Chicago chico - Armando Méndez Carrasco - E-Book

Chicago chico E-Book

Armando Méndez Carrasco

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Beschreibung

Publicada por primera vez en 1962, y durante años extraviada de las librerías, Chicago Chico regresa para que los lectores descubran un mundo que subyace a la historia oficial. Fernando "Chicoco" Escudero, el entrañable protagonista de esta novela, transita por los bordes de la sociedad, impregnándose de la marginalidad y expuesto a situaciones extremas en los bajos fondos, de la mano de una galería de personajes que conforman la Cáfila hampona: Cachetón Pelota, Malalo, Muleta, Pomarropia, Carreta Vieja y Gomina, viejos estandartes de la delincuencia, tráfico y trata de blancas de Santiago y Valparaíso. La bohemia y la noche cautivan al protagonista, al igual que las prostitutas que lo enamoran día tras día: Olga, Persy, Ninoya y Pecosa serán su camino incierto entre hoteles y salones de baile, siempre al ritmo del hot jazz. Este libro de culto viene a rescatar la obra de Armando Méndez Carrasco, un escritor que supo dar cuenta de los márgenes, de su habla y talante, conformando una novela que opera como retrato de época, pero también como una obra viva que ilumina las zonas oscuras de nuestro presente.

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Seitenzahl: 285

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primera edición, FCE Chile, 2023

Méndez Carrasco, Armando

Chicago Chico / Armando Méndez Carrasco ; pról. de Simón Soto; ed. e introd. de Carvacho Alfaro. – Santiago de Chile : fce, 2023

205 p. ; 21 × 14 cm – (Colec. Popular ; 914)

ISBN 978-956-289-317-6

ISBN Digital 978-956-289-329-9

1. Novela chilena 2. Literatura chilena – Siglo XX I. Soto, Simón, pról. II. Alfaro, Carvacho, ed. III. Ser. IV. t.

LC PQ8097 .M425 Dewey Ch863 M365ch

Distribución mundial en habla española

© Sucesión Armando Méndez Carrasco

D.R. © 2023, Fondo de Cultura Económica Chile S. A.

Av. Paseo Bulnes 152, Santiago, Chile

www.fondodeculturaeconomica.cl

Fondo de Cultura Económica

Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México

www.fondodeculturaeconomica.com

Coordinación editorial: Fondo de Cultura Económica Chile S. A.

Imagen de portada: Rodrigo Elgueta

Diagramación: Constanza Diez

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra —incluidos el diseño tipográfico y de portada—, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de los editores.

ISBN978-956-289-317-6

ISBN Digital978-956-289-329-9

Diagramación digital: ebooks [email protected]

ÍNDICE

Prólogo: Méndez Carrasco ataca otra vez

Introducción: La literatura de los bajos fondos: Chicago Chico,una novela de verdad

Nota del editor

Dedicatoria

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciseis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidos

Veintitres

Veinticuatro

Glosario

PRÓLOGO

MÉNDEZ CARRASCO ATACA OTRA VEZ

Cuesta imaginar el éxito comercial que tuvo, alguna vez, la obra de Armando Méndez Carrasco, narrador chileno nacido en Santiago en 1915 y fallecido en Los Ángeles, Estados Unidos, en 1984. Preciso las fechas que inscriben su vida porque hoy es un autor prácticamente desconocido, salvo para algunos admiradores de su obra, busquillas interesados en los vericuetos menos visibles de nuestra literatura. Méndez Carrasco gozó de enorme cantidad de lectores, quienes agotaban edición tras edición de sus novelas (la suerte de sus libros de cuentos —entre estos, La mala intención y Juan Firula— fue más discreta). La más leída, aquella que sigue generando interés generación tras generación, sin duda es la obra que el lector tiene en sus manos. Fresco naturalista ambientado en la primera mitad del siglo xx, Chicago Chico narra las aventuras de un muchacho que inicia un viaje de autoconocimiento en un mundo proletario, criminal, salvaje y pobre, pero, no por estas agravantes, ese medio ambiente carece de sociabilidad, diversión nocturna, erotismo, juerga y risa destemplada. Estas últimas características, pienso, son las que ayudaron a robustecer con más fuerza ese nexo poderoso entre Méndez Carrasco y su popular séquito de lectores.

