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El 9 de agosto de 1780, la Real Armada española asestó una estocada mortal a Gran Bretaña. En apenas una mañana, cincuenta y dos mercantes, ochenta mil mosquetes, tres mil barriles de pólvora, pertrechos para doce regimientos, un millón de libras en oro y tres mil prisioneros de un doble convoy con destino a Norteamérica y a la India cayeron en manos del veterano capitán general Luis de Córdova, que provocó el mayor desastre logístico de la historia de la Royal Navy, arrastrando al Reino Unido al borde de la bancarrota y cercenando el esfuerzo bélico británico contra las Trece Colonias. Una guerra que, como demuestra la novedosa interpretación del libro Caza al convoy. El triunfo de la Armada española en la independencia de Estados Unidos, más allá de los campos de batalla de Bunker Hill, Saratoga o Yorktown, se libró en buena medida en el océano Atlántico, una auténtica pugna entre las dos armadas más poderosas del mundo, empeñadas en hacer llegar los ansiados suministros desde Europa… o impedirlo. Rafael Torres, autor del exitoso Historia de un triunfo y máximo experto en la Real Armada del siglo XVIII, despliega una narrativa vibrante para reconstruir en Caza al convoy una apasionante historia de estrategia y espionaje, en la que sus protagonistas se expresan con sus propias palabras, rescatadas de informes reservados y correspondencia privada, documentación inédita encontrada en archivos españoles, ingleses y americanos. A través de estos testimonios emerge un auténtico duelo de convoyes en el que España consiguió un triunfo abrumador y apenas estudiado: si la épica captura del doble convoy británico estranguló las posibilidades de victoria de los casacas rojas en Norteamérica, la exitosa llegada ese mismo mes, burlando el bloqueo enemigo, de una poderosa escuadra española al Caribe, con diecisiete buques de guerra y veinte mil hombres, proveería a Bernardo de Gálvez de los medios necesarios para abrir un segundo frente en la Florida. Hazañas navales en las que brilló una generación sobresaliente de marinos y que demuestran la capacidad operativa, la organización, el liderazgo o las cruciales redes de espionaje que podía desplegar la monarquía.
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Seitenzahl: 845
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Caza al convoy
Torres Sánchez, Rafael
Caza al convoy / Torres Sánchez, Rafael
Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2025 – 504 p., 16 de lám.: il.; 23,5 cm – (Historia de España) – 1.ª ed.
D.L.: M-20699-2025
ISBN: 978-84-129847-8-1
94(460:410)”1780”
355.46
Caza al convoy
El triunfo de la Armada española en la independencia de Estados Unidos
Rafael Torres Sánchez
© de esta edición:
Caza al convoy
Desperta Ferro Ediciones SLNE
Paseo del Prado, 12, 1.º derecha
28014 Madrid
www.despertaferro-ediciones.com
ISBN: 978-84-12984-79-8
Diseño y maquetación: Raúl Clavijo Hernández
Cartografía: Desperta Ferro Ediciones/Juan Valverde Ayuso
Coordinación editorial: Mónica Santos del Hierro
Primera edición: noviembre 2025
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados © 2025 Desperta Ferro Ediciones. Queda expresamente prohibida la reproducción, adaptación o modificación total y/o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento ya sea físico o digital, sin autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo sanciones establecidas en las leyes.
Producción del ePub: booqlab
A mis grumetes, Alex, Luke, Dani e Irene, que ya tripulan con fuerza el barco de mi vida.
Cubierta
Título
Créditos
Índice
Agradecimientos
Dramatis personae
PARTE I - LA BATALLA POR LA INFORMACIÓN
1
EL SISTEMA DE ESPIONAJE ESPAÑOL
PARTE II - LA APERTURA DE UN SEGUNDO FRENTE
2
«EL TEATRO DE LA GUERRA SERÁ EN AMÉRICA»
3
EL GRAN CONVOY
4
A LA CAZA DEL CONVOY ESPAÑOL
PARTE III - LA CAPTURA DEL DOBLE CONVOY INGLÉS
5
TEJER LA RED
6
LA HABILITACIÓN DEL DOBLE CONVOY
7
CAZA Y CAPTURA
Conclusiones
Bibliografía
Sección de imágenes
Cubierta
Título
Start
Tipos de buques
Suministros militares
Acciones de combate y navegación
Lo mejor de embarcarse en la escritura de un libro son las travesías compartidas, las singladuras inesperadas y, sobre todo, las amistades que surgen a lo largo del derrotero. Son esos compañeros de viaje quienes te lanzan cabos, te orientan con sus faros o te empujan con buen viento cuando el ánimo escora. Yo he tenido la suerte de contar con una tripulación generosa que me ha acompañado por mares calmos y tormentosos. Agradecer a todos los que echaron una mano al timón o desde la intendencia es tarea imposible, pero algunos han dejado una estela tan honda que sería injusto no mencionarlos.
La idea de botar este navío fue de José Benavides, apasionado navegante de la historia naval española, que no solo creyó en la travesía, sino que la hizo posible desde la Fundación Lecumberri Benítez Benavides y actuó como verdadero armador de esta empresa. A la primera señal, los editores de Desperta Ferro, Alberto Pérez y Javier Gómez, izaron velas sin dudarlo. Una vez más, me ofrecieron el viento de popa necesario para completar la derrota y alcanzar puerto con el cargamento completo.
En los múltiples puertos archivísticos donde recalé no estuve solo. Conté con pilotos y prácticos que me guiaron por canales poco cartografiados. Fernando Santos y María Baudot me ayudaron a trazar el rumbo en el Archivo Histórico de la Armada «Juan Sebastián de Elcano», mientras que Consolación Fernández y Pablo Ortega del Cerro fueron brújula indispensable para navegar el gran océano del Archivo General de Indias. La singladura por los archivos británicos habría naufragado sin Óscar Riezu, así como por los franceses sin la guía de Aitor Díaz. José Manuel Guerrero Acosta, Larrie Ferreiro y Joe Dooley me facilitaron valiosas coordenadas para rastrear documentos en aguas norteamericanas. Alberto Angulo me ofreció las claves para seguir la estela del alférez Churruca hasta su fondeadero natal en Motrico. Para trazar maniobras o situar derrotas en carta náutica conté con mi amigo Salvador Pallarés, el mejor mayor de escuadra que uno podría encontrar. Y, para trasladar a imágenes toda esta travesía, Juan Valverde Ayuso supo interpretar y plasmar con precisión cartográfica cada una de las indicaciones que le fui transmitiendo desde la toldilla.
Finalmente, a mis amigos y familia, que han sido puerto seguro y pañol de ánimo constante, y a la esperanza de futuro que representan mis cuatro grumetes.
Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda. Autor y fecha desconocidos.
Luis de Córdova y Córdova. Autor desconocido, siglo XVIII.
José Domingo de Mazarredo-Salazar. Atribuido a Francisco de Goya, siglo XVIII.
Bernardo de Gálvez y Madrid, conde de Gálvez. Mariano Salvador Maella, ca. 1783-1784.
José Moñino, conde de Floridablanca. Pompeo Batoni, ca. 1776.
Leopoldo de Gregorio y Masnata, conde de Ricla. Autor y fecha desconocidos.
Pedro González de Castejón, marqués de González de Castejón. Autor desconocido, siglo XVIII.
José Bernardo de Gálvez y Gallardo, marqués de Sonora. Grabado anónimo, ca. 1787.
José Solano y Bote. Autor desconocido, siglo XVIII.
Cosme Damián de Churruca. Grabado anónimo 1854.
Francisco Gil de Taboada y Lemos. Autor y fecha desconocidos.
Luc Urbain du Bouexic, conde de Guichen. Antoine Maurin, siglo XIX.
Lord George Brydges Rodney, barón de Rodney. Autor desconocido, siglo XIX.
Francis Geary. Anónimo, ca. 1780.
