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Cristóbal Colón cree llegar al Paraíso | Cortés funda Veracruz | La triste historia del gigante patagón | Un conquistador se apuesta el sol en Perú | La carta de un migrante en las Indias La historia de América ha fascinado siempre. Puede ser por su enormidad o su variada riqueza, por las muchas aventuras y desventuras allí sucedidas, o por esa lejanía tan teñida de familiaridad. Ocupados a menudo en estériles disputas por el pasado, hemos descuidado algo más importante: la belleza de las primeras crónicas. Si buscamos bien en ellas quizás podamos encontrar algunas claves para entender América, y también España, pues por entonces no estaba muy claro dónde empezaba una y acababa la otra. En este libro veremos a Cristóbal Colón convencido de haber alcanzado el Paraíso, que por entonces era tenido por un lugar ignoto pero no menos real que otro cualquiera. No será el último, pues América pronto se poblará con todo tipo de utopías y quimeras. Viajaremos con Magallanes al fin del mundo, y allí conoceremos a un gigante de carne y hueso que enriquecerá la literatura durante siglos. Hernán Cortés hizo muchas cosas, pero quizás la más interesante haya pasado un tanto desapercibida: en una maniobra de singular trascendencia, fundó un ayuntamiento. Conoceremos una de las más disparatadas apuestas de la Historia: un hombre en la expedición de Francisco Pizarro llegó a apostarse el sol, y lo perdió. Y leeremos las emocionantes cartas que los primeros migrantes en las Indias enviaron a España, su ya antiguo hogar. LA CRÍTICA HA DICHO: «A lo largo de su texto, Burón exhibe una singular destreza que propone al lector un equilibrio entre la precisión histórica y una narrativa enriquecida por la creación literaria. Esta interrelación provocativa de su creatividad nos invita a mirar más allá de los hechos y conectar con el contexto en el que se moldeó la historia. Además, este maravilloso libro nos recuerda la importancia de las crónicas como documentos vivos que no solo registran hechos». Clementina Battcock, La Aventura de la Historia, julio «Cinco crónicas americanas es, en fin, un libro tan entretenido como estimulante. Si el objetivo de la colección en la que aparece, La quinta historia, es divulgativo, siguiendo la máxima «docere delectando», aparte de proponer novedosas hipótesis, cumple a la perfección con su cometido. Y esto, aunque quizá alguno enarque una ceja, es de las cosas más valiosas y difíciles de conseguir en cualquier ensayo». Martín Casariego, Revista de Occidente, julio «Perplejos ante la novedad que representaba América, sin palabras para describir lo que veían ni explicaciones lógicas para ese fenómeno exagerado y descomunal que era la naturaleza americana, los recién llegados adaptaron los datos de sus sentidos a las ficciones y a los mitos que habían traído consigo en la memoria. Lo cuenta de manera brillante y gozosa Manuel Burón en Cinco crónicas americanas». Carlos Granés, The Objective, 05/04/2025
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Seitenzahl: 383
Veröffentlichungsjahr: 2025
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CINCO CRÓNICAS AMERICANAS
Colección
La quinta historia4
Título:Cinco crónicas americanas
© Manuel Burón, 2025
© De esta edición, Ladera Norte, 2025
© De las ilustraciones del interior: dominio público
Primera edición: febrero de 2025
Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico
Imagen de cubierta: El Nuevo Mundo llamado América (1596),por Teodoro de Bry, dominio público
Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L.
Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid
Forma parte de la comunidad Ladera Norte:
www.laderanorte.es
Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública otransformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorizaciónde sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiaro escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español deDerechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com
ISBN: 978-84-1299-581-7
Introducción
1. Cristóbal Colón cree llegar al Paraíso
2 de agosto de 1498
La realidad del Paraíso
Epílogo colombino
Más verdad en la fe que en los ojos
Un mundo de frutos prohibidos
Primeras impresiones de América
Creeré que hay unicornios
Utopías americanas
Pobres habitantes de la utopía
El paraíso expugnado
2. Cortés funda Veracruz
21 de abril de 1519
Cortés, el pirata
El catálogo de la expedición
Dos náufragos
Veracruz: primer acto
Breve historia del tesoro de Moctezuma
Veracruz: acto final
Las razones de Cortés
Facer pueblo
Nuevos vecinos
3. La triste historia del gigante patagón
31 de agosto de 1520
Islas de amargura
Los sucesos de la bahía de San Julián
Basta reflexionar para convencerse de ello
Partir por partir
Historias huérfanas
Cuestión de banderas
Pero… ¿existían los gigantes?
Tempestades
Arieles y calibanes
La invención de América Latina
4. Un conquistador se apuesta el sol en Perú
15 de noviembre de 1532
La captura de Atahualpa
El botín
350 hombres sin piedad
Se jugó el sol antes de que amaneciera
¡Oro, oro, oro!
Concubinas de los ambiciosos
El excremento de los dioses
Espejitos de colores a precio de oro
La papaya de Adán
5. La carta de un migrante en las Indias
20 de enero de 1584
Vidas americanas
La chamba americana
Presencias y ausencias
Encuentros y desencuentros
La mujer en la América temprana
Los peligros de la mar
La venganza de Moctezuma
¿Y los indígenas?
¿Cuál es mi patria?
El laberinto de la identidad americana
¡Asombrosos viajeros! ¡Qué nobles relatos
leemos en vuestros ojos profundos como los mares!
Mostradnos los joyeros de vuestras ricas memorias,
esas alhajas maravillosas, hechas de astros y de éter.
CHARLES BAUDELAIRE, «El viaje», 1861
En mayo de 2023 el rockero australiano Nick Cave fue invitado a la coronación de Carlos III en Reino Unido, recibiendo por ello una oleada de críticas. «What the fuck are you going to the King’s coronation?», «Are you a monarchist? Why go?», «The coronation, seriously????».
Nick Cave, en contestación a todo ello, escribiría una carta que decía lo siguiente: «No soy monárquico, ni realista, ni tampoco por cierto un ferviente republicano; pero lo que en ningún caso seré es tan espectacularmente poco curioso acerca del mundo y del modo en que funciona, tan atrapado ideológicamente y tan cascarrabias, como para rechazar la invitación a lo que probablemente sea no sólo el más importante evento en la Gran Bretaña de nuestra era, sino también el más extraño, el más raro».
