¡Caupolicanazo! - Nelson Ávila C. - E-Book

¡Caupolicanazo! E-Book

Nelson Ávila C.

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La connotación pública en el ejercicio de la política se ha cultivado en Chile básicamente desde el Congreso y La Moneda. Pero, sin duda, el mejor sitio para medirla siempre ha sido el teatro Caupolicán. La historia enseña que quienes no eran capaces de llenar las tribunas de esa arena no podían aspirar a un escaño parlamentario y mucho menos al sillón presidencial. Un "caupolicanazo" era el sueño de todo movimiento o liderazgo político que aspirase a una instancia superior de representatividad. Desde la experiencia de una extensa vida parlamentaria y el sello de su singular elocuencia, el autor de este libro rescata la rica historia política del teatro Caupolicán. Y anticipa que lo hace a lomo de una memoria emocional y no desde la óptica de un cientista político o de un historiador. "Se trata de un libro sin ataduras, que da una mirada inquisitiva a hechos históricos, penosamente ya sepultados en el tiempo. Y para mayor desgracia, condenados al olvido. Había que rescatarlos, porque la gran mayoría de ellos son piezas claves para entender mejor una parte de nuestra historia." Pocos han tenido el privilegio de hablar en el Caupolicán. Pero, todavía nadie ha podido lograr que el propio Caupolicán hable de su pasado. Eso es lo que nos entregan estas páginas: reivindicaciones de todo tipo, expresiones solidarias, líderes en ciernes y caudillos insurgentes. En suma, la memoria que desprenden los muros de este señero recinto que revela parte de la historia de Chile desde el "caupolicanazo".

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Nelson Ávila C.

¡CAUPOLICANAZO!

REVIVIENDO DISCURSOS LEGENDARIOS EN LA “CATEDRAL” DE LA POLÍTICA CHILENA

Ávila C., Nelson

¡Caupolicanazo! / Nelson Ávila C.

Santiago de Chile: Catalonia, 2021

ISBN: 978-956-324-907-1ISBN Digital: 978-956-324-908-8

Historia de Chile

983

Diseño de portada: Mateo InfanteFotografías de tapa e interior: archivo personal del autorCorrección de textos: Hugo Rojas MiñoDiseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M.Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco 

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: octubre, 2021

Registro de propiedad intelectual: 2021-A-9471ISBN: 978-956-324-907-1ISBN Digital: 978-956-324-908-8

© Nelson Ávila C., 2021

© Catalonia Ltda., 2021Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
Introducción
Capítulo 1 (1938 a 1958)
1. El Caupolicán y su barrio San Diego
2. La convención para Pedro Aguirre Cerda
3. Una ventana al mundo
4. Divorcio a tablero vuelto
5. Un sacerdote en el Caupolicán
6. El Caupolicán y la unión del país
7. Un teatro para cada lado de la “Cortina de Hierro”
8. El Caupolicán sindicalista
9. El Caupolicán de los “con cola”
10. El Caupolicán y la “ley maldita”
Capítulo 2 (1958 a 1973)
Reflexión del periodo 1958 a 1973
1. El “caupolicanazo” de Jorge Alessandri Rodríguez, el “Paleta”
2. El Caupolicán y la Democracia Cristiana
3. La “Revolución en libertad”, desde el Caupolicán
4. Dos grandes “tenores” de la Democracia Cristiana en el Caupolicán
5. “Caupolicanazo” contra el “gobierno de los gerentes”
6. Un rockstar comunista en el Caupolicán
7. El sindicalismo de la Unidad Popular en el Caupolicán
8. El “caupolicanazo” final de Miguel Enríquez
CAPÍTULO 3 (1973 y más allá)
1. El bypass cultural de la política
2. El “caupolicanazo” de Frei 1980, una hoja de ruta
3. El Caupolicán de la reconciliación y la realpolitik
4. Ese “Señor Lagos”
5. El retorno del periodo sabático
6. El Caupolicán de los indignados
7. Un lanzamiento de campaña con fuego amigo
8. Un Caupolicán de antípodas
9. El segundo intento
10. El hechizo de las segundas partes
11. Un cheque de goma rebota en el Caupolicán
12. El Caupolicán de los masones
13. La “franquicia” Donald Trump llega a calle San Diego
14. La reconquista neoliberal en el Caupolicán
Reflexiones finales
Bibliografía
Apéndice fotográfico

Introducción

Ahora ya no transito por los azarosos derroteros de la política contingente. El compromiso que me movilizó se mantiene, pero en una forma, carácter e intensidad diferentes. No recorro los abigarrados cerros de la costa ni los polvorientos caminos rurales de Aconcagua. Mis trancos pasaron a ser cibernéticos. Nada sigilosos, eso sí, por lo “ruidosa” que se ha mostrado la era digital. Las redes sociales son mi vehículo predilecto. La comunicación a través de ellas es, casi siempre, de naturaleza visceral. No hay lugar para la discreción ni la templanza.

