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El lector hallará una serie de reflexiones construidas desde una visión que pretende trascender los enfoques que priorizan el análisis de los materiales arqueológicos, desligándolos de sus referentes culturales y sociales. La obra se orienta hacia el examen de los vacíos cognoscitivos evidentes.
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Seitenzahl: 328
Veröffentlichungsjahr: 2012
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA Fideicomiso Historia de las AméricasSerie Ciudades
Coordinada por ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ y EDUARDO MATOS MOCTEZUMA
Cempoala
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS
Primera edición, 2011 Primera edición electrónica, 2016
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar Imagen de portada: Círculo de los Gladiadores, reconstruido por José García Payón fotografía de Sergio Vásquez Zárate
D. R. © 2011, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2011, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740, México, D. F.
D. R. © 2011, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-4046-8 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Presentación
Introducción
I. Estudios arqueológicos previos
Las bases de la arqueología regional
La “nueva arqueología”
II. El Totonacapan y Cempoala en las crónicas
1. Perspectiva arqueológica
Primeros pobladores de la costa del Golfo de México
Los pueblos teocráticos
El periodo Posclásico
2. Visión etnohistórica y etnológica
Configuración cultural,
III. Entorno geográfico de Cempoala
El hinterland
El agua, clave del desarrollo
IV. Paisaje urbano
La fisonomía de la ciudad
Los jardines, acueductos subterráneos y canales
V. Organización social y política
Certidumbres y controversias
La ordenación social y el control hidráulico
Regulaciones matrimoniales
Naturaleza y estructura del poder
VI. Los gobernantes del Totonacapan
La hegemonía tenochca y Cempoala
La sucesión política y el calendario totonaca
VII. La religión en Cempoala
Atributos e indumentaria de los sacerdotes
Elección, jerarquías y poder sacerdotal
Sacrificios humanos
Otras prácticas rituales
Cuidado de las imágenes sagradas
VIII. La condición axial de Cempoala en la conquista de México-Tenochtitlan
La imposición de la fe
Cempoala, origen de la conquista
IX. El abandono de la ciudad y su repoblamiento durante el siglo XIX
El paisaje transformado
El Agostadero
A manera de conclusión
Bibliografía
Créditos de imágenes
POR MÁS DE TRES LUSTROS, el Fideicomiso Historia de las Américas de El Colegio de México ha presentado proyectos de investigación y divulgación de alto nivel, accesibles al estudiante y al gran público. A la fecha hemos publicado en coedición con el Fondo de Cultura Económica cerca de 80 estudios originales, merecedores de varias reimpresiones, traducciones y algunos premios.
Iniciamos la Serie Ciudades —con la generosa colaboración del doctor Eduardo Matos Moctezuma— porque pensamos que la historia de México no se comprende sin el conocimiento del mundo prehispánico. Elegimos la ciudad como unidad de estudio porque arroja luz en torno al desenvolvimiento y función de las urbes prehispánicas con respecto a su territorio y a otras urbes mesoamericanas.
La ciudad es la expresión evidente de sociedades complejas que llegaron a reunir a miles y miles de personas en un determinado espacio. En ella se asentaban los poderes y se manifestaban la división social y las relaciones que establecían sus habitantes, además de que en su distribución interna se incluían espacios específicos de gobierno, de administración, habitacionales, de intercambio, religiosos, de vialidad, defensivos.
Desentrañar en lo posible la compleja función de las ciudades como centros religiosos, cabezas de reinos, centros de acopio y tránsito y goznes de grandes redes comunicantes y complementarias con jurisdicción sobre pobladores y amplios territorios es uno de los objetivos de esta serie.
Las urbes seleccionadas poseen diferentes características, determinadas por su lugar de asentamiento: Tenochtitlan es una ciudad lacustre; Teotihuacan se encuentra en medio de un pequeño valle; Monte Albán está en lo alto de cerros cuyas laderas fueron aprovechadas intensivamente; Palenque nace en la selva, Paquimé en el árido norte, El Tajín en los trópicos, vecina al mar; Xochicalco, sobre el cerro, vigila el valle y el cruce de caminos de abasto de las ciudades-Estado en los extremos del mundo maya; Chichén Itzá se desarrolla en planicies calcáreas y Tula en las goteras del valle de México.
Confiamos en que el lector recibirá este nuevo libro, Cempoala, con el mismo entusiasmo que los anteriores.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZFundadora y presidenta del Fideicomiso Historia de las Américas
EDUARDO MATOS MOCTEZUMAInstituto Nacional de Antropología e Historia
A la memoria deFrancisco del Paso y Troncoso,José García Payóny Jürgen Brüggemann
REPRESENTA UN GRAN RETO escribir una obra de divulgación que reseñe la historia cultural de la antigua ciudad de Cempoala. A pesar de la abundancia de menciones sobre esta zona arqueológica, buena parte de los estudios que hasta ahora se han realizado son fragmentarios y, en muchos sentidos, repetitivos, además de no atender a la comparación crítica de las crónicas coloniales con las evidencias arqueológicas. Con frecuencia se ha recurrido a enfoques que subrayan la magnitud de su arquitectura o su participación en la alianza pactada con los conquistadores españoles, en vez de plantear estudios procesuales sobre su economía, la vida cotidiana, la cosmovisión, la organización social, etcétera.
