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Un libro donde lo real y lo fantástico se confunden, y la belleza puede ser tan letal como la muerte. Creaciones (1883) reúne seis cuentos y una obra teatral breve de Eduarda Mansilla, una de las primeras escritoras de la literatura argentina. Entre celos obsesivos, amores imposibles y encuentros con lo sobrenatural, Mansilla teje relatos inquietantes y envolventes. Desde la hipnótica «Kate», cuya belleza realza las joyas que lleva, hasta el macabro «El ramito de romero», donde un estudiante de medicina se siente atraído por un cadáver, cada historia desafía los límites entre la razón y el misterio. Esta colección, que incluye también «Simila similibus», «Dos cuerpos para un alma», «La Loca», «Sombras» y «Beppa», ha sido considerada precursora de la literatura fantástica argentina.
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Seitenzahl: 236
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Eduarda Mansilla
SIMILIA SIMILIBUS. EL RAMITO DE ROMERO. DOS CUERPOS PARA UN ALMA. LA LOCA. KATE. SOMBRAS. BEPPA.
Saga
Creaciones
Original title: Creaciones
Original language: Spanish (Neutral)
Copyright 2025
All rights reserved
ISBN: 9788726602531
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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A MI EDA.
________
Mauricio. — Luisa.
Ántes de lerantarse el telon, se oyen acordes de piano que duran algunos instantes. Luisa sentada tocando; Mauricio apoyado en el piano, mirándola afectuosamente.
________
Luisa.
¿Y así alejados, pasaron Vds. los primeros años de su infancia? ¡Cuán dolorosa debe haber sido para Vd. esa separacion!
Mauricio, con frialdad.
De ninguna manera. (Reponiéndose) Ó mejor dicho . . . . dolorosa.
Pero á decir verdad, los niños hallan tantos medios de distraerse, que soportan mejor que los hombres los dolores de la ausencia.
Luisa , con melancolia.
!Oh! Sí, la ausencia es un tormento muy cruel.
Mauricio hace un movimiento de impaciencia.
¡Ah!
Luisa.
¿No ha recibido Vd. aún su correspondencia?
Mauricio.
No, señorita! (Ap). ¡Cuánto le ama!
Luisa.
¿Y esa licencia de que Vd. me habló el otro dia? Ó será acaso que . . . .
Mauricio.
Hable Vd., Luisa . . . . . Por ver una sonrisa en esa encantadora boca . . . . . . . . sería capaz de . . . .
Luisa, con coquetería.
¿De qué, zalamero? . . . . ¿Quizá de ir Vd. mismo á buscarle? . . . .
Mauricio, rápidamente.
Eso no . . . . (Con lentitud) ¿Pero olvida Vd., que su corazon está comprometido?
Luisa.
No lo crea Vd. Mauricio. Un momento no ceso de pensar en aquella á quien él ama. En esa deliciosa criatura á quien creo conocer; con cuánto fuego la pinta. (Candorosamente) ¿Recuerda Vd. las palabras con que termina su penúltima carta?
Mauricio, con indiferencia.
No las recuerdo . . . .
Luisa.
Son éstas: (Recitando lentamente) «Vivo sólo para ella; no sé si todo el mundo ama de igual manera, pero el amor en mi pecho no es un sentimiento egoísta: yo me olvido, me consumo por ese amor; y para evitar una pena á la que amo, diera dichoso cien veces mi vida.»
Mauricio .
(Ap). Sabe la carta de memoria . . . .
Luisa.
Así he de amar yo, cuando ame.
Mauricio .
(Ap.) ¡Ay! No sabe ella misma que así lo ama ya.
Luisa.
El amor, créame Vd., es el sufrimiento; ante todo es el sacrificio. (Con ingenuidad) Además, ese es el ejemplo que nos dan los amantes modelos de todos los tiempos; amar es sufrir. ¿No querrá Vd. negarlo? . . .
Mauricio , con seriedad.
Yo podria decir á Vd., Luisa, que pienso de otra suerte; pero veo sus ideas á ese respecto por demas arraigadas. La influencia que sobre Vd. han ejercido Miss Willson y sus heroínas inglesas, es demasiado intensa.
Luisa , con descontento.
No comprendo lo que quiere Vd. decir; y no tardará, ya lo veo, en llamarme, como de costumbre, sentimental.
Mauricio .
