Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
"Dispóngase a conocer una historia que los demás se han ocupado celosamente de que usted no conociera nunca. Un capítulo de la Historia de España que ha acumulado sobre sí más pasiones y odios que inteligencia y mesura."(Web Mis libros preferidos) "Creemos que es toda una osadía hoy acercase sin complejos y con honradez a un personaje condenado al ostracismo, y este prestigioso periodista lo hace para recordar precisamente los aspectos de su prisión y muerte menos conocidos por la generalidad de lectores."(web de la Falange-autentica) Una obra que pretende, desde el rigor escrupuloso, devolver a José Antonio Primo de Rivera el lugar en la historia de España que se merece. El 20 de noviembre de 1936, en el patio de la cárcel de Alicante, se fusila a Primo de Rivera. Los marxistas son los que aprietan el gatillo, lo que no se sabía, y viene a descubrir ahora Consigna: Matar a José Antonio, es que el crimen contó con la aquiescencia de la derecha conservadora a la que la muerte del líder de la Falange le sirvió para aglutinar la voluntad de la derecha conservadora y de la derecha social que propugnaba Primo de Rivera. Tras su muerte, el franquismo se encargará de acomodar los postulados de la falange al ideario particular de Franco, utilizando su figura y pervirtiendo sus ideas. Libros como este sirven para descubrir la verdadera importancia del movimiento falangista. Manuel Barrios utiliza su talento como narrador y periodista y consigue en esta obra una mezcla de elegancia estilística y rigor científico perfectamente equilibrada. Consigue reunir los documentos necesarios para mostrar lo que se oculta tras las elucubraciones históricas y tras las conjeturas sobre el asesinato de Primo de Rivera. Descubre los papeles póstumos de José Antonio, unos manuscritos en los que se revela que este propuso un plan de actuación, una serie de pactos entre izquierdas y derechas para evitar la Guerra Civil.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 273
Veröffentlichungsjahr: 2010
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
CONSIGNA:
MATAR A JOSÉ ANTONIO
CRÓNICA DE UNA TRAICIÓN
MANUEL BARRIOS
www.investigacionabierta.comwww.nowtilus.com
Serie: Nowtilus FronteraColección: Investigación Abierta www.nowtilus.comwww.investigacionabierta.com
Título de la obra: Consigna: matar a José AntonioAutor: © Manuel Barrios
Editor: Santos RodríguezDirector de la colección: Fernando Jiménez del OsoDirector editorial: David. E. SentinellaResponsable editorial: Teresa Escarpenter
Diseño y realización de cubiertas: Carlos PeydróDiseño de interiores: Juan Ignacio Cuesta MillánMaquetación: Juan Ignacio Cuesta y Gloria SánchezProducción: Grupo ROS (www.rosmultimedia.com)
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
Editado por Ediciones Nowtilus, S.L. www.nowtilus.comCopyright de la presente edición:© 2005 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla, 44, 3º C, 28027 MADRID
ISBN: 978-84-9763-206-5
Libro electrónico: primera edición
ÍNDICE
Introducción
Capítulo 1 VÍSPERAS DE SANGRE
Capítulo 2 DE ALICANTE A SALAMANCA
Capítulo 3 LAS VERDADES DEL BARQUERO
Capítulo 4 JUGAR CON FUEGO
Capítulo 5 MEJOR QUE HACER, ES DEJAR HACER
Capítulo 6 LA ADHESIÓN INQUEBRANTABLE
Capítulo 7 EL BAILE DE LOS RENEGADOS
Capítulo 8 CAMINO DE PERFECCIÓN
Capítulo 9 UNA OVEJA NEGRA
Capítulo 10 LOS PAPELES SECRETOS
Capítulo 11 LOS MUERTOS SÍ HABLAN
ANEXO
BIBLIOGRAFÍA
“Franco ambicionaba el poder personal y nada hizo por salvar al hombre que se hubiera transformado en un gran obstáculo para llegar él a ser Caudillo del Movimiento Nacional”.
RAMÓN GARRIGA: “La España de Franco”.
