Compartimento N.º 6 - Rosa Liksom - E-Book

Compartimento N.º 6 E-Book

Rosa Liksom

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Beschreibung

La chica sube al vagón de cola del tren, repara en un hombre que se tambalea por el pasillo, y desea que no se dirija a su compartimento, el número 6. Su deseo es inútil, y se sienta en su cama, frente a aquel desconocido que irradia un frío glacial. Ambos guardan silencio cuando el Transiberiano se pone en marcha con una sacudida, dejando atrás la noche helada y seca de Moscú. Ella quiere alejarse de ahí porque necesita distanciarse de su propia vida, con su dicha y su desdicha, pero ahora siente nostalgia. Él le sirve un vaso de té oscuro y comienza a hablar con aspereza. Va a tener que escucharle hasta el final, mientras la locomotora silba, los raíles chirrían, y el traqueteo del tren golpea metálico recorriendo la estepa. Rosa Liksom ha recibido el Premio Finlandia y el Premio Nórdico de la Academia Sueca. Su obra ha sido traducida a diecinueve idiomas. Sus padres eran pastores de renos y en su juventud vivió en varias comunas europeas. Además de escritora, es pintora y cineasta. Compartimento nº 6, la adaptación cinematográfica de esta novela, fue galardonada con el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Rosa Liksom

Compartimento n.º 6

Traducido del finéspor Luisa Gutiérrez Ruiz

Gracias,gospodin/grazdanin X. X.

MOSCÚSE ACURRUCABA en la noche helada y seca de marzo, se protegía del roce de un sol glacial y poniente que se tornaba rojo. La chica subió al vagón de cola del tren, al último coche cama, buscaba su compartimento, el número 6, y respiró profundamente. En el compartimento había cuatro literas, las dos superiores estaban plegadas contra la pared, entre las camas había una pequeña mesita, en la mesita un mantel blanco y un jarrón de plástico, y dentro del jarrón, un clavel de papel rosa descolorido por el tiempo. La estantería a la cabecera de la cama estaba repleta de grandes bultos inestablemente atados. La chica empujó su vieja y modesta maleta, regalo de Zajar, en el portaequipajes metálico bajo la cama estrecha y dura; arrojó su pequeña mochila sobre la cama. Cuando la campana de la estación sonó por primera vez, la chica se acercó a la ventana del pasillo. Respiraba el aroma del tren, el olor dejado por el hierro, por el polvo de carbón, por decenas de ciudades y miles de personas. A su lado se abrían paso los viajeros y quienes los despedían, empujaban con sus bolsas y sus bultos. Rozó con la mano el frío cristal y echó un vistazo al andén. Este tren la conduciría a través de pueblos habitados por desterrados, a través de ciudades abiertas y cerradas de Siberia, hasta la capital de Mongolia, Ulán Bator.

Cuando la campana de la estación tañó por segunda vez, reparó en un hombre musculoso con orejas de col que llevaba un abrigo acolchado negro, de los que usan los obreros, y una gorra blanca de piel de armiño; también en una hermosa mujer de cabello oscuro y un tímido adolescente que se mantenía al lado de su madre. Ambos se despidieron del viajero y se alejaron de la mano hacia la terminal. El hombre clavó la vista en el suelo, se colocó de espaldas al viento helado, pellizcó un Belamorka, se lo llevó a los labios y lo encendió; fumó un instante, daba caladas ávidas, lo apagó con la suela del zapato y se quedó de pie, tiritando. Cuando la campana de la estación sonó por tercera vez, el hombre subió de un salto al tren. La chica siguió con la mirada a ese tipo que caminaba por el pasillo, con paso tambaleante, y deseó que no se dirigiera a su compartimento. Su deseo fue inútil.

Tras un instante de vacilación, la chica entró en el compartimento y se sentó en su cama, frente a aquel desconocido que irradiaba un frío glacial. Ambos guardaban silencio. Él la observaba hosco, ella clavaba, insegura, la vista en la flor de papel. Cuando el tren se puso en marcha con una sacudida, por los altavoces de plástico del compartimento y del pasillo irrumpió con fuerza el Cuarteto de cuerda número ocho de Shostakóvich.

