Cinco de mayo - Victoriano Salado Álvarez - E-Book

Cinco de mayo E-Book

Victoriano Salado Álvarez

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Beschreibung

En estas páginas, extraídas de los "Episodios nacionales mexicanos" se narran, en forma novelada, los acontecimientos que marcaron una de las páginas más importantes de la historia nacional.

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Seitenzahl: 90

Veröffentlichungsjahr: 2018

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VICTORIANO SALADO ÁLVAREZ

Cinco de mayo

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, 1997      3ª reimpresión, 2003 Primera edición electrónica, 2017

Fragmento deEpisodios nacionales mexicanosLa intervención y el Imperio, IV

Diseño de portada: Pablo Tadeo Soto

D. R. © 1997, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5411-3 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

Quien se proponga estudiar el siglo XIX en México, y en particular el movimiento liberal que se forjó en aquel siglo, no podrá pasar por alto la obra fundamental Episodios nacionales mexicanos, de Victoriano Salado Álvarez. Escrita y estructurada a la manera de los Episodios nacionales del español Benito Pérez Galdós, la obra de Salado es una novela histórica que escribió por encargo de la célebre imprenta Ballésca y Compañía. En palabras del propio autor, los Episodios nacionales mexicanos representan “la tarea de relatar en forma novelesca los episodios del gran movimiento reformista que cambio la faz de la República Mexicana, porque tengo la convicción de que hay latente en ese periodo una gran fuente de inspiración para el artista, el pensador y el investigador”. El Fondo de Cultura Económica ha publicado la edición facsimilar de esta obra, en siete volúmenes, de donde ahora FONDO 2000presenta aquí las escenas, avatares y circunstancias noveladas de la batalla del Cinco de Mayo, momento crucial de nuestra historia.

Victoriano Salado Álvarez nació en Teocaltiche, Jalisco, en 1867 y murió en la ciudad de México en 1931. Como otros intelectuales de su generación, que marcaron el puente generacional entre los siglos XIX y XX, Salado Álvarez dejó una extensísima obra que aún espera ser recopilada totalmente: millares de artículos en periódicos nacionales y estadunidenes y casi una docena de libros donde escribió los más diversos géneros, desde la crónica y la autobiografía hasta la filología y el cuento literario. Periodista y catedrático, Salado Álvarez fue miembro de la Academia de la Lengua, y posteriormente nombrado secretario perpetuo de la misma. Filólogo, historiador y escritor, también llevó a cabo una extensa vida política como diputado, senador y diplomático. A todo lo anterior, habrá que agregar que a él se debe, indirectamente, la fama de Mariano Azuela por la defensa que hizo Salado Álvarez de su novela, Los de abajo, y también se ha señalado el benéfico reconocimiento que hizo, desde uno de sus artículos periodísticos, a La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán.

CINCO DE MAYO

Gordo, moreno, de ojos chiquitines, el pelo cortado a rape, el uniforme desabotonado, limpiándose el sudor con un gran pañuelo de hierbas y escribiendo con una pluma de barbas azules, estaba sentado a una mesa el capitán Ruiz, Manuel Ruiz, de la costa de Sotavento, cuando se le presentó Miguel Caballero en el Chinaco y acompañado de su escudero Romualdo Gómez.

Ruiz le vio desde la ventana de rejas y suspendió la comunicación que tenía empezada, que se encontraba cabalmente en el lema: Libertad y Reforma.

—Pase, amigo, y deje su caballo con ese soldado. ¿Trae recado del cuartel general, o viene de algún cuerpo?

—No, mi capitán —respondió el muchacho mirando a hurtadillas las charreteras del escribiente—; vengo de México; pertenezco al tercer ligero de Guanajuato y me adelanté un día al grueso de la gente para traer descansadamente a mi señora.

—¿Y cuándo llega esa tropa, que ya la aguardamos como agua de mayo?

—Hoy deben de haber salido y rendirán jornada en Ayotla; mañana llegarán a San Martín Texmelucan, y el 6 estarán aquí.

—A buena hora; pero en fin, peor es chile y agua lejos.

—Traía una carta del señor general Doblado para el señor Zaragoza y otra para el señor Tapia, y desearía poner los papeles en manos del general en jefe y del gobernador.

Y sacó dos cartas azules, sin sobre, dobladas sobre sí mismas y con un par de obleas verdes en cada nema.

El capitán dio vueltas a los papeles, leyó las cubiertas con todo espacio, y, golpeando los pliegos contra el dorso de la mano izquierda, subió el pie sobre la silla de tule y dijo negligentemente:

—Imposible hablarle al general; primero consigue usted una conferencia con el mismo Zaragoza… Pero, en fin, nada me cuesta llevar las cartitas.

Cogió los papeles, levantó una cortina de bayeta verde y entró a la pieza inmediata. A los diez minutos salió.

—Lo dicho, amigo: que está ocupadísimo… ¿Qué tal ve a su penco?… Bonito animal, bonito… Que le señale a usted lugar en cualquier cuerpo, pues el general tiene facultades para ponerle donde quiera… ¿Qué le parecería a usted irse a los exploradores de Pedro Martínez?… Tapia se encarga de la carta de Zaragoza.

—Yo voy a donde me manden.

—Pues aguárdeme. —Y con una letra inglesa que parecía haber echado cuernos, rabo, pezuñas y pelos (así estaba llena de rasgos), inclinando mucho el cuerpo y rematando con una rúbrica que, de desenvolverse, hubiera dado la vuelta al recinto fortificado, dijo mientras calentaba con vaho el sello de la comandancia y aplicaba sobre él todo el peso de su cuerpo, haciendo bailar el sello sobre el papel:

—Va a quedar contento; es chinaca brava, pero buena gente. Ya verá.