Introducción
SIN VANAGLORIAS DE HÉROE O DE MÁRTIR –que siempre quedaron a trasmano de nuestras apetencias– creemos que, si este libro se hubiera escrito y publicado en alguno de los años comprendidos entre 1936 y 1975, seguro es que habría padecido las más duras sanciones “por propaganda ilegal”, y su autor el castigo de la celda, el destierro o algo peor, definitivo y sin remedio; una flagrante injusticia, por cuanto su texto no contiene en sí el menor atisbo de difamación gratuita, heridas de antañones conflictos ni satisfacción de sórdidas venganzas. Un talante difícil de creer, pero tan cierto como el sol que nos alumbra.
Llegados a un tramo de la vida en el que casi todo se ve con una ecuanimidad acaso cínica, desprovista de ardores gue rreros, pensamos que si los dioses, en un acto de escandalosa prevaricación, decidieran recompensar nuestros presuntos méritos, nos gustaría, entre otras cosas, que el lector de este libro se adentrase en él con la misma actitud con que ha sido escrito, distanciándose de las impresiones subjetivas, para ver con más claridad un capítulo de la Historia de España que ha acumulado sobre sí más pasiones y odios que inteligencia y mesura.
La primera vez que nos vimos asaltados por la tentación de estudiar la figura de José Antonio Primo de Rivera fue en la década de los 70, sin saber por qué, y hasta emprendimos la tarea con tal entusiasmo, que en dos días quedó listo el preámbulo. Por una circunstancia fortuita que no viene a cuento, en aquellas fechas tuvimos la grata oportunidad de conocer personalmente a un auténtico “vieja guardia” de Falange Española, Narciso Perales –“un caso especial de integridad”, lo define Dionisio Ridruejo–, quien, al leer aquel preámbulo (que debe de andar perdido entre esos papeles que ya nunca podremos poner en orden) nos obsequió con el más impulsivo y generoso de sus estímulos. Al cabo de unas jo rnadas de serena reflexión, decidimos dejar lo hecho en el archivo de las horas muertas y emprender otras rutas: porque ni los tiempos ni nosotros estábamos en condiciones de abordar un trabajo que exigía libertad sin ira y una ausencia total de fe rvores partidistas. Hasta que, a los treinta y tantos años de aquello, también sin saber por qué, volvió a nosotros la idea, acogida con toda la ilusión del mundo al considerar posible la obra, porque los tiempos son otros y porque nosotros habíamos alcanzado –según creemos– la madurez que el libro demandaba.
Los seres humanos tenemos una mentalidad tan compleja, y a veces tan ajena a la realidad, que el gozo de ser independientes nos parece no solo una credencial feliz, sino el camino hacia la convivencia pacífica, ya que, al no hipotecarse con unos ni con otros, imaginan que van a ser respetados, y hasta queridos, por ambos bandos. Es, al menos, lo que nosotros creíamos, sin considerar que en España la independencia provoca, de forma ineludible, la situación propicia para ser aniquilados por tirios y troyanos.
Afortunadamente, con un poco de buena voluntad, puede ocu rrir que, tras soportar severísimos castigos por diestros y siniestros, el zarandeado biennacido, al paso de un tiempo prudencial, tenga el corazón tan desengañado como para ver con la misma emoción, tanto al que en un momento dado nos quiso dest ruir, como al que –después de aprovecharse largamente de ello– no hizo nada por impedirlo.
José Antonio dijo mil veces que su Falange no era de derechas ni de izquierdas: una apuesta llena de obstáculos, pero no inalcanzable, desde la que se puede contemplar –a veces no sin horror– la lucha diaria de la contienda partidista.
Aunque no se le haya prestado, hasta ho y, la atención que el caso merece, nadie duda de que en la muerte por fusilamiento de José Antonio existe un misterio de revelación casi imposible, dados los intereses inconfesables que, en esta clase de sucesos, entran en juego. T ampoco nosotros vamos a descubrir el enigma, pero sí a encontrar las piezas fundamentales y a colocar cada una en el lugar del laberinto que les corresponda, para que sea el lector quien dicte su fallo de culpabilidad o inocencia. Para ello, nos permitimos asegurarle que todos, absolutamente todos los datos que aquí se incluyen, tienen su base documental (de ahí la profusión de citas); que no hemos contemplado sino las t ruculencias estrictamente imprescindibles; que con la lectura de este libro va a sorprenderse más de una vez y que, si en ciertos pasajes advierte un tono desenfadado, no lo hemos procurado así por falta de respeto, sino para hacer más ligera una carga que, sin el ingrediente de un humor irónico, pero discreto, acaso llegaría a pesar demasiado en la conciencia colectiva. Porque si en todo crimen hay un ejecuto r, en el que aquí tratamos también hay , probablemente, cómplices, encubridores, inductores, participantes y Pilatos de toda laya.
