Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Cinco pruebas de la existencia de Dios recoge una exposición y una defensa detallada y actualizada de las cinco pruebas filosóficas más importantes de la historia a favor de la existencia de Dios. Asimismo aporta una respuesta clarividente a las principales objeciones que se han planteado contra ellas. Esta obra de E. Feser constituye además una defensa rigurosa y amplia de la teología natural tradicional. Su objetivo es claro: la existencia de Dios, como han enseñado grandes filósofos del pasado, puede establecerse con certeza por medio de argumentos puramente racionales. De este modo, sirve para refutar tanto el ateísmo como el fideísmo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 643
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
CINCO PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS
COLECCIÓN ESTUDIOS TOMISTAS
VOLUMEN 6
Director
Xavier Prevosti Vives, hnssc
Consejo de redacción
Ignacio Mª Manresa Lamarca, hnssc
Esteban J. Medina Montero, hnssc
Lucas P. Prieto Sánchez, hnssc
Consejo asesor
Serge-Thomas Bonino, op
Martín F. Echavarría
Reinhard Hütter
Enrique Martínez García
Antoni Prevosti Monclús
Thomas Joseph White, op
PUBLICACIONES DE ESTUDIOS TOMISTAS
Francisco CanalsTomás de Aquino. Un pensamiento siempre actual y renovador
Lucas Prieto, hnsscApuntes de filosofía tomista
Thomas-Joseph White, opEl Señor Encarnado. Estudio tomista de cristología
Xavier Prevosti, hnsscLa libertad, ¿indeterminación o donación?
Romanus Cessario, op & Cajetan Cuddy, opTomás y los tomistas. El logro de Tomás de Aquino y sus intérpretes
Edward FeserCinco pruebas de la existencia de Dios
EN PREPARACIÓN
Thomas Petri, opAquinas y la teología del cuerpo
Martin F. EchavarríaDe Aristóteles a Freud, y vuelta
EDWARD FESER
CINCO PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS
Primera edición: 2021
© 2017 by Ignatius Press, San Francisco. All rights reserved.
Título original: Five Proofs of the Existence of God
Traducción castellana de Enric Fernández Gel.
© 2021 EDICIONES COR IESU, hhnssc
Plaza San Andrés, 5
45002 - Toledo
www.edicionescoriesu.es
ISBN E-book: 978-84-18467-11-0
Depósito legal: TO 123-2021
Imprime: Ulzama Digital. Huarte (Navarra).
Printed in Spain
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, total o parcial, de esta obra sin contar con autorización escrita de los titulares del Copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 270 y ss. del Código Penal).
Sumario
AGRADECIMIENTOS
Introducción
1. La prueba aristotélica
Presentación informal del argumento: Fase 1
Presentación informal del argumento: Fase 2
Una presentación más formal del argumento
Algunas objeciones refutadas
2. La prueba neoplatónica
Presentación informal del argumento: Fase 1
Presentación informal del argumento: Fase 2
Una presentación más formal del argumento
Algunas objeciones refutadas
3. La prueba agustiniana
Presentación informal del argumento: Fase 1
Presentación informal del argumento: Fase 2
Una presentación más formal del argumento
Algunas objeciones refutadas
4. La prueba tomista
Presentación informal del argumento: Fase 1
Presentación informal del argumento: Fase 2
Una presentación más formal del argumento
Algunas objeciones refutadas
5. La prueba racionalista
Presentación informal del argumento: Fase 1
Presentación informal del argumento: Fase 2
Una presentación más formal del argumento
Algunas objeciones refutadas
6. La naturaleza de Dios y de su relación con el mundo
Algunos principios de fondo
Los atributos divinos
Dios y el mundo
Apéndice: ¿es Dios masculino?
7. Objeciones comunes a la teología natural
Lecturas recomendadas
La prueba aristotélica
La prueba neoplatónica
La prueba agustiniana
La prueba tomista
La prueba racionalista
Las cinco vías de Tomás de Aquino
Otros argumentos cosmológicos
Los atributos divinos
AGRADECIMIENTOS
Quiero dar las gracias al padre Joseph Fessio por su interés en este libro y sus comentarios al primer borrador. Parte del material fue presentado en público en Cambridge (Massachussetts), Claremont (California), Lafayette (Louisiana), Nueva York y Sydney (Australia). Agradezco a los miembros del público sus comentarios y preguntas, y también a los lectores de mi blog su interacción con ideas que acabaron abriéndose paso en estas páginas.
Como siempre, le doy las gracias a mi esposa, Rachel, así como a nuestros hijos –Benedict, Gemma, Kilian, Helena, Jack y Gwendolyn– por su paciencia y amor. Escribir este libro fue una locura porque se solapó con muchos otros proyectos. No lo podría haber hecho si mi mujer no se hubiera ocupado de tantas de las tareas de nuestra familia. Por supuesto, esto es cierto de mi trabajo en general, de modo que cualquiera que haya encontrado algo de valor en él está en deuda con Rachel por hacerlo posible.
Mi amigo, el padre Thomas Joseph White, ha estado en la vanguardia del renacimiento del interés en la teología natural entre teólogos católicos, como es evidente por su excelente obra Sabiduría frente a la Modernidad: un estudio de la teología natural tomista1. Me he beneficiado mucho de su trabajo y de nuestras conversaciones a lo largo de los últimos años. Con gratitud y admiración, es a él a quien le dedico este libro.
1.Thomas Joseph White, O.P., Wisdom in the Face of Modernity: A Study in Thomistic Natural Theology (Ave Maria, Fla.: Sapientia Press, 2009).
Introducción
Éste no es un libro acerca de las cinco vías de Santo Tomás de Aquino2. Puede que algunos de mis lectores habituales hayan supuesto lo contrario, dado que las he defendido en otras ocasiones y que el título de este libro es Cinco Pruebas de la Existencia de Dios. Aunque habrá semejanzas con lo que dice Tomás y lo que he dicho otras veces, aquí voy a desarrollar un tema algo diferente. No nuevo, porque ninguna de las pruebas que voy a discutir es de mi autoría. Pero sí diferente en la medida en que muchas de ellas no las he defendido previamente en absoluto. Es también diferente en que la mayoría de estas pruebas no ha recibido casi atención por parte de la filosofía contemporánea. Esto es sorprendente, dado que desde un punto de vista histórico han sido muy prominentes, y porque resultan ser los argumentos más poderosos que hay acerca de la existencia de Dios (o así me lo parece a mí). Los que ya me conocen no se sorprenderán si digo que, en mi opinión, esto no revela nada acerca de las pruebas en sí mismas, y en cambio lo revela todo acerca del estado de la filosofía académica contemporánea, incluyendo la filosofía de la religión.
