PRÓLOGO
Este libro es una obra magnífica. Escrito por el médico y periodista Reginaldo Ustariz Arze, boliviano radicado hace años en el Brasil, expresa el punto de vista de uno de los raros testigos que se encontraban próximos al cadáver del Che, en Vallegrande, poco después de haber sido asesinado por el Ejército de Bolivia, monitoreado por agentes de la CIA de los Estados Unidos.
Durante muchos años Reginaldo Ustariz Arze ha realizado una exhaustiva investigación. Ha entrevistado a innumerables personas, que directa o indirectamente, estuvieron envueltos con la gesta del Che Guevara. Completo el trabajo, además, lo enriquece de modo notable con un acerbo fotográfico de inestimable valor como son, principalmente, las fotos del Che muerto en la escuela primaria de La Higuera.
Atrás del cuerpo del héroe argentino-cubano se encuentra el doctor Reginaldo Ustariz Arze, que logró que los militares retiraran a su víctima famosa de dentro de una sala, de modo que, ante la falta de flash, el autor pudiese ser fotografiado a la luz del sol junto al Che.
Transcurrieron 40 años desde que Ernesto Che Guevara cerró, a los 38 años de edad, su heroica carrera de guerrillero. Y, sin embargo, él permanece "resurrecto", vivo, como paradigma de aquellos que comulgan con la utopía libertaria. Jean Paul Sartre —que iba acompañado de Simone de Beauvoir—, conoció al Che en Cuba y lo consideró "el ser humano más completo de nuestra era". Y no faltan aquellos que, aún hoy, lo ven como ejemplo del Hombre Nuevo del ideario socialista.
Los tiempos cambiaron. La Revolución Sandinista fracasó. La guerrilla salvadoreña feneció y la de Colombia se zambulló en un atolladero de discutibles operaciones de sobrevivencia, como secuestros de inocentes, habiendo perdido de vista por completo sus objetivos iniciales. Se cerró el ciclo de la dictaduras militares en la América Latina, y los caudillos pierden cada vez más apoyo y prestigio. Sin embargo, en nuestro Continente se vive una primavera democrática.
Si hoy la coyuntura es otra y ya no hay lugar para la lucha armada, no es por eso que el ideario encarnado por el Che Guevara pierda actualidad. El proceso de globo-colonización profundiza las desigualdades mundiales. Tan solo cuatro ciudadanos de los Estados Unidos poseen una fortuna superior a la suma de las riquezas de 42 naciones del mundo, con 600 millones de habitantes. En América Latina, 400 mil niños, con edad inferior a cinco años, mueren de desnutrición por año.
En Brasil, los 10 % más ricos de la población dividen entre sí el 47 % de la riqueza nacional; mientras en la otra punta, los 10 % más pobres quedan con apenas el 0,17 % de la riqueza nacional.
El mundo y América Latina exigen su liberación. Caso contrario, nos dirigiremos todos hacia la barbarie. La figura ejemplar del Che es un aliento a todos aquellos que aún creen en la fuerza de la esperanza.
El mundo puede y debe ser diferente. "Otro mundo es posible". Y la diferencia será marcada por el día en que, como previó el profeta Isaías, hace 2600 años, la paz sea hija de la justicia. Solo así saldremos adelante, tejiendo los vínculos de la globalización de la solidaridad.
Empuñar las armas no es lo más importante del ejemplo y de la herencia del Che. Como atestigua esta obra, hay que resaltar su internacionalismo, su amor y dedicación a los mineros de Chile, a los enfermos del mal de Hansen en el Perú y de Guatemala, a los enfermos de México, a los campesinos de la Sierra Maestra... En fin, hay en la vida del Che un acentuado evangelismo de quien se despojó de todo, hasta de su propia vida, para que otros tuviesen una vida de plenitud.
Infeliz el país que requiere de héroes, decía Brecht. Pero más infeliz aún, podemos decir, de aquel pueblo que tiene como héroes a figuras fútiles del entretenimiento y de la opulencia. Es en ese vacío de paradigmas y horizontes libertarios donde nuestros ojos son aún ofuscados por el polvo levantado por la caída del Muro de Berlín. Resucitar al Che, como hace el doctor Reginaldo Ustariz Arze, es prestar un servicio a la esperanza de justicia y paz. Es hacernos creer que el ser humano es un proyecto viable siempre que esté imbuido, como proclamó el Che Guevara, de "fuertes sentimientos de amor".
Frei Betto
NOTA DEL AUTOR
El año 1967, cuando cumplía funciones de médico provincial en Comarapa (cantón situado aproximadamente a 80 kilómetros de Vallegrande), era simultáneamente columnista del periódico Prensa Libre. En el momento en que estalló la guerra de guerrillas en Bolivia, el 23 marzo del mismo año, resolví trasladarme a Cochabamba, para recabar una credencial como Corresponsal de Guerra del periódico en que trabajaba. Esta me fue concedida, y seguidamente me dirigí a la ciudad de La Paz para visarla en el Estado Mayor del Ejército.
Era empleado del Ministerio de Salud Pública y cobraba mi salario de médico en Vallegrande, donde tenía un amigo ajeno a la mentalidad de las Fuerzas Armadas. Como tenía interés de encontrar al Che y hacerle un reportaje, un día le solicité que me diese la información que me permitiese encontrarlo. Al principio, estuvo reticente; pero luego, accedió. No solo me dio lo que le había solicitado, sino que además me proporcionó información y documentos confidenciales (radiogramas, partes, órdenes militares, etc.), los cuales me ha hecho llegar incluso después de la guerra. De esa forma tengo en mi poder más de 200 documentos confidenciales rotulados como "Secreto".
Tres fueron los contactos más importantes que me concedió mi informante. Menciono solo dos de ellos:
El día 7 de julio, me llamó por teléfono y me dijo:
—El abuelo ha estado anoche en Samaipata.
Un día de esos tuve la certeza de que los encontraríamos, pues en un momento dado el hombre se detuvo y me dijo:
—Mire esto.
—¿Qué...?
—Observe el sentido de los machetazos en la selva abriendo senda.
Nosotros —es decir los campesinos bolivianos— cortamos de arriba abajo y esto está cortado de abajo arriba. Solo puede ser un extranjero.
Yo estaba muy animado. Seguimos esas señas, que concluyeron en un río. Atravesamos el mismo, pero no encontramos nuevas huellas en ningún lugar. Volví desconsolado, con los pies llenos de ampollas y el trasero destrozado.
El último contacto que dio mi informante fue el más importante para mí. El lunes 9 de octubre, me llamó por teléfono y me dijo:
—El abuelo llega hoy día a Vallegrande.
Debían ser las 9 ó 10 de la mañana. Una vez más, preparé mi máquina fotográfica, subí a mi motocicleta. Partí hacia Vallegrande y llegué a las cuatro de la tarde.
Este día, tuve el triste privilegio de ser uno de los pocos testigos oculares de la llegada del cadáver del Che a los pies de un helicóptero.
Los médicos de planta del Hospital Nuestro Señor de Malta, Moisés Caso y Abraham Baptista, ayudados por enfermeras y soldados, desnudaron el cuerpo del Che, del abdomen para arriba, con el fin de facilitar la formalización y la tomada de impresiones digitales. Observé, entonces, la facilidad con que era manipulado el cadáver y sospeché de la posibilidad de que no había muerto 24 horas antes, en combate, vale decir, el día domingo 8 de octubre, como había afirmado el Ejército en un comunicado oficial, el día 9.
