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La relación entre ciencia y religión es —y lo ha sido desde hace varios siglos— un tópico siempre vigente en el que subyace la tesis de que entre ambos miembros de este binomio no puede existir sino un enfrentamiento absoluto. El presente libro busca abordar esta relación actualizando su enfoque desde un triple modo de aproximación: en un primer momento, desde una perspectiva epistemológica, se plantean algunas tipologías con las que se ha intentado clasificar la relación entre ambos fenómenos: "religión" y "ciencia". Luego, desde una visión histórico-teológica, se propone una exposición del vínculo entre las ciencias y una religión en particular: la cristiana. Por último, a través de un tratamiento estrictamente teológico, el autor reflexiona sobre los presupuestos de teología fundamental necesarios para incorporar a las ciencias dentro del quehacer interno de la teología. El libro, por lo tanto, da cuenta de la necesidad de afrontar el aparente conflicto entre ciencia y religión mediante un pensamiento respetuoso de las autonomías de cada ámbito de conocimiento, pero, a la vez, abierto a un posible entrecruzamiento interdisciplinario que pueda aportar una visión más profunda y enriquecedora de la realidad.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2020
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UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA
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EDITORIAL EUCASA
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Edición
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Comercialización
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Lucio Florio
EUCASA EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA SALTA - ARGENTINA
Florio, Lucio
Ciencia y religión : perspectivas históricas, epistemológicas y teológicas / Lucio Florio. - 1a ed . - Salta : Universidad Católica de Salta. Eucasa, 2020. Libro digital, EPUB - (EUCASA / Identidad. Fe y Razón)
Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-950-623-215-3
1. Filosofía. 2. Teología. I. Título.
CDD 261.55
Para citar este libro:
Florio, L. (2020). Ciencia y religión. Perspectivas históricas, epistemológicas y teológicas. Salta: EUCASA (Ediciones
Universidad Católica de Salta).
© 2020, por EUCASA (EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA)
Colección: EUCASA Identidad / Fe y Razón
Resolución Rectoral: 680/2020
Diseño de interior: [email protected]
Arte de tapa: D.G. Carolina Ísola ([email protected])
Domicilio editorial: Campus Universitario Castañares - 4400 Salta, Argentina
Web: www.ucasal.edu.ar/eucasa
Tel./fax: (54-387) 426 8607
e-mail: [email protected]
Depósito Ley 11.723
ISBN: 978-950-623-215-3
Digitalización: Proyecto451
Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente, sin autorización escrita del editor.
La cuestión «ciencia y religión» se ha convertido en un tema de interés en las últimas décadas. Se trata de un tópico que viene a enfrentar en forma consciente una situación instalada desde el siglo XVII, caracterizada por la tesis de que entre ambos miembros de este binomio no podría existir sino un enfrentamiento absoluto. Sin embargo, en parte porque la historia de ambas es anterior a los episodios modernos a partir de los que se instauró el paradigma conflictivo, y en parte porque ciencia y religión continúan gozando de buena salud en el siglo XXI, la cuestión sigue vigente. Esto se percibe en el hecho de que durante las últimas décadas numerosos investigadores han propuesto, desde disciplinas diversas, un abordaje serio de la relación entre ambos campos de la experiencia humana.
Este libro pretende recoger la temática ciencia y religión desde un triple modo de aproximación:
En un primer momento, se presenta un acceso epistemológico, mostrando algunas tipologías con las que se ha intentado clasificar la relación entre el fenómeno «religión» y el fenómeno «ciencia».
En un segundo momento, se ensaya una aproximación histórico-teológica, proponiendo una sintética historia del vínculo entre las ciencias y el universo de una religión en particular, la cristiana. Se focaliza el interés, pues, sobre el cristianismo. La opción metodológica es, por consiguiente, histórica; pero también teológica, en el sentido clásico de la palabra según la tradición cristiana.
