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El relato de uno de los episodios más oscuros de la historia de las potencias occidentales, cuyos ecos resuenan hoy en día con la reivindicación de disculpas y la revisión del pasado. El relato de uno de los episodios más oscuros de la historia de las potencias occidentales, cuyos ecos resuenan hoy en día con la reivindicación de disculpas y la revisión del pasado. Este libro analiza qué representó el colonialismo para las poblaciones de las diferentes partes del mundo, teniendo en cuenta tanto las experiencias de las sociedades colonizadoras como las de las colonizadas. Repasa las actuaciones coloniales de las potencias occidentales en Asia, África y Oceanía, a lo largo de los siglos XIX y XX. Analiza sus causas y sus consecuencias y los elementos diferenciales de cada proceso colonial. Y dedica especial atención al colonialismo español en sus últimos compases, en su expansión africana. Finalmente, trata de analizar cómo en los últimos años ha ido cambiando la visión del colonialismo, en las diferentes potencias coloniales y en los países colonizados, entrando en un debate que está en plena ebullición.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
COLONIALISMO E IMPERIALISMO
COLONIALISMO E IMPERIALISMO
Entre el derribo de monumentos y la nostalgia por la grandeza perdida
GUSTAU NERÍN
Colonialismo e imperialismo
© Gustau Nerín, 2017
© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2022
@Shackletonbooks
www.shackletonbooks.com
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Diseño y maquetación (edición papel): Kira Riera
Conversión a ebook: Iglú ebooks
© Cartografía de los apéndices: Geotec
© Ilustraciones y fotografías: todas las imágenes son de dominio público a excepción de las de The History Collection / Alamy Stock Photo (p. 37), CC BY-SA 3.0 / Wikimedia Commons (p. 39), Andrew0921, CC-BY-SA 3.0 / Wikimedia Commons (p. 108), Tubs, CC-BY-SA 3.0 / Wikimedia Commons (p. 113), ReinerausH, CC-BY-SA 3.0 / Wikimedia Commons (p. 143), Pacha J. Willka, CC-BY-SA 3.0 / Wikimedia Commons (p. 158). Icons by Icons8.
ISBN: 978-84-1361-146-4
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Índice de contenido
El mundo en que vivimos hoy en día es un mundo globalizado: una operación financiera en Singapur puede tener consecuencias fatídicas para los inversores de Montana, una mina del Congo explotada con medios rudimentarios puede ofrecer el coltán para los aparatos tecnológicamente más avanzados, un cualificado experto que trabaja en una multinacional de Silicon Valley puede haber nacido en uno de los países menos desarrollados del mundo…
Esta globalización bajo las pautas del capitalismo surgido en Occidente no hubiera sido posible sin el colonialismo. Puede decirse que este se remonta, como mínimo, al siglo xv, cuando los portugueses se lanzaron a explorar los océanos. Pero también hay autores que encuentran antecedentes anteriores: en las cruzadas, o incluso en la Reconquista de la península ibérica…
En realidad, la primera gran oleada colonial afectó, básicamente, a amplias zonas de América (no a todo el continente, ya que algunas regiones, como el interior de Norteamérica o la Patagonia, solo caerían en la órbita de Occidente en el siglo XIX). Por lo que respecta al resto de los continentes, en los siglos XV y XVI los europeos solo ocuparon pequeños enclaves en África, Asia y Oceanía, así que la mayoría de los habitantes de estos territorios se mantendrían al margen de las dinámicas coloniales europeas hasta bien entrado el siglo XIX. De hecho, en 1850, la mayor parte de las sociedades de estos tres continentes no estaban sometidas a la tutela occidental.
El punto más álgido de la expansión colonial se produjo entre las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del xx, cuando los europeos se lanzaron a la conquista de grandes extensiones de territorio y sometieron a casi todas las sociedades del mundo a las dinámicas políticas y productivas de Occidente. Se trató de un dominio breve, pues esas grandes áreas de África, Asia y Oceanía solo se mantuvieron bajo el yugo europeo durante algunas décadas, pero tuvo serias consecuencias: Europa aprovechó su poderío sobre el planeta para moldear a muchas sociedades en unas determinadas formas de vida y de producción, aquellas que le resultarían de mayor utilidad en el futuro.