Y así queda atrás la invernal Moscú, metrópoli azul acero que el sol del atardecer calienta. Atrás queda Moscú, las luces de la ciudad y el estrepitoso tráfico, el baile en círculos de iglesias, un adolescente y una hermosa mujer de cabello negro con la mejilla hinchada. Atrás quedan los escasos letreros de neón brillantes contra el enojadizo cielo negro azabache, las estrellas de rubí en las torres del Kremlin, los cuerpos embalsamados del buen Lenin y del malvado Stalin, y Mitka; atrás queda la Plaza Roja y el mausoleo de Lenin, las balaustradas de enrejado de las escaleras de caracol de los grandes almacenes Gum, el hotel internacional Intourist con sus bares de divisas, las sombrías vigilantes de planta interesadas en el maquillaje, los perfumes y las máquinas de afeitar occidentales, que se apoderan en secreto de la superficie habitable del almacén de útiles de limpieza del hotel. Atrás queda Moscú, Irina, la estatua de Pushkin, las carreteras de circunvalación y las líneas circulares, las grandes avenidas de Stalin, la Novy Arbat con sus varios carriles al estilo occidental, la autopista Jaroslav y las filas de dachas adornadas con tallas de madera; un país agotado, curtido, resbaladizo. Al otro lado de la ventana, rehíla un mercancías vacío de cien metros de largo. Esto aún es Moscú: una aglomeración de edificios prefabricados de diecinueve plantas en mitad de un pozo de fango en cuyas ventanas heladas oscila una luz tenue, huidiza; terrenos en obras, edificios a medias, profundos boquetes abiertos en las paredes. Pronto también ellos se convertirán en una silueta en la lejanía. Esto ya no es Moscú: una casa hundida en la nieve, un bosque de coníferas revestido de escarcha meciéndose indómito, un claro cubierto por dunas de nieve, suave humedad bajo el nevazo, oscuridad, una pequeña cabaña de troncos solitaria en medio de una llanura blanca, un descuidado manzano en el patio, un bosque de frondosas entumecido por la nieve, verjas de tablas delante de las villas, un desvencijado cobertizo de madera. Delante se abre una Rusia desconocida, congelada por el frío, el tren circula presto, centelleantes estrellas se perfilan relucientes contra el cielo agotado; el tren se precipita en la naturaleza, en la opresiva oscuridad iluminada por un cielo nuboso sin estrellas. Todo está en movimiento: la nieve, el agua, el aire, los árboles, las nubes, el viento, las ciudades, los pueblos, las personas y los pensamientos. El tren palpita pesadamente a través de una tierra nevada.

La chica escuchaba la respiración del hombre, profunda y apacible. Él se contemplaba las palmas de las manos: eran grandes y fuertes. Afuera, sobre el terreno, pululaban las linternas ferroviarias. Unas veces vagones parados en las vías ocultaban el paisaje, otras, la oscuridad nocturna de Rusia se extendía tras el cristal, de cuando en cuando se vislumbraba alguna casa iluminada por una luz pálida. El hombre levantó la vista, examinó durante largo rato a su compañera y con aspereza afirmó aliviado:

—Así que somos dos. Los brillantes raíles nos llevan al frigorífico de Dios.

En la puerta del compartimento apareció una vieja ordenanza, robusta, uniformada, que les entregó a ambos viajeros unas sábanas limpias y una toalla.

—Y aquí nada de escupir en el suelo. El pasillo se limpia dos veces al día. ¡Y ahora sus pasaportes, por favor!

Comprobada la documentación, la ordenanza se alejó sonriendo burlona. El hombre asentía a su paso.

—Aquí, la vieja Arisa tiene el poder absoluto de la milicia. Mantiene a raya a los borrachos y a las putas. Es mejor no provocarla con tonterías. Arisa es la diosa de la calefacción del tren. Más vale tenerlo presente.

El hombre sacó del bolsillo una navaja con la empuñadura negra, retiró el seguro y apretó el botón. Se oyó un sonido metálico, la hoja chasqueó con firmeza al asomar por el mango. Con delicadeza, la posó sobre la mesa y sacó de su bolsa un gran pedazo de queso ruso, un pan negro, una botella de kefir y un tarro de smetana. Luego, de un bolsillo lateral extrajo una bolsa de pepinillos que chorreaba agua salada y comenzó a abarrotarse la boca de pan negro con una mano, de pepinillos con la otra. Después de comer, aún sacó un calcetín de lana cuyo interior guardaba una botella de cristal con té caliente. Observó a la chica largo rato. En su mirada podía distinguirse repulsión, luego curiosidad ávida y finalmente una especie de aceptación.

