Como un ciclón - Agustina Adamoli - E-Book

Como un ciclón E-Book

Agustina Adamoli

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Beschreibung

 "¿Cuánto tiempo?", le pregunta Luc a la abogada. Si un embarazo es un reloj biológico, una adopción es una novela indefinida. Fuera del cuerpo, sobre un mapa internacional de leyes y normas desacompasadas, la pareja al volante de esta novela se dispone a cumplir sus acuerdos, despliega su estrategia. ¿El objetivo? Ampliar una familia de tres –papá, mamá, hija– con la incorporación de un nuevo integrante.    En Como un ciclón, la burocracia es el excipiente en el que se desenvuelve, con sensibilidad, humor y asombrosa pericia narrativa, la fuerza brutal de lo que arranca como un plan y termina en una persona, esa en particular. 

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Seitenzahl: 278

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Como un ciclón

Agustina Adamoli

Índice

Cubierta

Portada

Dedicatoria

Epígrafe

Aquel viaje

Capítulo 1

(Mucho) antes

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

El encuentro

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Después del encuentro

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Epílogo

Agradecimientos

Sobre Agustina Adamoli

Créditos

Hitos

Tabla de contenidos

A Gerline.

Tú me has mostrado el sol en el rincón que duerme

Y robé de tu voz; la llevo en mi pecho aquí

Eres mi gran soldado si abrazas hoy el cielo

Me quedaré a tu lado para llenarte de calor.

“Nuestros días”

Francisco Bochatón / Peligrosos Gorriones

Aquel viaje

Capítulo 1

Desde la ventana del avión veo la isla. De lejos parece paradisíaca, ese cliché de aguas transparentes caribeñas y arenas blancas, en el fondo algunas colinas. No por nada su nombre significa “tierra montañosa”. Sonrío y mis pulmones respiran esperanza. Cierro los ojos aliviada, sus colores brillan tanto que me dan ganas de pedir un deseo. Pero cuando los abro hay otro panorama. Volamos sobre las afueras de la ciudad y se ven chabolas abarrotadas por todas partes. Hay algunos árboles, también rutas y galpones. Me choca ser testigo de esa precariedad que devora a un país entero, haciéndolo suyo sin piedad.

Por fin bajamos, siguiendo a un grupo de americanos sexagenarios. Todos visten la misma remera azul con la leyenda Haiti Bible Mission. Pagan por venir a ayudar a los pobres en el nombre de Jesús y sus caras reflejan almas contentas. Rezaron en voz alta cuando despegamos de Miami y también al aterrizar. Son los únicos pasajeros blancos, además de Luc y yo. Unos doscientos metros separan la pista del aeropuerto, y tenemos que recorrerlos caminando bajo un sol agobiante que podría hacerme alucinar.

En el hall donde hacemos migraciones está tocando un grupo de músicos. Hay uno con un banjo, otro con tambores. Me dejo envolver por esa melodía alegre de bienvenida que no puedo identificar con ningún estilo musical. El oficial que recibe nuestros pasaportes nos hace muchas preguntas. No entiende que tengamos documentos europeos si venimos de Argentina, no le cierra la escala en Estados Unidos, pero afloja al cabo de unos minutos cuando corrobora que podemos explicarle todo en un francés impecable. Antes de ir a buscar nuestro equipaje lo saludo con un “Pase yon bon jounen”, que quiere decir “Que tenga un buen día” en creole. El hombre se congela con una sonrisa cómplice y Luc me reta, me dice que no empiece a esnobear. Está celoso porque yo estudié el idioma de los haitianos y él no. Le doy un beso rápido en el cachete y le suelto mi frase favorita: “Tout bagay byen”, va a estar todo bien.

La sala en la que giran las cintas de las valijas está repleta, en el suelo hay bultos gigantes empaquetados con plástico transparente que entorpecen cualquier intento de circulación. La gente vocifera en ese idioma que suena a francés africanizado. Le agarro fuerte la mano a Luc. Veo hombres negros, mujeres negras, niños negros. Esperamos unos cuarenta minutos entre gritos y empujones de una multitud nerviosa por la demora. Una señora chilla en inglés que tiene cuatro kilos de pescado fresco en su bolso de mano y que se le va a pudrir. No hay aire acondicionado y estamos todos sudando, macerando un hedor colectivo que nos vuelve impacientes, desagradables y malhumorados. “Who’s gonna pay for my rotten fish?!”, se vuelve a escuchar de a ratos a un volumen inhumanamente alto.

