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La batalla incierta de la guerra silenciosa sin toques de queda, sin hambrunas en la puerta, se viste de pandemia como ya pasara en la Antigüedad, restando a la humanidad capacidades y libertades. El desafortunado desenlace, la escasez de medios, la información incoherente y desafortunada y, a veces, irrisoria, hace presagiar que tal vez el futuro ha entrado en el presente más actual. Mas de 545 000 muertos acaparan nuestro planeta, la cifra va en aumento, no hay signos de recuperación y la confianza se ha dormido, el miedo ha abierto el cajón de la epidemia irracional, los créditos se disparan, la hambruna se instala en el descanso de los más desfavorecidos, las grandes industrias realzan sus cuentas, los laboratorios se frotan las conciencias, mientras la humanidad se reduce al confinamiento, al reposo de sus muertos, aislados en cemento, a la vasija de las cenizas, al lloro del desespero con mascarillas por compañeros, ahora estamos escondidos entre realidad y misterio. Si no lo estuviéramos viviendo, diría que la realidad de buscar un futuro se ha muerto. Siguen los nuevos contagios y aceleran la cifra por el momento a la barbaridad de 11,8 millones de contagios y la cifra va subiendo. Mientras, los inquietos laboratorios y los grandes países del cultivo del miedo harán su economía evaluando probetas, insertando numerológicas sumas para hallar la ecuación de una vacuna. No podremos calcular en realidad cuánto diezmará la población real.
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Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Catarsismundial
© Sonia Domingo A.
© diseño de cubierta: Equipo Mirahadas
© corrección del texto: Equipo Mirahadas
© de esta edición:
Editorial Mirahadas, 2021
Fernández de Ribera 32, 2ºD
41005 - Sevilla
Tlfns: 912.665.684
www.mirahadas.com
Primera edición: marzo, 2021
ISBN: 978-84-18649-86-8
Producción del ePub: booqlab
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»
Sonia Domingo A
Capítulo 1. La solitaria Camilla
Capítulo 2. Esperas inciertas
Capítulo 3. Las noticias
Capítulo 4. La reunión
Capítulo 5. UCI
Capítulo 6. Los informativos
Capítulo 7. El cansancio
Capítulo 8. Lo que amenaza la humanidad
Capítulo 9. Sin flores, en féretros
Capítulo 10. Silencio
Capítulo 11. Desinfección
Capítulo 12. Augurio, si no hay mañana puede retirarse el futuro
Entre murmullos y destellos luminosos, paredes nacaradas, aceleradas maniobras, pidiendo paso con ritmo inquieto, trasiego de nervios, miedo, incertidumbre y penuria, llegan con un enorme misterio las batas blancas llenas de asombro, no reúnen tiempo de preguntas, no precisan argumentos, no pueden imaginar lo que están a punto de sujetar los pasillos que guardan la desolación del moribundo, desvirtuando las plegarias, las tronas de los insensatos que sostienen jeringuillas en los brazos, entre sobredosis de alcohol y pasarratos.
Allí, en esas camillas, donde han reposado tantos cuerpos inertes, tantos rezos, tantos misterios como argumentos, ahora se tiñe de miedo. Se abre paso al silencio, se une la frialdad, la risa del que a punto está en comenzar a llorar, esas sirenas incansables, esas camillas ocupando espacio entre pasillos confundidos de llanto, quedan hacia un lado ese tráfico del gentío, esas manos sujetando la calma del enfermo, esas agujas que sostienen goteros del tiempo, esa juventud que rebosa en alcohol; su cuerpo ahora queda todo suspendido entre el miedo, lo incierto, lo absurdo y lo desconcertante, que produce terror, el desconocimiento de lo inquieto, lo extraño de los aciertos y la poca información escasea en la mente del mejor doctor; allí, entre los enormes pasillos, entristecen los misterios, las preguntas sin respuestas, los credos ya no son fiables, un nuevo huésped puede habitar el cuerpo de cualquier visitante al hospital, desea sumergirse en nuestra humanidad, ahora todo está en manos de la temible ciencia, de esa que jamás sospecha, la que siempre acecha, cautivando sapiencia nunca falla, siempre se enriquece de los visitantes. Ahora somos posiblemente la creación del inocente, habitamos un cuerpo que quizás con poca suerte albergue al huésped sereno, al más calmado, al que podríamos derrotar como un sutil resfriado, se pregunta un veterano médico viendo rodar camillas ensombrecidas, anunciando una mala venida, observando con perplejidad lo que estaba aconteciendo; a su alrededor, no dejaba de buscar una salida hacia algún lugar; inquietos, frente a los anuncios de sirenas, comienzan la más dura de las batallas por salvar a cada paciente que ingresaba en aquel lugar.
