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Prevenir es mejor que curar y la educación alimentaria durante los primeros años de crianza es fundamental para el futuro crecimiento de los niños. Aurora Mastroleo y Pamela Pace utilizan testimonios y ejemplos reales de padres y madres para narrar una problemática cada vez más habitual en los adolescentes y finalmente, en los adultos: los trastornos alimenticios como la bulimia, obesidad o anorexia. Este libro parte del vínculo "alimento-amor-mensaje", la comida por tanto se vuelve el objeto de la infancia debido a la relación que el recién nacido tiene desde el inicio con el alimento y el amor durante la lactancia. El acto nutritivo se convierte también en la primera forma de comunicación entre la madre, el niño y el entorno familiar. ¿Come o no come? Ofrece una serie de herramientas de prevención e incide en que los padres deben prestar atención en las conductas alimentarias de sus hijos. El trauma causado por la dificultad de separarse de la madre durante la primera lactancia, la búsqueda de ser reconocido o amado, el rechazo ajeno o la insatisfacción con el cuerpo durante los años de primaria pueden causar síntomas preocupantes o trastornos alimentarios como la anorexia o la obesidad..
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Seitenzahl: 228
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Aurora Mastroleo, Pamela Pace
¿Come o no come?
Colección
Parenting
Otros títulos publicados en Gedisa:
El niño feliz
Dorothy Corkille-Briggs
Los patitos feos
La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida
Boris Cyrulnik
Bebés canguros
El recién nacido y su contacto con la madre
Nathalie Charpak
El adolescente cautivo
Adolescentes y adultos ante el reto de crecer en la sociedad actual
Rubén Gualtero Pérez y Asunción Soriano Sala
Hijos en libertad
A. S. Neill
Padres como los demás
Parejas gays y lesbianas con hijos
Anne Cadoret
La adolescencia: manual de supervivencia
Guía para padres e hijos
Rosina Crispo, E. Figueroa y Diana Guelar
Ser padres, ser hijos
Los desafíos de la adolescencia
Mario Izcovich
¿Come o no come?
Los desórdenes alimentarios
Aurora Mastroleo, Pamela Pace
Título original del italiano: Mangio o non mangio?
© 2015 Mondadori Electa S.p.A.
All Rights Reserved
© De la traducción: Belén Maside Oliete
Corrección: Rosa Rodríguez Herranz
Cubierta: Juan Pablo Venditti
Primera edición: junio de 2017, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. del Tibidabo, 12, 3.º
08022 Barcelona (España)
Tel. 93 253 09 04
http://www.gedisa.com
Preimpresión: Moelmo S.C.P.
www.moelmo.com
eISBN: 978-84-16919-37-6
La traducción de esta obra ha sido financiada por el SEPS Segretariato
Europeo per le Pubblicazioni Scientifiche
Via Val d’Aposa 7 - 40123 Bologna - Italia [email protected] - www.seps.it
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, de esta versión castellana de la obra.
Índice
El hambre y el amor
Del cordón umbilical al pecho (0-6 meses)
Tú no eres yo, yo no soy tú (6 meses-3 años)
La primera separación de verdad (3-5 años)
«Estoy creciendo». El alimento para el corazón, el alimento para el cuerpo (6-9 años)
«Ya no soy un niño». El cuerpo y la alimentación en la pubertad (10-14 años)
Conclusiones
Bibliografía
El hambre y el amor
«Todo ha ido bien hasta que he intentado quitar el pecho a mi hija Elena, que hoy tiene dos años y medio. Había aceptado los primeros alimentos sólidos, que comía con la cuchara. Seguía dándole el pecho, animada por el pediatra, que me decía que era una pena quitárselo, ya que aún tenía leche. Pero hoy estoy cansada y preocupada y no sé qué hacer: en cuanto mi hija me ve exige el pecho. Es una pesadilla, sobre todo de noche: se despierta varias veces y sólo me quiere a mí. Yo sé que no quiere pecho por hambre, pienso que solamente lo quiere para «mimarse». De hecho, se relaja y muchas veces se duerme con el pezón en la boca. He probado a darle el chupete, pero lo escupe, y rechaza también el biberón y la cuchara: o le doy yo de comer o gira la cara hacia otro lado. En concreto, este retroceso se ha producido desde que he intentado quitarle completamente el pecho. Pero estoy cansada; en el trabajo lucho para no quedarme dormida, estoy nerviosa, irascible: ¿es posible que con casi tres años mi hija quiera todavía tomar el pecho? A veces me desabrocha la camisa o me levanta el jersey para coger lo que quiere, y si me resisto empieza a gritar tan fuerte y a desesperarse tanto que, finalmente, cedo. En realidad no consigo quitarle el pecho, temo que pueda sufrir un trauma. ¡No quiero que mi hija me odie!».
