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Sebastián es un machista inseguro y mujeriego que sucumbe ante dos mujeres muy especiales. La relación que mantendrá con ambas le servirá, sin proponérselo, para terminar conociéndose a sí mismo de manera profunda y conociendo la igualdad de género, lo que le llevará a un camino sin retorno de crecimiento personal. El proceso de esta metamorfosis sucederá muy dentro de su mente, donde cohabitan otros cuatro personajes arquetípicos ―un gurú de la India, un financiero de New York, un seductor italiano y una jueza latinoamericana― en un ambiente caótico, desalineado, antagónico y sobre todo muy divertido. Sebastián luchará por conquistar a Ximena y Sofí, mientras en su cabeza un pandemónium de diálogo interior terminará despertando su conciencia, hasta convertirse en otra persona, un hombre de verdad. Compartiendo a Sebastián es una novela entrañable y divertida que ayudará al lector a entender y poner cara a los pensamientos que fluyen en nuestras mentes a la hora de tomar decisiones.
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Seitenzahl: 246
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Compartiendo a Sebastián
Primera edición: octubre de 2023© Copyright de la obra: Fernando Valdez© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-127155-3-8Código ISBN digital: 978-84-127155-4-5
Depósito legal: B 13175-2023Corrección: Teresa PonceMaquetación: Celia ValeroEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»
Dedicado a todos aquellos que, después de leer esta historia, tengan el coraje de emprender el camino del autoconocimiento profundo, descifrando sus voces interiores y su sombra, para alcanzar su felicidad y su plenitud.
AGRADECIMIENTOS
A Isabel Montes, mi mentora y sherpa en esta aventura.
A mi hija Adriana por su inmenso apoyo artístico.
A Martha Lucía, coautora.
Sin tu observador despierto, la vida, con su dicha y su dolor, se pasa en vano, sin construir nada. Solo tu observador puede descubrir el sentido de tu existencia, desde la mente consciente.
Compartiendo a Sebastián nos permite observar la transformación de un hombre gracias a los conflictos internos personificados en sus arquetipos y cómo se alinean y transforman, descubriendo en este proceso sus paradigmas más fuertes y el verdadero significado de la igualdad de género.
Prólogo
En esta obra el autor Fernando Valdez nos muestra como un ser humano desajustado en todos los aspectos de la vida, inseguro hasta el punto de alimentar su seguridad en los modelos machistas de nuestra sociedad, siente como una amenaza la igualdad de género. Este desequilibrio es manejado de manera encantadora y seductora, anestesiada con galanteos y frases chispeantes y mucha sensualidad, pero siempre con la perspectiva del cazador y su presa, el oso y el panal, el colibrí y la flor, nunca el hombre y la mujer como compañeros iguales.
Vemos, en el transcurso de la obra, como este hombre va creciendo y encuentra un camino propio para construir su felicidad, influenciado por la interacción con mujeres, que con sus cualidades y defectos le dan otra visión de las relaciones, permitiéndole adecuarse por dentro y por fuera.
Los arquetipos de Sebastián ―cuatro personajes que viven en él y representan los rasgos más fuertes de su personalidad―, inicialmente en constante pugna, se van amoldando hasta despertar en él su conciencia, su observador, lo cual le permite actuar de acuerdo a sus intereses reales e intrínsecos, balanceando su vida.
Martha Lucía Arango
Psicóloga
Capítulo 1
El inicio
Desde que nacimos supe que Sebastián sería un ser humano muy especial. Sus ojos verdes, grandes y expresivos veían mucho más allá de lo obvio, parecían los de un gato asustado y curioso. Con solo mirarlos quedaba muy claro que eran de alguien muy sensible. Su alma albergaría grandes sueños y anhelos, no ambiciones materialistas, sino cosas importantes y bellas para todo el mundo, cargadas de amor y luz.
Pero también era un alma frágil, capaz de sufrir el dolor propio y ajeno en todas sus formas. Qué niño tan especial. Qué futuro tan promisorio. Me sentía tan honrado, tan afortunado de poder vivir ―yo, sí, yo― dentro de un ser tan singular. Bueno, estoy seguro de que cada niño y niña que nace es justamente así, pero…, a mí, me había tocado el honor y la gran dicha de ser la consciencia de Sebastián, ser su observador.
