Conexiones libreras - Juan David Murillo Sandoval - E-Book

Conexiones libreras E-Book

Juan David Murillo Sandoval

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Beschreibung

Los agentes del libro, sus lugares de trabajo y sus iniciativas de interacción transnacional son los protagonistas de este libro. Distintos y distantes entre sí, pero permeados por un deseo común de atacar la incomunicación intelectual entre las repúblicas latinoamericanas, estos agentes propiciaron mecanismos novedosos y provechosos de intercambio que, basados generalmente en el canje de libros y lecturas, lograron poner en diálogo a las distintas ciudades letradas de la región. Las experiencias de estos agentes, que operaron desde bibliotecas y librerías, pero también desde talleres de imprenta, pioneras casas editoriales y residencias consulares, son reconstruidas aquí, al igual que la historia de los espacios de producción y diseminación libresca que fundaron o dinamizaron; historia sin la cual es imposible entender la evolución de los intereses comunicativos que caracterizaron su accionar entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Conexiones libreras propone así una historia de los intercambios culturales en América Latina que se aleja de la nomenclatura letrada para privilegiar los individuos y grupos que hicieron materialmente posible la comunicación intelectual a nivel continental. Una historia donde los intercambios delinean no una república continental de las letras sino una de los libros y los impresos, tan participativa en los procesos de construcción nacional como en la búsqueda de mecanismos para contrarrestar la ignorancia mutua que atravesaba el vecindario.

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Seitenzahl: 764

Veröffentlichungsjahr: 2025

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COMITÉ EDITORIAL COLECCIÓN HISTORIA UC

Rafael Gaune, Pontificia Universidad Católica de Chile

Eugenia Palieraki, Université de Cergy-Pontoyse

Miguel Ángel Puig-Samper, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, España

Rafael Sagredo, Pontificia Universidad Católica de Chile

Patience Schell, University of Aberdeen

Maria Rosaria Stabili, Università Roma Tre

Verónica Undurraga, Pontificia Universidad Católica de Chile

CLAUDIO ROLLE, Pontificia Universidad Católica de Chile

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

lea.uc.cl

EDICIONES UNIANDES

Carrera 1.ª n.º 18A-12, Bloque TmBogotá, D. C., ColombiaTeléfono: (57 60 1) 3394949, ext. 2133

https://ediciones.uniandes.edu.co

EDITORIAL UNIVERSITARIA VILLA MARÍA (Eduvim)Entre Ríos 1421Villa María, Córdoba, ArgentinaTeléfono: (54) 0353 464-8245https://www.eduvim.com.ar/

CONEXIONES LIBRERAS

Una historia transnacional del libro en América Latina 1870-1920

Juan David Murillo Sandoval

© Inscripción Nº 2025-A-8559

Derechos reservados

Septiembre 2025

ISBN Nº 978-956-14-3471-4

ISBN digital Nº 978-956-14-3482-0

Diseño: Francisca Galilea R.

CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: Murillo Sandoval, Juan David, autor.

Título: Conexiones libreras: una historia transnacional del libro en América Latina: 1870-1920 / Juan David Murillo Sandoval.

Descripción: Santiago, Chile: Ediciones UC | Incluye bibliografía.

Materias: CCAB: Libros - América Latina - Historia - Siglos 19-20. | Comunicación intelectual - América Latina - Historia. | Industria editorial - América Latina - Historia.

Clasificación: DDC 002.098 --dc23

Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma 997669046403396

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Contenido

Introducción

El problema material de la comunicación intelectual

América Latina y el capitalismo de la edición

Parte 1. La germinación de los espacios editoriales

Capítulo 1. La industrialización de la esfera tipográfica

Migraciones, saberes y modernización

Asociacionismo, conflicto y mecanización

Las imprentas nacionales y la autonomía editorial del Estado

Capítulo 2. Lugares del saber: las bibliotecas

Las bibliotecas centrales: acumulación y disposición

La dinámica adquisitiva: donaciones y canjes

El despegue del saber bibliotecario en la Argentina y Chile

Saberes transferidos en la Biblioteca Nacional de Colombia

Capítulo 3. Lugares del saber: las librerías

Los orígenes internacionales de las librerías nacionales

Proyecciones educativas y posibilidades libreras

El momento de los catálogos: publicitación y profesionalización

Especialización y jerarquización

Capítulo 4. Editores con colecciones

Laboratorios editoriales

Formadores de colecciones

Espacios editoriales, espacios de convivencias

Parte 2. Un espacio interactivo: conexiones libreras en América Latina

Capítulo 5. Bibliotecas y conocimiento nacional en red

Canjes bibliográficos y conocimiento del otro

De redes triangulares a continentales: aspiraciones y dificultades

Efectos de una interacción: la transferencia de saberes nacionales

Capítulo 6. Conexiones libreras

Las redes bibliófilas de Carlos Casavalle

Conexiones, viajes y negocios: el caso de Roberto Miranda

Redes libreras y mercados conectados

Capítulo 7. Trabajo intelectual y edición transnacional

La diplomacia literaria y editorial de José A. Soffia

Poetas Hispano-Americanos: ascenso y caída de un proyecto editorial

Literaturas municipales, ediciones continentales

Parte 3. Expansiones y contracciones de la experiencia conectiva

Capítulo 8. El momento tipográfico

El amanecer de los órganos tipográficos

Las revistas gráficas, entre pedagogía y organización

Hacia una internacional gráfica

Capítulo 9. La canalización imperial del intercambio cultural

La deriva de la intermediación parisina

Los caminos del resurgimiento hispánico

La faceta editorial del panamericanismo

Conclusiones

Bibliografía

Agradecimientos

La investigación que sustenta este libro fue posible gracias a la colaboración, estímulo y acompañamiento de muchas personas e instituciones, sea este el lugar para recordarlas con aprecio y cariño.

Una primera versión del proyecto surgió en el interior del grupo de investigación Nación/Cultura/Memoria del Departamento de Historia de la Universidad del Valle, y fue socializado en el Primer Congreso de Historia Intelectual de América Latina (2012). Las preguntas y observaciones recibidas de parte de los profesores Gilberto Loaiza y Lenin Flórez resultaron imprescindibles para el redimensionamiento del proyecto y la fijación de sus ambiciones.

Aceptado un año más tarde en el programa de Doctorado en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC), el proyecto recibió el respaldo ininterrumpido de un número significativo de docentes, compañeros doctorandos y maestrandos del Instituto de Historia. Entre los primeros, agradezco especialmente a Joaquín Fermandois Lucrecia Enríquez, Fernando Purcell, Alfredo Riquelme, Claudio Rolle, Rafael Sagredo y Sol Serrano, con quienes pude compartir cursos, seminarios y eventos académicos. Desde la coordinación de posgrados del Instituto, Javiera Müller y Verónica Undurraga brindaron un apoyo irrestricto para el buen avance de la investigación. Asimismo, agradezco a Pablo Whipple, mi director de tesis, quien aportó provechosas observaciones, críticas y sugerencias que sumaron al perfeccionamiento de la investigación.

Respecto de los segundos, faltarán palabras para agradecer a aquellas personas que contribuyeron a enriquecer no solamente la vida académica, sino también a iluminar los días y las noches en un país no siempre amable con el extranjero. Así, en la misión de alegrar mi momento chileno, no puedo dejar de recordar a Mauricio Gómez, Francisca Leiva, Macarena Ríos y Sebastián Hernández. Mis espléndidas amigas y compañeras, Laura Fahrenkrog, Vanessa Moraes Pacheco y Leonor Riesco hicieron de cada encuentro y conversación un momento valioso.

Entre las instituciones que ayudaron al adelanto de esta investigación, agradezco en primer lugar a la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID). El apoyo del Colegio de Programas Doctorales UC fue determinante para muchas actividades complementarias. Del mismo modo, debo agradecer al personal de la Biblioteca de Humanidades de la PUC y de la Biblioteca Nacional de Chile, entre estos especialmente a Jimena Rosenkranz.

