Charlas de hospital - Adrián Baranchuk - E-Book

Charlas de hospital E-Book

Adrián Baranchuk

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Beschreibung

En Charlas de hospital se condensan casi treinta años de vida de alguien que todavía está recorriendo un largo camino como médico y como ser humano. De personalidad vigorosa, Adrián Baranchuk moldea, marca rumbos e imprime actitudes con su presencia y enseñanzas. Pertenece a una generación que no se resignó solo a la fría práctica profesional, sino que se proyecta de manera generosa en la vida y en los sentimientos de los demás para cuidar, sanar y compartir las angustias y el dolor del otro.

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Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Dedicatoria

Dedico cada una de estas historias, cada diálogo, cada palabra, idea e imagen, a las dos mujeres de mi vida: Bárbara y Gala.8

Agradecimientos

Agradezco a la vida la oportunidad de ser médico. Agradezco a los pacientes, que me han permitido ayudarlos. Ellos abrieron una parte de sus vidas, para que yo me inmiscuya en sus asuntos y busque la manera más eficaz de mejorar su salud.

Agradezco a mis mentores y colegas, muchos de ellos ficcionados en estas historias inventadas. Algunos nombres que quisiera mencionar: Ricardo Iglesias, Víctor Daru, Miguel Ángel González, Álvaro Sosa Liprandi, Pablo Chiale (Q.E.P.D.), Marcelo Elizari, Antoni Bayes de Luna, Jerónimo Farre, Carlos Morillo; de todos ellos aprendí cosas muy importantes para mi carrera médica y científica.

Mis compañeros de ruta durante el entrenamiento: Pablo Courtade (Q.E.P.D.), Pablo Cingolani, Gustavo Torrente, María Eugenia Passadore, Gladys Arduini, Rodrigo Carballido, Sergio Baratta, Gabriel Aisenberg, Guido Bergman, Eddy Blumberg… y muchos otros y otras que llevo en la memoria.

Agradezco a Lina, Suanny, Andrés, Carlos y Jaime por la confianza, el apoyo y las ganas de ir por caminos nuevos.

Agradezco al “Tito” y la Julia, a Mariana, la familia.

Agradezco el tino de seguir mi instinto, casi siempre a trasmano, que me llevó un día a escribir estas historias, estas charlas, las Charlas de hospital.

Adrián Baranchuk

Kingston, Ontario, octubre de 2018

Prefacio

Charlas de hospital son cuentos inolvidables que relatan historias compartidas y tienen la fuerza de la realidad.

El Dr. Adrián Baranchuk, mi querido hijo, me solicitó la redacción de un prefacio para sus charlas. Charlas que tratan del acontecer de la vida hospitalaria y la formación médica, ayer como alumno, hoy como conferencista, cuando es convocado. Es digno de destacar que pone el mismo empeño ante auditorios de diez oyentes o de trescientos a salón lleno.

“Adriancito”, como lo llaman con cariño sus superiores, o “Adrián”, como lo llaman sus compañeros de trabajo, con respeto y amistad. No es menor el amor que trasciende cuando se refiere a su familia, a sus padres o sus amigos.

En sus textos encontramos escenas de sano humor y otras de dolor, despedida y adiós.

Este escrito tiene la virtud de que puede ser leído en cualquier sentido, de adelante para atrás o de atrás para adelante. Lo que no puede perderse es el último de la serie, En primera persona, en el cual Adrián muestra sus condiciones de escritor y su alma de médico.

Resumen de los temas tratados

Este listado de cinco temas tratados en el texto es una ayuda para localizarlos:

Comunicación: charlas 1, 5, 8, 9, 10, 12 y 19.

Comunidad: charlas 4, 13, 16, 21 y 25.

Medicina: charlas 3, 20 y 22.

La vida: charlas 6, 7, 11, 23 y 26.

La vida y la muerte: charlas 2, 14, 15, 17, 18 y 24.

Norberto Baranchuk

Prefacio

En Charlas de hospital se condensan casi treinta años de vida de alguien que todavíaestá recorriendo un largo camino como médico y como ser humano. De personalidad vigorosa, Adrián Baranchuk moldea, marca rumbos e imprime actitudes con su presencia y enseñanzas. Pertenece a una generación que no se resignó solo a la fría práctica profesional, sino que se proyecta de manera generosa en la vida y en los sentimientos de los demás para cuidar, sanar y compartir las angustias y el dolor del otro. Cursó sus estudios secundarios con uno de mis hijos. Ya entonces me impresionó tanto su inteligencia y vivacidad, así como su afán permanente de atesorar conocimientos.

