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En contra de la triunfalista propaganda oficial, el Régimen político surgido de la Transición es en realidad una democracia de muy baja calidad, un sistema de acceso restringido dominado por los privilegios, la corrupción, el caciquismo, el intercambio de favores y las barreras a la participación, encontrándose actualmente en avanzado proceso de descomposición. Esta es la tesis que mantienen Javier Benegas y Juan M. Blanco en un trascendente libro, que, con un prólogo de Jesús Cacho, marca un hito en el análisis institucional de los graves fallos de diseño del Régimen Político Español. Con un enfoque novedoso y un ritmo trepidante, este texto trufado de anécdotas permite al lector abordar los capítulos en el orden que crea más conveniente. Según los autores, España tiene futuro pero necesita urgentemente una catarsis, una profunda reforma que establezca la separación de poderes y los controles sobre el poder político, una regeneración completa de la vida pública que reinstaure los fundamentos de la democracia clásica y la representación directa, y unas trasformaciones que devuelvan la dignidad, la voz y la capacidad de decisión a quiénes siempre debió corresponder: los ciudadanos y la sociedad civil.
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Seitenzahl: 421
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Foca / Investigación / 125
Javier Benegas y Juan M. Blanco
Catarsis
Se vislumbra el final del Régimen
Prólogo de Jesús Cacho
Diseño de portada
Javier Benegas, Juan M. Blanco y equipo editorial
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
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© Javier Benegas y Juan M. Blanco, 2013
© del prólogo, Jesús Cacho, 2013
© Ediciones Akal, S. A., 2013
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-96797-67-3
A Celia, Alejandro y Gonzalo
«Si los hombres fueran ángeles, no haría falta gobierno. Si los gobernantes fueran ángeles, ningún control, externo o interno, sobre los gobiernos sería necesario. La gran dificultad para diseñar un gobierno de hombres sobre hombres estriba en que, primero, debe otorgarse a los dirigentes un poder sobre los ciudadanos y, en segundo lugar, obligar a este poder a controlarse a sí mismo. No cabe duda que depender del voto de la gente constituye un control primario sobre el gobierno, pero la experiencia enseña a la humanidad que son necesarias precauciones adicionales.»
James Madison
Por una salida liberal y democrática a los problemas de España
El domingo 5 de mayo, el diario de la progresía neoyorquina The New York Times hablaba en su portada de la corrupción en España, afirmando que nuestros jueces investigan en la actualidad a «casi un millar de políticos, que van desde alcaldes de pequeños pueblos hasta ex ministros del Gobierno». Aunque el rotativo aseguraba que España «no es en absoluto el país más corrupto de Europa», también apuntaba que «lo peor está por llegar». Para NYT, la corrupción en España «es el resultado de una estructura política que deposita un enorme poder en manos de las autoridades locales, muchas de las cuales pueden otorgar contratos o terrenos con poca o ninguna consulta». Un análisis pobre y simplista del fenómeno de la corrupción en España, como, salvo honrosas excepciones, es norma en los grandes medios de comunicación extranjeros cuando hablan de nuestro país, que nada dice al español medio, y mucho menos a quienes ya hace tiempo dimos en calificar a esta noble, vieja, maltratada España como de «Estado de Corrupción».
Lo relevante de la cita del NYT es que viene a poner en evidencia que el cáncer español de la corrupción ha traspasado fronteras y hoy es moneda de curso legal que devalúa el buen nombre de España, daña su reputación y obstaculiza las normales relaciones comerciales de tanto honesto empresario español como trata de abrirse paso por el ancho mundo, siempre solo, siempre de espaldas a esos prestidigitadores de la «marca España» que primero corrompen dentro, o por lo menos consienten, y luego pretenden lavar imagen fuera a base de invertir montones de dólares, dinero generalmente salido del erario público. ¿Corrupción? Hay en España una especial, peculiar, genuina forma de corrupción de la que nunca he oído hablar y que siempre me llamó la atención a lo largo de mis casi 40 años de ejercicio de la profesión periodística. Me refiero al «miedo a hablar» de los poderosos –incluidos los antaño llamados «intelectuales»–, entendido ese miedo como negativa a opinar, aconsejar, censurar, incluso alabar, por ejemplo, la labor del Gobierno de turno, el acierto o desacierto de las políticas económicas, el éxito previsible o el fracaso esperable de las políticas educativas, la vigencia y utilidad de las leyes, y tantas otras cosas.
Un espeso silencio, un muro infranqueable se cierne sobre aquel periodista que pretenda pedir una opinión a un gran empresario sobre cualquier cuestión de actualidad que entrañe el menor riesgo de colisión con el poder político establecido. El resultado es que los medios de comunicación españoles, de papel o de internet, están llenos de referencias a unas genéricas «fuentes», incluso a veces «bien informadas», que antes de opinar reclaman el anonimato como condición sine qua non. Fenómeno este típicamente español, al punto de que es casi imposible encontrar en nuestros medios una afirmación entrecomillada sostenida por Fulano de Tal, con nombre y apellido. ¿Casualidad? No, sin duda. Es la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos del gran Quevedo: «¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?». Es, de nuevo, ese franquismo sociológico inoculado en el inconsciente colectivo del español con posibles, a veces incluso sin ellos, según el cual es mejor estar callados y no levantar la cabeza porque cualquier francotirador de la Administración te la puede volar sin previo aviso. En España se habla a calzón quitado en la intimidad, cómo no, o en los cenáculos de muchos tenedores. Nunca dando la cara, arrostrando un riesgo, por mínimo que sea, dando ejemplo.
En el paraíso del favor en que se ha convertido nuestro país, en la lóbrega bodega del silencio cómplice, del hoy por ti mañana por mí, de la ausencia de separación entre lo público y lo privado, en la España acostumbrada a burlar las leyes o a bordearlas ante la indiferencia o el beneplácito de los encargados de defender su vigencia, casi todos los protagonistas de nuestra vida pública, económica y política tienen alguna cuenta pendiente con la Ley o podrían tenerla, de modo que lo adecuado es ser prudentes y vivir escondidos, callados, acogotados, alejados de los focos. Hay un fenómeno que me ha llamado poderosamente la atención en los últimos días y que avala esta tesis: salvo un puñado de nombres conocidos que seguramente no llegan a 10, la inmensa mayoría de los apellidos aparecidos en la primera entrega de la famosa lista Falciani (españoles con cuenta en la sucursal de Ginebra, Suiza, del HSBC) son completamente desconocidos no ya del gran público, sino del periodismo especializado madrileño. Sin embargo, todos son notables fortunas, hechas en esa zona de sombra a la que no llegan los medios, lo cual no quiere decir que sean ilegales. Es sencillamente un reconocimiento explícito de que en España es mejor trabajar y prosperar en silencio que hacerse notar. Es la otra vertiente del «miedo a hablar». Es también el miedo a la libertad.
