Construir lectores - Vicente Luis Mora - E-Book

Construir lectores E-Book

Vicente Luis Mora

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Beschreibung

Este ensayo de Vicente Luis Mora, al mismo tiempo optimista y crítico, explora los "mitos lectores" que podrían motivar a los jóvenes a leer más, desmantelando otros como la idea de que leer es una distracción. Con una prosa clara y directa, Mora nos invita a ir más allá de las lecturas superficiales, argumentando que los textos densos y complejos son esenciales para el desarrollo intelectual, el pensamiento crítico y la capacidad de entender y cuestionar el mundo. "Construir lectores" es, en definitiva, una llamada a formar ciudadanos más conscientes y reflexivos.

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Seitenzahl: 288

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Vicente Luis Mora

(Córdoba, 1970)

Es escritor, crítico literario y profesor. Sus últimos libros son las novelas Cúbit (2024), Circular 22 (2022) y Centroeuropa (2020). También ha publicado los libros de poemas Mecánica (2021) y Serie (2015), el libro de aforismos Teoría (2022), el ensayo La huida de la imaginación (2019), lamonografía La escritura a la intemperie. Metamorfosis de la experiencia literaria y la lectura en la cultura digital (2021) y la antología La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (2016). Escribe crítica cultural en su blog Diario de lecturas (http://vicenteluismora.blogspot.com).

Construir lectores

Primera edición: septiembre, 2024

© Vicente Luis Mora, 2024

© Vaso Roto Ediciones, 2024

españa

C/ Alcalá 85, 7º izda.

28009 Madrid

[email protected]

www.vasoroto.com

Grabado de cubierta: Víctor Ramírez

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de cultura.

ISBN: 978-84-19693-70-9

eISBN: 979-13-87604-35-6

IBIC: DNF

Depósito Legal: M-18025-2024

Vicente Luis Mora

Construir lectores

Para Virginia

El texto no es simbólico, lo que es simbólico es el lector.

Mariano Peyrou

Sin leer ni escribir, apenas sabría nada, apenas entendería. Si me pusiera trágica, cosa que no voy a hacer, casi podría afirmar que sin literatura no importaría demasiado estar muerta.

Begoña Méndez

Hipótesis general

La idea que sustenta este libro es muy clara. La lectura en general y la literatura en particular necesitan de nuevas promociones de niños, adolescentes y jóvenes que continúen la milenaria cadena de lectores. Aunque los niños leen bastante, es constatable que su interés remite llegada cierta edad, y se disuelve por diversos motivos. Pero a los adolescentes les siguen fascinando los mitos, que buscan en otras partes (pantallas, principalmente). Este ensayo intenta encontrar fórmulas para explicar a la juventud –y a sus padres y profesores– que en ningún lugar encontrarán mejores mitos, épica, aventuras ni mejor descripción de sus problemas emocionales, metafísicos y sentimentales que en los libros. Que la solución no es dejar los libros infantiles para cambiarlos por series o películas, sino leer libros adultos, bien escogidos, que podrán acompañarlos y hacerles crecer. Y que además contienen mitologías –entre ellas, la del propio libro como mundo, y la del mundo como libro– infinitamente más extraordinarias y entretenidas de las que cualquier pasatiempo audiovisual pueda proporcionarles.

Infantilización social y falta de lecturas complejas

Intento ser optimista respecto al futuro del libro, me propongo ser positivo y verlo con una óptica animosa, pero el hecho mismo de obligarme a ser optimista me parece preocupante.

Hasta ahora hemos escrito como si fueran a proliferar los lectores, dándolos por supuestos; como si un irrenunciable y autogenerado semillero de personas estuviese ahí fuera dispuesto a leerlo todo, miles de ojos esperando ansiosos a que publiquemos nuestras obras para devorarlas.

Conviene despertar de nuestro ensueño. Porque ha llegado la hora de arremangarse y salir a la calle para averiguar por qué están desapareciendo los lectores de buena literatura y de pensamiento complejo, y arrimar el hombro para construirlos o reconstruirlos –para reconstruirnos como sociedad lectora–. No me parece casual que la época de la sociedad más infantilizada que se recuerda coincida con el declive de la lectura de obras literarias complejas y de verdadera calidad. No puede ser coincidencia que la más burda epidemia de noticias falsas, teorías de la conspiración y manipulaciones masivas que hayamos conocido triunfe justo cuando los bestsellers formularios han desplazado a las narrativas sólidas que estimulan el pensamiento crítico, un borrado que ha contado y sigue contando con la complacencia del periodismo antes llamado «cultural».