Lucía
Así se expresa Lucía durante la primera consulta, a la espera de respuestas útiles para resolver un doble problema: destetar a Elena y hacerla autónoma de ella. Este testimonio es paradigmático de muchas historias que mamás y papás cuentan, lamentando su fatiga y preocupación, e imaginando esperanzados que el especialista pueda encontrar una solución «mágica» que resuelva el problema de su niño. Pero no es así, sobre todo si los padres no están concienciados de que el destete y la separación nunca son vividos solamente por el niño, es decir, que no suponen una fatiga dolorosa que implica únicamente al pequeño. Al contrario, separación y destete suponen un recorrido binario: mamá e hijo encuentran por primera vez la frustración de tener que renunciar a la unión originaria de la lactancia alarga a través del contacto de los dos cuerpos, y a esa intensa e íntima comunicación no verbal y afectiva que hace única y especial la lactancia. ¡La dimensión afectiva y alimentaria están interconectadas hasta tal punto que en los primeros meses de vida no se entiende a quién pertenece más el pecho, si al bebé o a la mamá!
Sin embargo, también los padres, hoy en día más implicados desde el embarazo y dispuestos a cuidar del hijo, desempeñan un papel precioso y útil en el cumplimiento del necesario camino de separación de la pareja madre-niño. El deseo, como hombre y como padre, funciona como límite del idilio materno y distracción para el niño hacia otro objeto de amor, distinto de la madre. Entonces, ¿por qué es tan difícil el destete?
A partir del encuentro que, desde el nacimiento, el recién nacido tiene con el alimento y el amor en la experiencia de la lactancia, la comida se vuelve el objeto de la infancia. El comportamiento alimentario en el niño se transforma muy pronto en vehículo no sólo de «sustancias proteicas», sino también de mensajes que se dirigen a sus objetos de amor, los cuales deben ser reconocidos, acogidos e interpretados. En efecto, no se agota el acto alimenticio únicamente en la satisfacción de una necesidad primaria, el hambre, sino que desde el principio se entrelaza con la exigencia del niño de una respuesta a su demanda de amor: «¿qué sitio tengo en tu deseo?, ¿me echas de menos?, ¿puedes perderme?».
El carácter ético de tales mensajes muestra cómo el acto nutritivo se convierte tempranamente en una primera forma de comunicación ligada a la dimensión afectiva entre el niño y la mamá y, sucesivamente, hacia su entorno familiar. La conexión «comida-cariño-mensaje» hace por tanto del acto alimentario una metáfora del amor, es decir, del cambio afectivo entre el niño y sus objetos de amor. Eso explica la posibilidad de que en algunos momentos del desarrollo como el destete las labores vinculadas a las tareas evolutivas, los miedos y el malestar también puedan expresarse por su comportamiento alimentario que, en consecuencia, puede volverse el lugar en el que las dinámicas afectivas y relacionales, al encontrarse, puedan cortocircuitar fácilmente y desencadenar dinámicas patológicas.
Pasar a los alimentos sólidos o dormir en la propia camita, en una habitación diferente de la de mamá, representan grandes conquistas, necesarias para el crecimiento. Y a pesar de eso, en el pequeño pueden provocar frustración, rabia y miedo. Pero no es posible un crecimiento sin frustraciones: son precisamente tales experiencias las que refuerzan al sujeto y coadyuvan a su desarrollo, mucho más que las continuas gratificaciones, paradójicamente.
