Chacarillas - Felipe Reyes - E-Book

Chacarillas E-Book

Felipe Reyes

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Chacarillas, los elegidos de Pinochet, es la crónica del icónico acto que la dictadura militar realizó en una de las cimas del Parque Metropolitano el nueve de julio de 1977. Ese día, setenta y siete destacados jóvenes del país subieron a la cúspide del cerro portando antorchas para declarar su lealtad al régimen de Pinochet. Entre ellos había personajes de la televisión, cantantes, deportistas y dirigentes estudiantiles que con los años se transformarían en ministros de Estado, parlamentarios, directores y gerentes de empresas estratégicas que la dictadura chilena privatizaría para dejarla en manos de sus herederos ideológicos. La operación era clara: ellos serían los civiles que propagarían la revolución neoliberal puesta en marcha. Los elegidos de Pinochet que hoy en día detentan el poder político y económico de Chile.

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Seitenzahl: 124

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Guido Arroyo G. - Felipe Reyes F.

Chacarillas

Los elegidos de Pinochet

ISBN: 978-956-9974-58-8
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Chacarillas

Los elegidos de Pinochet

Guido Arroyo González Felipe Reyes Flores

“Somos la alternativa antimarxista a nivel poblacional:

a los pobladores les predicamos el capitalismo como el

mejor sistema para salir de la miseria”.

Jaime Guzmán Errázuriz

“De nuevo la saliva atorada de saliva la Bandera de Chile

de nuevo la boca escupe la chacarilla vomitosa sin especie”.

Elvira Hernández

El primer civil de la dictadura:

Álvaro Puga y los Bandos Militares

Eran la 08:40 de la mañana del once de septiembre de 1973 cuando en radio Agricultura comenzó a sonar el Himno Nacional. Tras él, se pudo oír una voz adusta leyendo el siguiente comunicado: “Teniendo presente la gravísima crisis social y moral que está destruyendo el país. La incapacidad del Gobierno para adoptar las medidas que permitan detener el proceso y desarrollo del caso. El constante incremento de los grupos armados paramilitares, organizados y entrenados por los partidos políticos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile declaran que: el señor Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su alto cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile”.

El comunicado era más largo, pero cuando en La Moneda se oyó este breve pero crucial primer edicto, un manto de sorpresa se instaló en el palacio. Se esperaba, incluso con ansias, que las Fuerzas Armadas realizaran un Golpe. Pero a Salvador Allende le costaba asimilar que Augusto Pinochet Ugarte, aquel comandante silente y ladino que había dado muestras de genuina lealtad, el mismo que meses antes había sostenido un afectuoso diálogo con Fidel Castro y que además contaba con toda la confianza del ex-comandante Carlos Prats –quien lo sugirió para el cargo–, figuraba ahora como el primer firmante del Bando que fundaría la Dictadura cívico-militar.

El llamado Presidente del pueblo no era el único que quedó aterido. También fue una sorpresa para los dirigentes de algunos partidos políticos que adherían a la UP y que a esa misma hora articulaban la resistencia armada. Carlos Altamirano, secretario general del PS junto a la fuerza militar del partido GEO, trazaban un plan: los cordones industriales. A las 09:45 a.m llegaron al Estadio CORMU ubicado cerca de Lo Valledor, dieron algunas instrucciones a los militantes que los esperaban y partieron raudos en diversos vehículos hacia la industria metalúrgica INDUMET, donde los esperaban ochenta y seis trabajadores dispuestos a resistir. Pero la voluntad de lucha superaba el armamento disponible. Solo disponían de unas cuantas metralletas AK-47 y cuatro lanzacohetes RPG-7.