Quienes no tienen más remedio que hablar son los empresarios colocados en la cúpula de nuestras grandes corporaciones. ¿Y cómo afronta el riesgo de hablar en público, de opinar, de pensar en voz alta, este reducido grupo de valientes? Pues digámoslo claramente: «dando de comer» a los medios de comunicación, en la mejor tradición de aquella Carmencita Franco que en vida de su padre hablaba francamente de «echar de comer a los periodistas». Es uno de esos secretos a voces que deberían avergonzarnos como demócratas y que hablan mejor que mil discursos de la pobre calidad de nuestra democracia: la libertad de expresión en España está hoy a merced del humor de siete grandes empresas, industriales y bancarias, a lo sumo diez, lo más granado del índice Ibex 35, que son las que financian a la práctica totalidad de los medios de comunicación. En este sentido, la concentración de poder económico que, consentida y alentada por el poder político de turno, se ha venido operando en nuestro país no ha podido resultar más dañina para una libertad básica como es la de transmitir información libre y veraz.
Si recordamos esa especie de mantra que con acierto sostiene que unos medios de comunicación libres e independientes y una Justicia igualmente libre e independiente, además de eficaz, son las muletas que permiten caminar a toda democracia digna de tal nombre, llegaremos enseguida a la conclusión de que lo nuestro, el régimen salido de la Transición, es apenas un remedo de democracia, un triste apaño que, cierto, garantiza libertad, seguridad y propiedad –lo cual no es poco, dicho sea de paso–, pero que mantiene a los ciudadanos –al margen de permitirles expresar cuatrienalmente opinión en las urnas– alejados y ajenos a la labor de gobierno, porque gobernar se ha convertido en un asunto exclusivo de las elites políticas –el famoso turno derecha/izquierda redivivo del régimen de la Restauración canovista–, en estrecha alianza con las elites financieras, y con la guinda del rey Borbón coronando el pastel. Todos ellos laburando pro domo sua. Régimen de Corrupción.
Nadie con sentido común puede dudar a estas alturas de que la salida política que nos dimos a la muerte del general Franco fue un enorme triunfo de la convivencia, un triunfo del empeño de millones de españoles por enterrar los cuchillos cachicuernos con los que, años atrás, nos hubiéramos perseguido con saña por las cunetas del desolado páramo español. La fórmula que nos dimos para abordar el futuro, la Constitución de 1978, llevaba en su seno, sin embargo, el estigma de una degeneración acelerada –Felipe González le asestó ya en los ochenta una puñalada mortal al acabar de un plumazo con la independencia de la Justicia–, situación normal si tenemos en cuenta que su diseño fue el resultado de un pacto con fórceps entre la derecha heredera del franquismo, el socialismo republicano desaparecido durante la dictadura y los partidos nacionalistas catalán y vasco, con la guinda de la Monarquía juancarlista por encima y el apoyo de las elites empresariales y financieras enriquecidas a la sombra de Franco. Un acuerdo tendente a asegurar la convivencia, desdeñando la libertad. Una prueba empírica de la dificultad de construir una democracia sin demócratas.
A principios de los noventa ya estaba claro que el traje de esa Constitución se había quedado pequeño para el cuerpo social hispano, porque las demandas de participación en la res publica y las ansias de mejora en el funcionamiento de las instituciones que reclamaba la sociedad española le tiraba por la sisa a esa camisa de fuerza que las elites herederas del sistema se empeñaban en mantener contra viento y marea. La crisis económica del 92/93, que ya era también política en tanto en cuanto la semilla de la corrupción estaba dando sus primeros perversos frutos, debió de servir de advertencia sobre la necesidad de proceder, sin la amenaza de golpe militar que tanto condicionó en 1978 la redacción de la Carta Magna, a un alicatado hasta el techo de nuestra Constitución, para adecuarla a las demandas de democracia real que tantos sectores ya reclamaban. Lo pudo hacer José María Aznar al frente de una derecha democrática condenada a convertirse en abanderada de las reformas si quiere mantenerse en el poder. Lo pudo hacer con todo a favor durante la mayoría absoluta de su segunda legislatura. Dilapidó lastimosamente ese caudal, porque el personaje demostró la calidad del paño que guardaba su almario de franquito reconvertido.
Tras él llegó –y con una tragedia como la del 11-M de por medio– un personaje tan peculiar como Rodríguez Zapatero y, con él, el caos se hizo carne y habitó entre nosotros. En secreto y de espaldas al pueblo soberano, el líder socialista empeñó un apoyo incondicional a una reforma del Estatuto catalán de tono abiertamente confederal que muy poca gente reclamaba en Cataluña y que abrió la caja de los truenos autonómica. Como dice el profesor Sosa Wagner (El Estado fragmentado),
nunca debió iniciarse el banquete estatutario sin un acuerdo previo de todos los comensales, y menos hacerlo movido por exigencias coyunturales de apoyos políticos y parlamentarios […] Que un extremo geográfico de España quiera arreglarse su «asunto» de forma individual y de la manera que le resulte más rentable, forma parte de las humanas ambiciones y del cabildeo político local, pero que esa actitud se respalde por quienes representan al Estado en su conjunto es una manifestación de ligereza cuyo exacto alcance el futuro irá desvelando poco a poco.
