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Este libro ha sido escrito para todo tipo de padres. Padres que luchan diariamente por dar lo mejor a sus hijos adolescentes. Está escrito para madres solas o padres solos, que se sacrifican por criar a sus hijos, trabajando y corriendo hasta quedar agotados por darles una vida estable y una buena educación. Escrito para padres separados que, aunque cargan heridas en su corazón por la ruptura de su hogar, tratan de salir adelante por sus hijos. No ha sido escrito para padres perfectos, que todo lo hacen bien, porque la verdad es que esos padres no existen. Lo que sí existe son hogares con problemas y situaciones difíciles de afrontar. Padres que caen pero que se levantan. Padres que rompen las cadenas de su pasado, y son capaces de surgir y dar a sus hijos una vida mejor que la que ellos vivieron. Padres que, aunque viven rodeados de dolor y tristeza, han resuelto cambiar su vida por el bien psicológico y emocional de su hijo, aunque esto requerirá esfuerzo y sacrificio.
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Seitenzahl: 280
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Cómo enfrentar los conflictos familiares y criar adolescentes sanos emocionalmente
Ninayette Galleguillos Triviño
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Conéctate con tu hijo
Cómo enfrentar los conflictos familiares y criar adolescentes sanos emocionalmente
Ninayette Galleguillos Triviño
Dirección: Mario R. Pereyra
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Diseño de tapa: Ivonne Leichner
Ilustración: Propiedad de Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXX
Es propiedad. © 2016, 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-195-7
Galleguillos Triviño, Ninayette
Conéctate con tu hijo: Cómo enfrentar los conflictos familiares y criar adolescentes sanos emocionalmente / Ninayette Galleguillos Triviño / Dirigido por Mario R. Pereyra. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: Online
ISBN 978-987-798-195-7
1. Vida cristiana. 2. Adolescencia. 3. Educación familiar. I. Pereyra, Mario R., dir. II. Título.
CDD 248.4
Publicado el 10 de junio de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Web site: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Agradezco, en primer lugar, a Dios, por hacer del sueño de escribir este libro una realidad. Agradezco a él por haberme permitido ser madre y poder experimentar todo lo que esto significa. Y, finalmente, por haber provisto el tiempo oportuno para escribir y poder hacer algún aporte en la vida de padres, niños y jóvenes.
Agradezco a Dios por mis amados hijos Jahzeel y Joyce, que han sido mi inspiración para escribir este libro. Ellos, que han llenado mi vida de felicidad, me han enfrentado a tremendos desafíos, y me han hecho amar de la forma más pura y desinteresada que existe.
A mi amado esposo, Sergio Celis Cuellar, con quien hemos formado un hermoso hogar y quien ha sido mi soporte durante todos estos años, mi gran amigo y compañero de la vida. Agradezco a él por su estabilidad emocional, por su forma de llevar la vida en paz y con fe en Dios, ya que estas cualidades han sido de gran influencia para nuestra familia. Agradezco su apoyo al revisar y aportar a este libro.
Agradezco a mis amados padres, Pedro Galleguillos y Miriam Triviño, por haber hecho lo mejor que pudieron para criarme y educarme. Gracias, por haber estado siempre a mi lado apoyándome incondicionalmente, mostrándome su amor de diversas maneras, gozándose con mis éxitos y llorando junto a mí en mis tristezas. A ellos les debo mucho por lo que soy.
También agradezco a mis amigos, que me animaron en este proyecto y estuvieron allí en todo este proceso, apoyándome. Ellos son Walter Alaña y su esposa, Magal y Tuesta. Los admiro mucho, son excelentes padres. Gracias a mi amiga Cristina Bonifaz, y por el tiempo que dedicó a revisar este libro. Gracias a Alexa Acuña, por motivarme a la aventura de escribir, y a mi amada abuelita, María Triviño, que leyó mis borradores y disfrutó junto a mí de esta aventura.
Finalmente, agradezco a todas mis queridas amigas de diferentes lugares de este mundo, por todo lo que me han enseñado a través de su ejemplo como madres. Gracias por compartir conmigo sus experiencias y apoyarnos mutuamente en este camino difícil y, a la vez, maravilloso que es la paternidad.
