Corre, Atalanta - Herminia Luque - E-Book

Corre, Atalanta E-Book

Herminia Luque

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Beschreibung

El deporte es una fuente inagotable de desigualdad para las mujeres, y a pesar de ser, como nos dice Herminia Luque, una de las estructuras visibles del patriarcado, escapa con facilidad a cualquier crítica teórica sistemática. Y cumple, además, a la perfección funciones pedagógicas de transmisión de valores y roles de masculinidad hegemónicos en todas las sociedades.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Herminia Luque

Corre, Atalanta

Crítica feminista del deporte

Las mujeres tenemos todavía mucho que pensar y dar que pensar para salir del lugar de lo no-pensado. Del lugar del no-reconocimiento, de la no-reciprocidad, por tanto, de la violencia.

CELIA AMORÓS

La gran diferencia y sus pequeñasconsecuencias… para las luchas de las mujeres

Caminar nos hizo humanos. Correr los cien metros lisos no nos hará más humanos.

HERMINIA LUQUE

Aforismos antideportivos

Corre, Atalanta, corre y tus rosas al viento

dejen de su perfume la embriagadora estela;

corre, Atalanta, corre, vuela, Atalanta vuela

veloz como el relámpago o como el pensamiento.

RUBÉN DARÍO

Envío de Atalanta

INTRODUCCIÓN

El deporte, una de las estructuras visibles del patriarcado

La idea central de este libro es que el deporte es una de las estructuras visibles del patriarcado. Y seguimos aquí la definición de Amelia Valcárcel de patriarcado como «un tipo de esquema de poder universal y ancestral en el cual las mujeres han estado y están, real y simbólicamente, bajo la autoridad masculina»1. Lo asombroso, más allá de esa odiosa universalidad, quizá sea su pujanza, «su silenciosa vigencia»2.

El deporte, creado por varones (en su doble origen, el del olimpismo clásico-coubertiniano y el balompédico de la high school), ha segregado por principio a las mujeres. Y ha servido y sigue sirviendo a la perfección al patriarcado, realizando funciones pedagógicas de transmisión de valores (competencia, lucha, riesgo) y de reforzamiento de los roles de masculinidad (agresividad, iniciativa, acción) que expresan la situación de hegemonía de los varones, así como funciones de socialización (de relación entre iguales) de estos. La conversión del deporte en actividades económicas de formidables dimensiones no hace sino reforzar y expandir un modelo de actividad que otorga privilegios a un sexo en detrimento de otro.

El solapamiento de la actividad física y el ejercicio físico con el deporte ha perjudicado a las mujeres, que se ven constreñidas dentro de un modelo de actividad que las minusvalora y las discrimina. Es preciso recalcar, antes de proseguir, que el deporte solo es eso, un modelo de actividad física entre otros posibles; el juego3, por ejemplo (determinados tipos de juego), con el que tiene amplias concomitancias, es otro. Pero el deporte no es el único modelo posible de moverse y de hacer ejercicio4. Es un constructo (una construcción teórica además de un conjunto de actividades e instituciones) que nace en la Antigüedad, en un contexto histórico y social muy distinto al nuestro. De este modo, el deporte contemporáneo solo puede establecer una línea de filiación relativamente débil en relación el deporte antiguo, apreciable en el movimiento olímpico moderno. Con la creación de los Juegos Olímpicos, se estableció una serie de pruebas atléticas que remitían a las existentes en la época grecorromana. Aunque no debemos olvidar que las fuentes para la recuperación de dichas pruebas solo pudieron ser fuentes escritas o arqueológicas, al no haber una continuidad en el tiempo de esas prácticas atléticas. Y si no existía una tradición deportiva ininterrumpida, tampoco quedaban rastros del contexto político e ideológico en el que se desarrollaron esos juegos atléticos (no solo los olímpicos).

En puridad, el deporte es un fenómeno propio de la Edad Contemporánea, que surge en el contexto de una sociedad burguesa que conoce un excedente de ocio y recursos5, canalizado en función de unos intereses que oscilan desde la pura exhibición de estatus hasta la necesidad de una actividad física de la que, precisamente, ese estatus económico y social le priva al evitarle actividades laborales que exijan un ejercicio físico ingente (las actividades agrícolas, de construcción, etc.).

El deporte conoce un desarrollo espectacular (la adjetivación es debordiana)6 en las sociedades de consumo de la segunda mitad del siglo XX y en la edad del capitalismo brillante (globalizado e internetizado, documentizado, a decir de Maurizio Ferraris)7 de comienzos del siglo XXI, insertándose con absoluto éxito en las estructuras productivas, mediáticas y políticas de dichas sociedades. La confusión entre deporte y educación física, muy presente en el imaginario popular, es crucial para entender la inserción masiva de las actividades deportivas en las políticas de cualquier nivel o entidad, incluidas las educativas. El currículo escolar, con materias o asignaturas específicas colonizadas en buena parte por el deporte y la presencia en actividades extraescolares o de carácter celebratorio, son el testimonio de un éxito mayúsculo, de apariencia ahistórica, sin principio ni fin, del deporte.

