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Esta obra, que constituye la síntesis más actual del proceso histórico que ha experimentado el estado de Chiapas; Emilio Zebadúa construye una investigación que, incorporando las interpretaciones históricas más actuales con fuentes hasta hoy poco exploradas, permite al lector ponderar las rupturas y continuidades experimentadas en la región, puntualizando aquellos elementos que tienen una repercusión directa en los dilemas actuales de la población chiapaneca.
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Seitenzahl: 329
Veröffentlichungsjahr: 2012
EMILIO ZEBADÚA. Doctor en ciencia política por la Universidad de Harvard, y en derecho por la UNAM; licenciado en economía por el ITAM, y en derecho por la FES-Acatlán (UNAM). Fue consejero electoral del IFE, secretario de gobierno del estado de Chiapas y diputado federal en la LIX Legislatura. Es autor de Banqueros y revolucionarios: la soberanía financiera de México, 1914-1929 (FCE-Colmex, 1994) y del Manual del “fair play” (FCE, 2005).
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie HISTORIAS BREVES
Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ
CHIAPAS
EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2010 Segunda edición, 2011 Primera reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2016
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
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ISBN 978-607-16-4038-3 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?
El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.
Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.
Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.
Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.
El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.
La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.
En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.
Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.
Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Presidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas
Estamos tan lejos siempre. Una vez vi un mapa de la República y hacia el sur acababa donde vivimos nosotros. Después ya no hay ninguna otra ruedita. Sólo una raya para marcar la frontera.
ROSARIO CASTELLANOS, Balún Canán
COMO EN EL VERANO DE 1998, la naturaleza se ensañó nuevamente con Chiapas en octubre de 2005, cuando el huracán Stan, convertido en tormenta tropical, asoló la región con inclementes precipitaciones pluviales por varios días que dejaron una estela de destrucción y muerte a su paso. El fenómeno natural provocó el desbordamiento de 82 ríos en las regiones del Soconusco, Istmo, Costa, Sierra, Frailesca y Selva Norte, ocasionando el deslave de 34 000 ha de suelos, principalmente en la zona serrana, que afectaron 373 caminos y colapsaron 121 puentes.
Cientos de comunidades chiapanecas quedaron incomunicadas, sin agua, flujo energético, electricidad ni teléfono hasta por ocho días, en espera de la llegada de ayuda humanitaria consistente en víveres y medicinas, distribuida por civiles y militares que arribaron a las zonas afectadas por la única vía posible: la aérea. Muchos de sus pobladores salvaron la vida al subir a las partes más altas de los cerros, pero perdieron lo poco que tenían. Por las condiciones climatológicas prevalecientes, la entrega de la ayuda humanitaria a los damnificados llegó a cuentagotas.
El recuento de daños estableció que varios poblados enteros desaparecieron. Al menos 50 000 viviendas fueron afectadas, y en el caso de 31 000 de ellas procedió la reconstrucción total, y 15 000 más resultaron con daños parciales o menores, de tal suerte que en el programa de reconstrucción más de 9 000 viviendas —localizadas en zonas de alto riesgo habitadas por alrededor de 45 000 chiapanecos— tuvieron que ser reubicadas. El cataclismo, además, afectó a 305 escuelas, de las cuales 96 quedaron inhabilitadas. La desolación causada por el huracán Stan revive en la mente de miles de chiapanecos como una pesadilla, cuando torrenciales lluvias provocaron la peor inundación del siglo en la entidad y más de un millón de damnificados. Los 52 municipios siniestrados por el meteoro produjeron daños económicos que ascendieron a 232.8 millones de pesos, mientras que la asociación local del café estimó las pérdidas en 50 millones de dólares en el volumen del beneficio de ese grano, el equivalente a 25 o 30% de la producción cafetalera del estado.
Aunado a la triste pérdida de vidas, alrededor de 120 000 afectados recibieron la ayuda y solidaridad de cientos de voluntarios en los más de 423 albergues que se instalaron para alojar a los evacuados, donde destacó la labor de los organismos de socorro y de miembros del ejército, quienes a través del Plan DN-3 coadyuvaron en las tareas de rescate, asistencia y limpieza de las carreteras y calles en las regiones afectadas, cubiertas de escombros, postes, árboles y toneladas de lodo y piedras. El gobierno de Chiapas solicitó la declaratoria de desastre para 41 municipios de la entidad afectados por las lluvias que generó el fenómeno meteorológico.
