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Clara, una joven estadounidense de orígenes europeos, llega a Buenos Aires; una ciudad que se debate entre mantener el modelo social de principios de siglo o acoplarse a las nuevas ideas del cambio. Desanimada por haber dejado la ciudad que la había visto madurar y convertirse en maestra, deberá insertarse en la sociedad porteña del momento, mientras encuentra su camino profesional en un mundo donde aún la mujer ocupa un rol secundario. En estas tierras nuevas, conocerá las islas del Tigre: un paraíso casi salvaje donde encontrará el amor en Pedro, un estudiante de medicina que desea ayudar a los menos afortunados, pero también encontrará su lugar en el mundo. ¿Podrá Clara enfrentarse a los prejuicios para alcanzar sus anhelos y sueños? Esta novela transporta a otra época y mantiene al lector expectante ante cada sorpresa que el destino tiene preparado para su heroína.
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Seitenzahl: 395
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Fournery Tressens, María Carolina
Contra la corriente de aguas mansas / María Carolina Fournery Tressens. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
328 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-975-2
1. Novelas Románticas. 2. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Fournery Tressens, María Carolina
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Contra la corriente de aguas mansas
Prólogo
Las cosas se transforman y se reinventan. Mudan sus pieles y dejan atrás aquella fina cubierta para dejar relucir la nueva. El silbato, que anuncia la llegada de mi tren a la estación de Tigre, interrumpe mis pensamientos.
—¡Señora Clara! ¿Cómo le va? —me saluda el muchacho de la oficina inmobiliaria mientras camino por el andén dos.
Un hombre alto, con cabello rubio y mejillas encendidas. Miro sus ojos grises y profundos, de un tono indefinido, como a veces se ponían los de él en días nublados. Cuánto lo extraño y aún más en aquel lugar que me transporta tantos años atrás.
—Su sobrina me ha enviado para acompañarla —me dice como si quisiera explicarme quién es.
En aquel instante, me doy cuenta de que no le he contestado y me he quedado perdida en mis pensamientos. Últimamente es muy habitual. José y mis nietas lo han notado y hasta me obligaron a consultar a un especialista, temerosos de que tuviese Alzheimer. Pero yo sé que no es una enfermedad. Desde su partida la primavera pasada, una parte de mí se ha ido con él y aquellos momentos de ausencia simplemente son los que comparto con mi amor, en la perfecta intimidad de mi mente.
—Es muy amable, muchacho, a mi edad es bueno estar bien acompañada —le digo para animarlo, pues su cara de preocupación hasta me da pena.
—Espero que la visita le resulte grata, su sobrina me ha dado una idea de cuál es la zona que a usted le interesa. Tengo entendido que ha vivido antiguamente en la isla.
—Sí, un tiempo antes de la gran inundación.
—Bueno, déjeme decirle que la región ha cambiado mucho desde entonces, ya lo verá usted misma.
Dicho esto, caminamos a paso vivo hacia la estación fluvial. Allí nos espera otro muchacho más joven. Tiene una moderna lancha con un motor fuera de borda inmenso. Nada queda ya de las viejas lanchas que usábamos. Y ni hablar de los botes a vapor. Me siento cómodamente en una butaca cubierta con cuero sintético.
Comienza a navegar aquel aparato monstruoso y todo a una velocidad impresionante. Al cabo de unos minutos, ya estamos en la boca del río Sarmiento.
Observo a mi alrededor y el paisaje me es familiar, como quien recuerda una fotografía, pero lo que veo no se parece demasiado a mis recuerdos. Hay muchas casas que en aquella época no existían. Los muelles pintorescos se suceden unos tras otros y detrás de ellos, las típicas cabañas de madera elevadas en robustas plataformas.
Luego de navegar un poco, las casas empiezan a estar más espaciadas. Se alternan con frondosos montes en el medio. Hasta que recuerdo un lugar. Allí, casi escondida pero inconfundible, estaba la entrada al arroyo Abra Vieja. No sé si seguirá llamándose igual, pero la forma de la curva me es muy familiar.
Le pido al muchacho que reduzca la velocidad y, luego de unos minutos, creo verla. Tengo que hacer un poco de esfuerzo para reconocer el lugar. Si bien el viejo muelle está destruido y de la glorieta quedan apenas toscas bases de piedra, al fondo, entre bastante maleza, puedo divisar lo que había sido una casa magnífica. Tengo que verla de cerca, así que pido bajar allí mismo. El muelle, aunque derruido, parece resistente, por lo que podemos bajar. Me ayuda el muchacho. Todavía conservo algo de la agilidad de mi juventud. A la derecha observo el cartel “inmobiliaria vende”. Camino hacia la casa y, al verla de cerca, la reconozco de inmediato. En mi mente quizás la recordaba más grande, pero es posible que tanta maleza a su alrededor le otorgue una apariencia más pequeña.
—¿Esta es la casa que estaba buscando?
—Sí, esta era. Se ve un poco diferente —le digo mientras toco los palos de la plataforma.
—La naturaleza es caprichosa por esta zona y en tantos años va modificando el paisaje.
—Sí, eso veo. —Miro hacia atrás de la casa. Donde hace tantos años había una hermosa plantación de naranjos, hoy hay un monte impenetrable. Agudizo la vista en busca de alguna flor de azahar, pero es inútil, ya no existen allí.
—Me gustaría acercarme a aquella zona —le digo a mi guía señalando la parte trasera de la casa.
—Será un poco difícil, señora, pero vamos por este lado, al parecer ha habido un sendero en algún momento.
Emprendemos la travesía hasta que llegamos a lo que fue el fondo de la casa. Diviso la galería de la cocina, ¡cuántos recuerdos! Me dispongo a subir la precaria escalera.
—Señora Clara, no creo que sea seguro, esto lleva mucho tiempo sin mantenimiento. —Me detiene el muchacho.
—Usted me sujetará si pasa algo. —Le sonrío y me suelto de su mano.
Subo los peldaños rotos con mucho cuidado. Al llegar arriba, me sobrecoge el cambio de paisaje. Trato de mirar a conciencia y encontrar algo de lo que había sido aquel lugar. Me resulta muy difícil, pero, de repente, diviso a lo lejos un árbol que sobresale de todo el matorral. Es en extremo alto y aparenta ser tan viejo como yo. Miro la forma, las hojas, el color, casi no me quedan dudas, es él, mi querido nogal. Sin dudas, el pequeño arroyo se encuentra allí. —Sonrío.