Mi intención al escribir este libro es que sea un aporte para las familias, especialmente para muchos padres que hasta aquí han estado “desconectados” de sus hijos. Este libro está dedicado a tantos padres que están en la lucha y que desean lo mejor para sus hijos. Esperando que centren toda su preocupación y energía en sus hijos, dándoles cariño, tiempo, confianza y, especialmente, un hogar en el que reine la paz y el amor incondicional, de manera tal que sus niños crezcan realmente felices y sanos emocionalmente. Dios bendiga a cada uno de ustedes y a su familia.
“Todo lo que escribas en el corazón de un hijo… permanecerá allí inmutable” (Elizabeth George).
Fue una noche difícil. Los dolores venían cada determinados minutos y parecían insoportables. Pero saber que iba a conocer y a poder abrazar a mi esperado hijito me animaba a seguir dando todo mi esfuerzo. Nació a las 5:50. Escuché su llanto, y lo pusieron sobre mi pecho. Era impresionante tenerlo, mirarlo, ver cómo se movía su cuerpecito resbaloso y húmedo, mirar sus ojitos cerrados y sus labios rojos. El dolor vivido anteriormente se había olvidado en ese momento; lo más importante era tenerlo a mi lado.
Un par de horas más tarde me lo trajeron: muy hermoso, bien arropado y perfumado. Una enfermera me lo entregó, me dio unas indicaciones y se fue. Quedamos solo él y yo en esa habitación de hospital. No había estrés, nadie nos interrumpía; el tiempo parecía eterno y, al mismo tiempo, divino. Estuvimos mucho tiempo solos los dos, y creo que fueron unas de las horas más extraordinarias de mi vida. Oré, agradeciendo a Dios por el privilegio de ser mamá. Se lo entregué al Señor con todo mi corazón, pedí a él sabiduría para criarlo, lloré emocionada… Él era totalmente dependiente de mí, y no podía dejar de mirarlo; sus manitos pequeñas, su carita hinchada, su respirar calmo y confiado, su sueño profundo. ¡Ese fue un momento realmente maravilloso!
Dios me dio el privilegio de ser madre de dos hijos: Jahzeel y Joyce, actualmente de 17 y 14 años respectivamente. Como padres, mi esposo y yo hemos vivido situaciones difíciles, que durante la lectura de este libro te contaré. Pero, la verdad es que aunque ser padres es algo hermoso, es un tremendo desafío. La paternidad conlleva una gran responsabilidad, entrega incondicional, sacrificios, desvelos, renunciar a muchas cosas, postergarse otras veces, por el buen desarrollo de los amados hijos. Pasar noches cuidando de ellos, días corriendo detrás de ellos cuando aprenden a caminar, comer rápido para atenderlos, decir millones de veces frases como: “Lávate los dientes”; “ponte tu pijama, es hora de dormir”; “come toda tu comida”; “¿hiciste tus tareas?”; “las verduras son saludables, por eso debemos comerlas”; “apaga el televisor”; “guarda tus juguetes”; “apaga esa computadora”; “te amo”; “soy la madre más feliz, al tenerte”; “hijo mío, eres lo máximo”, etc. ¿Te parecen conocidas todas estas frases?
Ningún padre ni madre ha estudiado una carrera en la universidad sobre cómo ser un buen padre. La única escuela que los padres tienen es el hogar del cual proceden, y para la mayoría, este no es tan ejemplar. La lectura previa de algunos libros pudo haberlos instruido un poco antes de ser padres... aunque solo en teoría. Pero, al comenzar a vivir la paternidad, aparece un sinfín de situaciones que se deben ir afrontando en el momento y que demandan tomar decisiones que, ya sean buenas o malas, afectarán el desarrollo de nuestros hijos.
Al escribir este libro, más que profundizar en lo que significa ser un “buen padre”, algo que muchos saben, quiero analizar lo que significa ser un “padre cristiano”. Esta es una tarea que tiene un alcance más amplio, ya que no solo se centra en formar hijos sanos y competentes para su futuro en esta Tierra, sino además implica formar al hijo en los caminos de Dios. Formarle un carácter noble, desarrollando en su mente los valores cristianos y el amor a Jesús. Al darse cuenta de que debe guiar sus caminos de modo que vaya al cielo el día de mañana, el padre cristiano analiza otra dimensión que cualquier padre no tiene.