Los recuerdos de Adrián de un hospital se remontan a la infancia, cuando acompañaba a su padre, médico destacado que, a la sazón, era director de la Maternidad Sardá, el hospital más importante de la especialidad en la ciudad de Buenos Aires. Allí, aprendió a jugar al ajedrez y fue testigo presencial y admirador de la abnegación, vitalidad, amor por la profesión y comportamiento ético de su padre. Como resultado de dicha admiración, ingresa a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires con el deseo y con la convicción de seguir los pasos de su progenitor. El humanismo, el acerbo cultural y la afición estética de Adrián fueron recibidos por influencia de su madre, cultora de la belleza del espíritu y de todo aquello tocado por la virtud.

El fuerte perfil de su personalidad, su estructura moral, sus logros académicos y su laudable vocación médica y docente le han hecho acreedor del respeto de sus pacientes, de sus pares y de la comunidad científica internacional.

Aun cuando el Dr. Baranchuk zumbonamente dice que “el idealismo poético le es esquivo”, el lector comprobará que esto no es cierto. Escribe… y escribe muy bien, denotando una exquisita sensibilidad y un enorme bagaje cultural y conocimiento musical. En su particular estructura literaria, Charlas de hospital abarca, más allá de la mera medicina y la cardiología, un mosaico de alusiones a la condición humana en donde sus personajes, o el mismo autor, se muestran con llaneza y espontaneidad natural desde diferentes perspectivas. Para la mentalidad pragmática del médico, el poder manejar el sentido ético de la vida y de la profesión hace de Charlas de hospital un aporte significativo para quienes comienzan a recorrer el nada fácil camino de la profesión. Todos estos ingredientes hacen que este libro resulte cautivador desde la primera página y su ritmo vertiginoso nos impide abandonar su lectura hasta el final, en donde Adrián hace gala de sus dotes de escritor, poeta y músico.

La imaginación de Adrián es humorística y, al mismo tiempo, enciclopédica y eticista. Como una metáfora, cada situación que describe es lo que dice y también lo que alude, cuya interpretación está a cargo del lector. Su prosa florida y fresca, con una arquitectura narrativa y un estilo muy personal, está impregnada del folklorismo de nuestra lengua y de “lo argentino” (y más aún “porteño”),y como tal, es difícilmente traducible a otra lengua.

Con gran maestría, los diálogos y las reflexiones de las anécdotas tienen la virtud de reafirmar los valores morales, la ética y el humanismo que deben regir nuestra profesión para denunciar injusticias, discriminación o corrupción. Particularmente, es rescatable el tratamiento que el autor realiza en relación con las distintas formas de la discriminación que afectan o sufren los médicos por parte de los pacientes, los familiares de los pacientes o los mismos colegas.

En sus capítulos, el libro deja traslucir nuestra sufriente y dolorosa realidad en lo que respecta a la relación médico-paciente y a la no menos importante relación con sus familiares. Receptivo, persuasivo, pedagógico y consolador, Adrián muestra cómo atemperar estas falencias en el particular espacio de la terapia intensiva, en los complejos procedimientos invasivos y en la asistencia cotidiana.

El último capítulo es una vibrante descripción del amor paternal. El Dr. Baranchuk analiza y reflexiona sobre su tarea diaria en el laboratorio con sus pacientes, pero ahora se trata de decidir el tratamiento para su hija Gala, que va a ser sometida a una ablación por radiofrecuencia de una vía accesoria. Aun cuando el procedimiento presenta muy bajo riesgo de complicaciones, relata los momentos de angustia, de dolor y de miedo vividos para tomar la decisión: la posibilidad de muerte por la presencia de una vía accesoria no tratada o relacionada con una complicación. Conocedor, como el mejor, del manejo de esta patología, debe decidir qué hacer con Gala y comenta que “saber mucho puede ayudar, pero también conlleva el inconveniente de saber demasiado”, y es precisamente su gran experiencia lo que genera su aflicción y duda dolorosa. Finalmente, todo sale bien y comparte su alegría con Bárbara, su “mujer de fierro”, y Gala.

A pesar de la existencia avasalladora de otros medios de comunicación, el libro médico sigue siendo sinónimo de estudio, producto de reflexión y cuidadosa elaboración, y Charlas de hospital reúne estos requisitos. Estudiantes jóvenes, residentes, médicos y hasta el más encumbrado profesor podrán disfrutar de las vivencias profundamente humanas que enmarcan nuestra profesión, que Adrián Baranchuk transmite con estilo personal, simbólico e íntimo.

