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Chile desorientado de Helios Murialdo Laport está integrado por comentarios, artículos y cartas enviadas a los diarios —algunas publicadas, otras inéditas— sobre la contingencia chilena de los últimos cinco años. Su visión, siempre lúcida y documentada, abrirá los ojos de los lectores sobre aspectos trascendentes del acontecer nacional que suelen pasarnos inadvertidos. Murialdo es autor de ocho novelas de género negro e innumerables artículos científicos publicados en revistas de todo el mundo. Vive parte del año en Chile, su país natal, y parte en Canadá, por lo que tiene una visión tanto interna como externa de los chilenos. Esto le permite otorgar un valioso punto de vista comparativo del acontecer local con una nación del primer mundo.
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Seitenzahl: 215
Veröffentlichungsjahr: 2023
Chile desorientadoAutor: Helios Murialdo Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Primera edición: diciembre, 2023. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2024-A-292 ISBN: Nº 978-956-338-698-1 eISBN: Nº 9789563386998
En memoria de mi profesora de castellano Ana Jara de Doddis, quien durante mi paso por los seis años de la escuela secundaria (humanidades), nos inculcó el placer de la lectura; la pasión —diría yo— por la lectura. Una vez a la semana aparecía en nuestra aula con un carro cargado de novelas de autores españoles y latinoamericanos. Ella nos entregaba el resumen de la novela anterior corregido con su lápiz rojo, nosotros le entregábamos el resumen de la novela leída en la semana anterior y ella, entonces, escogía para nosotros una nueva novela para leer la próxima semana.
Tenía el don de la enseñanza, amor por el idioma castellano y las ansias de cumplir con la misión de profesora a cabalidad. Siento que su profesión, más que ser parte de ella, era su vida.
Antes de entrar en materia, quisiera expresar el cariño que siento por este maravilloso país que la tectónica y nuestros predecesores nos regalaron. Ellos son los que me han motivado a escribir las cartas y artículos aquí recopilados, con el objetivo de contribuir a un futuro más armonioso.
Este volumen contiene una recopilación de artículos publicados en distintos medios de comunicación nacionales. Además, incluye algunos que, enviados a los editores, no entraron a prensa o pantalla. La razón por la ablación de estos artículos o cartas está definida por el criterio del director del medio, quien podría juzgar el artículo demasiado extenso, sin interés para su público, obsoleto, mal redactado, con datos erróneos o, finalmente, demasiado candente. Obviamente, cuando se redacta un artículo o una carta para enviar a un medio de comunicación, el primer censor es el escritor, pues si realmente desea que su contribución sea aceptada, debe tener presente, en primer plano, la línea o doctrina editorial del periódico.
En este libro tengo la libertad de incluir algunos de esos artículos que no fueron publicados por, juzgo yo, haber sido considerados demasiado controversiales. Aprovechando la ocasión, he agregado algunas inquietudes que me han surgido durante los cinco años que han transcurridos desde que empecé con este emprendimiento.
Durante los cinco años que se han deslizado desde el comienzo de la recopilación, hubo cuantiosas y prolongadas interrupciones debido a los sinuosos caminos de la trayectoria vital. En ese lustro, Chile y el orbe han sido afectados por cambios en prácticamente todos los ámbitos del quehacer humano. Cambios políticos, demográficos, culturales, sociales, educacionales, etc. Por eso, en vez de presentar los artículos y cartas en orden cronológico, se escogió agruparlos temáticamente.
Es innegable que en Chile el estado de derecho no rige para la totalidad de las relaciones sociales. Ciertos estratos culturales ignoran o rechazan su existencia, e incluso justifican sus actuaciones al margen de la ley.
La ilegalidad comienza en el norte, donde diariamente se detecta la entrada, sin control inmigratorio, de unos doscientos caminantes extranjeros, como una romería religiosa. Otros, no se detectan; entran clandestinamente de noche, por lugares más recónditos. Algunos de ellos se dispersan por el país, sin documento de identidad alguno; nadie conoce sus verdaderos nombres, sus intenciones, sus paraderos. El historiador y escritor canadiense Michael Ignatieff1 en una entrevista televisiva en 2017 en Toronto manifestó: “Los habitantes de un país quieren tener control de sus fronteras, de su democracia, de su cultura y de sus intereses nacionales. Por supuesto que la inmigración es deseable [en Canadá], pero la inmigración debe ser regulada y controlada. Los países que no controlan sus fronteras no son países”.