Un padre cristiano considera a su hijo como un regalo de Dios. Es consciente de que pertenece a él. El Salmo 127:5 dice: “Herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre”. Es maravilloso pensar que Dios es quien creó la paternidad, sabiendo que sería de enorme bendición para todos. No nos creó aisladamente, sino en familia, padres a cargo de sus hijos. Y pensó en cada detalle, como, por ejemplo, ¿te has preguntado por qué Dios dio a los bebés nueve meses de período de gestación? ¿Te imaginas si hoy, jueves, te enteraras de que serás padre, o madre, y mañana, viernes, te entregan al bebe en tus brazos? ¡Vaya, eso sería tremendo! En su maravillosa sabiduría, Dios dio a los padres nueve meses para, primeramente, asimilar la idea de ser padres y lo que esto implicará; luego, prepararse emocional, física y económicamente para la llegada del bebé. Dios previó todo para que nosotros seamos buenos padres, especialmente amando a nuestros hijos tal como él ama a sus hijos, incondicionalmente.
Ser un padre cristiano en este mundo es todo un desafío. La oración hecha por Jesús: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15) describe un clamor urgente de los padres actuales hacia Dios. Hoy, los hijos viven en medio de muchas influencias negativas, desde las malas amistades, el exceso de tecnología, la pornografía, el bullying, el estrés, la delincuencia, el contacto constante a través de las redes sociales, las drogas y un montón de desórdenes que existen en nuestra sociedad actual.
En ocasiones, quisiera regresar a esa clínica donde nació mi hijito y refugiarlo en ese hermoso recuerdo donde nada empañaba el perfecto amor, nada nos interrumpía; no había temor ni miedo, inseguridad ni tristeza; donde el tiempo nuevamente se vuelva eterno y divino.
La verdad es que el único refugio seguro y real para los hijos es el hogar. Y ¿qué pasa cuando en el hogar enfrentas constantes conflictos? ¿Qué sucede cuando los problemas te sobrepasan? ¿Qué pasa cuando tienes un hogar disfuncional, o cuando te llevas mal con tu cónyuge y lo único que quieres es huir a un lugar de paz? ¿Qué ocurre cuando te parece agotador y frustrante sobrellevar la adolescencia de tu hijo(a)? ¿O cuando el ambiente es tan tenso debido a discusiones constantes, peleas, problemas económicos, intolerancias, rencores o enfermedades? ¿Podrá un hogar tan complicado ser un refugio para un hijo o un lugar donde él pueda crecer sano emocionalmente?
La familia fue instituida por Dios con el objetivo de que los seres humanos se cuidaran, unieran, amaran, apoyaran mutuamente, protegieran. Era el objetivo de Dios que los hijos que vinieran como resultado de esta unión crecieran felices, se desarrollaran integralmente con todas sus facultades, hasta llegar a ser adultos sanos emocionalmente. En los hogares debía reinar la paz, la calma, la tolerancia, la armonía; este era el plan original. Pero, actualmente estamos llenos de familias con diversos conflictos, problemas y dificultades. Entre ellos, destacan el maltrato, el abuso, el divorcio, las crisis económicas, la ausencia de los padres, las adicciones. Lastimosamente, son los hijos de estas familias quienes cargan con las consecuencias del mal manejo de estos conflictos.
En los colegios, existe un alto porcentaje de niños que provienen de familias disfuncionales, lo que se ve reflejado en conductas como hiperactividad, agresividad, bajo rendimiento, ansiedad, anorexia, depresión, y numerosas actitudes que muestran que detrás de ellas existe un problema que las origina. En la mayoría de los casos, todo esto es resultado de situaciones conflictivas que los niños y los adolescentes viven dentro de su hogar.
Trabajando como orientadora en un colegio de enseñanza primaria, pude entrevistar a muchos niños tristes, solos, llenos de rencor y frustración. Y pude ver que sus “malas conductas”, en la mayoría de los casos, eran solo los síntomas externos de su dolor interior.
El mundo actual es una locura. Desde que nos levantamos, ya estamos retrasados y corremos todo el día; son tantos los quehaceres diarios. Y por la noche, caemos en la cama exhaustos. Un tema actual, que tiene a la sociedad de cabeza, es el estrés, y decir “estoy estresado” es una frase habitual en nuestro vocabulario. No es un término utilizado antiguamente por nuestros abuelos, pero hace ya varios años ha pasado a ser frecuente para nosotros. Se ven padres estresados, hijos ansiosos. Definitivamente, esto nos muestra que el plan original de Dios se desvirtuó, y las familias se han ido destruyendo con el paso de los años.
