Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En los expedientes del ramo criminal y de justicia del Archivo Histórico de Jalisco puede observarse que los bandidos se inmiscuyeron tanto en la política como en el comercio, en el ejército y la organización policiaca, a lo que convierte en un objeto de estudio básico para entender la complejidad del proceso de construcción del Estado nacional.Con el Jesús en la boda. Los bandidos de los Altos de Jalisco fue publicado por primera vez en 2003. En esta segunda edición se incorporaron nuevos datos acerca de los bandoleros que asolaron esta región en el siglo XIX, los cuales permiten comprender más a fondo el grado de violencia y de inseguridad que vivió la sociedad alteña de esa época.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 351
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Universidad de Guadalajara
Dr. Miguel Ángel Navarro Navarro
Rector General
Dra. Carmen Enedina Rodríguez Armenta
Vicerrector Ejecutivo
Mtro. José Alfredo Peña Ramos
Secretario General
Dr. Aristarco Regalado Pinedo
Rector del Centro Universitario de los Lagos
Dra. Rebeca Vanesa García Corzo
Secretaria Académica
Mtra. Yamile F. Arrieta Rodríguez
Jefa de la Unidad Editorial
Segunda edición, 2018
© Jaime Olveda
ISBN 978-607-547-089-4
D.R. © Universidad de Guadalajara
Centro Universitario de los Lagos
Av. Enrique Díaz de León N° 1144, Col. Paseos de la Montaña, C.P. 47460
Lagos de Moreno, Jalisco, México
Teléfono: +52 (474) 7424314, 7423678 Fax Ext. 66527
http://www.lagos.udg.mx/
Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación de información, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, existente o por existir, sin el permiso previo por escrito del titular de los derechos correspondientes.
Hecho en México / Made in Mexico
Introducción
El siglo XIX mexicano resulta particularmente interesante porque fue la centuria en la que se transitó del viejo orden colonial al Estado moderno. Para que este paso se realizara fue necesario destruir un conjunto de valores, costumbres y formas organizativas tradicionales. Estas mutaciones y la severa crisis económica que se derivó de las luchas civiles, las cuales se desencadenaron una vez consumada la independencia, lanzaron a muchos hombres al bandolerismo. Sobre la participación del ejército, la Iglesia, los empresarios, los indios, los hacendados y los grupos medios de la población en este complejo proceso, existen varios trabajos que proporcionan una idea bastante satisfactoria. Sin embargo, el panorama no será completo si no se toma en cuenta a otro sector social que es clave para entender el tránsito a la modernidad: los bandidos. Su estudio en todos sentidos llama la atención, entre otras cosas, porque fue el único grupo que durante la mayor parte de la centuria mantuvo un control casi absoluto del campo y los caminos. En efecto, en esas décadas impusieron su ley sin dificultad alguna; aprovechando la desintegración política del país, la dispersión del poder, la fragilidad del Estado y el aislamiento en el que vivía la mayor parte de las poblaciones.
En cualquier parte del país pueden encontrarse bandidos que cobraron fama por su audacia, por los múltiples robos que perpetraron y por haber mantenido a las familias al filo de la desesperación. Algunos de ellos asolaron regiones enteras por mucho tiempo hasta que perdieron la vida en algún enfrentamiento con la policía. Sus temerarias hazañas fueron transmitidas oralmente de generación en generación, quedando grabados en la memoria colectiva los asaltos violentos y otros delitos cometidos a lo largo de su carrera delictiva.
La historiografía mexicana cuenta con algunos estudios minuciosos sobre los bandidos como los de Paul J. Vanderwood, William B. Taylor, Brian Hamnett, Laura Suárez de la Torre, Rosalía Martha Pérez Ramírez, Sebastián Porfirio Herrera Guevara y, en parte, los de Friedrich Katz, en los que se mencionan las causas que empujaron a muchos individuos a convertirse en bandoleros, así como sus formas organizativas y las áreas en donde operaron.1 La primera impresión que deja la lectura de estos trabajos es que el XIX fue el siglo no solo de los caudillos militares, como lo han hecho notar varios historiadores —entre ellos Enrique Krauze—, sino también el de los bandidos. Igual sensación queda después de consultar la prensa, la literatura y los relatos de los viajeros que llegaron a México en esta época. Los periódicos publicados en la capital de la república y en las de los estados dieron a conocer, junto con las noticias de carácter político, económico o militar, una abundante información acerca de los asaltantes.
A una de las conclusiones que llegan los autores mencionados es que a los bandoleros mexicanos no se les puede clasificar dentro de las categorías identificadas por Eric Hobsbawn; por ejemplo, resulta muy forzado etiquetar a alguno de ellos como bandido social, es decir, el asaltante justiciero que roba para distribuir el botín entre los pobres. De los bandoleros que operaron en la región de los Altos de Jalisco, ninguno puede ser catalogado así. Pensar que la protección que se les brindó a muchos de ellos se debió a su generosidad o a su bondad conduce a un error; más bien fue resultado de los tratos suscritos con hacendados y rancheros, quienes llegaron a la conclusión de que era mejor pactar con ellos para proteger su vida y sus propiedades. Como es de suponerse, también sus mismos familiares los encubrieron y les proporcionaron cierta ayuda, y viceversa.