El lector hallará en las páginas de este ensayo una serie de reflexiones construidas desde una visión que pretende trascender los enfoques que priorizan el análisis de los materiales arqueológicos desligándolos de sus referentes culturales y sociales. En este sentido, las crónicas coloniales han operado como instrumentos analíticos privilegiados, al abordar algunas de las temáticas, examinando siempre la pertinencia de su utilización. Nuestro acercamiento revisa los estudios arqueológicos sobre Cempoala realizados a partir del siglo XIX, los evidentes vacíos cognoscitivos.
Pretendemos de tal manera contribuir a las futuras pesquisas en la zona arqueológica y en su entorno cultural y ecológico. Cempoala guarda todavía ricas evidencias para entender el complejo desarrollo civilizatorio de Mesoamérica. Pero es necesario superar las añejas miopías arqueográficas; es decir, los enfoques meramente descriptivos que, afectados por pretendidas “razones de objetividad”, asumen de manera acrítica postulados de las ciencias de la naturaleza. Esta tendencia arqueológica, paradójicamente, no se ocupa del pasado sino del presente; es decir, de las características y detalles del monumento pétreo que se describe, y no de lo que su estructura y conformación significan, como bien lo apuntara A. Goldenweïser en su ya clásico libro Anthropology, hace más de siete décadas.
Al escribir este ensayo hemos tratado de contribuir a responder algunas preguntas que se articulan plenamente entre sí: ¿Desde cuándo inicia la presencia humana en Cempoala? ¿Qué condiciones favorecieron esta ocupación? Una zona tan rica en recursos debió de haber sido, desde tiempos remotos, un entorno atractivo para el asentamiento humano, de manera que es necesario entender cómo se originó el proceso de urbanización en la región.
La identidad totonaca de la ciudad no puede plantearse en términos de continuidad cultural desde el Horizonte Formativo. Al respecto, vale la pena recordar que de una zona arqueológica cercana llamada El Viejón procede una gran estela con definido estilo olmeca, tallada en bajo relieve, que muestra a dos personajes en actitud de diálogo. Uno de ellos, con tocado, porta en su diestra una planta de maíz. En el mismo sentido, hay sitios casi contemporáneos, como Chalahuite y El Trapiche, que presentan complejos culturales claramente distintos. Si se reconoce la diversidad cultural en tiempos muy tempranos, ¿desde cuándo podemos decir que Cempoala es un asentamiento totonaca? ¿Cómo se manifiesta la presencia del Altiplano Central y las diferentes influencias y antecedentes culturales? Las diferencias obvias en cerámica, el estilo arquitectónico, la presencia de la lengua náhuatl, el panteón y las prácticas sugieren un contexto de interculturalidad.
Si la ciudad llamada Cempoala (náhuatl) tiene un sustrato totonaco, ¿cuál era el nombre original?, ¿es posible saberlo?, ¿o no existió tal precedente toponímico? ¿se trata acaso de una urbe prehispánica formada bajo la hegemonía náhuatl? Una vez que alcanzó la magnitud propia de una ciudad, ¿fue sede de un altepetl constituido? ¿A qué causas puede atribuirse su notable crecimiento en el Posclásico? ¿Hasta dónde llegaba su esfera geográfica de dominio? Incluso, cuando hablamos de una sede de poder local, ¿éste era impuesto, pactado, hegemónico? Por otra parte, ¿cómo era sutrazo o conformación urbanística? ¿Se organizaba socialmente en función de los calpullis? En términos de su producción, ¿cómo se sostenía una población numerosa? Desde luego, tan complejos interrogantes no logran despejarse plenamente en este volumen, si bien se enuncian algunas hipótesis de orden general, que esperamos sean ampliadas o confrontadas en estudios posteriores.
Considerando el papel que le tocó cumplir a Cempoala en la intrincada red de alianzas y disensos políticos que, en buena medida, definieron el curso de la conquista de México, hemos dedicado un capítulo a la presentación sucinta de tales hechos. En relación con esta temática, en el apartado final se explican las variables que incidieron en el despoblamiento de la antigua ciudad, así como los factores que concurrieron en la configuración de un nuevo asiento poblacional (El Agostadero) en el área ocupada por la zona arqueológica que, hasta fines del siglo XIX, permaneció cubierta por la exuberante vegetación tropical.
FÉLIX BÁEZ-JORGESERGIO R. VÁSQUEZ ZÁRATENoviembre de 2010
CASI TODO LO QUE SABEMOS sobre la vida cotidiana de la antigua Cempoala se basa en datos obtenidos mediante dos tipos de fuentes: documentos etnohistóricos (las crónicas de los conquistadores y de los frailes evangelizadores) y testimonios arqueológicos (cerámica, arquitectura, escultura, instrumentos líticos, entre otros vestigios materiales).
Ante las limitaciones de las fuentes etnohistóricas relacionadas directamente con esta ciudad, la arqueología se ha convertido en herramienta cognoscitiva fundamental. Sin embargo, en esta disciplina se han desarrollado diversas posiciones teóricas y metodológicas, las cuales han influido en las formas de trabajo en la elección de determinadas temáticas y en el énfasis en éstas, lo que ha propiciado diferentes perspectivas respecto de los procesos culturales. Una de estas perspectivas se relaciona con la búsqueda de referentes históricos mediante los cuales se pretendía difundir antecedentes civilizatorios comparables a los de los grandes países europeos, que se asumían como herederos de las civilizaciones prístinas del mundo antiguo.
