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Solo amigos. Solo somos amigos. No, en serio. Arizona es solo es mi mejor amiga… Arizona Turner y Carter James son amigos inseparables desde los nueve años. Se lo han contado siempre todo el uno al otro y se han apoyado en todas sus "primeras veces". Y, por supuesto, han sido mutuo paño de lágrimas cuando las relaciones que han mantenido con otras personas han fracasado… Pero a lo largo de los años, a pesar de todo lo que han pensado los demás sobre ellos y su amistad, jamás han traspasado la línea. Nunca se les ha ocurrido. Nunca han querido... Hasta que una noche todo cambió. Así que quizá ahora… Solo amigos. Solo somos amigos. O eso seguiré diciendo hasta que averigüe si Carter sigue siendo "solo" mi mejor amigo.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Traducido por María José Losada
Título original: Sincerely, Carter/Sincerely, ArizonaPrimera edición: marzo de 2018Copyright © 2015 by Whitney G.Published by arrangement with Brower Literary & Management© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2018© de esta edición: 2018, Ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]: 978-84-16970-58-2BIC: FRD
Diseño de cubierta: CalderónSTUDIO
Fotografía de nuzza11/theartofphoto/stock.adobe.com
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Para Tamisha Draper.Eres, definitivamente, la mejor «mejor amiga» que nadie podría desear…¡Gracias por esas interminables reuniones en Starbucks y por todas las conversacionesque tuvieron como resultado este libro!(Y sí…, soy muy consciente de que el título fue idea tuya).(Y no, Chris Draper, tú ni pinchas ni cortas, da igual que seas su marido).
Carter
Todavía soy capaz de recordar con ese tipo de claridad que eriza el vello de la nuca el comienzo de toda esta historia. Al menos, cómo empezó para mí.
Tenía diez años, y mis padres —los James del 1100 de Joyce Avenue— habían organizado un banquete benéfico en casa. En mitad de aquella cena de mil dólares el cubierto, mi padre decidió dar un discurso que resultaba, a todas luces, innecesario.
Allí estaba él, con su metro noventa, sus ojos azules típicamente americanos e igual de codiciosos, hablando de que quería invertir dinero en que los menús de los críos de la escuela fueran más saludables. También quería conseguir que los niños tuvieran una buena educación, unos ideales justos y disciplina, ya que conocía a cierto chico (ese era yo) que no podía evitar meterse en problemas ni siquiera aunque su vida dependiera de ello.
Sin embargo, ninguno de esos ideales justificó sus siguientes palabras, cuando levantó la copa para brindar con los invitados presentes en la sala.
—Os considero amigos míos a todos los que estáis aquí, acompañándome. Si no sois amigos es solo porque sois familia, y la familia es para siempre. La principal razón por la que os estoy diciendo esto es porque mi padre, que en paz descanse, me enseñó una lección muy importante que me ha acompañado durante todos estos años: «Algunas personas entran en tu vida por una razón, otras por una temporada y otras para siempre».
Hubo muchos aplausos y vítores, y los sinceros «¡Es cierto!», «¡Cuánta razón tiene…!» de respuesta que crearon un murmullo en la habitación. Un poco después, uno de los invitados se inclinó hacia mí y me dijo:
—Tu padre tiene razón, ¿sabes? No te olvides nunca de lo que acaba de decir.
—¿Qué acaba de decir?
—Ha dicho que algunas personas entran en tu vida por una razón, otras durante una temporada y otras para siempre. —Sonrió—. No lo olvides nunca. —Me guiñó un ojo y luego se alejó.
Todavía no lo sabía, pero mi padre y su voluble admirador acababan de predecir prácticamente mi futuro…
Tiempo después de que mi padre hubiera pronunciado ese discurso, debió de considerar que ya no tenía ninguna razón para que mi madre y yo formáramos parte de su vida, porque nos abandonó a los dos. Algunos años más tarde, mi madre decidió que la maternidad había terminado ya para ella y que se había cansado de ejercer ese papel, que su verdadera vocación se encontraba en los pubs y en los casinos. En cuanto a lo de «para siempre», solo se me ocurría una persona que nunca se hubiera alejado de mí…
Carter
Estimada señorita Carpenter: Siento haberme portado mal ayer en clase. No quise provocar un disrruptamiento, y también siento que se hayan roto sus mejores rotus, pero no soy capaz de arrepentirme de verdad por odiar a Arizona Turner. Es fea y habla mucho. No sé por qué no la manda nunca al despacho del director como a mí. Ella también se merece un castigo, y espero que mañana muera, así no tendré que volver a ver su horrorosa boca llena de hierro. Sinceramente, Carter
Le entregué sonriente la carta a mi madre, esperando que esta vez estuviera bien y no me obligara a escribirla de nuevo.
Estaba harto de que Arizona me metiera siempre en líos y luego se riera de mí. Ella se creía que era muy lista porque siempre sabía las respuestas a todas las preguntas que hacían en clase, pero yo también las sabía. En especial porque me había enterado de dónde guardaba las preguntas el profesor, y las miraba siempre a la hora del almuerzo.
Mis padres y los de ella se conocían personalmente porque siempre tenían que ir a reuniones porque yo siempre la «fastidiaba» y la «hacía llorar». Sin embargo, nadie me creía cuando decía que era ella la que empezaba.
«Y siempre empieza ella…».
