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Conceptos básicos del psicoanálisis de orientación lacaniana, que nos permiten entender la compleja subjetividad del niño autista y que orientan decisivamente el trabajo clínico. El hilo conductor de Construyendo mundos es el tratamiento de Dídac, un niño autista que tenía un año y siete meses cuando sus padres y él tuvieron su primer encuentro con la autora. A lo largo del texto, Cecilia Hoffman expone con claridad cómo se articularon los diferentes momentos de la cura de Dídac. Los tres términos que componen el subtítulo –Autismo, atención precoz y psicoanálisis– son, a su vez, las coordenadas de la obra. Así, a cada paso del tratamiento de Dídac –que tuvo lugar en ese ámbito privilegiado que constituye la atención precoz– la autora presenta y expone una serie de conceptos básicos del psicoanálisis de orientación lacaniana, que nos permiten entender la compleja subjetividad del niño autista y que orientan decisivamente el trabajo clínico.
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Seitenzahl: 268
Veröffentlichungsjahr: 2018
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© Cecilia Hoffman, 2016.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO504
ISBN: 9788424938178
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
DEDICATORIA
PRÓLOGO
AGRADECIMIENTOS
PRIMERA PARTE: INTRODUCCIÓN GENERAL
1. ESTÁNDAR O IMPREVISTO,
SEGUNDA PARTE: CASO DÍDAC
2. ENTRADA EN EL DISPOSITIVO Y PRIMEROS EFECTOS
3. REPETICIÓN, CAMBIO Y LENGUAJE
4. LA CONSTRUCCIÓN DEL BORDE AUTÍSTICO
5. UN MOMENTO CONSTITUYENTE
6. PACIFICACIÓN, VIVIFICACIÓN, DEMANDA
7. LA INVENCIÓN DE DÍDAC
8. NUEVOS ENCUENTROS, NUEVOS OBJETOS
TERCERA PARTE: ANEXOS
I. LECTURA DE «LA NEGACIÓN», DE SIGMUND FREUD…
II. SOBRE LA CLÍNICA PSIQUIÁTRICA CLÁSICA…
III. ATENCIÓN PRECOZ, PSICOANÁLISIS Y TRABAJO EN EQUIPO…
IV. EL CUERPO NARCISISTA
V. EL RUIDO Y LA RISA
VI. ¿QUÉ USO DE LA ESCUELA POR EL AUTISTA PARA SU INVENCIÓN?
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
A MIS HIJOS, MARÍA Y MARTÍ
por
ENRIC BERENGUER
He tenido la oportunidad de compartir con Cecilia Hoffman muchas experiencias en el campo de la clínica psicoanalítica de orientación lacaniana con niños. Y, más específicamente, en el de la atención precoz a niños con una diversidad de problemáticas, entre las cuales el autismo ha tenido un lugar considerable. A lo largo de este camino nos hemos enfrentado, cada uno por su lado, y también a veces conjuntamente, con la pregunta acuciante que cada caso de autismo plantea.
En efecto, por muy experimentado que uno sea o se crea, en cada nuevo encuentro vuelve a reproducirse el enigma insondable del destino de un niño pequeño, que está ahí frente a nosotros y que nos plantea una pregunta acompañada ineludiblemente de cierta angustia: ¿qué podremos hacer, por él y con él, que le permita construir su mundo de la mejor manera dentro de la gama de posibilidades, o sea, de incertidumbres, propias de los primeros años de una vida? ¿Podremos ayudarlo a saltar ese inmenso abismo de silencio que sentimos que nos separa de su persona? ¿Podrá ocurrir esto de un modo tal que él pueda quererlo y vivirlo, más allá de cierto vértigo inevitable, como algo bueno?
Y es que cada uno de estos encuentros es el primero, es inédito. Cuando ocurre, como ya hace muchos años aconsejó Freud, debemos tener presente lo que sabemos —la teoría, la experiencia— sobre todo, no olvidar que lo más decisivo nunca lo sabemos de antemano. Incluso que lo que surja puede poner en cuestión la teoría, obligarnos a modificarla. Jacques Lacan, en años que nos son algo más cercanos, lo precisó: lo que el analista debe saber es ignorar lo que sabe. Así, vamos siempre a tientas, aunque por supuesto no sin una orientación.
Cuando trabajamos con niños con autismo tenemos cada vez más la impresión de que el destino del tratamiento depende de contingencias. A veces asistimos a pequeños milagros. Algo que hemos dicho o hecho, un silencio que hemos sabido mantener, un acto que hemos llevado a cabo, algo que, hablando con otros, hemos dicho delante del niño, una respuesta inesperada ante lo ocurrido en un momento de apariencia intrascendente, etc., produce un efecto del que pronto verificamos que ha sido decisivo, ha abierto nuevas puertas, ha dado una nueva orientación a los esfuerzos del niño por salir de su laberinto y se hace para él una nueva luz. Esos momentos son sobrecogedores, porque tenemos la impresión de que igual que han ocurrido hubieran podido no ocurrir y entonces quizá todo hubiera permanecido entre tinieblas.
De modo que nuestra tarea es al mismo tiempo humilde, casi nimia en sus detalles a veces interminablemente repetidos, y también deslumbrante en algunos momentos inesperados que tienen algo de grandeza porque entendemos que son decisivos en una vida que empieza.
He tenido el privilegio de ser de las personas a quienes Cecilia ha contado, casi en el momento en que se producían, algunos de esos milagros. He compartido su entusiasmo y alguna vez me he podido asociar a su reflexión sobre lo que acababa de ocurrir, acerca de cómo aquello confirmaba, desmentía o matizaba lo que se esperaba a partir de unas coordenadas teóricas compartidas.
Por eso, tras leer el texto que el lector tiene en sus manos y que ella me ha pedido prologar, he podido reconocer en estas páginas un estilo, una forma suya de desear y de llevar a cabo esa tarea que ya Freud llamó imposible: psicoanalizar. Y creo que puedo destacar en Cecilia un rasgo que siempre me llamó la atención. Me refiero al máximo cuidado por el detalle. Un cuidado paciente, basado en saber que lo más decisivo siempre pasa por cosas que desde el punto de vista corriente pueden pasar por nimiedades.
La columna vertebral de este libro, que contiene una serie amplia de reflexiones sobre el autismo, es el encuentro con un niño y el recorrido que ese pequeño ser hizo de la mano de Cecilia, guiándola y al mismo tiempo dejándose guiar por ella. Pero si Cecilia fue en este caso una buena guía es porque supo leer lo que estaba en juego en el instante fugaz en que debía hacerlo, en esa pequeña ventana de oportunidad que, una vez cerrada, desaparece para siempre.
El modo en que a lo largo de los capítulos que componen el libro se va pasando de la experiencia del tratamiento a la exposición de puntos de la teoría y a reflexiones generales puede sorprender. Pero reproduce el modo exacto en que la experiencia clínica y el saber del psicoanálisis se van entretejiendo para cada psicoanalista en particular. Este tejido de la teoría y la práctica es una forma muy genuina de trasmitir lo que está en juego en lo que llamamos «psicoanálisis»: un saber que nunca está del todo en los libros, sino que acontece, sobre todo, en los encuentros entre un analista y las personas que acuden a él, encuentros que a su vez exigen la teoría para orientarse, pero de un modo tal que esta última también se va construyendo y volviendo real a medida que la hacemos responder de lo que ocurre en cada caso, en cada sesión.
De modo que este libro es una excelente introducción a lo que es el tratamiento psicoanalítico de orientación lacaniana del autismo. Hay que decir, en este sentido, que lo que ha animado a Cecilia a escribirlo ha sido un deseo de transmisión de esa experiencia tan peculiar que es el psicoanálisis con niños. Y más en general, un deseo de transmisión del psicoanálisis del que ella ha dado muchas pruebas, siempre de acuerdo con un estilo propio. Su forma de hablar, siempre asequible y cercana, ha hecho que no pocas personas se interesen y se hayan decidido a iniciar su propia experiencia analítica.
Pero, ante todo, lo que el lector tiene entre sus manos es la historia de un encuentro que tuvo felices consecuencias para un niño. Porque el de un niño con un psicoanalista es, ante todo, un encuentro imprevisto. Nadie puede forzarlo, tampoco se puede predecir. Como mucho, se pueden facilitar las condiciones para que sea posible. Pero cuando ocurre cambia las cosas para bien y decisivamente. Sin duda.
La decisión de escribir este libro surgió a partir de una invitación de Vicente Palomera. Él sabe cuánto le he agradecido no solo su propuesta, sino la interlocución que hemos mantenido durante los casi dos años que ha durado la redacción del libro.
A Estela Pavskan le agradezco la orientación, la ética, la perseverancia, el compromiso. Y la proximidad, en momentos difíciles vividos durante esa etapa.
El caso que sirve de hilo conductor al conjunto del texto, así como la mayoría de los que son mencionados de manera más breve —en viñetas o fragmentos clínicos—, fueron atendidos por mí en el Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz de Sant Boi, durante un intenso período de más de diez años de trabajo clínico, investigación y formación. Por ello, quiero expresar también mi agradecimiento y mi afecto a todos mis compañeras y compañeros del CDIAP.
Asimismo, le agradezco muy sinceramente a Enric Berenguer el amable prólogo que ha escrito para este libro, así como también su contribución al estudio, la elucidación y el conocimiento de la clínica del autismo.
Por último, quiero agradecer a Josep Maria Panés —mi esposo, y también colega en el ámbito del psicoanálisis— su apoyo durante todo el proceso de redacción de este libro. Circunstancias personales adversas hicieron que en no pocas ocasiones me viera tentada de abandonar el trabajo: siempre que eso sucedió, él estuvo a mi lado —consciente de la importancia que tenía para mí este proyecto— para darme ánimos, para escuchar y comentar mis dudas, para hacerme sugerencias... Sin su ayuda incondicional, este libro no habría visto la luz.
Barcelona,
Diciembre de 2015
NO PODER HABLAR ES HUMANO
A menudo, las familias que consultan a profesionales por indicios en sus hijos de lo que se ha venido en llamar «trastorno del espectro autista» (TEA) se encuentran muy confundidas y desconcertadas por las grandes diferencias en las propuestas existentes sobre el diagnóstico y el tratamiento. Es lógico. En la actualidad hay diferentes saberes —teóricos, prácticos— que muestran autoridad para diagnosticar, explicar, tratar, educar o terapeutizar el TEA. Y, efectivamente, hay grandes contradicciones entre ellos. Es una situación inevitable: la unanimidad es imposible.
Eso no obsta para que podamos desplegarnos un poco y explicar a los lectores cuál es nuestra opción, que es elegir un tratamiento orientado por el psicoanálisis y no las terapias cognitivo conductuales (TCC), de base biologista, como modo de entender y tratar el autismo.
En primer lugar, hay que ampliar el espectro. Porque lo que está en juego no es cómo entendemos y tratamos el autismo, sino cómo entendemos y tratamos lo humano. Porque vemos que, para el psicoanálisis y para las TCC, lo esencial, lo más importante, son cosas diferentes. Para el psicoanálisis, lo cognitivo, el pensamiento, no es lo esencial en la subjetividad. Constituye un aspecto parcial de lo psíquico.
Para aproximarnos a lo específicamente humano desde el punto de vista psicoanalítico diremos, aunque parezca extraño, que hay algo en cada uno de nosotros mismos que cada uno no puede pensar ni decir.
El lenguaje, que parece tan a nuestro alcance, a veces es insuficiente para pensar o expresar algunas cosas. Cosas importantes, que nos tocan.
Y eso es tan general, y tan poco exclusivo del autismo, que la primera investigación psicoanalítica sobre dificultades con la expresión verbal no fue sobre autismo. Freud1 estudió magistralmente el olvido temporal de nombres propios como fenómeno cotidiano. Y descubrió algo sin precedentes que atañe al mismo punto al que nos estamos aproximando sobre la especificidad de lo humano: la relación del ser humano con el lenguaje no es meramente natural, instrumental, como se pensaría desde una perspectiva adaptativa o darwinista. La perspectiva adaptativa supondría una finalidad de nuestra existencia —la adaptación al medio para sobrevivir como especie— y el lenguaje estaría allí, como un instrumento a nuestro servicio para comunicar pensamientos nuestros que conoceríamos bien, o para preguntar las cosas que desconocemos a los que sí las saben y nos las podrían enseñar.
Pero no siempre sabemos lo que queremos decir, ni siempre lo decimos... Y también en las respuestas de los otros siempre falta algo que tal vez sería lo que resolvería nuestra duda. Sucede también, en ocasiones, que es en nuestro propio discurso donde, de golpe, falta una palabra que, inexplicablemente, no conseguimos recordar.
Por otro lado, para nuestro tema es importante tener en cuenta otra perspectiva sobre el lenguaje: las palabras pueden alegrarnos, entristecernos, consolarnos, sorprendernos, asustarnos, dejarnos indiferentes... Es decir, las palabras nos impactan, pueden golpearnos. Algunas se quedan, adheridas, no se van.
RECHAZAR PENSAR
Lo que Freud descubre en su investigación sobre la psicopatología de la vida cotidiana es que esas palabras que le faltan temporalmente al hablante son palabras rechazadas, activamente rechazadas, porque tienen que ver, siempre, en último término, con la sexualidad o con la muerte. Estas constituyen aquello que el ser hablante no quiere pensar, rechaza pensar. Hay algo impensable e indecible para cada uno sobre su propia sexualidad y su propia muerte, lo cual no es trivial. Si es impensable es porque es insoportable. Pero eso que rechazamos, siempre vuelve de maneras diversas. Es insoportable, pero no podemos deshacernos de ello. Una forma de retorno2 es ese olvido, que se convierte así en un modo especial e intenso de recuerdo, aunque no se pueda reconocer como tal.3
Aproximarnos a la problemática del lenguaje desde el psicoanálisis supone alejarnos de cualquier perspectiva naturalista en la que el lenguaje, el psiquismo, la sexualidad, simplemente se desarrollarían, madurarían. Lejos de eso, en el ser hablante el proceso se revela como extremadamente delicado, donde diferentes elementos en un principio separados (el cuerpo, el lenguaje) van uniéndose, separándose y, así, constituyéndose como tales en la subjetividad del ser hablante, generando nuevas realidades.
Es un proceso en el que muchos de esos momentos, si uno está lo bastante cerca y atento, se pueden situar con mucha precisión. A partir del próximo capítulo podremos, por ejemplo, seguir el cambio fructífero que se produjo en el mundo de un niño autista de veintidós meses, con ocasión de una palabra.
SENTIR DECIR
El proceso tiene que ver con un concepto que nombra, por decirlo de algún modo, la fuerza que nos mueve.
La primera expresión que utilizó Freud4 para empezar a elaborar lo que luego llamó «pulsión» fue «carga» o «catexia». Ocurría que algunas palabras que le faltaban al paciente que narraba su propia historia podían hallarse siguiendo de un modo muy especial los síntomas por los que había consultado. Podemos tomar como ejemplo el caso de una mujer que sufría una neuralgia facial sin explicación de base orgánica. En el tratamiento con Freud, explicó que, tiempo atrás, en el contexto de una discusión con su marido, este le había dicho una frase ofensiva, a lo que añadió, ella misma sorprendida: «Fue como si me hubiera dado una bofetada».5
Este «sentir» una palabra en el cuerpo es muy importante. Es una sensación, y la concebimos como satisfacción, teniendo en cuenta que el ser hablante puede vivir como placentera y displacentera una misma situación en el mismo momento.
El ejemplo más claro es, tal vez, el de la persona adicta a una droga, que quiere dejar de consumirla y no puede. Siente el placer y el displacer en el mismo acto, quiere y rechaza lo mismo. De modo que no entenderemos «satisfacción» necesariamente como «placer». Puede ser un placer que incluya el displacer. Más tarde, el psicoanalista francés Jacques Lacan lo denominó «goce».6 Por ahora, entenderemos la satisfacción vivida en el cuerpo como algo que puede ser al mismo tiempo placentero y displacentero. Esto que se siente es esencial en el proceso de constitución del ser hablante como sujeto, tomando como eje la cuestión de la elección.
Es un proceso en el que, apoyado en sus interlocutores primordiales, fraguarán para él las palabras fundamentales. Pero no se trata solo de palabras y personas. Se trata de cómo va a quedar unido o separado, o de cómo va a poder unirse y separarse cada uno, precisamente, de las palabras, los objetos, las personas..., del mundo. Es un proceso complejo, en el que cada uno de estos aspectos no es independiente. Lo que ocurre en un campo tiene consecuencias en el otro. A lo largo de los próximos capítulos nos dedicaremos a estudiarlo desde diversas perspectivas.
ELEGIR NUESTRO MODO DE SER
Desde las TCC se afirma que el TEA tiene causas genéticas.7 Para el psicoanálisis no es así. Precisamente, lo específicamente humano es que nuestro modo de ser no está determinado ni por la genética ni por el instinto. Nuestro modo de ser, cada uno, se va construyendo en un proceso que dura toda la vida, aunque en la primera infancia ya se constituye lo esencial.
En los seres humanos, la predeterminación genética solo puede encontrarse en aquello que concierne a lo orgánico y a sus efectos, pero no en la subjetividad. En la subjetividad hay elección, y esta es muy temprana: de ahí el enorme valor de la atención precoz.8 Pero no se puede elegir cualquier cosa. Estamos tal vez habituados a una idea de elección muy impregnada por el consumo capitalista, donde parece que se pudiera ir al centro comercial y comprar todo lo que nos puede satisfacer.
Hay varias cuestiones importantes para aproximarnos al tipo de elección en juego. En otro gran texto, Freud,9 precisamente, estudia cómo algunas zonas corporales —la boca, la zona anal— serán zonas especiales del cuerpo del bebé, fuentes de excitación, de localización de la libido —otro nombre de la energía psíquica, que tiene que ver con la sexualidad—, ligadas de algún modo tanto al cuerpo como a las palabras de sus cuidadores.
Fue Lacan quien, en su primera época, remarcó la importancia del lenguaje en este proceso.10 Esto ocurre en el marco de las oportunidades de encuentro de un cuerpo y otro, el del bebé y el de la persona que lo cuida —a través de la voz, la piel, las miradas, la alimentación, la higiene— que van marcando el cuerpo del sujeto, construyéndolo, en realidad; haciendo de ese cuerpo el cuerpo de ese bebé, único.11
En los últimos años, la conceptualización en psicoanálisis ha dado giros muy importantes, gracias a los cursos de Jacques-Alain Miller12 quien, desplegando la última enseñanza de Lacan, está realizando una reelaboración de gran trascendencia.
Si bien Freud introdujo y conservó el término «elección», es en el contexto de la última enseñanza de Lacan donde encontramos el concepto elaborado y puesto en relación con otras grandes cuestiones del edificio psicoanalítico, lo que nos permite desbrozar el tipo de elección que hay en juego en este momento precoz y crucial de la vida subjetiva.
Hay varios registros para analizar la apropiación del cuerpo por parte del sujeto. El tipo de apropiación al que nos referimos ahora es aquel en el que, habiendo sentido algo en el cuerpo, el sujeto es capaz de aceptarlo y vivirlo como propio. Como venimos viendo respecto a todo lo humano, esta apropiación no se da de forma natural, simplemente madurativa. En atención precoz vemos a menudo a niños insensibles al dolor físico, por ejemplo, de modo que cuando se dan un golpe que les daña visiblemente la piel no se dan cuenta, o no perciben su debilidad o cansancio cuando tienen fiebre. Por lo demás, esto está descrito en la literatura psiquiátrica para algunos casos de psicosis.
HACER. FRAGMENTO CLÍNICO
Volviendo a la cuestión de elegir apropiarse: en realidad, a lo largo de un período prolongado, la actividad psíquica de la cría humana consiste básicamente en aceptar como propios y rechazar como ajenos diferentes aspectos de su experiencia, en un mundo que al mismo tiempo va construyendo.
Es muy importante saber que el mundo «exterior» y el «interior» en condiciones normales no quedan separados de forma tajante. Hay zonas comunes. Y hay zonas muy difíciles de situar. Citaremos, por ejemplo, los bordes: bordes de orificios corporales que biológicamente conectan el «interior» con el «exterior», sirviendo para incorporar o desechar. El texto en el que Freud elabora este importantísimo hallazgo, de enorme valor y vigencia para la clínica y para el día a día con los niños que han sufrido alteraciones en este proceso, se titula La negación.13
Estos momentos de elección no son momentos deliberativos. No se piensa; se hace. Uno mismo encuentra que ya lo ha hecho; se siente involucrado, ha dicho que sí o que no. Es un acto. El acto transforma al sujeto. No hay vuelta atrás. Ha ocurrido y tendrá consecuencias.
Para desplegar esta cuestión expondré, brevemente, un fragmento clínico:
Es un niño de dos años y medio. Habla mucho, con voz alta, aguda y despersonalizada. Su mirada es huidiza. De sus padres y familia extensa, menciona siempre el coche que posee cada uno. Se nombra a sí mismo en tercera persona, por su nombre. Es asustadizo. Los ruidos, especialmente en la oscuridad, como en el aparcamiento de su casa, lo sobresaltan.
En las sesiones juega con coches en un aparcamiento con recorridos interiores, rampas móviles, ascensores. A menudo se oyen ruidos provenientes del exterior del despacho, próximo a la sala de espera. Él se sobresalta. Entonces, abro la puerta, me asomo y pregunto jugando, sin hacerme oír realmente por la gente de la sala: «¿Quién ha hecho ese ruido?». Luego cierro la puerta y le digo a él: «Ha sido un nene», y voy variando de respuesta cuando vuelve a ocurrir. Cada vez más, la secuencia se va convirtiendo en un juego y él espera mi participación. Se percibe claramente una satisfacción lúdica en ello.
Un día, al escapársele una de las rampas interiores del aparcamiento y golpear esta un coche metálico, con el aparcamiento convertido en caja de resonancia, el ruido se amplifica produciendo un estrépito. Su sobresalto es mayúsculo. Su mirada se pierde, perpleja, unos instantes, tras los cuales dice, sin dar lugar a mi participación: «He sido yo». Su voz al decirlo no tiene el tono agudo, monótono, que usa normalmente. Esta vez es una voz grave y poco articulada. Da la sensación de que la voz, como viento, ha salido de su cuerpo.
Momentos como este son muy delicados en el autismo. Una frase así, en este caso, tiene una gran carga subjetiva.14 Vemos que él ha evitado hasta entonces nombrarse en primera persona, lo que testimonia su gran dificultad para reconocerse en lo que dice. Es, por eso, un momento de riesgo. Él podría simplemente haber retrocedido y volver a las marcas de los coches. Pero es lo que llamamos un momento constituyente. Por eso decimos que son momentos delicados. Hay un riesgo, pero al mismo tiempo constituyen una oportunidad preciosa. Él hace algo. Por lo tanto, no estamos en la dimensión del pensamiento sino del acto. Da un paso con el que atraviesa algo que nunca había atravesado.
El «He sido yo» vale para el ruido que se le escapa de las manos, pero especialmente para el ruido que se le escapa por la boca, y que él elige reconocer como su voz, su palabra. Se reconoce en esa voz, en esa frase. Así se constituye, en ese instante, él mismo. Antes de eso, de algún modo él no estaba allí.
Decimos, pues, que el tiempo verbal, para el sujeto del que hablamos en psicoanálisis, es siempre el pasado. Porque no podíamos prever que eso ocurriera. Ocurrió y podría no haber ocurrido. Ese es el enorme valor de este pequeño gran acontecimiento.
Las cosas cambian desde entonces para este niño. Inmediatamente después, durante un tiempo, narra de manera reiterada, dirigiéndose a interlocutores adultos, que algo lo ha hecho él. Con esa reiteración está haciendo suya una satisfacción elegida, que suma a la satisfacción de compartirla, de querer que los otros le reconozcan ese logro. Es muy importante que pueda permitirse desear ese reconocimiento, que lo acerca a los demás de un modo muy diferente al hecho de clasificarlos por sus coches.
Nos aproximamos, pues, un poco, a la diferencia de consideración que el psicoanálisis y las TCC tienen por los procesos constitutivos del sujeto y por el pensamiento. Estas diferencias son tan importantes que están plagadas de consecuencias. No vamos a dedicar el libro a compararlas. Pero hay otras cuestiones que comentaremos, al tiempo que vamos entrando en materia.
ESTÁNDAR O IMPREVISTO
Las TCC preconizan y utilizan, para el diagnóstico de TEA, escalas y manuales con entrevistas pautadas, pruebas deliberadamente estandarizadas para así evitar el juicio clínico, al que desechan por no ser objetivable. Su aspiración es que un día no sean necesarias ni siquiera las entrevistas o escalas, y que baste con marcadores biológicos que se obtengan con una muestra de sangre.15
Vemos, así, cómo la clínica se degrada. El afán pseudocientífico16 pretende una clínica y técnicas terapéuticas puras, de manera que, manual en mano, haya vía directa al diagnóstico, pasando por encima del clínico... y del sujeto. No hay lugar para ninguno de los dos en el cuadro. No solo se pretende despojar a la clínica de teoría y subjetividad, sino también de los matices que fueron enriqueciendo las descripciones y evidenciando sus contradicciones, desde que grandes psiquiatras europeos del siglo pasado y del anterior construyeron la nosología psiquiátrica, descubriendo las constantes en las que el padecimiento subjetivo se organiza.17
La clínica estandarizada crea la ilusión de eficacia y seguridad, y deja al clínico en una posición de mero burócrata que aplica un formulario. Su propio saber, y en especial su propio no saber, no se pone en juego. Tampoco su juicio. En esta estandarización las cosas transcurren tranquilamente según lo previsto: se leen las preguntas ya escritas en el test, se apuntan las respuestas, luego se suman los puntos y se obtiene el diagnóstico, que se comunica a la familia, a la que se le propone el tratamiento ya previsto. El sujeto se queda solo con su padecimiento.
Desde nuestra perspectiva, en cambio, en cada tratamiento hay algo de descubrimiento, de sorpresa, algo inesperado; no previsto por el saber ya constituido, e imposible de prever. Y eso que ocurre de manera sorpresiva constituye la palanca del tratamiento. En el caso del que hemos comentado un pequeño fragmento, se puede observar que ocurre así. Ni apuntábamos a que eso ocurriera ni lo esperábamos. Se había iniciado una relación terapéutica, en la que los sustos —importantes para ese niño— pudieron empezar a tratarse de un modo nuevo para él. Él había consentido en que esos sobresaltos entraran en un juego con un interlocutor, modificándolos así y obteniendo cierta pacificación. En el marco de esa relación y del nuevo lugar que ocupan para él los ruidos repentinos, ocurre ese imprevisto. Él ya tiene otras herramientas para tratarlo pero, sobre todo, decide usarlas y reconocerse allí.
Por otro lado, haremos hincapié en que, a diferencia de la posición de burócrata en las TCC, el psicoanalista, o el terapeuta que aplica el psicoanálisis, está en otra posición. A propósito de esto, comentaremos un caso muy especial.
En una clase de su Seminario,18 Lacan había cedido la palabra a la hoy célebre Rosine Lefort, para que narrara el tratamiento de un niño, al que ella llamó Roberto.19
Rosine y Robert Lefort fueron psicoanalistas en Francia y dedicaron toda su vida profesional al estudio y tratamiento de niños; con especial entrega a las psicosis infantiles y el autismo.
FRAGMENTO CLÍNICO: EL CASO ROBERTO
Roberto es un niño de tres años y nueve meses cuando empieza el tratamiento en la institución donde estaba ingresado por abandono. Ha estado al cargo de su madre, diagnosticada de paranoia, que vivía con intermitencias en la calle y en instituciones hospitalarias, hasta que es abandonado legalmente a los once meses. Desde entonces hasta los tres años, pasa por numerosos cambios de residencia, hospitales...
Ha sufrido experiencias extremas de abandono, inanición, con graves problemas orgánicos que requieren intervenciones en extremo cruentas y dolorosas.
Su desarrollo, en todos los aspectos —orgánico, cognitivo, psicoafectivo, motriz—, está gravemente afectado, es caótico. Roberto tiene tendencias autodestructivas muy acentuadas, y es necesaria la posición de Rosine Lefort, orientada por la enseñanza de Jacques Lacan y alentada por él en una época en que nadie trata a niños autistas, para que el niño la vaya aceptando, en un mar de contradicciones, avances y retrocesos. A lo largo de un año, siguiendo el tratamiento con la señora Lefort, conquista de forma asombrosa numerosos hitos con relación a todos y cada uno de los ítems de cualquier escala de desarrollo, lo que aporta una enseñanza valiosísima una y otra vez.
En un momento relativamente avanzado del tratamiento, ocurre lo siguiente, según narra Rosine Lefort:
«Roberto, desnudo frente a mí, recoge con sus dos manos unidas agua, la eleva a la altura de sus hombros y la hace correr a lo largo de su cuerpo. Lo repite de este modo varias veces, y me dice entonces, muy bajito: “Roberto, Roberto”».20
Lacan, al respecto, dirá:
Comienza luego esa elaboración extraordinaria que culmina con el conmovedor autobautismo, cuando pronuncia su propio nombre. Palpamos aquí en su forma más reducida la relación fundamental del hombre con el lenguaje. Es extraordinariamente conmovedor.21
Lacan reitera «extraordinario» y «conmovedor», como si lo enfático de esos calificativos no alcanzara a tocar la enormidad de aquello de lo que se trata.
En efecto, el bucle entre lo singular y lo universal se da en cada cura de cualquier sujeto. Pero los sujetos autistas, así como los afectados por otros trastornos afines de edades muy tempranas, hacen presente en la cura la encrucijada ante la cual cada uno de los seres que componen la humanidad se habrá encontrado: contarse o no entre los demás, incluirse o no en el lenguaje común, apropiarse a su modo de él, instrumentalizarlo, o estar a su merced.
Hoy es importante enfatizar esto. La dignidad del sujeto autista está amenazada por las TCC, que no tienen en cuenta activamente la grandeza de lo que hay en juego en la cura. Y también lo está la dignidad humana en general.
En el encuentro del practicante del psicoanálisis con el sujeto autista, como en toda experiencia humana, las cosas no están predefinidas. No se sabe qué ocurrirá. No hay test, ni manuales, ni garantías.
Asumimos el compromiso de un tiempo de oferta, sabedores de que quien pide ser acompañado en un trayecto orientado por el psicoanálisis, sea cual sea su diagnóstico, está atrapado en un modo de satisfacción que él mismo desconoce y que desearía cambiar. Asumimos así exponernos a la conmoción, contando con nuestro deseo como impureza que fecunda el proceso.
En este y en los siguientes capítulos centraremos nuestra atención en un caso, al hilo del cual iremos intercalando comentarios y digresiones, que conciernen al caso en particular y a cuestiones generales sobre el autismo y sobre la subjetividad en general.
El caso es el de un niño, Dídac, que inició su tratamiento siendo muy pequeño: un año y siete meses, edad frecuente de inicio en atención precoz.
Su presentación era muy aparatosa y grave, invadido por la angustia y la agitación. A pesar de eso, desde el principio hubo por su parte una docilidad al dispositivo de tratamiento, que daba cuenta de su deseo de alivio y de cambio. El tratamiento de Dídac conmigo duró dos años y medio.
CUESTIONES PREVIAS
Sus padres consultan porque el niño es «muy nervioso» y «no hace caso». Ellos, dicen, «no saben cómo educarlo»; él «no presta atención», «se enfada si le insistes, te da un empujón». Respecto al lenguaje, según los padres, dice «palabras sueltas», pero no queda claro en la entrevista inicial cuáles ni cuántas. Respecto a la motricidad, está empezando la marcha autónoma, hace menos de un mes en el momento de la entrevista. «Aletea si está contento».
Los padres se sienten desbordados por la situación. Creen que no pueden educarlo. Proceden de otro país, se sienten solos aquí, sin apoyo de familiares. La madre tiene otro hijo, mucho mayor, que «no le trajo este tipo de problemas» y que ya no vive con ellos. Hasta que el pediatra no lo mencionó «derivando a Dídac a nuestro centro por retraso del desarrollo global», ellos no se habían preguntado por una posible alteración en el desarrollo del niño. Atribuían sus problemas a su dificultad para obedecer.
TRANSCURSO DE LA PRIMERA SESIÓN
La primera vez que lo vi estaba atrozmente angustiado. Apresado por una agitación desenfrenada, gritaba de forma estridente e inarticulada, escondía los ojos dejándolos en blanco mientras torcía la cabeza hacia atrás, agitándola, se golpeaba contra la pared, huía si las personas se le acercaban a dos metros. Avanzaba caminando o corriendo con los brazos abiertos, torpemente, dando la sensación de que podía perder el equilibrio y caer.
