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Un viaje al centro del cerebro a través de las neurociencias, para aprender a hacer de nuestra mente una aliada en todas las circunstancias de la vida. Frente a la realidad múltiple y compleja, estamos sujetos a la aproximación, la ilusión y el error. Estos mecanismos cerebrales nos permiten construir una visión coherente del mundo pese a lo parcial de nuestra percepción, lo limitado de nuestra atención y la escasa fiabilidad de nuestra memoria. Pero a menudo también nos hacen perder lucidez, nos encierran en nuestros prejuicios y nos alejan de los demás. Albert Moukheiber ofrece un viaje al centro del cerebro, órgano tan misterioso como extraordinario, y nos acerca a los últimos descubrimientos de las neurociencias para hacer de nuestra mente una aliada en todas las circunstancias de la vida.
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Albert Moukheiber
Cómo te engaña tu mente
Ilusiones, sesgos y errores cognitivos
Traducción de Miguel Paredes Larrucea
Advertencia
Parte I. ¿Cómo percibimos el mundo?
1. ¿Vemos realmente el mundo con los ojos?
El cerebro humano frente a la ambigüedad del mundo
Lo que nos enseñan los trucos de magia
Rellenar el vacío
2. ¿Cómo hace el cerebro para contarnos historias?
Cuando los ciegos piensan que ven
El cerebro, autor-compositor e intérprete
La reescritura del pasado
No siempre recordamos las elecciones que hemos hecho, pero las justificamos
3. ¿Por qué nos movemos tan a menudo en la aproximación?
La inferencia, o el arte de encontrar un taxi en Nochevieja
El apretón de manos
Cuando el pensamiento intuitivo nos induce a error
Intuición vs. reflexión: ¿pensamos solo de dos maneras?
Las virtudes de la intuición
Parte II. Mi cerebro, los otros cerebros y el mundo
4. El estrés, nuestro mejor enemigo
Estrés y ansiedad, ¿la misma cosa?
5. La ilusión de nuestras certezas
Pensar como un detective o como un abogado
«Burbujas endogámicas» e información falsa
Un sesgo puede encubrir otro
6. La disonancia cognitiva
Manipular a otros mediante la disonancia cognitiva
Utilizar los mecanismos de disonancia con fines positivos
Cuando nos ciega un exceso de coherencia
7. Lo que está bajo mi control y lo que no
Locus de control y sentimiento de responsabilidad
La indefensión aprendida
La ilusión de control
8. La ilusión de conocimiento
Consecuencias sociales y políticas de la ilusión de conocimiento
Cuando las ideas falsas parecen verdaderas
Trampas de la simplificación y «patrañas pseudoprofundas»
9. La importancia del contexto
La elección por defecto
Los nudges: cuando nos soplan al oído la decisión correcta
La influencia del contexto social
La conformidad social
Efectos de grupo e (in)acción
Las cadenas de solidaridad
10. La caja de herramientas para una mayor flexibilidad mental
Más allá de los pensamientos automáticos
Ponderar la amplitud de nuestros conocimientos
Utilizar estas herramientas con las noticias falsas
Cuando Google y Facebook luchan contra las noticias falsas
Conclusión. Recuperar una base común de realidad
Agradecimientos
Glosario
Créditos
Nuestra percepción es parcial, nuestra atención, limitada, nuestra memoria, infiel. Y, sin embargo, todos tenemos una «visión del mundo» coherente. Eso es algo que tenemos que agradecer al cerebro y a sus «trucos», es decir, a los mecanismos que nos permiten comprender el mundo, múltiple y complejo, y compartirlo con los demás.
El cerebro, sede del conocimiento, funciona por aproximaciones. De ahí que nuestro conocimiento de las cosas y del mundo sea siempre relativo. El cerebro crea modelos mentales para absolutamente todo: nuestras relaciones de amistad y amorosas, nuestra concepción del trabajo, nuestras opiniones políticas… El cerebro, a menudo sin nosotros saberlo, nos cuenta historias que nos ayudan a navegar mejor por el mundo. Puede reconstruir con todo detalle recuerdos de la infancia, prepararnos para un peligro potencial y poder así salvar el pellejo en caso de que el peligro se materializara, hacernos comprender que ese montón de cera que tenemos ahí delante es una vela derretida... Pero también puede engañarnos con una ilusión óptica o con un truco de magia, hacernos caer en la trampa de las noticias falsas, las fake news, o en la de la ilusión de conocimiento. Durante este viaje al centro del cerebro estudiaremos los mecanismos y modos de funcionamiento de este órgano tan misterioso como extraordinario, para descubrir cuándo, por qué y cómo nos hace un truco o se lo hace a sí mismo.