Porque es posible que muchas sombras amenazantes que advertimos en nuestras sociedades hayan surgido en cuanto hemos dejado de ser una sociedad de lectoespectadores para convertirnos en espectadores a solas. Desde hace décadas hemos aprendido a mezclar las páginas web con las páginas de papel, pero quizá comienza a pasarnos factura haber perdido la costumbre de habitar las páginas impresas. O puede que sea una mera coincidencia.

La verdad: no lo creo. Creo que hay una relación. Cuantos menos libros valiosos leemos, más manipulables e impulsivos somos, no sólo porque dejamos de reflexionar –leer buenos libros es una forma de reflexión en marcha–, sino porque nos privamos de los elementos intelectuales precisos para cavilar a fondo sobre nuestro espacio-tiempo. Perdemos músculo pensante, mientras tonificamos nuestro cuerpo, hacemos crossfit y nos atiborramos de cremas antienvejecimiento. Cuidamos partes del organismo condenadas a periclitar y agrietarse, cuando podríamos muscular la única que va a acompañarnos toda la vida, brindándonos el mejor servicio posible. De hecho, leer libros, sobre todo libros densos y complejos, como han demostrado diversos estudios científicosi1, no sólo nos otorga una interfaz ideal para interactuar con el entorno, sino que también es la mejor forma de mantener al cerebro sano hasta la vejez avanzada y el remedio ideal para no dejarse convencer por iluminados de saldo.

Leer libros proporciona fundamentos.

No leerlos –o leer solamente uno–, fundamentalismos.

  1En este ensayo, con ánimo de entorpecer lo menos posible la lectura, las notas que solo señalan el origen de algunos textos ocasionales (periódicos, webs, etc.), o que meramente amplían el sentido de lo escrito con digresiones complementarias, han sido desplazadas al final del volumen, mediante notas señaladas con números romanos. Las restantes notas son al pie y están señaladas con números arábigos volados sobre el texto.

El mito del último lector

If the 20th century produced a literature of anxiety, the 21st is anxious about literature.

James Lough (2018: 13)

En ocasiones las gentes de letras contamos el mismo chiste: como sigan las cosas así, quienes escribimos iremos a buscar al único lector restante, para pagarle por leer nuestras obras.

Bromas aparte, los datos dicen que hoy no se lee menos que antaño; en realidad se lee más que nunca, pero no necesariamente literatura. O lo que antes se entendía por tal.

El problema lo expuso con claridad el escritor Rubén Martín Giráldez en un texto inclasificable y valiente, como todos los suyos, titulado «Pinitos en pedantería». La cita es larga, pero van a disfrutarla:

Aunque estoy dando por hecho que la Opinión es justa y certera, y me olvido de la situación española (o quizás de Occidente, aunque no puedo asegurarlo, porque no salgo mucho, o no he leído lo suficiente como para salir del todo de este país): cerebros reducidos a convención por la escuela pública (no por los profesores, sino por el sistema educativo que parece que primero haya sustituido la capacidad crítica por el ripio y después haya extraído la hez de lírica que pudiese contener el ripio sin poner nada en su sitio, las paredes se han abatido sin su kegel y hoy están pegadas unas con otras: nuestros niños ya sólo servirán para salir por televisión, por uno u otro extremo de la televisión), es el deterioro-espectáculo de la capacidad crítica, la neotenia. No nos enfrentamos a la muerte de la novela, sino a la del lector. (2018: 91).

Por ese motivo hay que construir lectores. Debemos crear lectores capaces de recorrer cualquier tipo de texto, desde el más básico al más exigente. Para lograrlo necesitaremos todo tipo de estrategias, que desglosaremos en este libro, planteado como un engranaje sobre el mundo del libro legible con la atención desarticulada y discontinua que la era digital nos impone, demostrando que, incluso a través de esa atención difusa se puede hacer sentido y crear complejidad. Y, yendo más allá, sostendremos que la lectura de libros largos y densos es el mejor antídoto para concentrar de nuevo la atención y mantener todas las capacidades cerebrales intactas. Gracias a nuestra plasticidad neuronal, podemos ser capaces de trabajar en modo «multitarea» durante una parte del día y leer a Kant por la tarde sin problema –más allá del esfuerzo que requieren los propios textos de Kant, por supuesto–. Si quien esto escribe, carente de dones especiales –salvo una torpeza manual digna de estudio– puede hacerlo, ustedes también.

