La mujer del Coronel - Rosa Liksom - E-Book

La mujer del Coronel E-Book

Rosa Liksom

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Beschreibung

Una mujer finlandesa, ya en su vejez, nos cuenta la historia de su vida. Cómo se enamoró en su juventud de un amigo de su padre, un Coronel que simpatizaba con el nazismo, cómo quedó atrapada en un matrimonio violento y destructivo mientras Europa se preparaba para la guerra, y cómo consiguió sobrevivir a esa travesía por los infiernos. Rosa Liksom ha recibido el Premio Finlandia y el Premio Nórdico de la Academia Sueca. Sus padres eran pastores de renos y en su juventud vivió en varias comunas europeas. Además de escritora, es pintora y cineasta. Sus novelas han sido traducidas a diecinueve idiomas. En esta novela, su prosa precisa e incisiva explora la historia de Finlandia en el siglo XX a través de los ojos de una anciana, transportándonos a los pantanos y la tundra del norte del país, pero también a las profundidades abismales de la humanidad. "La mujer del Coronel" es un estudio de la maldad y de la capacidad de adaptarse, una historia de sumisión y de instintos fascistas, y un canto de amor a la naturaleza.

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Seitenzahl: 223

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Rosa Liksom

La mujer del Coronel

Traducción del finés tornedaliano de Luisa Gutiérrez Ruiz

Gracias,H. H.

Los troncos de una cabaña de pesca construida en la ribera de un gran humedal de terraplenes pantanosos crujen y el bote de madera recostado boca abajo contra el paramento de la caseta lanza un grito, y si se gira la vista hacia el pequeño pueblo, se ve que sus casas están oscuras, sus habitantes han ido a dormir. Una cortina oscila y se vislumbra una tenue luz. Alguien se da media vuelta debajo de un edredón floreado, alguien se rasca la pantorrilla sumido en un sueño profundo, la boca de alguien se ha quedado abierta y su baba resbala sobre un almohadón blanco, alguien se despierta sobresaltado de un sueño ligero y vuelve a dormirse, alguien ronca de forma intermitente, alguien se sienta al borde de la cama, enciende un cigarrillo a medias y después de fumarlo se sienta un momento, con los ojos cerrados, en un orinal esmaltado que luego desliza bajo la cama de muelles, se desploma sobre el colchón de paja y retorna con un suspiro a su placentero sueño.

Solo en una ventana, en la de la casa más distante, palpita una luz modesta. Es la casa de la Coronela. Vista desde el lago, parece una combinación de chalé alpino y cabaña sin chimenea. Tiene dos plantas y los viejos troncos de sus paredes ya están anegados.

En la profunda negrura de la madrugada, la helada penetra en la estancia por los huecos de los tablones y las grietas del suelo. La Coronela introduce las manos bajo la chaqueta de reno y se aprieta el cinturón del antiguo albornoz desgastado del Coronel, mira sus altos calcetines de pelo de camello y los botines de piel de reno que en las frías horas nocturnas mantienen sus pies calientes y se tambalea hacia la chimenea.

Dispone sobre la rejilla los leños de abedul que ha traído Tuomas.

El fuego prende a la sexta cerilla. El bramido de la madera de abedul ardiendo sube por la chimenea y se condensa en forma de losa blanca en el cielo invernal.

1Lo bueno de la vida pasada es que jamás regresa.

1. A partir de aquí, el texto está en un dialecto del finés que se habla en el valle del río Torne. [N. de la T.]

No obstante, jamás desaparece nada.

Me había inscrito en el campamento de verano de la organización femenina Lotta Svärd. Tomé el autocar hacia Kittilä y luego me interné con mis bártulos en el bosque; caminé hacia una landa entre un lago y el remanso encharcado de un río. Allí estaban ya las otras niñas y mujeres, ocupadas montando las tiendas, y me uní a ellas. Al sur del campamento había una laguna que el musgo invadía a gran velocidad y al norte, un hermoso lago virgen de aguas plácidas y límpidas cuya orilla vecina bordeaba una playa de arena. Vagar por el bosque era para mí bastante natural. Papá había quedado fascinado por el ideal escultista en Alemania, a su regreso introdujo la práctica en la ciudad de Rovaniemi y me incorporó a las exploradoras a mis siete primaveras. En las lobeznas aprendí que una persona de bien es digna de confianza, servicial, educada, obediente, responsable, trabajadora, valiente y patriota.