En La Moneda surgió una idea. Juan Antonio "Coco" Paredes, asesor personal de Allende, que en aquel entonces dirigía Chilefilms y que hace pocos meses había sido Director General de la PDI, le sugirió que salieran disparando y se subieran a un vehículo que los llevaría rumbo a la metalúrgica. Pero Allende no le hizo caso. Quizá intuyendo que la resistencia armada era inviable, o quizá asimilando el devenir histórico trágico que desde la emisión del comunicado surcaba por los aires, Salvador Allende decidió quedarse en el Palacio de Gobierno. Tomó su AK-47 y se dispuso a defender el gobierno de la UP junto a su círculo íntimo. Entre ellos estaban Miria Contreras Bell, alias la Payita (su secretaria personal), el propio Coco Paredes y una veintena de fieles miembros del Grupo de Amigos Personales de Allende, el GAP. Todos los que estuvieron en la Moneda ese día, serían llevados al Regimiento Arica tras la ejecución del Golpe, donde fueron golpeados y torturados. Fue precisamente uno de ellos que con la intención de conseguir más armas preguntó: ¿Dónde andan los carabineros? Así se dieron cuenta que toda la guardia armada que debía cuidar La Moneda se había retirado en silencio, solo quedaban civiles. El resto de la historia se conoce. A las 10:10 Allende, desde su oficina presidencial, tomó el teléfono que lo conectaba con Radio Magallanes y pronunció en vivo uno de los discursos más estremecedores que se recuerden en la historia política de Chile.

Lo que suele olvidar u omitir la historia, es que aquella mañana del once de septiembre a pocos metros de allí, en el edificio donde funcionaba el Ministerio del Interior. Muy temprano había aparecido un solícito civil, el primer civil de la Dictadura: Álvaro Puga Cappa. El Almirante Patricio Carvajal lo había recibido con un abrazo. Acto seguido, le dio la siguiente instrucción: ordenar y redactar algunos comunicados y boletines que necesitaban dar a la ciudadanía. Para ello, lo acompañó hasta el piso número cuatro, donde disponía para él de un escritorio y una eficiente máquina de escribir que pertenecía al Ministerio. Hay que reconocer que todo estaba más ordenado allí que en La Moneda. En los techos del edificio, desde muy temprano, se habían apersonado un grupo de francotiradores. Y en el piso seis, desde las 17:00 hrs. del día anterior, estaba apertrechado el general Sergio Arellano Stark coordinando qué se haría con los primeros detenidos. Él mismo lideraría semanas después la temida Caravana de la muerte, que dejaría ciento cinco muertos y por la cual sería juzgado recién el año 2000, casi cuarenta años después.

Álvaro Puga, pese a ser el único civil en todo el edificio, se sintió cómodo desde el comienzo. Sobre el escritorio le pusieron un borrador del comunicado y le indicaron que debía “arreglar” rápido el texto. Los militares lo reconocían como el escritor, pese a que nunca había publicado un libro, solo furibundas columnas antimarxistas y anti Unidad Popular bajo el seudónimo de Alexis que aparecían cada semana en La Segunda. Puga, además, era un insistente aspirante a dramaturgo y había sido miembro de Patria y Libertad, condición que le permitió ingresar como libretista en radio Agricultura donde sorpresivamente –debido a una hepatitis sufrida por el gerente general de la radio–, había pasado a ser director de contenidos. Nada mal para un autodidacta de clase media cuyo único trabajo formal previo había sido la venta de televisores. Pero se sentía un escritor. Y a eso se dedicó aquella mañana. En el centro de una oficina cuyas ventanas estaban tapiadas, iluminado por una tenue luz artificial y con el ruido blanco de las balas chocando contra los gruesos muros, Puga redactó el primer comunicado oficial de la Dictadura. El texto fue publicado a página completa, la número tres, del periódico El Mercurio del trece de septiembre. Al fin, su primera obra estaría publicada, pero su nombre no aparecería entre los firmantes.

“Teniendo presente:

1°.- La gravísima crisis social y moral que está destruyendo el país.

2°.- La incapacidad del Gobierno para adoptar las medidas que permitan detener el proceso y desarrollo del caos;

3°.- El constante incremento de los grupos armados paramilitares, organizados y entrenados por los partidos políticos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile declaran:

1°.- Que el señor Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su alto cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile.

2°.- Que las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros de Chile están unidos, para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la Patria del yugo marxista, y la restauración del orden y de la institucionalidad.

3°- Los trabajadores de Chile pueden tener la seguridad de que las conquistas económicas y sociales que han alcanzado hasta la fecha no sufrirán modificaciones en lo fundamental.

