Cautivos del espejo de agua - Stan Declercq - E-Book

Cautivos del espejo de agua E-Book

Stan Declercq

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Beschreibung

El presente libro analiza la importancia de los manantiales dentro de  la ritualidad indígena mesoamericana y ofrece una interpretación del  contexto arqueológico de algunos entierros localizados al lado de un manantial haciendo uso de un amplio repertorio histórico y etnográfico.  Esta exposición parte de los resultados de la excavación arqueológica efectuada entre los años 2002 y 2003 en el manantial Hueytlílatl,  ubicado en Los Reyes, Coyoacán, por la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH –de la cual el autor formó parte– y de la que salieron a la luz diversos objetos de cerámica y lítica, varios entierros humanos y restos de arquitectura, en su mayoría pertenecientes a los periodos Posclásico tardío y Colonial temprano. 

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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A través de esta colección se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e instituciones de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual sólo está completo y tiene razón de ser cuando se comparten sus resultados con la comunidad. El conocimiento como fin último no tiene sentido, su razón es hacer mejor la vida de las comunidades y del país en general, contribuyendo a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad informada y madura, mediante la discusión de las ideas en la que tengan cabida todos los ciudadanos.

Con la colección Pùblicahistórica se ponen al alcance del público interesado en el devenir de las culturas, textos novedosos en sus contenidos, en sus propuestas metodológicas o en las relaciones que encuentran entre los distintos sucesos, en los que se acrecienta y actualiza el conocimiento histórico desde la micro-región hasta el globo entero.

Otros títulos de esta colección

1.Un dios y un reino para los indios. La rebelión indígena en Tutotepec, 1769

Raquel E. Güereca Durán

2.Las ciudades en las fases transitorias del mundo hispánico a los Estados nación: América y Europa (siglos XVI-XX)

José Miguel Delgado Barrado, Ludolf Pelizaeus y María Cristina Torales Pacheco, (editores)

3.El maíz se sienta para platicar. Códices y formas de conocimiento nahua, más allá del mundo de los libros

Ana Díaz Álvarez

4.El Golfo de Fonseca como punto geoestratégico en Centroamérica.

Origen histórico y evaluación del conflicto territorial del siglo XVI al XXI

Jazmín Benítez López

Las características gráficas y tipográficas de esta edición son propiedad del Instituto Nacional de Antropología e Historia de la Secretaría de Cultura y de Bonilla Artigas Editores S.A. de C.V.

Primera edición: diciembre de 2016

Producción: Secretaría de Cultura, Instituto Nacional de Antropología e Historia

Bonilla Artigas Editores, S.A. de C.V.

Cerro Tres Marías No. 354

Col. Campestre Churubusco

Ciudad de México C. P. 04200

[email protected]

www.libreriabonilla.com.mx

D.R. © 2016 Instituto Nacional de Antropología e Historia

Córdoba número 45, Col. Roma

Ciudad de México

C. P. 06700

ISBN: 978-607-8450-66-4 (Bonilla Artigas Editores)

ISBN: 978-607-484-891-5 (INAH)

ISBN ePub: 978-607-8560-01-1

Imagen de portada: J. Cervantes.

Todos los derechos reservados. Cualquier reproducción hecha sin consentimiento del editor se considerará ilícita. El infractor se hará acreedor a las sanciones establecidas en las leyes sobre la materia. Si desea reproducir contenido de la presente obra.

Hecho en México.

Voor Ria, Rik, Lucie, Fiel en Wonne

Para Luisa

A lo largo de los tres años que escribí el texto, recibí mucho apoyo moral y académico de parte de mis colegas y amigos. Expreso mi gratitud hacia Leonardo López Luján, por la lectura más atenta y sus críticas eruditas y acertadas. Debo dar las gracias a Guilhem Olivier, por su interés en mi proyecto desde un principio, la revisión detallada de mis textos, y sus seminarios en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, que siempre son fuentes de inspiración. De igual manera, mi gratitud a Laura Rodríguez Cano, por sus observaciones agudas sobre mi trabajo, a Élodie Dupey García, por sus comentarios y recomendaciones, a María del Carmen Valverde y Laura Adriana Castañeda por su ayuda en la trayectoria de la publicación, y a Estudios Mesoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, por la calidad de su programa de estudios.

No puedo olvidar los meses que excavamos en el manantial Hueytlílatl con Juan Cervantes Rosado y Lorena Vázquez. Agradezco a Juan por la posibilidad que él me brindó a realizar este estudio. Al mismo tiempo, tengo que citar a Enrique Rivas Llanos y los miembros de la Comisión de Festejos del Pueblo de Los Reyes, Coyoacán, su amabilidad y la oportunidad para tener acceso a su acervo histórico y arqueológico.

Mil gracias también para Griet Samyn y Cecilia López por sus esfuerzos y el tiempo invertido en ayudar a ordenar mis manuscritos. Agradezco igualmente a Victor Torres Morales por la fotografía de las esculturas prehispánicas y a Ángel González López y Fátima Lázaro por los dibujos de las mismas.

Contenido

Introducción

Una breve historia de Coyoacán, Los Reyes y sus manantiales

El entorno geográfico

Marco histórico y socio-político del Coyoacán prehispánico

Signos de ritualidad.Algunos antecedentes arqueológicos e históricos

La evidencia arqueológica

Los datos históricos y etnográficos

El contexto arqueológico

Las excavaciones

Los restos óseos

La descripción de los artefactos y ecofactos arqueológicos

Materiales arqueológicos del hallazgo de 1948

Tlílatl o el “agua negra” como entrada al mundo subterráneo

El lugar Tlílatl

Un topónimo mitológico

Tlillan en la arquitectura religiosa

El juego de pelota como entrada al inframundo

El contacto con las deidades negras

Bolas de hule como ofrendas a las deidades del agua

Tres cráneos alineados al borde del agua

Cautivos encerrados en el Monte Sagrado

Introducción

Los entierros a la orilla del agua. Las evidencias arqueológicas

Análisis osteobiográfico

Los cuerpos acuáticos y los ayauhcalli como lugares de espacio funerario. Las fuentes históricas y etnográficas

Los espacios acuáticos como lugares de sacrificio humano

Análisis de los ritos sacrificiales

Cautivos del espejo de agua

Palabras finales

Bibliografía

Páginas web

Apéndices

Apéndice 1: Tipología de manantiales

Apéndice 2: Periodización de los sitios arqueológicos en Coyoacán

Apéndice 3: Manantial Hueytlílatl. Clasificación cerámica. Cuantificación

Sobre el autor

Introducción

En este trabajo analizamos la importancia de los manantiales dentro de la ritualidad indígena mesoamericana e intentamos ofrecer una interpretación del contexto arqueológico de algunos entierros localizados al lado de un manantial y demostrar que se trata probablemente de depósitos de sacrificio humano.

