Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La corrupción se ha convertido en uno de los problemas más importantes en todo el planeta. Afecta al crecimiento económico, genera desigualdad, deslegitima instituciones públicas. Pero aun así es un fenómeno mal conocido por la ciudadanía, confundido con otros fenómenos criminales y usado políticamente con excesiva alegría. Este texto pretende aportar los conocimientos básicos sobre esta lacra social de cara a favorecer la eficaz movilización cívica contra la misma y la rigurosa toma de responsabilidades por los poderes públicos para afrontar el problema. Cuarto título de la serie de cultura política "Más Democracia", con la que la Editorial Gedisa consolida su apuesta por la producción de pensamiento crítico sobre asuntos de políticas contemporáneas, ofreciendo una plataforma de edición a las diferentes voces que, desde múltiples disciplinas -filosofía, historia, sociología, derecho, etc.- contribuyan al enriquecimiento de la cultura democrática.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 102
Veröffentlichungsjahr: 2019
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© ManuelVilloria Mendieta, 2019
Diseño de cubierta: Equipo Gedisa
Corrección: Marta Beltrán Bahón
Primera edición: marzo de 2019, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo, 12, 3º
08022 Barcelona (España)
Tel. 93 253 09 04
http://www.gedisa.com
Preimpresión:
Editor Service, S.L.
http://www.editorservice.net
eISBN: 978-84-17690-67-0
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
Índice
Presentación.
Corrupción maldita y complejaCristina Monge y Jorge Urdánoz
Introducción: ¿de qué hablamos cuando hablamos de corrupción?
Midiendo la corrupción. Límites y posibilidades
Causas y consecuencias de la corrupción
Algunas ideas sobre cómo prevenir y luchar contra la corrupción
Conclusiones
Bibliografía
Presentación. Corrupción maldita y compleja
Cristina Monge y Jorge Urdánoz
De la corrupción puede afirmarse que es un mal político absoluto. La rechazan todas las tradiciones de pensamiento, todas las ideologías, todos los discursos. Su sola presencia provoca terremotos de indignación popular capaces de acabar con los gobiernos más asentados. Al igual que las peores dolencias del cuerpo, carece de cura conocida. Sus efectos pueden paliarse, pero el mal en sí no puede ser erradicado. No del todo. Podemos reducirla a su mínima expresión —en este libro se nos enseña cómo— pero parece fuera de nuestro alcance acabar con ella para siempre. Es una lacra consustancial a lo político, la némesis de lo público.
¿Significa eso que no podemos hacer nada? No, todo lo contrario. Significa que, para combatirla eficazmente, hemos de conocer en profundidad los perfiles que la configuran. Porque, más allá de lamentos y moralismos, el de la corrupción es un problema no sólo maldito, sino sobre todo enrevesado. Por eso este texto persigue, en sus propias palabras, «demostrar lo complejo que es el propio concepto de corrupción, sus evanescentes ramificaciones y sus múltiples tipologías». Estamos, por tanto, ante un libro optimista, un texto que ofrece un panorama global de la corrupción y de sus consecuencias y que nos enseña cómo hemos de afrontarla.
No hay duda, por lo demás, de que esa batalla constituye una de nuestras prioridades. En España y en Iberoamérica la corrupción ha marcado en buena medida la agenda política de las últimas décadas. Y nadie mejor que Manuel Villoria, Catedrático de Ciencia Política, anterior presidente de Más Democracia y, sobre todo, uno de los investigadores con mayor prestigio internacional en este terreno, para acercarnos al estado de la cuestión. El libro aborda, en primer lugar, la propia delimitación del concepto. Lo deslinda de otros fenómenos y, una vez definido de modo preciso, aborda tanto sus posibilidades de medición como sus causas. Tras ello, propone soluciones. Qué es la corrupción, cómo la medimos y cómo la combatimos: un itinerario que, como sociedad, necesitamos tener claro. Y nada mejor que este libro para desbrozar el camino.