Hay un afiche publicitario de dimensiones extraordinarias en el que se ve a un grupo de jóvenes afro en una orilla soleada. Un macho alfa sentado en una hamaca paraguaya sostiene dos botellas de cerveza, acompañado de dos mujeres voluptuosas en bikinis diminutos. Al lado encalla una barca de colores en la que otro hombre musculoso toca la guitarra, acurrucado con una chica despampanante. “Bienvenue dans mon pays!”, leo en el eslogan de la bebida Prestige. Trato de escaparme mentalmente hacia esa playa y por una milésima de segundo escucho el sonido de las olas. Luc interrumpe mi fuga irreal para avisarme que ya recuperó nuestras dos valijas. En la roja traemos nuestras cosas, la gris viene llena de pañales, remedios, juguetes y comida.

Estamos en la cola para salir al hall de arribos. Delante hay una monja asiática que lleva dieciséis bolsos. Nadie la revisa, pero tampoco la ayudan. Entre los consejos que nos dieron antes de salir, uno fue que nunca dejáramos nuestro equipaje desatendido, ni siquiera para asistir a alguien que esté solo. También nos advirtieron que no nos separemos y que no atravesemos las puertas hacia al exterior si no vemos a Junior –el chofer– con un cartel con nuestros nombres. Hace dos minutos nos mandaron por chat una foto de él para que lo podamos reconocer. Afuera no hay señal de celular y la única forma de comunicación es con el wifi del aeropuerto.

Golpean el vidrio donde tengo apoyada la cabeza; un haitiano robusto nos sonríe y nos hace señas mientras muestra en un cartón el apellido de Luc mal escrito. Creo que es el de la foto pero no podría asegurarlo si mi vida dependiera de eso. ¿Depende mi vida de esto? Hace una semana mataron a un alemán a tres cuadras de acá, en un intento de robo.

Mientras salimos del aeropuerto nos acosan decenas de hombres que se ofrecen para llevar nuestro equipaje. Según lo que nos indicaron tenemos que decir “No, thanks” y ser firmes hasta llegar a la camioneta. Una vez adentro, empezamos el recorrido hacia el orfanato sin cinturones de seguridad porque no hay. Luc charla un poco con Junior y yo me pierdo en lo que veo en las calles: puestos de ropa al costado de la ruta, mujeres con palanganas gigantes apoyadas sobre sus cabezas mientras caminan como levitando, vendedores ambulantes a quienes nadie les compra, una estación de servicio atiborrada de motos como si fueran hormigas desesperadas por entrar al hormiguero. Trato de adivinar algún indicio de alegría pero las caras solo traslucen pesadez. La miseria opaca nuestro trayecto y me contagia el desconsuelo. Lo miro a Luc para buscar algún tipo de rescate. Él entiende que mis ojos gritan en silencio “¡¿Qué carajo hacemos acá?!” y me agarra la cabeza con las dos manos y me dice: “Focalizate. Respirá”.

(Mucho) antes

Capítulo 2

El despacho de esta abogada es bastante menos digno que el del tipo de la semana pasada. Queda también en la zona de Tribunales y la sala de reuniones tiene una mesa tan gigante como la del otro estudio, solo que de una madera más vieja. Luc y yo entramos de la mano y nos presentamos ante la doctora Raimondi, especialista en adopciones internacionales. Tardo dos segundos en darme cuenta de que esta señora colecciona brujitas, porque hay muñecas, cuadritos y pequeñas esculturas de hechiceras por todas partes. Me pone incómoda y me cuesta amigarme con la idea de que algo tan delicado para mí vaya a estar a cargo de una profesional con este hobby.