El núcleo de la exposición deriva de la excavación arqueológica efectuada durante los años 2002 y 2003 en el manantial Hueytlílatl, ubicado en Los Reyes, Coyoacán. Bajo la coordinación del arqueólogo Juan Cervantes Rosado de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, tuve la oportunidad de participar en dicho proyecto. Como resultado, salieron a la luz diversos objetos de cerámica y lítica, varios entierros humanos y restos de arquitectura, en su mayoría pertenecientes a los periodos Posclásico tardío y Colonial temprano. Además, integramos un análisis de varias esculturas de piedra –todas ellas encontradas en 1948 dentro del brocal por los vecinos del manantial y guardadas bajo su custodia hasta el día de hoy–. En conjunto, los edificios, los artefactos y los ecodatos manifiestan actividades de tipo religioso asociadas a las deidades acuáticas y terrestres.

En el primer capítulo nos enfocamos en la formación natural de los veneros de la parte sudoeste de la Cuenca de México y, en particular, en los de Coyoacán. Estrechamente vinculados con el paisaje particular del Pedregal de San Ángel, los manantiales resultaban vitales para el abastecimiento de la región. Después, hacemos una breve revisión de las diferentes ocupaciones prehispánicas conocidas de la zona y abordamos algunos aspectos sociopolíticos del altépetl de Coyoacán y el calpulli Hueytlílac.

En el segundo capítulo demostramos, a través de varios ejemplos arqueológicos, que el caso del manantial Hueytlílatl formó parte de un culto al agua, cuyos inicios se encuentran miles de años atrás. Tenemos indicios de ofrendas en los manantiales desde el Preclásico medio hasta la actualidad. En el periodo Preclásico, la importancia del control del agua empezó a manifestarse en la iconografía y la actividad ritual, y encontró una expresión notable en el diseño arquitectónico religioso (Lucero y Fash, 2006: 4). A finales del Preclásico medio las pirámides se construían sobre manantiales y cuevas (Nichols et al., 2006: 64) –lugares sagrados dentro de la ideología mesoamericana–, que “complementan la figura central del Monte Sagrado” (López Austin y López Luján, 2009: 36).1

La segunda parte de dicho capítulo, fundamentada en fuentes históricas y etnográficas, analiza dos temas principales. Primero revisamos la importancia de los pozos de agua para la fundación de los altepeme. El conjunto “agua-cerro” fue elegido para fundar el pueblo, asociado a un origen mítico y como “una repetición del instante en que se produjo la separación del agua y el cielo y surgió la tierra” (Brady, 2001: 299).

En relación directa con lo anterior, las comunidades erigían un altar o templo en la cercanía del agua con el fin de establecer un espacio de comunicación con el dios patrono de índole acuática (López Austin, 1973: 61). Una función primordial del dios protector era aconsejar a su pueblo, y en no pocas ocasiones trabajaba desde los pozos de agua. La importancia del acto fundacional en el ámbito acuático no puede ser subestimada, ya que según Evon Z. Vogt (1966: 290), “la agrupación en torno al manantial es con mucho la base más relevante de la estructura social”.2 En simetría con el mundo de los humanos hay un verdadero universo vivo debajo de la tierra, accesible gracias a las aperturas en la corteza terrestre. En palabras de López Austin (2008: 56), los manantiales son umbrales que comunican la casa del hombre (el ecúmeno) con lo que le es ajeno (el anecúmeno). Eran espacios que fungían como puertas hacia el Tlalocan o las aguas del inframundo –donde se hallan las riquezas–, representadas en su máxima expresión por el mar, símbolo de la fertilidad en todo su esplendor (Broda, 1991b: 483).3 Lugares de “separación y unión del inframundo acuático y la superficie terrestre” (García Zambrano, 2006: 23), los umbrales se caracterizan como zonas de transición entre espacios de diferente cualidad, cargados de valores que median su entrada y su salida (Barabas, 2006: 58). Actualmente, se colocan cruces al lado de los manantiales para facilitar la comunicación con el señor de la montaña (Pitarch, 1996: 206).

En la segunda parte del capítulo dos, nos acercamos a los distintos ritos que los pueblos indígenas realizaban en o cerca del agua. Los ejemplos de las cronistas son abundantes. Fray Bernardino Sahagún (2003, XI: 1049) pidió a sus compañeros visitar las fuentes, ya que “convendría requerirlas para ver lo que allí se ofrece”. Los indígenas arrojaban múltiples objetos en el agua, como expresión de un vasto mundo de creencias acerca de los veneros, muchas veces ligadas a obligaciones y prohibiciones en los distintos ámbitos de la vida. Conocemos la variedad de ritos, entre otros, por la especificidad con que los describe fray Diego Durán (1984, I: 174):

en las fuentes y ríos había muchos agüeros sobre el pasar por ellos, y sobre el bañarse en ellos, y en el mirarse en ellos, como nos miramos en un espejo, y en el echar de las suertes en el agua los sortilegios, y en el conocer de las enfermedades en el agua y echar agüeros sobre ello, y en el pasar los niños sobre el agua, cuatro y cinco veces, sin que toquen el agua.