Al día siguiente, martes 10, cuando llegaron aproximadamente 40 periodistas en un alrededor de las 11 de la mañana, después de tomarles unas fotografías en el aeropuerto, me adelanté a ellos en mi motocicleta. Pretendía ingresar cuanto antes a ese odeón conspiratorio, donde había sido preparado un espectáculo circense en la lavandería de Vallegrande, cuyo actor principal iba a ser el cadáver del Che. La idea era mostrarlo como un hombre vencido y muerto en combate. Resolví entonces colocarme entre el cuerpo del Che y la pared, en el eje medial de este "teatro al aire libre", frente a todos los espectadores, frente a los 40 periodistas que acababan de aterrizar en Vallegrande.
Fueron tomadas centenares de fotografías. Ningún profesional quería perder una sola foto de aquel momento histórico. Los militares comenzaron a narrar los hechos:
—Ayer llegó en un helicóptero...
—Recibió diversas herida de bala...
Un periodista preguntó:
—¿Cómo murió y cuál es la causa de muerte? ¿Alguien sabe? Coloqué mi dedo indicador a pocos centímetros de la herida de bala fatal, y dije:
—Este orificio corresponde a la penetración de la bala que lo mató. El disparo fue hecho a quemarropa. El Che no murió en combate.
Fue ejecutado.
La tarde de ese día viajé a Cochabamba en el mismo avión que trajo a periodistas de todo el mundo. Preparé mi artículo en la redacción de Prensa Libre y el Director rehusó a publicar mi denuncia de que el Che había sido rematado a quemaropa. Insistí una y otra vez para publicar y finalmente me dijo:
—Reginaldo, ¿sabes que va a suceder mañana si publicamos tu denuncia?
—No —respondí.
—Ocurrirán dos cosas: cerrarán mi periódico y a ti te detendrán o te harán desaparecer.
Regresé al día siguiente a Vallegrande dispuesto a profundizar mis investigaciones. El jueves 12 ingresé de forma subrepticia al Hospital Nuestro Señor de Malta gracias a mi condición de médico, pues estaba prohibido el ingreso de periodistas. Allí, entrevisté a cuatro soldados que participaron del Combate del Churo y el asesinato del Che. Luego, con inmensas dificultades y gracias a los documentos que llevé —los cuales acreditaban que debía vacunar toda la provincia de Vallegrande—, me interné en la zona de guerra. Deambulé por La Higuera y alrededores durante 10 días, lugares estos que conocía, ya los había visitado vacunando pobladores de los diferentes cantones del Departamento de Santa Cruz de la Sierra, pues, reitero, era médico del Ministerio de Salud Pública. Recogí testimonios de soslayo —pues no podía delatar mi condición de periodista— y comprobé el asesinato del Che. Retorné entonces a Cochabamba dispuesto a publicar lo que había descubierto ya sea en Prensa Libre u otro periódico. Cuando llegué a mi casa, mi madre me contó que el Ejército estaba tras mío y me pedía llorando como jamás la había visto que me callase y desapareciese.
Debo decir, con la indulgencia del lector, que no tuve los cojones bien puestos. Resolví hacer caso a los consejos de mi madre. Así, enyesé mi lengua y coloque una tela emplástica a mi boca. Huí al Brasil donde vivo hasta hoy en día, sepulté mi pluma y mis descubrimientos en el panteón del archivo.
El autor denuncia frente a los periodistas que el Che no murió en combate sino ha sido ejecutado.
Hasta la década del 80 prácticamente no hice nada, a no ser leer, releer y ordenar todas las publicaciones de prensa y de libros que me enviaba mi familia desde Cochabamba. Pero, a partir del momento en que tomó el poder el Dr. Hernán Siles Suazo y volvió la democracia a Bolivia, comencé a realizar viajes y más viajes al país, de norte a sur y de este a oeste, en busca de los protagonistas de la Guerra y sus testigos oculares. Ni qué decir que regresé a La Higuera y a Vallegrande más de una decena de veces, y en dos ocasiones a Ñancahuazú. Esto, claro, aparte de los cuatro viajes que he realizado a la Argentina y a Cuba.
¿Por qué demoré cuatro décadas para publicar este libro? Porque durante todo este tiempo he estado haciendo acopio de información, cruzando datos, revisando bibliografía, entrevistando personas, buscando los testigos y validando sus testimonios... Y además, porque más que periodista y/o escritor, soy médico y esta profesión es la que ocupa la mayor parte de mis días.
He de decir que todo lo que afirmo en esta obra es fruto de una prueba documental, fotográfica, de lo dicho por gente cercana a los hechos a la que he entrevistado y de los casi 50 testimonios recibidos. Debo precisar además que esto último radicó el principal problema que he enfrentado todos estos años de meditación y escritura: los testigos vivos de la historia tienen su propia óptica, esconden y/o narran lo que les interesa. Es decir, no siempre lo que cuentan corresponde a la verdad. Entonces, ¿qué hacer? Solo me quedó poner en práctica el clásico axioma de judicatura: Testis unus, testis nulus, vale decir, "testimonio único, testimonio nulo". He buscado siempre que ha sido posible una segunda declaración que coincida con la primera para publicar algo. Cuando el testimonio de un entrevistado no ha sido confirmado por nadie o por ningún documento, he omitido las declaraciones.
John Toland, ganador del premio Pulitzer y autor del libro Dioses de la Guerra escribe: "Aun cuando la historia sea investigada con el máximo de cuidado solo consigue ser una aproximación de la verdad". Sin embargo, como me considero intelectualmente honesto, considero fundamental destacar que todo lo que está publicado en esta obra se basa en hechos reales descubiertos por mí o por otros periodistas y/o escritores.
En este libro no existe improvisación. Como dije antes, he revisado, confirmado y cruzado todas las informaciones de todos los hechos que escribo. Y todo esto lo he hecho con sinceridad, porque creo que los libros son eternos.
"Un revolucionario que escribe historia debe ajustarse a la verdad como un dedo a un guante; tú lo hiciste pero el guante es de boxeo y así no vale" [1] . Esta es la frase del Che que intento honrar al máximo y si en algún momento no cumplo en un 100% es por error involuntario.
Sé que esta obra no es la primera ni la última en explorar el universo Che Guevara, pero expongo al lector un enfoque periodístico sobre el tema, presentando hechos concretos y reales. Este es un trabajo más de periodismo investigativo que literario, y es gran parte también de mi vida, todo lo cual pongo a disposición del lector.
Reginaldo Ustariz Arze
Celia de la Serna y Teté, como cariñosamente llamaba a su pequeño Ernesto cuando era un bebé.
Foto: Archivo personal del Che.
Ernesto Guevara de la Serna no nació en junio de 1928 como se cree. En realidad vino a este mundo poco más de un mes antes, el 14 de mayo de 1928. Lo que ocurrió fue que su madre, Celia de la Serna, se casó con Ernesto Guevara Lynch estando embarazada de 30 días. En consecuencia, dado el conservadurismo reinante en la época en Buenos Aires, ambos, de mutuo acuerdo, resolvieron abandonar la ciudad. Se refugiaron primero en las riveras del río Paraná y luego en Rosario, donde nació el primogénito de los cinco hijos, lejos de sus familiares y amigos.