El propósito de escribir este libro, en primer lugar, es generar conciencia acerca del daño emocional que los hijos sufren como resultado de los conflictos familiares. Es de interés identificarlos y enfrentarlos, por el bien de ellos.
En segundo lugar, conocer los síntomas y las razones que originan el estrés infantil, ocasionado específicamente por los problemas en la intimidad de la familia; y, a la vez, brindar algunas estrategias para solucionarlos.
En tercer lugar, como padres, sanar las propias heridas que arrastramos desde las propias experiencias de crianza, y buscar la manera de cortar esas cadenas del pasado, para no dañar emocionalmente a los hijos.
Y, finalmente, acudir al Padre de los padres, el único capaz de ayudarnos y guiarnos en esta enorme responsabilidad que es la paternidad. Espero que al leer este libro puedas conectarte con Dios, para así establecer las conexiones correctas con tu hijo.
Este libro ha sido escrito para todo tipo de padres. Padres que luchan diariamente por dar lo mejor a sus hijos, padres que tratan de hacer las cosas bien. Está escrito para madres solas o padres solos, que se sacrifican por criar a sus hijos, trabajando y corriendo hasta quedar agotados por darles una vida estable y una buena educación. Escrito para padres separados, que, aunque cargan heridas en su corazón por la ruptura de su hogar, tratan de salir adelante con y por sus hijos. Escrito para padres que han abandonado a sus hijos y han cometido graves errores al criarlos, pero así y todo están dispuestos a luchar por salir adelante y comenzar de nuevo.
No ha sido escrito para padres perfectos, que todo lo hacen bien, porque la verdad es que esos padres no existen. Lo que sí existe son hogares con problemas y situaciones difíciles de afrontar, que algunos logran superar y aprenden de ellas. Padres que, a pesar de que caen, se levantan. Padres que rompen las cadenas de su pasado, y son capaces de surgir y dar a sus hijos una vida mejor que la que ellos vivieron. Padres que, aunque viven rodeados de dolor y tristeza, han resuelto cambiar su vida por el bien psicológico y emocional de su hijo, aunque esto requerirá esfuerzo y sacrificio.
Es un libro pensado para padres que desean que Dios forme parte de su paternidad. Padres que están buscando la dirección de Dios en su vida. Padres frustrados y cansados de hacer tantos esfuerzos, sin ver frutos. Padres que desean criar a sus hijos con valores, con hábitos, con orden, y más que nada, con mucho amor.
Este libro pretende sacar lo mejor de ti como padre, no importa la condición en que te encuentres hoy. Pretende que salgas adelante, te animes, recobres tus fuerzas y hagas uso de algunas estrategias para ser un apoyo en la vida de tu hijo, siendo capaz de dar sanidad emocional a su alma; transmitir a ellos calma, paz, amor y un hogar feliz, aun en medio de este mundo que corre y parece perder el control.
Es urgente la necesidad de generar cambios dentro de la familia, proporcionar alivio a las tensiones, sanar las heridas y los resentimientos provocados por estos conflictos. Necesitamos amarnos y demostrarnos ese amor, disfrutar del plan original de Dios al crear familias verdaderamente felices.
“Los agentes del amor tienen poder maravilloso, porque son divinos. La respuesta suave que ‘aparta el enojo’, el amor que es ‘sufrido y benigno’, el amor que ‘cubre una multitud de pecados’; si aprendiéramos esta lección, ¡de qué poder sanador serían dotadas nuestras vidas! La vida sería transformada, y la Tierra llegaría a ser la misma semejanza y el goce anticipado del cielo” (El hogar cristiano, p. 174).
“El niño más pequeño que ama y teme a Dios es mayor, a su vista, que el hombre más instruido y talentoso que descuida la gran salvación” (Elena de White).
Todo en esta vida tiene una base que da estructura a la existencia. Muchos adultos enfrentan vidas tan confusas y complejas que, a veces, es necesario ir a la raíz a fin de comprender el porqué de la situación. Es allí donde se encuentran las bases bien o mal fundamentadas. Son los primeros años los que determinan en gran medida el resto de la vida. Y allí los padres son determinantes en la vida de sus hijos.