Ya lo ha desvelado. En lugar de plantear un debate a fondo sobre las grandes cuestiones nacionales, debate destinado a frenar las ansias de las elites nacionalistas, cohesionar la nación y devolver al Estado competencias que nunca debió perder, Zapatero, todo liviandad e irresponsabilidad, propuso a los españoles el gato por liebre de la reinterpretación de nuestra Historia reciente, la igualdad entre sexos, los derechos de los homosexuales, la Alianza de Civilizaciones y el cierre de la capa de ozono, entre otras baratijas de una época sin ideología, todo ello sazonado con una mezcla de relativismo moral, improvisación frívola y sectarismo difícilmente superable. La responsabilidad del líder socialista en la profunda crisis de valores que hoy aqueja a la sociedad española es inmensa, en tanto en cuanto su acción de gobierno estuvo encaminada a dinamitar esos principios liberales empeñados en ensalzar la responsabilidad individual y el valor del esfuerzo y el trabajo bien hecho, amén de la asunción del riesgo empresarial. Los años de Zapatero vinieron, por el contrario, a exaltar lo fácil, lo liviano, lo divertido, lo no comprometido, lo superficial, lo vago. Su herencia, y la del propio PSOE, tras siete años largos de Gobierno, no pudo ser más atroz: crisis de valores, ruptura de la unidad de España y ruina económica.
Demasiada carga, pesada herencia para un conservador de provincias como Mariano Rajoy Brey. Dice Paul Johnson en Tiempos Modernos que «la tragedia principal de la historia del mundo en el siglo xx es que tanto Rusia como Alemania hallaron sucesivamente en Lenin y Hitler adversarios de un calibre excepcional, que expresaron su férrea voluntad de poder con una intensidad nunca vista en la época contemporánea». El resultado de dicha «excepcionalidad» fueron muchos millones de muertos. Mutatis mutandis, la tragedia de España es que, con el Régimen salido de la Transición a punto de exhalar su último aliento, víctima del tironeo inmisericorde de los nacionalismos, el desprestigio de las instituciones –empezando por la propia Monarquía–, la corrupción galopante, la crisis de valores y la ruina económica, la tragedia, repito, es que, al borde del precipicio, España se ha topado con liderazgos tan débiles, tan carentes de «stamina», tan poco ejemplares como los de Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.
Que, en semejante situación de agotamiento del modelo, la discusión pública, el debate sobre la superación de la aguda crisis política e institucional que padece el país, esté enterrado bajo las siete capas del déficit público y demás topics economicistas es buen reflejo de la determinación de nuestras elites políticas y económico-financieras por mantener a cualquier precio el statu quo de un modelo periclitado. Pero España es un gran país, un país que exporta y exhibe por el ancho mundo una legión de buenos, magníficos, sobresalientes arquitectos, ingenieros, investigadores, médicos, deportistas, especialistas de toda clase y condición, gente que diariamente nos recuerda dentro y fuera de nuestras fronteras que, en contra del tópico monserga, España no se merece la clase política que nos gobierna.
Obvio me parece decir que creo muy sinceramente que la solución a los problemas de España está en manos de los españoles. Nadie podrá ponerle puertas al campo de un cambio que se producirá de forma natural y por la simple trasposición de las leyes de la física al terreno de la política y las relaciones humanas. Todo dependerá de que una mayoría de españoles apueste de forma decidida por la apertura de ese proceso constituyente capaz de dotar a las nuevas generaciones de un horizonte de convivencia en paz y prosperidad, bajo el imperio de una Ley igual para todos y de una democracia digna por fin de tal nombre.
De eso va el libro que tengo el placer de prologar y que el lector tienen entre sus manos: de encontrar la salida al laberinto en el que unos pocos años de esperanza y muchos más de desencanto y frustración han conducido a esta nuestra querida España. Javier Benegas y Juan Manuel Blanco, columnistas de Vozpopuli, han escrito el que, en mi opinión, es uno de los ensayos más lúcidos que sobre la crisis española se han redactado en mucho tiempo. Bien escrito, maravillosamente escrito, con un ritmo trepidante que, además, tiene la virtualidad de poder ser abordado por cualquiera de sus partes o capítulos. Lo mejor, con todo, es que, en un ejercicio de honestidad intelectual difícil de encontrar por estos pagos, Benegas y Blanco no se han limitado a relatar en un lenguaje fluido las desgracias que acontecen en la rúa, no, sino que han tenido el valor de adentrarse en el mucho más proceloso océano de proponer y plantear soluciones a los problemas que denuncian. No está de más decir que para los que hacemos diariamente Vozpopuli es un honor y una satisfacción tenerles semanalmente con nosotros. Decir, también, que hacemos fervientes votos porque este texto, inquietante en tantas cosas, a la vez esperanzado y siempre brillante, que sin duda contribuirá a enriquecer el debate español, sirva, en fin, de faro o guía para un medio de comunicación, vozpopuli.com, igualmente empeñado, vocacionalmente implicado, en una salida liberal y democrática a la crisis y los problemas de España.
Jesús Cacho
Madrid, 7 de mayo de 2013
INTRODUCCIÓN
Un libro para leer en cualquier orden
Querido lector:
El libro que tiene en sus manos, o en su pantalla, no es un texto al uso. Si lo está leyendo en la cama, finalizada su jornada y a punto de comenzar su merecido descanso, quizá no le reporte esa fantástica utilidad que prestan muchos ensayos: ayudar a conciliar el sueño. Hemos puesto todo nuestro empeño para que la lectura resulte amena, cómoda y, sobre todo, flexible y adaptada a sus gustos y necesidades. Es posible avanzar por las páginas siguiendo el orden numérico de los capítulos. Pero también puede usted componer su propia trayectoria, sumergiéndose en la lectura al albur de sus impulsos, gustos y preferencias. No tema, debido a que cada capítulo tiene un carácter autocontenido, no necesitará el conocimiento previo de los anteriores para mantener en todo momento el hilo argumental. Siéntase libre para comenzar por la parte que más atraiga su interés o por el capítulo con título más sugestivo. Saltar adelante y atrás o componer su propia rayuela es precisamente lo que se espera de los lectores.
Aunque cada capítulo trata un tema distinto, existen ideas conductoras que se encuentran presentes en todos ellos. El Régimen político español surgido de la Constitución de 1978, que fue vendido como una democracia avanzada, adolece de tan graves defectos que no pasa de ser una democracia de muy baja calidad. Se trata de un sistema cerrado, dominado por una clase política y unos grandes empresarios que actúan en connivencia para establecer trabas a los competidores y repartirse las correspondientes rentas dentro de un marco profundamente corrupto, que desincentiva la competencia, el mérito y el esfuerzo. Los partidos políticos vaciaron de contenido las instituciones, desmontaron los necesarios controles sobre el poder y blindaron sus privilegios mediante el control de la opinión pública y de los medios de comunicación.