Un deporte que se practica (excepto en el contexto escolar lectivo y a veces en los ámbitos de preparación física) de forma separada: hombres y mujeres en espacios y actividades propios. Se da así la paradoja de que, en sociedades desarrolladas, con sistemas democráticos avanzados, en las que de iure no se puede discriminar por razón de sexo, se acepta con total naturalidad la creación de ámbitos deportivos de auténtico apartheid. Las razones anatómico-fisiológicas de dicha separación (fuerza, masa muscular, ausencia de embarazos…) remiten a una primacía de lo corporal y a un modelo de corporeidad que privilegia la fuerza, la habilidad y el sufrimiento físicos; a una ontología corporal que, hasta cierto punto, vacía la categoría de sujeto, si entendemos como tal la suma de las posibilidades de lo humano potenciadas por el intelecto y no como un cuerpo mediado únicamente por su rendimiento físico-cinético.

Si una de las funciones de la teoría feminista es interpelar críticamente las concepciones hegemónicas de una sociedad en la que se halla instalada la desigualdad entre géneros, en este ensayo trataré de mostrar los mecanismos de asignación de roles, de reforzamiento de la masculinización y la feminización normativas prescritas por el patriarcado que genera el complexum deporte.

En primer lugar, en el capítulo «Atalanta derrotada», hago referencia al mito que da título al libro. He tomado la derrota de Atalanta en la carrera con Hipómenes como símbolo de la derrota sistémica (es decir, incrustada dentro del sistema, no accidental) de las mujeres en el deporte, originada desde los inicios de este, ya que nace como un ámbito del que están excluidas las mujeres. La inclusión no se hará sino al precio de múltiples y variadas contradicciones entre las finalidades declaradas y los resultados obtenidos por parte de las mujeres. Ciertamente, en algunos aspectos, el deporte funciona como un factor emancipador e históricamente así lo podemos comprobar (por ejemplo, en los años veinte y treinta del siglo XX, cuando sirvió al nuevo modelo de mujer moderna como vector de autonomía y libertad personal). No obstante, las limitaciones en los beneficios que obtienen las mujeres, en comparación con los varones, son muchas y la estetización de las féminas en el deporte no es una de las menores.

El deporte (esta es la materia del capítulo segundo, «Espacios naturales de la desigualdad contemporánea») forma parte de esos espacios en los que en nuestra sociedad se ha naturalizado la desigualdad entre hombres y mujeres. Pues, aunque exista una libertad negativa (no hay leyes que discriminen por sexos, como sí ocurre en otras sociedades) y se regule incluso desde el punto de vista jurídico esa igualdad, corrigiéndose con leyes que tratan de paliar las situaciones de desventaja en las que se hallan las mujeres, lo cierto es que hay espacios de hombres y espacios de mujeres aceptados con toda normalidad. Espacios separados que, hasta cierto punto, funcionan autónomamente, si bien entre ellos existen pasillos comunicantes, puntos de contacto de mayor o menor extensión o intensidad, pero que no entorpecen el discurrir paralelo de los fenómenos que se dan en ellos.

Esos espacios, además de los propios del deporte, son la moda y la belleza, el cuidatoriado (la función del cuidado de los demás) y el conocimiento. Sobre el conocimiento, por escandaloso que resulte, aunque en teoría haya igualdad en el acceso al mismo, el orden epistemológico, la preeminencia honorífica, el canon vigente, la representación institucional y la trascendencia de las producciones teóricas son predominantemente masculinos. La prevención que despierta el sintagma «teoría feminista» o simplemente «feminismo» es buena muestra de la marginalidad epistémica del mundo de las mujeres, de la desvalorización epistémica de las propias mujeres (como afirman García Dauder y Pérez Sedeño), careciendo de centralidad y relevancia las teorías destinadas a mostrar esa misma marginalidad y los fenómenos que sustentan la desigualdad, es decir, la injusticia y el oprobio en sociedades actuales (y no solo pretéritas).

En el capítulo tercero, «La máquina de discriminar», expongo la tesis central de este ensayo: el deporte como estructura visible del patriarcado, y hago referencia a las funciones que cumple el deporte: funciones ideológicas (de reforzamiento del patriarcado) y económicas, siendo, no obstante, esta la prioritaria y no teniendo sentido aquella desconectada de esa dimensión económica. Ya que, en una sociedad hipercapitalista, atravesada por la virtualidad de la mercancía y el dinero (su omnipotencia), el deporte solo puede tener una relevancia global adquiriendo un correlato económico que no es posible obliterar sin más. Sintomáticamente, el deporte consigue colocar a un conjunto de actividades inanes (más parecidas al juego infantil que a cualquier otra cosa) en el centro de sectores económicos de dimensiones fabulosas, sin producir ningún valor fuera de su uso como espectáculo o como mercancía que refuerza dicho espectáculo o sirve a él de forma indirecta.

Los mecanismos que el deporte utiliza, en cuanto estructura patriarcal, son la asignación de espacios de lo femenino y el dominio del discurso normativo de los géneros (define qué es lo masculino deseable y lo femenino igualmente deseable), así como la colonización del lenguaje verbal con la creación de una retórica redundante que solo trata de reforzar el poderío de los segmentos económicos que viven de y para el deporte.