Al observar tantos hogares destruidos, tantos hijos dañados, tantos padres amargados y tantos hijos abandonados, tiendo a preguntarme: ¿Qué pasa? Y solo puedo llegar a la conclusión de que las bases no están bien construidas. Pareciera que algo no está funcionando. Y luego llego a un punto clave. En realidad, es el punto de partida: muchos padres se han alejado de Dios.
Siempre pienso: ¿Qué sería de nosotros sin Dios? Y llego a la conclusión de que una experiencia real y viva con Dios es el punto central y de partida para ordenar nuestro mundo interior y nuestro hogar. Por lo tanto, quisiera comenzar analizando lo que considero la base de nuestra existencia: nuestra relación con Dios.
Esa mañana, la madre del niño se levantó, hizo algunos de sus quehaceres y luego amasó pan, preparó unos pescados que su esposo había traído temprano, y los puso dentro de una canasta.
Su hijo, que estaba a su lado, no dejaba de decirle:
–¡¡¡Mamá, apúrate, que todos ya están yendo hacia la colina!!!
– Hijito, me faltan los últimos detalles. Pongo las servilletas en tu canasta, y todo estará listo.
–Mamá, ¿cómo crees que será encontrarme con Jesús? Todos dicen que él hace milagros y que es muy bueno.
–Sí, hijito –le dijo su madre, mientras lo abrazaba despidiéndose–. Él es Jesús de Nazaret; y quiero que vayas a verlo. Esta es tu merienda, pues sé que más tarde tendrás hambre, y entonces podrás comer estos panes y peces. Deseo que escuches a Jesús. Acércate lo más que puedas a él, para que logres estar atento y guardes en tu corazón todas sus palabras.
Aquel muchachito partió hacia su caminata. Al llegar al lugar donde estaba la multitud, comenzó a aproximarse a donde estaba Jesús.
Al atardecer, el jovencito vio que los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron:
–El lugar es desierto, y ya es tarde. Dile a la multitud que se vaya para comprar comida.
El niño escuchó la respuesta que Jesús les dio:
–No tienen necesidad de irse; denles ustedes de comer.
Entonces, ellos comenzaron a preguntar quién llevaba consigo comida. Andrés, uno de los discípulos, se dio cuenta de que el pequeño tenía una canasta, y preguntó:
–¿Qué tienes en tu canasta?
– Tengo cinco panes de cebada y dos pescados, que mi mamá me preparó.
El discípulo le dijo:
–¿Te gustaría compartirlos con Jesús?
– ¡Por supuesto que sí! –respondió el muchacho.
Andrés fue hasta Jesús y le dijo:
–Lo único que encontramos son cinco panes y dos peces, que un niño ha traído.
Jesús los tomó en sus manos y pidió la bendición de Dios sobre esos alimentos.
Este niño vio con sus propios ojos cómo Jesús realizaba un milagro; y fue testigo de la multiplicación de los panes y los peces. No es difícil imaginar a Jesús mirando a todos mientras comían felices, entre impactados y hambrientos, disfrutando de su alimento.
De esta historia bíblica, que de hecho encontramos en los cuatro evangelios, podemos extraer una lección muy importante. La madre de ese muchacho con seguridad había oído hablar de Jesús y, quizá, lo había visto caminar junto a sus discípulos; y, tal vez, le llevó a su hijo para que lo bendijera. El asunto es que ese día ella decidió que su hijo debía ir cerca de Jesús. El milagro no lo realizó ella; el milagro lo realizó Jesús. Y es impresionante pensar que la acción de esa madre quedaría impresa en la Biblia por generaciones. Su acto de preocupación por la comida de su hijo y su interés en que fuera a escuchar a Jesús marcaron la vida de muchos; especialmente, la vida de su hijo.
Eso es lo que a nosotros, como padres, se no invita a imitar. Primero, conocer a Dios, vivir cada día un encuentro con él. Eso implica escucharlo, conversar con él, meditar en sus milagros, contemplarlo. Luego de haber estado en comunión con él, desear que tu hijo o tus hijos también se aproximen a él. Entonces, le preparas su “comida” espiritual. ¿Cómo? Cultos en el hogar, orando con ellos y por ellos, enseñándoles a buscar al Señor y a depender de él, a medida que van creciendo; brindándoles las herramientas con libros, lecturas, la Biblia y mucho diálogo, para que ellos experimenten su propia relación con Jesús.