El 4 de julio de 1942, el primer ministro británico Winston Churchill se retiró a su habitación privada en las Cabinet War Rooms, ubicadas en Whitehall, Londres, para echarse su siesta diaria.1 En esta pequeña estancia solo había una cama, un escritorio y algunos documentos personales. Sin embargo, lo notable era que en las paredes no había mapas con las posiciones de tropas ni de las batallas en curso, sino planos que mostraban el recorrido seguido por los convoyes aliados con suministros militares hacia Gran Bretaña. También había un gráfico que detallaba las pérdidas infligidas por los submarinos alemanes. Churchill siempre repetía que el éxito en la guerra dependía, en esos momentos, del constante arribo de estos convoyes y consideraba el ritmo de su llegada como el mejor indicador del curso del conflicto.
Ese día, la rutina de Churchill se vio abruptamente alterada por una alarmante noticia: el convoy PQ17, uno de los más importantes enviados hasta entonces a Europa, había sido gravemente dañado tras ser atacado por submarinos alemanes. Esta noticia tuvo un fuerte impacto en el primer ministro, ya que dicho convoy era vital para la guerra, pues transportaba ayuda militar esencial hacia los puertos soviéticos de Múrmansk y Arcángel. Se había prometido este valioso suministro mientras se preparaba la apertura de un segundo frente en Europa.2
Cuando llegaron a Londres los primeros informes relativos a las pérdidas del convoy, Churchill quedó profundamente preocupado. De los 35 barcos que componían el convoy, 24 habían sido hundidos cerca de las costas noruegas, los cuales transportaban armas y suministros militares para equipar un ejército de 50 000 soldados.3 Churchill comprendía perfectamente las consecuencias estratégicas que implicaba la pérdida del convoy PQ17: podría provocar el desplome de la resistencia soviética y retrasar, o incluso cancelar, la invasión de Europa. En las horas siguientes hubo un frenético intercambio de telegramas entre Moscú, Londres y Washington. Stalin, incrédulo ante las pérdidas informadas, exigió con urgencia una reunión personal para reconsiderar la estrategia de la guerra. Churchill no tuvo más remedio que aceptar y viajar para discutir en persona la grave situación provocada por el hundimiento del convoy. Posteriormente, Churchill recordó en sus memorias este hecho como «uno de los episodios navales más tristes de toda la guerra».4
Aunque Churchill acertó al señalar que la pérdida del convoy PQ17 fue la más grave sufrida por Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, existía un precedente histórico con un coste aún mayor, tanto en términos materiales como estratégicos. En 1780, durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1776-1783), la Royal Navy perdió un convoy mucho más numeroso: 63 buques, de los cuales 55 fueron capturados –no hundidos– por la Real Armada española, en lo que constituyó una de las derrotas más severas de toda su historia naval y que tuvo una influencia decisiva en la Guerra de Independencia estadounidense.
Este relevante desastre naval británico no ha sido investigado ni valorado en su justa medida, en parte porque los convoyes militares se han considerado elementos secundarios dentro de una historia naval tradicional centrada en las grandes batallas. Por fortuna, en los últimos años la historiografía ha empezado a reconocer el impacto real de estos convoyes en la estrategia y el desenlace de las guerras. De hecho, mientras que el resultado de muchas batallas navales rara vez alteraba el curso general de un conflicto, la llegada o pérdida de un convoy cargado de recursos militares tenía efectos inmediatos sobre las capacidades operativas de los ejércitos en campaña y la estrategia bélica.5
El esfuerzo de la historiografía internacional por recuperar el papel de los convoyes militares dentro de la historia operacional encuentra un marco de análisis privilegiado en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Fue en este conflicto cuando el envío de convoyes alcanzó su punto culminante durante la Edad Moderna y cuando su llegada resultó más decisiva para la estrategia general y el desarrollo de la contienda.
El momento álgido de esta guerra –y del uso estratégico de convoyes– se alcanzó en el verano de 1780. España organizó el mayor convoy de su historia con el objetivo de abrir un segundo frente en Norteamérica, mientras que Gran Bretaña preparaba un doble convoy con destino a América y Asia, destinado a contrarrestar la ofensiva española en el Atlántico y lanzar un ataque en el Pacífico. Ambos países se enfrentaron a desafíos similares: concentrar efectivos y buques de transporte, proporcionar escoltas adecuadas y mantener en secreto los movimientos. Enviar estos convoyes se convirtió en la prioridad absoluta de sus respectivos Gobiernos, al tiempo que se desplegaban redes de espionaje y capacidades navales para interceptar al convoy enemigo e impedir que alcanzara su destino.
La comparación es una metodología adecuada para superar los límites tradicionales de las historias nacionales, a menudo marcadas por interpretaciones justificativas y finalistas. Confrontar los retos y soluciones de distintos actores en un mismo contexto temporal permite valorar con mayor objetividad lo realmente logrado en términos de planteamientos estratégicos y políticos, capacidades logísticas y operacionales y eficacia de los sistemas de inteligencia. España y Gran Bretaña se enfrentaron al mismo desafío: modificar su estrategia en la guerra mediante el envío de enormes convoyes militares. Ambos tuvieron que organizar el propio y tratar de interceptar el del enemigo. A partir de fuentes españolas, británicas, francesas y americanas, este libro ofrece una historia comparada de ese auténtico duelo de convoyes en el Atlántico del que dependía, en buena medida, el desarrollo de la Guerra de Independencia de Estados Unidos y que, hasta ahora, ha permanecido ausente en la historiografía acerca de este decisivo conflicto.
La investigación realizada en varios archivos locales, nacionales e internacionales nos ha brindado la fortuna de acceder a conjuntos documentales inéditos y de extraordinario valor, fundamentales para conocer los acontecimientos a través de los propios protagonistas. Los diarios de navegación de los buques españoles, ingleses y franceses han sido esenciales para reconstruir los movimientos de convoyes y escuadras. Se ha optado por utilizar los de los buques insignia, aunque también se han incorporado los de otras embarcaciones, como el navío San Vicente, la fragata Thetis o el navío L’Actif, con el fin de contrastar y completar la información. Algunos de estos diarios destacan por su notable precisión, como el redactado por el alférez de fragata Cosme Damián de Churruca. Igual de reveladora ha resultado la correspondencia del Almirantazgo y la Secretaría de Marina con sus comandantes. Este corpus documental permite valorar con mayor claridad cuál era la estrategia real en cada momento, las prioridades establecidas y los riesgos asumidos, así como determinar qué información manejaban, efectivamente, las autoridades. Gracias a ello es posible comprender las operaciones emprendidas, incluidas algunas sorprendentes acciones de contraespionaje.
La correspondencia entre determinados personajes ha proporcionado numerosas claves para reconstruir con precisión lo sucedido. De especial relevancia ha sido la mantenida entre el secretario de Estado español, el conde de Floridablanca, y el embajador en París, el conde de Aranda. Sus cartas, marcadas como «confidencial y muy reservada», ofrecen una imagen viva, y hasta ahora desconocida, de los acontecimientos. Del mismo modo, la correspondencia pública y privada del comandante inglés en el Caribe, Rodney, con otros mandos en Norteamérica y con el escuadrón naval en Lisboa permite seguir con claridad las operaciones emprendidas para cazar al convoy español, al tiempo que revela una versión distinta a la difundida por la prensa británica. También han resultado valiosos los testimonios de protagonistas en apariencia menores, como los informes de espías infiltrados en arsenales británicos, las declaraciones de corsarios españoles tras capturar buques británicos, la red de buques espía desplegada por el embajador español desde Lisboa en la costa portuguesa o los diarios escritos por prisioneros. Todos ellos participaron activamente en los hechos y permiten reconstruir una batalla de inteligencia y estrategia en la que la Armada alcanzó un triunfo indiscutible que alteró el curso de la independencia de Estados Unidos.
1. Ljunggren, B., 1982, 307-308; Campbell, J., 1988.
2. Woodman, R., 2018.
3. Irving, D., 1987, Hepper, D., 2022.
4. TNA, PREM 3/403/4.
5. Knight, R., 2020, Knight, R., 2022; Syrett, D., 2004, Syrett, D., 2015 (1970); Villiers, P., 2018; Young, J., 2020.
Primera página del Nuevo, y curioso romance, en que se declaran las victorias, y los triunfos, que contra toda la Inglaterra ha conseguido nuestro católico monarca, el Sr. D. Carlos Tercero, con sus navales fuerzas, baxo el comando de los dos invictos campeones, el excmo. Sr. D. Luis de Cordova, y el excmo. Sr. Don Antonio Barcelò […], A. Coronado, ca. 1779-1783. Biblioteca Digital Hispánica, VE/348/31.