En el capítulo cuarto, «Lo que puede el cuerpo», presento una sucinta reflexión sobre el cuerpo. Pues reflexionar sobre el deporte es interrogarse en primer lugar sobre la herramienta del deporte, el cuerpo. Qué es ontológicamente el cuerpo, qué significa en nuestras sociedades el cuerpo (no hay concepciones históricamente inmutables, ni siquiera en sociedades coetáneas son idénticas). Cuáles son sus límites y sus finalidades. Y, tras enunciar esas cuestiones, podremos iniciar un debate sobre los fines del deporte y si la intervención en los cuerpos deportivos está justificada o no, y si lo está, hasta qué punto.

En el capítulo quinto, «El héroe y las cifras», hablo de la aparente disparidad de dos fenómenos que no son sino uno solo: el protagonista de la actividad, el héroe deportivo, y las cifras económicas de un sector, el del deporte, absolutamente mercantilizado. Para convertirse el deportista en héroe deportivo es necesario, además, un aparato retórico, todo un discurso legitimador de la figura heroica, que procede del campo de la violencia y se convierte en modelo de excelencia, y, paradójicamente también (puesto que no está fijado, sino que la vida del héroe deportivo ha de hacerse cotidianamente), de des-excelencia, de símbolo de la degradación y el oprobio (la vida o más bien la post-vida, la vida después del abandono de la actividad deportiva).

En el capítulo sexto, «Microhistoria del deporte», realizo un brevísimo (e irónico) repaso al desarrollo del deporte, aludiendo a uno de sus momentos fundacionales. Aparte de recordarnos el carácter histórico de toda actividad deportiva, es decir, su surgimiento y su desaparición en unas sociedades concretas, se resalta la originaria vinculación de juegos atléticos y ritos funerarios en el mundo clásico, algo extremadamente chocante desde nuestro punto de vista. La práctica exclusión de las mujeres en el mundo de las competiciones atléticas del mundo grecorromano y de los munera gladiatori y los ludi circenses del mundo romano y bizantino se explica desde unas coordenadas sociales específicas. Con todo, existen algunas excepciones. Lo cual no hace sino confirmar la regla, creando una cultura del privilegio que no socava la normatividad masculina del deporte.

En «Momentos estelares de la misoginia deportiva», capítulo séptimo, recojo algunos episodios de singular relevancia al respecto, tanto de la Antigüedad clásica como en nuestros días. La proscripción de las mujeres del espacio deportivo es el eje común de sucesos de la Grecia clásica (con Pausanias y Filóstrato como narradores) y en el siglo XX (con Katherine Switzer, la protagonista, como narradora).

En el capítulo octavo, «Hiparquia contra Atalanta», recabo testimonios de aquellos que, ya en la Antigüedad, hicieron una crítica de las actividades atléticas y el ejercicio físico desmesurado. Destacan los de Jenófanes de Colofón, por ser el primero cronológicamente (en los albores del pensamiento filosófico, en el siglo VI a.C.) y los de la filósofa Hiparquia (siglo IV a.C.). Siendo el de esta un testimonio indirecto, ya que sus palabras estarían recogidas en un poema que no es de su autoría, cobra una especial relevancia al contraponerse su labor intelectual a la actividad montaraz de Atalanta.

En el capítulo noveno, «Cinisca Olimpiónica, ¿primera vencedora en unos Juegos Olímpicos?», hago referencia a la que se considera como la primera mujer vencedora en unos Juegos Olímpicos, la espartana Cinisca. Sin embargo, cuando analizamos el papel de esta fémina en las victoriosas carreras de carros, comprobamos que se trata de una patrocinadora más bien: es la rica poseedora de veloces caballos, y no la auriga o conductora de los carros tirados por caballos.

A la imagen de la mujer deportiva del primer tercio de siglo, años veinte y treinta más concretamente, cuando el deporte equivalía a modernidad y potencial teórico de emancipación, dedico el capítulo décimo, «Mujeres modernas y deporte». La triste realidad es que los beneficios reales de la mujer deportista apenas traspasaron ese cliché de mujer moderna, quedando muchas veces cristalizada como imagen (desde la mirada masculina) en una literatura que se llamaba moderna a sí misma (en España, la de la Generación del 27)8 y quería dejar constancia de su carácter auroral, de alba de un tiempo radicalmente nuevo.

Los tres capítulos siguientes (undécimo, duodécimo y décimo tercero) se hallan agrupados bajo el epígrafe de «Deporte y fascismo». El primero de ellos está dedicado a Leni Riefenstahl, la cineasta alemana que tradujo en lenguaje cinematográfico de gran plasticidad la épica de los Juegos Olímpicos (los de Berlín de 1936), de igual modo que había hecho con los fastos del Partido Nazi y su impresionante despliegue organizativo de Núremberg en 1934. La común finalidad propagandística de ambas producciones cinematográficas es más que evidente.

En el siguiente capítulo abordo el tema del líder fascista como héroe deportivo, siendo Mussolini su ejemplo más claro, pero también Putin en el siglo XXI. La contestación al modelo de virilidad juvenilista y misógino pudo darse, incluso, como veremos en el caso italiano, desde dentro del país que se quería controlado y ahormado totalitariamente.