El músico australiano defendía el acto de coronación no por su carácter político, ni siquiera por la trascendencia histórica que pudiera tener, sino por la extrañeza y el misterio que lo rodeaban, por simple y desinteresada curiosidad.
Algo similar se podría responder a aquellos que pregunten por qué escribir un libro, otro más, sobre el descubrimiento de América. Porque, admitámoslo, hacerlo se ha convertido hoy en un acto tan subversivo como leer periódicos en papel, salir a la calle sin maquillaje o asistir a la coronación de un monarca británico.
La historia del descubrimiento y colonización de América es hoy mitad campo de batalla, mitad tabú, bien porque algunos quieren convertirla en el heroico símbolo de su pequeña patria, bien porque una aburridísima y académica corriente dedica todos sus esfuerzos a condenar moralmente el pasado, que no a intentar comprenderlo.
Y es una pena porque son unas historias literalmente maravillosas, que eso significaba por entonces la palabra «maravilla», la fascinación que acompaña al mirar, la extrañeza que provoca lo ajeno, lo bello mezclado con lo horroroso.
A los relatos sobre la conquista y colonización de América los conocemos simplemente como «crónicas». Y resulta imposible leerlas sin dejarnos llevar por algo de la fascinación o de la curiosidad con las que fueron escritas. Sería como explicar a Shakespeare o a Cervantes a través del materialismo histórico, del feminismo queer o del nacionalismo propio. Lo puedes hacer, buena suerte, pero será siempre a costa de Shakespeare o de Cervantes.
Y lo mismo cabría decir del atribulado Cristóbal Colón, del aventurero Antonio de Pigafetta, de ese Sancho Panza de las Américas que fue Bernal Díaz del Castillo o del taimado Hernán Cortés. A través de sus testimonios se nos permite asistir en primera fila a ese singular momento en el que los habitantes de una pequeña península europea se asomaban al mundo por primera vez. Otros muchos vendrían después, por supuesto, pero hay en esos textos de los portugueses y de los castellanos de los siglos XV y XVI algo así como una ingenuidad irrepetible, como una infancia del asombro.
Y ése será el objetivo de este libro, intentar despertar en el lector la curiosidad y el interés acerca de aquellos grandes relatos de viaje y descubrimiento, utilizados políticamente cuando conviene, olvidados la mayor parte del tiempo, apartados de todo canon por razones ajenas tanto a la historia como a la literatura.
Para ello, hemos elegido cinco historias, cinco episodios especialmente reveladores, algunos de ellos tan fabulosos que más de una vez tendremos que frotarnos los ojos para asegurarnos de que lo que leemos es cierto.
Cada crónica nos dará pie además a explicar un aspecto diferente de la historia, permitiendo con suerte que un lector no familiarizado con investigaciones académicas pueda entender un poco mejor América. O España, que por entonces no se sabía muy bien donde empezaba la una y acababa la otra.
Veremos en primer lugar a un Cristóbal Colón convencido de haber llegado al Paraíso. No, no estaba loco, ni tampoco nos encontramos ante un oscuro personaje salido de las tinieblas de la Edad Media, como muchos hoy se empeñan en afirmar. En realidad, tenía buenas razones para pensar que en América se encontraba el Edén bíblico. Y sería el primero de muchos. Desde Vasco de Quiroga hasta los caudillos del siglo XIX, desde Fidel Castro hasta los populismos actuales, muchos siguieron a Colón creyendo ver en América el suelo más propicio para todo tipo de utopías, quimeras y locos ideales.
Hernán Cortés haría muchas cosas, pero la más interesante quizás haya pasado un tanto desapercibida: fundó un ayuntamiento. Una argucia legal, no bélica, que cambió la historia del Nuevo Mundo, no sólo respecto a lo que hasta entonces había pasado en el Caribe, sino también en España. ¿Cómo llamó Cortés a todo aquel enorme territorio? Lo denominó «la Nueva España», y no sólo por ser nueva, sino también por diferente y acaso un poco mejor que la antigua.
Después iremos con Magallanes al fin del mundo. Allí conoceremos a un gigante. Uno de verdad, de carne y hueso. Cómo ese extraño y trágico personaje acabará dando nombre a uno de los grandes temas de la literatura universal es cosa que merece contarse. De la Patagonia a Shakespeare, y de allí a Rubén Darío. La contraposición entre los personajes de Ariel y Calibán (trasunto este último de nuestro gigante patagón) dará forma a los más diversos sueños y pensamientos acerca del continente americano.
Viajaremos también a Perú, al inmenso Imperio inca, para conocer una de las más disparatadas apuestas de la historia: un hombre en la expedición de Francisco Pizarro llegó a apostarse el sol. Y lo perdió. Podría pasar simplemente como una simpática anécdota, pero recordaremos que desde entonces muchos han querido ver en la legendaria codicia de los conquistadores, en la llegada masiva de metales preciosos americanos a Europa, poco menos que el pecado original de Occidente, el que iniciara fenómenos tan decisivos como el capitalismo o el imperialismo europeos, capaces hoy de explicar casi todo (o, por lo mismo, casi nada).
Por último, leeremos las emocionantes cartas que los primeros migrantes en las Indias enviaron a España, su ya antiguo hogar. Son documentos irrepetibles, no sólo por cómo están escritas, en un español que parece sacado de las páginas del mismísimo Cervantes, sino porque vienen a dibujarnos un vivo fresco de las primeras décadas de la vida virreinal. Leyéndolas parecerá que encontramos ya algunos de los más persistentes temas de la literatura americana: la nostalgia de lo que se ha dejado atrás, la extrañeza ante lo que no se conoce, la soledad y desarraigo propios del viajero, del emigrante, también del indígena, exiliado en su propia tierra, que es todo lo mismo que decir del americano.
«Yo siempre leí que el mundo, tierra y agua era esférico […]. Agora vi tanta disformidad que […] hallé que no era redondo en la forma que escriben, sino que es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda, y en un lugar de ella fuese como una teta de mujer allí puesta, y que esta parte de este pezón sea la más alta y más propincua al cielo […] porque creo que allí es el Paraíso terrenal adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina».