No; pero si su santa madre, que era Francesa, todo lo más Francesa posible, hubiera podido velar ella misma sobre la educacion de Vd., de seguro, Luisa, su hija tendria sobre las afecciones verdaderas, ideas ménos . . . .
Luisa, secamente.
¿Ménos qué?
Mauricio , con tristeza.
Ménos malsanas . . . .
Luisa , friamente.
Sí; yo soy demasiado poética, y Vd., tal vez, demasiado . . . . prosáico.
Mauricio, con mal humor.
Afortunadamente, mi hermano es todo lo poético que puede apetecerse.
Luisa , fríamente.
Miss Willson me espera para concluir mi traduccion del Tasso . . . . Si Vd. me lo permite. (Da algunos pasos como para retirarse. Vuelve, tiende la mano á Mauricio.) Á la inglesa . . . . Sin rencor. ¿Verdad? (Váse).
Mauricio , contemplándola.
¡Deliciosa . . . . por demas deliciosa!
________
CÁRLOS. — MAURICIO.
Cárlos , dentro.
Aquí debe ser. Una verja, una calle de árboles, y, sobre todo, ni una alma viviente.
Mauricio.
La voz de Cárlos! . . .
Cárlos, entrando.
Y Cárlos en cuerpo y alma. (Se estrechan la mano).
Mauricio.
¡Querido amigo!
Cárlos.
Aquí me tienes rápido como el telégrafo y abnegado como . . . .
Mauricio , interrumpiéndole.
Como tú sólo.
Cárlos .
Bien, bien. Me has llamado, y aquí estoy. ¿Qué mérito hay en ello? ¿Veamos qué ocurre? Tus cartas son tan misteriosas, cuanto desconsoladoras.
Mauricio , suspirando.
¡Ay, Cárlos! (Le ofrece una silla y se sientan). Me encuentro en tal estado, que no sé si estoy ya loco ó á punto de enloquecerme.
Cárlos , con tranquilidad.
Comprendo; estás enamorado; y segun he podido vislumbrar, dentro de ese caos de interjecciones y adjetivos con que tus cartas estén erizadas, sobre todo la última, estás ferozmente celoso. ¡Mal negocio, malísimo!
Mauricio , con calor.
Si que lo estoy, y celoso como un tigre, celoso como un Otelo, celoso como . . . .
Cárlos , interrumpiéndole.
Como todos los enamorados . . . .
Mauricio.
¡Ay! No como todos los enamorados, que mi caso es único, excepcional.
Carlos.
Entiendo. Los enamorados reclaman patente de invencion. Pero vamos á lo que interesa, ó mejor dicho, detengámonos en un punto capital . . . . capitalísimo.
Mauricio.
¡Pobre de mí!
Cárlos.
Mira, déjate de lamentos y hablemos con formalidad. Podrás decirme, por qué te obstinas en casarte con una mujer de quien estás celoso? Y nota que no me extraña esa adoracion; pero no se trata de adorar sino de casarse . . . . lo cual es otro cuento . . . . ¡Mal principio, Mauricio! Casarte con el corazon agitado por las dudas; creeme, eso es imprudente, es temerario. El matrimonio es una fortificacion que no debe tomarse nunca por asalto, á ménos de estar seguro de haber abierto brecha, ¡qué diantre!
Mauricio.
Tienes y no tienes razon . . . . Escúchame con calma, Cárlos, y sobre todo, no me vengas con reproches ni observaciones, por favor, que ya harto castigado estoy de mi debilidad . . . . de mi . . . . majadería . . . .
Cárlos.
Sea . . . . Pero, díme á lo ménos el nombre del que . . . .
Mauricio, interrumpiéndole.
Es inútil. Ya sabes que al separarnos este invierno, te hablé de un proyecto de boda.
Cárlos.
Me dijiste que apénas conocias á la jóven, pero que ambas familias, ó más bien el padre de tu futura y el tuyo habian sido antiguos camaradas.
Mauricio.
Sí; el excelente señor Duvernoy veló de léjos sobre mi educacion, despues de muerto mi padre.
Cárlos.
Sí; y hablando con propiedad, descuidó tanto tu educacion cuanto tu patrimonio. El buen señor se proponia hacer de tí un sabio. ¡Tú un sabio! Peregrina idea, que no podia brotar más que de la cabeza de un . . . .
Mauricio.