8 AÑOS
La Guerra Civil Española jugó un papel importante en la infancia de Ernesto.
El autor le pregunta a Carlos "Calica" Ferrer:
—¿Cuál era la relación que tenía el Che con los exiliados republicanos?
—Había una familia de exiliados que se hizo amiga de todos nosotros, la del doctor Juan González Aguilar, un médico que había tenido un cargo importante en el Ministerio de Sanidad de la República.
—¿Cómo estaba compuesta esa familia?
—Vino con sus hijos Paco, Juan y Pepe, que se hicieron amigos nuestros...
—¿Comentaban con ellos sobre la Guerra Civil Española?
—¡Sí! Nos relataban permanentemente anécdotas y hechos de aquella Guerra que nosostros escuchábamos fascinados.
—¿Qué edad tenía Ernesto y cómo participaba o aplicaba lo que se comentaba sobre la guerra?
—Ernesto tenía nueve o diez años, pero estaba deslumbrado con los cuentos de esa guerra tan lejana y tan cercana a la vez. Había conseguido un mapa de España con las noticias que obtenía a través de la radio o de los exiliados, iba marcando con banderitas los avances de los republicanos.
—Se comenta que a esa edad jugaban ustedes simulando ser republicanos y franquistas. ¿Qué me puede decir al respecto? —Ernesto sentía desde chico la pasión militar. No en el sentido del orden y la obediencia, pero sí en lo estratégico y en la capacidad de mando. A él se le ocurrió un juego, que se convirtió en uno de nuestros favoritos. Consistía en armar trincheras con tierra, piedras o lo que consiguiéramos y jugar a la guerra. Armábamos dos bandos y nos tirábamos con "municiones", que eran los frutos de un árbol muy abundante en la zona, unas bolas duras rellenas con un líquido lechoso.
Hay otro relato similar perteneciente al escritor Horacio López Das Eiras, pariente de la familia Guevara quien narra en su libro Ernestito Guevara antes de ser el Che. Sus años en Alta Gracia, Córdoba y Buenos Aires:
Un pariente cercano de la familia, el periodista Cayetano Córdova Iturburu, esposo de Carmen de la Serna, es enviado a la Guerra Civil de España como corresponsal del diario Crítica. En consecuencia, Carmen, la hermana de mayor confianza de la madre de Ernestito, debe buscar una familia para no quedarse sola con sus pequeños hijos, Fernando y Carmencita.
Al inicio del conflicto, Ernestito tiene ocho años y once años cuando llega a su fin. En los tres años de contienda es testigo de encendidas conversaciones sobre política internacional, temas que generalmente hacen levantar a los más chicos de sus lugares.
La simpatía de los Guevara por la causa republicana no solo se manifiesta con sermones caseros, bautizando Negrita a la mascota de la casa —en honor al general republicano Juan Negrín— o con la hospitalidad brindada a los exiliados. Su apoyo también se manifiesta en la recolección de fondos y víveres para los refugiados. Su padre, Ernesto Guevara Lynch, es uno de los impulsores de un pequeño comité de ayuda.
Ernestito querrá seguir conociendo más sobre aquel terrible conflicto. Entre otros libros, leerá España bajo el comando del pueblo, escrito por su tío Córdoba Iturburu. (López Das Eiras, 61)
Su madre jugó también un papel importante en la gestación del futuro Che como bien recuerda Calica Ferrer:
Ernesto Padre, quizás aprovechando mi presencia, que le podía proporcionar un circunstancial aliado, le dijo un día a Celia:
—Fijate, vos, las cosas que hace este chiquilín inconsciente. No sabemos dónde está, qué hace. Esto es porque vos lo criaste así.
—¿Y cómo querías que lo criara? ¿Entre algodones? Cuidado, no salgas, no hagas esto, no hagas aquello... No... Yo decidí que hiciera una vida como cualquier chico.
Los amigos que el muchacho lleva todos los días a comer o a dormir son hijos de mineros, de obreros o de empleados de hotel, todos hambrientos y harapientos son recibidos con los brazos abiertos.
Todos estos chicos ya saben que en Villa Nydia reciben un trato a cuerpo de rey. En la casa de los Guevara siempre hay lugar para jugar o sentarse a la mesa. Si un invitado llega acompañado de un amigo nuevo, este resulta bienvenido.
—Nos juntábamos como diez chicos —grafica Juanchilo—, y cerca de las cinco de la tarde la madre los llamaba para tomar la leche.
—Vayan, vayan, que los están llamando —les decíamos.
—¡No, no! —decía el Ernesto—. ¡Vamos todos! Si éramos diez, íbamos los diez. Para esa familia no interesaba si eras pobre, si eras rico, negro o blanco (López Das Eiras, 63).
Calica Ferrer confirma en su libro De Ernesto al Che la intensa relación que mantenía toda la familia Guevara con los pobres. Leamos su relato:
Ernesto era igual que el resto de su familia, así como se codeaba con lo más pituco de Alta Gracia, también tenía cantidad de amigos semi-analfabetos, de familias muy humildes, los caddies de la cancha de golf del Hotel Sierras, los hijos de los caseros que cuidaban las casas deshabitadas durante el año. Con ellos hacíamos excursiones a las sierras.
11 AÑOS
A esta temprana edad empieza a revelar sus inquietudes ante la injusticia y la conciencia de usar la fuerza para defender sus derechos.
Un ejemplo de ello es lo que ocurre en 1939, mientras una terrible guerra comienza al otro lado del océano. Con su hermano Roberto pide autorización a su padre para participar en la vendimia en la hacienda de un latifundiario para ganar unos pesos. En ese mes de febrero la escuela está cerrada por las vacaciones de verano. La madre ya ha dado su consentimiento, así que Ernesto padre (quien dijo en una ocasión: "Siempre pensé que la mejor manera de educar a los hijos era darles la oportunidad de convertirse en hombres") accede también.
La mayoría de sus amigos eran hijos de obreros y campesinos. Ernesto está al extremo superior izquierdo.
Foto: Cortesía de Horacio Días López.
Contra todo lo previsto, los dos pequeños vendimiadores regresan al cabo de cuatro días. Ernestito, preso de una crisis asmática, le dice a su padre a propósito del hacendado:
—¡Es un gaucho de mierda! Cuando sentí venir el asma le dije que no podía seguir trabajando y le pedí que nos pagara lo que nos debía, pues debíamos regresar. Solo nos dio la mitad. Es escandaloso portarse así, y según parece no es la primera vez. Vendrás con nosotros a romperle la cara.
15 AÑOS
En 1943, Ernesto ya ha leído libros sobre Historia y Economía. Ha revisado a autores como Marx y Lenin. En ese entonces su amigo Alberto Granado cae preso, junto a otros compañeros suyos que participan en manifestaciones de protesta, contra la intromisión y ocupación de los edificios de la Universidad por la policía. Ernesto y el hermano de Alberto, Tomás Granado, van a visitarlo a la cárcel y reciben un pedido del prisionero: salir a las calles, junto a otros estudiantes, para exigir su inmediata libertad y la de los compañeros detenidos junto con él. Veamos cómo recuerda aquel momento el propio Alberto Granado su libro Con el Che por Sudamérica:
Debo reconocer que me sorprendió la réplica del Che a mi pedido:
—¡Qué va, Mial! ¿Salir a las calles para que simplemente la policía nos golpee a palos y reviente nuestras cabezas? No, mi querido amigo. Yo saldré solamente si me dan un "Bufoso" (pistola grande).