CRISTÓBAL COLÓN, Relación del Tercer Viaje (1498)
Colón desembarca en el inmenso golfo de Paria, hoy en el norte de Venezuela. No sabe que es Tierra Firme, que es la primera vez que un europeo pisa el continente americano. Tiene prisa el genovés. Un calor insoportable ha castigado sin piedad a las seis naves que cruzaban por tercera vez el Atlántico, echando a perder las provisiones y acabando con sus reservas de agua. Tres de los barcos se han dirigido directamente a la isla de La Española, la actual República Dominicana, en donde ya hay un asentamiento europeo. Las otras tres naves se deciden a avanzar más hacia el poniente. ¿Por qué? Quiere Colón acabar con las dudas y las burlas que contra él van creciendo en la Península. ¡Quién lo diría! Se le achacan errores en sus cálculos, el no haber llegado a Asia, los pobres resultados económicos de sus expediciones. A él, como a tantos otros, le carcome la duda: ¿a dónde exactamente habían llegado aquellas naves en 1492?; ¿a la India?; ¿al Cipango, nuestro Japón, de las fabulosas crónicas medievales?; ¿a un nuevo mundo?; y, si era nuevo, ¿de dónde había salido?; ¿aquellos territorios pertenecían a la parte más oriental de Asia o a la más occidental de Occidente?
No se encuentra bien el genovés. Tiene ya casi 50 años y muchas fatigas a sus espaldas. Se ha pasado media vida recorriendo mares y cancillerías, tormentosas a su modo por igual. Es virrey, gobernador general de las Indias Occidentales y almirante de toda la Mar Océana. Ha hecho ya tres viajes trasatlánticos, ¡los tres primeros de la historia! Y todavía tendría fuerza para uno más. Pero ahora está abatido, enfermo de los ojos, no consigue conciliar el sueño. Nada más partir de Sanlúcar de Barrameda declara estar «bien fatigado, que adonde esperaba descanso, cuando yo partí de estas Indias, se me dobló la pena». Se refiere al disgusto que le provocaron las críticas con las que se encuentra a su segundo regreso a la Península. Él, que creyó que volvería hecho un héroe. Incluso empieza a circular por la Corte de Castilla un humillante apelativo: «el Almirante de los mosquitos».
Por esa razón pasará su estancia en Castilla devorando libros de cosmografía, de geografía y de teología. Quiere refutar o confirmar a las antiguas autoridades (a Ptolomeo, a Plinio, a Pomponio Mela) y de paso callar a los charlatanes que en todo momento le cuestionan o indisponen frente a los monarcas. De ahí la urgencia en resolver las muchas dudas cartográficas, en desvelar el secreto americano. Pero América es demasiado para un solo hombre, aunque éste sea Colón.
Ése es el motivo de navegar ahora más al poniente, dejando atrás las islas del Caribe, hasta llegar al golfo de Paria. Y ése es el motivo también de la carta que inmediatamente dirige a los monarcas relatando su hallazgo. Y así, al cabo sin saberlo, es cómo se descubre América del Sur. Menuda paradoja. Lo que Colón creía Tierra Firme (Cuba) era una isla. Y lo que creyó una isla (Paria) era Tierra Firme.
Todo parece diferente en este enorme golfo que ahora exploran. Lo primero que sorprende a los marinos es el buen recibimiento de los indios. Éstos no se parecen ni a los frágiles taínos, ni a los fieros caníbales que habían conocido en las islas del Caribe. Tampoco a los negros de la Guinea que sabe Colón en su misma latitud. «Son de linda estatura, y todos grandes a una mano […] tan blancos como nosotros, y mejores cabellos y bien cortados y de muy buena conversación». Los obsequios que reciben de parte de estos bellos nativos consistirán principalmente en perlas, muy habituales en la región. No está mal. Colón recordará entonces su lectura de Plinio, quien explica que las perlas nacen de las gotas de rocío que van a caer en la boca de las ostras. Por supuesto, esto no es verdad, pero ¿quién es capaz de resistirse a tan involuntaria muestra de poesía entre los antiguos?
A Colón también le sobrecoge la belleza del lugar. Como hombre de mar chapurrea muchas lenguas y no habla bien ninguna. Aun así hace los mayores esfuerzos para honrar con su escritura lo que están viendo sus ojos. «Las tierras más hermosas del mundo —dice—. Ahí hallé temperancia suavísima, y las tierras y árboles muy verdes, y tan hermosos como en abril en las huertas de Valencia». Colón las llamó enseguida «Los Jardines», «porque así conforman por el nombre». Ya pensaba sin duda en el Edén.
Pero había más. La tripulación se dio cuenta, a medida que atravesaban el golfo, de que navegaban por «agua muy dulce, en tanta cantidad que yo jamás bebila pareja de ella». Provenía de un río de colosal tamaño que, desde tierra adentro, desaguaba en el mar «con tanta furia como hace el Guadalquivir en tiempo de avenida». De eso nada. Se trata del río Orinoco, uno de los ríos más caudalosos del mundo. Ningún europeo ha visto nunca nada igual. Y mucho menos el Guadalquivir. En el enorme delta, agua dulce y salobre parecen batirse en una agónica lucha. Y advierte Colón: «Hallé que el agua dulce siempre vencía». ¿Una más de tantas alegorías religiosas, tan del gusto de la época? Eso parece.
También avistan una sierra a lo lejos. Y en la noche, en la oscura quietud de a bordo, al genovés le sobreviene una suerte de revelación: «Ya muy tarde, estando al bordo de la nao, oí un rugir muy terrible que venía de la parte del Austro hacia la nao, y me paré a mirar, y vi levantando la mar de Poniente a Levante en manera de una loma tan alta como la nao, y todavía venía hacia mi muy poco a poco». Había asistido Colón al llamado «macareo» del Orinoco, lo que en el Amazonas se conoce como «pororoca», una voz tupí-guaraní que quiere decir exactamente eso: un «gran estruendo». Es éste un fenómeno muy singular que se caracteriza por producir un extraño y ruidoso oleaje al entrar en contacto el mar con el enorme caudal del río. No por nada llamaron los incas al río Amazonas «el Apurimac», «el señor que habla». Y la tripulación lo oyó aterrada. «Nunca había sentido tanto miedo», dirá de él Pedro Mártir de Anglería. Colón dio a aquel extraño lugar el bello y apropiado nombre de Boca del Dragón. Y aunque parezca directamente sacado de El señor de los anillos, dicha denominación tenía un sentido muy preciso, pues en el imaginario medieval los dragones señalaban el límite de lo desconocido, el mismo que ellos acababan de atravesar.
