Comprometidos con Dios - Scott Hahn - E-Book

Comprometidos con Dios E-Book

Scott Hahn

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Beschreibung

Los sacramentos son los más bellos regalos que Cristo ha otorgado al mundo. Él los ha dotado del poder de cambiar vidas, de salvar almas y de hacernos compartir la vida de Dios. Scott Hahn profundiza en la Escritura y la Tradición de la Iglesia para exponer la importancia de los siete sacramentos, establecidos por Cristo: su doctrina, símbolos, historia y rituales. Con estilo vigoroso, el autor narra su experiencia del descubrimiento de la vida sacramental, lo que ilumina y conforta a los lectores. Ayuda al lector a entender la necesidad de los sacramentos en el plan de salvación de Dios. Scott Hahn es profesor de Teología y Sagrada Escritura en la Franciscan University de Steubenville (Ohio), y ha sido nombrado por el Papa Benedicto XVI catedrático de Teología Bíblica y Proclamación Litúrgica del Saint Vincent Seminary (en Latrobe, Pennsylvania). Es autor de más de una docena de libros, incluidos: Roma, dulce hogar; Dios te salve, Reina y Madre; Lo primero es el amor; Señor, ten piedad; La fe es razonable; Comprometidos con Dios, y Trabajo ordinario, gracia extraordinaria, publicados por Rialp. Está casado y es padre de seis hijos. Actualmente vive en Steubenville (Ohio).

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SCOTT HAHN

COMPROMETIDOS CON DIOS

La promesa y la fuerza de los sacramentos

Sexta edición

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Swear to God. The Promise and Power of the Sacraments

© 2004 by SCOTT WALKER HAHN

Publicado por acuerdo con Broadway Books, una división de Random House, Inc.

© 2016 de la versión española realizada por ANTONIO LOZANO,

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Primera edición española: septiembre 2006

Sexta edición española: febrero 2018

Con aprobación eclesiástica del Arzobispado de Nueva York (EE.UU.), 25 de febrero de 2004.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-5293-1

ISBN (versión digital): 978-84-321-4125-6

A Jeremiah

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

I. DE VERDAD, ME ABURRE

1. OTRA VEZ TOCADO

2. SIGNOS, SIGNOS, EN TODAS PARTES UN SIGNO

3. TRAS LA VERDAD

4. ADORANDO CON EL CORAZÓN

II. SIGNOS Y MISTERIOS

1. FRASES LLENAS DE FUERZA

2. LA CIENCIA DE LOS SIGNOS

3. HACIA EL MISTERIO

4. CIERTAS GRACIAS SOCIALES

5. TODO ES BUENO

III. LOS SACRAMENTOS EN LAS ESCRITURAS

1. CON ESPÍRITU JOVEN

2. LA ROCA ESPIRITUAL

3. ¿QUÉ TENEMOS ENTRE MANOS?

