Cerdos y gallinas - Carlos Quílez - E-Book

Cerdos y gallinas E-Book

Carlos Quílez

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Beschreibung

La periodista Patricia Bucana (protagonista en otra novela del autor) se lanza a la apasionante misión de desentrañar la verdad en un mundo marrullero, confuso y podrido en el que nada es lo que parece ni nada es lo que debería ser. Sus averiguaciones y su implicación la empujan al precipicio, a las cloacas de la sociedad. Cerdos y Gallinas habla de corrupción policial y periodística, de un mundo gris de traiciones y mentiras. Nos sitúa en el punto exacto en el que están las relaciones entre jueces, policías, periodistas y la delincuencia organizada, tanto la de pistola en ristre, como la de cuello blanco. Es la novela más arriesgada de Carlos Quílez, escrita a borbotones, con la pasión de quien no entiende la vida de otra forma.

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Seitenzahl: 432

Veröffentlichungsjahr: 2012

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“En esta novela he fotografiado la perversión y la soberbia con las que actúa el poder. Será inevitable que más de uno se sienta aludido”

Carlos Quílez

Cerdos y gallinas es la novela más arriesgada de Carlos Quílez, ex jefe de investigación de la Cadena Ser y actual Director de Análisis de la Oficina Antifraude de Cataluña.

Escrita a borbotones, con la pasión de quien no entiende la vida de otra forma, el autor se encarna en la detective Patricia Bucana para adentrarse en las cloacas de la sociedad y descubrir la corrupción entre periodistas, policías, políticos, empresarios y jueces, y su relación con la delincuencia organizada, tanto la de pistola en ristre como la de cuello blanco.

Una apasionante misión para desentrañar la verdad en un mundo gris de traiciones y mentiras, un ambiente marrullero, confuso y podrido en el que nada es lo que parece ni nada es lo que debería ser. Bucana tendrá que jugar con la vanidad y egolatría de los diferentes cuerpos de policía: la Guardia Civil, la Policía Nacional y los Mossos d’Escuadra, que no dudarán en descafeinar los hechos para evitar que otros se lleven los méritos. Sus averiguaciones y su implicación como periodista de raza, en contraste con una prensa narcotizada, la empujarán al borde del precipicio, poniendo en peligro su vida.

Cerdos y gallinas no es una novela de buenos y malos sino de la condición humana en su sentido más amplio, de realismo puro y duro que empuja a cuestionarse dónde están los límites. Para escribirla, Quílez se ha nutrido una vez más de aquellas situaciones, personas y conflictos que él ha conocido, ha gestionado e incluso ha sufrido... Por ello es una novela extremadamente arriesgada, porque pone el dedo en la llaga y llama a las cosas por su nombre. Esa sinceridad argumental desmaquilla al poder, lo humaniza, lo hace casi tangible y esa fotografía, en tanto que fidedigna, nos deja a todos un sabor amargo de derrota.

Los personajes son inventados pero sólo cabe conocer al autor, su trayectoria y su valentía, para saber o incluso constatar cómo, sobre cada uno de ellos, Quílez ha lanzado un dardo revelador. Cerdos y gallinas hará ruborizar a más de uno.

“Los periodistas debemos ser responsables del cuestionamiento sistemático de la información que manejamos aunque ésta proceda de organismos oficiales. Así se evitaría, en buena medida, la utilización tendenciosa de estos datos para fines miserables. Los periodistas hemos de informar y, en cierta medida, hemos de equilibrar las injusticias que conocemos por nuestra condición profesional.”

Extracto de Cerdos y gallinas

Carlos Quílez Lázaro (Barcelona 1966), licenciado en Periodismo por la Universidad de Barcelona, máster en Periodismo Judicial por la Universidad Autónoma de Madrid, es director de Análisis de la oficina Antifraude y Contra la Corrupción de Catalunya. Compatibiliza su trabajo con la docencia: es profesor de periodismo de investigación en la Universidad Pompeu Fabra. Imparte seminarios y conferencias sobre diferentes temas: La investigación periodística frente a la investigación policial, el derecho a la información, los juicios paralelos, el secreto de sumario y la información periodística, la alarma social, la ética periodística, la psicopatía y la delincuencia de cuello blanco, entre otros. Para ello dispone de material audiovisual de extremo interés que, incluso, está sirviendo en la actualidad como argumento técnico para la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, en su área de psiquiatría, para estudiar la conducta criminal.

Es un gran comunicador porque se ha forjado durante más de 20 años en los servicios informativos de la Cadena Ser donde dirigió las áreas de Policía y Tribunales. Es autor de las siguientes novelas y relatos de no ficción: Atracadores, Asalto a la Virreina (junto a Andreu Martín), Psicópata, Piel de policía (también junto a Andreu Martín), Mala vida (ganador del premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón, 2009), y La soledad de Patricia (premio Crims de Tinta, 2009).

“No puedes emocionar al lector con unos contenidos, con unas historias, si éstas, antes, no te han emocionado a ti”

Carlos Quílez

CERDOS Y GALLINAS

CERDOS Y GALLINAS

CARLOS QUÍLEZ

BARCELONA 2012

Primera edición: noviembre de 2012

Publicado por: EDITORIAL ALREVÉS, S.L. Passeig de Manuel Girona, 52 5è 5a 08034 [email protected]

© Carlos Quílez, 2012 © de la presente edición, 2012, Editorial Alrevés, S.L. © de la fotografía de la solapa: Justo Almendros © de la fotografía de la portada: Getty Images

ISBN: 978-84-15098-76-8 Código IBIC: FHP

Conversión a ebook: booqlab

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del «Copyright», la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, comprendiendo la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

La justicia es, de natural, insuficiente, inoperante y, en ocasiones, malediciente.

Un amigo

Cuando en una casa hay un loco declarado, casi todos los que forman parte de la familia lo son un poco.

JOSEP PLA

Notas del Autor

Dedico esta novela escrita con el corazón y desde la rabia más absoluta a mi amigo el fiscal David Martínez Madero, fallecido en Milán el día 21 de enero del 2011. Aquí va esta dedicatoria con la convicción de que lo que en la novela se relata, de alguna forma, cambió nuestras vidas y nos hizo más fuertes ante los bastardos, los cínicos y los criminales.

A mi amigo David…

Durante algún tiempo fuimos una misma persona.

Durante ese tiempo aprendí a ver la vida con tus ojos, que es una forma de desproveer de maquillaje, boato y accesorio superfluo a quienes se nos aproximan. Convinimos, recuerdas, que la gente desnuda de corazas y libre de hipotecas morales e ideológicas es gente auténtica, gente con la que se puede contar. Durante ese tiempo, y a partir de esa premisa, situamos a cada cual en el lugar que se merecía, incluidos a nosotros mismos. Y en ese periplo nos hicimos mejores personas el uno al otro.