¿Quiénes eran esas personas que compraban y leían su trabajo novelístico con tanta fidelidad? Toda tentativa para identificar y personalizar a lectores, ayer y hoy, va a pecar siempre de intuición y generalizaciones. Sin embargo, es válido tomar las palabras y reflexiones del propio escritor con respecto a este punto. En todo momento se consideró un escritor “del pueblo”, un autor para aquellos que eran retratados, de una u otra forma, en sus historias. Hay aquí un postulado espiritual, pero también una forma de defensa frente a aquellos que dictaminan la literatura como ejercicio, artística e intelectualmente, restrictivo y, por sobre todo, una declaración de intenciones frente a los actores que en toda época delinean los contornos del buen gusto, del canon, de lo que debe considerarse como literatura a secas. Acusado por los críticos del momento de coprolálico y vulgar, ninguneado por la academia, invisibilizado por sus propios pares, la fortaleza de Méndez Carrasco estuvo vinculada a la lealtad de sus lectores y a su propia capacidad de trabajo, que era alta e incansable. Declara el escritor, hacia el final del prólogo de la novela ¡Ordene, mi Teniente!.1 «Admiro a mis detractores, puesto que por el capítulo del desprestigio, he obtenido ser admirado. Mi obra está escrita para el pueblo, y el pueblo necesita de mucho calor, calor que no se halla en los volúmenes empastados en oro de 18 kilates». Se advierte en esta declaración, por supuesto, inquina contra quienes lo despreciaban; más fuerte aún, la vocación por narrar las peripecias y desventuras de una clase social a la cual se sentía unido y parte.

La primera interrogante que surge al leer Chicago Chico es cuánta verdad existe en sus páginas. Esa es la pregunta natural que el autor espera de los lectores. La verdad en el ejercicio de la ficción hace mucho tiempo está en cuestión, o lisa y llanamente obsoleta. Porque la literatura elabora su propia verdad, una construida con los sedimentos de la observación; para el ejercicio literario, la realidad brinda materia prima para construir su atrezo. Por eso, cabe más hablar de experiencia que verdad. O mejor dicho: la verdad en la narración de Chicago Chico está en directa relación con la experiencia que expone y utiliza el narrador, que en el caso de la novela coincide con el personaje protagónico, Fernando “Chicoco” Escudero, entre sus dieciocho y veinte años aproximados. Para la verosimilitud del relato2 sí son importantes los hechos que expone Chicoco sobre sí mismo y su entorno. Acontecimientos, espacios, urbe, personajes, márgenes. Como santiaguino, es imposible desvincularse de la referencia a la ciudad y al tono de la vida proletaria, pese a que la ambientación dista casi noventa años del presente. Quiero pensar que los elementos arquetípicos de la novela trascienden las referencias y son capaces de evocar, en cualquier lector, la vívida experiencia de Chicoco.

Oriundo del barrio Matta, Chicoco Escudero descubre las luces nocturnas del centro de Santiago, entre las calles Merced y Huérfanos, que era donde funcionaban restoranes y salones de baile para la álgida comunidad noctámbula de la capital. No tiene empleo, por ende, no puede acceder a retribución económica, pero sí tiene una madre abnegada y generosa. La mujer financia las salidas del hijo, desconociendo en qué se está metiendo Chicoco. Para mí, el punto de mayor atracción y originalidad de la novela está en la devoción obsesiva que siente el protagonista hacia el jazz. Con toda probabilidad, no se trata solo de un recurso para dotar a la historia de cierta extravagancia, sino un elemento que se desprende exclusivamente de la experiencia que el autor traspasa a su narrador. Desde el comienzo de la novela percibimos este trasfondo sonoro, que además lleva a Chicoco hacia momentos de emotividad y lo empuja a reflexiones que dotan de mayor complejidad al personaje. No es solo la dispersión alcohólica, el sexo y la compañía de rufianes y mujeres atractivas lo que atrae a Chicoco a la noche; entendemos que el jazz, ejecutado por orquestas de variada calidad (la que se lleva los mayores méritos, a juicio del narrador-personaje, es la liderada por el maestro Fernando Lecaros —¿será acaso ancestro de la generación Lecaros contemporánea nuestra?), es el estímulo más profundo que moviliza a Chicoco hacia esos salones atestados de humo, de vasos quebrados, de parejas en trance al bailar los sones estridentes del ritmo sincopado. Navegando a través de Internet para complementar este texto, encontré a un usuario de Spotify que realizó una compilación, por orden de aparición, de todos los temas mencionados por Chicoco en la novela.3 Aconsejo escuchar de fondo mientras se avanza en la lectura.