A este propósito, pensamos que la gran dificultad que los «nuevos padres» encuentran radica en su profunda convicción de ser, sobre todo, dispensadores de felicidad y serenidad para sus propios hijos, y de querer evitar en lo posible la responsabilidad de provocar penas y frustraciones. Es por esa razón que para muchas mamás y papás resulta pesado y dificultoso acercar a sus hijos a la experiencia de la renuncia, de los límites, de las prohibiciones.
También Lucía, en la carta presentada al principio, expresa el temor de que destetar a su hija de casi tres años pueda representar para ésta un trauma insuperable y, por consiguiente, tiene miedo de dejar de resultarle amable a la hija, como sin embargo es su deseo. Y aquí está el obstáculo, es decir, la dificultad que esta mamá y muchas otras presentan en el curso de los primeros encuentros de valoración psicológica, y que no concierne en realidad a un problema alimentario, sino al registro del amor, de la relación afectiva, tan estrechamente entrelazada desde el nacimiento con el ámbito de la nutrición.
Elena es una niña sana, física y psicológicamente, sólo que no quiere aceptar la renuncia al cariño que supone mamar del pecho. Es un ejemplo que nos hace entender cómo las dificultades alimenticias se pueden presentar dentro de un desarrollo normal del niño o estructuradas en cuadros patológicos.
Este libro, por lo tanto, quiere sensibilizar sobre la importancia de la prevención, es decir, de la intervención precoz, ya en la infancia, como un recurso útil para evitar el desarrollo de patologías alimenticias, tales como anorexias de destete, hiperfagia u obesidad. Hemos propuesto clasificar los trastornos alimentarios en la edad evolutiva diferenciando dos ámbitos: los malestares alimentarios y los trastornos alimentarios.
Los malestares alimentarios (rarezas alimenticias, inapetencias, selectividad) se refieren a cuadros transitorios de malestar del niño o a la relación del niño con el entorno familiar en el cual el pequeño prueba a mandar mensajes referidos a su sufrimiento interior por la comida y el acto alimenticio. Además de la transitoriedad, los malestares alimentarios no comportan generalmente consecuencias en el plano del crecimiento y no implican un problema específico en otras áreas del desarrollo (sueño, juego, etc.). Son una forma de malestar que hace posible el diálogo: es un mensaje que se manda y se deposita en las manos del adulto de referencia del niño y que está pidiendo un diálogo, una traducción, una interpretación. El mensaje, por tanto, puede ser traducido, siempre que haya un interlocutor dispuesto o capaz de hacerlo.
Los trastornos alimentarios (anorexia, bulimia, obesidad) se refieren a cuadros más patológicos, dentro de los cuales la oposición, el rechazo o el atiborre de la comida están presentes por más tiempo y el comportamiento del niño parece más determinado. Estos trastornos evidencian un mayor compromiso de la relación del niño con los padres y con el entorno escolar. A menudo, además de la esfera alimenticia, están presentes también señales de malestar en otras áreas (molestias del sueño, de la conducta, de la interacción con los compañeros y con los adultos) y posibles compromisos respecto a la salud del niño y a la curva de crecimiento.
Sin embargo, está bien precisar que los trastornos alimentarios evidencian el hecho de que en las rarezas alimenticias —al igual que en la gran parte de los fenómenos de trastorno de los comportamientos infantiles (trastornos del sueño, de la socialización, del aprendizaje, déficit de la atención e hiperactividad, hasta los cuadros serios de anorexia y obesidad)— se esconde un mensaje enviado por el niño a sus padres. Se trata de un mensaje cifrado, que representa una protesta y, a veces, también una duda sobre el amor y el sitio que el propio niño ocupa dentro de la familia.
