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Además de recorrer la historia coahuilense, este conjunto de ensayos describen su territorio -la relevancia de las zonas desérticas y su contraparte-, la escasez de los puntos de agua, la distribución de la población, la autonomía organizacional adquirida en distintos pueblos de la región, la importancia económica de las materias primas, minerales, así como de los institutos, asociaciones y empresas que contribuyen al desarrollo de la industria manufacturera y a la urbanización, y que a su vez son del interés productivo nacional.
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Seitenzahl: 573
Veröffentlichungsjahr: 2012
MARTHA RODRÍGUEZ GARCÍA. Licenciada y maestra en historia por la Universidad Iberoamericana campus Santa Fe. Catedrática de la Universidad Iberoamericana en Saltillo y Torreón. Se especializa en guerras indias e historia familiar.
MARÍA ELENA SANTOSCOY FLORES. Licenciada en lengua y literatura españolas y en ciencias sociales por la Escuela Normal Superior de Coahuila y maestra en historia por la Universidad Iberoamericana. Catedrática de la Escuela Normal Superior desde hace 33 años e investigadora de la vida cotidiana en México.
LAURA ELENA GUTIÉRREZ TALAMÁS. Licenciada en sociología y maestra en historia por la Universidad Iberoamericana. Catedrática de la Universidad Iberoamericana en Saltillo y Torreón e investigadora en historia política de México.
FRANCISCO JAVIER CEPEDA FLORES. Originario de Saltillo; egresado de la UNAM con maestría en matemáticas aplicadas. Catedrático, fundador de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas de la Universidad de Coahuila. También tiene una maestría en historia por la Universidad Iberoamericana. Se especializa en historia de la ciencia y la educación y en historia regional.
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie HISTORIAS BREVES
Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ
Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ
COAHUILA
EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2000 Segunda edición, 2010 Tercera edición, 2011 Primera edición electrónica, 2016
D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
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ISBN 978-607-16-4080-2 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?
El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.
Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.
Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.
Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.
El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.
La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.
En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.
Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín DíezCanedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.
Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.
ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZPresidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas
UNAS LÍNEAS PARA ADVERTIR A LOS LECTORES algunas cosas sobre el sentido y la hechura del texto que a continuación se presenta y aprovechar este espacio para hacer unos precisos reconocimientos. Trabajos como éste, que aspiran a ofrecer recapitulaciones generales, no dejan de ser polémicos. Intentan varios propósitos disímiles entre sí. Cuando se cumple alguno, se desmerecen los demás: presentar una visión amplia y panorámica de manera breve y concreta; lo suficientemente general pero que dé cuenta de lo particular; que hable de una totalidad social que no admite fronteras fáciles, pero que al mismo tiempo se circunscriba a una jurisdicción político-territorial relativamente reciente y determinada sólo por el ámbito político; que ofrezca una obra de síntesis y al mismo tiempo “con la más alta calidad académica”, entre otras antinomias.
Ante eso, no queda más que reconocer los límites que conlleva tal empresa y compartir con el lector los temores que nos invaden en el sentido de que esta “historia compartida” no lo sea tanto. Es decir que, al hablar de la historia del territorio hoy conocido como Coahuila, no lo hagamos a la vez de sus pueblos, villas y ciudades por igual; que al aludir a sus habitantes en general, no tratemos de las personas que nacieron, anhelaron, lucharon, amaron y murieron en ese territorio, al grado de que un buen número de ellas no encuentren lugar en estas líneas; que se hable de procesos tan amplios y generales que bien cuenten la historia no sólo de otras regiones desérticas y septentrionales, sino la consabida historia novohispana y mexicana, sin descubrir plenamente las particularidades locales, o, por el contrario, relatemos una historia estrecha y comarcana que impida admirar cómo el mundo ha transitado por los campos, las veredas, los caminos de tierra y de hierro y, más recientemente, por las supercarreteras de Coahuila, entre otras flaquezas que con seguridad invaden un trabajo de esta naturaleza.
Como todas las historias, la que contiene este libro es también una historia selectiva y, por tanto, incompleta, de manera que sólo nos resta ofrecer al lector algunos de los elementos que buscaron configurar este relato particular, sin dejar de considerar que, circunstancial o inconscientemente, se hicieron otros recortes que definieron la narración. Tal es el caso de la inclusión de temas e interpretaciones incrustados en la pupila de los autores, en las expectativas de los lectores, en la costumbre de los historiadores, o bien la exclusión de aquellos tópicos que podrían modificar esta historia y no están, por ahora, en el horizonte de nuestra mirada.
Para la elaboración de esta breve historia se adoptaron algunos ejes temáticos y a la vez interpretativos que pudieran articular una breve historia de Coahuila, a manera de hilos conductores más o menos coherentes. Tratamos de ofrecer sentidos regionales —que no exclusivos— a los pasajes que aquí se narran y evitamos dejarnos conducir por el peso irresistible de la historia nacional, lo cual es común en trabajos de este corte. La selección también pretendió reducir el universo de las observaciones posibles y crear un espacio para que saltaran sobre las líneas algunas particularidades regionales, así como la complejidad de la vida en este territorio. Con esas directrices, nos propusimos narrar procesos y escenas en forma más o menos sintética, inmersos en contextos extralocales, así como, en la medida de lo posible, dar cuenta de la generación de una cultura matizada por el contexto regional.
Los ejes o direcciones hacia los cuales apuntó la observación de los historiadores refieren a cinco asuntos —y uno más para tiempos recientes— que si bien merecen una historia propia, forman parte del contexto inmediato con el cual interactuaron los habitantes durante siglos y que, en buena medida, perfilaron la historia de la región, a saber:
—un extenso territorio apostado mayormente en el desierto y en menor medida entre matorrales, con distintos hábitats en su interior conformados por una orografía irregular y escasos puntos de agua;
—una población crónicamente escasa y aislada en un amplio territorio, pero a la vez desgranada en pequeños grupos cercanos a los puntos de agua y, a partir de la industrialización, concentrada en centros urbanos;
—un estado de guerra permanente caracterizado por la disputa de los puntos de agua y de los territorios más feraces que, no siendo extraña entre los nómadas nativos, durante la Colonia y hasta 1880 enfrentó a pobladores y grupos indígenas por la ocupación de ese espacio, a un grado tal que generó la aparición de una “cultura de guerra” en los habitantes de la región;
—la presencia en los distintos pueblos y villas de una organización con rasgos de autonomía y, en consecuencia, el despliegue de una lógica local, elementos que son plenamente visibles cuando dichas poblaciones fueron alcanzadas por la acción del estado colonial, nacional o regional;
—la condición de frontera experimentada por los pobladores desde el siglo XVI hasta el XX, configurada en distintos momentos como frontera de colonización, frontera de guerra, frontera de civilización, frontera política o frontera cultural, y
—una dinámica industrial y urbana que paulatinamente ha impuesto sus ritmos y formas de vida a la mayor parte de los habitantes de la entidad en el último tramo de su historia.