Me quedé helado. Aún me parece verlo mientras se iba mirándome por encima del hombro, como diciendo no seas pelotudo, yo no voy a perder el tiempo en una cosa así. (Granado, 56)
Es en este momento cuando Ernesto comienza a descubrir que derribar un sistema solo puede ser posible mediante el uso de la fuerza.
La Segunda Guerra Mundial comienza cuando él tenía once años, y desde un principio acompaña los acontecimientos con marcado interés. Durante el conflicto colgó un mapa de Europa en su cuarto y señalaba con alfileres de colores el nuevo laberinto militar europeo. Como lo hizo en el la Guerra Civil Española. Él se devoraba una revista que coleccionaban en su casa llamada Francia Libre —evoca Humberto Palacio— que traía fotografías y crónicas de la guerra (López Das Eiras, 81).
Su padre se inscribe en una institución antifascista, Acción Argentina, y el hijo le sigue los pasos; se inscribe en la Juventud de Acción Argentina (Guevara Lynch, Mi hijo el Che, 269), una entidad que se preparaba para actuar ante un eventual triunfo de Hitler.
Durante la Segunda Guerra Mundial, así como de nuevo sigue en un mapa el conflicto mundial, vuelve a jugar con sus amigos simulando batallas.
Un amigo de infancia de Ernesto, Enrique Martín, le narra a Horacio López Das Eiras:
Después de ver en el cine imágenes de la guerra, cavamos dos trincheras para jugar a las guerritas. Delante de cada una colocamos dos montículos de tierra y tapamos las zanjas con puertas de alambre tejido. Parecían refugios antiaéreos de verdad. Después nos dividimos en dos bandos, y con unas frutas macizas que le decíamos toronjas, empezamos a bombardearnos. De un lado se ponían el Ernesto, el Tiki Vidosa y Roberto. En el otro, el Ariel, mi hermano Leonardo y el Negrito Palacio, y los más chicos los abastecíamos de municiones. Una de las guerritas duró hasta que un toronjazo le pegó en un ojo al Ernesto, que estaba asomado. Nosotros nos moríamos de la risa, pero después el ojo se le puso morado. (López Das Eiras, 83)
16 AÑOS
En septiembre de 1944 su franca inclinación antifascista se manifiesta aún más. Cuando las fuerzas aliadas liberaron París, bajo el comando de Charles de Gaulle, Ernesto, con 16 años, se unió a la multitud que conmemoraba este suceso en la Plaza San Martín de Córdoba acompañado de varios de sus condiscípulos del colegio Dean Funes. Llevaban los bolsillos llenos de bolitas de vidrio, listas para ser arrojadas sobre los cascos de los caballos de la policía montada, llamada para mantener el orden.
Paralelamente a esta conciencia revolucionaria que va germinando en él, se denota en su carácter un aprecio y defensa por las clases desposeídas. Escoge por amigos en Córdoba, tal como lo hacía en Alta Gracia, a los más desfavorecidos. Es así como hizo un amigo, Fascio Rigatusso, que vendía dulces en la puerta del cine Ópera, a donde fue una noche con su enamorada, elegantemente vestida y, cuando vio a Rigatusso dejó a su chica sola y se puso a conversar con él.
Ernesto estaba desarrollando una personalidad social que dejaría un recuerdo duradero entre sus amigos de Córdoba. Su actitud displicente, su desprecio por las formalidades, su combatividad intelectual, tenían ahora trazos visibles que caracterizaban su modo de ser. Estos se acentuarían durante los años siguientes.
17 AÑOS
Su padre comenta el mes de enero de 1945, cuatro meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial:
Él se sentía orgulloso de pertenecer a la Juventud Acción Argentina. Una tarde debíamos viajar a la ciudad de Córdoba, allí tendría lugar un gran mitin y hablarían al pueblo los máximos dirigentes de esta institución, estarían representadas todas las filiales de la provincia. Ernesto no quería perderse el acto en que yo hablara. Me dio pena dejarlo en la casa (...) nos fuimos todos a la ciudad de Córdoba. Ernesto se sentía feliz. Iba a cumplir su obligación con la Acción Argentina y, además, iba a poder oír a su padre hablar en público. (I. Lavretski, Che Guevara, 36)
Prosigue ahora, refiriéndose a la fabricación de bombas:
En nuestra casa se fabricaban bombas para defendernos de la policía en las manifestaciones antiperonistas. Todo esto se hacía a vista de Teté, quien una vez, inquieto, me dijo: "Papá, o me permites ayudarte o comienzo a actuar independientemente e ingreso en otro grupo armado". (I. Lavretski, Che Guevara, 36)
21 AÑOS
En 1949, cuando Ernesto está estudiando Medicina, amplía su noción de gran patria a toda América Latina, que es calificada por él como "América Mayúscula".
En Buenos Aires revela sus cualidades de hombre capaz de todas las audacias y de todas las impertinencias. Es adorado y respetado por sus compañeros debido a una particular aureola que atribuyen a su inteligencia, a su cultura claramente superior, a la seguridad de sus juicios y pensamientos, y al aplomo con que defendía sus ideas cuando hacía uso de la palabra.
Mientras realiza sus estudios de Medicina conoce a Tita Infante, con quien comienza una amistad que duraría hasta el fin de los días del Che, pues mantiene con ella una correspondencia permanente. Tita era miembro del Partido Comunista Argentino. El Che se aproxima al grupo, pero luego se separa debido a que descubre que todos los partidos comunistas de la América son especialistas en hacer grandes manifestaciones, sin embargo, cuando están al borde de la lucha armada, no empuñan el fusil. En cualquier caso, lee con ella y estudian juntos libros de Marx, Engels y Lenin.
22 AÑOS
Desde su niñez Ernesto soñó con viajar. Le apasionaba conocer la realidad circundante, pero sobre todo hacerlo, no a través de libros o tratados enciclopédicos, sino por medio de un contacto directo. Se interesaba por la forma de vivir de sus compatriotas tanto de la capital como de las lejanas provincias. Le preocupaba saber cómo vivían los obreros, los indios; en definitiva, cómo era en realidad su patria. Quería ver con sus propios ojos sus ilimitadas estepas, las pampas, sus montañas, sus calurosas regiones norteñas, dónde se cultivaban las extensas plantaciones de algodón y de té paraguayo (el mate).
Es en 1950 cuando realiza su primer viaje, lo hace en una bicicleta a la que acopla un motorcito pequeño, convirtiendo así su vehículo en un "ciclomotor". Recorre 5 mil kilómetros en poco más de dos semanas, entrando en contacto directo con la naturaleza y con la gente pobre. Piensa que mediante un viaje sería posible encontrar la respuesta correcta a los interrogantes que le atormentan cada día más: cómo cambiar la vida de los pueblos del Continente hacia un futuro mejor, cómo erradicar su miseria y sus enfermedades, cómo liberarlos de la opresión de los terratenientes, de los capitalistas y de los monopolios extranjeros.
Así, cuando llega en su bicicleta a Salta, donde visita museos y áreas de interés histórico, un eventual amigo, admirado por el viaje tan largo, le pregunta: "¿Qué ves?"