De repente, todo encajaba. Durante sus tres largos viajes Colón se había enfrentado a lo desconocido. «He visto tanta disformidad», llegaría a afirmar desconsolado (pareciéndose mucho a aquello de Santa Teresa: «En lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que ya no sé vivir»). ¿A qué se refería el genovés? A hechos que no tenían explicación, a un «grandísimo mudamiento en el cielo e las estrellas, en la temperancia del aire y en las aguas de la mar».
El Mar Océano, antes vedado a los hombres, se había —gracias a él— por fin abierto. La estrella polar, el reloj de los cielos, divino por inmutable, se movía arriba y abajo al navegar. La brújula, la virtuosa «piedra imán» de los antiguos, la que nunca se equivocaba, se desviaba varios grados al cruzar el Atlántico. Pasada la línea equinoccial, el calor era tal que no se podía soportar. Y, sin embargo, en Paria, en la misma latitud que en la tórrida Guinea, el clima se atemperaba.
Luego estaban las gentes: ¿quiénes eran aquellos habitantes de las Indias? Desnudos, ingenuos, sin conocimiento del mundo y el mundo sin conocimiento de ellos, ¿de dónde habrían salido?; ¿y por qué no aparecían en las sagradas escrituras, en los textos griegos o latinos? Porque de todos era sabido que el mundo se dividía en Asia, Europa y África. Es decir, en tres partes, con tres climas y tres razas habitando en ellas.
Después del diluvio universal, los descendientes de Noé se repartieron el globo. Jafet se quedó con Europa, la tierra más fría. Sem, el Asia, la tierra templada, la más grande de todas (y la mejor, de donde provenían todas las maravillas). Y luego estaba Cam. A él se le encomendó el África o la Etiopía, la tierra abrasada por el sol. Cam no era exactamente el ojito derecho de Noé. Una vez lo vio desnudo y su padre, tan susceptible como pudoroso, lo maldijo por ello. A él y a toda su estirpe, condenada desde entonces a ser esclava de sus hermanos. Al menos éste era el mito que legitimaría durante siglos la esclavitud de los negros africanos. Todo esto estaba muy claro, pero ¿de dónde provenían entonces los indios, humildes, desprevenidos, sin haber oído nunca hablar de Dios, ni de Noé, ni de los antiguos romanos?
Mapa de T en O (o mapa Orbis Terrarum), contenido en La fleur des histoires (1459-1463) con las tres partes del mundo, una para cada uno de los hijos de Noé y sus descendientes. Arriba, el Oriente, para Sem; a la izquierda Europa para Jafet, y a la derecha África, para el desdichado Cam. Una cartografía cristiana para una idea trinitaria del mundo. La aparición de América, la cuarta parte, socavará la concepción cristiana y occidental del mundo.
Para todos estos enigmas sólo había una explicación posible. Y a la vista del golfo de Paria todas las piezas parecían por fin encajar: habían llegado al Paraíso. Y no nos referimos al paraíso de las agencias de turismo o a la metáfora de los poetas, sino al Paraíso real, el de las Sagradas Escrituras, donde el ser humano fue creado y del que fue expulsado.
Hoy quizás miremos a esta conclusión con cierta condescendencia, como si aquellos ignorantes personajes del pasado, pobrecitos, no supieran lo que se hacían. Pero hemos de entender que, a finales del siglo XV, la Trinidad, el Paraíso o incluso la isla de Ofir, aunque invisibles, eran presencias tan reales como puedan serlo hoy para nosotros la inteligencia artificial, los agujeros negros o a la felicidad de los anuncios de Coca-Cola.
El Paraíso iba inserto en la concepción del mundo que tenían los habitantes de la Europa del periodo. Su existencia —«corpórea, real y verdadera» en palabras del humanista León Pinelo— aparecía reflejada en los tratados, en los mapas y en las relaciones de la época. Por ejemplo, en el Catholicon, un diccionario escrito por un tal Juan Balbo en el año de 1493 y del que, por cierto, sabemos que Colón poseía un ejemplar en su biblioteca. Es difícil encontrar una definición más exacta de lo que para aquella época era el Paraíso: «Se cree que es un lugar terrestre y corporal en una determinada parte del orbe, templado en extremo y de tal suerte placentero, que el hombre, no perturbado por preocupación alguna, goza en paz de las delicias espirituales. Piensan que este lugar se encuentra en el ecuador hacia Oriente, ya que algunos filósofos aseguran que es el sitio más templado del mundo, del que parece que fluye el Nilo, uno de los cuatro ríos del Paraíso». No está nada mal ¿verdad? Quitando el exclusivo carácter espiritual de los goces (no se puede tener todo), pocos lugares merecerían más ser encontrados.
Los grandes autores habían situado el Paraíso en Oriente. Hesíodo, Estrabón o Platón ya dijeron que por allí se encontrarían sus paganos Campos Elíseos. En esa dirección también señalarían los grandes autores cristianos como San Isidoro o Santo Tomás. Pero lo más importante de todo es que así venía indicado en el propio Génesis: «Y Dios plantó un huerto en Edén al Oriente». Y a ver quién se atrevía a llevarle la contraria al Antiguo Testamento. Santo Tomás incluso lo razonaba: sólo podía estar allí porque el Oriente es la mejor región de todas. Prueba, por cierto, de que Europa en los siglos altomedievales no era más que una pequeña y periférica península del mundo.