Como en todo relato iniciático, en el de Chicago Chico están las mujeres de rigor (casi todas pertenecientes al mundo de la prostitución), de las cuales termina Chicoco irremediablemente enamorado, pero más atractiva aún es la Cáfila hampona, el grupo de criminales de toda laya, lote que siempre está departiendo en el Salón Olimpia, templo nocturno de reunión. Gomina, Mario Corneta, Muleta, Malalo, Carreta Vieja, Pomarropia, y el más memorable de todos, a quien Chicoco presenta de la siguiente manera: «En el centro de este marco, surgía la figura nefasta de Cachetón Pelota, gran seductor y tratante de blancas de los suburbios porteños». Personaje rayano en la más espesa sordidez, Cachetón Pelota ejerce un ambiguo influjo en Chicoco. Méndez Carrasco le dedicará una novela exclusiva al personaje,4 parte del ciclo que arranca con Chicago Chico. La Cáfila hampona es un grupo humano variado, no solo en sus diversos oficios (ladrones, lanzas, cafiches, vividores, embaucadores, chamullentos, pistoleros, jugadores, proxenetas), también en las dimensiones emocionales que expresan hacia Chicoco. Es otro acierto de Méndez Carrasco la confección dramática de este coro criminal, donde se reconoce el modelo del pillo chileno en sus variadas posibilidades. Siempre atento a la oportunidad del aprovechamiento, el pillo es un sobreviviente que busca, y en este proceso perfecciona el olfato para robar, estafar, seducir o simplemente para disfrutar de un oportuno polvo con alguna incauta jovencita.

Otro factor relevante que incidió con fuerza en el éxito de público que tuvo Méndez Carrasco, es el retrato que hace de la ciudad. A diferencia de sus contemporáneos (José Donoso, Jorge Edwards, entre los más conocidos), Méndez Carrasco no solo situó a sus personajes en espacios reconocibles de la urbe —esto también sucede con el resto de los escritores de su generación—, sino que incorpora esos lugares a la narración como un personaje gravitante, un ente dramático que es capaz de alterar el destino del protagonista de todas las formas posibles. Hombres y mujeres, lectores fieles de su trabajo, veían en la página de la novela sus barrios, sus espacios vitales, los vericuetos de los conventillos, los mobiliarios de sus hogares, los transportes públicos y la pulsión de la calle. Un ejemplo de la fuerza del entorno físico está en el viaje que realiza Chicoco a Valparaíso, con el fin de encontrar a Olga. Allí el protagonista vuelve a su lugar de origen, a aquel que lo vio crecer5 y que formó sus primeras impresiones acerca de la hostilidad del mundo. Cada rincón porteño acecha a Chicoco, lo golpea con cargas emotivas de diversa índole; por último, lo direcciona hacia el lugar específico donde está Olga. Lo que ocurre aquí cambiará la percepción de Chicoco hacia el mundo, hacia la vida misma, hacia lo que él entendía, hasta ese momento, sobre el amor.

Pese a dormir prácticamente en el olvido, Méndez Carrasco se encarga, cada cierto tiempo, de levantar la mano para expresarnos que sigue aquí, entre nosotros, que su obra está viva y todavía es capaz de interpelarnos. Aquí esta, una vez más, la fuerza de Armando Méndez Carrasco, la ferocidad de una escritura que avanza con la vitalidad —y a veces con el espíritu de improvisación— de los portentos del viejo jazz de Chicago; de Chicago Chico, hay que precisar.

Méndez Carrasco ataca otra vez.

Simón Soto

INTRODUCCIÓN

LA LITERATURA DE LOS BAJOS FONDOS: CHICAGO CHICO, UNA NOVELA DE VERDAD

El jazz no solo inunda la novela Chicago Chico que el lector tiene en sus manos, sino que invadió siempre la vida del escritor Armando Méndez Carrasco. Amante de la música, el baile, la escritura y la bohemia, el autor, en los últimos treinta años, se ha convertido en un escritor de culto, por generar una atmósfera representativa y realista de los bajos fondos chilenos de los años 30 y 40.

Nacido en Santiago de Chile en 1915, su infancia transcurre en los cerros de Valparaíso en donde descubrió las aventuras, el hot jazz y su rechazo a la escuela. Pese a eso cursa estudios tanto en el Liceo Miguel Luis Amunátegui y el Liceo nocturno Balmaceda. En estas instituciones es donde recibe el apoyo de docentes y escritores como Rubén Azócar y Fausto Soto, quiénes lo animan a seguir narrando.

Posteriormente, ingresa a la escuela de Carabineros de Chile, ascendiendo hasta Cabo escribiente, en el transcurso de los diez años que duró en la institución. Es ahí donde complementa su visión sobre la pobreza y la marginalidad de un Chile injusto, al ver de cerca las luchas y sordas penas de mujeres, hombres y niños que están al desamparo.

Con esas experiencias, y habiendo publicado algunas crónicas y libros, en 1951 Armando Méndez Carrasco remarca muy claro su objetivo en sus proyectos de escritura, así lo manifiesta en una entrevista en Las Últimas Noticias en el año 51:

Todo lo que yo escribo se inspira principalmente en la vida de los desheredados; en la existencia tremante de esos seres que no han sabido sentir jamás la verdadera risa de la existencia; que luchan y mueren junto a la lúgubre realidad de sus sueños esperanzados. (s/r)

Si bien terminó su carrera siendo secretario de redacción de la Revista Carabineros, aprovechó la ocasión para publicar un artículo sobre la muerte de un camarada en un accidente de tránsito, texto en donde manifestó su molestia por las injusticias con la víctima, debido a que el victimario habría quedado libre por ser un alto empleado de gobierno. Eso, de alguna forma, terminó de decidir sobre qué mostrar en su literatura: las injusticias y la transformación de la sociedad. Esto lo recuerda en la dedicatoria de la edición de su libro ¡Ordene, mi Teniente! de 1965:

La partida prematura del carabinero Hugo Mendoza Gaete, del Escuadrón de Ametralladoras de la Escuela de Carabineros —hecho inadvertido para muchas personas— inspiró mi vida por un camino desconocido y fascinante.

Después de su renuncia a la institución de Carabineros, Méndez Carrasco se desempeña como secretario de redacción en la Revista Caminos del Ministerio de Obras Públicas. Sus textos aparecen en varios medios como en Nuevo Zig-Zag, La Hora y El Mercuriode Valparaíso, así como también en Las Últimas Noticias. Incluso, en los años sesenta, es socio en una librería, junto a su gran amigo, el escritor y librero, Luis “Paco” Rivano. Al pasar los años, y posterior al Golpe de Estado Cívico Militar de 1973, emigra a Estados Unidos, su lugar de antonomasia en donde se dedicará a la pintura naif y a disfrutar del jazz local. Si bien, en 1982 regresa a Chile a exponer sus obras plásticas, al siguiente año, en Los Ángeles, California, muere acompañado de su familia, dejando atrás una gran obra narrativa.

Durante décadas, las obras de Méndez Carrasco habían quedado perdidas, convirtiéndose en objetos de culto para coleccionistas y para lectores que querían descubrir un rincón oscuro y peligroso de los espacios de un Chile nocturno. Estos relatos comenzaron a publicarse en 1948, cuando Sergio Welsh Bustamante edita un primer compendio. Titula el libro Cuentos de Juan Firula, apodo que el autor habría recibido de manos de Agustín Billa Garrido, ex Director de La Hora.

Más adelante, bajo el sello de la editorial Cultura, en 1951, publica el segundo libro de cuentos El Carretón de la Viuda, conjunto de siete relatos. Ya en estas dos primeras obras, respira sensibilidad social y una mirada horizontal hacia los personajes, sin necesidad de juzgarlos.

Su primera novela es publicada en 1955, Mundo Herido, que narra las aventuras y sufrimientos de niños de Valparaíso y su paso de la inocencia hasta la delincuencia. En ella se relatan la infancia porteña de los cerros, mezclado con lumpen, prostitución y pobreza. Tres años después, otro conjunto de cuentos editado por la Editorial Flor Nacional, aparece publicado con el título La Mala Intención. Nueve cuentos en donde encontramos nuevamente miseria y personajes abandonados que bifurcan los márgenes de Santiago y Valparaíso. Posteriormente, aparecerán Dos cuentos de jazz (1962) Crónicas de Juan Firula (1965) y Reflexiones de Juan Firula (1973), sumado a una interesante incursión en el área de la lingüística al confeccionar un Diccionario Coa (jerga delincuencial) publicado en la Editorial Nascimento en 1979, anexando el cuento “Coche sin número”, escrito íntegramente en Coa.

Pero es en 1962 cuando aparece la primera parte de la tetralogía que enmarcará su vida literaria con su personaje Fernando Escudero, alias Chicoco, amante de la noche, los salones de baile y el jazz. Ese año publica Chicago Chico, novela que dará inicio a otras relacionadas con los personajes como: ¡Ordene, mi Teniente! (1965), Cachetón Pelota (1967) y La Mierda (1970), cerrando la saga.

Es en Chicago Chico donde el éxito editorial, al lograr innumerables ediciones, se consolida, llegando incluso a tener una versión dramatúrgica de la obra, pero que también es donde manifiesta su amor por el jazz que acompaña como música de fondo todo el relato: Entrevistado por María Angélica De Luigi en Las Últimas Noticias el año 79 afirma su pasión por la música:

Mi humilde carrera con todos los bemoles y dolores de cabeza consiguientes, se la debo al hot jazz. Hay ciertas personas que para escribir requieren de estimulantes fuertes y recurren a conocidas drogas. A mí me bastaba con escuchar “Chicago”, cantado por Armstrong, o extasiarme ante “Everybody loves my love”.