En lugar de establecer un Sistema de Libre Acceso en la política y la economía, un entorno en el que primase el imperio de la ley, la igualdad de oportunidades, las instituciones neutrales, el trato impersonal o un sistema político caracterizado por el equilibrio de poderes, la Transición política dio lugar a un Sistema de Acceso Restringido, dominado por las relaciones de tipo personal, los privilegios, el intercambio de favores y las barreras a la participación. En términos más coloquiales, el «enchufe» tuvo preeminencia sobre la valía personal y la sólida formación: «es menos importante lo que conozcas que a quién conozcas».
Como consecuencia de los graves defectos de diseño, el sistema ha desembocado en una profunda crisis política, económica y social, que amenaza con reventar las costuras de las endebles instituciones. El Régimen toca a su fin, aunque sea imposible vaticinar fechas y calendarios.
El libro analiza los graves males de la política española, explicándolos paso a paso e insistiendo en ellos a lo largo de los 61 capítulos. Pero no se limita a enumerar problemas o a ejercer una estéril crítica: propone también las oportunas reformas que conducirían a un sistema moderno, abierto, participativo y eficiente.
Estructura del libro
El prefacio narra un caso real, una inoportuna llamada telefónica que ilustra la difuminada y traspasable línea que separa lo público de lo privado, los opacos apaños entre políticos y grandes empresarios que caracterizan el Régimen español. La primera parte del libro desmonta esa arraigada creencia de que los males de España son consustanciales al particular carácter de nuestra cultura. El origen de los problemas no se encuentra en las personas sino en un incorrecto diseño de unas instituciones carentes de controles eficaces y creadoras de incentivos incorrectos. La segunda parte analiza el Régimen político español salido de la Transición, la nefasta elaboración de la Constitución de 1978, la ausencia de separación de poderes o el absurdo e inútil funcionamiento del Parlamento. La tercera describe la lamentable clase política que fue creándose al calor del aciago marco institucional. Corruptos, oportunistas, ignorantes o aprovechados son arquetipos dominantes en la muy mejorable casta política española.
La cuarta parte estudia la manipulación informativa que el poder ha venido ejerciendo desde el comienzo del Régimen, exponiendo esa abierta traición y vergonzante autocensura de intelectuales y periodistas, que renunciaron a su papel de conciencia crítica de la sociedad y colaboraron por acción u omisión con el poder establecido. Mientras la quinta parte analiza el control social, ideológico y burocrático que ha ejercido el Régimen, la sexta denuncia el carácter cerrado de nuestro sistema político y económico, dominado por ese pacto tácito entre clase política y ciertos grupos empresariales para repartirse el poder y las rentas, restringiendo la competencia económica y política. La séptima disecciona la naturaleza de la generalizada corrupción en España, muy bien organizada por los partidos, sus mecanismos de actuación, su estrecha conexión con una intencionada complejidad legislativa y sus graves consecuencias económicas y sociales.
La octava parte ofrece una descripción crítica del Sistema Autonómico, uno de los más potentes dogmas del Régimen, su caótica y ruinosa estructura y su degeneración en un caciquismo de nuevo cuño. La novena parte rompe un arraigado tabú, analizando sin medias tintas ni autocensuras el papel de la Corona. Se señala, así, el poco ejemplar comportamiento de un Rey que no cumplió correctamente ninguno de sus papeles y las oscuras perspectivas de continuidad para la Monarquía. La décima explica los factores que llevaron a la profunda crisis económica actual, haciendo especial hincapié en las nefastas decisiones políticas del pasado. La undécima parte señala el previsible final del sistema político surgido en la Transición, proponiendo las salidas y soluciones que los autores consideran más adecuadas. Finalmente, el epílogo hace una llamada a la movilización ciudadana en pos de la libertad y la dignidad perdidas.
Un Régimen de mentiras y tabúes
Como todo sistema cerrado, el Régimen de 1978 construyó sus propios mitos y mentiras, creando terribles tabúes para que nadie osara exponer abiertamente la verdadera naturaleza de las cosas. Este libro pretende denunciar estas falsedades y manipulaciones, rompiendo abiertamente los tabúes.
¿Sabía usted que la Transición política distó mucho de aquel modélico proceso que vendió la propaganda oficial? ¿Que la Constitución Española se elaboró básicamente en beneficio de los partidos políticos presentes en el pacto y no en interés de los ciudadanos? ¿Que fue producto de multitud de apaños y componendas y que, ante la imposibilidad de cerrar acuerdos sobre puntos fundamentales, se redactó de manera ambigua e incoherente, al albur de futuras transacciones entre partidos? ¿Que la separación y el equilibrio de poderes, elementos fundamentales de la democracia, desaparecieron con prontitud, estableciéndose un régimen que puede denominarse «partitocracia»? ¿Que la mayor parte de las instituciones que teóricamente son independientes sólo funcionan de manera formal, pues en realidad se limitan a ratificar lo que ya han decidido los partidos?
¿Sabía usted que, aunque la Constitución garantizó ciertas libertades, la participación política se encontró sometida a enormes barreras, creándose una casta cerrada de políticos profesionales? ¿Que los mecanismos de selección de los gobernantes son perversos y tienden a llevar al poder a personas insuficientemente preparadas y poco honradas? ¿Sabía que los partidos acordaron tácitamente un sistema de corrupción organizada para repartirse los ingresos por comisiones ilegales que se obtienen desde el poder? ¿Que la mayor parte de las contratas por obras o servicios tienen un precio enormemente inflado, que incluye el importe de sustanciosas comisiones? ¿Que los contratos públicos se adjudican de manera arbitraria a empresas que se encuentran en connivencia con los gobernantes?
¿Sabía usted que el Rey nunca cumplió adecuadamente su papel de árbitro y moderador de las instituciones contemplado en la Constitución? ¿Que se ocupó preferentemente de sus asuntos privados, utilizando para ello los servicios del Estado? ¿Que, en contra de la imagen de un monarca sin facultades ejecutivas, Juan Carlos utilizó los servicios secretos españoles con fines privados, elevó a una buena amiga a representante oficiosa de España y colocó a familiares en puestos bien remunerados de grandes empresas privadas? ¿Que la prestigiosa revista Forbes calcula al Rey una fortuna de 1.800 millones de euros a pesar de que Juan Carlos carecía de patrimonio cuando llegó a España? ¿Sabe usted lo qué vendía realmente Iñaki Urdangarin para que multitud de entidades públicas y privadas le pagasen millones de euros sin contraprestación aparente?