Le explicamos nuestra situación: yo argentina, él francés, instalados hace menos de dos años en Buenos Aires. Ella nos confirma lo que ya habíamos leído en internet: la adopción local no es para nosotros porque en Argentina solo se aceptan solicitudes de parejas que superen los cinco años de residencia en el país. Ella realiza exclusivamente las gestiones necesarias para Colombia y Haití. Inmediatamente después nos cuenta que Colombia acaba de cerrar las puertas a todas las peticiones extranjeras por veinticuatro meses porque tienen mucha demanda.

—Una lástima, la verdad, porque los chicos colombianos son muy divinos y están criados en familias de guarda hasta que los dan en adopción. Mi hermana adoptó dos y está re contenta. Bueh, qué se le va a hacer… por ahora no se puede.

Silencio.

—¿Y Haití? —le preguntamos.

—Haití está en estos momentos cambiando su ley, pero bueno, quizás podemos probar… Los niños haitianos adoptables en su mayoría tienen padres biológicos que los abandonan en orfanatos porque no les pueden dar de comer. Se mueren de hambre allá —nos explica, mirándome fijo a los ojos, como midiendo mi fragilidad—. Yo puedo ponerlos en contacto con una asociación que guía a las familias para presentar todo allá. Pero sepan que hay mucho tramiterío, con legalizaciones y traducciones interminables. Preparar el dosier puede llevar mucho tiempo.

—¿Cuánto tiempo? —interrumpe Luc, ansioso.

—No sé con exactitud… meses, años —me clava otra vez la mirada, como tratando de descifrar si soy capaz de desertar antes de comenzar la batalla—. El primer paso es conseguir un certificado de idoneidad de un juez argentino, me encargo yo. Sin eso, no podemos ni empezar a soñar.

Nos pasa el contacto de Carmina, la presidenta de la asociación, y en el mismo papelucho nos anota sus honorarios para iniciar el sorteo del juzgado que podría expedir el bendito certificado de idoneidad. Ahora lo mira fijo a Luc y nos explica que hay jueces que lo deniegan sin motivo alguno, otros que ponen trabas ridículas y muchos que pueden tardar varios años en decidirse. ¿La doctora Raimondi está disfrutando con cada mala noticia que nos da?

—Así son las cosas en el sistema judicial argentino, hay mucho conchudo dando vueltas —agrega antes de abrirnos la puerta—. Al final, es todo cuestión de suerte.

Salimos de ahí, mareados y un poco desilusionados. Hace un frío amargo y no me animo a sacar las manos de los bolsillos. Camino al subte, Luc me dice que le hace ruido la palabra “conchudo” en boca de una abogada. Yo le digo que a mí lo que todavía me retumba es la palabra “facilitator”.

Faciliteitor.

La había pronunciado aquel gordo canchero, el letrado experto en adopciones rusas. Nos lo había explicado todo la semana anterior a esta, en un antro con muebles de lujo. La gestión con Rusia era muy rápida, la carpeta él la preparaba en una semana y le enviaba todo al facilitator de allá. En un mes ya podíamos estar viajando a buscar a nuestro “baby rubio de ojos azules”. A todos los pelotudos importantes les gusta meter palabras en inglés cada dos por tres. Cuando Luc quiso saber de dónde venían los niños rusos adoptables, el gordo le dio dos palmaditas en el hombro y le dijo “No worries”, que de eso no había que preocuparse, que ya nos informaría el facilitator una vez que estuviéramos allí. Necesitábamos veinticinco mil dólares. Quería saber si los teníamos, porque se pagaba la mitad por adelantado cuando nuestra carpeta estuviera lista y la otra mitad al aterrizar el avión. En verdes, cash. Estaba más ansioso él que nosotros. Ya casi en el ascensor nos preguntó si teníamos disponibilidad para viajar, porque en breve estaríamos comprando el pasaje para ir a buscar a nuestro hijo o hija. Se despidió con un “Have a good one” mientras nos guiñaba un ojo.

Ahora, en el vagón, me vuelven las ganas de vomitar al recordar la palabra facilitator. Me hace pensar en Terminator y me lo imagino a Schwarzenegger con dos bebitos bajo el brazo. Lo miro a Luc y se lo confieso: no me gusta nada que me ayude un facilitador de niños a formar mi familia. “Medio turbio”, murmuro.