A continuación, cerrando el tríptico de fascismo y deporte, se halla el capítulo dedicado a la Sección Femenina. Esta, surgida como institución subsidiaria de un minúsculo partido de inspiración fascista, Falange Española, se convirtió durante la dictadura franquista en el instrumento adoctrinador por excelencia de las mujeres. Un conjunto de actividades físicas, desde la gimnasia y el deporte escolares hasta las danzas tradicionales o los espectáculos conmemorativos, cumplió un papel exhortativo y propagandístico a la vez de indudable eficacia para la dictadura de Franco.

En el décimo cuarto capítulo, «Camila Valieva, patinadora Marisol», trato el tema del dopaje, singularizándolo en el fenómeno del «dopaje de Estado», una antigua tradición en los llamados países del Este y la antigua Unión Soviética y que continúa invicta en la Rusia putiniana. Por esta razón se le prohibió a Rusia, como país, la participación tanto en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, como en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín de 2022. Sus deportistas hubieron de participar bajo bandera del Comité Olímpico.

A continuación, en el décimo quinto capítulo, «El body de Florence Griffith», hablo del cuerpo deportivo femenino, tensado entre una hipersexualización normalizada y una lógica del rendimiento absolutamente demoledora.

En el décimo sexto capítulo, «Deportistas transexuales e intersexuales», abordo, en primer lugar, el tema de las deportistas trans, es decir, de aquellas que transitan desde el sexo masculino hasta el femenino y su polémica integración en las categorías de las mujeres. Porque a la inversa la cuestión carece de relevancia y no hay polémica ni normativas al uso. De lo que se infiere la desventaja que supone, en la práctica totalidad de las disciplinas deportivas, el cuerpo femenino. Y, en mi opinión, la imposibilidad de un horizonte de igualdad absoluta, no mediatizada por instancias regulatorias, de mujeres y hombres en el deporte. Lo que apunta al nódulo de significados intrínsecos del conglomerado deporte en la sociedad contemporánea y su hipertrofia económica, social y simbólica que actúa en demérito de las mujeres, subconjunto, clase B siempre en dicho conglomerado. El fenómeno de la intersexualidad abre, de igual modo, un nudo de problemas que afecta de modo muy especial a aquellas deportistas que lo viven en primera persona.

En el capítulo décimo séptimo, «El imperio de las zapatillas deportivas», se hace una cata mínima en una de las dimensiones económicas del deporte: el de la producción de ropa y otros elementos de la vestimenta. En este caso nos detenemos en el segmento de fabulosas dimensiones que supone el calzado, las llamadas zapatillas de deporte. Un tipo de zapatos arcaico, dotado de ineficientes y premodernos cordones de tejido, que, paradójicamente han proporcionado a las mujeres ciertas cotas de libertad, siempre dentro de los parámetros economicistas de la moda y la adaptación a las condiciones del mercado.

En el último de los capítulos, junto con las conclusiones, vuelvo al mito de Atalanta. El tratamiento literario que recibe en la literatura del Siglo de Oro, aun bebiendo de forma inequívoca de fuentes clásicas, muestra tanto una redefinición del papel de las mujeres en el contexto postridentino, como la dependencia de un imaginario plástico de inequívocas connotaciones eróticas en el que lo de menos son las actividades físicas o cinegéticas practicadas por una mujer. Lo importante, en el XVII como ahora, es sujetar a las mujeres a los marcos normativos del patriarcado.

Por último, en las conclusiones, se apela a la necesidad de socavar los torvos argumentarios del deporte, la deriva ideológica de unas prácticas de violencia y de predación económica absolutamente incuestionadas en la actualidad.

1 Amelia Valcárcel, Feminismo en el mundo global, Madrid, Cátedra, 2008, pág. 257.

2 Amelia Valcárcel, La política de las mujeres, Madrid, Cátedra, 1997, pág. 51.

3 Fue Huizinga quién hablo de un «homo ludens», del juego como fenómeno cultural universal, Johan Huizinga, Homo Ludens, Madrid, Alianza, 2016.

4 Podemos seguir estas acertadas definiciones de Trejo y Sanfeliu: actividad física es «cualquier movimiento corporal producido por la contracción del músculo esquelético»; ejercicio físico es una actividad física «sistemática y con una frecuencia más o menos establecida. Es planificada, estructurada, repetitiva y con un propósito». Y deporte es «ejercicio físico sujeto a reglas o normas concretas, que puede ser recreativo o de competición», José Luis Trejo y Coral Sanfeliu, Cerebro y ejercicio, Madrid, CSIC/Catarara, 2020, cap. 1.

5 Veblen habló, ya en 1899, del surgimiento de una clase «ociosa», Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, Madrid, Alianza, 2011.

6 Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, 1999.

7 Maurizio Ferraris, Documanidad, Madrid, Alianza, 2023. Después de un capitalismo industrial y un capitalismo financiero, adviene este capitalismo documedial en el que estamos inmersos, en el que el consumo es el eje central y la web su medio ambiente. El optimismo de Ferraris, que convierte a la web en «un instrumento de emancipación» (pág. 19), resulta estimulante y chocante a la vez.