La ilegalidad continúa en las ciudades nortinas y del resto del país, donde recientemente (año 2022), se han contabilizado varios miles de asentamientos irregulares en terrenos fiscales y privados. Pero además, los parques, plazas e incluso las veredas de las ciudades se utilizan como lugares para acampar. En el centro del país, algunas de estas “tomas” de terrenos se han utilizado para la construcción de viviendas de veraneo.
La ilegalidad se experimenta a diario mientras se circula por las calles de las ciudades, por los caminos rurales y autopistas, donde una proporción no despreciable de vehículos circula sin placa patente. También se experimenta en los vehículos estacionados en lugares no permitidos y en las motos, cuyos conductores carecen de licencia de conducir.
La ausencia de un Estado de derecho está presente en las veredas, parques y plazas colmadas con vendedores informales que compiten deslealmente con el comercio establecido, vendedores que atacan a guardias municipales y a carabineros, obligándolos a arrancar. Está presente en las murallas de edificios, incluso en monumentos nacionales, grafiteados sin piedad, en el robo de placas de bronce de monumentos y en la desaparición de esculturas en parques y en los mausoleos de nuestros cementerios.
La ilegalidad ha invadido todos los ámbitos del quehacer. Robo de cátodos de cobre desde los trenes o de cables de transmisión eléctrica, contrabando y robo de cigarrillos en tal cantidad que el Estado deja de percibir sumas considerables de impuesto al tabaco, robo de madera en el Sur, extracción y robo de algas, pesca ilegal y robos de peces de criaderos, destrucción de pueblos enteros, quemando casas tras casas, escuelas, iglesias, museos y usurpación de terrenos productivos. Es tal la falta de Estado de derecho en el Sur, que se ha tornado peligroso transitar por caminos secundarios.
Finalmente, la delincuencia no permite utilizar el espacio público después del atardecer, y durante el día se camina atento a lo que nos rodea, escudriñando el paisaje urbano por la presencia de delincuentes al acecho. De hecho, hay lugares rurales y urbanos donde las fuerzas policiales normalmente no penetran. Al volante de un vehículo se está expuesto a la encerrona o asalto a mano armada para robar el vehículo y las pertenencias. La delincuencia violenta también ha invadido los hogares. Hasta hace unos siete u ocho años, aunque los ladrones amenazaran con pistolas a los dueños del hogar, era inverosímil que dispararan. Hoy no es así, el grado de agresividad ha aumentado, tal vez debido a la influencia de extranjeros arribados de países con una tolerancia mayor a la violencia que la nuestra. Esto, debido a la presencia de guerrillas en la historia reciente en sus países de origen. Me atrevo a decir esto, porque los gobernantes actuales son muy jóvenes y han crecido en este desorden institucional y grado de belicosidad y carecen de un patrón de comparación. Lejos están los tiempos cuando levantarle la voz a un carabinero constituía un desacato a la autoridad y ameritaba una detención o una multa. Se han importado tipos de delitos, tales como el chantaje y la extorsión (amenaza de muerte por no pago de protección, como en los tiempos de Al Capone), el secuestro asociado a un pedido de rescate y los robos de celulares y mochilas desde motos en movimiento.
Es posible que el país se torne ingobernable en un futuro cercano si no se actúa para restablecer el Estado de derecho completamente. En esta ocasión hay que tomar decisiones inconfortables. Si el acto ilegal no se sanciona de inmediato, la permisividad promueve su expansión y su transformación en un derecho adquirido. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con la evasión en el pago del pasaje de la locomoción colectiva. Esta práctica se ha generalizado a tal punto que su erradicación, aunque posible mediante medidas draconianas, será una tarea titánica.
La ilegalidad y delincuencia se han generalizado a tal punto que, en la práctica, no hay sistema policial y judicial que dé abasto. Es así como el espacio público se ha restringido en lugar y tiempo. Ya no existen la plena libertad de movimiento y el derecho a transitar libremente por el territorio nacional, consagrados en la Constitución.
Espacio público Foto: Sabrina Gaudino. (CC BY 4.0)
Aderezo
En Chile no se cumple ni con la ley de la selva.
Nicanor Parra.
La carta siguiente fue publicada por El Mercurio en formato de “OPINIÓN” el 22 de octubre del año 2000, momentos en que se discutía la abolición de la pena de muerte.