Las ciencias cognitivas son un campo bastante reciente y en plena expansión. Es por tanto inevitable cierto grado de aproximación y de error, sobre todo tratándose de un órgano tan complejo como el cerebro humano. A lo largo del libro procederemos con arreglo a un principio que heredamos de Isaac Asimov: la relatividad de lo falso. Contrariamente a una idea muy generalizada, lo verdadero y lo falso rara vez son absolutos, son más bien relativos. Así, los modelos teóricos que presentamos aquí son los más fiables en el momento actual, para que puedas conocer mejor tu cerebro y puedas comprenderte mejor a ti mismo.
Como todos los grandes viajeros, he visto más de lo que recuerdo, y recuerdo más de lo que he visto.
Benjamin Disraeli, hombre de Estado británico
Tendemos a pensar que vemos el mundo con los ojos y que lo oímos con los oídos, y es normal: la percepción pasa primero por los sentidos. Y, sin embargo, es sobre todo con el cerebro como captamos el mundo.
Obviamente, los cinco sentidos y el cerebro funcionan de consuno para que el ser humano pueda percibir el mundo. Pero los ojos, los oídos, la nariz, la lengua y la piel son en realidad receptores que transforman las señales que nos envía el mundo exterior (ópticas, sonoras, olfativas…) en señales eléctricas. Son estos miles de señales eléctricas lo que procesa y filtra el cerebro y lo que va a permitirnos reconstruir mentalmente el mundo.
Analicemos una experiencia que todos conocemos: la ilusión óptica. La expresión es engañosa, porque sugiere que son los ojos los que nos engañan. Pero en realidad es a menudo el cerebro la víctima de la ilusión.
Miremos esta imagen:
A bote pronto, ¿nos parece que la silueta negra está de cara o de espaldas? ¿Estamos situados por encima o por debajo de ella? Dudamos.
Miremos ahora la imagen (a) en la página siguiente: el personaje aparece claramente de cara, acodado en la barandilla y situado por encima de nosotros. Con esta imagen en la cabeza, miremos de nuevo la primera versión de la imagen. La interpretación que hacemos ahora de ella es un calco de la situación ofrecida por la imagen (a), y la silueta negra nos parecerá que está de cara, en contrapicado.
Pasemos ahora a la imagen (b), en esa misma página. Contemplémosla durante unos segundos, igual que hicimos con la imagen (a), y volvamos de nuevo a la imagen inicial.
La silueta negra de la imagen inicial se encuentra ahora de espaldas a nosotros, y la observamos desde arriba.
He aquí las tres, colocadas una tras otra:
Mirando durante algunos segundos la versión de arriba o la versión de abajo podemos modificar a placer nuestra percepción de la imagen central.
Finalmente, concentrémonos solo en la versión inicial: conociendo ya las dos variantes que esta contiene en germen es fácil cambiar mentalmente de perspectiva y ver al personaje de frente, luego de espaldas, desde arriba, luego desde abajo, sin tener que mirar de nuevo las versiones (a) y (b) de la imagen.
Entremos ahora en los detalles de esta ilusión para entender bien cómo esta imagen afecta al cerebro humano. Las imágenes (a) y (b) son las versiones estables de la imagen inicial. Solo hay una manera de interpretarlas. La imagen inicial, en cambio, es ambigua porque contiene varias formas de verla, dos en este caso. La imagen central es por tanto una imagen biestable.
Frente a ella, el cerebro no dispone de información suficiente para resolver la ambigüedad e interpretarla de una única manera. Si, por el contrario, se queda uno mirando durante unos segundos una u otra de las versiones estables de la imagen inicial, es decir, la imagen (a) o la imagen (b), el cerebro creará un a priori visual y, al mirar de nuevo la imagen biestable, el observador reducirá su ambigüedad y verá en la silueta negra una persona de frente —a priori (a)— o una persona de espaldas —a priori (b)—.
El cerebro necesita interpretar las señales que le envía el mundo a fin de crearse una representación coherente y estable de él. Es lo que se llama «reducción de la ambigüedad»: cuando se le niega la estabilidad presentándole imágenes ambiguas (biestables o multiestables), el cerebro elige una de entre las distintas opciones que contiene la realidad.
Imaginemos ahora que, en compañía de un amigo, miramos la primera imagen, es decir, la imagen biestable. Ninguno de los dos hemos visto antes las versiones estables de la imagen. Cada cual reduce la ambigüedad a su manera: la silueta nos parece a nosotros que está de espaldas, mientras que nuestro amigo la ve de frente. En realidad, ambos estamos mirando la misma imagen, pero vemos dos cosas diferentes. Si discutimos el asunto entre nosotros, no vamos a entendernos, porque nuestra percepción no es la misma y, sin embargo, ambos estamos profundamente persuadidos de ver la imagen tal como es. Incluso somos incapaces de ver lo que el otro ve.