—Sé que a mi edad embarcarme en un proyecto como este no tiene demasiado sentido —le digo al muchacho con la vista perdida a lo lejos—, pero tampoco es que tenga mucho más que hacer, querido.
El muchacho mira a su alrededor y luego vuelve a verme. Debe estar pensando que la vieja loca está soñando otra vez.
Y yo realmente estoy soñando y mi mente se traslada a tantos años atrás…
Capítulo 1
El equipaje era tan abultado que tuvimos que hacer uso de nuestro coche y del de mi tía para llegar al aeródromo de Nueva York. Mi madre insistió en que fuéramos los cuatro en el nuestro y que utilizáramos el de mi tía solo para las maletas, pero yo hice uso de mi expresión más triste para que me dejaran ir a solas con mi tía y así poder disfrutar de su compañía.
Era un día soleado y corría una brisa agradable que penetraba por la rendija de la ventanilla del coche. La misma por la que también penetraba el enorme bullicio de coches. Sentí el aroma de aquella ciudad por última vez.
En la parte más austral del continente americano, en un país llamado Argentina, se encontraba la ciudad de Buenos Aires. Para entonces, ya me había informado de lo necesario sobre mi futuro hogar.
Sabía que en aquella parte del país el clima era totalmente impredecible en cualquier época del año y las costumbres eran muy distintas a las de Estados Unidos. Claro que eso no me asustaba. A mis veintidós años ya me había mudado de país, al menos, unas once veces. Gracias a que mi padre era ingeniero, gerente y socio de una empresa ítalo-suiza de energía eléctrica, rubro que en aquella época se encontraba aún en expansión, las mudanzas fueron la moneda corriente en mi vida.
Mi padre era italiano de la Toscana y mi madre había nacido en Norteamérica, en Filadelfia, pero mis abuelos eran británicos, por lo que yo era una auténtica americana de raíces europeas.
Pero este destino, en aquel lugar tan lejano, era distinto. Esta vez el traslado parecía permanente y el proyecto allí, bastante ambicioso según había dicho mi padre. Él poco hablaba de sus funciones en la compañía, tanto así, que yo nunca supe bien en qué consistían. Simplemente le comunicaba a mi madre cuándo debíamos partir y por cuánto tiempo. Y así, sin muchos cuestionamientos, funcionaba nuestra familia nómada.
—Tía, te echaré mucho de menos estos meses. Es una pena que no pudieras organizar tus asuntos antes. —Moría de pena de tener que separarme de ella.
La tía Francesca, a pesar de poseer una belleza envidiable, jamás se había casado y siempre había formado parte de nuestro pequeño núcleo familiar más íntimo. Las razones de su soltería seguían siendo un misterio para mí y suponía que un secreto entre mis padres y ella.
—Clara —me dijo tomándome la mano—, en unos meses podré resolver todos mis asuntos aquí y estaremos juntas de nuevo. El tiempo pasará rápido.
Lo que mi tía Francis no sabía era que mi tristeza no se debía solo a su ausencia temporal. Dejar Nueva York me rompía el corazón, pues allí también vivía Thomas. Sí, a mis veintidós años y en edad de merecer, ya había conocido los enredos del amor de juventud. Luego de algunos besos robados a escondidas y otros no tanto, Thomas había decidido que “lejos” era demasiada distancia para continuar una relación, así que arribaría a Buenos Aires prácticamente sola y con el corazón roto.
—Lo sé, tía, es solo que cada vez que parece que mis proyectos se van a concretar, nos toca mudarnos “por el bien y el crecimiento de la familia” —le dije a mi tía en tono burlón imitando la voz de mamá.
—Nada te impide ser maestra en Buenos Aires —me dijo con tono alentador—, es una ciudad grande y pujante, seguro encontrarás una plaza muy pronto. Tú tienes la ventaja de saber muchos idiomas y hablas español a la perfección, no tendrás problemas para encajar.
—Eso espero —le respondí algo desanimada, ya que mi nuevo destino no me entusiasmaba para nada.
El país quedaba tan lejos que el vuelo tenía ocho tramos. Partiendo desde Nueva York, hicimos escala en Miami, Santiago de Cuba, Puerto España, Fortaleza, Bahía, Río de Janeiro, Porto Alegre, Montevideo y, finalmente, Buenos Aires. La travesía completa duró nueve días y pasamos una noche más en Río de Janeiro para descansar y abastecernos de algunas cosas que no conseguiríamos en Buenos Aires.
Después de la Gran Guerra, volar se había vuelto algo cotidiano en mi familia. Resultaba algo temible al principio, pero mi padre estaba obsesionado con el progreso y la modernidad, por lo que dejamos atrás las travesías lujosas en barcos por las aventuras aéreas.
El último vuelo hacia Buenos Aires lo realizamos en un hidroavión, una maravilla de máquina que realizó un aterrizaje imponente en medio de un río enorme color marrón, que, al reflejo del sol, parecía de color plata.
Frente a todos los malos augurios, el clima estaba con un sol radiante, que, a pesar del aire fresco, hacía la temperatura algo agradable. Era pleno junio y, aunque el invierno no era tan crudo como en Nueva York, la humedad casi constante y los vientos que llegaban del Atlántico hacían la temperatura muy variable.
Llegamos a la casa que habíamos rentado luego de un camino que, si bien me resultó eterno, también me sorprendió bastante.
Después de un desvío, a causa de la construcción de un obelisco en la calle principal, la primera impresión me dejó perpleja. La vista desde aquella calzada adoquinada daba a deslumbrantes casonas estilo “Petit Hotel” que se sucedían casi una tras otra; tenía más de ciudad europea que de americana. Esperaba encontrar algo más similar a Brasil o Cuba, pero, en cambio, sus fachadas me recordaban a algunas calles de Madrid; otras, un poco a París y, de repente, algunas que no encajaban en el conjunto. El estilo resultaba bastante logrado y embellecido por grandes extensiones de parque prolijamente diagramadas.