En lo que toca a su estructura, el libro se dividió en cuatro grandes apartados. El primer segmento habla de la configuración natural y social que encontraron los españoles al entrar en este territorio y recorre la época colonial hasta la primera mitad del siglo XVIII, de manera que da cuenta del proceso de colonización de estas tierras. El segundo narra las reformas administrativas y otros desplazamientos sociales en la región durante las últimas décadas del gobierno español, así como las primeras de la existencia del estado de Coahuila. El tercero relata la historia regional desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la Revolución mexicana, dando cuenta de las transformaciones y vicisitudes de tipo político, económico y cultural que concurrieron en la región durante la consolidación del Estado mexicano. Por último, el cuarto hace un acercamiento a la Coahuila moderna, llegando a nuestros días.
En este trabajo se resumen los saberes de otros muchos historiadores que han aludido o trabajado en la historia de esta región en diferentes momentos, con distintos propósitos y abordando diversos tópicos, de manera que la deuda con todos ellos y con los archivos locales que hicieron accesibles ciertos documentos es más que patente.
Por último queremos agradecer al Centro de Estudios Sociales y Humanísticos de Saltillo (CESHAC), que permitió la coordinación de los trabajos y la escritura del libro, a Francisco Rodríguez y Fernando Valdés por la localización de materiales y, de manera particular, a algunos especialistas en temas puntuales que generosamente ofrecieron sus materiales de investigación, la mayor parte de ellos no publicados: Francisco Dávila, Rita Favret, Arnoldo Hernández, Andrés Mendoza, Juan Luis Sariego, Gerardo Segura y Alma Valdés. Vaya a todos ellos nuestro afecto y reconocimiento.
LAURA GUTIÉRREZCentro de Estudios Socialesy Humanísticos de Saltillo
DURANTE EL PERIODO CRETÁCICO, la región coahuilense constituía una pequeña península que a lo largo de su conformación aportó una buena cantidad de sedimentos al mar que la rodeaba. Algunos científicos consideran que en ciertas épocas pudo ser una isla, mientras que otros afirman, incluso, que la zona estuvo completamente cubierta por las aguas del mar. Hoy, millones de años después y salvo excepciones aisladas, casi todo el territorio coahuilense se ha convertido en un desierto formado por valles, resecas serranías y algunos lomeríos donde, a simple vista, existe muy poca vida. Hablar del desierto chihuahuense, en el que se inscribe el territorio coahuilense, no necesariamente significa referirse a un lugar de arenas calcinantes y a una carencia total de agua. No obstante existir franjas pequeñas de ese tipo en el norte y noreste de Coahuila, no corresponden a la totalidad de la región. El territorio coahuilense es inhóspito, pero no yermo, puesto que posee una flora y una fauna ricas y variadas. En general, puede decirse que cuenta con varios ecosistemas diferenciados. En la época precolombina, algunas de esas regiones poseían ciertas características que permitieron asentamientos de grupos sociales, en ocasiones numerosos.
Los hallazgos arqueológicos muestran que el hombre llegó a nuestro país hace 21 000 años, aproximadamente. Cuando los primeros grupos humanos llegaron al sitio que hoy forma el estado de Coahuila y a sus regiones cercanas, encontraron un paisaje agradable, con un número considerable de áreas boscosas y suficiente humedad. Biólogos y arqueólogos opinan que en las tierras aledañas al Río Bravo había especies de árboles adaptados a vivir en condiciones húmedas. En las planicies había bosques, pastizales y manantiales permanentes. No obstante, el proceso de desertificación que actualmente afecta a la zona fue acelerado por la erosión natural y el excesivo sobrepastoreo posterior. De tal modo, el antiguo paisaje tendió a cambiar hasta llegar a tener el aspecto desértico que presenta hoy en día.
Los grupos indígenas locales lograron sortear, con habilidad y destreza, prolongadas sequías, e inventar instrumentos con los materiales que tenían a mano. Prueba de ello son las ingeniosas trampas que idearon para cazar animales. Asimismo, podían hervir el agua sin contar con objetos de cerámica, hacer barbacoa en hoyos bajo la tierra e hilar el ixtle; poseían conocimientos sobre plantas comestibles y medicinales, y sabían confeccionar armas y utensilios. Básicamente, estos grupos se diferenciaban de los indígenas sedentarios en el hecho de desconocer por completo la forma de habitar en un solo lugar de modo permanente, y no tanto en sus características étnicas.
En el momento del contacto con los occidentales, los grupos humanos que habitaban esta región estaban distribuidos de la siguiente manera: al sureste los cuauchichiles, pachos, rayados y borrados, y un poco más al sur los zacatecos. En la actual Región Lagunera vivieron los laguneros e irritilas; en el centro y el oeste, los todomameros, colorados y cocoyomes; en la parte oriental, los alazapas, coahuiltecos y cabezas; en el noreste, los jumanes, julimes y momones, y en el noroeste, los chisos y tobosos.
Entre las huellas dejadas por las sociedades antiguas del noreste se pueden citar fogones, petroglifos, abrigos rocosos cubiertos de pinturas rupestres y puntas de flecha que presentan pocos rasgos de similitud con las manifestaciones e instrumentos de los pueblos mesoamericanos. En opinión de estudiosos y conocedores, a pesar de que hay elementos comunes entre los diversos grupos norteños, definitivamente no existió entre ellos un desarrollo conjunto sincrónico. Por lo que, en lo que a población se refiere, la característica principal de la región norestense fue una ausencia total de grupos sedentarios o agricultores. Las tribus locales se conservaron dentro del patrón nomádico de cazadores-recolectores hasta su total extinción en tiempos históricos.
Los oasis permanentes propiciaban un fenómeno muy particular. En algunas partes del actual territorio coahuilense, los riachuelos y grandes arroyos crearon una serie de pequeños pantanos, denominados ciénegas, los cuales se caracterizaban por no tener salida, con una exuberante flora a su alrededor, aunque reducida al área húmeda. En su interior había algunas variedades de peces y en sus orillas hacían escala parvadas de ocas que emigraban durante el invierno. La villa de San Francisco de los Patos (General Cepeda) y Cuatrociénegas constituyen ejemplos de oasis. Otro microclima lo creaban los pocos ríos de la región. Los árboles que crecían en sus orillas e inmediaciones eran sabinos y nogales, pero en algunas otras riberas se podían encontrar encinos, sauces, fresnos y álamos. Entre la fauna propia de estas regiones se pueden mencionar diversas especies de peces, tortugas, nutrias, palomas, ardillas, patos, martas, tlacuaches, osos y jabalíes. Otros ejemplos de oasis son Saltillo y Parras. En cambio, la región de La Laguna es una zona desértica que con el tiempo llegó a convertirse en la comarca agrícola más importante de México, gracias a los ríos Nazas y Aguanaval, y a las aguas subterráneas. En las partes altas de Zacatecas, por ejemplo, se encuentran depósitos subterráneos que tienen su salida en los manantiales de Viesca y Hornos, a 1 100 metros de altitud, y también en el Valle de Parras, a mayor altura. En la región de Cuatrociénegas y en las faldas de las montañas que se levantan entre las haciendas de Sardinas y Múzquiz se registran grandes saturaciones. En las propias laderas, de igual forma, en otros tiempos hubo manantiales tan importantes como los que dieron origen a los ríos Sabinas y Nadadores. Otros veneros copiosos brotan en el noreste de Coahuila, en la región denominada Zona de los Cinco Manantiales, que comprende los actuales poblados de Allende, Nava, Morelos, Zaragoza y Villa Unión.