Me hallaba muy feliz por ese viaje que apenas comenzaba, con tanta potencialidad y tantas ilusiones. Esta vida se pintaba como una gran aventura, llena de amor, alegría, proyectos y lugares bellos por visitar junto a personas divinas con las cuales compartiríamos momentos hermosos y de gran transcendencia cada día.
No sabía con claridad a quién debía agradecer este regalo de la vida, y Sebastián apenas aprendía a expresarse con palabras, pero me embargaba esta profunda gratitud por la vida y por todo lo que vendría.
Crecimos de manera normal o casi normal. Jugábamos continuamente, compartíamos con perros y gatos, explorábamos barrancos y lugares prohibidos, éramos grandes amigos y compañeros, siempre chocábamos puños como lo hacen los amigos. Pero Sebastián lo hacía con alguien invisible, y sus padres lo observaban y se preocupaban. Algo debimos hacer que no era tan normal para que sus padres llegaran a pedirle a una psicóloga que investigara qué le pasaba al chico. Creo que pocos comprendían nuestra relación, o tal vez nadie. Él era un niño consciente, eso lo hacía distinto, y tenía siempre un pie en esta tierra y un pie conmigo en mi mundo, en un plano… muy especial, el mío, el de la consciencia, con la perspectiva del niño mágico y de su observador.
Al cabo de algunos años, el chico ya era considerado raro y la vida había pasado de ser juegos y aventuras a algo bastante más duro. El divorcio de sus padres le marcó trágicamente para siempre y le dejó sintiendo que no pertenecía a ningún sistema, a ningún grupo familiar; para ser exacto, que no pertenecía a nada, que estaba completamente solo.
Algo difícil de asimilar a la edad de seis años. A esta temprana edad Sebastián experimentó de primera mano la frustración. Cuando sus padres, ya divorciados, escuchaban música clásica, él solía esconderse para llorar y allí, con él, solo estaba yo. Como si fuera poco, en este ambiente complicado murió su amado gato, aumentando el vacío que le carcomía. Luego llegó el colegio, los compañeros y aprender los juicios de valor, las reglas, lo correcto, lo decente, lo malo, el pecado, lo incorrecto y lo indecente.
Poco a poco se fue endureciendo, y fue dejando atrás su esencia y su lado mágico. Supongo que como les pasa a muchos, si no es que a todos.
Pero siempre el universo te compensa ―o eso pensaba él―, y a su corta edad la vida le dio una forma secreta de acallar su dolor. Era muy emocionante y ante todo clandestina. Aquella criada joven y bonita se encargó de enseñarle todo lo que había que saber sobre el sexo y más, en un curso que duró desde los once a los trece años. Un completo taller teórico y práctico con enfoque de eventos de experimentación con alta recordación y el desarrollo de destrezas y competencias que le acompañarían por el resto de sus días.
Luego vinieron las chicas ―¡las chicas, qué belleza, lo mejor de esta tierra!―, cuánto se emocionó cuando descubrió el mundo femenino.
Pero Sebastián era un experto en poner los ojos en chicas que eran incapaces de sentirse atraídas por él. En ese mundo en el que ellas suspiraban por atletas musculosos y chicos populares con autos deportivos, un intelectual de trece años que se veía como Woody Allen en su adolescencia no tenía la menor expectativa de una vida amorosa intensa y nutrida.
Primero Leslie, luego Annie, después Gina, Carmen, Sonia, Vivian, Helga, Martina, Natalia, Rosemary, Victoria, María, así hasta que yo perdí la cuenta por completo y el pobre Sebastián la ilusión.
Para muchas él era simplemente transparente, para otras era lindo, pero nada más. Hasta que un buen día la adorable Keiko se fijó en él de manera especial y le dio dos grandes regalos. El primero fue la experiencia de seducir a una chica con sus propios encantos, sin pretender ser alguien que no era. Sus pensamientos, sus ideas y sus sueños la cautivaron. El segundo fue la llegada del amor a la vida de aquel chico raro. La seducción y el enamoramiento de Keiko ―que por cierto era igualmente muy especial y rara― fueron el primer contacto de Sebastián con un sentimiento que años más tarde él convertiría en los cimientos y fuente de la seguridad en sí mismo y la autoestima, su arma y su más sólida coraza: la capacidad de seducir.