—Carter… —Mi madre respiró hondo y negó con la cabeza—. Esta nota es horrible. Todavía es peor que las tres anteriores.
—¿Cómo? Si no he insultado a Arizona ni una sola vez. Solo he puesto que quiero que se muera.
—¿No crees que cada vez que la llamas fea estás hiriendo sus sentimientos?
—Es fea.
—No, no lo es —aseguró mi padre, entrando en la habitación—. Es posible que los brackets sí lo sean, pero ella, en conjunto, es una niña preciosa.
—¿Lo dices en serio? —solté observándolo con estupor.
Mi madre lo miró, y él se rio.
—Lo siento. —Se acercó y me dio unas palmaditas en la espalda—. No está bien que le digas a nadie que es feo, hijo. Y da igual que la odies. Tienes que intentar pasar de Arizona. Es la quinta vez en el curso que te metes en líos por su culpa.
—La octava —lo corrigió mi madre—. La semana pasada la empujó cuando estaba en el columpio.
—¿Qué ha hecho esta vez? —preguntó mi padre, mirándome.
No le respondí; clavé los ojos en el suelo.
—Se levantó en medio de una prueba de matemáticas y se puso a decirle «Te odio, Arizona» —explicó mi madre—. Luego cogió el examen de esa pobre niña, hizo una bola con él y lo lanzó al otro lado del aula… Además, tiró al suelo los rotuladores favoritos de la profesora.
Mi padre suspiró al tiempo que negaba con la cabeza.
—No hables nunca más con esa chica, ¿vale? Ni siquiera la mires. Tienes que aprender a ignorarla pase lo que pase. Algo me dice que, de todas formas, no será una de las personas que formen parte de tu vida. Es alguien de paso, por lo que pronto desaparecerá. Créeme.
—Me alegra ver que por fin actúas como un adulto sobre este tema —le dijo mi madre. Luego rompió la nota por la mitad y se concentró en mí—. Ahora, siéntate y escribe una carta apropiada a tu profesora y otra todavía mejor para Arizona. Dile que no volverás a ser malo con ella. A ver si se te ocurre algo agradable que decirle. ¿Qué te parece si mencionas lo bonitos que son los vestidos que lleva?
Lancé un gruñido, pero cogí el lápiz y empecé a escribir.
Tuve que redactar cinco notas más antes de que quedara bien, dado que ella se las arreglaba para que las palabras «estúpida», «odio» y «morir» salieran de mi boca cada dos por tres, pero al final conseguí que quedara perfecta cuando era medianoche. Luego me prometí a mí mismo que una vez que se la entregara a Arizona, por la mañana, no volvería a hablar con ella nunca más…
Al día siguiente, en la escuela, puse la lamentable nota en el escritorio de la profesora a primera hora y fui hasta la última fila, donde me desplomé en la silla. Luego saqué la libreta con la tarea de la mochila e intenté terminar algunos ejercicios de matemáticas antes de que empezara la clase.
Conté cuatro veces siete con los dedos y vi que Arizona se sentaba a mi lado.
—Buenos días, Carter —me saludó.
Fingí que no la había oído.
—¿Carter? —Me tocó el hombro mientras escribía «28» en el papel—. ¿Eh? —Me dio una palmada un poco más fuerte—. ¿Carter? ¿Carter?
—¿Qué? —La miré finalmente.
—¿No tenías que entregarme algo hoy? ¿Algo importante y amable? —Me sonrió con esa enorme boca llena de metal.
«Aggg… Es tan fea…».
—No.
—¿No te dijo tu madre que debías escribirme otra disculpa? —Se cruzó de brazos—. Porque esta mañana le ha dicho por teléfono a la mía que lo habías hecho.
—Bien, pues tu madre debe de ser tonta y ha debido de entenderla mal, porque no he escrito nada para ti.
—¿Qué? —Jadeó—. ¡Retira eso o se lo diré a la profesora!
—¡Venga, chívate! —Me encogí de hombros, esperando que levantara la mano y me acusara, como siempre.
Pero no lo hizo. Me miró mientras metía la mano en el bolsillo; luego lanzó un papel doblado sobre mi pupitre.
Quise arrugarlo hasta hacer una bola y arrojárselo a la cara, como debería haber hecho el día anterior, pero lo abrí y lo leí.
Querido Carter: Lamento haberme portado mal contigo y haber roto ayer los rotus de la señorita Carpenter, pero no me arrepiento de odiarte. Eres feo y hablas mucho. Siempre acabo metiéndome en líos porque tú no eres capaz de quedarte callado, y crees que lo sabes todo, pero no es así. De verdad, me encantaría que te atropellara un autobús porque apestas. ¡Apestas! Mis peores deseos. Arizona
Nos hicimos amigos ese mismo día.
Blank space (3:47)
Carter
En la actualidad
«El sexo ya no es suficiente…».
Negué con la cabeza mientras mi novia, Emily, me perseguía dando vueltas a mi alrededor por la playa. Cubierta con un brillante bikini rojo, sonreía mientras me salpicaba, atrayendo la atención de todos los chicos cercanos. De vez en cuando, cuando le devolvía la sonrisa, cogía la cámara que llevaba colgada de la muñeca y se detenía junto a mí.
—¡Hora de un selfie! —gritaba sosteniéndola sobre nosotros—. ¿Quién es la mejor pareja del mundo?