Ya más cerca de la casa, paralelo a las vías del tren, se apreciaba una barranca y, subiendo por un lateral, llegamos al barrio de Belgrano. Con casas algo menos ostentosas, pero igual de pintorescas.
—Valentino querido, ¿cuán definitiva es la renta de la casa? —preguntó mi madre con interés al ver la fachada.
Mamá tenía una forma muy peculiar de ser, era extrovertida, distante y frívola para el resto de los mortales, excepto para mi padre, con quien era cálida y en extremo demostrativa. Cuando estaba de buen humor, solía contarme de la época en la que lo conoció, cómo se enamoró perdidamente de él y los problemas que tuvieron que atravesar para casarse.
Él venía de una familia de comerciantes de Estados Unidos. Les había ido bien durante la Gran Guerra, provenían de Italia, de donde habían tenido que huir por causas políticas y habían acumulado una gran fortuna en su nuevo hogar. Ella, por otro lado, venía de una familia noble inglesa venida a menos. Su ascendencia noble era por su madre, mi abuela Margaret, hija de un vizconde, que, al ser cuarta hija mujer de un noble arruinado, había recibido como única dote abundante soberbia y pretensiones. El título y los bienes pasaban a manos del heredero varón más cercano, en este caso, un primo, al que no había podido pescar. Y por si las diferencias no eran suficientes, mi madre era protestante y mi padre católico.
—Nos instalaremos aquí cuatro meses hasta que adquiera alguna que suponga un buen negocio. —Estas palabras de mi padre frustraban toda esperanza de que nuestra estadía no sea definitiva. —Pero —continuó luego de una pausa donde mi corazón comenzó a latir—, si la casa que renté nos gusta, quizás pueda hacerle una oferta inmejorable al dueño.
La casa era imponente a simple vista. La gran reja negra, adornada de diferentes engarces con un escudo de leones en el portón principal, le daba aspecto de fachada palaciega.
Por detrás de esa reja había un pequeño jardín muy bien cuidado con un camino de piedra en extremo prolijo que dirigía hacia la puerta principal. Esta se encontraba franqueada por dos columnas de mármol estilo griego a cada lado. Un gusto algo exótico para el tamaño de la casona, pero que no dejaba de marcar cierto estilo en el conjunto.
Desde el frente se veían dos plantas principales con una tercera hilera de ventanas que se asomaban por el techo de tejas negras.
A cada lado de la puerta principal había grandes ventanales y hacia arriba se asomaba un balcón de barandas blancas, del mismo mármol que las columnas.
Nos abrió la puerta la administradora de la casa, que muy amablemente se ofreció a ayudarnos hasta que consiguiéramos personal. Una mujer de unos cincuenta y tantos años, que tenía una tez trigueña y ojos verdes muy grandes.
—Buenos días, señores, sean bienvenidos; el dueño de la casa me ha indicado que es posible que necesiten mi ayuda hasta que consigan personal.
—Gracias, es usted muy amable —dijo mi padre—, solo le pediré si junto con Alberto son tan amables de ayudarnos con el equipaje de mano, nos gustaría instalar lo necesario y descansar.
—De inmediato —dijo la mujer mientras se retiraba rápidamente hacia el coche para iniciar la labor.
Ingresamos a un recibidor que continuaba con una gran escalera en el medio. Hacia la derecha se vislumbraba una sala de estar muy amplia y hacia la izquierda, una puerta de madera oscura franqueaba la entrada de lo que sería el escritorio y estudio de mi padre. La casa contaba con cinco habitaciones en la planta alta, cada una con su respectivo cuarto de baño. En el tercer piso estaba el desván y dos habitaciones para el servicio. En mi opinión, un desperdicio de casa, ya que solo viviríamos tres personas ahí.
—Espero que la casa les quede cómoda, pueden recorrerla —dijo papá entusiasmado—. Y tú, Clara, puedes elegir el cuarto que más te guste.
—Creo que Clara preferirá el cuarto del lado este, que tiene mejor iluminación por la mañana —decretó mi madre mirando a papá con aires resentidos.
—Estaré bien en cualquiera, todos deben ser muy bonitos —dije con la mejor sonrisa que pude para aplacar el momento incómodo generado por mi madre.
No sé si fue el hecho de ser única hija, pero mi madre siempre sintió algún tipo de recelo hacia mí por la atención o el cariño de mi padre. Yo, en cambio, siempre me limité a obedecer sin darle demasiadas quejas y me refugié en los brazos y en la confianza de mi tía Francesca.
—Valentino, ¿cuándo entrevistarás al personal para la casa? —Quiso saber mamá.
—Esta misma tarde, querida, vendrá una cocinera, dos muchachas para el aseo de la casa y un muchacho que ayudará con las tareas pesadas. Son personas recomendadas —comentó desde el escritorio mientras desenfundaba algunos documentos sobre la mesa—. Querida, me he tomado la libertad de contratar al chofer, Alberto, que fue quien nos trajo.
—Espero que no sea como el que contrataste en Cuba —dijo mamá pasmada—. El pobre hombre no podía desprenderse de las botellas de ron.
—Si me disculpan, me gustaría retirarme a mi habitación. —Solo recibí un gesto de asentimiento de ambos, suficiente para irme.
Subí las escaleras y, como había dicho mamá, la luz que se filtraba por las ventanas de la habitación del lado este era muy buena. Mi equipaje estaba sobre la cama y la mujer estaba sacando los vestidos y acomodándolos en un gran ropero de madera. Me miré en un espejo y me devolvió la misma imagen de siempre.
No me consideraba una persona fea en lo absoluto, pero mis facciones carecían de algún atributo extraordinario o algo que me caracterizara especialmente. Mi cabello era castaño claro y muy abundante, tanto así, que mi única oportunidad de no parecer un hongo era llevarlo siempre largo y recogido. Mis ojos castaños de un tono parecido al de mi cabello, rodeados ahora por unas ojeras enormes, no me parecían tan interesantes como los ojos azul cielo de mi tía Francesca.
De niña, no recuerdo exactamente cuándo, descubrí que era buena para algunos deportes, como el remo o la natación. Pero, al crecer, mis ciento sesenta y dos centímetros no fueron alentadores para convertirme en una figura deportiva. De modo que me veía como una muchacha menuda y algo pequeña, casi una niña a los ojos de muchos.