Para las literaturas del margen, concepto que engloba las obras de Méndez Carrasco, Luis Rivano, Luis Cornejo y Alfredo Gómez Morel y que después continuará esa tradición Mario Silva Mera, la novela Chicago Chico es una obra fundamental porque capta la esencia de un realismo sin prejuicios, ni juicios morales burgueses, sino que la narración nos presenta la sensibilidad, la confusión, las dudas, alegrías y locuras de los personajes. Incluyendo, fielmente, su lenguaje Coa, jerga delincuencial para adecuarnos en aquellos espacios sociales.

Chicago Chico tiene como protagonista a Fernando Escudero, quien es hijo de una mujer cristiana y un padre apostador, asesinado en el centro del hampa santiaguina. Es desde ese lugar donde se designa a esta singular novela. Escudero queda bajo la tutela de su madre y los problemas económicos comienzan a afectar a su familia. Chicoco, entonces, comienza un periplo de labores para ayudar a su madre y, a la vez, penetra lentamente en un mundo oscuro y abismante como es la noche y la bohemia. El jazz, muy famoso en los centros nocturnos de aquellos años, compondrá la banda sonora de la obra, citando constantemente a músicos y composiciones clásicas. Durante ese peligroso juego, la mirada hacia sus valores y ética comienzan a transformarse según las necesidades y diversas aristas que se presentan como obstáculos a este personaje. El Bildungsroman que presenta esta obra, se convierte en un anti bildungsroman, porque el personaje desatiende esa sociedad que emprende una ruta honesta y responsable, para entrar en el mundo nocturno y salvaje.

La bohemia y su mundo comienzan a cautivar a Fernando, las prostitutas lo enamoran noche tras noche: Olga, Persy, Ninoya y Pecosa serán su camino incierto en hoteles y salones de baile. El desenfreno del sexo lo atrapa. Fernando transita por los bordes de la sociedad, impregnándose de valores distintos y sacando provecho de las circunstancias. Intenta, de vez en cuando, enmendar sus errores, pero la mano de la noche lo toma y lo lleva por el camino de la tentación. Ahí conocerá a la Cáfila hampona, compuesta por: Cachetón Pelota, Malalo, Muleta, Pomarropia, Carreta vieja y Gomina, viejos estandartes de la delincuencia, tráfico y trata de blancas de Santiago y Valparaíso.

Si bien Méndez Carrasco podría estar enmarcado en la generación de escritores del 38, en donde un realismo social se vincula con la mirada ideológica, en este caso, esa mirada social se da al mostrar la verdad de una sociedad que se oculta, pero sus brazos llegan lejos para demostrar lo corrompido del ser humano. La decadencia se manifiesta en la obra, pero con la virtud de comprender a cada uno de los personajes.

Con más de veinte ediciones desde 1962, pero durante varios años extraviada, Chicago Chico regresa para que los lectores descubran un mundo que subyace a la historia oficial y que es necesaria observarla y comprenderla. Armando Méndez Carrasco regresa al ritmo del jazz, para demostrarnos que los bajos fondos pueden ser el centro de una literatura cautivante, atrevida y digna de ser contada.

Carvacho AlfaroSantiago de Chile, abril de 2023.

NOTA DEL EDITOR

La presente edición de Chicago Chico se trabajó cotejando alrededor de siete ediciones distintas que se publicaron bajo el cuidado de Armando Méndez Carrasco entre 1962 y 1967. Se rescataron los bellos epígrafes que aparecen en la primera edición y se mantuvo el glosario Coa que siempre caracterizó a las publicaciones del autor. Además, se actualizaron las normas ortográficas y se enmendaron algunos errores tipográficos. Todo esto acompañado de la música de Duke Ellington y Louis Armstrong.

DEDICATORIA

Un día, hace ya algunos años, conocí a un hombre generoso, abierto, sin rayas. Era Sergio Welsh Bustamante. Supo que escribía; recogió mis primeros trabajos y dioles forma de vida con el nombre de “Juan Firula”. A él, lejano ahora, dedico esta obra.

A.M.C.

Deseo escribir algo muy

extenso, y quizás bastante

obsceno. Creo que si uno se

pone correcto y elimina lo

obsceno, también se elimina

la verdadera ternura.

Lawrence Durrell

La verdad supera a todas las

ficciones del artista, cuando

alguien tiene el valor de decirla.

Goethe

No me interesa describir la

maldad humana, sino redescubrir

cierta dosis de sentimiento de la

sociedad.

A.M.C.

UNO

No creo que haya nacido bajo signo fatal. Sin embargo, extraña inclinación me guiaba hacia caminos ilegales, caminos que dejaron un estigma en mi psique. Pertenezco a una familia de clase media. No obstante, a menudo he oído hablar a ciertos familiares de su rancia estirpe. Todo esto nunca me ha impresionado. Sé concretamente que ganar algún dinero cuesta lágrimas de humillación.

