.
Selma Ancira
Toda función, como bien sabemos, es un convincente “se supone”.
Me parece que para representar este monólogo ese “se supone”, aumentado, es una condición indispensable.
Por eso sugiero que el escenario esté como durante los ensayos. Que las pocas cosas que se necesitan a lo largo de la representación sean los mismos objetos improvisados que se han utilizado en los ensayos. Únicamente la puerta que está al fondo del escenario deberá ser más específica.
Entra en escena la actriz que hace el papel de Clitemnestra. Lleva una taza de café y un cigarro y se acerca a una caja grande de madera que le servirá como escritorio. Encima del escritorio hay un candelabro, un cenicero, lápices, algunos papeles escritos, otros en blanco, algunas hojas arrugadas, otras no. Toma varias hojas de papel y las coloca en el suelo y también en el centro y a los lados del escritorio “como si” se hubieran desparramado. Enciende la vela, se sienta en un taburete y apaga su cigarro. Toma una de las hojas arrugadas y comienza a leer despacio y con voz clara como intentando comprobar que lo que ha escrito está bien formulado.
Orestes, hijo amado,
sé que mis días están contados y tiemblo al ver que no vienes.
No son solo las ganas que tengo de verte, aunque sea por última vez, lo que me hace percibir fantasmas en la ventana que da a la calle. Es más el miedo que tengo de que puedas llegar demasiado tarde. Miedo a no ser yo quien te diga lo que sucedió, que te enteres por los otros. Porque, ¿quién puede saber más de mí misma que yo? Fui yo quien hizo algo que nadie se podía haber imaginado jamás, fui yo quien se vio obligada a matar.
(Deja de leer, toma un lápiz y escribe.) Qué fácil es para los otros querer… (Deja de escribir y continúa diciendo lo que tiene que decir dejándose llevar cada vez más por lo que siente) que creas únicamente lo que ellos te cuentan. Y más fácil les será cuando yo ya no pueda decir nada. Y qué difícil es estar en mi lugar, Orestes. Ustedes dos son mis hijos. No debes pensar, ni por un instante, que intento convencerte para que tomes partido por mí. Pero soy su madre y tú eres mi Orestes. Y tu hermana, haya hecho lo que haya hecho, es mi Electra.
¿Dónde estás, Orestes? ¿Por qué no llegas?… Si llegaras pronto, la encontrarías aquí. A ti sí te haría caso. Tú podrías liberarla de esos granujas de los que se ha rodeado y que se aprovechan de la pasión que siente por su padre. ¿Sabes lo que le dijo el día que se iba para Troya, allá afuera, en el patio, enfrente de todo el mundo, cuando ya se había puesto el uniforme y estaba montado en su caballo? “¡Qué lástima ‒le dijo‒, si fueras hombre, a ti te dejaría a cargo de Micenas!” Y ella, a partir de ese momento, no hizo más que intentar demostrarle que es capaz de hacerse cargo de Micenas. Odió a muerte a Egisto aun antes de haberlo visto. Organizó tu secuestro en la Fócide, porque estaba segura de que Egisto y yo habíamos pensado acabar también contigo. Va de plaza en plaza, habla de venganza, dice de mí que soy una mujer corrompida, pervertida, ansiosa de poder, ávida de sangre.
No estoy pensando en mi vida, Orestes. No te pido que vengas pronto para impedir que me mate. ¡No! Estoy pensando en ella, en Electra. Sé lo que significa mancharse las manos de sangre, porque también por ahí me ha tocado pasar en la vida. Pero si se mancha las manos con la sangre de su madre, acabará con su alma, para siempre. (Le parece oír un ruido. Se apodera de ella la inquietud. Apaga la vela, se gira hacia la puerta, escucha con atención. No distingue nada y, todavía jadeante por el desasosiego, enciende de nuevo la vela y continúa.) Eso, eso es lo que hace que me estremezca cada vez que oigo un ruido en el pasillo, no es que tenga miedo por mí. Tres veces le pedí que viniera para que habláramos. Nunca vino. Le escribí. Devolvió la carta sin haberla abierto siquiera. Ahora ruego por que sea otro quien me mate, que no sea ella. Terminaré la carta que quiero que leas esta noche. Hacia las tres vendrá tu nodriza y, a escondidas, se la entregaré por la ventana, o la ocultaré en el suelo, debajo de una duela, para que la encuentre allí.