En mi etapa de estudiante, solía permanecer horas en las tribunas del Senado, siendo embobado testigo de aquella portentosa retórica que envolvía al recinto. Me atraía la curiosa liturgia que se aplicaba en las sesiones, así como el trato que se daban entre sí los encumbrados miembros de ese cuerpo legislativo. Los variados estilos de oratoria también eran objeto de mi curiosidad. Pero, en general, ese mundo me resultaba muy ajeno, distante y de difícil asimilación. Hasta que fui parte de él. Pero, esa es otra historia.

Mejor voy a mis raíces: crecí en Santa María, un apacible pueblo del valle de Aconcagua, enclavado entre cerros precordilleranos de la Región de Valparaíso. Su homónima ciudad puerto otrora fue motor económico, artístico y cultural de nuestro país. Desde Santiago, una vez trasladado allí el Congreso, se oteaba la mítica capital regional como una Roma vernácula donde tribunos de diversa estirpe nutrían el ordenamiento jurídico del Chile del siglo XX.

El Congreso y La Moneda han sido espacios donde se ha cultivado con esmero la connotación pública. Pero el mejor sitio para medirla siempre ha sido el teatro Caupolicán. Quienes no eran capaces de llenar las tribunas de esa arena, con capacidad para más de 7 mil personas, no podían aspirar realistamente a un escaño senatorial y mucho menos al solio presidencial. Un “caupolicanazo” era el sueño de todo movimiento o liderazgo político que aspirase a una instancia superior de representatividad.

Por eso, quise asumir, no sin algún temor, el incitante desafío de desentrañar, o más bien construir, la rica historia política del teatro Caupolicán. Será a lomo de una memoria emocional y no desde la óptica de un cientista político o de un historiador. Se trata de un libro sin ataduras, que da una mirada inquisitiva a hechos históricos, penosamente ya sepultados en el tiempo. Y para mayor desgracia, condenados al olvido. Había que rescatarlos, porque la gran mayoría de ellos son piezas claves para entender mejor una parte de nuestra historia.

No muchos hemos tenido el privilegio de hablar en el Caupolicán. Pero, todavía nadie ha podido lograr que, acerca de su pasado, hable el propio Caupolicán.

Hasta ahora.

Antes de escudriñar en su trayectoria, a este recinto señero hay que reconocerle un hecho indubitable: las reivindicaciones de todo tipo, las expresiones solidarias, los líderes en ciernes, así como los insurrectos caudillos no conseguían un respetable sitial en el reconocimiento ciudadano si no venían con la unción de un “caupolicanazo”.

No tiene parangón el clima que crea este mitológico espacio cuando su capacidad es desbordada por un público entusiasta. Aparte de trasponer al político a un estado de gracia, automáticamente, lo pone a salvo de la intranscendencia.

Capítulo 1

(1938 a 1958)

1. El Caupolicán y su barrio San Diego

Corría el año 1937. En plena guerra civil, “Guernica”, el grito de horror de Pablo Picasso, refulgía en la noche más oscura de la desgarrada España; Amelia Earhart, la famosa aviadora estadounidense, se perdía para siempre en el mar; George Orwell retrataba de manera vívida la odisea de los mineros del carbón en “El camino a Wigan Pier”; en septiembre,  J.R.R. Tolkien publicaba “El Hobbit”. Y un 21 de agosto del mismo año, el Presidente chileno Arturo Alessandri Palma inauguraba el edificio del teatro Caupolicán.

El país gobernado por el León de Tarapacá celebraba su primer lugar en el campeonato sudamericano de baloncesto. Argentina, el campeón vigente, no pudo retener la corona. Por otro lado, mientras el mundo se acercaba indefectiblemente a la Segunda Guerra Mundial, Chile enfrentaba los desafíos de su joven democracia. Así, en 1932 esta inauguraba el segundo gobierno de Alessandri Palma con un horizonte constitucional efectivo otorgado por la Carta Fundamental de 1925, ya en pleno vigor.

