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Como dice el subtítulo, este libro aborda la Liturgia entendida como escuela de oración. A lo largo de estas páginas, dirigidas a quienes ya están familiarizados con la Liturgia y desean profundizar en la oración, el autor va desgranando qué es la oración y en qué consiste el culto, que nos vinculan a Dios en Jesús. A continuación, afronta la eucaristía como la expresión fundamental de la Liturgia, analizando los gestos y palabras de la misa –la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística– como un formidable acto de oración, y situándola en el contexto de la cultura actual y de sus problemas particulares. En definitiva, el libro quiere ayudarnos a descubrir que la oración cristiana tiene su fuente y su cumbre en la memoria litúrgica del Señor y que esta nos revela el privilegio de estar, como dice el autor, «hospedados en los afectos de las personas divinas».
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Introducción.
Angelina y el divorcio entre
oración y Liturgia
«Yo no sé rezar», me dice un día Angelina, mirando a un punto indeterminado del espacio donde debe aparecer algún fantasma de su sincera aflicción. En ese momento, Angelina tiene alrededor de setenta años, y proviene de esas generaciones de creyentes sencillas que un catolicismo, aún muy arraigado en la sociedad, sobre todo en el ambiente rural del campo, formó con rigor y método, en torno al primado de la doctrina y el precepto. Cuando deja que sea su memoria la que hable, sus recuerdos de infancia están indisolublemente ligados al catecismo aprendido de memoria, a las misas celebradas muy temprano, a los métodos enérgicos de los sacerdotes, a las vísperas del domingo por la tarde con la bendición eucarística, el Tantum ergo, el velo en la cabeza, las novenas, las procesiones... En definitiva, a la cadencia de una vida en la que eran las obligaciones de la práctica religiosa las que marcaban el ritmo de la vida con invariable regularidad.
Mientras ella cuenta, aparecen en mi mente imágenes que, debido a la edad, mi experiencia personal solo ha rozado en sus últimos destellos, y que me recuerdan escenas que he podido leer en algunas novelas de Gadda, Meneghello o Piero Chiara, escenarios de religiosidad lombardo-veneciana, en la que dominaba también un rigor moral, secretamente jansenista, del deber por encima de todo. Una formación así orientada ha hecho arraigar en estas generaciones una disciplina de pertenencia católica tan sólida como para sustentar una aceptación serena, e incluso una asimilación consciente, de las nuevas sensibilidades pastorales que surgieron a partir del concilio Vaticano II en adelante.
Al mismo tiempo, ha tomado también medidas para instigar tal sentimiento de conformidad, que muy a menudo se confunde con los peores excesos del escrúpulo. Desde algún rincón de ese superyó de la observancia es desde donde Angelina, en una de sus frecuentes confesiones, dice con auténtico sentimiento de culpa: «Yo no sé rezar». Casi siempre se trata de la distracción con la que los pensamientos, volátiles como hojas movidas por los vientos otoñales, distraen la mente de la plena concentración en las palabras de la oración, in primis las del Rosario, la fórmula habitual de oración heredada de la familia y de la tradición. «Me viene a la mente de todo –dice con el tono de quien confiesa un crimen imperdonable–, pienso en lo que tengo que hacer, en mis hijos y en las cosas que veo en la televisión...». La vida irrumpe en la mente, perturbando la cristalina teoría de las fórmulas.
Siento que no debo menospreciar su problema, que no puedo quitarle peso a algo que le pesa con verdadera gravedad, pero al mismo tiempo trato de hacerle familiares otras consideraciones. Le sugiero, ante todo, que la tradición nos ha dejado un repertorio de fórmulas preestablecidas precisamente porque, en el fondo, ninguno de nosotros sabe realmente rezar, si es cierto, como dice san Pablo, que «nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26), y porque quizás tengan precisamente esa función de anclaje que mantiene referencias concretas al natural deambular de nuestros pensamientos. Le recuerdo que también los salmistas se sintieron abrumados por la inmediatez de la vida, a menudo muy dramática, a veces incluso trágica, pero esto no les impidió incorporarlo todo en el bagaje, a veces confuso, de su oración, que se ha vuelto ejemplar también para nosotros. Pero luego le indico que, más allá de los pensamientos que van y vienen, lo que da firmeza y sinceridad a su oración ella lo realiza ante todo con la presencia de su cuerpo, humildemente dedicado al deseo de Dios. Le advierto que ella ya está rezando, de manera auténtica y verdadera, aunque sea solo por estar sentada con el rosario en la mano, o de rodillas con el rostro inclinado, o de pie mientras canta con su voz sonora.