Por otra parte, desde su consolidación como Estados-nación, algunos países de América Latina aplicaron políticas de apertura económica como estrategia para el progreso. A finales del siglo XIX y principios del XX, México era un país en incipiente desarrollo, cuya economía se caracterizaba por la desigualdad social y la inequitativa distribución de la riqueza. Para atraer las inversiones extranjeras, el régimen porfirista trató de difundir la imagen de un país culto, proclive al progreso mediante la aplicación de la ciencia y la tecnología, y con gran riqueza natural e histórica. En este sentido, para la construcción de un pasado glorioso era necesario contar con el equivalente de la antigüedad clásica (la de las culturas grecorromanas) y con un referente civilizatorio que distinguiera a una nación que aspiraba a la modernidad.
Con ese fin, la presencia de grandiosas y exóticas ciudades en el tiempo lejano podría servir como testimonio inobjetable del elevado desarrollo de nuestros pueblos autóctonos. Toda vez que la gran Tenochtitlan había sido destruida por el crecimiento de la capital novohispana, Teotihuacan alcanzó pronto una posición privilegiada entre los testimonios del pasado precolombino. ¿Qué mejor ejemplo que una ciudad con arquitectura comparable a la del lejano Egipto, con un trazo basado en ejes perfectamente orientados y una cuidadosa organización de complejos urbanísticos?
Para celebrar el centenario de la Independencia, el régimen de Porfirio Díaz impulsó los trabajos de excavación en Teotihuacan, que fueron encomendados a Leopoldo Batres, quien se dedicó a la exploración y reconstrucción de la Pirámide del Sol, edificación sobresaliente del sitio. Otras ciudades prehispánicas apenas documentadas por los viajeros del siglo XIX empezaban a emerger de la implacable cubierta del olvido, la tierra o la selva. Contar con esos ejemplos que tanto maravillaban a los eruditos europeos era sin duda motivo de orgullo y admiración, prueba del alto desarrollo cultural que se había gestado en estas tierras. Por ello, durante el Porfiriato se formularon algunas iniciativas para la difusión y protección del patrimonio arqueológico, como la Ley sobre Monumentos Arqueológicos, publicada el 11 de mayo de 1897, donde se establece que este tipo de bienes muebles e inmuebles son propiedad de la nación. Tal ordenamiento pretendía frenar el creciente saqueo perpetrado en diferentes zonas arqueológicas del país, como fue el caso de Cempoala.
La arqueología del Porfiriato también marca la primera etapa de exploraciones en Cempoala. Con el objeto de ubicar la ciudad que había maravillado a los invasores hispanos, el historiador veracruzano Francisco del Paso y Troncoso recopiló la información contenida en las Cartas de relación de Hernán Cortés, la crónica de Bernal Díaz del Castillo y las obras relacionadas con la evangelización de Juan de Torquemada, Diego Durán y Bartolomé de las Casas, entre otros. Casi simultáneamente a las tareas que realizara Del Paso y Troncoso, Hermann Strebel (anticuario oriundo de Hamburgo) publicó en 1884 un breve artículo sobre las ruinas de Cempoala, al cual agrega un sencillo plano del sitio. Sin haber emprendido ningún trabajo de investigación arqueológica en la zona, Strebel fundamenta sus planteamientos en las figurillas, vasijas y esculturas de piedra menores que le hizo llegar hasta Hamburgo Estefanía Salas de Broner (prominente comerciante de vainilla, originaria de Misantla, Veracruz). Strebel le enviaba dinero desde Alemania a fin de que ella pudiera obtener materiales arqueológicos de “sitios y contextos controlados en el centro de Veracruz”, según lo indica Annick Daneels:
durante los años 1880 y 1890, Strebel es arqueólogo por correspondencia, acumulando y analizando un importante corpus de piezas del Centro de Veracruz, área de operaciones de la señora Salas, quien le manda informes de sus excavaciones con descripción de los estratos y de sus secuencias [“Hermann Strebel: precursor de precursores…”].
Eran tiempos en los que todavía no existía ningún ordenamiento que regulara las investigaciones arqueológicas en México y valorara los hallazgos en el marco del patrimonio cultural de la nación; época convulsa en la que los saqueos eran cotidianos. Así se entiende la dura crítica que formulara Ignacio Marquina, señalando la destrucción causada por Estefanía Salas de Broner y sus ayudantes en “un gran número de tumbas de Cempoala y en otros lugares del estado de Veracruz”.
Avecindado en el puerto de Veracruz en 1853, el alemán Hermann Strebel dirigió un negocio familiar de almacenaje de mercancías en tránsito; años más tarde (en 1867) retornó a su país natal. Aficionado a coleccionar conchas, Strebel fue animado por Carl H. Berendt en el interés por las antigüedades mexicanas. Examinando su papel de precursor en la arqueología mexicana, Daneels indica:
Herman Strebel es una figura muy poco conocida en la arqueología de Veracruz, a pesar de ser el primero en estudiar el centro del estado a partir de sus materiales arqueológicos y haber puesto la primera secuencia histórico-cultural del área en 1885. Además, fue quien interesó a Eduard Seler en México, con la consecuencia conocida que fundara en 1910 la Escuela Internacional de Etnología y Arqueología Americanas en la ciudad de México. Tuvo a su vez como consecuencia indirecta, tan importante para Veracruz, que Walter Krickeberg, alumno de Seler, realizara su tesis de doctorado sobre los totonacas, analizando y sintetizando las aportaciones de Strebel.