Como ya te dije en más de una ocasión, tu paso por mi vida me ha cambiado. Soy irreversiblemente menos vulnerable, más libre, más auténtico. Más como tú. Pero, David, el precio que he de pagar es el de tu ausencia y ese es un precio insoportable. Por ello, y de forma irremediable, tu vacío me ha devuelto al lugar que me corresponde. Como te digo ya no soy la misma persona. Y quizá ese sea tu legado.

Yo también te quiero como a un hermano.

Carlos (24-4-2011)

A PESAR DE LAS COINCIDENCIAS CON LA REALIDAD, ESTA NOVELA ES UNA OBRA DE FICCIÓN.

I

Puerto de Barcelona. Moll de Gregal. Terminal 11 de carga y descarga. 4 h 7 m del domingo día 21 de enero del 2005.

—… ¿Dónde está el preñao?

—¿El preñao? Encima de los contenedores de color butano.

El segundo por la izquierda, el que tiene bandera venezolana.

—¿Seguro?

—Segurísimo. El propio Fulla ordenó que lo subieran allí.

Dejarlo a ras de tierra hubiera resultado muy sospechoso.

—Pues no se hable más. Llámate al Pollitas y al Muertes.

Tienen vía libre. Nosotros los cubrimos desde aquí.

(…)

—Sí, sí, entendido. La escalera, las tijeras y las cuerdas… todo. Vamos a petarlo…

(…)

—¡La madre que me parió!

—¿Qué es lo que está pasando, Pollitas?

—Pues que el preñao estaba bien preñao. Aquí hay más de mil kilos de farlopa, mucho más de lo que nos habían dicho los picos.

—Arrampa con lo que puedas, que el tiempo apremia. Si no falla la información del cuadrante —el interlocutor parece que está manipulando un papel—, la patrulla no tardará en pasar.

Transcripción telefónica, sumario 5/05. Juzgado de Instrucción número 8 de Barcelona.

27 de enero del 2005. Seis días después.

Y allí estaba ella. Tumbada en la cama de algún motel de carretera perdido de la mano de Dios. Desnuda. Con la piel erizada. Como en estado de alerta. Se sentía caliente por dentro y suave por fuera. Muy suave, tanto como las sábanas aterciopeladas que frotaban su espalda y sus nalgas a cada golpe de respiración. Caliente. Abierta de piernas y de brazos esperando una buena noticia. Notaba el corazón en la vulva. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Se abrió la puerta de la habitación y, entre el claroscuro de la luz que se colaba desde la calle, apareció él. Desnudo, guitarra en ristre, mirándola con esos ojos de chico malo al que le gusta hacer cosas malas a las chicas malas. Quería sonreír pero se dio cuenta de que lo había olvidado. Intentó hablar pero no sabía qué decir. Solo le salió una especie de eructo fabricado en la sequedad de su garganta. Como un gemido. Se acercó lentamente. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Los latidos que fabricaba su vagina se fundían con los primeros compases de Drive all night, y alguien parecido al Bruce agredía las cuerdas de la guitarra como si las odiase. Notó que se estaba orinando, incapaz de contenerse ante esa imagen imposible. Aquella canción lo contaminaba todo, incluida su respiración, que se desbocaba por momentos, y por suspiros y por jadeos desordenados y convulsos.

Arrojó la guitarra al suelo como quien se deshace bruscamente de una serpiente que lo estrangula. Pero la música sonó aún más alto. Era un gladiador con la piel tatuada y embadurnada en sudor. Se acercó a sus pies sin retirar los ojos de los suyos, inyectándoselos, mientras notaba, incómoda, el escozor del orín caliente que empapaba las sábanas y su piel. La iba a penetrar de un momento a otro. Lo sabía. Lo notaba. Notaba cómo recorría sus piernas buscándola. Respiraba a borbotones. Sudaba y resbalaba consigo misma. Su garganta se había vuelto de esparto y no lograba decirle que lo hiciera ya, que no aguantaba más, que se iba a morir si no lo hacía. Y la música subía de volumen y lo miraba y la miraba y…

«¡¡Ring, ring, ring…!!»

Sonó su teléfono móvil y el trance quedó interrumpido. Se le despegaron los ojos. Le escocía el aire enrarecido de su habitación. Volvió a cerrar los ojos.

«¡¡Ring, ring, ring…!!»

Le sobrevinieron náuseas, quizá por el tormento de un sueño entrecortado. Tomó aire, y antes de descolgar el auricular vio el número de teléfono del comunicante reflejado en el aparato. Y al verlo, y a pesar de todo, incluido su naufragio, sonrió.

—Hoy has madrugado más que de costumbre, Miguel. ¿Qué sucede?

—Pues nada, que había pensado que tal vez querrías desayunarte con una montañita de nieve mejicana llegada al puerto de nuestra amada ciudad en un contenedor venezolano cargado de gambas congeladas.

—¡Coño!, ¿un decomiso de drogas?

—Sí.

—¿Gordo?

—Hace una semana. Se han llevado de un preñao. Cerca de cuatrocientos kilos de coca.

—¿Cuatrocientos kilos? Pues vaya mierda, Miguel. Con eso no tengo ni para un breve. Le voy con cuatrocientos kilos de nieve a mi jefe y me manda una semana castigada a necrológicas por haberle hecho perder el tiempo. ¡Joder, Miguel, te lo tengo dicho, yo por menos de tres muertos no me muevo!

—No es la droga, Patricia, no es la droga. Es lo que hay detrás. ¿Recuerdas la banda del Pijas y del Pollitas?

—Sí, me acuerdo, y los conozco bien. Son dos hijos de puta psicópatas que desde que salieron de la cárcel no han hecho más que zumbar a narcotraficantes y vender su mierda a mitad de precio a los gitanos de la Zona Franca. A la Policía ya le va bien que entre esa gentuza haya barullo, y si se roban y se matan, pues mejor. Eso que se ahorran.

—Pues se han llevado la droga. —Patricia bostezó. Miguel la interrumpió con esta frase lapidaria totalmente inútil.

—Bueno, vale, dos choros bregados se apalancan cuatrocientos kilos de droga en el puerto y se las piran. Tampoco voy a ganar el Pulitzer.

—Y si le añado… picoletos implicados y la DEA con un cabreo de mil pares de güevos y unas cintas de audio donde los capullos de los choros retransmiten por el canuto el asalto al contenedor…

—¿Asalto al contenedor? —Carraspeó un poco y se incorporó para ponerse en marcha, ya no tenía sueño, el trabajo de periodista se lo quitaba. Consiguió despegarse del colchón y se quitó la ropa, quedándose desnuda a oscuras con un montón de sábanas húmedas que retirar.