La guerra de convoyes comenzaba por ganar la batalla de la información. Contar con capacidades de espionaje no era algo que pudiera improvisarse; requería estructuras organizativas sólidas, personal especializado, fuentes específicas de financiación y medios seguros de transporte y encriptación. Todo ello estaba, únicamente, al alcance de Estados desarrollados que contaban con experiencia histórica y la voluntad de mantener sistemas de inteligencia de forma permanente. La España de Carlos III poseía todas estas cualidades y supo canalizarlas para obtener información precisa o, cuando la situación lo requería, para difundir desinformación de forma estratégica.
El Gobierno de Carlos III estaba muy lejos de ignorar lo que ocurría fuera de sus fronteras y no dependía de otros países para informarse. España contaba con auténticos servicios secretos capaces de transmitir información relevante y actualizada. Su estructura difería de la de su aliado francés de manera notable. En Francia, Luis XV había creado un servicio propio de información paralelo al oficial del Gobierno conocido como el Secret du Roi [Secreto del Rey]. Esta extensa red de espías, financiada directamente por el monarca, le informaba exclusivamente a él y, en la práctica, provocaba una duplicidad de servicios de inteligencia, rivalidades internas y, a menudo, una menor eficiencia.1
España evitó los problemas derivados de la duplicidad al centralizar sus servicios secretos en una sola estructura. El secretario de Estado, José Moñino, conde de Floridablanca (1728-1808), era el responsable de esta organización. Moñino representaba el ascenso político de letrados y hombres de leyes que, sin pertenecer a la alta aristocracia, demostraron una gran capacidad para gestionar y consolidar la construcción del Estado, aunque su eficaz labor de gobierno no estuvo exenta de un calculado nepotismo para crear redes clientelares. Floridablanca se ganó la confianza absoluta del rey Carlos III, el cual lo mantuvo en el cargo desde 1777 hasta 1792, por lo que fue el secretario de Estado que más tiempo permaneció en funciones.
Esa estabilidad, precisamente, permitió a Floridablanca perfeccionar los mecanismos españoles de control de la información y llevar a cabo con mayor eficacia la gestión del espionaje. Como secretario de Estado, coordinaba el servicio diplomático, que, bajo su mandato, alcanzó su máximo desarrollo en el siglo XVIII; aumentó el número de embajadas y, especialmente, el servicio consular. Si en 1760 España contaba con 12 consulados, al fallecer Carlos III en 1788 la red diplomática incluía ya 28 cónsules y 134 vicecónsules. Desde todo el mundo fluía hacia la Secretaría de Estado un torrente constante de información. Esta red diplomática apoyaba, a su vez, la labor del espionaje y constituían los auténticos «ojos y oídos» de la monarquía española y de Floridablanca en particular.2
Además de centralizar la información exterior, Floridablanca controlaba también la circulación dentro del país, algo esencial para frenar el espionaje extranjero o ejecutar operaciones de contraespionaje. Su interés por supervisar las comunicaciones quedó demostrado cuando asumió el cargo de superintendente general de Correos pocos meses después de convertirse en secretario de Estado. Un año más tarde, añadió a sus responsabilidades la supervisión de Caminos y Posadas, por lo que obtuvo un control absoluto sobre la Real Junta de Correos y Postas de España e Indias, creada en 1776, que había unificado los servicios postales anteriormente separados.3
Gracias a todas estas funciones concentradas en la figura del secretario de Estado, Floridablanca podía intervenir directamente sobre la correspondencia que transitaba hacia y desde la monarquía. Aunque, en teoría, el correo era inviolable, tanto en España como en otros países de la época era habitual inspeccionar la correspondencia por motivos de seguridad. Como se ha señalado con respecto al servicio secreto inglés: «toda persona que escriba acerca de los primeros pasos de nuestro Intelligence Service debería relatar, simultáneamente, los comienzos de nuestros servicios postales». De manera semejante, Benjamin Franklin, encargado de la primera misión diplomática de las, todavía rebeldes, Trece Colonias norteamericanas, era también el director general de Correos del nuevo Estado.4
Para aprovechar con eficacia este potencial de captación de información, Floridablanca organizó un grupo de oficiales pertenecientes a la Administración de Correos en las principales ciudades españolas. Este grupo, conocido como el «gabinete negro», se encargaba de supervisar y examinar la correspondencia considerada relevante para la seguridad de la monarquía. Su labor consistía en abrir las cartas sin dejar rastro y en el menor tiempo posible, para evitar así que el destinatario sospechara que su correspondencia había sido intervenida o retenida. Como era previsible que otros servicios postales actuaran de forma similar, existía una verdadera obsesión por señalar, junto con la carta, las fechas exactas del envío. Destacaba en este continuo estado de alerta el embajador español en París, el conde de Aranda, quien, al escribir a Floridablanca, especificaba con precisión las horas que se habían empleado en la transmisión: «de Brest acá [París] son 50 horas para un correo a caballo, y deduzco que el 14 aún lo ignorarían en aquel puerto, pues escribiendo el 15 hasta mediodía, ya hubiera estado ayer tarde la noticia en Versalles».5
Ante el riesgo de que incluso la correspondencia interna de España pudiera ser interceptada por espías enemigos en complicidad con oficiales españoles, se prefería evitar el uso de correos ordinarios y confiar las cartas a correos extraordinarios. Esta medida incrementaba su eficacia cuando la correspondencia se enviaba mediante lo que la administración gubernamental española denominaba «vía reservada», es decir, la entrega directa al secretario correspondiente. De esta forma, se evitaban retrasos en la distribución entre diferentes secretarías y se reducía de forma considerable el peligro de que las misivas fueran abiertas o intervenidas. El envío de información postal por la «vía reservada» llegó a convertirse en una práctica habitual en la comunicación entre Cádiz y Madrid, como lo demuestra esta instrucción: «Avise todos los correos a esta vía reservada del Estado del apresto de la escuadra, que urge muy mucho».6
Para reforzar aún más la seguridad, toda la correspondencia dirigida al Gobierno se concentraba en una única persona, considerada de total confianza. Un claro ejemplo era el correo enviado por el intendente de Cádiz, que salía todos los domingos «a las diez de la noche» y cuya seguridad era muy valorada en Madrid. Además, para garantizar aún más el secreto en las comunicaciones, se identificaba expresamente a la persona encargada de transportar la correspondencia, para evitar cualquier tipo de confusión o error. Esta práctica era habitual en el embajador español en París cuando enviaba información reservada a Floridablanca; indicaba de forma precisa que el mensaje iba con «el correo Uribarry».
No obstante, en el ámbito del espionaje siempre había formas de acceder tanto a la correspondencia como al portador. Por esta razón, cuando la situación lo requería, se recurría al cifrado de los mensajes. Floridablanca organizó en la Secretaría de Estado en Madrid un grupo de oficiales especializados, capaces de cifrar y descifrar mensajes en las principales lenguas.7 Los oficiales de Floridablanca dominaron con eficacia este método, conocido en aquella época como el «arte de la cifra».
En aquellos momentos se utilizaban distintos sistemas de cifrado: una cifra simple, basada únicamente en letras del alfabeto; y una cifra compuesta, que incluía sílabas, diptongos e incluso palabras completas. En la matriz de cifrado proporcionada por la Secretaría de Estado a embajadores o espías se especificaba, por ejemplo, que la letra «c» correspondía al número 7, «ca» equivalía al número 79 y la palabra «navío» se representaba con el número 117. También existían cifras irregulares en las cuales una misma palabra podía cifrarse con diferentes números; así, «fragata» podía representarse indistintamente con los números 130, 150 o 170. La complejidad podía aumentar aún más mediante la incorporación de signos gráficos adicionales.