Pero el huracán Stan no sólo cambió la vida de los chiapanecos; también alteró las vías de acceso utilizadas por los migrantes centroamericanos en su ruta hacia Estados Unidos, ahora ubicadas en la Sierra Lacandona, en los municipios de Altamirano, Las Margaritas y Comitán, así como en el departamento de Petén en Guatemala. Y como era de esperarse, como ocurrió en 1998, el flujo migratorio se incrementó, sólo que esta vez afloró ligado a redes de corrupción y colusión entre servidores públicos del Instituto Nacional de Migración y bandas organizadas especializadas en el tráfico de personas, lo que dejó al descubierto la incapacidad de la Federación para elaborar y ejecutar políticas gubernamentales que salvaguardaran la frontera sur; problema que se ha conjugado también con el crimen organizado, en una más de sus modalidades.
La estrategia integral de seguridad para reordenar la frontera sur, que implique la coordinación entre dependencias de los tres niveles de gobierno, aún se mantiene como una asignatura pendiente para garantizar el orden y la legalidad de los flujos migratorios y comerciales que se registran en los 1 149 kilómetros terrestres que abarcan nuestra frontera con Guatemala y Belice, ahora que las organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico se han desplazado a otras regiones del país, como Chiapas.
Chiapas arrastraba tras de sí otros fenómenos meteorológicos. El último de ellos no tenía ni una década de haber ocurrido.
En el verano de 1998 las lluvias cayeron sin interrupción durante varios días sobre Chiapas. Las aguas torrenciales provocaron la peor inundación del siglo, llevándose consigo las laderas de los montes, enterrando bajo toneladas de lodo a poblados enteros, matando a decenas de habitantes de la costa y la sierra, y cortando las comunicaciones de esas regiones. Cerca de 35 pueblos quedaron aislados y la vía del ferrocarril quedó interrumpida, mientras que la carretera que une Tonalá y Tapachula fue destruida en varios puntos. El agua que descendió de las montañas desbordó al menos 15 ríos y se llevó varios puentes.
Frente a la emergencia, el gobierno federal tuvo que llevar a cabo acciones especiales de rescate y apoyo a las víctimas. A las actividades de auxilio se sumaron la Cruz Roja, el ejército y varios gobiernos extranjeros, incluido el del Vaticano. En casi 30 municipios un número indeterminado de pobladores quedó sin vivienda; muchos se desplazaron en busca de refugio y alimento. Agua y medicinas tuvieron que ser transportados por aire para cubrir las necesidades básicas y evitar la proliferación de enfermedades contagiosas. Cerca de 1’200 000 personas resultaron afectadas. Una de las zonas más prósperas del estado sufrió una de las peores tragedias naturales de la historia contemporánea.
Causas de fuerza mayor —de carácter natural o político— han colocado a Chiapas en un lugar especial en la historia reciente. En los últimos años ha sido, en más de una ocasión, el centro de la atención nacional (e internacional). Su propia historia, un tanto aislada del resto de México, nunca ha estado del todo marginada de los procesos más amplios que han moldeado a la nación en su conjunto. Algunas de sus características demográficas, económicas y sociales colocan al estado hasta abajo en los índices de desarrollo, y han contribuido a crear condiciones políticas y culturales de excepcionalidad. Aun así, Chiapas ha avanzado (si bien más lentamente y en forma desigual) por el mismo camino que el resto del país. Casi por terminar el siglo XX, sin embargo, este camino dio varios giros inesperados.
Chiapas se encuentra al sur del país, entre los paralelos 14 y 17, y los meridianos 90 y 94. Su territorio se localiza entre las planicies de Tabasco al norte y el océano Pacífico al sur. Al este se encuentra limitado por los ríos Usumacinta y Suchiate y la cordillera de Montes Cuchumatanes, y al oeste por los estados de Veracruz y Oaxaca.