Bajo esos hermosos principios nos peleábamos, nos atormentábamos unas a otras, acosábamos a las más pequeñas y aprendíamos a vivir. Yo era una exploradora entusiasta y tuve la oportunidad de pasar varios veranos de campamento en Alemania, al mismo tiempo que aprendía el idioma. Juuden raus! Qué hermoso sonaba entonces en mis oídos y qué mal suena hoy. Mis hermanas y yo éramos pequeñas lotta diez años antes de que se fundara oficialmente la sección juvenil de esta organización. Nuestra familia era un pilar de la guardia blanca y un ejemplo para todos los finlandeses.

Con las pequeñas lotta aprendí a poner la mesa y a tejer tapetes de ganchillo. Después de la Guerra de Liberación, así llamábamos a la guerra civil, recogíamos trozos de huesos para fabricar jabón y raíces de dientes de león para hacer café. Yo reuní también tantas piñas que recibí una insignia en forma de estrella en la pechera de mi pequeño uniforme. He conservado todos los trajes, aunque tras el armisticio se dio la orden de destruirlos. No los hice desaparecer, los deposité en el fondo del arcón del ajuar que ahora está allí, en un rincón de la habitación.

La general de nuestro campamento en Kittilä era la deana. Era atenta, despierta, meticulosa y precisa, siempre defendía la vida ante la muerte y, en ese sentido, era pacifista. Nos enseñó cómo preparar un buen café, cómo alimentar a un millar de hombres a la vez, cómo tratar a los heridos, cómo recaudar fondos para la Guardia Blanca. Aprendí que una mujer ha de ser obediente y trabajadora hasta el sacrificio, y prepararse cuidadosamente para su futuro papel de madre de soldados. Que de la naturaleza masculina es intrínseca una cantidad adecuada de tiranía y que el hombre ha de ser moralmente superior a la mujer. Y que el amor es una lucha que para él comienza con el odio y acaba en la victoria moral, y una mujer ha de aprender a aceptar y a amar a pesar de todo a su marido con un afecto inocente y puro.