En 2015 dio mucho que hablar en las redes sociales una ilusión biestable que planteó de manera brillante la cuestión de si realmente compartimos el mismo mundo. Una usuaria de Tumblr llamada «Swiked» publicó una foto de un vestido con encajes, seguida del siguiente comentario: «Gente, por favor, ayudadme, ¿este vestido es blanco y dorado, o azul y negro? Mis amigos y yo no nos ponemos de acuerdo y estamos alucinando». A raíz de esto, la imagen se hizo viral en Internet, y el mundo entero, dividido, debatió durante varios días sobre el color del vestido. Si participaste en su momento en el debate, es posible que pensaras que la mitad del mundo que no veía el vestido del mismo color que tú estaba en un error. Pero ahora comprenderás que ni unos ni otros tenían razón ni dejaban de tenerla, sino que simplemente había dos formas en que el cerebro humano podía reducir la ambigüedad.
Lo que nos enseñan estos dos ejemplos de ilusiones biestables es que el ser humano tiende a confiar ciegamente en su percepción, hasta el punto de creer que es compartida por todo el mundo.
Cuando el cerebro filtra, procesa e interpreta los estímulos que le envía el mundo, construye una visión global de este último, haciendo constantemente, sin apercibirse de ello, suposiciones sobre su manera de funcionar. Efectúa continuamente reducciones de la ambigüedad —y no solo en el caso de las ilusiones biestables— para presentarnos una realidad estable y coherente.
En el campo visual existe un «punto ciego» que corresponde al lugar por donde el nervio óptico sale de la retina hacia el cerebro. A diferencia del resto de la retina, este punto no contiene receptores de luz. Podría pensarse que tenemos un «agujero» en nuestro campo visual, allí donde la retina no recibe la luz. Pero normalmente el campo visual está completo porque tenemos dos ojos. Sin embargo, si fuéramos tuertos, o si simplemente cerrásemos un ojo, la cosa sería muy diferente.
Así que cerremos el ojo izquierdo y miremos con el derecho la cruz de la figura de abajo, manteniendo la cara en el centro de la página. Acerquemos poco a poco la página a la cara.
De golpe —cuando la página esté más o menos a 25cm del ojo— el punto negro a la derecha de la cruz desaparece. Ello se debe a que en ese momento el punto negro se halla situado exactamente en el punto ciego de la retina, y el cerebro estima que toda la página está en blanco. Da por consiguiente una interpretación falsa de la realidad.
Hagamos ahora el mismo experimento con esta otra imagen:
En el momento en que el punto negro cae justamente en el punto ciego de la retina, la barra gris nos parecerá continua. El cerebro ve gris delante y detrás del punto y rellena el vacío con lo mismo.
Los trucos de magia nos fascinan. Son universales porque juegan con los mecanismos del cerebro y en particular con el que acabamos de explicar: la reducción de la ambigüedad.
Así ocurre, por ejemplo, con el truco de la moneda. El mago sostiene una moneda entre el pulgar y el índice de la mano derecha y la coloca lentamente en la palma izquierda antes de cerrar el puño, que luego dirige hacia nosotros pidiéndonos que soplemos. Después abre la mano con gesto teatral: ¡la moneda ha desaparecido, como por arte de magia! Y eso no es todo: además se las ingenia para hacer reaparecer la moneda detrás de nuestra oreja, o en nuestro bolsillo.
De hecho, nunca llegó a depositar la moneda en su mano izquierda. El mago realizó lo que se llama un «palmeo»: hace como si depositara la moneda en la palma izquierda, cuando en realidad la guarda en la palma derecha. Todo ello muy despacio, porque no son los ojos a los que el mago trata de engañar, sino al cerebro y a la interpretación lógica que este hará del desplazamiento de los objetos. El ser humano se fía de su percepción del mundo: piensa haber visto pasar la moneda de una mano a la otra, por lo que no entenderá cómo puede acabar detrás de su oreja. Hay por tanto una ruptura de la coherencia: acaba de producirse algo irreal, y es a eso a lo que llama «magia».