—Soy Hierro Acerovich —dijo—, hombre del metal y trabajador de la construcción para los príncipes de Moscú. Vadim Nikoláievich Ivánov es mi nombre. Para usted, simplemente Vadim. ¿Gusta? El té tiene vitaminas, por eso es bueno tomarse una tacita o dos. Por un momento se me pasó por la cabeza, vaya, ya me han castigado, y de lo lindo, encerrándome en la misma jaula con una estonia. Entre la Finliandskaia Respublika y la Sovietskaia Estonskaia Respublika hay diferencia. Los estonios son nazis alemanes de nariz ganchuda, pero los finlandeses están hechos básicamente de la misma grasa que nosotros. Finlandia es una pequeña patata lejana, allá arriba, en el Norte. Vosotros no dais problemas. Los pueblos del norte, todos son la misma gente, los une el orgullo septentrional. La señorita, por cierto, es la primera finlandesa que veo en mi vida. Aunque lo que es oír hablar, eso mucho. En vuestro país tenéis ley seca.

El hombre le sirvió a la chica un vaso de té oscuro que ésta probó con precaución. Él disfrutaba de la infusión con pequeños sorbos, se incorporó y preparó la cama. Después se despojó pudoroso de unos pantalones negros de tela gruesa, que mantenía sujetos con un estrecho cinturón de cuero, una chaqueta fina confeccionada con tejido áspero y una camisa blanca, y lo plegó todo con esmero a la cabecera de la cama. Se puso un pijama de rayas azul celeste y se escurrió entre las almidonadas sábanas. Por debajo de la manta asomaron al poco sus enroscados dedos de los pies, estropeados por el descuido y por zapatos de mala calidad, y sus talones agrietados.

—Buenas noches —deseó con expresión abatida, casi susurrando, y se durmió en el acto.

La chica permaneció largo rato en vela. En la penumbra del compartimento, los vasos del té y su sombra se movían sin descanso. Había querido alejarse de Moscú porque necesitaba distanciarse de su propia vida, pero ahora sentía nostalgia. Pensó en Mitka; en Irina, la madre de Mitka; en Zajar, el padre de Irina, y en sí misma, en cómo estarían todos ellos. Pensó en el hogar que habían compartido temporalmente, ahora vacío. Ni siquiera estaban allí los gatos: Señorita Mugre y Señor Basura. La locomotora silbaba, los raíles chirriaban, el traqueteo del tren golpeaba metálico, el hombre roncó en voz baja durante toda la noche. A ella, el sonido le recordaba a su padre y se sentía segura. Por fin, de madrugada, cuando las sombras comenzaban a encogerse, se sumió en un sueño blanco, espumoso.

CUANDO LA CHICA ABRIÓ CAUTELOSA LOS OJOS, lo primero que distinguió fue al hombre haciendo flexiones entre ambas camas. El resplandor verde del sol trepidaba por las paredes lacadas del compartimento, el hombre se secaba el sudor de la frente con la toalla. Antes de que la chica alcanzara a incorporarse, tocaron a la puerta; Arisa, embutida en la chaqueta negra de su uniforme, traía dos humeantes vasos de té que posó sobre la mesa, unos barquillos húmedos y cuatro grandes azucarillos cubanos. El hombre rebuscó unos kopeks en el monedero, adornado con la imagen en relieve de Valentina Tereshkova con casco espacial.

Una vez la ordenanza se hubo marchado, el hombre sacó de debajo del colchón su navaja de hoja estrecha, tomó en la mano izquierda un azucarillo y, con un golpecito de la hoja por el lado sin filo, lo partió en dos trozos y le entregó a su compañera uno de los humeantes vasos y la mitad del azucarillo.

Sonrió tímido y melancólico, sacó de su bolsa una botella de vodka, la abrió y llenó dos vasos azules de chupito que extrajo de las entrañas de su bolsa.

—Si la alegría de nuestro viaje en común es larga, las palabras pueden ser cortas. Un brindis por nuestro encuentro. Un brindis por el único Estado auténtico del mundo: la Unión Soviética. ¡La Unión Soviética no morirá jamás!

Apuró el contenido del vaso y le propinó un mordisco a una jugosa cebolla. La chica, en cambio, se llevó el vaso a los labios, pero no lo cató.

Sonriendo pícaro, el hombre se secó los labios con una esquina del mantel. La chica saboreó el té. Había reposado largo rato, era aromático y fuerte. En ese momento, él se percató de que su compañera no había vaciado el vaso de vodka.

—Es triste beber solo.