—Sí. Contenedor pinchado por la DEA y que se supone que los picos tenían que custodiar para saber quién lo iba a recoger. Y entonces trincarlos de marrón. Pero claro, ponen a la zorra a cuidar las gallinas y pasa lo que pasa.

—Miki, sabes cómo hacer feliz a una mujer. —Le adivinó una risa burlona y añadió—: Me ducho y voy a verte al almacén.

—Hasta luego, Patricia.

Colgó el teléfono y arrancó la funda del colchón. Se fue directa a la ducha.

Miguel la había devuelto a la realidad. Probablemente esa era la gran virtud de ese hombre forjado a sí mismo, prácticamente analfabeto pero listo como pocos para quien la importancia de las cosas reside en su precio y el poder de las personas radica en su capacidad de obtenerlas. Para él, no existía ninguna otra realidad que esa, una realidad que no dejaba espacio a los sueños.

Miguel Herrero Puigvoltes, Miki: multimillonario, industrial, distribuidor de vehículos de importación, exatracador de bancos, exnarcotraficante, exresponsable de algunas de las timbas más prestigiosas y potentes de Madrid y Barcelona, y confidente de la Guardia Civil y de la Policía Nacional según le convenía. Era todo eso, y no necesariamente por ese orden.

Miguel era gaditano, nacido en Jerez, de padre andaluz y madre catalana. Tenía cuarenta y dos años cuando Patricia lo conoció en otoño del noventa y seis. La primera referencia que tuvo de él fue gracias a un guardia civil llamado Antonio Brindisi, alias Pumba, teniente de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de Barcelona, responsable de uno de los equipos DEG (Delitos de Especial Gravedad), dependiente de lo que entonces era la IV Zona (actual VII Zona) de la Guardia Civil de Catalunya. Años atrás, Pumba había pertenecido a los grupos operativos del Servicio de Información Antiterrorista tanto en San Sebastián como en Francia y, más tarde, en Barcelona. Era el policía con la mayor lista de barbaridades, atropellos y vulneraciones de cualquier código de ética policial que se había puesto a su alcance. Aunque Patricia era conocedora y, por tanto, consciente de ello (él nunca disimuló su proceder intempestivo ni ante ella ni ante nadie), eso le parecía colateral. Incluidos los rumores que lo situaban como un policía-asesino, autor de varios ajustes de cuentas y de brutales torturas. Patricia nunca dio crédito a esos rumores. Con ella, en lo personal y en lo profesional, siempre fue todo lo correcto que pudo. O que supo. O que quiso. Y Patricia, en cierta medida, siempre se lo agradeció, aunque a menudo tuviera que soportar sus chascarrillos ultraderechistas, o sus comentarios casposos y machistas.

Miguel era confidente de Pumba. Miguel y Pumba eran «informadores» de la periodista Patricia Bucana desde hacía años. Nunca, hasta el momento, le habían fallado.

Aquel lunes 27 de enero hacía frío, pero a las diez de la mañana el sol brillaba proporcionándole a la jornada una ficticia apariencia de calidez. Cogió su scooter y se dirigió hacia Sabadell, donde Miguel tenía su almacén de distribución de productos congelados para la hostelería.

De camino a Sabadell, se detuvo en el bar Los Candiles, un tugurio carajillero del barrio de la Trinitat que Patricia moteó con el nombre de zulo por ser el rincón de la ciudad donde se solía encontrar de forma siempre clandestina con Andreu García. Su amigo Andreu, el subinspector de la División de Investigación Criminal de los Mossos d’Esquadra, Andreu García Muñoz.

Como de costumbre, llegó antes que él y se sentó junto a una mesilla situada en el rincón de siempre, cerca de la puerta del lavabo, en el fondo de aquel pequeño bareto de paredes enmohecidas que emanaba un olor añejo a humo de tabaco negro y cafetera sucia. Llegó Spiri, dicen que se llama José, aunque nadie se lo podía asegurar. Era el camarero sexagenario, dueño y responsable de Los Candiles, un hombre flaco y de piel morena y ajada con cara de caerse dormido en cualquier momento. Como decía Andreu, un «cansado sin causa».

Antes de que le diera tiempo a abrir la boca, el bueno de Spiri la sorprendió con un cortado como a ella le gustaba: descafeinado, tibio, con leche desnatada y servido en tacita.

—¡Coño! Spiri… Esa velocidad me desconcierta.

—No te hagas ilusiones. Es de uno de la barra —le dijo—, que hace un rato me lo pidió y cuando se lo he servido resulta que ya se había ido. Te he visto entrar y me he dicho «este cortao se lo enchufo a la Patri».

—Eres un flecha, Spiri.

—Ya lo sabes, Patri. —Y le señaló la pared de enfrente, donde en una especie de litografía en blanco y negro, colgada como si de un trofeo de caza se tratase, se podía leer la siguiente declaración de intenciones: «El rayo soy, donde me llaman voy».

La voz de un policía amigo se oyó a su espalda.

—Joder, Patricia, te dejo dos minutos sola y te me pones a ligar.

—¿Qué tal, Andreu? —Y le besó en la mejilla mientras Spiri retornaba a su posición tras la barra en busca de un chupito de JB para el amigo mosso de la periodista, un chupito que tardaría, de promedio, unos diez minutos en llegar a la mesa…

—Llegas casi cuarenta minutos tarde. Esto no es propio de ti…

—No me hables, Patricia… No me hables… Que me parece que hoy me he levantado con el pie izquierdo.

—¿Qué te ha pasado?

—Pues que creo que me he cargado la junta de culata del coche viniendo para acá. Me he quedado tirado en la avenida Meridiana a un par de kilómetros de aquí. La grúa se lo acaba de llevar al taller.

—Pues prepara una buena pasta…

—Lo sé. Y solo me faltaba eso… Más gastos… Pero en fin, Patricia, no llamemos al mal tiempo… ¿Qué tal va todo, plumilla? ¿Cómo estás? ¿A quién has matado hoy?

—Que yo sepa a nadie, pero —le dijo buscando la provocación— parece ser que los picos os han levantado un cargamento de coca en el puerto, ¿no?

—Ah, lo de la coca… —respondió con indiferencia—. Sí, ya sé de qué va. Lo de cargamento es mucho decir. Era una partida de estar por casa. Creo que no llega a cuatrocientos kilos de farlopa. En fin… —Inevitablemente, la convivencia, o mejor dicho, la cohabitación de tres cuerpos policiales, CNP (Cuerpo Nacional de Policía), GC (Guardia Civil) y Mossos d’Esquadra, en un mismo territorio a menudo provocaba roces, tiranteces, incluso deslealtades impropias de unos servidores públicos dotados de arma y de placa oficial. Andreu era, en cierta medida, una excepción, pero, aun con todo, no podía evitar descafeinar, si tenía ocasión, lo que hicieran los investigadores de la Policía Nacional o de la Guardia Civil. Era una reacción casi automática, tan ridícula como, al parecer, inevitable.