Leamos lo que él mismo responde, en su primer diario:
Una pregunta que queda sin contestación, porque para eso fue formulada, y porque no hay nada que contestar, porque la verdad es que, ¿qué veo yo?; por lo menos no me nutro con las mismas formas que los turistas, y me extraña ver en los mapas de propaganda, de Jujuy por ejemplo: el Altar de la patria, la catedral donde se dibujó la enseña patria, la hoya del púlpito y la milagrosa Virgencita de Río Blanco y Pompeya, la casa en que fue muerto Lavalle, el Cabildo de la revolución, el Museo de la provincia, etc. No se conoce así un pueblo, una forma y una interpretación de la vida, aquello es la lujosa cubierta, pero su alma está reflejada en los enfermos de los hospitales, los asilados en la comisaría o el peatón ansioso con quien se intima, mientras el Río Grande —se refiere al Río Bravo— muestra su crecido cauce turbulento por debajo.
El análisis de este párrafo revela que viaja para empaparse de los problemas que afligen a la sociedad y sacar él mismo sus conclusiones. Cuando dice: "Muestra su crecido cauce turbulento por debajo", compara el norte del Río Bravo con un país próspero y rico como Estados Unidos, y el sur con todo un Continente sumergido dentro del hambre y la miseria, a partir de México hasta la Patagonia.
Ya en esta época, cada vez que se alejaba acostumbraba a escribirles largas cartas a sus padres, enfocando no solo temas familiares y sentimentales, sino también temas políticos y sociales. Su padre recuerda:
En sus cartas iba haciendo un análisis económico, político y social de todos los países que atravesaba, y en ellas también iba poniendo sus reflexiones, que cada vez nos indicaban su creciente tendencia hacia el comunismo.
Cuando Ernesto concluyó su viaje en bicicleta, envió una carta al fabricante de motores marca Micron, comunicando el buen comportamiento de esa pequeña máquina. Esta carta fue publicada por la revista El Gráfico de Buenos Aires, en el año 1952, en la cual Ernesto firmó como "Ernesto Guevara Serna". Eliminó el "de la" de su firma para desaristocratizar así su apellido pues comienza a sentirse parte de la clase proletaria. A partir de esta fecha, y por el resto de su vida, en todas sus cartas, firmó de la misma manera.
24 AÑOS
El 4 de enero de 1952 Ernesto partió en una motocicleta con Alberto Granado hacia América del Sur.
Recorrió caminos y más caminos deteniéndose para conocer de cerca la pobreza que se vivía en los diferentes lugares que visitaba e investigando las causas de esa miseria.
A los pocos días después de iniciado el viaje se detuvieron en Miramar por ocho días, porque Ernesto quería pasar un tiempo con su enamorada Chichina Ferreira que vivía allí y a quien había conocido dos años antes.
Durante uno de esos días, cuando estaban reunidos con un grupo de amigos de Chichina, comenzó una discusión sobre temas políticos y sociales. Se habló de la socialización de la medicina llevada a cabo aquel tiempo por el gobierno laborista en Inglaterra.
Ernesto llevó la conversación hacia el tema de la "igualdad" y señaló a cuatro sirvientes de piel cobriza y curtida que estaban vendiendo comestibles, ropas de baño, etc., y exclamó:
—¿A ustedes no les molesta que ellos les sirvan, que vayan detrás recogiendo lo que dejan tirado? ¡Sin embargo, son seres humanos como ustedes, a los que también les gusta bañarse en el mar, sentir la caricia del sol!
Ernesto se tornó más vehemente. Y durante casi una hora defendió con fuerza la socialización de la medicina, su abolición como un comercio, la desigualdad en la distribución de médicos entre la ciudad y el campo, el abandono científico en el que son dejados los médicos en el área rural, los cuales casi siempre caen en la comercialización... Esbozó estos temas y otros más.
Los jóvenes envueltos en la conversación tuvieron que escuchar a Ernesto, y fueron avasallados por sus argumentos.
En realidad, en poco tiempo, Ernesto se convirtió en una persona francamente hostil para el grupo de amigos de Chichina, y ellos por lo bajo lo bautizaron como el Pitencatropus Erectus.
El octavo día, al despedirse, ella le dio 15 dólares para que en Estados Unidos le comprase una malla de baño.
Ernesto montado en su bicicleta motorizada. Por aquel tiempo sus amigos lo apodaban "Pelón", por el cabello extremadamente corto que llevaba.
Foto: Archivo personal del Che.
Ernesto con Chichina, su novia de entonces.
Foto: Archivo personal del Che.
Ya en Chile, Alberto y Ernesto se detuvieron en Chuquicamata, desde el 13 hasta el 16 de marzo de 1952. Aquí él ya estaba a pocos meses de convertirse en el Che.
En esta población visitaron las minas de cobre mientras el guía les iba comentando cómo lograban controlar a los mineros y sus demandas:
—Cuando hay una reunión importante, otros adjuntos del administrador y yo invitamos a la mayor cantidad posible de mineros al burdel. Así no se alcanza el quórum requerido para que las mociones votadas en las reuniones tengan efecto.
Hizo una pausa y prosiguió ligeramente fastidiado:
—Y hay que decir que sus demandas son exageradas. No se dan cuenta de que una sola jornada de huelga significa un millón de dólares perdidos por día para la compañía.
—¿Y qué piden, por ejemplo? —preguntó Ernesto.
—¡Oh! ¡Hasta cien pesos de aumento! Cien pesos equivalían a un dólar.
Ernesto, indignado por esto, le susurró a Alberto:
—¡Gringos estúpidos! Pierden millares de pesos por día de huelga, tan solo para no dar unos centavos extras a cada obrero.
A medida que pasa el tiempo, Ernesto evoluciona cada vez más en su enfoque político, en su defensa del proletariado.
Debido a su forma de ser, Alberto bautiza a su amigo con el apelativo "Fuser" (Furibundo Serna).
Luego de la visita a las minas fueron a las barracas donde se alojan amontonadas las familias. Al ver esto, Ernesto se queda meditando.
"Previendo que de aquí saldrán millones de dólares, que en el momento actual ya se tratan noventa mil toneladas del mineral por día, se comprende que la explotación del hombre por el hombre no está próxima a cesar".
El periodista chileno Ocampo, en su obra sobre el cobre chileno, escribió que la productividad era tal que la inversión inicial de las mineras se recuperaba en cuarenta días de trabajo. Al leerlo, Ernesto lo encontró excesivo y no quiso creerlo hasta que en ese momento comprueba que es verdad.
En un momento dado de la visita a la mina, los dos viajeros se detienen ante vasto cementerio poblado por un bosque de cruces.
—¿Cuántos son? —pregunta Ernesto.
—No lo sé. Tal vez diez mil —responde el otro distraídamente.
—¿Puede ser? —Ernesto insiste.
—No llevamos la cuenta exacta.
—Y a las viudas y huérfanos, ¿qué se les da? El hombre encoge los hombros.
Chuquicamata, palabra indígena que significa "la montaña roja", quedó grabada para siempre en la mente del futuro Che.
Durante el viaje en motocicleta, ante la penuria económica que atraviesan, Alberto le pide más de una vez a Ernesto que utilicen los 15 dólares, arguyendo que podrán ganar ese dinero y reponerlo. Toda vez que Alberto le hace este pedido, la respuesta es la misma: "No moveré de ese dinero ni un centavo". Así, más de una vez pasan hambre e incomodidades, durmiendo al aire libre; porque Ernesto considera sagrados esos 15 dólares y no los utiliza para nada.
Y fue así hasta que en Chuquicamata se encuentran con un matrimonio de obreros que busca trabajo en las minas. Aquel día, cuando llega la noche, los dos argentinos y el matrimonio de obreros duermen al aire libre. Ernesto nota que no tenían una frazada para taparse, entonces se despoja de la suya y la cede al matrimonio. Tiempo después comentó: "Fue la noche más fría que pasé en la vida".
Más adelante, al seguir pasando penurias, Alberto vuelve a insistir:
—Ernesto, dame esos 15 dólares. Nos alcanzará para comer varios días.
—Ya no tengo ese dinero.
—¡Cómo que no lo tienes? ¿Qué has hecho con esa plata!
—¿Recuerdas a aquel matrimonio de obreros que encontramos en Chuquicamata?
— Sí, me acuerdo.
—Se lo di a ellos.
El 6 de junio de 1952, después de haber recorrido 10 233 kilómetros, llegan al Leprosario de San Pablo, situado en la rivera del río Amazonas, en el Perú. Aquí reciben el cariño y el reconocimiento de los enfermos con el mal de Hansen y de todo el cuerpo médico y paramédico del dispensario. El 14 de junio, día del aniversario de Ernesto, médicos, enfermeros y enfermos deciden hacerle un homenaje. Una fiesta regada de pisco (bebida de origen peruano destilada de uva), comida abundante y música orquestal. Al final de la misma, le piden que haga uso de la palabra.
—Quiero recalcar algo más, un poco al margen del tema de este brindis: aunque lo exiguo de nuestras personalidades nos impide ser voceros de su causa, creemos, después de este viaje, que la división de América Latina en nacionalidades ilusorias e inciertas es completamente ficticia. Constituimos una única raza mestiza, que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta similitudes etnográficas notables. Por eso, tratando de liberarme del peso de cualquier provincialismo mezquino, brindo por el Perú y por una América Unida. Después de un viaje de más de 11 mil kilómetros regresan a Argentina y "nace el Che". ¿Cómo? Leamos lo que apuntó él:
Una réplica de la motocicleta. La fotografía es del autor la ha tomado en el Museo del Che de Alta Gracia
¿Que nuestra vista nunca fue panorámica? Siempre fugaz y no siempre equitativamente informada, y ¿los juicios son demasiado terminantes? De acuerdo, pero esta interpretación que un teclado da al conjunto de los impulsos que llevaron a apretar las teclas y esos fugaces impulsos han muerto. No hay sujeto sobre quien ejercer el peso de la ley. El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra Argentina, el que las ordena y pule, "yo", no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra "Mayúscula América" me ha cambiado más de lo que creí. (Ernesto Guevara, Mi primer gran viaje, 20)
Lo que sigue son trechos escritos al final de su diario de viaje junto a Alberto Granado, intercalados con reflexiones del autor:
Las estrellas veteaban de luz el cielo de aquel pueblo serrano y el silencio y el frío inmaterializaban la oscuridad. Era —no sé bien cómo explicarlo— como si toda sustancia sólida se vola tizara en el espacio etéreo que nos ro dea ba, que nos quitaba la individualidad y nos sumía, yerto en la negrura inmensa.
Está utilizando una figura retórica para insertar luego un personaje ficticio, quien irá a instruirle y/o hacerle revelaciones, aparentemente metafísicas, pero que él capta muy bien, y pretende volver a estas confidencias en hechos materiales.
Prosigamos con el pensamiento del Che:
La cara del hombre se perdía en la sombra, solo emergían unos como destellos de sus ojos y la blancura de los cuatro dientes delanteros. Todavía no sé si fue el ambiente o la personalidad del individuo lo que me preparó para recibir la revelación, pero sé que los argumentos empleados los había oído muchas veces esgrimidos por personas diferentes y nunca me habían impresionado. En realidad, era un tipo interesante nuestro interlocutor; desde joven huido de un país de Europa para escapar al cuchillo dogmatizante, conocía el sabor del miedo —una de las pocas experiencias que hacen valorar la vida—, después, rodando de país en país y compilando miles de aventuras, había dado con sus huesos en esa apartada región, y allí esperaba pacientemente el momento del gran acontecimiento.
La carta que escribe al llegar a Buenos Aires, donde dice "Yo no soy yo".
Foto: Archivo personal del Che.
Imagina en este párrafo —principalmente al final, cuando dice "allí esperaba pacientemente el momento del gran acontecimiento"— a una persona que, pese a ver las injusticias de la sociedad, no empuña un arma. Muere y, desde su tumba, espera que otro haga lo que él no supo hacer. Prosigamos y veamos ahora una evolución de esta revelación y del espíritu que entra en contacto con él, intentando llevarlo a una realidad material:
Luego de las frases triviales y los lugares comunes con que cada uno planteó su posición, cuando ya languidecía la discusión y estábamos por separarnos, dejó caer, con la misma risa de chico pícaro que siempre lo acompañaba, acentuando la disparidad de sus cuatro incisivos delanteros: "El porvenir es del pueblo y poco a poco de golpe va a conquistar el poder aquí y en toda la tierra. Lo malo es que él tiene que civilizarse, y eso no se puede hacer antes, sino después de tomarlo. Se civiliza solo aprendiendo a costa de sus propios errores, que serán muy graves, que costarán muchas vidas inocentes".
Ocurre que los seudorrevolucionarios, los conservadores y los que no han leído la historia, dicen frecuentemente: "El pueblo no está preparado para hacer una revolución", "El pueblo es ignorante e incivilizado y no sabe lo que quiere", "Primero hay que educarlo y después hacer la revolución". La historia muestra todo lo contrario, los intelectuales conducen al pueblo a la toma del poder y, después de esto, educan y civilizan a este pueblo mostrándole los beneficios de una revolución. Así ha ocurrido con la Revolución Francesa y los enciclopedistas, y así ha ocurrido también con la Revolución Bolchevique y los Marxistas-Leninistas. Continuemos:
O tal vez no, tal vez no sean inocentes, porque cometerán el enorme pecado "contra natura" que significa carecer de capacidad de adaptación... Todos ellos, todos los inadaptados, usted y yo, por ejemplo, morirán maldiciendo el poder que contribuyeron a crear con sacrificio, a veces enorme. Es que la revolución, con su forma impersonal, les tomará la vida y hasta utilizará la memoria que de ellos puede como ejemplo e instrumento domesticatorio de las juventudes que surjan.
Cuando habla de adaptación o de inadaptabilidad, se refiere al juego de cintura que requiere tener el guerrillero y/o el revolucionario para no fracasar en ningún momento, que de ocurrir contra natura, no adaptándose al medio, será derrotado. ¿Ha acabado aquí el diálogo con su interlocutor del otro mundo? ¡No!, entonces prosigamos:
Mi pecado es mayor, porque yo, más sutil o con mayor experiencia, llámelo como quiera, moriré sabiendo que mi sacrificio obedece a una obstinación que simboliza la civilización podrida que se derrumba y que lo mismo, sin que se modificara en nada el curso de la historia, o la personal impresión que de mí mismo tenga, usted morirá con el puño cerrado y la mandíbula tensa, en perfecta demostración de odio y combate, porque no es un símbolo (algo inanimado que se toma de ejemplo), usted es un auténtico integrante de la sociedad que se derrumba: el espíritu de la colmena habla por su boca y se mueve en sus actos; es tan útil como yo, pero desconoce la utilidad del aporte que hace a la sociedad que lo sacrifica. Vi sus dientes y la mueca picaresca con que se adelantaba a la Historia, sentí el apretón de sus manos y, como murmullo lejano, el protocolar saludo de despedida. La noche replegada al contacto de sus palabras me tomaba nuevamente, confundiéndome con su ser; pero pese a sus palabras ahora sabía... Sabía que en el momento en que el gran espíritu rector dé el tajo enorme que divida toda la humanidad en solo dos fracciones antagónicas estaré con el pueblo, y sé, porque lo veo impreso en la noche, que yo, el ecléctico disector de doctrinas y psicoanalista de dogmas, aullando como poseído, asaltaré las barricadas o trincheras, teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos.
Ahora utiliza la primera persona del singular, ahora se diseña a sí mismo como a un combatiente, como a un guerrillero. Realmente, durante su vida asalta trincheras, mata enemigos, pero lo que nunca hace es lo que apunta al final: "Y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos". Siempre que tuvo un vencido en sus manos, jamás lo degolló, sino que lo trató con ternura y lo curó, no lo mantuvo como prisionero, jamás lo torturó, ni siquiera para obtener información útil que el eventual enemigo herido o preso pudiera esconder. Cuando escribió esta frase, se expresaba así porque nunca había tenido la experiencia de un combate, ni frente a él un enemigo vencido. Leamos ahora la parte final de su diario de viaje en motocicleta, cuando sabía que se colocaría al lado del proletariado de toda América, empuñando un arma:
Y veo, como si un cansancio enorme derribara mi reciente exaltación, cómo caído inmolado a la auténtica revolución estandarizadora de voluntades, pronunciando el mea culpa, ejemplarizante. Ya siento mis heridas dilatadas, saboreando el acre olor de pólvora y de sangre, de muerte enemiga, ya crispo mi cuerpo, listo a la pelea, y preparo mi ser como a un sagrado recinto para que en él resuene con vibraciones nuevas y nuevas esperanzas el aullido bestial del proletariado triunfante (Ernesto Guevara, Mi primer gran viaje, 185-187).
El Che, a pesar de su enfermedad, nunca dudó al momento de entrar a la guerrilla ni a adentrarse a aquellos sitios o en trabajos que podrían llevarlo a terribles crisis asmáticas.
Corre el mes de diciembre de 1930. La familia Guevara de la Serna está viviendo en una localidad llamada San Isidro, una zona muy húmeda situada al margen del río de La Plata, cerca de Buenos Aires. Celia de la Serna está junto a su hijo Ernestito, bañándose en la costa. Se hace tarde, comienza una llovizna, el frío y la humedad aumentan. De súbito, el niño comienza a tener dificultad para respirar, su pecho, con cada respiración, emite un sonido parecido al maullido de un gato. Celia, preocupada, lo cubre de inmediato y lo lleva a la casa. Pocos minutos después llega Ernesto Guevara Lynch, que ve al hijo con un claro cuadro de dificultad respiratoria, e increpa a su esposa por haber tenido al niño hasta esa hora junto al río. Le culpa de la crisis de su hijo. Minutos después, ambos salen en busca de un médico, el cual aplicará una inyección de adrenalina, con lo que el niño obtendrá una mejoría parcial. El diagnóstico dicta una bronquitis asmática.
En 1965, 48 años después y poco antes de morir, Celia, la madre del Che, declaró a la escritora Julia Constenla (Celia, la madre del Che, 32): "Nunca me sentí realmente culpable del asma de Ernestito".
Era frecuente la acusación de Ernesto Guevara Lynch a Celia cada vez que Ernestito tenía crisis de asma, lo que frecuentemente ocasionaba una fuerte discusión entre ambos.
"A veces parecían dos gallos de riña que se excitaban con la pelea", declara Julia Constenla.
El Che aprendió a nadar en la piscina del Hotel La Gruta en Alta Gracia. Se convirtió en un excelente nadador, el año 1952 atravesó a nado el río Amazonas. Este deporte le era favorable a su asma.
Foto: Cortesía de Horacio Días Leite
Consultan diversos médicos. Todos son unánimes, el diagnóstico es correcto y, para mejorarlo, no curarlo, hacen uso de todo cuanto les es aconsejado: pastillas, jarabes, inyecciones, etc.
Varios médicos les aconsejan que se marchen a un lugar más seco. Lo hacen cuando el niño tenía 5 años. En la ciudad de Córdoba, el pediatra Fernando Peña les recomienda que se vayan justamente a Alta Gracia, en las sierras de Córdoba.
Su primer refugio allí es el Hotel de la Gruta, un poco apartado del pueblo, más próximo a los cerros.
El clima de la zona tiene cualidades salubres y vitales, la pureza de sus vertientes y fuentes de agua natural, por lo general ferruginosas (provistas de hierro), son diuréticas. Además, el aire que se desprende de la parte más elevada de la sierra es puro y oxigenado.
Alquilan una casa abandonada, que se levanta en la calle Avellaneda, envuelta en la peor de las desgracias. Hace ocho años que se encuentra deshabitada, y son pocos los que se animan a pasar por allí. Un cartel azul en la entrada exhibe su nombre con letras blancas: Villa Chichita. Es una casona con cuerpo de castillo amarillento y en el vecindario es conocida como la Casa de los fantasmas.
En 1935, cuando Ernestito ya tiene siete años, resuelven buscar otra casa. Alquilan un chalet denominado Villa Nydia, actualmente convertido en el Museo del Che.
Sin duda, el asma mejoró en Alta Gracia, pero nunca desapareció. Por este motivo la familia vivía prevenida. Compraron un tubo de oxígeno que mantenían siempre lleno, pero el niño solo lo utilizaba cuando su crisis era muy fuerte.
Su padre, recordando los momentos difíciles que pasaban, escribió un día:
El asma se le iba haciendo crónica y para nosotros comenzaba a ser como una maldición. Comenzó nuestro Vía Crucis. No podíamos oírlo hipar y, no habiendo atendido jamás a un asmático, mi mujer y yo nos desesperábamos.
A partir de este momento ellos mismos descubren que era importante un desarrollo físico adecuado, para minimizar las crisis. Así, le enseñan a nadar y, particularmente su madre, lo induce a practicar caminatas y subidas a los cerros.
Los once años que vivieron allí fueron determinantes para el futuro de Ernesto. Alta Gracia tenía dos polos opuestos. Al pie de la montaña, dos hoteles de lujo y casas de gente de clase adinerada. Por otro lado, en los alrededores, en la maraña del monte, estaba una población arrabalera, conformada por miles de trabajadores de minas de wólfram o de mica, de extracción de mármol o de piedra para fabricar cal. En este lugar imperaba la miseria de los labradores y obreros mal pagados.
Es aquí donde a Ernesto le llama la atención la injusticia de la división de clases. Sus amigos, en este lugar, como ya se dijo antes, lo conforman los hijos de los mineros, de los peones de los campos de golf, de los mozos de los hoteles y algún que otro niño de clase media como él.
Como dice su padre:
Es entonces cuando posiblemente nace en Ernesto aquella rebelión que nunca lo abandonó contra la clase social que explotaba y oprimía a la clase pobre...
Así pudo, desde su más tierna edad, empaparse de las necesidades que tienen los pobres, y pudo sacar consecuencia con respecto a las pocas posibilidades que tenía de mejorar.
En Alta Gracia aprendió lo que era la miseria, la paleó junto a sus compañeritos de juego y pudo apreciar la injusticia que se hacía con ellos.
Ya joven, a Ernesto sus crisis le indujeron a quedarse en casa, sin hacer esfuerzos físicos agotadores. Por ello, solía encerrarse en la biblioteca de su padre para leer adquiriendo así un hábito que lo acompañaría por el resto de su vida. Su padre apunta:
El asma germina en Ernestito, desde tierna edad, una fortaleza de carácter que lo va templando a diario: sin miedo al peligro, capaz de enfrentar cualquier adversidad, se convierte en temerario. Así, va adquiriendo un carácter que él mismo va modelando, con delectación de artista; hasta que, cuando es adulto, no es consecuente con su enfermedad y acaba por convertirse en guerrillero, sabiendo perfectamente que en la selva hay humedad y que este es el factor desencadenante de sus crisis.
Alberto Granado dirigía un equipo de rugby y a cualquier candidato al club lo sometía a un test. Mandó a Ernesto que saltase una barrera que consistía en un palo a metro y medio del suelo sujetado por dos personas. Realizó el salto con éxito una y otra vez. Su padre se opuso a la práctica de este deporte por su enfermedad, pero él no hizo caso. Durante los partidos más de una vez salía del campo a aplicarse un bombazo con su inhalador "Asmopul".
Foto: Archivo personal del Che.
La primera actividad deportiva que tiene repercusiones sobre su asma es el rugby, deporte que practicaba desde los 12 años. Con 15, Alberto Granado se ve obligado a admitirlo en el club SIC, del cual era Director Técnico.
En Córdoba ingresa en otro club. Más de una vez sale, en medio del juego, para aplicarse unos "bombazos" con el inhalador y volver inmediatamente al campo.
Esta práctica tan violenta preocupaba a su padre: "Hijo, tu enfermedad no te permitirá jugar este deporte. Abandónalo y continúa solo con la natación", le dijo en más de una ocasión. Sin embargo, Ernesto no hace caso y su padre trata de volverse más tajante: "Te prohibo que juegues Rugby", pero el chico continúa jugando como medio scrum.
Carlos Figueroa, amigo de la infancia del Che, me contó en septiembre de 2004:
—Cuando jugaba, siempre conseguía un amigo que corriera por la línea con el inhalador y cargara su "asmopul" para dárselo cuando él se lo pidiese. Si se sentía atacado por la enfermedad, pedía permiso al juez y se daba unos cuantos bombazos para después seguir jugando.
Su padre estaba dispuesto a no permitirle proseguir con este deporte e hizo un intento final:
—Hijo, te repito: te prohibo que sigas jugando al rugby. Si continúas, tomaré una conducta más radical.
—Viejo, me gusta el rugby, y aunque reviente lo voy a seguir practicando.
Al ver que era imposible hacerlo desistir, Ernesto Guevara Lynch decide buscar a su cuñado, Martínez Castro —presidente del club SIC— y le pide que saque a su hijo del equipo. Su cuñado asiente y Ernesto, furioso, se va al club vecino, el Atalaya, y sigue jugando al rugby como siempre.
VIA CRUCIS EN LOS VIAJES
Cuando en 1952 realiza su viaje en motocicleta por América del Sur en compañía de su amigo Alberto Granado, sufre varias crisis. En este viaje escribe su segundo diario —el primero pertenece a cuando realizó un viaje en bicicleta recorriendo cinco mil kilómetros por todo el norte y centro argentino—, y es allí, cuando se dirige al leprosario de San Pablo (Perú), donde por primera vez hace referencia a su enfermedad:
El asma no daba señales de disminuir, de modo que tuve que tomar una drástica determinación y conseguir un antiasmático por el método tan prosaico de la compra. Algo me calmé. Mirábamos con ojos soñadores la tentadora orilla de la selva, incitante en su verdor misterioso. El asma y los mosquitos quitaban plumas a mis alas.
Su mejoría es discreta, pues sus medicamentos se van agotando a la par que el dinero. De este modo, hay un momento en el que se ve totalmente desprovisto de cualquier antiasmático.
Ya no queda más adrenalina y mi asma sigue aumentando; apenas como un puñado de arroz y tomo unos mates.
Ernesto tiene varias formas de pasar el tiempo o vencer sus crisis, una de ellas, es enfrascándose en la lectura; la otra es jugando al ajedrez, como cuenta cuando está de paso por el Ecuador:
Los hospitales por lo menos son limpios y no del todo malos. Mi pasatiempo favorito es el ajedrez, que juego con los de la pensión. Mi asma, bastante mejor.
Pero continúa mortificándolo, pues rememora de nuevo:
Pasé un día malísimo postrado por el asma con mareos y diarreas consecuencia de un purgante salino.
El 23 de diciembre de 1953 llega a Guatemala y, al día siguiente, le ataca la enfermedad, postrándolo en cama y no permitiéndole compartir con sus amigos las fiestas navideñas: "La serie siguiente de días lo pasé en medio de un desesperante ataque de asma, inmovilizado por esa causa...".
UN GUERRILLERO ASMÁTICO
Cuando embarca en el Granma, que parte el 25 de noviembre de 1956, es acometido por otra crisis de asma. Al dejar la casa de seguridad, su amigo, el guatemalteco Alfonso Bauer, prefiere cargar con instrumentos y medicamentos de primeros socorros en una maleta médica. No coge ni un solo antiasmático. Fidel Castro recuerda esto:
Un día, a fines de noviembre de 1956, con nosotros emprendió la marcha hacia Cuba. Recuerdo que aquella travesía fue muy dura para él, puesto que, dadas las circunstancias en las que era necesario organizar la partida, no pudo siquiera proveerse de las medicinas que necesitaba, y toda la travesía la pasó bajo un fuerte ataque de asma, sin un solo alivio, pero también sin una sola queja. (Ernesto Guevara, Obras escogidas, 6)
En 1957, en pleno combate, sufre una de las peores crisis de su vida:
Inmóvil en el suelo, como muerto, representa una imagen mítica para quienes lo consideran el Cristo guerrillero. No solamente no puede caminar, sino que hasta es incapaz de levantarse. Gime, con los ojos desmesuradamente abiertos. Uno de sus compañeros del Granma, Luis Crespo, se inclina sobre el moribundo, lo sacude, le increpa fraternalmente:
—¡Muévete, Che, los soldados se acercan! ¡Vamos, arriba! Nada. Con la mirada perdida, el Che está en el umbral de un sarcófago. Luis, el Guajiro, cambia el tono:
—Vamos, ¡argentino de mierda! ¿Vas a mover el culo? ¡Yo te voy a hacer avanzar!
Esas palabras —en realidad del habla habitual de los campesinos cubanos— tampoco surten efecto. Entonces el Guajiro, viendo que no hay más remedio, carga al Che sobre sus espaldas.
Bajo la granizada de balas que rebotan a escasos centímetros de Crespo y del Che regándoles de pólvora y hierbas, el campesino se ve obligado a tenderse en el suelo y a reptar, cargando con su fardo, al Che.
Un bohío, una choza semiderruida, les sirve de refugio.
El Guajiro coloca a Ernesto boca abajo, en posición de tiro, por si se acerca una patrulla. Cae la noche como una hermana protectora.