En un tercer momento se practica un tratamiento estrictamente teológico. Se trata de reflexionar sobre los presupuestos de teología fundamental necesarios para incorporar a las ciencias dentro del quehacer interno de la teología. Ello incluye la identificación de algunos de los desafíos que la ciencia actual propone a la teología de raíz bíblica.
El modo de abordaje que se pretende llevar adelante, pues, privilegia la reflexión epistemológica, histórica y, sobre todo, teológica. Quiere dar cuenta, de manera introductoria, de la necesidad de afrontar este aparente conflicto mediante un pensamiento que sea respetuoso de las autonomías de cada ámbito del pensar pero, a la vez, más amplio que el producido por el mero entrecruzamiento de ciencias y religiones. La teología, disciplina bastante ausente del ámbito académico de nuestra región, tiene algo que decir —como lo ha hecho en la historia— sobre este tema. Eso sí, a condición de que se deje impactar por el lenguaje y los contenidos científicos y, con la previa tamización filosófica, los incorpore en su propio quehacer.
Ningún libro es el producto de una única mano. En este caso, es el fruto de una reflexión abonada por tareas y encuentros interdisciplinarios vividos durante varios años. Se trata de la experiencia acumulativa de lecturas, diálogos y clases. En muchas ocasiones, es difícil distinguir lo que se ha sedimentado de ellas de las ideas personales. Solo como mención, destaco algunos de los grupos, personas e instituciones que han influido en la composición de esta obra.
Por una parte, la larga actividad de la Fundación Diálogo entre Ciencia y Religión (DECYR) ha sido y es un espacio de búsqueda en un área que recién en los últimos años ha comenzado a desarrollarse en nuestros países. Asimismo, la vinculación con el Centro de Estudios de Ciencia y Religión (CECIR) de la Universidad Popular Autónoma de Puebla a través de numerosas iniciativas —congresos latinoamericanos, conferencias, publicación de la revista Quaerentibus, sobre teología y ciencias (www.quaerentibus.org), etc.— ha sido importante para consolidar el interés por el tema. Asimismo, la conexión con otros centros de teología y ciencias o interdisciplinarios (CTNS, Metanexus Institute, ESSSAT, Templeton Foundation, Universidad Austral, ISSSR, DISF, SAT, etc.) ha sido esencial para mantener una ventana abierta a un debate creciente en el orden internacional.
Por otra parte, los diversos grupos de trabajo interdisciplinarios de los que he participado han sido importantes para mantener un clima de interés por lo interdisciplinario. En primer lugar, el Seminario Permanente de Teología, Filosofía, Ciencia y Tecnología de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA), donde por varios años hemos debatido sobre temas variados en clave interdisciplinaria. También debo dar cuenta de la importancia de los diálogos tenidos en el Seminario Permanente de Estética y Teología de la Facultad de Teología de la UCA; este seminario ha sido importante por el hecho de incluir a la estética como elemento clave de integración, incluso en el ámbito de la ciencia y la religión. Algo análogo debo decir del grupo interdisciplinario «Other», de la Universidad Católica de Córdoba, como espacio de debate de la ciencia astronómica y biológica con la filosofía y la teología. Finalmente, algunas de las perspectivas del presente libro son deudoras de los proyectos organizados por la filósofa Zlatica Plašienková, de la Universidad Comenius de Bratislava.
En forma muy especial, doy cuenta del clima favorable a la cuestión interdisciplinaria por parte de la Facultad de Filosofía y Letras de la UCA, donde soy investigador y docente. Varias tesis, maestrías, cursos de doctorado y jornadas han estado animados por la preocupación de poner en diálogo disciplinas diversas.
También agradezco el aporte de los estudiantes que han permitido probar y pulir algunas de las ideas aquí volcadas; en especial, a los alumnos de Filosofía y de Letras, y a los de Teología de la Creación de la UCA, así como a los alumnos del magisterio Fray Mamerto Esquiú de City Bell, La Plata.