Por tanto, aunque los argumentos no son nuevos en sí mismos, serán nuevos para la mayoría de lectores, como lo será mucho de lo que tengo que decir en su defensa. Lo que es distintivo de este libro puede explicarse mejor, quizás, diciendo algo acerca de sus orígenes. En mis anteriores obras, La última superstición, El Aquinate y otras, abordo cuestiones de la teología natural –esto es, cuestiones acerca de qué puede ser conocido por medio de la sola razón humana, con independencia de la Revelación divina, acerca de la existencia y naturaleza de Dios y de su relación con el mundo– por medio de la exposición y defensa de lo que Tomás de Aquino tiene que decir sobre el tema3. Dado que Tomás es, en mi estimación, el más grande de los teólogos naturales, esta aproximación tiene sus ventajas… pero también sus limitaciones. De entrada, requiere que la discusión sea en su mayoría exegética, dedicada a explicar qué quería decir santo Tomás, o cuál es la dirección en la cual sus argumentos podrían ser conducidos (o han sido conducidos por tomistas posteriores), partiendo de lo que uno encuentra realmente en sus textos4. Esto, a su vez, requiere desarrollar los principios filosóficos básicos concernientes a la naturaleza del cambio, la causalidad, la contingencia, y demás, que entran en juego en sus argumentos; desconectar las ideas esenciales de los supuestos científicos contingentes y erróneos con los cuales Tomás a veces las expresa; etcétera. Es por este motivo que, en los dos libros mencionados, el lector tiene que abrirse paso a través de setenta páginas de, en ocasiones, densa metafísica general antes de que sean abordadas las preguntas de la teología natural. Además, esta aproximación requiere que uno se limite a los argumentos que Tomás pensó que eran los más significativos.
En los años posteriores a la publicación de esos libros, no obstante, me pareció que había lugar para, y de hecho necesidad de, un libro que abordase las cosas de modo diferente. En concreto, que era necesario exponer y defender ciertos argumentos importantes a favor de la existencia de Dios que Tomás mismo no discute, y que además han recibido una atención insuficiente en las últimas discusiones dentro de la teología natural. Y que hacía falta hacerlo de un modo que fuese directo al corazón de los argumentos, introduciendo los principios metafísicos básicos a medida que fueran necesarios. Es decir, una exposición que no llevara el lastre de temas complejos y tediosos de exégesis textual, y que no fuera precedida por un largo prolegómeno metafísico.
Esto es exactamente lo que hace este libro. Dos de las pruebas que defiendo aquí pueden encontrarse en Tomás, pero las otras tres no son argumentos que él discuta, como mínimo no en detalle o en la forma en que los presento. Tampoco hago nada de exégesis, ni de los textos de Tomás ni de ninguno de los otros grandes pensadores del pasado. Por supuesto, y como el mismo índice sugiere, los argumentos están todos inspirados por varios de estos grandes pensadores: en particular, por Aristóteles, Plotino, Agustín, Tomás y Leibniz. En efecto, me parece que las pruebas que aquí defiendo capturan justo lo esencial de sus argumentos. Pero no estoy presentando ninguna interpretación de ningún texto que pueda encontrarse en su obra, y no pretendo tampoco que ninguno de ellos haya dicho o esté de acuerdo con todo lo que tengo que decir. Defiendo una prueba aristotélica de la existencia de Dios, pero no la prueba de Aristóteles; una prueba agustiniana, pero no una exégesis de nada que Agustín mismo llegó a escribir; etcétera. Y en cuanto a fundamentos metafísicos, trato de no desarrollar más que lo estrictamente necesario antes de entrar en cada prueba. En la medida en que me ha sido posible, introduzco los principios relevantes sobre la marcha, en el curso de su aplicación a la teología natural.
Cada uno de los primeros cinco capítulos está dedicado a una de las pruebas, con la siguiente estructura. En primer lugar, doy una presentación informal del argumento en dos fases. En la primera fase, defiendo la existencia de algo que se ajusta a una determinada descripción clave, como por ejemplo la de «una causa incausada de la existencia de las cosas». En la segunda fase, argumento que cualquier cosa que encaje con dicha descripción ha de tener determinados atributos divinos, como unidad, eternidad, inmaterialidad, omnipotencia, omnisciencia y bondad perfecta. Estas presentaciones son «informales» en el sentido de que no expongo los argumentos premisa a premisa, en ese formato explícito tan estimado por los filósofos analíticos contemporáneos, sino de un modo más discursivo y relajado. Los motivos para proceder así son que quiero facilitar todo lo posible el acceso y la comprensión de los argumentos a aquellos lectores poco familiarizados con la filosofía, y también que en varios puntos me es necesario hacer una digresión hacia temas más generales de metafísica, sea para aclarar exactamente qué es lo que está en juego en las pruebas o para prevenir posibles malentendidos u objeciones irrelevantes. Por supuesto, la discusión se torna a veces un poco técnica. Pero el objetivo, en esta primera parte de cada capítulo, es introducir al lector en estos tecnicismos del modo más gentil posible. Quiero que el libro sea de interés no sólo para los filósofos académicos, sino también, en la medida de lo posible, para la persona común capaz y dispuesta a introducirse en abstracciones filosóficas siempre que se le dé la oportunidad de hacerlo de modo gradual. Aunque terminamos, en cada capítulo, en lo más profundo del extremo hondo de la piscina, siempre trato de empezar en la parte más superficial del extremo contrario. (Como el lector descubrirá, esto es más fácil de hacer con unos argumentos que con otros).
La siguiente sección de cada capítulo contiene una exposición formal del argumento. Aquí sí lo desarrollo paso a paso, de modo explícito, con el objetivo de hacer lo más evidente posible la estructura lógica del razonamiento y de recapitular de una manera clara y meridiana la línea de pensamiento que el lector habrá recorrido de modo informal y distendido en la sección precedente. Ninguna de estas formulaciones está pensada para funcionar por sí misma. Es posible que el lector no las entienda bien si no ha leído las secciones que las preceden, donde se explica lenta y cuidadosamente el significado de cada uno de los conceptos clave. Pero la presentación formal debería evidenciar en cada caso cómo todo lo discutido antes de modo informal encaja entre sí. Por último, cada capítulo concluye con una larga sección que aborda diversas objeciones que han sido o pueden ser planteadas al argumento en cuestión. Aquí es, a veces, donde aparece el material más técnico.
En concreto, el contenido de los cinco primeros capítulos es el que sigue. El capítulo 1 defiende lo que llamo la prueba aristotélica de la existencia de Dios. Empieza con el hecho de que en el mundo hay cambio real, lo analiza en términos de la actualización de potencialidades y argumenta que ninguna potencia podría ser actualizada a menos que hubiera algo que pudiera actualizar sin ser él mismo actualizado: un «actualizador puramente actual» o Motor Inmóvil, como caracterizó Aristóteles a Dios. Aristóteles desarrolla un argumento similar en el libro 8 de su Física y en el 12 de su Metafísica. Aristotélicos posteriores como Maimónides o Tomás de Aquino construyeron sus propias versiones: la primera de las cinco vías tomistas es una de ellas. Estos autores expresaron la idea con nociones científicas arcaicas (como el movimiento de las esferas celestes) pero, tal y como han mostrado los aristotélicos modernos, el núcleo esencial del argumento no depende en absoluto de esta carcasa anticuada. El capítulo 1, pues, busca presentar la idea central de la prueba como habría sido desarrollada por Aristóteles, Maimónides o Tomás si hubieran estado escribiendo hoy en día.
El capítulo 2 defiende lo que llamo la prueba neoplatónica de la existencia de Dios. Empieza con el hecho de que las cosas de nuestra experiencia son compuestas o están hechas de partes, y argumenta que su última causa sólo puede ser algo absolutamente simple o no-compuesto, aquello que Plotino llamó «el Uno». Cabe encontrar la idea central de tal argumento en las Enéadas de Plotino, y Tomás de Aquino también le dio expresión. En efecto, la tesis de la simplicidad divina es absolutamente central a la concepción de Dios del teísmo clásico, aunque haya sido extrañamente descuidada por los autores contemporáneos de la teología natural, teístas no menos que ateos. Entre los objetivos de este libro está contribuir a restituirla a su lugar propio.