—Adiós, mi capitán.

—Adiós, subteniente Caballero de los Olivos.

Tuvo Miguel que marchar despacio, pues las calles estaban atestadas de gente y animales. Un carro de transporte se había metido de lleno en una pasadera, y mientras los conductores juraban a gritos, y azotaban sin piedad al ganado, se acercaba a toda prisa otro tren que conducía material de hierro, tan ruidoso, que era imposible oír media palabra cuando las piezas empezaban a chocar entre sí. Las banquetas estaban embarazadas con mulas que conducían ruedas, cureñas o cañones de montaña, y los arrieros improvisados borneaban cajas de parque y llevaban a lomo bultos con estopines o con pólvora. De un zaguán, abierto cuan ancho era, salían cargadores que en tal o cual prenda del traje daban a conocer su filiación militar: cargaban sobre los hombros, acomodándolos en la mula, sacos que denunciaban su contenido por el blanquecino rastro que la harina dejaba en el suelo, o por los granos de maíz, frijol o garbanzo que caían en un trayecto ya previsto; apenas salían los granos, y una fila de muchachos hambrientos y de viejas desarrapadas los recogían entre el polvo, disputándolos como si hubieran sido piedras preciosas.

Consiguió Miguel, dando vuelta por la calle de Guevara, desembarazarse de aquel gentío; pero, apenas comenzaba a andar, cuando le sorprendió un batallón que desembocaba de la plaza, uniformado de dril moreno, con paños de sol en las nucas, el fusil al brazo y marcando el ritmo de la marcha con trabajoso andar.

Se advertía en aquellos rostros la fatiga de muchas etapas recorridas, el agotamiento de muchas hambres soportadas, el dolor de muchas heridas mal cerradas, la nostalgia del rancho, del cuamil, de la accesoria o del arroyo.

Miguel pensó: “Quizás tiene razón don Bernabé; ¿cómo vamos a oponer estos pobres sin armas, sin vestido, sin bagajes, a soldados europeos llenos de fuerza, bien alimentados, engreídos con sus victorias, conscientes de su valer y despreciando a sus enemigos? ¿Acaso los nuestros sabían qué era la patria y se figuraban la inmensa desventura de vivir sujetos a un yugo extranjero? ¿Acaso luchaban con fe y con convicción?”

Pero una voz interior le decía: “Bien está, bien está; pobres y débiles son; poco saben, ignoran más y de muchas cosas nada se les alcanza; mas ¿no fueron ellos o sus padres los que llevaron el nombre de México hasta más allá de Guatemala, los que echaron a los españoles, los que han subido en sus hombros o bajado entre las bayonetas a cien mil caudillos? Se ha dicho: ‘La nación es católica’, y la nación ha hecho la Reforma, ‘la nación ama a Santa Anna’, y la nación ha acompañado a los vencedores de Ayutla y ha puesto sobre el pavés a las gentes que ha designado la minoría consciente. ¿Por qué ahora no había de vencer mediante un esfuerzo supremo… por una casualidad… por un milagro, para decirlo todo?”

“Camino de Amozoc”, le habían dicho, y camino de Amozoc se dirigió en busca de su futuro jefe. Siguió calles en que sólo se veían casas cerradas, perros desconfiados, talleres y comercios sin movimiento. Salió al campo y atravesó un arroyuelo lleno de esos detritos que arrojan las ciudades a sus afueras, como en las casas echan los trastos viejos al cuarto más oscuro y retirado. La tarde era clara, pero la falda de los cerros, la orilla de los barrancos y el fondo de los arroyos ensombrecían ya el paisaje como si se les hubiera cubierto con un velo negruzco que hubiera quitado sus galas a la naturaleza.

Pasó un sembrado en que un viento frío, precursor de la noche, movía los aironcillos de las milpas recién nacidas, como si hubieran sido las cimeras de un ejército de soldados pigmeos; atravesó una depresión del terreno en que confundió las peñas y los espinos que coronaban la ceja de un arroyo con gente de caballería emboscada y lista para el ataque; le siguió por largo trecho el muro de un bosque que recortaba el horizonte, y llegó a la presencia de Martínez cuando era ya noche cerrada: una golondrina acababa de pasar junto a él como una flecha, en busca del techo de una casa ruinosa que por ahí se veía.

—Hum —dijo el chinaco—; me gusta la gente nueva, pero ha de tener calzones… Bonita bestia —dijo acariciando el caballo de Miguel—… Cuando quiera deshacerse del cuaco, yo le doy cien pesos por él… Acérquense a una lumbrada a ver qué se encuentran… ¿Dice usted que es la primera vez que sale a pelear? Ya se le nota; es usted muy criatura; pero no tardará en oír cómo truenan los balazos… Mañana los tenemos sobre Puebla; oiga lo que le digo… Mañana.

No iba desprovisto Miguel; llevaba en las árguenas buena cantidad de fiambres que había colocado allí la previsión cariñosa de las Sedeño, y con eso se refociló al lado de un capitán de Nuevo León y de un subteniente de Colima.

Se divirtió un rato mirando las luminarias del campo, y cuando hubo echado el taco y bebido un trago de pulque, se reclinó en el capote, acercó la silla que le servía de cabecera, volvió el rostro a la lumbre que le ofendía la vista y se quedó dormido como un bendito. Dos o tres veces le despertaron el frío de la noche o las voces de alerta de los centinelas avanzados; miró el campo tranquilo, vio a su caballo ramoneando la yerba que rodeaba el mezquite en que el animal estaba apersogado y volvió a cerrar los ojos.