Se equivocan, pues, aquellos que crean que la presente obra es un libelo contra alguien. Los acusados pueden ser muchos, aunque utilicen a ese alguien como razón última de sus acciones u omisiones.
Por lo demás, quien esté libre de pecados, que arroje la primera piedra; y usted, lector amigo, dispóngase a conocer una historia que los demás se han ocupado celosamente de que usted no conociera nunca.
Los números entre paréntesis hacen referencia a la bibliografía que se encuentra al final del libro.
CAPÍTULO 1
Vísperas de sangre
“Yo tenía un camarada.¡Entre todos el mejor! Siempre juntos caminábamos, siempre juntos avanzábamos,al redoble del tambor.”
EL DÍA 5 DE JUNIO DE 1936, José Antonio es trasladado de la cárcel Modelo de Madrid a la de Alicante, dominada ésta por las organizaciones anarquistas.
José Antonio Primo de Rivera. Uno de los cuadros para los que posó el político.
POCO A POCO, COMO EL ENFERMO SIN REMEDIO que lentamente se va apagando hacia lo desconocido, la tarde se le ha vuelto mustia, inhóspita y desapacible. Es, quizá, cuando el preso de la celda número 10 se siente infinitamente solo, marchitas –tal vez para siempre– aquellas imágenes nuevas que, no vistas pero sí recreadas, ha imaginado en las horas de un viaje sin fin: la bahía de aguas turbias que defiende el Castillo de Santa Bárbara, el largo malecón cercando la bocana hacia Benalúa, barracas como de escolta a los raíles de los astilleros que van a dar al mar, que es el morir, y la arrogante vigilia de las palmeras, cuyas hojas se baten en una esgrima de susurro, sin estocada última y sin estertores. Alicante de traca, sabor dulzón a dátiles, chicote retador en la algarabía de moros y cristianos, blancura espesa de salina, ahora todo apresado en un silencio temeroso, porque la sazón del golpe contra el Gobierno es ya guerra civil, y las cinco estelas azules de los reflectores le parecen al preso de la celda número 10 las cinco flechas de su haz.
José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia será, pasado mañana, un condenado a muerte, sin que el Jefe Nacional de la Falange sepa por qué no lo han rescatado, como estaba previsto; por qué el Generalísimo Franco no ha movido ni siquiera el dedo meñique a su favor, y por qué pasado mañana, 20 de noviembre de 1936, el plomo de un piquete anarquista va a arrancarle la vida en el patio más humilde de la prisión.
Este es el hombre: José Antonio, quien ha de cumplir la pena impuesta, por “tenencia ilícita de armas”, gracias al suplicatorio concedido por el Parlamento, a pesar del valeroso esfuerzo que en el Templo de las Leyes llevó a cabo un hombre bueno, Indalecio Prieto, rival político del acusado. Porque, de no haberse accedido al suplicatorio en el Parlamento, el 3 de julio de 1934, ahora no sería un reincidente con todas las de perder.