Una pasantía llevada a cabo en la Argentina me permitió, entrar en contacto con núcleos de investigación que me ayudaron a fortalecer varios aspectos de este trabajo. En el IDACOR de la Universidad Nacional de Córdoba tuve la fortuna de discutir avances con Gustavo Sorá y Ezequiel Grisendi. En la Biblioteca Mayor de esta misma ciudad, Alfonsina Panatteri me brindó acceso a fuentes inexistentes en otros lugares. En Buenos Aires conté con la colaboración de Alejandro E. Parada en la Academia Argentina de Letras, y también con la asesoría de Horacio Tarcus y el personal del CeDInCI, dos instituciones cuyos acervos hicieron posible la reconstrucción de parte de la vida tipográfica argentina en el entre siglos. Debo agradecer por igual al personal de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno y del Archivo General de la Nación.

En Colombia, Camilo Páez me proporcionó acceso a los archivos de la Biblioteca Nacional. Los capítulos dedicados a este lugar no se hubieran escrito sin esta facilidad. Los responsables de la sala de Raros y Manuscritos de la Biblioteca Luis Ángel Arango y de la Biblioteca de la Academia Colombiana de Historia permitieron asimismo la consulta de materiales vitales en la reconstrucción de varias trayectorias librero-editoriales.

En 2016, una pasantía realizada en la Université de Versailles Saint-Quentin-en-Yvelines me permitió trabajar en el Centre d’Histoire Culturelle des Sociétés contemporaines (CHCSC). Allí recibí la guía de Jean-Yves Mollier, con quien discutí los objetivos del trabajo y sus potenciales resultados. También en Francia debo agradecer al personal de los Archives Nationales, la Bibliothèque nationale, especialmente a las bibliotecarias de la Sala T., y a todo el equipo del Institut Mémoire de l’édition contemporaine (IMEC) en Caen.

Avances de esta investigación se presentaron en diversos congresos internacionales. Dos eventos en México me permitieron entrar en contacto con Arnulfo Uriel de Santiago y Marina Garone, así como enlazar con colegas brasileños como Nelson Schapochnik, Mariana de Moraes Silveira y Marisa Midori Deaecto. La colaboración de todos me permitió dimensionar el tamaño de la historiografía del libro mexicana y brasileña. Sea esta también la ocasión de reconocer su respaldo y amistad. En Alemania, una invitación de Esteban Morera y Thomas Fischer me dio la oportunidad de socializar avances en el Instituto Central de Estudios Latinoamericanos (ZILAS) de la Universität Eichstätt-Ingolstadt. Otros avances, materializados en artículos, se publicaron en revistas como Araucaria, Información, cultura y sociedad, y Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Una contribución adicional apareció en Prácticas editoriales y cultura impresa entre los intelectuales latinoamericanos en el siglo XX, volumen compilado por Aimer Granados y Sebastián Rivera Mir. Mis agradecimientos también para ellos.

Desde orillas menos académicas, Viviana Arce, Nicolás Arenas, José Bozzo, Felipe Delgado Valdivia, Javiera Ducoing, Diana Henao Holguín, Aura Hurtado, Raúl Morales, Jorge Muñoz Sougarret, Andrés Nilo, Viviana Olave, Cielo Ospina, Alba Sepúlveda, Giselle Torres, y toda la generosa familia de la Rosa Reyes de Valparaíso, sumaron al desarrollo de este libro.

Finalmente, el amor de Claudia de la Rosa dio la fuerza necesaria para un recorrido que empezaba a hacerse extenso. Para ella todo el amor de vuelta.

Introducción

A mediados de la década de 1850, Benjamín Vicuña Mackenna dejó registrada en su diario una serie de impresiones sobre la ciudad de Buenos Aires. En una de ellas, lamentaba que la biblioteca pública de la ciudad, “establecimiento arruinado también por Rosas i saqueado por Angelis”, apenas tuviese alrededor de una docena de libros sobre “la América del Sud i de Chile”. La ausencia de libros publicados en los países vecinos, o que tratasen sobre ellos, representaba para el todavía joven escritor chileno uno de los síntomas más graves de los males que aquejaban y dividían a las diferentes repúblicas americanas: el de incomunicabilidad intelectual. Un sistema opuesto, señalaba, “sería una de las más poderosas palancas de salvación que pudiéramos tocar i el más fuerte lazo de unión que pudiera amarrar los despedazados fragmentos de la familia americana”.1

En junio de 1869, el bibliotecario nacional chileno, Ramón Briseño, explicaba en carta a Ignacio Domeyko, su jefe en la Universidad de Chile, los beneficios civilizadores que contraía el poder compartir con los países vecinos la producción intelectual chilena. Animado por la posibilidad de dar forma a un sistema de canje de libros entre las bibliotecas de la región, Briseño listaba una serie de potenciales beneficios, como el enriquecimiento de las colecciones de la Biblioteca, el aumento del reconocimiento del país, el fomento de las relaciones literarias y científicas y el estímulo a los escritores locales. Al servir como “una especie de correspondencia de pueblo a pueblo”, explicaba, el sistema “cultivaría la ilustración i la fraternidad de las naciones americanas”.2

Algunos años después, otro bibliotecario, el colombiano Nepomuceno J. Navarro, se dirigiría sobre este mismo asunto a los escritores de su país. Buscando recibir libros para canjear con otras bibliotecas, señalaba que en Colombia se sabía casi todo sobre el movimiento político, científico e industrial europeo, pero se ignoraba el correspondiente a la región. Este desconocimiento provenía, según remarcaba, de la falta de una “estrecha intimidad de aquellas naciones con la nuestra en asuntos científicos y literarios”.3

Manifestaciones como las anteriores pueden rastrearse con facilidad en años posteriores, e incluso durante episodios que parecían demostrar la reducción del problema. En 1883, Ernesto Quesada señaló en un discurso pronunciado en Río de Janeiro, y con motivo de la inauguración de la Asociación de hombres de letras del Brasil, acto al que había sido invitado junto con su padre, Vicente Gregorio, que a pesar de que las naciones americanas pertenecían a una misma raza y tenían, con “ligerísimas diferencias”, la misma lengua, religión y costumbres, estas vivían en un aislamiento intelectual y material que causaba asombro: “ni saben recíprocamente lo que producen, ni lo que en ellas acontece, ni cuáles los hombres más notables de que se ufanan. Este estado de cosas constituye un verdadero crimen de leso americanismo”.4

Con una perspectiva similar, el mexicano Francisco Sosa observó en 1890 que los vínculos culturales no habían bastado para cimentar entre los países hispanoamericanos relaciones “capaces de mancomunar en un momento dado los intereses de todas ellas, para conservar el predominio de la raza, y para dejar incólume su independencia e íntegro su territorio”. A esta alusión a las necesidades defensivas del continente, Sosa sumó una crítica a las guerras internas, así como la opinión del escritor chileno Leonardo Eliz, quien notaba que entre las repúblicas existía cierta indolencia y flojedad de relaciones que les impedía estimarse mejor desde el punto de vista de su desarrollo intelectual. Según expresaba, los países vivían extraños unos a otros, “ignorando hasta el nombre de las notabilidades que nos honran en la política, en las ciencias, en las artes, ¡en las letras!”.5

Todo este conjunto de quejas, lamentos y manifestaciones ilustran, evidentemente, un problema de larga data en la historia intelectual de América Latina: el de la incomunicación. Extendido hasta los siglos XX y XXI, este se palpa en los prospectos de numerosas revistas, en las razones de muchos proyectos americanistas, las intenciones de ferias y exposiciones del libro, los propósitos de los más salientes proyectos editoriales vistos en la región y en no pocas narrativas sobre la integración o la cooperación regional.6

No obstante, estas mismas quejas, apenas una muestra de un repertorio mucho mayor, exponen una dimensión contradictoria, en la medida en que fueron expresadas en medio de circunstancias en las que parecían establecerse más conexiones que desconexiones. En lo fundamental, estas ocurrieron al calor de viajes internacionales, de libros extranjeros recibidos o de proyectos por establecer canjes entre bibliotecas. Las lamentaciones partían, además, de una serie de actores no solo interesados en luchar contra la ignorancia mutua, sino ya inmersos en prácticas de intercambio cultural a niveles supranacionales. Cómo fue que estos lograron establecer puentes entre los países de la región es una de las preguntas que este libro trata de responder. Más allá de las narrativas del aislamiento y la incomunicación, lo que muestran las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX es una seguidilla de episodios de conexión notables.