El capítulo 3 defiende una prueba agustiniana de la existencia de Dios. Empieza argumentando que los universales (la rojez, la humanidad, la triangularidad, etc.), las proposiciones, las posibilidades y otros objetos abstractos son reales en algún sentido, pero rechaza la idea platónica de que existen en una especie de «tercer reino» distinto tanto de toda mente como del mundo de las cosas particulares. El único fundamento último posible de tales objetos, se concluye, es un intelecto divino: la mente de Dios. Esta idea tiene también sus raíces en el pensamiento neoplatónico, fue central para la comprensión de Dios de San Agustín y fue defendida del mismo modo por Leibniz. Este libro ofrece, hasta donde sé, la presentación más detallada y sistemática de dicho argumento hasta la fecha.
El capítulo 4 defiende la prueba tomista de la existencia de Dios. Empieza argumentando que para cada cosa contingente de nuestra experiencia hay una distinción real entre su esencia (lo que la cosa es) y su existencia (que es). A continuación argumenta que nada en lo que se dé tal distinción real podría existir ni siquiera por un instante a menos que fuera causado por algo en lo que no se dé tal distinción, algo cuya misma esencia simplemente sea existir, y que pueda por lo tanto impartir la existencia sin, a su vez, tener que recibirla: una causa incausada de la existencia de las cosas. Tomás presentó un argumento de este tipo en su pequeño opúsculo Sobre el ente y la esencia, y muchos de sus seguidores lo han considerado como el argumento tomista paradigmático de la existencia de Dios.
El capítulo 5 defiende una prueba racionalista que empieza con una defensa del principio de razón suficiente (PRS), de acuerdo con el cual todo es inteligible o tiene una explicación tanto de su existencia como de sus atributos. Se argumenta a continuación que no puede haber una explicación de la existencia de ninguna de las cosas contingentes de nuestra experiencia a menos que haya un ser necesario, la existencia del cual se explique por su propia naturaleza. Este tipo de argumento se asocia mucho con Leibniz, pero la versión que defiendo se aparta de él en varios puntos e interpreta las ideas clave en sentido aristotélico-tomista. (Así, aunque es un argumento «racionalista» en la medida en que se compromete con una versión del PRS y con la tesis de que el mundo es inteligible de principio a fin, no es «racionalista» en otros sentidos comunes del término. Por ejemplo, mi versión no está para nada comprometida con la doctrina de las ideas innatas u otros aspectos de la epistemología de filósofos racionalistas continentales como Descartes, Spinoza y Leibniz, y mi interpretación del PRS difiere de la suya en aspectos clave).
Habiendo presentado estas cinco pruebas de la existencia de Dios, en el capítulo 6 pasamos a examinar su naturaleza y su relación con el mundo del cual es causa. Estos temas ya habrán sido abordados de modo considerable en los capítulos anteriores, pero aquí los examinaremos en mayor profundidad y de manera más sistemática. Se empieza con la exposición y defensa de tres principios básicos fundamentales: el principio de causalidad proporcionada, según el cual lo que hay en un efecto tiene que preexistir de algún modo en su causa total; el principio agere sequitur esse, según el cual el modo de obrar o comportarse de una cosa se sigue de lo que es; y la tesis tomista del uso analógico del lenguaje. A continuación utilizaremos estos principios para derivar diversos atributos divinos y responder varias preguntas y objeciones filosóficas acerca de los mismos. El capítulo muestra, de entrada, que el término final de cada una de las cinco pruebas es uno y el mismo Dios, y que por principio no puede haber más que un solo Dios. Habiendo establecido la unicidad divina, prosigue mostrando que también tenemos que atribuirle a Dios simplicidad, inmutabilidad, inmaterialidad, incorporeidad, eternidad, necesidad, omnipotencia, omnisciencia, bondad perfecta, voluntad, amor e incomprehensibilidad.
Entonces se expone y defiende la doctrina de la conservación divina, de acuerdo con la cual el mundo no podría existir ni siquiera por un instante si Dios no estuviera continuamente sosteniéndolo en el ser; y la doctrina de la concurrencia divina, de acuerdo con la cual ninguna cosa creada podría tener eficacia causal si Dios no estuviera impartiéndole dicho poder a cada momento en el que actúa. De camino, se muestra que estos argumentos descartan concepciones de la relación entre Dios y el mundo como el panteísmo, el panenteísmo, el ocasionalismo y el deísmo. El capítulo 6 termina con una discusión acerca de lo que es un milagro y del sentido en el que Dios podría causar uno. (Esto último, como el lector podrá apreciar, es crucial a la hora de determinar si podría haber alguna fuente de conocimiento acerca de Dios fuera de la teología natural, en alguna revelación divina especial, aunque la cuestión de si tal revelación ha tenido lugar es algo que queda fuera del alcance de este libro).
Por último, el capítulo 7 aborda diversas críticas a la teología natural. Muchas de éstas habrán sido ya tratadas con anterioridad, pero el objetivo ahora es responderlas con mayor profundidad, además de abordar algunas nuevas. Hacia el final del capítulo, y por ende hacia el final del libro, será evidente que ninguna de las objeciones tiene éxito y que, de hecho, las más comunes están sobrevaloradas y son asombrosamente débiles.
Soy consciente de que ésta es una afirmación muy categórica. Pero es que la teología natural, históricamente, fue una disciplina muy segura de sí misma. Una larga línea de autores desde el comienzo del pensamiento occidental hasta el día de hoy –aristotélicos, neoplatónicos, tomistas y otros escolásticos, racionalistas modernos y también filósofos de otras escuelas, fueran paganos, judíos, cristianos, musulmanes o teístas filosóficos– han afirmados que la existencia de Dios puede ser demostrada racionalmente a través de argumentos filosóficos. El objetivo de este libro es mostrar que tenían razón, que aquello que tiempo ha fue la convicción principal del pensamiento occidental tendría que volver a serlo también hoy. El debate real no está entre el ateísmo y el teísmo. El debate real está entre teístas de distinto tipo –judíos, cristianos, musulmanes, hindús, teístas filosóficos, etcétera– y empieza ahí donde la teología natural acaba. Este libro no entra en ese otro debate, ni pretende mucho menos zanjarlo. Quedaré satisfecho con que contribuya a llevarnos de vuelta al punto desde el cual cabe abordar las preguntas más profundas.
2. Las cinco vías de Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios aparecen en la Summa Theologiae I, q. 2, a. 3. La primera vía es el argumento que va desde el movimiento hasta la existencia de un primer Motor Inmóvil. La segunda vía va desde la causalidad hasta la existencia de una primera Causa Incausada. La tercera vía, desde la contingencia del mundo hasta la existencia de un Ser Absolutamente Necesario. La cuarta vía, desde los grados de perfección hasta la existencia de un Ser Máximamente Perfecto. La quinta vía, desde la finalidad hasta la existencia de una Inteligencia Suprema.