Todavía me siento llena de amor, Orestes, y es absurdo que mi vida me tenga tan sin cuidado. Los amo a ustedes, amo a Egisto, me gustaría vivir para seguir amándolos, pero no me dejarán. Aunque… ¿cuándo me han dejado? La verdad es que le dije adiós a mi vida el día en que llegué a Micenas, pero eso no lo supo nadie, porque no permití que nadie lo supiera, era mi fatídico secreto. Ahora sé, tan bien como entonces, que ha llegado el final. Por otro lado, esto fue evidente en el momento en que tu padre volvió de Troya idéntico e intacto, tal como se había ido. ¡El mismo hombre que me lo robó todo hasta la maternidad!
¿Dónde estás, Orestes? ¿Por qué tengo que escribirte en vez de decirte las cosas? Ya son siete los hombres que he enviado a buscarte. ¿Dónde te has metido? (Intenta acomodar los papeles dispersos encima de la caja.)
Pero debo terminar de escribir esta carta, tengo que darme prisa. Y no es algo sencillo como parece. Sí, de acuerdo, hablo y hablo y todavía no te he dicho nada. No hago sino irme por las ramas en vez de contarte los hechos. Lo haré a partir de este momento, te lo prometo. Pero te pido, hijo mío, que antes de leerla, pienses –no para que seas indulgente, sino para que puedas juzgar de una manera más justa– te pido pienses que esto lo atestigua alguien que está más allá de las ilusiones, del amor propio enfermizo y de la vanidad. Especialmente esta noche me siento muy lejos de lo que sucedió, pienso en ello y me parece mentira que tantas cosas puedan caber en una nimiedad como la vida humana.
(Toma de nuevo el lápiz y escribe pronunciando acaloradamente cada palabra.) A tu padre, Orestes, no lo elegí yo para marido. (De nuevo deja el lápiz.) A nosotras las mujeres se nos permite elegir nuestro traje de novia, pero no nuestra vida. Fui entregada a Agamenón. Y ya que él estaba destinado a ser mi marido, hice todo lo que pude para que nos amáramos, para que nuestra casa fuera bella, acogedora… Quería poder admirarlo. Pero tu padre era un hombre inaccesible, estaba perdido en un egoísmo oscuro e insaciable. Hiciera lo que hiciera yo para darle gusto, jamás recibí una palabra de agradecimiento. Él veía en mí a un deudor que pagaba sus deudas. Cuando se percataba de que algo que había ordenado no se estaba haciendo, así fuese una cosa físicamente imposible, se enfurecía, golpeaba, sospechaba que era por humillarlo. Como nuestro primer hijo fue una niña, y no un niño como él esperaba, abandonó Micenas para no ver a la criatura y volvió después de meses. Cuando nos encontramos, por pura casualidad, en el jardín, yo tenía a la niña en brazos. Él se acercó, la miró como si se tratara de un fenómeno curioso y dijo: “me decepcionaron, ella y tú”.