Órdenes precisas, camas camufladas, pocas preguntas, y mucho menos hablar de nada, todo aquello parecía una sucesión de prisas, un desatino impreciso, una película casi de Tarantino; ante aquel equipo médico sin ninguna infraestructura ni protección, comenzaron los primeros pasos, las primeras unidades a trabajar, sin horarios, a desvelar cómo poder deshabitar al huésped que quizás solo la ciencia, esa que jamás pierde, podrá liberar. En aquella sala misteriosa, sin mucho que objetar, todos los médicos observaban con la impotencia en sus guantes, el nervio ocular distraído y sus ganas de llorar, una sucesión de olvidos de muertes sin igual, ¿qué está sucediendo?, se preguntan constantemente.
—Doctor, por favor, doctor —una agitada voz de enfermera con el nerviosismo del miedo en sus latidos, las prisas en sus zapatos y detenido el pulso en tez blanquita—. Doctor, por favor, ¿qué está sucediendo? —dice con temblorosa voz—. No disponemos de camillas, no tenemos sanitarios disponibles para tantísimo dolor, no podemos atender a la sensatez, no hay medios ni ideas, no tenemos ni tan siquiera el valor de preguntar, ¿qué amenaza acecha con tanta frialdad, que entran sentados y en pocos minutos ese letargo aparece, en el consumo más aislado junto a la muerte?, ¿qué podemos hacer, doctor Zoilo?, ¿ante quién estamos tratando?, ¿por qué nadie avisó del panorama que, desolado, ha dejado los pasillos del terror? No hay camas, no hay lugar, no hay salida, no podemos dejar que unos pacientes se acerquen a esta unidad, ¿me está poniendo atención, señor Zoilo?
Con la mirada penumbrosa, el desvelo del envejecido rostro, las canas propias de una vida pasada, y la angustia detenida en sus manos le dice:
—Atienda las emergencias, dé instrucciones y activen protocolos recomendados, bloqueen los accesos y todo eso sin generar ningún pánico, atienda, enfermera, con calma, no busque en este preciso momento acertar, solo intente coordinar lo mejor que podamos el hospital. Enfermera jefe, Kristen, de la unidad de infecciosos, no tema, que los demás no perciban la sudoración, la poca saliva, el miedo que acecha sus dudas, que todos mantengan la cordura. Comencemos, no hay tiempo para hallar dudas, acondicionen salas y unidades para infecciosos, preparen unidades de UCI, organicen unidades para cuarentenas posibles y preparen morgues improvisadas, con la calma y serenidad, con la que rigurosamente cada día nos enfrentamos a trabajar.
»Precisaremos todas las unidades disponibles, la capacidad de trabajar con determinación, buena coordinación y, sobre todo, la absoluta combinación de evaluar y dar la mejor atención que podamos ante tal frecuencia de urgencias. Evitaremos colapsos innecesarios y, a partir de ahora, trataremos con todos los protocolos de alta seguridad habilitados, manteniendo máxima prioridad ante un posible brote «pandémico», tome nota, enfermera jefe (plan de contingencia).
»Centro de coordinación de alertas y emergencias, plan contingente sanitario para posible pandemia, virus desconocido, con nombre propio conocido como Covid19, coronavirus.
»Soporte de oxígeno, unidades de prevención y riesgo de infecciones, médicos y científicos, disponibilidad inmediata. Unidad de microbiología y unidades de cuidados intensivos UCI, todo cuanto podamos preparar para una posible avalancha de vidas humanas, necesitadas, y con la fatalidad en carencia de hallar suficientes respuestas.
»Tenga la amabilidad de llamar a los doctores y enfermeras, equipos médicos y auxiliares, prepararemos reuniones con todos ellos; primeramente, convoque a los doctores y póngase en contacto con máxima prioridad con preventivos e infecciosos, localice a los doctores Kilian, Alice, Uriel y todo su equipo.
