Carta desde el acantilado - Fernado Ugeda Calabuig - E-Book

Carta desde el acantilado E-Book

Fernado Ugeda Calabuig

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Beschreibung

Otoño de 1935. En una aldea de la cornisa cantábrica,Laura asciende desnuda por un sendero y al poco se arroja al mar desde el borde rocoso de un acantilado. La muchacha ha dejado escrita una carta, pero su padre, Pablo, no sabe leer. El señorito Alejandro, hijo del cacique del lugar, ha sido visto rondando a Laura durante meses, no había lengua en la aldea que no murmurara. En la inveterada mente de Pablo todo parece estar claro. Hombre misántropo y montaraz, ni sabe de leyes ni quiere justicia; él solo ansía venganza. Historias de amores esquivos y vidas truncadas, de seres condenados por secretos que pesan en las alforjas. Soñadores que mueren junto a sus quimeras mientras la verdad se oculta en la trastienda de actos que jamás son lo que parecen. Carta desde el acantilado es un largo viaje de expiación en el que puede apreciarse que, en ocasiones, las mejores intenciones son el detonante de los mayores desastres. Novela finalista del Premio Nacional de Novela Ateneo de Valencia

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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CARTA DESDE

CARTA DESDE EL ACANTILADO

© Fernando Ugeda

© de esta edición: Olelibros.com

Por acuerdo con Susana Alfonso Agencia Literaria

Edita: Kalosini S.L.

Grupo editorial Olé Libros

[email protected]

www.olelibros.com

ISBN: 978-84-17737-40-5

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

Índice
Destroza mi timón
El primer beso
Encarcelada entre picos altos
Quitapesares
Mercedes
Don Roque
Matilde
Don Juanito
Juan Ladrón de Guevara
Teresa
Lorenza
Anselmo
Alejandro
Luis
Rasga el manto desnudo de estrellas
Primavera en flor, invierno en mi corazón
Adela
¿Has perdido la cuenta, Corazón?
Perversa hada madrina
Risa me da el orgullo
Enarboló la bandera de la amistad
Ábreme el pecho con tu guadaña
Ni un diluvio borrará de mis manos la sangre que he derramado
Enterrad mi corazón bajo un torrente de lava
Veinte años no es nada

Destroza mi timón,hazme de tu mar prisionera,sé mi señor, Poseidón,llévame adonde tú quieras.

Laura ascendía desnuda por el angosto y pedregoso camino que conducía al acantilado. Tan solo su pelo encrespado daba muestras de desaliño. Los chinarros se hundían en sus pies de alabastro, los arbustos fustigaban sus muslos y el frígido viento norteño había amoratado los bordes carnosos de sus labios; sin embargo la pena ya había ahuyentado el dolor lejos de su cuerpo. La joven se detuvo al borde del abismo y contempló los farallones embestidos por el fiero oleaje. La férrea voluntad que le había acompañado desde niña se había evaporado con la humedad de las últimas lágrimas permitiendo al desánimo poseerla por entero. Miró sus muslos lacerados, manchados de finísimos hilillos rojos. Ningún hombre sensible sería incombustible al roce de esos muslos. Sangre mustia, pensó. Cerró los ojos, alzó los brazos en cruz y sintió que los torbellinos de aire arropaban la serenidad de su carne templada. Ni se molestó en apartar de su cara las greñas de pelo negro enredado. Igual que si sucumbiera ante un desmayo, su cuerpo se precipitó al vacío emulando a un ángel sin alas. Las aguas retrocedieron para recibir una hermosura a la que no estaban acostumbradas. La zambullida quedó ensordecida por el bramar de las olas y Laura desapareció bajo el espejo traslúcido que reflejaba el gris de un cielo que amenazaba tormenta. El mar aceptó gustoso la voluptuosidad de aquel cuerpo y penetró en sus adentros con ímpetu de amante deseoso. Bailó con él, se entretuvo un rato, le mostró sus dominios y luego lo depositó suavemente sobre un lecho de algas de verde tenebroso. La muerte se maneja bien en cualquier elemento y jamás desdeña ofrenda alguna. Mas no obró así el mar, dueño exigente que en seguida menosprecia su ganancia. Necio quisquilloso, como si regurgitase después de una digestión copiosa, a los tres días depositó los restos de Laura sobre las pulidas rocas flageladas por el látigo inclemente de las olas.

Negros rumores sacudieron las polvorientas calles de la vetusta aldea. Para la gente de Fuentegentuza, sin desmerecer a la de cualquier otro lugar, la moral tenía forma de oxidados grilletes. “Quien vive alejado de Dios se merece un triste final”, corrió el bisbiseo por las empedradas cuestas del maldito pueblo. Cuchicheos de puertas entornadas, oídos y ojos abiertos en horas de siesta, la insaciable curiosidad de aquellos estómagos vacíos avivó la leyenda. Solo quienes en verdad conocieron a Laura asistieron al amanecer de un deslucido día mermado por su ausencia. “Cuando el cielo sangró”, así bautizó el aprendiz de poeta la luctuosa fecha en que, plagado de inocencia, el esplendor de los veinte años de Laura sucumbió bajo las frías aguas norteñas.

Pablo trabajaba de guarda en el coto de don Anselmo. Su olfato para detectar furtivos, así como la maña que se daba para atiborrar de perdigones las nalgas de los insensatos que osaban traspasar la linde de sus dominios, le había conferido, a ojos del pueblo, de una pátina de inhumanidad más que merecida por cuarenta y siete años de trabajo bien cumplido. La gente especulaba con que el aislamiento había abocado a Pablo a la crueldad y al más absoluto de los silencios, mas no era así. Nunca disfrutó con la parte ingrata de su trabajo. Por lo demás, su pertinaz afonía venía de lejos.