La chica no había tocado el vaso. Él la miró con decepción en el rostro.

—Es difícil de comprender. Pero bueno. No voy a obligarte. Aunque sí me apetecería.

El hombre se ensimismó en sus pensamientos, examinaba a la chica por debajo de las cejas. A ella no le gustaba su expresión, por eso tomó una pequeña toalla, el cepillo de dientes, y se dirigió al baño para la higiene matutina.

La cola llegaba hasta la mitad del pasillo. Los viajeros iban vestidos con batas, pijamas, chándal; un par de hombres llevaban solo los calzones blancos del ejército.

Transcurrida más de una hora, la chica alcanzó su objetivo. Era su turno de agarrarse al pomo húmedo, pegajoso. El baño se encontraba en un estado lamentable y el hedor resultaba punzante. Por el suelo flotaban orín jabonoso y rebujos de papel de periódico, del grifo no salía ni una gota de agua. Quedaban nada menos que dos trozos color beis de jabón de lavar, minuciosamente cortados en cubos y que apestaban a sodio. Sobre la superficie de uno de ellos nadaba una baba de color marrón oxidado. La chica se encaramó de un salto sobre la taza del váter para no mojarse las pantuflas que había comprado en Leningrado, y se las arregló para lavarse en seco los dientes y la cara. El ventanuco del baño estaba entreabierto, por él pasó una estación olvidada, desierta.

El hombre descargó sobre la mesa el contenido de su bolsa: pan negro, rábano picante envasado, gajos de tomate y cebolla, mayonesa, pescado en lata y unos huevos cocidos que peló con esmero y luego partió en dos.

—Dios no olvida a los satisfechos y viceversa. Así que adelante, sírvase.

Comieron dilatadamente y cuando el hombre hubo retirado los restos del desayuno, devolviéndolo a su bolsa, y barrido con la mano las migas al suelo, ambos disfrutaron del té, que se había enfriado y estaba en su punto justo.

—Esta noche he soñado con Petia. Nacimos el mismo año y fuimos a la misma clase. Cinco años y medio pudimos corretear juntos por ahí. La escuela no era para nosotros, había que trabajar. Yo aguardaba a un camión cargado en las escaleras de una tienda y, cuando llegaba, descargaba el género y lo metía en el almacén. Petia acarreaba tablas en una obra. Vivíamos en una sala de calderas que tenía una ventana por la que se veía la acera y los pies de los transeúntes. Allí vivíamos. Un día, Petia no regresó del trabajo. A la mañana siguiente me fui en el trolebús a la obra a preguntar por él y me dijeron que había muerto aplastado por una máquina. Que la máquina lo había matado. Yo pregunté qué máquina había sido. Un viejo señaló una miserable excavadora pequeña. Esa es la culpable. Entonces agarré una almádena y la golpeé hasta dejarla inservible. Después de eso, me las he arreglado solo.

La chica contempló al hombre encerrado en sus reflexiones y pensó en Mitka y en una madrugada de agosto. Estaban sentados en un banco de hormigón al borde de la plaza Pushkin, fumando hierba, esperando el amanecer, cuando un grupo de jóvenes borrachos se presentó armando bulla y empezó a empujarlos y a amedrentarlos. Consiguieron zafarse, apretaron el paso, pero un gordo calvo los persiguió mientras los amenazaba con esparcir los sesos del gafotas por el suelo. Les entró miedo. Continuaron la carrera por una calle desierta, al final de una vía apareció un automóvil, la chica estaba segura de que en él también viajaban skinheads. Corrieron por calles secundarias, atajaron por patios de casas, se precipitaron sudorosos sobre la puerta de su portal.