Daneels señala que Strebel publicó la primera “interpretación estratigráfica de una secuencia arqueológica en México” (un cuarto de siglo antes de las excavaciones de Manuel Gamio en San Miguel Atzcapozalco), si bien en su aseveración no menciona los fundamentos metodológicos que marcan la enorme diferencia entre una y otra pesquisas, pues la primera se realizó sin ningún estudio en el terreno (“por correspondencia”, como lo indica la citada autora), mientras que la investigación de Gamio (orientada por Franz Boas) siguió estrictamente los lineamientos del análisis estratigráfico. A la luz de estas ideas debe leerse el interrogante formulado por Daneels:
¿Por qué se olvidó a una figura tan importante en la arqueología de Veracruz? Por una parte, porque nunca se le tradujo del alemán; por otra, a causa de un esnobismo académico, ya que era negociante y no universitario; y por último, porque fue un extranjero en un país que a través de la Reforma y la Revolución se forjaba una identidad nacional basada en un pasado mexicano.
Es indudable la importancia de los materiales arqueológicos que Estefanía Salas de Broner envió a Strebel. Según lo indicado por Annick Daneels, el anticuario vendió su colección de Ranchito de las Ánimas y Cerro Montoso al Museo Etnológico de Berlín (entonces dirigido por Adolf Bastian), en el cual Eduard Seler ingresó a colaborar como voluntario en la sección americana. La autora afirma que “de acuerdo con Strebel […] fue la razón por la que el joven Seler empezó a interesarse también en la arqueología del centro de América, y no solamente en la lingüística y los códices”.
En 1891 la localización arqueológica de Cempoala despertó enorme interés en los círculos académicos. Se explica así que la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública creara una Comisión Científica Exploradora, dirigida por Francisco del Paso y Troncoso, entonces director del Museo Nacional. En los trabajos de esa comisión participaron también Jesús Galindo y Villa, y los oficiales de ingenieros Pedro R. Romero y Fernando del Castillo. La expedición llegó a un paraje casi despoblado, llamado entonces El Agostadero, y descubrió (bajo una densa cubierta de tierra y vegetación tropical) varios conjuntos de edificios que fueron identificados como los recintos descritos por los conquistadores europeos.
El extraordinario hallazgo inauguró una etapa trascendente para la historia antigua de México. Del Paso y Troncoso fue invita do a integrar la Junta Colombina,1 que participaría en los actos mundiales que el gobierno español organizara para promover el comercio mundial e ilustrar la historia de los países americanos a la llegada de Colón. Por tal motivo, Del Paso y Troncoso excavó el sitio y extrajo varios objetos arqueológicos que fueron exhibidos en el marco del IV Centenario del Descubrimiento de América, celebrado en 1892 en Madrid. De esa manera, como lo expresara Ignacio Bernal, se pretendía “hacer patente la indiscutible importancia del Egipto americano”. En estas actividades internacionales, convertidas en foros comerciales, científicos, tecnológicos y culturales, el gobierno porfirista encontró un escaparate ideal para dar a conocer la magnificencia del pasado precolombino y, sobre todo, para pregonar los adelantos de una administración moderna y abierta al comercio internacional que aspiraba al reconocimiento de las grandes potencias para sostenerse. Cabe señalar que Francisco del Paso y Troncoso realizó otras exploraciones, coordinando la Comisión Científica Exploradora; dirigió los levantamientos topográficos y documentó el estado de antiguas ciudades (como Cempola y El Tajín) con dibujos y fotografías, además de emprender excavaciones para extraer materiales arqueológicos. El 16 de mayo de 1891 concluyeron las tareas en Cempoala, que aportaron también un excelente plano del sitio levantado: el capitán segundo Pedro P. Romero y el teniente Fernando del Castillo identificaron un total de 12 sistemas amurallados, de los cuales actualmente sólo se conservan tres y restos escasos de otros. Se sumó a la misión el destacado artista plástico José María Velasco, quien, según Omar Ruis, plasmó “algunas de las imágenes más impactantes de Cempoala, la visión de las ruinas entre la vegetación”.
FIGURA I.1. Primera expedición arqueológica dirigida por Francisco del Paso y Troncoso en 1891
MAPA I.1. Plano de ruinas de Cempoala levantado en los trabajos de exploración dirigidos por Francisco del Paso y Troncoso
Los resultados de la investigación pionera fueron publicados en el Catálogo de la Sección de México, que exhibió una importante colección durante la Exposición Histórico-Americana, llevada a cabo en Madrid e inaugurada el 12 de octubre de 1892. Después de la brillante participación de la Junta Colombina de México en ese evento, nuestro país participó también en las posteriores Ferias Universales de París (1899 y 1900), en la Exposición Panamericana de Buffalo, Nueva York (1902), y en la Feria Mundial de San Luis Missouri (1904). En todas ellas, la alusión a Cempoala tuvo gran resonancia en la representación del México antiguo.