Ante estas observaciones, ella levanta la vista por un momento, sorprendida y pensativa, como si yo le estuviera haciendo una oferta de la que no puede fiarse completamente. No creo haberla convencido del todo ni haber aliviado sus escrúpulos, aunque me escuche con una confianza y un respeto que siempre me han conmovido. La confianza de los sencillos está entre las deudas morales más altas que existen.
Angelina murió en 2015 a los 93 años. Esta conversación, que tuvo lugar mucho antes, es uno de los recuerdos más límpidos que conservo de ella. Años más tarde, y tras un torrente de lecturas, me doy cuenta de que en aquella ocasión le expliqué conceptos que Michel de Certeau había expresado ya con original precisión: «La actitud de recogimiento corporal no es una dotación del alma ni un simple comentario fisiológico. Es la oración misma»[1]. Y también: «La humilde ofrenda corporal es ya don total: “Esto es mi Cuerpo”».
La oración, antes aun de mover palabras, moviliza una presencia, de manera que ya en sí mismas, son palabras inmediatas, sintéticas, elocuentes. Antes incluso de referirse a la relación religiosa con Dios, semejante suposición recorre todo el vocabulario corporal de las relaciones humanas, mudo y claro al mismo tiempo, universal en significado y particular en el acto, inteligible independientemente de historias y geografías. «No tengo miedo de nada», dice el niño sin abrir la boca, acurrucado junto a las rodillas de su madre, en un acto que concentra la densidad original de la confianza. «Nunca sin ti», dice en silencio el estar al lado de la pareja, en la firmeza móvil de quien ha encontrado un camino que permite caminar juntos. «Sigue hablando», dice el rostro abandonado de la enamorada que escucha palabras dignas de su sentimiento. «Estoy en tus manos», dice sin decirlo el anciano, a quien le quedan solo las fuerzas de la mirada, a la persona que lo cuida con amor y dedicación. Declaraciones, súplicas, ruegos, promesas, juramentos, confesiones, llamamientos se elevan al máximo de su volumen comunicativo, pasando simplemente a través de la potencia del cuerpo, para disponerse a modo de presencia, realizando cada vez el significado de una paradoja: «El gesto es espíritu».
Esto era lo que estaba yo tratando de decir, con palabras mucho más sencillas, intentando comprender las conmovedoras preocupaciones de Angelina. Su manera de estar en pie, frente a la imagen de la Virgen, ligeramente curvada sobre sus hombros y con el rosario en las manos, apoyadas casi en su regazo, inmóvil sobre ambos pies en su ininterrumpido susurro y con la mirada baja dirigida hacia quién sabe dónde, la hizo realidad en todos los aspectos, y sin saberlo, durante toda su vida. Por lo tanto, es bastante indiferente si logré convencerla o no.
Un último elemento que recuerdo haber puesto sobre la mesa en aquella conversación, en cierto modo el más importante, se refiere al hecho de que nuestra oración personal no coincide ni se agota en sus momentos individuales, sino que, en su sentido propiamente cristiano, se alimenta principalmente de momentos comunes, como nos hace entender, por ejemplo, la expresión ejemplar para nosotros «Padre nuestro», con este pronombre en primera persona plural. La oración común, aunque no la reemplace en modo alguno, sostiene y completa la oración individual, especialmente cuando esta coralidad de la oración desemboca en la forma típicamente comunitaria que es la Liturgia.