—Acabé por primera vez en el sur de Siberia a principios de los sesenta. Eran los tiempos de la reforma monetaria. El rublo no valía nada, no se podía conseguir comida ni con dinero, y en los kioscos de cerveza te pedían cincuenta kopeks por una jarra. En aquella época me apalancaba en la cantina de la obra y empinaba un caldo inmundo con Boris, Sacha y el perro Muja. Una día se presentó de improviso un funcionario de obras. El paleto, de esos que llevan botas de fieltro, me dijo: Camarada, ve a Sujumi, a Crimea, al sur de Siberia, allí se necesitan obreros cualificados. Me puso un papel en la mano y desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Fui a decirle a Vimma, a mi querida zorra de culo grande, gracias por tu coño, adiós, puse pies a la estación y anduve dando tumbos en el tren por la amplia y extensa Unión Soviética. En lugar de Sujumi acabé en Yalta. También por allí andaban construyendo todo tipo de casuchas, y cuando dije que era un héroe del hormigón y una máquina de músculos estajanovista, enseguida me dieron trabajo. Fue el mejor verano de mi vida. Me pasaba el día meneándomela y yendo de putas. Cuando a las tías se les preguntaba si estaban húmedas, en dos minutos se ponían a punto de caramelo. A veces iba con las muy zorras al Cine Obrero de la Construcción a ver películas de aventuras. Tres hombres en la nieve, Desaparecido en el hielo y, cómo se llamaba esa tan buena…, Tres amigos en alta mar. Siempre que me acuerdo de aquel verano, se me hace la boca agua. En esa época, el sentido aún no le había colocado grilletes a la vida. ¡Y entonces apareció la última puta! Katinka. Con voz melosa me canturreó al oído: Ven, déjame que te lave la camisa. Y así acabó mi vida, y delante de mí se abrió el camino oscuro y poblado de baches de un alcohólico que cada vez se hunde más en el fondo.

El viento del este arrojaba solitarios copos de nieve sobre la blanca estepa, un resplandor macilento se asomó un instante por encima de un bosquecillo. El hombre escupió con rabia sobre el hombro izquierdo en una esquina del compartimento.

—Me refiero a la misma Katinka que ayer fue a la estación a despedirme. Lleva mi huella en la cara. Llegué borracho a casa y así empezó la cosa. Siempre el mismo follón, Katinka se puso a armar la bronca habitual y, como no era capaz de parar, le arreé un bofetón, luego otro. Si cerrara la boca como una niña buena, si le ayudara a uno a desvestirse, que llega cansado, y preparara una buena cena, pero es que no aprende. Yo intento explicárselo, y hasta le doy pisto. Pero es que no escucha, dale y dale, pone el grito en el cielo con que los hombres han construido este maldito mundo solo para sí mismos. La rabia contenida de un marido sometido estalla y entonces le arreo un bofetón para que cierre la boca. Si con esas no se calla, le atizo en condiciones en toda la jeta. A mí todo eso no me resulta fácil, no me gusta pegar, pero es que siempre ocurre lo mismo. Al fin y al cabo, yo también tengo derecho a hablar y a ser yo mismo en mi propia casa, aunque, a decir verdad, la piso poco.

El hombre sopesaba cuidadosamente sus palabras, las dejaba caer una tras otra. La chica se concentraba en cerrar los oídos.

—Una pelea cotidiana en mitad de la noche es algo deprimente. Acaba con la alegría de la vida. Anoche su olor nauseabundo me aplastaba en sueños como un tanque de combate. La simple idea de su coño hecho cenizas me hace vomitar por las paredes.

El vagón avanzaba a sacudidas, la mano del hombre daba ligeros saltos, en la comisura del ojo le afloró una lágrima. Se la secó con el canto de la mano y cerró los ojos, se aclaró la voz y enderezó la espalda, llenó los pulmones de aire y los vació.

—Pero todo tiene un límite. Nunca he pegado a Katinka en el pasillo de la kommunalka, ni en la calle, ni en una oficina. Solo en nuestra habitación, si no se presentan los vigilantes del barrio o la milicia, y a mí no me gusta ninguno de ellos, especialmente la milicia. La regla es que el crío no lo vea, al fin y al cabo, Katinka es su madre. Ahora el chaval ya es mayor y ya anda pegando a su propia damisela. Eso no me gusta... Cuando golpeas a la parienta con una almádena, la conviertes en oro, me decían los viejos cuando yo era un chaval. Y ese consejo lo he respetado. Tal vez incluso demasiado.

Por momentos la chica mantenía la vista en el suelo, también observaba una nube estancada al borde de la bóveda celeste. Nunca se había topado con un ruso así, o tal vez sí, pero no deseaba recordarlo. Ningún ruso le había hablado de esa manera. No obstante, había en él algo familiar, en su arrogancia, en su manera de arrastrar las palabras, en su sonrisa, en su tierna mirada desdeñosa.

—Katinka es rusa, cruel y justa. Va a trabajar, se ocupa del hogar y del crío y aguanta lo que le echen. Es solo que yo pienso de manera diferente a ella. Pongamos por ejemplo a mi anciana madre. Vivimos uno al lado del otro, en la misma kommunalka, y eso para mí es estupendo. Katinka puede dar de comer a madre al mismo tiempo que comen ella y el chaval, y ocuparse un poco de hacerle a la vieja la vida agradable. Pues no, las cosas no son así de sencillas. Esa puta me lleva exigiendo los veintitrés años que llevamos casados que ponga a mi anciana madre de patitas en la calle.