***

Quisiera revivir esos lejanos días de liceano. Quisiera recordar el complejo mecanismo de las fracciones comunes, los raros teoremas y las ecuaciones altas. Quisiera verme transportado al parachoque de los viejos tranvías. Ahora puedo confesar: jamás pagué un centavo de pasaje cuando debía dirigirme de mi hogar de calle Víctor Manuel al Liceo Miguel Luis Amunátegui, de Avenida Portales. En alguna forma tenía que evitar el pago de locomoción, pues el importe de diez míseros cobres por cada viaje significaba una caliente hallulla de la Panadería El Sol. En esos larguísimos viajes, atravesando Santiago de Chile de un extremo a otro, utilizando diversos ardides, esquivaba al cobrador de la Línea N° 33 —Avenida Matta. Exponía la vida.

Cuando mi ánimo era brioso, hacía estas distancias simplemente a pie. Ahí una raya de orgullo distinguía mi frente: tenía la seguridad de que ni el cobrador ni otros individuos podían detener mis pasos. El pan, adquirido con tanto sacrificio, lo hallaba más sabroso; era un pan que poseía la virtud de extirpar el animal que residía en mi estómago.

Un hecho me fastidiaba cuando efectuaba estas caminatas: la capital chilena me parecía abominable, con sus casas sucias, con calles polvorientas y con infinidad de carretelas verduleras que pasaban al Mercado o a la Vega Central.

Muy temprano salían las mujeres con largas batas descoloridas y ajustadas a limpiar las aceras. ¿Por qué ellas se mostraban desaliñadas y con ojos cansados? Todo esto, particularmente, me descomponía; pero yo no podía gritarles mis angustias. Me sentía solo, rodeado de un mundo que no acertaba a comprender.

¿No sería mejor vivir como pájaro? En muchas ocasiones descubrí que no sabía reír como los niños normales. ¿Me consideraba un anormal? Mis desatinos posteriores me darían, con el tiempo, un lugar que no anhelaba.

En mis sueños liceanos, viví atormentado. Con mucha continuidad, ni yo mismo me entendía. ¿Por qué, por ejemplo, me agradaba levantarme en los amaneceres? ¿No era esto una aberración para los niños de mi edad? La mañana fresca, el canto de los pajarillos multicolores, los gallos madrugadores y la despedida de Venus cuando descendía sobre la costa, me abstraían. ¿Por qué esa remota belleza? Minutos más tarde iría cruzando Santiago para ahorrar diez centavos y comprar una caliente hallulla de la Panadería El Sol.

A las siete de la mañana de cada día, con absoluta precisión, me detenía en la puerta principal del Liceo Miguel Luis Amunátegui. Era el primer alumno en poner mis pies en el aula de Segunda Enseñanza.

—Y a ti, cabrito, ¿te falla?

Jamás respondía estas palabras; pero movía en forma mecánica la mitad de mi rostro, de ese rostro que no podía apreciar el portero.

No fui un escolar destacado. No jugué en los recreos y me distanciaba de mis compañeros que se embobaban leyendo las historietas de “Quintín El Aventurero”, o siguiendo las seriales, sentimentales y fantásticas, de “Don Fausto”. Tampoco hice la cimarra. Empero una fuerza irresistible me empujaba hacia senderos prohibidos.

—¡Como tú eres tan tranquilo, me imagino que serás el mejor estudiante de tu curso!

No podía serlo; ello exigía una preocupación constante de las materias tratadas en clase. Me sentía distante de ese torrente de sabiduría que emitían esos maestros serios y distinguidos.

—A ver, Escudero, ¿cuál es el cuadrado de un binomio?

Existía un motivo básico que conducía mi cabeza por rutas muy distantes. En verdad, vivía en un pequeño desorden hogareño y este desorden me afectaba. Mis padres, a menudo, asistían a ritos religiosos, poniendo rostros de mártires como si hubiesen cometido delito. En este sentido, no podía comprenderlos. Si eran buenos o trataban de serlo, ¿por qué ponían esas caras estúpidas ante las imágenes sagradas?

A mi padre no se le veía el dinero. Él decía que su profesión no le alcanzaba para vivir. ¿Sería así?

—¿Qué te parece, madre, que yo trabaje para ti?

—¡Imposible, hijo! Tú serás médico.

La casa caminaba muy mal; con o sin razón, se motivaban peleas, discusiones inútiles, griterío de mis hermanas menores que pedían vestidos y calzones de seda.

Hubiera deseado desentenderme de toda esa vorágine familiar. No pude. Todo se aunaba: el liceo, el asunto alimenticio, las desavenencias conyugales, mis hermanas y mis continuos viajes al plantel educacional, evitando la presencia del cobrador. Y como burla, sin necesidad vital, surgía el intrincado teorema de Pitágoras, la filosofía de Santo Tomás de Aquino y la poemática de Mio Cid.

