Coronación - Manuel José Costabal Cerda - E-Book

Coronación E-Book

Manuel José Costabal Cerda

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Beschreibung

Mientras la celestial música de Handel resuena vigorosa e inunda cada rincón gótico de la abadía, la imaginación nos traslada a otros mundos y el tiempo se detiene, porque no hay acontecimiento más importante que el que sucede bajo ese toldo donde la prosa cotidiana se convierte en mágico verso. Ninguno de los asistentes a la ceremonia, como los millones de espectadores que la siguen atentamente por televisión desde todos los rincones del mundo, pueden apreciar ese momento de tan reservada solemnidad en el rito, pero la letra de Zadok the Priest eleva los corazones y revela el sentido más ancestral de lo que está ocurriendo. Cargada de misterio y simbolismo, la coronación encarna mil años de historia y es la monarquía británica en una sola palabra.

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Seitenzahl: 224

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Coronación La monarquía británica en una sola palabra © 2022, José Manuel Cerda Costabal ISBN: 978-956-406-157-3 eISBN: 978-956-406-284-6 Primera edición: Diciembre 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.

Trayecto Editorial Editora: Andrea Hein Diseño portada y diagramación: David Cabrera Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925

Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile

El que lee dialoga con el pasado y el que escribe lo hace con el futuro

Índice

Prólogo

Conclusiones

Para saber más…

Bibliografía

Prólogo

Quién quiere prosa si puede tener poesía

Los años transcurridos han sorprendido a la humanidad entera con profundos cambios y episodios impactantes, como la pandemia del Coronavirus y la guerra en Ucrania, solo por mencionar algunos de los eventos internacionales que han marcado el devenir de nuestra convulsionada actualidad. Ya hemos experimentado algunas de sus consecuencias inmediatas, pero los efectos que todo esto tendrá en nuestra cultura en el largo plazo son difíciles de vislumbrar.

Pero en medio de todos estos acontecimientos complejos, la monarquía del Reino Unido también ha dado mucha noticia –y de toda índole– y a la vez pormenores de su historia reciente han sido revelados a millones en el mundo a través de la serie The Crown y documentales sobre la familia real.

Buena parte de la línea de sucesión al trono se contagió con Coronavirus, afectando a la Reina Isabel, su hijo Carlos y su nieto Guillermo, el joven Duque de Cambridge, con los ojos del mundo puestos en sus respectivos estados de salud y recuperación. La muerte del Príncipe Felipe (Duque de Edimburgo) en abril de 2021, el destape del escándalo a fines de ese año del hijo de la Reina Isabel, el Príncipe Andrés (Duque de York), y el Jubileo de Platino que la reina celebró este año 2022 son también eventos noticiosos de mucha relevancia y que han alimentado la atención mundial sobre la realeza británica. Pero ninguno de estos eventos ha superado el impacto mundial que suscitó la muerte de la longeva monarca el 8 de septiembre de este año. Habiendo superado un contagio de Covid-19 en febrero y con 96 años, la Reina Isabel II falleció en el Castillo de Balmoral en Escocia. Según estimaciones de la BBC, más de 5 billones de personas en todo el mundo presenciaron alguna transmisión en vivo de los funerales de Isabel II, el evento televisivo más importante de la historia y testimonio del fenómeno global que es la monarquía británica.

En su discurso del 6 de febrero para conmemorar los 70 años de su reinado, Isabel II manifestó sus deseos respecto al título que se le conceda en su momento a su nuera Camila Parker Bowles. Tras su matrimonio con Carlos, se acordó que la Duquesa de Cornwall sería considerada como «Princesa Consorte» tras la muerte de Isabel II, pero la reina manifestó en su discurso que el título que le corresponde a Camila es el de «Reina Consorte». La costumbre y legislación en Inglaterra ha determinado para las esposas de los reyes el título de «Reina Consorte» y han sido coronadas junto al monarca en una ceremonia posterior, mucho más breve y sencilla. Camila tiene ahora un lugar indiscutido en la realeza y al igual que todos los miembros de la familia de Isabel II, se le llama Alteza Real. Sin embargo, desde el 8 de septiembre es invocada como «Su Majestad la Reina Consorte», pero aunque el título de Princesa Consorte no tiene precedente reciente en la costumbre titular de Inglaterra, se utilizó empero el de «Princesa de Gales» por respeto a la venerable memoria de Diana.