Para el proceso de descifrado había especialistas en criptografía, expertos en analizar la estructura lingüística, identificar las vocales y consonantes más frecuentes, así como los emparejamientos habituales. Con el fin de complicar todavía más la labor de posibles espías enemigos, las matrices de cifrado se renovaban periódicamente o se diseñaban específicamente para misiones concretas. También se empleaba una combinación de cifras y letras para aumentar la dificultad. Por ejemplo, en 1779, cuando el embajador español en Londres, Almodóvar, tuvo que abandonar la embajada tras el inicio de la guerra con Gran Bretaña, proporcionó a varios espías que permanecieron en territorio inglés un sistema de cifrado especialmente complejo. Así se lo advertía al embajador español en París, que asumió la recepción de la correspondencia de los espías en Inglaterra: «esta cifra no es de números, sino de palabras familiares para decir en carta de amigo a amigo lo que pudiese ocurrir de urgente».8
Floridablanca era, por tanto, el receptor principal de aquel continuo flujo de noticias y el máximo responsable de que el Gobierno español ganara la batalla de la información. Adelantarse a los movimientos del enemigo exigía disponer de información precisa, fiable y siempre actualizada. Tal misión recaía en las redes de espías que las embajadas y los consulados españoles tejían constantemente por todo el mundo.
La embajada española en Londres desempeñó un papel fundamental en la creación y mantenimiento de una potente red de espionaje en Gran Bretaña. Desde el retorno a la paz en 1763, y con el aumento progresivo de los planes bélicos españoles, el conflicto con los ingleses se volvía cada vez más probable, por lo que obtener información relacionada con sus recursos y estrategias se convirtió en el objetivo prioritario del embajador español, el príncipe de Masserano. Su delicado estado de salud, que le obligó a regresar temporalmente a España entre 1772 y 1775 y finalmente a abandonar la embajada en 1778, no impidió que, bajo su mandato, se fortalecieran de forma considerable las fuentes de información y que se articulara la red de espionaje español más relevante del siglo en territorio británico. Esto fue posible, en gran medida, gracias al eficaz trabajo de su secretario, Francisco Antonio de Escarano, que asumía la dirección en las ausencias del embajador.
Por motivos de seguridad, no era habitual detallar en la correspondencia la composición o los procedimientos específicos de los servicios secretos de la embajada española y mucho menos revelar la identidad de sus confidentes. El temor constante a la interceptación de las cartas exigía la máxima discreción. Por ello, la embajada actuaba en Gran Bretaña con una autonomía casi total y se limitaba a informar a Floridablanca de los resultados obtenidos, pero no de los métodos utilizados para conseguir dicha información. Por fortuna, el cierre de la embajada española en junio de 1779 nos brinda una oportunidad excepcional para conocer, al menos en parte, el funcionamiento de esa red. El duque de Almodóvar, siguiendo instrucciones de Madrid, encargó al embajador español en París mantener activa la red de espionaje en Gran Bretaña tras la salida de la delegación española del territorio británico. Para que Aranda pudiera asumir esta tarea eficazmente, el duque de Almodóvar se vio obligado a reportarle en detalle acerca de cómo estaba organizada la red española de espías en suelo inglés.
Según documentó Almodóvar a Aranda, el servicio secreto español en Gran Bretaña se dividía en dos tipos de fuentes. Por un lado, estaban los confidentes ocasionales, es decir, informantes que ofrecían datos puntuales a algún oficial español o directamente al embajador, por lo general a cambio de una recompensa económica. Este tipo de confidentes esporádicos no eran bien recibidos en la embajada, ya que podían haber sido enviados por el contraespionaje británico o, simplemente, ser aventureros interesados en obtener dinero fácil. En todo caso, para la embajada suponían un problema adicional, puesto que debían verificar cuidadosamente lo revelado por estos delatores ocasionales antes de enviar la información a España.
La embajada otorgaba mayor relevancia al segundo tipo de fuente: la red estable de espías. Su estructura estaba apoyada en «el confidente antiguo Mr. Jackes». Este inglés había sido la gran creación del príncipe de Masserano y Almodóvar reconoció que «ha servido exactamente por muchos años». Su mayor habilidad consistía en tener confidentes entre sus amigos y parientes en los principales arsenales de Gran Bretaña. Sin embargo, existía un grave problema: «Mr. Jackes» había sido descubierto por los ingleses seis meses antes de la ruptura de las relaciones diplomáticas, lo que provocó el desmantelamiento de toda la red. El 5 de febrero de 1779, Almodóvar avisó a Floridablanca de que «a las nueve de la mañana del día anterior se introdujeron en casa de su principal confidente algunos ministros de justicia, se apoderaron de todos sus papeles, que se enviaron inmediatamente a Lord Weymouth».9
«Mr. Jackes» fue apresado y encarcelado en Plymouth mientras las autoridades británicas examinaban los documentos que le habían confiscado. No obstante, el embajador español confiaba en que no se establecería ningún vínculo entre Jackes y la delegación española, ya que «las extremas precauciones con que tratábamos con el expresado confidente, nos dan lugar a creer que no podrá probársele que le teníamos ganado, y que por consiguiente salvará su vida […] pero por ahora será preciso se abstenga de ver a ningún dependiente de la embajada y que busquemos otro medio de tener avisos seguros». Floridablanca valoraba enormemente la labor de espionaje llevada a cabo por «Mr. Jackes» y ordenó al embajador prestarle toda la ayuda posible, incluso mantuvo sus pagos aunque ya no siguiera trabajando de forma activa para los servicios secretos españoles: «el Rey quiere se le continúe también la ayuda de costa al interesado y de que SM se prestaría gustoso a pagar los demás gastos que pudiese acarrear la precisión de salvar a ese hombre del último sacrificio». Sin embargo, lo que más inquietaba al secretario de Estado era que el resto de la red de espionaje en Gran Bretaña pudiera quedar al descubierto: «el negocio es de tanta entidad que convendrá no malograr el descubrimiento de los otros confidentes que ya se proporcionaban».10
Sin duda, aquel suceso debió de constituir un serio contratiempo para la embajada española, pero se reaccionó con rapidez. En pocas semanas se logró contactar con un irlandés católico llamado William Wardlaw, que, de inmediato, fue puesto a trabajar: «enviado al nuevo confidente a visitar los puertos principales […] remitir hoy la lista adjunta de los navíos que hay actualmente en Portsmouth y Plymouth». Según el duque de Almodóvar, Wardlaw era «un mozo de mucha habilidad, talento e instrucción», con una notable capacidad para aprender y extender su propia red de informantes. El embajador reconocía que, inicialmente, había tenido dificultades para comprender el sistema de cifrado y el método para obtener información: «no sabía manejarlas», aunque rápidamente se adaptó y mostró mucha iniciativa, hasta el punto de que «ha comunicado muy buenas noticias y papeles, y cada día se halla en mejor disposición para continuar su servicio».11
Con todo, lo que más destacaba Almodóvar para conocimiento del embajador en París era la capacidad que había mostrado Wardlaw para reconstruir rápidamente una nueva red de espionaje al servicio de España. Es probable que lo lograra con el apoyo de la embajada y de otros confidentes católicos que frecuentaban la capilla de la embajada española, verdadero centro de captación de informantes. Wardlaw debió de ganarse a sus confidentes aprovechando afinidades religiosas, vínculos regionales, lazos familiares y también mediante pagos en efectivo. Dado que el propósito del informe era que Aranda conociera en detalle la estructura operativa de la red de espionaje durante la guerra y los costes asociados a la obtención de información, conocemos exactamente cómo contribuía económicamente la embajada al mantenimiento de dicha red. Así, por ejemplo, al agente Wardlaw se le pagaban mensualmente 25 guineas; además, recibía otras 7 para un subordinado que había reclutado nada menos que en el Almirantazgo británico y otras 10 guineas destinadas a un oficial del departamento del Navy Office. Del mismo modo, se pagaban 6 guineas a un colaborador infiltrado en Portsmouth y 4 más a otro situado en el arsenal de Plymouth. Incluso había conseguido incorporar a un oficial en el arsenal de artillería de Woolwich, «que es un oficial de artillería empleado en aquel parque, porque se le da lo que él ajusta por las noticias, papeles o diseños que se le piden».12
La importancia de la red organizada por «Mr. Wadlaw» residía en su extensión y en el notable grado de penetración que había alcanzado dentro de la Administración inglesa: «tiene correspondientes en los principales puertos [ingleses], muy útiles introducciones en el Almirantazgo, en el cuerpo de artillería y en el departamento de América, y está personalmente introducido con mylord George Germain». Contar con informantes en dos de los principales órganos responsables de la gestión de la guerra, así como en las dos bases navales más importantes, era un éxito absoluto que proporcionó valiosa información al servicio secreto español. Almodóvar recordaba que «en marzo [Mr. Wadlaw] dio una lista exacta de todos los navíos [británicos] que había en América, con el número de hombres y tripulaciones, y otra de los navíos que se estaban componiendo en los astilleros y tiempos en que debían estar concluidos». Posteriormente, entregó también «unos estados muy exactos de todos los enseres, maderas y efectos que había en los astilleros de Porstmouth, Plymouth, Deptfors, Chatam, Seernes y Woolwich».