Quisiera sepultar esos días: ¡No puedo!

Y esto pasó siempre…

Una mañana me levanté aterido. Con diecisiete años sobre las espaldas, me sentía viejo. Consideraba que vivir más era vicio. Como tantas veces, salí de casa sin desayuno. Mi padre dijo no tener dinero para el diario sustento; mi madre se cruzó de brazos. Me tiritaban las manos, los labios y mi casa estaba rota. No llevaba, por cierto, calzoncillos. En el paradero de Avenida Matta con Santa Rosa, había numeroso público en espera del tranvía 33. Descuidadamente tomé un boleto usado. Entraría en el vehículo y se lo mostraría al cobrador con soltura, mirándole de frente. Seguramente, en esta operación-engaño, pasaría inadvertido y podría llegar a las vecindades de mi liceo como si tal, es decir, sin problemas y con la risa juvenil de otros muchachos.

—¡Los Boletos! ¡Los Boletos!

Se aproximaba el cobrador; sus ojos ávidos de dinero, estaban impacientes. El tranvía al detenerse en cada esquina se quejaba por largo rato.

Me anticipé.

—¡Aquí está mi boleto, señor!

El hombre no esperó un segundo; me irguió por la solapa; hizo temblar la campanilla y el carro se detuvo con brusquedad. Antes de soltarme, me asestó feroz puntapiés por las nalgas. Me mordí los labios.

—¡A mí no me hace huevón nadie! ¿Oíste?

Le quedé mirando con infinita pena, como dándole a entender que había sido cruel. En medio de mi aflicción, capté risotadas y la música áspera de las ruedas del tranvía puestas en movimiento. Mis pantalones destrozados fueron testigos de mi pequeña tragedia.

DOS

En el sexto año de humanidades se trizó definitivamente mi vida. En consecuencia, un nuevo panorama surgía ante mis ojos.

Mi padre fue ultimado en un garito disfrazado de billares de calle Merced. Después supe que tal arteria cae en el drama policial con el justo sobrenombre de CHICAGO CHICO, en razón de albergarse por ahí la delincuencia alta y baja de la nación. ¿Qué había pasado? Mi padre era jugador, y todo su dinero se escurría bajo la danza de los naipes y los dados. Un tal Chucheta le sorprendió con estos cargados. Cerró los ojos en su ley, quedando con aquella cara estúpida que ponía en la iglesia junto a mi madre. Hubo, por consiguiente, llanto familiar y mi padre fue colocado en el altar de los santos.

—¿Qué haremos ahora, hijo?

—¡Yo trabajaré para ti, madre!

La vieja mujer no contestó mis palabras y desde ese día reconcentró todas sus horas en mi frente.

Los estudios secundarios y mi carrera de médico quedaron en el aire. ¡Ahora había que trabajar! Mis hermanas se fueron a radicar donde unas tías que vivían en el austral pueblecito de Pitrufquén. En su presencia física, nunca más supe de ellas. Mi madre no quiso seguirlas, pretexto que los hombres estaban en mayor peligro que las niñas. Quedé solo frente a ella.

Deseé siempre los mejores días para mi madre; pero le di continuas molestias derivadas de asuntos dudosos. En verdad, que anhelaba vivir sin barreras, sin hipocresía, sin engañarme, valiéndome por mí mismo. No me fue posible; siempre hubo factores que detuvieron mis aspiraciones.

—¡Nada haces por triunfar, hijo!

Logré, por fin, un puesto de oficinista en el Almacén Roma, de calle Puente. Ahí, durante algunos meses, me especialicé en hacer guías y en disponer el despacho de artículos de primera necesidad. Me pagaban cien pesos mensuales. Era un sueldo miserable; apenas alcanzaba para subsistir.

Al poco tiempo, como tenía habilidad en mi trabajo, los dueños —unos testarudos italianos— me subieron el suelo a la cantidad de ciento cincuenta pesos por mes. En el ajetreo cotidiano, noté que la confección de guías y el despacho correspondiente estaban entregados totalmente a mis manos, y que nadie se preocupaba del control. Consideré que no había delito en turbios manejos, pues me sentía bajo explotación.

Los vendedores al mostrador llegaban a mi ventanilla con una lista en que anotaban los pedidos: un saco de harina, dos quintales de azúcar, cinco litros de aceite, tres kilos de queso de Chanco y un sinfín de especias vitales. En la danza de artículos alimenticios, recordé mis días de liceano, del ahorro de míseros centavos recorriendo calles y avenidas para comprar una hallulla. En el Almacén Roma la mercadería era lluvia incesante. Medité. ¿No hacía yo mismo el despacho? ¿No disponía también la salida de las veloces camionetas a domicilio? Entonces pensé en azul horizonte, en horizonte sin estrecheces. Así esperé con paciencia el instante clave.