Un día, en el campamento nos dejaron un rato de libertad. Cada una podía hacer lo que deseara. Una leía la Biblia, otra entonaba himnos, otras jugaban al corre que te pillo. Yo me fui al pantano de turba más próximo para comprobar si los camemoros ya estaban en flor y cómo sería la cosecha. Me introduje entre los alisos y al momento sentí que el suelo seco bajo mis pies empezaba a hundirse y el mundo se sacudía como si me hubiese sentado en una mecedora. Ante mis ojos se abría una llanura pantanosa de gran belleza. Yo retozaba cual reno brincando de una balsa de musgo de turbera a otra y chillaba como una posesa. Mis saltos removían el agua del pantano y de las profundidades de la tierra ascendían tales olores y emanaciones que tuve que agarrarme a la rama de un deformado pino para no desmayarme. Se arremolinaban en mi cabeza los distintos colores, veía luces y sombras, toda clase de reflejos. Los pinos de troncos marrones susurraban, los abetos de líquenes colgantes bramaban, las rocas resonaban y una bandada de grullas lanzaba gritos en la bóveda celeste. Me sentía febril, mi cabeza se había separado del cuello y reía a carcajadas. Continué avanzando, vadeando descalza el agua y en mis sensibles dedos de los pies notaba las cosquillas del aliento de los hielos eternos del pantano. Pronto estuve empapada hasta la cintura y sumergida en los sedimentos, plantas palustres y cieno. En mi cabello quedaron atrapados toda clase de juncias y de fósiles, pero nada me detenía, y olvidé la floración de los camemoros; me sentía tan libre y tan plena e infinita que dentro de mí fluía la savia y pensé que si ahora me venía la muerte, la recibiría con los brazos abiertos. Yo era fuerza sobrenatural y éxtasis del principio al fin. Zumbaban los escarabajos, coleópteros, mosquitos, simúlidos y algún tábano, las ranas croaban invitaciones y las grullas chillaban como si les hubiesen disparado en el estómago. Cerré los ojos y me dejé llevar por los sentidos. Mi olfato me conducía al sur, mi tacto hacia el oeste, y cuando al caer la tarde me detuve exhausta y abrí los ojos, ya no sabía dónde me encontraba. No me inquieté, solo me miré los pies embarrados. Estaban cubiertos de arañazos encarnados, sanguinolentos, rasgados por los afilados bordes de las hojas de las plantas lacustres y picados por las criaturas. Todo mi cuerpo estaba enfangado, negro como un viejo pino quemado en un incendio. Me toqué entre las piernas, me ardía, y mi mano rozó una especie de tripa viscosa que colgaba. Me levanté la falda y me di cuenta de que era una sanguijuela, que me chupaba sangre en el borde de la vagina. Debía de haber estado succionando durante mucho tiempo, grande y hermosa como era. La separé con cuidado y la arrojé al brezal. Estaba completamente rendida, me acosté sobre una balsa de turba y entonces tuve una visión fugaz del mundo tal y como podría ser algún día. Ese mundo sería al mismo tiempo hombre y mujer, juego y amor, ternura y placer, todos serían buenos unos con otros, todos serían aceptados como son, no habría maldad ni bondad, ni palabras, solo sensaciones.

Con esa maravillosa imagen me quedé dormida. Estuve flotando en la balsa de turba toda la noche y al despertar la luna menguante había palidecido y me había quedado varada a la orilla de un estanque. El agua estaba negra como el carbón y me asomé a su profundidad sin fondo y en su superficie brillante vi las luces y sombras de una nube y a mí misma. Vi el rostro sereno de una mujer joven, hermosa, y un mástil plantado del revés. Ondeaba en él el estandarte de Lotta Svärd. Me giré y reconocí nuestro campamento un poco más lejos, en la orilla. Allí dormían todas un sueño cálido. Me deslicé hasta la fogata, coloqué unos leños entrecruzados, encendí el fuego con una corteza de abedul y preparé un buen puchero de café. Cuando el resto despertaron, estaban encantadas de poder sentarse enseguida alrededor de un café caliente.

Al concluir el campamento, desbordaba de un irrefrenable entusiasmo. Estaba completamente convencida de la filosofía de las lotta y de la actividad de la guardia blanca. Ambas se basaban en el idealismo alemán y en un sentimiento de superioridad, así como en el odio a los rusos y en la idea de que nuestra misión era unir a todos los pueblos de lengua finlandesa en una Gran Finlandia. La base, sin embargo, era la santa trinidad: hogar, religión, patria. Eso iba bien conmigo. Me fijé la tarea de convertir al mundo entero al credo de la Guardia Blanca. No sabía mantener la boca cerrada, ni siquiera a la mesa. Mamá se veía en un aprieto conmigo y mis palabras, pues en el fondo ella apoyaba al Partido Joven Finlandés, como papá en su juventud. En la ciudad de Kemi se iba a celebrar una asamblea de la organización Lotta Svärd y yo me empeñé en ir. Al principio mamá se negó, pero cuando mi hermana Rebekka prometió cuidar de mí, se ablandó. Imité a Rebekka y me puse el uniforme y sostuve mi primer discurso en el que dije que la patria representaba un valor ante el cual el sacrificio nunca era en vano. La fiesta culminó en un desfile al que asistieron, además de las lotta, apuestos y acicalados guardias blancos de uniforme. La belleza y la armonía de la marcha nos infundió voluntad de lucha y nos animó en una futura guerra contra los rusos.