A principios del siglo XVII, fray Matías de Escobar (1970: 187) declaraba: “A todos los ríos y fuentes de que abunda la tierra caliente daban rendidas adoraciones, imitando a los romanos en adorar a Atmon y a Tiberino”.

Nobles, sacerdotes, guerreros, macehuales o esclavos, todos tenían sus razones para sumergirse en el agua en algún momento de su vida. Desde un baño sencillo hasta un rito de purificación o de iniciación, el contacto con el agua siempre implicaba un instante de cercanía con lo divino. En el esquema clásico de los ritos de paso de Van Gennep, el lavado o la inmersión se realizaba en las tres fases,4 con un rango de importancia y fuerza transitiva distinta según el contexto ritual.

Con estos antecedentes, nos acercamos a la excavación realizada en el manantial Hueytlílatl, que se describe y analiza en el tercer capítulo. Se exploró una parte dentro de una gran tina circular que servía para captar el agua, y otra parte en el exterior de la misma. La tina, con un diámetro de 21 m en la boca (Lizardi Ramos, 1954: 222), fue construida durante la época colonial temprana. Aunque el brocal destruyó una parte considerable del contexto prehispánico, la presencia de objetos arqueológicos pertenecientes al periodo precolombino encontrados dentro de la tina, sugiere que durante el Posclásico tardío se almacenaba el agua en este mismo espacio. El descubrimiento de dos estructuras prehispánicas superpuestas afuera de la tina, hacia el oriente, refuerza tal idea. Las características arquitectónicas de la estructura superior indican que el edificio funcionaba como templo. Sus escaleras estaban orientadas hacia la tina circular y probablemente llegaban hasta la orilla del agua en tiempos prehispánicos. En las cercanías y debajo del basamento prehispánico detectamos nueve cuerpos humanos depositados en fosas individuales. Su sepultura en el contexto acuático es enigmática y será analizada detalladamente en el capítulo cinco. Dedicamos el resto del capítulo tres a la descripción y el análisis de las esculturas de piedra encontradas en el año de 1948 por los vecinos del manantial. Se trata de un asombroso hallazgo de representaciones de dioses acuáticos y de la fertilidad del Posclásico tardío de la región central de México. Elaboramos un estudio comparativo con piezas encontradas en contextos similares.

En el capítulo cuarto analizamos el simbolismo del manantial como umbral entre distintos niveles cósmicos, con base en el nombre del manantial, Tlílatl o “agua negra”. Esta denominación es significativa, ya que hace referencia a la relación entre lo negro y el mundo acuático, entendido como un acceso al entorno sobrenatural. En algunos casos, el “agujero negro” representa una zona liminal de la mitología indígena mesoamericana. Los espacios oscuros, potencialmente caóticos y peligrosos, eran lugares de los ancestros, de regeneración y de curación (Favrot Peterson, 2012: 64).

La imagen de oscuridad que evocan las cuevas y que se asocia con visiones shamánicas era duplicada de forma artificial a través de los colores oscuros aplicados a las deidades acuáticas, como el dios azteca Tláloc y los dioses vinculados a él, cuyos rostros, según las descripciones, eran cubiertos con tizne o pintados con hule líquido (Favrot Peterson, 2012: 60).

Finalmente, en el capítulo cinco buscamos una explicación para el enterramiento de los nueve individuos en el contexto del manantial Tlílatl como espacio sagrado. Aunque su ubicación parece evidenciar un culto al agua, la tierra, la fertilidad y los mantenimientos; su inhumación no deja de ser enigmática. Brady y Scott (2005: 266) han señalado la urgencia de formular nuevas preguntas de investigación sobre los materiales óseos en y alrededor de cuevas. Tiesler (2005: 343), por su parte, enfatiza la importancia de una interpretación sintética de las actividades rituales que culminan en el enterramiento de óseos humanos en ambientes acuáticos. Según la información arqueológica, histórica y etnográfica, los cuerpos de agua y las cuevas eran espacios funerarios, pero también para actividades de tipo sacrificial. Dada la ausencia de huellas sacrificiales en las osamentas, buscamos una explicación plausible con argumentos que apoyen las dos posibilidades. El enterramiento de cuerpos (humanos o animales) como parte de un contrato con los espíritus del agua y la tierra obedece a la lógica indígena de una “simetría existencial” entre la comunidad humana y la divina. El contexto acuático parece ser un lugar adecuado para la comunicación entre ambas comunidades, ya que el agua funge como mediadora entre el cielo y la tierra, entre lo social y lo sobrenatural (Lévi-Strauss, 1978: 64). Para muchos grupos mesoamericanos, los espacios fronterizos son el terreno donde se expresa el ciclo de vida y muerte (Pugh, 2005: 50).

Notas de la introducción

1 Según Vogt y Stuart (2005: 177), casi todas las cuevas sagradas cuentan con un manantial o flujo de agua en su interior. Véase también los textos de Johanna Broda (1991a, 1991b) y Doris Heyden (1991).

2 Aunque Vogt se refiere al caso específico de los indígenas actuales de Zinacantán, opinamos que se puede ampliar la idea a otros tiempos y espacios de la tradición mesoamericana.

3 Sobre la relación entre el mar y los manantiales, véase Sahagún (2003, IX: 1041). En la opinión de Bassie-Sweet (1996: 69), cualquier cuerpo de agua dentro de una cueva representa al mar mismo.

4 Una fase de separación, otra de transición y finalmente una de incorporación.

Una breve historia de Coyoacán, Los Reyes y sus manantiales

El objetivo principal de este capítulo consiste en configurar dos “áreas de orientación” para nuestro tema: el entorno geográfico y la historia sociopolítica. No obstante esta denominación, ambos ámbitos confluían de forma decisiva en la composición ritual de las culturas mesoamericanas. En el apartado sobre la geografía, ponemos énfasis en los aspectos geohidrológicos de la región para tener un mejor entendimiento de la presencia física de los manantiales en la comunidad de Los Reyes. Revisamos brevemente la historia de los ojos de agua y su papel en la economía local, para terminar con una primera descripción del manantial Hueytlílatl. En el segundo apartado definimos la historia prehispánica y colonial temprana de Coyoacán y Los Reyes con el apoyo de datos arqueológicos y fuentes coloniales.