Este libro se centra en el período más potente del imperialismo, el que se desarrolló a partir del siglo XIX (y que tuvo su momento álgido hacia 1870 con la aparición de la «era del imperialismo»). Sus principales escenarios fueron África, Asia y Oceanía, porque América en ese momento ya se había descolonizado. Los objetivos de las metrópolis que protagonizaron esta etapa distaban de los de la primera oleada colonizadora. La mayoría de las potencias occidentales que culminaron una expansión ultramarina antes del siglo XIX no pretendía afirmar su poder sobre extensos territorios: su prioridad básica era controlar algunos enclaves desde los que les fuera posible monopolizar rutas comerciales o atacar a sus potenciales enemigos.
Por otra parte, a partir del siglo XIX, de forma creciente, los estados fueron desplazando a las compañías privadas como principales agentes del colonialismo: el imperialismo, en su fase más avanzada, no fue un asunto de inversores protegidos por el Estado, sino de los mismos gobiernos, que tomarían la iniciativa en este campo.
En cierta medida, el colonialismo español en América fue lo que más se aproximó al colonialismo europeo del siglo XIX, en el sentido de que fue una iniciativa básicamente estatal, encaminada a la conquista de grandes extensiones. La diferencia fundamental entre el colonialismo español de los siglos XVI, XVII y XVIII, y los colonialismos europeos del XIX radicaba en los recursos disponibles para la colonización. Hasta el siglo XIX, los medios de transporte y las comunicaciones eran muy deficientes, y esto imposibilitó la formación de un imperio estrictamente centralizado dividido entre varios continentes. Para garantizar la gobernabilidad de América, España se vio obligada a establecer virreinatos que tenían una amplia autonomía, muy distintos de las colonias de los siglos XIX y XX, sometidas a un férreo control de la metrópolis. Por otra parte, el potencial bélico de los europeos en los siglos XIX y XX permitió un dominio mucho mayor sobre las poblaciones locales.
Y, pese a todo, el colonialismo estaba condenado, a priori, a su desaparición. La imposición de un dominio exterior sobre cualquier población genera resistencias, y estas acaban siendo costosas, tanto a nivel económico como social, tal y como experimentaron los franceses en Argelia, los ingleses en Kenia, los holandeses en Indonesia… Y a medida que los colonizados iban adquiriendo los conocimientos técnicos de Occidente, su capacidad de resistencia se incrementó. Resultó muy difícil someter a grandes masas de población a partir del momento en que estas ya disponían de sistemas de escritura, armas de fuego, medios de transporte, telecomunicaciones, etc.
En las colonias de poblamiento, aquellas en que la población autóctona había sido sustituida básicamente por ciudadanos occidentales, los procesos descolonizadores fueron muy rápidos y poco traumáticos, pues las metrópolis reconocieron a sus habitantes el derecho de autogobierno. A principios del siglo XX, la mayoría de estas, como Canadá o Sudáfrica, redujeron su dependencia respecto a las metrópolis, aunque mantuvieron distintos grados de vinculación con ellas. En cambio, el proceso fue mucho más tenso en las colonias de explotación, donde no se había producido un proceso de sustitución de población, porque los colonizadores eran mucho más reacios a reconocer los derechos de los colonizados. Pero tras la Segunda Guerra Mundial se hizo evidente que la era del colonialismo terminaba: las resistencias se incrementaron, y el equilibrio geoestratégico se tornó claramente favorable para los partidarios de la autodeterminación de las colonias. El fin del colonialismo solo era cuestión de tiempo, a excepción de unos pocos enclaves que continuarían sometidos.
Este libro se estructura en siete capítulos. El primero se concentra en estudiar los motivos que llevaron a Europa a conquistar el mundo, para lo que incorpora las más recientes discusiones en el campo de la historiografía colonial. Los tres capítulos siguientes se centran en investigar lo sucedido durante el período colonial en los tres continentes estudiados: Asia, África y Oceanía. Estos tres capítulos se dividen geográficamente y toman como eje de sus subcapítulos a las diferentes metrópolis coloniales. El capítulo quinto está consagrado a los cambios políticos, sociales, económicos y culturales que supusieron las colonizaciones y a la herencia que estas han dejado en los pueblos asiáticos, africanos y oceánicos. El capítulo sexto analiza la relación de la sociedad española con el hecho colonial. Y el último capítulo incluye una reflexión sobre las distintas visiones del colonialismo que perviven en el siglo XXI, tras el auge del movimiento Black Lives Matter.