8 O Generación del 26 (fecha de la fundación del Lyceum Club femenino), denominación preferida por escritoras como Laura Freixas para resaltar el papel de las mujeres, excluidas hasta hace poco de las historias literarias y artísticas al uso. Ciertamente ha calado más la denominación de Las Sinsombrero para el conjunto de mujeres (escritoras, pintoras o filósofas) como Concha Méndez, Maruja Mallo o María Zambrano, que vivificaron el mundo cultural del período de los años veinte y de la Segunda República española.

Guido Reni, Hipómenes y Atalanta, 1618-1619, Museo Nacional del Prado, Madrid. © ACI/Alamy

CAPÍTULO PRIMERO

Atalanta derrotada

El Museo del Prado de Madrid posee una obra, de muy bella factura, del pintor Guido Reni9. En él se representa la mítica carrera de Atalanta e Hipómenes.

De origen incierto, el lienzo tal vez fuese encargado por el duque de Mantua Ferdinando Gonzaga, quien había mostrado una especial predilección por el artista10. Adquirido por el virrey de Nápoles, Gaspar de Bracamonte y Guzmán, en esta ciudad para el rey Felipe IV, ingresó en las colecciones reales, en Madrid, en el año 1664. Fue colocado, en la Galería del Cierzo del antiguo alcázar, junto con obras de Rubens (Juicio de Paris), Annibale Carracci (Venus, Adonis y Cupido), Velázquez(El triunfo de Baco, también llamado Los borrachos) y otras de artistas flamencos como David Teniers y Frans Snyders, así como de pintores de la escuela veneciana como Tiziano, Veronés o Tintoretto.

Pasaría luego el cuadro, denominado ya Hipómenes y Atalanta, a exhibirse en el Museo del Prado de la misma capital madrileña, si bien dicha exhibición sería limitada, ya que se ubicó en la Sala Reservada, lugar donde se custodiaban las obras con lascivos desnudos. Para entrar en dicha sala era necesario un permiso especial.

En este lienzo, el pintor boloñés ha representado las figuras de Atalanta e Hipómenes11 en el transcurso de la carrera pedestre en la que ambos compiten. Los dos jóvenes ocupan el primer plano del cuadro; sus cuerpos, de delicada complexión, están desnudos, si bien sus genitales se hallan decorosamente cubiertos por ligeros tejidos: un velo casi transparente en el caso de Atalanta, un tejido de un color púrpura desvaído en el de Hipómenes. Las extremidades inferiores de ambos, la pierna derecha del joven y la izquierda de la joven, se entrecruzan para el espectador, formando un curioso quiasmo. Pero la simetría no existe en esta composición: mientras Hipómenes se yergue, desplegando su brazo, Atalanta se inclina para recoger un objeto esférico; otro, de similar tamaño, está ya en la otra mano.

Ambos cuerpos resaltan sobre el fondo oscuro; el de Atalanta casi resplandece por su blancor. El uso del albayalde, un pigmento blanco, está detrás de ello. Además de la utilización, junto a ese pigmento, de grises violáceos y azules pálidos que, según el biógrafo de Guido Reni, Malvasía, proporcionaban «un brillo diáfano»12 a la representación de la piel humana. El tono de la piel de Hipómenes es ligerísimamente más tostado, una convención pictórica muy antigua que representa el dimorfismo sexual desde la pigmentación de la epidermis.

«La gestualidad de Hipómenes frente a su amada y competidora», nos dice David García Cueto, «resulta algo enigmática, al extender hacia Atalanta la palma de su mano derecha en un ademán que ya en el siglo XVII aludía comúnmente al rechazo»13; en verdad, «una concepción visual cercana a la iconografía del noli me tangere» (el rechazo del Cristo resucitado a que lo toquen). El mismo rostro del joven (supuestamente enamorado) aparece serio, distante, indiferente.

En el fondo del cuadro se advierte un paisaje costero, dividido en franjas: en la parte superior, celajes azuloscuros con nubes de color acero; en la inferior, en la franja terrestre, un suelo de tonos parduzcos en el que pueden adivinarse minúsculas figuras humanas. Son estos tal vez los jueces o quizá potenciales espectadores de la escena que, sin embargo, se desarrolla para un privilegiado espectador: el que contemple el lienzo frontalmente.

En otro lienzo del mismo tema, esta vez de la mano de Rubens, los espectadores cobran un mayor protagonismo, si bien las figuras de Atalanta e Hipómenes siguen siendo centrales. La representación del personaje masculino carece aquí del pathos clásico, del cruce asombroso entre representación estatuaria y figuración viva que posee en el lienzo de Reni; incluso se nos antoja ligeramente ridícula esta figuración del pintor antuerpiano (¿o de su taller, quizá?).

No obstante, los dos cuadros, el del pintor flamenco y el del boloñés, representan el mismo momento del relato mítico: la carrera entre Atalanta e Hipómenes, justo en el preciso instante en el que la muchacha se inclina para recoger una manzana de oro. Según el relato de Ovidio, Hipómenes es uno de los primeros tramposos en una carrera deportiva. Ha arrojado manzanas de oro durante la carrera en la que compite con Atalanta con el fin de distraerla y vencer. El premio no es otro que el conseguir a la joven; la derrota supone la muerte (otros pretendientes ya habían muerto tras ser vencidos). La razón de este cruel desafío está en el oráculo que ha hecho una espantosa predicción: si Atalanta se casaba, sufriría grandes padecimientos. La joven había sido abandonada al nacer por su padre, decepcionado por el hecho de que no fuese un varón. Criada en el bosque por una osa, se ejercita en lo agreste en variados ejercicios. La destreza de Atalanta no se limita a las artes del correr, también es diestra con el arco. En cierta ocasión, mató a flechazos a dos centauros que, libidinosos, la perseguían.