El entorno geográfico

Introducción

En su ensayo sobre el ambiente del mundo mediterráneo, Fernand Braudel (1953: 1) explica: “Los siguientes capítulos no versan sobre geografía. Son capítulos de historia”, y lo señalo porque, en ocasiones, la orientación geográfica al principio de un trabajo parece estar desvinculada del resto del contenido y aparece como una especie de capítulo obligatorio por trámite. Para este trabajo, las condiciones geomorfológicas de la región son sumamente importantes, porque crean espacios de culto que son el objeto central de nuestro análisis. Nos acercamos específicamente a este conjunto de expresiones religiosas que giran alrededor de un fenómeno particular de la naturaleza: “[las] actividades rituales que conciernen a Tláloc se orientaban hacia rasgos específicos del paisaje local, considerados como lugares significativos para interactuar con Tláloc y su reino, el Tlalocan” (Arnold, 1999: 2; véase también Broda, 1971, 1997).1 La evaporación de fuentes, la condensación y la precipitación no pasaban inadvertidas para los indígenas; por tales razones estos sitios se convertían en espacios ceremoniales y lugares de ofrenda para los dioses, dispensadores de la lluvia (Girard, 1995: 25). Si hemos introducido algunos comentarios sociohistóricos, es para poner énfasis en la relación entre el ser humano y la naturaleza.

La geomorfología de Coyoacán en la región suroeste de la Cuenca de México

La región occidental y suroeste de la Cuenca de México2 (lámina 1) se divide básicamente en tres zonas geomorfológicas que caracterizan también el paisaje de Coyoacán: una zona montañosa hacia el sur y suroeste, una zona lacustre hacia el este y el noreste, y una zona intermedia de lomeríos y cañadas (lámina 2).

Hacía la zona sur se ubican las estribaciones de la Sierra del Ajusco y, hacia el oeste, la Sierra de Las Cruces. Se define a esta zona como un “relieve endógeno volcánico acumulativo de colada lávica basáltica” (Gómez Ávila, 2000: 13). La Sierra de las Cruces pertenece al grupo de sierras mayores formadas durante el Terciario superior. Debe su origen a efusiones andesíticas y dacíticas arrojadas por estrato-volcanes, cuya actividad también formó los extensos abanicos volcánicos que se localizan al pie de la sierra y que se manifiestan en un amplio sistema de lomeríos. La formación Tarango, que aflora en gran parte de la zona oeste y suroeste de la Cuenca de México, está constituida por los depósitos piroclásticos producidos por estas erupciones (Mooser, 1975: 24, 29).

La Sierra del Ajusco, constituida por materiales basálticos y andesíticos, se formó durante la última fase de vulcanismo ocurrida en el Cuaternario superior y resultó en el cierre de la Cuenca de México (Mooser, 1975: 30). La actividad volcánica terminó con los derrames de lava del volcán Xitle en el primer siglo antes de nuestra era.

Gómez Ávila (2000: 15) define la parte llana de Coyoacán como “relieve exógeno acumulativo de planicie de tipo aluvial y tipo lacustre”. Se subdivide en tres zonas: la alta montaña, el somonte (en el caso de Coyoacán, esa zona abarca los flujos de lava del volcán Xitle) y la zona lacustre. Describimos las zonas con énfasis en sus aspectos crenológicos.

Los manantiales en el sistema hidrográfico del sur-poniente de la Cuenca de México

De estas montañas bajan arroyos y ríos, y en sus laderas y en contorno nacen muchas y muy grandes fuentes.

Fray Juan de Torquemada, Monarquía Indiana

La formación del sistema hidrográfico de Coyoacán es básicamente el resultado directo de la erupción del volcán Xitle, que dio origen a la mancha de lava que hoy en día conocemos como el Pedregal de San Ángel. La hidrología de la región está conformada por una amplia red de corrientes y numerosos manantiales que se alimentan precisamente de las lluvias captadas en las partes altas y el somonte de las sierras. Las efusiones del Xitle desviaron el curso de varias de las corrientes que descendían de las montañas circundantes, al mismo tiempo que crearon nuevos cauces subterráneos. Como veremos, los manantiales al borde del Pedregal son el resultado de esta evolución geomorfológica.3

Los terrenos formados por las erupciones volcánicas antiguas y recientes, especialmente aquellos en franjas basálticas y andesíticas son los más propicios para la infiltración del agua y, por lo mismo, muestran condiciones favorables para la recarga natural de acuíferos subterráneos (lámina 3) (Becerril, 1961: 14; Bellia et al., 1992: 37; Tomaszewski et al., 1989: 225).

La potencialidad de filtración aumenta considerablemente cuando se trata de rocas que originalmente son bastante impermeables pero que muestran fisuras o fracturas por fenómenos de contracción y enfriamiento o por procesos tectónicos, como es el caso de la mayoría de las rocas en la Cuenca de México (Bellia et al., 1992: 36). Estas formaciones volcánicas son un conjunto de abundantes cuevas y tubos subterráneos producidos por grandes emisiones de gases en lava: “Si esas cavidades o túneles quedan conectados entre sí, constituyen buenos conductos para que el agua circule y la roca se convierte en excelente acuífero” (Secretaría de Recursos Hidráulicos, 1964: 6-19). Por todos lados brotan chorros de agua a la superficie, algunos en las zonas frías montañosas, otros en el somonte, en la orilla de los lagos o en su interior.