Esta es la parte que te toca a ti; lo que viene después lo hace Dios. Tú preparas la comida para tu hijo, pero ¡él la multiplica! Él realiza el milagro; él entra en su mente y realiza su obra, de diversas maneras.
Generalmente, los niños tienen una fe muy sencilla, Dios los ama y contesta sus oraciones. Ellos son felices con esos toques de amor. Luego, Dios se sigue manifestando a medida que van creciendo: cuidándolos, protegiéndolos y bendiciéndolos. Y, aunque a muchos de nuestros hijos les toca vivir momentos difíciles, Dios está con ellos y con nosotros, sosteniéndonos.
El primer problema lo encontramos cuando despertamos, y entonces viene la primera decisión: si dedicar tiempo a solas con Dios o levantarnos rápido, ducharnos y partir hacia todas las actividades del día.
Luego viene la otra decisión: ¿Me doy tiempo para acercar a mis hijos a Jesús? Sé que ellos necesitan encontrarse con él, pero son tantas las responsabilidades que pareciera que el tiempo vuela; entonces, muchas veces postergo o me olvido de preparar “los cinco panes y los dos peces” para mis hijos. Lo triste es que ellos y nosotros perdemos el milagro, porque no los llevamos hasta Jesús.
¿Estoy dedicando tiempo para tener mi encuentro con Dios día a día? ¿Busco renovar mis fuerzas físicas y emocionales, para enfrentar los desafíos del día que demanda la paternidad? ¿Proveo a mi(s) hijo(s) las herramientas y el tiempo necesarios para que se encuentren con Jesús diariamente?
Todo esto es independiente de si vives con tu esposo(a) o crías sola(o) a tus hijos; si eres viuda o tu esposo viaja demasiado. Definitivamente, esta iniciativa debe comenzar en ti, sin responsabilizar a otros. Dios nos pedirá cuentas a nosotros de todo lo que hemos cultivado en esta Tierra como padres, independientemente de las decisiones que finalmente tomen nuestros hijos al aceptar o no a su Salvador.
Dios habla al corazón de los padres con respecto a la enseñanza espiritual de los hijos. En Deuteronomio 6: 4 al 9, él comienza enfatizando la clave para que esto sea una experiencia real y constante.
El contexto de estos textos se refiere a transmitir a nuestros hijos los mandamientos de Dios, sus estatutos y sus preceptos, para ponerlos por obra.
Con frecuencia, tratamos de impulsar cambios en nuestra vida, nos proponemos mejorar; pero ¿qué pasa? ¿Por qué queda todo en el plan o en el deseo? ¿Por qué no somos capaces de permanecer en lo que nos comprometimos?
La clave y, a la vez, la solución para estos problemas se encuentra en Deuteronomio 6:5, donde Dios mismo nos dice: “Amarás a Jehová tu Dios, de todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Él nos pide que lo amemos; desea ser el centro de nuestra vida. Enseguida, en el versículo 6 amplía el mensaje: “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón”; y entonces estaremos, recién, en condiciones de cumplir lo que sigue en el versículo 7: “Se las repetirás a tus hijos, y le hablarás de ellas estando en tu casa, andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes”.
Significa que esa relación que cultivas entre Jesús y tú debes compartirla con tu hijo(a). El texto dice “háblale”, y creo que estamos en condiciones de llevarlo a la práctica. ¡Hablar es fácil! Habla a tu hijo acerca de Jesús mientras estás en la rutina del día, mientras cocinas, mientras comen. Dice la Biblia, también: “Cuando andes en el camino”; háblale de temas espirituales mientras va camino al colegio, al salir de compras, al viajar, en todo lugar. Eso es lo que pide Dios.
Tú eres una madre o un padre que serás instrumento divino, si resuelves aceptar lo que Dios te pide. El problema es que es difícil hablar con nuestros hijos en estos días, si ellos están con su iPad en todo momento y lugar. Sin embargo, la Biblia dice: Estas palabras, repíteselas “constantemente”. No solo cuando te acuerdes o estés en problemas, sino cada día. De hecho, al final del versículo dice: “Todos los días de tu vida, para que se prolonguen tus días”. Consiste en un pacto diario, al acostarte y al levantarte. ¿Qué más claro puede ser Dios con nosotros, al decirnos que debemos tener momentos de encuentro diarios con nuestros hijos en conexión con él?