¿Sabía usted que el Sistema Autonómico se desarrolló de manera improvisada y caótica generalizándose el traspaso de competencias cuando los partidos descubrieron que se multiplicaban los cargos a repartir entre sus miembros? ¿Que las Autonomías han creado una estructura administrativa y burocrática monstruosa, dirigida a colocar a sus simpatizantes y amigos? ¿Que los Gobiernos autonómicos han promulgado más de cien mil leyes, normas y regulaciones imposibles de cumplir en su totalidad, que limitan el establecimiento de nuevas empresas, entorpecen la creación de empleo y rompen la unidad del mercado interior? ¿Que se ha creado un nuevo caciquismo comparable al que existió en la segunda mitad del siglo xix en España?
¿Sabía usted que los partidos han controlado férreamente los medios de comunicación públicos y privados utilizándolos como instrumento de propaganda? ¿Que la prensa ha vivido de subvenciones, publicidad institucional y concesiones, y que destacados periodistas reciben favores, e incluso sobres, de los partidos? ¿Que ha existido una enorme autocensura por parte de muchos periodistas e intelectuales por temor a ser señalados con el dedo si contaban lo que realmente ocurría?
¿Sabía usted que, en contra de lo que intentó vender la propaganda, nunca hubo en España manifestaciones de millones de personas? ¿Que a duras penas alguna manifestación pudo alcanzar las cien mil? ¿Que las cifras siempre fueron manipuladas por el poder?
Si todas sus respuestas han sido afirmativas, este libro suscitará menos curiosidad morbosa, pero le resultará igualmente interesante, pues no se limita a narrar los acontecimientos: procede siempre a analizar las causas de los problemas y a proponer algunas soluciones.
Hemos vivido varias décadas en un mundo de «Matrix», aceptando a pies juntillas muchas mentiras, falsedades y manipulaciones. La sociedad española mostró durante años una actitud demasiado tolerante ante la arbitrariedad y el abuso, ambos disfrazados de un nefasto paternalismo. Pero, como ocurre tantas veces en la historia, la etapa toca a su fin. Mientras la crisis económica descubría con crudeza las endebles bases del sistema económico, el surgimiento de algunos diarios digitales mucho menos dependientes del poder, entre los que desempeña un papel destacado Vozpopuli de Jesús Cacho, ha contribuido a romper el monopolio de la información y la espiral de silencio impuesta por el Régimen. La actitud y la visión de los españoles han cambiado tanto en los últimos años que los desmanes de los gobernantes ya no pasan desapercibidos ni son aceptados con la indiferencia y la resignación de antaño.
Llegó el momento de la rendición de cuentas, el punto de no retorno que abre esa crucial encrucijada donde España decide su futuro. No se trata de denostar, culpar o apuntar a nadie con el dedo acusador: las causas de los males no se encuentran en las personas sino en el incorrecto diseño de las instituciones. Este libro sugiere que nuestro país debe acometer con decisión unas profundas reformas que conduzcan a la participación activa, a la libertad y a la responsabilidad. En definitiva, a una democracia digna de tal nombre y a un régimen de acceso abierto.
Muchas gracias por leernos.
Javier Benegas y Juan M. Blanco
Marzo de 2013
PREFACIO
Una inoportuna llamada telefónica
El teléfono sonó dos veces y, sin tomarse la molestia de disculparse con quien estaba reunido, el directivo de la importante corporación empresarial pulsó rápidamente el botón del interfono. La voz de una mujer, que brotó nítida del altavoz, le informaba de que al otro lado de la línea tenía a la espera a un alto cargo político. «Pásemelo», ordenó al instante el ejecutivo. Una vez desconectó el altavoz y se acercó el auricular al oído, la persona que estaba al otro lado del hilo telefónico empezó a hablar de manera atropellada y en un tono tan elevado que sus palabras reverberaron por todo el despacho. El directivo frunció el ceño y, nervioso, se dedicó a golpear rítmicamente con las yemas de los dedos la superficie de la mesa. Súbitamente interrumpió a su interlocutor y le espetó: «Escucha fulano, sabemos lo que pasa. Estamos al tanto. Sé que no es cosa tuya. Pero esto no es lo que hablamos. No es lo acordado. Y habrá que ponerle remedio». Y, sin dejar margen a la interrupción, las excusas o los lamentos, continuó imperativo: «Tú lo que vas a hacer es lo siguiente». Y, en un tono a medio camino entre la complacencia y la amenaza, le transmitió una serie de instrucciones claras y concisas. Luego, el teléfono enmudeció durante unos breves instantes. Al poco, la voz volvió a sonar en el auricular, esta vez ininteligible. El ejecutivo escuchó satisfecho, asintió con la cabeza, se despidió de su interlocutor cariñosamente, como si hablara a un pariente cercano, y colgó. Volviéndose hacia Elicio, que era con quien estaba reunido, esbozó una sonrisa, casi una mueca. Y, encogiéndose de hombros a modo de disculpa, sentenció: «Estos capullos de los políticos se ahogan en un vaso de agua».
Elicio (que es el nombre ficticio de un personaje real) era un agente libre, uno de tantos, que vivía principalmente de asesorar a grandes compañías. Antes se movía y trabajaba en otros ambientes más abiertos y dinámicos. Pero la regulación excesiva e interesada de las administraciones públicas le obligó a cambiar el rumbo y maniobrar para acceder a los reducidos entornos en los que, desde hace tiempo, se concentra el flujo de dinero de una economía cada vez más cerrada.
Elicio combinaba a la perfección inteligencia y prudencia. Y si bien era razonablemente ambicioso, nunca pecó de avaricioso. Sabía perfectamente cuál era su lugar en la pirámide de los grandes negocios y jamás tentó a la suerte. Se limitaba a hacer su trabajo con la mayor eficacia y discreción posibles. Cumplía religiosamente con la hipoteca, pagaba los estudios de sus hijos en el extranjero y proporcionaba una vida digna a su familia. Su forma de ser, tan reservada y ajena a los lujos superfluos y a la ostentación, hizo de él una persona muy del agrado de un determinado tipo de alto ejecutivo, al que le complace, y mucho, que quienes le sirven no olviden, por más que se les trate con familiaridad y camaradería, cuál es su sitio en el escalafón. Y quizá por eso, tras años de leal servicio, Elicio tuvo la suerte, o la desgracia, de terminar siendo testigo privilegiado y mudo de los lazos familiares entre las grandes compañías y los políticos.