Llegamos a casa, no cenamos y nos acostamos abrazados y sin mucha más charla. No hay mucho que pensar, ¿o sí? Los países que aceptan solicitudes desde Argentina en este momento son solo dos: Haití y Rusia.

Me gustaría tirar una moneda al aire y resolver esto con un cara o ceca.

Capítulo 3

Si fuera madre soltera probablemente tiraría la moneda al aire. Pero no lo soy. Estoy casada con Luc y vamos a tener que charlar, analizar y finalmente tomar una decisión conjunta. Me da mucha fiaca. Me invade una sensación de injusticia cuando pienso en todas esas mujeres que se embarazan casi sin darse cuenta y que tienen un hijo tras otro como si fuesen salchichas saliendo de una máquina embutidora.

Yo ya no puedo quedarme embarazada. Me ligué las trompas tres años después de que naciera Fortunata, en la misma época en que los desubicados de siempre empezaban a preguntar cuándo íbamos a darle un hermanito.

A los pocos meses de habernos instalado en Buenos Aires, saqué turno con un ginecólogo y a la semana estaba en el quirófano. A Luc le avisé el día anterior a la operación.

—Podríamos haberlo charlado —me dijo resignado.

—No hay nada que charlar.

Después del traumático aborto en un hospital público francés por causa de una trisomía, tuve al que parí muerto antes de término en Nueva York. Lo que siguió, a los dos años, fue la desventura de tener una hija gran prematura en Madrid. Ni por un minuto imaginé que la decisión de convertirme en una mujer estéril pudiera ser materia debatible. Me sentía con todo el derecho del mundo a elegir solita para no volver a exponerme a nada parecido a todo eso.

De todas maneras, cuando nos conocimos y vimos que lo nuestro iba en serio, yo se lo advertí. “Te aviso que no cocino porque no me gusta y nunca me va a gustar. Y quiero adoptar”. Luc me abrazó y me consoló, asegurándome que él era un gran cocinero. Pero quería hijos biológicos. Un montón. Con la ingenuidad tonta de cualquier pareja joven, pactamos que íbamos a tener hijos de ambas maneras. De algún modo, hablamos de eso como si estuviésemos hablando de salchichas.

Me subo al auto y salgo rumbo a la oficina. Bajo el vidrio de la ventanilla hasta la mitad para vaciar el olor a humedad y encierro. Hoy pudimos despertarnos sin tanta corrida porque Fortunata se quedó a dormir en lo de mi mamá y ella la lleva directo al jardín de infantes. Luc se va caminando para Masamadre, un bar del barrio que usa a veces para juntarse con su socio. En las pocas cuadras que tengo que recorrer hasta el trabajo, me llama mi jefe. Está enfermo y quiere que lo reemplace en una reunión que tiene en Martínez. Es en un laboratorio farmacéutico y mi objetivo es convencer a la de recursos humanos de que nuestros servicios son la mejor opción del país para recibir al grupo de expatriados que están por traer de Alemania. Me empelota manejar hasta ahí. Sé que hay gente que lo hace todos los días, esto de ir y volver a provincia, pero a mí me genera una ansiedad desmedida. Mucha más ansiedad que la reunión de ayer con Raimondi.

Cuando llego tengo que dar varias vueltas antes de encontrar un lugar para estacionar. Por fin lo logro, en una esquina. Agarro mi celular para sacarle foto a la intersección de las calles (siempre me olvido dónde dejo el auto) y entonces leo los carteles: estoy parada en Haití y Entre Ríos.

Se me para el corazón. Me río. A carcajadas, sola, en una esquina de Martínez, debo sonar como una loca. Esto es ridículo. Es de comedia romántica cursi. Me resisto a dejarme llevar por un camino de indicios que me hablen del tema. Tengo un amigo español que le dice “rimas” a estas señales del destino. Es fanático de las casualidades y las ve por todos lados.

Mientras voy caminando por la vereda, me entra un mensaje de Luc con una foto de una pintura de un nene afro. Le sigue un audio con su voz quebrada que por momentos suena como el ratón Mickey emocionado: “Salut, ma belle! Cuando llegué al bar estaba Jorge sentado en una mesa con esto colgado atrás en la pared, ¿qué onda?”.