La chica se incorporó con intención de salir al pasillo, pero el hombre la agarró seco de la mano y le señaló la cama.

—Va a escuchar esto hasta el final.

La chica se zafó. Él se precipitó detrás y la sujetó por la muñeca, con firmeza, pero paternal al mismo tiempo, trayéndola de vuelta. La chica se dejó caer a los pies de la cama.

El hombre regresó a su sitio, se colocó un dedo sobre los labios, sopló suavemente y sonrió con picardía.

—Hay una cosa que siempre me ha sorprendido: todos los novios quieren a su novia, pero los maridos odian a su mujer. En cuanto se firman los papeles del matrimonio, el hombre se convierte en el marido y la mujer en la parienta, y a ambos empieza a carcomerles por dentro un sentimiento de insatisfacción. Ella piensa que si consiguen comodidades, las cosas volverán a su cauce, que se trata de una cocina propia, de un albornoz nuevo, de un jarrón de pie, de una cazuela sin abolladuras o de un juego de té de porcelana. Mientras, el tipo piensa, si voy de putas la aguantaré mejor. Y sin embargo, a pesar de todo..., cuando miro a Katinka, cuando la observo, a veces me gustaría decirle: Mi pequeña Katiusha, mi tontuela, mi pequeña boba.

El hombre suspiró profundamente, con la mano buscaba a tientas la bolsa de pepinillos, consiguió asir uno, le dio un mordisco y sin querer se tragó el pedazo entero.

—Los hombres no servimos para nada. Las mujeres se las apañan mejor sin nosotros. Nadie nos necesita. Excepto otro hombre. En estos momentos me apetecería tomar un trago y brindar por el vigor de la mujer rusa, por su aguante, paciencia, coraje, humor, astucia, perfidia y hermosura. Son las mujeres las que mantienen este mundo en pie.

Deslizó la mano debajo del colchón y sacó una tableta de chocolate Chaikovski. La abrió con la punta de la navaja y le ofreció a la chica. Él no tomó ni una onza, se limitó a colocarlo en medio de la mesa. El chocolate era oscuro y sabía a nafta. La chica pensó en Irina, en cómo solía sentarse por las noches bajo la lámpara en su butaca favorita y leía, en cómo la luz amarillenta se posaba sobre el texto, cómo sus manos sostenían el libro, cómo su rostro, cómo...

—Antes las mujeres sabían estar calladitas, las de ahora andan todo el día con el pico abierto. Conocí a una puta que cotorreaba y fumaba mientras me la estaba follando. Me entraban ganas de estrangularla.

A lo lejos se vislumbraba un bosque de abedules agotado por las fuertes heladas y los vientos recios. Los árboles desnudos dibujaban sombras gráficas en la nieve. El tren avanzaba a toda velocidad, la nieve flotaba en el aire y resplandecía límpida y brillante. A veces llenaba la ventana un bosque blanco, helado; otras, el cielo despejado y suavemente azul. La chica escuchaba el sonido y el ritmo del discurso del hombre. Al cabo de un rato se desvaneció el entusiasmo, su lugar lo ocupó una pizca de profunda tristeza.

El hombre meditó durante largo rato. Unas veces sus labios húmedos se movían rápido, otras muy despacio. Su porte se había desplomado, estaba sentado con los hombros alicaídos. La chica sacó del bolso los útiles de pintura y comenzó a dibujar.

Él la miró, suspiró ligeramente, se encogió desanimado de hombros.

—Katinka..., mi Katinka.

En el compartimento se hizo el silencio. El hombre apoyó la frente contra el frío cristal de la ventana, la chica se puso en pie y salió al pasillo.

En el corredor había algún que otro viajero. Un mercancías en sentido contrario bramó al pasar, hizo balancearse el tren, y en la lejanía, cual mancha turquesa, se distinguió un instante el pequeño edificio del apeadero. La noche anterior había salpicado la ventanilla del pasillo de motas de mugre entre las que en el interior del vagón penetraba una luz pálida. El boscaje de abedules se estaba tornando menos denso, el tren reducía la marcha, sobre los raíles adyacentes se esparcía chatarra herrumbrosa, y al poco el tren se precipitaba en la estación de Kírov. Un letrero colocado al borde de las vías anunciaba que hasta Moscú había unos mil kilómetros.