No lo maltrates . . . . vive enteramente consagrado á la ciencia; no se ha ocupado nunca en otra cosa. La química le debe grandes descubrimientos.
Cárlos.
Enhorabuena; pero la química no le ha enseñado á educar bien á su hija, que, á juzgar por tus celos, no es sino una coqueta.
Mauricio.
Pobre Luisa! . . . . No le haces justicia.
Cárlos, pasa á la derecha.
(Con incredulidad). Déjame en paz! (Cambiando de tono) ¿Pero querrás decirme si tu rival es Inglés como la institutriz?
Mauricio, con hesitacion.
No es Inglés.
Cárlos .
Lo siento; hubiera servido tus intereses con doble celo, pero hay algo superior á mis fuerzas: perdonar á los Ingleses la mala pasada que nos jugaron allá en Crecy y en Azincourt. Ese reeuerdo me llega al alma, será una necedad, lo concedo: pero no puedo evitarlo. (Cambiando de tono) Decias que tu rival . . . . . .
Mauricio, con calor.
Digo que este rival es más temible, más poderoso que todos tus Ingleses pasados y futuros, porque ese sér poderoso . . . .
Cárlos.
No te comprendo . . . . ¿está aquí?
Mauricio.
No, ó más bien . . . .
Cárlos .
Acaba . . . . . .
Mauricio.
Sí; búrlate de mí; te lo permito; este rival aborrecido, este rival temido es mi hermano, un hermano.
Cárlos.
¿Tu hermano? ¡Qué hermano es ese llovido del Cielo! ¡Comprendo! (Pausa). ¿En tu viaje á Normandía has descubierto que papá? . . . Pero, qué estoy diciendo, soy un necio, caramba! La tontería es contagiosa.
Mauricio.
¿Recuerdas esa fotografía, que iluminaste aquel dia de lluvia en el castillo de mi tia?
Cárlos.
Y quedó tan admirable, que desde entónces me he entregado en cuerpo y alma á ese género de trabajo artístico. ¡Qué éxito fabuloso! Pero es indudable, no hay como el uniforme para embellecer un retrato. (Registrando los bolsillos y sacando algunas tarjetas fotográficas). Aquí tengo algunas bellísimas, aunque de otro género. (Enseñándole la fotografía). Mira qué colorido, qué relieve. (Las contempla como satisfecho de su propia obra).
Mauricio.
Al diablo con tus pintarrajos: ese colorido y ese relieve han causado todo el daño. ¡Ay! Cárlos, habias favorecido demasiado mi retrato.
Cárlos.
Cada vez comprendo ménos! Pero, empiezo por negar se pueda quitar á un artista el derecho sacratísimo de favorecer un retrato. El público, el vulgo en fin, no lo niego, nos mira, nos juzga siempre á su manera. Pero esa no es la buena; por fortuna llega dia en que uno, uno solo quizá, nos ve, nos comprende, creeme, nos ama deveras: para ese solo se pintó el retrato, y basta.
Mauricio .
Déjame en paz con tus teorías. (Cárlos hace un movimiento de desden). Llego, la veo.
Cárlos.
Pero ¿á quién? ¿A cuál?
Mauricio , con viveza.
A ella, á Luisa! (Con pasion) ¡Adorable críatura! . . . Su padre quiere casarnos inmediatamente.
Cárlos.
¿Y tú?
Mauricio.
Yo deseo ante todo ganar su corazon. Me creia ya en buen camino; pero un dia . . . .
Cárlos .
¿Un dia?
Mauricio.
La bendita fotografía, olvidada entre las hojas de un libro cae, Luisa la recoge, y apénas la perciben sus ojos, mi prometida exclama: ¡Ay! ¡Qué jóven tan bello!
Cárlos .
¿Y eso qué importa?
Mauricio.
Vas á verlo. Despues de devorar el retrato con los ojos, sin dejar un instante de contemplarlo detenidamente, con voz dulcísima pregunta: «¿Su hermano de Vd.?» Yo me turbo, pierdo la serenidad y balbuceante respondo: «Sí, mi hermano.»
Cárlos.
¡ Pero hombre! (Pasa al lado opuesto).
Mauricio, con viveza.
Desde ese momento, Luisa no ha cesado de hablarme de ese hermano. Me interroga, me acosa y me tortura sin cesar.
Cárlos, riendo á carcajadas.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Vaya una comedia!