Ese fue el estigma con el que se inició la vida de Electra. La niña fue creciendo, empezó a tener uso de razón, y las únicas palabras cariñosas que alguna vez oyó de boca de su padre fueron “cuánto la querría si hubiera nacido varón”. Electra se frotaba contra sus piernas, lo miraba suplicante, ansiaba que la tomara en sus brazos, que la apretara muy fuerte contra su pecho. Pero él… nada. Y mientras mi niña mendigaba su amor, él parecía regodearse rechazándola, mirándola ocultarse detrás de las puertas y llorar. Y así, poco a poco, en su cerebro infantil maduró la idea de que yo tenía la culpa de su suerte por haberla parido hembra. Comenzó a evitarme. Después, a escudriñarme más que a mirarme, como si quisiera entender quién era yo, qué era yo. Le tendía los brazos para acercarla a mí, para acariciarla, y ella se resistía asustada, como si fuera a golpearla. Y mientras yo la perdía cada vez más, pese al amor que le demostraba cotidianamente, él se la ganaba con su antipatía. Al final, se volvió una obsesión para ambos: el padre por demostrar cada vez más su aversión, la hija por demostrar cada vez más su adoración. Me sentía tan sola, tan ajena…
Tu padre, y no lo culpo por ello, buscando el hijo que no le había dado, volvió. A lo largo de los nueve meses que duró mi embarazo, recé porque fuera un niño. Cuando volví a parir una niña, maldije la hora y el minuto en el que había germinado en mí la semilla que la había engendrado. Soy madre y no debería haber pecado así de gravemente. Me arrepentí, lloré mucho, todavía hoy sigo llorando. Y sigo sintiéndome culpable, Orestes. Quizá mi blasfemia de entonces tenga la culpa de la desgracia de Ifigenia. Quién sabe… Aunque… no fui yo quien sacrificó a Ifigenia con tanta crueldad, con tanta frialdad…
La vida en casa empeoró. Tu padre se separó definitivamente de nosotras. De no haber oído su voz allá afuera, no habría tenido indicios de su existencia. Seguramente pensaba en cómo librarse de mí para poder casarse con otra. Ojalá lo hubiera hecho. Pero por desgracia no tuvo el valor. Debe haber pensado que la ruptura con mi familia debilitaría su lugar en la alianza. Las jóvenes, Orestes, se casaban para amar y ser amadas, para ser compañeras, madres. Los hombres se casaban para reinar.
A mi Ifigenia la crecí en una soledad tan grande que no se la conceda Dios ni a la peor de las fieras en la montaña. Tampoco Electra, siguiendo el ejemplo de su padre, venía a ver a su hermana. Y un día en que vio a la niña sin vigilancia en el patio, le llenó la boca de tierra. Si en ese momento la nodriza no hubiera corrido a ver a la niña, si no hubiera estado por allí cerca, la habríamos encontrado asfixiada.
Orestes, amor mío, no tomes a mal lo que sobre Electra te cuento. No se te vaya a ocurrir que quiero hacerla pasar por un monstruo desde que era niña. Nuestro drama es que aun si ninguno de nosotros ha nacido monstruo, todos cometemos actos monstruosos. Y lo que quiero que entiendas es que por culpa de tu padre no solo perdí a Ifigenia, también perdí a Electra. Él la hizo sentir vergüenza de ser una hembra, él hizo que la niña se odiara y me odiara. ¿Sabes que Electra no derramó una sola lágrima cuando Ifigenia fue sacrificada? No se fuera a pensar que estaba en contra de su padre. De haber nacido varón mi muerte hoy no sería el objetivo de su vida. Clama venganza por su sexo femenino, no por su padre…
(De nuevo cree que ha oído un ruido cerca de la puerta. Va hasta allí, escucha con atención, algo se le ocurre y dice con voz ahogada.)
¿Orestes? ¿Orestes?
(Se convence de que no hay nadie afuera. Regresa y comienza a hablar mientras se dirige lentamente hacia donde se supone que hay una ventana.)
Oh, Dios mío, ojalá abrieras la puerta y aparecieras antes de que ella cometa el error que está a punto de cometer. Podrías decirle que tú no lo harías jamás… Jamás… Qué hermosa está la noche, hay una luna enorme… Egisto y yo fuimos a robar unos racimos de uvas. ¿Cuándo fue? ¿El año pasado?
(Se dirige rápidamente al escritorio y vuelve a leer.)