3. Cf. Edward Feser, The Last Superstition: A Refutation of the New Atheism (South Bend, Ind.: St. Augustine’s Press, 2008); y Aquinas (Oxford: Oneworld Publications, 2009). Cf. también mis artículos «Existential Inertia and the Five Ways», American Catholic Philosophical Quarterly 85 (2011): 327-67, y «Between Aristotle and William Paley: Aquinas’s Fifth Way», Nova et Vetera 11 (2013): 707-49. Ambos artículos están recogidos (junto con otros ensayos relevantes de cara a la teología natural de Tomás) en mi antología Neo-Scholastic Essays (South Bend, Ind.: St. Augustine’s Press, 2015), pp. 84-117 y pp. 47-92, respectivamente.
4. «Tomismo» es, por supuesto, la etiqueta estándar para el sistema de pensamiento que deriva de Tomás de Aquino, con lo que un «tomista» es alguien que se adhiere al tomismo.
1. La prueba aristotélica
Presentación informal del argumento: Fase 1
El cambio ocurre. Estamos inmersos en una plétora de ejemplos de cambio. El café de tu taza se enfría. Una hoja del árbol que hay fuera cae al suelo. Aquel charco crece a medida que va lloviendo. Aplastas una mosca y muere.
Estos ejemplos ilustran cuatro tipos de cambio: el cambio cualitativo (el café que se enfría); el cambio con respecto al lugar (la hoja que cae al suelo); el cambio cuantitativo (el charco que crece en tamaño); y el cambio sustancial (el ser vivo que se convierte en materia muerta). Que cambios de este tipo ocurren es evidente a partir de nuestra experiencia sensible del mundo extramental.
Pero supongamos que nuestros sentidos nos engañan. Imagina que toda tu vida ha sido un largo sueño o una alucinación, del tipo que Descartes describió en sus Meditaciones y que ha sido llevado a la pantalla en películas de ciencia ficción como Matrix. Aún así, no habría ninguna duda de que incluso en este escenario descabellado el cambio ocurre. Tienes una experiencia, después tienes otra. Te planteas si estás durmiendo o alucinando, después desechas la idea como demasiado estúpida, más tarde descubres que aún te preocupan los argumentos que lees en Descartes y te preguntas si no será que hay en ellos algo de verdad. Todo esto es un tipo de cambio: cambio con respecto a tus pensamientos y experiencias.
¿Podría ser que incluso estos cambios fueran una ilusión? Al fin y al cabo, el filósofo griego Parménides argumentó que, cuando analizamos con cuidado lo que cualquier cambio debería implicar, descubrimos que es imposible. Piensa una vez más en tu café, que empieza siendo caliente y tras estarse un rato sobre la mesa se enfría. Podríamos decir que la frialdad del café, que no existe mientras éste es caliente, empieza a existir. Pero entonces tenemos un problema, dice Parménides. Y es que si la frialdad del café inicialmente era no-existente, entonces en ese momento era nada; y cuando posteriormente empieza a existir, entonces es algo. Pero algo no puede salir de nada. Por tanto, la frialdad del café no puede empezar a existir y, con ello, el café no puede enfriarse. Lo mismo cabría decir frente a cualquier supuesto ejemplo de cambio: cualquiera tendría que implicar algo saliendo de la nada, lo cual es imposible. Por tanto, concluye Parménides, en realidad el cambio nunca puede ocurrir.
Quizás sospechas que hay alguna trampa en el argumento, y si así es, estás en lo cierto. Un problema es que no es posible aceptar de modo coherente esta posición. Supón que intentas convencer a alguien, incluso a ti mismo, de que el cambio es ilusorio, sea por medio del argumento de Parménides o de cualquier otro. Te abres camino por el argumento paso a paso hasta que tú o tu interlocutor quedáis convencidos. Pero que tu mente sopese una premisa después de otra y alcance finalmente la conclusión es ello mismo una instancia del cambio que el argumento niega. Así, el mismo acto de dudar del cambio presupone su existencia.
Hay aún otro problema con el argumento de Parménides. Y es que, como señaló un filósofo griego posterior, Aristóteles, es un error pensar que el cambio implica que algo sale de la nada. Volvamos a nuestro café. Es cierto que mientras el café está caliente, su frialdad no está presente en acto. Aún así, está ahí potencialmente de un modo en el que no están otras cualidades. El café no tiene, por ejemplo, la potencia de alimentar un motor de gasolina, o de convertirse en sopa de gallina, o ya puestos de transformarse en una gallina de verdad y ponerse a cloquear. Pero sí tiene la potencia de enfriarse, y muchas otras más: la de mantenerte más alerta si lo bebes, la de manchar el suelo si lo derramas, etcétera. Que tiene la potencia de enfriarse al tiempo que carece de otras potencialidades muestra que su frialdad no es exactamente nada, aunque aún no sea actual.
Lo que el cambio implica, pues, para Aristóteles es la actualización de una potencia. El café tiene la potencia de enfriarse, y tras estarse un rato sobre la mesa esta potencia es actualizada. Esto no es un caso de algo saliendo de la nada –lo cual, Aristóteles coincide, es imposible– porque, de nuevo, una potencia ya es algo.
En resumen, el cambio ocurre. Nuestra experiencia ordinaria así lo muestra, y un poco de reflexión filosófica no sólo refuerza este juicio, sino que consigue explicarlo. ¿Pero cómo ocurre el cambio? Esto, por supuesto, depende del tipo de cambio. El enfriarse del café no es el mismo proceso que el caer de la hoja, el crecer del charco o la mosca siendo aplastada. Aún así, cualquiera que sea el tipo de cambio en cuestión, habrá algo que lo provoque.
Es decir, el cambio requiere un cambiador. De nuevo, estamos rodeados de ejemplos de esto en nuestra experiencia cotidiana. La temperatura de la habitación enfría el café. Un movimiento de tu muñeca aplasta la mosca con el matamoscas. Pero la tesis de que el cambio requiere un cambiador es algo más que una mera generalización a partir de casos como éstos. Se sigue de lo que el cambio es: la actualización de una potencia. Hemos visto que mientras el café es caliente, su frialdad no es exactamente nada, dado que está potencialmente en el café de un modo en el que otras cualidades no lo están. Pero sigue estando ahí de manera meramente potencial y no actual, pues si no, estaría ya frío incluso mientras es caliente, lo cual por supuesto no es así. Pero la frialdad potencial difícilmente puede hacer nada, precisamente porque es sólo potencial. Únicamente lo que es actual puede hacer algo. En concreto, la frialdad potencial del café no puede actualizarse a sí misma. Sólo algo que ya sea actual puede hacer tal cosa: la frialdad del ambiente, o quizás algunos cubitos de hielo que dejas caer en la taza. En general, ninguna potencia puede ser actualizada si no es por algo que ya sea actual. Y en este sentido, todo cambio requiere algún tipo de cambiador.
Por tanto, el cambio ocurre y todo cambio requiere un cambiador; o por ponerlo de modo menos coloquial pero más preciso: algunas potencias son actualizadas, y cuando lo son, tiene que haber algo que ya sea actual que las actualice. Ahora date cuenta de que, a menudo, lo que es cierto de la cosa que cambia lo es también de la cosa que produce el cambio. La frialdad del ambiente de la habitación enfría el café, pero ella misma era meramente potencial hasta que el aire acondicionado la actualizó. El movimiento de tu muñeca provoca que el matamoscas caiga con fuerza, y su impacto, que la mosca muera. Pero el movimiento de tu muñeca era meramente potencial hasta que la activación de determinadas neuronas motoras lo actualizó. Así, cuando algo produce un cambio, a veces es porque él mismo está experimentando un cambio; y cuando tal es el caso, ese cambio también requiere un cambiador. O, por ponerlo de nuevo de modo menos coloquial pero más preciso, a veces cuando una potencia es actualizada, lo que la actualiza es algo que ha ido también de la potencia al acto; y si es así, tiene que haber aún otra cosa que lo haya actualizado.