El flujo de información procedente de esta red de corresponsales y confidentes terminaba en manos del embajador español, quien la contrastaba, cuando era posible, con otras fuentes de inteligencia antes de enviarla finalmente a Floridablanca. Para comprender mejor la trascendencia de esta información basta con citar el último mensaje enviado desde la embajada española el 4 de junio: «he sabido que se intentará incendiar los navíos que están en Cádiz, y en otros puertos de España. A este efecto se ha dado orden de aprontar treinta mil bombas incendiarias en Woollich, de las cuales se ha transportado ya una gran parte a Purflet, y allí [con otras muchas municiones] se pondrán a bordo de seis navíos de aquel departamento de artillería».13
Más interesante aún es que toda esta red siguió funcionando tras la ruptura de relaciones diplomáticas entre España y Gran Bretaña. De este modo, en julio «envió, por conducto seguro», información estratégica cuidadosamente protegida por la Administración británica: «un papel copia del reconocimiento hecho de orden del rey de las costas de la Gran Bretaña».14 Se trataba de unas revelaciones esenciales para las autoridades españolas, pues les permitía planificar con mayor precisión un posible asalto o incluso una invasión al territorio británico.
La cantidad de información proporcionada por la red de espías españoles tras la ruptura de relaciones diplomáticas resulta verdaderamente impresionante y pone claramente de manifiesto el fallo de seguridad de los ingleses en aquel momento ante los servicios secretos españoles. Al mantener agentes infiltrados en los principales órganos de la administración militar británica, Floridablanca pudo recibir datos precisos relativos a despliegues y movimientos fuera de Gran Bretaña: «en agosto ha enviado también dos planes de la nueva batería de Gibraltar y otras subterráneas […] una lista de todas las tropas de la corona británica y sus destinos». En ocasiones, los reportes eran sorprendentemente detallados, como «una lista de todos los trabajadores empleados en los astilleros reales». La red proporcionó, incluso, alertas de operaciones de contraespionaje, como la detección de un espía inglés en la principal base naval francesa: «la del emisario que tenían los ingleses en Brest».15
La red de espionaje en Gran Bretaña continuó funcionando y proporcionando información a España, en parte gracias a las gestiones del embajador en París, pero también debido a las precauciones adoptadas por el duque de Almodóvar antes de abandonar territorio británico.
Cuando la delegación española dejó Londres, permaneció allí el capellán de la embajada, Thomas Hussey, un sacerdote irlandés que había completado su formación sacerdotal en Sevilla.16 En 1768 había regresado a las islas británicas para hacerse cargo de la capilla de la embajada española y atender a la comunidad católica residente en Londres. Tras acompañar al embajador Masserano a España, Hussey regresó a Londres en la primavera de 1779, precisamente cuando Almodóvar y Escarano estaban organizando las medidas necesarias para garantizar la supervivencia de la red de espionaje. Una vez reclutado por Escarano para dicha tarea, Floridablanca ordenó a Hussey recopilar toda la información proporcionada por los confidentes en Gran Bretaña y enviarla regularmente al embajador español en París.
El problema que presentaba esta misión era cómo sacar la información reunida de suelo inglés sin levantar sospechas o sin que las autoridades británicas interceptaran la correspondencia. Almodóvar propuso un método: sugirió que Hussey entregara las noticias al embajador del reino de Nápoles y las Dos Sicilias en Londres, el conde de Pignatelli. Dado que Nápoles era un país neutral y su monarca hijo de Carlos III, parecía ideal para hacer llegar la información a Floridablanca. El embajador napolitano presentaba ventajas particulares, pues «está aquí [Londres] tan bien opinado y tratado con mucha consideración», lo que reduciría las sospechas. Además, tenía una relación cercana con Hussey, hasta el punto de que, según Almodóvar, «le puso ya el conde de Pignatelli en la lista de su familia».17
El método planteado para trasladar la inteligencia fuera de Gran Bretaña consistía en que, semanalmente, Pignatelli enviaría la correspondencia en la valija diplomática napolitana a un corresponsal en Ostende [Bélgica], con la alternativa de Calais [Francia]. Este corresponsal tendría «un sello igual al del conde Pignatelli», abriría el paquete, copiaría las cartas dirigidas a Floridablanca «y volviendo a cerrar lo dirigiría a Nápoles». Para incrementar la seguridad, la correspondencia se enviaría cifrada. Con este fin, el embajador español anunció a Floridablanca que «he hecho formar una cifra que sirva a Hussey y al sujeto que ha de residir sea en Ostende o en Calais». Desde allí, la información se enviaría al embajador en París, quien, finalmente, la remitiría a Madrid. Para ello, se elaboraron tres juegos de cifras: uno para Hussey, otro para Aranda y un tercero que retendría Floridablanca para que los oficiales de la Secretaría de Estado descifraran los mensajes. Para la delicada tarea de copiar la documentación en Ostende y enviarla a Aranda, Almodóvar escogió a una persona de absoluta confianza, su secretario particular José Fuertes, a quien describió como «mozo honrado, trabajador, hábil para este encargo y de cuyo secreto y buena conducta tengo la mayor seguridad». Como alternativa ante una posible falla en esta vía, Aranda propuso que Hussey enviara «una persona de su satisfacción a quien se pagará lo que vuesa merced diga», también a Ostende, pero dirigida a «F. Romberg et Compagnie», colocando un segundo sobre dirigido a «Mr. Fauston à Liege, por cuyo medio llegarán a mi mano [Aranda]».18
Contra todo pronóstico, y pese a la buena disposición inicial del conde de Pignatelli para colaborar con los servicios de información españoles, cuando este solicitó autorización a la corte napolitana para participar en el plan recibió una negativa. El rey Fernando IV de Nápoles y I de las Dos Sicilias, tercer hijo de Carlos III y miembro de la casa de Borbón, habría parecido naturalmente favorable. Durante los primeros años de su reinado, Nápoles había mantenido una colaboración estrecha con España gracias a la influencia del ministro Bernardo Tanucci, fiel partidario de Carlos III. Sin embargo, tras su matrimonio con María Carolina, hija de la emperatriz María Teresa de Austria, Fernando IV comenzó a rechazar la anterior política proespañola impulsada por Tanucci, el cual fue destituido en 1777. A partir de entonces, prevaleció la influencia de Austria, que empujó al monarca napolitano hacia una política contraria a España y favorable a Austria y Gran Bretaña. Precisamente para impulsar la construcción naval, se contrató al almirante inglés John Acton, que puso en marcha el arsenal de Castellammare. Acton llegó a ocupar el cargo de ministro de la Guerra, lo que fortaleció la influencia británica en la corte napolitana. En este ambiente antiespañol, el embajador napolitano en Londres recibió instrucciones claras de mantener una estricta neutralidad y rechazar los elaborados planes del servicio secreto español.