Reconocido como un período clave en la construcción estatal y nacional en América Latina, el largo entre siglos fue un momento de encuentros y solidaridades que ilustraron tanto la presencia de intereses y problemas políticos y socioculturales comunes como de renovadas capacidades de conexión que acercaban a las comunidades letradas y académicas nacionales, capacidades alentadas por innovaciones en materia de transportes y variadas experiencias de movilidad. En las últimas tres décadas, la historiografía ha avanzado en la reconstrucción de muchos momentos de conexión desarrollados en este período, destacando sus protagonistas, producciones e intereses y demostrando, ante todo, la ligazón entre los procesos de modernización y la efervescencia de la vida intelectual.7

Al centrar su atención sobre figuras rutilantes del espacio cultural latinoamericano, como José Martí, José Enrique Rodó o Rubén Darío, cuestiones como el pensamiento antiimperialista o la búsqueda de una estética propiamente americana han aparecido como las motivaciones detrás de muchos vínculos que, materializados en cruces de cartas y publicaciones, permitieron reunir producciones distantes entre sí, y poner en discusión distintas ideas de renovación o articulación cultural. El interés por estos procesos, que atraviesan los centenarios y se extienden más allá del movimiento de Reforma universitaria iniciado en Córdoba en 1918, ha respondido, por supuesto, a su singularidad como experiencias que acusaron la presencia de nuevas y más activas generaciones que aspiraban dar nuevos márgenes a la vieja ciudad letrada.

No obstante, en su interés por reconstruir estas formas de interacción intelectual, la mayor parte de los estudios ha perdido de vista no solo la historicidad de los deseos de comunicación entre los países y sus comunidades letradas, sino también a quienes hicieron materialmente posible, gracias a la naturaleza de sus oficios, muchos de los intercambios establecidos. El arraigo del problema comunicativo al factor libro, siempre contemplado como producto clave en la circulación de las ideas y la promoción de una cultura nacional, delinea uno de los argumentos centrales de este libro: la creación de instancias de conexión transnacional en la región no fue una tarea exclusiva de los grandes elencos intelectuales. A pesar de que muchos fueron relevantes nodos de conexión, no fueron pocas las redes ni los intercambios creados o estimulados por agentes del libro. En otras palabras, libreros, tipógrafos y bibliotecarios, entre otros agentes de la producción, circulación y recepción de libros e impresos, han sido omitidos en el estudio de la interacción intelectual.

Asociada con el interés que despierta la república continental de las letras, la omisión de los agentes del libro en el estudio de las conexiones señala una cierta apatía por identificar las condiciones materiales que favorecieron la comunicación intelectual, o mejor, por comprender, fehacientemente, cómo las ideas y los saberes se desplazaron de un lugar a otro. El desinterés por los agentes del libro en estas investigaciones ha evitado, por lo demás, un mayor conocimiento sobre estos, sus trabajos e intereses. Pese a los recientes avances en la historia del libro en América Latina, que han relevado el accionar local, nacional y transnacional de libreros, editores o traductores, incluso destacando su papel en operaciones de selección y marcación propias, a decir de Pierre Bourdieu, de los procesos de transferencia de capital simbólico, lo que hoy sabemos de sus vidas, negocios, conocimientos, opiniones y relaciones sociales resulta mínimo.8

Buscando alterar esta ecuación, este libro reconstruye las condiciones, estrategias, relaciones, objetivos y producciones que permitieron a diferentes agentes del libro establecer puentes y conducir intercambios culturales entre los países de la región. Dueños de una labor que podía o no acompañar los intereses de los elencos letrados, estos agentes construyeron vínculos de variada naturaleza y extensión, favoreciendo el diálogo y las transferencias entre distintos espacios culturales. Por ello, en este libro, figuras conocidas de la ciudad letrada latinoamericana comparten escena con actores cuyas acciones contra el problema de la incomunicación intelectual no han sido estudiadas hasta ahora, desde bibliotecarios, burócratas y diplomáticos hasta libreros, editores y tipógrafos.9

Poner el foco sobre los actores de la “república librera” no implica desconocer el peso de las notabilidades intelectuales decimonónicas o finiseculares cuyos trabajos eran demandados con fuerza por fuera de sus geografías de producción. Esta decisión supone, ante todo, reconocer que la república latinoamericana de las letras dependió en su constitución y dinamización de otra, una conformada por figuras menos conocidas y estudiadas, pero igualmente diestras en la palabra escrita e impresa y que además contaban con conocimientos y propósitos distintos alrededor del libro. Se trataba de agentes tan propios de las geografías de la producción de libros, revistas, folletos, catálogos y demás materiales impresos como de las de su circulación y recepción, de allí su capacidad de servir como nodos de relacionamiento cultural transnacional.

Reconstruir los itinerarios conectores de estas figuras implica, en esta medida, examinar las mutaciones políticas, socioculturales y tecnológicas sufridas por todas estas geografías. Es por ello que la primera parte de este libro se destina a una comparación entre las geografías del libro de la Argentina, Chile y Colombia. Se trata de recorrer sus trastornos, tan determinantes en la sofisticación de los oficios librescos como en la construcción de condiciones idóneas para establecer relaciones transfronterizas. En otras palabras, entender cómo los agentes del libro fueron capaces de ser agentes de conexión precisa de un examen contextualizado del problema material de la comunicación intelectual, y en el que la entrada del continente en las lógicas del capitalismo de la edición no puede ser eludida.

El problema material de la comunicación intelectual

Las evocadas quejas sobre al aislamiento intelectual describen un problema de extrañeza entre núcleos muy conscientes de sus rasgos compartidos. Tanto la unidad lingüística como las herencias políticas y socioculturales comunes mostraban, evidentemente, que la desconexión intelectual era una situación anómala. Aunque fueron organizados bajo lógicas defensivas frente a posibles, y luego tangibles, expansiones estadounidenses e invasiones filibusteras y europeas, congresos como los de Lima (1848, 1863-1864) y Santiago (1856), representaron ejercicios tempranos de cooperación que impulsaron ideas sobre la singularidad de la región, su identidad e incluso sobre su denominación.10

La continuidad de las quejas en torno a la ignorancia mutua muestra, sin embargo, los límites de estos primeros ensayos de acercamiento, denotando que el problema no era solo de voluntad sino también de orden práctico. Conectar las capitales y puertos no era un asunto simple entre las décadas de 1850 y 1870, ni tampoco lo sería después. A pesar de que vapores y ferrocarriles comenzaron a germinar en este período, estos privilegiaron trazados en sentido sur-norte, como fue el caso de la ruta californiana, que puentes interiores.11 La propia aceleración de los procesos de construcción estatal impuso prioridades que irían en contravía del sentido y la búsqueda de una unidad continental.

En escenarios como el argentino y el colombiano, el momento caudillista fue entendido como una de las causas del estancamiento republicano y de la no adopción de políticas modernizadoras luego de concretadas las independencias. Por ello, una vez superadas estas experiencias, los nuevos elencos en el poder concentraron sus esfuerzos en la consolidación de nuevos experimentos republicanos. La construcción estatal y nacional pasaría, en este sentido, por una fase de ensimismamiento relativo, que implicaba una concentración en los problemas propios a cada espacio político.