Y luego llegó tu momento, Orestes. Ah, mi pequeño, no me siento bien hablándote así, no lo he hecho nunca, pero debo, debo decirte exactamente cómo fueron las cosas sin ocultar ni alterar nada. Se había emborrachado como de costumbre, pero en aquella ocasión no se enteraba ni de dónde estaba ni con quién. En medio de mi sueño lo sentí subírseme encima y lo oí susurrar el nombre de una tal Jaritula y otras vulgaridades. Era insoportable cómo le apestaba el aliento a vino, a comida… Estuve a punto de vomitar. Lo empujé para escabullirme, para huir, pero logró pescarme. Comenzó a soltar una sarta de cochinadas perversas, se puso a golpearme… Me aventó en la cama y cayó como un búfalo encima de mí. Le clavé las uñas en el cuello, si hubiera tenido suficiente fuerza, lo habría asfixiado. Se puso furioso, me golpeó con tanta brutalidad que quedé inconsciente. Cuando recuperé la conciencia ya no estaba, me había violado y se había ido, aunque según él no había estado conmigo, sino con Jaritula con quien me confundió. Esa fue la última vez que vino. Y la peste de su alcohol y de su sudor, el último recuerdo que me quedó de nuestro enlace. Al día siguiente fui a decírselo, para que lo supiera, porque si me quedaba embarazada, me habría podido decir que el hijo no era suyo. Dijo simplemente que lo tendría en cuenta.
De esta curiosa manera llegaste al mundo, mi niño, mi única alegría. ¿No te parece incoherente la vida? Mira, aun en este momento te llamo “mi única alegría” y, sin embargo, es probable que acabe de hacerte algo que ninguna otra madre le haya hecho jamás a un hijo suyo. Es posible que con tantas cosas tan repugnantes, con tantas cosas espeluznantes que acabo de confesarte haya envenenado de forma irreversible tu alma infantil. Es posible que me haya jugado el todo por el todo y que lo haya perdido todo; es posible que ahora lo detestes a él y también me detestes a mí. ¡Pero estoy desesperada! No tengo otra manera de defenderme y eso, única y exclusivamente, para no perderte a ti también. Te perderé, Orestes, si no te digo toda la verdad, si no te enteras de cómo se hace un niño, de lo que dio él, de lo que di yo. Tú eres mi sangre, mi leche, mi dolor, mi alegría… Eres mis desvelos, mis arrullos, una caricia de los cielos…
No te diría todo esto, que por otro lado es lo que sienten y viven todas las madres –y es natural y es maravilloso que sea así– si su egoísmo masculino no me lo hubiera arrebatado todo. ¡Y no solo el suyo! ¿Sabes qué oí decir a sus hombres cuando invité a Egisto a venir a Micenas? “¡Salven al hijo de Agamenón, no dejen a Orestes en manos de Clitemnestra, quítenselo, esa arpía lo matará!”
“Al hijo de Agamenón”. Y vinieron por ti, con Electra a la cabeza, para que no te matara, yo… En parte soy responsable, Orestes, también cometí errores. Tardé mucho en entender que era nefasto ocultar la verdad. No lo hagas nunca. Pensamos que si la dejamos tranquila, ella también nos dejará… ¡Craso error! Si entonces hubiera sido lo suficientemente sabia para no representar frente a los otros el papel de madre y cónyuge feliz con tal de que el marido, el dirigente, la casa, la familia no se mancharan, si hubiera tenido el valor de irme no nos habríamos vuelto una estirpe en la que se matan unos a otros. No sabía lo que amasaba al ocultar la verdady la dejé que engendrara todo lo que se produjo después. Por eso te lo estoy contando todo hoy, mi niño, y algunas cosas con verdadera crudeza. Perdóname. Pero si vuelvo a callar será como si te dejara en herencia un silencio que alimenta serpientes.