Date cuenta de que no he dicho que todo lo que causa un cambio tiene que estar cambiando. Eso no se sigue de nada de lo que hemos dicho hasta el momento y, como veremos, no es cierto. El punto es más bien que si algo que produce un cambio está él mismo experimentando cambio, entonces requiere un cambiador propio. Así, a veces tenemos una serie de cambiadores y de cosas que cambian. La frialdad del café fue causada por la frialdad del ambiente, que fue causada por el aire acondicionado, que se encendió cuando presionaste cierto botón. La mosca murió por el impacto del matamoscas, causado por un movimiento de tu muñeca, producido por la activación de ciertas neuronas motoras, debido a tu fastidio ante la mosca volando por la habitación. Una potencia es actualizada por otra cosa, que a su vez es actualizada por otra, que a su vez es actualizada por otra.
Hasta el momento, todo esto es sentido común complementado con algo de jerga más o menos técnica. Pero dicha jerga nos va a ayudar a ir más allá del sentido común, no para contradecirlo, sino para desplegar sus implicaciones. Considera a continuación que las series de cambiadores del tipo que acabamos de describir comúnmente se extienden hacia atrás en el tiempo, en lo que podríamos llamar un modo lineal. El café está frío porque el aire de la habitación lo enfrió, el aire estaba frío gracias al aire acondicionado, el aire acondicionado se encendió porque tú presionaste cierto botón, etcétera. Ahora supongamos que esta serie se extiende hacia atrás en el pasado infinitamente, sin comienzo. Presionaste el botón, tu deseo de enfriar el ambiente te llevó a hacerlo, el efecto del calor sobre tu piel produjo en ti este deseo, el sol generó dicho calor, y así sucesivamente sin que haya en esta serie de cambios y cambiadores ningún primer miembro en sentido temporal. El mundo material, estaríamos suponiendo, siempre ha estado ahí y siempre ha estado cambiando. Tal es, justamente, lo que Aristóteles mismo pensaba.
Hoy en día se suele suponer que la teoría del Big Bang muestra que estaba equivocado. Aunque, por otro lado, algunos científicos han sugerido que el Big Bang no fue sino el resultado de la implosión de un universo anterior, o que quizás tuvo que ver con que nuestro universo se separó de otro universo paralelo. A veces también se dice que la serie de tales universos preexistentes es infinita, de modo que, incluso si el nuestro tuvo un comienzo, la serie como un todo no. Todo esto es bastante controvertido, pero que sea verdad o no simplemente no nos importa ahora mismo. Concedamos, pues, por el bien de la discusión, que el universo, o el «multiverso» que contiene nuestro universo junto con muchos otros, no tiene comienzo alguno sino que siempre ha existido.
Incluso si tales series lineales de cambios y cambiadores pueden en teoría extenderse hacia atrás infinitamente, sin ningún primer miembro, hay otro tipo de serie –llamémosla jerárquica– que debe tener un primer miembro. Recuerda que nos imaginábamos una serie lineal como extendiéndose hacia atrás en el tiempo: el café se enfrió porque la habitación estaba fría, lo estaba porque el aire acondicionado la había enfriado, tú lo encendiste porque no estabas cómodo con el calor, el cual había sido generado por el sol, etcétera. Para entender lo que es una serie jerárquica, en cambio, será útil pensar en lo que puede existir en un solo instante de tiempo. Esto no es de hecho esencial para una serie jerárquica, pero nos servirá para introducir la idea.
Considera una vez más la taza de café encima de tu mesa. Está, podemos suponer, a más o menos un metro del suelo. ¿Por qué? Naturalmente, porque la mesa la sostiene. ¿Pero qué es lo que sostiene la mesa? El suelo, por supuesto. Éste, a su vez, es sostenido por los fundamentos de la casa, y éstos por la Tierra. Ahora, a diferencia del café enfriado por el ambiente, que a su vez es enfriado por el aire acondicionado, y así sucesivamente, ésta no es una serie que deba ser pensada como extendiéndose hacia atrás en el tiempo. Por supuesto, la taza puede llevar sobre la mesa horas y horas. Pero el punto es que, incluso si consideramos la taza en cualquier instante, está en esa posición sólo porque la mesa la sostiene en ese instante, y esto es así sólo porque la mesa a su vez está siendo sostenida, también entonces, por el suelo. O imagina una lámpara que cuelga sobre tu cabeza de una cadena, que a su vez cuelga de un gancho atornillado en el techo, todo en el mismo instante. En ambos casos tenemos lo que hemos llamado una serie jerárquica de causas, una que se remonta hasta el suelo y la otra, hasta el techo.
Debido a que estamos pensando en cada una de estas series jerárquicas como existiendo en un instante particular de tiempo más que en el transcurso de minutos u horas, puede parecer extraño pensar que implican cambio. Pero nuestra consideración de la naturaleza del cambio nos llevó a introducir la idea de la actualización de potencias, y cada una de estas series tiene que ver con esto. La potencia de la taza para estar a un metro del suelo es actualizada por la mesa, la potencia de la mesa para sostener la taza es actualizada por el suelo, y así sucesivamente. De modo similar, la potencia de la lámpara para estar a dos metros es actualizada por la cadena, y la potencia de la cadena para sostener la lámpara es actualizada por el gancho atornillado en el techo.
De todos modos, lo que convierte a estas series en jerárquicas en el sentido relevante del término no es que sean simultáneas, sino el hecho de que hay cierto tipo de dependencia de los miembros posteriores respecto de los anteriores. La taza no tiene por sí misma ninguna capacidad para mantenerse a un metro del suelo; estará ahí sólo si alguna otra cosa, como la mesa, la sostiene. Pero la mesa, a su vez, no tiene ningún poder por sí misma para sostener la taza en esa posición. La mesa también caería si no la estuviera sosteniendo el suelo, y el suelo sólo puede sostener la mesa porque él mismo está siendo sostenido por los fundamentos de la casa, y los fundamentos, por la Tierra. De modo similar, la lámpara puede estar colgando a dos metros del suelo sólo porque la cadena la sostiene en esa posición, pero la cadena la sostiene sólo porque es a su vez sostenida por el gancho, y el gancho, por el techo. El techo, sin embargo, puede sostener el gancho sólo porque él mismo es sostenido por las paredes, que son también sostenidas por los fundamentos, que son sostenidos por la Tierra. Así, podríamos decir que en realidad es la Tierra la que sostiene tanto la taza como la lámpara, y que lo hace a través de estos intermediarios. La mesa, la cadena, las paredes y el suelo no tienen poder para sostener nada excepto en la medida en que derivan dicho poder de la Tierra. Son en este sentido como instrumentos. Igual que no es el pincel el que pinta un cuadro sino el pintor, que usa el pincel como un instrumento, también es la Tierra la que sostiene la taza y la lámpara, con el suelo, las paredes, la mesa, la cadena, etcétera sirviendo, por decirlo así, como sus instrumentos.