Jesús Galindo y Villa (como ya se dijo, participante de la Junta Colombina y discípulo de Francisco del Paso) dio a conocer una serie de datos sobre este sitio en 1912, en el breve artículo titulado “Las ruinas de Cempoala y el Templo del Tajín”, incluido en los Anales del Museo (medio de difusión impulsado por la Escuela Internacional de Etnología y Arqueología de las Américas). Posteriormente, entre 1927 y 1928, Ceballos Novelo difundió otros textos concernientes a Cempoala. Sin embargo, la obra que más efecto causó en la investigación del pasado prehispánico regional fue sin duda Los totonaca, contribución a la etnografía histórica de la América Central, tesis doctoral escrita en alemán por Walter Krickeberg, discípulo de Eduard Seler, en la que analiza los planteamientos de Strebel. La traducción al español de esta obra (publicada en 1933) se convirtió de inmediato en fuente obligada de consulta para el pequeño grupo de investigadores mexicanos que años después sentaría las bases de la investigación institucionalizada en el estado de Veracruz.
MAPA I.2. Mapa planimétrico. Zona arqueológica de Cempoala
La lucha revolucionaria armada y los posteriores conflictos agrarios en la entidad suspendieron durante un largo periodo la mayor parte de las investigaciones sobre historia prehispánica, y Cempoala no fue la excepción. No obstante, la primera ciudad que los conquistadores españoles hallaron en el Nuevo Mundo nuevamente acaparaba la atención de los estudiosos y, junto con El Tajín, se convirtió en referente conspicuo del esplendor de las culturas precolombinas en la extensa franja costera del Golfo de México.
A los largos conflictos revolucionarios siguió una etapa que autores como Jaime Litvak King y Manuel Gándara han llamado “la Escuela Mexicana” o “Escuela de Reconstrucción Nacional”. Ligada a los intereses del Estado, su propósito fue encontrar referentes de unificación para otorgarle identidad al nuevo proyecto de nación. Una vez más, se pensó que la arqueología podría proporcionar la raíz común de la población mexicana, distinguiéndola frente a otras naciones.2 El nombre de “reconstrucción nacional” es, por supuesto, irónico; por un lado se refiere a la necesidad de subsanar las profundas crisis sociales que provocó la prolongada lucha armada, que deterioró todas las estructuras económicas y políticas del país, pero, por el otro, alude al intento reiterado de enaltecer la imagen monumental de las ciudades prehispánicas y coloniales, para erigirlas como “joyas de la patria”.
En el ejercicio arqueológico, la intervención en las pirámides más altas y en las construcciones monumentales parecía estar plenamente justificada. ¿Qué mejor testimonio de la grandeza del pasado que el patrimonio edificado de las antiguas capitales mesoamericanas? Si los templos y palacios de nuestra antigua civilización habían sufrido los embates del tiempo y el intemperismo, entonces la arqueología debía devolverles su fastuosa fisonomía, incluso “reconstruyéndolos”.
De hecho —escribió Jaime Litvak— sus reconstrucciones monumentales deben verse como la forma más clara de divulgación, maquetas a tamaño que fueron brillantemente ejecutadas. Sin importar la validez de la técnica o la exactitud de la representación, el tener la pirámide de cuerpo presente y hacer que el pueblo fuera a verla y viviera multisensorialmente la cultura antigua fue obra de esa escuela y esa obra ha perdurado.
Entre los más claros ejemplos de esta Escuela Mexicana de Reconstrucción Nacional están los trabajos realizados por José García Payón, quien se desempeñó como jefe del Departamento de Arqueología en el Estado de México, si bien había iniciado su trabajo profesional en el estado de Veracruz hacia 1939, como investigador del recién fundado Instituto Nacional de Antropología e Historia. Plenamente identificado con los campos profesionales de la arquitectura y la arqueología, García Payón dirigió sus esfuerzos a la exploración y restauración de ciudades como El Tajín, Cempoala y Paxil. A él se debe la difusión de estos importantes centros, a los que dedicó una intensa etapa de tres años de itinerantes temporadas de trabajo de campo, que truncó brevemente para laborar comisionado en la zona arqueológica de Uxmal. Su estancia en Yucatán fue efímera y regresó a Cempoala. Según sus palabras:
Desde el año de 1941 que me hice cargo de la exploración y estudio de la zona arqueológica he practicado numerosos sondeos para efectuar excavaciones estratigráficas y exploraciones en los núcleos de las estructuras, para conocer de una manera exacta si existió una superposición de culturas y una sucesión de épocas constructivas.
Con apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia y de la Universidad Veracruzana, José García Payón llevó a cabo la segunda investigación arqueológica en Cempoala, con el objetivo principal de explorar y reconstruir algunos edificios como los llamados Templo Mayor, Templo de Las Caritas y los conjuntos del Dios del Aire y de Los Cuates. Entre 1949 y 1951 dio a conocer sus resultados en el informe Zempoala, compendio de su estudio arqueológico y en publicaciones como “Restos de una cultura prehistórica encontrada en la región de Cempoala”, “Arqueología de Cempoala III” y “Arqueología de Cempoala IV”. En ellas trató de establecer una secuencia constructiva para dar cuenta del desarrollo del asentamiento a partir de cuatro etapas de auge que él cree detectar en los edificios. Este pionero también estudió el sitio de Oceloapan (hoy llamado La Calera o El Boquerón) y consolidó parte del monumental edificio posclásico dedicado al Dios del Aire, estructura semejante al templo del mismo nombre ubicado en Cempoala.