Sin el apoyo del embajador napolitano fue necesario idear otra solución. Aranda propuso asumir en persona la responsabilidad de esta comunicación. Desde la embajada española en París se enviaría regularmente a alguien que pudiera viajar con libertad entre Francia y Gran Bretaña y que, a su regreso, trajera las noticias recopiladas por Hussey. Este plan resultó eficaz y al final se convirtió en una vía de correspondencia regular y segura. La persona elegida por Aranda para esta misión fue un español llamado Vicente Vidal, casado con una italiana «que ha sido operanta». Estos dos detalles resultaron fundamentales para la operación de correspondencia que se estableció. Primero, porque Vidal «pasa por italiano» y, segundo, porque la actividad profesional de su esposa proporcionaba una tapadera perfecta para transportar correspondencia. El espía Vidal se hacía pasar por un músico italiano dedicado al comercio de partituras y hacía viajes frecuentes entre Londres y París. Fueron estas partituras musicales, precisamente, las que sirvieron para ocultar los mensajes dirigidos a la embajada española en París. De este modo, «para no ser descubierto, aun cuando le registrasen a la entrada y salida de Inglaterra, ofreció poner mezclados los números de la carta en cifra que se le diese, con los que tiene la música de acompañamiento con casi todas sus notas».19 De esta manera, y pese a la ruptura oficial de relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, el servicio secreto español siguió funcionando de manera efectiva y proporcionó regularmente información estratégica vital a la embajada española en París, donde la recibía el histriónico, pero eficaz, embajador el conde de Aranda.
En estos juegos de espionaje y en la silenciosa batalla por la información hubo un personaje central que destacó en el momento oportuno: el conde de Aranda. Su posición política y su carácter lo situaron en un lugar privilegiado para obtener información e influir decisivamente en el desarrollo de la guerra. Aranda no era un embajador cualquiera; era una figura clave en la política y la sociedad españolas de la época y representaba a una alta aristocracia que participaba de forma activa en la gestión del Estado con la aspiración de dirigirlo. Noble destacado, dos veces grande de España, había desarrollado una notable carrera militar con participación en las contiendas en Italia y como líder de las tropas españolas en la invasión de Portugal en 1762. Su enorme ambición política lo llevó a presidir el Consejo de Castilla y a ser considerado posible heredero en la Secretaría de Estado.
Sin embargo, su ascenso en la dirección política de la monarquía no alcanzó el puesto que tanto deseaba, debido, principalmente, a su complicado carácter. El ministro Wall lo describió como alguien de «humor dificultoso». Aranda era visto como testarudo, intransigente y de una «insoportable franqueza».20 Poco sensible a las sutilezas políticas, acumuló enemigos irreconciliables en todos los cargos que ocupó. Su trato rudo y su visión aristocrática del mundo lo enfrentaron con frecuencia a funcionarios provenientes de sectores sociales más modestos, a quienes solía despreciar por considerar que no podían servir fielmente a la monarquía. Su ferviente patriotismo, que colocaba por encima de todo y de todos los intereses de España y del rey, iba acompañado de una honda convicción de que el respeto internacional solo podía asegurarse mediante la fuerza militar. Por ello, era un firme partidario de la guerra ofensiva.
A pesar de su influyente posición y notoriedad, Aranda tuvo que soportar la humillación de que Floridablanca, a quien consideraba inferior, fuera elegido secretario de Estado. Precisamente debido a su relevancia y a su conflictiva personalidad, el secretario de Estado Grimaldi decidió enviarlo en 1773 a un «brillante ostracismo» como embajador en París. Sin embargo, lejos de alejarlo de la corte, este traslado lo convirtió en un protagonista clave debido a los relevantes acontecimientos internacionales que sucedieron y a la necesidad estratégica de mantener estrechos vínculos con Francia. Aunque su trato con Floridablanca fue continuamente tenso, su compromiso con los intereses españoles lo volvió indispensable para la política española, incluso cuando Floridablanca debía tolerar sus frecuentes insolencias, como cuando Aranda criticó a los ministros españoles por hacer demasiados cálculos. Él que, según afirmaba, odiaba «las batallas de papel de los cagatintas».21
La llegada de Aranda transformó por completo la embajada española en París. La convirtió en la principal legación española en Europa y en el centro de inteligencia más relevante. Para facilitar la captación de información, Aranda impulsó notables cambios en la embajada e hizo del edificio un símbolo de prestigio y grandeza. La instaló en un magnífico palacio situado en la rue Neuve des Petits Champs, anteriormente propiedad de un destacado hombre de negocios francés. Todo en la delegación empezó a ser suntuoso, tal y como refleja la descripción del alojamiento personal de su secretario, Ignacio de Heredia: «son grandes y cómodos, y magníficamente alhajados. Yo tengo en el mío cuatro chimeneas, ocho espejos grandes».22
La embajada española dirigida por Aranda se convirtió rápidamente en uno de los centros sociales más destacados de París y lo frecuentaban los principales políticos y todo visitante destacado, algo esencial para captar noticias, rumores e informantes. Por este motivo, las comidas organizadas por el embajador Aranda eran deslumbrantes. Habitualmente, se invitaba a «treinta o cuarenta cubiertos», mientras que en las cenas podían juntarse «ochenta, cien y más personas, que se reunían a pasar la noche en la embajada». Según la descripción de su secretario Heredia, cada día, «desde las tres de la tarde hasta las nueve de la noche», había en la embajada «mesas de juego, licores, vinos y sorbetes a discreción».23 Convertirse en un notable centro de sociabilidad en la alta sociedad parisina era, para Aranda, el primer requisito para obtener reportes valiosos.
Todo este despliegue social daba importantes frutos informativos. Las tertulias se prolongaban y daban lugar a rumores, cotilleos e indiscreciones que un observador atento sabía interpretar. Así lo expresaba el propio Aranda al dar noticia de la salida de un convoy: «he atado cabos sueltos, he recogido palabras indeliberadas, sigo el hilo del modo de pensar de las gentes que trato, y voy a decir a V.E. mi concepto […]».24
La combinación de ostentación e inteligencia era claramente intencional. Aranda, además de contratar un «lacayo suizo» para recibir a los visitantes en la embajada, incorporó por primera vez a profesionales cuya función no dejaba dudas acerca de sus propósitos, como «un delineante de planos militares» o varios oficiales que hablaban inglés. Esta embajada, convertida en centro de sociabilidad, era solo la parte visible de una habilidad en la que Aranda pronto destacó: el «espionaje blanco», basado en obtener información a partir de fuentes abiertas como periódicos y publicaciones. Aranda estaba suscrito a gran parte de la prensa europea, la cual era cuidadosamente analizada por sus oficiales y contrastada con los datos obtenidos por sus espías o en las reuniones sociales. Los reportes que enviaba a Madrid reflejaban que Aranda disponía de información detallada y precisa de los movimientos del Gobierno francés y de prominentes personajes que visitaban París, entre ellos figuras destacadas como Benjamin Franklin.25
El interés de Aranda por reunir información se extendía más allá de Europa, en especial hacia Norteamérica. Es significativo que el principal trabajo publicado en español durante aquellos años acerca de las Trece Colonias fuera financiado por el propio Aranda. Dicha edición podría interpretarse también como una estrategia para influir en el Gobierno español y reforzar su firme propósito de lograr una alianza con las colonias revolucionarias británicas.26
La embajada española en París se convirtió, además, en parada obligada para todos los diplomáticos españoles que se dirigían a otras delegaciones europeas, lo cual brindaba a Aranda una excelente oportunidad para captar partidarios e informantes. Con los diplomáticos recién nombrados, que viajaban hacia sus nuevos destinos, Aranda practicaba una política de cercanía y confianza y los recibía con un trato privilegiado en la embajada parisina. Del mismo modo, hacía lo propio con nobles y viajeros que realizaban su Grand Tour por Europa. A estas actividades se sumaban cientos de cartas enviadas por particulares de toda Europa en un estudiado juego entre clientelismo, amistad y oportunidad. El resultado era un flujo constante y valioso de información hacia la embajada española en París.