—Me dicen que la DEA le tenía puesto un rabo a ese contenedor y que se lo había comunicado a los picos, y son los picos quienes se han apalancado la droga.

Andreu la miró con cara de extrañeza, una mueca que enseguida modificó por otra de enfado. Arrugó las cejas, desenfundó el móvil y llamó a un número codificado. Patricia entabló una conversación telepática con la taza de café, dejando de mirar la versión cabreada de su amigo.

—Roger, ¿tienes a mano el comunicado de los picoletos…? Sí… Sí… Ese…, el de la droga del puerto… Sí… Sí, léemelo.

Su subalterno le leyó el comunicado que la Guardia Civil había enviado a la sala de coordinación policial a la que, al menos sobre el papel, diariamente cada cuerpo informa de las novedades de sus respectivos servicios.

La nota de la Guardia Civil hablaba del robo, pero ni mención a la DEA y mucho menos a la eventual implicación de guardias civiles en el caso.

—¿Estás segura? —La miró, y sin esperar la respuesta de Patricia y, por lo tanto, sin dudarlo, dijo—: Sí, claro que estás segura. ¡Mierda! ¡Qué cabrones! Luego hablan de colaboración. Solo nos informan de lo que les interesa. Serán mamones…

—He quedado con mi fuente para que me amplíe el asunto.

—¿Es un picoleto?

—No, no es un picoleto, pero digamos que mi informante flirtea bastante con ellos y no me suele fallar. Si sabes algo dame un toque, más que nada para poder cotejar lo que me va a explicar con lo que te pueden explicar a ti. Así iremos mejor calzados los dos.

—Es un picolo, ¿no?

—¡No, que te digo que no es picolo! —Patricia arrugó el entrecejo.

—Entonces… se trata de un guardia civil… ¿verdad? —soltó Andreu con retintín.

—No, joder, Andreu, no. No es Pumba…

—Eres tú quien ha pronunciado ese nombre.

—Eres tú el que no se fía de mí.

—Sí me fío de ti, Patricia. No me fío de él y no sé cómo hacértelo entender.

—Otra vez la misma matraca… —murmuró Patricia, al tiempo que soltaba un soplido de cansancio.

—Es un cabrón. Un facha, un corrupto, un torturador que debería estar entre rejas y no chuleando a periodistas embobadas.

—A mí nadie me chulea. —La conversación, definitivamente, había subido de tono.

—A ti nadie te chulea, por supuesto, tú lo tienes todo bajo control, ¿verdad? Cualquier día, tu amigo el picoleto te va a tener cogida por los güevos, como a tantas otras víctimas suyas, y entonces te acordarás de lo que te digo.

—A ver… ¿A quién tiene cogido por los güevos Pumba?

—Pues a la mitad de la comandancia, pimpolla, a la mitad de la comandancia. Sobre todo a sus jefes, que son su especialidad. Los tiene cogidos de los güevos y de la polla. Los embolinga, los enreda y, finalmente, cuando están bien cocidos se los lleva de putas, por la patilla, por supuesto —puntualizó irónico, y añadió—: Y luego a ver quién es el guapo que se atreve a expedientarlo cuando se le va la mano en un interrogatorio o cuando se apalanca un fajo de euros en un registro. Nadie, coño, nadie. Es un mafioso…

—Y dale —respondió enfadada Patricia.

—No quiero discutir más, Patricia, tú ya eres mayorcita, por lo tanto ya sabrás lo que haces y dónde te metes, pero me parece increíble que una tía como tú no le haya tomado ya la medida a ese hijo de puta.

—Ese hijo de puta es mi amigo.

—Tú también eres mi amiga, por eso te digo lo que te digo. ¿Cómo puedes llamar amigo a un tipo que pasa más tiempo de putas que con su familia?

—¿De qué coño me estás hablando, Andreu? ¿Te has vuelto sacristán, de repente? —Se hizo el silencio durante varios segundos—. Ese, en todo caso, es su problema o el de su esposa… no el mío —apuntilló Patricia.

—Está bien, Patricia, está bien… Dejémoslo aquí. Efectivamente, tampoco es mi problema, pero te lo repito una vez más: aléjate de ese cabrón. Si te acercas tanto al fuego, te acabarás quemando.

—Bueno —interrumpió Patricia dando por finiquitada esa discusión que parecía una trifulca recurrente entre los dos—. Pues me creas o no, mi garganta profunda no es Pumba. Y si lo fuera, naturalmente tampoco te lo diría, pero el caso es que no lo es. ¡¡Joder!!

—Está bien, está bien, gacetillera, está bien… Que te me pones muy fea cuando te enfadas —añadió Andreu con una sonrisa.

—¡Serás cabrón! —Patricia se la devolvió, con una sonrisa confidente.

—¿Tienes un canuto limpio?

—Sí, apunta este número. —Y Patricia le dio el de una tarjeta telefónica prepago que acababa de comprar.

—Te llamo enseguida. Por cierto... Déjame tu coche para volver a Sabadell —(Sede de la División de Investigación Criminal de los Mossos d’Esquadra).

—Toma las llaves de casa. En frente del zulo tienes la parada del autobús. El 34 y el 73 te dejan al lado. Las llaves del garaje están colgadas donde siempre, y el coche, en el parking. No lo necesito, o sea que tira de él sin prisa en de-volverlo.

—Cojonudo, Patricia, eres un sol. —Y Andreu, tras mirar el reloj como si de repente recordase que tenía una cita urgente, se fue… antes de que llegara el chupito que, al final, acabaría tomándose ella. La periodista apuró el cortado, se levantó despidiéndose tímidamente de Spiri con un tenue «¡Déu!» y salió de Barcelona camino a Sabadell.

II

Automóviles Herrero, polígono industrial Santiga de Sabadell.

—¿Qué tal, Miki?

—¡Cómo está mi gitana! —le dijo antes de abrazarla y besarla con la efusividad de siempre.

—Bien, bien. —Y fue al grano sin disimulo—. Me dicen, Miguel, que los picos están ocultando el escándalo… que están vendiendo la burra, que es una operación convencional de decomiso de droga y punto.

—Bueno, sí, no me extraña. A nadie le gusta quedar como un mangui, y mucho menos hacer el ridículo como han hecho.

—Explícate.