Mi padre, Juho, había nacido en una de las familias campesinas más ricas de Kittilä y también la única de comerciantes. Fue el primer habitante de su pueblo en convertirse en agrónomo. Su padre, Frans, murió antes de que yo naciera, y mi abuela Elve, la madre de mi padre, era una sami de pura raza. Vivió hasta los ciento uno. No procedía de una miserable comunidad de pescadores, sino de un clan de pastores de renos nómadas y, siendo una niña, subía y bajaba las laderas de los cerros montada en un trineo de renos como una princesa. A mediados del invierno, la abuela Elve rociaba leche de reno al sol, pues este traía luz y calor después de la oscuridad y el frío. El sacerdote de Kittilä la llamaba ramera licenciosa y perra poseída por el demonio porque ella no creía en sus sermones graves y simples. Yo era su niña mimada y me enseñaba secretos del viejo mundo. Ida, mi madre, era natural de Helsinki y procedía de una familia aristócrata de lengua sueca. Hiltrud, mi abuela materna, había sido la prometida secreta del gobernador general Bobrikov, y el padre de mi madre, el abuelo Thomas, era un reconocido empresario que acumuló una fortuna tremenda y luego la perdió. No los recuerdo porque murieron antes de que yo viniera al mundo.

No habría sabido nada sobre el colapso de los mercados mundiales y la depresión económica surgida en Nueva York, pero también a mí me explotó en plena cara cuando la querida casa de nacimiento de mi padre a las afueras de Kittilä acabó bajo el mazo de la ley. El tío Matti había sido su propietario tras la muerte de los abuelos. Se había visto obligado a contraer deudas que garantizaba el granjero más rico del pueblo, Paksuniemi, un antiguo compañero de colegio de papá. Llegado el momento de saldar cuentas, el tío Matti no tenía dinero y al acaudalado dueño se le ocurrió que necesitaba dos habitaciones más para el ala de verano de su casa, y se las llevaba a cambio de la deuda. Por aquel entonces, estaba yo de visita en casa del tío Matti, daba sorbos a una infusión de hojas de frambuesa y escribía el diario y unos poemas, cuando el tal Paksuniemi se presentó en el patio con unos obreros. Antes de mediodía ya habían serrado los cuartos del fondo y por la tarde cargaron los troncos en un carro y se los llevaron. La querida casa de infancia de papá se quedó llorando, violada y deshonrada. El tío Matti explicó que ahora solo tenían dinero los ricos y que los desempleados capaces de trabajar se arrastraban por los caminos, pues el empleo se había marchado a otro sitio y que, además de la pobreza general y la escasez, había habido muchos años seguidos de malas cosechas, otras tantas granjas habían acabado en subasta, las letras de cambio recortaban las pequeñas haciendas y los periódicos se llenaban de anuncios de subastas forzosas.

Entonces una idea muy clara llenó mi cabeza, que también Finlandia necesitaba un guía de voluntad firme que dijera que no y que escuchara la voz de los desfavorecidos y los excluidos del mercado. Los comunistas no eran capaces. No hacía falta más que mirar al tío Matti, que era rojo, y que se limitaba a gemir en lugar de tomar un hacha y defender lo suyo. En ese preciso momento decidí que seguiría con las Lotta Svärd hasta el final y luego iría más allá. Necesitábamos ideas y acciones más firmes, claras y sencillas para levantar Finlandia.