Comer/ayunar adquiere en el niño el sentido más general de aceptar/rechazar algo del otro que pasa por la comida. Generalizando, el modo en que el niño ya desde muy pequeño indaga sobre el deseo que los padres sienten hacia él, expresando al mismo tiempo un malestar suyo (miedo, dificultad, soledad, etcétera), es justo a través de comportamientos inestables o patológicos.
Deseamos precisar que cuando hablamos de una duda sobre el amor no queremos referirnos a niños no queridos o que dudan de serlo. Queremos reflexionar, en cambio, sobre dos aspectos que conciernen al amor: el amor en el sentido de querer, del impulso para dar nuestro cariño, y el amor entendido como el «deseo» de la otra persona. El deseo implica que echemos de menos a aquella persona que deseamos, es decir, sentimos la necesidad de su presencia y su amor por nosotros. Estas dos partes del amor atañen tanto al dar como a la experiencia de la falta del otro y de su deseo. La necesidad de sentirse deseado invoca, por tanto, el deseo del otro: yo puedo querer a mi hijo y, sin embargo, en mi deseo pueden estar primero otras cosas, por ejemplo: mi carrera, mis exigencias u otras personas. Y un niño, también desde muy pequeño, se plantea tal cuestión: «siento que estoy rodeado de cariño, pero ¿qué sitio ocupo en el deseo de mi papá?, ¿estoy antes o después de su trabajo o su moto?, ¿puede olvidarme?, ¿me añora?». La devoción, el amor parental, implican la capacidad de reconocer al hijo como un sujeto único y particular, y no como una propiedad; un sujeto que puedes echar de menos y que se alimenta de tu presencia. En efecto, no existe un objeto particular que satisfaga la pregunta del amor; es decir, no se encuentra en el supermercado, porque la demanda de amor siempre está insatisfecha y no se agota con un objeto, no es una demanda de esto o aquello, sino que es una demanda del otro, de su presencia.
Un ejemplo: podemos ver representada esta modalidad de la demanda afectiva cuando los niños, antes de dormir, solicitan continuamente nuestra presencia; en primer lugar que se les lea un cuento, luego ponerse debajo de las sábanas, luego un beso, etc. La demanda de amor se satisface respecto al sentido de aquel gesto, ya sea en la oferta del seno, vale decir, de la calidad de la oferta del seno, de la mano que acaricia o de la presencia del padre que cuenta un cuento. Una madre preocupada por los llantos de su propio hijo puede verse inducida a ofrecerle algo material para hacerlo callar, arriesgándose así a producir una confusión. Lograr interpretar correctamente el llanto y las exigencias del hijo es una de las funciones más importantes de la madre. Cada madre tiene en sí esa capacidad de contención simbólica: interpretar y traducir para poder contestar adecuadamente; sin embargo, esta capacidad puede encontrarse con algunas dificultades.
Las historias de las chicas anoréxicas enseñan a menudo que ha habido, desde la infancia, una confusión entre la necesidad (el hambre) y el deseo, entre la comida y el cariño, una tendencia a contestar a la pregunta de amor con la oferta de comida u objetos. Hay que decir en todo caso que es normal que se produzca un período de inapetencia durante el destete: en el lactante existe un tipo de anorexia fisiológica que en el pequeño señala el inicio de una primera conciencia de que la unidad, es decir, la fusión experimentada con la mamá, es en realidad una pareja; entonces, él y mamá no son la misma cosa. A esta primera conciencia el pequeño contesta, ya sea protestando o con el temor de poder perder el objeto de amor. ¿Y cómo puede expresarlo siendo todavía infante, es decir, sin palabra? Con el llanto y la pretensión de una continua unión.
Vemos pues cómo el acto alimenticio introduce al pequeño en la experiencia de un mundo que tiene cierto funcionamiento, donde las cosas tienen que estar de cierto modo, donde las personas pueden estar allí y en otro lugar, donde hay días y noches, horarios y momentos diferentes en los que jugar, comer, bañarse, etcétera. Todo esto no es fácil de aceptar enseguida... requiere tiempo y, sobre todo, necesita de otro, de la mamá, dispuesta a coadyuvar en la superación de estas primeras frustrantes conciencias.