Pablo vivía en una casucha colgada de un cerro, a medio camino entre la aldea y Quitapesares, casa solariega propiedad de don Anselmo, su patrón, quien no desaprovechaba la menor ocasión para vanagloriarse de lo corta que se quedaba la línea del horizonte a la hora de abarcar sus posesiones. Pablo y don Anselmo habían venido al mundo con seis meses de diferencia. El guarda había nacido el 14 de enero de 1875, señalado día en el que el joven rey Alfonso XII había entrado triunfalmente en Madrid. De haber conocido el dato, poco le hubiera importado a Pablo el hecho en cuestión. “¿Eso me ayuda a comer?”, habría preguntado con su pragmatismo bien enfocado. Por su parte, don Anselmo había abierto los ojos a finales de julio de aquel mismo año, cuando el calor apretaba lo suyo y su madre se licuaba entre sábanas de lino a lo largo de ocho incesantes horas de parto trabajoso.

Una vida de largos paseos por el coto y una dieta frugal, que no equilibrada, mantenían fibroso el avejentado cuerpo de Pablo. Sobre sus carnes descansaban sesenta años de vida austera, salpicada de leves y esporádicos toques de moderación. Todo lo contrario que don Anselmo, muy dado desde antaño a disputarle pulsos a la salud, envites de los que no siempre salía victorioso. La buena mesa, el buen beber y más de una siesta al día habían abotargado su corpachón, siendo del todo engañoso el bermellón que irradiaban sus mofletudas mejillas. Este hombre desprende salud, podía pensar de él cualquiera a simple vista. Efectivamente: a base de lento desprendimiento se había quedado sin ella.

Pablo amanecía por norma en Quitapesares. Apenas rayaba el alba se le veía entrar por la puerta de atrás, la que daba acceso a la cocina, y allí esperaba órdenes de Lorenza. Si don Anselmo no había dado otras instrucciones la noche anterior, la criada negaba con la cabeza y Pablo se encaminaba rumbo al coto, a patearlo arriba y abajo en busca de señales que delatasen la presencia de extraños.

Lorenza era una especie de ama de llaves venida a menos. En el transcurso de los veintisiete años que llevaba sirviendo en la casa había ido acaparando de forma paulatina todas las funciones habidas y por haber. Asistía a Teresa, esposa de don Anselmo, y hacía a la vez de doncella y de cocinera. Con el paso del tiempo, su cuerpo menudo, de anchísimas caderas, se había amoldado al vertiginoso ritmo de trabajo. Tanto era así que ella misma había llegado al convencimiento de que la aplastante sensación de estar a todas horas exhausta era el estado natural de su endeble cuerpo. Lorenza se había quedado para vestir santos. Su soltería constituyó motivo de mofa en el pueblo, donde las lenguas viperinas pasearon por doquier el chascarrillo de que su padre, tras el nacimiento de su hija, se había pasado un mes buscando a la cigüeña escopeta en mano. En realidad Lorenza no era tan fea como la gente insinuaba; pero para que a uno lo arrolle el tranvía al menos ha de acercarse a las vías. Quitapesares fue su mundo y el trajín de la casa la absorbió por completo, dejándole libre apenas un rato para ir a misa los domingos, ponerse en paz con Dios y recibir el sacramento de la comunión. Cuando los padres de Lorenza murieron, y eso que a su padre morir le costó lo suyo, Teresa se brindó a cederle una habitación en Quitapesares. Lorenza aceptó el ofrecimiento derramando lágrimas de agradecimiento. Poco podía imaginar la pobre ingenua, que el noble gesto de su señora la privaría del estrecho margen de libertad del que aún gozaba.

Lorenza también controlaba la despensa, por lo que a diario comunicaba las necesidades más perentorias a Pablo, quien se ocupaba del suministro de aves.

—Caza un par de perdices.

—¿Te sirve si son tórtolas?

—Cualquier pájaro vale, el estómago del señor no discrimina a ningún bicho que vuele.

La caza mayor era prerrogativa de don Anselmo. No obstante, Pablo había matado más de un venado apremiado por su señor al grito de: “¡Vamos, Pablo, dispara, coño!, ¿no ves que se escapa?”

Aquella mañana de octubre el día había despuntado raso. El otoño de 1935 avanzaba con paso firme hacia las postrimerías de un mundo que en breve no se reconocería a sí mismo. La mañana que nos ocupa don Anselmo tenía planes trazados. La gota le había dado un respiro y se encontraba con el dedo índice inquieto, con ganas de apretar el gatillo. “El señor dejó dicho anoche que escogieras un perro y lo esperaras en la puerta del cobertizo”, informó Lorenza a Pablo sin ponerle la vista encima, atareada con el desayuno de don Anselmo.

Pablo sentía predilección por tontaina, un perdiguero con el olfato en extremo afilado. Era ver caer la pieza, olisquear el aire con su hocico prominente y salir zumbando derecho a por ella. Pablo le acariciaba el entrecejo al animal cuando don Anselmo apareció carraspeando y con el rifle al hombro. El arma elegida por el renqueante personaje hablaba a las claras de las pretensiones con las que el patrón había arrancado el día.

—Buenos días tenga usted, don Anselmo —saludó Pablo.

—Buena pinta tiene el día, Pablo; ojalá se me ponga a tiro uno de esos ciervos que quitan el hipo.

—¿Y el perro?

—Por si acaso el ciervo no da señales de vida y hay que desfogarse con piezas más asequibles.

Al cabo de dos horas la única pieza cobrada hasta el momento era una ardilla que don Anselmo había divisado en la copa de un árbol. “Píllala, Pablo —señaló con el cañón del arma el cuerpo inerte del animal—. La disecaremos”. La fatiga no tardó en hacer mella en don Anselmo. Alzó una mano e indicó a Pablo que ambos harían una parada en aquel punto de la vaguada. El patrón resopló y dejó caer sus adiposas posaderas sobre una roca de buen tamaño. Sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se secó el abundante sudor de la frente y la nuca. Por el contrario, Pablo permaneció de pie durante el descanso. Tontaina, sentado sobre sus cuartos traseros, sacó la lengua a pasear.