Si era sincero, todo lo que concernía a esta chica era jodidamente perfecto por fuera: era preciosa, con los ojos verde claro y labios jugosos; tenía una risa contagiosa que era capaz de arrancar una sonrisa incluso a la persona más seria, y su sentido del humor era muy parecido al mío. Tenía una personalidad burbujeante y natural que conseguía que cualquiera la considerara su mejor amiga desde el momento en que la conocía, y cuando se cerraban las puertas del dormitorio, su deseo sexual era tan intenso como el mío.
Pero ahí terminaban todas sus buenas cualidades, algo que, para mi desgracia, descubrí demasiado tarde.
Su verdadera personalidad comenzó a aflorar unos meses después de empezar a salir en serio… Primero averigüé que su carácter burbujeante no era natural, sino un efecto secundario provocado por la sobredosis de Adderall, un medicamento que se usaba para la hiperactividad y que ella tomaba sin receta. Después descubrí que tenía la costumbre de enviarme mensajes de texto a cada hora tipo «Te echo de menos, cariño, ¿dónde estás?» cuando no estábamos juntos. Si no le respondía en menos de tres minutos, me enviaba un aluvión de mensajes: «¿Estás muerto? ¿Estás muerto?». Y, finalmente, la razón por la que tarde o temprano iba a poner fin a esta relación era su nuevo y extraño fetiche sexual: le gustaba arrastrarse por la habitación a cuatro patas y ronronear como un gatito antes y después de practicar sexo. Incluso maullaba cuando se corría.
Eso era algo que no iba a poder manejar a largo plazo…
—¡Eh, tú! —Me salpicó, arrancándome de mis pensamientos—. ¿En qué estás pensando?
—Uff… En un montón de cosas —admití.
—Por eso me gustas, Carter. —Sonrió—. Siempre tienes pensamientos profundos, intensos… —Sostuvo la cámara sobre nosotros—. Selfie de pensamiento profundo.
—Por cierto… —Esperé hasta que hizo la foto—. ¿Preparada para regresar?
—¡Casi! Dame cinco minutos más. Quiero meterme más en el agua y sentir las olas contra mis pechos una última vez.
Asentí moviendo la cabeza y la miré mientras se adentraba en el mar, haciéndome señas para que me uniera a ella. Sin embargo, me limité a forzar una sonrisa y permanecí atrás. Todavía seguía pensando, preguntándome por qué jamás podía superar la marca de los seis meses con ninguna mujer con la que saliera, por qué nunca encontraba las ganas necesarias para mantener relaciones más largas.
—¡Vale! —Emily se reunió conmigo en la orilla—. Ya estoy preparada para regresar si quieres, Carter. Además, sé en qué estás pensando exactamente… —Apretó la mano contra mi entrepierna—. Miauuu…
«¡Dios!».
Le moví la mano y se la sujeté, tirando de ella hacia mí.
—¿Qué te parece si vamos mañana a los Everglades? —preguntó.
—Creo que es mejor que lo hablemos mañana… De hecho, tenemos que hablar de muchas cosas.
—Ohhhh… —Me apretó la mano—. Me parece que por fin me vas a dejar entrar en tu corazón para contarme todos tus profundos y oscuros secretos…
—No tengo ningún secreto profundo y oscuro.
—Bueno, sea lo que sea eso de lo que quieres hablar mañana, ¿podemos no hacerlo en Gayle’s?
—¿Qué? —La miré y arqueé una ceja—. ¿Por qué?
—Porque, aunque sé que te encanta la comida de allí tanto como a mí, odio ese lugar. No siento que sea nuestro sitio, ¿sabes?
—No sé si…
—No podemos decir que sea nuestro sitio, ¿entiendes? Cada pareja necesita un lugar que sienta como su sitio especial. Hablando de eso, se me ha ocurrido que deberíamos publicar más fotos de nosotros dos juntos en Facebook. Voy a subir una foto de lo que desayunamos hoy, ¿qué te parece este pie?: «¡Dios mío, mi novio me ha sorprendido trayéndome a la playa! Hashtag, me ama, hashtag, no te pongas celoso, hashtag, siempre gasta su dinero en mí».
—La playa es gratis…
Ignoró mi comentario y continuó balbuceando, pasando de nuestros perfiles en las redes sociales a las ganas que tenía de follar conmigo esta noche, aunque en el momento en el que regresamos a mi apartamento, se hundió en la cama y se durmió.
Aliviado, cogí una cerveza en la nevera y apoyé la cadera en la encimera. Tenía que pensar en cómo iba a cortar con ella mañana. Necesitaba ir al grano, directo y rápido.
«No eres tú, soy yo…». «No sé si realmente soy el hombre que estás buscando…». «Mira, está bien, es por ese rollo tan raro que haces del gato…, —no, no, tengo que ser diplomático al respecto—. Mmmm…».
Busqué en Google «Las diez mejores maneras de cortar con alguien», pero el navegador se bloqueó cuando recibí una llamada telefónica de mi mejor amiga, Arizona.
—¿Hola? —respondí.
—Miauuuu… —susurró—. Miau…. ¡Miau!
—Que te jodan, Ari.
Se rio.
—¿Estás ocupado en este momento? ¿Interrumpo algo?
—En absoluto. —Entré en el dormitorio y di un golpe en la pared para ver si Emily se despertaba—. Acabamos de regresar de la playa. Emily ha caído en coma en cuanto hemos llegado.