En este sentido, los deseos de la reina no constituyen solo el final de un largo proceso de reconciliación entre la familia real y Camila –sindicada como una de las causantes de la crisis más significativa que ha vivido la monarquía británica en las últimas décadas–, sino que también fue un gesto importante de la soberana que se ocupó de pavimentar el camino de transición y acceso al trono.

Durante las siete décadas de reinado, Isabel presenció de todo y tuvo que sortear momentos muy complejos para su familia, el mundo y el Reino Unido. Su actitud fue guiada por la prudencia, parsimonia y cierta frialdad, dotada de un claro sentido de proyección y largo plazo, lo que ha significado un rechazo por parte de sectores que reaccionan con mayor inmediatismo y emocionalidad. La reina fue consciente de que su reinado se encontraba al final del camino y por eso tomó todas las precauciones necesarias para que no hubiera problemas tras su muerte y los destinos de la monarquía y la nación sigan por la senda de la estabilidad, la tradición y la costumbre.

Y hay pocas instituciones en el mundo tan tradicionales como la monarquía británica, que nutre su identidad y se manifiesta en el conjunto de milenarios ritos y ceremonias; la más sublime y cúspide de todas es el ordo coronationis o rito de coronación. La monarquía se ha modernizado y adaptado a los tiempos en algunos aspectos, pero el rito de coronación es tan entrañable que se ha mantenido en el tiempo con alteraciones menores. Se puede sostener que coronación es una palabra que resume a la monarquía británica.

Este ceremonial es tan distintivo y propio de Inglaterra que sus monarcas son los únicos que se coronan en toda Europa. En los sistemas monárquicos de España, las naciones escandinavas, Bélgica y Holanda, los soberanos acceden al trono con ceremonias muy austeras y desprovistas de toda sacralidad ritual, semejante al cambio de mando presidencial en las repúblicas de la actualidad. En los reinos hispánicos de la Edad Media algunos reyes fueron coronados con diversos ceremoniales, pero la práctica ritual se extinguió cuando se acordó un ascenso al trono por proclamación y juramento en las cortes.

Y es que a pesar de todos los cambios que ha experimentado la cultura occidental en los últimos siglos, el rito de coronación de Inglaterra ha resistido singularmente la modernización que han vivido otras monarquías y se ajusta celosamente a todas y cada una de las disposiciones tradicionales que definen un ceremonial que cuenta con más de mil años. Para explicarlo de otra manera, la Reina Isabel II fue coronada en 1953 y su hijo Carlos III será coronado con el mismo ritual que presenció la nobleza de Inglaterra cuando accedió al trono Ricardo Corazón de León a fines del siglo XII.

Ese rito que fascinó al mundo entero hace setenta años, volverá a generar una euforia global cuando Carlos sea coronado en la Abadía de Westminster el sábado 6 de mayo de 2023 y es que toda esa magia cautivante manifiesta el sentido histórico y teológico más profundo de la monarquía, uno abandonado por el ceremonial y protocolo de las otras monarquías europeas y que resulta del todo identitario para el Reino Unido. Como señala el personaje que encarna al Duque de Windsor en un magnífico diálogo que se reproduce en la serie The Crown: “quién quiere prosa si puedes tener poesía”.

El impactante rito no solo actualiza o hace presente la mitología de la monarquía, sino también la memoria colectiva, ese pasado compartido e identitario que, por medio de la tradición, se despliega con la mayor autenticidad que pueda alcanzar la imaginación y que se realiza en plena modernidad, aunque no tiene nada de moderno. Para la próxima coronación el mundo entero asistirá a un momento verdaderamente histórico.

El que lee, dialoga con el pasado y el que escribe, lo hace con el futuro. El rito de coronación en Inglaterra es precisamente un viaje al pasado, a los orígenes de la monarquía y todo el simbolismo que representa su sentido teológico y político; la legitimación pública del poder y la autoridad del monarca, todo esto hecho poesía.

En este párrafo se resume el contenido de este libro que comencé a redactar después de participar en muchas entrevistas sobre Isabel II y la monarquía británica en medios de comunicación nacionales e internacionales. Cabe constatar que el perenne interés sobre este tema se debe precisamente a las tradiciones, ritos y ceremonias que ha conservado esta milenaria institución y que manifiestan un vínculo identitario de una nación con su pasado. “Que la monarquía pueda asumir el rol de repositorio y representante vivo de las creencias y confianzas más sagradas del país fue solo posible cuando existió un pueblo que tenga algo de conocimiento de su propio pasado” (Strong, 365). La correlación entre tradición y educación es crucial para sostener y proyectar la identidad nacional.

Y es precisamente en el ámbito de la educación histórica y la divulgación mediática que este libro encuentra su origen y motivación. Un intercambio regular con la prensa y la docencia en cursos de extensión cultural han permitido trasladar mi trabajo académico como historiador y especialista en la Inglaterra medieval a una audiencia muy amplia y diversa. Agradecido está el autor de todas las preguntas de periodistas y estudiantes que, desde perspectivas muy heterogéneas, han nutrido este libro y orientado algunas de las temáticas abordadas.

Establecido el origen de esta obra, su naturaleza se aleja de las minucias eruditas y las complejidades académicas –por cierto muy necesarias cuando los fines son científicos– para acercar estos temas a todo público con un lenguaje lo más directo y ameno posible, sin banalizar la importancia de lo abordado. Quien busque aquí la frivolidad de una visión tabloide sobre la monarquía y la coronación, se encontrará, muy por el contrario, con un libro escrito por un académico y profesor universitario que ha ponderado el tema durante varios años.

Los siguientes capítulos ofrecerán un recorrido desde los albores de la monarquía en la Inglaterra medieval hasta el presente de la Casa de Windsor y la futura coronación, un rito que no puede apreciarse sin considerar la historia monárquica, el legado de las principales dinastías y la teología del poder.

El interés que genera la monarquía británica y sus tradiciones no responde a una simple curiosidad, sino a una profunda fascinación con un fenómeno mágico, único e irrepetible, que encanta, porque con sus objetos, gestos y música apela a todos los sentidos y nos redime del tiempo y espacio cotidiano.

Aunque escrito en prosa, este libro comprende un modesto aporte a un mundo necesitado de poesía. El ilustre verso de la coronación es una expresión ritual y simbólica que sublima la capacidad humana para generar la más trascendental belleza, una que nunca pasa de moda y que pronto tendrá a millones maravillados ante las piedras góticas de Westminster, porque la disposición hacia la belleza es inherente y universal en el ser humano y no requiere de justificación alguna. La invitación al lector de este libro no es solo a entender el simbolismo del ritual de coronación, sino también a gozar intensamente de la magia que comprende un viaje al pasado, una historia que se actualiza en cada ceremonia.

1. “Que Dios salve al Rey”. Pasado, presente y futuro de la monarquía

God save the Queen es lo que se escuchaba después de magníficas fanfarreas de trompetas cada vez que Isabel II cumplía años o para eventos importantes de la monarquía. God save the King es lo que escuchó el mundo entero en los recientes funerales de la reina, pero mucho más significativo es que sea la canción nacional del Reino Unido, una de las tantas manifestaciones de la identificación nacional con la monarquía. Tanto para partidos de fútbol en Wembley como cuando se iza el Union Jack tras la victoria de algún deportista británico en las olimpíadas, se solicita a Dios que salve a la reina, que la guarde de enfermedad y peligro, porque lo que al monarca acontece, afecta y concierne a la nación entera.

En tiempos recientes, no han faltado mociones que han propuesto como alternativa de canción nacional el himno Jerusalem con las fabulosas letras del poeta William Blake (1804), tema escogido por el Príncipe Guillermo para el homenaje a su madre en 1997 y para su boda en 2011. La letra hace referencia a las verdes colinas de Inglaterra, como muchos otros himnos patrios en el mundo, pero la monarquía es una institución tan gravitante y constitutiva del espíritu británico que no se entiende la cultura del país sin la autoridad que lo dirige. En el siglo XVI, la virginidad de Isabel I y la falta de pretendientes adecuados dejó de ser un dilema para la sucesión al trono y un problema de Estado para convertirse en un maravilloso atributo: la situación de la reina expresaba una analogía con una Inglaterra virgen, cuyas fronteras no serían transgredidas por poder extranjero alguno. El estado de Virginia en los Estados Unidos es una encarnación colonial de esta propaganda.

Este capítulo está dedicado al sentido, desarrollo histórico y porvenir de la monarquía en Inglaterra y el Reino Unido, porque todos estos aspectos son necesarios para comprender el rito de coronación que ocupa el siguiente apartado.

Apartado de imágenes

Unción y coronación del Rey David en el Salerio de Rutland (Inglaterra) del siglo XIII

La paloma desciende con el crisma para la unción y bautismo de Clodoveo (siglo V) en una miniatura flamenca del siglo XIV

Corona férrea o de hierro del Reino de los Lombardos (siglo IV o V), hoy en la Catedral de Monza (Italia)

Coronación del Rey Edgardo en Bath en un manuscrito

anglosajón del siglo X

Sello de cera del Rey Guillermo el Conquistador en su trono, con una espada y el orbe en sus manos

Coronación de Haroldo II en el Tapiz de Bayeux (siglo XI), la primera realizada en la Abadía de Westminster

Una imagen del LiberRegalis con la coronación de Ricardo II

y Ana de Luxemburgo (1382)

Imagen del Rey Eduardo III vestido con los atuendos de la Orden de la Jarretera en un manuscrito del siglo XV

Retrato anónimo de Isabel I coronada con el cetro y el orbe en sus manos

Retrato de coronación de Carlos II (1661) en plena majestad y la nueva regalia en sus manos, pintura del artista

John Michael Wright

El teatro de coronación listo para el ritual de Jorge IV en 1821 por los pintores Matthew Dubourg y James Stephanoff

Retrato del Rey Jorge I por Godfrey Kneller con la corona, espada y orbe

Pintura de Denis Dighton con el banquete de coronación de Jorge IV con el ceremonial del campeón realizado por última vez

Invitación para asistir a la Abadía de Westminster a la coronación de la Reina Victoria en 1838

El Rey Jorge V, su consorte María de Teck y los futuros reyes Eduardo VIII y Jorge VI

Pintura de la coronación de la Reina Victoria en 1838

por John Hayter

Pintura de la coronación de Jorge VI en 1937 por Frank O. Salisbury

Imágenes de la coronación de Isabel II en 1953, preparada para la unción y sentada en el trono con la Corona de San Eduardo.

La Silla de San Eduardo y la Supertúnica (colobium sindonis) que se utilizan para las coronaciones y la cuchara medieval para la unción

El orbe y la parte superior del cetro que se usan para las coronaciones actualmente

La Corona de San Eduardo que se utiliza solamente

para el rito de coronación

La Corona Imperial de Estado que utiliza el soberano para los actos oficiales más importantes

Retrato hecho por Cecil Beaton de la Reina Isabel II recién coronada en la Abadía de Westminster (1953)

Saludo en el balcón del Palacio de Buckingham tras las coronaciones de Jorge VI en 1937 y la de su hija Isabel II

en 1953

Investidura de Carlos como Príncipe de Gales por Isabel II en el Castillo de Caernarfon (1969)

El Rey Carlos III en el cortejo fúnebre de Isabel II con la regalia sobre el féretro en 2022

1.1. Origen y sentido de la monarquía en Inglaterra

La monarquía no fue inventada en Inglaterra. Los judíos, griegos y romanos ya tenían reyes mucho antes que los anglosajones que se instalaron en la isla tras la caída del Imperio Romano en el siglo V. La palabra proviene del griego y significa «gobierno de uno», aunque como veremos los monarcas medievales nunca reinaron solos, sino que eran más bien primus inter pares, es decir, el más importante y poderoso entre los nobles de un territorio.

Pero ya que la época medieval estuvo impregnada de la cultura judeocristiana, los reyes de la antigua Judá –o lo que se escribió sobre ellos– fueron un modelo a seguir para los monarcas de la Europa del Medievo. Una de las tantas manifestaciones de esto es el himno que se entona para las coronaciones en Inglaterra y que hace referencia al momento en que el Rey Salomón fue ungido con el óleo consagrado por el sacerdote Sadoc en compañía del profeta Natán. En el Primer Libro de Reyes del Antiguo Testamento se registra la siguiente orden del rey David:

Reúnan a los servidores de su señor, hagan que mi hijo Salomón monte en mi propia mula y bajarán con él a la fuente de Guijón. Allí, el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo consagrarán como rey de Israel; tocarán el cuerno y todo el mundo exclamará: ¡Viva el Rey Salomón! Luego subirán tras él y vendrá a sentarse en mi trono. Porque él va a reinar en mi lugar, a él lo he elegido para que dirija a Israel y a Judá (I Reyes 1:33-35).

En este pasaje bíblico ya se encuentran descritas las sucesivas fases de la coronación de un monarca que es elegido (reconocimiento), consagrado (unción), aclamado (coronación) y entronizado (homenaje) y, si cambiamos los nombres y lugares, no hay diferencia alguna con el rito de inauguración del reinado de Isabel II en 1953. En el segundo capítulo abordaremos el simbolismo de cada uno de estos gestos y el sentido teológico que expresan en cuanto al ejercicio del poder monárquico y su legitimidad como delegación divina.

La tradición de la crismación monárquica en la cultura judeocristiana se remonta a un episodio bíblico relatado en el Primer Libro de Samuel y que se refiere a la unción que hace el profeta de los reyes Saul y David. La unción otorgaba al monarca un atributo mesiánico, tal como lo indica la palabra mashiach (el ungido), que en la escatología judaica obligaba al líder político a asumir como redentor del pueblo, prefiguración de la monarquía neotestamentaria de Cristo. En la cristiandad medieval, esto se plasmaría en la responsabilidad del rey como primer defensor de sus súbditos y vasallos, encontrándose entre sus principales obligaciones la protección militar del reino y la administración de la justicia entre sus habitantes.

Además de estos modelos del Antiguo Testamento, la monarquía medieval se alimentó de la cultura germánica que favorecía el liderazgo militar en la sociedad tribal y resaltaba la función militar del monarca, así como David y Salomón son modelos de sabiduría y justicia. En una cultura tan modelada por la guerra, los pueblos germánicos elegirían a sus reyes a partir de sus capacidades militares, pero el fundamento principal fue la monarquía de Cristo, rey de reyes, principio y fin de todo poder y autoridad terrenal, el cúmulo perfecto de todos los atributos y funciones que asumía la realeza cristiana y que recoge aspectos del carácter mesiánico judío.

Las imágenes de Cristo coronado y en su trono, invocado como rey de los judíos por Poncio Pilato, abundan en el arte de la Edad Media y representan a la divina majestad como el ejemplo inmaculado para los reyes de la época y como fuente de toda autoridad. La Maiestas Domini (majestad del Señor), también llamada Pantocrátor, es decir, el «Todopoderoso», es un portentoso recuerdo no solo de las atribuciones del monarca, sino también de sus deberes. El concepto maiestas nace en la república romana y se refiere al mayor de toda la comunidad que ostenta el poder para gobernar, a quien se le debe obediencia y lealtad. El tratamiento de “majestad” se reserva a Dios, emperadores y reyes y a ninguna otra autoridad, ni siquiera a los miembros de la familia real, a quienes se dirigen como Alteza Real, Royal Highness en el Reino Unido.

Dios delega el reinado terrenal al monarca, porque su reino no es de este mundo, como le indica al prefecto romano de Judea. Uno de los tantos objetos que encarnan esta idea de la delegación divina del poder es la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, confeccionada en el siglo X para la coronación de Otón I en el año 962. Imágenes de reyes bíblicos y frases del Antiguo Testamento adornan las placas que componen esta maravillosa joya medieval y en una de ellas la majestuosidad misma del Dios encarnado, que recuerda con un mensaje del Libro de los Proverbios (8:15) que “por mí reinan los reyes”.

Esta sentencia isidoriana expresa que la monarquía en la Europa medieval no fue sagrada en el sentido del ejercicio de funciones propiamente sacerdotales, como se observa en algunas culturas políticas orientales, donde el rey es también suprema autoridad eclesiástica. Tampoco estuvieron los reyes sujetos a ninguna disposición que no fuera la emanada por la divina autoridad.

Este sería un asunto clave en la disputa que siglos más tarde provocaron monarcas que reclamaban que su derecho divino a reinar les asignaba una responsabilidad solo ante Dios y nadie más. Es decir, que su poder no podía ser limitado ni sus acciones juzgadas por persona u organismo alguno, ni siquiera la institución que representaba a Dios en la tierra, como era la Iglesia. Estas ideas animaron las disputas de autoridad entre pontífices romanos y los sacro emperadores durante la Reforma Gregoriana (siglos XI y XII) y en Inglaterra fueron el origen de conflictos tan desgraciados como el que protagonizaron el Rey Enrique II y Tomás Becket, arzobispo de Canterbury.

Siglos más tarde, la dinastía Tudor (1485-1603) acumulaba a su poder regio la dirección de la iglesia cristiana en Inglaterra, pero también supo administrar su autoridad en colaboración con las Cámaras de los Lores y los Comunes. Por el contrario, los Estuardo (1603-1714), que les sucedieron en el trono, sufrieron todas las consecuencias de esta controversia con reyes decapitados, depuestos y desterrados por defender la causa sacra de la monarquía frente a un poderoso parlamento.

A los parlamentarios reunidos en Whitehall en 1610 les dijo el rey Jaime I que “el estado de la monarquía es la cosa más suprema en la tierra, por cuanto los reyes no son solo tenientes de Dios y se sientan en el trono de Dios, sino también por Dios mismo son llamados dioses”. El proyecto absolutista que se formulaba sobre la prerrogativa real en este discurso del monarca se encontraría con los fatídicos acontecimientos que seguirían a su reinado y que a sangre y fuego habrían de recordarle a los reyes que eran humanos y cuáles eran sus límites, ahora sujetos a una constitución tradicional no codificada, pero cautelada por un parlamento cada vez más imperioso.

El Reino Unido nunca ha promulgado una constitución escrita comprehensiva, pero cuenta con una tradición constitucional que regula a la monarquía y se ha alimentado durante siglos por la codificación de leyes y costumbres, como, por ejemplo, la Carta Magna de 1215 y un nutrido conjunto de actas parlamentarias.

La dimensión sacra de la monarquía y su respeto por los designios divinos se expresaba en Inglaterra medieval por diversos medios simbólicos, heráldicos y semióticos, entre ellos el lema Dieu et mon droit (Dios y mi derecho), que todavía adorna las armas reales del escudo del Reino Unido. La frase fue enunciada por primera vez en el reinado de Ricardo Corazón de León como arenga de batalla, pero fue Enrique V el que la empleó de manera consistente dos siglos después, cuando reclamaba “su derecho” (mon droit) sobre la corona francesa que se disputaba en la Guerra de los Cien Años.