Chiapas es el estado más pobre de México. De sus 111 municipios, 37 son considerados con un “grado de marginación muy alto”, la mayoría de ellos localizados en las regiones de los Altos y la Selva. Chiapas tiene el índice de mortalidad más elevado del país; aun así, entre 1970 y 2005 la tasa de crecimiento anual de la población superó la del nivel nacional, incluso a pesar de que desde 1995 el estado se ha convertido en un expulsor neto de población. Hay un médico por cada 1 130 personas. Las principales enfermedades (desnutrición, anemia, infecciones intestinales, tumores del estómago, afecciones perinatales e infecciones respiratorias) son testimonio de la pobreza general. Además, Chiapas es el estado con mayor número de casos reportados de cólera y muertes ocasionadas por tuberculosis. El analfabetismo alcanza el nivel más alto del país. El promedio de escolaridad de la población de 15 años o más es de cuarto grado. Asimismo, 29% de todos los habitantes del estado mayores de 15 años no tiene instrucción educativa alguna y menos de 14% cursó los seis años de primaria. Alrededor de 26% de la población habla una lengua indígena y 8.5% es monolingüe. Chiapas es uno de los estados de la República con más habitantes que no hablan español.
Según informes del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, la población llega aproximadamente a tres millones y medio de habitantes, radicados en 20 000 localidades, aunque concentrados en unos cuantos municipios, principalmente en los Altos y el Soconusco. Los municipios con mayor población son Tuxtla Gutiérrez (la capital del estado desde fines del siglo XIX), Tapachula, Ocosingo, San Cristóbal de Las Casas, Las Margaritas, Comitán, Villaflores, Tonalá, Chilón y Palenque. Las montañas y los ríos que lo cruzan dividen el estado en varias regiones, con distintas altitudes, climas y tierras. Alrededor de 99% de las comunidades tienen menos de 2 500 habitantes; menos de 25% de los habitantes viven en poblaciones de más de 15 000 residentes, y la mitad de éstos vive en comunidades con menos de 100 000 habitantes.
Casi la mitad de la población dedicada a actividades productivas trabaja en el sector agrícola y, de toda la población, más de la mitad sobrevive con menos de un salario mínimo. La industria que existe es de relativa baja tecnología y se halla concentrada en la manufactura de tejidos, muebles, cuero, alimentos y bebidas, y algunas estructuras metálicas. En el ciclo 1994-1995 se sembraron 1.4 millones de hectáreas, más de dos terceras partes dedicadas a la producción de maíz, la mayor parte para el autoconsumo. Sólo 5% de las tierras cultivadas tienen sistema de riego; el resto depende de los ciclos de lluvia, que, conforme a cada temporada, puede ser escasa o, en ocasiones, excesiva. A pesar de la pobreza de la mayoría de su población, la contribución del estado al producto nacional es fundamental. Chiapas aporta al país cerca de 6.5% del petróleo, alrededor de 23% del gas natural y como 8% de la electricidad.
Su lugar en la historia reciente de México no se ha derivado, sin embargo, de sus bienes materiales. Su valor estratégico no es económico; recientemente ha sido, si acaso, de carácter político y cultural. La ocupación de San Cristóbal de Las Casas y varias otras cabeceras municipales en los Altos y la Selva durante las primeras horas del 1° de enero de 1994 por unos 3 000 militantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) revivió el histórico tema de la “cuestión indígena” para colocarlo en el centro del debate nacional. En la actualidad hay una intensa discusión sobre los derechos, las condiciones de vida, la cultura e incluso la identidad de los indígenas y los pueblos indios. Desde el levantamiento de los zapatistas la política mexicana cambió irremediablemente: la izquierda se redefinió, el Ejército Mexicano se desplegó sobre el territorio chiapaneco, las negociaciones y los acuerdos en la capital del país se volvieron más complejos y delicados, la atención internacional se enfocó en Chiapas, y la globalización en la que se ha inscrito México desde mediados de la década de los ochenta fue cuestionada.
Recientemente el gobierno federal ha invertido más recursos y ejercido un poder más directo en Chiapas que probablemente en ninguna otra entidad de la República, pero ciertos elementos constitutivos de la historia del estado han seguido su propia dirección y ritmo. Las alteraciones producidas en la vida cotidiana de los chiapanecos por fenómenos diversos no han evitado, sin embargo, que prevalezcan las tendencias históricas en la política estatal. Ni el poder ni la riqueza han sido redistribuidos en una forma que permita un desarrollo más equilibrado de la entidad.
Por eso, el progreso del estado a fines del siglo XX (cuando termina la historia que este libro narra) depende, por una parte, de que se reconozcan plenamente las desigualdades —económicas, sociales, políticas y culturales— que han caracterizado a Chiapas desde sus orígenes y, por otra, de la necesidad de generar un esfuerzo nacional en favor del desarrollo de la entidad que modifique estructuralmente su propia historia; sólo así se podría aliviar la marginación del estado.