Se hizo a la idea de que las chicas eran como las rosas y sus espinas y que había que encontrar una forma de tratarlas para no sufrir todo el tiempo con los dedos siempre pinchados y el corazón remendado. Ya había acaparado una larga colección de heridas y recuerdos amargos que detestaba enfrentar. Seguramente por su desmesurada sensibilidad y su capacidad de engancharse con el dolor ―o tal vez debería decir su incapacidad de manejarlo―. A pesar de que el mundo le golpeaba sin cesar, el chico cada vez se metía más y más en él, retado por sus prototipos y sus competencias. ¿Quién logra más? ¿Quién tiene más? ¿Quién goza más? Poco a poco se fue entregando a ese mundo y alejándose del mío, dejando atrás la relación estrecha e íntima que siempre había tenido conmigo.
Cada vez acumulaba más y más frustraciones, pues su naturaleza sensible no encontraba su lugar en un mundo frío y competitivo y a esas alturas ya no recordaba la dicha que le producía la naturaleza, sus gatos, explorar... Y ante todo me había abandonado a mí, su observador, su gran amigo imaginario, siempre incondicional, sin juicios y siempre solidario. Me apenaba mucho pensar no ya que no se acordara de mí, sino que poco a poco se olvidaba del más lindo lado de sí mismo.
Fue así como tuve lo que parecía una gran idea. Decidí coger todas las frustraciones, heridas, tristezas más profundas y los traumas que hacían de él un hombre vulnerable y sensible y encerrarlas en un calabozo psicológico cincuenta pisos abajo del nivel de su consciencia. Esta gran idea le permitiría ser como todos los demás. Ser como el mundo le decía que debería ser: duro, cool, descomplicado y sobre todo invulnerable a los sentimientos y al dolor propio y de los demás. Qué gran idea. Me tocaría sacrificarme y desaparecer de la vida consciente de Sebastián, tal vez para siempre, pero yo me debía a él y me pareció una forma estupenda de ayudarle y de pagarle por el inmenso regalo que él me daba, la suerte de ser y estar, pero ante todo de observar y reflexionar.
Fue así como tomé mi nuevo rol de carcelero de las tristezas, heridas y vulnerabilidades de Sebastián. Y, aunque suene extraño, me marché lleno de ilusiones al calabozo, a un calabozo que había construido en su interior, para dejarlo ser feliz e integrarse en ese mundo al que quería pertenecer, en el que deseaba destacar y demostrar su valía. Yo pasé de ser su eterno compañero a ser un ausente anónimo, un observador sin ojos, una boca muda, unos oídos sordos, una conciencia dormida por muchos años, completamente dormida. En palabras del famoso doctor Carl Jung, podría decirse que me convertí, por voluntad propia, en «la sombra» de Sebastián. Le contemplaba desde lejos, siempre sin decir nada. Verlo tan jovial me daba paz y tranquilidad, pues pensaba que mi sacrificio había tenido sentido de propósito, que había limpiado el camino para hacer de él un hombre pleno finalmente.
Con el paso del tiempo dejé de creer que su alegría era tan legítima. Eso me inquietó. Había cambiado los soldaditos de plástico por muñecas de carne y hueso. La leche con cacao y los helados por gin, vodka, whisky y demás golosinas pesadas.
Lo que me causaba cierta sospecha es que no había perdido su gusto por la soledad. Desde muy chico había tenido una pasión extraña por el aislamiento y la melancolía. A pesar de que la disimulaba estupendamente con el resto del mundo, yo podía ver claramente que esto no había cambiado nada y que la soledad aún seguía siendo la única amante a la que él era realmente fiel. El muchacho era mi razón de existir y la mera sospecha de que no fuera pleno me inquietaba. A fin de cuentas, su única misión en esta vida era ser feliz y yo estaba dentro de él para asegurar que cumpliera al menos este objetivo, sin importar a qué coste. Me embargó un temor profundo a haber tomado un camino equivocado. Fue así como un día decidí subir, salir de las sombras de su subconsciente y regresar a visitarlo.
Sebastián vivía en un hermoso apartamento en lo alto de los cerros de la ciudad de Bogotá, en un sector conocido como los Rosales. Tenía una vista panorámica de esa hermosa y vasta urbe. El apartamento parecía un templo al hedonismo y había sido un regalo en vida de su difunta abuela Regina, que no confiaba del todo en el buen criterio del padre de Sebastián y por ello había preferido legarlo en vida.