La historia del expansionismo se remonta a tiempos muy lejanos. Tenemos constancia de que lo practicaron los romanos, los mongoles, los vikingos, los aztecas… Pueblos muy distintos se han lanzado en determinado momento a la conquista del mundo, pero no todas las sociedades tuvieron ambiciones coloniales, ni todas dedicaron enormes esfuerzos a la conquista de territorios remotos. Ni siquiera los pueblos europeos tuvieron siempre tales ambiciones, ya que durante siglos conocieron territorios lejanos, pero no se propusieron su conquista. Los portugueses, los ingleses, los franceses y los holandeses se pasaron cuatro siglos comerciando con la costa africana antes de lanzarse a la conquista de este continente en la «carrera por África». ¿Qué llevó a tantos países a acometer simultáneamente, en el siglo XIX, la conquista del mundo? Los historiadores todavía no están completamente de acuerdo en los motivos.
Hasta hace algunos años, se creía que la deriva colonial europea tenía su origen en las mismas dinámicas del capitalismo. Se argumentaba que había sido la acumulación primaria de capital creada con la esclavitud y el cultivo de azúcar (así como con la labor de los agricultores que trabajaban en Europa) la que había permitido desarrollar los complejos fabriles del continente en la Segunda Revolución Industrial. A su vez, estos complejos producirían numerosos excedentes que se tratarían de colocar en los mercados exteriores: crear colonias era una forma de obtener mercados cautivos, ya que estas estaban obligadas a comprar las producciones de la metrópolis, lo que suponía una salida segura para la superproducción. Por otra parte, se argumentaba que la ampliación de mercados en las colonias permitía colocar los capitales que tenían difícil salida en Europa. Al fin y al cabo, el capitalismo tiende de forma natural al crecimiento, y parece obvio que la expansión territorial es una de sus dinámicas.
Buena parte de la documentación disponible apoya aparentemente esta hipótesis. Cuando las naciones europeas se lanzaron a la conquista del mundo, anunciaron que esperaban obtener ingentes beneficios de los territorios que conquistaban. En algunas posesiones, determinadas empresas lograron grandes ganancias (solo cabe citar, como ejemplo, el enriquecimiento del rey Leopoldo II de Bélgica con el Estado Libre del Congo). Las industrias europeas se beneficiaron durante décadas de las materias primas baratas procedentes de las colonias: algodón, azúcar, café, té, cacao, cacahuete, especias, cobre, uranio, petróleo, etc.
Ahora bien, los estudios de los historiadores económicos de los últimos años han tendido a cuestionar o relativizar estos principios. En primer lugar, hubo muchos territorios coloniales en que los costes del mantenimiento de la colonia superaron con creces los beneficios (desde las colonias africanas alemanas hasta el Sahara español). Los sueños de riqueza que impulsaron la colonización en un primer momento no se confirmaron después. De hecho, no fueron tantas las colonias que ofrecieron grandes beneficios. Con el agravante de que buena parte del gasto corría a cargo de entidades públicas y las ganancias recaían en el sector privado. Aunque algunos países europeos, como Portugal, temían que la descolonización supusiera un grave golpe para sus economías, en realidad, los procesos de independencia de Asia, África y Oceanía no pusieron en dificultades a ninguna de las metrópolis. Algunos historiadores opinan que se hubiera podido obtener mayores beneficios de los territorios de ultramar estableciendo acuerdos con las sociedades locales sin necesidad de asumir los altos costes que implicaba la colonización. En realidad, excepto para el caso inglés, las colonias solo ofrecieron una pequeñísima parte de las importaciones que Europa requería para la industrialización y representaron un mercado mínimo para las producciones occidentales.