—¿Tú no te cansas, Pablo?

—Será la costumbre.

—Vivirás cien años, acuérdate de lo que te digo.

Don Anselmo no lograba librarse de la fatiga. Tomó y soltó aire repetidamente. Aun así, la asfixia parecía tener carácter permanente; era como si el oxígeno rechazase invadir sus apurados pulmones. Al levantar la vista y posarla sobre el paraje, la imagen del entorno trajo hasta él el rastro de un viejo recuerdo.

—Fue aquí donde nos conocimos, ¿verdad? —soltó entre jadeos.

—Fue un poco más allá —Pablo señaló con la barbilla en dirección norte.

—Mal negocio hubiera hecho de matarte aquel día.

Un hombre a la carrera apareció ladera abajo. Don Anselmo, arrinconando el cansancio, se incorporó con presteza y echó mano al rifle.

—¡Me cago en los furtivos de los cojones...!

Con la figura enfilada en el cañón de su arma, don Anselmo apoyó con suavidad el dedo en el gatillo.

—Un furtivo huye, no corre a nuestro encuentro.

Muy a su pesar, el patrón se contuvo al aportar Pablo un punto de vista sensato.

—¡Pablo, Pablo! —gritó el hombre según descendía.

El individuo frenó la carrera al llegar al fondo del valle. Dobló el espinazo, hincó las manos en las rodillas y respiró de forma espasmódica hasta serenar sensiblemente su enloquecido ritmo cardiaco. Instantes después se enderezó ante la mirada expectante de sus dos observadores y profirió de manera entrecortada:

—Pablo, ha aparecido tu hija.

El primer beso

Pablo había nacido con una expresión de indiferencia grabada en la cara. La comadrona, Catalina, apodada la Misina, curandera y celestina de consolidado prestigio en la zona, le palmoteó las nalgas hasta hacerlas enrojecer sin conseguir con ello su propósito. “¿Por qué no llora?”, preguntó Marta, la madre de Pablo, entre sudor y congoja. “Aún es temprano para afirmarlo, pero me da en la nariz que has dado a luz a un impasible”, respondió Catalina, escrutando a conciencia el impávido rostro del bebé.

Para toda parturienta, una vez acabado el trance del alumbramiento, el llanto de su hijo representa un consuelo indefinible. Marta deseaba escuchar el lloriqueo de Pablo, mas su deseo no se vio cumplido.

—Pero ¿por qué no llora? —insistió Marta.

—La vida es larga, tendrá tiempo de sobra.

Marta destensó el arco de su cuerpo liberando el miedo que le había atenazado durante meses. ¿Nacerá sano? ¿Estará completo? ¿Le habrán afectado las fiebres que pasé durante el quinto mes de embarazo? Sin ser Marta mujer temerosa, a partir de las inoportunas fiebres se obsesionó con el estado de salud de su hijo, de modo que si el feto dormía o simplemente se hallaba relajado, ella se palpaba la tripa y removía su vientre igual que si amasara pan. “Anda, patéame el estómago, rómpeme por dentro, pero por lo que más quieras, no me des más sustos”, soltaba en voz alta para que su hijo recibiera el mensaje con la mayor nitidez posible. Por eso, al contemplarlo por fin envuelto en los restos limpios de una sábana sacrificada para la ocasión, en el rostro de Marta se desdibujaron los temores dando por buena cada plegaria rezada en voz baja. Con el mismo aliento con el que una ventolera revuelve la hojarasca, una ráfaga de espiritualidad atravesó su fatigado cuerpo, milagrosa materia que había servido de vehículo para que otro ser arribara a la vida.

Una vez Catalina hubo aseado al bebé, lo envolvió en una pequeña manta y lo depositó en brazos de la orgullosa madre. Los ojos de Marta destellaron de alegría al contemplar el imperturbable rostro de su hijo. Acercó sus labios a la diminuta frente y depositó sobre ella un tierno beso al que siguió la primera declaración de amor hecha entre dos desconocidos:

—Este es el primero de muchos besos, Pablo. El que tú nunca recordarás, el que yo jamás olvidaré.

—Así que ya has escogido nombre.

—Se llamará Pablo, igual que su abuelo, para orgullo de su padre.

—Pablo es nombre de hombre, no le sentará bien hasta que no crezca lo suficiente.

—Anda, Misina, corre y dile a mi marido que ha sido un niño. Verás los saltos que pega de alegría.

—El parto es la única batalla disputada por una mujer y ganada por un hombre. Y no lo digo con resentimiento, porque me haya quedado soltera y me haya secado por dentro. Tú me conoces bien; sabes que no existe rencor por parte de este vientre infecundo.

—No has tenido suerte, Misina. Jamás diste con un hombre que mereciese casarse contigo.

—Jamás di con ninguno que mereciese tal castigo. Pero créeme, no lo echo en falta. Mis carnes se han acostumbrado a los trapos de clausura que las cubren —dicho lo cual, sin mucho convencimiento, su mirada se perdió en busca de un recuerdo recóndito y marchito—. El cuerpo de una mujer dista mucho del de un hombre. Mírate a ti misma. Acabas de convertirte en una extensión del propio Dios. Y mientras ese milagro sucedía, tu marido estaba afuera, a la intemperie, liando cigarrillos y fumando sin parar. No, no somos iguales. La piel de un hombre está recubierta por una pátina de impúdico deseo. Por el contrario, sobre la de la mujer Dios ha confeccionado un invisible manto de terciopelo, prolongación misma de la piel del Creador.

—¿Pátina, impúdico? ¿De dónde sacas esas palabrejas?

—Una es pobre, pero sabe leer y muchas más cosas que no vienen a cuento. El día menos pensado te contaré mi historia.