Onda que ya no necesito ninguna moneda.

Capítulo 4

Corto por teléfono con Raimondi. Sonó molesta cuando le conté que ya teníamos una hija biológica de cuatro años. “No me imaginé que ya eras mamá”, me reprochó. Llamó para darnos la buena nueva: tenemos juzgado asignado y una jueza a cargo, que se llama Marcalupo. No la conoce y ella entiende que eso es bueno porque “por lo menos no es una de esas jodidas que son famosas por rechazar pedidos porque sí”. El destino de mi familia está en manos de una magistrada con apellido que resuena a “lobo” en italiano. Me da un chucho. El lobo feroz se mete en nuestra vida sin pedir permiso. Me siento Caperucita. En mi canasta llevo ilusiones maternales insatisfechas y ansiedades de mujer imperfecta.

Bajo a la cocina. Fortunata está enchufada a la tele y Luc está sacando hojas secas de laurel de una lata. Se las va a agregar a las lentejas que están en el fuego. Prefiere las que son anaranjadas, las puso en remojo esta mañana. El olor dulzón a legumbre embriaga al cocinero previsor. Lo distraigo un momento para enumerarle todos los papeles que tenemos que juntar para entregar en los tribunales: antecedentes penales, informe psicológico y socioambiental, certificados de salud, tres cartas de recomendación y un poder para que Raimondi pueda presentar todo. Los informes son caros. Y aparentemente en ningún momento tenemos que ir nosotros en persona a pedirle a la jueza que nos evalúe. Si somos idóneos o no, lo va a decidir ella con el expediente. Le digo, al pasar, el número de nuestro juzgado de familia y el nombre de la jueza.

—In bocca al lupo! —exclama sonriente.

—¿Qué?

—Así dicen los italianos cuando quieren desearle buena suerte a alguien. In bocca al lupo, amore! —repite y me besa en los labios después de darle un sorbo a la copa de vino tinto que tiene en la mano—. Significa literalmente “estar en la boca del lobo”.

Está contento, feliz diría, como si la cantidad de papeleo por hacer lo excitara. Quizás se pone así con la posibilidad de agrandar la familia. Él quería tener mil hijos. Tiene veintinueve primos por el lado paterno y veinticuatro por el materno. Su papá fue el décimo segundo de trece hermanos. ¿En qué momento exacto se habrá dado cuenta de que conmigo no iba a poder formar una familia numerosa? ¿Le habrá dolido mucho? ¿Habrá fantaseado alguna vez con dejarme para intentarlo con otra? ¿Con una de esas que vienen sin fallas?

Le empiezo a hablar de quiénes –para mí– tendrían que escribir esas cartas de recomendación. Le nombro a los candidatos que ya elegí mentalmente entre nuestras amistades, justifico por qué deberían ser todos argentinos y le cuento que la abogada nos mandó un modelo para redactarlas. Le confieso que me da pudor pedirle a mis amigas que me las escriban, que me tiren flores y sugerirles que pongan que somos padres excelentes. Quizás tengan que inventar un poco. Le explico que a Tamara no puedo no incluirla en la lista aunque me da miedo porque usa lenguaje inclusivo y quizás ese detalle nos juegue en contra si la jueza llega a ser muy conservadora. Luc no me presta mucha atención. Está concentrado revolviendo las lentejas.

—¿Sabías que el libro que terminé de leer ayer es una tesis de la relación entre el hombre y el lobo? —parece ansioso por cambiar de tema—. Es muy interesante, habla de cómo en nuestra cultura occidental se lo presenta al lobo como un ser peligroso, con los cuentos clásicos, las fábulas de La Fontaine…

—Ajá… —asiento, sorprendida de que alguien edite ese tipo de libros, de que exista un tipo de público que consuma ese material y de que mi marido lo haya comprado, leído y disfrutado.

—Pero en realidad no es así. De hecho no matan sin motivo, pas de tout. No existe en el lobo ese instinto asesino que nos vendieron desde chicos. Las manadas tienen un jefe, muchas veces es una hembra, y siempre analizan las situaciones antes de tomar una decisión.

Me vuelve a besar, un cable a tierra.