FIGURA I.2. Edificio de Las Chimeneas
FIGURA I.3. Anexo a la Gran Pirámide (o Templo Mayor)
Convencido de que el desarrollo temporal y espacial del sitio sólo puede inferirse a partir de un estudio regional, García Payón trabajó explorando los sitios de Barra de Chachalacas (1951) y excavando Trapiche y Calahuite, donde encontró restos cerámicos que corresponden al Horizonte Formativo de Mesoamérica. En su libro Prehistoria de Mesoamérica (1966) asienta la posibilidad de que en esta región hayan existido dos culturas contemporáneas con distintas tradiciones cerámicas, como indica la colección de tiestos y figurillas antropomorfas de barro.
En el marco de la Escuela Mexicana de Reconstrucción Nacional, representada por García Payón, se gesta otra corriente dedicada al estudio de la historia cultural, a la que encabezó un grupo de investigadores de origen veracruzano impulsados por José Luis Melgarejo Vivanco y Alfonso Medellín Zenil. Oriundo de Palmas de Abajo (municipio de Actopan), Melgarejo Vivanco estaba familiarizado con sitios como Villa Rica, Quiahuiztlan y Cempoala, a los que dedica su atención hasta convertirse en un estudioso autodidacta de la historia prehispánica regional. Inspirado probablemente por Los totonaca (de Walter Krickeberg), retoma la idea de estudiar a esa cultura como principal referente poblacional del centro de Veracruz. Al poco tiempo de egresar de la Escuela Normal Veracruzana (1936) laboró en Cempoala, lo cual incrementó su interés en el sitio, como se observaría en posteriores y controvertidas publicaciones, entre las cuales pueden citarse Los calendarios de Cempoala, que la Universidad Veracruzana editó en 1966. En ese ensayo el autor pretendía subrayar los avances astronómicos y matemáticos de este pueblo, basado en información etnohistórica y en cálculos obtenidos a partir de la identificación astral manifiesta en algunos edificios, como el Templo de Las Caritas.3 Durante el cardenismo, los intelectuales consideraron un deber patriótico el rescate de las raíces autóctonas, y Melgarejo Vivanco dedicó su esfuerzo a revelar el “notable desarrollo civilizatorio de nuestros pueblos ancestrales”, confiriendo a esta idea un enfoque regionalista, como se observa en la mayor parte de su producción bibliográfica.
Entre 1947 y 1953, José Luis Melgarejo Vivanco fue director del Departamento de Antropología del gobierno del estado de Veracruz, que en 1957 se convertiría en el Instituto de Antropología de la Universidad Veracruzana, gracias a una serie de gestiones del entonces rector, Gonzalo Aguirre Beltrán. Además del instituto, la máxima casa de estudios de Veracruz fundó la Escuela de Antropología y poco después inauguraría la etapa inicial del Museo, primera construcción del país diseñada ex profeso para alojar y exhibir una colección arqueológica. Desde estas tres instituciones se auspició la investigación arqueológica en numerosos sitios prehispánicos de la entidad, aunque es evidente que el centro de Veracruz recibió mayor atención por parte de los investigadores adscritos al Instituto de Antropología, entre quienes puede citarse a Alfonso Medellín Zenil, Manuel Torres Guzmán, Ana Bertha Cuevas, Mario Navarrete y Ramón Arellanos Melgarejo. Este grupo excavó varios sitios cercanos a Cempoala, como Quiahuiztlan, El Viejón, Remojadas, Loma de los Carmona, Carrizal, Paso de Ovejas, Buena Vista, La Antigua o Caño Prieto, entre otros. Todos ellos partieron de la idea de identificar los repertorios materiales, primordialmente cerámicos, como base para establecer épocas de ocupación y su filiación con grupos culturales. Con estos datos se plantearon nuevas incógnitas sobre la posibilidad de contactos interétnicos, difusión de estilos o áreas de influencia. Como es posible advertir, la mayor parte de estos aspectos pueden insertarse en una perspectiva propia de la historia cultural, con una exaltación regionalista y un subrayado pragmatismo. A diferencia de García Payón, los integrantes de esta tendencia analítica pusieron menor interés en la “reconstrucción” del patrimonio edificado, salvo en el caso de Quiahuiztlan, donde Medellín Zenil y Arellanos Melgarejo realizaron trabajos de consolidación y restauración de algunos edificios públicos y de las características tumbas-mausoleo. Aun en estos casos, cada investigador imprimió una metodología distinta, dependiendo de su propio enfoque en torno a los lineamientos y objetivos de la restauración moderna.