4°.- La prensa, radiodifusoras y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre.

5.- El pueblo de Santiago debe permanecer en sus casas a a fin de evitar víctimas inocentes.

Firmado:

Augusto Pinochet Ugarte, General de ejército, Comandante en jefe del Ejército;

Toribio Merino Castro, Almirante, Comandante en jefe de la Armada;

Gustavo Leigh Gúzman, General del Aire, Comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile;

y César Mendoza Durán, General, Director General de Carabineros de Chile”.

Puga se quedó en el Ministerio del Interior una semana completa. Como recordaría tiempo después, en los cruciales diálogos que sostuvo con Juan Cristóbal Peña publicados en La secreta vida literaria de Augusto Pinochet, “esa madrugada del once yo pensaba que sería cosa de un día, dos cuanto más, me llevé un calzoncillo y un par de calcetines que me metí al bolsillo de la chaqueta antes de despedirme de mi señora; para qué más, pensé, pero imagínese, estuve una semana entera en ese edificio, día y noche, sin salir”. Cuando salió el edificio ya no estaba tapiado, pero sí repleto de orificios producidos por las balas que eran fiel testimonio del enfrentamiento. Miles de casquetes metálicos quedarían adosados allí por meses, tal como el demoledor silencio y miedo que reinaba en la calle a la que salió. Estaba feliz, dichoso de haber cumplido su cometido. Su trabajo como redactor de bandos había sido muy bien evaluado. El mismo once por la noche, de hecho (relata Peña), Pinochet lo mandó a llamar a su despacho. El ambiente fue distendido, interrumpido a ratos por ráfagas de metralla que surgían del exterior. El Comandante lo felicitó y le pidió que siguiera en esa senda, cosa que Puga deseaba más que nadie. Luego le habló al escritor de sus libros y le regaló un ejemplar de cada uno: Geografía Militar y Guerra del Pacífico. Incluso, como si se tratara de una cursi tertulia literaria, se dio tiempo para dedicarle el último:

Al distinguido escritor don Álvaro Puga.

Afectuosamente, Augusto Pinochet Ugarte

CJE/11-IX-1973.

Tanto la dedicatoria como la felicitación pusieron exultante a Puga. Esa noche del once, entendió de una sola vez y quizá con mayor claridad que cualquier otra persona, que en Chile se iniciaba una nueva era política. Y en ese escenario era justo que su personaje fuera central, pues a diferencia de los otros civiles “No tenía ambiciones, sólo quería contribuir a la reconstrucción de mi país”. Además lo había hecho bien, demasiado bien. Tras el primer comunicado fue el encargado de escribir y visar los próximos cuarenta y cinco bandos militares. Si bien, para el resto contaría con algunos ayudantes: el asesor de Pinochet, Federico Willoughby; el hijo del general Arellano, el abogado Sergio Arellano Iturriaga y días después aparecería un anodino escritor magallánico llamado Enrique Campos Menéndez, cuyas genuflexiones al régimen le permitirían obtener el año 1986 el Premio Nacional de Literatura, pero ninguno de los otros escritores estaban a la altura del trabajo de Puga.

O al menos eso recordaba en aquellas jornadas con Juan Cristóbal Peña. Donde también confesó cuál de todos los bandos le parecía el más perfecto de sus anónimas obras: “Me acuerdo que me tocó hacer el que anunciaba la muerte de Allende, que para mí fue el más importante. Me quedó muy bien ese bando, logró su propósito, porque tenía que ser verosímil y a la vez prudente para que no se levantara la poblada”. Puga había llegado para quedarse y su rol sería crucial. Era uno de los civiles destinados en volver aquél Golpe de Estado en un largo gobierno reformista, que introduciría el modelo neoliberal generando el cambio más significativo de la historia chilena reciente. Se trataría de una revolución, tal como lo recuerda:

“Al cuarto o quinto día del Golpe, mientras seguía escribiendo bandos en el edificio de las Fuerzas Armadas, volví a conversar con Pinochet. Estábamos a solas y le dije: ‘Mi general, esto que estamos haciendo es una revolución’. ‘¿Cómo una revolución?’, me dijo, muy serio. ‘No me hable de revolución, por favor’. ‘Usted llámelo como quiera’, le dije, ‘pero esto es un cambio brusco. Un antes y un después en la historia, eso tenemos que tenerlo claro’. Y le dije que mientras no nos cayera encima la Contraloría podíamos hacer lo que nos diera la gana. Y eso hicimos, créame. ‘Una revolución’”.