—¿Ha comido demasiada hierba para gatos? Es lo que me suele pasar a todas horas…
—Ari, ¿hay algún motivo para que me hagas esta llamada?
—Lo hay…, lo hay… —Soltó una risita—. Lo hay.
—¿Te importaría compartirlo conmigo antes de que te cuelgue?
—Sí… Creo que por fin me he decidido: voy a tener sexo con Scott esta noche.
—Vale. Pues entonces, folla con Scott esta noche.
—No, no, no… —Ahora su tono era más serio—. No estoy segura de si debo hacerlo o no, ¿sabes? Y he notado algunas vibraciones…
—¿Qué tipo de vibraciones?
—Que quizá no sea una buena idea, que no es el momento adecuado.
Suspiré. Arizona siempre tenía que pasar una especie de examen interno cada vez que consideraba mantener relaciones sexuales con un chico. Todo tenía que medirse en términos de riesgos y rendimientos…, incluso la intensidad de los besos, la duración y calidad de las citas y el «factor relación» a largo plazo. Aunque ella lo negaba, sabía que tenía una hoja de cálculo en el móvil para medir todos esos ridículos puntos, y comenzaba una nueva cada vez que salía con alguien.
—Mira —le dije—, si no quieres acostarte con él, no lo hagas. Dile que todavía no estás preparada.
—¿De verdad? ¿Crees que le va a parecer bien? Llevamos juntos ocho meses.
—¿Qué? —Casi me atraganté con la cerveza—. ¿Ya han pasado ocho meses?
—¿Ves? Esa es la cuestión, y sé que él piensa que esta noche vamos a seguir adelante, pero… no sé. No estoy segura de si vale la pena el riesgo. No quiero volver a quemarme.
—Espera un minuto… —Negué con la cabeza—. ¿Dónde te encuentras en este momento?
—En el apartamento de Scott.
—Entonces, ¿dónde coño está él?
—Ha ido al supermercado a comprar condones.
—Al menos piensa con la cabeza… —Puse los ojos en blanco—. En serio, si no estás segura al cien por cien, dile lo que acabas de decirme a mí. Lo tendrá que entender.
—¿Y si no lo hace?
—Búscate a alguien que sí lo haga.
—Vale —repuso—. ¿Sigues pensando en cortar con Emily este fin de semana o vas a darle una segunda oportunidad para que funcione?
—No. —Me acerqué a la puerta del dormitorio y la cerré antes de responder—. Se acabó, es definitivo. Ya no siento nada por ella, y me he hartado de todas las discusiones, de su locura errática y de tener que darle cuenta de lo que hago cada hora.
—Es la cuarta vez que rompes con alguien en un año. Creo que ha llegado el momento de que pases de novias.
—No te preocupes —dije—. He aceptado por fin que no me van las relaciones, y se lo dejaré muy claro a todo el mundo a partir de mañana. Tengo que disfrutar de la vida y de mi soltería antes de empezar en la escuela de leyes.
—Entonces, ¿estás diciéndome que este verano te vas a acostar con cualquiera?
—No, solo lo estoy insinuando. —Sonreí—. Es diferente.
—La verdad es que no creo que… ¡Oh! ¡Tengo que dejarte! Scott acaba de aparcar delante de la entrada, así que te llamaré por la mañana. ¡Adiós!
Colgué y cogí otra cerveza en la nevera. Cuando estaba cerrando la puerta, un plato pasó silbando junto a mi cabeza, a escasos centímetros de mi oreja. Impactó contra la pared y cayó al suelo.
—¿Qué coño…? —Me di la vuelta y vi a Emily, con la cara muy roja—. ¿Qué cojones te pasa?
—¿A mí? —Me lanzó otro plato y falló—. ¿Qué me pasa a mí? ¡Querrás decir qué te pasa a ti!
—En este momento solo uno de los dos está usando los platos como posible arma homicida.
—¿Vas a cortar conmigo mañana? ¿Solo unos días antes de la graduación?
—Si te digo que sí, ¿vas a dejar de lanzarme los platos?
Y tiró otro, que aterrizó cerca de la cocina.
—Pensaba que íbamos a marcharnos juntos de vacaciones este verano. Tenía planeado un montón de selfies y de sexo, pero de repente ¿quieres tirarlo todo por la borda? ¿Así como así? —Hablaba más rápido que nunca—. Sé que te envío mensajes de texto todo el rato, pero solo porque me preocupo y me gustas mucho, y soy periodista, así que veo cosas cada día que te volverían loco… La gente muere todos los días, Carter. Todos. Los. Días.
—Vale… —Negué con la cabeza—. Dime, ¿cuántas pastillas de Adderall te has tomado hoy?
—Dejando a un lado ese futuro perfecto, ¿quieres cortar conmigo y tengo que enterarme mientras hablas por teléfono con otra persona? ¡Eso es una mierda, Carter! ¡No es ni medio normal!
—Tienes razón. —Levanté las manos en señal de rendición—. Y lo siento mucho, pero sí, pensaba cortar contigo mañana. Bueno, en realidad, ahora mismo… —Me decidí por la salida más diplomática—. No es por ti, soy yo…
—¿Lo dices en serio?
Me incliné por la opción diplomática dos.
—Sencillamente, creo que no soy el hombre que estás buscando.
Se mantuvo en silencio durante un buen rato, mientras me miraba con total incredulidad. Esperaba que no intentara convencerme para seguir, porque si fuera así, tendría que argumentar la razón menos diplomática de todas y esquivar más platos.
—¿Sabes qué? —Dejó la vajilla a un lado y se colgó el bolso del hombro antes de acercarse a mí—. Debería haberlo visto venir; debería haber sabido que jamás me entregarías tu alma como yo te mostré la mía.
—No me importa que pases aquí la noche —la invité, feliz de que lo aceptara tan bien—. No pensaba echarte sin más. Mañana puedo llevarte a tu casa.
—¡Oh! No me digas…, ¿ahora te da por ser un caballero? —siseó—. ¡Por favor…! Mi mejor amiga está esperándome ahí fuera.
—Bueno, en ese caso… Lo siento, no ha funcionado.
—En realidad no es así —aseguró, acercándose—. No lo sientes porque en realidad no quieres tener novia, Carter. Jamás has querido tenerla. ¿Y quieres saber por qué?
Salió de sus labios un leve ronroneo, haciendo que me convenciera todavía más de que lo mejor que podía hacer era poner fin a esta relación.
—Venga, pregúntame por qué —insistió, dándome un golpe en el hombro—. ¡Pregúntame por qué no quieres una maldita novia!
—¿Por qué no quiero tener novia, Emily?
—Porque ya la tienes… Siempre la has tenido… —Me golpeó con más fuerza—. Se llama Arizona Turner.
Arqueé una ceja, confundido por completo.
—Así que vete a follar con ella, y espero que tu polla enana…
—Cuando me montabas ayer te parecía enorme…
—¡Da igual! ¡Que te den por culo, Carter! —Me volvió a golpear el hombro y se dirigió hacia la puerta lateral. Allí dio un par de vueltas a la llave al tiempo que empujaba y tiraba de la manilla.
—Tienes que salir por la puerta principal —dije sin moverme—. He puesto una cerradura nueva, ¿recuerdas?
—Ah, sí… Me había olvidado de eso. ¿He llegado a decirte que me encantan las nuevas cerraduras que has elegido? —Se dirigió a la puerta de entrada y la abrió mientras me miraba por encima del hombro—. Me gustan mucho, muy artísticas y originales. ¿Cuánto has pagado por ellas?
La miré impasible.
—Bien, entonces… —dijo, volviendo a cabrearse—. Adiós, Carter James… Y repito, que te den por culo, con algo áspero y rugoso a ser posible.
Inevitablemente, dio un portazo.
Entré en el dormitorio para comprobar los daños, imaginando que había dejado la marca de su venganza en alguna parte, y así era. Las imágenes que había colgadas en las paredes, las únicas que poseía de mis padres, estaban en el suelo. Incluso había logrado abrir los cajones del escritorio y tirar todo lo que contenían sin hacer demasiado ruido.
«¿Por qué me sigo haciendo esto?».
Molesto, aunque aliviado al saber que pasaría la noche solo, coloqué todo en su lugar, colgando las fotografías antes de nada.
Cuando terminé de guardar los lápices y bolígrafos, noté que me vibraba el móvil en el bolsillo. Era Arizona, otra vez.
—¿Sí? —Lo sostuve contra la oreja—. ¿Quieres que te explique los conceptos básicos del sexo? Sé que ha pasado mucho tiempo, pero no es tan difícil…
—¡Scott me ha dejado!
—¿Qué?
—¡Me ha dejado! ¡A mí! —resopló—. Pero ¿sabes qué? Te llamaré mañana y te lo contaré entonces, después de que me calme. No quiero que Emily te acuse de tener sexo telefónico conmigo.
—Emily ya se ha marchado. —Me puse a buscar las llaves del coche—. Podemos hablar.
—¡Dios mío, entonces, deja que te diga que…! —La coherencia de su discurso terminó en ese mismo momento. Cada vez que me contaba la ruptura con un novio, soltaba una interminable diatriba de maldiciones, de «¡Oh, qué cabrón!», de «¡No me lo merecía!», «¡Me echará de menos!» y cosas por el estilo. Quejas variadas antes de que comenzara a sonar inteligible.
—Ari… —la interrumpí antes de que lo llamara imbécil por enésima vez—. Cuéntame lo que ha ocurrido…
—Vale… —Cogió una bocanada de aire—. Regresó con los condones y, de repente, estábamos medio desnudos, besándonos, a punto de hacerlo… Muy cerca… Pero he vuelto a sentir esas extrañas vibraciones, así que le he dicho que se detuviera, que no estaba preparada. Le he explicado que necesitaba un poco más de tiempo para asegurarme de que estábamos haciendo lo correcto. Luego he añadido: «Además, Carter piensa que…».
—Guau, guau, guau… —Me detuve, encontrando por fin las llaves del coche—. ¿Me has mencionado a mí?
—Sí, ¿por qué no? Le he contado eso que has dicho tú sobre que debo estar segura al cien por cien antes de acostarme con alguien. Entonces añadió: «Está bien, eso es todo. Hemos terminado. Vete de aquí».
—No te ha dicho que te largaras, Ari. Estás exagerando.
—¡Lo ha hecho! —Sonaba cabreada de nuevo—. De hecho, cuando estaba atravesando la puerta, ha dicho que dado que siempre te tengo que estar pidiendo consejo para todo, debería ir a follar contigo.
Silencio.
Y, de repente, los dos empezamos a reírnos de forma histérica.
—No te ofendas —dije, sin dejar de reírme—. Pero jamás follaría contigo, y qué quieres que te diga de la idea de mantener una relación contigo…
—Querrás decir que yo nunca saldría contigo. No solo porque serías el peor novio de la historia, sino que tampoco eres mi tipo.
—Sin duda. —Abrí el localizador de calles del móvil—. Porque resultar muy sexy, estar musculoso en donde se debe y poseer la capacidad de conseguir que una mujer quiera acostarse conmigo después de la primera cita son cualidades que a ti te parecen desafortunadas por alguna razón que yo…
—¿En serio? ¿Te estás escuchando? —se burló—. Por favor, para que conste, mis cualidades son mucho mejores y no tienen en consideración a los hombres con la misma mentalidad que tú: soy inteligente, ingeniosa y con talento en algún lugar además de la lengua.
—Te has olvidado de tu mayor cualidad.
—¿Cuál?
—Que llevas grabada en la frente la etiqueta «no me interesa follar».
Se rio, y oí que llamaban a la puerta.
—Espera un segundo. —Sostuve el móvil contra el pecho y me acerqué a la puerta de entrada, rezando para que no fuera Emily.
No lo era.
Era Ari, con los ojos rojos e hinchados.
—Dado que Emily se ha largado, ¿puedo dormir en el sofá? —preguntó al tiempo que entraba—. No tiene sentido que vuelva a casa a esta hora y, sinceramente, me parece un poco mal que no te hayas ofrecido a llevarme, ya que te he dicho que Scott me ha echado. Sabes que su apartamento no está lejos del tuyo.
—En realidad, estaba preparándome para ir a buscarte. —Finalicé la llamada.
—Claro que sí. —Clavó los ojos en mi brazo—. ¿Te has hecho otro tatuaje? —Me tocó la piel, pasando los dedos por la última frase grabada en ella, un conjunto de palabras latinas que se ocultaban entre el vello de mi antebrazo—. ¿Cuándo has ido?
—La semana pasada. Ya te comenté que estaba considerándolo.
—Por lo que parece, no solo estabas considerándolo… —Siguió de nuevo las líneas con la punta del dedo—. Me gusta. Aunque vas a tener que usar traje durante tu vida profesional. A nadie le gusta contratar a un abogado con el brazo cubierto de tatuajes.
—Eso lo dices tú. —Cogí una manta del armario del pasillo y se la tendí—. Puedes dormir en mi habitación. Yo lo haré aquí; necesito pensar.
—¿En cómo romper con Emily?
—No, eso ya lo he hecho. Nos ha oído hablar por teléfono, así que me ha dejado justo antes de que me llamaras otra vez.
—¡Guau! Un día memorable para los dos… —La vi fruncir el ceño, pero rápidamente recuperó su optimismo habitual—. ¿Te apetece que hagamos el sábado un desayuno tardío en Gayle’s?
—Claro. ¿A las doce?
—En realidad, ¿te importaría que fuera a la una? —Empezó a andar hacia el dormitorio—, a las doce tengo cita para hacerme la cera en las ingles.
—¿Por qué te depilas en una parte que no ve nadie?
—Yo la veo.
—Mmm…. Me parece que esa es la verdadera razón de que no quisieras acostarte con Scott esta noche. Que tenías ahí abajo un matojo que no querías que él viera.
—¿Cómo? ¿Qué has dicho?
—Te conozco muy bien, Ari. —Sonreí—. Y me has oído de sobra. ¿Es esa la verdadera razón?
—Carter…
—¿Cuánto tiempo hace que te conozco? ¿Desde quinto de primaria?
—Desde cuarto.
—Es lo mismo —añadí, notando que tenía las mejillas levemente sonrojadas—. Puedes confesármelo. No pienso juzgarte. Pero te sugiero que mantengas bien recortadito tu matojo en vez de dejarlo para el último momento.
—Incluso aunque tuviera un matojo —replicó, poniendo los ojos en blanco—, algo que no tengo, te aseguro de que esa no es la razón que se oculta detrás de echarme atrás para no mantener relaciones sexuales con un chico, en especial mi novio, en el último momento.
—Mejor —dije—. Porque a la mayoría de los tíos, incluido yo, eso no les importa. Y dado que parece que seguramente no tendrás sexo en otros ocho meses, te puedo ahorrar algo de dinero. Quizá deberías guardarte lo que pensabas gastarte en hacerte la cera y comprarte un buen vibrador.
Cerró de golpe la puerta del dormitorio, y yo me reí hasta quedarme dormido.
Wildest dreams (3:54)
Arizona
¿Por qué nadie te dice que las optativas que más te gustan en el segundo curso de carrera pueden ser las mismas materias que acabas odiando el último año de la universidad? ¿Y cómo puede alguien esperar de verdad que un joven de diecinueve años sepa lo que quiere hacer durante el resto de su vida y tome una decisión acertada?
«Es ridículo… ».
En algún momento entre Microeconomía y Legislación tributaria 101 del tercer curso, me di cuenta de que odiaba la economía o, al menos, que odiaba la idea de trabajar en un despacho durante el resto de mi vida. Aunque podía elaborar una hoja de cálculo y tablas de estadísticas como casi nadie, hacerlo me aburría. Me resultaba insoportable y absolutamente aburrido.
No me di cuenta de cuál era mi verdadera pasión hasta que empecé a hornear cupcakes para lograr superar una intensa clase de derecho tributario. Los llevé al grupo de estudio y mis compañeros los devoraron en segundos, así que hice más. Luego me ramifiqué y comencé a cocinar más cosas.
Al principio, me limitaba a los dulces más sencillos: bizcochos variados, galletas, brownies… Luego me enfrenté a recetas más complicadas: éclairs glaseados, mediasnoches rellenas, gofres de crema…
Cuanto más experimentaba, más feliz estaba, pero no me lo tomé realmente en serio hasta un día que mi madre me hizo reflexionar al respecto. Le hice un soufflé de naranja para Navidad, y le gustó tanto que ofreció un poco a los vecinos para que lo probaran. Incluso llamó a mi novio para que tomara un poco.
—Mmm… Es comestible —dijo él.
Aun así, supe que mi amor por el arte culinario llegaba demasiado tarde. Así que en vez de cambiar de especialidad, me quedé en la facultad de económicas, y cada vez que tenía un rato libre, asistía a clases en la escuela de cocina que había en la playa: el Instituto Culinario Wellington.
Todos los sábados y domingos, iba al centro y me sentaba en el fondo del aula, donde cogía notas como si estuviera matriculada en la escuela. Los días que había clase en la cocina —es decir, prácticas pagadas—, fingía ser estudiante de secundaria que estaba haciendo una investigación para un proyecto escolar.
Que era lo que me encontraba haciendo en ese momento.
—No olvidéis que la calificación se hará en función de cómo hagáis la preparación de las capas del croissant —comentó el profesor desde la parte delantera del aula—. Tienen que ser crujientes, pero muy esponjosas, y jamás deben resultar pegajosas… También tenéis que esforzaros mucho en el diseño personal: lo que más se valorará será la originalidad. No os limitéis a copiar a nadie o tendréis un suspenso ipso facto.
Vi que la joven que tenía delante revolvía la mezcla y añadía unas cuantas cucharadas de azúcar. Probó la masa y negó con la cabeza antes de verter un poco más.
—Eh… —susurré—. Oye…
Me miró por encima del hombro.
—¿Qué?
—No debes echarle más azúcar.
—¿Y tú cómo lo sabes, gorrona?
Puse los ojos en blanco.
—Porque todavía tienes que freírlo y salpicarlo con azúcar glasé, y además, aún quedaría el relleno, que también lleva azúcar. Si usas más, la persona que haga la cata va a caer en coma diabético.
Dejó el azucarero a un lado y se puso a revolver de nuevo. Aliviada, miré por encima de su hombro para poder ver el resto de la preparación del plato.
Mientras escribía la lista de ingredientes, sentí que me tocaban el hombro.
—¿Sí? —No levanté la vista porque estaba anotando las medidas de la masa. Cuando estaba escribiendo la última línea, me arrancaron el cuaderno de las manos y me encontré cara a cara con una mujer vestida de negro. Llevaba la palabra «Seguridad» estampada en el pecho con unas letras enormes y me miraba con los brazos cruzados.
—¿Qué está haciendo aquí de nuevo, señorita Turner? —me preguntó con los labios apretados.
—Estoy… —Me aclaré la garganta y me senté—. Estoy tomando notas para el informe del libro.
—¿El informe del libro?
—Sí —confirmé—. Es un informe de un libro muy importante para el instituto. El instituto de secundaria.
—¿Y a qué instituto se supone que vas?
—El instituto Pleasant View.
—¿Asistes a ese instituto aunque lleva cerrado cincuenta años?
«Mierda».
—Quería decir el instituto Ridge View… —Lo había buscando antes en Google.
—Todos los institutos están cerrados en verano. El curso terminó el viernes pasado. —Chasqueó los dedos, indicándome que me levantara—. Vámonos. Ya conoces la rutina…
Me puse en pie y cogí la libreta para seguirla fuera de la habitación, al pasillo.
—¿De verdad es para tanto que asista de oyente en unas clases y tome algunas notas? —pregunté—. ¿A quién estoy haciendo daño?
La miré mientras pasaba la tarjeta por la plataforma que había junto a la puerta.
—¡Fuera!
—Espere… —Di un paso al exterior—. Si le ofrezco veinte dólares, ¿puede volver ahí dentro y decirme qué tipo de masa usan para los cronuts especiales? ¿Quizá pueda enviármela por correo electrónico?
Me cerró la puerta en las narices.
«Uff… ».
Me guardé el cuaderno en el bolso mientras oía una risa que me resultó familiar. Levanté la vista y vi que era el profesor del curso de coordinación de recetas.
—¿Le parece gracioso? —pregunté con audacia—. ¿Le parece gracioso que echen a alguien de clase?
—Lo es. —Se rio todavía con más fuerza sin dejar de mirarme—. Y no te han echado de clase, te han expulsado, porque te vi entrar esta mañana.
—¿Me ha delatado? Y yo pensando que le caía bien… Nunca se había chivado.
—Y me caes bien —aseguró—. Pero hoy tienen un examen, y la suerte está echada. ¿No te has dado cuenta de la relación directa que hay entre las veces que te ha echado fuera seguridad y las que no?
Lo miré aturdida.
—Eso es… —dijo, dándome unas palmaditas en el hombro—. Todos apreciamos la pasión que muestras, pero los exámenes son solo para los que han pagado la matrícula… Sin embargo, espero verte más a menudo por aquí una vez que termines en la universidad.