Además, ¿no se encontraban allí en el Oriente todos los lugares fantásticos de la Antigüedad? La Arabia felix, la Libia deserta, la Bilad ghana o país de la riqueza y, sobre todas ellas, la Tierra Santa bíblica, los Santos Lugares en donde nació y murió Cristo, ¿no provenía todo lo maravilloso de allí? Las sedas de Marguilán, las especias de Malaca, las cerámicas de Jingdezhen, los diamantes de Jaipur, el incienso de Java y de Sumatra, los damascos de Siria, las perlas de Ceilán… Todo lo refinado y fastuoso provenía de Asia, como quedaba patente en la figura de los Reyes Magos, alegoría y personificación de todo el Oriente. Y si el plan de Colón era precisamente llegar al Oriente por el occidente, ¿no era lógico que en algún momento se topara con lo que todas aquellas grandes autoridades habían afirmado que allí existía?
Y además, si a alguien le quedara alguna duda de la existencia real del Paraíso, no tendría más que echar un vistazo a cualquiera de los mapas de la época. Allí se lo encontrará siempre dibujado. Con todos los elementos que lo identificaban para que no cupiera duda: Adán y Eva, el árbol de la ciencia, la fuente de la vida, el ángel con su espada de fuego vigilante para que no entraran intrusos o la elevada montaña en donde se creía situado. En ocasiones, su recinto aparecía rodeado de un sello rojo, mostrando así su apartamiento del mundo. Porque eso significaba la palabra «paraíso», un vergel vedado, un jardín concluso, ¿y no estaba claro que nadie había podido nunca aproximarse a tierras americanas?; ¿que tan vasto territorio había permanecido oculto al mundo durante milenios?; ¿acaso no se encontraba Colón en un espacio liminar, encajonado como estaba América entre el fin del Oriente y el principio del Occidente? Esa y no otra era la razón de que el almirante nombrara a la punta oriental de Cuba con el insuperable nombre del «cabo Alfa y Omega» (seguramente Maisí, cerca de la hoy célebre prisión de Guantánamo). Si la punta de Finisterre marcaba el claro y tajante límite del Viejo Mundo, América era todavía un margen, un esbozo, un no-lugar (pues eso significa literalmente la palabra «utopía»). Y esos lugares, apartados e ignotos, eran precisamente lo más fértiles para la imaginación, poblados con todas las invenciones y fantasías.
Otro gran indicio de que Colón se hallaba efectivamente en el Paraíso era el río. Todo el mundo sabe —aunque sólo sea porque lo haya visto pintado en el madrileño Museo del Prado, en el Jardín de las Delicias de El Bosco— que del centro del Paraíso manaba una gran fuente central. De hecho, una tradición medieval afirmaba que toda el agua dulce del mundo surgía del mismo centro del Edén; de ahí que las fuentes suelan todavía tener un carácter sagrado popular, las fuentesantas o fuensantas que uno encuentra por toda la geografía española o americana.
Tanta agua manaba del centro del Paraíso que con ella formaba un gran río. Y a su vez éste se dividía en otros cuatro, los más grandes que surcaban el mundo. Mejor que lo explique el propio Colón: «La Sagrada Escritura testifica que nuestro Señor hizo al Paraíso terrenal, y en él puso el árbol de la vida, y de él sale una fuente de donde resultan en este mundo cuatro ríos principales». Esos ríos eran, según la tradición más aceptada, el Guijón (el gran Ganges de la India y límite conocido del mundo por los europeos desde Alejandro Magno), el Pisón (¿quizás el Nilo?), el Tigris y el Éufrates. Aquel enorme río que habían encontrado Colón y sus hombres, casi un mar de agua dulce, no había duda, sólo podía nacer en el Paraíso.
Beato del Burgo de Osma, año 1086. El Paraíso terrenal, localizado en Asia, en la parte superior del mapa, está ilustrado con los cuatro ríos (Tigris, Éufrates, Geón y Fisón) que, inscritos en un rectángulo y dispuestos en forma de «X», fluyen de una fuente central. Según la concepción del mundo todavía vigente en 1492, si uno viajaba al oriente por el occidente, seguramente se encontraría con el Paraíso.
Y luego estaba el espacio elevado, que por entonces gozaba de un carácter también sagrado. No sólo aquella «loma tan alta» que se vislumbraba a lo lejos. Todo América parecía situarse como en una región más elevada. El sol nace en el este, Dios lo creó ahí, luego tendría lógica pensar que los barcos de las expediciones, llegando al Oriente por el oeste, hubieran ido subiendo poco a poco la pendiente del mundo, «alzándose hacia el cielo suavemente», nos dirá Colón. Eso explicaría por ejemplo las desviaciones de las agujas y de las estrellas que cuidadosamente eran anotadas en cada viaje oceánico. Al ir acercándose al sol, más calor hacía, de ahí el ambiente tórrido que se habían encontrado durante toda su travesía.
Y, sin embargo, en la costa americana, todavía hallándose en latitudes meridionales, se gozaba de una extraña y suave temperancia. La propia del Paraíso. Bartolomé de las Casas denominaba a este efecto de elevación con el bello nombre de la «tercera región del aire», que es la que sólo alcanzan algunos montes, los montes también sagrados de la humanidad: el Olimpo en Grecia, el monte Athos en Macedonia, o el Teide en las Canarias. Y «no es difícil cosa de creer y conceder que el Paraíso terrenal suba encima de los vientos y de las lluvias en la región tercera del aíre, al cual, con más razón podemos dar mayor altura que a los montes comunes de que ya tenemos noticia».
Y quizás el argumento más importante de todos para apoyar que el golfo de Paria era el Paraíso. Esa gran elevación en la que América en general, y Paria en particular, se situaban, explicarían que se hubiera salvado del diluvio universal, el kilómetro cero de la historia cristiana. Razón también de la existencia de aquellas humildes e infinitas gentes. No eran descendientes de Noé, ¿cómo podían serlo, si sólo existían tres razas y tres partes del mundo y aquellos no parecían coincidir con ninguna de ellas? Se trataba de preadamitas, tribus literalmente antediluvianas. Por eso no han oído hablar de Jesús, ni de Castilla, ni del papa, ni del Gran Khan.