La cúspide de estas montañas, en términos hidrogeológicos, se denomina “zona de alimentación”, básicamente por la lluvia y en algunos casos por la nieve. Los bosques densos en estas áreas pueden facilitar la filtración. En esta zona alta y en las laderas de la sierra, denominada “zona de drenaje crenológico”, surgen los primeros manantiales, que por lo regular son perennes.4

En Monte Alegre, ubicado en la Sierra del Ajusco, se forman múltiples veneros en estas condiciones (Tomaszewski et al.,1989: 225, 232).5 Ahí surgió el río de San Juan de Dios, que fluye hacia el lago de Xochimilco, también conocido como el lago de Mexicaltzinco (Orozco y Berra, 1978: 116).6

Otro flujo importante en Coyoacán era el sistema del río Magdalena, como lo atestigua un informe de 1863:

El caudal principal consiste en unos ojos de agua que nacen en la montaña, en los puntos llamados Cieneguillas, el Barbecho, Chichicaspa y San Nicolás, que reunidos forman el hermoso río de la Magdalena que corre entre huertas sembradas y bosques de árboles frutales. Y surte a los pueblos de San Ángel, Tizapán, San Gerónimo, la Magdalena, San Nicolás Contreras y Chimalistac (AHCM, Fondo Tlalpan, en Pérez Rosales, 1992: 90).7

Las alturas intermedias son llamadas “áreas de transición” con pendientes hidráulicas fuertes (Tomaszewski et al., 1989: 225, 232). En Coyoacán, el paisaje central está formado casi en su totalidad por el Pedregal de San Ángel. Este malpaís abarca toda la zona sudoeste de la delegación de Coyoacán, donde encierra el cerro andesítico de Zacatépetl a 2 420 msnm, la elevación principal del actual municipio. Esta petrificación forma un ecosistema muy particular de unos 80 km² y es el resultado directo de la erupción, entre 100-1 a.C., del volcán Xitle (Carrillo Trueba, 1995: 43).8

La formación de este derrame de lava alteró considerablemente el sistema hidrológico en la zona. En la zona geológica de contacto se presentan dos fenómenos distintos. En algunos casos, los ríos que descienden de los montes se desvían en el momento de chocar con las rocas más jóvenes. Tal es el caso del río Magdalena, cuyo cauce hoy día sigue el contorno del límite del Pedregal. De hecho, Aculco, “donde da vuelta el agua”, era otro nombre de San Jerónimo y podría referirse justamente a este fenómeno (González Aparicio, 1973: s/p; Fernández del Castillo, 1913: 149).9

El otro fenómeno es la presencia de sumideros en esta zona de contacto. La combinación de lava porosa, de escoria volcánica, los huecos que dejaron los gases y el alto grado de fracturación han constituido las condiciones favorables para un nivel considerable de infiltración de agua, alimentando los acuíferos de alta permeabilidad (Carrillo Trueba, 1995: 46-53; Bellia et al., 1992: 37). El choque del agua con la formación pétrea resultó en la “desaparición” del agua, como relata este testimonio etnográfico: “cuando la presa de Anzaldo se reventaba, el agua venía a dar a los manantiales de Los Reyes” (informante de campo, en Robles García, 1995: 100).

Los conductos lávicos subterráneos llevan el agua hacia la planicie de la cuenca con sus depósitos fluviales y lacustres, donde brota el agua hacia la superficie: “En esta región, los acuíferos volcánicos generan manantiales a lo largo de los flancos o en la base de los relieves, con caudales variables de una decena de litros a algunos metros cúbicos por segundo” (Bellia et al., 1992: 42).10 El estudio del notable investigador Manuel Orozco y Berra (1978: 116) demuestra que a finales del siglo XIX el paisaje hídrico estaba todavía poco alterado:

Donde se considera que termina el lago de Xochimilco, entra en el canal el río de San Juan de Dios, que trae su origen de la cordillera de Axusco, y recoge los canales de las haciendas de Coapan y San Antonio, que reúnen la multitud de los pequeños manantiales que brotan junto al Pedregal de San Ángel, cercano por aquella parte al camino de Tlalpan (lámina 4).

El cuadro V del Mapa de Uppsala representa los manantiales al sureste de Coyoacán y sus afluentes hacia el lago (Linné, 1948: s/p) (lámina 5). Es cierto que falta un estudio crenológico de los manantiales en Los Reyes. Por el momento, nosotros los clasificamos como “veneros de contacto”, al borde del Pedregal de San Ángel (lámina 6).

Los manantiales de Coyoacán

Acuecuéxatl es una fuente que está cerca de Coyoacan.

Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España

El accidentado suelo rocoso del Pedregal amuralla en su espalda oeste y sur los antiguos pueblos ribereños Los Reyes, Santa Úrsula Coapa, San Pablo Tepetlapa, La Candelaria, el barrio de Niño Jesús, el barrio de San Francisco y Copilco el Alto (Romero Tovar, 2007: 212).

Los testimonios indican que estas comunidades, al menos hasta la mitad del siglo pasado, vivían en un vasto mundo acuático.11 Sahagún (2003, VIII: 636) nos habla de la existencia de por lo menos cinco veneros en “Coyoacan y Uitzilopuchco. Y las fuentes tienen estos nombres: Acuecuéxatl, Tlílatl, Uitzílatl, Xochcáatl, Cóatl”. Alvarado Tezozómoc (1975: 562, 564) menciona, aparte de Acuecuéxatl, a “Xochcaatlitlitlatl”.

Cuatro siglos después, Antonio Peñafiel visitó decenas de manantiales en la Cuenca de México con el objetivo de investigar la salubridad que ejercen las aguas para los habitantes. En ocasiones sus datos son sumamente detallados: describe el color y el olor, mide su temperatura a una hora exacta del día y analiza su composición físicoquímica.12 Desafortunadamente, no se concentra en restos culturales prehispánicos adentro o alrededor de los ojos de agua, pero en algunos casos, sí describe algo de la arquitectura hidráulica colonial. Peñafiel (1884: 32) se basa en la crónica de Alvarado Tezozómoc para encontrar los pozos: “No sin dificultad dimos con este lugar en que sólo el manantial conserva su antiguo nombre de Acuecuexco; pero ninguna huella encontramos de los otros dos, Xuchcáatl y Tlílatl, tan grandes como el primero, y que cercanos á él estuvieron situados”. Acaso unas décadas antes, Orozco y Berra señala la existencia del “río de Los Reyes, que acarrea las aguas de los manantiales situados junto al pueblo del mismo nombre, y las de Coyoacán y alberca de San Mateo” (1978: 116).