Elicio nunca dijo el nombre de la persona que llamó aquel día. Y habría sido una pérdida de tiempo tratar de sonsacárselo. Pero, en pago a nuestra amistad de tantos años, sí dejó muy claro que era un «pez muy gordo». Quién sabe si un concejal, un consejero de alguna Comunidad Autónoma o incluso el alcalde de una ciudad principal o un miembro destacado del Gobierno. También aseguró con tristeza, pues Elicio era, pese a todo, persona íntegra, que aquello no era algo excepcional sino recurrente, cotidiano. Y ya entonces andaba el hombre preocupado porque la situación, de un tiempo a esa parte, había degenerado mucho. De tal suerte que detrás de cada gran negocio, de cualquier operación en la que mediara alguna administración pública, la corrupción era omnipresente. Y los repartos de favores, dinero y privilegios habían alcanzando cotas desconocidas. Para él, insostenibles.
No hace mucho, aprovechando el privilegio de compartir mesa y mantel con un par de altos directivos, Elicio cometió su primer error en muchos años; la primera imprudencia. Tras escuchar un buen rato la turbia conversación de sus compañeros de mesa, jalonada de sarcasmos y cinismo, Elicio tomó la palabra y dijo: «¿No os dais cuenta de que así no es posible seguir, que esto se viene abajo?». Y tras observar el efecto de sus palabras en los rostros estupefactos de los dos hombres que tenía enfrente, se preguntó si había dicho realmente aquellas palabras en voz alta o si habían sido sólo pensamientos ruidosos. Sea como fuere, aquel día fue el final del principio para Elicio.
Hoy, con sus hijos ya mayores y sus vidas hechas en el extranjero, Elicio, a pesar de que cree que eso que llaman crisis económica podría terminar cualquier día de estos, ha decidido también hacer las maletas y probar suerte en otra parte. Pues, para él, la otra crisis, la de las instituciones, la de la corrupción y el control de la riqueza, no terminará nunca. Dice que hacer fortuna en España sólo es posible si se está dentro de ese círculo vicioso en el que interactúan los políticos, los grandes empresarios y banqueros y los colectivos organizados, dentro de los cuales están, entre otros, los sindicatos. Fuera de ahí sólo hay incertidumbre. Y eso, según él, no va a cambiar. España es una economía tomada. Un Estado-pastel que se reparten unos pocos. Y cuando todo va bien, hay migajas para el resto. Y cuando no, nada. Así de simple.
PRIMERA PARTE
No es la esencia sino las instituciones políticas
capítulo 1
España: ¡no es esto, no es esto!
Sobre el carácter de los españoles hay cientos de citas, quizá miles, casi todas injustas por simplistas. A este ejercicio de calificarnos tomando el todo por una parte se han sumado a lo largo de los siglos multitud de personajes, de dentro y fuera de nuestras fronteras. Desde los más lúcidos hasta los más tenebrosos. Así, a Winston Churchill se le atribuye la lindeza que dice: «los españoles son vengativos y el odio les envenena» (en referencia a la Guerra Civil de 1936). Y Napoleón Bonaparte, aquel general corso que quiso reformar Europa a cañonazos, dejó dicho, quizá porque su sueño imperial empezó a desmoronarse precisamente al cruzar los Pirineos, que España era «una chusma de aldeanos guiada por una chusma de curas». Y como final de esta breve muestra, cabe añadir la cita atribuida a Julio César, un tanto menos peyorativa y dramática, que reza: «dichosos los hispanos, para quienes beber es vivir».
Sin embargo, el argumento más tergiversador es el que surge desde dentro de España y asegura que este es el país de la picaresca, esgrimiendo el Lazarillo de Tormes como prueba irrefutable de que no tenemos remedio. Pero no se señala a la nación política sino a esa otra más llana, la del ciudadano común, a quien se considera incapacitado para juzgar la acción de gobierno porque nunca ha sabido discernir entre lo que le conviene y lo que no. No obstante, el verdadero trasfondo de ese relato es la denuncia contra el poder y, muy especialmente, contra aquellos personajes menores que cooperan con él y viven en sus inmediaciones, como podía ser un miembro del bajo clero o un modesto hidalgo. Contrariamente a lo que muchos defienden, el Lazarillo de Tormes es el retrato minucioso de una sociedad cerrada, en la que la asfixiante falta de libertad dibuja un horizonte sombrío y carente de expectativas que transforma el talento y el ingenio en picaresca.
Aún hoy permanece la idea de que nuestro tradicional oportunismo se debe a una tara genética, de la que sólo se libra un puñado de prohombres. Lo cual no es cierto, porque si hay algo que se repite a lo largo de nuestra historia, detalle que olvida la mayoría de aquellos que nos califican tan despectivamente, es que resulta difícil encontrar un país europeo que haya tenido tan pésimos gobernantes. Y, asociada a estos, una elite en general mediocre, sólo preocupada de engordar sus patrimonios mediante el favor del poderoso. Este hecho histórico no es producto de la fatalidad o el destino, sino fruto de un secular déficit de libertad que ha impedido al común controlar a reyes y presidentes. Una anomalía que está en el origen de casi todos nuestros problemas. Este legado envenenado ha llegado hasta el presente prácticamente intacto, alumbrando en 1978 una ficción democrática que tres décadas después se ha vuelto pesadilla. Y mientras el ciudadano común, no siempre sobrado de inteligencia ni de buenas intenciones, todo hay que decirlo, ha intentado a lo largo de los siglos abrirse camino y alumbrar una España solvente, la nación política, con sus intereses creados y su irresponsabilidad crónica, ha proyectado al exterior, también a lo largo de los siglos, una imagen de país bastante mejorable.
Los españoles no podremos solucionar nuestros problemas si no rompemos antes con esta singularidad que va ya para más de quinientos años. Los ciudadanos deben poder juzgar y controlar las decisiones de sus gobernantes, no sólo mediante el voto cada cuatro años, sino constantemente, mediante mecanismos democráticos modernos y eficaces disponibles en otras naciones europeas.