Nuestro cerebro, uno de los organismos más complejos, sutiles y rápidamente adaptables de la naturaleza, permite colonizar espacios de actuación y funciones nuevas mediante la simple reconexión de sus neuronas, sin perder las pretéritas. Siempre, y ahí está la clave, que no dejemos de utilizar y desarrollar las antiguas. Se puede ser un erudito sobre el siglo xviii y un internauta competente al mismo tiempo, sin más complicación de la que precisan ambas tareas. El cerebro permite eso y mucho más. Usted puede aprender islandés o griego a los 70 años, y programación informática a los 80, sólo habrá que tomarse algunas molestias para ello.

Porque no todo es malo y no todo está perdido. Este es un libro positivo, constructor, esperanzado. Por eso se aventura en el espacio de la atención difusa primero, para irse complejizando después. Porque creo que incluso a través de textos breves puede levantarse una estructura compleja sobre la lectura, la educación y la tradición literaria. Vamos a intentarlo.

El primer texto

El primer texto que leemos es el rostro de nuestra madre, como explica Evelio Cabrejo (2001). De él aprendemos un mapa de signos y significantes que van ligados a un sonido, a una voz, a un lenguaje. Desentrañar esos signos, ese conjunto de señales –los gestos– ligados a sus correspondientes sentidos, aunque aún no se capte el significado de aquellos, es nuestro debut afectivo en el mundo de la lectura. De ahí que frases como «la primera biblioteca que conocí en mi vida fue mi madre» (Basanta 2017: 17), o «la primera carta de amor que leí fue el rostro de mis padres» (Jesús Montielii), encuentren su sentido en esa mezcla de lectura y afecto. Implican que la lectura es una experiencia tan íntima y hermosa que la unimos, con mayor o menor argumentación, a la persona que nos dio la vida.

Por otra parte, y desde una visión menos sentimental, este tipo de expresiones recalcan algo básico: el primer y más importante lugar de la lectura suele ser la familia.

La lluvia en el desierto

Yo sólo vine a ver brotar

mi casa en el desierto.

Eduardo García, La vida nueva

Si mirásemos en este instante dentro de nuestro cerebro, la sorpresa sería monumental. Junto a terrenos activos, regados por las conexiones neuronales, encontraríamos vastos desiertos, extensiones secas y polvorientas que ocupan grandes territorios en nuestra cabeza, zonas vacías, planicies carentes de cualquier forma de vida. Seguramente, si nos fuese dada la posibilidad de hacer ese viaje a nuestro interior, nos preguntaríamos cómo podríamos remediar esos secanos, esas circunvoluciones devastadas, esos piélagos baldíos. La solución es más fácil de lo que pensamos: basta con leer más y mejor.

Los buenos libros irrigan nuestro interior, fertilizan las regiones del terreno mental, hacen florecer zonas cerebrales hasta entonces yermas e inactivas. Algunas obras literarias, más complejas, conectan además unos sectores con otros, funcionan como ríos que unen y enriquecen zonas o unidades distantes y aisladas. Los primeros textos que leemos en la infancia actúan como gotas de lluvia, o como rocío fecundador; los demás, tanto en la adolescencia como en la madurez, nos sirven de canales de irrigación y abono; los primeros amplían o ensanchan el mundo, las siguientes lecturas lo adensan, lo vuelven más complejo y comprensible. Son necesarias largas cadenas de obras literarias para terraformar la mente como es debido y sobrellevar la existencia.

Leído cierto número de libros, que habría que cuantificar caso por caso (los necesarios, en resumen), un individuo se vuelve persona, un ser con raciocinio propio y con singularidad pensante. Conforma un terreno mental que no se parece a ningún otro, del mismo modo que no hay dos ciudades idénticas. Una persona introspectiva y leída implica un cerebro en cuyo interior unas partes reflexionan sobre las demás y se desarrollan con la estimulación mutua2.

¿Entonces, apostilla alguien con una sonrisa sardónica, quien no lee no es persona? Sería largo responder a eso, pero entiendo que persona es alguien que piensa y opina y, como escribí en Nanomoralia, quien no lee no tiene opinión, sino tendencia.