La posible abolición en Chile de la pena de muerte ha suscitado un debate. Uno de los aspectos centrales de este concierne a la severidad de la pena. Algunos argumentan que esta influye en la disposición del delincuente a cometer el delito, y otros argumentan que más importante es la evaluación que el potencial delincuente tiene de ser aprehendido. Afortunadamente, en algunas situaciones es posible realizar experimentos para estudiar el comportamiento de los delincuentes. Tal es el caso de faltas menores, como es por ejemplo el estacionamiento de vehículos en lugares prohibidos por la ley.
Por el momento haremos el experimento mentalmente y dejaremos a las autoridades correspondientes la realización en la práctica. La multa por estacionar un vehículo en zona prohibida es de aproximadamente veinte mil pesos, y, sin embargo, el número de autos estacionados ilegalmente es repetida y consistentemente altísimo. Es obvio que la infracción se comete porque la probabilidad de ser multado es muy baja, cercana a cero. Si la posibilidad de ser multado por estacionamiento ilícito fuera del 100 %, el número de autos mal estacionados se aproximaría a cero. El resultado de este experimento mental es que la severidad de la pena es adecuada y que la probabilidad de ser sorprendido es el principal elemento disuasivo. El lector puede elucubrar con probabilidades de multas intermedias, digamos 90 %, 80 %, etcétera. (Mi opinión es que cualquier probabilidad por sobre 80 % es extremadamente disuasiva.)
¿Qué pasaría si variáramos la pena? Indudablemente que la frecuencia delictual dependería de la probabilidad de aprehensión. Creo que una probabilidad de aprehensión de 80 % actuaría disuasivamente con una pena de hasta 50 % menos (diez mil pesos) y, por otra parte, no incrementaría (sustancialmente) el poder disuasivo si aumentáramos la pena en 50 % (treinta mil pesos). En otras palabras, grandes variaciones en la pena no alteran el poder disuasivo si la probabilidad de ser aprehendido es alta.
Para estudiar el comportamiento de potenciales delincuentes en el caso de delitos mayores solo se puede recurrir a experimentos mentales (o análisis histórico). Encuestar a potenciales delincuentes es imposible y fiarse de una encuesta a delincuentes convictos no es aconsejable porque las condiciones existenciales han cambiado. Después de todo, cualquier acto delictivo es, en mayor o menor grado, un acto de desesperación.
Supongamos que el robo a mano armada a una casa conlleva una pena de, digamos, doce años de presidio. Tal como en el caso de los vehículos mal estacionados, el potencial delincuente realiza el acto no porque la pena sea pequeña, sino porque estima que, dada su estratagema, la probabilidad de que lo aprehendan es cercana a cero. De nuevo, si la probabilidad de aprehensión fuera 100 %, la frecuencia de este tipo de delitos tendería a bajar a cero. Tal como en el caso anterior, para completar el experimento se pueden variar las probabilidades.
Ahora, supongamos que el potencial delincuente esté dispuesto a disparar a matar y que está consciente de que de asesinar a una persona la pena sería prisión de por vida. Si también estuviese consciente de que las probabilidades de aprehensión fuesen 100 %, es obvio que no insistiría en su fútil intento (¿para qué le serviría el dinero robado en la cárcel?). Finalmente, si mantenemos la probabilidad de aprehensión de 100 %, el cambio de pena, de cadena perpetua a pena de muerte, es, como elemento disuasivo, irrelevante.
Por último, dudo que, en los crímenes pasionales, incluidos asesinatos, haya de parte del criminal una evaluación de las probabilidades de ser aprehendido y de la pena que el acto que está por realizar conlleva para, sobre esas bases, decidir si vale la pena llevarlo a cabo.
En resumen, concuerdo con el pensamiento de don Jorge Mera Figueroa (“El Mercurio”, 29 de julio de 2000, página A2) y discrepo con aquel de don Fernando Cordero R. (“El Mercurio”, 13 de octubre de 2000, página A2). En base al análisis anterior, concluyo que, ante la presencia de una mínima severidad de la pena, no importa lo severo que sea el castigo, sino que lo más influyente en la disposición del individuo a cometer el crimen es la (evaluación de la) probabilidad de ser aprehendido.