Mauricio, con gravedad.
No te rias, Cárlos, que el caso es serio, es doloroso.
Cárlos.
Vaya un caso ¡celoso! y celoso de tí mismo. ¡Ah farsante! (Le golpea el hombro).
Mauricio.
No te burles, Cárlos, que ese hermano es jóven, tiene cinco años ménos que yo, su frente tersa no está surcada por esta cruel cicatriz y en su cabellera ondeada no aparece una sola cana.
Cárlos .
¡Calla, necio! ¡Ea, valor! El amor está ahí y es todo lo que hace falta. Mauricio, el corazon de una jóven es como esos grandes rios perdidos de la América, que; como ha dicho un sabio de chispa, corren á la ventura por esas grandes llanuras, sin saber adónde conducir el rico caudal de sus aguas. Hay que decirles: por allí.
Mauricio.
De error en error, de debilidad en debilidad, he llegado á crearme una situacion tan difícil cuanto peligrosa. Luisa me interroga sin cesar, me hace repetidas preguntas sobre ese hermano, quiere saberlo todo, y yo, pobre de mí, en vez de desengañarla . . . .
Cárlos, interrumpiéndole.
¿Pero? . . . . .
Mauricio.
Compadéceme, Cárlos. ¿Pero cómo resistir á la tentacion? Para comprenderlo, fuera necesario haber visto las miradas, las sonrisas de esa encantadora criatura, que al escuchar mis palabras parece prestar oído á melodía dulcísima. No te sorprendas, que por tenerla así, pendiente de mis labios, con sus rasgados ojos fijos en los mios, no sé que no hubiera hecho. Dia á dia, le he contado toda clase de historias y poco á poco, pero bien á mi pesar, he llegado á crearme un hermano admirable, perfecto, único . . . . de quien está perdidamente enamorada.
Cárlos.
¡Qué atrocidad!
Mauricio.
Y no es eso todo . . . .
Cárlos.
¿Hay más, todavía?
Mauricio.
Ya lo creo; este hermano modelo, me escribe todos los dias, largas, interminables cartas, que ella oye leer con avidez por encima de mi hombro y yo, pobre de mí, embriagado con el perfumé de su aliento virginal, le hablo de amor: ella me escucha encantada, sus rizos rubios acarician mi rostro, y . . . . ¡Ah! juego terrible y delicioso, que destroza mi corazon!
Cárlos.
Pero hombre! Vaya una ocurrencia estrafalaria!
Mauricio.
En esas cartas mi hermano se dice enamorado de . . . .
Cárlos, interrumpiéndolo.
¡Bravo! ¡Bravo! Bien pensado. Por un lado exaltas la imaginacion de la muchacha y por otro la desencantas. Perfectamente.
Mauricio.
¡Te engañas! Mi incomparable Luisa, que no comprende sino el amor desgraciado, está cada dia más enamorada.
Cárlos.
¡De modo que esa muchacha está completamente loca!
Mauricio.
No; pero es novelesca y tiene diecisiete años.
Cárlos.
¡Eh! Quién sabe! Tu sistema puede dar todavía buen resultado, que Hahnemann, aunque desconocido, no deja por eso de ser un gran genio. ¡Hum! ¡Hum!
Mauricio.
¡Tú siempre homeópata!
Cárlos.
Siempre! Mira. (Saca el reloj) Me nace una idea; voy á dejarla crecer, y dentro de media hora me tienes á tu disposicion. Si encontramos lo que busco, estamos salvados. Felizmente, tengo aquí mi caja. (Se toca el bolsillo) Similia . . . .
Mauricio.
Te acompañaré hasta la verja. (Se van).
________
Luisa, sola.