Naciste por la noche… Llovía a cántaros y todos decían que el niño traería suerte. Felicérrimo de haber tenido un hijo varón –aunque no tanto como yo–, cambió ligeramente, comenzó a comportarse de manera más humana conmigo. Cuando quería verte, pedía que yo misma te llevara a su alcoba. Cuando él venía a vernos, se inclinaba sobre tu cuna y decía: “Bravo por ella, ¿eh? Por fin lo logró.” A mí eso, aunque fuera dicho con ironía y doble sentido, me bastaba para ser dichosa. A ese punto me había vuelto condescendiente. Lo único que me importaba era que por fin se comportaba como un buen padre, aunque solo fuera con uno de nuestros hijos.
Tus hermanas ya habían comenzado sus clases, Electra no paraba de sorprender a sus maestros. Aprendía en un día lo que a los otros niños les tomaba diez. Cuando se estaba construyendo la nueva puerta, continuamente iba a ver y les pedía a los obreros que le dieran un cincel y un martillo porque ella también quería tallar. Al final, acabaron por dárselos. En otra ocasión ella sola fabricó con varias cañas un reloj de sol. ¡No tenía ni diez años! Sí… Ifigenia era tres años menor, mi pequeña, mi tesoro, solo era buena para la música. Ambas, Orestes, te adoraban, se volvían locas contigo. Es más, aquello que al parecer sentía Electra cuando te abrazaba, era más que amor. ¿Adivinas qué? En cuanto creciste lo suficiente como para poder tomarte de la mano y salir contigo a dar un paseo, averiguaba dónde estaba tu padre y te llevaba a caminar cerca de donde él estuviera. Para que los viera. Era como si quisiera decirle: “Mira, ahora tienes un hijo varón, ya no te enojes de que yo sea niña.” Dudo de que tu padre lo haya entendido alguna vez. No obstante, pasamos algunos años tranquilos, quizá hayan sido nuestros mejores años, por eso parecen pocos. Cuando cumpliste los cinco ‒¿lo recuerdas?‒ decidió encargarse de tu educación. Dijo que él mismo quería educar a su hijo. Sabes mejor que yo que se ocupó muy poco del asunto. Simplemente daba órdenes a tus tutores. Sin embargo tú, mi niño, te escapabas a escondidas y venías a decirme que te dolía la pancita para no hacer tu tarea o me traías el diente que se te había caído y se lo dábamos al ratón para que se lo comiera y nos trajera otro… Por supuesto que también tenía a Ifigenia. Orestes, yo a todos los quiero igual, pero las cosas se produjeron de manera que solo a Ifigenia tuve oportunidad de disfrutarla, de satisfacer mi necesidad de un hijo. ¡Con Ifigenia, imagínate! ¡Qué dulce era, qué bonita, y qué fantasiosa, Dios mío!… ¡Las mentiras que llegó a inventar para que yo viera las cosas color de rosa…!
Luego vino la guerra. Se desató en cuanto hubo un pretexto para que empezara. Que fue una guerra absolutamente inútil e injusta no lo digo solo yo, lo dice ante todo la desastrosa manera en que acabaron quienes abogaron por ella… Yo tenía la esperanza de que él volviera distinto. De que por lo menos para los que lograran volver, Troya sería una buena lección. Pero me equivocaba. Agamenón volvió con el triunfo en la cabeza. Fue a Troya, vio y volvió sin haber entendido nada en diez años enteros.
Al principio me pregunté: “¿Estará fingiendo? ¿Necesitará algún tipo de ayuda para salir de esa caverna en la que vive rodeado de errores y engaños?” Pero cuando me atreví a preguntarle, amablemente, si habían valido la pena tantas víctimas, se puso furioso, gritó que me prohibía que volviera a tocar ese tema, que “una mujer no debe tener opinión sobre ese tipo de cuestiones”. ¿Entiendes, Orestes? Me prohibió que tuviera opinión sobre una guerra que yo pagué con Ifigenia, con mi hija. Pero cuanto más te prohíben una cosa, más necesidad tienes de hacerla… Antaño yo carecía de opiniones. Fue él quien me hizo aprender a opinar sobre todas las cosas. Oye, pues, un poco más de la tan cacareada guerra. Era tan grande la histeria que los más pobres de Argos, los más apaleados y los más hambrientos fueron los primeros en armarse como mejor pudieron y vociferaban noche y día “a Troya, a Troya”. Como si los troyanos les debieran lo que les habían quitado los propios argivos.