A lo largo de los años me he arrepentido de algunos actos, y también de cosas que no hice, pero jamás me he arrepentido de ninguna lectura. Hasta las malas nos enseñan: por qué me molesta esta página, por qué me parece mal escrita. He disfrutado de cada obra, porque la lectura es en sí un disfrute absoluto: desde que abres un libro y empiezas a recorrer palabras, no sabes qué va a pasar, pero un mundo entero comienza a construirse ante tus ojos y dentro de tu cerebro. Es un acontecimiento prodigioso, del que no puedes despegar la vista: cada palabra, cada frase, abren un nuevo canal navegable en tu mente. Y cada página, estés de acuerdo con ella o no, ya te ilustre o te indigne, ya te alegre o te sorprenda, fertiliza una parte de ti que estaba muerta o que nunca había vivido. Cada libro expande tu mente ya ti con ella. Es como la lluvia en el desierto. La lectura te convertirá en alguien más inteligente, más crítico, con más elementos de juicio para juzgar a los demás y para juzgarte –porque la crítica bien entendida, incluso la crítica literaria, comienza en uno mismo, en una misma–. Umberto Eco decía que «quien no lee, a los setenta años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás». Así es.

Y, además, quien no lee es alguien que solo tiene una idea… y no es suya. ¿No es mejor disfrutar de múltiples vidas y asegurarnos de que nuestras ideas son, realmente, nuestras?

  2Al pensar en la unidad, la descomponemos, creemos pensar en nosotros mismos y enzarzamos a las neuronas en una batalla de mutua observación. Por eso es difícil mantener la concentración al pensar en uno mismo, porque los contendientes terminan agotados, exhaustos de vigilarse los unos a los otros.

El anillo

En la facultad nos enseñaban los mecanismos de defensa de nuestra psique y aprendí que, si no fuera por la racionalización, la sublimación, la represión y todos esos trucos, si miráramos el mundo sin protección, nos desgarraríamos. Los mitos, la literatura, son los que construyen nuestra psique.

Olga Tokarczuk (en Ayén, 2020)

Una de las formas de inocular en la juventud el virus de la lectura es explicar sus dimensiones míticas, sin ahorrarnos la descripción de los diversos mitos que la lectura ha construido a lo largo de los siglos: el archilector, el crítico-detective, la Biblioteca en general y «La biblioteca de Babel» en particular, la pasión amorosa de los personajes que leen con los cuerpos pegados el mismo texto –encarnada en Francesca y Paolo por Dante, en el famoso instante del canto V del Infierno–, el incendio de Alejandría, la guerra ancestral entre bibliófilos y bibliómanos –y su correlato en la crítica literaria, la batalla entre académicos y ensayistas–, los casos de los salvados de la muerte gracias a la escritura, el mito de las lecturas personales como habitación propia, la piedra Rosetta, la lectura como trance, la República de las Letras, el síndrome Quijano, la habitación acolchada de Proust, las torres de Montaigne y Jung, etcétera.

Hay que explicar a los jóvenes que la historia del libro es la suma de una red social milenaria y un videojuego; un gigantesco videojuego en red que millones de personas jugamos desde tiempos inmemoriales: hoy continuamos las partidas del Gilgamesh o de la Ilíada, extendemos las jugadas y seguimos averiguando cómo pasar o superar sus pantallas y compartimos los resultados del juego en línea –en la red, sí, pero también en los metros lineales de libros de nuestros anaqueles hogareños–. Las bibliotecas son la exposición y el registro de todas esas partidas, de todos esos lectores y escritores conectados, jugando todos contra todos, y esas partidas están grabadas –en tinta–, y podemos recuperarlas cuando queramos para seguir jugándolas una y otra vez, aportando nuestro diseño personal, nuestras líneas argumentales, nuestras propias historias.

Hay que explicarles, al entrar en una librería, que lo que contemplan es una gigantesca partida en pause. Y que les toca hacer el siguiente movimiento.

Así entenderán que los libros no se oponen a los videojuegos, ni a la televisión, porque lo que un libro ofrece, según explicase Angélica Gorodischer, no puede reemplazarlo ningún otro entretenimiento3.