La abuela era de origen paisa, es decir, procedente de Medellín. Al igual que su marido, era una empresaria con una vena muy dura para la política y los negocios. No en vano, los paisas ―gente de negocios por naturaleza, con un carácter fuerte, franco y, por qué no decirlo, bastante irreverente― se consideraban el bastión de la economía nacional y los guardianes de la soberanía del país.
Habían mandado a Marta, la madre de Sebastián, a estudiar a la Universidad de los Andes, donde se formaba la élite del país. Allí ella se había convertido en una dama de alta sociedad, con modales impecables y una cultura rica e intensa en absolutamente todas las artes, lo que no le impidió mantener íntegra su habilidad como empresaria y su coraje como republicana libertaria en los contextos económicos y políticos, algo digno de admiración.
Allí en Bogotá, Marta conoció a Joaquín, un madrileño encantador, extremadamente guapo y seductor que trabajaba para una multinacional suiza de productos gourmet, cuya línea de café manejaba a nivel global. Joaquín, a pesar de ser un hombre de negocios de verdad, realmente vivía para las mujeres, los vinos, los whiskies de una sola malta, la caza y la pesca deportiva, el mus, el golf y la Fórmula 1.
Ya siendo el padre de Sebastián, Joaquín pasaba mucho tiempo en Nueva York, sede de su trabajo. Con la abuela Regina y la compañía suiza como socios, logró fundar una empresa importadora de café. Esto había sido una estrategia magistral, pues le aseguraba a su único hijo mucho más que un gran puesto, le aseguraba un negocio en el que la firma suiza le compraría todo el café que produjeran sus fincas del eje cafetero de Colombia.
De toda esta cuenta, Sebastián vivía una tercera parte del tiempo en Nueva York, otra en Bogotá y otra en un avión volando de Nueva York a Bogotá o viceversa. Era, o al menos lo parecía, muy feliz, pues ambas ciudades eran de su absoluto agrado. En Bogotá disfrutaba del campo de golf de Los Lagartos, los cafés de la zona del Chicó y los restaurantes de alta cocina innovadora que la ciudad ofrecía.
En Nueva York, le apasionaba pasar los fines de semana disfrutando de los teatros de Broadway y los espectáculos en Central Park, o bien degustando ostras y mariscos en el Pearl Oyster Bar y cervezas en la zona del Rockefeller Center. Le encantaba relajarse en el Nuansa Spa de la Quinta Avenida, fingir devoción en la catedral de Saint Patrick esperando cautivar a alguna chica católica o bien entregarse a la comida callejera en todas sus manifestaciones en los food trucks de Long Island.
Había descubierto un pequeño distrito lleno de galerías de arte y librerías con café gourmet de todos los rincones del mundo y, aunque él no era un verdadero amante del arte como lo había sido su madre, le gustaba mucho ir a estos sitios, pues ahí encontraba «presas de caza», su gran y única pasión: las mujeres. Esto era una clara herencia de su padre.
El día que ascendí a su nivel de consciencia me tomó por sorpresa lo bien que parecía estar pasándolo. Sentí que mis temores eran infundados y pensé no molestar a ese hombre sofisticado y feliz que parecía comerse la vida a mordiscos en total éxito y plenitud. Visto desde fuera, era lo que siempre soñó ser. Rápidamente me di cuenta de la situación de Sebastián, tanto económica como sentimental, y de las presumibles consecuencias para su felicidad y su salud. Se debatía entre dilemas mentales y excesos físicos. Era un milagro no colapsar con ese estilo y ritmo de vida.
Esa noche después de una fiesta había persuadido a dos chicas de visitar su apartamento cerca de las cuatro de la madrugada. Les había ofrecido un desayuno de bagels multigranos con queso crema, salmón fresco, alcaparras y mimosa si se quedaban a «dormir» con él. Al día siguiente muy temprano él tenía una reunión de trabajo importante, que había ignorado casi conscientemente. Su plan por desgracia marchaba de maravilla, lo que le aseguraría serios problemas con sus socios de Nueva York.