Carta al Director de El Mercurio, publicada el 18 de noviembre de 2003
Ascensores de Valparaíso
Señor Director:
Hace dos años, la alcaldía de Melipilla se deshizo de los antiguos faroles de la plaza e instaló unos nuevos. Cuando inquirí la razón del cambio, me informaron que los antiguos faroles estaban extensamente oxidados. Según el personero de la municipalidad, el deterioro era la justificación perfecta para retirarlos, sin ocurrírsele que de haberlos mantenido y reparado adecuadamente a través de los años estos habrían durado tanto como los que se pueden admirar en ciudades europeas. Los faroles nuevos no son feos, pero son iguales a los de todas las plazas de nuestro país. Los antiguos faroles tenían un encanto único, que confería a la plaza un ambiente especial. SoIo en los patios de La Moneda quedan faro|es con ese diseño. Es de suponer que no los cambiaran por faroles modernos.
Es así que, dejándolo en manos de alcaldías sin visión, más rápido que lento se pierde el patrimonio histórico de nuestro país. ¿Qué tendríamos que ver, por ejemplo, en Florencia, si unos tras otros los alcaldes hubiesen “modernizado” el Palazzo Vecchio, o si en Roma hubiesen cubierto con asfalto el “deteriorado” pavimento de adoquines de las vías construidas por los romanos hace dos mil años?
Ahora me entero de que a los ascensores de Valparaíso, la ciudad más turística y hermosa de Chile, les van a cambiar las antiguas maquinarias por sistemas tecnológicamente mejores y más eficientes. Cuando era niño, y aun hoy en día, me fascinaba contemplar las ruedas y poleas de los ascensores a través del ventanal que separa la sala de máquinas de los pasillos para el público, enrollando y desenrollando los cables de acero. Se me viene la imagen de los tecnológicamente anticuados, “ineficientes” y complicados tranvías de San Francisco de California. ¿No es curioso que en el país tecnológicamente más avanzado del orbe no hayan pensado en modernizar este antiguo sistema de transporte? Por algo será.
Los ascensores de Valparaíso, como toda maquinaria, necesitan mantención, reparaciones. Eso, mantener en perfectas condiciones los ascensores, plazas, parques, etcétera, es lo que las alcaldías deberían realizar. Si a los municipios les sobra el dinero, que restauren. Así no pasara lo que ha ocurrido con la Plaza de Armas de Santiago. ¿Cuántas veces ha sido renovada para volver a ser -informan los historiadores- como era siglos atrás?
HELIOS MURIALDO LAPORT
Fundación Ciencia para la Vida
Artículo publicado en El Mostrador9 de junio de 2016.
Foto de Rodrigo Fernández. Wikimedia commons.
El lecho y murallas del río Mapocho son en sí de una belleza extraordinaria. No ceso de admirar la precisión con que cada piedra fue colocada, el poderío que la piedra representa y la resistencia que esos muros han tenido, durante 125 años, para mantener las aguas en su cauce, lo que asumo, harán por muchos años más. Me sorprende que esta magnífica obra, más que centenaria, no se encuentre declarada Monumento y Patrimonio Nacional. Hay edificios que con menos mérito y menos antigüedad han adquirido tal categoría.
El 29 de mayo fue el día del patrimonio nacional. Entre las grandes obras arquitectónicas y de ingeniería del siglo 19 está la canalización del río Mapocho; sin embargo, los elementos que la componen, en especial los muros de piedra de su estructura no son monumento nacional. Ni siquiera se les reconoce como monumento histórico.
Efectivamente, nadie pareció organizar un tour a la ribera del río para admirar estas construcciones y rememorar así la histórica y titánica hazaña.
Benjamín Vicuña Mackenna propuso canalizar el río Mapocho al estilo de las ciudades europeas como Berlín, Budapest, Moscú, París, Praga, Roma y otras. El intendente alcanzó a contratar a ingenieros para hacer los estudios y diseño, los que duraron tres años. Por falta de dinero y tiempo, no alcanzó a realizar su sueño. La canalización del Mapocho fue finalmente obra del presidente José Manuel Balmaceda. Durante su gobierno se creó el Ministerio de Obras Públicas, una de cuyas primeras obras fue precisamente la canalización del río capitalino. La obra se pudo ejecutar gracias, en parte, al dinero con que la explotación salitrera, después de la Guerra del Pacífico, contribuyó al erario nacional. Fue, entonces, fruto del esfuerzo nacional, una de las grandes obras públicas ejecutadas en el Chile del siglo diecinueve.