A los chicos, seducidos durante décadas por las sagas de Tolkien, luego por los vampiros de Anne Rice o Dungeon Dragons y últimamente por los aprendices de magos de Harry Potter o los mundos virtuales de Fournite, les fascinan los mundos míticos, las aventuras colectivas intensas y extensas que acontecen a la vez en varias geografías y temporalidades. Esa necesidad de mitos comunitarios explica el éxito universal de series como Juego de tronos, de las sagas distópicas o de las películas de superhéroes.

A la juventud, que hoy rechaza en sus redes sociales cualquier mensaje de más de un par de párrafos, combatiéndolo con memes virtuales que incorporan la expresión «mucho texto», quizá le convendría saber que todos esos mundos míticos, así como la mayoría de los incluidos en las películas, nacieron en forma de libros; les sorprendería el dato de que su primera forma fue escrita, y que hay un mito mayor, el de la literatura en sus distintas formas, que es el anillo para unirlos –y para unirnos– a todos.

  3«Un chico que está acostumbrado a ver libros en su casa, a oír a sus padres hablar de libros, a pedir de noche que le cuenten un cuento antes de dormirse; un chico que sabe que en la mesa de luz de su mamá y en la de su papá se apilan libros, un chico para quien el libro está asociado a la felicidad, no necesita que lo obliguen a leer. Va a leer solo. También va a mirar televisión y probablemente se siente frente a la computadora para jugar, pero ¿y qué? La televisión y la computadora pueden coexistir perfectamente con el libro porque el placer de la lectura, una vez conocido, no se abandona jamás. Y no se abandona porque no hay con qué reemplazarlo». (Gorodischer, 2010)

La lectura, entre objetos y sujetos

Suele señalarse en los estudios que los acercamientos al fenómeno de la lectura oscilan entre dos polos: el lector y el soporte. Unas aproximaciones ahondan en la persona que lee (tanto en su neurobiología como en su psicología y en las circunstancias históricas, educativas y socioeconómicas donde ejercita su gusto), y las otras centran sus esfuerzos en analizar cómo influyen en la experiencia lectora los formatos huésped (papiro, pergamino, códice, libro, pantalla, tabletas, móviles, etc.) de los textos.

En este libro vamos a intentar una lectura general y holística del fenómeno, lo que no significa que en cada momento intentemos una síntesis, sino que iremos aportando elementos de uno y otro signo. El motivo es que «la construcción del sentido» de la lectura, como ya explicase tempranamente Donald McKenzieiii y resumiera después Roger Chartier, «se halla comprendida en el cruce entre, por un lado, las propiedades de los lectores», siempre condicionadas –como señalaran Bourdieu y otros sociólogos– por las circunstancias microeconómicas y la extracción social de cada persona, «y, por otro, los dispositivos escriturales y formales» (Chartier, 1993:36). En efecto, sólo desde una sana conjunción de ambas perspectivas podemos entender de forma integral un problema tan complejo como éste.

La lectura se contagia

Mi teoría fundamental es que la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo posible la palabra hablada.

William Burroughs

La cultura es memética, funciona como un meme que se reduplica y extiende –el meme puede entenderse en el sentido evolutivo de Richard Dawkins y Daniel Dennett, pero también en el sentido contemporáneo y digital de información viajera que va conquistando lectoespectadores–. Va pasando de unas manos a otras, de unos cerebros a otros, y cuando tiene la suficiente fuerza se queda injertada en las neuronas, impregnando profundamente la mente y sus producciones y asociaciones.

Terrence Deacon decía en The Symbolic Species(1998) que el lenguaje es una realidad que nos parasita, que invade los cerebros humanos, como si fuera una especie de criatura extraterrestre, poniéndonos a su servicio. Algo similar podríamos encontrar en la famosa metáfora de William Burroughs, quien presentaba en The Electronic Revolution (1970) al lenguaje como un virus. Deacon reconocía que la imagen era más pedagógica que real. Sin embargo, me parece hermosa, si la pensamos en términos literarios. Somos lo que la escritura hace con nosotros.

Inoculado el virus, no hay vuelta atrás. Se enreda en nuestro ADN y nos acaba convirtiendo en personas ilustradas. No se puede dejar de ser culto. Una vez que la cultura real entra en una persona ya no sale, tal es su capacidad de supervivencia y arraigo.