Por tanto, no, el mundo no puede ser redondo. Tiene forma de pera, de teta de mujer, y yo, Colón, me hallo ahora en su mismo pezón. Esos ptolomeos, plinios y estrabones no tenían más idea que la que habían visto desde sus escritorios. Tenían argumentos, pero no experiencia. Serían sabios, pero no eran nautas. Se habían quedado en su casa dibujando sus nada más que curiosos e incompletos mapas. Exactamente igual que esos charlatanes que se dedican a hablar mal de mí en la Corte mientras uno se afana en descubrir el mundo. «Yo no hallo ni jamás he hallado escritura de latinos, ni de griegos, que certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso terrenal, ni visto en ningún mapamundo […]. Algunos lo ponían allí donde son las Fuentes del Nilo en Etiopía […]. Algunos gentiles quisieron decir por argumentos, que él era en las islas Fortunatas que son las Canarias. San Isidro, […] San Ambrosio y Scoto, y todos los sabios teólogos conciertan que el Paraíso terrenal es en el Oriente». Pues todos se equivocaban. Está aquí. Yo lo estoy viendo.
No se trataba de maravillas, en el más literario sentido del término. No eran invenciones como aquellas ovejas de rabo largo de Marco Polo o los hombres de un solo pie de Juan de Mandeville. «No es maravilla porque de este hemisferio non se hubiese noticia cierta, salvo muy liviana y por argumento, porque nadie nunca lo ha andado ni enviado a buscar». Lo que pasa es que os cuesta creer lo que oís porque ni habéis estado aquí, ni habéis oído hablar nunca de ello. «No es maravilla —concluye— porque andando más, más se sabe» ¡Ah, que insuperable expresión! Parece contener en sí misma todo el espíritu renacentista. Andando más, más se sabe. Era hora de conocer el mundo y no sólo de especular con él.
Claro, ahora hay que comprender la impresión que produjo en muchos la visión que Colón tuvo en la desembocadura del Orinoco. Si Paria, y el Paraíso que parecía contener dentro, formaban parte de Oriente y de Asia, aquello no era el Nuevo Mundo, era Asia. Pero si aquello no era Asia, sino un Nuevo Mundo (la quarta pars del orbe para ser más exactos) y el Paraíso estaba allí situado, significaba que el Nuevo Mundo era, en realidad… el más viejo de todos, el originario, al que la humanidad volvía tras su expulsión, cerrando así el círculo de la historia y de la geografía, quizás poniéndole un fin definitivo. ¿Tonterías? No para los hombres de aquella época. Como dirá una vez el latinista Juan Gil: «Colón no estaba viviendo en la historia, sino que se encuentra inmerso en un devenir trascendente».
La cuestión del Paraíso en América, tanto del bíblico como de los que vendrían después, se seguiría debatiendo, como veremos, durante mucho tiempo. Pero que América era efectivamente un nuevo mundo se afirmaría en 1507, poco después de la muerte del genovés. Dicha tesis aparecería en uno de los mapas más famosos de la historia, el de Martin Waldeseemüller. En él, un nuevo continente —no un paraíso, ni una península asiática— aparecía por primera vez nombrado con el término «América». Hasta para eso tuvo mala suerte el genovés.
«Fui preso y echado con mis dos hermanos en un navío, cargado de fierros, desnudo en cuerpo, con muy mal tratamiento, sin ser llamado ni vencido por justicia». La indefinición de su descubrimiento, los disturbios y la violencia durante su gobierno de La Española y, sobre todo, no haber conseguido dar una temprana rentabilidad económica a sus hallazgos, todo ello hizo que la Corona fuera perdiendo la confianza en el viejo almirante. A las Antillas fue enviado un oscuro oficial con la función de examinar el gobierno y la conducta de Colón; tenía poderes para, en caso necesario, relevarle del servicio. Cosa que, por supuesto, acabó sucediendo. Así, al poco de su epifanía tropical en Paria, el pobre Colón tuvo que volver de nuevo a Castilla, pero esta vez preso. Desde entonces, llegará a decir Bartolomé de las Casas, al almirante «le sucedieron mayores amarguras y disfavores y desconsuelos que hasta entonces había padecido trabajos». Y había padecido muchos.
¿De qué se le acusaba exactamente? Las Antillas no se podían sostener por sí solas. A diferencia de lo que sucedió desde el principio con los portugueses en la India, en América no había nadie con quien comerciar. Ni especias, ni metales preciosos, ni nada. Al menos, no todavía. De ahí la premura en esquivar América, de apartarla, de encontrar un paso oceánico que no aparecía. A la Corona le costaba un dineral mantener la presencia española y la nutrida flota encargada de abastecerla. Hoy diríamos que aquella empresa no era rentable.
A Colón se le acababa el tiempo. Crecían las quejas contra él en la Corte y en América, en donde españoles e indígenas, aunque por muy diferentes razones, se rebelaban contra su gobierno. Se comenzaron a permitir nuevas expediciones, conocidas hoy como los «viajes menores» o «andaluces», que exasperaban al almirante por arrebatarle los logros que sólo a él pertenecían. No tenía tiempo para gobernar. Pues a él sólo una cosa parecía importarle: desvelar los secretos geográficos y teológicos —lo que acaso entonces era lo mismo— de aquella extraña y lejana tierra.
Entonces decidió ganar algo de tiempo. Intentó paliar la falta de oro en las Antillas con el cobro de impuestos y, sobre todo, con el envío de esclavos. Los barcos repletos de desorientados indios comenzaron a llegar puntualmente al puerto de Cádiz. El Nuevo Mundo sería una Nueva Guinea, suministraría mano de obra barata para consumo europeo. El resultado de dicha política fue un auténtico desastre. Los indígenas no entendían la lógica del tributo, ni del servicio personal, ni siquiera sabían labrar el campo. El almirante intentó institucionalizar una lógica brutal que supuso un escándalo en la España de la época y un verdadero desastre humano y económico en el Caribe. «Esta era la principal granjería del Almirante, con que pensaba y esperaba suplir los gastos que hacían los Reyes sustentando la gente española acá», dirá de él Bartolomé de las Casas.