Las chicas y la diversión estaban a la orden, pero se movía de forma errática y sobre todo solitaria en lo profundo de su ser. No importaba si eran bellas o no, dulces o asertivas, todo pasaba sin trascendencia, como cuando se ven anuncios en la televisión sin realmente poner ninguna atención. Así eran sus relaciones. No puedo negar que se veía muy feliz, entregado a huir de sí mismo, reafirmando su seguridad y autoestima sobre cimientos sin profundidad.
De un momento a otro, sin previo aviso, vi como Sebastián se desplomaba sobre la alfombra frente a sus invitadas, ambas ya listas a llevar la fiesta a otro nivel y él totalmente inconsciente por exceso de…, en fin, por exceso. En ese momento comencé a escuchar voces que insistentemente martillaban dentro de su cabeza y fue así como decidí enfocarme y observar.
Por extraño que parezca a aquellos que no han leído a Freud y a Jung, el joven vivía con cuatro arquetipos compartiendo su subconsciente. Era patético ver el nivel de desorden y desalineación que existía entre ellos, aunque, al conocer y analizar a cada uno, parecían realmente encantadores en lo individual. Con el tiempo los comprendí muy bien, así que si no les importa les voy a contar como los percibía.
Pateck era un gurú espiritual, de origen indio. Un ser de luz, reflexivo y benévolo, veía el lado positivo de todo, siempre creyendo en lo bueno de cada persona. Era normal que se pasara de ingenuo, ya que no estaba programado para ver los defectos en los demás y no le resultaba sencillo reconocer el mal, ni como intenciones ni como hechos concretos. Sus actitudes se regían por la empatía, la bondad y el amor incondicional. Era la luz de Sebastián y me recordaba siempre al chico con quien crecí. Su letanía era «Ohmmmm».
Luego estaba Giacomo. Qué ser tan divertido y encantador. Giacomo era un niño grande que lo único que le interesaba era el placer, su felicidad. Había cambiado los videojuegos y las mascotas por el sexo, la buena comida, la bebida y la diversión sin medidas. Vivía en un mundo en el que no había consecuencias propias ni ajenas para sus actos y su eterna gula y lujuria. Apodaba Mister Scooter al pene de Sebastián y lo mencionaba sin cesar con mucha picardía. No respetaba ninguna norma que no fuera la de buscar siempre el placer total. También me dejaba ver al niño con quien crecí, dibujado tal cual, pero disfrazado de adulto. Fijo en el aquí y ahora, sin preocupación alguna ni de pasado ni de futuro. Su letanía era «¡Bravísimo, orgásmico!». Diez minutos en su compañía podrían hacerte reír hasta el trance y olvidar cualquier pena o bien desquiciarte por su intensidad monotemática con el sexo.
El tercero era un personaje que me pareció un tanto frío, pero muy positivo. En un mundo tan materialista como el que le rodeaba, me pareció que la presencia de este personaje era de gran valor. Hablo de Donald Drunk.
Donald Drunk era un empresario totalmente capitalista, medía absolutamente todo en términos de ganancias y pérdidas, para él lo que no era medible no existía y si algo no producía un beneficio no tenía ninguna importancia. Su letanía era «Si no es rentable, es desechable». Me pareció que un personaje como este podría servir de ayuda y pronto le tomé aprecio y simpatía también.
Y finalmente está su señoría la jueza. Ella era un ser con la misión de juzgar y hacer contrapeso a todos los actos de Sebastián. Criticaba constantemente todo y a todos conforme a las reglas morales y los modelos de nuestra sociedad. Era normal pasarse de severidad, ya que para ella eran más importantes los códigos que las personas en sí mismas y la felicidad de Sebastián. Simbolizaba toneladas de clichés sociales, religiosos, políticos y sexuales respecto a la forma correcta, decente, tradicional de todo. Creo que aunaba a toda la gente que pasó por la vida de Sebastián imprimiendo en su mente pautas acerca del bien y el mal. Se la pasaba diciendo siempre «esto está muy mal, me parece indecente». Yo entendía la naturaleza de su ser, pero no me despertaba ni afinidad ni antipatía. Simplemente aceptaba su presencia como necesaria, aunque no siempre disfrutable.
Volviendo a nuestra historia, que inicia realmente esa madrugada, comprobé que la decisión de subir desde mi calabozo psicológico cincuenta pisos abajo hasta el nivel de consciencia de mi anfitrión y volver a hacer mi viejo trabajo de antes era la mejor decisión. Ya era hora de recuperar mis funciones, que tanto me gustaban: observar y reflexionar. Realmente mi amigo tenía que unificarse, reencontrarse enfrentar y sanar sus dolores, y crecer.