Hipómenes no está dispuesto a correr la misma suerte que esos pretendientes poco veloces y la de los centauros acosadores. Pide ayuda a la diosa del amor, Venus, y esta le proporciona tres maravillosas manzanas de oro de su jardín chipriota. Hipómenes las irá arrojando, sucesivamente, durante la decisiva carrera para distraer a la poderosa corredora.

El corolario del mito es este: Atalanta es derrotada. Es una simple mujer, inferior a los hombres, como todas. Vencida, no le queda más remedio que casarse, como todas. Ella, que ama los bosques, que ha consagrado a Diana su virginidad, que ha ideado el ardid de la competición para no tener que aceptar el matrimonio, sucumbe ante una simple añagaza. Sorprendida y avariciosa tal vez, ha ido recogiendo los frutos de oro y por eso ha perdido en su cruento reto.

Atalanta, según una interpretación moralizante muy al estilo del Barroco, sería una Eva pagana que coge la fruta que no debe; una simple mujer, al fin y al cabo, derrotada, ya que no por la aptitud, sí por la argucia de un hombre. Un hombre ayudado, eso sí, por Venus. Pues acaso esta diosa no soporte a las jóvenes vírgenes, a las que desdeñan el amor, a las que no hacen como todas: sucumbir al amor. Ni tampoco aceptan de buen grado la sumisión conyugal, ni la maternidad; cosas a las que están destinadas por naturaleza…

Este es el mito de Atalanta14, la atleta derrotada. Un mito que ha sido representado plásticamente a lo largo de los siglos15 y que ha tenido en la literatura en lengua española una presencia significativa, desde la comedia y la poesía barrocas (con Lope y Góngora entre los más renombrados, también otros menos conocidos como Gaspar de Ovando o Soto de Rojas)16 hasta Rubén Darío. Mythos, es preciso recordarlo, originalmente equivale a relato que funda la autoridad, a discurso público acreditado. Así nos lo dice Mary Beard, al referirse al uso que hace Telémaco de la palabra en la Odisea17. Pero el mito es, ante todo, narración y, en cuanto tal, no se puede probar, asegura Gadamer; es una verdad irrefutable. En tiempos de la llamada Ilustración griega, en la segunda mitad del siglo v a.C., el mito fue sustituido por el logos como discurso válido, como enunciado de autoridad. No se anula con ello el potencial cognoscitivo del mito, auténtico eje epistemológico sobre el que se vertebran experiencias de lo humano y de lo divino; experiencias impermeables al poder del logos racional, inasequibles a la fría disección crítica. Pues el mito no es solo explicación del mundo. El mito habla a los humanos de lo que les es dado conocer y de los límites del mundo humano también, de las limitaciones en el sentido de línea no susceptible de ser traspasada. Es, pues, conocimiento y prescripción, norma y relato de lo que es y lo que debe ser, a la vez que fantasía y narración maravillosa.

Se da la paradoja de que el mito admite múltiples variantes, no está fijado de un modo definitivo (como sí lo está la literatura, esa es su esencia), ni aspira a estarlo. Pero precisamente por ese carácter de permanencia multiforme, de existencia proteica, variable, se arroga un valor de símbolo, de representación de algo (suceso, cualidad, estado emocional) con validez universal. Pues sabe adaptarse a los más variados requerimientos y ofrecer siempre una respuesta, una definición, una imagen plástica a los interrogantes.

Por eso he escogido el mito de Atalanta para representar la derrota simbólica de las mujeres en el deporte: por su potencia simbólica, por su recursividad narrativa. Porque siempre estará Atalanta incursa en esa carrera infinita, en esa carrera sin inicio histórico ni conclusión posible; actualizada en cada nueva versión plástica, en cada nueva narración de su historia.

Podría haber escogido a una deportista o un acontecimiento del deporte actual como símbolo de esa suma de derrotas (la segregación, la sumisión, la minusvaloración que sufren en él las mujeres). Aunque la separación que existe en el mundo actual del deporte femenino y masculino no da lugar a un enfrentamiento entre un hombre y una mujer. Son dos esferas completamente separadas, un apartheid (como más abajo explico) perfectamente asumido y naturalizado en nuestras sociedades. Hace unos años, en una entrevista, la deportista Maurizia Cacciatori18 hablaba de esta situación con toda crudeza. Decía que, para las deportistas, hay una renuncia, la más dura: vencer a los hombres. Lo expresaba así:

Hay otra renuncia. La más importante. Respecto a los hombres es la más importante y la más dolorosa. Si no la viera como lo más importante y la más dolorosa no sería una deportista. La renuncia a ser mejor que ellos. Cualquier mujer que se dedique al deporte sabe que esta renuncia es obligatoria. Yo no sé si hay alguna otra actividad humana donde las diferencias entre hombres y mujeres sean tan claras… y tan injustas… y tan imposibles de corregir. Trabajo lo mismo que un hombre. Me sacrifico más que él: ya he dicho lo de los hijos, o lo de los maridos. Pero si juego directamente contra él, me vencerá. Y si los dos luchamos para obtener una buena marca, la de él va a ser siempre mejor que la mía. Son más fuertes. El deporte es algo exacto. Indiscutible. No puedes decir que… Victoria moral, victoria moral… ¡Una victoria moral siempre es una derrota! El deporte deja a todo el mundo en su lugar exacto. Es la pura fuerza. O la pura habilidad. Pero el que gana tiene más fuerza o más habilidad que el que pierde. Y el mejor hombre gana a la mejor mujer. Y el peor hombre gana a la peor mujer.