Algunas de las revelaciones del trayecto sorprenden especialmente. Así, por ejemplo, cuando descubrimos que a partir de 1996 y hasta 2009 la corrupción desaparece prácticamente como preocupación de los españoles… precisamente cuando, como ahora sabemos, más corrupción hubo en España, engendrada al calor del boom urbanístico. Una cosa es, por tanto, la percepción de la corrupción y otra su verdadera presencia, y si no conocemos la diferencia entre ambas mal podremos combatir esta última. Sorprende igualmente averiguar que en ese mismo período la magnitud del despilfarro promovido por los poderes públicos alcanzó unos 14.500 millones de euros. Y que, si la corrupción en nuestro país descendiera a un nivel acorde al esperable de acuerdo a nuestra capacidad económica, nuestro PIB se incrementaría en algo más de un 20% adicional en 15 años.
No todos los descubrimientos, con todo, son negativos, y por ello queremos concluir este brevísimo prólogo con un pequeño destello de esperanza. Mientras en el resto de la Unión Europea existe cierta corrupción en el sistema de salud —cinco de cada cien encuestados afirman haber tenido que pagar algún «extra» ilegal para acceder a algún tipo de prestación—, en España, en ese terreno, logramos un deslumbrante éxito: ningún conciudadano —un excepcional y admirable 0% en la encuesta correspondiente— ha tenido que pagar una mordida, un soborno o una propinita para que nuestro sistema público le atienda conforme a lo que señalan sus derechos legalmente establecidos. Si como sociedad hemos sido capaces de lograr esa pequeña gran hazaña para nuestro sistema sanitario, nada nos impide, ni a España ni a ningún otro país del mundo, por descontado, extender el logro al resto de las administraciones públicas y conseguir, poco a poco, reducir la enfermedad de la corrupción a su mínima expresión. Por eso el libro que tienen ustedes en sus manos es magnífico: porque nos enseña cómo empezar a lograrlo.
Introducción: ¿de qué hablamos cuando hablamos de corrupción?
Hablar de corrupción es como intentar atrapar una evanescente sombra amenazadora que, cuando creemos tenerla agarrada, siempre escapa por entre los intersticios de nuestras redes. El concepto de corrupción es de una enorme ambigüedad, y al mismo tiempo, muy expansivo. Máxime cuando usamos el adjetivo que se deriva del mismo. Corrupto/a es un calificativo que puede ser aplicado casi a cualquiera, incluso a personas de honestidad probada. Basta con ponerlo en relación con el concepto y llenar éste de todo tipo de difusos significados. A veces, la corrupción se conecta con la mentira, el abuso de poder o alguna falla de integridad. En otras ocasiones, sin embargo, se usa un término muy preciso y se considera tal sólo un abuso de poder que conlleva un beneficio o ganancia económica para el corrupto. Todo ello hace que el concepto sea muy poroso a la manipulación política. Desde esta perspectiva retórica corrupción es lo que hacen los otros partidos o, incluso, mis enemigos dentro del partido, jamás lo que hago yo.
Si pidiéramos a la ciudadanía que calificara un listado de actos como «corruptos o no corruptos» probablemente nos encontraríamos con algunos consensos (por ejemplo, frente a los sobornos), pero también con muchos disensos y contradicciones. Habría personas que considerarían corrupto incumplir una promesa electoral y otros que lo considerarían inmoral, pero no puramente corrupto; algunos considerarían el fraude fiscal de un ministro, antes de que fuera tal, como corrupto y otros probablemente lo consideraríamos simplemente como evasión fiscal. Y así sucesivamente. Por desgracia, cuando hacemos encuestas de percepción de corrupción sumamos todas las percepciones, sin saber qué tiene la gente en la cabeza cuando afirma que la corrupción está muy extendida; es decir, agregamos todas las respuestas que afirman que existe mucha corrupción conscientes de que lo que agregamos es una masa difusa de percepciones sobre fenómenos que pueden ser referencialmente diferentes.