Ya en pleno siglo XX, con motivo del traslado de una pieza prehispánica –la “Piedra de Acuecuexco” o “Monolito de Ahuítzotl”–, César Lizardi Ramos (1954) decidió realizar un estudio de los manantiales en Coyoacán (lámina 7).En Los Reyes Quiáhuac llegó a contar nueve pozos, que para aquella época ya se habían convertido principalmente en basureros: Atliliquecan, Mixconco, Temomuxco, Xoxicaxapa, Coaxumulco, Tlatipilolco, Amomolulco, Los Camilos y Acuecuexco.13

Hoy en día, los habitantes más ancianos del área recuerdan detalladamente la presencia de veneros a lo largo del borde del Pedregal, en Santa Úrsula y en San Pablo Tepetlapa.

Existía un “ojito” de agua cerca de Tlalpan y División del Norte, otro entre la calle anterior y la avenida Hidalgo, otro llamado “tocho” donde había una mojonera que dividía a San Pablo y Santa Úrsula. También existía un manantial enfrente del terreno del Museo Diego Rivera (Informante de campo de San Pablo Tepetlapa, citado en Robles García, 1995: 92).

En la Memoria de Santa Úrsula Coapa, los informantes de campo recuerdan vivamente la fauna acuática de la zona:

A los de la Candelaria, les decían los Candeleros, Los Reyes, los Reyenos, a los de Huipulco, les decían los Canta Ranas, porque había muchas ranas, aquí también [Santa Úrsula Coapa] había muchas ranas, muchísimas, junto con las culebras, había un montón de ranas, por el agua pos había un montón de agua, todo limpiecito, en el agua había sanguijuelas, había un montón (entrevista con el señor Álvaro Torres en Gómez Pérez, 1999: 55).

A partir de 1930 se inició el proceso de extracción del agua de los abundantes manantiales de la zona con la creación del pozo profundo de Xotepingo, que acopiaba y dirigía el agua hacia la ciudad, provocando la total desecación de los canales y acequias y la inutilidad de las tierras cultivables. “Las viejas acequias y canales con sus chinampas hoy forman las avenidas y retorcidos callejones del pueblo” (Romero Tovar, 2007: 213, 235).14

El trabajo más detallado de las últimas décadas sobre los manantiales de Coyoacán es de tipo etnohistórico. La tesis de licenciatura de Enrique Rivas Llanos consiste en una presentación bibliográfica de los documentos históricos disponibles sobre el tema: fuentes documentales del AGN (Archivo General de la Nación) y del Ahcch (Archivo Histórico del Convento de Churubusco y material pictográfico). El estudio muestra un interés particular en el desarrollo sociológico de los barrios de la zona y la pérdida de las tradiciones culturales, con base en la historia de los manantiales. Este autor denomina los distintos espacios donde brota el agua como “El Sistema Hidráulico Acuecuexco”.

El manantial Hueytlílatl

El manantial objeto nuestro de estudio ha sido conocido con nombres distintos a lo largo del tiempo. Sahagún (2003, I: 76; VIII: 636) menciona dos veces el manantial Tlílatl y lo traduce como “agua negra”, Durán solamente nombra una vez el manantial, sin ofrecer una traducción (1984, II: 370), al igual que Alvarado Tezozómoc (2001: 351). Molina, en su diccionario, traduce tlilatl como “hondura o abismo de agua profunda” (1977, II: 147v). En el estudio de Lizardi Ramos (1954: 220), aparece el mismo manantial con el nombre de Atliliquecan, ubicado a “138.30 metros al norte de la barda septentrional del atrio del templo de Los Reyes” (lámina 8).

Probablemente llegó a nombrarlo así debido a la información de Suárez Belmont, quien en 1948 (o poco después) le dejó un texto sobre la zona del Pedregal: “pues bien, el lugar Acolco todavía se puede identificar con ese nombre, al oriente, como a cien metros del manantial llamado Atlilequecan” (en Navarrete, 1991: 81).15

El análisis de Rébsamen (2009: 44) sobre cuerpos de agua aclara que estas denominaciones posiblemente tienen que ver con una característica física del agua (en este caso, el color del agua), un estado del agua, un aspecto formal y análogo a un objeto o sujeto (el agua “como un abismo”), o una referencia al espacio que alberga o localiza el agua. Sin embargo, consideramos que podrían ser nombres meramente simbólicos.

Definitivamente, había más espacios acuáticos en la región que recibían el mismo nombre o alguno parecido. Por ejemplo, cerca del cerro de Zempoala, en el límite entre el Estado de México y el de Morelos, existen siete lagunas, de las cuales una se llama Tlílac (Maldonado Jiménez, 2005: 105). En San Juan Tlilhuacan, en el pueblo de Azcapotzalco, había un ojo de agua en el centro de la población. En tiempos coloniales, el manantial fue tapado y cubierto con una capilla de madera para la Virgen del Rosario (González Gómez, 2003: 43). En el Mapa de Coatlichan (1994), tres localidades se conocen como Tlilhuacan; en la Historia Tolteca-Chichimeca (1976: 185, f 28r) se menciona Tlilhua y en los Códice del Marquesado del Valle de Oaxaca de 1549 un glifo topónimico se lee como Ólac (lámina 9), “entre el agua negra” (Maldonado Jiménez, 2000: 54; Peñafiel, 1885: 155). Según Antonio Peñafiel (1885: 155), “la mancha negra significa el color del olin”.16

El posible significado de estas referencias simbólicas será estudiado detalladamente más adelante. Para concluir este apartado, nos enfocamos de forma resumida en el papel económico de los manantiales del pueblo de Los Reyes.