Hoy es justamente el MOP, junto al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) y la Municipalidad de Providencia los que patrocinan e impulsan la intervención de las murallas del río con murales.
El lecho del río fue pavimentado con inmensas piedras llamadas pindongos y las murallas con piedras un tanto más pequeñas, pero igualmente, de grandes proporciones. Cuando se construyó la Costanera Norte se removieron gran cantidad de ellas. En esa ocasión llamé a la empresa encargada de los trabajos y me informaron que las piedras en las murallas eran fotografiadas y numeradas y, que una vez terminadas las obras, serían colocadas en su posición original, como fueron instaladas entre 1886 y 1891.
Las murallas del río son testigo de un emprendimiento titánico, en una época en la cual no existían retroexcavadoras, cargadores frontales, grúas plumas, taladros neumáticos y camiones tolva. ¿Cuánto costaría hoy construir algo de esta envergadura?
El lecho y murallas del río Mapocho son en sí de una belleza extraordinaria. No ceso de admirar la precisión con que cada piedra fue colocada, el poderío que la piedra representa y la resistencia que esos muros han tenido, durante 125 años, para mantener las aguas en su cauce, lo que asumo, harán por muchos años más. Me sorprende que esta magnífica obra, más que centenaria, no se encuentre declarada monumento y patrimonio nacional. Hay edificios que con menos mérito y menos antigüedad han adquirido tal categoría.
Lamento que estas hermosas murallas, resultado de un emprendimiento histórico como hay pocos en nuestro país, se hayan convertido en una inmensa tela. Ya no podremos admirar esa trama de enormes piedras acuciosamente posicionadas. Van, poco a poco, desapareciendo detrás de gruesas capas de pinturas que se han catalogado como arte. ¿Acaso las murallas del Mapocho no son arte?
¿Quiénes han escogido las pinturas que están cubriendo las piedras centenarias? ¿Quién catalogó de “arte” los murales pintados en colores primarios, como mobiliario de jardín infantil? ¿Por qué tener que intervenir todo y no dejar al río tranquilo? ¿No hay otro lugar donde se puedan pintar murales sin arrancar de la vista el pasado histórico de nuestra capital?
He consultado la opinión de varias personas de distintos estratos socioeconómicos y la gran mayoría detesta los murales en las fachadas de casas y edificios y también los que ya se han pintado en la muralla del río. No me imagino las murallas del Sena en París o del Tíber en Roma o de los ríos del resto de las ciudades europeas pintadas con murales de incierto valor artístico.
1 Michael Ignatieff es un escritor, académico y expolítico canadiense. Fue el líder del Partido Liberal de Canadá y de la Oposición Oficial desde 2008 hasta 2011. Conocido por su obra como historiador, Ignatieff ha ocupado puestos académicos en la Universidad de Cambridge, la Universidad de Oxford, la Universidad Harvard y la Universidad de Toronto. Es un gran defensor del asilo político, de la ayuda humanitaria y de la inmigración controlada. Ha publicado una veintena de libros sobre derechos humanos, identidad cultural, multiculturalismo, nacionalismo, pertenencia, etc.
En esta sección se incluyen varios artículos del autor, algunos publicados, otros inéditos. El primero, extenso, fue publicado en El Mostrador en los inicios de la inmigración desatada desde otros países latinoamericanos no fronterizos.
Imagen H. Murialdo
Artículo publicado en El Mostrador7 agosto, 2015
Los gobiernos recientes, incluyendo el primer mandato de Michelle Bachelet y el de Sebastián Piñera han enfatizado la necesidad de fomentar un aumento de la natalidad y de incrementar la inmigración. Las razones que se esgrimen son esencialmente dos. La primera, es que la disminución de la natalidad y el aumento de la longevidad generarán un envejecimiento poblacional. La segunda es que para paliar el bajo desempleo se necesita mano de obra extranjera.
Analicemos la primera razón. En Sudamérica dos países han alcanzado la cifra de más del 10 % de población mayor de 65 años. Estos son Uruguay, cuyo porcentaje de mayores de 65 años es 14 % y que alcanzó el 10 % en 1975, y Argentina, con un 10, 2 % y que alcanzó el 10 % en 2010. En Europa existen varios países cuyo porcentaje de personas mayores de 65 años es mayor a 10 %. Por nombrar algunos; España con un 18 %; Finlandia con un 18 %; Italia con un 21 %; Noruega con 15 %, y Suecia, con un 19 %. Con la excepción de España y posiblemente Italia, el resto de los países no han necesitado importar mano de obra joven para aumentar el porcentaje de población activa en lo que va del siglo XXI. Todos estos países son desarrollados, con economías fuertes, excelentes sistemas educacionales, de salud y de asistencia social.