Desde que despertamos, nuestro cerebro hace suposiciones sobre la realidad, interpretándola, llenando los vacíos. Lo hace desde nuestra más temprana edad y sin que lo sepamos. La mesa en la que comemos, cualquiera que sea el ángulo desde el que la miremos y sea cual sea la luz de la habitación, sigue siendo la misma mesa. Análogamente, si colocamos un objeto en un lugar concreto, sabemos que no se moverá de ahí. Es el principio de la permanencia de los objetos. Gracias a este trabajo constante de interpretación y recomposición de la realidad, necesariamente parcial, la realidad parece tan real y los objetos parecen cosas fijas e inmutables. Por eso nos engaña el truco de la moneda.
Algunos prestidigitadores, interesados en conocer los mecanismos psicológicos a través de los cuales sus trucos de magia logran engañar a la gente, han colaborado con los neurocientíficos. El mago Teller, uno de los más grandes de nuestro tiempo, contribuyó por ejemplo a la redacción de un artículo en la revista Nature1 en el que se exponen los vínculos que existen entre la magia y la conciencia del mundo en el ser humano. Teller parte de un famoso truco de magia, el de los vasos y las bolas: frente al espectador hay tres vasos y unas bolas que el mago hace «desaparecer» o hace pasar «como por arte de magia» de un vaso a otro.
Teller cuenta que un día, justo antes de subir al escenario, se dio cuenta de que había olvidado los vasos y las bolas en su casa, viéndose obligado a arreglárselas con lo que había en el camerino: vasos transparentes y bolas fabricadas con pañuelos de papel. Aunque temía que el truco no funcionara, Teller dice que, en realidad, los espectadores parecían aún más asombrados que de costumbre. «Sus ojos podían ver lo que yo hacía, pero su mente no llegaba a comprenderlo», dice en una entrevista concedida a la revista Wired2.
Hay una frase muy conocida que dice que «no vemos el mundo tal como es, sino más bien tal como somos». Es una verdad profunda, confirmada hoy por los trabajos de las ciencias cognitivas: el mundo nos envía permanentemente multitud de señales, y nosotros reducimos su ambigüedad eligiendo lo que queremos ver. Así, poco a poco, nuestra interpretación del mundo nos conforma psicológica, cultural y socialmente.
Sin embargo, eso no quiere decir que podamos ver todo el tiempo lo que queremos ver, es decir, que nada existe verdaderamente y que somos libres de moldear nuestra propia realidad, simplemente imaginándola en nuestra cabeza: en relación con la ilusión óptica estudiada anteriormente, soy libre de ver una silueta de frente o de espaldas, pero no puedo ver en esa silueta un árbol o un plátano, por ejemplo. La realidad existe y es intangible, aunque no podemos captarla sin que nuestro cerebro la interprete.
La ambigüedad de las señales recibidas nos sitúa siempre en una incómoda situación de incertidumbre. Así, si en nuestra percepción falta algún elemento para poder salir de la ambigüedad, el cerebro tenderá a llenar el vacío. Descartes escribe en la segunda de sus Meditaciones metafísicas: «¿Qué veo yo por esa ventana sino sombreros y capas que muy bien podrían ocultar espectros o imitaciones de hombres movidos solo por resortes? Sin embargo, juzgo que son verdaderos hombres, y así comprendo, por la sola capacidad de juzgar que reside en mi espíritu, lo que creía ver con mis ojos». El ojo no ve a los hombres bajo las capas y los sombreros, pero el cerebro los restaura. Mucho antes de los primeros trabajos en el campo de las ciencias cognitivas, Descartes comprendió ya que nuestro cerebro «rellena los vacíos».
He aquí otro ejemplo curioso de «vacío» rellenado por nuestro cerebro. ¿Qué dice esta frase: «35 a51 c0m0 35tá5 l3y3ndo 35ta fras3 ah0ra m15m0»?
Seguramente habrás leído: «Es así como estás leyendo esta frase ahora mismo». El cerebro ha recreado un sentido, cuando en realidad la frase no quiere decir nada. El cerebro ha reordenado el aparente desorden y ha optado así por dar preferencia a su interpretación en lugar de atenerse a la estricta realidad de lo que estaba escrito. Bello ejemplo del trabajo de nuestro cerebro, que, antes que permanecer en la oscuridad, prefiere dar sentido a un conjunto de caracteres, y, por extensión, dar sentido a las cosas y al mundo.
Nuestro cerebro, que filtra el sinfín de informaciones ambiguas que la realidad nos suministra constantemente, interpreta el mundo y recrea la realidad, a menudo sin darnos nosotros cuenta. En la mayoría de los casos, esto es muy útil e incluso vital. Pero también puede dar lugar a errores que nos pueden perjudicar.
Será cuestión entonces de aclarar cómo procede nuestro cerebro para hacer sus trucos.