Es evidente que la libertad individual implica ciertos riesgos, no sólo para el país sino especialmente para los particulares, y que, como dijo el filósofo, «el mundo no puede ser redimido de una vez para siempre. Por eso, cada generación tiene que empujar, como Sísifo, su propia piedra, para evitar que esta se le eche encima aplastándole». Pero si los españoles no alcanzan mayores cotas de independencia, entendida esta como un compromiso con la responsabilidad individual, la capacidad de decisión y la creación de riqueza, y no sólo como la acumulación de endebles derechos comunes asociados al reparto de rentas, será muy difícil que España pueda salir airosa, no sólo en lo que respecta a los problemas más apremiantes de estos días, sino de esos otros que, inevitablemente, llegarán más adelante.
Pero volvamos de nuevo a las visiones tradicionales y a los clichés, y veamos de qué otra forma, más épica y tenebrista, retrataba el escritor vienés Stefan Zweig a los españoles que, de la mano de Vasco Núñez de Balboa, descubrieron el océano Pacífico en 1513:
Devotos y creyentes como ninguno, invocan a Dios Nuestro Señor desde lo más profundo de su alma, pero cometen atrocidades. Obran a impulsos del más sublime y heroico valor, demuestran el más alto espíritu y capacidad de sacrificio, y al punto se traicionan y combaten entre sí del modo más vergonzoso, conservando a pesar de todo, en medio de sus vilezas, un acentuado sentido del honor y una admirable conciencia de la grandiosidad de su misión.
Estas otras visiones, que dibujan una imagen épica y aparentemente halagadora pero llena de sombras, son tanto o más engañosas que las meramente peyorativas. En ellas, con un tono halagador, también se traslada la creencia de que la singularidad de «lo español» está en nuestro carácter y es fruto de algún influjo divino, no de la naturaleza de nuestras instituciones, la organización política, la economía y la capacidad tecnológica. De ahí que en pleno siglo xxi todavía gocen de predicamento algunas de las teorías que en su día formuló Ortega y Gasset en su libro España invertebrada (1921), con las que pretendía acreditar la debilidad de la raza española, y, por tanto, su devenir histórico, en base a sus raíces visigodas:
Eran, pues, los visigodos germanos alcoholizados de romanismo, un pueblo decadente que venía dando tumbos por el espacio y por el tiempo cuando llega a España, último rincón de Europa, donde encuentra algún reposo. Por el contrario, el franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia, vertiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad.
El ilustre filósofo y ensayista no sólo cometió el error de evitar la aproximación a la realidad mediante el metódico análisis de las instituciones, la política y la economía, sino que, aún peor, convirtió estos factores fundamentales en consecuencias subordinadas a nuestra naturaleza.
Por el contrario, desde un punto de vista bien distinto, mucho más abierto, ambicioso y acorde con los nuevos tiempos, prologaba John Huxtable Elliott (Reading, 1930) su libro La España Imperial, editado por primera vez en Londres el año 1963:
Una tierra seca, estéril y pobre: el 10 por ciento de su suelo no es más que un páramo rocoso; un 35 por ciento, pobre e improductivo; un 5 por ciento, medianamente fértil; sólo el 10 por ciento francamente rico. Una península separada del continente europeo por la barrera montañosa de los Pirineos, aislada y remota. Un país dividido en su interior mismo, partido por una elevada meseta central que se extiende desde los Pirineos hasta la costa meridional. Ningún centro natural, ninguna ruta fácil. Dividida, diversa, un complejo de razas, lenguas y civilizaciones distintas: eso era, y es, España.
Más adelante el ilustre hispanista se preguntaba cómo aquella España, que hasta el siglo xv había sido una mera denominación geográfica, se había convertido súbitamente en realidad histórica. Acontecimiento del que Maquiavelo dio fe con estas palabras:
Tenemos en la actualidad a Fernando, rey de Aragón, el actual rey de España, que merece ser considerado muy justamente como un nuevo príncipe, pues de un pequeño y débil rey ha pasado a ser el mayor monarca de la cristiandad.
Es evidente que la raza no puede explicar de forma lógica y racional nuestro pasado y tampoco nuestro presente. Entre otras muchas razones, porque no ha existido una raza española como tal, sino una diversidad que en un momento dado y por diferentes motivos cristalizó en el Estado-nación que hoy llamamos España. El material que unió aquello que era diferente y diverso, y en ocasiones antagónico, en una sola entidad fueron las circunstancias compartidas por unas gentes que, con una carencia abrumadora de recursos naturales, aisladas del resto de Europa por el norte y amenazadas por poderosos enemigos que fluían sin cesar desde el sur, desarrollaron un espíritu de frontera y una mentalidad cooperativa con los que alcanzar la seguridad y la prosperidad de las que carecían. Por eso el español era emprendedor y aventurero, y en ocasiones temerario. Características que aún subsisten, aunque ocultas, en la sociedad española del presente.
Lamentablemente el sometimiento a unas instituciones expansivas e invasivas, corruptas y miopes, con sus incentivos perversos, ha convertido aquel espíritu cooperativo en oportunismo; la creatividad y el genio, en indisciplina, y el sentido de la justicia, en un rechazo sistemático a la autoridad. De tal suerte que en el fuero interno de cada ciudadano, aun en el más sumiso, hay un resentimiento que, a menudo, aflora en forma de egoísmo exacerbado y un comportamiento muy poco cívico.
Lo que impide que los españoles se reconcilien con la idea de España y actúen de forma cooperativa, tal como hicieron antaño, es la injerencia de un modelo institucional y de Estado que, desde los Habsburgo de la Casa de Austria hasta el actual Régimen, cuyo jefe del Estado es Juan Carlos I de Borbón, se ha empeñado en anular ese carácter emprendedor y práctico, privando a las personas de las cualidades necesarias para enfrentarse a los retos del presente. De ahí que, para alcanzar el mismo nivel que las naciones más avanzadas, España, además de reformas económicas, precise un modelo político distinto, nuevas reglas de juego que incentiven las virtudes y no los defectos y garanticen la igualdad ante la Ley, la igualdad de oportunidades y la libertad para emprender.