En modo particular, agradezco a algunas personas por su apoyo directo o indirecto. En primer lugar, a Susana Elena Saraví, mi madre, quien partiera a la casa de Dios durante la elaboración de esta obra: el hogar paterno y materno definitivo es el último término de nuestro caminar por los saberes y la fe. Le agradezco su sostén afectivo en mi trabajo de estudio.
Asimismo, agradezco a la licenciada Lorena Oviedo por sus observaciones, especialmente en el área de la pedagogía del tema ciencia y religión. Por otra parte, deseo recordar el influjo personal de Felipe Arriaga (1958-2018), cuyos comentarios han producido el efecto de moderar los accesos teóricos y conectarlos con una visión concreta de la fe.
Finalmente, deseo reconocer el aporte fundamental que significó para organizar la tarea de ciencia y religión en nuestro ámbito, y consolidar un proyecto de diálogo, el interés concreto y activo del doctor Ludovico Galleni (1947-2016), de la Universitá di Pisa, Italia. Muchas de las ideas centrales de esta obra tienen su origen en conversaciones con Galleni, biólogo y pensador teilhardiano, y gran promotor de programas de investigación en el campo de la ciencia y religión.
Al hablar sobre ciencia y religión aparecen inmediatamente cuestiones semánticas: ¿qué entendemos por estas palabras? Por supuesto, ellas traen consigo una historia no siempre homogénea. Lo que era ciencia (episteme) en Aristóteles es muy diferente a lo que es ciencia (science) en un journal como Nature o en un laboratorio donde se estudian partículas atómicas. Pero también será diferente entre un físico, un químico y un biólogo. No digamos nada respecto de un sociólogo o un historiador. Algo curioso: muchos científicos no podrían definir lo que es ciencia. La hacen, la estudian, la comunican, la desarrollan en informes, pero no la pueden definir acabadamente. Ciencia sería lo que ellos hacen, que a veces dista de lo que otros científicos practican. Hay elementos comunes: experimentación, cuantificación, falsación, teorización, predictibilidad, comunicación a la comunidad de pares, etc. Sin embargo, difícilmente puedan plantear en forma abstracta una definición de ciencia.
Algo análogo a lo que pasa con la palabra ciencia sucede con la expresión religión. En especial, al momento de preguntar a los hombres creyentes qué es eso que entienden por esa expresión. Habrá diversas respuestas, incluso algunas «no-respuestas», puesto que muchos de ellos están inmersos en una corriente espiritual que no pueden traducir en conceptos.
Por estos motivos, utilizaremos un concepto amplio de esas expresiones, que habrá de delinearse un poco mejor durante el desarrollo de nuestro texto.
Por ciencia entenderemos la actividad humana de investigación del mundo natural. Aunque presente muchas modalidades, la ciencia privilegia la descripción, la matematización, la repetibilidad experimental y, desde la revolución científica, la confrontación con la comunidad académica a fin de alcanzar una validación. Durante el siglo XX se han elaborado varias caracterizaciones de la ciencia que, en general, son pertinentes para aquel modo científico originado después de la revolución del siglo XVI.
Por religión, por otra parte, entenderemos una conducta humana que se refiere a algún tipo de absoluto, meta-empírico (es decir, que trasciende la experiencia meramente sensorial, aunque la incluya), al que refiere el sentido de la realidad. Este absoluto puede ser uno o varios, y toma generalmente una modalidad de índole personal (dioses o espíritus). Suele configurarse en forma institucional, en religiones concretas, caracterizadas por ritos y textos sagrados, aunque dichas formas son dinámicas, mezclándose y fusionándose en muchas ocasiones. Disciplinas como la sociología, la historia y la psicología de las religiones tienen el fenómeno religioso como objeto de estudio. Hay fenómenos cercanos a los religiosos como la magia, el animismo y otros. Sin embargo, conviene abordar aquellos en los que la entidad en la que se cree está más determinada y no se confunde con lo empírico.