La estrecha alianza entre comida-cariño-relación-comunicación explica con claridad el valor intrínseco del mensaje cuando se produce un trastorno alimentario. La docilidad del bebé, del niño pequeño, no debe hacernos pensar que no sea capaz, ya en edad temprana, de protestar, rechazar, oponerse: posee un arma que en realidad no sabe que tiene semejante sobre el otro. Abrir o cerrar la boca, aceptar o rechazar lo que viene del otro, sea el pecho o la papilla, supone el poder de poner en jaque al otro, ya sea la mamá o el papá. La comida es pues un objeto privilegiado que puede ser fácilmente usado para quedar ligado al otro o para tratar de apartarse de la mano dura del otro.
Por lo tanto, creemos que hacer prevención consiste en ayudar a los padres y a los educadores a captar este mensaje y a buscar el modo más adecuado de superar las dificultades que el crecimiento comporta, y que también pueden manifestarse dentro de la relación del niño con la alimentación.
Del cordón umbilical al pecho (0-6 meses)
Los precursores de la lactancia: cordón umbilical y posición materna
Durante el embarazo, el cuerpo y la subjetividad de la mujer están sometidos a un trabajo físico y mental profundo y muy constructivo. La metáfora de la construcción es muy evocadora de lo que ocurre, sea en el cuerpo o en las vidas femeninas: el cuerpo está empeñado en construir un contenedor bueno, sólido y nutritivo para el feto, y la mente está inmersa en la necesidad de tolerar los inesperados cambios fisiológicos y, al mismo tiempo, en hacer un espacio en los propios pensamientos al niño que será. Si en los primeros tres meses está sobre todo en juego la necesaria tolerancia de las molestias o los malestares, además de la necesidad de encontrar un contacto diferente con las percepciones del propio cuerpo y por tanto cuidar de él, en los meses centrales del embarazo se desencadena un trabajo mental generalmente más libre de las cuestiones físicas y principalmente vinculado al mundo de la imaginación. Generalmente, en el curso del cuarto mes, también gracias a la experiencia de la ecografía y la percepción de los primeros movimientos del feto, el trabajo mental queda más libre de los aspectos estrechamente fisiológicos. Eso favorece la elaboración de escenarios imaginarios respecto al niño futuro que, en la mujer, inauguran un conjunto de emociones oscilantes entre dos extremos opuestos: un estado de satisfecha serenidad y un estado de aprensión. Es una fase en la que a menudo florecen los sueños, cuyo recuerdo ofrece una primera representación de esperas y miedos propios de ese momento. Aparecen contenidos extravagantes y al mismo tiempo evocadores en los sueños, como exageradas fermentaciones de pizzas, muñecas que se transforman en niños, volcanes en erupción... En el fondo, mientras en el cuerpo se prepara la cuna física en la que el embrión se vuelve feto, en su mente la mujer prepara una serie de imágenes que permiten al niño empezar a existir a través de ella, mucho antes de que él nazca. Éste es el «niño imaginario»,1 es decir, aquella preciosa presencia que la mamá espera y que, en la espera, empieza a desear.
Obviamente, esta representación encuentra sus orígenes en el deseo particular, no siempre del todo consciente, que ha llevado a una mujer a la concepción del niño, y proviene de la historia que la propia madre ha tenido en su momento como hija. Sin embargo, la representación íntima del «niño imaginario» se teje y también se colorea a partir de la particular acogida que tal deseo ha tenido acerca de la propia pareja, así como de la calidad de la respuesta del futuro padre ante el anuncio del embarazo. La pareja parental se origina a partir de lo que se juega en la unión entre los dos compañeros, donde el destino de la crianza de los hijos está íntimamente ligada al deseo de un hombre y de una mujer para compartir el proyecto de familia y el crecimiento de un hijo.