Cuando Miguel se disponía a ello, Patricia recibió la llamada de Andreu. Con la palma de la mano extendida frente a su cara le ordenó silencio unos instantes, él se limitó a toquetear otras cosas y a oír el murmullo metálico e ininteligible que emitía el aparato de Patricia. Esperaba saber quién lo interrumpía.

—Confirmado —dijo Andreu—. Nos dice nuestro enlace con Madrid que la DEA lleva un cabreo de mil pares de cojones. Parece ser, incluso, que han trasladado la queja al Ministerio del Interior. El barco llegó de Venezuela a Barcelona previa escala en Valencia. Allí desembarcaron otro contenedor y luego continuaron hasta Barcelona. Me dicen que mañana o pasado van a reventar el contenedor de Valencia. En fin, que esta movida huele mal, pero muy… muy mal. Cuando la mierda es tan grande no se puede tapar. Aunque se tape, huele. Te tengo que dejar, hablamos.

—Muy bien. Hablamos.

—¿Quién era? —preguntó Miguel.

—Un buen amigo, bien informado. Me dice que la DEA se va a quejar ante el Gobierno. Este tema, Miguel, cada vez me gusta más.

—Pues eso no es nada. Escúchame, que la cosa tiene su guasa, te voy a explicar la película desde el principio. —Patricia siguió a Miguel mientras él narraba la historia—: Hace seis meses, los picos de Manresa y de Barcelona habían iniciado una investigación para resolver un montón de palos a camiones de mercancías que se habían producido en la autopista de Barcelona a Girona. Se trataba de una banda que zumbaba las cajas de los camiones mientras el conductor dormía en las áreas de servicio. Luego, la mercancía la colocaban un 70% más barata en el mercado negro. Uno de los tipos implicados en el asunto es Paco, el Patata, que…

—Sí, lo conozco. Es uno de los seguratas del Pijas. Menudo cabronazo. Mató a su padre en el mercado de Collblanc, dentro de su frutería, porque dicen que el viejo no le quiso guardar una pistola manchada que había utilizado en no sé qué marronazo… Discutieron y le dio matarile.

—Efectivamente. —Miguel se detuvo, fabricó una sonrisa maliciosa, tomó aire, hinchó el pecho como los gallos antes de cacarear y disparó para ir al grano—: Como los pobres picos andaban un poco despistados con el asunto, me pidieron ayuda. Y yo, que soy un fiel servidor del Estado —y no pudo contener un par de carcajadas—, no me pude negar.

—Venga, suelta, no te hagas tanto de rogar. ¿Qué hiciste? —preguntó Patricia intuyendo la respuesta.

—Muy sencillo, los picos de Manresa averiguaron, no sé cómo, que uno de esos ladrones de la autopista era, como te digo, Paco, el Patata. Se lo dijeron a los de Barcelona y estos vinieron a mí. Yo les dije que, naturalmente, conocía al Patata (su padre, el frutero, había sido cliente mío en las timbas del Ecuestre). Les dije dónde podrían encontrarlo: en la Moritz, la cervecería de la Ronda de Sant Pau. Pero los pobres picos —le encantaba comportarse con cinismo— lo que querían era ponerle un rabo para ver si les llevaba al almacén donde guardaban la mercancía tras los palos de la autopista. Pero para llegar a eso, lo que necesitaban era encanutarlo y poder conocer sus planes, sus colegas, y poderlos pillar de marrón.

—¿Y entonces, Miguel?

—Pues que me fui para la Moritz, me tomé unas cañitas y un par de raciones de mojama y me hice el encontradizo con el Patata: «¡Hombre, Paco, tú por aquí…!». «¡Hombre, Miguel, cuánto tiempo…!», y… «que si patatín, que si patatán…», «que me des tu número de teléfono, Paco, y así te llamo yo un día de estos, coño, que tengo ganas de charlar de los viejos tiempos, hombre». Y así, la Guardia Civil obtuvo el canuto de ese capullo.

—Continúa…

—Pues que lo encanutaron y, de aquellas primeras conversaciones, los picos centraron el almacén de la mercancía robada en un montón de palos entre Girona y Tarragona, en un polígono industrial de Montcada i Reixac, Can Cuyas, creo que se llamaba. Los de medios técnicos colocaron cámaras de vídeo camufladas en los alrededores de la nave industrial sospechosa. Y así han estado hasta hoy.

—¿Hasta hoy?

—Bueno, hasta hace una semana. Resulta que los picos, durante el fin de semana, cuando se produjo el robo, no atienden las conversaciones. Las dejan que se vayan grabando y el lunes cuando llegan al cuartel las escuchan para ver si aparece algo de interés. Y si te digo que el asunto tiene guasa es porque a más de uno se le cayeron los cojones al suelo cuando el lunes escucharon, como si fuese la retransmisión de un partido de fútbol por la radio, cómo el Patata, el Pijas, el Pollitas y el resto de miembros de la banda explicaban, en directo, cómo estaban robando el contendor de la droga. Como lo oyes…: «que si yo peto la puerta así», «que si tú saca ya la farlopa», «que te des prisa, que llega la patrulla», etcétera, etcétera, etcétera. Todo en directo. Una retransmisión, ya te digo. Como el CarruselDeportivo: minuto y resultado, ja, ja, ja, ja…

—O sea… Buscaban coger de marrón a unos peristas y se encuentran, cuarenta y ocho horas después, con unos narcotraficantes en plena acción —murmuró Patricia. Y preguntó—: ¿Y los picos?

—De las conversaciones grabadas, lo que queda claro es que los picos no solo lo sabían, sino que estaban al loro y que fueron ellos los que marcaron el objetivo. Pronto sabré más detalles. Sé que el cura —(el teniente coronel Agustín Terradillos Páez)— quiere endosarle la investigación a las ratas —(Asuntos Internos)—. Eso al menos es lo que se comenta por ahí. De momento no digas nada, a ver si con la tontería esos cabrones ponen tierra de por medio. Pero estate atenta, que esto, como te digo, no ha hecho más que empezar.

Miguel, como siempre, hablaba como una metralleta, como si tuviera el tiempo restringido.

Por fin se detuvo y miró a Patri esperando que la reacción de su amiga periodista fuera o tuviera que ser desbocada, como si le hubiera puesto en bandeja de plata la noticia de su vida y ella se lo tuviera que agradecer. Patricia lo miró, le sonrió y, tras unos instantes de silencio de ida y vuelta, le preguntó:

—¿Por qué tengo la sensación de que te lo estás pasando especialmente bien con esta historia?

Su respuesta no la tranquilizó:

—¡Ay, mi gitana…! —Se contuvo unos instantes pavoneándose y añadió, afilando la mirada—: Y qué más da…

Patricia decidió no repreguntar y, mostrando una sonrisa cómplice de no se sabía bien qué, recogió el mechero, el paquete de Marlboro y se dispuso a despedirse de su amigo.