Junto a estas expresiones, en la confrontación entre ciencia y religión, necesariamente suelen aparecer otras que están emparentadas con el binomio de nuestro interés; estas son: filosofía y teología. Ambas entran en juego cuando se ponen en movimiento dinámico y recíproco las otras dos. Filosofía y teología tienen, obviamente, una vida autónoma. Pero, y este es el punto que interesa subrayar, cuando ciencia y religión se entrecruzan, la filosofía y la teología necesariamente se entrometen.
Por filosofía entenderemos la actividad de conocimiento racional que procura comprender la realidad natural y humana desde su raíz. Según el sentido clásico, la actividad filosófica busca conocer las causas profundas de la realidad. Durante la Edad Moderna, la filosofía ha privilegiado la rigurosidad de análisis sobre el conocimiento humano, consciente de que el camino hacia el ser depende de ello. En el siglo XX, siguiendo esta última inclinación, ha procurado reflexionar sobre el conocimiento científico: la filosofía de las ciencias o epistemología, y las diversas filosofías sectorizadas (filosofía de la física, de la biología, etc.) registran tal preocupación. La filosofía analítica ahonda este camino, con el riesgo de transformar la filosofía en lógica matemática. Sin embargo, y esto es clave en nuestro acceso al tema, el quehacer filosófico no es tal si no procura expresar algo del sentido de lo real, aun para negar el conocimiento de este.
Finalmente, la expresión teología emerge necesariamente al añadir el elemento racional al estrictamente religioso. Entenderemos por teología la actividad intelectual de una determinada religión. En particular, puesto que el libro trata sobre el cristianismo, nos focalizaremos en la teología cristiana. Hay varias definiciones de ella, pero pueden sintetizarse en la de San Anselmo: una «fe que busca comprensión» (fides quaerens intellectum(1)). La teología de raíz bíblica aparece como un intento por acrecentar racionalidad a la experiencia de fe centrada en la revelación.
A este binomio —filosofía y teología— adosado al binomio de origen —ciencia y religión— hay que agregar otros ámbitos de experiencia y de expresión, vinculados necesariamente con ellos: el simbólico, el estético y, especialmente, el literario. En efecto, resulta inevitable pensar en el simbolismo y en las narraciones que entretejen los textos y tradiciones religiosas: el lenguaje religioso es, en sí mismo, literario y simbólico. Pero también parece claro hoy en día que las ciencias trabajan con un alto nivel de abstracción simbólica y ofrecen una comprensión narrativa del funcionamiento de los fenómenos naturales. De este modo, el lenguaje simbólico y el literario —el estético en sentido más amplio— son parte también de la relación entre ciencia y religión.
La ciencia y la religión, por consiguiente, emergen como expresiones que buscan comprender la realidad desde puntos de vista diversos. La filosofía y la teología son auxiliares, en este caso, del binomio precedente. Sin aquellas, estas últimas corren el riesgo de ser una dupla estéril o, por lo menos, de ser insuficientemente inteligibles. Pero también la literatura y la expresión simbólica configuran el mundo de la ciencia y de la religión en modo particular, pero también en su interrelación.
Una advertencia debe ser formulada: el paso del tiempo ha hecho modificar las imágenes del científico y del hombre creyente acuñadas durante siglos. Poco queda del científico sabio antiguo, admirado por un universo enigmático. En efecto, el científico de hoy es, en gran medida, un engranaje dentro de un mecanismo de estructuras de investigación habitualmente subordinadas a fines pragmáticos de carácter productivo. Aunque subsista en muchos hombres y mujeres de ciencia una actitud de fondo relacionada con la admiración y la curiosidad por el cosmos, se trata, en gran medida, de un sustrato espiritual que lucha dramáticamente con un ambiente orientado por finalidades poco ligadas con el enigma cósmico. Por su parte, el creyente actual no es tampoco el antiguo: en lugar de un hombre o una mujer dócilmente sometido acríticamente a autoridades religiosas o interpretaciones muy pautadas de la religión, encontramos personas con capacidad crítica respecto de su fe, con un ejercicio permanente del pensamiento y de la valoración de aquello en lo que cree.