La Corona no lo podía permitir. Así que Colón fue hecho preso y llevado a España, donde hacía tiempo que se le tachaba de tirano, de «faraón de las Indias». Cuentan que, en el patético viaje de vuelta a España, la tripulación se apiadó de su viejo almirante, ofreciéndole retirarle los grilletes que tan deshonrosamente sujetaban sus manos. Colón no lo consintió. Se sometería a la autoridad de sus majestades hasta las últimas consecuencias. Quizás quiso convertir dicho recorrido en un gozoso martirio propio. Un ejercicio entonces bastante común, imitatio Christi, la imitación de Jesús. Juraría entonces el genovés conservar en prenda tales grilletes, como reliquias de sí mismo, prueba de su fidelidad, de sus fatigas, símbolo de su particular subida al monte Calvario. Y así fue. Su hijo, Hernando Colón, recordaría aquellos grilletes colgados siempre de la pared de su gabinete, bien a la vista de todos. Pidió incluso ser enterrado con ellos.
Y aunque los monarcas se indignaron al ver el trato que Cristóbal Colón había recibido durante su viaje y cautiverio, y en parte se retractaron de las acusaciones, éste cayó en desgracia, acentuando más si cabe el carácter melancólico del navegante. Aquellas «lindezas y cantos de las aves y pajaritos» (3 de noviembre de 1492), las «diversísimas y hermosísimas florestas de árboles» (25 de noviembre de 1492), en definitiva, la «dulzura del mundo» (13 de diciembre de 1492) que cantaba en sus primeras descripciones, pronto se tornaron en un sombrío panorama, reflejo de su atormentada alma: «Ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma: el viento no era para ir adelante ni daba lugar para correr hacia algún cabo. Allí me detenía en aquella mar hecha sangre, hirviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás fue visto tan espantoso: un día como la noche ardió como horno; y así echaba la llama con los rayos» (7 de julio de 1503).
Del paraíso de Paria se pasó al infierno de Jamaica. Pues allí, en su cuarto, último y calamitoso viaje, tuvo lugar una nueva epifanía. Aparece relatada en una carta enviada a los Reyes Católicos el 7 de julio de 1503 conocida con el nombre de Rarissima. El almirante (ya no virrey) y sus hombres realizan un agónico recorrido entre Jamaica y Veragua. Siguen buscando el Paraíso. Varias y consecutivas tormentas destruyen los navíos. Colón vuelve a no entender nada. La palabra taína «huracán», que daba nombre a ese fenómeno de la naturaleza, todavía no había entrado en el idioma español. Los hombres parecen luchar al mismo tiempo contra todos los elementos, como explica Hernando Colón: «Al fuego, por los rayos y los relámpagos; al aire, por su furia; al agua, por las olas, y a la tierra, por los bajos y escollos de costas no conocidas». Los tiburones les rondan. La broma, el temido gusano de mar, va carcomiendo las naves. Los indígenas les atacan, han dado muerte ya a muchos compañeros. Su hermano Bartolomé, quien le acompaña por esta vez, se encuentra gravemente herido. Debido a tanta «mudanza y contrariedad», Colón, siempre insuperable en el arte de la toponimia, nombrará aquel lugar como «costa de los Contrastes».
En medio de toda esta desgracia, ya casi completamente ciego, consumido por la fiebre y la fatiga, Colón se desmaya, apariciéndosele Dios. Y no una divinidad amable y consoladora, sino un Dios terrible y acusador, como el del Antiguo Testamento. Éste se dirige a él con las siguientes palabras: «¡Oh, estulto, y tardo a creer y a servir a tu Dios! […] Tú llamas por socorro incierto; responde, ¿quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios o el mundo? Los privilegios y promesas que da Dios no las quebranta, ni dice, después de haber recibido el servicio, que su intención no era esta y que se entiende de otra manera, ni da martirios por dar color a la fuerza».
Colón, como si de un nuevo Moisés se tratara, confiesa: «Yo así amortecido oí todo, más no tuve yo respuesta a palabras tan ciertas, salvo llorar por mis yerros». Y si no fuera por la hazaña de un tal Diego Méndez, el escribano de la tripulación (nunca conviene desconfiar de las muchas cualidades de un escribiente), quien cruzó en canoa desde Jamaica a República Dominicana en busca de ayuda, ése hubiera sido el fin de Colón. Y todavía le quedaría fuerza para idear un último proyecto: una nueva cruzada a Tierra Santa, a la ciudad de Jerusalén, para recuperar el Santo Sepulcro.
El propio Colón acabó por creerse su mito. Había leído en la tragedia Medea de Séneca unos párrafos que parecían predecir, con 1.500 años de antelación, sus propias aventuras: «Vendrán en los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el Mar Océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una grande tierra y un nuevo marinero como aquél que fue guía de Jasón y que hubo de nombre Typhis descubrirá un nuevo mundo y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras». ¿Y quién podría ser ese nuevo nauta, ese Typhis moderno encargado de desvelar el mundo, sino él mismo, Cristóbal Colón?
Colón fue tachado de «personaje oscuro», como lo definirá Modesto Lafuente, «místico», como hará Alexander von Humboldt, o «fantasioso ingenuo y ajeno al mundo», en palabras de Stefan Zweig. Por no hablar de aquellos que hoy tiran sus estatuas por considerarlo un agente del colonialismo. Críticas tan injustas como acordes a la talla del personaje. ¡Intente usted acabar con la Edad Media y ya verá cómo le trata la posteridad! Aunque ese misterio que rodea al genovés quizás no haga sino añadir más atractivo al personaje. Esa era la opinión al menos de uno de los que más lo estudió, Juan Gil, quien decía preferirle sobre todos los demás navegantes y exploradores precisamente por esa «magia opaca» que siempre parecía rodearle.
A pesar de todas sus postreras desgracias, Colón nunca olvidaría su paraíso particular: «De La Española ni de Paria [la costa de las Perlas] y de las otras tierras no me acuerdo de ellas que yo no llore». La de Colón era también la melancolía de los tiempos. El viejo edificio medieval se derrumbaba. Aquel perfecto mundo trinitario, hecho a imagen y semejanza del cristianismo, no aguantaría la irrupción de un inesperado nuevo mundo. La armonía del Renacimiento daba paso poco a poco a la contradicción del Barroco. Uslar Pietri lo resumió así: «La novedad fue tan grande e inesperada que desquició y trastocó los conceptos más aceptados y nada quedó indemne ante su súbita y creciente presencia».