En cuanto a población, según los censos de 1930 y 1940, el país oscilaba entre los 4 o 5 millones de habitantes. La ambición de dotar a Chile de un coliseo para los eventos nacionales e internacionales más importantes fue un desafío que terminó asumiendo la Caja de Empleados Públicos y Periodistas. Esta importante entidad gremial, entre 1935 y 1936, encargó al connotado arquitecto chileno Alberto Cruz Eyzaguirre la misión de levantar en el polígono cercano a la Av. Matta, cerca de las casonas de Av. San Diego y calle Lingue (hoy Lincoyán Berríos), una construcción de envergadura para grandes espectáculos bajo techo. La dirección se convertiría en todo un hito: San Diego 850.

El Arquitecto Cruz Eyzaguirre no se amilanaba ante el reto, pues acarreaba en su bitácora profesional edificaciones de fuste: la fábrica Machasa, el hotel Carrera y el teatro Oriente de Providencia. La prensa de ese tiempo no dejó de ensalzar la “fabulosa” obra inaugurada por el Presidente, pues cumplía satisfactoriamente con los elevados estándares de sus homólogos en otras latitudes.

En 1932 se había inaugurado el nuevo y definitivo Luna Park de Buenos Aires. A cielo abierto primero y techado dos años más tarde.

El Caupolicán partió siendo, en su tipo, el único megarrecinto bajo techo. Se diseñó con la forma de un coliseo romano. La idea era que el público rodease el escenario. Se alzó en un terreno de 4.116 m2, habilitado para albergar de 7 a 8 mil espectadores. Si bien para las actividades artísticas y deportivas sería un gran desafío llenar sus gradas, la política partidaria veía en ese recinto un reto inalcanzable. Ahí quedaba como todo un desafío para quien quisiera medir su capacidad de convocatoria. Según cómo le fuese en ese empeño podía gritarlo a voz en cuello o hacer mutis por el foro. Su hermano mayor de la época era el Estadio Nacional, inaugurado en 1938. También parecía desproporcionado, considerando los censos X y Xlya mencionados. El mismo Presidente lo había motejado de “elefante blanco”, estigma que también salpicaba al “Caupolicán”, su pariente de calle San Diego, pero en diminutivo: “elefantito blanco”.

¿Qué eventos o personalidades podrían llenar 7 mil butacas en un país de tan poco fuste? No deja de sorprender que, si bien el Caupolicán nace para albergar grandiosos espectáculos artísticos, se construyera por obra y gracia de un ente político gremial como la Caja de Empleados Públicos y Periodistas. Esta institución, creada por Decreto N° 1.340, del 6 agosto de 1930, reunía a miles de afiliados bajo un sistema de reparto solidario con financiamiento tripartito. Así consiguió, por décadas, entregar protección social a sus afiliados, expresada esta en ahorro, salud y también apoyo financiero e incluso significativas soluciones habitacionales.

Tan gigantesca como el faraónico edificio fue la prueba a la que se sometió el empresario Enrique Venturino Soto. Este adquirió el teatro Caupolicán a inicios de la década de los cuarenta, convirtiéndolo en una máquina productora de eventos y él mismo devino en un mago de la entretención. A esta actividad se brindó por entero hasta 1984. Con todo empeño se puso tras la idea de revolucionar el ámbito revisteril, los espectáculos musicales y algunos deportes bajo techo, en particular el boxeo.

Una pléyade de estrellas deleitó a los chilenos gracias al genio de Venturino: la Filarmónica de Nueva York, Duke Ellington, Claudio Arrau, Bill Halley, Los Panchos, Jorge Negrete, el Circo de Moscú, la orquesta de Pérez Prado, el Circo Acrobático de China, el elenco original de la Pérgola de la Flores, Rayén Quitral, Josephine Baker, Maurice Chevallier, Lucho Gatica y un gran etcétera.

Venturino tenía que esforzarse en salvar las vallas que la realidad del país levantaba entre sus ambiciosos proyectos y las miles de butacas que lo aguardaban en calle San Diego. El célebre periodista Osvaldo Muñoz Moreno, “Racatán”, lo describía así: “Alto, macizo, campechano, francote sabia decir las cosas por su nombre. Era un trabajador infatigable. Él mismo se encargaba de la publicidad”.

Solamente alguien de ese enorme empuje podía haber definido el rol que el “Caupolicán” jugaría para la historia de la política de partidos en Chile. Con su acostumbrado lenguaje llano, decía que el teatro no tiene partido político: “Paguen y griten lo que quieran”, decía, y esa fue la filosofía con la cual cada colectivo, de derechas o izquierdas, tuvo la posibilidad de vivir sus horas más épicas. En plena edad de los followers, el “Caupolicán” sigue siendo el mejor lugar para dar una señal al país, con respaldo de masas movilizadas.