Estoy absorta, parece increible; quién hubiera podido suponerlo! ¡Ella! Miss Willson! (Mirando hácia el fondo). Qué susto he tenido hace un momento. ¡Todavía no estoy en mí! Ese desconocido. . . . Esa voz, cuánto me ha conmovido. Mi corazon ha palpitado con violencia durante un instante, al creer que era él, su hermano, mi ideal, mi sueño. Confieso que tuve miedo, y creo que me escapé, por no encontrarme frente á frente con él. Si con sólo mirarme, y lo creo posible, llegara á adivinar cuánto pienso en él, cuánto le amo, porque es preciso llamar las cosas por su nombre, Mauricio mismo me lo ha dicho! Yo amo á su hermano, no cabe duda. Cuán dulce es amar á pesar del sufrimiento! ¡Por que yo sufro! (Contemplando un medallon que saca del bolsillo del delantal) Qué aire tan noble! tan distinguido! y qué precioso uniforme. ¡Cómo me gustan los uniformes! ¡Cómo me gustan los guerreros! ¿Hay nada más hermoso y más sublime, que un hombre que se sacrifica y muere por su patria? (Pausa. Pensativa. Al retrato) Tú amas y no eres amado. ¡Ay! desde que sé que eres desdichado, siento que te adoro. (Besa el retrato, y despues de contemplarlo algunos instantes, se lo coloca en el seno) Aquí sobre mi corazon. (Pausa) Y decir que el amor, ese sentimiento divino puede ir á . . . . hasta anidarse el corazon de la pobre Miss Willson, tan grave, tan reservada, tan . . . . fea. Está enamorada y es correspondida; no deja de ser gracioso y me hace reir á pesar mio. (Riendo).
________
Luisa. — mauricio que entra por el fondo.
Luisa.
Venga Vd. Mauricio, tengo una noticia, una gran noticia.
Mauricio.
¿Cuál?
Luisa, con viveza y alegremente.
Miss Willson tiene novio; lo adora, se adoran, se casan!
Mauricio, con frialdad.
¿Y porqué nó?
Luisa, con extrañeza.
Cómo, ¿encuentra Vd. esto natural?
Y no parece más sorprendido que si se tratase. . . . .
Mauricio.
¿De Vd., Luisa? No, por cierto. Ella ama, (suspira) es amada. ¿Porqué no ha de casarse?
Luisa.
(Ap). Me ha quitado la gana de reir. (Alto) Miss Willson acaba de anunciarme su proyecto de matrimonio. Es toda una larga historia, que hasta hasta hoy ha guardado secreta.
Mauricio.
Secreto que á Vd. le sorprende y le desagrada un poco, segun veo.
Luisa
Efectivamente; no comprendo su reserva, ni . . . . pero imagino que con razon, debió pensar que el amor de su primo Tom, á quien conozco desde que aprendí á deletrear, no podia interesarme mucho; ese primo es un primo poco interesante.
Mauricio.
No á los ojos de Miss Willson, de seguro. Vd. dice que lo ama mucho!
Luisa, con desden.
Ella lo dice.
Mauricio.
No parece Vd. muy convencida.
Luisa.
Le confieso á Vd. que me cuesta comprender, pueda darse nombre de amor, al sentimiento vulgar que inspira un sér tan insignificante . . . tan . . . ¿qué le diré á Vd.? . . . tan cache como ese primo Tom.
Mauricio, seriamente.
Segun Vd., señorita, un enamorado debe tener el aire. . . . . .
Luisa, interrumpiéndolo.
De un enamorado. Ríase Vd. ó ríñame, Mauricio; pero yo no comprendo los enamorados de otro modo, que como Romeo, Edgardo ó Tancredo. Para mí, un enamorado debe ser jóven, hermoso, seductor.
Mauricio.
¡Ah! Luisa, el amor como los rayos de la luna, embellece todo lo que toca.
Luisa, sonriendo.
¿Y despues dirá Vd. que es prosáico?
Mauricio.
No soy yo quien lo digo. Es Vd., y con harta frecuencia.
Luisa, con coqueteria.
Pero no siempre lo pienso.
Mauricio.
(Ap). ¡Es adorable!
Luisa, hablando consigo misma.
Jane Eyre amó sin embargo á Rochester, que no era hermoso. Ah, pero tambien . . . . . .
Mauricio, con ironía.
No olvidemos las excepciones.
Luisa, con expansion.
Dígame Vd., Mauricio, francamente, ¿cree Vd. que se pueda querer á un hombre que se conoce desde muchos años, á quien se ha visto en las circunstancias más . . . . ménos oportunas, que tiene las manos coloradas, los ojos grises, chicos é insignificantes y los tacos de los zapatos torcidos?
Mauricio, con alguna sequedad.
Es Vd. en extremo observadora, señorita.
Luisa .
No; pero cuando era pequeñita, para mí el pobre Tom era un espanta-pájaros, un verdadero mamarracho. Fijo siempre en la ventana de mi sala de estudio, allí en Inglaterra; porque ya he dicho á Vd., que pasé cuatro años en casa de los padres de Miss Willson.