Para mí, sin embargo, lo más triste de todo eran las madres espartanas que acompañaban a sus hijos hasta aquí diciendo: “o con el escudo o encima de él”… ¿Por qué debían ver a sus hijos muertos en vez de derrotados? ¿En aras de qué enemigo? ¿Dónde vieron al enemigo?
Si entonces hubiera sabido todo lo que hoy sé, habría salido a decirles: “mujeres, busquen al enemigo dentro de su Esparta nativa, yo lo encontré en Micenas”. ¿Qué pueden decir ahora?… No pienses que lo digo para hacerme pasar por un ser magnánimo que se apiada aun de los extraños. No, Orestes. Lo digo solo para repetir una vez más que jamás puse nada por encima de la vida de mis hijos. ¿Qué relación tenía mi útero o el cordón umbilical con los intereses que ellos tenían en Troya? Por eso hasta el último de mis días no me entrará en la cabeza el sacrificio de Ifigenia, ni podré perdonárselo jamás aunque esté muerto y bien muerto. (Se levanta bruscamente tapándose la boca con la mano, asustada ella misma de lo que se le acaba de escapar, da dos o tres pasos sin rumbo fijo, se arrodilla entre los papeles desperdigados, toma uno y, distraída, dice:)
Orestes, ¿te acuerdas de algo? Una madre tiembla si su hijo tarda en volver de sus juegos, tiembla si se le inflaman las anginas y tiene fiebre… Por razones así de insignificantes se apodera de ella el miedo. ¿Te das cuenta de lo que significa para una madre que le quiten a su hija para…? No, ¡basta! De cualquier manera no existe un lugar en el mundo donde quepa el dolor que siento por Ifigenia. Pero… quería decirte algo más. (Va hacia la mesa, hurga entre los papeles buscando una hoja determinada. La encuentra y lee.) Sí, esto, que como yo sé lo que es el dolor, sufro si los demás sufren. Pero mi dolor también tiene otra razón de ser. Orestes, cuando conocí a Egisto… él me enseñó a comprender a los otros.
Hablemos, pues, de mi culpa frente a Egisto. Encontrarás a miles de personas en Argos que te asegurarán que no fui yo quien lo hizo venir a Micenas. El pueblo lo quería, Orestes, y el pueblo lo trajo. Pero para que no pienses que comienzo con justificaciones, te digo de entrada que quien más ganas tenía de que viniera era yo. Desde que tu padre lo envió al exilio, vivía alejado en un lugar desierto del monte Parnón. Todos los que se habían encontrado con él hablaban de un sabio, de un hombre único. Cuando le preguntaron qué auguraba la situación que había producido la guerra, respondió: “Troya será el final de Argos”.