Germán, el padre de Pablo, era un jornalero incansable, trabajador de sol a sol, que solía dormitar en la taberna en días nublados. Si las peonadas escaseaban, allí acudía el buen hombre en busca de abrigo y de un vaso de vino. No acostumbraba a beber más. Su nula tolerancia al alcohol —mala cosa es que un trastorno de esa índole se cebe con un hombre—, lo convertía en presa fácil del sopor que lo vencía al cabo de cuatro sorbos sobre una mesa situada en un rincón. Pese a que enhiesto era un hombre de mediana estatura, todo el que lo conocía sabía que tenía el genio mermado, lo cual propiciaba la mofa y el escarnio de quienes, en otras circunstancias, hubieran dado un paso atrás de verlo con gesto malencarado. “¡Hombre!, si está aquí el baldragas de Germán”, se escuchaba una voz proveniente de la barra. “No seas ácido con el Maduro—respondía otra voz a modo de réplica—. Germán medita, jamás se emborracha”. Estentóreas risas, en su mayor parte fingidas, adulaban la ocurrencia dicha con malicia.

El padre de Germán era conocido como el Maduro, por lo que a él, desde chico, se le distinguió con el título de Madurico. El mote que el padre de Germán luciría con orgullo hasta la muerte le fue impuesto a raíz de una desgracia. Subido a un imponente olivar, entregado a la faena entre sus ramas, al personaje le dio por descolgarse del árbol de manera involuntaria y nada ortodoxa. La caída fue brutal. Después de estamparse contra el suelo y calcar sus costillas en la tierra, el Maduro profirió una retahíla de tacos e improperios capaz de abrir de par en par las puertas del infierno: “¡Puta mierda! ¡Me cago en la hostia puta y en los cojones de san Pedro!...”. Un estrafalario vendaje en las costillas y varias semanas de reposo fue la prescripción del médico rural que se dejaba caer de tarde en tarde por aquellos andurriales. ”No tiene edad para ir cayéndose de los árboles, que ya no es usted un chiquillo. Por si no lo ha notado, hace años que sus huesos no rebotan”. El doctor era dado a florituras cáusticas, ironías mal entendidas por sus pacientes quizá por ser soltadas con excesiva gravedad. “Si me he caído del árbol será porque ya estoy maduro”, expuso como explicación coherente el padre de Germán. Así nació el apodo sin futuro, explotado tan solo por dos generaciones.

Circunstancias extraordinarias envolvieron la muerte del Maduro. Rondaba los sesenta cuando comenzaron los mareos, los vértigos, el atosigamiento. Según le expuso el doctor, su corazón petardeaba igual que una vieja locomotora a vapor, por lo que le aconsejó se pusiese en paz con Dios y arreglara de manera conveniente sus asuntos. Así lo hizo. A los dos días Germán vio salir a su padre por la puerta de su casa, hecho un pincel, recién afeitado y con el ceñido traje de los domingos. Pablo, que por entonces era un crío de nueve años, andaba a la puerta de la casa entretenido con una trompa. Su abuelo se agachó y le estampó un beso en la frente. “Pablo, cuida de tus padres”. El niño frunció el ceño sin acabar de entender bien del todo.

—¡Padre! —Germán salió de la casa a la carrera—. El médico le ha recomendado reposo, así que ¿puede saberse adónde va usted un miércoles con el traje de ir a misa?

—Es con el que quiero que me amortajen.

—Vamos, padre; no diga sandeces y vuelva a la cama.

—A la cama iré, pero antes he de dar un paseo.

—Un paseo corto, eh, que luego me coge frío y es peor —Germán sabía que no podía neutralizar la tozudez de su padre.

Un amigo de Germán fue quien lo vio por última vez con vida. “Maduro, ¿adónde va usted tan bien puesto?” “A morir en combate”. Al cabo de tres días, en un burdel de Reinosa, el corazón del Maduro dio su último latido sobre el cuerpo de una joven prostituta a la que había avasallado con el ímpetu de un corcel brioso. Entre jadeos y estertores, la muerte se abrió paso atravesando un clímax prolongado que marcó una sonrisa indeleble en el rostro del cadáver. Entre alaridos de histeria, la trabajadora de servicios púbicos reclamó ayuda a sus compañeras de vicisitudes. Dos meretrices jóvenes y un cliente voluntarioso, con los pantalones a la altura de los tobillos, acudieron prestos a la demanda. El manoseado relato de los hechos, magnificada adrede la virilidad del interfecto, elevó la figura del padre de Germán a la categoría de héroe discreto, suficiente para que alguien recordase su nombre en la cantina y levantara bien alto un vaso de vino en señal de enaltecimiento. “¡Brindo por el Maduro, por sus santos cojones, por morir como un semental, por tirarse tres días follando! ¡Hasta siempre, cabrón!”.