Las habitaciones de la hermosa casa del tío Matti habían desaparecido. Cuando regresó el auge económico y los años de escasez dieron paso a años prósperos, él construyó otras nuevas, mejores que las anteriores y cada una con su gran estufa de chapa. Me gustaba el tío Matti y no me importaba en absoluto que fuera un rojo. Tenía la nariz de papá, pero su carácter era más indolente. Como era una niña revoltosa, una vez me aupó en brazos y me llevó al bosque. Era verano y los mosquitos estaban sedientos de sangre. Me condujo a través de una ciénaga boscosa llena de pozas de agua. No sé adonde me llevaba, pero me abrazaba y yo no albergaba ningún miedo. Me dijo que nunca hay que ir sin compañía a este tipo de tremedal movedizo, en los ojos de las ciénagas se ahogan la gente y los animales, y en los pantanos viven toda clase de plagas de las que cuidarse, como la peste pustulenta, y escarabajos estercoleros que inyectan a las personas sangre mala en sus venas, y parásitos de la tuberculosis; allí se esconden ladrones y asesinos que han perdido toda esperanza y está repleto de niños asesinados y fetos abortados. Me eché a llorar. Mi tío me calmó, no pasa nada, pero recuerda siempre lo que digo.

Lo recordé y después de eso, cuando llegaba en bicicleta a una de esas turberas que en Laponia se encuentran detrás de cada curva, pedaleaba a gran velocidad y pasaba de largo. Ya mayor, cuando veía una, me detenía en el margen y la observaba fijamente, pues quería superar el miedo.

De ese modo fui venciendo el pavor y empecé a amar las turberas y ciénagas boreales, las cruzadas por canales, las cubiertas de musgo de turbera o las salpicadas de pinos caídos.

Nací en un tiempo de odio.

Me hice mujer en un tiempo de odio y venganza.

El día que papá exhaló su último suspiro, el Coronel nos había hecho una visita. Detrás de la puerta escuché su charla en secreto. El Coronel dijo que cuando Hindenburg estirara la pata, el poder pasaría sin un solo tiro a Hitler, pues tenía el respaldo del capital, y les devolvería a los alemanes el trabajo, la prosperidad y el orgullo y conquistaría el mundo entero. Y padre, que nosotros somos amigos de Alemania y aprovecharemos para liberar del yugo ruso a los pueblos hermanos, y todas las tierras del Kalevala que cobraron fama gracias a Elias Lönnrot podrán integrarse en la Gran Finlandia, hasta los Urales. Y el Coronel, que ningún finlandés quiere que el mundo nos considere el Estado báltico más septentrional. Papá, que desde luego que no, que pronto comenzará una guerra, nosotros tenemos la mina de níquel de Petsamo y por eso no hay de qué preocuparse.

Ya de niña sentía que papá y el Coronel compartían un vínculo especial. A mi madre se le escapó una vez que, estando en el campo de entrenamiento del batallón de jägers finlandés en Alemania, aquel había salvado a papá, quien tras una cadena de circunstancias desafortunadas había estado a punto de ahorcarse.

El Coronel regresó a su casa al caer la tarde y papá me invitó a que lo acompañara a la sauna, pues era su hija predilecta. Arrojamos agua por turnos sobre las piedras calientes, le azoté la espalda con el haz de ramas de abedul y dimos sorbos a la cerveza casera en el vestuario. Me contó que mamá y él habían ido de viaje de novios a Copenhague. En aquella época era algo inaudito en nuestro pueblo que los recién casados pasaran la luna de miel en el extranjero. Para la antigua familia aristocrática de mamá era, sin embargo, algo imprescindible. Los abuelos de Helsinki estaban a favor, los abuelos de Kittilä en contra, pues al parecer eran muy religiosos, casi laestadianos ortodoxos. Los recién casados se habían alojado en una pensión en el centro de Copenhague y vivían como reyes. No tardaron mucho en quedarse sin dinero. Papá llamó primero a su hermana de Rovaniemi para que le enviara dinero y esta dijo que no le iba a enviar ni un penique y que consideraba a papá un bohemio, pues era agrónomo y rector de la escuela lechera y se había casado con una de sus estudiantes. A continuación, papá llamó al único teléfono de Kittilä, que era el de su casa, y por suerte respondió el tío Matti, que le hizo un giro de inmediato, pero el correo era lento. El dueño de la pensión había exigido el pago y no había entendido cuando papá le explicó en latín que pecunia venit. El tipo había llamado a la policía y a papá lo habían encarcelado por deudas. Mamá se encontraba mientras tanto en la panadería comprando panecillos y, cuando regresó, papá no estaba. Angustiada, había preguntado al dueño de la pensión en un sueco claro dónde había ido su joven esposo y aquel le había espetado algo en danés, pero ella no lo había entendido. Se había pasado una semana llorando en su habitación sin más comida que panecillos y más bebida que champán. Pensaba que papá había conocido a otra mujer y se había marchado, abandonándola. Una tarde oscura, él había reaparecido con un fajo de billetes en la mano y encontró a su desesperada esposa tirada en la cama. Todo se había arreglado. Cuando se dieron cuenta de que mamá estaba esperando a su primer hijo, a mi hermana Rebekka, compraron como recuerdo del viaje un gran carrito de bebé de estilo victoriano. En ese mismo cochecito también me tumbé yo los primeros meses y desde allí contemplaba el prodigioso espectáculo de la aurora boreal en el firmamento invernal de Laponia y el cielo blanquiazul en los calurosos días del verano. Me sentía plena y completa.