Los integrantes de la tribu cuauchichil acostumbraban traer la cabeza rapada y coloreada de rojo, característica que les servía para diferenciarse de otros grupos. Eran errabundos, siempre en pos de lo necesario para su subsistencia. En los antiguos territorios de Coahuila y Texas se han encontrado petroglifos, pinturas rupestres y otros restos de origen prehispánico; pero entre éstos no aparecen ídolos, ni cerámica, ni monumentos sepulcrales que hayan pertenecido a los antiguos pobladores. Algunos cronistas consideran que las tribus que vivían en estos territorios eran enteramente nómadas y se alimentaban de frutos silvestres, la caza y la pesca; sin embargo, se ha encontrado que algunas cuevas sirvieron de depósito de cadáveres, los cuales generalmente estaban cubiertos con tejidos confeccionados de fibra de lechuguilla y estaban provistos de sandalias de palma.
La región lagunera se encuentra situada en una zona desértica de muy baja precipitación pluvial; si bien, gracias a su orografía, la lluvia que caía en apartadas serranías llegaba hasta ahí para formar enormes lagunas que perduraban durante muchos meses del año y que aportaban a los naturales comida en abundancia: peces, patos, plantas acuáticas y venados que se acercaban a beber en sus bordes. En esa región todo se transformaba en nutrientes debido a las lluvias distantes que corrían río abajo. La gran extensión de esas lagunas así como los islotes que en ellas se formaban sirvieron para que una gran cantidad de grupos nómadas se aposentaran ahí durante buena parte del año, alimentándose de los nutrientes que arrastraban las corrientes. Algunas de las tribus que habitaban la región fueron miopacoas, tobosos, yaomamas, irritilas y zacatecos. Estos últimos ocupaban las tierras del poniente, los irritilas las del sur y los demás estaban dispuestos en áreas adyacentes.
Una de las actividades que habitualmente realizaban era la pesca, para la que se auxiliaban de cestos —llamados nasas— y redecillas, elaboradas con ocotillo o con ixtle de lechuguilla, así como de pequeños arpones. Cuando las aguas se encontraban en calma, proliferaban en ellas animales acuáticos de todos tamaños, como tortugas, matalotes y peces dorados, así como gansos y pa-tos. La pesca era una actividad realizada por ancianos, mujeres y niños, quienes a la vez desempeñaban algunas otras actividades, como la recolección de arbustos como el mezquite y el tule.
El área del Bolsón de Mapimí conforma en sí misma una región. Su flora y fauna son escasas y su precipitación casi nula. Los grupos humanos que ahí habitaron lograron adaptarse extrayendo recursos bióticos de sus inmediaciones. El hallazgo in situ de morteros, metates, raspadores, puntas de lanza, flechas y navajas de piedra indican que encontraron comida suficiente para su subsistencia diaria y la de sus familias.
En general, desde hace algunos miles de años el ser humano logró adaptarse al desierto y ha sabido vivir en él. En estas latitudes, los indígenas podían encontrar mucha tuna y palmito para alimentarse; tales nutrientes, además, podían ser muy apropiados para ingerir durante la época de cacería. Muy pronto los conquistadores pudieron percatarse de que hasta en el sitio más árido los naturales encontraban el sustento necesario. El adelantado don Pedro de Ahumada, por ejemplo, constató que los nómadas podían subsistir sin comer ni beber otra cosa que no fueran las tunas.
La región noreste de Coahuila es la mejor irrigada; no es el caso de las regiones central y occidental. En la central se encuentran las llanuras y cañones del Espinazo, La Joya y Baján, mientras que la occidental atraviesa el reseco espacio de La Paila, las polvorientas llanuras del sur de Coahuila y la hoya de La Laguna. Fray Agustín de Morfi, quien recorrió esos territorios en los años 1777-1778, dejó escrito que “el pasto era muy poco y hecho tierra, porque la sequía había sido tan furiosa que los nopales parecían tostados a la lumbre”.
Uno de los muchos grupos que habitaban el desierto comarcano estaba integrado por los bobosarigames. El lenguaje hablado por este grupo era diferente del empleado por las tribus situadas al sur y al este; no obstante, se entendían con varios grupos regionales, por ejemplo nonojos, jaques, ocomes, zaguales, cocoyomes, chizos, etc. Aunque los bobosarigames cuidaban celosamente su autonomía, solían mantener relaciones de intercambio con otras parcialidades. Ciertamente, el gran aliado de los grupos nómadas era el desierto, del que sabían extraer todo el provecho posible: podían encontrar agua en los cactus así como conseguir diversos nutrientes a lo largo y ancho de todo el territorio. El desierto, asimismo, les servía como escondite y refugio contra sus enemigos; una vez que se internaban en el desierto, los conquistadores no se animaban a perseguirlos. En lo que se refiere a su alimentación, puede decirse que su agua de uso corriente era el aguamiel, y su sustento básico, el mezquite; al menos así lo afirman estudios recientes. También acostumbraban cazar venados y bisontes. Estos últimos eran llamados cíbolos por los naturales. Entre las prácticas alimentarias empleadas por los nómadas del noreste se pueden citar el asado, la cocción y el horneado, pero sobre todo la barbacoa. Ésta se hacía tanto de diversos animales como de quiote, maguey, tuna, nopalito, mezcal y peyote. También horneaban pan entre brasas y cenizas, mientras que en morteros, metates y molcajetes molían las semillas y los huesos para transformarlos en harina. Para hervir agua colocaban piedras ardientes dentro de una botija. En resumidas cuentas, la dieta indígena estaba compuesta de plantas, frutos silvestres y porciones de carne. En cuanto a los grupos laguneros, además de pescado, solían comer aves. Un alimento común a casi todos los grupos era el mezquite, que transformaban en harina, junto con algunos huesos de animales. La tuna era otro fruto básico; su cosecha podía durar de dos a varios meses, pero los indígenas conocían la forma de transformarla en pasta para que les durara hasta el invierno. Se dice que algunos de estos grupos nómadas conocieron la cerámica, pero no pudieron emplearla debido a sus constantes desplazamientos. En cambio, supieron confeccionar ollas de cuero y fibras, que eran más ligeras y resistentes.
FIGURA I.1. Variedad de alimentos de los grupos que habitaban las distintas regiones del área estudiada
La industria textil practicada por los nómadas del noreste fue variada, amplia y desarrollada, ya que podían confeccionar diversos tejidos a los que aplicaban sustancias colorantes a base de lechuguilla, yuca y palma. Otros productos eran las cuerdas de arco, sandalias, cobijas, redes, cordeles y muchos más. Ciertas tribus confeccionaban vestidos de cuero de venado o conejo, y excepcionalmente, algunas otras emplearon el algodón.
Los bobosarigames andaban por lo general desnudos, aunque algunos solían taparse con pieles. La mayoría utilizaba sandalias de fibra de palma o yuca. Es probable que sus arcos estuvieran confeccionados de raíz de mezquite, y en sus flechas colocaban plumas de guajolote, tal vez como divisa. En ocasiones, cuando algún guerrero joven quería demostrar su bravura, podía desafiar a los miembros de otros grupos, quienes se vengaban atacando o matando a alguno de los de la tribu agresora. Crónicas antiguas refieren que algunas veces, como muestra de paz, se enviaba a otra tribu a una doncella con una flecha muy adornada, pero sin punta. Si la embajadora regresaba en paz, posteriormente enviaban otras mujeres con algunas pieles como regalo. De ese modo se consideraba que la paz estaba sellada y enseguida se concertaba un acuerdo para celebrar un mitote (momentos de esparcimiento en los que se intercambiaba mujeres y regalos). Los relatores dan cuenta de que, a diferencia de otras tribus, los bobosarigames acostumbraban bailar junto a sus mujeres alrededor de una gran fogata.
El grupo cuahuilteco habitaba en territorios de la actual Monclova. Entre los grupos indígenas que lo conformaban se pueden citar a pajalates, orejones, pacoas, tilijayas, alasapas, pausanes y otros. Se sabe que existía una lengua muy extendida que se hablaba en algunas porciones de Texas, Coahuila, Nuevo León, Zacatecas y San Luis. Los investigadores han encontrado que entre los hablantes de dicha lengua había más de 200 tribus pequeñas y medianas. Entre las tribus más extensas estaban aranames, pachales, quesales, cacaxtles, cotzales, catujanos y coahuiltecos. Estos últimos también eran denominados cuahuitlas.
A su llegada, los españoles bautizaron a las diversas tribus regionales, cuyos apelativos subsistieron. Algunos de esos nombres fueron: nadadores, tobosos, cuauchichiles, borrados, rayados, cabezas, laguneros, mezcaleros, etc. Por lo que se refiere a los borrados, quedaron vestigios de ellos en los actuales estados de Chihuahua, Coahuila, Texas, Nuevo León y Tamaulipas. Al parecer, a excepción de unos cuantos, como cuauchichiles, tobosos y varios pueblos de Parras y La Laguna, casi todos los grupos indígenas del noreste se definían por línea paterna.
En general, los varones indígenas tenían estatura media, eran esbeltos y muy resistentes; podían pasar muchas horas sin beber agua ni tomar alimento alguno. Mientras algunos grupos, como los laguneros, conseguían su sustento de una forma relativamente fácil, los de las regiones de Monterrey, Saltillo y otras de Coahuila, como el Bolsón de Mapimí, desplegaban un esfuerzo extraordinario para obtener alimento.
Los antiguos cronistas cuentan que las tribus locales eran gobernadas por jefes con virtudes especiales. Eran generosos, buenos oradores, valerosos, conciliadores y buenos cazadores. Con todo, la elocuencia parece haber sido una de las cualidades más estimadas.
Los cronistas afirman que los grupos nómadas del norte se dividían en rancherías de hasta 100 indígenas cada una, que conformaban entre 12 y 20 familias. En ocasiones, los miembros de varias rancherías se daban cita en lugares donde abundaba la comida y, otras veces, durante la realización de mitotes, en los que hacían gala de su dominio de la palabra o se embriagaban con licor de mezquite y peyote.
Durante mucho tiempo, los indígenas del noreste se mantuvieron como cazadores-recolectores, desplazándose hacia la cultura guerrera y ecuestre. Por tal motivo, su instrumental de caza y su conocimiento de los recursos naturales llegó a ser altamente desarrollado y diversificado.
Entre las técnicas perfeccionadas por los grupos locales se pueden citar principalmente las vinculadas con la industria textil y la fabricación de armamento. Sobre esta última puede decirse que la industria lítica alcanzó una gran fineza de estilo. Puntas de flecha de mayor tamaño se han encontrado en el norte de Coahuila, Nuevo León y sur de Texas, en los hábitats propios del búfalo y el venado bura. En cambio, cerca de la Región Lagunera se han hallado puntas más delicadas, que seguramente corresponden a los sitios donde se cazaban patos y se flechaban pescados.
Las chozas, formadas por esteras sobre cuatro arcos, eran transportables, pues cada tres o cuatro días se desplazaban en busca de comida. Los indicios muestran que la vivienda común del indígena se elaboraba de fibras y carrizo, y tenía una entrada muy reducida. También utilizaron como abrigo algunas oquedades de las montañas, en las que se han encontrado evidencias líticas y pictóricas, así como algunos enterramientos funerarios.
Alonso de León refiere que los cuahuiltecos generalmente vivían en rancherías de a lo sumo 15 chozas alineadas, cada una con un fogón en su interior, pero que esa disposición variaba en tiempos de guerra. Para tales ocasiones, las chozas se disponían en forma de media luna para poder protegerlas de las incursiones de otros grupos. Las camas por lo general eran de piel de venado, heno o petate. El cronista informa que por lo regular andaban desnudos, excepto de los pies, pues calzaban unas suelas amarradas con cordones. Asimismo, dice que llevaban los cabellos largos hasta la cadera.
La guerra fue práctica común entre estas sociedades, fundamentalmente por pugnas suscitadas entre diferentes grupos por la apropiación del espacio y el sustento. También hay evidencia de la reunión de diferentes grupos en sitios donde abundaba la comida, como por ejemplo en los tunales.
Los informes disponibles dan cuenta de que los naturales gustaban de teñirse el cuerpo y la cara, cada grupo de forma diferente, y algunas tribus acostumbraban rasurarse desde la frente hasta la coronilla, tanto los hombres como las mujeres. También refieren que se cubrían los genitales con heno, zacate o alguna otra hierba, sobre la que colocaban cueros de venado muy bien aderezados, de los cuales colgaban “cuentas, frijoles o frutillas duras, u otro género de caracoles o dientes de animales que hacían un ruido al andar, algo que tenían por gran gala”; asimismo, solían usar otro cuero colgado al hombro como cobija.
Los chichimecas del norte eran, antes que nada, guerreros consumados. Solían tender emboscadas a sus enemigos, infligiéndoles graves daños con sus inesperados ataques, para luego desaparecer rápidamente tras las montañas circundantes. Al principio, este método de guerra confundió mucho a los españoles: de improviso, una partida de guerreros desnudos aparecía gritando desatinadamente como locos. Aunado a la frecuencia de sus ataques, el respeto de los españoles a la capacidad guerrera de los indígenas se incrementó conforme avanzaba el tiempo. En 1582, el fraile franciscano Jerónimo de Mendieta informaba a la corte que la sola mención de la palabra chichimeca era suficiente para engendrar aprensión entre los españoles de toda la frontera.
Ciertamente, los nómadas que antaño hicieron habitaron las áridas montañas y los resecos llanos de Aridoamérica fueron muy distintos de los “dóciles” y sedentarios que encontraron los españoles en las costas y la porción central de la Nueva España; debido a eso se desarrolló un intenso drama entre ellos y los conquistadores.
TANTO EL TERRITORIO COMO LAS CARACTERÍSTICAS de las antiguas culturas indígenas de América fueron factores condicionantes de los diferentes procesos de la Conquista. En las áreas definidas como de alta cultura, el contacto hispano-indígenas fue distinto al de las zonas de cultura nómada. En estos sitios, la estrategia implementada se basó principalmente en la encomienda, la congrega, la misión, la guarnición presidial y la fundación de villas y pueblos. La existencia previa de sociedades agrícolas bien desarrolladas en Mesoamérica hizo posible que las formas tradicionales de organización social y producción económica de los grupos autóctonos se asimilaran más o menos rápido a las nuevas estructuras implantadas por el orden colonial. En cambio, la penetración del espacio denominado Aridoamérica exigió la transformación del modelo de vida de pueblos cazadores y recolectores, parcialmente agrícolas; así, las instituciones de dominio hubieron de ser adaptadas a las condiciones particulares de los nuevos espacios de colonización.
Las primeras expediciones que penetraron hasta el mismo corazón de América del Norte fueron las de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, fray Marcos de Niza y Francisco Vázquez de Coronado. Una vez conquistado el Altiplano, destacaron dos focos de irradiación para las tierras del septentrión: Guadalajara, donde fue instalada una segunda Audiencia, y Querétaro. Este último constituyó un punto estratégico para futuras expediciones hacia el norte, el este y el oeste. La expedición de Juan de Tolosa, en 1546, y su descubrimiento de los ricos minerales de plata del Cerro de la Bufa, en Zacatecas, se convirtieron en el gran incentivo para penetrar en la Gran Chichimeca. La plata constituyó un imán para los españoles y su hallazgo desencadenó una verdadera avalancha de pobladores. De tal modo que, a cuatro años del descubrimiento de Tolosa, 34 empresas mineras operaban en la región de Zacatecas. La penetración española transformó en muy poco tiempo la tierra de los chichimecas. Las actividades de los colonos alteraron el medio geográfico y la vida de los pobladores originales. Tanto las minas como las estancias ganaderas modificaron paulatinamente la ecología regional, en perjuicio de quienes basaban su subsistencia diaria en los recursos naturales.
Cabeza de Vaca —quien venía en la expedición fracasada de Pánfilo de Narváez— afirma que en 1535 él y sus compañeros fueron recibidos hospitalariamente por los naturales. Este conquistador llegó en 1536 a San Miguel de Culiacán, lugar que encontró habitado por los españoles. En su largo viaje, Cabeza de Vaca pasó por los sitios que luego se llamarían Cerralvo, Monterrey y Monclova. Él mismo narra que su marcha por el extenso territorio indígena fue triunfal, pues los indios se disputaban el privilegio de besar su vestimenta y rendirle honores, ya que, según su testimonio, podía curar a los enfermos.
Algunas otras expediciones importantes fueron las que emprendieron Francisco Vázquez de Coronado y Luis Moscoso. En 1548 Cristóbal de Oñate fundó la ciudad de Zacatecas y en 1552 Ginés Vázquez del Mercado descubrió un cerro con mineral de hierro. En 1554 el joven capitán Francisco de Ibarra inició sus exploraciones, que cubren un espacio de 21 años, hasta su muerte, en 1575. El nombre de este conquistador llena los anales de la gran porción de tierra por él bautizada como Nueva Vizcaya. Otro conquistador importante fue Francisco Cano, quien exploró el sur de Coahuila; tanto él como fray Espinareda ponderaron la riqueza de las tierras y recomendaron la ocupación del territorio entre Mazapil y el Golfo de México.
Hacia 1570, aproximadamente, los españoles del noreste obtenían a sus sirvientes de la población chichimeca local, y al parecer este fenómeno creció durante el siglo XVII. El reclutamiento de sirvientes iba desde la captura de esclavos hasta varias formas “legales” de hacerse de mano de obra, por ejemplo cuando los naturales migraban voluntariamente en busca de sustento. Las primeras expediciones a Coahuila se realizaron con el fin de buscar esclavos. En un tiempo breve, el gobernador de la Nueva Vizcaya asignó las rancherías comarcanas a varios habitantes de Saltillo. La situación en la región noreste, de por sí delicada por las continuas incursiones de los nómadas, se vio agravada por una epidemia de viruela en 1646, que causó graves estragos entre la población, que decrecía a causa de constantes luchas. Tales pugnas tenían su origen en las encomiendas, que en algunos casos se disfrazaban de “congregas”. Sergio Corona encontró que hacia 1640 en Saltillo, en la hacienda de San Juan Bautista de los González, operaba una de esas instituciones, integrada por unos 50 indios jumanes. Tanto en Parras como en la región lagunera pronto fue notoria la disminución de indígenas bautizados, término equivalente al de indígenas congregados.
En 1649, el obispo de Guadalajara escribió que algunos de los “gentiles” de los valles de Nadadores, Sabinas y Río Bravo realizaban viajes periódicos a la provincia de Nuevo León y a la villa de Saltillo, así como a las haciendas de Parras y Patos (General Cepeda). Cuando el franciscano fray Juan Larios llegó, en 1673, con la intención de fundar comunidades y misiones autosuficientes en Coahuila, los vecinos de Saltillo, guiados por su alcalde mayor —Agustín de Echéverz y Subvisa—, lo forzaron a regresar. Echéverz, quien estaba casado con la bisnieta y heredera del conquistador Francisco de Urdiñola, consideró que los misioneros eran un obstáculo para seguir obteniendo la fuerza de trabajo indígena. Uno de los recursos implementados por los chichimecas regionales para evadir o resistirse a la encomienda y sus excesos fue huir hacia las montañas o al interior del desierto. Teóricamente, la institución de la encomienda desapareció en Coahuila a mediados del siglo XVII.
Saltillo. La villa de Santiago del Saltillo fue el primero de los poblados españoles del noreste que se erigieron luego del descubrimiento de las minas de Zacatecas. En opinión de algunos estudiosos, Saltillo fue fundada por captores de esclavos, en tanto que otros sugieren que se buscaba crear un lugar de reposo en el camino de las minas. El sitio para realizar la fundación fue un valle situado a 1 600 metros de altura sobre la vertiente occidental de la Sierra Madre Oriental, y constituye el paso geográfico obligado entre la meseta central y las tierras bajas de Coahuila y Nuevo León. Con esta fundación se inició la conquista y colonización española del territorio que ahora conforma el estado de Coahuila. Durante muchos años la villa de Saltillo hizo las veces de frontera de guerra; es decir, era el punto más avanzado de la colonización por el rumbo noreste.
A pesar de que no se ha encontrado una acta de fundación, se sabe que el fundador y primer alcalde de Saltillo fue Alberto del Canto, de origen portugués, proveniente de la Isla Terceira del grupo de las Azores, quien dio posesión de tierras y aguas a un puñado de españoles y portugueses que habían llegado al valle al mismo tiempo que él, entre 1575 y 1577. Algunos de los primeros pobladores de Saltillo fueron Santo Rojo, Juan Navarro, Baltazar de Sosa, Juan de Erbáez, Cristóbal de Sagastiberri, Agustín de Villasur, Alonso González, Ginés Hernández y el cura Baldo Cortés. Casi enseguida llegaron otros más, entre los que se puede mencionar a Gaspar Castaño de Sosa —hermano de Baltazar de Sosa—, Diego Montemayor, Francisco de Urdiñola y Bernabé de Las Casas.
La tradición asegura que el sitio que ocupa la población de Saltillo era morada de cuauchichiles y borrados, y que estos últimos constituían una parcialidad de los indios coahuiltecos que habitaban la región de Monclova. Los primeros ocupaban la región sur o alta, en tanto que los segundos, la baja. Los campamentos temporales de los cuauchichiles se encontraban en las cercanías del manantial sur de Saltillo, en tanto que los borrados acampaban en las inmediaciones de los manantiales que se localizaban al noreste de la villa, cerca de los actuales poblados de La Aurora y La Hibernia.
El Valle de Saltillo no encerraba riquezas minerales; era más bien un terreno fértil muy bien irrigado. Según fray Agustín de Morfi, en el valle había 665 manantiales de agua, grandes y pequeños; esto pudo haber inducido a los primeros pobladores para establecerse como agricultores o ganaderos, con la expectativa de convertirse en proveedores de cereales y bestias de los fundos mineros cercanos de Durango y Zacatecas. El obispo De la Mota y Escobar, quien realizó una visita pastoral a Saltillo entre 1602 y 1605, afirma lo siguiente al respecto:
Es esta villa del Saltillo población de españoles que en tiempo fueron soldados y agora son labradores de trigo, que con ocasión de las muchas y buenas tierras que esta villa tiene, han hecho muy buenas heredades y labores, todas de riego, donde se coge mucha cantidad de trigo y muy aventajado, que llevan a vender a la ciudad de Zacatecas, donde comúnmente vale a cuarenta reales el quintal.
En efecto, en 1604, don Francisco de Urdiñola, entonces gobernador de la Nueva Vizcaya, a cuya jurisdicción pertenecía Saltillo, ordenó el levantamiento de un censo, que hace constar que se hallaban avecindados en Saltillo una veintena de españoles.
El crecimiento de la población española de Saltillo fue bastante irregular. En sus orígenes, la calle principal fue la Real de Santiago —actual General Cepeda—, y en ella vivían los principales hacendados. La villa se comunicaba, por el sur, mediante el Camino Real de Zacatecas, que principiaba en las actuales calles de General Cepeda y Bolívar; por el norte, por el Camino Real de Monterrey, que principiaba en la hoy calle Pedro Agüero. Había muy pocas construcciones; la mayor parte eran huertas o solares. El primer cementerio que tuvo Saltillo se encontraba en el atrio del templo parroquial, hoy catedral de Santiago.
La historia del Valle de Saltillo se caracteriza por conflictos jurisdiccionales entre la Audiencia de Guadalajara y los gobiernos de la Nueva Galicia, la Nueva Vizcaya y el Nuevo Reino de León. El sector norte del actual estado de Coahuila era parte del territorio en disputa. El fundador de Saltillo, Alberto del Canto, ostentó el título de alcalde mayor de las Minas de San Gregorio (Cerralvo, Nuevo León) y Valle de Extremadura, nombramiento que le fue expedido por el gobernador de la Nueva Vizcaya, jurisdicción a la que perteneció Saltillo por 200 años. Además de administrar justicia en Saltillo, en 1577 Canto hacía lo propio en Potosí (Nuevo León), en el Valle de Coyula (Coahuila) y en las Minas de la Trinidad. Por un corto tiempo, el fundador y los magistrados que lo sucedieron, así como toda la población de Saltillo, dirigieron sus alegatos políticos a Luis de Carvajal y de la Cueva, judío converso y primer gobernador del Nuevo Reino de León, quien incluyó a Saltillo en su capitulación de 200 leguas cuadradas. Cuando Carvajal fue arrestado por la Inquisición, en 1588, dejó a Gaspar Castaño de Sosa al frente de las minas que había bautizado con el nombre de Nuevo Almadén (Monclova). Después de la huida de Castaño y sus seguidores hacia el norte, Coahuila fue abandonada y el área de Saltillo volvió a pertenecer a la jurisdicción de la Nueva Vizcaya. Algunos hombres de Carvajal que se quedaron en Saltillo, entre ellos Diego Montemayor, recuperaron Monterrey en 1596 y revivieron la villa de Almadén, pero como parte de Nuevo León; aunque pocos años después volvieron a abandonar ese asentamiento.
En 1607, don Francisco de Urdiñola condujo una fuerza armada hacia el norte, por el rumbo del Río Sabinas, con el objeto de vengar la muerte del misionero franciscano fray Martín de Altamira, quien había sido ejecutado por los indios quomocuanes. Durante ese tiempo, Urdiñola, quien desde su llegada a Saltillo había aumentado su patrimonio en tierras y aguas, de algún modo logró quedarse con las tierras que hoy conforman los poblados de Castaños, Boca de Tres Ríos y Cuatrociénegas, ubicados en Coahuila. Tales mercedes, aunadas a las que poseía en Patos, Parras y Saltillo, constituirían, en 1682, la base del marquesado de San Miguel de Aguayo, erigido por la bisnieta del conquistador, Francisca Valdés Alcega y Urdiñola, y su marido, Agustín de Echéverz y Subvisa.
Nuevo Almadén (Monclova). Se atribuye al conquistador Alberto del Canto el haber descubierto unas minas de plata en el futuro Nuevo Almadén. Este asentamiento, que se denominó Minas de la Trinidad, fue abandonado casi enseguida a causa de la hostilidad de los indios. Hacia 1580, desde el Nuevo Reino de León se intentó colonizar el norte de lo que sería Monclova y Nadadores, y en 1590 un grupo de 170 españoles cruzaron desde Nuevo Almadén hasta el futuro Nuevo México; pero ambas empresas fracasaron. Los jesuitas misioneros y los colonos de Saltillo y Monterrey acudían hasta el Río Bravo para persuadir a los naturales de que se redimiesen. De tal modo que algunos rancheros se trasladaron al sur para recibir instrucción religiosa y trabajar en las granjas de trigo, y regresaban luego a sus campamentos. Intentos posteriores para colonizar las minas de Nuevo Almadén, en 1605 y 1640, dieron como resultado un retiro total de los españoles, pues los indios sobrevivientes, que para entonces se habían reducido considerablemente, se volvieron extremadamente hostiles. Las pugnas jurisdiccionales postergaron la colonización de ese punto hasta 1674, y entonces algunos granjeros y ganaderos se ubicaron dentro del área, a pesar de que casi toda la tierra y los derechos de agua ya habían sido concedidos. La población nativa que no se sometió a la disciplina de la misión o la hacienda regresó a pastorear ganado, refugiándose en las montañas del oeste de la Mesa Central. Esta área bolsónica se convirtió en refugio para muchas tribus pequeñas, que desaparecieron eventualmente tras las épocas de guerra y enfermedades. Los sobrevivientes fueron capturados después por los españoles y deportados en 1720. Años más tarde, el Bolsón de Mapimí fue invadido por los apaches, quienes hablaban athapascano y se desplazaban en pos de los búfalos, y en busca de refugio contra los comanches. A pesar de los intentos por congregarlos en misiones, los ataques de los apaches y, posteriormente, de los comanches fueron una amenaza constante.
En 1643, las viejas Minas de la Trinidad, rebautizadas como Nuevo Almadén, fueron ocupadas por un grupo de vecinos de Saltillo que llevaban licencia del alcalde mayor. La disputa por la pertenencia de esas minas a la Nueva Vizcaya o a la jurisdicción del Nuevo Reino de León (cada gobernación representada por un delegado) fue cortada de tajo por el virrey, quien decidió que la Audiencia de Guadalajara asumiera la jurisdicción sobre la región hasta que el caso se resolviera. Este tribunal envió un alcalde mayor a Nuevo Almadén, hasta que en 1647 las minas fueron abandonadas.
Transcurrió otro cuarto de siglo antes de que se intentara nuevamente colonizar el área. En 1674, la Audiencia de Guadalajara, en respuesta a los informes exitosos de la acción misionera en Coahuila, designó a Antonio Balcárcel y Rivadeneira como alcalde mayor de la provincia, llamada entonces Nueva Extremadura. El nuevo gobernante, ignorando la oposición de las autoridades de la Nueva Vizcaya, llegó hasta la vieja zona minera e instaló ayuntamientos para las comunidades española e indígena.
Los autos de la conquista de Coahuila integrados por Balcárcel son muy extensos, y constituyen un ejemplo de la acuciosidad y empeño que el gobernante puso en el cumplimiento de su misión. Una de las más importantes obras de Balcárcel fue refundar el Nuevo Almadén, pero con el nombre de Ciudad de Nuestra Señora de Guadalupe de la Nueva Extremadura, en el sitio que hoy ocupa la ciudad de Monclova. Enseguida, el gobernante fundó un pueblo indígena anexo a la ciudad de Guadalupe, al que bautizó con el nombre de San Miguel de Luna, con sus propias autoridades indígenas y tierras de labor y pastoreo, así como la mitad del agua disponible. El gobierno de Balcárcel duró poco, a causa del conflicto con el primer marqués de Aguayo, Agustín de Echéverz y Subvisa, teniente de gobernador y capitán general de la Nueva Vizcaya, quien, celoso del alcalde mayor, hizo todo lo posible para dificultarle su labor, y consiguió al fin que tuviera que abandonar la provincia de Coahuila para siempre.
Hacia 1687 la situación de Coahuila había empeorado, y los logros de conquistadores y misioneros desaparecieron. El pueblo de Santiago de Paredes, que se había proyectado construir en ese sitio, no pudo fundarse, y las cuatro misiones erigidas durante la época de Balcárcel languidecían. Según un informe del visitador, el obispo Santiago de León Garabito, las causas de la decadencia fueron: 1) la irregularidad con que funcionaban los almacenes destinados al sostenimiento de los indios; 2) no haberse fundado el pueblo de Santiago de Paredes propuesto por él; 3) que las autoridades que se habían sucedido habían sido forasteros sin ningún interés local, y 4) el descuido de las misiones por parte de los religiosos franciscanos. En el propio informe, el obispo aconsejaba al virrey el envío del sargento mayor Alonso de León con el cargo de gobernador de Coahuila. (El sucesor del virrey Paredes, el conde de la Monclova, había cambiado el título de alcalde mayor de Coahuila por el de gobernador. El primer gobernador con ese título fue don Alonso de León, hijo del cronista del mismo nombre, quien arribó a Monclova en 1687. A partir de entonces los gobernantes serían designados desde España, aunque permanecieron subordinados al virrey en turno hasta 1777, fecha en que se creó la Comandancia de las Provincias Internas.)
Parras y la región de las lagunas. Las mercedes otorgadas por don Martín López de Ibarra, teniente gobernador de la Nueva Vizcaya, muestran que desde 1578, o antes, se efectuó la primera fundación del pueblo de Parras, con el intento de trasladar ahí a todos los pobladores de la Laguna de Copala (Mayrán). Sin embargo, el pueblo fue abandonado, si bien la mayoría de los entonces propietarios de tierras y aguas no las desampararon, y aun las autoridades de la Nueva Vizcaya continuaron otorgando mercedes. Entre las últimas pueden anotarse las hechas al capitán Francisco de Urdiñola en Castañuela, el 22 de noviembre de 1589.
La región de las lagunas, habitada por un gran número de indígenas, no había sido colonizada. Con su gran lago, de más de 200 kilómetros de circunferencia, lindaba con la jurisdicción territorial de la Nueva Vizcaya. Entre Cuencamé y el oasis de Parras se interponía el territorio de La Laguna, o mejor dicho de las lagunas, en las que derramaban sus corrientes los ríos Nazas y Aguanaval. La región de Parras había sido abandonada por sus autoridades administrativas, lo que con seguridad afectó el enlace entre Cuencamé y Saltillo para los abastecimientos.
Desde 1567 dicha comarca había sido recorrida por fray Pedro de Espinareda, y en 1594 completaron su exploración los jesuitas Francisco Ramírez y Juan Agustín de Espinoza. Este último dice que finalmente convenció a los indígenas de que se establecieran en el Valle de los Nuevos Pirineos, llamado Parras. Esta nueva fundación se llevó a cabo el 18 de febrero de 1598, por mandato del capitán Diego Robles. Cinco caciques convertidos al cristianismo se establecieron en el nuevo pueblo, junto con más de 2 000 indígenas.
Desde sus orígenes, Parras fue un oasis de verdor en medio del desierto. En la estancia del Rosario, inmediata a Parras, el conquistador Francisco de Urdiñola había canalizado años antes las aguas de sus manantiales, había plantado viñas y construido varias habitaciones. En los primeros años del siglo XVII, el obispo de Guadalajara hizo una importante relación sobre el pueblo de Parras y la región de La Laguna.
Desde épocas tempranas la Compañía de Jesús llegó a la región de Parras. En 1599 el jesuita Nicolás de Arnaya visitó el sitio y encontró un pueblo habitado por 1 600 personas, cuya administración evangélica estaba a cargo de los padres Juan Agustín de Espinoza y Francisco de Arista.
Otro informe señala que para 1603 se habían establecido prósperas misiones en la “región lagunera”, donde “al retirarse las aguas de las inundaciones quedan buenos húmedos para sus sementeras de maíz, y sin más arado, ni más riego o cultivo, nace con tanta abundancia que se han medido algunas mazorcas de más de media vara”. El informe menciona también los pueblos de visita correspondientes a la misión de Nuestra Señora de Parras: Santiago, San Nicolás, San Jerónimo, Santo Tomás y San Ignacio. Un siglo y medio después, el misionero franciscano fray Agustín de Morfi, capellán del comandante Teodoro de Croix, refiere en su diario de viaje que en esa región se fundaron cinco misiones, para cuyo propósito tuvieron que reunir a los indios naturales con los tlaxcaltecas. La principal fue Santa María de las Parras; las demás fueron San Pedro de La Laguna y su visita, el pueblo de La Concepción; los Hornos y Santa Ana; San Sebastián y su anexo, San Jerónimo y, finalmente, San Ignacio y sus visitas, San Juan de la Casta, San José de las Habas y Baicuco.