»Lamentablemente, debemos iniciar la que seguramente será la batalla más complicada con la que hemos combatido nunca. Llegan inmediatamente instrucciones precisas desde los organismos competentes, se dan órdenes concretas y específicas a los organizadores de los hospitales, con carencia de palabras y vacía de muchas respuestas, las órdenes son precisas, urgentemente todos los médicos y personal sanitario han de colaborar; es preciso erradicar una pandemia ya establecida en otros países, ejecutando miles de vidas humanas, quizás millones, no hay tiempo para premisas ni tributos, no hay margen de error, no hay suficientes equipos ni infraestructuras médicas, quizás ni imaginamos la densidad del percance, no podemos trasladar incertidumbres, pues quizás el miedo sea la parálisis mayor de la humanidad. Se habilita la prudencia, se deja al descubierto la decadencia, el miedo sujeta el largo pasillo de camillas que entran, llenas de pacientes esperando respuesta, imprescindible atenderles según su estado, posibles evaluaciones e inquietantes y confusas comprobaciones, es esencial mantener y guardar la compostura, los rezos y las abreviaturas, desalojad las salas, las órdenes son bien claras —grita uno de los médicos jefes del hospital con su bata en mano, desorden en su mirada y poca voz dentro de lo congestionada que está su nariz—. No puede haber ningún paciente acompañado por nadie, la soledad impera, los rincones del pasillo de la angustia hemos de poner en cuarentena oficial y a los acompañantes, seres queridos y personas que hayan podido estar a menos de un metro de alcance de cada sujeto, habiliten zonas, preparen altas médicas a aquellos enfermos que no revistan gravedad inmediata, y evalúen la fórmula de atender y dejar libre la sala de urgencias en pocas horas. Tenemos que dar máxima cobertura a los pacientes infectados, a partir de ahora, procederemos a hacer y trabajar sobre las órdenes y supervisión de los altos mandos, y a no entorpecer la labor de quienes han de saber, todos los que tenían libre o cuadrantes con festivos, pasan a ser anulados de inmediato, las horas se alargarán un poco debido a la situación, y una vez todos atiendan las especificaciones, se les dará una pequeña charla intensiva y breve de cómo tienen que proceder, sean residentes auxiliares, camilleros, médicos, enfermeras, personal de limpieza, vigilantes de sala y de hospital, y médicos de ambulancias, auxiliares clínicos, todos recibirán en breve información precisa y detallada para poder trasladar y ejecutar su función sin acontecer mayores riesgos para ustedes, pero piensen que nos encontramos ante algo diferente, desconocido, y hasta el momento no tenemos ninguna información agradable sobre este virus. Solo sabemos que se presenta, alejándonos de nuestros sistemas, de nuestros lugares, de nuestras familias, para unirnos a la tierra, pues las muertes se contabilizan por millones y quizás estas cifras, jamás sean sinceras, debido a la escasez de tiempo y la crueldad del virus no podríamos precisar detalladamente ninguna cosa real, estén todos atentos —exclama el doctor, en apariencia cansado con la preocupación del pasillo infectado de camillas que sujetan soledades, lloros, tristezas y lamentos.
—Nada parece prever que los acontecimientos mejoren —dice Austin con desilusión entre palabras y piel erizada; escalofríos que se podrían confundir con su nariz taponada por el resfriado que estaba pasando.
Movimiento constante y gritos en un ala del hospital, dentro de esos pasadizos cerrados largos y emblanquecidos, donde la desilusión florece, los miedos se ralentizan y las frustraciones divagan en la mente, de los que sujetan la cama fría rígida. Por momentos, crece la incertidumbre y los familiares atónitos no encuentran sentido a desalojar el espacio de sus seres queridos, no sin respuesta, al igual que la determinación de ponerles bajo prevención sin una palabra añadida al respecto, no comprenden la tensa situación por la que están atravesando; los coches, pacientes y salas del hospital, se confunden entre los mareos vertiginosos de la confusión, la correosa callada por