Sin infligir a mi interlocutora el tormento de la teoría, intentaba así revivir en ella la escena escrupulosa de la misa dominical, seguida con atención, en nuestra pequeña iglesia neogótica, en la que todos terminaban ocupando un puesto que tendía a ser fijo, donde, de manera más o menos blanda, las voces de todos se unían recitando fórmulas casi siempre preestablecidas, así como en las acciones en las que todos se asociaban de manera más o menos elegante y convencida, aunque casi siempre muy respetuosa; liturgias que yo intentaba celebrar lo más sencillamente posible, para que los gestos de todos pudieran surgir de la manera más natural posible, lo suficientemente serios como para ser conmovedores, y no tan artificiales como para incomodar a la gente o parecer falsos.
Regresado mentalmente a este escenario tan familiar, y con el útil desapego de la reflexión, intentaba decirle que hay una oración que nos precede y nos rodea, compensando el vagabundeo de nuestros pensamientos, la aridez que parece estancarse en algunos de nuestros silencios, la pobreza de sentimientos con la que tal vez estemos, e incluso a nuestra real y consciente mala voluntad. Existe un «nosotros» que hace flotar la pesadez de nuestro «yo», como esos que leen el periódico sentados en el agua del Mar Muerto, albergando sus resistencias y debilidades en un «espíritu de cuerpo» que flota con la capacidad de sostenerlo todo. Sobre todo porque –¡mire lo que le digo, Angelina!– en este «nosotros» está siempre también «él», el Señor Jesús, con su Cuerpo, guía y animador de la oración con la que todos permanecemos en el deseo vivo de Dios, presente en el vínculo espiritual que precisamente exige nuestra comunión para manifestarse. Oramos bien porque oramos juntos, y oramos juntos porque él nunca deja de orar con nosotros.
En un artículo escrito para la revista La Maison-Dieu[2], Louis-Marie Chauvet explica estas cosas mucho mejor que yo. «Por supuesto, hay una oración –dice– vivida individualmente; pero, para ser precisos, no existe nada parecido a una oración privada. Incluso la oración más personal es la oración de la Iglesia» (p. 54). Pero ¿por qué hemos acabado por asimilar una idea de oración predominantemente solitaria? Para explicarlo sería necesario un largo recorrido histórico, que no es posible emprender aquí, pero para el que sugiero la compañía de Giovanni Moioli, teólogo de la espiritualidad, fallecido prematuramente, que en varias ocasiones abordó el tema de esta escisión en una serie de intervenciones ahora reunidas en un solo volumen titulado Preghiera, mistica e liturgia (Centro Ambrosiano-Glossa, Milán 2017). Muchos aspectos entran en juego en las transformaciones que conducen a este resultado.
Limitémonos aquí a recoger un doble testimonio con dos consecuencias, que se desarrollaron en el corazón de la Edad Media. «Cuando la celebración –escribe Moioli–, sus textos, sus cantos, sus gestos... en una palabra, su “lenguaje”, pierde su “contexto”, realmente ya no “dice” nada más que a los iniciados. Se convierte en un deber». En segundo lugar, y en consecuencia: «Al no ser significada y no ser interpretada por la celebración litúrgica, la experiencia espiritual acaba por encontrarse exclusivamente en otros tipos de celebración, no heterogéneos sino colaterales a la celebración litúrgica, es decir, se convierte en el contexto de las “devociones”» (pp. 77-78). El sentido del rito por parte de los fieles acaba siendo secuestrado por las numerosas prácticas devotas que sustituyen a la Liturgia, considerada, cada vez más, incapaz de dar de verdad forma a la dimensión espiritual de la vida.
Este refugiarse en las devociones adquiere un carácter cada vez más individual, haciendo que la oración se convierta también en una cuestión cada vez más ligada a la interioridad subjetiva. El yo como lugar de encuentro con Dios. Para ser un lugar tan importante debe pagar un alto precio. Debe llegar a estar tan disponible al paso de lo divino que debe transformarse en un espacio totalmente diáfano, vacío, desierto. Una imagen puede ayudarnos. Quizás penaliza la riqueza de estos siglos, pero nos ayuda a comprender los cimientos en los que se basa. El alma es un cuarto sucio y desordenado que hay que limpiar y vaciar para dejar entrar la grandeza infinita de Dios. Orar, disposición en la que nos encontramos con Dios, es un poco como limpiar nuestro interior, pues debemos aprender a hacer el vacío dentro de nosotros mismos, practicando ese desinterés total que san Ignacio de Loyola llama «indiferencia», y que es un poco lo que Angelina, sintiéndose culpable, no conseguía hacer.