Paca la cantinera le cogió apego a Germán. Él era su único valedor en horas aciagas, cuando las risas se mofaban de su obesidad y su ánimo se tambaleaba medio demolido entre carcajadas. “No prestes oídos a esos canallas —le decía Germán, casi ebrio—. Tú estás entradita en carnes, y así es como muchos hombres prefieren a las mujeres”. “¿Habéis oído al Madurico? —resonaba una voz desde la barra—, entradita, dice. Paca, tú ya estás salidita en carnes. Recuerda lo que te digo: el hombre que se case contigo jamás tendrá despensa”. La concurrencia agradeció la gracia con una seca risotada. “La belleza está en el interior”, espetó la cantinera luciendo mala cara. “A este paso la tuya habrá que desenterrarla con una pala”. Cuando las risas cesaron, Germán se dirigió en tono desabrido al dueño de la insultante garganta: “La sabiduría es muda porque la estupidez le robó la palabra”. Para desgracia de Germán, la voz calzaba grandes albarcas, en consonancia con su envergadura y el ancho de su espalda. El individuo mudó el gesto, borró la sonrisa de la cara y se plantó frente a Germán en cuatro zancadas. Este último, con aire somnoliento, se puso de pie dando un paso atrás, bamboleándose igual que una barcaza a merced de la tormenta. “¿No irás a golpear a un hombre borracho, que no se tiene en pie?”. La pregunta de Paca obró el resultado opuesto al deseado. “¿Apuestas un vaso de vino?”. El sonido de un golpe seco silenció la sala. Germán se desplomó en el suelo y la voz airada lo instó a levantarse: “¡Vamos, desgraciado, respalda con los puños tus palabras!”. Paca anduvo lista ofreciendo una jarra de vino a la voz iracunda. “Toma, malnacido, invita la casa”. “No te apures, deslenguada —replicó la voz aceptando la ofrenda—, un puñetazo es medicina para un hombre. Aunque vete tú a saber el efecto que produce en la chusma”. Germán se levantó del suelo sangrando por la nariz. Paca hizo ademán de auxiliarlo, pero él la detuvo con un gesto de la mano. Otra voz, menos corpulenta que la anterior, se alzó sobre el murmullo que reinaba en la estancia: “Madurico, no te vendría mal aprender a esquivar los golpes”. Esta vez la voz se quedó sola, nadie le rió la gracia. Germán abandonó la cantina a paso lento, con la mirada soterrada. Aquel puñetazo le había robado la poca hombría que aún atesoraba. Ya no se sentía un hombre. No podía alimentar a su familia, tampoco respaldar con los puños sus palabras. No se consideraba merecedor de un hueco en este mundo, ni de respirar el aire puro proveniente de la montaña. Esto es la vida, pensó de camino a casa, un calamitoso estado que mortifica a los vivos y hace soñar a los muertos.

 

Encarcelada entre picos altos, prados, riachuelos y villas, era el mundo una prisión, era la vida una desdicha.

Teresa Ladrón de Guevara,extracto de su poemario inédito

“Herido por un secreto en el costado,preso está el ángel de dolor”.

 

En verano las horas se estancan en la parva al son de cantos de cigarra y el sol se disfruta o se padece en ese tiempo cadencioso durante el cual el día se eterniza y el reloj tiende a detenerse. Pero el verano no solo agrada a la vida, también complace a la muerte. El calor acentúa en el olfato su presencia, aligera la descomposición de aquello que un día sostuvo esperanzas y miedos transformando el milagro en vacuo sinsentido. No es una fragancia. Es un hedor propio, inconfundible, que una vez olido pasa a formar parte del inventario olfativo del ser humano. Pero ya no era verano. Hacía tres semanas que el estío había sido arrinconado por esa otra estación de entretiempo que lo persigue. No, ya no era verano, mas era un día de otoño ardiente.

El abotargado y gelatinoso cadáver de Laura había sido envuelto en una sábana. Depositado sobre la mesa, impregnaba de hedor el chamizo de Pablo dotando a la estancia de una atmósfera sofocante, digna del mejor estercolero. La peste se había magnificado a consecuencia del calor pegajoso y de la evacuación de los líquidos procedentes del cuerpo en descomposición de la muchacha. El padre había reconocido el cadáver de su hija a duras penas, podría decirse que por eliminación. Algunos peces se habían ensañado con ella mordisqueando su carne, y la corriente había arrastrado el cuerpo por el fondo marino golpeándolo y desbaratándolo contra las rocas que amurallaban la costa. Por el sobrecogedor aspecto que presentaba el cadáver podía tratarse de cualquier otra mujer. Lástima que la verdad no fuese cuestionable. ¿Cuántas muchachas habían desaparecido de la aldea en los últimos días? No hubo espacio para albergar dudas, ni un resquicio siquiera. Pablo se convenció, atisbando cierta familiaridad en los rasgos de aquel monstruo, de que aquella masa inerte que se descomponía sobre su mesa era su amada hija Laura, por la que en silencio, sin ningún tipo de aspavientos, él hubiera dado la vida entera. Sin embargo, del mismo modo que Pablo jamás aprendió a exteriorizar el cariño, tampoco esta vez demostró la inmensidad de su dolor.

Los seres humanos son tierras de cultivo en donde resabiados ventajistas plantan extrañas ideas. Pero Pablo era mala tierra de labor: las tradiciones nunca arraigaron bien en los estériles caballones de su agrietada piel. Pablo había nacido con el símbolo del descreimiento tatuado en la cara. Su frente representaba un frontón, un muro enjalbegado en el cual rebotaban las ideas. Ni sabía de leyes ni discernía entre el Bien y el Mal, ¿para qué tomarse tantas molestias? Le bastaba con saber que Dios cabeceaba en su celestial trono dorado permitiendo con su siesta que la maldad enraizase en este descuidado mundo donde hombres poderosos y altivos hacían y deshacían a su antojo mientras otros, desheredados de pan y de tierra, se enorgullecían tontamente de ser siervos mansos, buenos cristianos y plácidos muertos a los que dar sepultura llegado el día.

Pablo sintió en su interior un vacío con olor a viejo. Nada tenía de nuevo la oquedad que sentía en el pecho, le recordaba la muerte de Mercedes. Los veinte años transcurridos desde que por primera vez lo invadiera aquella nada habían acentuado su indiferencia ante cuanto le rodeaba. Mas por inmenso que fuese el mundo, este sería incapaz de albergar su desolación.