4. RITOS NATURALES

5. SOBRE LAS FIGURAS

6. LA ECONOMÍA DIVINA

7. CRECIENDO EN GRACIA

IV. JUSTO SIETE

1. LAS SIETE MARAVILLAS DE LA PALABRA

2. NACIDO PARA GANAR. EL BAUTISMO

3. ACEITE CELESTIAL. CONFIRMACIÓN

4. LA COMUNICACIÓN DE LA MISA. EUCARISTÍA

5. LA ABSOLUCIÓN DE NUESTROS PROBLEMAS. PENITENCIA

6. CIELO Y SALUD. UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

7. PADRES DE LA IGLESIA. EL SACRAMENTO DEL ORDEN

8. EL TURNO DE LOS CASADOS. MATRIMONIO

9. LA CONFIANZA EN DIOS

V. LA IDEA CLAVE: EL SIGNIFICADO DE LA ALIANZA (Y ALGUNA COSA MÁS)

1. SOY PARA TI

2. ALIANZA Y TESTAMENTO

3. EL RESTO DE LA HISTORIA

4. TOMANDO LA PALABRA DE DIOS

5. JURANDO CON UN CORTE

6. EL BANQUETE COMO VÍNCULO

7. ASEGURAR LA VERDAD

VI. ¿JURAS SOLEMNEMENTE? LOS SACRAMENTOS COMO FIDELIDAD A LA ALIANZA

1. DESDE EL AMOR A LA LEY

2. JURANDO COMO UN SOLDADO

3. EXPRESIÓN DE AMOR

4. EL MOMENTO DE JURAR

5. BAJO LA PROTECCIÓN DE LA LEY

VII. CUANDO LAS PALABRAS SON HECHOS

1. MISTERIOS PROFUNDOS

2. LA VERDAD DE LOS RITOS

3. PALABRAS PODEROSAS

4. EXPRESIONES DIVINAS

VIII. EL MOTOR DE LA HISTORIA

1. LA GRAN ALIANZA

2. FELICES SIETES

3. LAS ALIANZAS UNA TRAS OTRA

4. LAS PROMESAS FUNCIONAN

5. EL JURAMENTO PERMANECE

IX. CONFIANZA Y ENGAÑO

1. CUESTIÓN DE CONFIANZA

2. LEVANTANDO LA MANO HACIA DIOS

3. EN EL NOMBRE DE DIOS

4. LA GRACIA ES LO IMPORTANTE

5. LA FIDELIDAD SALVADORA

X. EN HONOR DE LA VERDAD

1. LA REALIDAD DEL JURAMENTO

2. LA ESCUELA DE JOB

3. JURAR DEBIDAMENTE

XI. LA PROMESA DOMINICAL

1. LA GRAVEDAD DE LA MISA

2. LA MISA HACE LA HISTORIA

3. CONOCIDA LA PENA, CONOCIDA LA GANANCIA

4. POMPA O MISTERIO

5. LA MISA DE LOS MÁRTIRES

XII. SEXO, MENTIRAS Y SACRAMENTOS

1. DURMIENDO EN COMPAÑÍA

2. PLANIFICAR LA MUERTE

3. SIGNOS DE VIDA

4. EL COMPROMISO DE AMBOS

XIII. LO ARRIESGADO DE LA FE

1. LA PRUEBA DE LA VERDAD

2. SIN COMUNICACIÓN

3. EL FACTOR MIEDO

4. LOS GRANDES ÉXITOS DE LA TENTACIÓN

5. DEBILIDAD NECESARIA

6. EL CASTIGO QUE NOS SALVA

7. SELLADO CON DOLOR

XIV. PRESENCIAS REALES

1. LA ASOMBROSA PRESENCIA

2. DE UNA REALIDAD A OTRA

3. CORRER EL VELO

XV. HACIA EL INFINITO

1. EL EVANGELIO SACRAMENTAL

2. TRAS EL PRESIDENTE

3. PARA TODOS LOS SANTOS

I. DE VERDAD, ME ABURRE

Yo era el típico estudiante de primer año que pensaba comerme el mundo. Después de una carrera meteórica, llegué con una beca a un prestigioso seminario evangélico y en mi primer semestre académico triunfé de la misma manera.

En el segundo semestre caminaba ya por el pintoresco campus del Gordon-Conwell Theological Seminary como si fuera mi casa. Me acompañaba mi inteligente y atractiva esposa, estudiante también. Kimberly y yo acabábamos de casarnos. Cuando le soltaba una de mis largas charlas, no importaba qué tema fuese, ella mostraba su cara más radiante, llena de interés y absoluta confianza. Su cariño y apoyo me parecían una muestra evidente de que Dios bendecía mi vida y, sin duda, contribuían a mi elevada autoestima. No se podía encontrar a nadie tan seguro de sus juicios como yo lo estaba de la solidez de los míos.

Una tarde Kimberly y yo salíamos de clase cuando vimos a un amigo común en el vestíbulo. Era George, un buen tipo y uno de los mejores estudiantes. Se consideraba un acérrimo calvinista, aunque realmente me tenía por más devoto que él. George también era un lector voraz. Siempre que le veía le abordaba y le preguntaba por nuevos títulos. Esa tarde llevaba un montón de libros y le pregunté por algo bueno.