El sistema hidráulico en la economía local

En su Ensayo Político, Alexander von Humboldt (1985, i: 320) hace énfasis en la geografía acuática de Coyoacán:

En el año de 1520, y aun mucho tiempo después, los pueblos de Iztapalapan Coyohuacan (mal llamado Cuyacan), Tacubaja y Tacuba se hallaban todos cerca de las márgenes del lago de Tezcuco. Cortés dice expresamente, que la mayor parte de las casas de Coyohuacan, Culuacan, Chulubuzco, […] estaban construidas dentro del agua sobre estacas, de suerte que muchas veces entraban las canoas por una puerta baja.

Después de Humboldt, Manuel Orozco y Berra (1978: 112-113) también se apoyó en los relatos de Cortés para ubicar a Coyoacán en la orilla sudoeste del lago de Texcoco.17 Sin embargo, los estudios hidráulicos de González Aparicio (1973) y Horn (1997) permiten inferir que el pueblo de Los Reyes y sus pueblos vecinos se ubicaban más hacía el agua dulce del lago de Xochimilco, más elevado y separado del lago de Texcoco por la pequeña sierra volcánica de Santa Catarina, entre Coyoacán y el Cerro de la Estrella (lámina 10) (Serra Puche, 1988: 22; Niederberger, 1987: 78). La observación no es gratuita, ya que nos interesa saber si la zona era apta para el cultivo de chinampas y cuál podría haber sido la importancia de los manantiales para el regadío de los campos cultivados.

González Aparicio (1973: 85) opina que Coyoacán dependía básicamente de la agricultura, “excluyendo en gran parte las actividades lacustres”. Es cierto que el centro de Coyoacán se ubicaba más tierra adentro; sin embargo, esto no descarta una economía lacustre en nuestra área de estudio. Durante la estación seca, la evaporación del lago de Texcoco dejaba de un 8 a 9% de sales que los indígenas llamaban tequezquite (tequíxquitl) (Orozco y Berra, 1978: 145-154). Para la época colonial, sabemos que los habitantes de Coyoacán vendían sal y salaban las carnes (Orozco y Berra, 1978: 155; Cortés, 2002: 62).18 Horn (1997: 4, 43) se inspira en el mapa de “Santa Cruz” para acentuar la importancia de los recursos acuáticos, al igual que la agricultura chinampera. Justamente la parte oriental de Coyoacán era el área más fértil, según la autora. González Aparicio (1973: 86-87) concede chinampas a Churubusco, pero no a Coyoacán. Con más bases analíticas que los dos autores anteriores, Ángel Palerm (1973: 22) propone un sistema hidráulico complejo (es decir, con chinampas) para el Posclásico tardío, en toda la Cuenca, incluyendo a Coyoacán como una de las zonas precursoras. Rivas Llanos (2001: 151), por su parte, basándose en Palerm y en algunas nociones históricas, está plenamente convencido de la presencia de técnicas chinamperas en las márgenes del Pedregal.19

Los estudios documentales de Palerm y Wolf (1961: 281-286) demostraron que la presencia de pozos de agua permanentes en la parte central de México jugaba un papel vital para la obtención de agua potable y el desarrollo de la agricultura, condicionados por periodos secos con falta de agua pluvial. La explotación de manantiales fue probablemente la técnica hidráulica más sencilla para obtener agua permanente (lámina 11) (Scarborough, 2006: 234). Por medio de una red de canales que acogían el agua desde la fuente, se controlaba la dirección y el nivel del flujo; esta red era apoyada con frecuencia con la presencia de “cajas” y depósitos menores, dispersos en el área que abarcaba la tierra cultivada (Palerm, 1973: 20).

Parsons (1991: 22) explica el aprovechamiento de la geohidrología expuesta anteriormente: “Agua pluvial en el pie de monte volcánico que se infiltra en el lecho de los lagos en forma de manantiales perennes, antes que [en lugar de] formar corrientes temporales en la superficie, facilita en gran medida el control sobre el agua”. El problema en la zona lacustre de Coyoacán, al igual que en Xochimilco, podría haber sido la presencia temporal de agua salada del lago de Texcoco (Parsons, 1991: 33). Esto nos hace pensar que la técnica de chinampas en la orilla del agua de Coyoacán solamente era probable después de la retención del agua salada, a partir de la construcción de los grandes diques-calzadas del Posclásico tardío, más específicamente, desde el reino de Itzcóatl, cuando el albarradón de Mexicaltzinco separaba y regulaba las aguas saladas de las dulces (González Aparicio, 1973: 35; Orozco y Berra, 1978: 113). Rivas Llanos (2001) y Cervantes (comunicación personal) ubicaron varios canales de desagüe en el área, al igual que acequias y acueductos, pero ninguno es anterior al Posclásico tardío, mientras otras evidencias pertenecen a la época colonial. Consideramos que se requiere de mayores análisis arqueológicos para entender mejor el funcionamiento hidráulico prehispánico de la región.

Palerm (1961: 294) consideraba que la región de Tacubaya-Coyoacán correspondía a una serie de “constelaciones” o “distritos de riego”, en donde las comunidades no tenían acceso directo al agua –a diferencia de lo que sucedía con el regadío local– y fueron estrictamente controlados. Además, los límites del señorío concordaban con el sistema de irrigación del área. Según Sanders et al. (1979: 388), el agua que bajaba de las laderas de las sierras y brotaba de los manantiales en la región de Coyoacán proveía a miles de campesinos para sus campos de cultivo.20

Se puede discutir, como señala posteriormente Palerm (1973: 22), sobre el control del agua de los “pequeños sistemas de riego originados en los manantiales”. Lo cierto es, como demuestra la fuente de Sanders, que el acceso al agua siempre ha sido la causa de conflictos: “La disponibilidad de agua potable marcó a Coyoacán para su conquista” (Horn, 1997: 9).21 Diferentes sistemas políticos se han apoyado en la organización de la distribución del agua. La escala hidráulica se convierte así en un medidor del poder por parte de una élite (Scarborough, 2003, en Lucero y Fash, 2006: 5). La relación entre el control del agua y el poder será tratado en el capítulo dos.