En la opinión pública de nuestro tiempo, ciencia y religión parecen enfrentadas: hay un «vs.» que las liga, no un «y». El modelo de conflicto («ciencia vs. religión»), al menos para el pensamiento occidental, ha quedado instalado casi como un paradigma irrefutable a partir del episodio de Galileo Galilei, habiéndose fortificado durante la época posterior a El origen de las especies de Charles Darwin. La impresión inmediata que ofrece el postulado del tema es la de una enemistad íntima: depende de con qué parte de los enemistados simpatice el consultado, la respuesta implicará la eliminación de uno de los extremos del vínculo en cuestión. Así, un cientificista diría que la religión ha sido superada y que es fruto de una emotividad irracional; un religioso extremo, por su parte, tendería a negar los contenidos y métodos de la ciencia, especialmente en aquellos aspectos en los que se produzca una aparente colisión con la religión. De todos modos, las posiciones extremas no suelen ser las más frecuentes. En realidad, lo que generalmente existe es una convivencia caracterizada por el desconocimiento de una o de las dos partes del binomio; lo que conduce hacia una actitud, si no hostil, al menos indiferente. De todos modos, este paradigma conflictivo no es el único posible. En realidad, la historia del tema «ciencia y religión» muestra que la conflictividad no fue siempre preponderante como esquema de relacionamiento entre ambas formas de experiencia del mundo.
El motivo de tal supremacía del punto de vista conflictivo es histórico: desde el giro de Edad Moderna occidental, las ciencias y la razón han ganado en autonomía y, en parte, lo han hecho en confrontación con la religión. Sin embargo, en la historia de la cultura, existieron épocas de coexistencia relativamente pacífica entre las ciencias y la religión imperante.
Un sucinto recorrido histórico(2) muestra que ni el modelo del conflicto(3) ni tampoco el de la apologética son válidos para dar cuenta de una historia sumamente compleja, donde las interacciones mutuas son múltiples. Un ya clásico estudio histórico sobre las relaciones entre ciencia y religión señala:
La historia de la ciencia nos descubre esta sucesión de teorías incompletamente exitosas, en la que los sucesores tienen cierta ventaja con respecto a sus predecesores, pero raramente de una manera que hiciera de la evaluación en sus comienzos un asunto sencillo. La antítesis popular entre ciencia, concebida como un cuerpo de hechos irrefutables, y religión, concebida como un conjunto de teorías inverificables, es ciertamente simplista. Las innovaciones teóricas han sido, generalmente, polémicas, a menudo divisivas, dentro de las comunidades científicas. En consecuencia, cuando han incidido en lo sagrado se ha creado normalmente un gran espacio para el debate. (Brooke, 2016, p. 7).