La puerta del vagón estaba abierta, la chica se quedó de pie en el umbral. Algunos pequeños copos de nieve flotaban en ese día de intenso frío seco, sereno. En la vía contigua, un diminuto tren local se movía inquieto a tirones, como poseído por una repentina enfermedad. La gente salía a toda prisa de sus entrañas y respiraba angustiada bocanadas de aire fresco. La campana de la estación sonó una vez, a continuación, otra. La chica tuvo el tiempo justo de vislumbrar un segundo la visera negra de plástico del conductor del tren, que pasaba de largo, cuando apareció Arisa para cerrar la puerta.

—¿Pero qué hace usted ahí parada? ¿Es que quiere quedarse en Kírov? Le caería una buena reprimenda. Que usted no tiene pasaporte nacional ni residencia. Estúpida extranjera, no se entera de nada y anda metiendo sus narices por aquí. Y a mí me endosan a esta infeliz. ¿Acaso sabe usted al menos quién fue Kírov?

La chica caminaba por el pasillo, balanceándose con el movimiento del tren que reanudaba lentamente la marcha, observaba la ciudad que se mecía tras el cristal. Delante de un edificio administrativo de estilo barroco se peleaba una jauría de perros callejeros, un joven los golpeaba con el palo de un escobón roto. La chica se encaminó hacia la cabina de la ordenanza para comprar té. Arisa, todopoderosa, sentada en la cama, la contempló compasiva. En el pequeño transistor, Georg Ots cantaba en ruso.

—Todo el mundo debería tener una vida parecida —dijo—. Igual de buena o igual de mala.

Le entregó dos vasos de té caliente y tres paquetes de galletas en lugar de dos.

—Una persona es capaz de todo cuando la obligan. ¡Y ahora, a su compartimento!

El hombre estaba sentado en la cama. Sobre la camiseta blanca se había puesto una camisa de cuadros que colgaba desabotonada por fuera del pantalón. Bajo los pliegues de la camiseta blanca se entreveía un abdomen musculoso, sudado. Tomó una pequeña naranja de la mesa y comenzó a arrancarle la piel con rudeza. Después de comérsela, sacó de debajo de la cama un periódico hecho jirones de tanto manosearlo y, oculto tras él, espetó en tono irritado:

—De jóvenes, las personas son inquietas. Nada de paciencia. Lo único que hacen es correr de aquí para allí. Todo vuelve a su cauce, el tiempo solo es tiempo.

Frunció el ceño y suspiró:

—Mírame un momento. Ves a un tipo viejo con un alma melancólica hastiada de paz. El corazón ya no late por sentimiento, sino por simple costumbre. Nada de locas travesuras, ni siquiera pena. Solo tedio.

La chica recordó su última noche en Moscú: se había apresurado de un sitio a otro, había bajado con premura las largas escaleras del metro y había ido en la línea roja hasta la biblioteca Lenin, allí había atravesado corriendo el vestíbulo, parecido a un museo, con su suelo de baldosas y los laberintos bordeados por estatuas de bronce, y después de subir por varias empinadas escaleras mecánicas, había hecho transbordo a la línea azul, había pasado por Arbat, se había apeado en una estación en forma de iglesia decorada con mosaicos cuyo nombre ahora no recordaba, y bajo la bóveda de hormigón se había percatado de que había olvidado su bolso con los billetes de tren y los voucher, y había dado media vuelta, saltado de un metro a otro, pasado por las mismas estaciones donde había cambiado de línea y, para gran sorpresa suya, había hallado el bolso en la parada de la biblioteca: la esperaba bien visible en la ventana de la cabina del vigilante de metro.

El tren frenó y se detuvo. Al poco, la locomotora dio un brusco tirón y el tren reanudó la marcha. Otro frenazo. Otra parada. La locomotora se extrañó de nuevo, silbó jubilosa y se movió levemente con decisión. Las ruedas chillaron un instante pidiendo disculpas, pero al momento el tren ya estaba retumbando firme hacia adelante. En el otro extremo de la estepa nevada brotó de repente el sol, iluminó un instante la tierra y el cielo, y desapareció tras un paisaje pantanoso infinito. El hombre escrutaba a la chica con detenimiento.