Al finalizar el siglo XVI, buena parte de la porción sur de Coahuila se encontraba poblada y organizada; sin embargo, los pueblos de las cercanías de Parras y de la región de La Laguna desaparecieron. Aglutinaban enormes extensiones de tierra fértil y rica, pero los naturales prefirieron su libertad, la vida nómada que llevaban en montañas y bosques, a la esclavitud en las haciendas. Las dificultades se agravaron en esta región debido a la ambición de las herederas de Urdiñola, quienes lograron apoderarse de casi toda el agua disponible.
Las dificultades para la colonización del norte pronto se hicieron evidentes, por lo que, al tiempo que se hizo cargo del virreinato, Luis de Velasco II ideó una estrategia para asentar los dominios españoles en tierras septentrionales. Acordó con los vecinos de la república de Tlaxcala que le proporcionaran 400 indios casados a fin de que poblaran, junto con sus familias, el norte de la Nueva España. El virrey pretendía que, con su ejemplo, las belicosas tribus nómadas del noreste pudieran asentarse en paz. Mediante estas capitulaciones, los tlaxcaltecas que se trasladaran al norte serían considerados caballeros e hidalgos; podrían anteponer a sus nombres el título de “don”, podrían montar a caballo y portar armas, y estarían exentos de todo tributo, servicio personal, pecho y alcabalas. Asimismo, podrían establecer sus poblaciones separadas de las que poseían los españoles y los chichimecas. De igual modo, se les repartirían tierras y solares para labrar y edificar, así como estancias, montes, ríos, pesquerías, salinas y molinos. Los pueblos que lograran formar gozarían de ayuntamientos propios. En las capitulaciones se asentaba también que no se haría merced alguna de estancia de ganado mayor a una distancia mínima de cinco leguas, ni de ganado menor a menos de tres leguas de los poblados tlaxcaltecas. De igual forma, sus mercados y tianguis estarían exentos hasta por 30 años de todo género de alcabalas, sisas e imposiciones, y serían provistos de alimentos durante el término de dos años. Finalmente, también se les dotaría de arados para roturar las tierras. Estas capitulaciones fueron publicadas en México el 14 de marzo de 1591; en el Archivo Municipal de Saltillo se conserva una copia de ellas en perfecto estado.
Los cuatro señoríos de la república de Tlaxcala que proporcionaron familias para esta colonización fueron Quiahuiztlán, Tizatlán, Ocotelulco y Tepetipac. Un total de casi 1 000 indígenas, agrupados en 400 familias, fueron recibidos en las inmediaciones de Tlaxcala por el general Agustín de Hinojosa Villavicencio, el 6 de julio de 1591, y fueron transportados al norte en cuatro cuadrillas de carros. Esas familias fundaron varias colonias en diversas poblaciones, como Tlaxcalilla, en el área de San Luis Potosí, San Miguel Mexquitic, Colotlán, San Jerónimo del Agua Hedionda, El Venado y San Esteban de la Nueva Tlaxcala. Esta última se erigió inmediata a la villa española de Santiago del Saltillo. Posteriormente, los descendientes de estos colonos fundaron nuevas poblaciones en territorios norteños.
Casi todos los tlaxcaltecas destinados a Saltillo provenían del señorío de Tizatlán, rebautizado por los españoles con el nombre de San Esteban. Era creencia común que sus habitantes eran nietos del viejo Xicoténcatl, quien, según Muñoz Camargo, tuvo 500 mujeres. Los jefes tlaxcaltecas de los colonos que llegaron a Saltillo fueron Buenaventura de Paz y Joaquín de Velasco. Eran 102 hombres, 85 mujeres, 38 niños y 20 niñas, quienes fueron conducidos hasta Saltillo en una cuadrilla de carros pertenecientes a Pedro Gentil, vecino de la localidad. La conducción y establecimiento de los colonos fue encomendada al general Rodrigo de Río Loza, gobernador de la Nueva Vizcaya; pero éste, mediante una provisión firmada en Zacatecas el 11 de agosto de 1591, dispuso que el capitán Francisco de Urdiñola, vecino de Saltillo, lo representara en todo. Al efecto lo designó teniente gobernador y capitán general de todas las provincias de Nueva Vizcaya, con poder pleno para actuar en su nombre.
Como primera medida, los tlaxcaltecas eligieron a los funcionarios de su cabildo. A dos días del asentamiento de los colonos, el 4 de septiembre de 1591, Urdiñola, junto con los franciscanos Cristóbal de Espinoza y Juan Terrones, así como los dos consejeros municipales recién nombrados, recorrió el área para instalar el nuevo pueblo e iniciar los procedimientos formales para la fundación de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, contiguo a la villa de Saltillo.
Urdiñola, siempre acompañado por las autoridades de la villa de Saltillo, por los indios principales de Tlaxcala y por los religiosos franciscanos, señaló los sitios para la iglesia y el convento; repartió tierras para los ejidos; señaló solares para casas y huertas, y distribuyó el agua.
Por decreto del cabildo, los españoles de la villa de Saltillo tuvieron que ceder a los colonos tlaxcaltecas algunas tierras y hasta tres cuartas partes del agua que originalmente poseían. Entre los vecinos de Saltillo que cedieron buena parte de sus tierras y agua figuraban Alberto del Canto, Santo Rojo y Juan Navarro.
Eugene Sego opina que, a primera vista, podría parecer que los pobladores españoles eran generosos al compartir con los tlaxcaltecas los recursos del valle. Sin embargo, las 1 540 ha destinadas para las sementeras tlaxcaltecas eran mucho menos que las otorgadas por Canto en 1577-1578 a 13 miembros de su expedición. Además, fue necesario dividir el área entre aproximadamente 81 familias tlaxcaltecas. Así, cada una recibió 47 hectáreas, parte de las cuales era de uso comunal, y sus utilidades estaban reservadas para abastecer la tesorería municipal. De acuerdo con los términos originales del reparto, los tlaxcaltecas quedaron virtualmente cercados en esos pequeños lotes, sin oportunidad de expandirse, como lo hicieron los españoles. Por tanto, su futuro económico quedó básicamente definido desde el principio. Durante ese tiempo se fundó también la hacienda de San Isidro de las Palomas, que daría origen al pueblo de Arteaga.
Mientras que la villa de Saltillo pertenecía a la jurisdicción de la Nueva Vizcaya, cuya capital era Durango, el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala quedó separado jurídicamente. La frontera que separaba a ambas poblaciones fue una acequia situada en la actual calle de Allende. Como se dijo, desde el principio San Esteban tuvo su propio ayuntamiento, independiente del de Saltillo. Asimismo tuvo un protector de indios designado por el virrey, quien cuidaba de que gozaran de todas sus prerrogativas.
La estrecha cercanía de los gobiernos de la villa española y el pueblo tlaxcaleca, claramente separados en sus orígenes, pronto configuró una situación tensa. La combinación entre el intenso deseo de los tlaxcaltecas de mantener su independencia cultural y política y la fuerte propensión española a dominar y explotar a los indios condujo a una relación difícil, que se agravó con el paso de los años. Para principios del siglo XVII