Capítulo 5

Pedir las cartas significa comenzar a contarles a otros nuestra decisión de intentar adoptar. Hacerlos partícipes de nuestra voluntad para concretar ese deseo. Empezar a recibir opiniones y comentarios que quizás no queremos escuchar. Contagiar a los que se entusiasmen con una ansiedad que va a durar años. Yo quiero que las cartas sean de acá porque no quiero complicarme la vida con la traducción del francés al castellano, por ejemplo. Pero Luc quiere que alguien contribuya de su lado, para hacer un expediente más equilibrado, “Que sea realmente de los dos” dijo.

De repente, veo cómo Luc se quiere apropiar de mi sueño, hacerlo más suyo. Porque es eso lo que van a poner mis amigas de toda la vida en las cartas. Que desde que tienen uso de memoria yo quería adoptar. Ese era mi deseo. No se los tengo ni que recordar. Lo saben. Al igual que saben que siempre me dieron impresión los embarazos y que nunca tuve realmente eso que llaman instinto maternal. En nuestras charlas yo no desesperaba por convertirme en madre, como Tamara, por ejemplo, que tenía sed de maternar desde los trece años. Ni como Carolina, que apenas se casó solo pensaba en reproducirse y tener bebitos iguales a su marido.

Yo quería ir a adoptar a China cuando apenas nos casamos en Francia, pero pedían un mínimo de cuatro años de matrimonio. Luc dijo “Qué lástima” cuando se lo conté. Yo quería adoptar cuando nos mudamos a Estados Unidos, pero pedían la Green Card y no la teníamos. Luc dijo “Ya veremos cómo hacer más adelante”, cuando se enteró. Yo quise adoptar después de parir a Fortunata en Madrid, pero la ONG que me asesoraba lo desaconsejó por no ser ninguno de los dos españoles. Luc dijo “Quizás no es el momento”. Y después llegamos acá, y yo me escondí detrás del arbusto de mi paciencia, cual cazador furtivo esperando silenciosamente a su presa. No dije nada. Nunca mencioné el tema. Y la estrategia funcionó: un buen día, Luc me dijo que quizás era hora de averiguar cómo podíamos adoptar en Argentina.

Y ahora ese sueño pasó a ser de los dos y él quiere que se vea, que se lea. Que la jueza-loba comprenda que ambos queremos fervientemente adoptar a un niño (por más que lo mío sea de toda la vida y el entusiasmo y compromiso de él hayan surgido hace un par de semanas). Para mí es un poco como que yo le hubiese mandado una invitación a mi fiestita de cumple y él se apareciera diez años más tarde, en la puerta de mi casa, cual niño sonriente con regalo bajo el brazo, ansioso por disfrutar de la animación, la torta y la piñata. No sé por qué me cuesta tanto esto de construir de a dos. Como me dijo Carolina, “Está buenísimo que por fin Luc se cope, boluda, agradecé en vez de protestar por todo, que su amigo francés mande la carta en japonés si quiere, dejalo ser”.

Ya pasaron tres semanas desde que se las pedimos. Tenemos las de mis amigas, Carolina y Tamara, firmadas ante escribano. Son muy parecidas y poco tienen que ver con el modelo que les mandé. Las dos describen cómo admiran el amor que nos tenemos como pareja, lo bien que criamos a Fortunata y cómo el deseo por una familia que incluyera a hijos biológicos y adoptivos fue base constitucional de nuestra relación. Tamara puso “Me parece de una generosidad infinita el deseo de tener una familia que incluya a todes les hijes de la naturaleza, sean biológiques o adoptives”. ¿Es de generoso querer adoptar? Ojalá la loba lo crea así, a mí me cuesta.

Esta mañana llegó por correo la carta de Bernard, el mejor amigo de Luc, desde Lyon. Está en francés y los primeros dos párrafos parecen un ensayo filosófico sobre el amor y el origen de la vida. En el tercero relata los años de amistad con Luc desde la facultad. En el cuarto, por fin, me menciona: habla de una charla profunda que tuvimos los tres el último verano en la que yo dije “Hay muchos caminos para la maternidad y yo elijo este, poco convencional, y por eso me gusta”. No solamente no tengo recuerdo alguno de haber mencionado esto alguna vez en mi vida, sino que además tengo la certeza de no haber visto a Bernard en los últimos dos años. A Fortunata ni la nombra. Al final de todo, describe las buenas cualidades de Luc como hombre y por fin se despide esperando que “madame la juge” apruebe nuestra solicitud para darle “un hogar apropiado a un huérfano tercermundista”.