Es decir, la cultura en general y la lectura en particular funcionan por contagio, son una especie de epidemia benigna: «Según el antropólogo cognitivo Dan Sperber, la cultura se debe entender como la epidemiología de las representaciones mentales: la extensión de las ideas y las prácticas de persona a persona» (Pinker, 2003: 110). Lo cual tiene repercusiones interesantes:

Un libro es un contagio de escritor a lector. La lectura es una práctica que se contagia de padres a hijos, en primer lugar, y luego de niños a niños, de adolescentes a adolescentes, de adultos a adultos. Como las bacterias de la flora intestinal, los virus de la lectura son organismos extraños, cuerpos alienígenas, que nos ayudan a vivir mejor. Por eso es tan importante sembrar la semilla, quiero decir inocular el virus.

La lectura se hereda

Si los docentes no leen, son incapaces de transmitir el placer de la lectura.

Emilia Ferreiro4

La lectura se contagia, pero también se hereda. El contagio familiar y casero es el más importante. «No se puede pedir a los jóvenes que lean si no lo hacen los padres, los abuelos y los profesores. Tampoco si en la escuela no se lee bien y se lee por obligación y, además, lo que se elige, se elige mal y los profesores no van a las librerías cercanas para ver libros», dice en una entrevista una de las libreras más conocidas del país, Lola Larumbe (en Almarcegui, 2018), y también Angélica Gorodischer alude al entorno familiar en el artículo antes citado. Conozco varios buenos lectores que lo han sido pese a que no había ni un solo libro en su casa familiar, aunque son casos excepcionales de tesón y curiosidad. No hay que pedirle heroicidad a la juventud, basta con propiciar el interés por esos objetos que hay por todas partes en la casa, sin forzarles (a favor, Pennac, 2011; en contra, Javier Mestre, 2019; yo estoy a favor, con la excepción de las lecturas obligatorias escolares, como luego se verá), sólo mediante el ejemplo. Es más efectivo que los padres abran un libro y lean que la orden conminatoria dirigida de arriba abajo.

El mismo principio vale para el profesorado: si no se lee, no hay entusiasmo que transmitir; y en los casos de docentes de literatura, ¿cómo van a enseñar una materia que no conocen de primera mano y cuyo contexto general ignoran? Enseñar un movimiento literario sin haber leído bien las obras que lo componen es como enseñar a nadar mediante unos apuntes, sin haber nadado nunca y con miedo a entrar en el agua.

Si los padres leen, si las profesoras leen y la gente lee en el autobús o el metro, la juventud lo entenderá como una lógica social de disfrute y de aprovechamiento del ocio, sea para la formación personal e intelectual, sea para el puro entretenimiento –o para ambos fines, siempre compatibles–. Si falta ese ecosistema de la lectura, el niño no tendrá motivo para integrarse en él. Y ausentarse es problemático, porque de la lectura, como explicaron Bruno Bettelheim y Karen Zelan, no sólo depende el acceso a la literatura; leer es el modo en que aprendemos todos los demás conocimientos, lo que, en buena medida, configura una personalidad: «el aprendizaje de la lectura determinará su opinión del aprendizaje en general, así como su concepto de sí mismo como aprendiz e incluso como persona» (2009: 15). Leer es la piedra angular para la construcción del edificio propio.

  4«En un estudio reciente en el alumnado de Letras y Educación de la Universidad de La Rioja, constatamos una preocupante tendencia que se repite en otras facultades españolas de Educación. El futuro profesorado de Infantil y Primaria no tiene hábito ni interés lector. Los porcentajes de alumnos a los que no les gusta leer oscilan en torno al 50 % de los encuestados. No suelen leer más de un libro al mes. Se detectan importantes carencias en su interés por la lectura formativa, a la que no siempre le encuentran utilidad. Y el tiempo que dedican a la lectura no supera las dos horas semanales». (Escalante Varona, 2024b)