Cuando la vida remeda a un sinsentido, ¿por qué aguardar a que los dolorosos días se eternicen bajo un sol de castigo? Mercedes, Laura, con ellas se había borrado el trazado del camino. Pablo se vio a sí mismo presidiendo una mesa vacía. Se imaginó como el último baluarte de una guerra perdida. Un barco con querencia por el fondo no precisa de los embates del oleaje para irse a pique; cualquier pretexto basta para abrir en él una vía de agua. En la mente de Pablo burbujearon ideas imposibles de desgranar en palabras: ¡Que hierva la sangre! ¡Que el mundo se consuma a fuego lento! El deseo de fuga lo asaltó con el mismo ímpetu que cuando murió Mercedes. Entonces fue Laura quien lo forzó a postergar la huída; ahora era el hormigueo de la venganza el causante del aplazamiento de tan premeditada evasión. “Solo es cuestión de tiempo —dijo en voz alta para desentumecer las cuerdas vocales—. La muerte tendrá que ser paciente”. Unos pasos titubeantes lo acercaron a la silla en que se desplomó. Tiró la cabeza hacia atrás y escrutó los desperfectos del techo. Entre las traviesas de madera carcomida apareció la imagen desdibujada de un niño. Pese a lo impreciso del esbozo, Pablo se reconoció a sí mismo a la edad de doce años.

 

 

El aguijón del hambre no había dejado de martirizar a Germán y al resto de su familia durante los últimos tres días. Nada sólido se habían llevado a la boca en ese periodo de tiempo y parecía un plazo más que razonable para que la púa del ayuno se aviniera a dejarlos en paz por el momento. La hermana pequeña de Pablo se contentaba con exprimir las secas tetas de su madre, para dormir a continuación con el vientre lleno de aire, extenuada por los infructuosos chupetones. La madre de Pablo mantenía las esperanzas puestas en el cielo al tiempo que acurrucaba a su hija susurrándole con anhelo: “No te preocupes, pequeña, Dios proveerá”. Mortificada por el suplicio de mirar con impotencia la extremada delgadez de sus retoños, Marta se palpaba las mamas desecadas. Para una madre existen pocos tormentos comparables al dolor inabarcable que provoca el hambre de un hijo. “Dios proveerá”, resonó en la mente de Pablo. Las palabras de su madre agrandaron el túnel cavernoso que le permitió retroceder y capturar una imagen distorsionada por la memoria: la figura evanescente de un niño reservado, de aspecto inconmovible, que concluyó para sí que ningún dios que se preciase se preocuparía lo más mínimo por la insignificancia de quienes moraban bajo la agrietada techumbre que cobijaba sus cabezas.

Pablo, henchido de determinación, cogió su tirachinas y un cuchillo mellado que por desuso dormitaba sobre la repisa de la chimenea. Se caló la gorra hasta las orejas, la ajustó tirando de la visera y salió de la casa dispuesto a ejercer de dios y ser él, definitivamente, quien proveyera de alimentos las bocas averiadas que habitaban la casa de sus padres, ese hogar construido en la periferia de la risa, en los aledaños de la dicha, lejos de la piedad de un dios hostil que residía en tierras limítrofes.

Transido de necesidad Pablo se encaminó hacia el coto de don Gervasio, donde la abundancia se había fortificado en una época marcada por toda clase de privaciones. La vida, en forma de todo tipo de mamíferos y aves, se prodigaba de manera inusitada en aquel vedado. Por supuesto nadie desconocía la amenaza que se cernía sobre quienes osaban traspasar las lindes del coto. Don Gervasio tenía por costumbre disparar sobre cualquiera que encontrase dentro de su propiedad, de ahí que en el pueblo se contara que más de uno de los aldeanos desaparecidos como por arte de magia, yacía bajo sus dominios, abonando su avara tierra, coloreando su hierba, pisoteado por sus botas con notable indolencia.

Poco importaba cuánto de verdad había en la leyenda. Pablo se armó de indiferencia y tiró monte arriba convencido de que hasta el último aliento todo es vida. Vida desigual, por cierto, ya que el oro determina su naturaleza. A los doce años Pablo dedujo que la vida había que pelearla, arañarla con uñas y dientes, y de ser preciso apurarla hasta el último hálito, por doloroso que este fuese. No fue filosofía barata. Fue el temprano convencimiento de que se puede morir de cualquier manera, respetable o no, pero jamás de brazos caídos, ofreciéndose como festín a los buitres en su buitrera. La muerte puede llegar súbita o lentamente, disfrazada de mil formas distintas, incluso hay veces que se presenta camuflada de idiotez —sí, a la muerte también le complacen ciertas extravagancias—. Llegado el momento, el rebelde se vuelve sumiso y se aviene a morir de cualquier modo, como si ese trance, puerta y muralla del infinito asombro que nos aguarda, careciese de importancia. Pero antes debería quebrarse el cielo y caer como cristal cortante sobre una humanidad impía, que ver morir a un solo ser humano por lacerante inanición.

 

 

Germán llegó a su casa con el labio hinchado, una ligera sensación de entumecimiento en la mandíbula y el orgullo bien pisoteado. Venía arrastrando su hombría desde la cantina, romanceando por el camino y lanzando desvaríos al viento. Ese hombro amigo es diestro en mecer quejas ajenas. Pero el viento ni quita ni da la razón, ¿por qué entonces el hombre acostumbra a descansar su cabeza sobre la gaseosa espalda del ente indiferente? Quizá sea porque es el único confidente que jamás cuenta tus lágrimas.