—No tan deprisa, gitana, no tan deprisa. —Miguel la cogió de la mano. Casi se diría que la sujetó cariñosamente pero con la firme intención de que no se fuese todavía—. Patricia, yo soy un tipo con muchos defectos. Tú bien lo sabes. Pero tengo una virtud por encima de otras: tengo muy buena memoria. Sí, ya sé lo que me vas a decir. —Y añadió—: Que tengo buena memoria para lo que quiero. Y yo te diré que una vez más tienes razón. Y por eso te digo, mi gitana, que no he podido olvidarme de qué día es hoy. Hoy hace ocho años que te conozco. Un día como hoy, el cabrón de Pumba nos presentó en el restaurante Cal Esteve. ¿Te acuerdas? Estabas imponente: morena, con aquel vestido blanco y el pelo recogido… Parecías una princesa. ¿Te acuerdas? —Patricia lo miraba sonriente—. Era tu cumpleaños. Cumplías veintinueve años. Y hoy cumples treinta y siete. —A ella, solo el rubor y sus esfuerzos para no aparentar una supuesta debilidad frente a sus fuentes le impidió llorar en aquel momento—. Cuando yo cumplí treinta y siete años, Dolores se quedó embarazada de nuestro primer hijo, Jordi. Ese mismo año intentaron matarme unos marroquíes a los que les había robado varios ladrillos de chocolate. Me cruzaron una ráfaga de metralleta en la fachada de mi casa. Luego —añadió marcando territorio—, ya me encargué yo personalmente, cuando los trincaron y los metieron en el talego, de que algunos cirujanos sin título oficial les metieran cada una de aquellas balas por el culo. Los muy capullos —remató—. Era la primera vez que alguien me quería matar. Y la primera vez que alguien te quiere matar, como la primera vez que uno hace el amor, no se olvida, ¿verdad?

Patricia sintió la necesidad de no contenerse y derramó un par de lágrimas como si fueran una especie de recompensa para aquel tipo tosco y rudo en fondo y forma, y que hacía ingentes e inútiles esfuerzos para aparentar no serlo. Miguel se la quedó mirando con ojos desnudos de corsés y de protocolos. Ojos de almíbar, sinceros, transparentes, miradas que solo podían preceder a buenas intenciones y a buenos actos. Y dejó, sobre la mesa que estaban compartiendo en su despacho, una cajita de terciopelo granate que albergaba un reloj de oro blanco con una inscripción grabada en la parte posterior, donde se podía leer: «37 años. Cuando volví a nacer. De Miguel a mi hermana».

Ella enmudeció. Aunque no le gustaba reconocerlo, y aunque a menudo era capaz de disimularlo, esta vez no pudo (o no quiso) evitar abrazar a su amigo Miguel y besarlo y acariciarle la papada, para acabar diciéndole, antes de irse:

—Gracias… gitano mío. Te quiero.

III

28 de enero del 2005.

Desaparecen 400 kilos de coca del puerto de Barcelona.

Patricia Bucana. —Una banda de delincuentes organizados y profesionales asaltaron la madrugada del pasado domingo 21 de enero, en el puerto de Barcelona, un contenedor de productos congelados en el que se habían escondido varios centenares de kilos de cocaína. El contenedor había llegado hace dieciséis días a la zona de desembarque del Moll de Gregal del puerto barcelonés en un barco de bandera venezolana que descargó la mercancía. Desde entonces, agentes de la Guardia Civil vigilaban dicho contenedor a la espera de que los enlaces del cártel que lo había introducido en nuestra ciudad se personasen para recogerlo. La droga ya la tenían controlada. El objetivo de los investigadores, pues, era capturar a los miembros de la organización que operan en nuestro país. De momento, no ha trascendido oficialmente qué es lo que ha fallado del operativo de vigilancia para que un número necesariamente amplio de delincuentes irrumpa en el puerto y desvalije de un contenedor de grandes dimensiones una cantidad que, según las primeras aproximaciones, podría llegar a los 400 kilos de cocaína, y que lo hagan con absoluta impunidad. La juez de instrucción número 8 de Barcelona se ha hecho cargo de la investigación, unas diligencias respecto a las cuales la Guardia Civil mantiene un absoluto hermetismo. Tanto es así, que ningún portavoz autorizado del instituto armado ha querido responder a las preguntas de este diario.

A Patricia le habían enseñado que no hace falta ganar los partidos por goleada. Con un golito de ventaja y un buen trabajo en el terreno de juego, hay suficiente. Por eso, y por el escrupuloso respeto a los pactos de silencio con sus fuentes, solo publicó aquello que no perjudicaba el desarrollo de la investigación policial. Su templanza y prudencia no hacían de ella una periodista blanda o de débil pegada. Todo lo contrario. Su lema era «pocos datos pero certeros, contrastados y en el centro de la diana (o en mitad de la frente, según el caso)». Patricia buscaba la exclusiva porque sabía que quien pegaba primero lo hacía dos veces. La buscaba pero nunca a cualquier precio.

Aquella noticia removió los estómagos de más de un mando policial y de más de un responsable político. Ese día, por la tarde, en el diario, Patricia fue requerida por el jefe de redacción, Santiago Iglesias, un veterano periodista, un maestro y, por encima de todo, un buen amigo.

—Buena castaña, Patricia. Ya nos han llamado de la Delegación del Gobierno, del ministerio y de la comandancia. Están como una moto. No saben cómo desmentir la noticia…

—No saben —interrumpió Patricia— porque no la pueden desmentir.

—Lo sé, lo sé... Cuando esa gentuza se comporta así, con las llamaditas, con las quejas airadas y con las cojonadas de costumbre…: «que si esta filtración puede dar al traste con las investigaciones», «que el caso está bajo secreto y lo que es secreto no puede ser publicado» y toda esa monserga, lo único que se demuestra es que hemos acertado. Por lo tanto, Patricia, mañana más y mejor. Sobre todo: mejor, que esos cabrones de ahí fuera, desde que han leído el diario, han puesto el punto de mira en nuestro culo. Y no nos van a perdonar ni una. ¿Entendido, plumilla?

—Entendido, abuelo. —E intercambiaron una sonrisa.

—¿Qué tenemos? Vamos a recapitular. —Y se puso las gafas para hojear sus notas.

Y Patricia le volvió a explicar todo con detalle: lo de los pinchazos, lo de la implicación de la Guardia Civil y los esfuerzos de los mandos policiales para que el caso no trascendiese.

—Mañana… ¿Por dónde tiramos?