Y ya era tiempo de que alguien lo dijera abiertamente, la guerra que parecía no tener fin había asolado el país. ¿A quién más dirigirían sus miradas los argivos en ese momento en el que maldecían tanto la guerra como a Agamenón? Envié a gente que lo conocía desde hacía tiempo y le pidieron que viniera. Abandonó la vida tranquila que llevaba en la montaña y vino a Micenas. Solo, desarmado, con la compañía única de sus ideas, su valor y su gran corazón. La primera decisión que tomó fue que cesaran los cometidos en Troya. Y su primera declaración en la asamblea fue que se volvería al monte Parnón en cuanto arreglara la vida en Argos y cuando tú, Orestes, tuvieras dieciocho años. (Toma de la mesa un puñado de papeles con cada mano, se levanta… Da unos pasos hacia delante, de vez en cuando se le escapa alguna hoja.) Hijo mío, es difícil para una mujer decirlo todo, y mucho más difícil es hablarle así a su hijo, pero es necesario que te enteres de estas cosas por mí. Porque aunque para la mujer el amor sea lo más sagrado, también es la forma más fácil de que la cubran de oprobio. Cuando Egisto llegó a Micenas yo tenía treinta y seis años. Estaba en esa edad que los poetas llaman el atardecer. Si alguien entonces me hubiera preguntado “¿qué es la vida?”, le habría respondido: “un castigo que todos viven pero del que nadie habla; un castigo que los padres no desvelan a sus hijos, ni estos hijos a sus hijos, y el castigo ‒cuyo seudónimo es ‘vida’‒ continúa”. Eso pensaba y eso decía. Egisto me hizo cambiar de idea. Me hizo ver que la vida, por supuesto, no está cotidianamente cubierta de rosas pero tampoco tiene por qué ser una aflicción permanente; que no siempre es el destino el que nos maltrata… que somos nosotros, los seres humanos, los que muchas veces hacemos mal uso de nuestro destino.
¡La primera que hizo cuanto pudo para que llegáramos a los extremos a los que llegamos fue Electra! Electra, eterna víctima de su padre.
Así ellos, por su parte, preparaban lo que habría de acontecer en cuanto Agamenón volviera. Pero nosotros también lo preparábamos. Porque hubo muchos que le propusieron a Egisto que se fuera antes de que tu padre volviera y él dijo: “Si me voy como un ladrón, estarán en lo justo si me llaman ladrón”. Y fue imposible hacerlo cambiar de idea. Así de diáfana es su alma, Orestes. Yo convenía, fatalmente, con cualquier cosa que él decidiera aunque me percatara de que estaba cometiendo errores. Veía con una claridad pasmosa cuál sería el final. Se salvaría el que atacara primero. La decisión la tomé yo, no Egisto. Me vi obligada a tomarla. Habría dado la vida para salvar a mi maestro, a mi amor, a mi hombre. Porque yo lo invité a Micenas y me sentía responsable de lo que ocurriera con su vida. No le comuniqué la decisión que había tomado e hice lo que había decidido yo sola con mi gente de confianza. Egisto se enteró de las cosas cuando todo estuvo consumado. Pero las cosas habían terminado solo para Agamenón, no para nosotros. En Micenas los otros siempre son más fuertes…
(Camina distraída hacia el proscenio, los papeles que tenía agarrados se le resbalan poco a poco de las manos, se dispersan por el suelo.)
Ahora está en su alcoba, la del extremo, la que da al mar. Quizá no se haya dormido todavía, a veces se queda leyendo hasta muy tarde, se olvida incluso de comer. Antes de comenzar a escribirte, le llevé un poco de vino caliente, queso, nueces y pan, lo que le gusta. Él me dio el papel para la carta… ya no me quedan demasiadas hojas… ¿me alcanzarán? No hacía falta que te escribiera qué le gusta de comer, pero ahora ya está. Si lo borro, ensuciaré la página y te preguntarás qué fue lo que borré. Pero además, ¿para qué? Sí, hijo mío, amo a Egisto, si lo hubieras conocido, lo entenderías… Por eso digo que él me dio vida, me dio luz, si no se lo hubieran impedido, habría creado un Argos totalmente distinto, te habría dejado otra Micenas, una Micenas por fin sin mancha, tranquila… No fue así ni puede serlo ya. Nos hicimos la promesa de que no se derramaría una gota más de sangre. Pero no pudimos evitarlo. Ahora nos tienen completamente sitiados. Nos hemos despedido ya de nuestro sueño que era marcharnos y vivir serenamente en el monte Parnón. Y estamos esperando…
(Vuelve a la mesa y escribe. Simultáneamente, sin hacer ningún ruido, se abre la puerta y aparece Electra que se aparta para que pase Orestes. Clitemnestra continúa su monólogo sin percatarse.)