—Señorita Clara, ya está preparado el baño si desea refrescarse antes de acostarse a descansar. Si no me necesita más, me retiro a ayudar a sus padres.
—Vaya sin cuidado, muchas gracias.
El agua resultaba muy reconfortante después de tanto tiempo de viaje. Me relajé mientras el agua caliente entibiaba mi cuerpo entumecido. Pensé nuevamente en mi rostro que no tenía nada de extraordinario, mi nariz recta y la forma de mis ojos le conferían un aspecto formal, sí, esa era la palabra: formal. Mi boca más bien fina no decía mucho, pero sabía dar besos y recibirlos. Y de inmediato me transporté a aquel parque en Nueva York. Aquellos paseos con Thomas, entre los árboles más frondosos, escondiéndonos de ojos curiosos.
El primer beso que nos dimos contra el tronco de un álamo fue muy tierno. Sentí muchas cosas a la vez, cosquillas en el estómago, el pulso acelerado y que mis piernas se aflojaban aquel día. Llegué a pensar que nada podía ser más maravilloso que eso, hasta que, en otra oportunidad, escondidos detrás de los muros de una fiesta aburrida, los besos se volvieron más apasionados y las manos hábiles de Thomas comenzaron a descender por mi pecho y hacia la parte baja de mi vientre, justo en el medio, la sensación fue fascinante y totalmente nueva para mí.
Sin detenerme a pensar demasiado, dirigí mi mano hacia aquel lugar donde Thomas había explorado en esa ocasión mientras pensaba en él.
En aquella época estaba convencida de que Thomas me pediría tarde o temprano matrimonio. Al enterarnos de que yo debía mudarme por tiempo indeterminado, se puso raro y algo distante. Un mes antes de la fecha de mi partida decidió darme un lindo beso de despedida y decirme que el destino nos había separado. Thomas debía terminar su carrera en Harvard para ser el ilustre abogado que su familia esperaba y yo debía partir con mi familia hacia este país tan lejano.
Salí de repente de mi ensoñación. Ya habían sido suficientes decepciones por un día. Me sequé, me coloqué la ropa de dormir y caí en la enorme cama con respaldo de bronce. De inmediato y pensando en aquellos besos, me quedé profundamente dormida.
Capítulo 2
Esas semanas incluyeron todo el fastidio que implicaba acomodar nuestras cosas en la nueva casa. Espaciosa por demás. Otra cuestión fue acondicionar mi guardarropa, que, según mamá, debía ser de lo mejor para impresionar a la tradicional sociedad porteña.
La mañana siguiente de nuestra llegada, la casa se pobló de empleados. La primera en presentarse fue la cocinera Jacinta. Una señora de aspecto amable, con cabello negro muy espeso. Su recomendación fue particular, ya que la señora, al parecer, era famosa por las exquisiteces que cocinaba, las cuales había aprendido trabajando de lavaplatos en una casona de una familia muy popular de Buenos Aires.
Llegaron luego María y Dorotea, dos hermanas jóvenes, cuyos padres eran italianos. Ellas habían sido recomendadas por un socio de mi papá. Las señoritas eran muy correctas y muy calladas. Pese a la mirada de desconfianza que mi madre les lanzaba, debido seguro a su belleza juvenil, las dos comenzaron aquel mismo día.
El muchacho encargado de ayudarlas era José, tenía alrededor de dieciséis años y era primo de las muchachas. Era alto y atlético, algo flacucho quizás debido a la edad, pero muy bien predispuesto.
Congenié con los tres enseguida, e indagando, descubrí que todos había completado la escuela primaria, pero ninguno había terminado los estudios secundarios. Aquello me alentó un poco a que organizáramos momentos de estudio para continuar cultivándolos, quizás con algunos clásicos literarios.
—No creas que son tus muñecos para que juegues a la maestra con ellos, querida —dijo mi madre un día en el desayuno cuando los muchachos se habían retirado.
—No es un juego, mamá, soy maestra y me siento responsable por la educación de cualquier persona. Además, lo hacemos fuera del horario de sus quehaceres —objeté.
—Ya sabes a qué me refiero. —Me miró de repente a los ojos—. Te pasas todo el día aquí encerrada y tu único contacto con personas es con ellos.
—Es que aún no siento deseos de salir y conocer gente nueva.
—No es algo opcional —explicó mi madre con cansancio—. Tu padre necesita de nosotras y requiere tener buenas conexiones con las familias influyentes. Es una época difícil para este país y los permisos que se necesitan para que la compañía pueda invertir aquí no se consiguen fácilmente.
—Entiendo, mamá —le respondí fríamente sabiendo a qué se refería exactamente: tendría que hacerme de amigos de aquel círculo y, en lo posible, conseguir un pretendiente también.
La casa comenzó a tomar un ritmo rutinario y mi madre estableció salidas obligatorias para recorrer la ciudad. A quince días de nuestra llegada, el cartero trajo la primera noticia de mi tía Francis, lo que, a pesar de no decir nada trascendental, como, por ejemplo, la fecha de su llegada, me alegró el alma.
Me dediqué a contestarle minuciosamente y le conté todos los detalles de mis primeras dos semanas en Buenos Aires. Sin mencionar qua la mayor parte del tiempo me la pasé en mi casa ordenando mi biblioteca.
Le describí lugares bellísimos que habíamos visitado, como los bosques de Palermo, donde todos iban de paseo durante las tardes frescas.
Había descubierto que del lado norte de la ciudad había parques y espacios verdes. Muchos con árboles que se notaban recién plantados con un acabado muy prolijo.
En el centro, sobre la famosa Avenida de Mayo, había varios cafés muy conocidos. A los porteños les gustaba sentarse en pequeñas mesas, dispuestas en la vereda a beber café y a mirar la gente pasar, cosa que me recordaba mucho a los bares parisinos.
También nos encargamos con mamá de mi guardarropa. La moda en Buenos Aires contrastaba totalmente con el clima y nada era “cómodo” para el tiempo de esos meses donde amanecía casi helado y durante las primeras horas de la tarde había un sol cálido que a veces obligaba a sacarte el abrigo.