En aquella jornada memorable, el gordal Prieto jugó todas sus cartas por el amigo en desgracia; incluso la de su ironía y garbo proverbiales:
“¿Qué es lo que se castiga en el Sr. Primo de Rivera? ¿La tenencia de seis o siete armas en su casa? Yo no quiero hacer revelaciones excesivas porque no voy para mártir, pero, probablemente, si hicieran un registro en mi casa, no las encontrarían en un número menor (risas). Tal se están poniendo las cosas, señores Diputados, que hay que extremar los casos de defensa personal y de prevención porque, en último término, el estado en que se coloca el S r. Primo de Rivera con la tenencia de armas es un estado de prevención (risas). Los señores Diputados saben que hay personalidades políticas que por su relieve singular están asistidas de una protección policíaca; en realidad, en el caso del Sr. Primo de Rivera, por los odios y las hostilidades que en él se concentran, estaría justificada una protección policíaca. No le invitaré a que la solicite y además le aconsejaré que la rechace si se la ofrecen, porque yo que la padecí le aseguro que no sirve absolutamente para nada (risas), aparte, naturalmente, de ir desfilando por las calles de Madrid en comitiva grotesca y tan numerosa como la del “Circo Krone” (más risas). Fíe Su Señoría preferentemente en sus arrestos personales y en los que suscita la devoción de sus amigos, y no en esta protección policíaca un tanto vistosa, de mucho aparato y cuya efectividad es dudosísima”. (1)
El 5 de julio de 1936, ya caída la noche, el Director de la cárcel Modelo de Madrid, Martínez Elorza, manda conducir al recluso José Antonio Primo de Rivera a su despacho. El diálogo es breve, como corresponde a la misión que la instancia superior ordena: comunicar al reo que, al cabo de unos minutos, va a ser trasladado a la cárcel de Alicante. El Jefe de Falange protesta airadamente –ya son muchos, en la Modelo, los que conocen la viveza de su genio– y denuncia la ilegalidad de tan inesperada medida, pero no son tiempos propicios a los derechos considerados inviolables y, por toda respuesta a su apelación, fuerzas del Orden trasladan al preso al centro penitenciario de la ciudad levantina, adonde llegan al amanecer del día 6. Desde la fecha decidida por el mando de las tropas rebeldes, que dirige el general Mola, España es un reguero de hogueras encendidas. (2)
No es esto lo que quería el líder de Falange Española (FE). José Antonio ha prestado la asistencia más generosa al ímpetu de los militares para realizar una acción extrema que, mediante la técnica del golpe de Estado, logre un cambio de Gobierno, pero no para una guerra civil que colme de odio y de duelo cada rincón del Ruedo Ibérico. Las reflexiones, órdenes, consignas y juicios que José Antonio escribe y transmite en estos días –a través de una complicada red de enlaces– no dejan el menor resquicio a la duda:
“José Antonio reconoció el error de la guerra, la habilidad de la derecha conservadora para hipotecar los sueños “revolucionarios”, y llegó incluso a dibujar un plan de “alto el fuego” reconciliador, con la formación de un Gobierno de concentración, amnistía, derogación de la legislación nacional, etc.”. (3)
“Su iracundia (?) lo llevaba a no respetar siquiera a tácitos aliados en su lucha contra la República y atacaba así con dureza a Calvo Sotelo y a Renovación Española, dirigente y grupo alfonsino más caracterizados y que contaban, como órganos político, con el vespertino La Época. (4)
“De Gil Robles, dirigente de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) dice José Antonio: “Gil Robles tiene la culpa de todo. Durante dos estúpidos años, cuando podía haberlo hecho todo, no hizo nada (…). Lo único que sé es que si el Movimiento de Franco sólo ha de servir a la reacción, mi Falange y yo nos retiraremos; y en lo que a mí concierne, volveré probablemente a esta cárcel; a esta o a otra, eso es lo de menos, en el término de algunos meses”. (5)
El destacado anarquista Diego Abad de Santillán –la representación más lograda de los intelectuales anarcosindicalistas–, al referirse a los intentos de diálogo entre la CNT y el fundador de la Falange, escribió de este que “españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!”. (6)
José Antonio, prisionero en el verano de 1936, cuando ya España ha saltado por los aires, dice:
“Todas las guerras son, en principio, una barbarie, y una guerra civil, además de una barbarie, es una ordinariez porque el pueblo que tiene que lanzarse a ella pone de manifiesto que ha malogrado una de las gracias más grandes recibidas por la humanidad del Todopoderoso: la inteligencia y un lenguaje común para entenderse”.
Como aceptará de buen grado todo el que, en el ejercicio de su soberana libertad, renuncie a dejarse conducir por el sectarismo –sea este del signo que fuere–, los ejemplos transcritos bastan para afirmar que José Antonio Primo de Rivera estaba en contra de la guerra, y por lo tanto, opuesto a desencadenar un conflicto que habrá de llevar al General Franco hasta los intolerables extremos de su sistema totalitario.
Años después, cuando Ramón Serrano Suñer acabe de escribir sus Memorias –para confesar todo aquello que le favorece y omitir todo cuanto le perjudique–, se atreve a mostrarnos unos síntomas en verdad preocupantes:
“La “Falange” causaba preocupación en el Cuartel General (del Generalísimo) y, con frecuencia, irritación. Mis constantes elogios de la personalidad de José Antonio y de sus ideas causaban allí malestar y a veces determinaban fricciones (…).
Fastidiaban allí especialmente las cosas más triviales del “estilo” falangista. Molestaba que se hablara de “hacer la revolución” y que se tratara de “tú” y de “camarada” a quienquiera que fuese. Eran cosas que allí, entonces, resultaban escandalosas. A veces se trataba de “impactos” más graves. Por ejemplo, cuando se publicó el Decreto que restablecía la bandera bicolor y declaraba como himno oficial o nacional la antigua “Marcha Real” (…). Respecto al mismo José Antonio no será gran sorpresa, para los bien informados, decir que Franco no le tenía simpatía. Había en ello reciprocidad, pues tampoco José Antonio sentía estimación por Franco y más de una vez me había yo –como amigo de ambos– mortificado por la crudeza de sus críticas”. (8)
De izquierda a derecha. En pie junto a su padre, los hermanos Miguel, José Antonio y Fernando. Sentadas, Carmen, “Tía Ma” y Pilar.
En una simplificación quizás excesiva, deberíamos considerar un episodio que el proverbial rencor de Franco no le permitiría perdonar nunca. Tal asunto se resume en el hecho de que, ante la inminencia de la sublevación, Jose Antonio “mantiene por lo general un gran recelo ante la colaboración con los militares y se opone en un momento importante a la candidatura del general Franco para las elecciones parciales de Cuenca”. (9)
Por otra parte, el observador imparcial y curioso habrá de preguntarse por qué Franco, si debe mediar o intervenir en algún conflicto suscitado por la Falange, se lo encarga al General Queipo de Llano, cuando hasta el españolito de Infantería sabe que el Virrey de Sevilla no es, precisamente, un adepto a la Falange fundada por aquel hijo de Primo de Rivera, del que guarda el más enojoso de los recuerdos.
El suceso en cuestión es referido por el propio José Antonio al irrepetible maestro César González Ruano:
“La verdad sobre esto es muy sencilla. Yo no tengo nada de chulo ni de reñidor. Puede que no haya pegado más de tres puñetazos en mi vida. Pero ese señor (Queipo de Llano) escribió una carta soez a mi tío José, hablando de no sé qué humillaciones de que creía haber sido objeto, y llamándole cretino, y hablando de que quería liquidar cuentas pendientes. Esto era intolerable y cobarde tratándose de mi tío. Pues Queipo es fuerte, mucho más alto que yo, espadachín, con fama de pendenciero. Mi pobre tío es un anciano enfermo, imposibilitado en absoluto para ningún combate. Entonces fui a la casa de Queipo de Llano y este no me recibió. Le busqué en el Café Lyon D´Or por la noche. Conociendo que a su tertulia acuden varios enemigos de mi padre, no quise ir solo. Me acompañaron mi hermano Miguel y mi primo Sancho Dávila. Ellos no conocían a Queipo ni yo tampoco. Tuve que preguntar a un camarero que quién era, y entonces fui a él y, mostrándole la carta, le pregunté si era suya. Me contestó afirmativamente, devolviéndomela en actitud retadora, y yo le di un golpe en la cara. El Sr. Queipo intentó, a pesar de ir yo desarmado, agredirme, y trataba de pegarme con su bastón, mientras otros amigos suyos se repartían la labor, unos para pegarme con bastones otros sujetándome por detrás. Acudieron mi primo y mi hermano, y ya no se pudieron contar las bofetadas. El Sr. Queipo se quedó rezagado y yo pude llegar hasta él y descargarle, frente a frente, mi puño, haciéndole rodar sin sentido. A mí Queipo de Llano no me ha exigido reparación alguna, como esperaba; pero, en cambio, pretende complicar a mi hermano Miguel y a mi primo Sancho Dávila, dentro de un procedimiento militar, aprovechando que ambos son oficiales de complemento en servicio”. (10)
No se nos oculta que las anteriores declaraciones de José Antonio podrían corroborar el fervor que el Jefe de la Falange sintió siempre por la violencia, como oponente valido al diálogo. Hasta se ha llegado a decir –no sólo por los del resentimiento, sino por los de la envidia y la ignorancia– que “el sistema político de José Antonio fue el de los puños y de las pistolas”. La manipulación –esta vez, de cierta progresía– es todo un monumento al viejo truco de sacar la frase de su contexto. Para entenderla justamente se hace imprescindible colocarla en su sitio:
“Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos.
Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones a realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecemos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.
Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serlo, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna.
Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de “todo menos la violencia”– que la suprema jerarquía de los valores morales residen en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la Justicia o a la Patria.
El yugo y las flechas sobre baquetones rojos y negros. Los símbolos de Falange.
Esto es lo que pensamos nosotros del Estado futuro que hemos de afanarnos en edificar”. (11)
José Antonio, sin abandonar la celda de la cárcel, está enterado de todo gracias a una red de inteligencia que, tejida desde las Jefaturas de FE provinciales, adquiere dimensiones insospechadas. Por esta ruta clandestina conoce la consigna secreta que, establecida por los generales Mola y Franco (el primero monárquico, el segundo, ni carne ni pescado), inicia una aproximación sibilina a la Comunión Tradicionalista, por lo que serán los Tercios de Requetés, y no la Falange, los encargados de formar en primera línea de las fuerzas rebeldes. Es –a nuestro juicio, se entiende– lo que obliga a la radicalización de los recelos y, en consecuencia, a la firma de la orden-circular, de fecha 24 de junio, que Primo de Rivera manda distribuir a las cúpulas falangistas:
“Ha llegado a conocimiento del jefe nacional la pluralidad de maquinaciones a favor de más o menos movimientos subversivos que están desarrollándose en diversas provincias de España.
La admiración y estimación profunda por el Ejército como órgano esencial de la patria no implica la conformidad con cada uno de los pensamientos, palabras y proyectos que cada militar o grupo de militares puede profesar, preferir o acariciar.
De aquí que los proyectos políticos de los militares (salvo, naturalmente, los que se elaboran por una minoría muy preparada que en el Ejército existe) no suelen estar adornados por el acierto.
La participación de la Falange en uno de estos proyectos prematuros y candorosos constituiría una grave responsabilidad y arrastraría su total desaparición, aún en el caso de triunfar. Por este motivo: porque casi todos los que cuentan con la Falange para tal género de empresas la consideran no como un cuerpo total de doctrina, ni como fuerza en camino para asumir por entero la dirección del Estado, sino como un elemento auxiliar de choque, como una especie de fuerza de asalto, de milicia juvenil, destinada el día de mañana a desfilar ante los fantasmones encaramados en el poder.
Cualquier jefe, sea la que sea su jerarquía, que concierte pactos locales con elementos militares o civiles sin orden expresa del jefe nacional será fulminantemente expulsado de la Falange, y su expulsión se divulgará por todos los medios disponibles…” (12)
El lector advertirá que es una Circular crispada, quizá con un punto de desmesura, como escrita entre las turbulencias de un justificado enojo. Si fue así, esta crispación pasó pronto, en parte porque la conocida paciencia del General Mola hizo todo lo posible para que las aguas volvieran a su cauce, pues no era momento de prescindir de una organización poco numerosa, pero de un entusiasmo desbordante, “inasequible al desaliento”. Lo cierto es que, cuando José Antonio está convencido de que su orden de no intervenir en el golpe supondría la inmediata disolución de Falange Española, a cargo de los Generales, da marcha atrás y envía una nueva Circular que rectifica la anterior, si bien manteniendo un tono de altivez que suavice, en la militancia, el trauma de la claudicación vergonzante:
“Como continuación a la circular del 24 del corriente, se previene a los jefes territoriales y provinciales las condiciones en que podrán concertar pactos para un posible alzamiento militar contra el gobierno actual.”(13)
Las cartas se muestran boca arriba: La Falange se implicará en la aventura si esta va, exclusivamente, contra el gobierno actual, no en una guerra civil y, para que el compromiso sea inequívoco, José Antonio ordena a Garcerán y a Hedilla que se entrevisten con Mola.
Esa carta-circular, última y definitiva, acusa en su texto algunos términos situados al margen de la realidad. La conversión del golpe en guerra se cobra su primera víctima, José Antonio Primo de Rivera, por cuanto al sobrevenir una situación nueva, de excepcional virulencia, el Jefe de la Falange es incomunicado, se le prohíben las visitas y, con ello, se produce una ignorancia de los hechos que dicta consignas incompatibles con las auténticas coordenadas del Movimiento:
“…La Falange intervendrá en el Movimiento formando sus unidades propias, con sus mandos naturales y sus distintivos (camisas, emblemas, banderas).
Si el jefe territorial o provincial y el del movimiento militar lo estimaren, de común acuerdo, indispensable, parte de la fuerza de la Falange, que no podrá pasar nunca de la tercera parte de los militantes de primera línea, podrá ser puesta a disposición de los jefes militares para engrosar las unidades a sus órdenes. Las otras dos terceras partes se atendrán escrupulosamente a lo establecido en la instrucción anterior.
…Desde el mismo instante en que reciba estas instrucciones, cada jefe territorial o provincial dará órdenes precisas a todas las jefaturas locales para que mantengan enlace constante, al objeto de poder disponer, en el plazo de cuatro horas, todas sus fuerzas de primera línea. También darán las órdenes necesarias para que los diferentes núcleos locales se concentren inmediatamente sobre sitios determinados, para constituir agrupaciones de una falange por lo menos (tres escuadras)…”
En estas órdenes –valerosas e inviables– José Antonio afirma su personalidad, su determinación y su audacia, pero –como escribe Bravo Morata–, “¿nos atrevemos a imaginar a Franco leyendo esta circular de Primo de Rivera? ¿A él le va a decir el hijo de don Miguel de qué falangistas puede disponer para el alzamiento y de quiénes no? ¿Admite Franco, ni ningún general español, que el jefe de los falangistas, que ni siquiera ha tenido suficientes votos en las últimas elecciones para salir diputado, ordene a sus muchachos dónde están los límites de la colaboración con los militares?”
Por los pueblos asustados de España; en los campos roturados de trincheras y junto a las zanjas donde enterrar a los muertos de uno y otro bando; en el anacrónico decorado de un desfile, y como rúbrica de las más encendidas arenas, en noviembre de 1936 resuenan, con emoción y generosa entrega, las estrofas que una gavilla de poetas arracimó una noche en los sótanos del “Or Kompon” madrileño:
“Volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz, y traerán prendidas cinco rosas las flechas de mi haz…”
(Lo evocó Agustín de Foxá en unas páginas inolvidables… y olvidadas:
“Era una especie de cueva vasca, con acuarelas de Guipúzcoa en los zócalos. Carros de bueyes rojos, con lana sobre el testuz, caseros de boina, frontones, maizales y curas con paraguas, bajo los cielos plomizos de Loyola.
—Hola, José Antonio; ¿qué tal, Jacinto?
Allí estaban el Marqués de Bolarque, don Pedro, Rafael
Sánchez Mazas, Agustín de Foxá, José María Haro y Dionisio Ridruejo.
Hablaban del “Joven piloto”, una zarzuela de Luis Bolarque y Jacinto Miquelarena.
Jaleo de vasos.
Trajeron chacolí, sidra y bacalao.
–Vamos a hacer una sangría.
Después de la cena, el maestro se puso al piano. Tocaba pasodobles y tangos.
–Oye, toca ese que hiciste el otro día.
Sonó una música enérgica, alegre, guerrera.
–¿Te gusta, José Antonio?
–No está mal. A ver, ¿cuántos poetas hay aquí?; podríamos hacer un himno para que lo cantaran los chicos.