En definitiva, el problema de España no está en la genética, ni tampoco en ese incombustible fatalismo con ribetes épicos que, como relataba Stefan Zweig, nos acompaña desde hace quinientos años. Basta con observar cómo nuestros compatriotas, una vez emigran y se integran en sociedades mucho más exigentes pero abiertas y justas, destacan y prosperan como el resto. Mientras que, por el contrario, los ciudadanos provenientes de esas mismas sociedades, cuando se instalan en España, no sólo desarrollan nuestros mismos defectos sino que, en no pocos casos, los agravan.
capítulo 2
El nacionalismo: un regreso a la España esencial
Fue Ramiro de Maeztu quien en 1913 escribió: «Al cabo, Españano se nos aparece como una afirmación ni como una negación,sino como un problema». Esta frase resume todo un pensamiento que de alguna manera intentaba desentrañar los problemas seculares de nuestro país desde una visión casi exclusivamente psicológica. Y no es de extrañar que desde esa perspectiva, para él y para la mayoría de los intelectuales de su generación, la vieja y achacosa España resultara ser un problema irresoluble. A fin de cuentas, ese hábito de querer entender España desde un punto de vistaesencialistaes lo que nos ha impedido estudiar nuestra historia de forma rigurosa y conocernos a nosotros mismos mediante el análisis de factores políticos, sociales y económicos; es decir, basándonos en datos objetivos y empíricos en vez de creencias, tal como desde hace mucho tiempo vienen haciendo los historiadores, politólogos, sociólogos y economistas de otros países.
Para identificar lo que nos pasa no hace falta remontarse al proceso de declinación de la España imperial, llegar al desastre de 1898, que supuso la liquidación de los restos del imperio y la conversión de España en potencia de tercer orden, y, desde ahí, pasar a la Segunda República. Basta con volver la mirada a nuestro inmediato pasado y comprobar cómo el periodo de crecimiento más intenso y prolongado de nuestra historia, el que va de 1995 al año 2006, ha desembocado en la mayor crisis que se recuerda.
Conviene no olvidar que antes y durante la Transición, y a la vista de una prosperidad al alcance de la mano, fue el ciudadano común quien, sin necesitar demasiada pedagogía, decidió ser generoso. Y con el fin de alejarse definitivamente de la pobreza, renunció al monólogo y al dogmatismo heredados del régimen franquista y apostó por una libertad práctica, aunque modesta. Así, con inesperada facilidad, el ciudadano de a pie se liberó de esa hipnótica fascinación por el fracaso y la derrota que le había acompañado durante siglos; es decir, renunció ala España esencialy partió en busca de un sueño: la España moderna, democrática y próspera. Y los políticos (casi todos herederos del régimen franquista) catalizaron ese proceso de regeneración y confeccionaron a la sociedad española un traje más amplio y confortable: un nuevo modelo político. El objetivo era que ese impulso modernizador que bullía en la sociedad (esta vez mucho más generalizado que aquellos exclusivamente regionales de la Cataluña y el País Vasco del sigloxixy principios delxx) convirtiera España en un estado próspero, a la altura de sus homólogos europeos. Y, aunque estaban acongojados por el ruido de sables, los políticos se entusiasmaron ante la perspectiva de gobernar un país de nuevo poderoso y, lo que es más importante, rico.
Desgraciadamente no hubo de transcurrir mucho tiempo para que el corte del traje confeccionado por los padres de la patria se demostrara bastante mejorable. Y tan pronto como el cambio político quedó en apaño, la riqueza real fue reemplazada por la riqueza aparente, lo que tarde o temprano habría de colapsar el modelo económico. Y si bien es cierto que muchos ciudadanos, cegados por el sueño de alcanzar una prosperidad y una seguridad permanentes, no quisieron o no supieron ver los defectos del sistema, no menos cierto es que la clase política, a lomos de una sociedad laboriosa y preocupada sólo por su bienestar, legisló en beneficio delestablishmenty de sí misma, de tal suerte que en pocos años el milagro se tornó espejismo. Y el espejismo, en debacle económica.
En este desastre, como en otros que han tenido lugar a lo largo de la historia, nada ha tenido que ver la psicología, al menos no en su origen. El hecho es que nuestra democracia, privada de los mecanismos de control más elementales, quedó al albur del oportunismo político y los intereses de unas minorías; es decir, estaba condenada a fracasar. Y por más que nos empeñemos, nuestra dramática situación no puede ser explicada mediante el psicoanálisis, esa práctica terapéutica ideada por el neurólogo vienés Sigmund Freud a finales del sigloxix. El sistema tenía que colapsar porque estaba mal diseñado, no porque las personas fueran propensas al fracaso. Ergo, en vez de recurrir a las visionesesencialistaspara desentrañar lo que nos pasa, tenemos que identificar el fallo en esos lugares más terrenales que son nuestras instituciones.
Lamentablemente, es sabido que los políticos prefieren mentira en paz que verdad en guerra. Y dejarán que el actual Régimen se desmorone por completo antes que asumir el fracaso del modelo surgido de la Transición. Un error que quizá derive con el tiempo, ojalá que no, en un desastre mayor.
Pero en el caso de los políticos nacionalistas, siempre dispuestosa ser más papistas que el papa, la postura es aún más absurda. Y además de ignorar la imprescindible regeneración democrática, tal comosucede con sus hermanos de ámbito estatal, aprovechan el desmoronamiento del Estado para dar rienda suelta a sus anhelos soberanistas. Así, la casta política catalana promete salvar a sus conciudadanos de la catástrofe económica en la que estamos todos incursos mediante la independencia y la separación de España. Los 45.000 millones que adeudan sus manirrotas administraciones no existen, como tampoco les consta que tenga algo que ver en el problema su gestión desastrosa, el nepotismo o la corrupción. La consigna es clara: el enemigo no está dentro de Cataluña sino fuera. Y, reverdeciendo la secular tradición española, aseguran que el problema esla España esencial, nuestra psicología y, por ende,lo español. La solución es, pues, muy sencilla: dejar de ser españoles y pasar a ser otra cosa.
Quienes viven en Cataluña deberían estar muy preocupados, pues sus visionarios estadistas, además de vituperar la imprescindible regeneración democrática, actúan como españoles decimonónicos. Y aquel lema de «¡Una, grande y libre!» parece inspirar el suyo propio: «¡Una Cataluña grande y libre!». Lo que en realidad proponen es convertir Cataluña en una nueva versión delaEspaña esencial