Mauricio se inclina asintíendo.
Luisa.
El pobre muchacho, plantado allí como un árbol seco, se pasaba las horas con aquellos tristes ojos grises devorándonos con miradas famélicas. Las hermanas de Miss Willson le llamaban el mendigo, y se burlaban de él á su gusto. Un dia oí que decia á Miss Willson: «Me iré á América!» desde ese momento ya no se le vió más, y lo olvidamos.
Mauricio.
Sí, lo olvidaron Vds., pero no Miss Willson.
Luisa.
Así parece. Ahora le escribe que ha ganado algun dinero . . . . y que la quiere siempre . . . . Es lacónico.
Mauricio, congravedad.
¡Es sublime! . . . (Con entusiasmo) ¡Ah! Calle Vd., Luisa, no hable con ligereza de lo que no comprende. Todo ama en la naturaleza, desde los vistosos colibríes de alas de fuego, hasta los moluscos inertes de térreo color. ¿Sabe Vd. cuántos sufrimientos, cuántas privaciones, cuántas angustias, cuántos sacrificios, representa ese poco de dinero, una miseria, sin duda, que el pobre mendigo viene á ofrecer á la mujer que ama?
Luisa.
¿Pero? . . .
Mauricio.
¡Y ella! Como el creyente que oculta cerca de su corazon la santa reliquia que tiembla de ver expuesta á la mirada de los profanos.
Luisa, interrumpiéndole.
¿De los profanos?
Mauricio.
No se enfade Vd. ¿Quién de Vds. hubiera comprendido el amor del pobre Tom?
Luisa.
Confieso que las cosas vistas así, tienen otra fisonomía. ¡Pobre Miss Willson! ¡Y yo que me burlaba de su melancolía y la llamaba solterona sensible!
Mauricio
¡Niña desapiadada!
Luisa.
Era una chanza, y le aseguro á Vd. que si hubiera podido soñar, imaginar por un momento . . . . la hubiera . . . .
Mauricio.
La hubiera Vd. torturado mil veces noche y dia.
Luisa, con sequedad.
No me comprende Vd., y siempre será lo mismo.
Mauricio, con gravedad.
Lo temo, señorita, y estoy á punto de ausentarme.
Luisa, vivamente.
¿Cómo? Marcharse? Dejarnos? ¿Y justamente cuando Miss Willson me anuncia su partida para el sábado? (Con resentimiento) Tiene tanta prisa . . . .
Mauricio, tristemente.
De ser dichosa . . . . ¡Ah! déjela Vd. partir y que por esta vez su egoísmo . . . .
Luisa, interrumpiéndolo.
Es Vd. duro, es Vd. injusto! ¿Cómo? No le ocurre á Vd. que yo tambien quiero? . . .
Mauricio, sin dejarla concluir.
¡Ah! sí, su gran pasion . . . . su Romeo.
Luisa, tristemente.
No; quiero á Miss Willson, que me ha servido de madre durante cinco años, y me deja casi sola.
Mauricio.
Perdóneme Vd., Luisa, pero . . . .
Luisa.
Pero Vd. me cree un poco alocada y nada afectuosa.
Mauricio.
Yo no he dicho . . . .
Luisa.
Pero Vd. lo piensa, es lo mismo. Y comprendo la ansiedad que tiene Vd. por salir cuanto ántes de una casa, que está muy léjos de ser divertida.
Mauricio.
Para mí ella encierra . . . .
Luisa.
Sí, ella encierra amigos sinceros. Mi padre lo quiere á Vd. como á un hijo, y de ese cariño estoy casi celosa.
Mauricio.
¿Vd., Lusia?
Luisa, tendiéndole la mano.
No; seamos hermanos.
Mauricio, retirando la mano.
¡Ah! Eso de ningun modo.
Luisa, secamente.
Es Vd. rencoroso, caballero; no importa, yo conservaré siempre por Vd. un sentimiento fraternal, y en la mesa, se lo prometo, nadie se sentará jamas entre papá y yo.
Mauricio, con ironía.
Doy á Vd. expresivas gracias, señorita; pero á pesar del reconocimiento que inunda mi corazon, veo que no hemos nacido para . . . .
Luisa.