En la cotidianidad de la vida de las mujeres, durante el embarazo la palabra más esperada y, por lo tanto, más significativa a propósito de su propio futuro como madre es la del ginecólogo. Y hoy, además de la palabra del médico también incide la imagen que la ecografía ofrece. Efectivamente, el empleo de las máquinas para monitorizar las fases del embarazo representa una ocasión extraordinaria y nueva para ver literalmente dentro de sí y, por lo tanto, poder encontrar tempranamente algo real del niño que se espera. Por esta razón, la visita ginecológica y el examen ecográfico van acompañados por una espera que se rodea de alegría y curiosidad, pero también de miedo.
El latido cardíaco y la referencia ecográfica representan un primer encuentro con la realidad que está creciendo en el interior del cuerpo. Sin embargo, imagen y control, para poder ser significativos, tienen que estar acompañados por una descripción y explicación del médico que certifica el curso del embarazo: la suya es un tipo de «palabra-espejo», ya sea porque ofrece un juicio especializado y un pronóstico respecto al curso del embarazo o porque las mujeres le atribuyen un valor simbólico a tal juicio y, por tanto, tales palabras pueden hacerles sentir más o menos adecuadas como madres. Aunque la opinión médica prescinda de consideraciones subjetivas, precisamente porque deriva de la comparación entre el caso específico y los indicadores estándares, siempre adquiere para la futura mamá un valor primario tal que le atribuirá al ginecólogo una posición importante y preciosa como interlocutor con su propio deseo de ser madre.
Son justo las descripciones de los ecografistas y las explicaciones de los ginecólogos las que marcan por primera vez y de forma original el modo en que la mujer vive la misma maternidad. A partir de ellas, en la práctica, comienza a tejerse de forma precoz el sentido particular de ese embarazo. La mujer encuentra en estas palabras un espejo en el que observar la imagen refleja de su propio ser en un «contenedor de vida». ¿Qué significa esto? La fecundidad y funcionalidad de los delicados órganos reproductivos femeninos es frecuentemente objeto de ansiedades y miedos íntimos que acompañan la vida de las mujeres.
El ciclo del reloj biológico puede contribuir a infundir incertidumbres, ya sea con respecto al modo particular que cada mujer tiene de vivir la misma sexualidad, como por el conflicto que ocasiona el acceso a la maternidad o por devolver el acceso a la maternidad de forma más o menos conflictiva Las palabras del médico durante las visitas ginecológicas son potenciales nutritivos para la madre, pues le ofrecen una primera confirmación. Son justo esos acontecimientos los que funcionarán como precursores del cordón umbilical, es decir, los que promoverán una primera legitimación de la futura capacidad de esa mujer de ofrecer nutrimento a la vida del propio niño.
El nacimiento, el corte y el encuentro con el niño
La relación entre la mamá y el propio niño en el ámbito psicológico se define como «relación primaria» porque juega un papel fundamental en la constitución de la «subjetividad» del recién nacido. Pero ¿de qué depende la calidad de la relación primaria? De múltiples factores que, como los ingredientes de una tarta, se suman y se amalgaman, contribuyendo a realizar una unión madre-hijo única e irrepetible. El sentido común indica esta particularidad de la unión primaria en el dicho: «Madre sólo hay una». Ahora bien, también cada hijo criado por la misma madre es único e irrepetible. La riqueza y la unicidad de esta relación tan importante, y también tan difícil de definir, encuentran su origen justo en la evolución de los acontecimientos interiores de las mujeres durante el embarazo y el parto.
En efecto, el proceso de crecimiento físico y mental del pequeño en los meses centrales del embarazo encuentra luego en las últimas semanas de este proceso una vuelta rápida y lleva consigo nuevos sentidos para mamá y papá. Resumiendo, podríamos decir que a la fase constructiva de los primeros meses corresponde, en la madre, una función de contención; en esta fase, el funcionamiento de la madre ejerce una «fuerza centrípeta» que induce a condensar en el propio interior energías físicas y psíquicas, poniéndolas al servicio del crecimiento del niño.