A pesar de todo, el interés conectivo no perecería. De hecho, este ganaría relevancia entre aquellos actores interesados en expandir el mundo de libro e instalar, en la medida de lo posible, una cultura impresa en los distintos entornos nacionales. Fue desde lugares como las bibliotecas públicas y nacionales que buena parte del interés conectivo pudo traducirse, de forma pionera, en intercambios concretos de productos intelectuales nacionales. Articuladas a las universidades, las bibliotecas centrales y otros lugares del libro fueron claves a la hora de hacer materialmente posible el diálogo intelectual transnacional desde finales de la década de 1860.

Con el paso del tiempo y la afirmación de ciertos órdenes políticos y sociales, la transformación mercantil de ciudades como Bogotá, Buenos Aires y Santiago va a permitir la aparición de nuevos canales de intercambio. Los cada vez mayores vínculos de libreros y tipógrafos locales con el mercado internacional del libro y de la imprenta impusieron condiciones nuevas y favorables para el contacto internacional, sirviendo incluso de base para la planeación y puesta en marcha de proyectos editoriales antes inconcebibles por lo riesgosos. De la mano nuevamente de las líneas de correos y vapores, pero también viajando y canjeando materiales, libreros y tipógrafos van a contribuir a la reducción de la ignorancia mutua entre los países latinoamericanos, allegando sus catálogos de venta de un lugar a otro y, con ellos, colecciones nacionales de historia y geografía, textos escolares, gramáticas y periódicos.

En relación con estas experiencias, este libro expone cómo el problema material de la comunicación intelectual en América Latina fue menos atacado por tratados o convenios multilaterales que por distintos agentes del libro. Entre estos podían contarse, ciertamente, no pocos referentes de la ciudad letrada, pero quienes destacaban eran sobre todo aquellos que regían los pocos lugares del saber existentes: bibliotecarios, libreros, tipógrafos e incluso algunos diplomáticos capaces de activar circuitos transnacionales de intercambio.12

En general, todos estos agentes pudieron abrir vías de contacto en virtud de la modernización de sus geografías de acción, siempre dependientes del ascenso de la población lectora, las reglas del mercado y el estímulo que frente a estas últimas podían ofrecerles leyes o normativas asociadas a sus oficios, como las políticas de instrucción pública, las suscripciones oficiales a publicaciones o los decretos de libre arancel a la importación de impresos, papeles, tipos o maquinaria de imprenta.

Uno de los argumentos transversales en este libro es que en la medida que la infraestructura librero-tipográfica de Buenos Aires, Bogotá y el eje Santiago-Valparaíso se modernizaba, distintos agentes del libro pudieron conectarse e interactuar entre sí, contribuyendo de este modo a la construcción de una comunidad transnacional de intercambios que, lejos de beneficiar únicamente sus intereses, empujó la propia modernización de sus geografías de operación y dio alivio a parte de las demandas de conocimiento mutuo. Aunque nunca tomó una forma orgánica ni estable, esta suerte de comunidad construiría redes que acercarían las realidades de los países estudiados, todo mediante la puesta en circulación de sus producciones impresas.

Al centrar su atención sobre libreros y bibliotecarios, varios capítulos de este libro dislocan una opinión generalizada que, al advertir su proximidad con los círculos letrados, los entiende como figuras meramente auxiliares en la producción y diseminación de las “escrituras de orden”.13 En general, los objetivos económicos o intelectuales de los agentes del libro suelen obviarse en aquellos estudios que, concentrados de lleno sobre ciertos faros intelectuales, eluden la existencia, así sea mínima, de un mercado del libro, o simplemente remarcan el desinterés de los letrados por ser leídos más allá de sus pares. Claramente limitantes, estas lecturas han contribuido a desconocer las prácticas en las que se involucran agentes como los libreros, editores y tipógrafos, estrechando el entendimiento de su función intermediaria entre autores y lectores, pero también entre los autores y “sus obras”.14

En un ensayo sobre la materia, Robert Darnton ha mostrado cómo el interés por los intermediarios olvidados de la literatura puede ayudar a dispersar la mistificación instalada por la visión de la historia literaria a partir del gran nombre o del gran libro.15 Adaptada a la historia decimonónica y finisecular latinoamericana, el interés por los intermediarios impone dispersar las atenciones brindadas a los grandes nombres de la construcción estatal para relevar, sin desconocer la importancia de estos, las experiencias de aquellos que daban vida a los lugares del libro y los espacios editoriales, y que contaban, por ende, con la capacidad necesaria para propiciar interacciones a nivel transnacional.

Concentrar la atención sobre los intermediarios posibilita, adicionalmente, enlazar el horizonte de preocupaciones por el intercambio cultural con la historia del libro y la cultura impresa en América Latina. En lo que atañe a este trabajo, el estudio de las conexiones y los fenómenos de intercambio intelectual no es competencia de una vertiente historiográfica en singular, más aún si se trata de relevar en estas el papel de los agentes del libro. Dueña de una notable vitalidad, la historia del libro ha contribuido a esclarecer dimensiones antes poco tocadas en lo concerniente a la vida cultural de las principales urbes del continente. Estimulada por el giro espacial, sus avances han conectado con los progresos de la historia intelectual, posibilitando la aparición de estudios mucho mejor contextualizados en lo que respecta al espacio cultural en que se mueven las experiencias, ideas y producciones propias del quehacer científico e intelectual.16

Ahora bien, un enlazamiento entre los intereses de la historia intelectual y la historia del libro es necesario no solamente para revitalizar el papel de los agentes del libro, sino porque obliga a reconstruir con mayor rigor las condiciones que les permitieron a estos edificar una reputación como gentes de cultura, modernizar sus prácticas y atreverse a crear vínculos internacionales. Enmarcado en un momento de expansión global del mercado internacional del libro, el accionar conectivo de los agentes protagonistas de este libro no puede leerse desmarcado de los fenómenos que impulsaron parte de las mutaciones que hoy siguen rigiendo sobre el mundo de la edición. El peso de la edición francesa en América Latina resulta, por ejemplo, infranqueable para la historia del comercio de librería en la región, y no porque respondiera a las demandas de grandes comunidades lingüísticas aquí instaladas, sino porque traducía el vigor de la industria editorial parisina y el interés por las letras francesas preexistente en el continente.17

En su propósito de analizar las conexiones libreras establecidas entre la Argentina, Chile y Colombia entre 1870 y 1920, varios capítulos de este trabajo recorren la evolución de aquellos lugares desde donde los agentes del libro operaban. Siempre desde una perspectiva que articula múltiples escalas, se busca comprender mejor el comportamiento de los agentes intermediarios, identificando sus estrategias comerciales, redes de abastecimiento, formas de organización y presencia en espacios de sociabilidad intelectual que pudieron reforzar su estatus o ayudarlos a reclutar nombres y títulos para sus proyectos. Se trata, en breve, de articular el problema material de la comunicación intelectual con el del ingreso del continente en las lógicas del capitalismo de la edición.

América Latina y el capitalismo de la edición

Aunque suele demarcarse sobre la década de 1940, con el impacto del exilio republicano, la integración del espacio cultural latinoamericano a las modernas convenciones del mundo del libro y la edición puede percibirse decenios antes.18 Si bien no hay duda de que la llegada de intelectuales españoles con experiencias, contactos y conocimientos editoriales ayudó a perfeccionar no pocas empresas y promovió la creación de otras nuevas, es posible encontrar varios espacios editoriales relativamente bien configurados para inicios del siglo XX, y gracias también, en parte, a flujos migratorios que permitieron la instalación de empresarios gráficos alemanes, tipógrafos italianos o libreros-editores de origen ibérico.19

Por fuera de estos casos, no son pocas las experiencias que permiten constatar la presencia de un espíritu capitalista entre varios agentes del libro activos durante este período. Varios capítulos de este libro documentan que las destrezas asociadas al empresario del libro moderno, como la capacidad de crear oferta, controlar las finanzas de los procesos editoriales, idear nuevas formas de publicidad y avanzar en la construcción de un público lector más amplio, fueron ensayadas por libreros y editores locales, como los colombianos Lázaro María Pérez y Jorge Roa, dos conocedores del rumbo del comercio del libro europeo y norteamericano, sus lógicas y tendencias. Tratándose de una relación entre mercados construidos y mercados en construcción, la posibilidad de experimentar prácticas modernas de edición entre los agentes del libro latinoamericanos pasaba por sus capacidades de internacionalización, de allí que solo los mejor conectados lo intentaran.