Este libro no puede ser más que una breve síntesis de una historia larga y compleja del territorio y la sociedad que hoy conocemos como Chiapas y que, junto con las otras 31 entidades, forma parte de la República Mexicana. Cubre un periodo demasiado largo para cualquier libro, pero, más aún, para uno que está obligado a ser breve. Esta obra tiene la ventaja de ofrecer una perspectiva que abarca el largo plazo.
Con base en lo mejor de la historiografía de cada periodo propone una síntesis, a la vez que hila un argumento histórico que, en suma, describe a Chiapas. Trata de mostrar lo que ha cambiado y lo mucho que, a pesar del tiempo transcurrido, permanece inalterado. La historia del estado tiene como propósito destacar lo que le es propio, al territorio y a sus habitantes, y, por otro lado, insertar su historia dentro de la historia más amplia de la región y del país del que forma parte. La historia de Chiapas es parte de la historia de México, pero también es una historia propia.
No sería posible contarla si no fuera porque un número de científicos sociales se han dedicado anteriormente a investigar periodos y aspectos particulares de su historia, acumulando, con ello, un conocimiento variado y profundo de Chiapas. En la nota bibliográfica se mencionan las contribuciones más valiosas a este trabajo —de diversa calidad profesional e intelectual— que, en su conjunto, permiten recorrer la historia desde la época prehispánica hasta el presente moderno, con hincapié en los rasgos peculiares de esta región del país y de quienes han construido allí una sociedad con formas de producción y expresiones culturales propias. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de vivir o visitar Chiapas reconoce inmediatamente su atractivo excepcional, enmarcado en profundas raíces culturales y sociales. La fuerza silenciosa de sus habitantes y las características naturales del estado imprimen una imagen, si no única, sí muy especial y poderosa. Como lo ha descrito el fotógrafo Antonio Turok, avecindado en San Cristóbal de Las Casas, se trata de un “mundo complejo” que se nutre de “las más profundas realidades de la condición humana”.
Los capítulos que componen este libro están integrados de acuerdo con un recuento cronológico de la evolución histórica de Chiapas, a través de los primeros asentamientos en la región, el desarrollo de la sociedad indígena, la conquista española, la Colonia, la Independencia y la incorporación del estado a la República Mexicana, el siglo XIX, el Porfiriato, la Revolución y el desarrollo moderno. En ocasiones la narración cronológica se detiene (cuando la historiografía lo permite) en un análisis más profundo de ciertos periodos particulares de la historia. En todo caso, hay un esfuerzo permanente por desentrañar, de la historia de Chiapas y sus pobladores, las causas y las razones que ayudan a explicar la realidad de hoy.
Éste es un esfuerzo personal que se remonta a las primeras historias de la vida cotidiana en lugares como Pichucalco y Tuxtla Gutiérrez que me narraba mi abuela en mi niñez, y que me han servido desde entonces como prisma para estudiar a una sociedad llena de contrastes. Este libro pretende poner en armonía el pasado con el presente. Es un ejercicio que, desde la perspectiva del contexto político y cultural que prevalece a fines del siglo XX, busca al mismo tiempo presentar en sus propios términos la evolución de cada uno de los periodos de la historia de Chiapas. Las explicaciones del presente no se encuentran en un solo momento aislado del pasado, sino en el proceso más amplio de cambio y continuidad. Ésta es la historia que aquí se describe.