Venturino dejó el teatro en 1984, en medio de una grave crisis económica en el país y a nivel mundial. Vinieron años de profunda incertidumbre. El recinto fue adquirido por el Club Social y Deportivo Colo-Colo, en 1991, siendo infructuosamente rebautizado como “Teatro Monumental”. Aparte del desacierto en el cambio de nombre, una mala gestión puso en jaque su existencia misma. En ese punto crítico surgieron los descendientes del gran empresario del espectáculo José Aravena, amigo de mil batallas de Venturino. La familia Aravena lo adquirió en el 2004, rescatándolo de un presente deplorable y de un futuro muy poco auspicioso.

Estos nuevos y pujantes emprendedores pusieron las cosas en su sitio. Gracias a ellos, hasta hoy disfrutamos del consular recinto, excelentemente restaurado y hasta mejorado en muchos aspectos, en relación con el original. Han sabido honrar el sueño de su padre, consolidando al Caupolicán como el superrecinto para los espectáculos masivos de jerarquía. Es nuestro Madison Square Garden o, en una escala latinoamericana, nuestro Luna Park.

Por otro lado, resulta difícil imaginar siquiera al Caupolicán sin el barrio que lo vio nacer. Santiago es una ciudad que perdió la traza e identidad arquitectónica de sus barrios históricos. Sus habitantes, por lo general, nacen en una comuna, pero los avatares del destino los desarraigan a lugares ajenos a su infancia. Sin embargo, el Caupolicán nunca renegó de sus raíces. Ha sido, es y será un emblema de la calle San Diego. Esta popular arteria capitalina debe su nombre a la iglesia y colegio homónimos que por largos años funcionaron en el sector. Es la puerta sur de la capital, bullente de comercio de pequeña y mediana escala.

Si Santiago tuvo una importante vida nocturna, fue gracias a esta arteria. Deslumbraba con sus múltiples letreros luminosos ofreciendo por doquier “picadas”, clubes, bares y hasta libreros que le daban vida al trasnoche. Cerca de ella está el barrio Franklin, repleto de ventas de muebles, antigüedades, instrumentos musicales y restaurantes sencillos.

Las veces que la ciudad estuvo en el vórtice de los acontecimientos políticos, desde el “Caupolicán” emanaban mensajes trascendentales de importantes actores de la contingencia. El icónico recinto hacía las veces de un curioso oráculo, si bien no de Delfos, sí de San Diego.

2. La convención para Pedro Aguirre Cerda

El debutante teatro Caupolicán era un reto casi quimérico para los organizadores de cualquier tipo de acto público. El bautizo de fuego de sus graderías, vestíbulos y boleterías vino desde el ámbito menos pensado: el político. Y se trató nada menos que de la gran convención presidencial del Frente Popular.

El 15 de abril de 1938, miles de adherentes a los partidos Radical, Socialista, Comunista y Democracia Unificada debieron resolver la designación del candidato del conglomerado para las elecciones de octubre de ese año. Toda la prensa de la época cubrió este importante evento.

El radical Pedro Aguirre Cerda ya se había impuesto a su competidor Juan Antonio Ríos el año anterior, 1938. Y el cacique del socialismo chileno, Marmaduque Grove, iba por los colores del Partido Socialista (PS). Elías Lafertte representaba al Partido Comunista (PC), mientras Juan Pradenas competía también como líder del partido Democracia Unificada.

Fue una gran convención con más de 1.030 delegados y el naciente coliseo estuvo a la altura de la significación del evento. Se dio a conocer la metodología, la que instaba a

…realizar sucesivas votaciones hasta que alguno de los candidatos obtuviera los dos tercios (686 votos). Se establecía además que en el caso de llegar a una sexta votación con más de tres candidatos se debería eliminar el de menor votación y para la séptima solo deberían quedar dos. (Pedro Milos: 267)

Como era presumible, se dieron sucesivas votaciones hasta el día 16 de abril y la candidatura presidencial del bloque se cerró entre Grove y Aguirre Cerda. La Democracia Unificada y el Partido Comunista se abstuvieron, permitiendo dirimir la contienda entre radicales y socialistas.

Llegado el 17 de abril, el PS realizó su primer congreso general extraordinario de forma paralela. Ahí recién decidió poner fin a la candidatura de Marmaduque Grove Vallejos, para apoyar a Pedro Aguirre Cerda. A la hora de proclamar a este y, simbólicamente en el ring, se le convirtió en candidato oficial del Frente Popular. El también radical Gabriel González Videla fue nombrado presidente del Frente Popular y el líder de los socialistas, Marmaduque Grove, asumió la dirección de la campaña electoral, que se venía brava frente al rival Carlos Ibáñez del Campo y el delfín del Presidente Alessandri Palma, Gustavo Ross.