Decía el escritor Ernst Bloch que existen sólo tres regiones en el mundo en donde el futuro es una certeza: la juventud, la creación de una obra y el cambio de una era. América, a partir de 1492, era un territorio cargado de futuro. Y en ese instante de derrumbe, en ese violento cambio de era, el navegante que lo inició se agarraba a la imagen de un paraíso. Y no sería el último.
Muchos otros después de Colón siguieron buscando el paraíso en América. Primero, el Paraíso original, es decir, el bíblico. Y después todos los que el ser humano fue capaz de ir imaginando. La aparición del mundo americano planteó un sinfín de preguntas que tardarían siglos en poder responderse. Algunas de ellas, de hecho, todavía siguen vigentes: ¿cómo era posible que un Nuevo Mundo, nuevo por ser tan grande como el hasta entonces conocido, hubiera pasado desapercibido durante tantos siglos?; ¿se habían olvidado de él los textos sagrados?; ¿cómo no aparecía mencionado por las grandes autoridades del pasado, ni por los griegos, los hebreos, los árabes o los cristianos? Un momento… ¿o sí lo estaba? Quizás aquello fuera el Edén, o la Atlántida, la isla de Ofir, o la de Thule, los Campos Elíseos o todo ello a la vez. Esta fue la idea que debió rondar la cabeza a Colón cuando escribió a Alejandro VI, el gran papa Borgia, al referirse a La Española: «Esta isla es Tharsis, es Chetia, es Ofir y Phaz e Cipango». Es decir, todas las islas míticas de la tradición occidental juntas, como en esos sueños en donde uno mezcla sin recato personas, situaciones y contextos, mil y una cosas inverosímiles.
Había mucho que asimilar. Y la digestión de un continente —de todo un hemisferio entero, como lo había denominado Pedro Mártir de Anglería— se le hizo larga y pesada al estómago de los europeos. Poco a poco irían apareciendo nuevas teorías que sucesivamente intentarían encajar América en el esquema del mundo entonces vigente.
Todavía, podríamos afirmar, seguimos intentando encajar América. Hasta hace no mucho su aparición era considerada como un hito del progreso, como paso fundamental en la historia de la ciencia y los descubrimientos. Hoy quizás se ve más como el inicio de un crimen, un hito fundamental en la historia de expolio y dominación en que se han convertido el pasado de Occidente. Cada época tiene su teología. Y los habitantes de la Europa del XVI buscaron el origen de aquellas tierras y gentes en sus más sólidos fundamentos, es decir, en la Biblia.
Aquel lugar, no había duda, era prodigioso. En pleno siglo XVII, el cronista Montesinos se empeñaba en escribir «Hamérica», pues afirmaba que era, en realidad, el anagrama de Hec María, «Madre de Cristo», prueba del carácter providencial del Nuevo Mundo. También aparecerían por entonces una suerte de guías, similares a los antiguos libros de peregrinaciones a Tierra Santa, en las que se identificaban en América algunos de los santos lugares del cristianismo. Aquí se construyó el Arca de Noé. Por allí, Caín mato a Abel. Y un poco más allá encontrará usted el Paraíso. Era la manera que tenían los hombres y mujeres de la Edad Moderna de incorporar América a su visión del mundo, de articularla simbólicamente, incluyendo los hitos y lugares significativos que les eran familiares, ¿no haría lo mismo el Imperio británico en la India con sus ferrocarriles o Estados Unidos con sus McDonald’s?
Benito Arias Montano, un erudito humanista del siglo XVI, relacionó la Ofir bíblica, es decir, el lugar en el que Salomón consiguió el oro para su templo, con las minas del Potosí, en la actual Bolivia. «Y el oro era el oro de Parvaim» decían literalmente las Sagradas Escrituras. Y de Parvaim a Perú no parecía haber tanto trecho…
Otro gran cronista, éste ya del siglo XVII, fue Antonio León de Pinelo. De orígenes familiares judeoconversos (su abuelo fue quemado vivo en la ciudad de Lisboa). Viajó a América y escribió todo un libro para probar lo que Colón ya había afirmado un siglo y medio antes. El Edén, el Paraíso de Adán y Eva, el jardín de las delicias, seguía encontrándose en América, concretamente en el Amazonas. De nuevo, ¿no existía allí un clima templadísimo, sin estaciones?; ¿no proliferaban por todos lados las serpientes?; ¿no había también tucanes y demás vistosas aves que sólo podrían provenir del Paraíso?; ¿piedras preciosas por doquier?; ¿qué más pruebas necesitaban? Podríamos considerar a León Pinelo un precursor. Pues todavía hoy, en época de deforestaciones y cambio climático, el Amazonas, a su modo, sigue siendo considerado un paraíso en la tierra.
Pero León Pinelo fue más allá. Identificó los cuatro ríos del Edén en América: el Amazonas, el Río de la Plata, el Orinoco y el Magdalena. No había candidatos más idóneos que aquellos. Si los ríos que partían del Paraíso eran los más grandes y caudalosos del mundo, si de allí salía toda el agua dulce de la tierra, no podían ser otros que esos cuatro. También era crucial, para León Pinelo, la cordillera volcánica que recorre todo América como una espina dorsal. El Cotopaxi, el Popocatépetl, el Chimborazo… habían ayudado a mantener oculto el vergel americano como si de un ángel con su espada de fuego se tratara. También el arca de Noé, según aquel autor, habría sido construida en América, específicamente en las laderas de los Andes y concretamente con madera de cedro. León Pinelo incluso llegó a precisar el lugar exacto en América donde Caín mató a Abel.
El Inca Garcilaso de la Vega fue un cronista muy especial. Hijo de conquistador español y de princesa inca. Sus Comentarios reales, según Menéndez Pelayo, son «el libro más genuinamente americano que en tiempo alguno se ha escrito». Garcilaso fue testigo de las terribles guerras civiles del Perú que sucedieron entre españoles a mediados del siglo XVI