respuesta de la administración, el latir aparente de la desolación y, a prisas, los camilleros atienden personas congestionando esas salas que atormentan y duermen el dolor, mientras un sinfín de camas repletas de bancos y sillas confusas de pacientes aquejados por algo, que oprimen su respiración, hacen su pulso agitado, duermen la fatiga y comienzan los dolores musculares, sus articulaciones parecen por momentos disgustadas; allí inquietos, en sillas, esperando sus turnos alejados de la compañía de quienes aman sus vidas, retenidos en una cuarentena improvisada, donde enfermeras, médicos y auxiliares no dan crédito a lo que está sucediendo, no pueden, no saben, no deben decir más de lo que la consecuencia acontece, y cómo evitar la mirada del padre que busca la mano de quien compartió cuarenta años a su lado, cómo evitar que esa camilla donde entuban la vida del que agoniza, del que respirar no puede sin una máquina fría, contando la locura hecha desastre, la poca coordinación, los medios insuficientes y un mundo de sensación al fracaso se hunde entre los labios de todos los que atienden preocupados, porque también ellos son conscientes de la magnitud de esa plaga que parece desolar al más débil, arranca la vida de los poetas intensos que han vivido con bayonetas, guerras, lamentos y hambrunas de otros tiempos, este intrépido habitante que se hospeda en los que hicieron grande el mundo y cada uno de los instantes, y allí retenidos entre los guantes que lloran la impotencia, la rabia que sacude la clemencia y la desesperación de no saber realmente si estamos en guerra; ya no suenan las trompetas, ya nadie da al acierto un toque de queda, pero ahora el alambre no es visible, no hay vallas ni alcaparras que alivien el desastre, la magnitud de esta encrucijada puede bien ser foco de muchos desórdenes cruzados, entre poderes establecidos, entre mitos, realidades o verdades, lo único certero es que en esas camas de tal hospedaje viajan yacientes muchos cadáveres, siguen las órdenes tan claras como confusas, nadie se pone de acuerdo, pero no cesa el movimiento. Los médicos que atendieron primero inician la reunión por grupos reducidos para que los enfermos sean atendidos, hacen turnos de clases de prevención, mientras se miran exhaustos, dispersos, con la intención de aprender y la poca sensatez de saber, queriendo correr de aquello que no dan crédito, miran esos pasillos cargados de esperanza donde muchas de esas camillas sostiene muertos entre sábanas blancas, como podemos escuchar el prevenir de esta enfermedad, el doctor y la jefa de enfermeras ponen orden y apaciguan los lloros de sus compañeros que, impotentes, están viendo vertiginosamente cómo la carpa del sueño, llega sin hacer revelaciones, quitándole al mundo razones, dejando libre sus pasos agigantados a la guadaña de las oraciones. En esa sala, sentados, atendiendo a las clases que imparten la enfermera Scarlett al mando, y el doctor con brisa apagada, ironía en los labios, pena en su corazón y atrevimiento descoordinado, intentan hacer valor enseñando trucos a sus compañeros, sabiendo que quizás de nada sirva estudiar en esa temeridad, probablemente no podrán escapar a la gran carpa de la oscuridad, esa temible guadaña que posiblemente se los llevara, trabajan sin los medios precisos, trabajan al mismo compás. No reúnen material preciso, no hay trajes de infecciosos en todos los sitios.
—Estamos visionando despacio la caída de lo creado, reduciendo espacios y sabiendo que muchos de nosotros seguramente estamos ya contagiados —dice el doctor Zoilo—. Nuestro trabajo es salvar vidas, hemos de contener esta desolación. Hagan su mejor labor, ayudemos a mejorar los ánimos, a no derrotar a los callados. Procuremos serenidad a los olvidos y espaciemos nuestros ojos cristalinos, batallemos como es debido y simplemente decirles suerte, fin del cursillo. Sean valientes, no atrevidos, no relajen sus medidas de seguridad, pero tengan en cuenta que desde ahora somos un foco de contagio más; al igual que ellos, nuestra oportunidad se reduce al cero restando minuteros al tiempo, hagamos bien nuestro trabajo.