La Oficina de Asuntos Públicos:

Los montajes de la prensa

Uno de los sobrenombres de Álvaro Puga era, por decirlo menos, llamativo. Le decían El Obispo, “no por pacato, sino porque era estricto, que es distinto”, recordaría años después (el otro sobrenombre, quizá autoimpuesto, era El Escritor). Su actuación del once de septiembre le había permitido un meteórico ascenso: director de la oficina de Asuntos Públicos, de la Secretaría General de Gobierno. Las instalaciones de la unidad estaban ubicadas en lo alto del edificio Diego Portales, en el piso diecisiete, y los primeros meses de la Dictadura cívico-militar, el rol de la unidad era canalizar la información oficial y aplicar estricta censura a la prensa, función de la que se encargaba un amigo personal y compañero de filas nacionalistas de Puga: Gastón Acuña Mac-Lean. El trabajo era arduo. Cada día debían activar sus redes de contactos con los medios de prensa para impedirles que publicaran alguna nota sospechosa, u obligarlos a realizar –ya desde ese entonces– montajes de tratamiento periodístico, informar e incluso simular supuestos enfrentamientos entre grupos subversivos y carabineros para justificar las primeras matanzas sistemáticas.

Pese a que las funciones de la oficina eran claras y las atribuciones de Puga totales, no es así como lo recuerda quien fuera comparado con el mismísimo Goebbels. En su libro de memorias titulado (de forma redundante y cliché) El mosaico de la memoria, según Puga, su primer rol era formar parte de un supuesto comité creativo, formado por: “Enrique Campos Menéndez, su amigo Gastón Acuña, Gisela Silva Encina, Antal Lipthay, Jaime Guzmán, Jaime Celedón, Pedro Ewing y Rúben Díaz Neira”. Seguramente el sutil cambio de nombre que realiza Puga al recordar esa época, está guiado por el afán de subsanar su injerencia en los que serían los años más horrorosos de la historia reciente chilena. Muchos de esos nombres efectivamente serían miembros de la Oficina e incluso –en el caso de Lipthay– pasaría a la DINA. Salvo dos: el actor Celedón solo participaría en un par de reuniones previas a las que también asistió el periodista deportivo Julio Martínez; y Gisela Silva Encina dejaría rápidamente el grupo para ejercer como enlace periodístico. Años después, publicaría la biografía apologética Prisionero por servir a Chile, dedicada a Miguel Krassnoff, procesado –entre otros casos– por el asesinato del general Carlos Prats. Puga recuerda a todos con estima y asegura que su misión era “proponerle a la Junta de Gobierno o al general Pinochet las ideas necesarias para el mejor desempeño de la obra iniciada”. Y la primera idea fue crucial. A la Oficina se le ocurrió hacer un gran acto público que conmemorara los primeros treinta días del Golpe. Invitarían a los embajadores que avalaban el régimen, autoridades eclesiásticas, civiles y, por supuesto, a la familia militar. El que por ese entonces era llamado el quinto integrante de la Junta, recuerda que eligieron como locación el salón plenario del edificio Diego Portales, y que al inicio de la ceremonia se entonó el himno nacional completo, agregando la cuarta estrofa, la de los valientes soldados, práctica que se sostendría durante toda la Dictadura. “En el escenario, una gran pared de cobre llevaba como únicas inscripciones la palabra Septiembre y a cada lado 1810–1973, como símbolos preclaros que conjugaban los dos acontecimientos más importantes de la historia nacional. (…) Fue un acto memorable, porque no estuvo exento de un dramatismo, de gran emoción para todos los presentes”.

Tenía razón.

Este primer acto fue crucial para la validación del Golpe de Estado. Era la primera estocada, el primer trazo del plano donde se podía avizorar un proyecto país. La primera roca para edificar la refundación.

* * *