Un análisis más amplio de las acciones de los bandidos, es decir, uno que rebase la mera acción de robar, permite observar otros aspectos importantes de las mutaciones que se registraron, por ejemplo, los cambios en el medio rural a raíz de la extensión de la agricultura comercial y la destrucción de las viejas solidaridades; por otro lado, puede verse con mayor claridad la confinación en la que vivían muchas poblaciones, la estrecha red de caminos, el índice de la pobreza, la violencia, la pésima administración de la justicia y los convenios ocultos que concertaron los hacendados, los empresarios y los grupos políticos con los asaltantes. Estos contubernios revelan, sobre todo, que en el complejo proceso de la formación del Estado nacional estuvieron involucrados los bandoleros. Las alianzas entre militares y políticos con bandidos fueron un secreto a voces; los primeros solaparon a los segundos a cambio de que les ayudaran a combatir a sus adversarios. A lo largo del siglo, liberales y conservadores buscaron con frecuencia el respaldo de bandoleros famosos para hostilizarse mutuamente, ya que dirigían bandas mejor equipadas que el propio ejército. Lo mismo hicieron algunos empresarios para eliminar o debilitar a sus competidores, con el propósito de mantener el control del mercado regional. Por todo esto, los bandidos figuran entre los protagonistas de la historia de esta centuria. Sus acciones no deben ser ignoradas, ya que lo mismo se inmiscuyeron en la política que en el comercio, en el ejército y en la organización policiaca.
En los expedientes del ramo criminal y de justicia del Archivo Histórico de Jalisco se encuentran numerosos reportes que enviaron las autoridades locales al gobierno del estado y los procesos que se les emprendieron a una gran cantidad de bandidos que sembraron el pánico en los Altos, zona a la que se circunscribe este trabajo. La consulta de esta documentación permitió identificar bandas de asaltantes por todos los rincones de Jalisco, pero de manera especial en esta región. Fueron varios los factores que intervinieron para que en esta comarca el bandidaje se convirtiera en un mal endémico, por ejemplo, la geografía abrupta, la fragmentación de la propiedad —lo que restringió el acceso a muchos campesinos— y el atractivo que ofrecían el camino de Guadalajara a México y la feria de San Juan de los Lagos.
Sobre todo, la feria anual que se celebraba en esta villa del 1 al 12 de diciembre, a la que concurrían comerciantes de todo el país, atrajo a muchos bandoleros, quienes se dieron el lujo hasta de cobrar un impuesto a los asistentes. El camino que comunicaba a Guadalajara con la Ciudad de México también estuvo asediado por los asaltantes durante la mayor parte del año, ya que por ahí circulaban ricos cargamentos de mercancías y una correspondencia muy valiosa que intercambiaban entre sí los funcionarios, los empresarios y la clase política. Los Altos también fue una región estratégicamente clave, pues está emplazada justo en el punto en el que convergen el Bajío, Aguascalientes, San Luis Potosí y la zona de influencia de Guadalajara. Su magnífica ubicación la convirtió en una comarca muy atractiva para los amantes de lo ajeno, en especial, las poblaciones que estaban muy próximas o eran atravesadas por el camino que iba a la capital del país.
El dominio que ejercieron los bandidos durante el transcurso del siglo XIX les permitió afinar sus estrategias y sus formas organizativas, a tal punto que rebasaron la capacidad del gobierno. Perfeccionaron, por ejemplo, un sistema muy eficaz de información que les proporcionaba noticias exactas sobre las acciones de la policía y el movimiento de pasajeros y mercancías; contaron, además, con un armamento mejor que el de la policía y con una red de complicidades que involucró a las propias autoridades, lo cual dificultó su exterminio. Gracias a estos mecanismos pudieron apoderarse del país entero y poner a la sociedad al borde de la histeria, ya que, aparte de asesinar, asaltaron, plagiaron, raptaron y violaron a mujeres de distintas edades.
La magnitud del problema que significaron los bandoleros se aprecia en todos sentidos, incluso en el rigor y en la frecuencia con que se expidieron las leyes para combatirlos. A medida que transcurrió el siglo los castigos fueron más severos, al grado de aplicar la pena de muerte. Aparte de la legislación de carácter fiscal, la más drástica y la que más se modificó fue la criminal, ya que tenía la intención de extirpar la violencia y la inseguridad. Como podrá apreciarse en la lectura de este libro, fue hasta finales del siglo, tiempo en que Porfirio Díaz concentró el poder y creó la policía rural —a la que incorporó a los principales bandidos—, cuando comenzó a reinar la tranquilidad en la campiña mexicana.
El libro Con el Jesús en la boca. Los bandidos de los Altos de Jalisco fue publicado por primera vez en 2003. Después de quince años, el Centro Universitario de Lagos acordó volver a editarlo. La ocasión fue aprovechada para incorporar nuevos datos sobre los bandoleros que asolaron esta región en el siglo XIX, y para corregir algunos errores tipográficos que aparecen en la primera edición. En esta empresa conté con la valiosa ayuda de Verónica Cervantes, quien se encargó de hacer la nueva transcripción.
1Sus trabajos están consignados en la bibliografía.
El siglo de los bandidos
EL ROMPIMIENTO DEL VIEJO TEJIDO SOCIOCULTURAL
El 8 de abril de 1871, alrededor de noventa vecinos de San Juan de los Lagos enviaron al gobernador de Jalisco una carta angustiosa y desalentadora que reflejaba en toda su magnitud la zozobra en la que vivían los habitantes de esa villa. En la misiva relataban, de manera concisa, todos los sufrimientos que padecían a diario a consecuencia de los frecuentes robos que perpetraban las numerosas gavillas de bandoleros que infestaban la zona: «Nosotros somos [subrayaban con firmeza] los que con el sudor de nuestro rostro mantenemos en pie la hacienda pública; pagamos con mil afanes las contribuciones que gravitan sobre nuestras propiedades rústicas, pero no contamos con los elementos necesarios para impulsar nuestras labores».2
El acoso constante de los bandidos, aparte de significar un peligro para la vida de los campesinos, los había empobrecido, de tal suerte que cada día les resultaba más difícil obtener y conservar lo necesario para vivir. Los asaltantes, además de despojar a sus víctimas del dinero y de otros objetos que tenían en sus casas, mataban las reses con el único propósito de llevarse el cuero. El abigeato había provocado que los habitantes de esta población alteña tuvieran en cada ciclo agrícola mayor dificultad para disponer de animales con que arar la tierra. Lo lamentable del caso era que tampoco podían utilizar la carne para alimentar a sus familias, porque cuando encontraban a las reses sacrificadas, la mayoría de las veces ya estaban en estado de descomposición. «Esto, Señor Gobernador [concluían los vecinos de San Juan], es demasiado triste; y más triste aún que algunos de nuestros vecinos llevados de aquel concepto que por desgracia se ha generalizado, de ser mejor tener al ladrón como amigo que por enemigo, les dan cabida en sus ranchos a muchos de ellos».3
En efecto, frente a la inseguridad, la constante amenaza y la incapacidad del gobierno de ofrecer garantías, muchos rancheros de los Altos optaron por acoger a los bandidos en sus fincas, haciendo creer a los encargados de conservar el orden, que eran jornaleros contratados. Durante el día fingían trabajar para eludir el riesgo de ser identificados y calificados como vagos, pero una vez que se ocultaba el sol comenzaban a cometer sus fechorías. Lo que más desmoralizaba a quienes firmaron la carta quedó plasmado en el siguiente párrafo:
Nada aventajamos denunciándolos a la autoridad, porque aunque la fama pública los tenga bien caracterizados, o nosotros tengamos la suerte de conseguir personas que declaren sobre algunos robos que hayan cometido, si para cada uno de ellos no se reúne el número de testigos que forman plena prueba, se resuelve que aquella no es bastante para condenar; ni estas son el número que la ley exige para la imposición de una pena, porque hablan de hechos aislados cometidos en distintos puntos y en diferentes ocasiones.4
Para gozar de seguridad y tranquilizar el ánimo de los habitantes de San Juan, los firmantes de la carta pidieron al gobernador un remedio rápido y eficaz. Según su punto de vista, dos podían ser las posibles soluciones para exterminar a los bandoleros: formar un cuerpo de caballería respetable que los persiguiera tenazmente y nombrar jueces de acordada con facultad de fusilar a los bandidos que se lograra aprehender.5
La carta mencionada resulta interesante, ya que es un testimonio fiel del peligro en el que vivían los vecinos de San Juan de los Lagos, y de la angustia que padecía la sociedad mexicana en su conjunto. Se trata de un nuevo miedo colectivo que los bandidos infundieron por medio de sus acciones. Hombres, mujeres y niños vivían atemorizados por los asaltos y crímenes que a diario cometían las bandas de asaltantes, hechos que al pasar de boca en boca eran de alguna manera tergiversados. Por otra parte, el documento citado plantea varios problemas graves y complejos que requieren de un análisis profundo y riguroso; como la dimensión real que alcanzó el bandolerismo, la impunidad, la incapacidad del gobierno para controlar el delito, la organización y la manera de operar de los infractores de la ley, la procuración de la justicia, los procedimientos o estrategias que se emplearon para frenar el robo y las causas que empujaban a cometer el crimen.
Así, de la lectura de la carta surgen varias preguntas; por ejemplo, ¿en qué época debe buscarse el origen de ese grave problema social?, ¿cuáles fueron las causas que provocaron que las cuadrillas de bandidos se multiplicaran y se convirtieran en el azote de pueblos y ranchos?, ¿el bandolerismo debe apreciarse como una protesta social contra el orden establecido, la injusticia y la mala distribución de la riqueza?, ¿la conversión de las tierras comunales en parcelas individuales influyó en el incremento del bandolerismo? Finalmente, ¿el tránsito de una sociedad corporativa con un fuerte espíritu comunitario a una moderna e individualista propició la aparición de salteadores?
Encontramos a los primeros bandoleros en el siglo XVI, pero fue hasta finales del siglo XVIII, en los últimos quince años para ser más precisos, cuando se multiplicaron de manera sorprendente. Las reformas que introdujeron los Borbones con el propósito de incrementar la producción y agilizar el intercambio de las mercancías aceleró el proceso de concentración de capital, el desarrollo de la agricultura comercial y la expulsión del mercado de los pequeños propietarios. Esta política macroeconómica fue excluyente, pues solo favoreció a los grandes empresarios, quienes gozaron de magníficas condiciones para invertir en la agricultura, en el comercio y en la minería. Numerosos estudios ya han demostrado que fue a partir de entonces cuando las comunidades indígenas comenzaron a desintegrarse y a aumentar el número de indios sin tierras, quienes constituyeron un amplio estrato social que careció de arraigo. La exclusión de grandes sectores de la población de los beneficios de la nueva política aplicada por la corona española muy pronto generó el aumento de la inseguridad y de la violencia, tanto en el campo como en la ciudad. Con la misma velocidad con que se concentraba la riqueza, la criminalidad se estructuraba y se expandía. En el medio rural, pero de manera especial en la ciudad, comenzaron a percibirse los dramáticos efectos sociales de la transformación económica. Guadalajara, y Lagos en menor proporción, se convirtieron en los principales núcleos receptores de migrantes con diferentes costumbres y distinta cultura.
Otro factor que ayuda a explicar la proliferación de la violencia y del latrocinio en el ámbito rural es que la política económica que aplicaron los Borbones estaba orientada a favorecer casi preferentemente a las ciudades donde residían los empresarios, por lo que el campo, donde vivía la mayoría, quedó prácticamente relegado. Además, las pesadas cargas tributarias impuestas en el periodo borbónico bien pudieron generar el descontento suficiente para empujar a muchos al bandolerismo. Puede ser también, como lo señala Brian R. Hamnett, que el bandidaje haya sido una especie de válvula de escape que evitó el estallido de rebeliones campesinas; o sea, el robo y el asalto diluyeron la protesta social.6
De todo esto puede desprenderse que los periodos de crecimiento económico generan efectos perturbadores: alzas de precios de los productos básicos, desempleo, pobreza, marginación, especulación, inseguridad, violencia, etcétera; lo que orilla a muchos al mundo de la delincuencia. Las graves contradicciones sociales que surgieron a finales del siglo XVIII favorecieron la aparición de cuadrillas de bandoleros, sobre todo en las zonas donde las relaciones capitalistas estaban muy extendidas. Las reformas borbónicas, si bien es cierto que elevaron el nivel productivo, causaron mayor desequilibrio en la sociedad colonial, de ahí que fuera en esta época cuando las autoridades empezaran a expresar lo difícil que era mantener el orden y el equilibrio social.
Lo anterior permite afirmar que fueron la extensión de las relaciones sociales capitalistas en el campo y el consecuente desmoronamiento de las viejas estructuras, así como la pérdida de los derechos consuetudinarios, algunas de las causas principales que provocaron el auge del bandolerismo. El acaparamiento de tierras que fortaleció el poder de los grandes propietarios y el rompimiento del tejido sociocultural que empezó a darse en plena época borbónica afectaron la organización tradicional y las solidaridades locales. En los últimos años del siglo XVIII, el bandidaje fue una protesta no solo contra la explotación y la injusticia, sino contra el nuevo orden social que se estaba imponiendo. La alteración de los viejos sistemas generó un nuevo desorden que fue muy difícil de controlar por las autoridades; o a lo mejor los grupos afectados crearon ese desorden para mantener el orden que se trataba de destruir. En fin, el orden y el desorden son inseparables. El reordenamiento impuesto desde arriba contemplaba la supresión de muchos privilegios que gozaban las corporaciones que constituían los pilares fundamentales de la sociedad: la Iglesia, las comunidades indígenas, las cofradías, los gremios y el ejército.
Además, hubo otros factores que se conjugaron para que el bandidaje se extendiera y se convirtiera en una pandemia; es decir, hubo poderosas motivaciones que empujaron a muchos hombres a volverse bandoleros: marginación y pobreza, caciquismo, falta de trabajo, analfabetismo, espíritu de venganza, ambición desmedida, resentimiento social, opresión familiar, odio, desequilibrio mental, etcétera. Algunos autores consideran que hasta la alimentación, los climas extremosos y la sexualidad influyen poderosamente.7 Todos los factores que pudieron haber contribuido para que enraizara el bandidaje encontraron un campo propicio en la geografía. Las cordilleras montañosas, los cerros escabrosos, las barrancas y el curso de los ríos fueron escondites ideales para los bandoleros. En un país con estas características geográficas, con caminos insuficientes y pésimas comunicaciones, resultaba muy difícil aplicar la ley.
La aparición del bandolerismo estuvo acompañada del incremento de vagos que se posesionaron de las plazas públicas, los mercados, los portales, los atrios y hasta de los cementerios de las ciudades importantes. Bandidos y vagos constituyeron una parte significativa de la población marginal. Ambos grupos fueron esencialmente movibles para evitar la captura, una especie de «comunidades ambulantes», como diría Julián Zugasti,8 y sus acciones delictivas en buena medida pueden ser consideradas como una respuesta de los desheredados en contra de los poderosos y de la legislación imperante.
La producción de un volumen mayor de riqueza que se dio en las postrimerías del siglo XVIII fue también resultado de la nueva conducta que asumieron las élites, las cuales se mostraron más codiciosas y astutas. Estas actitudes fueron aleccionadoras para los bandidos, pues aprendieron y perfeccionaron sus procedimientos para apoderarse de lo ajeno. En este sentido, Zugasti explica que «el materialismo de arriba engendra el materialismo de abajo, [y que] lo semejante engendra lo semejante».9 Ya ha quedado bien documentado que el auge económico que favoreció a las oligarquías despertó la codicia de los que habían quedado excluidos de los beneficios.
En México, como en Europa y otras partes del mundo, el origen y el desarrollo del bandolerismo estuvo asociado con el estado que guardaba la propiedad territorial. En la medida en que el carácter privado se convertía en el tipo de tenencia predominante y se expandía la agricultura comercial, aumentaron las cuadrillas de bandidos y de jornaleros inconformes. ¿Debe entonces apreciarse el bandidaje como un levantamiento rural o una rebelión campesina? La respuesta no puede darse apriori, implica conocer a ciencia cierta si los integrantes de las bandas eran todos de origen rural y sin tierras. William B. Taylor encuentra que en las postrimerías del periodo colonial, más o menos 50 por ciento de los bandidos que operaban en la intendencia de Guadalajara habían nacido en el campo.10 Quizás el porcentaje aumente si se considera que muchas de las bandas no se organizaban en las ciudades, sino en las zonas rurales; además, las que pudieron forjarse en los centros urbanos se integraban en su mayoría por campesinos que habían emigrado. Por otro lado, el constreñimiento al que estuvieron sujetos muchos pueblos indígenas debido a la construcción de cercas por parte de los hacendados, y la pérdida paulatina de otros derechos adquiridos desde el siglo XVI, favorecieron la formación de grupos de bandoleros. Los hacendados, por su parte, armaron a sus peones para defender sus propiedades y evitar que las tierras usurpadas volvieran a sus legítimos dueños.
Pero no solo en las regiones donde el latifundio llegó a sus máximas expresiones aparecieron bandidos; aún en zonas donde predominaba la pequeña y mediana propiedad surgió este fenómeno. Tradicionalmente se vio a los Altos como un espacio sin mayores problemas agrarios, donde la tierra estaba bien distribuida; este equilibrio fue más bien aparente que real, ya que en la medida en que aumentaba la población había mayor presión y demanda de tierras. La creciente dificultad de acceso a la propiedad provocó desarraigo y orilló a muchos campesinos al bandolerismo, sobre todo porque en los ranchos no se contrataba mucha mano de obra.
El aumento demográfico registrado en las postrimerías del siglo XVIII propició la aparición de un sector numeroso que no encontró acomodo ni en las haciendas ni en los ranchos. Las autoridades civiles y eclesiásticas en diferentes momentos advirtieron el peligro que significaba la existencia de tanta gente desocupada y vagabunda. Este vagabundaje estaba asociado al tipo de trabajo que empezó a prevalecer, es decir, a uno que era inestable y temporal; el que a su vez generó una cultura marginal expresada en el alcoholismo, los juegos de azar y la vagancia. En esta época, la presión sobre las fuentes de trabajo tuvo la misma magnitud que la que se ejerció sobre la tierra. El desarraigo expresado en la intensa movilidad de muchos campesinos es un indicador de la crisis del sistema laboral.
Estas presiones sobre la tierra y las fuentes de trabajo tuvieron expresiones más preocupantes en regiones como los Altos, ya que la propiedad estaba muy dividida. En efecto, en las zonas donde la tierra se fragmentó en minifundios y la población llegó a ser numerosa, surgieron graves conflictos que pusieron a muchos fuera de la ley.
A finales del siglo XVIII, en las regiones densamente pobladas, el bandolerismo era ya un mal endémico. En 1789, la Audiencia de Guadalajara solicitó al virrey Revillagigedo un destacamento militar para que auxiliara en la persecución de los delincuentes, quienes ya se habían apoderado de los caminos que comunicaban a la ciudad con la intendencia de Michoacán.11 En la década siguiente, logró la creación de una acordada12 independiente de la de México para combatir el robo y el crimen.13 Antes de su establecimiento, en la intendencia de Guadalajara había un teniente que representaba y actuaba de acuerdo con este tribunal.14 A pesar de los intentos que emprendieron las autoridades para controlar los asaltos, no obtuvieron buenos resultados, ya que el mal no fue atacado desde la raíz, es decir, desde la pobreza extrema en la que vivían numerosos sectores urbanos y rurales. Una de las tantas gavillas que ocasionaba serios problemas era la famosa banda que se había integrado en Celaya, la cual hacía incursiones a la intendencia de Guadalajara.15
A partir de 1790, el descontento y la violencia se habían enseñoreado en el campo. Esto adquirió un tinte más peligroso porque, como ya se dijo, al aumentar la población hubo una mayor presión sobre la tierra. También es probable que al interior de las haciendas se haya multiplicado el número de peones, a tal grado que muchos ya no pudieron encontrar empleo en dichas fincas. Como el sobrante de la fuerza de trabajo fue expulsado y no encontró acomodo, la tensión social se agravó de manera alarmante. Algunos autores, como Eric Van Young, han hecho hincapié en los resultados que produjo la presión sobre la tierra al elevarse el índice demográfico en las comunidades indígenas y en las haciendas, lo cual también ocurrió en zonas como los Altos, donde el régimen de la propiedad era mayoritariamente el rancho. Al aumentar la población, muchos hijos de rancheros ya no tuvieron acceso a la tierra por la amplia fragmentación que se había dado. Frente a estas circunstancias, las posibilidades de convertirse en pequeños propietarios fueron muy remotas para la mayoría de los campesinos alteños. A falta de expectativas, muchos se sintieron atraídos por el bandolerismo porque su estilo de vida, aunque estaba lleno de peligros, ofrecía la oportunidad de mejorar la situación personal. Quizás a otros los sedujeron las versiones que corrían de boca en boca acerca de las hazañas inauditas de algunos bandidos, quienes habían adquirido celebridad por su audacia, acciones de las que casi no quedan huellas.
Aunque era peligrosa, la vida del bandido ofrecía la posibilidad de enriquecerse, de obtener buenas armas y caballos, de cobrar fama y prestigio, y de ser respetado. En muchas de las regiones de la Nueva España, a finales del siglo XVIII, pueden localizarse bandoleros célebres por sus aventuras y sus hechos delictuosos. A principios de la década de los noventa, en un informe que rindió el intendente Jacobo Ugarte y Loyola, reportó la existencia de 41 bandidos que eran muy conocidos por sus fechorías en los caminos reales de la intendencia.16 Algunos asaltantes y vagos que se encontraban presos en la cárcel de Guadalajara fueron sacados y remitidos en cuerdas a la Ciudad de México para ser trasladados posteriormente a Acapulco, y de allí a las Filipinas, en calidad de reclutas.17 Después de haber consultado varios expedientes judiciales, Taylor dibujó el perfil del bandolero de las postrimerías de la época colonial de esta manera: eran individuos que tenían entre 27 y 37 años de edad, analfabetos, con antecedentes penales y, en su mayoría, indios o mestizos sin tierras. Buena parte de los miembros de las bandas provenía de las áreas rurales y buscaba dejar atrás la pobreza.18
El bandido fue, ante todo, salteador de caminos, y su propósito principal fue despojar del dinero a su víctima. Su objetivo primordial no fue el de matar; en las ocasiones en que esto ocurrió fue por accidente o porque las mismas circunstancias lo obligaron a hacerlo; por lo general, lo que pretendía era amedrentar a quienes asaltaba, pero hubo algunos que sí incurrieron en otros delitos, como el de violación. Otro punto que vale la pena destacar es que ningún asaltante localizado puede ser identificado como bandido social, es decir, el que roba a los ricos para distribuir el botín entre los pobres.
LA REGIÓN DE LOS ALTOS
Esta zona fue una de las preferidas por los bandoleros por tres razones: primero, porque estaba atravesada por el camino que de Guadalajara conducía a la Ciudad de México, ruta por la que circulaban valiosas mercancías y pasajeros adinerados; segundo, porque en San Juan de los Lagos se celebraba la feria comercial de mayor importancia en la Nueva España; y, tercero, por su geografía imbricada. La zona está asentada sobre una gran meseta basáltica en la que existen ondulaciones, colinas y lomerías que se elevan entre los 200 y 300 metros sobre dicha meseta (véase mapa 1). Además, el suelo alteño está atravesado por el río Verde, el cual ofrecía escondites seguros a los maleantes, así como los montículos y las pequeñas quebradas. Mayor atractivo tuvieron los bandoleros a partir de 1796, año en que se regularizó el servicio de diligencias entre Guadalajara y la capital virreinal.19 En otras partes del mundo, los caminos principales siempre fueron asediados por los bandidos. En España, por ejemplo, la ruta que iba de Madrid a Sevilla, donde circulaban los pasajeros y las mercancías con destino a América, siempre estuvo infestada de asaltantes.20
San Juan de los Lagos tenía una situación geográfica privilegiada y, por lo mismo, atractiva. Quedaba justo en la confluencia de dos caminos muy importantes: el que unía a Guadalajara con México, ya citado en el párrafo anterior; y el camino Real de Tierra Adentro. Las villas situadas en la banda izquierda del río Verde, como son Tepatitlán, Arandas, San Miguel el Alto, Jalostotitlán, San Juan y Lagos, abastecían a las minas de Zacatecas y Guanajuato. Esta parte de los Altos, gracias a los caminos mencionados, fue una zona con un intenso tráfico arriero.21 En cambio, el lado opuesto del río, donde estaban enclavadas las poblaciones de Paso de Sotos (Villa Hidalgo), Teocaltiche, Mexticacán, Yahualica, Cuquío e Ixtlahuacán del Río, fue una región desconectada de las rutas y de los centros mineros debido a los factores geográficos. Por muchos años, y mientras no se construyó un puente, el río Santiago constituyó un grave problema a los habitantes de estos lugares, ya que tuvieron grandes dificultades para comunicarse con Guadalajara.
Mapa 1. Los Altos de Jalisco
El primer grupo de poblaciones alteñas estuvo bien integrado a los centros mineros y mercantiles más importantes. Los caminos citados comunicaban a estos lugares con el Bajío, San Luis Potosí, Zacatecas y Guadalajara. El incesante y temprano tráfico de mercancías y de plata por esta zona favoreció la aparición de bandoleros desde principios del siglo XVII, sobre todo en la jurisdicción de la alcaldía de Lagos. Entre 1607 y 1608, Paz Vallecillo, autoridad de esta villa, reportaba el robo escandaloso de ganado vacuno. Años más tarde, Juan de Monroy, alcalde mayor de Lagos, Aguascalientes y Teocaltiche, informaba que dicha alcaldía estaba «llena de ladrones y gente facinerosa».22 A mediados de esta centuria cobraron fama los bandidos Nicolás García Dávalos, Juan y Gaspar Ávalos, y el español Joseph Mercado, quien por robar las joyas y los vasos sagrados de los templos de la zona se hizo acreedor del apodo Iglesias. Para evitar, precisamente, que el santuario de la Virgen de San Juan fuera saqueado, la Audiencia de Guadalajara promovió en 1633 el asentamiento de un número mayor de familias hispanas en esa villa.23 Mercado fue perseguido afanosamente por el comisario de la Santa Hermandad, quien pudo capturarlo hasta 1692. En otras partes de la Nueva Galicia, los reportes sobre la existencia de bandoleros antes del siglo XVIII son muy esporádicos. Al parecer, los Altos, por los argumentos antes expuestos, fue la región más afectada por el bandolerismo. Aun así, la zona fue de vital importancia para el desarrollo económico de Guadalajara, razón por la cual el gobierno tuvo una atención especial en el mantenimiento de los caminos.
Desde 1717, la ruta que iba de esta ciudad a Lagos no ofrecía mayores problemas a los arrieros;24 en realidad fue la celebración de la feria de San Juan de los Lagos lo que obligaba a autoridades y comerciantes a mantener en buen estado las vías que conducían al santuario de la Virgen. Se calcula que a finales del siglo XVIII los asistentes a la fiesta que se celebraba en las dos primeras semanas del mes de diciembre rebasaban el número de 30 000. Durante esos días, San Juan debió convertirse en un verdadero enjambre en el que se confundían mercaderes, fieles, tahúres, aventureros, prófugos, soldados, cambistas, mendigos, curanderos y prostitutas. Era un secreto a voces que cada año aquí se daban cita «los bandoleros de toda la República».25 Las casas del pueblo resultaban insuficientes para alojar a los negociantes y almacenar todas las mercancías que trasportaban para vender. Las transacciones que se efectuaban en los 15 días se entremezclaban con peleas de gallos, bailes y otros espectáculos populares; no había, según las observaciones de un viajero, «ningún lugar de la federación donde se puedan ver con tanta pureza las costumbres nacionales».26 En medio del bullicio, unos concertaban negocios lícitos, mientras que otros aprovechaban el tiempo para tramar fraudes y robos. El movimiento mercantil que se registraba en esta villa no era comparable al de ninguna otra parte donde se celebraban ferias, como Jalapa, Acapulco o Saltillo.
La feria de San Juan no solo atrajo a grandes comerciantes de Guadalajara y de otras ciudades novohispanas, sino a indios de varias partes, sobre todo del Bajío guanajuatense. De San Miguel el Grande, San Felipe, Dolores, Celaya y León provenían muchos de ellos, quienes llevaban distintas mercancías para vender.27 En fin, cada año se congregaba una gran muchedumbre que llegaba atraída por diferentes motivos. Esta población naturalmente era flotante, pues solo permanecía durante las dos semanas que duraba la feria; después, San Juan volvía a la monotonía.
Los Altos estuvieron infestados de bandas de asaltantes. En la jurisdicción de Tepatitlán, los malhechores se escondían en cerros y barrancas. Entre 1805 y 1811 operaban en la zona Diego Vallejo, Juan Pérez del Río, Pedro Zedillo, los hermanos Huerta —Antonio Anastasio y Domingo— y Juan Casillas. Todos habían nacido en los ranchos o en las haciendas de la región. Vallejo, por ejemplo, vio la primera luz en la hacienda El Húmedo, y mantenía asolada el área de Cañadas (hoy Villa Obregón). Un miembro de la gavilla de Vallejo fue el mestizo Ceferino Navarro, quien fue encarcelado en Guadalajara antes del estallido de la guerra insurgente, y liberado por las huestes de Hidalgo a fines de 1810.28 Estos bandidos estaban emparentados con varias familias de los Altos, razón por la cual no los denunciaban ante las autoridades. Entre unos y otros hubo compromisos que se respetaron: los bandoleros no robaban ni a sus familiares ni a la gente del lugar donde habían nacido; los vecinos, parientes y amigos, por su parte, enmudecían frente a la policía, y algunos les compraban lo que robaban.
Los antropólogos que han estudiado la zona alteña difundieron la idea de que los Altos fue un área con un desarrollo histórico distinto a las demás, presentándola casi como un caso atípico. En primer lugar, sostuvieron que estuvo habitada por una población eminentemente criolla; segundo, que el régimen único de propiedad fue el rancho, definiendo a su sociedad como ranchera; y tercero, que su tradicionalismo y su religiosidad no tienen parangón alguno en el país.
Los tres rasgos distintivos que identificaron los antropólogos, no se sostienen del todo históricamente. En lo que corresponde a la población, las fuentes indican, cuando menos en el censo elaborado par Menéndez Valdés, que el número de indios, negros y castas superaba al de los españoles y criollos. Pero lo que más sorprende es la cantidad de negros y mulatos que vivía en muchas de las poblaciones alteñas. En Teocaltiche, por ejemplo, en el censo mencionado, se registran 430 españoles y criollos, mientras los mulatos llegaban a 360. San Juan de los Lagos fue descrito como pueblo de indios con 176 individuos, 160 españoles y criollos, y 55 mulatos.29 En Jalostotitlán, Yahualica, Mexticacán y San Juan había, aun en el siglo XIX, numerosas comunidades indígenas, aunque no con la cohesión de otras partes.
En cuanto a la tenencia de la tierra y el desarrollo de una sociedad ranchera, también se trata de una idea exagerada. Es cierto que el rancho fue el tipo de propiedad dominante, pero en la región surgieron, como en otras partes, muchas haciendas que convivían al lado de comunidades de indios. En los años que se han referido (1789-1793), solo en la jurisdicción de Lagos había 45 haciendas y 295 ranchos.30 Hubo latifundios tan extensos como en el norte del virreinato; Ciénega de Mata, que abarcaba buena parte de la jurisdicción de Lagos, es un ejemplo clásico. La hacienda Ciénega del Pastor se extendía entre Atotonilco y Tepatitlán; otras unidades de grandes dimensiones fueron las que llevaron el nombre de Mirandilla, La Llave, La Venta (Valle de Guadalupe), El Húmedo, El Salitre (Tepatitlán) y Mezcala.31
Por lo que se refiere al tradicionalismo y al profundo sentimiento religioso de los alteños, debe decirse que no es un rasgo distintivo. Iguales muestras de fe y de fanatismo pueden encontrarse en otras partes como Zacatecas, Puebla, Michoacán, el Bajío y Querétaro.
Si se matizan estas afirmaciones es con la finalidad de precisar que la composición social étnica de las bandas de asaltantes no era exclusivamente de blancos. Las gavillas también estuvieron integradas por mestizos, negros, mulatos y otros individuos pertenecientes a las castas.
El incremento del tráfico mercantil que tuvo lugar a partir de 1776, como resultado de la aplicación de las Reformas Borbónicas, aumentó el número de bandoleros que asaltaron los caminos vecinales que confluían en la gran ruta Guadalajara-México. Muchos de ellos se echaron al camino en busca de mejorar su suerte, otros lo hicieron para eludir a la justicia con la que tenían cuentas pendientes. En 1807, Luis Quiroz y Prado, subdelegado de Tepatitlán, informaba sobre la multitud de bandidos que pululaba en su jurisdicción y perjudicaba a los viajeros.32 Uno de los más célebres se apellidaba Pérez Cedillo, quien vivía bien protegido en una finca que parecía una verdadera fortaleza, «con muchas claraboyas en su circunferencia para escudarse mejor y disparar las armas de fuego».33
A finales del siglo XVIII en la región alteña existían las siguientes cárceles: en el partido de Lagos en la cabecera, San Juan de los Lagos, Jalostotitlán, Teocaltiche, Encarnación y Comanja; aparte, nueve pueblos contaban con prisiones exclusivamente para indios. En el de Tepatitlán se ubicaban en la cabecera y en Zapotlán de los Tecuexes, y en siete poblaciones había cárceles destinadas para indígenas. En el de La Barca se localizaban en la cabecera, Atotonilco el Alto, Ayo el Chico, Ocotlán, Poncitlán, Tototlán, Jamay y Arandas. En la jurisdicción de Cuquío había en la cabecera, Yahualica y Mexticacán, y en diez pueblos para recluir a los indios.34
EN EL UMBRAL DE LA MODERNIDAD
Con el estallido de la guerra independentista se paralizaron las reformas borbónicas, se interrumpió el desarrollo económico, se alteró el orden y el número de gavillas de bandoleros aumentó de una manera considerable. Muchos bandidos se convirtieron en insurgentes al sumarse al movimiento rebelde y, a su vez, los insurrectos fueron identificados como bandidos por el gobierno colonial con el fin de perseguirlos sin misericordia. Después de septiembre de 1810, en distintos lugares del virreinato, surgieron cabecillas rebeldes que agruparon a indios, mestizos y mulatos agraviados e inconformes; quienes al mismo tiempo que peleaban contra el ejército realista, se hicieron de recursos mediante el robo y la confiscación de bienes. Muchos de estos cabecillas o líderes locales son muy controvertidos por esa doble función que desempeñaron. Tres casos muy representativos son los de Gordiano Guzmán, un mulato que después de armar a un grupo de peones de la hacienda de Contla, en la jurisdicción de Tamazula, la incendió y comenzó a apoderarse de los bienes de pequeños y grandes propietarios;35 el de Vicente Gómez, el Capador, quien se convirtió en el azote de los varones españoles que vivían en Puebla, en los Llanos de Apan y en los alrededores de la Ciudad de México;36 y el de Albino García, un cabecilla que sembró el pánico en Guanajuato y en Lagos. Algunas comunidades campesinas se pusieron bajo la protección de este tipo de guerrilleros para defenderse de las fuerzas externas y ajenas a sus tradiciones.
A partir de 1810, los Altos se convirtieron en una zona infestada de bandoleros con ropaje de insurgentes. Gavillas de por lo menos diez individuos asediaron Cuquío, Yahualica, Mexticacán, Encarnación, Teocaltiche, Tepatitlán, Jalostotitlán y otras poblaciones; las cuales casi paralizaron por completo la agricultura y la ganadería. En Yahualica, por ejemplo, se enseñoreó Jesús Barajas; Jalostotitlán fue asolado por Ramón Gutiérrez y Marcos Díaz, cuyas cuadrillas estaban compuestas por indios en su mayoría; en mayo de 1811, Tepatitlán fue escenario de un enfrentamiento entre policías y bandidos en el que hubo muchas víctimas.37 Lagos se vio asediado por el temible guerrillero-bandido Albino García, quien perpetró un asalto el 31 de agosto de 1811.38
Como una de las prácticas de los insurgentes fue la de liberar a los presos de las cárceles de los pueblos y ciudades por donde pasaban, muchos de los reos que purgaban su condena se incorporaron a las filas de los rebeldes. Se ha podido documentar que varios grupos de bandoleros y fugitivos de la ley se unieron con Pedro Moreno y lucharon a su lado contra el ejército realista en la jurisdicción de Lagos. Este insurgente, a su vez, fue acusado de practicar un comercio ilícito en esta zona.39 Otros delincuentes de los Altos se fueron a Pénjamo y se pusieron bajo las órdenes del insurgente San Román.40 Los vínculos entre rebeldes y convictos también se dieron en otros lugares. Por eso no debe extrañar que en la documentación oficial las autoridades se refieran a los insurgentes como guerrilleros, bandidos, criminales o asaltantes. La oportunidad de moverse de un lugar a otro, y la posibilidad de vengarse y de saquear, atrajo a otros marginados que ignoraban quizá los fines de la insurrección. Al asumir la causa independentista, los bandoleros lo hacían con un doble propósito: eludir la justicia y ser reconocidos como parte del ejército. No fueron pocos los guerrilleros-bandidos que lograron obtener grados militares y un reconocimiento de parte de los caudillos rebeldes.
Los ranchos pertenecientes a las jurisdicciones de Lagos, Tepatitlán y Encarnación fueron los escondites de insurgentes y bandidos durante la guerra. Estas gavillas, explica Taylor, recibían ayuda y eran protegidas por la población rural desde que comenzaron a despojar de sus bienes a los españoles y a los criollos adinerados.41 Pese a los delitos que cometían, los bandidos fueron tolerados y hasta encubiertos porque compartían los valores y las aspiraciones de los campesinos; además, porque a medida que se incrementaba el bandolerismo, casi no hubo familia que no tuviera un pariente próximo o lejano que se hubiera convertido en salteador de caminos.
La prolongada guerra de independencia, aparte de desquiciar el orden colonial, relajó las costumbres y debilitó los principios de autoridad y de obediencia. La leva o el reclutamiento forzoso al que recurrieron tanto los realistas como los insurgentes capacitó a muchos indios y mulatos en el manejo de las armas y en la organización militar. Muchos de ellos, cuando ya habían adquirido esos conocimientos, desertaron de las filas del ejército para integrar bandas de asaltantes, las cuales se confundían con los grupos rebeldes. A partir de entonces fue difícil establecer una distinción entre soldado, bandido, patriota o un individuo con resentimiento social.42