Quizá esto tan poco políticamente correcto (en el deporte es preferible hablar de valores positivos, etc.) tan solo pudiera decirlo una deportista que se declara, a continuación, antifeminista. Parece como si desde el feminismo no fuese legítimo hurgar en los orígenes y en la realidad misma de la desigualdad de las mujeres en el deporte. Hasta tal punto llega el poder retórico del deporte, que ha conseguido establecerse, en la mentalidad contemporánea, como el summum de lo bueno, el compendio de valores más necesario, de utilidad probada en los sistemas democráticos existentes, por si fuera poco. Pero lo cierto es que en el deporte existe una segregación entre hombres y mujeres porque inicialmente surgió como algo pensado para la educación de los hombres, una auténtica propedéutica para la guerra; eso en el mundo antiguo. Pero regímenes totalitarios del siglo XX, singularmente el nazi alemán y el fascista italiano, vieron en el deporte el precipitado perfecto de los ideales que pretendían inculcar a sus gobernados; el deporte se convirtió, además de en propaganda, en pura preparación para una guerra que se buscaba con ahínco.

En la actualidad, el deporte ha perdido ese carácter declarado de preparación para el enfrentamiento bélico o para la intervención con métodos violentos en la política (justamente lo que define a fascismos y neofascismos). No obstante, la mayoría de los deportes conservan unas dosis notables de agresividad. Agresividad que, junto con el afán de superioridad, de vencer al otro, y la primacía otorgada a la fuerza física y ciertas habilidades cinéticas, apelan a un modelo corporal y a un conjunto de valores que hemos de pensar si son los más deseables. El socorrido compañerismo de los deportes de equipo no es sino la suma de fuerzas frente al otro, el nosotros frente a los otros, esos adversarios a los que hay que vencer, derrotar, machacar. Por qué, me pregunto.

Podría haber escogido, como decía más arriba un relato contemporáneo (en lugar de Atalanta) como símbolo del lugar secundario que ocupan las mujeres en el deporte (la esencia de su derrota), un relato ejemplarizante; una historia que me sirviera también para titular el ensayo (el ensayo literario admite la inclusión de materiales narrativos, poéticos, hasta periodísticos; no en vano se le llama literatura mixta en el XVIII español)19. Por ejemplo, del ámbito del boxeo. Actividad esta que roza los límites de lo tolerable en cualquier sociedad que se llame a sí misma avanzada, siendo apenas una agresión sistemática y controlada entre dos contrincantes con el único fin de ser contemplada como espectáculo. Eso a pesar de los intentos realizados desde la cultura (cine, literatura) para su dignificación (el caso más chocante es el de la escritora Joyce Carol Oates, que en su libro sobre el boxeo lo califica como «el más trágico de los deportes»; para mí, esta disciplina deportiva, es agresión apenas disfrazada).

Mujeres y hombres no compiten juntos en el boxeo. Como en cualquier otro deporte. Pero existe el boxeo femenino, si bien, como especialidad deportiva minoritaria que es y con escaso recorrido histórico20, encuentra poco eco en los medios de comunicación audiovisuales. En el caso de Joana Pastrana, razones extradeportivas, como el hecho de ser de nacionalidad española, hicieron que, en agosto de 2019, no solo la prensa deportiva, sino los medios generalistas, así como televisión y radio dieran cuenta de sus actividades. El acontecimiento fue la pérdida de su condición de campeona del mundo del peso mínimo frente a la costarricense Yokasta Valle.

El combate se realizó en el Arena Marbella de Puerto Banús (ya es significativo que se llame «arena» a muchos pabellones deportivos; el eco que resuena en esta palabra es el de los recintos que históricamente tenían o tienen arena para sus espectáculos: los cosos taurinos y los anfiteatros romanos). Cuarenta y cinco minutos de agresión metódica y disciplinada. La victoria se decidió por los puntos: una puntuación de 96-94, 93-97 y 93-97 tras los diez asaltos de rigor.

Joana, que dos años atrás era camarera, había perdido el título mundial. En declaraciones a un periódico deportivo21, dos días después de su derrota afirmaba:

[…] hablaré con mi equipo de trabajo para trazarnos un plan. Tenemos claro que queremos volver al ring con algo emocionante y grande. Me gustaría que fuera algo que estuviera a la altura de la gente, que vuelva a tener expectación por verlo.