Alfonso Medellín Zenil emprendió numerosas temporadas de campo en las que trasladó monumentos, atendió denuncias y realizó excavaciones. Además de conformar registros en Cempoala, el arqueólogo trabajó en El Viejón, Villa Rica, Quiahuiztlan, El Limoncito, Rancho Nuevo, La Mancha, Lomas de los Carmona, El Buzón y Remojadas, entre otros sitios. Su particular interés por los materiales cerámicos le permitió construir una secuencia tipológica, publicada bajo el título de Cerámicas del Totonacapan. Exploraciones arqueológicas en el centro de Veracruz (1960), en la que caracteriza el repertorio de alfarería que identifica a esta cultura. Retomando los datos de los restos formativos de Remojadas, propone que estos vestigios tempranos son el sustrato de la cultura totonaca, que durante el periodo Clásico llegó a abarcar un amplio territorio comprendido entre los ríos Cazones y Papaloapan. Dada la gran extensión espacial y cronológica del “Totonacapan”, hubo distintos centros políticos, de manera que Cempoala era la capital meridional al momento del contacto con el conquistador europeo. Buena parte del trabajo de Medellín se resguarda en los Archivos del Instituto de Antropología de la Universidad Veracruzana y aún permanecen inéditos trabajos como “Cempoala, monografía arqueológica” (1970) y “Cempoala” (1973). Annick Daneels considera probable que los planteamientos de Herman Strebel sobre el desarrollo cultural del centro de Veracruz influyeran en los estudios de García Payón, Melgarejo Vivanco y Medellín Zenil, quienes lo citan en sus obras a través del libro Los totonaca de Krickeberg. Daneels señala que (siguiendo el modelo analítico de los kulturegruppe propuesto por Adolf Bastian) “Strebel establece dos grupos subsecuentes en el tiempo”.
Como antes se apuntó, los distintos enfoques arqueológicos aplicados en la investigación de Cempoala se relacionan íntimamente con las corrientes en boga que han orientado los trabajos de la arqueología en el plano nacional. En este proceso se advierten al menos tres visiones paradigmáticas (que en sentido general podrían llamarse “escuelas”), que sin duda han dejado huella y han hecho importantes aportes durante más de un siglo de investigaciones en torno a esta antigua ciudad. No obstante, esa tendencia camina ahora a la inversa, pues luego de la fundación de entidades estatales surgió una nueva etapa de institucionalidad federal vigente, pese a la progresiva influencia de las orientaciones mundiales sobre el manejo del patrimonio cultural.
En cuanto a la metodología arqueológica, hay también un tránsito notable desde los lejanos tiempos del anticuarismo decimonónico. La fase posterior, de exaltación nacionalista, precedió, a su vez, a una “Escuela Mexicana” que pretendió reconstruir la historia cultural de los pueblos primigenios mediante la elaboración de cronologías y la identificación de grupos étnicos mesoamericanos. Una de las contribuciones de esta escuela fue la difusión del pasado mesoamericano mediante la apertura de museos y la restauración de monumentos arquitectónicos. Este esfuerzo se agotó pronto ante la incapacidad explicativa de una metodología con escasos fundamentos teóricos.
Entre las décadas de 1960 y 1970 del siglo pasado, la proliferación de instituciones relacionadas con el quehacer antropológico favoreció la reflexión orientada a marcar los nuevos rumbos que habría de seguir la arqueología mexicana. Para muchos investigadores, la historia cultural, más preocupada por rescatar artefactos arqueológicos, identificar “culturas” y esbozar sus límites espaciales y temporales, reducía la posibilidad de trazar nuevos objetivos de conocimiento sobre la vida social, más que sobre el legado material. Esta toma de conciencia constituyó un parteaguas en la comunidad científica: un grupo de arqueólogos, inspirados en las ideas de la llamada “nueva arqueología”, cuestionó a la “Escuela Mexicana” más tradicional, señalando la falta de objetivos propios, su tendencia monumentalista y el rezago teórico y metodológico. Dicha corriente coincidió con el establecimiento formal de una delegación del Instituto Nacional de Antropología e Historia en Veracruz y con la llegada de nuevos investigadores formados en instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México y la Escuela Nacional de Antropología e Historia. En el caso de Cempoala, la influencia de este nuevo enfoque de la arqueología mundial puede percibirse con claridad en el proyecto “Historia de los asentamientos humanos en la Costa Central de Veracruz”, el cual se inició en 1978 bajo la dirección de Jürgen Brüggemann y con el auspicio del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y continuó durante la década de 1980.
Influido por los postulados teóricos de la llamada “nueva arqueología”, Brüggemann trató de establecer objetivos claros en sus investigaciones y de conservar el rigor metodológico propio de una disciplina científica. Su proyecto en Cempoala se caracterizó por una perspectiva marcadamente urbanista, que resaltaba la importancia de los datos estadísticos. Sus colaboradores (entre los que sobresalen Yamile Lira López, Jaime Cortés, Judith Hernández Aranda, Abelardo Barradas, Patricia Castillo Peña y Armando Pereyra) abordaron una gama de temáticas relacionadas con las distintas formas de ocupación humana a lo largo del tiempo, en una amplia zona de estudio que, naturalmente, comprendía a Cempoala.
Entre las tareas efectuadas durante varias temporadas de campo y gabinete, destaca la prospección intensiva en la ciudad y su área periférica, que permitió recolectar materiales en superficie para determinar las áreas de actividad y la posible extensión del asentamiento a lo largo del tiempo. También se realizaron diversas excavaciones estratigráficas y de sondeo; las primeras fueron el punto de partida para establecer secuencias cronológicas basadas, sobre todo, en la seriación del material cerámico; las segundas permitieron identificar nuevas estructuras y obras de ingeniería, como la red de acueductos que dotó de agua al sitio y que sirvió también para evitar el riesgo de inundaciones durante la época de intensas lluvias. Una fase de ese quehacer estuvo dedicada a la exploración de varios edificios administrativos y religiosos de la ciudad, así como algunas estructuras habitacionales, para conocer los sistemas constructivos y la función del patrimonio edificado, pero también para entender las jerarquías sociales de la ciudad. Como resultado de estas exploraciones se consolidaron los templos de El Pimiento y La Cruz y la llamada Casa de Moctezuma, entre otros.