Sus ojos se iluminaron y sacó un libro de entre la gran pila que llevaba: Calvino y los sacramentos.

Agarré el libro y me fijé en su portada bastante sosa: La doctrina de Calvino sobre la palabra y los sacramentos, de Ronald S. Wallace[1]. No mostré mucho entusiasmo.

Se lo devolví y solté lo primero que me vino a la cabeza: «Me aburre todo esto de los sacramentos, George».

Hablaba honestamente. Aunque entonces no lo admitía, el hecho es que en la iglesia me distraía con frecuencia. Mi mente vagaba mientras se administraba el bautismo o se celebraba la Cena del Señor. Esos rituales no eran el tipo de cosas que me hacían saltar de la cama o quedarme despierto hasta altas horas. Lo que yo entonces deseaba era enseñar y predicar la Biblia de una manera más dinámica, y los sacramentos me sugerían justo lo contrario: parecían una manera mecánica de acercarse a la religión, demasiado ritual, ceremoniosa, casi supersticiosa.

Debo decir que los sacramentos eran algo secundario en la mayoría de los debates protestantes sobre salvación y justificación, precisamente las cuestiones que me interesaban en ese momento.

Así que todo eso de los sacramentos, la verdad, me aburría.

1. OTRA VEZ TOCADO

Al decir aquello no quise ser maleducado ni provocador, pero percibí que había producido un efecto de ese tipo en los presentes. Nadie respondió a mis palabras. Kimberly simplemente levantó una ceja asombrada, y George tomó su libro con una sonrisa amable y dijo que tenía prisa. Kimberly y yo salimos y fuimos a cenar. Le pregunté por qué un simple comentario había hundido de tal manera la conversación.

Ella me miró con una curiosa sonrisa apenada y me repitió palabra por palabra mi comentario: «Me aburre... todo esto de los sacramentos». Hizo un silencio y continuó: «Scott, me temo que no es prudente hablar así».

Resultó de gran ayuda que fuese hija de un pastor. Me explicó que no importaba lo que yo sintiese acerca de los sacramentos, pues tanto el bautismo como la Cena del Señor los había establecido el mismo Jesucristo, y eso perfectamente lo podía comprobar en las Escrituras. Me recordó que en el semestre anterior fue precisamente uno de mis profesores favoritos, M. G. Kline[2], que enseñaba Antiguo Testamento, quien nos mostró cómo debíamos ver los sacramentos. Eran promesas de la alianza que sellamos y renovamos cada uno personalmente con Jesucristo. Desechar esas promesas era como mínimo un tanto ingrato, cuando no incluso blasfemo.

Kimberly acabó su lección con una sonrisa y un juego de palabras: «No te sorprendas, Scott, si cuando comparezcas ante el Señor descubres que en verdad los aburridos sacramentos ¡te han llevado hasta el cielo!»[3].

No estaba convencido. Pero ya entonces había aprendido a confiar en sus intuiciones.

Busqué un ejemplar del libro que George estaba leyendo y descubrí lo fascinante que era. Durante los siguientes meses me dediqué a estudiar los sacramentos de una manera dinámica. Comencé a vislumbrar su drama, su pasión, su grandeza, su esplendor, su esperanza y, finalmente, su fuerza.

Pronto tuve el libro de Wallace entre mis favoritos. Algunos años más tarde, convertido ya en pastor protestante y profesor de un seminario, llegué a usar el libro como manual de clase.

2. SIGNOS, SIGNOS, EN TODAS PARTES UN SIGNO

Mi comprensión de los sacramentos sólo había comenzado. Como protestante, sólo reconocía dos de los siete sacramentos que celebra la Iglesia Católica: el bautismo y la Cena del Señor. Como calvinista además, los reconocía de una manera bastante alejada de ese fuerte realismo presente en la tradición católica.

Sin embargo, cuando leía la Biblia notaba que había algo más. Desde que Kimberly me sacó de mi autocomplacencia, descubrí impresionado ciertos detalles que siempre había pasado por alto. Ahora veía que Dios siempre ha seguido un modo característico y singular de tratar con su pueblo. Ha hecho alianzas con ellos y ha sellado esas alianzas no tratando de una manera abstracta la naturaleza de la salvación, sus deberes o sus mandatos, sino más bien sellando esas alianzas con signos externos, podríamos decir de manera física[4].