Con el estallido de la guerra y el cierre de la embajada española en Gran Bretaña toda esta estructura permitió que las responsabilidades de inteligencia de Aranda aumentaran de forma notable. En particular, quedó bajo su cargo mantener la correspondencia con la red de espionaje que seguía operando en suelo inglés. Esta tarea exigía supervisar, ocultar, descifrar y financiar tanto la información como los correos que la transportaban. Era una labor compleja y costosa que requería el apoyo económico constante desde la Tesorería General en Madrid, mediante envíos periódicos a la oficina que la Real Hacienda tenía en París, conocida como Tesorería del Real Giro. El respaldo financiero proporcionado a Aranda fue extraordinario: el gasto anual de la embajada en París, que en 1772 era de medio millón de reales de vellón –una cifra comparable a la embajada en Londres– se duplicó en 1779. Además, hubo pagos extraordinarios extremadamente altos, como los 4 millones de reales entregados en 1776 y registrados en la contabilidad oficial bajo el genérico concepto de «al Conde de Aranda embajador de España en París para un encargo del Real Servicio», suma que, en realidad, estaba destinada al apoyo de los rebeldes norteamericanos. A estos gastos se añadía más de medio millón de reales anuales en concepto de «gastos secretos», cifra que fue aumentando hasta superar los 3 millones en 1781. Para dimensionar este esfuerzo financiero, cabe destacar que, en aquella época, la monarquía española invertía anualmente algo menos de medio millón de reales en «hospitales y cárceles» y menos de 3 millones en todas sus fábricas reales.27
Este sólido respaldo económico desde Madrid permitió a Aranda llevar adelante complejas operaciones de infiltración encubierta de espías en Gran Bretaña. Aunque muchas de estas penetraciones se llevaban a cabo a través de Irlanda, hubo algunas especialmente notables, como las organizadas en colaboración con el embajador español en Ámsterdam. Dado que las costas y puertos franceses estaban más vigilados por los ingleses, Aranda decidió abrir una ruta desde Holanda, además de mantener los correos clandestinos habituales. Conocemos con detalle una de estas operaciones protagonizada por un espía al que Aranda llamaba «Fox». Según informó el embajador español en La Haya: «llegó Fox, partió esta tarde para Zelanda, en donde fletará un navío con pretexto de contrabando, que le llevará al norte de la Escocia, desde donde se introducirá en Inglaterra. Recogerá los consabidos papeles y cuenta para estar aquí de vuelta dentro de cuatro semanas con ellos».28
La iniciativa y el deseo de Aranda por contar con su propia red de espionaje lo llevaron incluso a infiltrar personas de confianza en el Ejército francés. Así ocurrió cuando convenció a un joven oficial español, Felipe Múzquiz, hijo del entonces secretario de Hacienda Miguel Múzquiz, para que actuase como su espía personal dentro del Ejército francés destinado a invadir Gran Bretaña. Cuando Felipe Múzquiz se presentó en la embajada española en busca de apoyo para incorporarse como oficial meritorio en las fuerzas francesas, Aranda le instruyó claramente: «acuerde usted que nada le encargué mas sino que hasta estar desembarcado en Inglaterra, hiciese el ignorante de la operación». Aranda deseaba que Múzquiz, una vez desembarcado, le enviara noticias directas, pero que tomara precauciones especiales para asegurar la confidencialidad de las comunicaciones con la embajada: «hágame el gusto de escribirme y darme una idea de la actividad con que vaya la cosa; como al desembarco, poniendo entonces una sobrecubierta al sr P. de Montbarrey y entrando el pliego al sr Conde de Vaux».29
La información de inteligencia que fluía hacia Aranda desde diversas delegaciones e informantes en toda Europa le permitía contrastar y cuestionar constantemente los datos recibidos, lo que le otorgaba una posición de superioridad, acorde con su carácter fuerte y competitivo. Esta red le brindaba, además, una posición privilegiada para acceder a información de calidad. Según el propio Aranda, los datos que él manejaba eran al menos tan buenos como los recibidos por los franceses, incluso en ocasiones superiores, en particular acerca de temas a los que Francia dedicaba atención especial. Un claro ejemplo de esto fue la información cartográfica acerca de Gran Bretaña. En 1779, Aranda fue invitado por el primer ministro francés, Vergennes, a Versalles para participar en una reunión clave donde se definirían los planes para invadir territorio británico. Allí se encontraban los principales ministros del Gabinete francés, incluido el ministro de Marina, Antoine de Sartine. Ante la necesidad de consultar mapas y esquemas detallados de las costas británicas, Aranda sorprendió a los asistentes presentando una colección excepcional de material cartográfico. Según relató él mismo, «yo tocaba cuantos puntos eran susceptibles de invasión grande o pequeña […] y aún tenía los mapas particulares respectivos a cada idea». La reacción del Ejecutivo galo fue de sorpresa y admiración. Aranda les propuso utilizar sus mapas, a lo que ellos accedieron encantados y admitieron que «los examinaron y dijeron que los suyos no eran mejores». Como colofón a esta anécdota, muy propio del estilo orgulloso de Aranda, informó a Floridablanca de la reacción del rey Luis XVI cuando el ministro francés Maurepas explicó al monarca lo ocurrido: «que lo habían hecho con mis planos, porque eran más claros. Que el Rey había dicho cómo era que yo [Aranda] los tenía mejores».30
Aunque pueda haber cierta exageración en estos relatos, es indudable que Aranda logró elevar significativamente el nivel y la calidad de la información de inteligencia disponible para España. En gran medida, la batalla por esta fue ganada desde la embajada española en París gracias a Aranda. Sin duda alguna, el servicio de inteligencia español y el propio Floridablanca contaron con un activo extraordinariamente valioso en este embajador de embajadores y en la particular corte de los espías que supo construir a su alrededor.
Pese a la notable eficacia del servicio de inteligencia español en Gran Bretaña y el canal privilegiado de la embajada en París, Floridablanca quiso extender aún más sus «ojos y oídos», para lo que recurrió a agentes especiales. El secretario de Estado necesitaba obtener información adicional y disponer de valoraciones profesionales acerca del estado real de las fuerzas armadas británicas. Para ello, consideró imprescindible situar en territorio británico a un oficial español, preferentemente de la Armada, ya que un marino podría interpretar con mayor precisión el valor de los datos proporcionados por la red de espías y, lo más importante, reportarlos directa y exclusivamente a Floridablanca.
Para esta delicada misión de espionaje Floridablanca eligió al capitán de navío Francisco Gil y Lemos. Recurrir a militares como agentes secretos era una práctica habitual, dada su formación técnica y sus conocimientos especializados, y por esta razón destacaban especialmente los oficiales de Marina. Floridablanca disponía de numerosos precedentes en Gobiernos españoles anteriores, en los que militares acometieron operaciones encubiertas en Gran Bretaña. Entre estas misiones destaca la promovida a mediados del siglo XVIII por el secretario de Marina, el marqués de la Ensenada, quien envió a un grupo de jóvenes guardiamarinas al mando del capitán de navío Jorge Juan, figura que ha llegado a conocerse como «el gran espía del siglo».
El caso de Gil y Lemos no fue una excepción, sino que reflejaba una práctica habitual. Así, el compañero de Floridablanca en el Gobierno, el ministro de Marina Pedro González de Castejón, también inició su mandato en 1776 con el envío de oficiales navales a espiar en Gran Bretaña. González de Castejón solicitó a su hombre de confianza, el prestigioso marino José de Mazarredo, recién nombrado comandante de la Compañía de Guardiamarinas de Cartagena, que seleccionara a dos guardiamarinas especialmente discretos y capaces para una delicada misión de espionaje. Estos oficiales debían dirigirse a Escocia para obtener información relativa a las innovaciones en la producción de artillería en la fábrica de Carron, donde se desarrollaba un nuevo tipo de cañón que resultaría de gran importancia: la carronada. La única condición impuesta por el navarro González de Castejón a Mazarredo fue que los marinos elegidos fueran «vizcaínos [pues] son hombres capaces de todo y muy a propósito para el fin, por su carácter silencioso, su habilidad, su genio laborioso, sufrido en los trabajos para lograr importantes fines como este».31 Más allá de esta anécdota concreta, lo relevante era que existía una tradición consolidada de utilizar marinos como espías.