Marcelo Elizari

Prólogo

Charlas de hospital (Adrián Baranchuk)

Adrián Baranchuk tiene tres grandes amores. En primer lugar, su familia, su maravillosa esposa Bárbara, la compañera ideal para la vida de un hombre soñador, ilusionado y enamorado de muchas cosas, pero, sobre todo, de ella y de Gala, la hija que ambos han concebido para perpetuar y consolidar su amor… Bien se nota en el emotivo capítulo que escribe sobre la “peripecia” cardíaca que sufrió Gala hace unos meses… lleno de ternura, de amor, de miedo de perder algo que era más importante que su vida. En este capítulo, bAdrián nos manifiesta lo importante que es para él el núcleo familiar, del que también forman parte, por supuesto, sus padres que están presentes en otras partes del libro.

Otro de sus grandes amores, y en realidad el motivo de que escriba estas Charlas de hospital, es su profesión: la medicina y su especialidad de cardiología. El libro está impregnado de experiencias vitales, sobre todo de sus primeros años como estudiante y residente, que nos demuestran cuán apasionado es Adrián con su profesión y cómo “disfruta” con esta. Le gusta ayudar a los compañeros y a los enfermos, y también tiene demostraciones de gran afecto por algunos de los que fueron sus jefes… ¡una maravilla! No me extraña que hayas triunfado, tienes todos los ingredientes para ello: inteligencia, imaginación y esfuerzo. Esto último es fundamental, pues la inteligencia puede originar ideas brillantes, pero si no se materializan con el esfuerzo, no siempre se convierten en algo creativo y transcendente…. La “gloria” se alcanza, pues, con esta mezcla de ideas más esfuerzo, y tú, Adrián, has sabido elegir este camino que ya te ha llevado a esta meta…. y aún lo que te queda. Tienes experiencia, tiempo y proyectos científicos que, sin duda, te llenarán de orgullo, porque serán muy importantes para el beneficio de tus pacientes y también servirán de enseñanza a tus colegas y discípulos.

El tercer gran amor de su vida es la amistad. Adrián se entrega a ella en cuerpo y alma. El libro está lleno de demostraciones de amistad hacia sus colegas y sus pacientes… Yo he tenido la oportunidad y la suerte de comprobarlo, y me siento orgulloso por ello. Gracias, Adrián, por tu amistad y por tu dedicación a mi persona y a mi obra. A mis ochenta años te digo que “me has dado cuerda”, como decimos en Cataluña. Conmigo han gozado también del privilegio de tu amistad otras personas muy queridas por ambos, entre ellas, Marcelo Elizari y el inolvidable Pablo Chiale, a quien haces un merecido homenaje especial. En ocasiones te he dicho: “te deseo que, como me ha ocurrido a mí, encuentres un Adrián Baranchuk en tu vida… aunque sea a los setenta años”.

Querido amigo, un abrazo muy fuerte y sigue así toda tu vida: apasionado, inconformista, creativo, luchador y enamorado de lo que te he dicho: tu familia, tu profesión y tus amigos, entre los que tengo la suerte de encontrarme.

Que seas muy feliz por muchos años junto a los tuyos.

Antoni Bayés de Luna

Introducción en Facebook a las Charlas de hospital

En el año 1989 ingresé como estudiante (interno) a un hospital. Y desde entonces no me fui más. Públicos, privados, clínicas, sanatorios. Pasé por la mayoría de los puestos posibles: estudiante de medicina, perro de guardia, mayor de guardia, residente, fellow, staff junior, staff, director de programa y jefe.

Paso más tiempo en un hospital que fuera de él. Hubo años en que dormí en un hospital noche por medio, hubo cientos de noches en las que caminé hospitales sin dormir. No concibo la vida sin estar allí. Es el ambiente donde mejor me manejo, donde dejo gran parte de mi energía y donde desarrollo mis mejores ideas.

Sin el idealismo poético, que me es esquivo, usaré como formato la inmediatez de los posteos de Facebook para contar algunas charlas y anécdotas que se suceden o sucedieron en un hospital. En algunas participé, otras las escuché y las retuve por algún motivo.

No traen ninguna moraleja y la mayoría no tiene remate. Las iré volcando como las recuerde, cuando las recuerde y tenga la computadora a la mano.

Esta introducción está siendo escrita desde el quirófano, mientras mi asistente está preparando al paciente y la mesa quirúrgica. Dos enfermeras charlan sobre los turnos que les toca cubrir, un técnico en marcapasos mira su celular, un estudiante de radiología inspecciona el tubo fluoroscópico; y yo, desde este escritorio pequeño, decido dar comienzo a esta idea que tengo hace mucho tiempo, cuando escuché a un residente decir.