El mito de los salvados por la escritura

A niños y adolescentes les sorprenderá saber que Alejandro, tras la conquista de Tebas, en el año 334 a.C., ordenó derribar todos los edificios de la ciudad, salvo la casa del poeta Píndaro. Que Arión se salvó de una muerte segura gracias a la dulzura de su canto, que conmovió al delfín que lo salvó, transportándole a tierra firme sobre su lomo plateado. Que Orfeo hechizó a las fieras con sus palabras y canciones y pudo salir con vida de su acoso. Se sorprenderán al conocer la historia real de Ariosto, que fue liberado por sus secuestradores al saber éstos que era poeta. Les gustará conocer aquella historia que cuenta Plutarco sobre los soldados atenienses derrotados: «Algunos, incluso, se salvaron gracias a Eurípides. Al parecer, los griegos de fuera de Grecia que más ansiosamente reclamaban la musa de Eurípides eran, en verdad, los de Sicilia, y cada vez que alguien llegaba a la isla con una pequeña muestra que degustar, la aprendían de memoria y se la enseñaban unos a otros con satisfacción. Así, ciertamente, dicen que muchos de los que entonces volvieron a casa sanos y salvos saludaban amistosamente a Eurípides. Algunos le contaban que habían sido liberados de su esclavitud por haber enseñado a sus dueños todos los poemas suyos que recordaban de memoria; otros, que habían recibido agua y comida por haber cantado sus versos líricos mientras andaban errantes tras la batalla. Por tanto, no hay que extrañarse por esa historia que se cuenta sobre los caunios: cuando en cierta ocasión se aproximó a los puertos de Siracusa un barco que huía de unos piratas, en un primer momento no lo dejaron entrar y lo rechazaron. Más tarde, en cambio, preguntaron a los caunios que iban en él si conocían cantos de Eurípides y como dijeron que sí, les dejaron meter el barco en el puerto» (Plutarco, 2007: 334 y 335). Querrán saber cómo las torres de libros de Kafka y Shakespeare se mostraron especialmente resistentes a las balas, salvando a los defensores de la biblioteca de Sarajevo durante la guerra de Yugoslavia (Amat, 1995).

Las mismas historias que le hicieron perder la cabeza a Alonso Quijano y Madame Bovary pueden protegernos, como mantuvieron con vida a Scherezade.

Formar niños para el mercado. ¿O era para la vida?

La lógica productivista y dirigida a la rentabilidad de esfuerzos que nos rodea, consecuencia de la economía difundida por la globalización –eso que suele llamarse neoliberalismo, término cuyo acierto conceptual no es el momento ahora de pararnos a discernir–, ha insertado en el sistema educativo una lógica economicista, es decir, el entendimiento del alumno como una pieza futura del engranaje del mercado. Algo que siempre ha existido, disfrazado de otros modos, como cuando yo decidí estudiar Derecho porque tenía más «salidas», sin que nadie nos aclarase que las supuestas salidas profesionales eran en realidad puertas de entrada a otras formaciones suplementarias para acabar obteniendo algo parecido a un trabajo más o menos precario. Cuántos años perdidos, por culpa de esa lógica materialista que yo mismo me impuse, animado por el lógico temor de mis padres a quedarme, por culpa de la literatura, fuera de un trabajo dignamente pagado. Uno comprende los temores paternos, más que justificados, pero esa sobreprotección, tan comprensible como a veces excesiva, da pábulo a esa lógica neoliberal que convierte la educación en una estadía prelaboral, en una beca formativa para el mercado de trabajo, en vez de pensar si su labor no sería más bien la de construir ciudadanos capaces de discernir si quieren o no trabajar, y en qué quieren hacerlo; un largo proceso dirigido a formar seres capacitados para darse a sí mismos los recursos suficientes para alcanzar sus objetivos vitales.

Se pregunta uno si esa lógica economicista de la educación está destinada a proteger a la juventud del desempleo, o al Estado y los poderes fácticos del pensamiento crítico. Porque la consecuencia natural de una formación educativa completa y compleja, con su imprescindible parte humanística, es una persona joven con capacidad para manejarse lingüística y simbólicamente en el mundo, inasequible a la manipulación de los discursos, precisamente porque, gracias a su formación humanística, conoce los persuasivos mecanismos retóricos de los discursos y está blindado contra las ficciones del storytelling político y económico –al saber cómo se construyen las ficciones y detectarlas de forma casi inconsciente–. Cuanta menos construcción intelectual y menos lectura, como explicaba Caleb Crain (2018), más proclividad a tomar decisiones basadas en intuiciones simples, que no son más que prejuicios, tendencias o atavismos inyectados por la propaganda, la publicidad o los medios. Leer durante años blinda al ciudadano contra esas manipulaciones y le convierte en un ser que piensa por sí mismo.