Reunidos los doctores de infecciosos, sin teorías ni conclusiones, todos ellos haciendo labores que no competen a su trabajo, cada uno aportando de más, y distrayendo a los demonios que visitaban su hoja de ruta, cada vez que un alma viajaba en la soledad más absoluta, en esa tristeza dividida entre camas de pasillo frías, el doctor Uriel, junto con su gran equipo médico, contaba con preocupación los respiradores; en los pocos aciertos los recontaba, sus manos nerviosas con el temblor que se ríe a golpe de penas, no lograba entender que no hubieran suficientes respiradores, tampoco camillas, tampoco oxígeno suficiente, aquello era un colapso, no por los pacientes, no porque los familiares desearan esas merecidas explicaciones, estaban faltos de cualquier material para poder salvar vidas. Su cometido ante una gran crisis estaban vacíos de material, confundidos de promesas y solo acertaban a ver cómo salían camillas con cadáveres envueltos en esos plásticos que callan, guardan silencios, amortajan recuerdos y olvidan momentos; allí, postrados en la desigualdad de la importancia rota, resurgiendo de la derrota sin coherencia alguna con los ánimos partidos, llamando a todos los laboratorios, residencias y almacenes para reponer de inmediato todo aquello, una llamada tras otra, una promesa continua a la otra: «un no se preocupe, que todo marcha, llegarán en pocos días las unidades», mientras aquellos doctores, y coordinadores médicos mantenían intacta la perseverancia de poner todo cuando se podía hacer, no llegaban los remedios, flaqueaban tras las horas las fuerzas, y la derrota consumía sus caras; sabían positivamente que hasta el momento el virus no podía ser tratado, como frecuentemente millones de ellos que residen en nuestro organismo, pero este daba la sensación de no desear marcharse, venía en un principio con ganas de habitar cuerpos cansados de pelear, cuerpos enfermos de luchar, pero con excepciones varias también se depositaba y hacia un lugar, entre la salud de los cuerpos jóvenes el bienestar de habitar un cuerpo saludable al cual no dejaba luchar, este habitante sin rostro, sin nombre aparente y con un alias poco frecuente, estaba echando un pulso a los latidos de lo que conocíamos como una natural vida, sin tiempo para una posible organización ni idea real de cuál era el misterioso virus que alcanzaba tanta plenitud y desigualdad, en unos pacientes y otros, un trasiego mental con tanta desorganización, como ideas y preguntas escondidas en los labios de aquellos primeros doctores que se ceñían a todas las recomendaciones y protocolos que establecían los momentos sin carencias de ellas, pero con la humilde preocupación, la desolación de sentirse aislados y la interrogación del saber si aquello estaba siendo bien tratado, la desinformación era una de las claves precisas para eludir motores; por otro lado, eran nervios y prisas, lloros, gritos de esperas y protestas, abarrotando las salas del viejo hospital, vencido por sus reformas acogiendo a pacientes moribundos, aplicando el amor a los que ya se hallaban ingresados y escasos de personal intentando abrazar a los que dejaban atrás a un familiar, todo esto sin un respiro, una vertiginosidad aplastante en sus cuerpos, el desaliento y el cansancio tremendo, las preguntas ajenas al tiempo, y las camillas anunciando que quizás esto no ha hecho más que comenzar. Toda la distracción olvidada, todos deben estar unidos ante tanto desigual, los heridos que llegan por accidentes deben ser atendidos en otras salas. «Habiliten con más rapidez este monumental caos, por favor», decía aquel gastado doctor con su bata blanca recogida en gotas de sangre, sus manos temblorosas, sus apagados ojos ya no alcanzaban a limpiar esos cristales opacos, todo era prevenir, cuantas más personas acudían, más imperaba la impotencia perdida, aquel envejecido doctor por minutos se enfrentaba a lo que él llamaba su propia cobardía, abrazándose la cabeza con elegancia exclamaba:
—¿Dónde están los médicos de guardia, por qué nos derivan a tantos pacientes, qué está sucediendo realmente? —Mientras corría a la llegada de un accidentado de moto que su vida perdía, entre el auxilio del dolor y el desespero de lo incierto gritaba—: Preparen dos quirófanos inmediatamente, busquen al equipo de médicos y al doctor Kiliam —repetía Zoilo con voz grave, su cansancio entre los labios.
Los transeúntes observando con la curiosidad helada, desbordados de información tan necesaria como desconcertante, donde no sabían qué pasaba, donde el ignorar quizás es la mejor terapia, veían a médicos aislando sus miedos, a enfermeras fumando recuperando vicios de nuevo, a auxiliares hablando con sus hijos de qué sería mejor en cada momento, se respiraba ese ambiente desconocido e inquietante, en las puertas de urgencias donde no dejaban de visitar las ambulancias, donde ese café era el amargo nutriente de horas de guardia, donde los familiares acechaban a preguntas a cualquiera que tuviera la vestimenta enfundada en urgencias, dentro del temible dolor de voces llorando la muerte incierta, dentro de la confusión de la puerta que parece no cerrar su paso, dentro de la sensatez del ser humano, todos nos mirábamos sin preguntar, hallábamos la forma de cautela, aunque en la precisión más certera, los unos a los otros uníamos fuerzas de flaqueza, de cada abrazo al desconocido era la plegaria de los sueños rotos, almas que nunca se habían visto, ahora se unían al rezo desconsolado del que partía de esta vida. Entraban urgencias de simples resfriados víricos y se alejaban en pulmonías que costaban vidas, esos pasillos cargados de prisas, gente en los boxes pidiendo ser atendidas, hasta la sala de la locura esta vez tenía la sensatez propia de la ironía.