Cuando Dios hace su alianza con Noé, señala el arco iris como el signo visible de esa alianza (Gen 9, 12). Después, con Abraham, será la circuncisión el nuevo signo (Gen 17, 10). Con Moisés la alianza se extiende a todo el pueblo rociándoles con la sangre de animales sacrificados: «Tomó él la sangre y aspergió al pueblo diciendo: ésta es la sangre de la alianza que hace con vosotros Yavé» (Ex 24, 8).

Todas esas palabras y signos del Antiguo Testamento tomarán cumplimiento en el Nuevo. Jesús hablará de su obra salvadora como «este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20), y pronunciará esta Nueva Alianza en el momento de establecer el sacramento de la Eucaristía o, como dicen los presbiterianos, la Cena del Señor.

Jesús habló de los sacramentos como esenciales para la salvación. Del bautismo señaló que «quien no naciere del agua y del espíritu no puede entrar en el Reino de los Cielos» (Jn 3, 5). De la Eucaristía dijo: «si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53).

Entonces los sacramentos son cualquier cosa menos aburridos. Son acciones con consecuencias últimas. Asuntos de vida o muerte, de cielo o infierno. Dios mismo, al hablar de ellos, lo hace en términos especialmente dramáticos. Los apóstoles recordarán fielmente su ejemplo y al tratar estos puntos lo harán de manera severa. San Pablo advierte a los cristianos que quien faltara al debido respeto por los sacramentos traería sobre sí mismo la justicia de Dios y sería por tanto castigado (1 Cor 11, 29-30). Kimberly estaba en lo cierto cuando se inquietaba por alguien que menospreciaba los sacramentos, especialmente si esa persona aspiraba a ser teólogo y, aún más, si era su marido.

3. TRAS LA VERDAD

Gracias a este providencial encuentro con mi compañero de seminario, aprendí a leer las Escrituras de una manera diferente, sacramental. Y sin este camino sacramental que acababa de entrever no podía progresar. La Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, cuando habla de los sacramentos usa un lenguaje realista. Se trata de acciones simbólicas, pero que sin duda son más que símbolos. Son memoriales, pero no simples recordatorios. Son ritos de paso, pero mucho más que meros rituales. Los sacramentos son acciones divinas en orden a la creación del universo. Marcan los momentos de la historia —la historia del mundo, la historia de la salvación, la de uno mismo— en los que Dios decide recomenzar con su pueblo.

Esta idea domina las Escrituras. Kimberly y George parece que la habían captado de manera instintiva, y fue lo que les hizo estremecerse cuando proclamé mi escaso interés por los sacramentos. Sin embargo, cuando empecé a estudiar el asunto, no encontré ninguna base a ese realismo sacramental[5] en las obras protestantes tradicionales, ni tampoco en las de sus fervorosos seguidores contemporáneos.

En esta situación, lo normal es que hubiese relegado mi descubrimiento al campo de la fantasía o quizá al de una lectura equivocada. En cambio, encontré ese realismo sacramental en otros lugares mucho más insospechados. Lo encontré, por ejemplo, en todos y cada uno de los escritos de los primeros cristianos y en los Padres de la Iglesia. El fundador de mi particular camino protestante, Calvino, valoraba mucho el testimonio de los Padres, así que me sentía cómodo cuando me acerqué a ellos para comprender mejor las Escrituras. Pero pronto comencé a notar que la visión de estos primeros cristianos era cualquier cosa antes que calvinista y, curiosamente, parecía encajar mejor con la Biblia.

Mis lecturas de los Padres me llevaron más lejos de lo que esperaba y encontré la enseñanza bíblica sobre los sacramentos en el lugar que menos podía imaginar: el Magisterio y la Tradición de la Iglesia Católica Romana.