Al acabar aquella historia, papá y yo entramos una última vez a la sauna y luego cruzamos el patio de vuelta a nuestra vivienda de maestro. En mitad del patio de la escuela, papá se derrumbó ante mis ojos. Estaba tirado en la tierra con los ojos en blanco, me apretaba la mano con sus últimas fuerzas. Eres mi ángel oscuro, dijo. Entonces de su boca se escurrió un diminuto chorro de sangre que continuó su camino hacia la oscura tierra. Aquello fue para mí tan horrible que aún no he podido superarlo. Durante años pensé que su muerte había sido obra de la venganza divina por haber escuchado detrás de la puerta la conversación de los dos hombres.

Tras la muerte de papá, el tío Matti habría podido convertirse en su sustituto, pero su lugar lo ocupó el Coronel. Mi tío era demasiado blando y mamá necesitaba un hombre capaz para ese papel. Ella nos educó en el miedo. Antes de dejar hablar al cinturón, siempre decía, quien en golpes ahorra es que a sus hijos odia, y después de la tunda, preguntaba si ya habíamos comprendido el dolor. Había que responder que sí. Y era cierto, todo estaba grabado en nuestra memoria y en nuestros cuerpos sufrientes. Nos pegaba tan fuerte que teníamos las nalgas ensangrentadas y por eso estábamos eternamente inquietas. A veces me encontraba tan ansiosa que mordisqueaba las cuentas del collar, el dobladillo de la falda o la lana de los guantes. Una vez, Rebekka me dijo, anda, pon el dedo meñique del pie encima de ese tajo, que te voy a hacer cosquillas con el hacha. Hice lo que me ordenaba mi hermana mayor y al instante el dedo salió disparado contra la pared de la leñera. Primero mamá nos dio una paliza a las dos, luego me vendaron el pie. Había perdido tanta sangre que me entraron fiebres y pasé en cama un par de semanas debatiéndome entre la vida y la muerte. Cuando me recuperé, mamá dijo que lo que no te mata te hace más fuerte. Ella era pequeña, flaca y frágil. A los diez años, yo era más grande y fuerte que ella, aún así había de someterme a sus métodos educativos. Haré de vosotras unas niñas honestas y virtuosas, en la naturaleza de una muchacha y de una mujer ha de reflejarse el espíritu de Dios, insistía. Mamá era una persona profundamente creyente y de alguna manera siempre estaba enojada, continuamente temía por nosotras y eso en los adultos siempre hace brotar el enfado. Su frase favorita era que todo lo que no es esencial es impío. Por supuesto, eso no se aplicaba a sí misma, sino a nosotras, que jamás podíamos hacer algo que no fuera apropiado a sus ojos. Si lo hacíamos, el señor palo nos castigaba. Contaba yo con algo más de cuatro años, era verano y estaba tumbada en el tejado de la bodega del tío Matti tomando el sol, en Kittilä. Me quité las bragas y empecé a hurgarme la vagina. Madre pasaba por allí y me vio. Me gritó que lo que estaba haciendo era feo y que si volvía a hacerlo Dios me castigaría y me volvería ciega. Por supuesto que me asusté y comencé a llorar. Luego, cuando me hice un poco más mayor, me soltó una charla en tono sentencioso, que todo lo carnal contamina el alma, evita que se desarrolle la inteligencia y te vuelve loca. Después de escapar a su mirada, he tratado de violar todas esas reglas lo más posible.