—De momento, no creo que los picos vayan a soltar prenda. No les conviene. Por lo tanto no creo que la información fluya, al menos de momento. Eso nos da un cierto margen. Así que para mañana apuesto por lo del cabreo de los americanos.

—¿Lo tienes cerrado?

—Cerrado. El agregado de comunicación del consulado de Estados Unidos en Barcelona me ha confirmado que la DEA le había marcado ese contenedor a la Policía española. Los americanos le tenían el rabo puesto desde que el barco salió de Venezuela. Es más, incluso sabían, en todo momento, dónde se encontraba y cuál era su destino final.

—¿Lo podemos citar?

—Sí, pero sin dar su nombre, aunque sí el cargo que ocupa. Son sus condiciones.

—Cojonudo. No hay problema… Contacta con Buendía. Ya lo he puesto al corriente, y que le dé un toque a los juzgados. Si trae buen material, firmáis a medias.

—Ningún problema, Santiago.

El redactor jefe se reclinó lentamente sobre el asiento que ocupaba y se quitó las gafas sin dejar de mirar a Patricia. Aguardó dos o tres segundos en silencio:

—Algo me dice, Patricia, que cuanto menos sola estés en este asunto, mejor. Ándate con cuidado. —El tono paternal era evidente.

—Lo haré.

La temperatura en el interior de la redacción era excesivamente alta, como si a algún lumbrera se le hubiera ocurrido asar pollos en el interior del edificio. Patricia salió del periódico, cruzó la ancha calle del Eixample y se parapetó, casco de moto en mano, en la cafetería de enfrente, donde se pidió una coca-cola cargada de hielo y desde donde llamó a Carlos Buendía. Era el jefe del área de tribunales, un tipo solitario y poco hablador pero con la mejor agenda judicial de la ciudad.

—He hablado con el fiscal antidroga, es amiguete —le dijo Carlos a Patricia.

—¿Te ha dicho algo de los guardias civiles?

—Sí, joder, que no soltemos prenda, que si lo hacemos alertaremos a los malos, que el tema está jodido y que va contrarreloj.

—¿Jodido?

—Sí, la juez no ve claro que habiendo picoletos implicados sea la Guardia Civil la que dirija la investigación. El fiscal no lo ve así. Dice que tiene confianza plena en los equipos de Terradillos y que no hay motivo para retirarlos del caso. Dice que si esto finalmente se hiciera, quedaría toda la Guardia Civil bajo sospecha, y eso no lo ve justo.

—Ya veo…

—Mi colega ha hablado con alguien de la Anticorrupción, no sé quién, pero alguien experto en crimen organizado.

—¿Y?

—Pues que el fiscal ese es del mismo parecer que la juez. Por lo que se ve, últimamente han trabajado con los equipos de Investigación Criminal de los Mossos y están encantados. Se ve que hace poco reventaron una red de kosovares que asaltaba a representantes de joyerías de toda España y que se había instalado en Catalunya.

—Sí, lo recuerdo, lo hizo la DIC, efectivamente, hace un par de meses. Una buena coloqueta, sí señor.

—Bueno, pues el de la Anticorrupción se lo quiere dar a los Mossos. Y mientras andan discutiendo en fiscalía, la juez no sabe a qué cuerpo policial va a encargar las escuchas de los sospechosos. Se ve que la tía tiene identificada a un montón de gente pero, por teléfono, mi fuente no ha querido explicarme nada más.

—Muy bien, Carlos. Me voy a ver a Iglesias para que nos guarde espacio en primera. Con lo tuyo y lo mío, mañana vamos calzados.

Se fue a dormir con los deberes hechos y se sentía una niña realizada. Informaciones irguió a la mañana siguiente la lapidaria portada y la columna tallada por Buendía y Bucana.

29 de enero del 2005.

Malestar en la DEA por el robo de droga del puerto.

Patricia Bucana/Carlos Buendía. —La DEA (The Drug Enforcement Administration), la principal agencia de lucha contra el tráfico de narcóticos de Estados Unidos, ha elevado una queja formal al Ministerio del Interior español por el robo de parte de la droga que estaba escondida en el interior de un contenedor que estaba siendo sometido a vigilancia policial en el puerto de Barcelona.

La DEA había alertado a las autoridades policiales españolas que el barco Barlovento, de bandera venezolana, portaba, con destino al puerto de Barcelona, diversos contenedores con productos congelados, y que, en uno de ellos, un cártel sudamericano de la droga había escondido centenares de kilos de cocaína de una alta pureza con destino al mercado de nuestro país. Los responsables españoles en la lucha contra la droga encomendaron a la Guardia Civil la vigilancia de este contenedor con objeto de identificar y detener a la persona o personas que fueran a recoger la mercancía y así proceder a desarticular el enlace de esta organización criminal en España. Fuentes diplomáticas norteamericanas consultadas por este diario hablan de «ridículo internacional» para calificar la situación creada por este robo. La Fiscalía Especial Antidroga de Catalunya se ha hecho cargo de las diligencias del caso que investiga la juez de instrucción número 8 de Barcelona. Su primer objetivo será esclarecer qué ha fallado en el dispositivo policial de vigilancia y, en este sentido, ya ha solicitado al teniente coronel jefe de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la comandancia de Barcelona un informe «exhaustivo» al respecto.

A pesar de la insistencia de este diario, la Guardia Civil no va a hacer ningún comentario sobre este suceso, escudándose en que el caso está bajo secreto de sumario.

Once de la mañana. Barcelona había despertado con uno de esos días luminosos en los que el sol y el frío del invierno pugnan por ganar protagonismo. Pero el sol no sale igual para todos. Mientras que Patricia se relamía de éxito en la pastelería Escribà con dos cruasanes de mantequilla y un suizo rebosante de nata, dos palabras retumbaban en los oídos de la mayoría de los oficiales al mando de los equipos de Crimen Organizado y Antidroga de la comandancia de la Guardia Civil de Barcelona: «Ridículo» e «Internacional». Pumba llamó a la Patri.

—La que has liado, Patricia. Vaya chocho has montado.

—«Quien se pica, ajos come», querido amigo.

—No, si no te digo nada… si tienes toda la razón. Ya era hora que alguien les subiera los colores a esa banda de cretinos que tenemos como jefes.

—Ya sabía yo que lo de la embajada de Estados Unidos y el mosqueo de la DEA les iba a escocer.

—Sí, y no sabes cómo. Pero eso les escuece muy por arriba. Aquí en los despachos de la comandancia, el cabreo viene por otro lado.

—¿Qué sucede?

—Pues que a los sospechosos de lo del robo de la farlopa del puerto se los tenía encanutados desde hacía semanas por otra movida y...