Las cosas parecen ir por otro lado. En su blog, Mariano Amartino deja esta constatación de corte sociológico:

[…] no puedo dejar de lado esta variación en los grados de escuelas secundarias de USA; desde 2011 hasta 2017 las ciencias «duras» crecieron un 50 % mientras que las humanidades o «ciencias» blandas perdieron un 30 % promedio… y esto me dispara mil preguntas pero la principal es ¿estamos ampliando nuestras capacidades técnicas pero reduciendo aquellas que van más allá de lo que pide el mercado? (2018)

O, como me decía en una conversación el traductor y ensayista Ibon Zubiaur, ¿no necesitarían los jóvenes un sistema de construcción de sentido para saber qué hacer con todos esos sistemas y artefactos? ¿No sería preciso un orden discursivo de análisis de esas lógicas, un cuestionamiento de las alternativas de uso, un conocimiento de la ética social que priorice o discrimine las prácticas más economicistas de aquéllas de mayor alcance y eficacia social? Según Zubiaur, muchos jóvenes le decían que dominaban el softwarede programación o búsqueda de textos, pero que nadie les había explicado qué tenían que hacer con esa información, para qué o por qué debían utilizarla o mediante qué criterios deberían privilegiarla.

A los chicos se les dota de un arsenal tecnológico carente de fines y teleología. Son huestes perfectamente pertrechadas en un campo de batalla que, como los desdichados combatientes de Guerra y paz de Tolstói, ignoran por qué están en primera línea del frente o para qué son conminados a perder su vida.

Porque una vida sin sentido, maquinalmente dirigida a la productividad, no se diferencia demasiado de la inexistencia. La verdadera vida, como decía Rimbaud, está ausente, se encuentra en otra parte. Y sólo mediante la formación filosófica y literaria –ética teórica la primera, y ética aplicada y ejemplificadora la segunda, ya sea esta última moralizante o libertina, para eso sirve el juicio de cada uno–, puede alguien ir construyendo su sentido vital.

Lamento decirlo con esta contundencia, pero con la edad se aprende a dejar de lado ciertas contemplaciones: un sistema educativo que olvide las humanidades sólo puede estar organizado por dos tipos de personas: por ignorantes o por miserables. O por la letal mezcla de ambos.

La espectralidad de la lectura, I

Los fantasmas existen. Pero no en la forma en que los presentan los narradores góticos o Stephen King. Los espectros son los mitos, los personajes de los libros que has leído, así como eminencias de otras épocas, que viven contigo, en tu cultura, en tu saber acumulado. «En el fondo el fenómeno estético es sencillo; para ser poeta basta con tener la capacidad de estar viendo constantemente un juego viviente y vivir rodeado de continuo por muchedumbres de espíritus», decía Friedrich Nietzsche (2016: 100) en El nacimiento de la tragedia. Durante los últimos veinte siglos la experiencia de la cultura estaba ínsitamente ligada a la de la escritura, pero, como apuntaba de forma temprana Gaur (1990: 7), los ordenadores disuelven esa relación, por cuanto ahora podemos salvaguardar la escritura sin reescribirla. No hace falta copiar a mano los textos de los antecesores, ni mecanografiar de nuevo las obras, basta con el copia + pega o la grabación de los archivos en diferentes soportes, en más copias, volviendo misceláneos (Weinberger, 2007) los archivos digitales, que pueden copiarse miles, millones de veces, sin alteración.

La reescritura se vuelve fantasmática; se elabora, pero no se hace, pues un mecanismo la ejecuta, no el lector. Lo cual produce un efecto cultural: se pierde la reescritura, se pierde todo lo que aporta la reinscripción, el volver a trazar los grafos, el hecho de realizar el gesto de la caligrafía de nuevo, de repasar el contenido letra a letra, palabra a palabra. Quienes han estudiado con libro y papel durante años, tomando apuntes, haciendo esquemas o simplemente copiando una y otra vez las definiciones o datos indispensables para aprobar exámenes, saben de la importancia de reescribir para recordar profundamente, asegurando la prueba de la supervivencia del dato en la memoria. Recuerdo todavía conceptos y frases completas que estudié de niño, adolescente y joven, y casi puedo visualizar con qué tinta y sobre qué superficie –rayada primero, a cuadros después, blanca desde cierta edad– manuscribía y subrayaba una y mil veces las mismas palabras.

Ahora guardo los archivos que se supone que me van a interesar para mis futuros libros o investigaciones. Ahí se quedan, colgando, en carpetas virtuales, lejos de mi memoria, sin legar rastro alguno a mi formación cultural. Espectrales, inútiles, porque algo, una máquina, los copió por mí.