Desde que todavía adolescente me convertí, he sido un ferviente hijo de la reforma protestante. Ansiaba el día de poder predicar desde el púlpito de una iglesia presbiteriana. Creía en las doctrinas de Calvino y Lutero —y en su rechazo al catolicismo— por significar una vuelta a las fuentes bíblicas. Todo lo que sabía de la doctrina católica lo conocía de segunda o tercera mano, y precisamente de la de sus oponentes.

4. ADORANDO CON EL CORAZÓN

Ahora estaba listo para recibir la verdad. Una verdad que tantos millones de almas santas y humildes habían recibido antes que yo. Una verdad que tantos teólogos protestantes son incapaces de admitir. En el siglo XIX, el estudioso luterano Julius Wellhausen dijo que «el culto de los protestantes se encuentra en el fondo del culto católico [...], pero sin el corazón que lo anima». Ese corazón, decía el teólogo católico Karl Adam, es «la experiencia católica sobre el gran Misterio, que muestra que la gracia de Cristo entra en el mundo real y verdaderamente, en el espacio y en el tiempo, y lo transforma»[6].

Karl Adam subrayaba cómo «la gracia divina opera verdaderamente a través de los sacramentos»: el bautismo, la Eucaristía, la confesión, la confirmación, el matrimonio, el orden y la unción de enfermos. Y, en síntesis, la denominaba «la doctrina católica de los sacramentos»[7]. Pero podía haber precisado más y haberse referido a «la doctrina bíblica de los sacramentos».

Era cuestión de tiempo que yo admitiese que ambas expresiones eran idénticas y fuese recibido dentro de la Iglesia Católica. Un poco más de tiempo, y mi mujer, Kimberly, seguiría mi camino.

Entonces ambos descubrimos un mundo que resultaría elemental para cualquier católico. Tras mucho indagar encontramos esa doctrina bíblica o católica de los sacramentos, doctrina por lo demás común y evidente desde la infancia para un católico, habituado a los múltiples y ricos matices de los siete sacramentos. Así, Dios realiza su alianza con los fieles católicos de la misma manera que lo hizo antes con Noé, Abraham, Moisés o David, usando signos materiales: agua y aceite, pan y vino, el toque de unas manos sobre los hombros, la expresión audible de una bendición.

Desde entonces ha pasado bastante tiempo y he conocido a muchos católicos que, parece, sienten ese mismo aburrimiento que yo manifestaba entonces cuando todavía era calvinista. No les dicen nada los sacramentos. Tal vez sea que no han aprendido, o quizás han olvidado, la fuerza y la radicalidad de la doctrina salvadora de Cristo. Ya no perciben la ayuda de los sacramentos en su vida diaria, ni la esperanza del cielo que esos mismos sacramentos trasmiten.

Una tarde de invierno, en los agradables jardines de un seminario de New England, Kimberly y George me dieron la primera lección sobre el valor de los sacramentos. Entonces yo era orgulloso, me consideraba un genio en teología. Enseguida Dios me mostró que sólo era un principiante y que aún me quedaba mucho camino por recorrer.

Esa lección no fue la única. Ha habido después muchas otras que aparecen en las páginas de este libro. Algunas las he aprendido de mis lecturas, otras muchas son fruto de la experiencia, de conversaciones, de lágrimas.

En la Iglesia Católica he aprendido realmente lo que son los sacramentos establecidos por Cristo. He aprendido que en el meollo de todas las alianzas bíblicas hay una solemne promesa sacramental. He aprendido que esas promesas contienen el poder de cambiar realmente vidas, de cambiar la historia. Y he aprendido que los sacramentos todavía hoy atesoran ese poder.

[1]Ronald S. Wallace, Calvin’s Doctrine of the Word and Sacraments, Edimburgh, Oliver & Poyd, 1953.

[2] M. G. Kline, By Oath Consigned: A reinterpretation of the Covenant Signs of Circumcision and Baptism, Grand Rapids (MI), Eerdmans, 1968.

[3] El autor juega con los dos significados del término bore, «aburrieron» y «llevaron»: «if you discover that sacraments truly bore you, all the way to heaven!». A lo largo del libro se repiten estos juegos, también con bored como aburrido y como tocado o traspasado (N. del tr.).