La madre, metafóricamente, contiene al propio niño como un «envoltorio» y lo protege. En los últimos meses, se inaugura un nuevo proceso ligado a la necesaria abertura, sea mental o fisiológica, que predispone a la mujer a la bajada del niño con el fin de promover y coadyuvar el parto. La fuerza se transforma de centrípeta, hacia el interior del cuerpo, en centrífuga, hacia el exterior del cuerpo. A este paso corresponde un cambio también íntimo, es decir, interior a la vivencia de la futura madre, vinculado al sentido y al objetivo preciso del acontecimiento gravídico: el nacimiento.
En el fondo, para crear se necesita estar dispuestos a perder algo, así como para poder crear la vida se necesita estar dispuestos a dejar ir y a aceptar que «el dulce inquilino» abandone la «casa-útero», y a asumir la responsabilidad del dolor que acompaña la alegría del nacimiento de un hijo. No sólo. Los actuales protocolos obstétricos indican cómo en la experiencia del parto la mujer tiende a perder el control total de lo que le ocurre y tiene que dejarse llevar por los mensajes que le manda el cuerpo o por sus propias sensaciones, en un delicado y pesado «retener y conceder».
Por estos y otros aspectos, el nacimiento es un momento extraordinario, único, en cuanto no comparable a otros acontecimientos de la vida porque implica ante todo la necesidad del empeño de la mujer para encontrar la fuerza de perder una vida — intrauterina— y dejar ir de este modo al propio niño, para inaugurar otra, diferente de la anterior, acogiendo al hijo en el encuentro con la vida, fuera del propio cuerpo.
Generalmente, al comenzar el trabajo del parto son de nuevo decisivas y fundamentales las palabras del personal médico, de las matronas y de los ginecólogos, y luego, después del nacimiento, las de las puericultoras, los neonatólogos y los pediatras. Todos estos actores, aunque con diferente título, acompañan a la mujer en su propio futuro como madre. La sintonía en estas primeras relaciones es importante, útil para darle seguridad, y por esto atenúa la angustia que surge de la responsabilidad que cada madre tiene sobre la vida y la supervivencia del propio recién nacido. Al igual que el ginecólogo durante el embarazo, pensamos que durante el nacimiento y en el período siguiente el personal sanitario, y en particular el pediatra, funciona en conjunto como un «gran espejo benévolo» en cuyo reflejo una mujer descubre y refuerza su modo de ser madre, reconociendo y también tolerando la fragilidad humana y la imperfección de su propio funcionamiento. Si eso ocurre con sintonía y respeto recíproco, entonces la relación con el personal sanitario sustenta y nutre en cada madre el empujón al sacrificio y a la devoción, aspectos necesarios y preciosos para el niño.
Ya en la experiencia del parto se puede contemplar el valor de las palabras de un importante pediatra y psicoanalista, Donald Winnicott, quien atribuye a la función materna «la capacidad del regalo»: regalo de amor, regalo de devoción.
¿Qué representa un regalo? La oferta al otro de algo sin que eso necesariamente comporte ninguna ventaja o recompensa. Generalmente, el regalo tiene una naturaleza completamente espontánea, se origina en el corazón: por esta razón, el objeto ofrecido en regalo, para ser reconocido como tal, no tiene que ser un descarte sino algo agradable, considerado precioso al menos para quien lo ofrece.
Y ¿qué hay más precioso que ofrecer la experiencia de sentirnos «faltantes», o bien sentir que nos falta alguien que queremos? Así que donar también significa dar al otro lo que no se tiene.2 ¿Qué no tiene la mujer que está a punto de dar a luz? Le falta la posibilidad de retener dentro de sí al pequeño, luego ha de estar dispuesta a una renuncia, a una pérdida, y a vivir la experiencia de «no tener más». Por tanto, de una falta. Es justamente la confianza en la fuerza propulsiva del propio deseo de dar la vida la que acompaña y sostiene a la mujer a la hora de dejar marchar aquello tan precioso que ha contenido, nutrido y protegido dentro de sí durante muchos meses.