Esta breve historia representa uno de los polos en mi concepción de la política mexicana; Banqueros y revolucionarios (Fondo de Cultura Económica/El Colegio de México/Fideicomiso Historia de las Américas, México, 1994) está en un extremo —el de la política del capital financiero internacional— y esta historia de Chiapas en el otro. Pero ambos polos se tocan en la historia de la política de México. Como ya mencioné, este libro no hubiera sido posible sin el trabajo que profesionistas de la sociología, la antropología o la historia han hecho en Chiapas. Mi propia formación como historiador se la debo a John Womack, Jr., uno de los pensadores más brillantes que han dedicado su vida al conocimiento de México. A pesar de que este trabajo lo terminé estando fuera del ámbito de la historia académica, sus orígenes se remontan a mi estancia en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, en donde siempre hallé respeto y solidaridad de colegas y amigos, como Javier Garciadiego y Carlos Marichal. Alicia Hernández Chávez, directora del Fideicomiso Historia de las Américas, volvió a confiar en mí para realizar esta tarea, por lo que le estoy agradecido. Miguel de la Madrid, ex director del Fondo de Cultura Económica, siempre ha dado muestras reiteradas de respeto a mi trabajo. En mi estudio y conocimiento del Chiapas contemporáneo me han acompañado Juan Romero, Eugenio Robles y Juan Balboa; el (re)encuentro con esta realidad lo hice ya hace muchos años en compañía de mis amigos John Lear y Anthony W. Pereira, destacados intelectuales norteamericanos con una comprensión excepcional de la sociedad latinoamericana; y en la investigación histórica, Leonardo Lomelí se ha convertido en un colega irremplazable. Juan Pedro Viqueira compartió conmigo parte de su profundo conocimiento y amor por Chiapas; le agradezco enormemente su generosidad. En la elaboración del manuscrito final fue invaluable la colaboración de Lourdes Zebadúa y Armando Martínez, con el apoyo de Estela Romero. Mi madre y mis hermanos, Ramón y Lourdes, han sido compañeros permanentes en todas mis empresas intelectuales. Mercedes ha tolerado las horas adicionales de trabajo que este libro ha implicado durante tantos meses. Se lo dedico a mis hijos, Julia y Nicolás, con la esperanza de que encuentren en la historia de Chiapas una parte de la explicación de su país.
LA GEOGRAFÍA DE MÉXICO marcó el destino del país, pero en Chiapas la naturaleza se encargó de hacer la vida especialmente difícil para sus habitantes. El esfuerzo cotidiano de los pobladores para extraer los productos de la tierra y el agua y así generar su sustento diario ha tenido que remontar siempre las adversidades físicas que crea la existencia de altas montañas, profundas cañadas, caudalosos ríos y extensas selvas. Las condiciones naturales y climatológicas de la región permitieron a los primeros habitantes de Chiapas producir apenas lo necesario, dotándose a sí mismos, a sus familias y a sus comunidades de los alimentos básicos, el vestido y un techo bajo el cual guarecerse. Incrustadas en pequeñas planicies y lugares recónditos, las comunidades indígenas apenas generaban un excedente: obtenían los alimentos y bienes necesarios para la sobrevivencia esencial colectiva.
El aislamiento que ha propiciado la geografía se suma al hecho de que los habitantes de Chiapas han sucumbido a la explotación y a la dominación de grupos formados dentro de su misma sociedad o provenientes del exterior. Los foráneos llegan atraídos por las riquezas materiales de la zona o por la posibilidad de extraer un excedente del trabajo de los pobladores, los peor remunerados del país. Cualquier riqueza que se llegó a producir provocó guerras y conquistas y la explotación de los indígenas por sociedades más avanzadas. Aun así, en términos generales la población original de Chiapas vivió durante muchos siglos en relativo aislamiento entre comunidades, e incluso, en ocasiones fue marginal a las culturas más próximas.
El grado de aislamiento de Chiapas tiene su origen en la composición geográfica de la región. Las cadenas de montañas que integran la Sierra Madre Occidental y la Sierra Madre Oriental se unen primero en el centro del país y luego desaparecen en el Istmo de Tehuantepec; después vuelven a levantarse más al sur. Las tierras altas de Chiapas se erigen separadas del resto del territorio mexicano, formando parte de la cordillera que atraviesa América Central. Estas montañas se formaron durante la era terciaria y el primer periodo de la cuaternaria como consecuencia de explosiones de piedra pómez y ceniza. En las alturas, en donde el clima es frío y templado, las tierras son bañadas por las aguas del Río Grijalva, que corta las cordilleras en profundos cañones y valles. La Sierra Madre se abre para dejar lugar a una depresión central, un enorme valle o serie de valles de tierras fértiles y clima caliente y seco. El Río Grande cruza este valle y, al norte, se une al Río Grijalva, para desembocar en el Golfo de México.
Las montañas descienden desde una altura cercana a 3 000 msnm hacia el norte y el oriente hasta perderse en las tierras bajas de la costa del Golfo y la Selva Lacandona, donde el clima se vuelve tropical, caluroso y húmedo y la vegetación es espesa y diversa. A la selva, un territorio de alrededor de 15300 km2, la cruzan cañadas extendidas, múltiples ríos, lagos y pantanos, y algunas montañas de más de 1 000 msnm. Hacia el noreste las montañas vuelven a elevarse en la meseta central, formada por picos escarpados de hasta 1 500 y 2 000 msnm, y cadenas de montes con suaves cimas. Hacia el suroeste las montañas limitan la región del Soconusco, una planicie estrecha y húmeda que se extiende en forma paralela al Océano Pacífico. La relativa mayor humedad de este territorio costero hace estas tierras más fértiles.
Los ríos que descienden de la Sierra Madre hacia el Pacífico son relativamente poco extensos; hacia el Golfo de México los ríos son más largos y caudalosos. Los más grandes, el Grijalva y el Usumacinta, se unen en Tabasco antes de desembocar en el Golfo, habiendo rodeado antes los Altos de Chiapas provenientes del sur del estado y de Guatemala. El Grijalva cruza la sierra en el Cañón del Sumidero. Los ríos que descienden hacia el Pacífico son el Cahuacán, el Coatán, el Huixtla, el Cintalapa de la Costa, el Novillero y el Zanatenco; el más importante es el Suchiate, que separa a México de Guatemala.
Diferentes elevaciones geológicas producen climas muy distintos a unos cuantos kilómetros de distancia entre sí. Hay prácticamente todo tipo de climas en una extensión de territorio no muy amplia. Se pasa de un clima frío a uno cálido y húmedo o a uno tropical en un espacio corto. Las diferencias en altura se combinan con temperaturas distintas y niveles de lluvia cambiantes para crear pequeñas regiones interiores separadas por fronteras naturales. Zonas cercanas entre sí gozan de sistemas ecológicos muy diversos y, por lo tanto, con una flora y fauna variada. Hay una serie de lagos a lo largo de la selva. El Río Lacantún cruza la Selva Lacandona y desemboca en el Usumacinta. La temporada de lluvias en el altiplano se extiende regularmente de mayo a principios de noviembre, con junio y octubre como los meses de mayor precipitación. En la Selva Lacandona la lluvia es especialmente fuerte y la humedad produce una vegetación rica y diversa: en las tierras altas hay bosques de pinos; en las barrancas crecen robles, y en las tierras bajas, árboles tropicales.
MAPA I.1. Hidrología
FUENTE: Juan Pedro Viqueira y Mario Humberto Ruz, Chiapas. Los rumbos de otra historia, UNAM/ CIESAS/CEMCA/Universidad de Guadalajara, México, 1996.
MAPA I.2. Topografía
FUENTE: Juan Pedro Viqueira y Mario Humberto Ruz, Chiapas. Los rumbos de otra historia, op. cit.
Los hombres que llegaron originalmente al continente americano a través del Estrecho de Bering recolectaban frutas y cazaban animales para sobrevivir mientras avanzaban lentamente hacia tierras más templadas en el sur. Tuvieron que pasar varios milenios para que comenzaran a cultivar maíz, frijol y calabaza —los primeros productos domesticados por el hombre americano—, y todavía más tiempo para que elaboraran vasijas de barro. Entre 1500 a.C. y 150 d.C. se establecieron en poblados agrícolas. Así comenzó un azaroso esfuerzo por transformar las condiciones naturales de la región para producir plantas con que alimentarse y diversos bienes para satisfacer las necesidades básicas de los habitantes de la región.
Hace más de 4 000 años, indígenas de lengua maya habitaban Mesoamérica. Entre el año 2 000 y el 1500 a.C., los antecesores de los mayas descendieron hacia las tierras tropicales de la Selva Lacandona y de Guatemala. Entre 150 y 300 d.C. se conformaron los elementos característicos de la civilización maya, entre los que destacan la escritura jeroglífica, un calendario basado en complicadas permutaciones y una religión politeísta. Durante los siguientes 600 años los mayas gozaron de su periodo clásico, en el que se erigieron algunos de los monumentos más espectaculares en las áreas norte y central, que incluían la Península de Yucatán, el norte de Guatemala, partes de Tabasco y el sur de Campeche, hasta Belice y partes de Honduras. La costa de Chiapas no parece haber sido maya. El área sur maya, que comprende la región montañosa de Guatemala y Chiapas y las planicies costeras del Océano Pacífico, careció de algunas de las expresiones distintivas de la cultura maya —tanto en la arquitectura como en el uso del calendario—, muestra del relativo atraso de esta región. En las tierras altas, por ejemplo, no hay rastros de escritura.
Las características físicas del entorno determinaron desde sus inicios el lento desarrollo de Chiapas. Las condiciones del terreno, propias de una zona montañosa, llevaron a los pobladores originales a dispersarse en pequeños asentamientos, separados entre sí por largos tramos de terreno, en algunos casos atravesados por ríos caudalosos o extensiones enormes de bosques selváticos de difícil acceso. La naturaleza actuó en contra de la concentración de los habitantes en poblaciones grandes y, por ende, de la oportunidad de producir una división del trabajo favorable al desarrollo. La excepción fue Chiapa o Chiapan, asentamiento principal de los chiapanecas y único poblado que los conquistadores consideraron ciudad. Lo accidentado del territorio hacía extremadamente difícil el desplazamiento físico y el transporte de materiales, lo que obligaba a los indígenas a utilizar las tierras más cercanas para la producción. La erosión de la tierra en espacios montañosos atentaba igualmente contra la productividad. Tanto la producción y el comercio como el desarrollo tecnológico se vieron inhibidos por las condiciones de la región.
El tamaño de la población total es desconocido, así como los patrones de migración y asentamiento definitivos que siguieron los pobladores originales del territorio de lo que ahora se conoce como Chiapas. Las diferencias étnicas y lingüísticas entre los grupos indígenas se fueron consolidando a lo largo de los años como consecuencia de las distancias y accidentes del entorno físico y de los conflictos entre las comunidades individuales. Dentro de espacios territoriales definidos se formaron comunidades con características sociales y culturales parecidas. Con el paso del tiempo evolucionaron como grupos étnicos distintos: tzotziles, tzeltales, tojolabales, choles, lacandones y quelenes, que forman parte de la familia maya; zoques, que son más cercanos a los mixes de Oaxaca, y chiapanecas, que son parte de la familia chorotega u otomangue.
Cada uno de los grupos étnicos ocupó territorios claramente demarcados en lo que ahora se conoce como Chiapas (una región de alrededor de 74 415 km2). En las tierras altas se establecieron grupos de lenguas tzotzil y tzeltal. Fue en el propio desarrollo social, económico y político de las comunidades en esta región donde se marcó la diferencia en lengua y cultura entre estos dos grupos. Los tzotziles habitaron la meseta central; sus poblados más importantes —Zinacantán, Chamula y Huixtán— se extendían hacia el norte. Los indígenas tzeltales habitaban la zona oriental de la meseta central y los valles en dirección a Comitán, y sus principales poblaciones incluían a Tenango y Copanaguastla. En los valles de la depresión central, además de tzeltal y tzotzil, se hablaba mochó, coxoh y cabil. Más al sur los pobladores hablaban también coxoh, dialecto casi idéntico al tojolabal, y al norte de la zona tzeltal el dialecto dominante era el chol, que también hablaban los indígenas lacandones que dominaban la cuenca superior del Usumacinta. La región donde se hablaba tojolabal colindaba con las zonas habitadas por indígenas de lengua cabil, jacalteco y chuje. Los zoques, que pertenecen a la familia lingüística mixezoque-popoluca, se asentaron originalmente en la costa de Chiapas —hasta Guatemala—, el Istmo de Tehuantepec, el sur de Veracruz, el suroeste de Tabasco y el centro y norte de Chiapas. Se estima que los primeros asentamientos se fundaron entre 2500 y 2 000 a.C., aunque existe evidencia confiable de su presencia aún entre 1700 y 1500 a.C.
MAPA I.3. Caminos de expansión de las culturas del periodo Clásico
FUENTE: Alicia Ffernández Chávez, México: una breve historia del mundo indígena al siglo XX, México, FCE, 2002.
La Selva Lacandona fue habitada por varias tribus que hablaban una variedad de dialectos. En la parte superior del Río Usumacinta habitaban los chol lacandón, un grupo con aptitud guerrera. Otros grupos con lengua distinta habitaban también la selva, y durante los siguientes siglos habría inmigraciones de diversas regiones hacia esta zona. En algún momento vivían en la selva lacandones, pochutlas, topiltepeques y acalaes en los linderos del norte y el oeste.
Los mames habitaron la Sierra Madre Oriental y se extendieron hasta Guatemala. Entre sus poblados estaban Tapachula, Tonalapa, Mazapetagua, Naguatán, Cuilco y Ayutla, en lo que hoy es Guatemala. Los zoques poblaron las tierras al oeste y norte del Río Grijalva hasta Tabasco, incluyendo los valles de Tuxtla y Pichucalco. Es una región cruzada por varios ríos, entre ellos el Sayula, el Cintalapa, el Ocozotes, el Negro y el Tzimbocnó. Los zoques tenían disputas territoriales con sus vecinos tzotziles y, en el sur, con los chiapanecas que, provenientes de la región del Soconusco, habitaron la cuenca del Grijalva, una zona bañada por varios ríos. Los chiapanecas procedían de fuera de la región, de Centroamérica, o bien del centro de Mesoamérica. Su territorio tenía como capital a Nanduimé o Nandalum, también conocida como Soctón, Chiapa o Chiapan. En guerra permanente con sus vecinos, los chiapanecas fueron capaces de resistir las incursiones de los aztecas, ante quienes nunca sucumbieron.
Liberar parte de la fuerza de trabajo dedicada antes a tareas esenciales de sobrevivencia hizo posible que surgiera una sociedad dotada de una cultura elaborada, con manifestaciones artísticas y construcciones monumentales: en Chiapas se edificaron los centros ceremoniales de Yaxchilán, Palenque y Bonampak, todos en las zonas selváticas del estado. Yaxchilán fue la principal ciudad maya de la cuenca del Usumacinta. Su origen data del siglo IV y alcanzó su máximo esplendor cuatro siglos después. Era un centro político y comercial que se relacionaba con los mayas del Petén y del sur de la Península de Yucatán. Desde principios del siglo IX ya no se erigieron construcciones adicionales, pero —aunque sin la importancia anterior— siguió habitada varios años más. Palenque fue la ciudad más importante de la región que va de la Sierra Norte hasta el Golfo de México; especialmente durante los siglos VII y VIII, cuando se construyeron sus principales edificios y alcanzó su máximo desarrollo arquitectónico. Bonampak tuvo un desarrollo paralelo en el tiempo a Palenque, aunque su apogeo fue entre los siglos V y VII. Otra de las grandes ciudades donde se desarrolló la cultura maya fue Toniná, en el Valle de Ocosingo, a un lado de los Altos.
La civilización maya alcanzó y en varios campos superó el desarrollo de las culturas del centro de Mesoamérica. Aun así, la atomización de las comunidades mayas en Chiapas resultó con niveles reducidos de producción, como efecto y causa, a la vez, de la continua marginación de la región de los patrones de desarrollo que caracterizaron a otras áreas de Mesoamérica. Sociedades avanzadas —como la tolteca o la azteca— podían, en cambio, destinar los recursos excedentes que obtenían de su propia fuerza de trabajo o de grupos subyugados al sostenimiento de una nobleza que se dedicó tanto a actividades científicas y astronómicas como al diseño arquitectónico y a obras de ingeniería, así como a la elaboración de códigos culturales y religiosos.
Entre 650 y 950 la civilización maya decayó: los principales centros urbanos fueron abandonados y la población se reconcentró en comunidades agrícolas esparcidas en un extenso territorio. Las razones de ello no son del todo conocidas. Los avances recientes en la interpretación de los jeroglíficos mayas dan cuenta de una gran cantidad de conflictos bélicos entre las principales ciudades, que probablemente contribuyeron a su decadencia y se combinaron, al final del periodo, con rebeliones internas. A esta larga decadencia siguieron varios siglos de vida sedentaria, determinada por los ciclos naturales y un relativo atraso. Los principales esfuerzos de los indígenas estaban encaminados a la producción agrícola. Como consecuencia, la familia actuaba como una unidad de producción y la organización social en comunidades se subordinaba también a la satisfacción de las necesidades básicas de la población. Ésta se encontraba dispersa; las comunidades más pobladas tenían apenas unos cuantos cientos de habitantes, 1 000 o 2 000 en las cabeceras más importantes. La excepción era Chiapa o Chiapan, con una concentración poblacional de alrededor de 4 000 familias (aproximadamente, 20 000 habitantes). A pesar del tamaño de las poblaciones, esparcidas en un amplio territorio y relativamente aisladas entre sí, se establecieron y mantuvieron ciertos patrones de asociación cultural y hasta políticos intercomunitarios. El individuo formaba parte de una compleja red de relaciones sociales y culturales que incluía a la familia, la comunidad, la sociedad política y el universo.