Más allá del simple emplazamiento de exiliados expertos a este lado del Atlántico, la introducción de un espíritu empresarial, ávido de rentas, pareció responder a dinámicas más amplias de transferencia cultural que operaban en virtud de la dependencia editorial de los países latinoamericanos respecto de las capitales del libro europeas. Sin desconocer la importancia del factor migratorio, este parece un elemento más dentro del proceso de internacionalización del mercado del libro que impactó sobre el comportamiento de libreros y editores latinoamericanos. La movilidad de los agentes del libro puede verse, incluso, como un fenómeno casi natural, normal desde la temprana expansión de la imprenta.20 La movilidad debe entenderse, en este horizonte, como una cualidad más del mundo del libro para el siglo XIX, uno formado por múltiples, extendidas y enredadas conexiones.

Como lo ha sintetizado John Hinks, el comercio de libros se ha sostenido históricamente sobre redes de diverso tipo, tanto para su producción y distribución como para la de otros bienes relacionados.21 Las conexiones continentales y atlánticas entre los agentes del libro expresan justamente esa naturaleza. Se trata de redes diversas, que operan distintos tipos de impresos y usan asimismo distintos mecanismos de vinculación. En concordancia, otro argumento que recorre este libro es que la activa participación de libreros, tipógrafos, bibliotecarios y demás agentes facilitó su inmersión gradual en las lógicas del capitalismo de la edición. Iniciado con la apertura del mercado de lectores americano con motivo de las revoluciones políticas, este proceso de articulación vio su expansión en la segunda mitad del siglo XIX y en paralelo a los proyectos de construcción estatal.22

Al pensar las conexiones libreras como redes sociales, este libro se asienta sobre algunos lineamientos puntuales. En primer lugar, al tratarse de redes que no gozaron de larga estabilidad ni pervivencia, es difícil pensarlas como estructuras jerárquicas y fluidas de intercambio. El concepto de rizoma resulta aquí más útil para entenderlas, puesto que se trató de conexiones de diseños descentrados, multiformes y extensos, capaces de abrirse y propagarse, y de romperse para restablecerse luego o simplemente morir. A decir de Gilles Deleuze y Félix Guattari, el rizoma puede tener formas muy diversas, “desde su extensión superficial ramificada en todos los sentidos hasta sus concreciones en bulbos y tubérculos”.23 Desde la historia del libro, Alison Rukavina ha demostrado la pertinencia de este concepto para analizar el crecimiento del mercado internacional del libro para finales del siglo XIX.

Aunque Deleuze y Guattari comprenden el rizoma en virtud de seis principios: conexión, heterogeneidad, multiplicidad, ruptura, cartografía y calcomanía, solamente tres se avistan idóneos para el análisis del mercado del libro: conexión, multiplicidad y ruptura.24 El primero sugiere que todo agente está potencialmente capacitado para conectar con otros, sea por medios propios o por la intervención de terceros, de mediaciones políticas, por ejemplo. La multiplicidad se presenta, por su parte, como el principio que subraya el crecimiento impredecible de las redes, y con ello su cualidad de abrir conexiones numerosas, simultáneas y multiformes. En otras palabras, los agentes del libro podían conectar, y de hecho lo hacían, con actores “desinteresados” del libro, como científicos o diplomáticos. Sobre el principio de ruptura, basta mencionar que las conexiones libreras reconstruidas en este libro no relucen por su permanencia, dependiente siempre del contexto y de las fuerzas sociales o económicas de sus impulsores.

Gracias a estas características, el concepto de rizoma permite entender la expansión del mercado internacional del libro y sus lógicas como un problema de redes sociales complejas, el cual sintoniza con la comprensión conectada del mundo del libro y también, de forma especial, con los dominios de aquello que Martyn Lyons y Jean-Yves Mollier han denominado una historia transnacional del libro. Como puede inferirse, y, en segundo lugar, este libro se instala desde una perspectiva que se aparta del interés por examinar la evolución de la cultura del libro en un espacio nacional hermético para interrogar los intercambios múltiples y recíprocos que trascienden las fronteras.25

Pensada también por sus proponentes como una historia transcultural del libro, esta orientación extiende sus dominios hacia las traducciones, las transferencias culturales, las multinacionales de la edición, las organizaciones multinacionales y la movilidad de sus agentes, todos aspectos que atraviesan este libro. La mirada transnacional brinda, ciertamente, la oportunidad de enmarcar mejor los procesos históricos, así como la de “servir a una historia de varios niveles”, que comprenda a la vez aspectos regionales, nacionales y globales sin olvidar que la historia del libro ha habitado siempre geografías múltiples.26 Con todo, la mirada que aquí se privilegia no clausura la perspectiva comparada. Al abarcar una serie de momentos de conexión librera entre distintos países, la necesidad de examinar y contrastar el desarrollo de sus espacios editoriales se impone como una ruta útil para examinar las condiciones, propósitos y capacidades detrás de las conexiones establecidas. Comparación y conexión pueden, en fin, ir de la mano.

Dada esta doble silueta, comparada y conectada, los capítulos de este libro se organizan de la siguiente manera. Dedicada al ejercicio comparado, la primera parte introduce y descompone las mutaciones del mundo del libro y la edición en la Argentina, Chile y Colombia entre 1870 y 1920. Cada uno de los cuatro capítulos se concentra sobre un lugar del libro distinto (imprentas, bibliotecas, librerías, editoriales), todo con el fin de analizar sus características y transformaciones en el tiempo, y de presentar los agentes intermediarios que luego protagonizarán las conexiones.

Como en todo ensayo de comparación, esta parte resulta indispensable para encontrar y analizar similitudes y diferencias entre los casos. Lejos de plantear una separación analítica, estos elementos van a permitir subrayar no pocas interrelaciones entre agentes e instituciones propias a cada caso, dejando al lector un panorama contextualizado y dúctil para el posterior examen de sus contactos.27 La comparación podrá demostrar asimismo que los estadios de desarrollo de la imprenta o de habitualidad social con sus productos son característicamente desiguales en cada uno de los espacios analizados, un problema cuyo punto de partida puede bien ubicarse desde la época virreinal, pero que va a manifestar no pocos acentos durante todo el transcurso del siglo XIX y buena parte del XX.

De todas formas, vale anotar que ni siquiera dentro de unidades nacionales concretas es posible encontrar uniformidad, de allí que la investigación concentre su atención en Bogotá, Buenos Aires y el eje Santiago-Valparaíso, espacios cuyas experiencias frente al libro resultan distintivas debido al lugar que en ellas ocupa la institucionalidad. Junto a esta cuestión, es posible distinguir otras variables que colaboran en el ejercicio comparado, como son la uniformidad lingüística, aún pese a las querellas académicas y los proyectos de renovación ortográfica; el ascenso casi paralelo del comercio de librería in situ y formal, inexistente en todos los casos antes de la independencias y, por último, los comunes usos políticos, sociales y culturales dados a la imprenta, tecnología que funciona como un temprano vehículo de propaganda y legitimación para las élites político-letradas, pero asimismo como una herramienta elemental de la construcción estatal y la instalación de una nueva cultura política y legal.