En aquella fecha vivíamos en una casita de calle Víctor Manuel, del barrio Avenida Matta. Y en mérito a la verdad, diré que en muchos días los porotos eran luces de bengala.

Un cajón de comestibles cayó en mi hogar. La operación dio resultado. Así se extinguió la necesidad estomacal; mi madre habló de un hijo bueno, cariñoso, responsable.

El trabajo del Almacén Roma se derrumbó; fui eliminado por malos negocios.

TRES

Mas esa vida hogareña, llevada con cierta rigurosidad, me hastió. Traté de buscar otros parajes, ángulos donde pudiese alternar con seres desconocidos. ¿Por qué consideraba que la gente de mi plano no me comunicaba nada? En esos períodos de mi vida, no me agradaba conversar con nadie; en cambio observaba mucho. Tal vez esto me hizo estrujar mis sesos mucho antes que otros jóvenes de mi edad.

Una noche de altas y bajas estrellas caí en La Buenos Aires, un salón de baile de mala muerte de calle San Diego con Pedro Lagos. Ahí se bailaba con pésima orquesta de jazz. Los músicos, barrigudos y somnolientos, ejecutaban jazz parejo, sin insinuaciones, sometidos estrictamente a los signos dibujados en el pentagrama. Pero no fue en el conjunto musical donde detuve mis ojos, sino en las muchachas y los jovenzuelos.

Las adolescentes vestían faldas ceñidas, zapatos de taco alto, cinturones amplios y blusas semiabiertas; dejaban escapar pechos de formas irregulares. Algunas jovencitas eran descuidadas; emitían olores comunes, emanaciones de sudor y polvos baratos. En los ademanes femeninos había descaro; deseaban demostrar que ellas no tenían prejuicios en eso de lucir piernas y calzones bordados.

Los muchachos vestían pantalones de moda Oxford, amplísimos; chaquetas cortas, camisas blancas, cuello almidonado y un colosal nudo en la corbata. En su mayoría, usaban zapatones de gamuza, descoloridos y lustrosos por el ajetreo diario. El epílogo se circunscribía a grandes melenas peinadas a la gomina. Algunos, aún muy jóvenes, repintaban sus bigotes con extraños ungüentos de fabricación casera.

La noche de mi debut en La Buenos Aires se ejecutaba un trozo de “Memphis Blues”, de William C. Handy.

La elaboración musical, exenta totalmente de swing, no era razón para que los bailarines no se moviesen con frenético ritmo. Diríase que esa juventud había nacido para el baile, incluyendo el amor estrambótico.

Silencioso, como queriendo pasar inadvertido, me ubiqué en un costado del salón. El humo negro de los cigarrillos Monarch y Premier, replegado hacia los altos focos, imprimía mágico signo al cielo raso. Las mariposillas, intranquilas y tímidas, armonizaban con el balanceo monótono de la jazz band. Quieto, abstraído por las luces de colores, por el paso de los filóricos, comprendí que esa inquieta generación vivía el presente. Quizá si muchos de esos jóvenes portaban una tragedia privada o pública. ¿De qué valían ahora los problemas? Simplemente vivían; no rezaba ahí el pasado, menos el futuro.

“Los maracos viven pendientes del porvenir”.

Salí de mi abstracción. No podía seguir inactivo. Me decidí.

—¿Bailamos, señorita?

La muchacha me miró con tamaños ojos. El trato de “señorita” no correspondía para un ambiente turbulento como La Buenos Aires. Me dejé llevar por el compás moribundo de la orquesta, sometiéndome a oír la conversación trivial de la bailarina. Una cosa preciso: su larga cabellera que me azotaba con vigor mi rostro. Aquello era algo nuevo para mí.

—Parece que fueras del campo.

Me reí hacia adentro. Hubiera querido decirle lo intrascendente que estimaba todo eso; temí la risa estridente de la muchacha.

“Y si todo eso te parece intrascendente, ¿qué haces aquí, imbécil?”.

***

Medianoche. La calle San Diego es como una bailarina enferma. Muestra casas viejas, nuevas, galpones, sitios eriazos, edificios en construcción; plagas de letreros luminosos, carteles desteñidos; hoteles dudosos; mujeres errantes. Desajustado al ambiente comercial que reina en esa arteria, se levanta por ahí un plantel de Segunda Enseñanza. La calle se corona con restoranes, cafeterías, pensiones y gentío indigente.

En Victoria, Olga dobló hacia Arturo Prat y fue a dar conmigo a la Cocinería La Mundial. Quise oponerme.

—¡Aquí pago yo, Chicoco!