El diario La Nación no se movió del Caupolicán en esos dos intensos días. El 16 informó que, en siete votaciones, Pedro Aguirre Cerda obtuvo 400 votos y el señor Grove, sorprendentes 360. Con ello, dejaba de manifiesto la competitividad de los socialistas.

Según el ya mencionado periódico, asistieron más de 6 mil personas y el gran orador de la velada fue el líder radical González Videla, quien avivó las pulsiones con un discurso vigoroso, centrado en temas sensibles, como la naturaleza del Frente Popular, el rol del comunismo en el mundo y el combate al fascismo. González Videla, presidente del Frente Popular, dijo en ese Caupolicán atestado que “por primera vez la clase obrera se unía con la clase media, para conseguir una democracia verdadera”.

Los 90 minutos que duró la encendida alocución de González Videla concluyeron con un giro de inspiración jacobina, agregando: “El Frente Popular quiere alcanzar el poder, pero limpiamente de forma digna. Sin embargo, ¡ay de los traidores que se le crucen en el camino del triunfo, porque la masa se levantará con sus manos amenazantes para llevar la tea de la revolución!”.

Todavía no se apagaban los vítores por el discurso de González Videla cuando hizo su ingreso otro aclamado caudillo, el socialista Óscar Schnake. Ahí la acústica del recinto estalló con el estrépito de una bomba sonora, entre gritos de “¡para vencer, Grove al poder!”, mientras otro sector de la concurrencia retrucaba con “¡unidad, unidad!”.

Bajo la envolvente cúpula del Caupolicán, se cruzaban las pullas de comunistas, socialistas y radicales ensalzando a sus candidatos. Schnake a su turno, con mucho tacto, se abstuvo de arrojar acelerante al fuego de esas pasiones. Al revés, sus palabras fueron como un bálsamo en favor de la unidad. Con tono enérgico, pidió a los aliados no asustarse si el socialismo gritaba el nombre de Marmaduque, dado que para este partido joven el caudillo ya no tenía los perfiles de un hombre, pues se había fundido en la masa. Sin embargo, ese fervor, aseveró el líder socialista, “no está destinado a luchar contra otro hombre del Frente Popular”. Schnake atemperó a la audiencia, exponiendo que combatirían con la misma fuerza y convicción por su líder o el que fuese nombrado para las elecciones de octubre. Así, dejó al agitado auditorio convertido en un mar menos proceloso y libre de borrascas.

Por los pasillos y lobbies del Caupolicán, socialistas, radicales, comunistas y gremios de trabajadores, en la madrugada del día 17 de abril, consiguieron unificarse en torno a Aguirre Cerda. Antes de la convención, el Frente Popular había desarrollado un programa de gobierno. En este, prometía a los socialistas que el régimen tendría un perfil antifascista y también aseguraba una presencia de esa colectividad en ministerios sociales claves, como el de Salud.

Es posible explicarse, entonces, cómo en el Caupolicán se consolidó el espíritu que dominó en la era de los gobiernos radicales: impulso a la industria y a la educación pública, gratuidad de la enseñanza en todos los niveles, creación de institutos y universidades, así como fuerte protección estatal a los escolares en situación de pobreza.

3. Una ventana al mundo

En lo político, el teatro Caupolicán inició su navegación en aguas tumultuosas. El mundo de los años 1937 al 41 estaba siendo sacudido por conflictos de dimensión planetaria que a nadie podían dejar indiferente.

Chile, un país lejano de los centros del poder mundial, siempre experimentó la tentación de ponerse a la vanguardia de lo que fuese. A veces, incluso siendo más papista que el Papa. Las pasiones desatadas a miles de kilómetros de acá se vivían como propias por gente ávida de sentirse en el epicentro del conflicto. La prensa de la época reproducía la enconada controversia a que daba lugar el fragor de los combates, primero en España y después en toda Europa.

La guerra civil española desgarró a Chile y produjo una división profunda, encarnizada, que se traducía en adhesión y solidaridad activa hacia los bandos en contienda. Hijos de españoles se enlistaban para reconocer filas en ellos. Proliferaban los actos y eventos de solidaridad con la causa republicana.