En el marco del largo entre siglos, los tres países mencionados presentan otros rasgos que justifican su selección. Además de que los tres definen sus fronteras políticas para este período, al calor de guerras, ocupaciones y fragmentaciones, todos logran ingresar de lleno, aunque a velocidades distintas, al mercado internacional, posibilitando grandes y pequeños auges económicos que jalonaron sus primeras instancias de industrialización. En términos políticos, el período expone también el paso de regímenes liberales a ciclos o hegemonías conservadoras, que menos distinguibles de los primeros por su accionar económico, lo van a ser por sus dictámenes en cuanto a asuntos como la centralización administrativa, el lugar de la Iglesia católica en la vida política y educativa, la revaloración de España, o su concepción del orden social y público como camino al progreso.28

El sentido de la comparación que delinea los primeros capítulos de este libro dista, en fin, de solo pretender contrastar datos disponibles sobre la evolución de los espacios editoriales seleccionados. Siguiendo la perspectiva que adopta Christophe Charle para el estudio de los intelectuales europeos, la comparación sirve aquí como “una vía hacia la percepción y la definición de la realidad sociocultural de los grupos o individuos estudiados”, caracterizados “por estar menos anclados que el término medio en el espacio cultural de sus países respectivos”.29 De esta forma, si para el historiador francés los intelectuales actúan o reaccionan dentro de un horizonte histórico que es, sino continental, al menos supranacional, para esta investigación los agentes del libro también, y la gracia de compararlos es, justamente, la de exponer su contexto de localización y acción.

Las partes segunda y tercera se dedican de lleno a las conexiones libreras. Conviene subrayar de una vez que estas no remiten simplemente a aquellas activadas por los libreros, sino a todas aquellas que implicaron la movilidad de materiales impresos. La distinción entre estas partes radica en un aspecto temporal. Los capítulos quinto, sexto y séptimo analizan tres redes de intercambio traslapadas entre las décadas de 1860 y 1890: las formadas por las bibliotecas centrales, las librerías y algunos editores. Los capítulos octavo y noveno trabajan, por su parte, una serie de conexiones estructuradas al filo del siglo XIX, pero cuya vitalidad se hizo más clara en las décadas de 1900 y 1910. Se trata de redes que rompieron con las formas de entrelazamiento previas al distanciarse de los lugares del saber letrado tradicionales y tocar nuevos grupos, o buscar imponer nuevas jerarquías de vinculación transnacional desde centros no precisamente latinoamericanos.

Como se ha indicado párrafos antes, el sentido de explorar las conexiones es múltiple. Más allá de que enfoques como la historia conectada, transnacional o global recalquen un interés por las conexiones y las reciprocidades entre distintos espacios, en el caso de este libro el estudio de la conectividad mediante libros entre la Argentina, Chile y Colombia advierte también un interés por relevar la historia de los intermediarios olvidados de la literatura y, con ello, su papel en los esfuerzos de comunicación e intercambio intelectual a nivel latinoamericano. Inscrito en los campos de la historia del libro y la historia intelectual, el estudio de las conexiones libreras aspira a rebasar las visiones que, al acentuar las conexiones sobre los elencos letrados nacionales, restan visibilidad a toda una serie de agentes del libro involucrados directamente en dicha tarea.

Como se espera dejar claro en las páginas que siguen, el interés por las conexiones basadas en los agentes del libro sugiere avanzar en una genealogía más precisa de los momentos de integración o religación cultural latinoamericana. Momentos donde, más que la posible concreción de una “patria intelectual” continental, se hicieron evidentes necesidades de visibilidad intelectual, de lectura y reconocimiento mutuo, todo en un contexto en el que también se aceleraban los vínculos e intercambios de la región con el resto del mundo.

[1] Mackenna (1856: 396).

[2] Carta de Ramón Briseño a Ignacio Domeyko, Santiago, 15 de junio 1869, Archivo Nacional Histórico de Chile (ANH), Fondo Biblioteca Nacional de Chile, t. 10, fs. 26r-27v.

[3]Nepomuceno J. Navarro, “No. 26. Circular dirigida a los escritores públicos y directores de establecimientos tipográficos”, 28 de octubre 1873, Biblioteca Nacional de Colombia (BNC), Archivo, t. 1[4], fs. 147.

[4]Quesada (1883).

[5]Sosa (1890: iii-vi).

[6]Piénsese en el Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI o la Biblioteca Ayacucho, cuyo desarrollo buscó enfrentar los ensimismamientos nacionales y forjar un campo literario latinoamericano. Ver: Sorá (2017) y de Diego (2019: 53-79).

[7]Entre una larga lista de trabajos, resaltamos: Zanetti (1994: 489-534), Fernanda Beigel (2006), Devés-Valdés (2007) y Preuss (2016).

[8]Bourdieu (2002). Ver para la región: Sorá (2003), Granados y Murillo Sandoval (2021).

[9]Esta y todas las demás referencias a la ciudad letrada corresponden, como se infiere, a la obra de Ángel Rama ([1984] 2004).

[10]Ardao (1980). Otros trabajos que problematizan la emergencia de la categoría de América Latina, y su complejidad, son los de: McGuinness (2003), Granados (2004) y Gobat (2013).

[11]Kaukiainen (2001) y Osterhammel (2014). Sobre la ruta californiana: Purcell (2017).

[12]Jorge Myers (2008) afirma que, ya para finales del siglo XIX, la diplomacia empezaba a configurar “la profesión por antonomasia de los intelectuales”.

[13]Esta noción es tomada de Loaiza Cano (2017).

[14]Sobre el histórico papel mediador de libreros y editores, ver: Chartier (2006), Raven (2007) y Mollier (2021).

[15]Darnton (2010: 162).

[16]Estudios previos al ascenso de la historia del libro ya documentaban las ventajas de su articulación con el análisis de los intelectuales. Ver, Brunner y Catalán (1986: 121-140). Las investigaciones recientes que destacan esta articulación son las de Horacio Tarcus, especialmente, Marx en la Argentina: sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos (2007), y de Freitas Dutra y Mollier (2006).

[17]Mollier (2001).

[18]Sobre el proceso de consolidación del editor empresario, ver: Mollier (1988) y Haynes (2010).

[19]Para una crítica a la lectura que articula el despegue de la industria del libro americana al exilio español, ver: Espósito (2010).

[20]Fraser y Hammond (2008).

[21]Hinks (2017).

[22]Roldán Vera (2003).

[23]Deleuze y Guattari (2015: 16).

[24]Rukavina (2010: 17-32).

[25]Lyons y Mollier (2012: 10).

[26]Ibíd.: 16-17. Sobre las orientaciones generales de la historia transnacional, el pivot de Akira Iriye (2013) resulta esclarecedor.

[27]Sobre la pertinencia de la historia comparada frente al giro transnacional, ver: Kocka (2003) y Siegel (2005). Ver, asimismo: Haupt y Kocka (2009: 1-30).

[28]Alonso y Bragoni (2015), Jaksic y Ossa (2017) y Urrego (2002).

[29]Charle (2000: xxvi).

Parte 1 La germinación de los espacios editoriales

Entre los historiadores del libro y la edición existe el consenso de que la década de 1930 marca el comienzo de la edad dorada del libro en América Latina. La transformación de los espacios editoriales mexicano y argentino entrega el ejemplo más acabado de esta lectura. En ambos, el impacto del exilio español, como consecuencia de la Guerra Civil, se eleva como factor determinante en el análisis de crecimiento de su industria editorial para esta década y las dos siguientes. En efecto, el arribo y asentamiento en México y Buenos Aires de editores, académicos y, en general, de hombres y mujeres de letras españoles con conexiones literarias, prestigio y experiencias en la conducción de empresas, constituyó un empuje considerable para un escenario que bien podía parecer estancado frente a los ritmos tomados por la industria del libro en otras latitudes. Los índices de producción bibliográfica en ambos países, que señalan un visible ascenso desde 1936, paralelo a la parálisis española, enfatizan la rareza y significancia de este momento.30

La contundencia de esta lectura lleva a olvidar, sin embargo, que los elencos españoles llegados a América Latina no ejercieron sobre una tabula rasa. No eran pocos los países de la región que para la década de 1930 contaban con una infraestructura tipográfica importante, territorialmente extendida y manejada por operarios expertos. Tampoco eran pocas las librerías o editoriales que contaban con un público lector más o menos fidelizado, producto de las reformas educativas, la expansión de la práctica lectora y el acceso cotidiano a suplementos y colecciones de bajo o mediano costo. Asimismo, existían redes continentales y transatlánticas que funcionaban en conformidad con el avance de las comunicaciones, permitiendo el intercambio entre los países de manera más o menos efectiva y a pesar de las dificultades geográficas. Formando extensas redes de filiales y corresponsalías, los espacios del libro de la región garantizaban, en cierta medida, la circulación constante de novedades propias o importadas entre los distintos países.