—¿Tienes el alma llena solo de sueños? Bueno, soñar se puede, claro. También Iván el Tonto está tumbado en el banco junto al hogar y sueña con un horno móvil y una mesa que se ponga sola, pero esta vida a la que los más sabios que yo llaman prisión temporal ocurre aquí y ahora. Mañana mismo puede presentarse la Muerte y arrancarte las pelotas.

El rostro estrecho del hombre irradiaba autocomplacencia. Tenía una hermosa boca, unos labios finos y en el mentón una pequeña cicatriz como la de Trotski.

—La muerte no puede ser en absoluto peor que la vida.

El hombre cerró los ojos y apretó los labios con fuerza. Entonces empezó a canturrear.

—Mi querida niña, no temas a la muerte mientras vivas, pues entonces aún no existe. Y cuando hayas muerto, ya no existirá más.

Hipó un instante, sacudió los hombros y se puso derecho.

—Es mejor morir que vivir asustado. Y si de algo hay que tener miedo, que sea de los mongoles. Ni siquiera tienen nombre. No hacen otra cosa que comer, follar, dormir y morir. Carecen de principios morales y para ellos la vida humana no tiene valor. Pero destruirla, eso sí que saben. Si le das a un mongol un transistor, a los cinco minutos te devuelve un montón de tornillos, cables y una carcasa vacía. Aunque a nosotros, los rusos, los mongoles nos trataron muy mal y nos destrozaron la espina dorsal moral, intentamos ayudarlos. Les trajimos al presente. Pero ellos no comprenden nada, se follan a sus hijos y se ríen insolentes de nosotros a la cara... ¿Te enteras? Mira, la Unión Soviética es un país enorme y aquí vive un pueblo antiguo, grande y muy heterogéneo. Hemos vivido y sufrido la servidumbre, la época del zar y la revolución. Nosotros hemos construido el socialismo y volado a la Luna. ¿Y qué han hecho los vuestros? ¡Nada de nada! ¿Qué tenéis vosotros mejor? ¡Nada!

El hombre dejó caer las manos sobre las rodillas y abrió la boca para decir algo, pero se contuvo.

Próximo al tren, pero arriba, en lo alto, un águila planeaba sobre el muro boscoso con el cadáver de una cría de alce entre las garras. La puerta del compartimento se abría sola y luego se dejaba caer pesadamente. Las lamparitas a lo largo del suelo del corredor proyectaban una luz amarillenta y zumbaban, el pasillo parecía la pista de aterrizaje de un aeropuerto. El caloducto arrojaba aire candente en el angosto espacio. La chica se trasladó al pasillo. Allí había una pareja joven acompañada por una abuela flacucha, del tamaño de un niño, con el rostro surcado de arrugas, y una niña con el pelo trenzado. Bajo el brazo, la pequeña portaba un osito pionero marrón y en el regazo sostenía un muñeco payaso de gran sombrero, que parecía un esquizofrénico que acaba de tomar un tripi. Detrás del aterido bosque de coníferas, un sol violeta avanzaba despacio sobre el recatado claro de un bosque. En la profunda espesura forestal, los pequeños pájaros dormían en las cavidades de las rocas, las resistentes liebres de pelaje blanco en sus madrigueras y los osos roncaban en las entrañas de las cuevas.

Arisa recorrió los compartimentos seguida por una camarera más joven, Sonechka, ataviada con un uniforme demasiado grande. La chica trató de entablar conversación con ella, pero ésta era tan tímida que de inmediato retiró su rostro y desapareció tras Arisa en el primer compartimento del vagón, la zona restringida al personal, de la cual día y noche salía a bocanadas el vapor uniforme de un enorme samovar en furiosa ebullición del tamaño de una pared. En su interior cabían docenas de cubos de agua hirviendo.

En el horizonte giraba un sol amortiguado hasta tornarse pálido. Un bosque tenebroso se erguía murmurando hacia un cielo inestable bordado de nubes grisáceas. En cuanto el hombre se presentó en el pasillo, la chica retornó al compartimento, sintió el traqueteo de las vías y se quedó dormida. Cuando despertó, él la estaba observando con una expresión enormemente ofendida en el rostro. La chica le sonrió meditando sobre la lógica de todo aquello. Había partido de Moscú porque ése era el momento correcto de cumplir el sueño común, el suyo y el de Mitka: un viaje en tren cruzando Siberia hasta Mongolia. No obstante, realizaba el viaje sola, aunque para ello existía un motivo claro.

Entre tanto, el hombre había sacado de la bolsa una manoseada baraja de naipes y comenzó un solitario.