CAPÍTULO 2
EL CAZADOR CAZADO
A medida que se acercaba el mediodía, la mañana era más calurosa. Sebastián estaba caminando en toalla con una cerveza fría en la mano mientras hablaba por teléfono. No comprendí cómo conseguía estar en pie, después de todo lo que sucedió la noche anterior. También estaban despiertos mis compañeros. Reposaban sin mayor preocupación alrededor de nuestro hospedador. Yo preferí mirar desde una mayor distancia, para ver el panorama completo.
―Hola, ¿cómo estás? Yo bastante bien, aunque la cosa está algo jodida, ya solo tengo un semestre de liquidez y el pago de utilidades ha sido demora por los socios. Sin ese dinero no veo bien como salir adelante durante este año ―dijo Sebastián al teléfono.
«Yo le advertí a tiempo que estábamos muy apalancados con el banco y la tarjeta, pero ¡este chico solo piensa en mujeres!», dijo Donald desde el otro lado de la sala, sin la menor de las ganas.
El joven se sentó cómodamente en el sofá y continuó hablando sin preocuparse del tiempo, mientras que todos sus compañeros arquetípicos comenzaron a poner atención a su conversación.
―Esa era una opción porque ya tengo las cinco tarjetas de crédito casi topadas. Bueno dos ya están completamente topadas y sin miras de bajarles el saldo. ¡Por eso te digo que bien jodida! Pero no hay que perder las esperanzas, recuerda que para eso somos muy verracos y para atrás ni para coger impulso ―continuó Sebastián en el teléfono.
«Vaya, eso casi pareció algo positivo, ¡qué avance!», dijo Pateck desde la silla junto a él.
―No, pues esa parte de la vida sí va de maravilla. Ayer vinieron al apartamento dos mujeres. ¡Qué mujeres! Si te cuento… Una se fue hoy hace un rato ―alardeó mi amigo.
«Y la dejamos con un nuevo apodo en su vida. Desde ahora la llamarán la bien venida. ¡Bravísimo, orgásmico!», gritó Giacomo recobrando la vida.
Sebastián siguió relatando con una gran sonrisa de satisfacción.
―Pues se llama Brenda, el apellido sí te lo debo, pero igual el apellido no sirve para nada, y lo que sí le servía bien ¡le sirvió de lo lindo! ―Rio con ironía―. Así te digo que ni pude ir a la oficina hoy, tuve que meter el cuento de la abuela muerta para que no me fastidiara mi socio. Recuerda que es un tranquilón y no agarra la onda de estos deportes extremos en los que uno se mete para mantener el ánimo alto y trabajar mejor cada día. ―Tomó un sorbo de cerveza degustándola al máximo y luego respondió―: Sí, hombre, si el bruto supiera cómo trabajo yo después de cinco orgasmos en fila, te juro que él saldría a buscarlas para presentármelas y hacernos millonarios ―dijo sin borrar su sonrisa de la cara.
«¡Bien dicho! ¡Bravísimo, orgásmico!», gritó de nuevo Giacomo, también con una cerveza fría en la mano.
A este punto, su señoría, la jueza, la única mujer en la sala, estuvo callada, pero escuchando todo con una actitud de fastidio. Finalmente habló, casi con asco, acercándose a Sebastián.
«Aquí la única persona decente y correcta es el socio de este animal. Él sí vive con normas y reglas de moral y urbanidad. Pero ya pagaremos nuestras cuentas, el castigo y las facturas no tardarán en llegar. Muy mal, es completamente indecente».
Sebastián siguió la conversación al teléfono indeciso sobre si tomar otra cerveza o no.
―Hoy por la noche voy a una exposición colectiva de varias pintoras. Me encanta, pues allí solo van mujeres muy libres que no joden tanto y se dan sin tanto rollo, no esperan que les resuelvas la vida… Bueno, tal vez sí, pero solo por un ratito. ¡Ja, ja, ja! Bueno, te cuento. Te llamo y, si el panorama se ve bueno, te llegas y tal vez cazamos algo juntos, ¿te parece? Bueno, hermano, un abrazo.