Dadas estas características, es posible afirmar que, al momento de estallar la Guerra Civil española, los espacios editoriales de varios países latinoamericanos contaban con un nivel de organización no menospreciable, evidente además en toda una serie de agentes, espacios y políticas que permitía al libro y los productos impresos, si bien no triunfar como un próspero bien de consumo, sí contar con un lugar firme en el mercado y en los patrones de consumo urbanos. No se trata aquí de plantear una relocalización de la edad dorada del libro latinoamericano, sino de contextualizar los porqués de ese triunfo editorial más allá de un proceso de movilidad y transferencia intelectual que no sería el primero ni el último en provocar mutaciones sobre el mundo impreso del continente.

Los capítulos que siguen reconstruyen los tiempos y desarrollos de tres espacios editoriales distintos, buscando identificar las circunstancias que favorecieron su crecimiento o modernización, así como los atributos que alcanzaron para poder responder al momento surgido en la década de 1930. Abierto sobre las últimas décadas del siglo XIX, con la reinserción de la región al mercado internacional, el inicio de los proyectos de instrucción pública y el avance del proceso migratorio en varias ciudades, y extendido hasta el decenio de 1910, momento de conmemoraciones y tensiones, el período de crecimiento y organización de estos espacios editoriales demanda un análisis comparado alrededor de los lugares, agentes, saberes y producciones cuyo desenvolvimiento determinó su evolución.

Las mutaciones socioeconómicas y técnicas de la esfera tipográfica en los tres países escogidos serán el primer asunto a explorar. A través de datos cuantitativos y de la identificación de varios momentos de sofisticación intelectual y organización laboral en torno a los oficios de la imprenta, se reconstruye la evolución de este ámbito en los países escogidos. Junto con profundizar en algunas experiencias particulares, esta parte explora la historia de las imprentas nacionales y, con ello, el problema de la autonomía editorial del Estado para el período. El estudio de dos lugares del saber tan opuestos como complementarios, como son las bibliotecas y librerías, conforma los dos capítulos siguientes. En estos se relevan sus momentos de consolidación y “profesionalización”, así como sus interacciones y expansiones, las cuales, pese a conectar fenómenos antagónicos —unas de acumulación y otras de comercialización— resultan expresivas de cambios sociales, ya que retratan la presencia de una población no solo más abundante y alfabetizada, sino también más habituada a la lectura.

Junto con mostrar las transformaciones en espacios de recepción y difusión del libro, y lo que estas representaron en la expansión de una cultura impresa en los casos analizados, esta primera parte cierra con una exploración de las colecciones editoriales que emergen desde las últimas décadas del siglo XIX, evidenciando la presencia de nuevas prácticas y estrategias dentro un mercado del libro que parece adaptarse a las demandas de públicos lectores nuevos y diversos en términos etarios, profesionales y sociales. Como reflejo adicional de la expansión de la cultura impresa en las geografías urbanas, el estudio de las colecciones y sus responsables permite observar la gradual normalización del producto impreso en la vida cotidiana, fenómeno alentando por su abaratamiento y su cada vez mayor conexión con los gustos e intereses de los lectores.

[30]Los trabajos de Bernardo Subercaseaux (2010) y José Luis de Diego (2014) son imprescindibles para acercarse al fenómeno.

CAPÍTULO 1 La industrialización de la esfera tipográfica

A diferencia del sector primario-exportador, cuya importancia para las economías latinoamericanas en la segunda mitad del siglo XIX legó una base documental abundante y heterogénea que ha permitido analizar sus ritmos de crecimiento, incidencia en la modernización estatal y, en general, su peso en los procesos de diferenciación social y territorial, aquellos ramos asociados o dependientes de las importaciones resultan hoy más difíciles de estudiar. De tamaños y ganancias menores, con impactos menos obvios y no siempre bien regulados por la fiscalidad estatal, ramos como el integrado por impresores, tipógrafos, litógrafos y encuadernadores exponen límites que evitan los análisis detallados. Gran parte de su vitalidad fue, de hecho, seguida más por bibliógrafos interesados en cuantificar los títulos publicados que en examinar las cuentas de los talleres o la cantidad de papel que estos importaban.

Los indicadores existentes exhiben, a su vez, un desequilibrio que impide la realización de comparaciones efectivas. Las estadísticas de importación de productos trascendentales para el oficio tipográfico, como el papel o las tintas, no se caracterizaron por su continuidad en el tiempo y presentan la dificultad de expresar sus valores en medidas diferentes (resmas, kilos, bultos) y en sus monedas de origen. Aunque estos últimos factores son superables, la presencia de vacíos en las estadísticas de comercio exterior y de ítems no totalmente equivalentes impiden localizar picos de importación o incluso aproximarse a la geografía de su consumo, sobre todo en países como Colombia donde las aduanas estaban muy lejos de la capital y donde otras ciudades también absorbían grandes importaciones; fenómeno este último percibido también en la Argentina, donde ciudades como La Plata y Córdoba aumentaron su demanda de bienes después de 1890.

Tocantes a la dificultad de comparar basados en cifras uniformes, estas consideraciones no impiden, sin embargo, documentar las mutaciones de un ramo que antes de 1870 presentaba en casi toda América Latina unas condiciones muy similares a aquellas con las que había despegado en la década de 1820. No es poca la información proveniente de censos o crónicas dedicadas a algunos de los grandes establecimientos que aportan datos sobre sus estadios de desarrollo, el tamaño de sus capitales o el número de personas que llegaron a emplear. Si bien todos los escenarios a comparar presentan corpus distintos alrededor del ramo de la imprenta, sus agentes y desarrollos, cada uno exhibe atributos que permiten esclarecer las mutaciones de la esfera tipográfica para el período entre siglos.

Al no poder depender solo de las cifras, este análisis comparado releva entonces el entrecruzamiento de tres procesos que, alentados tanto por las políticas educativas como por el fenómeno migratorio, marcaron la modernización de la esfera tipográfica, como son: 1) su renovación técnica, notable en la circulación y apropiación de nuevas tecnologías y saberes;2) las cuestiones sociales asociadas a esta renovación y que pueden percibirse en la evolución organizativa de los trabajadores y 3) el creciente rol de algunas unidades impresoras estatales dentro del espacio comercial, hecho que implicó que el Estado fuera ya no solamente rector del mundo impreso, sino también actor clave de este.

Migraciones, saberes y modernización

Existe una relación entre el avance de las políticas de instrucción pública adelantadas en la Argentina, Chile y Colombia desde la década de 1860 y la evolución de la infraestructura librero-tipográfica de cada país. La creación de una demanda oficial de libros, cartillas, mapas, silabarios, cuadernos, lápices y demás útiles escolares alentó el inicio de importantes procesos de importación de materiales desde Europa y Estados Unidos, destinados a dar forma a las escuelas normales y primarias, y fue un factor determinante para la renovación de un ramo que hasta entonces se ocupaba, mayoritariamente, de producir periódicos políticos, obras oficiales —memorias, códigos, anuarios— y, en menor medida, trabajos literarios, históricos y científicos, junto con un diverso conjunto de obras menores y efímeras como almanaques, sueltos, catecismos y devocionarios.