Papá tuvo un hermoso funeral y yo me quedé sola. Mi mundo se vació y desertificó. Comprendí que o moría o empezaba a seguir el camino que papá había trazado.

El verano posterior al entierro, los camisas negras del movimiento Lapua organizaron una gran manifestación en Oulu. Le dije a mamá que aquello concordaba con el pensamiento de papá, a lo que ella replicó, no mezcles a tu padre en eso, no te dejaré ir. Y yo seguí machacando, que Rebekka también iba a ir. Y mi madre se mantenía firme, que no os dejo ir, con lo inconscientes que sois vosotras, a dar voces con esos fascistas, todo tiene sus límites, incluso el patriotismo. Rebekka se quedó en casa, pero yo me escapé.

El tren me dejó de madrugada en la estación de Oulu. Las campanas de la iglesia repicaban, la orquesta tocaba una marcha militar delante de la puerta principal de la estación y por todas partes se percibía el ambiente festivo. El desfile y los discursos estaban previstos a partir del mediodía, delante del ayuntamiento. Miré un rato a mi alrededor y me uní a un pequeño grupo de labradores que se dirigían a la plaza central. Allí me senté en los escalones de un edificio y saqué del bolso mi almuerzo envuelto en papel de estraza. A mi lado se sentó Ritva Rämevaara, antigua compañera de escuela. Me contó que era roja y estaba de camino a un campamento de la Liga de las Juventudes Comunistas. Yo, que a pesar de todo tenemos mucho en común, además del pasado, ambas estamos fascinadas por un poder fuerte, anhelamos un cambio y nos embarga una llama rebelde. Que me gusta que la democracia esté agotándose y que la nueva Europa necesita liderazgo fuerte y seguramente estás de acuerdo. Ella asintió. Le ofrecí pan con mantequilla, charlamos de todas las noticias y chismes y luego cada una seguimos nuestro camino. Me dirigí tranquilamente al escenario principal de la fiesta. El sol glacial brillaba por el este y éramos muchos. A mediodía en punto aparecieron dos grandes automóviles negros y se detuvieron detrás de la tribuna de los oradores. De uno de ellos descendió lenta y dignamente el rey del movimiento Lapua, Vihtori Kosola. Los presentes lo observamos en silencio subir al escenario. Tenía un poco del corredor Paavo Nurmi y del actor Tauno Palo y una pizca de Mussolini. Del primero, el paso; del segundo, los ojos y su mirada, y del último, los gestos fascistas italianos. Y su discurso penetró en mí como un cuchillo recién afilado. Me sedujeron palabras como «raza», que inmediatamente asocié a la herencia de la sangre y al honor del linaje, «heroísmo», que para mí evocaba el espíritu de las leyendas de santos y la sobria belleza del soldado espartano, y «ascetismo», que significaba que el dinero y la riqueza no brindan felicidad, sino la fe sólida en Dios y en una floreciente patria más extensa. Kosola dijo que el sentimiento nacional de los finlandeses estaba mucho menos desarrollado que el de los alemanes, que son inteligentes y curiosos, y que nuestro deber era alcanzarlos y luego superarlos. Al final de los discursos, estaba tan embrujada por el torbellino del fascismo que todo me parecía posible. Entre Kosola y yo, así como entre él y el resto del público, existía una comunicación directa, como si la línea estuviera todo el tiempo abierta. Compré en un puesto una camisa negra y me la puse sobre el uniforme de