Bajó el mozo unas cuartillas y los poetas se desperdigaron por las mesas.
–Tú, José Félix, dame un lápiz.
Bolarque, entre la música, hacía los “monstruos”.
Adiós, adiós, el capitán se va.
José Antonio trazó el plan:
–Tiene que ser un himno sencillo. En la primera parte debe hablarse de la novia, después de decir que no importa la muerte, haciendo una alusión a la Guardia eterna de las estrellas, y luego algo sobre la Victoria y sobre la Paz).”1
José Antonio con la bandera de Falange en un cartel de la época.
El yugo y las flechas sobre una banda negra, entre dos rojas. Una bandera que tomó elementos de la de la CNT.
1Madrid, de Corte a cheka, de Agustín de Foxá. Editorial Planeta. Barcelona, 1967.
CAPÍTULO 2
De Alicante a Salamanca
“Prietas las filas, recias, marciales, nuestras escuadras van cara al mañana que nos promete Patria, Justicia y Pan.”
EL 28 DE SEPTIEMBRE DE 1936, Francisco Franco, gracias a la audacia de su hermano Nicolás, es nombrado jefe de Gobierno del Estado Español.
Francisco Franco Bahamonde. Un hombre que no quiso consentir tener rivales.
LOS PRIMEROS DÍAS DE JOSÉ ANTONIO en la cárcel Provincial de Alicante fueron muy duros por su monotonía– insufrible para un hombre de actividad frenética –, y el propio condenado da cuenta escrita de ello a su amigo y correligionario, Eugenio Montes:
“Procuro luchar contra el embrutecimiento de la prisión prolongada, hago gimnasia y juego a la pelota con mi hermano Miguel. Leo lo poco que puedo y escribo mucho”…
Pasada una semana, todo es diferente, como lo narra uno de los más rigurosos cronistas de la tragedia:
“Una vez que se obtuvo la benevolencia, tanto del director dela cárcel, Serna, como del administrador, Molino, y de los oficiales don Obdulio Sampere, Pérez Sánchez, Miguel y Molinatodos los cuales extremaban las atenciones con los presos e interpretaban el reglamento en una forma elástica y humana–, no resultó difícil establecer de modo perfecto el mecanismo de estas visitas. Los que llegaban para hacerlas tenían que pasar primero por una oficina especial creada por la Falange, donde se llevaba a cabo rápidamente una minuciosa información que señalaba el día y la hora”. (4)
Es este un pasaje al que, de forma sistemática, se le ha prestado muy poca atención. Incomprensiblemente, ya que, si “por ciertas afinidades ideológicas” con los guardianes el operativo falangista resulta muy eficiente; si, como está ampliamente documentado, las visitas sobrepasan los dos millares diarios (a veces, los tres millares); si los camaradas del reo llegaron incluso a disponer de una oficina dentro del recinto, y si, por añadidura, había más de mil escuadristas de FE dispuestos a todo bajo el mando de Agustín Aznar, ¿por qué, aprovechando el desconcierto de esos días, no se realizó el golpe de mano tan meticulosamente previsto?
José Antonio, al que se le permite tener abierta la corredera de su celda, escribe hasta altas horas de la noche, delega misiones importantes, recibe a periodistas extranjeros que van a entrevistarlo -como Jay Allen, del New Chronicle– baldea los suelos y, cuando pide que le blanqueen su cubículo, avala la solicitud con un juicio descarado:
–Yo estoy condenado a prisión, no a la mugre. (13)
Los encargados de su protección, camaradas y amigos, se muestran optimistas, pero es porque desconocen que, desde las sombras, Alguien ha dictado ya una sentencia inapelable: nadie va a consentir que salve su vida el único hombre capaz de exigir responsabilidades cuando, hace tan solo unos meses, un Caudillo se ha autoproclamado, para todo el territorio nacional, dueño de vidas y haciendas.
Como por arte de magia, a los tres días de iniciarse el conflicto bélico nadie va a reconocer que el General Franco, en el histórico vuelo a bordo del Dragon Rapide, de Las Palmas a Tetuán, ha tardado diecisiete horas