No creo que se trate de vivir flotando en una nube espiritual sino, más bien, de que nuestros pensamientos permanezcan conectados con Dios, deseando agradarlo y anhelando cumplir su voluntad, rogando dirección en las miles de decisiones que hay que tomar a diario. Orando mentalmente, en vez de estar “rumiando” tus pensamientos negativos contra otros. Esto proporcionará paz, un corazón dispuesto para que Dios actúe en ti como padre y en tu hijo(a). Si se lograra esto, los hijos serían más nobles, menos agresivos, más humildes, más conscientes de los demás, más empáticos y menos egoístas.
El versículo 8 continúa diciendo: “Las atarás como una señal en tu mano y estarán como frontales entre tus ojos”. Los judíos, más tarde, tomaron esta indicación de manera literal, y usaban filacterias en la cabeza y debajo del brazo izquierdo (Éxo. 13:9) Las filacterias son contenedores pequeños de pergaminos, donde se portaban ciertos versículos de la Biblia, tales como Éxodo 13, Deuteronomio 6: 4 al 9 y 11:13 al 21, o el Decálogo.
Finalmente, el versículo 9 plantea: “Las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”. El Comentario bíblico adventista, respecto de este versículo, explica que en algunos países orientales se acostumbra, hoy en día, inscribir palabras de bendición y promesas por encima de las entradas de las casas. Los musulmanes y los hindúes hacen esto, como también los chinos, sobre todo, en ocasión del Año Nuevo. Si vas hoy a Israel, encontrarás en las puertas de los hoteles o las casas una cajita llamada Mezuzot, que contiene los textos antes mencionados.
Es difícil determinar si las instrucciones del versículo 8 y 9 deben interpretarse literalmente o se refieren a un significado simbólico; sin embargo, lo esencial es que la Palabra de Dios debe guardarse en el corazón. Los versículos anteriormente citados demuestran la intención de Dios de enseñar a su pueblo de manera didáctica, simple, cuál es el centro o el principio fundamental: amar a Dios y guardar sus mandamientos.
Actualmente, no podemos andar con un cartel pegado en la frente o en el pecho, que diga “Soy cristiano”; más bien, es la nobleza del carácter, el amor al prójimo, el buen trato hacia los demás, la unidad familiar, lo que va a demostrar quién es un verdadero seguidor de Jesús. Y esto es lo que también verán los hijos.
La verdad es que estos versículos son más profundos de lo que pensamos. ¿Qué cuadros hay en tu casa? ¿Cómo está decorado el cuarto de tus hijos? ¿Están en algún lugar las palabras del Señor impresas, para que ellos las lean y las aprendan? Todos sabemos que antes de dormir, al despertar o mientras descansamos, miramos el techo y a nuestro alrededor, de manera inconsciente. Todo eso queda guardado en el cerebro.
De niña, tuve al lado de mi cama un cuadro que mi madre colgó en la pared; y lo recuerdo con mucho cariño. Era de unos niños que atravesaban un puente en un bosque; pero allí había un ángel, ayudándolos a cruzar ese puente. Yo pasaba mucho tiempo contemplando ese cuadro antes de dormir y al despertar; de manera inconsciente, asumía la protección de Dios en mi vida, por intermedio de los ángeles. Cuando los niños son pequeños, existen muchas y variadas maneras de motivarlos espiritualmente, ya que a medida que van creciendo van tomando sus decisiones, y no es apropiada la imposición obligada de las cosas. Cuando son pequeños, tú puedes decorar su pieza, ponerles música cristiana, programas seleccionados por ti, en fin... Pero al ir pasando el tiempo, ellos se van independizando, y es natural que vayan eligiendo su camino.
En una oportunidad, acompañé a mi esposo a visitar a un adolescente que estaba enfermo. Sus padres eran cristianos, y participaban activamente en la iglesia. Cuando entramos en el cuarto de este jovencito, nos impresionó ver muchos pósteres de cantantes de rock, lo que hacía la decoración del cuarto muy tenebrosa. Era notorio su estado depresivo y decaído. Estaba pasando por una situación difícil, pero era obvio que mirar todo eso a su alrededor durante tantas horas del día le hacía peor. Estaba rodeado de imágenes oscuras y deprimentes. Estas cosas afectan en forma directa la mente.