En una de nuestras excursiones de compras, fuimos a las tiendas Harrods, en la calle florida. Nos surtimos de todo tipo de sombreros, accesorios, faldas, blusas y vestidos. Fue una tarde memorable para nosotras. No tanto así para la billetera de mi padre, pero, según mi madre, era estrictamente necesario. Lo único que faltaba era un lugar donde estrenar todo aquello y, al parecer, la ocasión se acercaba.
Capítulo 3
Buenos Aires
24 de Julio de 1936
Querida tía Francis:
Hace dos días cumplí veintitrés años. Gracias a mi insistencia de no festejar, mamá organizó una celebración escueta donde estábamos nosotros tres y los Uribe. Una familia conocida, de la cual me he hecho amiga de sus dos hijas: Juana y Emilia. Son un poco más jóvenes que yo y, aunque de lo único que conversan es de los apuestos jóvenes solteros de la ciudad, me entretienen y el tiempo se hace más ameno en su compañía.
Fue un cumpleaños extraño, en una casa que aún me resulta ajena. Lejos de mi ciudad querida, mis amigas, de Thomas y, sobre todo, lejos de ti.
No te imaginas cuánto te extraño, esta ciudad me resulta todavía extraña, tan distinta a Nueva York… Ya hace más de un mes que llegamos y mis padres insisten en que debo salir más. Mis nuevas amigas me animan bastante. Dicen que voy a ser la sensación porque soy estadounidense y muy bella, opinión que no comparto. Ya sabes como soy.
Creo que pronto deberé asistir a alguna reunión, pues las excusas se me han agotado.
El clima aquí sigue siendo una sorpresa cada mañana. Hay días de un sol radiante que hacen muy agradable la temperatura y días en los que el viento helado te hiela el cuerpo. Pensándolo un poco, llegué a la conclusión de que es la segunda vez en el año que veré el comienzo de la primavera. Si lo veo así, hasta podría ser una ventaja, con lo mucho que me gustan las plantas.
Ya debo terminar esta carta, hoy es sábado y papá quiere que conozcamos un lugar fuera de la ciudad, un poco hacia el norte, llamado Tigre. Lo curioso es que si buscas en alguna enciclopedia, “Tigre”, encontrarás mucha información del felino, pero ninguna de dicho lugar, ya que su nombre verdadero es “Las Conchas” el cual parece no agradar por aquí.
Papá ama el remo y, según le comentaron, es un centro de canotaje muy importante en esta región.
Como verás, al final no todo es sacrificio por estas tierras; si corro con suerte, quizás mamá me deje remar a mí también.
Te extraño y quiero enormemente.
Con todo mi afecto.
Clara
Terminé de escribir y coloqué la carta en un sobre lista para enviar. Ese año el servicio postal aéreo se había reactivado luego de que cesara algunos años atrás durante la gran depresión. Supuse que la carta no debería tardar demasiado en llegar, o, por lo menos, no tanto para que llegara después que ella se nos uniera en Buenos Aires.
Ese día conocí el Delta. La costa de un río que se abría en numerosas calles de agua donde se formaban grandes islas con abundante vegetación de apariencia salvaje.
Asistimos en esa primera oportunidad al club del Tigre. El edificio constaba de dos plantas y una terraza franqueada por columnas, pilares y arcos adornados con motivos ornamentales de palmeras, guirnaldas de flores y hojas de laurel. Las esquinas del edificio se completaban por dos torres salientes desde el primer piso, que remataban en una gran cúpula. Como toda construcción de estilo francés, el interior estaba decorado con numerosas pinturas y obras de arte. Este lugar hacia las veces de club social deportivo y casino. Podría decirse que fue mi primer evento social.
Al llegar, quedé extasiada por la vista y el aire fresco que se respiraba en la terraza. A pesar del color ocre del agua, ésta parecía refrescante, tanto así que, de no ser por el abundante público, me habría tirado a nadar allí mismo. Claramente hubiese sido un espectáculo digno de mi presentación en sociedad.
Religiosamente a las cinco de la tarde, costumbre británica que por alguna razón los porteños habían adquirido, nos dispusimos en la terraza a comer masas y tomar el té. Junto a nosotros se sentó el matrimonio Uribe con sus hijas y Jorge Benón, un terrateniente que tenía algunos aserraderos en el Tigre.
—Señor Bersi. Don Uribe me ha dicho que está muy interesado en estos parajes y discúlpeme el atrevimiento, pero ¿es solo por su afición al remo? —le preguntó el señor Benón.
—Por un lado, mi empresa desea ampliar la red eléctrica en las islas del delta. Para ello, requiero hacer un análisis del lugar y de los pobladores para ver su viabilidad. Quizás también conseguir algunos contactos con los legisladores locales.
—Ya veo —respondió pensativo Benón—. Creo que sé quién puede ayudarle con ese asunto, don Bersi.
—Lo escucho con atención —respondió mi padre con una sonrisa y agregó—: Con la expansión de la luz eléctrica en estas zonas, lo único que hará falta es el agua potable, eso hará elevar los precios de las tierras. Será también una buena inversión.
—Claro, siempre y cuando pueda lidiar con la gente de las islas y con el río, que a veces hace de las suyas.
Se hizo un silencio en el cual todos parecían reflexionar. Hasta que el señor Benón pareció acordarse de algo.
—Don Bersi, la persona en cuestión de la que le he hablado se encuentra hoy en el club, podría presentárselo ahora mismo.
—Estaría encantado siempre y cuando me explique antes de qué se trata y por qué podría serme de utilidad.
—El señor que Don Benón le quiere presentar —interrumpió don Uribe— es un poblador de la zona. Un inmigrante italiano que ha sabido explotar un pequeño capital traído de su tierra natal hace ya más de treinta años. Al final, ha logrado ser uno de los principales productores frutícolas de la zona.
—Qué interesante —contestó mi padre y, dirigiendo la vista hacia Benón que se encontraba del otro lado, dijo:— Usted puede darme más detalles.