—Sí, lo sé, me lo dijo Miguel. Me pidió que no lo diera…

—Sí, y has hecho muy bien, pero lo que te trato de decir es que el cabreo viene porque el general ha descubierto, gracias a esta mierda del puerto, que durante el fin de semana no hay nadie atendiendo a lo que dicen los canutos. Me explican que se ha puesto como una moto y que van a rodar cabezas.

—Oye y… eso de no escuchar en directo las intervenciones durante el fin de semana, ¿ocurre desde hace mucho tiempo? ¿Siempre ha sido así?

—No, antes todo era diferente. Ahora, como no hay personal, ni pasta para horas extras, los jefes tienen que hacer disparates para economizar, intentando dañar lo menos posible al servicio. Que no se escuchen los canutos pinchados no es cuestión de inoperancia, sino de falta de presupuesto y de falta de plantilla. —Patricia se echó la mano a la frente y, aunque sonreía, negaba con la cabeza como si no se lo pudiera creer—. No lo justifico, Patri, solo digo que eso es lo que hay. Aquí la teta es grande solo cuando se trata de terrorismo, y especialmente de la ETA. Entonces sobra la pasta, el personal, los medios, las excusas…

—O sea, que si estos cabrones se deciden a zumbar el contenedor cualquier otro día laborable, los de Drogas los hubieran podido pillar de marrón.

—Como lo oyes.

—Joder… pues es para estar cabreado.

—¡Que se jodan! Administrar miseria tiene esas cosas, y los que salen beneficiados, como siempre, la chorizada. En fin, Patricia, ya nos veremos. Llámame cuando quieras, bonita.

—Lo haré, bonito… —dijo con un retintín cortés de despedida.

Seis de la tarde en la redacción del diario Informaciones:

—¿Cómo va eso, Patricia? ¿Alguna novedad en el tema del puerto? —preguntó Buendía.

—Sí, esta movida de la droga ha puesto sobre la mesa los déficits de la Guardia Civil: la falta de medios, de personal, de presupuesto. Mientras no podamos meterle mano al contenido de las escuchas, o lo que es lo mismo, mientras no podamos meterle mano a los picoletos implicados, vamos a marear la perdiz con esta mierda. ¿Tú qué tal? ¿Algo bueno de los juzgados?

—Sí, bueno para nuestro propio gobierno de la situación, pero supongo que al lector se la traerá floja.

—¿De qué se trata?

—La juez le ha hecho caso a los de la Anticorrupción. Finalmente, esta mañana le han entregado el expediente a los Mossos. Ahora ya no hay duda: los picoletos van a quedar como unos canelos.

—¿Tienes la resolución?

—Por supuesto —dijo Buendía con un mueca de autosuficiencia—. Cuando la leas verás cómo la juez pone el acento en la implicación de los guardias. Ahí tenemos un filón. Cuando tú quieras, desenfundamos el hacha de guerra…

—Sin prisa. Paso a paso. Lo estamos haciendo bien. La competencia aún no ha reaccionado. No tienen ni idea. Vamos un kilómetro por delante de ellos. Déjamela ver. Hablo con Iglesias y nos ponemos a tocar el piano.

—Hecho.

IV

[…] Ante la dificultosa operativa de garantizar un efectivo desarrollo de las indagaciones, dadas las imbricaciones que eventualmente puedan tener los miembros de la Guardia Civil que resulten encartados, dese traslado de la causa a los servicios centrales de investigación de los Mossos d’Esquadra.

[…] La evidente posibilidad de que agentes especiales de la Guardia Civil, con mando y conocimiento de las peculiaridades del puerto de Barcelona y del funcionamiento operativo de las unidades de investigación criminal, puedan tener alguna relación con los hechos a investigar, aconsejan, efectivamente, que la instrucción policial de estas diligencias sea retirada a dichos equipos locales de investigación. Además, y ante la imposibilidad de saber el alcance de la eventual red de contactos y relaciones de los agentes que resulten finalmente imputados, se desaconseja, incluso, que unidades dependientes de la dirección general de la Guardia Civil de fuera de Catalunya se incorporen o asuman la tramitación de las indagaciones.

Es decisión de este juzgado que, atendiendo la complejidad del asunto, sus connotaciones y aventurando lo que puede ser una investigación manifiestamente incómoda, delicada y en la que puedan confluir muchos intereses, que en esta fase procesal podemos ya intuir, lo razonable y lo eficaz es retirar a cualquier unidad operativa (Policía Judicial o Asuntos Internos de la Guardia Civil) y sea remitido el caso a los grupos especializados contra el crimen organizado de los Mossos d’Esquadra-Policía de la Generalitat, y en concreto a la DIC (División de Investigación Criminal), con quien este juzgado viene trabajando en puntuales operativos con un manifiesto índice de satisfacción.

Sonó el teléfono fijo situado en su mesa de redacción.

La recepcionista le anunció una llamada que Patricia ya había adivinado.

—Cáscaras. —Rotundo y firme… aunque confuso por ser un saludo.

—¿Cáscaras?

—Que quiero cáscaras... ¡Una montaña de cáscaras!

—Andreu, ¿qué sucede?... te he dicho mil veces que no abuses del carajillo de buena mañana.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. Solo hablaré en presencia de mi abogado y delante de una mariscada doble y un cubo para tirar las cáscaras. Una mariscada que vas a pagar tú, si quieres oír mi canción.

—¡Serás cabronazo! O sea que te me vendes por cuatro gambas y dos almejas.

—Y hasta por una almeja…

—¡Serás…!

—Bueno, bueno, no te me ruborices. Que no te sienta bien el papel de «niñarecatadaquenuncaharotounplato»... Dejémoslo en una mariscada.

—Valdrá la pena… ¿no?

—Joder… ya lo creo, Patri… ya lo creo. —Se tomó un par de segundos y se puso serio—. Nos han enchufado el tema de lo de la droga del puerto. No se fían de los picos y parece que les va a salir mierda hasta de las orejas.

—Lo sé, lo sé. Tenemos el auto de la juez…

—¡No me jodas! ¿Tenéis el auto?

—Sí, pero tranquilo que está embargado…

—Sí, embargado por vosotros… Pero igual ya lo tienen otros medios… ¿no?

—No creo, pero es verdad que deberíais poneros las pilas.

—Lo haremos. En todo caso nos hemos de ver pronto. Cuando te enseñe las transcripciones telefónicas del momento en el que zumban el preñao vas a alucinar. Si no las leo no me lo creo.

Y a Patricia, como no podía ser de otra forma, le dio un ataque de curiosidad.

—Venga, cariñín, no me dejes así… un anticipo…

—¿Y cava?

—Sí, pesado, cáscaras… y cava… ¡Desembucha!