1. S. L. Macknik, M. King, J. Randi, A. Robbins, Teller, J. Thompson y S. Martinez-Conde, «Attention and awareness in stage magic: turning tricks into research», Nature reviews, Neuroscience, 9 (2008), pp. 871-879.
2. J. Lehrer «Magic and the Brain: Teller Reveals the Neuroscience of Illusion», Wired.com (2009).
Es como si cada cual se contara una historia sobre sí mismo en la cabeza. Siempre. Todo el rato. Esa historia hace de ti lo que eres. Nos construimos a partir de esa historia.
Patrick Rothfuss,El nombre del viento
Al recrear el mundo, el cerebro nos permite estar en coherencia con nosotros mismos y con nuestro entorno. A veces necesita inventar cosas para lograrlo. En el caso de ciertas enfermedades neurológicas, esta capacidad de invención se ve catapultada al extremo: es lo que se llama «confabulación».
El síndrome de Anton, también llamado agnosia visual, pone de manifiesto hasta dónde puede llegar el cerebro en ese ejercicio de confabulación. Hasta ahora solo se han registrado veintiocho casos de este síndrome, pero son dignos de atención. La agnosia visual es un trastorno neurológico perceptivo que afecta la visión del paciente. La ceguera se localiza en el nivel cortical y no en el retiniano: la retina absorbe la luz, pero el cerebro no es capaz de transformar estos estímulos en imágenes. Aunque el paciente sea «ciego cerebral», está absolutamente convencido de que ve correctamente.
En 2007 hubo el caso3 de un niño de 6 años que había perdido la capacidad lectora, no lograba asir los objetos que intentaba alcanzar y se caía con frecuencia. Sus padres solicitan una prueba de agudeza visual: el niño es incapaz de leer las letras más grandes a un metro de distancia. El resultado es inferior a 20/200: es completamente ciego; y sin embargo dice que ve perfectamente bien. Cuando se le pregunta por qué se choca con las paredes o no logra agarrar los objetos que tiene a su alcance, inventa una justificación a posteriori del estilo de «no, no me he chocado» o «era un juego».
Es importante aclarar que la persona que padece agnosia visual no miente, porque mentir es un proceso intencional. Su cerebro le cuenta historias, hasta el punto de que piensa que su vista es normal.
El cerebro está compuesto de dos hemisferios, el izquierdo y el derecho, conectados entre sí por una estructura que se llama cuerpo calloso.
Hasta hace poco, en pacientes epilépticos se practicaba una operación quirúrgica llamada callosotomía, consistente en seccionar el cuerpo calloso parcial o totalmente, con el fin de desconectar el hemisferio izquierdo del derecho. Esta práctica se desarrolló a partir de la década de 1950 a raíz del trabajo del neuropsicólogo y neurofisiólogo Roger Sperry, quien había descubierto que seccionar el cuerpo calloso en un mono no tenía prácticamente ningún efecto perceptible en su comportamiento general.
Contrariamente a una idea muy generalizada, no existe un cerebro izquierdo creativo y un cerebro derecho analítico, ni tampoco un cerebro izquierdo artístico y un cerebro derecho matemático. Algunas funciones sí están lateralizadas, es decir, localizadas en uno de los dos hemisferios, pero la mayoría son bilaterales y por tanto están presentes en ambos hemisferios. Esa es la razón de que, tanto en los humanos como en los monos, la callosotomización no afecte apenas al funcionamiento del cerebro.
El lenguaje es una de las funciones cerebrales que sí está lateralizada, a menudo en el hemisferio izquierdo (en la lateralización del lenguaje hay «diestros» y «zurdos»). Michael Gazzaniga, que trabajaba con Sperry en este campo, se preguntó si era posible comunicarse únicamente con una mitad del cerebro, sin que la otra mitad tuviese conciencia de ello. Para comprender el experimento hay que saber que la información que recibe el ojo izquierdo es procesada en el hemisferio derecho del cerebro, y viceversa.
Gazzaniga pidió a dos pacientes callosotomizados que se taparan el ojo izquierdo (el ojo que no tiene acceso a la función «lenguaje») y que miraran una imagen con el ojo derecho, el conectado al hemisferio izquierdo del cerebro. Después les pidió que dijeran lo que veían, cosa que hicieron sin dificultad. A continuación les presentó una nueva imagen y les pidió que la miraran con el ojo izquierdo (el conectado al hemisferio derecho del cerebro, privado de lenguaje). Los pacientes no consiguen decir lo que ven. Pero cuando se les pide que dibujen la imagen, son capaces de hacerlo, pese a no haber podido verbalizar lo que habían visto.