Dicho esto, vamos a proponer un concepto que tal vez nos ayude a clarificar lo que «es» corrupción frente a fenómenos afines pero no equivalentes. La corrupción implica que: 1) alguien tiene una posición de poder en una organización, sea mucho o poco, con más o menos discrecionalidad, y que ese poder le ha sido concedido para que lo use en beneficio de la organización, de forma que ésta cumpla con sus fines, objetivos o misión. 2) Esta persona abusa de su poder, es decir, va más allá de lo que legal y moralmente tiene permitido en su organización (y más allá de lo que su organización tiene permitido legal o moralmente). 3) Además de ello, ese abuso tiene como fin su beneficio privado; no abusa de ese poder porque se extralimite en su celo y trate de conseguir para la organización beneficios o resultados extraordinarios, sino porque pone su interés privado por encima del de la organización y obtiene beneficios extraposicionales, beneficios que no son los que están pactados contractual o legalmente. 4) El beneficio privado puede ser directamente recogido o indirectamente allegado; es corrupto también robar para el partido político al que se pertenece, aunque no se hurte de la cantidad defraudada ni un céntimo para sí. El hecho de robar «honestamente» para otros se ha producido en alguna ocasión. Si sumamos todos estos componentes tenemos un concepto de corrupción que podríamos considerar «paradigmáticamente» validado.
Pero la cosa se complica si lo tratamos de usar para el sector privado sin adaptaciones. Imaginemos un vendedor de una empresa que paga un soborno a un responsable de compras de otra empresa para que compre sus productos. En principio, el abuso de poder es difícil que se dé, pues no tiene poder sobre el comprador; segundo, no incumple su obligación de vender lo máximo posible aunque los medios que usa no sean moralmente encomiables; además, el beneficio privado directo tampoco parece muy claro (podría hacerlo para alcanzar objetivos de ventas, pero le costaría demasiado), más bien lo hace por el bien de la organización. Si a ello añadimos que probablemente su jefe le autoriza a ello, ya no queda claro por qué deberíamos considerar corrupta su conducta. No abusa de su poder y cumple con su obligación de defender los intereses de su empresa. Otro caso que nos desbarata el concepto sería el siguiente: un empresario hace trabajar a sus empleados más horas de las contratadas, bajo la amenaza de despido, para beneficio propio. Hay abuso de poder para beneficio privado, pero es un caso de explotación laboral, no de corrupción realmente. Más aún, el propio concepto de beneficio privado es parte esencial de la actividad empresarial, y la clave del debate no es si existe o no tal beneficio, sino si ese beneficio es moralmente aceptable o no. De ahí que el concepto que hemos propuesto previamente sea útil para el sector público pero tenga serias debilidades para ser usado en el sector privado. La consecuencia de esta argumentación es que tenemos que reconocer que es prácticamente imposible generar una única definición de corrupción, y tal vez lo mejor sea tener definiciones diferentes en función de la variabilidad de situaciones y los tipos de corrupción, como nos recomiendan Andersson y Heywood.
En una reciente investigación, Jesús Palomo y yo mismo hemos desarrollado una definición de corrupción para el sector privado que se centra esencialmente en clarificar el bien a proteger, que entendemos que es la libre y justa competencia. Por ello, corrupción en el sector privado sería el uso de autoridad, o el abuso del poder que otorga una organización a cualquiera de sus miembros, para beneficio propio, directo o indirecto, individual o corporativo, cuando estas personas interactúan con otras personas de organizaciones públicas o privadas, y sus actos atentan contra la competencia leal y equitativa y, con ello, contra el bienestar de la comunidad. Con ella entendemos que recogemos no sólo la responsabilidad individual, sino también la corporativa y un abanico de acciones suficientemente amplio como para evitar impunidades inaceptables en este ámbito. Eso sí, dejamos fuera del concepto actuaciones no éticas hacia los empleados de la empresa o hacia los consumidores, que deberían caer en otros espacios conceptuales, tales como el fraude o la explotación laboral. En todo caso, este texto se centra en la corrupción en el ámbito público y de ello nos ocuparemos en las páginas que siguen.
Situados en el espacio de lo público, el debate más importante que desde el concepto antes generado surge es el de si debemos considerarcorruptas sólo las actividades que incumplen las normas o si abrimos el paso a considerar corruptas también ciertas actividades que, aun cumpliendo plenamente la ley, atentan contra principios éticos socialmente asumidos