La alianza de intelectuales antifascistas organizó la exhibición de la película “Amanecer sobre España”, el 12 de octubre 1938, el mismo mes del triunfo en las urnas del Frente Popular de Aguirre Cerda. La cinta fue motivo de mucha polémica y resultó fuertemente censurada por la administración de Alessandri Palma.

Hasta hubo una intervención gubernamental, destinada a disolver la actividad. Según crónicas de la época relativas al suceso, todo se hizo con demasiado ímpetu. El teatro se vio desbordado por los insultos y conatos entre pro republicanos y pro franquistas criollos.

La mencionada alianza de intelectuales era liderada por el poeta chileno Pablo Neruda, asiduo participante en numerosos eventos de la misma naturaleza. El teatro Caupolicán fue epicentro de diversas jornadas, ya sea de solidaridad o desagravio, en cuanta causa internacional asomare en el horizonte.

En el grupo autoconvocado en el Caupolicán figuraba no solo Neruda. También lo integraban Gabriela Mistral, Claudio Arrau, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Marta Brunet, Luis Galdames, Elena Caffarena, Joaquín Edwards Bello, Julio Barrenechea, Luis Enrique Délano, Ángel Cruchaga Santa María, Francisco Coloane, Víctor Tevah, Juvencio Valle, Óscar Castro, Rubén Azócar, Víctor Domingo Silva, Alberto Romero y decenas más de destacadas personalidades culturales. Las mismas constituían la base de apoyo que el arte ofrecía al gobierno de Pedro Aguirre Cerda.

En esos años, lo que también alcanzó el rango de una convocatoria al Caupolicán fue la persecución al pueblo judío que, a la sazón, ya constituía una espantosa realidad en la Alemania de Hitler. Esta misma agrupación de intelectuales organizó en el coliseo de San Diego un acto de repudio a los “Cristales rotos”, o Kristallnacht, el domingo 20 de noviembre de 1938. Hicieron uso de la palabra personeros de varias colectividades políticas, como el Partido Socialista, la Falange Nacional y hasta el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres, cuya oradora fue la escritora Marta Vergara. Estuvieron presentes, además, académicos como Alejandro Lipschutz y el propio Neruda. Así mismo, dejaron su impronta en este acto la Confederación de Trabajadores, el Partido Comunista, el Pen Club de Chile, el mundo evangélico mediante la Federación Evangélica de Acción Social y una agrupación de médicos de Valparaíso, de la que aparecía entre sus miembros un joven llamado Salvador Allende.

Según el diario La Nación, entre las principales conclusiones del evento estuvo la de promover un boicot a los productos alemanes. También proponer a la confederación panamericana en Lima que el continente abriera sus puertas a los judíos y católicos perseguidos por el Tercer Reich.

El Caupolicán, esos años, fue una suerte de plataforma desde donde se ilustraba a los chilenos sobre lo que ocurría en el mundo. Así se interpretó el importante discurso del líder del Partido Socialista Óscar Schnake, siendo ministro de Fomento en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda.

En esos días, quienes tenían capacidad de convocatoria organizaban estos encuentros en el recinto y con posterioridad imprimían un folleto con el llamativo título de “sensacional discurso”. Las palabras emitidas en el Caupolicán traían un aura especial y eran siempre consideradas trascendentes. Por ello, después eran lectura obligada en los hogares de los simpatizantes de las diversas causas.

El 15 de diciembre de 1940, el ministro Schnake convocó a un acto en el Caupolicán después de retornar de dos misiones importantes: una en La Habana y otra en Estados Unidos. El caudillo deseaba hablarles a los chilenos sobre la situación del país en el contexto de la cruenta guerra que tenía lugar en Europa. Aseveró ahí que el Partido Comunista chileno estaba equivocado respecto a los “acercamientos” con Estados Unidos, advirtiendo a su vez sobre “las traiciones” de los socialismos en Europa. Los asistentes apoyaron que nuestro país, de acuerdo con Schnake, debía construir una “neutralidad activa” junto a sus vecinos para combatir al fascismo, al nazismo e incluso al comunismo. Y señaló el ministro:

Esta guerra la debemos mirar tal como si la población civil indefensa que forma la retaguardia de un país en guerra fuera víctima de bombardeos y debemos comprender que el pedazo de pan de menos que tiene cada uno de nuestros niños es un pedazo que la metralla de esta guerra quita a todos estos hogares que quieren vivir en paz.

Schnake deseaba dejar en claro a los socialistas reunidos en el Caupolicán que, en un mundo dominado comercialmente por los países en pugna, solo existía la opción para Chile de comerciar nuestras materias primas con Estados Unidos. Esto, con el objetivo de afianzar la neutralidad e impedir que el continente recibiera en su suelo represalias de los bloques ideológicos en pugna.