—Es un hijo de puta —le digo a Luc en cuanto termina de leérmela.

—Es Bernard, es así, ya lo conocés…

—No podemos presentar eso. La última frase parece una burla. Además, ¿no se da cuenta el pelotudo de que este país también es del tercer mundo? ¿Nos está tomando el pelo?

—¿Por qué siempre querés boicotear lo que es mío? ¿Todo tiene que ser como vos pensás?

—Ok. Dejemos que la abogada decida. Ella ya aprobó el contenido de las otras dos cartas. Traducila y mandásela por mail a ver qué te dice…

Por suerte, a la mañana siguiente llega la respuesta de Raimondi. No importa el contenido de la carta, confiesa que ni la leyó porque no está firmada ante escribano público. Bernard tendría que volver a hacerla, ir a una escribanía en Francia y después apostillarla para que tenga validez acá. Además de la traducción final, por supuesto. “Posdata: no la compliquen, busquen un argentino”. Luc se enoja y me desafía con un “ocupate vos entonces”. Me siento triunfante y me devoro los sesos analizando a quién pedírsela. No puede ser escrita por familiares. Creo que estaría bien que el autor sea un hombre pero desgraciadamente mi marido no tiene amigos en esta ciudad. No se junta a jugar al fútbol con nadie, ni a tomar una birra. Sus amistades son las mías y, como mucho, charla en los asados con las parejas de mis amigas. Dice que a su socio Jorge no se la piensa pedir. Que no quiere tener ese nivel de intimidad con alguien con quien hace negocios. Me da mucha pena, de repente, verlo tan solo. ¿Cómo hace?

Finalmente le pido al mejor amigo de Javier –mi hermano– que la escriba. Con Federico nos conocemos desde chicos porque además es el hermano de Tamara. Tenemos mucha confianza, de esa que se construye a los ocho años haciendo guerra de almohadas de a cuatro mientras saltábamos en pijama sobre las camas. Ahora nos vemos apenas un par de veces al año, pero forma parte de esa gente cercana que uno sabe que es incondicional. Le mando el modelo y a la semana pasa por casa y me la trae. Sonríe y me dice “Espero que les sirva, la escribimos con los chicos en el último encuentro de TEG”. Me suena raro, lo miro con desconfianza. Sé por mi hermano que las noches en que se juntan para atacar países con dados están cargadas de drogas varias, alcohol e incoherencia colectiva. Lo que tengo en las manos es una réplica exacta del modelo que le di, menos un detalle. En todos los párrafos hace alusión a Dios, a Jesús o a la Virgen María. Y además termina con una apología de los valores católicos tradicionales. ¿Me está bardeando? Federico y los chicos del TEG –excepto por mi hermano– son todos judíos.

—No te quejes —me dice antes de irse con una sonrisa de pícaro—. Sabés que con esto te van a decir que sí.

Tengo ganas de matarlo, pero me aguanto. La carta es perfecta, la mejor de las tres. Es imposible que la jueza sospeche que cinco judíos borrachos me estén ayudando a cumplir mi sueño.

Capítulo 6

Cuando mi papá tenía cuatro años y su hermana Marta tres, la madre se murió de cáncer de útero. Al año exacto falleció su papá, o sea mi abuelo paterno, de alguna manera tan trágica y vergonzosa como para convertirse en el secreto mejor guardado de la familia. A mí siempre me dijeron que se había muerto de amor. Cuestión que ellos dos se fueron a vivir con su tía y el marido –a quienes toda la vida llamaron “mamá” y “papá”–, y sus primos se convirtieron en sus hermanos. Luc le cuenta esta historia a la psicóloga pelirroja que nos pregunta por vivencias de adopciones en la familia para contradecir mi respuesta de “No, no hay ninguna de ninguno de los dos lados”.