—Como dijo don Uribe, el señor en cuestión llegó hace cosa de treinta años, cuando apenas era un muchacho de diecisiete. Llegó con una esposa, un par de años mayor que él. Sin padres, ni hermanos, ni tíos. Y, a diferencia de la mayoría de los inmigrantes que llegaban con las manos vacías, este muchacho tan joven trajo un pequeño capital y, como todos vimos después, un objetivo bien claro. En aquella época aún había terrenos fiscales por estas zonas, que simplemente podían ser ocupados con la condición de que se trabajen. El muchacho así lo hizo y comenzó la labor él solo, en una tierra llena de maleza y muy pantanosa. Los primeros cultivos exitosos que tuvo fueron de frutales, de los mejores que se conseguían.
Rápidamente se hizo conocido entre los vendedores del puerto y a los cinco años de su llegada ya contaba con un puesto, tierras y hasta dos empleados.
—Asombroso —expresó papá entusiasmado—. Ya estoy ansioso por conocerlo.
—Con el correr de los años, el negocio fue creciendo y el señor fue comprando más tierras y dando trabajo a más familias inmigrantes como él. Hoy en día cuenta con dos grandes quintas en la segunda sección pasando el gran Paraná, donde cultiva mayormente mimbre. También varias quintas más pequeñas de frutales en la primera sección. Casi todos sus trabajadores viven en las islas, por lo que le será útil hablar con él. Además, es un hombre con contactos, usted me entiende. Sabe qué puertas debe tocar para conseguir las cosas.
—Pues no perdamos más tiempo —insistió papá al tiempo que los tres hombres se paraban para dirigirse a donde se encontraba la persona en cuestión.
—Buenas tardes, señor Assini, me gustaría presentarle al señor Bersi. —Escuché a lo lejos mientras se perdía la voz del señor Benón en el murmullo.
—Nos han dejado irremediablemente solas estos hombres. —Me distrajo mamá.
—Es un hombre bastante bien parecido. —Aventuró la señora Uribe con una mirada pícara—. Y es viudo. Verá usted que ninguna solterona porteña ha logrado engancharlo.
—Ya veo —contestó mamá—. ¿Será que el señor no se ha podido olvidar de su esposa?
—¡Qué va! Su mujer murió hace veintiséis años, cuando su hijo menor tenía apenas un año. Al principio, ninguna se lo planteaba siquiera, debido a, ya sabe, sus orígenes, pero con el paso de los años se fue transformando en un hombre muy apuesto.
—Y supongo que con suficiente dinero como para comprar un poco de clase con algún matrimonio conveniente. —Ironizó mi madre.
—Querida, aquí, en este país, la clase genuina de las familias tradicionales escasea, pues al fin y al cabo todas fueron compradas en su momento. —Rio la señora Uribe—. Claro está que aquí no ha habido nobleza nunca.
—A mí me parece un señor muy agradable —opinó Juana que, hasta entonces, había estado callada—. Suele estar acompañado de su hija mayor, Carmela, que lo que tiene de bonita también lo tiene de seria. Jamás se une a nuestras fiestas… y eso que la hemos invitado en más de una oportunidad. Siempre dice que debe trabajar. Ahí anda siempre rodeada de hombres y hablando de negocios.
—Ella aspira a heredar el mando del negocio familiar, querida —le contestó su madre—. Tiene que mantener un perfil fuerte, imagínate una mujer dirigiendo un negocio de ese estilo, ¡válgame Dios!
El comentario me hizo salir de mi estado de letargia.
—No veo por qué una mujer tiene que mantener un perfil determinado para heredar aquello que le corresponde o trabajar de lo que quiera —alegué—, no estamos en el siglo pasado.
—Eso es relativo en este país y, sobre todo, si aspiras a encajar en algún buen círculo —sentenció la señora Uribe con aires mandones.
Se hizo un silencio incómodo y mi madre, como siempre, cambió de tema a uno más banal para apaciguar el ambiente tenso. Ella era experta en eso y más aun sabiendo lo obstinada y desagradable que podía llegar a ser yo en una discusión feminista.
El día transcurrió con la tranquilidad que prometía. Después de entablar buenas relaciones con el señor Assini, todos los hombres se dispusieron a organizar una carrera de remo, de la que, para orgullo de mi madre, el ganador resultó papá. Y por supuesto no me dejaron remar, ya que, con toda la gente conocida de alta sociedad, yo no iba a ponerme a remar entre todos los hombres. Tendría que esperar un poco de privacidad para tal empresa.
Capítulo 4
Fui a varios eventos sociales ese mes obligada por mamá y por Juana, que demostraban un entusiasmo, a mi parecer, excesivo por la sociedad porteña. Las reuniones, que se llevaban a cabo en las residencias de la calle Alvear, eran todo un proceso teatral, donde cada quien representaba un papel a la perfección.
El primer evento formal al que asistimos fue en un bello palacete sobre la calle Cerrito esquina con Quintana. Tenía una entrada imponente que se continuaba con un recibidor igual de lujoso. A cada paso que daba, notaba los detalles que dejaban a relucir cuánto gustaba el estilo francés a los porteños.
Al entrar, los anfitriones nos recibieron con un pomposo saludo en inglés. Más tarde, al comprobar algo asombrados que hablábamos español, todo el ceremonial fue más relajado.
Subimos unas escaleras de mármol tan lustrosas que podía reflejarme en ellas. Miré disimuladamente en un espejo para comprobar que mi aspecto era decente. No quería dar una primera impresión de extranjera excéntrica a la coqueta sociedad porteña, por lo que mi atuendo era más modesto que otra cosa.
Tanto las niñas como sus madres vestían a la moda, con largos vestidos de colores vivos que daban un aspecto algo lánguido y refinado.
La moda indicaba que el cabello debía llevarse corto, a lo que me negaba rotundamente. Por lo que aquel día lo llevaba prolijamente recogido en un moño alto. O más bien, lo más prolijo que mi pelo dejaba peinarse.
Esa noche me había puesto un vestido color crema por debajo de las rodillas con detalles en azul marino que contrastaban a la perfección. Mamá jamás habría permitido que llevara algo fuera de moda. Los zapatos, siempre bajos debido a mi dolor de pies, eran de la combinación de los dos colores.
Todo relucía a la perfección aquella noche. A pesar de eso, yo prefería mil veces estar en casa con algún buen libro y no entablando conversaciones banales con gente de la que no recordaba ni el nombre.