[4] O. Palmer Robertson, The Christ of the Covenants, Phillipsburg, NJ, Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1980.

[5] Coleman O’Neill, Sacramental Realism, Wilmington, DE, Michael Glazier, 1983.

[6] Karl Adam, The Spirit of Catholicism, New York, Macmillan, 1933, p. 187.

[7]Ibídem, p. 199.

II. SIGNOS Y MISTERIOS

Mi nuevo interés hacia los sacramentos requería una búsqueda constante de libros. Con bastante esfuerzo me acercaba a una doctrina que muchos católicos de la calle habían aprendido con sencillas fórmulas en sus clases de religión. El Baltimore Catechism las había recogido para los feligreses americanos de una generación anterior a la mía: «Un sacramento es un signo visible instituido por Cristo que nos transmite la gracia... Los sacramentos tienen ese poder de transmitir la gracia de Dios gracias a los méritos de Jesucristo».

Esas pocas palabras encierran todo un mundo, pero por sí solas no son suficientes para convertir a un calvinista o sacudir a un católico apoltronado. Más aún, esas viejas definiciones son útiles como señales, nos indican profundidades teológicas y místicas, pero no nos llevan a ellas. Marcan el punto necesario desde el cual debemos partir. Debemos leer sus palabras cuidadosamente para comprender hacia dónde queremos ir, y para hacerlo por la vía más segura y rápida.

Dicho esto, vamos a revisar la doctrina básica que la Iglesia enseña sobre los sacramentos.

1. FRASES LLENAS DE FUERZA

El Catecismo de la Iglesia Católica no había salido aún a la luz cuando empecé mi investigación sobre los sacramentos. Hoy resulta una herramienta indispensable para acercarnos a ellos.

La definición tradicional era muy buena, pero no trataba con detalle lo que son los sacramentos, nos dejaba con la miel en los labios. El Baltimore Catechism explicaba así de dónde venían: «están instituidos por Cristo». Y como consecuencia daban su gracia, lo que significaba entrar a formar parte de la vida divina. Pero no se detenía en por qué los sacramentos son de la manera que son, y no de otra.

El Catecismo de la Iglesia Católica se adentra en las Escrituras para darnos una visión más rica: «Los sacramentos, como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza» (CCE, n. 1116).

En pocas palabras esta definición evoca alguno de los momentos más entrañables del ministerio de Jesús, cuando curaba a la gente. Presionado por la muchedumbre Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, porque he notado que una fuerza ha salido de mí» (Lc 8, 46). Pues la mujer con hemorragia crónica había quedado completamente curada en ese mismo instante. «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6, 19).

Da la impresión de que es ésa la naturaleza del ministerio de Jesús. «Tanto amó Dios al mundo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 3, 16; 1, 14). Él tenía un cuerpo humano como el nuestro para que pudiéramos verle y tocarle, y a través de ese cuerpo llevar la salud a toda la gente. Sin duda estas acciones atraen nuestra atención de manera inmediata, pero no son sus obras más importantes. Jesús daba primacía a los milagros que sanaban el alma. En una ocasión lo dejó bien claro: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, toma tu camilla y anda”?» (Mc 2, 9). Para nosotros la respuesta es obvia.

Jesús vino para traer la salvación, una palabra que en muchas lenguas antiguas es sinónimo de seguridad y salud. Los milagros externos eran signos visibles de esos otros más profundos y duraderos del alma. No es aventurado presumir que toda esa gente que fue curada por Jesús, pasado el tiempo murió. Por ello, tampoco es aventurado afirmar que esas curaciones del cuerpo eran de segunda importancia; lo importante era la curación del alma, una curación mucho más profunda y que va más allá de la muerte.

Aunque los milagros de Jesús eran sobre todo de tipo espiritual, los realizaba muchas veces a través de medios materiales: ungiendo al ciego los ojos con lodo y saliva (Jn 9, 6-7), pronunciando unas palabras (Mc 10, 52) o simplemente cruzando la mirada con alguien (Lc 22, 61).