“Es lo mismo que el caso de un chacarero, quien, aunque pusiera muralla a sus chacras, no podría vivir aislado del resto del país. Tendría que salir para cambiar alguno de sus artículos de su chacra por algún terrón de azúcar, ropa, parafina, etc.”, graficaba didácticamente para justificar los acuerdos firmados en su gira. Estos permitían a la industria nacional vender sus productos a todos los países no involucrados en el megaconflicto.

Las enérgicas palabras de Schnake explicaban cómo ya las más importantes rutas comerciales se estaban haciendo inaccesibles en Asia, África y Europa. Criticó la postura de los comunistas ante el conflicto. Según él, repetir la conducta de la Primera Guerra Mundial traería a nuestros países el horror de los grupos armados que actúan a favor de los bandos en disputa. Estados Unidos aún no entraba a la guerra porque se debatía entre el aislacionismo de Lindbergh y Henry Ford, versus la impaciencia por adherir a un bando que exhibía el Presidente Roosevelt.

El evento fue “teloneado” por el gran caudillo de la época, Marmaduque Grove. El Teatro Caupolicán, en cierto modo, llegó a operar como una sede de la Liga de las Naciones. En esos agitados años iniciales de la década de los 40, el hombre común interesado en la política internacional solo podía informarse a través de sus líderes viajeros, porque la inmensa mayoría de los chilenos no salía en toda su vida de su terruño natal.

4. Divorcio a tablero vuelto

Todo matrimonio se inicia bajo el fulgor de los consabidos sentimientos de amor eterno y suprema fidelidad entre los contrayentes. En el plano político, en cambio, eso se relativiza bastante, dada la extrema volatilidad, tanto de las lealtades, como de los compromisos contraídos.

La luna de miel es más fugaz aún. Y la “comezón” que suele reputarse como del “séptimo año” es extremadamente precoz.

El Caupolicán de fines de la década de los 30 fue testigo de la unión en santo vínculo de radicales, socialistas, comunistas, la Confederación de Trabajadores de Chile y el Partido Democracia Unificada.

Luego del triunfo en las urnas de Pedro Aguirre Cerda, en las dependencias del coloso de San Diego 850, tuvo lugar una suerte de “noche de bodas” con exaltaciones y festejos plenos de promesas de fidelidad y reconocimiento al liderazgo histórico del Presidente radical.

El nuevo mandatario quería brindar su reconocimiento a quien no trepidó en calificar como “arquitecto” del triunfo: Gabriel González Videla, ese correligionario suyo de oratoria incendiaria y talentos de audaz bailarín.

Fue así como, a fines de 1938, el Presidente quiso acompañarse en el teatro Caupolicán con la Orquesta Sinfónica de Chile para homenajear al reconocido político de su partido. Fue un acto muy masivo, en el que nadie del Frente Popular faltó a la cita. Desde la Alianza Popular Liberadora pasando por comunistas, socialistas y hasta la Confederación de Trabajadores. Todos, incluyendo al cuerpo diplomático, representantes del Frente Popular español y francés vitorearon al caudillo de la victoria.

Más adelante, el 29 de junio de 1939, el Partido Comunista arrendó el coliseo para homenajear, esta vez, al señor Presidente de la República. Deseaban dejar en claro que la unidad había sido conseguida gracias a enormes esfuerzos y renunciamientos suyos, al punto de ni siquiera poseer ministros en el gabinete.

Ofreció el acto el presidente del partido, Elías Lafertte, seguido de un colorido programa artístico en el que se presentó un melodrama titulado “Dos huerfanitas de la Revolución Española”. Luego, una sucesión de variedades con canciones populares, recitación, el tenor Lupercio Olivares, los Trovadores de Tocuyo, canciones chilenas con Elena Gamboa y un fin de fiesta con el conjunto Los Sauces.

Pedro Aguirre Cerda se hizo presente con una carta para el gran evento, agradeciendo la “gentil adhesión del Partido Comunista que tan desinteresada como resueltamente cooperan con mi gobierno con amplio espíritu patriótico”, decía.

Otro episodio importante de “la luna de miel” se dio el 26 de julio de 1939, cuando la Confederación de Trabajadores de Chile también se dio cita en el teatro Caupolicán para su primer gran congreso. En la oportunidad, con el aforo copado del recinto, se leyó una carta del Presidente de Chile hacia su amigo Juan Díaz Martínez, secretario nacional de la gremial. En esa época, las misivas públicas eran muy importantes y escuchadas con silencio reverencial, pues constituían un valioso epistolario que después circulaba impreso con vocación de trascendentalidad.