Todo esto se inicia a partir de tu vida espiritual. Debes estar “impregnado de Dios”, para poder transmitir a tus hijos lo que ellos necesitan. Quisiera compartir contigo la ilustración que un día aprendí de un leñador. Este trabajador comenzó el día, junto con sus compañeros de trabajo, cortando árboles con su hacha. De repente, sus compañeros comenzaron a darse cuenta de que cada cierto tiempo este hombre dejaba de cortar árboles y se sentaba. Esto los comenzó a inquietar mucho, y se pusieron a murmurar contra él. Cuando terminaron la jornada laboral, quedaron impresionados al ver la cantidad inmensa de leña que él había juntado, en comparación con lo que ellos habían hecho durante el día. Asombrados, se acercaron al leñador y le preguntaron:
–¿Cómo es posible que juntaras tanta leña, si te diste el lujo de sentarte a descansar cada cierto tiempo?
El hombre, de manera muy calmada, les respondió:
–Es verdad, dejaba de cortar los árboles en ciertos momentos; pero lo que hacía en ese tiempo era “afilar el hacha”.
“Afilar el hacha” es una expresión interesante, que nos muestra la importancia de detenernos por algunos momentos del día para reencontrarnos con Dios y de esta manera renovar las fuerzas, cargar las baterías. Los beneficios se verán, la familia lo agradecerá, especialmente tus hijos.
El ser trabajólicos, ser un ama de casa que no para, que quiere que todo esté brillante (ojalá, por ella, los niños volaran, para no ensuciar el piso), ser un padre que se lo pasa conectado a la computadora o a la televisión, etc., son cosas que se convierten en excesos; sin ser malas en sí mismas, se convierten en algo destructivo para la familia por la cantidad de tiempo que se les entrega y por la importancia que se les da. Desconéctate de estas cosas por algunos momentos durante el día, y conéctate con Dios y con tus hijos.
Los padres son los embajadores que Dios tiene en la Tierra para llegar al corazón de sus hijos. Tenemos el tremendo legado de transmitir bien a los hijos el concepto de Dios, con todas las cualidades y los atributos que él posee. En los primeros años de vida, los niños aprenden a conocer a Dios y a amarlo a través del filtro que pasa por los padres. Los padres pueden ser el puente que Dios utiliza para unirse con sus hijos.
Por el contrario, cuando un padre no tiene un interés real en las cosas espirituales, también se nota en sus hijos. Todo tiene sus consecuencias, y estas se muestran en hijos que no sienten necesidad de orar, de leer de Jesús, no son reverentes, no desean asistir a la iglesia; y muchos hasta son rebeldes. Es importante tener en cuenta que la base espiritual del hogar la dan los padres, especialmente cuando los hijos son pequeños. (Ver más detalles en el capítulo 4.)
El equilibrio es clave para que nuestros hijos disfruten de ser cristianos y no terminen rebelándose en la adolescencia. Orar, cantar, ir a la iglesia, guardar el día de reposo, debe ser lindo para ellos, no algo impuesto. Por eso, es muy importante cómo les transmitimos el amor de Dios, los mandamientos y sus estatutos. Todo esto debe ser de manera motivadora, mostrándoles un cristianismo positivo. Esto lo lograremos siendo nosotros primeramente cristianos felices y positivos; no quejosos, ni críticos de los líderes de la iglesia, ni comentando chismes de los hermanos, ni echando por tierra las doctrinas que creemos.
Llenar a los hijos de reglas y normas impuestas de manera rígida, sin amor, solo los va oprimir, y a la primera oportunidad que tengan se rebelarán. Debemos cuidarnos de no ser legalistas; con esto no acercamos a nuestros hijos a Jesús, solo los alejamos.
Conozco a una amiga que cuando era niña sus padres eran tremendamente estrictos, y con respecto a la cosas del Señor también. Desde pequeña ella fue alegre, juguetona y conversadora. Su papá no le permitía conversar en la iglesia durante el culto. Pero, por su edad y su temperamento, le era simplemente imposible no hacerlo. Tristemente, ningún sábado le permitían comer el postre, como castigo por conversar en el culto de la iglesia.
Obviamente, ella era una niña y anhelaba comer los postres especiales los días sábados. Después de un buen tiempo, un sábado, hizo un esfuerzo sobrehumano y logró quedar en silencio durante el culto. Pero, al llegar a la casa, su padre le dijo:
–Me di cuenta de que hoy no conversaste en la iglesia; pero necesito que me respondas: ¿De qué predicó el pastor?
Mirando al suelo, respondió a su padre:
