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En el marco de la tradición libertaria de la primera mitad del siglo XX, el pensamiento de raíz escéptica de Giuseppe Rensi destacó singularmente (pese al ostracismo al que trataron de relegarlo los cancerberos de la filosofía italiana de la época, Benedetto Croce y Giovanni Gentile, hoy casi olvidados) gracias a su indudable originalidad y a la ferviente pasión crítica que alimenta gran parte de sus escritos, atestiguada tanto por su compromiso político juvenil como por su firme oposición posterior al régimen fascista. En Contra el trabajo, hasta la fecha inédito en España, el que fuera apodado «el poeta maldito de la filosofía» aborda las paradojas y contradicciones de una norma elevada por el sistema capitalista al rango de ley moral, anticipando con su elocuente invectiva la que sería más tarde una de las aspiraciones principales del movimiento situacionista: la abolición del trabajo alienante. Para ello el autor recurre, con una mirada exenta de complacencia, a las aportaciones de Friedrich Schiller o Georg Simmel, así como al Manifiesto comunista de Marx y Engels, legándonos un texto a contracorriente que invita a desconfiar de la exaltación del trabajo y de lo que hoy da en llamarse «cultura corporativa» en la creencia de que todo pensamiento político debe considerar esta obligación productiva una maldición del individuo. En contraposición, Rensi reclama el juego, el arte, la pasión por la ciencia y por cualquier actividad que le ayude a sustraerse de las limitaciones asociadas a la tiranía del dinero. Sumándose a una larga y fecunda tradición de libros apologéticos en torno al ocio y la vida contemplativa, Contra el trabajo acaba revelándose, hoy más que nunca, como un texto indispensable para entender nuestro lugar en el mundo y remover algunos de los cimientos en apariencia más firmes de la civilización moderna.
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Seitenzahl: 153
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Giuseppe Rensi
Contra el trabajo
posfacio y traduccióndel italiano de
Título original:
L’Irrazionale, Il Lavoro, L’Amore,1923
Contra el trabajo
Primera edición digital: Febrero de 2023
© De la traducción y el posfacio: Paul Viejo, 2021
© De esta edición: Firmamento Editores s. l., 2021
www.firmamentoeditores.com
rrss: @firmamentoed
isbn epub: 978-84-126630-9-9
Diseño y composición: Firmamento
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Todos los derechos reservados.
ilas contradicciones del trabajo
El problema del trabajo, como todos aquellos problemas que más preocupan a la humanidad, es, tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista económico-social, irresoluble. Es decir, por mucho que de forma natural se le pueda dar y se le dé de hecho una solución, sea la que sea, no es susceptible de resultar racional, «justa». Toda solución tentativa satisface alguna de las necesidades que el problema contiene y suscita, pero es inadecuada para las demás. Representa racionalidad y justicia sólo para una, pero es irracional e injusta con respecto al resto, aunque igualmente legítima. Por tanto, toda exigencia de transformación de las relaciones laborales hecha en nombre de la «racionalidad», la «justicia» o el «derecho» no es más que vacío retórico y puro parloteo.
Cada una de las reivindicaciones incompatibles que abarca este problema exige su propia solución: una que lo acredite, es decir, que se revele «justa» con respecto a él. Pero, forzosamente, cada una de esas soluciones se verá obligada a descuidar y a considerar insignificantes las demás exigencias, por lo que será «injusta» en relación a éstas. Y cuando alguna de ellas alce la cabeza, se agite, se afirme, se haga fuerte y acabe imponiéndose y llevando a término su propia solución —la solución de la justicia, del derecho, de la razón concretas— no lo hará sino poniendo el pie de la injusticia sobre esas otras reivindicaciones incompatibles. Así, por ejemplo, el principio «justo» según el cual «la tierra es para quien la trabaja» sólo se logra pisoteando la justicia de quienes han trabajado y, en vez de despilfarrar, se han dedicado a ahorrar en la certeza moral y jurídica de poder consagrar sus bienes a la compra de unos terrenos en propiedad, orientando sus vidas hacia un medio social en el que esto no sólo era plenamente legítimo, sino de hecho encomiable. Cada solución es justa, por tanto, sólo con respecto a alguno de esos reclamos e injusta en relación a todos los demás, y esto sólo puede deberse a la flagrante incompatibilidad de los reclamos mismos. Cada una de ellas es justa desde un punto de vista unilateral, pero injusta desde otro punto del mismo signo, es decir, justa e injusta relativamente, justa e injusta a un tiempo; ninguna es capaz de satisfacer una justicia objetiva y universalmente válida, o dicho de otro modo: una «justicia» sin más. Tampoco en este ámbito hay posibilidad de proveerse de justicia o razón.
Y todo se reduce al predominio, en un sentido o en otro, del orden y de la fuerza, que momentáneamente —en los primeros pulsos que la conducen hacia la victoria, una vez silenciadas las exigencias contrarias— aparecen como la ley, la justicia y la razón. Pero enseguida, cuando las grietas del edificio comienzan a hacerse visibles, emerge, primero de manera imperceptible y luego más y más fuerte, la voz de las demandas sofocadas, decidida a impugnar todo lo que ha sido afirmado como «derecho», «justicia» o «razón» y a reclamar su propio derecho, su propia justicia o su propia razón, exigiendo cada vez más imperiosamente que se las respete, hasta que al fin deroga el acuerdo inicial y lo trueca por otro en el que esta «justicia» secundaria logra prevalecer y convertirse al cabo en la justicia. Al mismo tiempo, inevitablemente, la primera, ultrajada, emprende pronto la incesante tarea de ser oída y de hacer valer sus derechos con tal de verse a sí misma puesta en ejecución. Y todo ello a través de una sucesión incesante de acontecimientos: una sucesión que conforma, en su recorrido y sus variadas vicisitudes, la sustancia más profunda de la historia humana.
ii¿es el trabajo moral o inmoral?
La razón más enraizada de esta condición irresoluble del problema del trabajo probablemente radique en el hecho de que el trabajo es al mismo tiempo necesario e imposible: se nos revela bajo el disfraz de una prescripción y una obligación ética, pero, al mismo tiempo, se sustrae de ellas presentándosenos como un mandato espiritual superior, un mandato apremiante, y como un verdadero deber moral. Constituye, en definitiva, el fundamento y el presupuesto indispensable de la vida espiritual de la humanidad (porque lo es de la vida de ésta en general) y, a la vez, se antoja refractario a la vida espiritual misma, oponiéndose diametralmente a ella y haciéndola imposible.
De ahí el deambular lastimoso y contradictorio de los juicios morales con respecto al trabajo, que ninguna oportuna sutileza o atenuación prudente de los tratados éticos puede suavizar, no desde luego ante quienes observan este asunto con mirada segura y penetrante negándose de plano a dejarse distraer. Es necesario apreciar el trabajo como una virtud, y hacer al mismo tiempo todo tipo de esfuerzos para comprender en qué condiciones sería posible prescindir de él. Alcanzar tales condiciones debe ser el propósito legítimo de la vida, y cualquiera que lo logre es digno de ser distinguido con aplausos y honores. Si el trabajo ha de ser considerado un hecho ético, no cabría sentir mayor consideración hacia alguien que, necesitándolo para vivir, decide abstenerse de él, en contraste con quien, no necesitándolo, no se somete al mismo. Sería oportuno, en realidad, honrar y experimentar por el segundo un sincero respeto moral, a menudo superior al primero. También, en muchos casos, habría que condenar moralmente y despreciar a quien, sin necesidad de ello, sin embargo trabaja. Es preciso considerar y juzgar un empeño semejante como una actividad éticamente ennoblecedora, incluso fundamental para una vida moral elevada, pero también como un mal para el que sería justo y legítimo, por parte de los interesados, solicitar el acuerdo de los poderes sociales a fin de reducirla a la mínima expresión, sustituyéndola en el mayor grado posible por su contraria, la ociosidad, «madre de todos los vicios».
De ahí proviene, además, el esfuerzo constante de los individuos y las clases sociales por liberarse del trabajo y por descargarlo sobre otros individuos y otras clases; un esfuerzo moralmente justificado, porque sólo así el individuo o la clase pueden asegurarse la posibilidad de vivir una vida verdaderamente espiritual y humana, pero también un esfuerzo moralmente injustificado, porque con ello el individuo o la clase privan al otro de la posibilidad de experimentar una vida tal. Esta maraña de esfuerzos se refleja en la teoría que busca captar la contradicción de los juicios morales sobre el trabajo a los que antes hacíamos alusión. Porque el trabajo, de cuya obligación cada cual tiende a desasirse mientras se la impone a los otros, no puede ser proclamado, de forma clara, definitiva y sin equívocos, moralmente válido —pues de lo contrario uno mismo ya no tendría motivos para rehusar de él— ni moralmente nulo y aun perjudicial para el espíritu —pues de lo contrario desaparecería de golpe toda apariencia de razón y de justificación a la hora de reclamarlo para el resto—, no al menos sin inducir a otros a rechazarlo.
Los aspectos contradictorios bajo los que el trabajo se presenta necesariamente ante una clase social dada, según justifique ésta el hecho de que unos individuos estén exentos de él (trabajo: grosera materialidad de la que algunos deben poder liberarse a fin de ahondar en el desarrollo espiritual, artístico, científico o político de la sociedad) o de que otros se sometan al mismo (trabajo: actividad moralmente ennoblecedora), son los que, reflejándose sobre la teoría, generan el desafortunado conflicto de juicios morales sobre la cuestión laboral que domina nuestra conciencia y que, si miramos bien bajo la superficie, reina soberano en todo sistema o doctrina moral pese a los esfuerzos por cubrirlo con velos y pese al intento de incluir en su seno toda clase de «conciliaciones».
iiila devaluación moral del trabajocrea su sobrevaloración económica
De todo ello se desprende que la forma en que el trabajo es considerado desde un punto de vista moral y la forma en que se tiende a solucionar el problema del trabajo desde un punto de vista social están estrechamente relacionadas, en un grado de ligazón que, aunque a primera vista parezca contradictorio, establece no obstante una especie de conexión inversa entre ellas. Es decir, cuanto más se ennoblece moralmente el concepto de trabajo y más se considera el trabajo mismo como una virtud, menos importancia adquiere la mejora de las condiciones de los trabajadores y menos tendemos a preocuparnos por ella. Cuanto menos se valora el trabajo en sí, mayor peso adoptan las demandas sociales y económicas en la conciencia pública. ¿Nos encontramos acaso en un medio social en el que la cuestión de las condiciones laborales se ha vuelto relevante e incluso preponderante? Podremos en tal caso concluir que, a grandes rasgos, el trabajo carecerá de toda aureola moral y religiosa. ¿Estamos, por el contrario, en un medio social en el que las condiciones del trabajo son insignificantes y no importan a nadie? Podremos concluir en general que, en un momento histórico de esa naturaleza, el trabajo será visto también como un elemento esencial de la vida moral (en forma de expiación, o de ejercicio de paciencia o resignación) y, en tanto que factor capital de la vida religiosa, será adornado por alguna sanción emanada de la religión misma y convertido en un vehículo indispensable de alguno de sus fines (por ejemplo, la necesidad de vivir ardua y penosamente en la tierra para obtener la bendición en el cielo).
Un momento de reflexión nos persuade de la conveniencia de esa relación inversa, aunque, a primera vista, debiera ser la relación directa la que prevaleciese como de hecho prevalece. En efecto, si el trabajo es algo noble, si constituye el ejercicio de una virtud, si es un momento importante en la vida religiosa, no hay por qué preocuparse por mejorar las condiciones en que se desarrolla, lo que en esencia siempre significa disminuir el trabajo y aumentar su retribución. Del mismo modo, no habría razón para intentar disminuir la duración de otras virtudes, como la templanza, y promover que sean recompensadas económicamente según una progresión creciente. Si el trabajo es una virtud, si está dotado de reflejos o repercusiones de carácter religioso, su ejercicio es entonces un deber religioso a la vez que moral, y, en tanto que virtud, no debe atribuírsele retribución alguna. Se lo remunera no obstante sólo en la medida en que sea necesario para mantener con vida al trabajador, por lo que no hay razón para elevar esta retribución por encima del mínimo posible establecido por el juego de fuerzas económicas (oferta y demanda del valor del trabajo, compra y venta del mismo) de una sociedad dada. Cualquier pretensión superior, toda vez que el trabajo sea considerado un hecho ennoblecedor, un deber moral, una virtud, un acto realizado con efectos religiosos, queda absolutamente injustificada.
Por otro lado, la demanda de mejoras en las condiciones laborales, la disminución de su duración y el aumento de su retribución, las «reivindicaciones» proletarias, las exigencias «emancipatorias» de los trabajadores —todo ello, apoyándose en su justificación unilateral—, no pueden estallar en una lucha social a fin de lograr consensos, apoyos y admiración si no es sobre la base de una concepción del trabajo desprovista de cualquier valor moral o religioso, y que señale su carácter tosco y material, penoso, nocivo, triste.
Tal es el motivo de que la moralidad de la sociedad capitalista —si la consideramos en su fase inicial, rígida, pura, no cuando, como ahora, está perturbada y deformada por la agitación y el surgimiento de fuerzas y tendencias de otra índole, inmersa en un proceso de transformación— insista originalmente en la concepción del trabajo como un fenómeno ético-religioso de gran importancia: sólo así puede obtenerse un doble resultado. Por un lado, el sometimiento y las duras condiciones de las clases proletarias parecen revestirse de justificación en la conciencia de las clases dominantes, y, por otro, la conciencia de aquéllas acepta más fácilmente, incluso con alivio, su propia situación. Por el contrario, cuando, como ahora, las reivindicaciones de las clases trabajadoras crecen cada vez más, cuando el trabajo hace oír su voz con más y más fuerza, y cuando todo ello prende en una sociedad todavía capitalista —pero que ahora ha perdido las líneas genuinas de su arquitectura inicial, un espacio igual o superior al del capital— al tiempo que el aumento del poder político y económico del trabajo crece a ojos vistas, ¿qué es lo que constatamos?
No debemos dejarnos engañar por las palabras apoteósicas en torno a la función del trabajo que se repiten cada vez con mayor frecuencia y en voz alta en los ambientes o en los periódicos obreros. Si miramos más allá de esas meras frases y dirigimos la vista hacia la realidad, vemos claramente cómo, con el aumento de la importancia económica, de la consideración social, de la influencia política del trabajo, se desarrolla paralelamente (o para ser más justos, como su precedente indispensable) un profundo malestar, mezcla de intolerancia, insoportabilidad y odio al trabajo en sí, en esas clases que, aun viviendo de él, se esfuerzan por elevar cada vez más, en todos los campos, la estima en que ya lo tienen. La creciente valoración, autoridad y dignificación del trabajo no es sino el efecto de la repugnancia y el odio, cada vez más claros y menos reprimidos, que éste inspira a su vez, es decir, de la absoluta devaluación moral en que ha caído entre los trabajadores, a los que se les antoja ineludiblemente como un empeño material y burdo, despojado de todo valor ético, y del que, en la medida de lo posible, es urgente escapar.
Para dar muestra de ello, basta constatar la existencia de los «sábados ingleses», los festivos y las semivacaciones multiplicadas bajo cualquier pretexto, las huelgas cada vez más frecuentes y por razones cada vez más fútiles y la creciente apatía general hacia el trabajo, ciertamente probada allí donde se da un mayor fermento para conquistar «reivindicaciones» más amplias en su favor. Las clases trabajadoras odian el trabajo, y, justo porque lo odian, exigen que se valore cada vez más. El odio al trabajo: tal es el verdadero catalizador de la exigencia de que éste adquiera, en todas sus facetas, una consideración cada vez mayor.
ivla razón concreta del odio al trabajo
Las clases trabajadoras odian el trabajo y se esfuerzan, por medio de su creciente valoración, en descargarse todo lo posible de él, en reducirlo, en hacerlo desaparecer. Las clases no trabajadoras odian el trabajo, como se desprende del hecho de que, con argumentos muy serios (los que, en particular, se refieren a la necesidad de liberarse del trabajo para abundar en el desarrollo intelectual y estético de la sociedad) y reconociéndole un sentido moral y religioso, busquen mantenerse alejadas de él.
Todos los hombres odian el trabajo. Y necesariamente y con razón: porque —y éste es el meollo del trágico enredo en el que la humanidad lucha en vano en torno a esta cuestión— el trabajo es merecidamente odioso. No se trata de una acción noble, sino de una necesidad menor de la vida de la especie y de la existencia de la mayoría de la gente, además de ser, en esencia, repugnante a la naturaleza más elevada del hombre. Es por dicha razón por la que puede afirmarse que la nobleza de temperamento de un espíritu humano se mide por la consideración que éste tenga por el trabajo: cuanto más noble sea, más lo aborrecerá; cuanto más vulgar y más bajo, más se dejará persuadir, contra su instinto verdadero, directo e inmediato, por los presupuestos de una moral convencional que lo idealiza y promueve. El trabajo representa la bola de plomo de una concreción material, cruda y opaca que nuestra especie, al pasar de la etapa animal (las bestias no trabajan) a la vida propiamente humana, ha debido arrastrar a fin de alcanzar el desarrollo espiritual que diferencia a ésta de aquélla. Pero, al mismo tiempo, se presenta como el obstáculo más infranqueable para la realización, la participación y el goce de dicho desarrollo: una concreción deletérea que, como un cálculo pernicioso en los riñones, socava la existencia. Para evolucionar de la vida animal a la vida del espíritu humano —a la atmósfera del arte, la poesía, la religión, la ciencia, la filosofía, las relaciones sociales, la política— la humanidad tuvo que construir el engranaje cada vez más vasto, confuso e inmediato del trabajo. Pero, de este modo, se impuso a sí misma una camisa de fuerza que imposibilitaba a quienes la vestían cosechar justo aquello para lo que debía servir ese engranaje, es decir, la vida del espíritu, una vida singularmente humana. Cierto es que el trabajo se antoja fundamental para permitir que esa vida se genere y florezca. Pero, al mismo tiempo, para poder vivir una vida tal debe tenerse la posibilidad de no trabajar. Ésta es la dramática contradicción que forzosamente tuvo que producir y perpetuar en la historia humana el esfuerzo sucesivo de cada clase social para hacer que el peso del trabajo recayese sobre los demás, conjugando así esa necesidad del trabajo con la del no-trabajo (trabajo de los otros, no-trabajo de uno), siendo ambos imprescindibles para la consecución de la vida del espíritu. Se trata en todo caso de un esfuerzo justo y legítimo, porque se lleva a cabo de acuerdo con el verdadero destino del hombre, que es vivir esa vida y, por lo tanto, liberarse de la tiranía del trabajo, valiéndose no obstante de sus frutos. Un esfuerzo ilegítimo e injusto, también, para quienes deben someterse al trabajo y asegurar sus resultados, ya que entonces éste se desarrolla en oposición a ese mismo destino humano. Esta mezcla inextricable de legitimidad e ilegitimidad, de justicia e injusticia, es precisamente lo que hace que todo plan, propósito o intento de alcanzar una solución racional, definitiva, estable y satisfactoria al problema que el trabajo nos plantea se convierta en pura fantasía romántica y juvenil.
vtrabajo y juego