Con la excepción de Bogotá, cuya evolución cuantitativa no fue significativa, el número de imprentas en el eje Santiago-Valparaíso y en Buenos Aires resultó casi triplicado entre las décadas de 1870 y 1880 (cuadro 1). En concordancia, el aumento de los trabajadores adscritos al mundo tipográfico fue también notorio. Si el censo de 1869 contó cuatrocientos sesenta tipógrafos (con cajistas e impresores) en Buenos Aires, el realizado en 1895 reportó mil quinientos cuarenta y ocho, la mitad de estos extranjeros. Los litógrafos también aumentaron, pasando de setenta y siete en 1863 a seicientos diez en 1895. Más de la mitad de los litógrafos de este segundo censo eran inmigrantes.31 De veinte mujeres dedicadas a la profesión, ocho también reportaban no ser argentinas. Para 1905, el gremio bonaerense albergaba, mal contados, unos cuatro mil tipógrafos y poco más de dos mil litógrafos.32 (Cuadro 1)

El incremento de los trabajadores de imprenta en Chile también fue notorio. Según los censos, el número de litógrafos se duplicó en el eje Santiago-Valparaíso entre 1875 (treinta) y 1895 (ciento cinco). Diez años después, otro censo reportaría casi trescientos litógrafos solamente en Santiago. La cifra de tipógrafos, siempre mayor en comparación a sus compañeros, atestiguó una evolución propia. Si en 1875 se contaron cuatrocientos sesenta y dos en el eje descripto, la cifra alcanzó los seicientos cuarenta y cuatro en 1885 y los ochocientos diez años después.33 Una estadística de industrias publicada por el Boletín de laSociedad de Fomento Fabrilen mayo de 1907 reportaría para este momento quinientos doce tipógrafos empleados en treinta y cuatro imprentas censadas solo en Santiago (alrededor de la mitad de las existentes), una cifra que contaba a la vez dieciséis mujeres y cuarenta y siete niños.34

Para el caso bonaerense, el crecimiento tipográfico corrió de forma paralela a administraciones seriamente preocupadas por la edificación de un aparato educativo en la Argentina, como las de Bartolomé Mitre (1862-1868) y Domingo Faustino Sarmiento (1862-1874), este último quizás el referente intelectual más preocupado por la expansión del libro en su país y todo el continente americano. Conocedor de los sistemas europeos y estadounidenses, que había logrado estudiar con el apoyo del gobierno chileno en el marco de su exilio, Sarmiento fue un notable impulsor de las campañas de alfabetización, de las políticas relativas a las bibliotecas populares y de la posterior ley 1420 de Educación Común de 1884, normativa que impulsaría desde el cargo de director del Concejo Nacional de Educación. Sarmiento estimaba, sin embargo, que los libros para las escuelas argentinas debían ser suplidos menos por las imprentas locales que por las casas editoriales extranjeras ya especializadas en la materia.

Subestimaba, sin duda, el potencial de un ramo que, además de beneficiarse de los ritmos del comercio exportador, se veía favorecido por las propias políticas educativas y el constante arribo de una masa migrante con saberes y experticias en el arte tipográfico. De acuerdo con el conteo de Sergio Pastormelo, realizado a partir del Anuario Bibliográfico de Alberto Navarro Viola, la edición de libros y folletos resultó duplicada entre 1879 y 1887, un fenómeno tan articulado a las políticas de subvención a escuelas y bibliotecas como a la renovación humana que atestiguaba el paisaje tipográfico.35 No fueron pocas las casas de imprenta, litografía, encuadernación o librería levantadas por inmigrantes europeos en este período. Algunas de las fundadas sobre la década de 1860, como las de Pablo Emilio Coni, Jacobo Peuser, Guillermo Kraft, integraban para la década de 1890 el conjunto de negocios más prósperos de la ciudad, todos relativamente a la vanguardia de los adelantos industriales. Empresas gráficas más jóvenes, como las de J. H. Kidd, Hanz Kunz, Jacobo Kligenfuss, Mateo Serra, Stiller & Laas y Fessel & Mengen, y grandes establecimientos de la Compañía General de Fósforos y la Sud Americana de Billetes continuarían demostrando el peso del factor migratorio en las dinámicas del ramo hasta bien entrado el siglo XX.

En Chile, donde las políticas de instrucción no alcanzaron el vigor argentino, la expansión del gremio tipográfico se vio favorecida por el fortalecimiento del aparataje estatal y el crecimiento económico posterior a la Guerra del Pacífico, asociado por supuesto al aumento de las rentas del salitre.36 Con un mercado corto pero activo, gracias en parte a la institucionalidad universitaria y a la continuidad de normas como la de la propiedad literaria de 1834, la tipografía chilena mostró un proceso de modernización gradual, estimulado a su vez por movilidades transnacionales. Antes de la era del nitrato, el tipógrafo de origen alemán Federico Schrebler ya había proyectado la organización en Santiago de un establecimiento de imprenta “a gran escala” y digno, en sus palabras, de las “legítimas exigencias de un país tan culto”.37 Respaldado por Diego Barros Arana y Miguel Luis Amunátegui, Schrebler impulsó en 1873 la creación de una sociedad empresarial capaz de agrupar talleres de tipografía, litografía, grabado, encuadernación y rayado, así como un almacén de tipos, papeles, máquinas y útiles de imprenta. Su plan contemplaba incluso un viaje a Alemania para reclutar operarios.

Aunque la crisis económica de 1875 parece haber frenado esta iniciativa, proyectos de otros migrantes como Guillermo Helfmann, Hugo Keymer, Félix Leblanc y Rafael Jover pudieron asentarse y dejar su marca en la historia del libro chileno. El caso de Helfmann resulta ilustrativo de la evolución de este empresariado migrante. Asentado en Valparaíso en 1855, en pleno auge comercial del puerto debido a la fiebre del oro californiano y la explotación de la ruta marítima del Cabo de Hornos, su Imprenta del Universo dio cuenta de una de las actividades más largas y plurales en términos de producción impresa.38 Iniciado su despegue en la década de 1860, con la publicación de libros y periódicos en inglés y alemán ideados para satisfacer las demandas de las colonias extranjeras, Helfmann pudo convertir su establecimiento en un centro aglutinador de los distintos oficios del ramo, desde la litografía hasta el fotograbado.39 A comienzo del siglo XX, sucedido por su hijo Gustavo, la empresa asumiría con éxito la producción de magazines de variedades, logrando fusionarse en 1919 con la firma Zig-Zag, hecho que la convirtió en la principal editora del país hasta mediados del siglo XX.

La Imprenta Barcelona de Ignacio Balcells y Luis Barros Méndez exhibe un caso similar. Sin depender expresamente del renglón educativo, quizás sí del empresarial, la Barcelona contaba con instalaciones especialmente diseñadas para sus operaciones desde 1894.40 De acuerdo con el Boletín de la Sociedad de Fomento Fabril, sus talleres albergaban para 1896 secciones dedicadas a tareas de composición, estereotipia, impresión y encuadernación, las cuales ocupaban entre setenta y ochenta trabajadores según la cantidad de trabajo.41 Un lustro más tarde, la Imprenta Barcelona pudo incluso participar en la Exposición Universal de Buffalo de 1901 como parte de la delegación chilena, evento en el que hizo gala de sus mayores innovaciones, que evidenciaban el aprovechamiento de sus máquinas marca Albert de Frankenthal, todas compradas en Francia por uno de sus socios justo en el marco de otra exposición universal, la de París de 1900.42

Un poco menos rutilante, pero igualmente clave para la modernización del sector, fue la experiencia del fotógrafo y litógrafo Félix Leblanc. Miembro fundador del Círculo Francés, Leblanc había iniciado su carrera como fotógrafo de la mano de Émile Garreaud, con quien ganaría el premio de primera clase en la categoría de Fotografía Nacional en la Exposición Internacional de Chile de 1875. Como sucesor del estudio de Garreaud, Leblanc sostuvo una larga carrera en solitario, especializándose en la edición de mapas, álbumes artísticos y música. A la altura del año 1900, la firma litográfica de Leblanc contaba con talleres industriales y un amplio reconocimiento en el mercado local, validado por sus logros en la Exposición de Chile de 1910 y la Exposición Nacional de 1916. Las capacidades adquiridas por la empresa le permitieron además sobrevivir a la muerte de su fundador, ocurrida en 1917. Sucedida primero por Juan Cerrato y más tarde por Paul Imbert, la Litografía Leblanc logró mantenerse a flote hasta la década de 1940.43