Por otra parte, los historiadores económicos que han estudiado en detalle las empresas coloniales han constatado que, de media, sus beneficios eran inferiores a los de las empresas situadas en las metrópolis, siempre y cuando se computaran como gastos empresariales los costes asumidos por los Estados colonizadores. Es decir, apuntan que el crecimiento económico hubiera sido mayor si estos capitales se hubiesen invertido en los propios países europeos y no en ultramar. Hay también quienes argumentan que la apuesta de muchos capitales metropolitanos por mercados coloniales simples y poco sofisticados repercutió en una reducción de las inversiones en sectores con más potencial de desarrollo, como la tecnologías. Según estas teorías, pues, la explotación colonial no benefició a las clases populares europeas, sino que, por el contrario, la expansión ultramarina repercutió en beneficios cuantiosos para unos pocos capitalistas.
Aunque los estudios sobre el tema no son concluyentes, cada vez se tiende más a cuestionar que la economía, por sí sola, explique la expansión colonial.
En cambio, en los últimos años los historiadores van otorgando un mayor valor al nacionalismo como uno de los detonantes de la expansión colonial. Sin ninguna duda, la «carrera por África» se produjo por el temor de las potencias europeas a que los países rivales se apoderaran de territorios que dispusieran de recursos estratégicos. Así pues, la espiral colonizadora fue provocada por la entrada en el reparto colonial de nuevos actores que produjeron una reacción en cadena. En realidad, en África, desde la rápida toma de posesión de los territorios en la década de 1880 hasta que se pudo hacer disponible la inversión necesaria para rentabilizar estas conquistas —la mise en valeur—, pasaron tres decenios en que la explotación del continente fue muy tímida. Por tanto, la ocupación de los territorios no se tradujo en una inversión inmediata en ellos.
Es importante evaluar también el papel que desempeñó el nacionalismo como aglutinador social o como herramienta de presión de determinados sectores sociales. En este sentido, es obvio que Benito Mussolini usó la conquista de Etiopía como una maniobra para equiparar su régimen a la antigua Roma y así ganarse el favor de los italianos, convencidos de recuperar las grandezas pasadas. También en el caso de la dictadura de Salazar en Portugal, las colonias se equipararon a la quintaesencia de la patria, y al mantener su presencia en ellas el régimen se presentó como el salvador del país. En otros casos, la empresa colonial sirvió como aglutinador social en la metrópolis en momentos de tensión social, así ocurrió en la guerra de África que enfrentó a España con el Reino de Marruecos entre 1859 y 1860.
Tampoco hay que menospreciar el papel determinante que representó en la promoción del colonialismo el Ejército, institución que tenía en el patriotismo uno de sus fundamentos. Algunas de las conquistas territoriales fueron impulsadas por militares que ejercían de administradores coloniales de los territorios vecinos, y que no cesaban de pedir a sus respectivas metrópolis una ampliación de sus respectivas colonias. En otros casos, los choques entre fuerzas coloniales de distintos países no respondían tanto a una planificación de los gobiernos involucrados como a la iniciativa personal de los propios mandos. En la Crisis de Fachoda por el dominio de la cuenca del Nilo, en 1898, el capitán francés Marchand estaba dispuesto a dejarse masacrar por los ingleses con el fin de justificar una ofensiva colonial francesa y lamentó que sus superiores le ordenaran que se retirara de Sudán para evitar un conflicto bélico. Por su parte, los militares africanistas españoles consiguieron continuos ascensos y promociones durante los dieciocho años que duraron las campañas de Marruecos, de 1909 a 1927. A pesar de que el territorio que conquistaron era pequeño y pobre, esta guerra les sirvió para ganar popularidad e incluso como trampolín para hacerse con el poder tras la guerra civil (1936-1939). Y, en Argelia, los militares ultras franceses intentaron frenar la independencia mediante el Putsch de los Generales y la creación de un grupo terrorista: la Organización del Ejército Secreto (OAS).
Además, algunos de los episodios coloniales más crueles no fueron planificados por la metrópolis, sino que fueron el fruto de acciones, a veces improvisadas, de los colonos, que eran los más reticentes a las pretensiones independentistas que ponían en peligro su bienestar personal. La participación de estos fue clave en casos como los crímenes contra aborígenes australianos, las matanzas de Sétif en Argelia en 1945, la masacre de Batepá en Santo Tomé de 1953 y los asesinatos de militantes kanak de 1984, entre otros tantos. Los colonos, conscientes de sus muchos privilegios y de su inmunidad en la práctica, a veces actuaron por su cuenta al margen de las consignas metropolitanas.
La difusión del cristianismo se utilizó con frecuencia para justificar el colonialismo. Las misiones cristianas, por lo general, no obtuvieron buenos resultados allá donde no les respaldaba la presencia amenazadora de un Estado colonialista. En ciertos territorios, como el Congo Belga o Filipinas, los misioneros católicos y protestantes fueron fieles servidores de la autoridad colonial. En algunos casos, los religiosos fueron también responsables de discriminación y graves abusos contra los autóctonos (incluso hubo órdenes religiosas que se negaron a aceptar a «nativos»). En los últimos años se han dado a conocer, por ejemplo, los malos tratos infligidos en los internados religiosos de Australia y Canadá a los niños mestizos, indios o aborígenes, que provocaron una elevadísima mortalidad en estos centros. Aunque se produjeron bastantes denuncias de sacerdotes y pastores sobre los excesos de los colonizadores contra la población, fueron pocos los misioneros cristianos que denunciaron el colonialismo en sí (algunos lo hicieron, como los presbiterianos estadounidenses de Camerún). En muchos casos, los conflictos religiosos o la persecución del cristianismo fueron usados por las potencias coloniales como pretexto para la agresión: así ocurrió en Conchinchina, en Líbano o en China.
La legitimación de la colonización no provenía solo del cristianismo, sino también del etnocentrismo. La mayoría de los occidentales, fuera cual fuera su ideología, pensaban que su cultura era superior a la de los «salvajes» (muchos incluso se creían superiores biológicamente a ellos). Obligar a otros pueblos a someterse al dominio europeo y a adaptar sus formas de vida se llegó a considerar una labor filantrópica. Algunas de las más graves vulneraciones de los derechos humanos de este período se cometieron, precisamente, en nombre de la cultura.
Rudyard Kipling: La carga del hombre blanco
El escritor inglés Rudyard Kipling (1865-1936), Premio Nobel de Literatura en 1907, era un ferviente colonialista: nació y creció en la India, trabajó como periodista en Lahore, hizo viajes por Sudáfrica, publicó obras de temática colonial y siempre se sintió orgulloso de ser ciudadano del Imperio británico.
Aunque mucha gente solo ha conocido a Kipling a través de El libro de la selva, una gran novela simplificada por Disney al pasarla a la gran pantalla, una de sus obras más emblemáticas es el poema «La carga del hombre blanco», en el que plantea el supuesto «deber» colonizador que debían asumir los blancos para «servir» a otros pueblos «inferiores».
El poema incluye estos versos:
Llevad la carga del hombre blanco, Enviad adelante a los mejores de entre vosotros; Vamos, atad a vuestros hijos al exilio Para servir a las necesidades de vuestros cautivos; Para servir, con equipo de combate, A naciones tumultuosas y salvajes; Vuestros recién conquistados pueblos, Mitad demonios y mitad niños.
Europa pudo implantar su dominio sobre buena parte del mundo gracias a las tecnologías que aparecieron en el siglo XIX. El barco de vapor permitía viajar con rapidez de un continente a otro y transportar grandes cantidades de hombres o mercancías. Eso posibilitó efectuar los veloces movimientos de tropas que requería el colonialismo, pero también facilitó extraer grandes cantidades de materias primas de las colonias. El transporte aéreo, posteriormente, también ayudaría a reforzar el colonialismo.
El telégrafo, y más tarde el teléfono, fueron esenciales para garantizar el control de los dominios coloniales. Gracias a la circulación rápida de la información entre continentes, se pudieron planificar operaciones militares, maniobras políticas, iniciativas empresariales, etc. Este control de las comunicaciones otorgó a Europa una inmensa ventaja sobre los pueblos colonizados.
Asimismo, la colonización hubiera sido mucho más difícil sin los avances en la medicina. Hasta mediados de siglo XIX, el 60 % de los soldados británicos enviados a la Costa de Oro (la actual Ghana) morían durante los dos años de servicio militar. Gracias a los tratamientos antipalúdicos con quinina, la tasa de supervivencia de los europeos en las zonas tropicales aumentó espectacularmente. Esto permitió enviar grandes contingentes de soldados y de colonos a zonas donde anteriormente no se podía.