Lo que hace que una serie causal sea jerárquica, pues, es este carácter instrumental o derivativo de los miembros posteriores de la serie. La mesa sostendrá la taza sólo en la medida en que sea ella misma sostenida por el suelo. Si el suelo colapsa, la mesa cederá con él y como resultado la taza caerá. Los miembros de una serie lineal no son así. El aire acondicionado está funcionando porque tú lo encendiste pero, una vez lo has hecho, seguirá enfriando la habitación incluso si te marcharas de casa o cayeras muerto.
Es por esta diferencia que una serie causal jerárquica ha de tener un primer miembro, mientras una serie lineal no. Pero es crucial entender lo que significa aquí «primero». Como ya he indicado, el mejor modo de introducir la idea de una serie jerárquica es pensando en una secuencia cuyos miembros existan todos juntos en un solo instante de tiempo, como la taza que es sostenida por la mesa que es sostenida por el suelo. Por tanto, cuando se dice que una serie tal ha de tener un primer miembro, no significa que la serie tenga que ser rastreada hacia atrás hasta un punto inicial en el pasado (en el Big Bang, digamos).
La idea es más bien la siguiente. Dado que la mesa, el suelo y los fundamentos no tienen ningún poder por sí mismos para sostener la taza, la serie no podría existir en absoluto a menos que hubiera algo que sí tuviera el poder de sostener estos intermediarios (y la taza a través de ellos) sin a su vez tener que ser él mismo sostenido por otra cosa. Podríamos decir que, dado que la mesa, el suelo, las paredes y lo demás están actuando como instrumentos de algún tipo, entonces tiene que haber algo respecto de lo cual sean instrumentos. O, para ponerlo de otro modo, dado que tienen sólo un poder derivado para sostener cosas en alto, entonces tiene que haber algo de lo cual lo deriven, algo que no necesite derivar dicho poder de otra cosa sino que, en cambio, lo tenga «incorporado» en sí. El tipo de «primera» causa que ha de tener una serie jerárquica, pues, es una causa que posea el poder de producir sus efectos de un modo no-derivado y no-instrumental. En el caso de la taza, en el que la mesa la sostiene sólo porque deriva el poder para hacerlo del suelo, y el suelo, de los fundamentos del edificio, ninguna de estas cosas podría sostener nada en absoluto a menos que hubiera algo que las sostuviera sin tener que ser él mismo sostenido.
Más arriba dijimos que podíamos pensar en la Tierra como la «primera» causa en esta serie, dado que hay un sentido obvio en el que sostiene el suelo, las paredes, la mesa, la taza y la lámpara, sin que nada la sostenga a ella. En realidad, ni siquiera la Tierra es una causa «primera» en el sentido estricto, pero ya volveremos sobre esto más adelante. El punto que quiero enfatizar ahora es que lo que convierte algo en causa «primera» en el sentido relevante para entender una serie causal jerárquica es el hecho de ser el tipo de cosa que tiene poder causal no-derivado, esto es, ser aquello que puede actualizar una potencia sin tener que ser él mismo actualizado. Como ya he dicho, ser «primera» en un sentido temporal, de estar en algún punto inicial en el tiempo, no es lo que está en juego. Pero ni siquiera es esencial a la noción de una serie causal jerárquica la idea de una serie de causas que sea sólo finita en vez de infinita. Por poner un ejemplo que se usa a veces para ilustrar este punto: un pincel no tiene ningún poder para moverse a sí mismo, y permanecería así incluso si su mango fuera infinitamente largo. Por tanto, incluso si pudiera existir un pincel infinitamente largo, si tiene que moverse de verdad, tendrá que haber algo exterior a él que sí tenga «incorporado» el poder de producir que se mueva. O, para volver a nuestro ejemplo, una mesa no tiene poder por sí misma para sostener la taza en alto y, por ende, una serie infinita de mesas, si pudiera haber tal cosa, sería igual de impotente para sostenerla que una sola. Por tanto, incluso si tal serie existiera, tendría que haber algo fuera de la serie que pudiera impartirle el poder para sostener la taza. Cuando decimos, pues, que una serie causal jerárquica ha de tener un primer miembro, no queremos decir «primero» en el sentido de ser aquello que va antes que el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, etcétera. Queremos decir que es la primera causa en el sentido de tener poder causal inherente o incorporado, mientras el resto lo tienen sólo de modo derivado. Es esto lo que hace que los demás miembros sean secundarios en vez de primeros o primarios.
Hagamos una pausa para hacer balance, porque las cosas se han vuelto un poco abstractas. Hemos empezado señalando que no puede haber ninguna duda de que el cambio ocurre, y que esto sólo puede ser así si las cosas tienen potencialidades que pueden ser actualizadas. Hemos visto también que todo cambio requiere un cambiador en el sentido de que, cuando una potencia es actualizada, tiene que haber algo ya actual que la actualice. Introducida esta distinción entre lo que es potencial y lo que es actual, hemos distinguido entre dos tipos de series en las que una potencia es actualizada por otra cosa que es actualizada por otra. El primer tipo, que hemos llamado serie lineal, es aquél que solemos imaginar cuando pensamos en el cambio. El ejemplo del café enfriado por el ambiente de la habitación, cuya temperatura había bajado por el aire acondicionado, que se había encendido porque habías presionado cierto botón, etcétera, nos ha servido para ilustrar este punto. En este tipo de serie, cada miembro tiene su propio poder causal. Después de que lo hayas encendido, el aire acondicionado puede continuar enfriando la habitación incluso si dejas de estar presente. Además, el ambiente permanecerá frío un tiempo después de que se apague el aire acondicionado, y por tanto retendrá el poder para enfriar el café.
Lo que hemos llamado una serie causal jerárquica es muy diferente. Aquí toda causa distinta de la primera tiene su poder causal sólo de modo derivado. Por tanto, la mesa, el suelo y los fundamentos no tienen ningún poder para sostener en alto la taza de café excepto en la medida en que lo derivan de la Tierra, en la que descansa toda la serie. Esto nos lleva más allá de lo que cotidianamente entendemos por «cambio», porque solemos pensar en la secuencia de la taza, la mesa, el suelo, los fundamentos y la Tierra como simultánea. Pero lo que importa es que seguimos teniendo actualización de potencialidades, noción que introdujimos para dar sentido al cambio. La potencia de la taza para estar a un metro del suelo es actualizada por la mesa, la potencia de la mesa para sostener la taza es actualizada por el suelo, etcétera.
Ahora, es esta segunda clase de serie, la jerárquica, la que nos interesa en último término aquí, ya que es más fundamental que la lineal5. Para ser claro, de entrada es más sencillo para nosotros reconocer y entender el tipo lineal de serie, ya que estamos familiarizados por nuestra experiencia diaria con las clases de cambio que implica. Por contraste, introducir la noción de una serie jerárquica nos ha requerido, primero, abstraer de esta experiencia ordinaria la noción de actualizar una potencia, y después aplicarla a un contexto en el que no sea esencial el paso del tiempo. Pero una vez hemos hecho esto, podemos ver que toda serie del tipo lineal presupone series del tipo jerárquico. Podemos darnos cuenta de que para entender los cambios que observamos a nuestro alrededor cada día –el café enfriándose, la mosca siendo aplastada, etcétera–, tenemos que entender cómo las series jerárquicas se remontan hasta una primera causa. Hasta una sola primera causa, de hecho.
¿Cómo? Volvamos al café que está en la taza. Por obvio que sea, sólo puede enfriarse, o ser sostenido por la mesa, si existe; un café no-existente no puede hacer ninguna de las dos cosas, o nada en absoluto. Ahora, ¿qué hace que el café exista? Es obvio que alguien lo hizo vertiendo agua caliente a través de granos de café, pero eso no es lo que estoy preguntando. Me refiero a qué hace que el café exista aquí y ahora y en todo momento particular en el que existe. ¿Qué lo mantiene en la existencia?
Por un lado, el café existirá sólo en la medida en que exista el agua que lo compone, así que para simplificar las cosas fijémonos sólo en eso. ¿Qué mantiene el agua en la existencia en cada momento particular? Al fin y al cabo, dada la química del agua, la materia que la forma también tiene la potencia de existir como cantidades distintas de oxígeno e hidrógeno. Pero ésa no es la potencia que está siendo actualizada ahora mismo, sino la potencia de esa materia para existir como agua. ¿Por qué? No nos sirve responder que tal y tal proceso ocurrió en tal momento del pasado de manera que se combinó el hidrógeno y el oxígeno justo del modo correcto. Eso nos explica cómo el agua llegó aquí, pero no estamos preguntando eso. Tampoco nos sirve señalar que nada ha pasado aún que separe el hidrógeno y el oxígeno. Eso nos explica cómo podría dejar de existir el agua algún día, pero tampoco nos referimos a esto. Estamos preguntando, de nuevo, qué mantiene el agua en la existencia en cualquier instante en el que de hecho existe.
Podrías decir que tiene que ver con los enlaces químicos entre átomos, pero eso no responde la pregunta, sencillamente la reformula. Y es que los átomos tienen la potencia de estar enlazados de otras maneras, y aún así no lo están. Lo que está siendo actualizado es su potencia para enlazarse de tal modo que den lugar a agua. ¿Pero por qué? Apelar a la estructura del átomo tampoco responde la pregunta, sino que la empuja un paso más atrás. ¿Pues por qué están las partículas subatómicas combinadas justo del modo específico en el que lo están, aquí y ahora, en vez de en cualquier otro? ¿Qué es lo que actualiza esa potencia en vez de otra?
Lo que tenemos aquí, como quizás ya has visto, es algo similar a la taza que es sostenida por la mesa que es sostenida por el suelo. Lo único que en este caso es la misma existencia de la cosa lo que está en juego, más que su posición en el espacio. La potencia del café para existir aquí y ahora es actualizada, en parte, por la existencia del agua, que a su vez existe sólo porque cierta potencia de los átomos está siendo actualizada, donde los átomos mismos existen sólo porque cierta potencia de las partículas subatómicas está siendo actualizada. Esto es una serie jerárquica: una que, como hemos visto, ha de tener un primer miembro. Hemos visto también que lo que significa, para una serie tal, tener un primer miembro es que hay algo que puede impartir poder causal al resto de miembros de la serie sin que ese mismo poder le tenga que ser impartido: algo que lo tenga de modo «incorporado» o no-derivado. Ahora, dado que lo que está siendo actualizado en este caso es la potencia de una cosa para existir, el tipo de causa «primera» de la que estamos hablando es una que pueda actualizar la potencia de otras cosas para existir sin que su propia existencia tenga que ser actualizada por nada.
Lo que esto implica es que dicha causa no tiene, para empezar, ninguna potencia para existir que deba ser actualizada. Sencillamente es actual, siempre y de entrada, por ponerlo así. De hecho, podríamos decir que no es que tenga actualidad, como la tienen las cosas que actualiza, sino que simplemente es pura actualidad ella misma. No es sólo que resulta que no tiene causa, sino que no podría en principio haber tenido o necesitado una. Careciendo de potencialidad, no hay nada en ella que necesite actualización, como en el resto de cosas. Es en este sentido una causa incausada, o por usar la famosa expresión de Aristóteles, un Motor Inmóvil. De modo más preciso, podemos llamarlo un actualizador no actualizado.
Date cuenta de que hemos alcanzado este resultado empezando con procesos y objetos individuales ordinarios, como la taza de café y su enfriamiento. No hemos empezado preguntándonos de dónde vino el universo como un todo, y de hecho no hace falta partir de ninguna afirmación acerca de éste para acabar llegando a un actualizador no actualizado. Pero lo que hemos dicho tiene implicaciones para el universo en su conjunto. Y es que lo que es cierto del agua de nuestro café es cierto de cualquier otra cosa material: de la hoja que cae del árbol, de la mosca que aplastas, etcétera, etcétera. Toda cosa material es tal que existe en cada momento sólo si ciertas potencias son actualizadas. Por tanto, en último término es tal que, igual que el agua en el café, sólo puede existir en cada momento en la medida en que es causada por un actualizador no actualizado.
Como he dicho, hemos alcanzado este resultado a partir de la consideración de fenómenos cotidianos, pero las cosas se han puesto muy abstractas, así que volvamos brevemente sobre nuestros pasos. Hemos empezado con la observación de que el cambio ocurre: esto no puede ser negado de modo coherente. A continuación, hemos argumentado que el cambio sólo puede darse si las cosas que cambian tienen potencialidades que son actualizadas –la potencia de ser enfriado, de aumentar de tamaño, o lo que sea–, dado que el cambio es sencillamente la actualización de una potencia. Y hemos visto que el cambio requiere un cambiador porque una potencia sólo puede ser actualizada por algo que ya sea actual. Entonces hemos señalado que hay, por un lado, cambios que constituyen series de tipo lineal, ilustradas por el ejemplo del café que es enfriado por el ambiente que había sido enfriado por el aire acondicionado que había sido encendido cuando aprestaste un botón. Este tipo de serie no requiere un primer miembro. Pero hemos visto también que hay otra clase de serie en el que una potencia es actualizada por otra cosa que es actualizada por otra en la que sí tiene que haber un primer miembro. En esta serie de tipo jerárquico, el primer miembro es «primero» en el sentido de que puede causar otras cosas sin tener que ser él mismo causado. Tiene el poder causal de modo primario, inherente o «incorporado», mientras el resto de miembros de la serie lo tienen sólo de modo secundario o derivado.
Después hemos visto que las series lineales de cambios son menos fundamentales que las series jerárquicas. Pues las cosas están sujetas a cambio sólo porque existen –el café, por ejemplo, no puede enfriarse a menos que exista– y para que algo exista en cualquier momento particular hace falta que sea actualizado en ese momento, al menos si es del tipo de cosas que tiene potencia para existir o no existir. Esto, a su vez, es posible sólo si hay una causa que pueda actualizar la potencia de tal cosa para existir sin tener que ser ella misma actualizada, es decir, un actualizador puramente actual6. Y hemos visto que esta conclusión puede ser generalizada, pues lo que es cierto del café de nuestro ejemplo lo es también de cualquier otra cosa material. Así, del hecho de que el cambio ocurre llegamos a la conclusión de que tiene que haber un actualizador no actualizado o Motor Inmóvil.
Presentación informal del argumento: Fase 2
En resumen, la innegable realidad del cambio implica la existencia de Dios. ¿Pero por qué llamar «Dios» al actualizador no-actualizado o al Motor Inmóvil? De entrada, porque esta causa es la causa última de la existencia de las cosas, en el sentido más íntimo de ser aquello que las mantiene en la existencia en cada momento. Y sea lo que sea Dios, se supone que es la causa última de las cosas.
Pero es que, además, de lo ya dicho se siguen diversos atributos característicos de la idea tradicional de Dios. Lo veremos en detalle más adelante, pero por el momento será suficiente un breve esbozo para transmitir la idea general. Primero de todo, dado que la causa de las cosas es pura actualidad y, por tanto, carece de potencia, no puede ir de la potencia al acto y es, en consecuencia, inmutable o no sujeta a cambio. Dado que existir en el tiempo implica mutabilidad, una causa inmutable tiene que ser también eterna en el sentido de existir completamente fuera del tiempo. Ni empieza a ser ni deja de ser, sino que simplemente es, de modo intemporal, sin principio ni fin. Dado que ser material implica ser mutable y existir en el tiempo, una causa inmutable y eterna tiene que ser inmaterial y, por tanto, incorpórea, sin ningún tipo de cuerpo.
Piensa a continuación lo que significa para algo ser imperfecto o defectuoso en algún sentido. Un animal herido o una planta dañada son imperfectos en la medida en que ya no son capaces de realizar plenamente los fines establecidos por su naturaleza. Por ejemplo, una ardilla que ha sido atropellada por un coche puede que sea incapaz de escapar de sus depredadores con la rapidez necesaria; y un árbol cuyas raíces han sido dañadas puede que sea inestable o que no pueda adquirir el agua y los nutrientes que le hacen falta para seguir sano. Un defecto de este tipo (por utilizar algo de jerga filosófica tradicional) es una privación, la ausencia de un rasgo que determinada cosa requiere por su naturaleza para estar completa. Implica el fracaso a la hora de realizar alguna potencia inherente de la cosa. Algo es perfecto, pues, en la medida en que tiene dichas potencias actualizadas y carece de privaciones. Pero, entonces, una causa puramente actual de las cosas posee perfección máxima, precisamente porque es puramente actual y por tanto carece de potencias no realizadas o privaciones.
¿Podría haber más de una causa así? No, ni siquiera en principio. Y es que sólo puede haber dos o más ejemplares de un tipo de cosa si hay algo que los diferencie, algo que uno de ellos tenga y el otro no. Y no puede haber tal rasgo diferenciador por lo que respecta a algo puramente actual. Por lo general distinguimos las cosas de nuestra experiencia por sus características temporales o materiales: porque una cosa es mayor o menor que otra, por ejemplo, o más alta o corta, o por existir antes o después. Pero dado que aquello que es puramente actual es inmaterial y eterno, una cosa puramente actual no podría ser distinguida de otra en estos términos. De modo más general, dos o más ejemplares de un tipo de cosa se diferencian en términos de alguna perfección o privación que uno de ellos tiene y el otro no. Podemos decir, por ejemplo, que las raíces de este árbol son más robustas que las de aquel otro, o que a esta ardilla le falta la cola mientras a aquella otra no. Pero como hemos visto, lo que es puramente actual carece de toda privación y es máximamente perfecto. Por tanto, no puede haber ningún modo de diferenciar una causa puramente actual de otra en términos de sus respectivas perfecciones o privaciones. Pero entonces dicha causa posee el atributo de la unidad, esto es, no puede haber, ni siquiera en principio, más de una causa puramente actual. Por tanto, es el mismo actualizador no-actualizado aquél al que todas las cosas le deben su existencia.
Piensa ahora que tener poder es sencillamente ser capaz de hacer que algo ocurra, es decir, de actualizar alguna potencia. Pero entonces, dado que la causa de la existencia de todas las cosas es ella misma pura actualidad, en vez de una cosa actual más entre otras, y que es la fuente del poder actualizador de todo lo demás, entonces tiene todo el poder posible. Es omnipotente. Piensa también que algo es bueno, en sentido general, en la medida en que realiza las potencias que le son inherentes por el tipo de cosa que es, y malo en la medida en que fracasa a la hora de hacerlo. Un buen pintor, por ejemplo, es bueno en la medida en que ha realizado su potencial para dominar los distintos aspectos de la pintura –la artesanía, la composición, etcétera–, mientras un mal pintor es malo en la medida en que ha fracasado a la hora de adquirir las habilidades relevantes. Pero de una causa puramente actual del mundo, carente de toda potencialidad, no podemos decir que sea mala o deficiente en ningún sentido, sino que, al contrario, como ya hemos visto, es perfecta. En este sentido tal causa ha de ser totalmente buena.
Hasta aquí, pues, hemos visto que el actualizador puramente actual o Motor Inmóvil ha de ser uno, inmutable, eterno, inmaterial, incorpóreo, perfecto, omnipotente, totalmente bueno y la causa de la existencia de las cosas, en el sentido de ser aquello que las mantiene en el ser a cada instante. ¿Podemos atribuirle características de naturaleza más personal? Por ejemplo, ¿podemos atribuirle algo así como inteligencia? En efecto, sí. Pero para ver cómo, antes tenemos que decir algo acerca de la naturaleza de la inteligencia, y también alguna cosa más acerca de la causalidad.
La inteligencia, entendida tradicionalmente, implica tres capacidades básicas. Primero, está la capacidad de aprehender conceptos abstractos, como el concepto hombre, que es lo que captas cuando conoces no sólo a este o aquel hombre particular, o a este o aquel conjunto particular de hombres, sino qué es ser hombre en general. Tener el concepto hombre es tener una idea universal que se aplica a todos los hombres posibles, no sólo a aquéllos que existen o han existido, sino también a todos los que podrían existir. Segundo, está la capacidad de juntar estas ideas y formar pensamientos completos, como cuando combinas el concepto hombre y el concepto mortal en el pensamiento Todos los hombres son mortales. Tercero, está la capacidad de inferir un pensamiento de otros, como cuando razonas a partir de las premisas Todos los hombres son mortales y Sócrates es un hombre a la conclusión Sócrates es mortal. Obviamente, la capacidad de aprehender conceptos abstractos o universales es la más fundamental de las tres. No podrías formar pensamientos completos o razonar de un pensamiento a otro si no poseyeras los conceptos que los componen.
Ahora, tener un concepto tal es tener un tipo de forma o patrón en la mente, la misma forma o patrón que existe en las cosas en que estás pensando. Hay una forma o patrón que todos los hombres poseen que los hace ser a todos la misma cosa, esto es, hombres; hay una forma o patrón que todos los triángulos poseen que los hace ser la misma cosa, esto es, triángulos; etcétera. Cuando estas formas o patrones llegan a existir en las cosas materiales, los resultados son los distintos objetos individuales –hombres, triángulos, etcétera– que encontramos en el mundo que nos rodea. Cuando pensamos en hombres o triángulos en general, en cambio, abstraemos de los diferentes hombres y triángulos particulares y nos centramos en lo que les es común y universal. Y tal es la esencia de la actividad estrictamente intelectual: la capacidad de poseer la forma o patrón abstracto o universal de una cosa sin ser ese tipo de cosa. Un objeto material que tenga la forma o patrón de un triángulo simplemente es un triángulo. En cambio, cuando contemplas lo que es ser un triángulo, también tú tienes la forma o patrón de triángulo, pero sin serlo tú mismo.
Volveremos enseguida a la noción de inteligencia, hablemos ahora un poco más sobre la causalidad. Hemos visto que cuando algo cambia o es producido, una potencia es actualizada, y que lo que la actualiza tiene que ser algo ya actual. Esto se llama a veces el principio de causalidad. Una observación adicional es que cualquier cosa que haya en un efecto tiene que estar de algún