Otro medio por el cual los reyes publicitaban su derecho divino a reinar fue la documentación expedida por sus cancillerías. En toda Europa observamos que, durante la época medieval y los siglos posteriores, la gran mayoría de los manuscritos que registran actos oficiales de la monarquía comienza con una referencia a los títulos del soberano por delegación divina, así, por ejemplo, en Inglaterra los reyes se presentaban con el nombre y luego la fórmula Dei gratia Rex Angliae (por la gracia de Dios rey de Inglaterra).

Esta teología política también se plasmó en monedas y sellos, la escultura monumental y la pintura en murales y códices. Imágenes cargadas de simbolismo exhiben la autoridad del monarca sentado en un trono y portando los objetos de su regalia1 (cetro y orbe) por un lado del sello y, por el otro, cabalgando a la batalla con su espada y escudo, manifestación de su poder. Las monedas, en tanto, revelan la cara del rey como emisor terrenal del poder adquisitivo por un lado y, por el otro, una cruz que simboliza al autor de todos los bienes y creador del mundo, que es Dios. Las pinturas que expresan el momento de la coronación se ajustan a una tipología que señala al rey (y la reina) recibiendo el poder y la autoridad desde lo alto y la responsabilidad particular que desde ese momento el soberano asume ante la justicia divina. Tan congénito a la monarquía es esta delegación divina del poder y la autoridad que ya en el siglo VII, recordaba San Isidoro de Sevilla a quienes se sentaban en un trono, que solo es verdaderamente rey el que obra con rectitud.

Los reyes, en consecuencia, se obligaban a proteger y beneficiar a la Iglesia, mantener la paz y el orden en su reino, ser imperiosos líderes militares y sutiles diplomáticos, según las circunstancias y los medios. Como veremos en el próximo capítulo, los ritos y órdenes de coronación son explícitos en este sentido y expresan con majestuoso simbolismo cada una de las funciones que asume el coronado: el ritual de entronizar al más importante de los nobles es casi sacramental y la ceremonia es presidida por el arzobispo, la máxima dignidad eclesial en el reino, o el mismo pontífice en el caso de una coronación imperial o de particular trascendencia. La presencia de las autoridades eclesiásticas no solo responde a su influencia política y dignidad espiritual, sino que, por sobre todo, a la representación de Dios en un acto público y protocolar que determina la delegación divina del poder político.

Los anglosajones ya contaban con una primitiva organización monárquica cuando invadieron Inglaterra tras la caída del Imperio Romano y en los escritos medievales posteriores se señala al dios Odín, principal deidad de la mitología germánica, como el padre que engendró y legitimó a los reyes de los anglos, jutos y sajones en la isla. Así Inglaterra fue dividida en pequeños reinos, cada uno con su rey, y se constituyó la heptarquía anglosajona muy bien representada en libros y series, como The Last Kingdom de Bernard Cornwall.

En un comienzo, la sucesión al trono respondía a una monarquía de carácter electivo, como se concebía en las tribus germánicas durante el periodo clásico, pero en la práctica los reyes anglosajones aplicaron tempranamente una sucesión dinástica en virtud de la cual accedía al trono el primogénito, a menos que existiera algún impedimento. Entonces, se acudía a la deliberación del Witan, la asamblea de nobles. En 1066, el trono quedó vacante, porque Eduardo el Confesor murió sin hijos y, entonces, fueron los thanes de Wessex (grandes nobles anglosajones) los que decidieron la coronación de Haroldo Godwinson. Las trágicas consecuencias de esta decisión serán abordadas más adelante.

La conversión de estos reinos de la Inglaterra anglosajona a la religión cristiana resultó del trabajo misional que fue realizado principalmente por monjes irlandeses muy activos en Escocia y el reino de Northumbria, mientras que por el sur el avance de la religión cristiana se debió principalmente a la predicación de sacerdotes enviados desde Roma y liderados por San Agustín de Canterbury.