Marco histórico y socio-político del Coyoacán prehispánico

Cuenta Bernal Díaz del Castillo (2005: 534) que Cortés, aparte del tesoro de oro de Moctezuma, mandó al rey de España unos huesos gigantes que habían encontrado en un templo de Coyoacán. Aunque desconocemos la extensión urbana de la ciudad prehispánica de Coyoacán, sabemos que durante el Posclásico tardío formaba uno de los cinco grandes tlatohcáyotl del territorio tepaneca (Pérez Rocha, 1982: 23). Después de la guerra contra Tetzcoco y México y la fundación de la Triple Alianza, Coyoacán quedó sujeto a Tlacopan, aunque aparece también en las listas de tributarios a Tetzcoco (Carrasco, 1996: 254, 278). Durante la conquista europea, los españoles encontraron la ciudad de Coyoacán despoblada y se instalaron en las casas de los nobles indígenas (Cortés, 2002: 166). Coyoacán se convirtió en un pueblo estratégico para la guerra contra los mexicanos.

En primera instancia, nos acercamos al tiempo más antiguo del pueblo de Coyoacán con base en las fuentes arqueológicas. Presentamos de forma esquemática la secuencia cronológica de asentamientos prehispánicos en Coyoacán, elaborada por el arqueólogo Juan Cervantes Rosado (s/f). Las excavaciones en el centro de Coyoacán revelan la presencia de arquitectura ceremonial; sin embargo, las condiciones urbanas actuales no son favorables para conocer más detalladamente el patrón de asentamiento.

Posteriormente, resumimos su estructura política con base en la información histórica e integramos los datos del calpulli Hueytlílac. La información histórica nos permite definir a Coyoacán como un huey altépetl (ciudad) (Carrasco, 1996: 27) o centro provincial para el Posclásico tardío (Parsons, 1993: 224).

Los datos arqueológicos

Con excepción de algunas excavaciones extensivas, mucha información arqueológica de Coyoacán se encuentra dispersa en noticias de campo obtenidas en trabajos de rescate. De los primeros esfuerzos con un método riguroso tenemos que mencionar el trabajo de Enrique Díaz Lozano (1925). Frente a la “Casa de Alvarado” en el actual centro de Coyoacán, este autor detectó en las capas superiores cerámica azteca. Debajo de la emisión de lava del volcán Xitle se hallaron restos humanos y cerámica que denominó “arcaico y subpedregalense” (Díaz Lozano, 1925: 61, 66). La definición de estas fases antiguas –cuyo fin era establecer un esquema evolutivo para el Centro de México–, se debe a Manuel Gamio, con base en las exploraciones realizadas de las canteras de Copilco en San Ángel (Gamio, 1990: 8; Kroeber, 1925: 374-390). Simultáneamente, Hermann Beyer (1969a: 170-172) realizó varias visitas a San Ángel, Coyoacán y Tizapán. En sus exploraciones, este autor notó la presencia de cerámica azteca en las cavernas y hendiduras del Pedregal. Los resultados de estos destacados investigadores fueron reelaborados en un trabajo de Kroeber (1925) para establecer “horizontes culturales” en la Cuenca de México.

Más tarde, en 1934 y 1940 respectivamente, Martínez del Río y Noguera realizaron una descripción de las ruinas encima del Cerro Zacatépetl (Navarrete, 1991: 74), mientras José Luis Cossío (1935) descubrió esculturas talladas y otras evidencias arqueológicas en espacios del Pedregal como la Gruta de la Golondrina. Más arriba, ya hemos señalado el interés de Lizardi Ramos (1951), a partir de los años cuarenta, en las manifestaciones del culto al agua y el sistema hidráulico en la zona.

Mucho tiempo después, Carlos Navarrete (1991) deploraba la “lamentable historia” de la arqueología del Pedregal y la destrucción del patrimonio cultural por el crecimiento urbano. Destacan en su texto algunos dibujos de petroglifos realizados por Enrique Juan Palacios y la publicación de una “Crónica del Pedregal de Santo Domingo”, escrita antes de 1948 por don Emiliano Suárez, el informante de César Lizardi Ramos en aquel tiempo.

El sitio más explorado en la zona es Cuicuilco, uno de los centros regionales más importantes para el Preclásico tardío (600 a.C.-150 d.C.) en la Cuenca de México. En dicho periodo, el sitio contaba con un complejo de edificios públicos, con un templo central, construido encima de un basamento en forma de cono truncado de aproximadamente 135 m de díametro y 25 m de altura. Entre el 300 y el 100 a.C. contaba con una población de entre 10 000 y 20 000 personas. El abandono de este centro protourbano inició probablemente tiempo antes de las erupciones del volcán Xitle (López Austin y López Luján, 1999: 83). Byron Cummings, de la Universidad de Arizona, realizó las primeras exploraciones rigurosas en Cuicuilco en 1922 por iniciativa de Gamio (Müller, 1990: 15). En 1957 Heizer y Bennyhoff iniciaron un segundo proyecto en dicho sitio. Diez años después, el Departamento de Monumentos Prehispánicos del INAH exploró de nuevo la zona cuando se construyó la Villa Olímpica. Los materiales cerámicos encontrados abarcan un periodo de 2 500 años, desde el horizonte Preclásico medio hasta el Posclásico (Müller, 1990: 15). En la actualidad, los diversos proyectos en Coyoacán de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH arrojan luz, aunque de forma dispersa, sobre la constitución de su historia prehispánica.22

Coyoacán en las fuentes históricas

Si retomamos la información de las fuentes coloniales podemos elaborar un esquema de tres fases básicas para la historia prehispánica tardía de Coyoacán: la fase colhua-tolteca, la fase tepaneca y la fase bajo el dominio de la Triple Alianza. A nivel sociológico, el reino tepaneca era multiétnico, y se podían escuchar lenguas como el otomí y el nahua predominantemente, pero también el matlatzinca, el mazahua, el chichimeca (Carrasco, 1996: 267) y el chocho (Santamarina, 2005: 308).

Los colhuas