Un vistazo sobre la historia nos recuerda que ha habido épocas de coexistencia relativamente pacífica entre las ciencias y la religión imperante. La Grecia clásica era un modelo de un mundo intelectual que, aun con tensiones, integraba ciencia y religión, contando con la filosofía como discurso universalizante del logos y mediador de los discursos mitológicos. Aristóteles, por ejemplo, hacía «biología», «física» y estudiaba los fenómenos celestes, pero también creía en los dioses del panteón griego. En otro continente, las culturas precolombinas cultivaron la astronomía y las matemáticas, y tuvieron una ingeniería sumamente desarrollada. Basta ver las impresionantes ruinas de Teotihuacán, por ejemplo, para detectar una cultura que entre los siglos II y V conoció un notable nivel de desarrollo científico y tecnológico. Sin embargo, estas ciencias estaban subordinadas a la estructura religiosa de sus pueblos, profundamente teocráticos. También encontramos ciencias naturales en la Edad Media europea, a pesar de que el prejuicio historiográfico que postuló el Iluminismo acerca de la «noche oscura de mil años» hizo que se pasaran por alto numerosas colecciones biológicas, descripciones de seres vivientes, observaciones sobre los cielos, etc. que, naturalmente, se acrecentaron con el nacimiento de aquel invento medieval que fue la universidad. Los nombres de Oxford y París nos recuerdan aquellos originarios centros de investigación y de elaboración del método científico. De todos modos, resulta totalmente claro que la Edad Moderna forjó una revolución en el modo de concebir los saberes. La teoría heliocéntrica lo demuestra, con la curiosidad de que tres de sus mayores representantes fueron hombres profundamente religiosos. En efecto, Copérnico fue canónigo de una catedral alemana, Kepler añadió capítulos sobre la concordancia entre el heliocentrismo y la lectura bíblica, y Galileo Galilei intentó deslindar la lectura de los pasajes bíblicos sobre la naturaleza del sentido salvífico de la Revelación (Udías Vallina, 2009, pp. 199-223). Hubo otros notables científicos modernos que continuaron siendo creyentes: Pascal, Nicolás de Cusa, Newton, Mendel, entre otros.
Sin embargo, en parte debido a la postura adversa al heliocentrismo de las iglesias luterana y católica y, posteriormente, al conflicto con el evolucionismo, fue imponiéndose la idea de que entre religión y ciencia había un abismo. El positivismo del siglo XIX y otras versiones posteriores de cientificismo, en gran medida exigidos por la necesidad de aislar al método científico de otro tipo de saberes, colaboraron en promover la desconfianza en las religiones como fuentes de conocimiento(4).
La situación comienza claramente a variar durante el siglo XX, cuando aparecen voces críticas sobre el positivismo(5). También las guerras, con las bombas atómicas como ícono del poder destructivo de la tecnociencia, contribuyeron a modelar una visión menos ingenua sobre el progreso científico y tecnológico. Finalmente, la crisis ambiental está dando un tiro de gracia al optimismo absoluto por la ciencia y la tecnología desconectadas de otros saberes. Esos factores, más la persistencia del espíritu religioso en el ser humano, explican el éxito de las iniciativas sobre ciencia y religión de las últimas décadas. Porque, en realidad, nunca dejó de haber científicos que, al mismo tiempo que ejercieran la actividad de sus respectivas ciencias, se definieran como hombres religiosos. La novedad estriba en la necesidad de interconectar las visiones para obtener una mirada más global del fenómeno natural y humano.
En las últimas décadas se ha producido un cambio, al menos parcial, en la situación entre la religión y las ciencias. Después de un par de siglos de extremo distanciamiento, se ha producido una cierta distensión, motivada —entre otras razones— por un movimiento denominado genéricamente «Ciencia y Religión» (Science and Religion). Este movimiento está conformado por científicos, filósofos, educadores y creyentes de varias confesiones, y ha sido acompañado por algunas instituciones académicas creadas específicamente para este fin. Aunque este fenómeno diste de ser general, el hecho de haberse llevado la cuestión hasta los estrados académicos ha permitido no solo cuestionar el prejuicio positivista que anima buena parte de la actividad científica, sino también sentar en el debate a estudiosos de diversas áreas de la ciencia y de la teología. La numerosa producción bibliográfica de este tipo de temáticas interdisciplinarias expresa la fecundidad de dichas iniciativas(6). De este modo, se conformó un campo interdisciplinario denominado «ciencia y religión», en el cual se pretende tanto escuchar una palabra teológicamente cercana a las problemáticas de las ciencias como, a su vez, pensar desde los contenidos y metodologías científicas las cuestiones centrales de la religión.