El porcentaje de mayores de 65 años en Chile es actualmente de un 8,9 % y alcanzará el 10,3 % recién en el año 2020.
Dentro del contexto económico, tanto los países sudamericanos como los europeos con altos porcentajes de mayores de 65 años, han sido capaces de enfrentar el envejecimiento poblacional y la consecuente disminución del porcentaje de población activa sin mayores problemas. Además, aumentar la tasa de natalidad y utilizar inmigración joven para contrarrestar el envejecimiento poblacional no son opciones sostenibles en el tiempo, es decir, son una “solución” temporal. Por lo tanto, la primera razón presentada para fomentar un aumento de la natalidad y la inmigración carece de sustento económico.
La segunda razón; la necesidad de mano de obra extranjera para suplir la falta de la nacional es un argumento simplemente coyuntural. Si se observa la tasa de desempleo en los últimos años, se podrán observar altos y bajos. El desempleo está ligado a la actividad económica, la que sufre ciclos de expansión y estabilización, influenciada por acontecimientos políticos internos y externos, como también por cambios en los valores de algunos productos estratégicos, como, por ejemplo, el petróleo. La enérgica actividad económica de años pasados ha dado paso a una actividad moderada. Lógicamente, el optimismo humano nos induce a pensar en que vamos a “recuperar” el ritmo de crecimiento de años anteriores. Pero tal vez no hay nada que recuperar, el buen momento puede haber sido una excepción dada por el rápido crecimiento de la economía china y el consecuente alto precio del cobre, entre otros parámetros. Ninguna economía, ni la china, puede crecer al 10 % anual por siempre. A medida que la economía y el poder económico de la población crece, varios factores, tales como la escasez de insumos, problemas de logística, incremento en el consumo energético, aumento de la contaminación atmosférica y fluvial, creciente demanda por agua, etc. empiezan a jugar un rol preponderante, desviando recursos y retrasando el crecimiento. En consecuencia, atraer mano de obra extranjera durante años dorados no es una buena práctica, porque los trabajadores no se pueden “exportar” en los años grises o negros.
Otro índice de relevancia es la población de los países. Aparentemente, nuestros políticos piensan que para alcanzar un gran desarrollo se necesita una gran población. Este punto no requiere mayor análisis por cuanto hay países desarrollados con grandes poblaciones tales como Alemania con 81millones; Estados Unidos con 321 millones; Gran Bretaña con 65 millones y Japón con 127 millones, pero hay también otros con poblaciones minúsculas, tales como Finlandia con 5,5 millones; Noruega con 5,2 millones y Suecia con 9,8 millones.
En la otra cara de la medalla, existen países de bajo desarrollo con una gran población, tales como Brasil con 204 millones; India con 1.272 millones; Indonesia con 255 millones, pero otros con una población pequeña, tales como Albania con 2,9 millones; Bulgaria con 7,2 millones; Nicaragua con 6,1 millones; Salvador con 6,4 millones. Para resumir, la riqueza de los países es independiente del número de sus habitantes. En otras palabras, no existe correlación alguna entre población y desarrollo. Este está ligado a otros factores, probablemente los más importantes sean educación, cultura, disciplina y ética.
En cualquier caso, Chile no es un país de baja densidad poblacional. El país sudamericano con menor densidad (D=habitantes por Km2) es Bolivia (D=10), seguido de Argentina con (D=15), Paraguay (D=16) y Uruguay (D=19). Brasil, Chile y Perú tienen la misma densidad (D=23). Los países con mayor densidad son Venezuela (D=33), Colombia (D=42) y el más densamente poblado, Ecuador (D=52). Este dato, en sí, no representa una base de comparación adecuada y debe ser analizado en relación con el territorio habitable de cada país. Todos los países tienen porciones de su territorio de baja o nula habitabilidad para el ser humano. En ese sentido, Chile lidera el porcentaje de territorio no habitable.
No más de un 40 % del territorio de Chile continental es habitable. Así resulta que la densidad de Chile esté más cera de los 50 habitantes por km2