—Bueno, pero no es una adopción —me defiendo—. Mi papá no fue adoptado.

—¿Tu papá se quedó huérfano a los cinco? —la psicóloga requiere precisión de los hechos.

—Bueno, no, huérfano no… —trato de explicar algo que nunca antes tuve que hacer. Es como si esa palabra fuera demasiado ajena para describir a mi papá.

—Orphelin es alguien que se queda sin ambos padres… —se mete Luc, como haciendo equipo con la pelirroja.

—Puede ser. Nunca lo había pensado de esa manera. Las etiquetas “huérfano” y “adopción” nunca las escuché cuando mi viejo me contó su historia…

—¿Y tu tía Marta? ¿Cómo lo relata ella? ¿Cómo lo vivió? —la mujer insiste, quiere ahondar.

—No la veo mucho a mi tía Marta, pero creo que lo vivió bien, igual que mi papá. Nunca escuché su versión de la historia.

—¿Pero Marta no es la que adoptó también? —pregunta Luc, agrandando los ojos como dos huevos fritos, harto de tirarme data sobre mi propia familia.

—¡Es verdad! Mi tía Marta adoptó a mi prima Luli muy de bebita, y al toque se quedó embarazada de los mellizos.

—Entonces hay dos precedentes de un modelo de familia con hijos adoptados y biológicos… —afirma la psicóloga mientras agrega largas anotaciones en su cuaderno.

—Lo que pasa es que a veces me olvido de que Luli fue adoptada.

Me siento un poco imbécil y al mismo tiempo contenta, como si hubiese encontrado oro en polvo debajo de una baldosa floja de pura casualidad. Ahí, frente a mis narices, acaban de evidenciar que soy heredera de una cultura familiar en la que la crianza de hijos biológicos y adoptados se construyó como algo natural. Tuvo que verbalizarlo una psicóloga de Villa Crespo fanática de los sahumerios de pachuli para que yo me diera cuenta.

Es la segunda entrevista que nos está haciendo para el informe psicológico que hay que presentar en el juzgado. En total tenemos que venir cuatro veces. Al próximo encuentro debemos traer a Fortunata (ya puedo imaginarme el escándalo que va a hacer por el olor a incienso). Así es la modalidad de trabajo de la fundación especializada en familia y adopción que tuvimos que contratar. Es privada y cada sesión cuesta bastante plata. Pero es mejor anticiparse para que la jueza no solicite al juzgado que envíe a su propio equipo técnico. Según Raimondi, tardan mucho y uno nunca sabe lo que van a poner. En cambio, si somos nosotros los que pagamos, nos aseguramos un texto prolijo, inmediato y condescendiente.

Esta vez, empezamos hablando de la película que nos mandó a ver en el primer encuentro, Ser digno de ser, en la que un niño de un campamento de refugiados en Sudán termina siendo adoptado por una familia franco-israelí. Luc dice que lo afectó mucho la separación del nene de su madre biológica. A mí me pareció larga, prefiero contar que Annie era mi película favorita cuando era chica. Me sabía todas las canciones de memoria y el orfanato de la señorita Hannigan me parecía lo más. La psicóloga quiere indagar ahí, en mi fascinación por el desamparo, pero no tengo mucho más para agregar. Le digo que me cuesta racionalizar, que es más una sensación. Luc me mira de reojo con una cara que suplica que pare de decir pelotudeces.

Justo antes de irnos, la psicóloga pelirroja se acomoda una de las horquillas del pelo y nos pregunta si ya decidimos sobre la postulación. Tenemos que definir la edad, si queremos nena o nene, y aclarar si estamos dispuestos a aceptar a un hijo con discapacidades o problemas de salud. Ella tiene que especificarlo en el informe y no nos podemos arrepentir: la jueza lo incluye en su sentencia y no se puede cambiar. Por suerte Luc y yo estamos de acuerdo en nuestra elección. A ninguno de los dos nos importa el sexo, queremos un bebé de hasta dos años, y con un poco de vergüenza y culpa reconocemos que solamente adoptaríamos a un niño sano.

No me animo a mirarla a los ojos cuando se lo decimos.