Un agradable e inesperado olor a comida penetró por los orificios nasales de Germán avasallando su órgano olfativo. Con la puerta abierta y un pie ya dentro de la casa, su invariable inercia a la metedura de pata le hizo detenerse, retroceder y cerrar la puerta con sigilo. Contempló con minuciosidad la fachada desconchada, los reconocibles desperfectos de la puerta y los visillos que había al otro lado de la ventana. Por si esto fuera poco, se giró y observó con detenimiento la empedrada cuesta, su empinado sendero de penitencia, y comprobó que las piedras que él conocía estaban allí, donde debían, para propiciar más de un tropiezo y alguna que otra caída. No había lugar a dudas: era su casa. El olor a conejo frito lo transportó en volandas a la cocina, donde el animal, troceado en la parrilla, era objeto de veneración por parte de su mujer y su hijo. “Pablo lo ha encontrado recién muerto en el monte”, se apresuró a explicar Marta, procurando dar cumplida respuesta a la pregunta agazapada tras la inexpresiva mirada de su marido. “¿Qué te ha pasado en el labio?” Germán negó con la cabeza y no dijo nada. Se limitó a sentarse en el borde de una silla e hizo un gesto a su hijo para que se le acercara. Pablo, con expresión contrariada, obedeció y se aproximó hasta estar al alcance de su padre. “¿De dónde ha salido el conejo?”. A Pablo se le pasó por la cabeza que los conejos salen de las conejas, al menos así tenía que ser para que la vida mantuviese su lógica con respecto a otros animales que él conocía. No era esa, pensó, la manera apropiada de responder a su padre, implicaba falta de respeto, por lo que decidió guardar silencio. Germán, antes de repetir la pregunta, se puso de pie y agarró a su hijo por los hombros. Esa imagen de violencia contenida provocó que a Marta le sobreviniera en la boca del estómago una tensión vieja y olvidada. Jamás había presenciado a su marido de aquella guisa, envalentonándose con su hijo, amedrentándolo con sus medidas de hombre. La madre salió en ayuda de su polluelo y lanzó sobre él un manto protector con forma de pregunta retórica. “¡Por Dios, Germán!, ¿de dónde quieres que salga un conejo, de una chistera?”. Cuando Germán reiteró la pregunta, se inclinó sobre Pablo en evidente actitud intimidatoria. “Lo encontré en el monte”, respondió el niño con un quebradizo hilo de voz. “Me pones en evidencia delante de tu madre y me humillas a ojos de este pueblo”. Germán colocó sus crispadas manos alrededor del cuello de su hijo, a modo de argolla. Ambos sostuvieron una mirada desafiante. Las pupilas de Pablo, dos pedazos de hielo negro mal disimulado, desprendieron una frialdad hasta entonces desconocida, apabullante. Por el contrario, en los ojos de Germán la tensión se esfumó al instante, reflejándose en su acuosidad el amor imponderable que sentía por su hijo. Al igual que hacía un rato en la cantina, de nuevo se sintió un pusilánime, aunque esta vez Germán se equivocaba. Buena parte del dolor que lo estrangulaba por dentro tenía su origen en una perla que crecía en sus entrañas. Porque sobre él había recaído el don de convulsionarse ante la belleza, de sentirse conmovido ante el sufrimiento ajeno, de amar la vida cualquiera que fuese la forma que la envolviese. Germán observaba la vida desde una distancia extraña. Mundos superpuestos, capas de cebolla. De tal forma observó la hierática estampa de su hijo, que atisbó en la rebotica de su mirada la figura de un hombre que vestía traje de niño, que se había echado al hombro sus pesadas alforjas y lo había suplantado en sus obligaciones. Según su costumbre cuando le asaltaba algún miedo, Marta había replegado los brazos sobre su pecho con los puños cerrados a la espera de acontecimientos. La tensión quedó liberada de inmediato al ver a Germán arrebujar en su pecho a Pablo, acariciándole el pelo terroso. “Ya eres todo un hombre, hijo. Haces que me sienta orgulloso”.

Mientras Virtudes, aún bebé, dormía en el cuarto de sus padres soñando con imponentes tetas de cuyos pezones manaba leche sin cesar, Marta, Pablo y Germán dieron buena cuenta del conejo sumidos en un silencio pecaminoso, mudo delator de conciencias revueltas. Marta pensaba en su Dios, el que había de proveerles algún día. Rumiaba su desasosiego por dentro deliberando si ese Padre severo los exculparía algún día por haber procurado sanar los arañazos del hambre a costa de incumplir el séptimo mandamiento. A Germán le costó digerir la sabrosa carne rebozada de sinsabores. Quién se hubiera atrevido a imaginar que aquel conejo había de abandonar esa mañana su madriguera para horas después atravesársele a Germán en la garganta y en los entresijos del alma. Por su parte, Pablo solo pensaba en conejos. Había muchos allá en el coto, donde había dado caza a este. Vaya suerte tener a mano un animal tan gustoso y fecundo, pensó, desgarrando la carne con los dientes.

Esa misma noche la vigilia ganó la batalla al duermevela en que últimamente se debatía Germán. A Marta la despertó el gemir hambriento de Virtudes. Apenas si se inquietó al descubrir que un hueco frío y hosco pernoctaba a su lado entre sábanas revueltas, como si el gélido aliento de la soledad se hubiera cebado con saña en su espalda. Marta atendió el llanto de su hija y se vació de nuevo en ella. Se sintió jarra que escancia parte de su contenido en un vaso que mañana será jarra del mismo modo que entonces lo era ella. De vez en cuando Virtudes le mordisqueaba el pezón, forzándola a enmascarar bajo un rictus de dolor la dicha que rebosaba su cara. “Chupa, hija mía —susurraba con dulzura—. Así, muerde con ganas, que pronto llegará el día en que mis pechos no sirvan para nada”. Una vez mitigada la avidez de la niña, Marta se dirigió hacia la tenue luz que emanaba de la cocina. Allí, desde el umbral divisó a Germán, de espaldas, hecho un ovillo sobre una silla. Lo imaginó sumido en profundas divagaciones de hombre, enzarzado en severos reproches hacia sí mismo. Marta avanzó descalza y lo rodeó hasta situarse frente a él. Germán, sin levantar siquiera la vista, alzó los brazos en señal de desvalimiento y buscó abrigo en aquel cuerpo de mujer cuya desnudez siempre le había maravillado.

—Me siento un completo inútil —gimió, entornando pesadamente los párpados.

—No has de preocuparte por nada —lo consoló su esposa, acariciándole la cabeza e invadiendo con sus largos dedos el bancal de pelo negro—. Dios proveerá.

—Me alegro de que Pablo no se parezca a mí —confesó Germán con voz derrotada.

—Pero qué tonterías dices, cómo no se te va a parecer; eres su padre.

—Pablo tiene más cojones que yo.