La mayoría de los frentes populares del mundo habían sufrido, desde el inicio, fuertes reacciones adversas por parte de sectores de derechas. De ahí que el mandatario no dejó pasar la oportunidad para compartirles a los asistentes algunas reflexiones a ese respecto, e indicó en la carta:

Conviene establecer, ya que se presenta la oportunidad, un principio básico que sirvió a mi elección y a la propaganda que junto con los partidos y entidades que me acompañaron se realizó en todo el país. El actual gobierno solicitó ser elegido democráticamente y sobre la base del respeto a la Constitución. Dentro de este concepto me he mantenido y me mantendré durante todo el periodo de mi gobierno con la más firme y leal adhesión al programa del Frente Popular que prometí cumplir y cuyos postulados se han estado realizando con la más estricta severidad y sinceridad.

Tampoco dejó de enumerar las diversas iniciativas de su gobierno en el primer año de administración para beneficio de los trabajadores: el plan habitacional social de 500 millones de pesos de la época, el cual congelaba los lanzamientos por deudas de arrendamiento, el proyecto de ley para salario mínimo agrícola, el proyecto de salario familiar, medidas para controlar el precio del pan y una red de frigoríficos para entregar carne del exterior a los grupos laborales a lo largo del país, etc.

Avanzaba el gobierno del Frente Popular, pero en este matrimonio ya se avizoraban las primeras fricciones y desavenencias que luego se darían cita en el teatro Caupolicán para convertirlo, ahora, en testigo de un divorcio. Así, el 15 de diciembre de 1940 el ministro de Fomento y ex Secretario General del Partido Socialista, Óscar Schnake, desde el ya mítico recinto, rompió relaciones con el Partido Comunista. Para el líder socialista, la famosa “gimnasia revolucionaria” practicada por el comunismo chileno e internacional le hacía imposible “identificar el interés del trabajador con el interés de la familia del país”.

Retornado de su viaje de tres meses a Estados Unidos y de su participación en la Primera Conferencia Panamericana realizada en Cuba, Schnake volvió “echando chispas” contra el Partido Comunista, como anotara Luis Corvalán en sus memorias.

El desahucio y ruptura del Frente Popular se hizo al fragor de la metralla verbal empleada por Schnake en ese controvertido acto multitudinario.

Fue el triunfo de un tipo de “sectarismo primitivo”, como lo llamaría el posterior líder del Partido Socialista Clodomiro Almeyda. Según éste, Schnake antepuso su ego político contra radicales y comunistas. En todo caso, ayudó con esas palabras a alcanzar una mayor independencia para su colectividad y definir con perfiles más nítidos el futuro ideológico del socialismo chileno.

Según Almeyda, el discurso de Schnake en el coloso de San Diego no fue procesado previamente por la dirección de su partido y constituyó el preludio de una política que se terminaría imponiendo una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Se tipificó como la defensa de las Américas ante el “peligro comunista”.

Pedro Aguirre Cerda falleció el 25 de noviembre de 1941 a raíz de un cáncer. Sus restos fueron velados en el Salón de Honor del Congreso Nacional.

Millares de chilenos fueron a despedirlo. Unas interminables filas de acongojados compatriotas desfilaron frente a su féretro. Un profundo pesar los embargaba a todos. Compartían los sentimientos de un mandatario que, recién asumido, enfrentó el devastador terremoto de Chillán en 1939. Murieron allí más de 20 mil personas y dejó al sur repleto de escombros, con la moral de su gente en el piso y el ánimo abatido.

Ante tamaña tragedia política, los exaliados acudieron de nuevo al Caupolicán. Entre el 14 y 15 diciembre de ese año 1941, analizaron el complejo tema de la sucesión presidencial.

El liderazgo del socialista Óscar Schnake corría con mucho favoritismo entre los asistentes al reducto de calle San Diego. Ello, en abierto desafío a la personalidad magnética de un Marmaduque Grove.

Sin embargo, un día 21 de diciembre el teatro, perplejo, fue testigo de cómo la candidatura casi segura de Schnake debió dar un paso al costado. Lo hizo a favor del radical Juan Antonio Ríos. “Don Mandantonio”, como lo apodaron, sería elegido Presidente de Chile el 1 de febrero de 1942, en una muy natural y bien acogida continuidad del gobierno de Aguirre Cerda, otrora rival suyo dentro del radicalismo chileno.

5. Un sacerdote en el Caupolicán