Las distintas etapas de investigación alentaron la elaboración de algunos trabajos recepcionales, como el estudio de Yamile Lira López sobre la tipología cerámica y una secuencia cronológica en el Chalahuite, y las tesis de Jaime Cortés sobre la hidráulica urbana de Cempoala y de Judith Hernández Aranda acerca de los conjuntos habitacionales ubicados fuera del sistema amurallado IV. Estos trabajos proporcionaron una visión distinta sobre el carácter del asentamiento, pues analizaron las diferencias de ocupación, actividad y función bajo el modelo urbano propuesto por Manuel Castells, mediante el cual fue posible distinguir áreas de “gestión, infraestructura, intercambio, producción y consumo”, tanto en el ámbito urbano como en el espacio rural adyacente. Los resultados del proyecto “Historia de los asentamientos humanos en la Costa Central de Veracruz” se integraron en un volumen titulado Zempoala: el estudio de una ciudad prehispánica, publicado en la colección científica del INAH, en 1991. En esta obra se incluyó también una síntesis que José García Payón elaboró sobre sus estudios en la zona arqueológica.
FIGURA I.4. Reconstrucción hipotética del Templo de La Cruz
En el área circundante de la ciudad de Cempoala se han realizado, por supuesto, otras investigaciones arqueológicas que pueden agruparse, de manera general, en tres rubros: proyectos de rescate y salvamento, investigaciones aplicadas con fines cognoscitivos específicos, y proyectos académicos emprendidos por la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana.
Cempoala es uno de los ocho mil sitios arqueológicos localizados en el estado de Veracruz, aunque sólo 10 se han convertido en zonas de monumentos abiertas al público (se trata, además de Cempoala, de El Tajín, Castillo de Teayo, Cuyuxquihui, Las Higueras, Quiahuiztlan, Cuajilote, Vega de la Peña, el Zapotal y Tres Zapotes). Como sucede en otros lugares del territorio nacional (en los que un número considerable de asentamientos modernos se ubica en áreas que han sido históricamente pobladas desde tiempos precolombinos), en Cempoala las actividades propias de la vida contemporánea, así como la expansión de las manchas urbanas, la introducción de vías de comunicación u otras obras de infraestructura (o el uso del espacio con fines agrícolas y pecuarios) son parte de un proceso de deterioro y pérdida de la evidencia arqueológica. Ante estas circunstancias, los esfuerzos de las instituciones encargadas de la delicada misión de preservar los sitios arqueológicos parecen ser insuficientes, dada la vasta riqueza que representa la herencia material de los pueblos pretéritos.
La creciente complejidad que implican la custodia y conservación del legado cultural ha influido en el hecho de que la última etapa de intervenciones sistemáticas en Cempoala y su entorno se reduzca a estudios tendientes a facilitar con urgencia la protección del sitio y no al emprendimiento de nuevos proyectos de investigación aplicada. Pese a las restricciones logísticas y presupuestales, los estudios de salvamento realizados en la periferia de Cempoala han aportado valiosa información sobre el auge y desarrollo del asentamiento humano en distintos momentos.
1 Otros notables miembros de la junta fueron Joaquín Baranda (secretario de Instrucción Pública), Joaquín García Icazbalceta (presidente de la junta), Francisco Sosa, Alfredo Chavero, José M. Vigil, José Ma. Ágreda, Jesús Galindo y Villa, y Luis González Obregón.
2 Entre las políticas nacionalistas del periodo cardenista (1934-1940) se promulgó una nueva ley para la protección del patrimonio cultural: la Ley sobre Protección y Conservación de Monumentos Arqueológicos e Históricos, Poblaciones Típicas y Lugares de Belleza Natural, publicada el 19 de enero de 1934. Además se fundó la Escuela Nacional de Antropología e Historia en 1938 y, apenas un año después, el Instituto Nacional de Antropología e Historia. De esta manera, el Estado institucionaliza su injerencia en el legado arqueológico y, al igual que lo hizo con otros bienes y recursos como el petróleo, lo declara patrimonio de la nación. Se inicia así una nueva etapa de exaltación de “lo propio”, del pasado indígena de México. Nuevamente, las antiguas ciudades son el testimonio inobjetable de una civilización autóctona y por ello no resulta raro que el gobierno mexicano tratara de impulsar la difusión de este legado.
3 Hacia 1937, Melgarejo Vivanco identifica datos calendáricos del Templo de Las Caritas y da a conocer sus resultados en “Cronología de Zempoala”, en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en 1942. En 1966 publica de nueva cuenta los resultados, en Los calendarios de Zempoala, donde vuelve a mostrar su interés por las fuentes etnohistóricas y las representaciones pictográficas, y propone que los códices Nutall y Vindobonensis fueron elaborados en la región de Cempoala, antes de ser enviados a Europa por orden del conquistador hispano. Basado en referencias documentales (sobre todo obtenidas de la obra de Torquemada), privilegia la importancia de los totonacas en un vasto territorio. En 1943, cuando Paul Kirchhoff sacó a la luz su célebre trabajo “Mesoamérica: sus límites geográficos y culturales”, el gobierno del estado de Veracruz editaba el libro de Melgarejo, Totonacapan.