La oración ha entrado en los reflejos mentales comunes como un ejercicio de distanciamiento de uno mismo, una práctica de aislamiento individual que encuentra lo divino en la medida en que se retira de todo el catálogo de no-yo: los demás, el mundo y la vida. Muchas cosas se pierden en este programa de sustracción. En primer lugar, se sacrifica la experiencia real, se la degrada a ser distracción o, peor aún, seducción. Pero también se sacrifica la dimensión interpersonal de la experiencia religiosa, que comprende su rasgo típicamente eclesial. Y, sobre todo, se sacrifica la referencia esencial a Jesús (el rasgo cristológico, dirían los teólogos), sin la cual, en términos cristianos, no hay verdadera unión con Dios. El sacrificio del cuerpo, de la comunidad y de Cristo es el sacrificio conjunto del alejamiento secular que ha experimentado la oración de la Liturgia. De esto es de lo que hablamos en este libro.
Este libro no es para eruditos. No sería capaz. Pero, a decir verdad, tampoco es un libro para principiantes. Siempre empiezo con esta ambición, pero luego la sencillez me abandona, porque exige una dura lucha. Como resultado, este es más bien un libro para aficionados, para iniciados no especializados. Me refiero a esos que ya están familiarizados con la Liturgia, tienen deseos sinceros de oración y quieren centrarse en una reflexión adicional, en algo que, en su experiencia, aún no encuentran las palabras para definirlo. Es más una serie de meditaciones que un ensayo para especialistas. Espero que no sea demasiado vago, pero tampoco esotérico. Y, espero, también que sea lo suficientemente serio como para estar a la altura de su maravilloso objeto, la oración que nos lleva a Dios, a todos juntos, gracias a Jesús.
Los cuatro primeros capítulos tendrán un carácter más general y teológico. Deben recordarnos que la oración cristiana es cristiana porque actúa dentro de la auténtica revolución que Jesús ha introducido en el culto, especialmente en la idea del sacrificio, acto fundamental de toda religión (1); deben recordarnos también que orar significa descubrirnos realmente vinculados a Dios gracias a la vida misma de Jesús, en su Cuerpo y en su Espíritu (2); en tercer lugar debemos recordar que el culto cristiano es siempre un nosotros, que en la Liturgia de la Iglesia tiene su máxima expresión (3), y, finalmente, hay que decir algo sobre el hecho de que la oración no coincide con unos pensamientos, sino que es más bien un acto sintético de nuestro ser encarnados y pasa por el poder simbólico del sacramento (4).
Después de esta amplia parte general se encontrarán tres capítulos que toman la misa como experiencia-tipo de la Liturgia. Aunque la Liturgia eucarística no es la única, sí es la Liturgia fundamental. Se hablará de los dos núcleos fundamentales de la oración litúrgica: ante todo, el momento del signo instituido por Jesús, partir el pan y servir el vino, considerado en su ser un gesto insuperable de oración (5); después el momento de la Palabra, lugar de revelación y espacio de diálogo, por tanto, formidable acto de oración (6). El capítulo siguiente servirá para señalar de manera puramente evocativa algunos aspectos de la Liturgia que inciden en su ser oración (7). Y algunas consideraciones finales intentarán situar estas reflexiones en el contexto de la cultura actual y de sus problemas pastorales.
A este libro le faltan muchas cosas. Su limitada extensión ha exigido rigor en la selección. Espero haber privilegiado en él lo que es realmente esencial y haber puesto de relieve lo que es determinante. En el fondo, todo lo que se ha escrito podría reducirse a dos ideas: la oración cristiana tiene su fuente y su cumbre en la memoria litúrgica del Señor y, en ella, tenemos el privilegio inaudito de estar realmente hospedados en los afectos de las personas divinas.
[1] «El hombre en oración, ese árbol de gestos», escrito en 1964, cuya tradución al español podemos encontrar en la obra La debilidad de creer (Katz Editores, Madrid 2006).
[2] Traducido al italiano en L’umanità dei sacramenti (Qiqajon, Magnano 2010).