¿Para comprendernos? ¡Ay! Que sí, y si me atreviese . . . . Pero está Vd. hoy tan grave, tan solemne, tan hermano mayor, tan viejo, que nunca tendré valor . . . .
Vez dentro, deCárlos, que dice.
¡Mauricio, Mauricio!
Luisa.
Oigo la voz de su amigo de Vd.; quiero que me lo presente, pero ántes voy á alisarme un poco estos rizos rebeldes: Vd. sabe que soy coqueta. (Se va).
Mauricio, se inclina.
(Tristemente). ¡Coqueta para todos, ménos para el hermano mayor! . . . . .
________
MAURICIO. — CÁRLOS.
Cárlos, entrando con un lio de papeles.
Aquí me tienes! Uf! Qué detestable pueblacho. (Abriendo el lio de papeles). No he encontrado sino un solo librero, y ese casi idiota y careciendo hasta de lo más indispensable para su comercio . . . Mira! (Enseñándole una fotografía) No habia sino estas Aspasias más ó ménos escotadas. (Fijándose en Mauricio) ¿Pero qué tienes? ¡Qué cara tan fúnebre! Qué te acongoja? He tratado á toda prisa, es cierto, de dar á la fisonomía de esta bull - dog, con cabellos de oro, una expresion presentable, algo de . . . . y ¡qué diantre! no lo he conseguido. Pero la cosa no es fácil, y desafío hasta al mismo Correggio. (Enseñándole la fotografia) ¿Qué te parece? (Toma un pincel que sacara de un estuche) Naturalmente, mediante algunas pinceladas hábiles, (hace lo que dice) suplo la escasez del traje y agrego aquí (indicándolo) la manga que falta. ¿No te parece? (Sigue pintando).
Mauricio.
Sí! (Se pasea por la escena con los brazos cruzados, se sienta á una mesa á escribir cartas, á medida que las escribe, las rompe).
Cárlos, pintando.
Tu opinion y hasta un consejo, pueden serme útiles. (Se enjuga la frente con un pañuelo) ¡Qué calor! (Sigue pintando). Pero esta nariz insolente es desesperante! (Rompe la fotografía. Pausa) Voy á empezar otra. (Toma otra y sigue pintando) El librero imbécil me ha prometido para la próxima semana, otras damas ménos célebres; son sus palabras. ¡Ah! he puesto demasiada sombra; he hecho una especie de Lady Macbeth de feria. Pero dime, Mauricio, mi trabajo no te interesa? (Se levanta y se acerca á Mauricio con el pincel en una mano y una fotografía en la otra) Mira, este es mi plan!
Mauricio.
Perdóname, Cárlos, no tengo tiempo.
Cárlos.
¿Pero hombre? Te falta el tiempo para recibirme despues de haberme tú mismo llamado, y que yo . . . . (corriendo á la mesa).Me ocurre una idea luminosa! (Pintando rápidamente) Voy á vestirla de amazona, eso la cubrirá; y con el sombrerito inclinado sobre la frente y un poco de buena voluntad, parecerá toda una Diana Vernon. (Sigue pintando).
Mauricio, hablando consigo mismo.
Escribiré de Paris.
Cárlos, con entusiasmo.
¡Admirable! ¡Admirable! (Levantándose, á mauricio) ¿Qué te parece?
Mauricio, sin hacerle caso.
Está muy bien, está perfecto como semejanza, Pero espérame que ya vuelvo. (Váse).
________
Cárlos, solo, preocupado mirando la fotografía á distancia.
¿Cómo semejanza? ¡Pero entónces! (Riendo á carcajadas) ¡Qué mamarracho, Dios mio! qué mamarracho! (Tirando el pincel) Tales originales son desesperantes, y no llegaré nunca á nada de verosímil con estas modernas Circes. (Al público) Vean Vds. Mi plan es racional y basado puramente en el gran principio homeopático Similia similibus curantur, ó lo que es lo mismo un clavo saca á otro clavo. Queria curar el mal por el mal. Hacer creer á esta loquilla, que este retrato, es decir, el retrato que hubiera podido tener, pero que no tengo, era la propia imágen de aquella que Mauricio ama y de quien es adorado con todas las potencias de su alma. Esta es mi idea. Mauricio, enamorado de otra mujer, se convierte por el hecho mismo, á los ojos de Luisa en un hombre posible, en un hombre amable con ó sin calembourg;