12 de julio de 2016

− I −

Saludé al camillero, a quien conozco desde hace 10 años. Antes, Ricardo atendía la cafetería y siempre había tenido alguna deferencia conmigo: una tostada de más, la taza de café llena hasta el tope, esas cosas. Mi viejo, el Tito, médico de raza, cada tanto me recomendaba hacerme amigo de la gente de la cafetería y de los que abren la puerta de los hospitales. Mi padre me avivaba sobre las ventajas que eso podía conllevar.

—Hola, Ricardo —le dije al encontrarlo en el ascensor.

—Hola, Doc —me contestó.

—¿Te sacaste la barba, no? —dije distraído y sin dejar de mirar un póster pegado en la pared donde se recomendaba no abusar del personal de enfermería, con una foto de una enfermera muy linda.

—No, el bigote —me dijo—. Me tuve que rapar todo por el cáncer.

Levanté la vista y me di cuenta de que estaba flaquísimo, que tenía un ojo vidrioso y un tajo en la cabeza de punta a punta.

—Qué bueno que te estés recuperando, de verdad te lo digo… —mientras, vi de reojo que se abrió la puerta en el piso no sé cuánto y salí como diciendo “me bajo acá”.

—Y... más o menos —me llegó a decir.

Murmuré un casi inaudible “dale con todo, Ricardo, no aflojes”, pero la puerta se cerró en el “jes”.

Me quedé mirando la puerta del ascensor pensando en mi mala puntería, en mi falta de todo, en mi falta de abrazo, en mi no sé qué.

Pasaron varios ascensores y yo seguía ahí mirando la nada. Esa charla fue la última que tuve con Ricardo.

Y si bien ya no recuerdo su cara, no puedo olvidarme de la puerta del ascensor reflejando la mía: llena de vergüenza.

− II −

Don Ramiro, el doctor Ramiro V., era un hombre de gesto serio, adusto, nunca lo vi sonreír ni contar algo gracioso. Era el jefe de cirugía cardiovascular de mi hospital.

Un día, siendo yo jefe de residentes, fue admitido de urgencia en la unidad coronaria, como paciente. A pesar de sufrir una encefalopatía hepática que era consecuencia de una hepatitis crónica, de la que se contagió con la sangre de un enfermo, pidió ser internado junto a los cardiólogos.

Nos tenía confianza. Me acuerdo de la parafernalia de gente: jefes por todos lados, yo corría siguiendo instrucciones, haciendo prescripciones, averiguando estudios, resultados y, al mismo tiempo, dando órdenes a los residentes más jóvenes y a los enfermeros.

Una buena cura para el miedo es dar órdenes.

—¡El ECG, lo quiero ya! ¿Me oye, Betty?

No había necesidad de dar una orden en ese tono, pero así dejaba salir mi propia angustia frente a la situación y a mi propio miedo.

A las tres y media de la mañana, luego de darme por enésima vez una serie de indicaciones, el último jefe se fue y yo pude entrar al cubículo donde descansaba don Ramiro. Estaba blanco, calmo y aún con su gesto adusto. Me senté a su lado en silencio. Le acomodé la sábana para taparle los brazos que yacían flácidamente al costado del cuerpo.

Me tomó la mano con fuerza, con esa fuerza que tienen en las manos los cirujanos cardiovasculares, entreabrió los ojos y me dijo:

—Adriancito, no quiero que me intuben, no quiero que me den inotrópicos, no quiero que prolonguen mi vida. Esta es mi última noche, ya lo sé. Te digo más, me estuve fijando y no hay luz al final del túnel, no hay túnel, Adriancito —me dijo aferrándome la mano.

—No hay túnel, es camelo1, Adriancito.

—No se va a morir hoy, don Ramiro —le dije—. Usted ya sabe que nadie se muere en mi guardia. Por eso, usted opera cuando estoy yo, porque sabe que de una manera u otra, los pacientes sobreviven en mi guardia —le dije con voz firme y con la sensación de que me iba a desmayar por el cansancio, el miedo y la angustia.

Los pacientes no saben de nuestro miedo, somos artistas camuflados, somos actores. Ni puta idea tienen del miedo que tenemos.

—Adriancito, prometeme que ningún residente va a practicar intubación conmigo, prometémelo —me dijo.

—Lo voy a intubar yo mismo, don Ramiro —le dije—, y con respeto, profesor, no me rompa las pelotas porque eso no va a suceder —dije con esa energía que me caracteriza, esa energía incrédula y tonta que aflora aún hoy en mis actos médicos.