Declaraciones que corroboraban las hechas ante la televisión (rtve), en las que mostraba una gran serenidad ante su derrota y afirmaba que se había conseguido el objetivo de entretener. De un modo u otro la deportista es consciente del papel que juega su actividad deportiva en la sociedad actual: el del entretenimiento mercantilizado. Es una actividad-espectáculo alrededor de la que viven los integrantes de ese «equipo de trabajo» al que alude Joana y ella misma. Tanto la Joana derrotada, como la Yokasta vencedora ocupan el lugar que les es asignado (el de la inferioridad, el de la marginalidad). No obstante, obtienen un beneficio personal, un modo de vida, un sustento, una autonomía personal, un modo de decir yo-en-el-mundo. Así, su estadía en lo deportivo, si bien posee ese carácter periférico, no por ello deja de estar inserto en la dinámica normalizada del espectáculo deportivo.

Que el sexo de las participantes otorgue un valor distintivo (no podemos decir «añadido», pues comercialmente no está igual de valorado) al espectáculo del boxeo femenino es algo innegable. El deseo morboso de contemplar (o imaginar) a una mujer luchando subyace en el mito clásico de las amazonas, las temibles guerreras que acabaron dando nombre al más poderoso río de toda la Tierra, o en la propia figuración de la diosa Atenea con lanza, escudo, casco y égida. También en representaciones pictóricas como el Combate de mujeres (1636), de Jusepe Ribera, o en las mujeres vestidas de hombre en las comedias del Siglo de Oro español, féminas que no dudan en utilizar la espada para defender su honor (o más bien para vengarlo: así la Leonor/Leonardo de la comedia de Ana Caro de Mallén Valor, agravio y mujer)22.

En cualquier caso, esas mujeres que luchan son neutralizadas, es decir, llevadas al lugar donde no molestan, donde no son una preocupación porque no desestabilizan el orden natural de la sociedad o de los sexos: o bien a la muerte (las pobres amazonas: Pentesilea asesinada por Aquiles) o a los márgenes, bien para ser convertidas en anécdota (la Leonor travestida en Leonardo para acabar en sacro connubio con su don Juan donjuanesco). O como elemento secundario en una estructura general, la del deporte, hecha por hombres y para hombres (Joana Pastrana).

9 El pintor Guido Reni (1575-1642), apodado «il divino», fue muy apreciado por sus contemporáneos. No obstante, su fama sufrió un cierto desvanecimiento hasta mediados del siglo XX, cuando comienza su recuperación historiográfica. Entre marzo y julio de 2023 fue objeto de una espléndida exposición dedicada a su obra en el Museo Nacional del Prado de Madrid. Del catálogo realizado para la misma extraigo algunas informaciones que serán convenientemente referenciadas.

10 David García Cueto, «Guido Reni», en el catálogo Guido Reni de la exposición celebrada en el Museo Nacional del Prado entre el 28 de marzo y el 9 de julio de 2023, pág. 319.

11 El Museo de Capodimonte de Nápoles posee otro lienzo de Atalanta e Hipómenes de casi idénticas características. Se pensó, incluso, que era la obra original y la del Museo del Prado, una obra del taller del artista. El exhaustivo estudio de Alfonso Pérez Sánchez demostró que no era así, siendo la napolitana una obra posterior, aunque tal vez retocada por el propio Guido Reni. También se ha expuesto en la exposición madrileña de 2023.

12 Aoife Brady, «Pintar para la posteridad: los materiales y la técnica de Guido Reni», en el catálogo Guido Reni de la exposición celebrada en el Museo Nacional del Prado entre el 28 de marzo y el 9 de julio de 2023, pág. 109.

13 David García Cueto, op. cit., págs. 318-319.

14 Un mito con presencia en el imaginario actual, ya que da nombre a una editorial (la fundada por Jacobo Siruela e Inka Martí), una misión militar (Operación Atalanta, en aguas del golfo de Adén y Somalia) y hasta a un equipo de fútbol italiano (el Atalanta Bergamasco Calcio).

15 Cfr. el texto de María Isabel Rodríguez López «Atalanta e hipómenes: recreación iconográfica de un mito», Eikon Imago, 13, 2018, págs. 167-196.

16 Cfr. María Jesús Franco Durán, El mito de Atalanta e Hipómenes: fuentes grecolatinas y su pervivencia en la literatura española, Madrid, CSIC, 2016.

17 Mary Beard, Mujeres y poder. Un manifiesto, Barcelona, Crítica, 2018, pág. 16.

18El País, 3 de agosto de 2003. La entrevista fue realizada por Arcadi Espada.

19 De ello habla fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Cfr. Francisco Sánchez Blanco (ed.), El ensayo español. El siglo xviii, Barcelona, Crítica, 1997, pág. 28. Del carácter literario del ensayo no se duda ya; la aportación de Gérad Genette (Fiction et diction) fue decisiva: el ensayo, esa prosa factual con pretensiones de verdad, queda incorporado a la literatura.

20 Paula Irene Verderosa, «Boxeo femenino. El parejo avance de la mujer en la sociedad y el deporte», trabajo final de grado, Universidad de Palermo.

21Mundo deportivo, 6 de agosto de 2019.

22 Ana Caro de Mallén, Teatro completo, edición de Juana Escabias. Madrid, Cátedra, 2023. Escabias ha proporcionado datos biográficos esenciales de esta autora, casi una desconocida hasta este siglo XXI. La obra Valor, agravio y mujer