El ahora elegido capitán de navío Francisco Gil y Lemos no poseía la excepcional calidad científica del célebre Jorge Juan, aunque sí contaba con una destacada trayectoria como eficaz servidor del Estado. Comenzó su carrera como marino militar combatiendo a los berberiscos, participó en la Guerra de los Siete Años (1761-1763), estuvo destinado en las Malvinas y desempeñó un relevante papel durante la contienda contra Gran Bretaña. Posteriormente, alcanzó los cargos administrativos más altos de la monarquía, como era frecuente entre los militares de prestigio, hasta llegar a ser virrey de Nueva Granada y Perú, director general de la Armada y, finalmente, secretario de Marina.
Recién nombrado comandante de la Compañía de Guadiamarinas en Ferrol, Gil y Lemos fue convocado en junio de 1778 por Floridablanca a la corte en Aranjuez para comunicarle su misión y proporcionarle instrucciones precisas para ejecutarla.32 El secretario de Estado le puso al corriente de la delicada situación internacional y de la probable entrada en guerra con Gran Bretaña: «con esta mira se han hecho los aprestos marítimos que a usted le son notorios». En esos momentos críticos era imprescindible obtener información militar fiable y actualizada para determinar la capacidad real de movilización de las fuerzas armadas inglesas. Floridablanca le exigía precisión: «que el rey se halle menudísimamente enterado del verdadero estado de las fuerzas marítimas». Aunque el principal objetivo era espiar en Gran Bretaña, también debía hacer algunas averiguaciones en Francia para confirmar que las ofertas del aliado francés a España estaban respaldadas de manera adecuada. Las instrucciones especificaban con claridad el tipo de datos requeridos: número de buques armados y desarmados, provisión de suministros, disponibilidad de marineros, municiones, en definitiva, «nos es esencialísimo saber hasta qué punto puede llevar la Inglaterra sus armamentos».
Como ocurría habitualmente en estas misiones encubiertas, lo más complicado era mantener oculta la identidad del agente. En este caso, Floridablanca indicó con claridad al espía que debía presentarse como un viajero curioso, «que vaya en calidad de viajante», interesado en conocer máquinas y tecnología, «ocultando su carácter y comisiones». Dada la peligrosidad de la misión en ese momento, intentó tranquilizarlo asegurándole que no estaría solo en suelo inglés. Contaría con el apoyo directo de las embajadas españolas en Europa, las cuales le proporcionarían los fondos necesarios para captar confidentes y comprar información, pagos que, posteriormente, serían registrados como «gasto secreto». Se le solicitaba actuar con iniciativa propia, pero también se le recomendaba aprovechar la red de espías ya existente, sobre todo porque se contaba con algunos confidentes muy bien situados en la Administración británica: «tenemos allí emisarios secretos que informan de cuanto se ejecuta en los departamentos». Floridablanca esperaba que Gil y Lemos aprovechara plenamente todos los recursos de inteligencia disponibles y añadiera cuantos pudiera obtener por su cuenta. Lo esencial en esta operación era que la información se dirigiera exclusivamente al secretario de Estado. Por tanto, la orden era terminante: «sólo conmigo tendrá usted correspondencia sobre estos asuntos».
El capitán de navío Gil y Lemos cumplió eficazmente su misión como agente especial de Floridablanca. En julio de 1778 llegó a París, donde visitó al embajador español para conseguir por medio de él la autorización de las autoridades francesas que le permitiera inspeccionar los arsenales galos. Aranda actuó con gran diligencia para «facilitar a Gil que viese todo» y logró en concreto el permiso para visitar las bases navales de Brest y Rochefort, «haciendo entender a todos que era un amigo suyo viajante». Sin embargo, consciente del grave riesgo que supondría que se descubriera la verdadera condición militar de Gil, incluso ante los franceses –lo que, además, podría perjudicar las buenas relaciones que el embajador mantenía con el Gobierno francés–, Aranda sugirió utilizar una verdad a medias. Como más tarde explicó a Floridablanca, sería mejor revelar parcialmente la condición militar del visitante, aunque ocultando su misión real: «sería lo mejor el no callar sus circunstancias, antes bien decirlas, coloreando su venida con el plausible motivo de viajar por toda Europa deseoso de su personal instrucción».33 Una media verdad que resultó creíble, lo que permitió al capitán Gil reunir numerosos datos acerca del estado de la marina francesa, aunque, en última instancia, dicha información no fue muy diferente de la que regularmente obtenía el activo y bien informado embajador Aranda. Esta primera etapa del viaje no conllevaba grandes dificultades ni se esperaba de ella reportes especialmente sorprendentes; el verdadero peligro y la auténtica labor de espionaje se hallaban al otro lado del canal de la Mancha.
Gil llegó a Gran Bretaña en diciembre, en el peor momento posible. La tensión entre España y Gran Bretaña había alcanzado el punto máximo y justo entonces se había descubierto una de las principales redes del servicio secreto español en territorio inglés, precisamente cuando Gil se encontraba en las inmediaciones del arsenal de Portsmouth. Por tanto, cualquier español cerca de algún puerto corría el riesgo de ser considerado espía. En consecuencia, el capitán Gil tuvo que extremar aún más las precauciones y evitó frecuentar o residir cerca de la embajada española. No obstante, mantuvo una relación oculta pero fluida con el embajador Almodóvar, relación que se prolongó durante años; mantuvieron posteriormente ambos una amistosa correspondencia.
Gil y Lemos comenzó su labor de espionaje de inmediato y con mucha intensidad. Visitó varias veces los arsenales públicos y privados buscando formas discretas de introducirse en ellos. Reclutó confidentes que pudieran proporcionarle información valiosa, como Francisco de Franchi, un marino canario residente en Londres que había servido previamente en la Armada española. En estrecha coordinación con el embajador Almodóvar, activó buena parte de la red existente de espionaje. Como su objetivo era reunir información específica y urgente, propuso a los confidentes ubicados en departamentos y secretarías del Gobierno británico responder a una breve, pero precisa, lista de preguntas. Necesitaba con urgencia información relevante y útil que transmitir lo antes posible a Madrid.34
Mientras recopilaba datos relacionados con las fuerzas armadas inglesas, Gil intentó acceder directamente a los arsenales británicos. Para ello, empleó una hábil estratagema: asistió como oyente interesado en el sistema judicial inglés a varios consejos de guerra celebrados contra marinos británicos. Gracias a recomendaciones obtenidas de nobles irlandeses relacionados con el Almirantazgo, consiguió invitaciones para asistir a esos juicios, lo que le permitió ingresar al arsenal de Portsmouth diariamente durante toda una semana. En ese periodo, pudo reunir información detallada de las defensas del arsenal y la ciudad, así como datos precisos acerca del estado de los buques, armamentos y suministros militares. Su experiencia como oficial naval le permitió evaluar rigurosamente aspectos técnicos esenciales, como el estado de las jarcias, la escasez de marineros y el coste de ciertos suministros; todos ellos indicadores clave del estado real de la flota inglesa. Al mismo tiempo, Gil se encargó personalmente de traducir documentos vitales que llegaban a sus manos por diversas vías, entre ellos un importante informe relativo al aprovisionamiento de madera para la marina inglesa, un dosier que había sido sustraído directamente de los archivos del Almirantazgo.35
Tras ocho meses en Gran Bretaña, el agente especial de Floridablanca se vio obligado a abandonar el país. El cierre de la embajada española lo privó de apoyo logístico y económico e hizo aún más peligrosa su permanencia en territorio británico. Gil regresó a España vía Holanda, desde donde continuó enviando informes con toda la información reunida durante su misión. Floridablanca, muy satisfecho con su labor, ordenó finalmente su retorno. España necesitaba espías, pero también oficiales navales capaces y experimentados. Así, Gil y Lemos volvió a embarcarse, esta vez como comandante del navío San Vicente, desde cuya toldilla siguió enfrentándose a los ingleses, ahora en el mar.