Llegó la hora de la cena y todos entraron encantados a degustar los platos. La comida estaba deliciosa, lo cual mejoró mi humor notablemente. Ignorando la mirada reprobatoria de mi madre, probé cada uno de los platos. Por suerte nunca tuve que preocuparme por la figura, siempre fui menuda y algo desgarbada, cosa que la práctica de remo ayudó a mejorar. El tener un padre campeón en canotaje y al no tener hermanos varones me hizo asumir mi parte de la herencia y practicarlo con él.
La verdad es que era bastante buena. La envidia de muchos hombres. Pero mamá consideraba que era poco femenino y mi corta estatura no ayudaba, por lo que la actividad se limitó a prácticas con mi padre a solas lejos de las miradas de los demás.
Esa noche, como Juana había predicho, fui la sensación del lugar. Tuve cuatro invitaciones diferentes a bailar. Los cuatro muchachos, apuestos, aunque algo pedantes, tenían buena destreza con el baile y una conversación amena.
En algún momento de la noche se formó un grupo entre chicas y jóvenes, entre los que estábamos Juana y yo. Todos conversábamos animadamente. Uno de ellos, un muchacho con cabello moreno de complexión musculosa, se me pegó toda la noche y hasta me invitó a que diéramos un paseo por los lagos algún día. Su nombre era Miguel Mendizábal Uriarte, que, si bien era muy simpático, no era mi tipo en lo absoluto.
En aquel momento intenté balbucear una excusa, pero nada se me vino a la mente, por lo que terminé aceptando resignada. Ya se me ocurriría algo más adelante para escabullirme del compromiso.
Juana, por su lado, conversaba con otro muchacho amigo de Miguel, Francisco Galvante. Un joven algo más bajo, de aspecto serio, pero con mirada muy seductora. Tanto que parecía que Juana se derretía ante sus ojos. Miguel, en cambio, era alto, corpulento, de tez muy clara y cabello negro prolijamente peinado con raya al costado. Tenía ojos almendrados y hoyuelos en las mejillas, dándole un aspecto aniñado de querubín, que contrastaba con su enorme figura.
—Es increíble que hable tan bien tantos idiomas, Clara —me dijo con expresión de asombro Miguel.
—Los aprendí más por una necesidad que por verdadero interés —respondí tratando de quitarle importancia al hecho. —Y el español lo hablo de pequeña, casi como mi lengua materna.
—Es usted fascinante, de niño he viajado con mis padres en dos oportunidades a Europa, un lugar increíble en el que podría vivir. —Siguió parloteando.
—Europa es impactante, también he vivido en muchos lugares de América y, créame, todas tienen su encanto.
—Ya lo creo, tendremos mucho tiempo en nuestros paseos para que me cuente todas esas experiencias excitantes que ha vivido. —Al escucharlo dar por sentado “nuestros paseos”, entré en pánico.
No era que Miguel fuera del todo desagradable, pero simplemente no me atraía y, además, no estaba lista para nada que aquel muchacho quisiera.
—¿Y está seguro de que tendrá usted tiempo para muchos paseos? —objeté con una sonrisa nerviosa.
—Usted no debe preocuparse por eso. —Se defendió utilizando un tono formal exagerado—. Si bien estoy en épocas de exámenes finales, puedo hacerme un tiempo para una compañía tan encantadora e interesante como usted.
—No me perdonaría si le fuera mal en algo por mi causa. —Intenté salirme por la tangente e ironicé con su mismo tono formal—. Quizás deberíamos posponerlo hasta que usted se encuentre más aliviado, y, por cierto, puede tutearme con tranquilidad.
—Quizás no he sopesado que usted, que tú —se interrumpió— también podrías estar muy ocupada y me estés poniendo excusas para no ser grosera —replicó en tono exageradamente desilusionado dándome un poco de culpa.
—Debo confesar que tengo menos ocupaciones de las que me gustaría y, por el momento, no poseo muchos compromisos. Así que creo que podríamos organizar algún paseo y sería sumamente divertido si invitamos a los aquí presentes —propuse, a lo que Miguel pareció quedar conforme.
—¿Ustedes conocen el club de Tigre? —pregunté al grupo para cambiar de tema.
—Por supuesto. Uno de nuestros colegas es de aquella zona. De las islas justamente, y hemos ido en alguna ocasión estival. Un lugar muy lindo, algo salvaje y con tanta vegetación que pareciera increíble estar tan cerca de la civilización.
—Debe ser maravilloso —dije.
—Es mejor en verano. Podríamos organizar una expedición para entonces. Hablaré con Pedro, nuestro compañero, y podremos ir si todos tienen ganas —propuso Francisco.
Todos comenzaron a planificar entusiasmados los paseos y reuniones para las vacaciones.
También hablaron de un balneario, cita infaltable del mes de enero. A Mar del Plata la llamaban “La Feliz”, quién sabe por qué. Pero hacia allí acudía todo aquel que fuera importante en la ciudad. Simplemente repetían las mismas reuniones que en Buenos Aires, pero en las mansiones de la costa marítima.
Luego de ese primer encuentro, todas las semanas se repitieron las reuniones. Tomamos por costumbre con Juana unirnos al mismo grupo en cada ocasión. Cada noche alguien nuevo se nos unía y las reuniones se convirtieron en algo cotidiano para mí. Aquellas personas que me parecían lejanas al principio comenzaron a ser “amigos”. En una de las tantas reuniones se nos unió una chica nueva, hija de un empresario inglés, que era encargado de una parte de los trenes nuevos.
Aquella noche, la habitual atención que yo acaparaba de parte de Miguel pasó automáticamente a Elizabeth. Para mí fue un gran alivio y la muchacha parecía disfrutar mucho de los halagos. No pude evitar una sonrisa maliciosa al escuchar cómo Miguel en un inglés algo tórpido la invitaba a dar un paseo por Palermo.
Pasaron las semanas hasta que llegó septiembre, y, con él, un calor abrasador impropio para la época. Fue la primera vez que sentía el bochorno estival de Buenos Aires. Con la humedad pesada que me erizaba el cabello y lo volvía indomable. El diario La Nación anunciaba que se avecinaba la primavera más calurosa en diez años. Los días se hacían densos y las siestas eran la peor parte.
Una tarde Papá llegó a casa. Mamá y yo permanecíamos inmóviles debajo del ventilador de la sala mientras tomábamos limonada fresca que Jacinta nos había preparado.
—Señoras, atención aquí —canturreó con un aplauso—, tengo el agrado de informarles que nos iremos una semana al Tigre.
—Qué noticia más maravillosa, querido. —Se entusiasmó mi madre—. ¡Moría de ganas de hospedarme en aquel hotel! La señora Uribe dice que es bellísimo. ¡Qué emoción! Ya comenzaré a empacar.
Papá esbozó su mejor sonrisa. —No iremos al hotel, querida. Nos han invitado a una propiedad en la isla.
—¿Una propiedad? —preguntamos mi madre y yo a coro.
—¿En la isla?, ¿no es un ambiente demasiado salvaje, cariño? —dijo mamá ya sin tanto entusiasmo—. La señora Uribe me ha dicho que es como una jungla allí adentro.
—Para nada, Mery —le contestó papá un poco ofuscado—, ¡no debes creer todo lo que esas señoras te cuentan! La mayoría son apreciaciones personales que nada tienen que ver con la realidad.
—O con la realidad que a ti te convenga, cariño —respondió mi madre mordaz, pues ella siempre tenía la última palabra.
Papá hizo como si no escuchara el comentario y, sin borrar su sonrisa del rostro, se sentó en el sillón y agregó—: ¿Recuerdas al señor Assini del Club de Tigre? —asentí con el mentón, mi madre apenas si movió la cabeza—. Pues bueno, él es dueño de varias tierras y patrón de muchos habitantes de la zona. Entre sus propiedades cuenta con una hermosa casa con todas las comodidades —aclaró mientras miraba a mamá.
–Eso ya lo veremos, cariño —interrumpió mi madre.
Papá siguió como si nada. —Yo debo internarme en la zona a inspeccionar los terrenos y la posibilidad de expansión de la zona para la luz eléctrica, así como también la posibilidad de pago por parte de los potenciales usuarios.
—Querido, ¿no era más conveniente alojarnos en el hotel mientras tú haces todas esas cosas?
—Bueno, Mary, es que mi idea original era ir a un lugar donde Clara pudiera remar tranquila y nadar sin ojos curiosos que la miren. Visto que tú no lo consientes en público.
Al escuchar las palabras de mi padre, el corazón se me llenó de alegría. No solo porque podría remar, si no por el hecho de que se haya tomado tantas molestias por aquel detalle. El entusiasmo fue general después y mamá acabó por convencerse al decirle a mi padre que llevarían la servidumbre y que invitaríamos a los Uribe.
Comencé a soñar con estar en aquel lugar salvaje y excitante. Podría leer, nadar y remar. Todas las cosas que amaba hacer sin reuniones sociales que me interrumpan. ¡Un gran éxito sin duda!
Capítulo 5
El señor Vicente Assini era dueño de una gran extensión de terrenos en el Delta del Paraná. Entre estos, su quinta de frutales ubicada en la espesura del Delta, sobre el río Sarmiento, en honor a quien había incentivado, más de medio siglo atrás, la explotación de esas tierras. La quinta estaba a pocas hectáreas de un recreo social, lugares donde los porteños aficionados a la pesca iban a ocupar su tiempo ocioso.
La ubicación de la quinta resultó estratégica para papá, ya que podía ir y venir mientras nosotras permaneceríamos a resguardo del calor insoportable. La casa principal de la quinta, según nos contó el señor Uribe, había sido una de las primeras que construyó, en la que vivió con su esposa e hijos cuando estos eran aún pequeños.
Llegamos cerca del mediodía a la estación fluvial. El lugar era una especie de amarra de la cual salían embarcaciones a motor y algunos viejos barcos a vapor que todavía funcionaban. Abordamos con cuidado la lancha que nos llevaría al destino final. Con Juana y Emilia nos sentamos en la parte de atrás para poder ver mejor el paisaje, mientras mi mamá y la señora Uribe se sentaban adelante para ir más resguardadas del viento.
A unos metros de nosotros, un muchacho que embarcaba solo en un pequeño bote despertó mi interés. No sé qué fue exactamente. Qué detalle de su aspecto o en sus gestos hizo que le prestara especial atención. Era alto, delgado y con la tez dorada de quien pasa mucho tiempo al sol. El cabello era rubio, lo llevaba prolijamente peinado de costado, bastante convencional. Pude divisar sus ojos que resaltaban con el reflejo de sol. El color no se definía entre el verde y el celeste, según como le diera la luz. Llamaban mi atención. De repente, esos ojos se posaron en los míos, tardé unos segundos en reaccionar y mirar rápidamente hacia otro lado. Ya era tarde, el muchacho había descubierto mi desfachatez y podía ver a través del rabillo cómo su rostro se dirigía al mío, hasta que la curiosidad pudo más y volví a mirarlo. Mantuvimos ese encuentro por al menos diez segundos, pero parecieron muchos más. Yo me sentía osada y exultante por coquetear tan descaradamente con aquel chico de ojos hermosos.
El ruido del motor nos sacó a ambos del embrujo y miré hacia delante. Cuando comenzamos a movernos, volví a buscarlo, pero él ya había arrancado su pequeño bote y se había marchado.
El trayecto no fue demasiado largo. Nos adentramos en el río Sarmiento que, a diferencia de lo que yo había supuesto, era bastante ancho. Pasamos algunas casas pequeñas dispersas entre sí. Varias construidas sobre una plataforma de madera elevada, que, según explicó papá, era por la subida del nivel del agua.
—¿Pero tanto sube el agua para que sea necesario estar a esa altura? — pregunté con curiosidad.
—Ya lo verá, señorita, para estos días se esperan vientos del sudeste y las aguas suben tanto que el suelo ni se ve, a menos que esté elevado —explicó el hombre que manejaba la embarcación.
—Eso debe ser muy peligroso. ¿Dónde van los habitantes con semejante inundación? —pregunté mientras calculaba la altura del agua viendo lo despegadas que estaban las casas del suelo—. ¿Cómo subsisten durante esos tiempos?