Asentí moviendo la cabeza mientras él se volvía a reír.
—Nos veremos el próximo fin de semana, Turner —añadió antes de que me alejara.
Me sentía tan halagada por aquel comentario («Todos apreciamos la pasión que muestras…») que sonreí, preguntándome si más adelante podría conseguir que me escribieran una recomendación no oficial para que me tuvieran en cuenta en otras escuelas culinarias de las que esperaba recibir noticias.
«¿Podría obtener una beca con una carta de recomendación suya?».
Eché un vistazo al reloj y me di cuenta de que disponía de tres horas para prepararme para asistir a la facultad en la que sí que me había matriculado; hoy era la ceremonia de graduación.
All too well (3:42)
Arizona
«Sí… Sin duda he elegido la carrera profesional equivocada… ».
Era oficial: los funcionarios de la universidad de Reeves habían celebrado una reunión secreta con la única finalidad de enumerar las muchas formas en las que poder conseguir que la ceremonia de graduación de este año fuera la más aburrida celebrada hasta el momento.
Todo inducía al hastío, desde el preludio de órgano —veinte minutos para introducir los doctorados— hasta el vídeo de media hora para presumir de las mejores características de la universidad o los discursos de cinco oradores diferentes.
Había permanecido sentada en mi silla durante el tiempo que duró cada uno de ellos, navegando en el móvil en mis perfiles de redes sociales y moviendo los pulgares, aunque sin duda el cuarto discurso fue, sin duda, el más monótono y poco interesante de todos. Cada frase empezaba con un «Y recuerdo que… », «Ojalá hubiera sabido… » o «No me lo estoy inventando, chicos… ja, ja, ja… ».
Cuando terminó, no hubo ninguna risa entre la audiencia. Solo silencio. Y ronquidos.
Me cubrí la boca para bostezar una vez más, y la chica que estaba sentada a mi lado cruzó los brazos antes de apoyar la cabeza en mi hombro. Sin mi permiso.
—Er… —La miré.
—¿Sí? —Clavó en mí los ojos.
—Mmm… ¿Nos conocemos? ¿Por qué te estás apoyando en mí?
Parpadeó.
—Venga, en serio, ¿por qué te tomas esas confianzas?
—Shhh… —Se acomodó de nuevo y cerró los ojos.
Estuve tentada a apartarme y hacer que se desequilibrara, pero decidí sacar el máximo provecho de la situación. Así que miré a la chica que tenía a la izquierda, cuyo hombro parecía susurrar mi nombre, y me apoyé en ella.
Varios minutos después, cuando el orador aseguró que estaba terminando por enésima vez, me vibró el móvil. Era un mensaje de texto de mi madre.
Mamá: Lo siento, cariño, pero no puedo soportarlo un segundo más. Por suerte, te he hecho muchas fotos subiendo al escenario. ¡Y también de la ceremonia en el departamento! Nos vemos en casa para la fiesta. ¡Estoy haciendo pinchos de cangrejo! Nos vemos allí a las siete.
Yo: Eres mi madre. ¡Mi madre! Y vas a marcharte de mi ceremonia de graduación antes de que termine. ¿En serio?
Mamá: De hecho, quiero marcharme desde hace dos horas, pero, como soy tu madre, me he quedado un poco más. ¡Te quiero!
Puse los ojos en blanco, pero tampoco podía culparla. Le escribí un mensaje diciéndole que también la quería y que nos veríamos pronto antes de levantar la vista al público. Mucha gente había tenido la misma idea de mi madre.
¡Dios!, incluso algunos de mis compañeros querían marcharse. Los que todavía poseían la energía suficiente para levantarse…
Antes de que pudiera decidir qué hacer, volvió a vibrar mi teléfono.
Carter: ¿Estás despierta?
Yo: Sí.
Escribí otro mensaje de texto.
Yo: Encuentro este discurso muy inspirador. Así que intenta prestar atención, podrías aprender algo.
Carter: ¿De qué mierda está hablando este tío?
Atendí al orador durante unos minutos, pero, sinceramente, no logré entender por qué estaba hablando de un pez muerto. Aunque fingí que sí lo hacía.
Yo: Está hablando de correr riesgos, de aventurarte a peligros aterradores y aprender que siempre dan sus frutos.
Carter: Esto te va mucho, Ari. Deberías marcharte.
Yo: Quiero escuchar el resto.
Carter: Entonces espero que tengas otra forma de llegar a la fiesta de graduación, ya que acabo de ver cómo se largaba tu madre.
Yo: ¿Quéeee? No creo que yo me haya largado de tu graduación. ¡Me quedé allí sentada todo el rato!
Carter: No dependía de que tú me llevaras a casa. Te doy cinco minutos.
Yo: Nos vemos dentro de diez .
Empujé con suavidad a la compañera que estaba apoyada en mi hombro y me levanté.
—A veces, solo es necesario quedarse hasta el final —dijo el orador con más firmeza, mucha más firmeza de la que había utilizado en todo su maldito discurso—. Ojalá me hubiera quedado hasta el final de muchos discursos cuando era más joven… Sin duda, me arrepiento de no haber escuchado hasta la última frase el de mi graduación en la universidad…
«¿Qué?».
Me di la vuelta, mirándolo para ver si estaba refiriéndose a mí sutilmente.