«¡Sí, a la caza! Mister Scooter ya tiene hambre otra vez. ¡Bravísimo, orgásmico!», dijo Giacomo prestando especial atención a la conversación.
No muy lejos de ahí, a unas pocas calles, estaba un personaje que pronto cruzaría su camino con el nuestro. Se trataba de Ximena.
La joven vivía en Nueva York en el famoso edificio The Copper, en un hermoso apartamento. Era hija de un adinerado hombre de negocios neoyorquino y una bella psicóloga y escritora argentina, que se había casado y mudado a Nueva York buscando una oportunidad para llevar sus novelas al mercado y al cine en Estados Unidos.
El padre de Ximena era pragmático, directo, rudo y no sentía ninguna necesidad de aprobación por parte de nadie. La madre por su lado era inteligente, fría, calculadora, poco empática y extremadamente analítica. Juntos habían educado a Ximena para ser autosuficiente y jamás sufrir por causa del amor.
Ximena se miró al espejo de cuerpo completo de su habitación con aire de admiración, llevaba un mínimo pijama que no dejaba nada a la imaginación. Miró sus músculos definidos, sin soltar el teléfono dijo con voz pausada:
―¿Cómo te fue anoche? ―Buscaba algo en su enorme clóset mientras hablaba―. Ay, no me digas. Bueno, no te sientas mal, ya sabes que el producto interno es bastante bruto. Míralo de esta forma: al menos cenaste rico y le diste a un cavernícola una ocasión para dormir y amanecer motivado. Recuerda que lo que una da siempre regresa, la ley del dharma, mi bella. ―Respiró profundo y escogió un vestido de tonos oscuros, muy pegado al cuerpo. Con una sonrisa de picardía lo puso sobre la cama y continuó con la conversación―. Bueno, sí, yo sé, pero ¿le diste tu móvil? ¡Ya! Recuerda que ellos finalmente ya comienzan a entender ese protocolo en clave y ya respondió bastante bien al reflejo. ―Se quedó en silencio mirando sus zapatos de tacón y luego añadió con ese aire de saberlo todo que la caracterizaba―. ¡Pues claro! Con el ego que se manejan, al primer signo de rechazo o se ponen necios o salen corriendo. Y como no te dejes apantallar por su inventario de activos y juguetes caros, salen corriendo unos cinco minutos más tarde. Claro, si no es con eso, con qué te pueden impresionar, a ver.
Ximena encontró los zapatos perfectos para su vestido, se los probó y admiró sus piernas bellas y torneadas. Continuó hablando pausadamente, como dictando una conferencia.
―Así que no te preocupes, que ya vendrá eso que le pides al universo y, mientras tanto, ¡cenas ricas! Aguanta a la última generación rezagada del neandertal que aún ronda por estas latitudes. Yo no sé cómo pudieron desaparecer los dinosaurios y sí pudieron sobrevivir estos machistas. ¡Por Dios qué genes tan persistentes! Tenemos que irnos a Europa o a Canadá o a las Amazonas, porque ¡aquí estamos fritas! Tu pídelo al universo y deja que él trabaje por ti, así mismo, hazle caso a Deepak y The secret.
Se quitó los zapatos y los dejó junto a su cama. Abrió un gran cajón perfectamente ordenado con un gran número de accesorios de diferentes colores y tamaños. Comenzó a estudiarlos con detenimiento y dijo con desdén:
―Te juro que yo me quedaba leyendo un libro buenísimo que compré, pero voy a sacar fuerzas para irme a hacer yoga a las seis, luego hago una meditacióny después voy a ver los cuadros de Silvia en una exposición colectiva. Deséame suerte, aunque ya no sé cómo traducir «suerte» en materia de hombres en este país. A veces es mejor no encontrar nada que encontrarte a un cavernícola en una Porsche Cayenne queriendo comprar carne y que te mire con cara de haber encontrado un filete en oferta. Ya te cuento mañana. Te dejo, querida, tengo mucho que hacer y ni siquiera me he duchado. Un abrazo, mañana te llamo.
Ximena colgó el teléfono y lo dejó sobre la cómoda. Sacó un hermoso collar de plata, con un árbol de la vida bastante grande. Cerró el cajón y lo puso junto al vestido en la cama. Se dio un último vistazo en el espejo admirando su perfecta figura, pasó las manos entre el cabello castaño claro, largo, liso y abundante y se dirigió a la ducha.