Nos preguntamos la razón de Dios para actuar así, usando medios diríamos tan terrenales. Él no necesitaba hacerse hombre para realizar este tipo de milagros. Dios puede hacer y de hecho hace, obras maravillosas desde el cielo. Él no lo necesitaba en absoluto, lo necesitábamos nosotros[1]. Somos criaturas suyas y sabe perfectamente que necesitamos para aprender de medios visibles, las cosas nos tienen que entrar por los ojos. De ahí el dicho: ver es creer. Esto no quiere decir que sea imposible creer sin ver, pero Dios está deseoso de hacernos las cosas lo más fáciles posible.

Más aún. Él realizó su obra no sólo para unos pocos en el breve tiempo de su ministerio público y en una tierra olvidada. Va mucho más allá: quería que todos experimentásemos su presencia y su cercanía. Fundó la Iglesia para extender su obra salvadora en el tiempo y el espacio. Para ello, encomendó a sus sacerdotes celebrar los sacramentos con Él en todo momento y lugar: Envió a los apóstoles a bautizar a todos los pueblos (Mt 28, 19) y dijo de la Eucaristía:

«Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 24). En el Nuevo Testamento vemos cómo los apóstoles hicieron tal como Jesús les había mandado. Cuando fundaban una nueva iglesia bautizaban a la gente, se reunían para la Eucaristía, ordenaban sacerdotes, ungían a los enfermos.

Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia ha continuado realizando las obras de Dios encarnado. La Iglesia es su Cuerpo vivo (1 Cor 12, 12-27; Col 1, 24; Rom 12, 5) y de ahí emana su poder, desde el día de Pentecostés hasta el final de los tiempos (Mt 28, 20).

Aunque los sacramentos tienen un impresionante pedigree histórico, su importancia no depende en absoluto de tal cosa. No son acciones de unos sacerdotes que pasan en el tiempo, se trata de acciones de Jesucristo vivo.

Nosotros no hablamos de Jesucristo como una figura del pasado, protagonista de bonitas historias en la antigüedad. Nosotros decimos que Jesucristo ha resucitado y le encontramos vivo en los sacramentos. Celebramos los sacramentos —«haced esto»— porque esto es precisamente lo que Él quiere que hagamos. Así, Él estableció los sacramentos como el medio ordinario para extender la salvación a todas y cada una de las personas.

2. LA CIENCIA DE LOS SIGNOS

¿Por qué escogió Jesucristo comunicar la salvación a través de signos? Sencillamente, porque es la manera de comunicarse entre los hombres.

Los signos se usan para representar algo que va más allá. Las palabras son signos, pero hay otros muchos. La bandera, por ejemplo, representa al país. Nuestro respeto por la bandera no tiene nada que ver con el valor de la tela. Respetamos la bandera por el país que en cierto modo simboliza. Cuando en algunas manifestaciones se quiere mostrar el desacuerdo con un país, se rompe o quema su bandera.

Un signo es un símbolo visible de algo que en ese momento es invisible, que no podemos ver. Cuando tenemos enfrente una bandera no vemos el país entero, y mucho menos el conjunto de valores e intereses que representa ese país, o incluso su gobierno. La bandera es el símbolo de ese país, de las gentes que lo pueblan, de los principios que lo animan.

Sin duda un signo revela algo de eso que representa. La bandera de los Estados Unidos, por ejemplo, revela con sus cincuenta estrellas que ése es el número de estados de la unión, las barras rojas hablan de los que murieron sirviendo al país, las blancas nos muestran su pureza de sentimientos, y el azul simboliza el cielo.

Sin embargo, un signo oculta mucho. Lo que representa es completamente distinto a él. Una bandera no es un país; por muchos años que dediquemos a estudiar la bandera, la tierra que representa permanecerá oculta. La nación en este sentido es una realidad misteriosa, un misterio.

Un sacramento es de esa manera, pero también muy diferente.

Como los otros signos, un sacramento habla de realidades invisibles, pero su valor como símbolo es infinitamente más rico. Consideremos el bautismo de un niño. Es sumergido o se vierte agua sobre su cabeza tres veces mientras un sacerdote o un diácono pronuncia sobre él la bendición. Bañarle significa que se le perdonan los pecados. Además, la triple inmersión en agua simboliza que Cristo permaneció en el sepulcro por tres días; con el bautismo, todos los cristianos participamos en su muerte salvadora (Rom 6, 3). Lavar al bautizado significa también que resucita con Cristo, un nuevo nacimiento para la vida divina (Tit 3, 5).

Pero todavía hay más. El bautismo evoca muchas escenas bíblicas, entre ellas el mismo bautismo de Jesús (Mc 1, 9-11). La bendición del agua trae a la memoria cuando el Espíritu Santo durante la creación soplaba sobre las aguas (Gen 1, 2). El lavado simboliza la retirada de las aguas después del diluvio (Gen 7, 9), el paso de Israel a través del Mar Rojo (Ex 14, 21-22), el río que mana de la Jerusalén celestial (Ap 22, 1), y así podríamos seguir mucho más.

Lo signos sacramentales expresan muchas realidades al mismo tiempo o, lo que es lo mismo, una única realidad con muchas caras.

3. HACIA EL MISTERIO

Hay un punto especialmente importante en el que los sacramentos difieren de cualquier otro signo. Un punto que trataremos detenidamente en el capítulo siguiente, cuando hablemos de ese realismo sacramental de la Iglesia. Pues los sacramentos son símbolos, pero no sólo símbolos; se trata de los únicos símbolos que llevan directamente a la realidad que significan[2].

Los demás signos siempre difieren de aquello que pretenden mostrar. Sólo los sacramentos ocasionan eso mismo que significan. Los signos habitualmente son imagen de algo, de una idea. Únicamente los sacramentos llevan la realidad que quieren expresar en sí misma, una realidad sagrada.

No existe comunicación más perfecta que ésta. Sólo Dios puede mostrarse a sí mismo de esta manera.

Describir entonces los sacramentos como misterios parece obvio, casi una redundancia. Para los primeros cristianos las palabras sacramento y misterio eran sinónimas. Y si hay algún matiz que diferencie ambos conceptos quizá sea éste: la palabra sacramento pone énfasis en el signo visible, la palabra misterio se fija sobre todo en la realidad invisible (cf. CCE, n. 1075). La palabra misterio se usa de modo preferente en las iglesias orientales.

En la predicación de San León Magno, en el año 445, encontramos: «Las maneras visibles de nuestro Salvador han pasado ahora a sus misterios»[3].

4. CIERTAS GRACIAS SOCIALES

Como consecuencia, los sacramentos sólo pueden ser acciones divinas, obras de Cristo. Sin embargo, Él ha confiado sus sacramentos a la Iglesia, ha hecho de sus sacerdotes «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1). Por ello, cuando un sacerdote celebra un sacramento su actuación es secundaria respecto de la principal, la que lleva a cabo Jesucristo. Esto significa que la eficacia de los sacramentos no depende de cómo sea el sacerdote en cuestión, más o menos hábil, inteligente, santo o elocuente. Cristo es quien actúa siempre en cada sacramento, aunque lo haga a través de ministros que no parezcan dignos. San Agustín lo señala de manera gráfica: «Cuando Pedro bautiza, es Cristo quien bautiza... Cuando Judas bautiza, es Cristo quien bautiza». Y con mayor claridad si cabe dice: «Quien ha sido bautizado por un borracho, quien ha sido bautizado por un asesino, quien ha sido bautizado por un adúltero, si el bautismo que han recibido es el de Cristo, entonces han sido bautizados por Cristo»[4].

Los sacramentos tienen eficacia únicamente por el poder de Cristo, y no por nuestro esfuerzo o el del sacerdote[5]. Esta idea la expresa la teología con el término latino ex opere operato, que quiere decir de manera literal por el hecho mismo de la acción realizada, y evidencia así esa fuerza y eficacia intrínseca del sacramento (CCE, n. 1128).

Pero a la vez esa eficacia depende de cómo estemos dispuestos para recibir el sacramento. Cristo siempre da su gracia en los sacramentos, pero nosotros debemos estar en condiciones para recibirla.