Los conejos siguieron llegando a través de una ruta suicida a tenor de la leyenda engendrada sobre la temible figura de don Gervasio. Magnífico pilar es el miedo para erigir sobre él una estatua. Marta penaba a escondidas disimulando temores, pagando la carne de conejo con horribles pesadillas. Germán languidecía vencido sobre una mesa de la cantina mientras su cauce interior era desbordado por una lágrima.

 

 

A base de observación, y también gracias a avistamientos fortuitos, Pablo había descubierto lo que podría describirse como un paso de conejos. Las cagarrutas le marcaban una senda imaginaria solo visible a sus ojos, así que sembró el trayecto de lazos-trampa y escudriñó palmo a palmo la zona a la búsqueda de madrigueras. Halló dos. Por temor a ser descubierto hacía la ruta solo un par de veces a la semana. Si la suerte se le daba de cara, en alguna de las trampas localizaba a un conejo extenuado. La vana pretensión del animal por zafarse de la cuerda lo llevaba primero al agotamiento y luego al más absoluto conformismo. Al menos eso creía leer Pablo en el meneo de bigotes del doblegado animal. “Aquí me tienes, soy todo tuyo. Ojalá te siente bien”. Entonces Pablo asía al considerado conejo por las patas traseras, lo sostenía en el aire con una sola mano y le asestaba puñetazos en el cogote hasta verlo sangrar por la nariz y percibir el cese de su movimiento. Durante dos meses todo fue a pedir de boca. La discreción de Germán y el sigilo con que Pablo ejercía su saqueo encubrían a la perfección el acto clandestino. ¿Quién podría echar en falta un par de docenas de conejos no existiendo sobre ellos ninguna clase de censo? Esto es una despensa abierta, pensó el muchacho. Lástima que la opinión del refranero sea diferente al respecto: “Tanto va el cántaro a la fuente...”. Tan ensimismado estaba Pablo destrabando la pata del inerte animal, que entre el resto de sonidos no distinguió las pisadas de unas botas camperas acercándosele por la espalda. De repente algo emitió un sonido típico de engranaje. Pablo jamás olvidaría el peculiar ruido que descubrió al escuchar amartillar un rifle.

—Mira por dónde voy a vengar la muerte de mi conejo —se oyó decir a una voz.

Pablo giró sobre sus talones con el conejo muerto colgándole de una mano. Ante sus narices apareció el reluciente cañón de una carabina de repetición. Al otro extremo del rifle, con la culata del arma presionada contra el hombro, se encontraba Anselmo, el hijo de don Gervasio. Para suerte de Pablo el joven que lo amenazaba no había heredado de su padre ni siquiera los andares. Pablo no era un chaval asustadizo. Ni se le pasó por la cabeza echar a correr. Se limitó a curiosear con la vista la mortífera arma que lo encañonaba.

—¿A que es la primera vez en tu vida que ves un rifle? Es un Winchester. Este ya ha matado a miles de indios. Se lo trajeron de América a mi padre. Vale más de lo que tú ganarías trabajando cien años.

Pese a que Anselmo y Pablo calzaban la misma edad, las diferencias entre ambos eran merecedoras de ser reseñadas. Mientras Pablo era delgado y fibroso, Anselmo andaba sobrado de carnes. Si el uno era parco en palabras, al otro le gustaba escucharse a sí mismo. Si Pablo tenía un concepto infravalorado acerca de su persona, Anselmo había sido educado en el subjetivismo más soberbio. “Escoria, hijo mío —así solían comenzar las dudosas lecciones que le impartía su padre—, no hay cosa que más abunde en este mundo que la escoria humana”.

—Suelta la pieza —Pablo obedeció y dejó caer el conejo al suelo—. Podría matarte aquí mismo, estoy en mi derecho. Las alimañas darían buena cuenta de ti, los cuervos se comerían tus ojos y aún quedaría chicha de sobra para empachar a los gusanos.

Anselmo escrutó el impasible rostro del joven cazador furtivo. Al aprendiz de petimetre le resultó un tanto extraño que sus amenazas no surtieran efecto alguno en Pablo.

—¿No vas a rogarme que te perdone la vida? —El tono de Anselmo evidenció cierto grado de nerviosismo.

—¿Serviría de algo?

—Andando, mi padre decidirá si echarte o no a los perros.

Pablo entró por primera vez en Quitapesares de la misma manera que lo hubiera hecho un prisionero de guerra. Conducido por su captor, con aspecto muy ufano este, fue conducido al despacho de don Gervasio, quien recibió a la pareja de chavales con indiscutible estupor.

—¿Qué diablos significa esto? —gruñó el cacique.

—Padre, lo he pillado en el coto, cazando conejos.

Don Gervasio, con los brazos en jarras, se plantó frente al rehén y clavó en él su devoradora mirada. Por primera vez en su vida Pablo se sintió sobrecogido por una sensación cercana al miedo: el mal poblaba la cara de aquel hombre.

—Mi familia pasa hambre y en el coto hay conejos de sobra —apuntó el chaval en su defensa con palpable desenvoltura.

—Parece que tenemos un ladrón con desparpajo.

Igual que si llevase a cabo parte de una liturgia, don Gervasio le tomó el rifle a su hijo y lo guardó en la vitrina destinada a tal fin, en el lugar preferente que tenía habilitado dicha joya. A continuación, desatendiendo por el momento a Pablo, se dirigió hacia su hijo y le sacudió un bofetón.

—Tengo un aprecio especial por ese rifle. Si lo vuelves a tocar sin mi permiso, te despellejo vivo. Tú —se dirigió entonces a Pablo—, bájate los pantalones e inclínate sobre mi escritorio.

Pablo, dócil como un cordero, siguió al pie de la letra las instrucciones recibidas. Una vez el joven hubo adoptado la posición indicada, ladeó la cabeza y observó a don Gervasio blandiendo en su mano una vara surgida de la nada.

—Los calzoncillos también.